FRASES PARA SACERDOTES

Durante las tres horas de desgarradora agonía, Yo permanecí con Juan y las piadosas mujeres, bajo la Cruz y juntos fuimos bañados por su Preciosa Sangre.

¿CUÁNTO VALE UN SACERDOTE?




¿CUÁNTO VALE UN SACERDOTE? Este video cuenta con fragmentos del hermoso escrito del poeta argentino Hugo Wast: “Cuando se piensa”. ¿Cuál sería tu respuesta?

Cuando se piensa que ni ... puede hacer lo que un sacerdote.

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VIDA DE SAN IGNACIO DE LOYOLA.

Ignacio de Loyola (España 1491-1556)
militar y religioso fundador de la orden sacerdotal de los Jesuitas. 

SAN IGNACIO nació probablemente, en 1491, en el castillo de Loyola en Azpeitia, población de Guipúzcoa, cerca de los Pirineos. Su padre, don Bertrán, era señor de Ofiaz y de Loyola, jefe de una de las familias más antiguas y nobles de la región. Y no era menos ilustre el linaje de su madre, Marina Sáenz de Licona y Balda. Iñigo (pues ése fue el nombre que recibió el santo en el bautismo) era el más joven de los ocho hijos y tres hijas de la noble pareja. Iñigo luchó contra los franceses en el norte de Castilla. Pero su breve carrera militar terminó abruptamente el 20 de mayo de 1521, cuando una bala de cañón le rompió la pierna durante la lucha en defensa del castillo de Pamplona. Después de que Iñigo fue herido, la guarnición española capituló.

Los franceses no abusaron de la victoria y enviaron al herido en una litera al castillo de Loyola (su hogar). Como los huesos de la pierna soldaron mal, los médicos consideraron necesario quebrarlos nuevamente. Iñigo se decidió a favor de la operación y la soportó estoicamente ya que anhelaba regresar a sus anteriores andanzas a todo costo. Pero, como consecuencia, tuvo un fuerte ataque de fiebre con tales complicaciones que los médicos pensaron que el enfermo moriría antes del amanecer de la fiesta de San Pedro y San Pablo. Sin embargo empezó a mejorar, aunque la convalecencia duró varios meses. No obstante la operación de la rodilla rota presentaba todavía una deformidad. Iñigo insistió en que los cirujanos cortasen la protuberancia y, pese a éstos le advirtieron que la operación sería muy dolorosa, no quiso que le atasen ni le sostuviesen y soportó la despiadada carnicería sin una queja. Para evitar que la pierna derecha se acortase demasiado, Iñigo permaneció varios días con ella estirada mediante unas pesas. Con tales métodos, nada tiene de extraño que haya quedado cojo para el resto de su vida.

Con el objeto de distraerse durante la convalecencia, Iñigo pidió algunos libros de caballería (aventuras de caballeros en la guerra), a los que siempre había sido muy afecto. Pero lo único que se encontró en el castillo de Loyola fue una historia de Cristo y un volumen de vidas de santos. Iñigo los comenzó a leer para pasar el tiempo, pero poco a poco empezó a interesarse tanto que pasaba días enteros dedicado a la lectura. Y se decía: "Si esos hombres estaban hechos del mismo barro que yo, bien yo puedo hacer lo que ellos hicieron". Inflamado por el fervor, se proponía ir en peregrinación a un santuario de Nuestra Señora y entrar como hermano lego a un convento de cartujos. Pero tales ideas eran intermitentes, pues su ansiedad de gloria y su amor por una dama, ocupaban todavía sus pensamientos. Sin embargo, cuando volvía a abrir el libro de la vida de los santos, comprendía la futilidad de la gloria mundana y presentía que sólo Dios podía satisfacer su corazón. Las fluctuaciones duraron algún tiempo. Ello permitió a Iñigo observar una diferencia: en tanto que los pensamientos que procedían de Dios le dejaban lleno de consuelo, paz y tranquilidad, los pensamientos vanos le procuraban cierto deleite, pero no le dejaban sino amargura y vacío. Finalmente, Iñigo resolvió imitar a los santos y empezó por hacer toda penitencia corporal posible y llorar sus pecados.

Le visita la Virgen; purificación en Manresa

Una noche, se le apareció la Madre de Dios, rodeada de luz y llevando en los brazos a Su Hijo. La visión consoló profundamente a Ignacio. Al terminar la convalecencia, hizo una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Montserrat, donde determinó llevar vida de penitente. Su propósito era llegar a Tierra Santa y para ello debía embarcarse en Barcelona que está muy cerca de Montserrat. La ciudad se encontraba cerrada por miedo a la peste que azotaba la región. Así tuvo que esperar en el pueblecito de Manresa, no lejos de Barcelona y a tres leguas de Montserrat. El Señor tenía otros designios más urgentes para Ignacio en ese momento de su vida. Lo quería llevar a la profundidad de la entrega en oración y total pobreza. Se hospedó ahí, unas veces en el convento de los dominicos y otras en un hospicio de pobres. Para orar y hacer penitencia, se retiraba a una cueva de los alrededores. Así vivió durante casi un año.

"A fin de imitar a Cristo nuestro Señor y asemejarme a El, de verdad, cada vez más; quiero y escojo la pobreza con Cristo, pobre más que la riqueza; las humillaciones con Cristo humillado, más que los honores, y prefiero ser tenido por idiota y loco por Cristo, el primero que ha pasado por tal, antes que como sabio y prudente en este mundo". Se decidió a "escoger el Camino de Dios, en vez del camino del mundo"...hasta lograr alcanzar su santidad.

A las consolaciones de los primeros tiempos sucedió un período de aridez espiritual; ni la oración, ni la penitencia conseguían ahuyentar la sensación de vacío que encontraba en los sacramentos y la tristeza que le abrumaba. A ello se añadía una violenta tempestad de escrúpulos que le hacían creer que todo era pecado y le llevaron al borde de la desesperación. En esa época, Ignacio empezó a anotar algunas experiencias que iban a servirle para el libro de los "Ejercicios Espirituales". Finalmente, el santo salió de aquella noche oscura y el más profundo gozo espiritual sucedió a la tristeza. Aquella experiencia dio a Ignacio una habilidad singular para ayudar a los escrupulosos y un gran discernimiento en materia de dirección espiritual. Más tarde, confesó al P. Laínez que, en una hora de oración en Manresa, había aprendido más de lo que pudiesen haberle enseñado todos los maestros en las universidades. Sin embargo, al principio de su conversión, Ignacio estaba tan sugestionado por la mentalidad del mundo que, al oír a un moro blasfemar de la Santísima Virgen, se preguntó si su deber de caballero cristiano no consistía en dar muerte al blasfemo, y sólo la intervención de la Providencia le libró de cometer ese crimen.

Tierra Santa

En febrero de 1523, Ignacio por fin partió en peregrinación a Tierra Santa. Pidió limosna en el camino, se embarcó en Barcelona, pasó la Pascua en Roma, tomó otra nave en Venecia con rumbo a Chipre y de ahí se trasladó a Jaffa. Del puerto, a lomo de mula, se dirigió a Jerusalén, donde tenía el firme propósito de establecerse. Pero, al fin de su peregrinación por los Santos Lugares, el franciscano encargado de guardarlos le ordenó que abandonase Palestina, temeroso de que los mahometanos, enfurecidos por el proselitismo de Ignacio, le raptasen y pidiesen rescate por él. Por lo tanto, el joven renunció a su proyecto y obedeció, aunque no tenía la menor idea de lo que iba a hacer al regresar a Europa. Otra vez, la Divina Providencia tenía designios para esta alma tan generosa.

De nuevo en España donde es encarcelado por la inquisición.

En 1524, llegó de nuevo a España, donde se dedicó a estudiar, pues "pensaba que eso le serviría para ayudar a las almas". Una piadosa dama de Barcelona, llamada Isabel Roser, le asistió mientras estudiaba la gramática latina en la escuela. Ignacio tenía entonces treinta y tres años, y no es difícil imaginar lo penoso que debe ser estudiar la gramática a esa edad. Al principio, Ignacio estaba tan absorto en Dios, que olvidaba todo lo demás; así, la conjugación del verbo latino "amare" se convertía en un simple pretexto para pensar: "Amo a Dios. Dios me ama". Sin embargo, el santo hizo ciertos progresos en el estudio, aunque seguía practicando las austeridades y dedicándose a la contemplación y soportaba con paciencia y buen humor las burlas de sus compañeros de escuela, que eran mucho más jóvenes que él.

Al cabo de dos años de estudios en Barcelona, pasó a la Universidad de Alcalá a estudiar lógica, física y teología; pero la multiplicidad de materias no hizo más que confundirle, a pesar de que estudiaba noche y día. Se alojaba en un hospicio, vivía de limosna y vestía un áspero hábito gris. Además de estudiar, instruía a los niños, organizaba reuniones de personas espirituales en el hospicio y convertía a numerosos pecadores con sus reprensiones llenas de mansedumbre.

Había en España muchas desviaciones de la devoción. Como Ignacio carecía de los estudios y la autoridad para enseñar, fue acusado ante el vicario general del obispo, quien le tuvo prisionero durante cuarenta y dos días, hasta que, finalmente, absolvió de toda culpa a Ignacio y sus compañeros, pero les prohibió llevar un hábito particular y enseñar durante los tres años siguientes. Ignacio se trasladó entonces con sus compañeros a Salamanca. Pero pronto fue nuevamente acusado de introducir doctrinas peligrosas. Después de tres semanas de prisión, los inquisidores le declararon inocente. Ignacio consideraba la prisión, los sufrimientos y la ignominia como pruebas que Dios le mandaba para purificarle y santificarle. Cuando recuperó la libertad, resolvió abandonar España. En pleno invierno, hizo el viaje a París, a donde llegó en febrero de 1528.

Estudios en París

Los dos primeros años los dedicó a perfeccionarse en el latín, por su cuenta. Durante el verano iba a Flandes y aun a Inglaterra a pedir limosna a los comerciantes españoles establecidos en esas regiones. Con esa ayuda y la de sus amigos de Barcelona, podía estudiar durante el año. Pasó tres años y medio en el Colegio de Santa Bárbara, dedicado a la filosofía. Ahí indujo a muchos de sus compañeros a consagrar los domingos y días de fiesta a la oración y a practicar con mayor fervor la vida cristiana. Pero el maestro Peña juzgó que con aquellas prédicas impedía a sus compañeros estudiar y predispuso contra Ignacio al doctor Guvea, rector del colegio, quien condenó a Ignacio a ser azotado para desprestigiarle entre sus compañeros. Ignacio no temía al sufrimiento ni a la humillación, pero, con la idea de que el ignominioso castigo podía apartar del camino del bien a aquéllos a quienes había ganado, fue a ver al rector y le expuso modestamente las razones de su conducta. Guvea no respondió, pero tomó a Ignacio por la mano, le condujo al salón en que se hallaban reunidos todos los alumnos y le pidió públicamente perdón por haber prestado oídos, con ligereza, a los falsos rumores. En 1534, a los cuarenta y tres años de edad, Ignacio obtuvo el título de maestro en artes de la Universidad de París.

El Señor le da compañeros

Las palabras fervorosas de Ignacio, llenas del Espíritu Santo, abrió los corazones de algunos compañeros. Por aquella época, se unieron a Ignacio otros seis estudiantes de teología: Pedro Fabro, que era sacerdote de Saboya; Francisco Javier, un navarro; Laínez y Salmerón, que brillaban mucho en los estudios; Simón Rodríguez, originario de Portugal y Nicolás Bobadilla. Movidos por las exhortaciones de Ignacio, aquellos fervorosos estudiantes hicieron voto de pobreza, de castidad y de ir a predicar el Evangelio en Palestina, o, si esto último resultaba imposible, de ofrecerse al Papa para que los emplease en el servicio de Dios como mejor lo juzgase. La ceremonia tuvo lugar en una capilla de Montmartre, donde todos recibieron la comunión de manos de Pedro Fabro, quien acababa de ordenarse sacerdote. Era el día de la Asunción de la Virgen de 1534. Ignacio mantuvo entre sus compañeros el fervor, mediante frecuentes conversaciones espirituales y la adopción de una sencilla regla de vida. Poco después, hubo de interrumpir sus estudios de teología, pues el médico le ordenó que fuese a tomar un poco los aires natales, ya que su salud dejaba mucho que desear. Ignacio partió de París, en la primavera de 1535. Su familia le recibió con gran gozo, pero el santo se negó a habitar en el castillo de Loyola y se hospedó en una pobre casa de Azpeitia.

Bendición del Papa; aparición del Señor

Dos años más tarde, se reunió con sus compañeros en Venecia. Pero la guerra entre venecianos y turcos les impidió embarcarse hacia Palestina. Los compañeros de Ignacio, que eran ya diez, se trasladaron a Roma; Paulo III los recibió muy bien y concedió a los que todavía no eran sacerdotes el privilegio de recibir las órdenes sagradas de manos de cualquier obispo. Después de la ordenación, se retiraron a una casa de las cercanías de Venecia a fin de prepararse para los ministerios apostólicos. Los nuevos sacerdotes celebraron la primera misa entre septiembre y octubre, excepto Ignacio, quien la difirió más de un año con el objeto de prepararse mejor para ella. Como no había ninguna probabilidad de que pudiesen trasladarse a Tierra Santa, quedó decidido finalmente que Ignacio, Fabro y Laínez irían a Roma a ofrecer sus servicios al Papa. También resolvieron que, si alguien les preguntaba el nombre de su asociación, responderían que pertenecían a la Compañía de Jesús (San Ignacio no empleó nunca el nombre de "jesuita". Este nombre comenzó como un apodo), porque estaban decididos a luchar contra el vicio y el error bajo el estandarte de Cristo. Durante el viaje a Roma, mientras oraba en la capilla de "La Storta", el Señor se apareció a Ignacio, rodeado por un halo de luz inefable, pero cargado con una pesada cruz. Cristo le dijo: "Ego vobis Romae propitius ero" (Os seré propicio en Roma). Paulo III nombró al padre Fabro profesor en la Universidad de la Sapienza y confió a Laínez el cargo de explicar la Sagrada Escritura. Por su parte, Ignacio se dedicó a predicar los Ejercicios y a catequizar al pueblo. El resto de sus compañeros trabajaba en forma semejante, a pesar de que ninguno de ellos dominaba todavía el italiano.

La Compañía de Jesús

Ignacio y sus compañeros decidieron formar una congregación religiosa para perpetuar su obra. A los votos de pobreza y castidad debía añadirse el de obediencia para imitar más de cerca al Hijo de Dios, que se hizo obediente hasta la muerte. Además, había que nombrar a un superior general a quien todos obedecerían, el cual ejercería el cargo de por vida y con autoridad absoluta, sujeto en todo a la Santa Sede. A los tres votos arriba mencionados, se agregaría el de ir a trabajar por el bien de las almas adondequiera que el Papa lo ordenase. La obligación de cantar en común el oficio divino no existiría en la nueva orden, "para que eso no distraiga de las obras de caridad a las que nos hemos consagrado". No por eso descuidaban la oración que debía tomar al menos una hora diaria.

La primera de las obras de caridad consistiría en "enseñar a los niños y a todos los hombres los mandamientos de Dios". La comisión de cardenales que el Papa nombró para estudiar el asunto se mostró adversa al principio, con la idea de que ya había en la Iglesia bastantes órdenes religiosas, pero un año más tarde, cambió de opinión, y Paulo III aprobó la Compañía de Jesús por una bula emitida el 27 de septiembre de 1540. Ignacio fue elegido primer general de la nueva orden y su confesor le impuso, por obediencia, que aceptase el cargo. Empezó a ejercerlo el día de Pascua de 1541 y, algunos días más tarde, todos los miembros hicieron los votos en la basílica de San Pablo Extramuros.

Ignacio pasó el resto de su vida en Roma, consagrado a la colosal tarea de dirigir la orden que había fundado. Entre otras cosas, fundó una casa para alojar a los neófitos judíos durante el período de la catequesis y otra casa para mujeres arrepentidas. En cierta ocasión, alguien le hizo notar que la conversión de tales pecadoras rara vez es sincera, a lo que Ignacio respondió: "Estaría yo dispuesto a sufrir cualquier cosa por el gozo de evitar un solo pecado". Rodríguez y Francisco Javier habían partido a Portugal en 1540. Con la ayuda del rey Juan III, Javier se trasladó a la India, donde empezó a ganar un nuevo mundo para Cristo. Los padres Goncalves y Juan Nuñez Barreto fueron enviados a Marruecos a instruir y asistir a los esclavos cristianos. Otros cuatro misioneros partieron al Congo; algunos más fueron a Etiopía y a las colonias portuguesas de América del Sur.

Un baluarte de verdad y orden ante el protestantismo

El Papa Paulo III nombró como teólogos suyos, en el Concilio de Trento, a los padres Laínez y Salmerón. Antes de su partida, San Ignacio les ordenó que visitasen a los enfermos y a los pobres y que, en las disputas se mostrasen modestos y humildes y se abstuviesen de desplegar presuntuosa- mente su ciencia y de discutir demasiado. Pero, sin duda que entre los primeros discípulos de Ignacio el que llegó a ser más famoso en Europa, por su saber y virtud, fue San Pedro Canisio, a quien la Iglesia venera actualmente como Doctor. En 1550, San Francisco de Borja regaló una suma considerable para la construcción del Colegio Romano. San Ignacio hizo de aquel colegio el modelo de todos los otros de su orden y se preocupó por darle los mejores maestros y facilitar lo más posible el progreso de la ciencia. El santo dirigió también la fundación del Colegio Germánico de Roma, en el que se preparaban los sacerdotes que iban a trabajar en los países invadidos por el protestantismo. En vida del santo se fundaron universidades, seminarios y colegios en diversas naciones. Puede decirse que San Ignacio echó los fundamentos de la obra educativa que había de distinguir a la Compañía de Jesús y que tanto iba a desarrollarse con el tiempo.

En 1542, desembarcaron en Irlanda los dos primeros misioneros jesuitas, pero el intento fracasó. Ignacio ordenó que se hiciesen oraciones por la conversión de Inglaterra, y entre los mártires de Gran Bretaña se cuentan veintinueve jesuitas. La actividad de la Compañía de Jesús en Inglaterra es un buen ejemplo del importantísimo papel que desempeñó en la contrarreforma. Ese movimiento tenía el doble fin de dar nuevo vigor a la vida de la Iglesia y de oponerse al protestantismo. "La Compañía de Jesús era exactamente lo que se necesitaba en el siglo XVI para contrarrestar la Reforma. La revolución y el desorden eran las características de la Reforma. La Compañía de Jesús tenía por características la obediencia y la más sólida cohesión. Se puede afirmar, sin pecar contra la verdad histórica, que los jesuitas atacaron, rechazaron y derrotaron la revolución de Lutero y, con su predicación y dirección espiritual, reconquistaron a las almas, porque predicaban sólo a Cristo y a Cristo crucificado. Tal era el mensaje de la Compañía de Jesús, y con él, mereció y obtuvo la confianza y la obediencia de las almas" (cardenal Manning). A este propósito citaremos las, instrucciones que San Ignacio dio a los padres que iban a fundar un colegio en Ingolstadt, acerca de sus relaciones con los protestantes: "Tened gran cuidado en predicar la verdad de tal modo que, si acaso hay entre los oyentes un hereje, le sirva de ejemplo de caridad y moderación cristianas. No uséis de palabras duras ni mostréis desprecio por sus errores". El santo escribió en el mismo tono a los padres Broet y Salmerón cuando se aprestaban a partir para Irlanda.

Una de las obras más famosas y fecundas de Ignacio fue el libro de los Los Ejercicios Espirituales. Es la obra maestra de la ciencia del discernimiento. Empezó a escribirlo en Manresa y lo publicó por primera vez en Roma, en 1548, con la aprobación del Papa. Los Ejercicios cuadran perfectamente con la tradición de santidad de la Iglesia. Desde los primeros tiempos, hubo cristianos que se retiraron del mundo para servir a Dios, y la práctica de la meditación es tan antigua como la Iglesia. Lo nuevo en el libro de San Ignacio es el orden y el sistema de las meditaciones. Si bien las principales reglas y consejos que da el santo se hallan diseminados en las obras de los Padres de la Iglesia, San Ignacio tuvo el mérito de ordenarlos metódicamente y de formularlos con perfecta claridad.

La prudencia y caridad del gobierno de San Ignacio le ganó el corazón de sus súbditos. Era con ellos afectuoso como un padre, especialmente con los enfermos, a los que se encargaba de asistir personalmente procurándoles el mayor bienestar material y espiritual posible. Aunque San Ignacio era superior, sabía escuchar con mansedumbre a sus subordinados, sin perder por ello nada de su autoridad. En las cosas en que no veía claro se atenía humildemente al juicio de otros. Era gran enemigo del empleo de los superlativos y de las afirmaciones demasiado categóricas en la conversación. Sabía sobrellevar con alegría las críticas, pero también sabía reprender a sus súbditos cuando veía que lo necesitaban. En particular, reprendía a aquéllos a quienes el estudio volvía orgullosos o tibios en el servicio de Dios, pero fomentaba, por otra parte, el estudio y deseaba que los profesores, predicadores y misioneros, fuesen hombres de gran ciencia. La corona de las virtudes de San Ignacio era su gran amor a Dios. Con frecuencia repetía estas palabras, que son el lema de su orden: "A la mayor gloria de Dios". A ese fin refería el santo todas sus acciones y toda la actividad de la Compañía de Jesús. También decía frecuentemente: "Señor, ¿qué puedo desear fuera de Ti?" Quien ama verdaderamente no está nunca ocioso. San Ignacio ponía su felicidad en trabajar por Dios y sufrir por su causa. Tal vez se ha exagerado algunas veces el "espíritu militar" de Ignacio y de la Compañía de Jesús y se ha olvidado la simpatía y el don de amistad del santo por admirar su energía y espíritu de empresa.

Durante los quince años que duró el gobierno de San Ignacio, la orden aumentó de diez a mil miembros y se extendió en nueve países europeos, en la India y el Brasil. Como en esos quince años el santo había estado enfermo quince veces, nadie se alarmó cuando enfermó una vez más. Murió súbitamente el 31 de julio de 1556, sin haber tenido siquiera tiempo de recibir los últimos sacramentos.

Fue canonizado en 1622, y Pío XI le proclamó patrono de los ejercicios espirituales y retiros.

-FUENTE: Corazones.org - Adaptado del trabajo de Alban Butler et all, edición en español de R.P. Wilfredo Guinea. La Vida de los Santos de Butler, vol. 3. (Chicago USA: Rand McNally, 1965) pg.222-228.

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Lea en próxima entrada acerca de la obra de San Ignacio de Loyola en nuestros tiempos, reflexiones y apuntes sobre la importancia de su vida y de la orden que fundó, la Compañia de Jesús. 

SANTOS INCORRUPTOS. (PARTE 3).



Santa María Francisca de las Cinco Llagas

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Venerable María de Jesús de Ágreda (con fina capa de cera y color para quitar el color marfil de su piel al natural) Su madre de la Venerable Madre de Ágreda también se conserva en el mismo Monasterio: incorrupta

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Santa María Mazzarello (con fina capa de cera)

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Beata Mattia Nazarei

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San Pío X(con mascara de plata porque su rostro no está muy bien conservado, pero el cuerpo si).

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Santa Olga reina de Ucrania.

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San Riccardo Pampuri (Hermano de la Orden Juanina y Médico: sin tratamiento ninguno, piel negra por entierro literal a la tierra)

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Rita de Cascia (Agustina, con tratamiento muy posterior de cera), Muere en 1457. La herida del estigma en su frente desapareció y en su lugar apareció una mancha roja como un rubí, la cual tenía una deliciosa fragancia. Debía haber sido velada en el convento, pero por la muchedumbre tan grande se necesitó la iglesia. Permaneció allí y la fragancia nunca desapareció. Por eso, nunca la enterraron. El ataúd de madera que tenía originalmente fue reemplazado por uno de cristal y ha estado expuesta para veneración de los fieles desde entonces. Multitudes todavía acuden en peregrinación a honrar a la santa y pedir su intercesión ante su cuerpo que permanece incorrupto.

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Stéfano Bellesini, Beato (con baño de cera tanto el cuerpo como el hábito), siglos después).



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Beato Sebastián de Aparicio
Parece un hombre de 60 años. Murió en el 1600 a los 93 años de edad. Está en urna de cristal, en el convento franciscano de Puebla de los Angeles, México.

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Santa Smeralda Eustochia Calafatto (Clarisa, cuerpo muy mal tratado).

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San Sylvano Mártir (de la Época de Dioclesiano, con capa de cera para protegerlo)

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Santa Verónica Giuliani, Franciscana.

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Vicente de Paul, (con fina capa de cera). Muere el 27 de septiembre de 1660, poco ante de las cuatro de la mañana, a la hora que solía levantarse para servir a Dios y a los pobres. En 1712, 52 años más tarde, su cuerpo fue exhumado por el Arzobispo de París, dos obispos, dos promotores de la fe, un doctor, un cirujano y un número de sacerdotes de su orden, incluyendo al Superior General, Fr. Bonnet. "Cuando abrieron la tumba todo estaba igual que cuando se depositó. Solamente en los ojos y nariz se veía algo de deterioro. Se le contaban 18 dientes. Su cuerpo no había sido movido, se veía que estaba entero y que la sotana no estaba nada dañada. No se sentía ningún olor y los doctores testificaron que el cuerpo no había podido ser preservado por tanto tiempo por medios naturales. 

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Santa Vittoria (Mártir de Dioclesiano, y con tratamiento de cera),

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Sobre los Santos Incorruptos
Desconocemos el autor del siguiente texto pero contiene al final referencia a sus fuentes.

Se intentó deliberadamente la rápida destrucción de los cuerpos de tres santos poniendo cal en sus ataúdes: San Francisco Javier, San Juan de la Cruz y San Pascual Baylón. ( La cal deja los huesos limpios en pocos días.) En los dos primeros casos se intentó acelerar la descomposición con cal para que su traslado pudiera llevarse a cabo más conveniente, e higiénicamente, queriendo transportar solo sus huesos, en lugar de cuerpos medio podridos. (2). En los tres casos la preservación triunfó. De hecho, en el caso de San Francisco Javier, a pesar de su tratamiento inicial, de varios traslados, de amputación de miembros, y el rudo trato de su cuerpo cuando fue forzado a entrar en una tumba demasiado pequeña para su tamaño, estaba todavía en buen estado de conservación, ciento cuarenta y dos años después (3).

La humedad en la bóveda de la tumba de San Carlos Borromeo, en la Catedral de Milán, fue tal, que ésta causó la corrosión y podredumbre de las dos tapas de su ataúd, llegando la humedad al cuerpo, pero sin descomponerlo. Los restos de San Pacífico de San Severinofueron enterrados sin ataúd directamente en tierra por indicación de la regla de su orden, como en el caso de Santa Catalina de Bologna (5). Sin embargo, ambos se mantuvieron en perfectas condiciones.

Santa Catalina Labouré, cincuenta y seis años después de su muerte, su cuerpo fue encontrado perfectamente blanco y natural, aunque su triple ataúd se encontraba muy corroido. Fué tanta la humedad que penetró, que parte de su hábito se deshacía marchito hacia su mano, como observaron los médicos examinadores. El cuerpo de Santa Catalina de Siena también soportó los abusos de la humedad, pero fue encontrado inafectado después de haber sido colocado en un cementerio donde el Beato Raymundo de Capua dijo que "estaba muy expuesto a la lluvia". La ropa sufrió severos deterioros. (6).

San Charbel Makhlouf, fué enterrado sin ataúd, como está recomendado en la regla de su orden religiosa. Su cuerpo fué encontrado flotando en barro dentro de una tumba inundada, durante la exhumación llevada a cabo cuatro meses después de su muerte, tiempo suficiente como para permitir al menos una destrucción parcial. Su cuerpo, que se ha preservado perfectamente como cuando estaba vivo, y flexible por más de setenta años, emite constantemente un bálsamo perfumado que ha sido reconocido como verdaderamente prodigioso (7).

La conservación del cuerpo de San Coloman es bastante notable debido a que su cuerpo permaneció suspendido de un árbol en el cual había sido colgado por un período tan largo que los pobladores lo hallaron francamente milagroso. (Un cuerpo expuesto al aire se descompone ocho veces más rápido que los enterrados, por la actividad de los microorganismos del aire. )

San Andrés Bobola fué parcialmente desollado vivo, sus manos fueron cortadas y su lengua fue arrancada. Tras horas de torturas y mutilaciones, lo mataron cercenando su cabeza con una espada. Su cuerpo fue rápidamente enterrado por católicos en una bóveda bajo la iglesia jesuita de Pinsk, donde fue encontrado cuarenta años después perfectamente preservado, a pesar de las heridas abiertas, que normalmente favorecen y aceleran la corrupción. Aunque su tumba estaba húmeda, causando que sus vestimentas se pudrieran, y en la proximidad de otros cuerpos en descomposición, sus restos estaban perfectamente flexibles, su carne y músculos estaban suaves al tacto, y la sangre que cubría las numerosas heridas se encontraba como la sangre fresca que es congelada. La preservación fue reconocida oficialmente por la Congregación de Ritos en 1835. Su cuerpo permanece incorrupto, maravillosamente conservado después de trescientos años. (8).

¿Cuáles son las razones de esta extraña preservación de la descomposición? ¿Quién puede explicar por qué esas reliquias permanecen intactas? Aparte de los misteriosos perfumes..., la exudación de este inusual líquido, que es el fenómeno más frecuentemente reportado. Para mencionar sólo unos pocos santos así favorecidos, son los casos de Santa María Magdalena de Pazzi (9), Santa Julia Billiart, San Hugo de Lincoln (10), Santa Inés de Montepulciano, Santa Teresa de Ávila, San Camilo de Lellis, San Pascual Baylón.


FENOMENOS que en muchos casos acompañan a la INCORRUPTIBILIDAD.

El aceite que fluye cada cierto tiempo, durante siglos, del cuerpo del Beato Matías Nazzarei de Matelica, fallecido en 1320.

La fenomenal conservación de San Charbel Makhlouf desde su muerte en 1898.

En Toledo, España, el cuerpo de la Venerable Madre María de Jesús, compañera de Santa Teresa de Ávila, exuda un perfume descrito como aroma de rosas y jazmines, y transpira un aceite que continua fluyendo en el presente. El cuerpo de San Juan de la Cruzestaba fragante muchos años después de su muerte, y el cuerpo del Beato Angelo de Borgo San Sepolcro despedía aún un dulce perfume ciento setenta y seis años después de su muerte. La misteriosa fragancia que se notó sobre el cuerpo de Santa Teresa Margarita del Sagrado Corazón, se encontró también en todos los objetos que ella había usado durante su vida.

El "olor de santidad", que fué percibido y atestiguado por personas de incuestionable integridad, es tan frecuentemente registrado como para poder garantizar su existencia (*). Los observadores presentes en la exhumación de San Alberto Magno, que se llevó a cabo doscientos años después de su muerte, quedaron asombrados por un perfume celestial procedente de las reliquias del Santo.

La dulzura del aroma sobre el cuerpo de Santa Lucía de Narni se quedaba en todos los objetos con que reverentemente tocaron la reliquia durante su exposición durante cuatro años después de su muerte. El olor que frecuentemente se notaba alrededor de Santa Teresa durante su vida, fue notado también por las hermanas de su convento en Alba de Tormes durante la última exhumación de su cuerpo en 1914, más de trescientos años después de su muerte.

El cuerpo de Santa Rita de Cascia está también fragante después de más de quinientos años. El perfume que se sintió en el cuerpo de San Vicente Pallotti al momento de su muerte persistió por un mes en el cuarto en que falleció, a pesar de que se encontraba abierta la ventana. Similar es el caso de San Juan de Dios, excepto que la fragancia que permaneció en el cuarto de su muerte por varios días, fue renovada allí durante muchos años en cada sábado, el día en que ocurrió su fallecimiento.

En los cuerpos conservados por momificación, ya sea ésta natural, o artificialmente provocada no se observa este fenómeno. Son cuerpos duros y rígidos. La rigidización de los miembros comienza pocas horas después de la muerte. La mayoría de los incorruptibles no sufrieron esta rigidez, permaneciendo muchos de ellos flexibles por varios siglos. Beato Alfonso de Orozco, cuyo cuerpo estaba flexible doce años después de su muerte; San Andrés Bobola, cuarenta años, y Sta. Catalina Labouré, cincuenta y siete años después de su muerte.

El cuerpo de Sta. Catalina de Bologna estaba tan flexible doce años después de su muerte que pudo ser colocado en posición sentada, forma en que aún puede vérsela. El cuerpo de la Beata Eustoquia Calafato también fue colocado en la misma posición, ciento cincuenta años después de su muerte. El cuerpo de San Juan de la Cruz, muerto en 1591, todavía está perfectamente suave.

Otra condición que desafía las explicaciones científicas es la emanación de sangre fresca que procede de una buena cantidad de estos cuerpos, muchos años después de su muerte. Fue observado ochenta años después de la muerte de San Hugo de Lincoln, cuando se separó la cabeza del cuello. Nueve meses después de la muerte de San Juan de la Cruz, fluyó sangre fresca de la herida resultante de un dedo amputado.

Durante la exhibición del cuerpo de San Bernardino de Siena, que duró veintiséis días después de su muerte, una cantidad de brillante sangre roja salió por su nariz durante el día veinticuatro, como observó y registró San Juan Capistran. Durante el examen médico del cuerpo de San Francisco Javier un año y medio después de su muerte, uno de los médicos insertó su dedo en una herida del cuerpo y lo retiró con sangre, la cual, como declaró, estaba "fresca e impoluta". La herida mortal sobre la frente de San Josafat sangró veintisiete años después de su muerte.

Cuarenta y tres años después del fallecimiento de San Germán de Pibrac, mientras unos trabajadores preparaban la tumba para otro ocupante, una herramienta que estaban utilizando se resbaló y dañó la nariz del santo, haciéndola sangrar (12). Y finalmente, cuarenta años después de la muerte de San Nicolás de Tolentino, un hermano lego separó secretamente los brazos de la reliquia. Fué encontrado y seriamente reprendido cuando un copioso flujo de sangre delató el acto sacrílego. (13), suceso que fue aceptado como milagroso por el Papa Benedicto XIV.

Aunque no contribuyó en nada a la preservación de estas reliquias, la aparición de luz en los cuerpos y tumbas de algunos de estos santos señaló dónde se encontraban. La santidad deSan Guthlac fue afirmada por muchos testigos que vieron la casa en que murió envuelta con una luz brillante, la cual procedía desde allí y se dirigía hacia el cielo (14). El perfume que procedía de la boca de San Luís Bertrand en su lecho de muerte fue acompañado por una intensa luz que iluminó su humilde celda por varios minutos. Muchos otros santos fueron favorecidos con esta iluminación, incluyendo a San Juan de la Cruz, San Antonio de Stroncone, y Santa Juana de Lestonnac.

Tal vez la manifestación más impresionante ocurrió en la tumba de San Charbel Makhlouf:La luz, que brilló fuertemente por cuarenta y cinco noches en su tumba, fue presenciada por muchos pueblerinos y finalmente terminó en la exhumación de su cuerpo, destapando así los fenómenos antes mencionados y que todavía hoy pueden observarse.

Los incorruptibles no pueden ser clasificados dentro de las otras momificaciones. La mayor parte de los incorruptibles nunca fueron embalsamados ni tratados en ninguna forma. El Papa Benedicto XIV, tomando todas las precauciones que la cautelosa Iglesia mantiene en estos casos, incluyó dos largos capítulos titulados "De Cadaverum Incorruptione" en su gran trabajo sobre la beatificación y canonización de los santos.

Las únicas preservaciones que él deseaba considerar como extraordinarias son aquellas que mantienen una flexibilidad, color y frescura semejantes a cuando los santos estaban vivos, sin intervención deliberada. Estos estrictos requerimientos son cumplidos por una enorme cantidad de santos incorruptos. En el caso de San Andrés Bobola fue debatido por sucesivos Promotores de la Fe y de Postuladores de su Causa en 1739 y 1830, la condición del cuerpo, que aunque estaba mutilado por las heridas infligidas durante su martirio, fue finalmente aceptado en su incorruptibilidad por la Congregación de Ritos como uno de los milagros requeridos para su beatificación.

Los católicos somos privilegiados, no sólo por tener estas reliquias únicas, sino, sobre todo, por sabernos incondicionalmente guiados y acompañados por un Dios que no se mantiene ajeno a nuestras vidas, sino que constantemente nos llama a su lado, deseando para nosotros el mayor de los bienes existentes que es Él mismo. La presencia o ausencia de fe determinará indudablemente la aceptación o negación de este fenómeno de incorruptibilidad.

Para aquéllos que habitualmente buscan una explicación socio-económica para todo, no hay argumentos que satisfagan sus dudas; por consiguiente, este material es presentado a quienes ante la rotundidad de los argumentos y de las imágenes, pueden ver con sus propios ojos una realidad manifiesta. Para aquellos de nosotros que admiran y aman con fe a estos santos, es consolador saber que ellos no sólo están en el reino celestial, sino también en sus cuerpos, los cuales algún día serán glorificados, permanecen entre nosotros.

NOTAS

(1) "... cuando los venerados restos de Santa Ángela Merici fueron sacados de la urna, el venerado cuerpo se presentaba admirablemente preservado e intacto, sin ningún tipo de químico...". Esta cita fue tomada del Verbals of Recognition, que fue firmado por el Rev. Canciller y por Mons. Gaffuri y muchos testigos presenciales. Esta información fue suministrada por la 'Casa Santa Angela' en Brescia.
(2) 'El Santo de la Eucaristía'. L. A. de Porrentruy. 1905.
(3) 'San Francisco Javier'. The Wicklow Press. Nueva York, 1952.
(5) La información obtenida fue tomada del material suministrado por el santuario de la santa, Monastero del Corpus Domini, Detto Della Santa, Bologna.
(6) 'La vida de Santa Catalina de Siena'. Beato Raimundo de Capua. P.J. Kenedy & Sons. Nueva York.
(7) 'San Charbel, la Hermita del Líbano de la Orden Maronita Libanesa'. Monasterio de San Marón. Annaya, Líbano.
(8) 'La vida de San Andrés Bobola de la Sociedad de Jesús, Mártir'. Cesare Moreschini. Bruce Humphries, Inc. Boston. 1939.
(9) 'Serafín entre ángeles. La vida de Santa María Magdalena de Pazzi'. Sor María Mínima. La Prensa Carmelita. Chicago. 1958.
(10) 'La vida de San Hugo de Lincoln' . Herbert Thurston, S.J. Bensinger Brothers, Nueva York, 1898.
(12) 'Annales de Sainte-Germaine de Pibrac'. Redaction et Administration: M. le Curé. Pibrac. Junio y Octubre de 1968.
(13) El monasterio agustino y los archivos del Obispo de Camarino poseen numerosos documentos confiables y autorizados sobre las reliquias de San Nicolás de Tolentino, y los fenómenos relativos a las mismas.
(14) 'Héroes y Santos Anglosajones'. Clinton Albertson, S.J. Fordham University Press. Nueva York. 1967.

MEDJUGORJE.

HISTORIA

Medjugorje, Bosnia Herzegovina:
 enorme centro de peregrinación.


Apariciones Marianas y Mensajes de la Virgen María de Medjugorje

La Virgen María se aparece a seis niños el 24 de junio de 1981, en un país dominado por el comunismo ateo. En medio de una persecución política a la resistente fe Católica de un pueblo rural sufrido y empobrecido, se aparece la Madre de Dios en una sucesión de gran cantidad de hechos místicos. Los seis niños entran en estado de éxtasis cuando María se presenta a ellos, en medio de la fe y admiración del pueblo del lugar. María venció allí toda clase de resistencias, en base a una avalancha de manifestaciones celestiales que quebraron toda oposición. ¿El Sacerdote del lugar tiene dudas?. Pues es el propio Jesús el que le habla pidiéndole que proteja a los pequeños videntes.

El 24 de junio de 1981, día de san Juan Bautista, dos amigas de dieciséis años llamadas Ivanka Ivankovic y Mirjana Dragicevic, están dando un paseo tras las casas de Bijakovici, a un kilómetro de la parroquia de Medjugorje. Mientras pasean por la falda del monte, Ivanka le hace un extraño comentario a su amiga. “Mirjana, creo que la Gospa (1) está en el monte”. Pero la joven sarajevita ignora a su acompañante por lo absurdo de su frase y sigue caminando dejándola un poco atrás. Pocos instantes después se encuentra con Milka Pavlovic, una jovencita de Bijakovici que está guardando las cabras de la familia, y a Vicka Ivankovic, de diecisiete años, que andaba buscando a las dos primeras. Mirjana decide desandar con Milka y con Vicka los pocos pasos que ha dado desde donde dejó a Ivanka.

Cuando llegan al lugar las tres muchachas, ellas ven también, a una distancia indeterminada, a una hermosa joven de unos dieciocho años, de ojos azules y pelo moreno, con la tez blanca y las mejillas ligeramente sonrosadas, que sostiene en sus brazos a un pequeño bebé al que no logran ver, aunque aprecian que se mueve envuelto en una manta o toca. La joven viste un largo vestido azul claro, y un velo blanco cubre su cabeza, sus hombros y su espalda. La muchacha, de una belleza indescriptible según relatan las chicas, no pisa el suelo, sino que flota a un metro de altura sobre él, y sus pies están cubiertos por una nubecilla blanca.

Unos minutos después llegan hasta donde están ellas dos muchachos del pueblo: Ivan Dragicevic e Ivan Ivankovic. Al estar estos seis muchachos ante la mujer, ésta les hace señas con una mano para que se acerquen a ella, y entonces, los seis salen corriendo, asustados por lo que ven.


Međugorje o Medjugorje ('Entre montañas') es un 
pueblo de la parte suroccidental de Bosnia y Herzegovina. 

Segundo día. 25 de junio.

Al mediodía, un pequeño grupo de familiares propone a algunos de los jóvenes acompañarles esa misma tarde al mismo lugar y a la misma hora.

De los seis chicos que vieron a la mujer el día anterior, dos de ellos no estarán esa segunda tarde: ni Milka ni Ivan Ivankovic. Sin embargo, la hermana mayor de Milka, de nombre Marija, y un niño de diez años llamado Jakov Colo, sí que van en esta expedición del segundo día.

Cuando la comitiva ha comenzado a subir el monte los seis chavales del grupo salen corriendo a toda velocidad hacia arriba. Según ellos mismos, han visto una especie de rayos o flashes de luz sobre el monte, tres seguidos, tras los cuales han sentido un impulso muy fuerte de subir a lo alto. Según los demás testigos, los seis chicos iban tan deprisa que “parecían volar sobre las piedras, como si tuvieran alas en los pies”, a una velocidad imposible de seguir.

Unos minutos más tarde, los familiares y demás personas que les acompañaban llegan a un lugar en el que los seis chicos están de rodillas. Curiosamente, no responden a sus llamadas, no se inmutan ante sus gritos, no se mueven ante sus empujones. Los intentan mover, pero sus cuerpos están rígidos y parecen haber cobrado un peso desproporcionado para unos adolescentes. Lo único que hacen algunos de ellos es mover los labios, como si hablasen, aunque sin emitir sonido alguno, y mover la cabeza, como asintiendo o negando. Según los testigos de ese día, los rostros de los chicos eran “radiantes”, y sus sonrisas abiertas se mezclaban con lágrimas de alegría.

Unos treinta minutos después, los chicos recobraron la percepción del espacio y el tiempo. No eran capaces de hablar, se abrazaban y gemían entre llantos y risas.

Según contaron estos seis chicos, ese día vieron de nuevo a la Virgen María, esta vez sin el niño. Era indescriptiblemente bella, sonriente y alegre, y cuando estuvieron ante ella, como a una distancia de uno o dos metros, comenzaron a rezar simultáneamente. Primero, un padrenuestro, luego un avemaría y después un gloria. La primera vez que oyeron la voz de la mujer fue al acompañarles en el rezo de las oraciones del padrenuestro y del gloria, pero guardó silencio cuando los niños rezaron el avemaría.

Según dirían después los niños, su voz es “indescriptible, como una melodía” de un instrumento que no han oído jamás.

Después de rezar, algunos de los chicos se atrevieron a hablar con ella, siendo la primera Ivanka, quien le preguntó si podría ver a su madre, fallecida dos meses atrás. La señora le contestó que sí la vería, pero no en ese momento, sino más adelante, y que no se preocupase, pues su madre estaba con ella. Mirjana pidió entonces alguna señal para que sus familiares y amigos les creyesen, ante lo que la señora se limitó a sonreír.

A los pocos minutos para ellos, aunque media hora para los testigos, la señora se despidió diciendo: “Dios esté con vosotros, mis ángeles”. Los niños le preguntaron si la verían el día siguiente, y ella contestó que sí asintiendo con la cabeza.

Curiosamente, a ninguno se le ocurrió esa tarde preguntarle a la señora quien era, pues daban por hecho que era la Virgen María. Esto sorprendió mucho a sus familiares.

Esa tarde, los niños estaban de nuevo radiantes, y tanto sus relatos como los de los testigos corrieron como la pólvora por todo el valle de Medjugorje. Muchos se acostaron ese día deseando subir, a la media tarde siguiente, a la que ya se empezó a conocer como la Colina de las Apariciones.

Tercer día. 26 de junio.

La mañana del tercer día se levantó nublada y amenazando tormenta, no solo de lluvia contra la tierra, sino de intranquilidad que amenazaba con destruir la calma tensa en la que vivían los habitantes de Medjugorje, bajo la mirada de las autoridades locales, desde el final de la última guerra.

Los familiares de los niños estaban asustados, pero al mismo tiempo les veían convencidos de que contaban la verdad.

La abuela de Vicka, mujer anciana y de la tierra, piadosa y artera, que creía a su nieta en cuanto a que algo había visto la chiquilla, le aconsejó llevar esa tarde al monte un frasco con agua bendita, para ahuyentar a la visión en caso de no ser quien creían que era, y se marchase al infierno o al lugar de donde hubiera salido.

Pasadas las cinco de la tarde, los seis chicos del día anterior, más los dos del primer día, se encaminaron hacia el mismo lugar, pero ya en esta ocasión, quienes les acompañaban superaban los tres centenares de personas, es decir, casi todo aquel que vivía en el valle.

Al ver aquella multitud, los que se asustaron fueron los niños, asomando las primeras dudas a sus cabezas. No de lo que habían visto, que estaban convencidos, sino de lo que ocurriese si no lo volviesen a ver, por miedo a las represalias o a las burlas de toda esa gente que les seguía, esperando cada uno vete tú a saber qué cosa.

La aparición no se hizo esperar. De nuevo tres fuertes flashes de luz fue la señal premonitoria, y de nuevo, los seis chicos del día anterior salieron a la carrera, no así los dos del primero que no volvieron la víspera. Quedaba de esta manera conformado el grupo de videntes en los seis del segundo día, y que hasta el día de hoy, son los auténticos protagonistas del fenómeno de Medjugorje: Vicka, Mirjana, Ivanka, Marija, Ivan y Jakov.

Cuando los testigos llegaron tras ellos, de nuevo se encontraban como ausentes de la realidad, fuera de toda experiencia de tiempo o sensación. Sus caras estaban alegres y sonrientes, de una forma llamativa, y solo se oían sus voces cuando, de forma simultánea y sin avisar, comenzaban a rezar.

En un momento dado, antes de que los testigos llegaran, Vicka cogió el agua bendita y se la tiró a la imagen, mientras le gritaba: “Si tú eres nuestra Madre bendita, quédate con nosotros. Si no, vete y déjanos en paz”. La reacción de la mujer fue sonreír, ante lo que Mirjana decidió preguntarle quien era. “Soy la Bienaventurada Virgen María”, contestó.

Cuando los chicos volvieron a reaccionar, ya rodeados por multitud de personas que amenazaban con aplastarles, decidieron descender el monte rumbo a su casa, y cual fue su sorpresa cuando vieron a Marija llorando desconsolada en un pequeño claro entre los matorrales. Al parecer, Marija sintió de nuevo aquella “llamada” cuando aún estaban en lo alto, y descendió el monte sin que nadie hubiese notado su ausencia, a toda velocidad.

Según contó más tarde Marija, la Virgen María se le había aparecido de nuevo, en esta ocasión a ella sola y de una manera muy diferente a la que lo había hecho minutos antes junto a los demás.

Al parecer, la Virgen María ya no vestía esa túnica azul grisácea con su velo blanco, sino que iba de negro y lloraba muy apenada. Cuando Marija, presa de la congoja, le preguntó por qué lloraba, la Virgen María dio uno de los mensajes más importantes: “Paz, paz y solo paz”. En ese momento, apareció detrás de la Virgen María una cruz de madera, y la Virgen María volvió a hablar: “La paz debe reinar entre el hombre y Dios, y entre todos los hombres”. Tras estas palabras, la Virgen María añadió algunas más, indicando la necesidad de los hombres de volver a Dios y de convertir sus vidas en vidas de oración.

Esto sucedió en un lugar que hoy está señalado con una cruz de madera, en la subida al Podbrdo, entre las esculturas que representan el primer y el segundo misterio gozoso del rosario.

El párroco, fray Jozo Zovko, regresó al pueblo este día. Había pasado la semana en Zagreb atendiendo distintas funciones y cuando volvió, Medjugorje no tenía nada que ver con la aldea tranquila y serena que había dejado seis días antes.

Los niños fueron llevados ante él e interrogados. El padre Jozo Zovko no les creyó y les indicó ser cautos y prudentes, pero siempre siendo respetuoso con ellos. Al fin y al cabo, pensaba que sería cosa de niños, pero esa misma tarde, cuando vio los coches de la policía que llegaban a Medjugorje, se asustó y llegó a pensar que los comunistas estaban tramando algo.

Los pormenores de este interrogatorio y de cómo vivió fray Jozo estos días y todo lo demás, lo relata él mismo en este libro más adelante, en una extensa entrevista.

Este día quedaron consignadas tres de las características de las apariciones de Medjugorje que las siguen acompañando hasta nuestros días: el grupo de seis videntes, las apariciones en grupo o individuales, y los mensajes de la Virgen dirigidos no solo a los videntes o a un ente local, sino a toda la humanidad.

Milka y el otro Ivan, quienes vieron la aparición el primer día pero no regresaron el segundo, nunca volvieron a ver la señora.

Esa noche Medjugorje había dejado de ser un anónimo y tranquilo pueblo de Herzegovina, y su nombre ya corría de boca en boca por las regiones cercanas de la zona.

Cuarto día. 27 de junio.

La mañana del sábado comenzaron las hostilidades contra los chicos y sus familias. Las autoridades de Citluk (2) se los llevaron para hacerles un interrogatorio. En realidad no sabían muy bien de qué se trataba lo que andaban contando los niños, pero sí se sabía que estaban organizando un revuelo muy extraño en la zona.

Les sometieron a un interrogatorio “largo y meticuloso” sobre quienes eran, quienes eran sus familias, en qué trabajaban, donde vivían, como se conocieron entre ellos, y qué era lo que estaban contando esos días que tanto alboroto había levantado entre los lugareños del valle. Los chicos respondieron en todo momento “con simplicidad y sin contradicciones”.

Al terminar el interrogatorio por parte de las autoridades políticas y policiales, fueron conducidos al consultorio médico. Este fue el primero de un número incontable de exámenes y análisis a los que los seis chicos han sido sometidos desde 1981.

Efectuado por los médicos locales, sin ningún tipo de elemento extraordinario más allá de los que hubiera en un consultorio de pueblo, los niños fueron declarados “perfectamente sanos y equilibrados”.

A la hora de la comida los devolvieron a sus casas, para tranquilidad de sus familiares. Algunos de ellos quisieron prohibirles a los niños subir esa tarde al monte, pero era imposible detenerles. Además, ya en ese día el número de personas que habían acudido a Medjugorje superaba el millar, y nadie sabe como se hubiesen tomado aquello si los padres no hubiesen permitido a sus hijos subir al monte con ellos.

Por la tarde, la multitud les esperaba en el monte rezando el rosario. A los chicos, todas estas manifestaciones les extrañaban, pero en el fondo les daba igual todo lo que ocurriese a su alrededor, pues según ellos, ver a la Virgen era “estar en el paraíso”.

En torno a la misma hora de los días anteriores, de nuevo vieron los tres rayos de luz, esta vez ya sin carrera, pues el gentío no les hubiese dejado correr, y cayeron en esa especie de ausencia del tiempo y del espacio.

Según relataron los chicos, después de rezar con ella diferentes oraciones, la Virgen María les habló durante mucho tiempo, ya que los niños no pararon de hacerle preguntas. Ese día, hablando de los sacerdotes, la Virgen María les diría: “Han de creer firmemente, y han de cuidar la fe del pueblo”.

Ese día ocurrió otra novedad, y es que tuvieron otra aparición más, todos juntos, al pie del Podbrdo, cuando volvían a sus casas. En esa ocasión la Virgen María les dijo: “No tengáis miedo de nada”, y se despidió de ellos diciendo: “Que Dios esté con vosotros, mis ángeles”.

Quinto día. 28 de junio.

Este fue el primer día en que las autoridades se asustaron de verdad. Al ser domingo, y no teniendo que trabajar, unas quince mil personas inundaron Medjugorje. Algo estaba pasando que no era normal y que se escapaba a la capacidad de control de las autoridades locales.

Al mismo tiempo, el párroco del pueblo se mantenía como ausente y nadie que no viviese en Bijakovici, la aldea de los chicos, sabía muy bien ni qué pasaba ni a quién acudir. Una sensación de miedo mezclada con esperanza confundía a todo el mundo que, sin decir nada, se encaminaba al monte sencillamente siguiendo a la multitud.

Según las notas que fray Ljudevit Rupcic ha dejado, aquella tarde de domingo la masa no dejaba ni si quiera avanzar a los chicos en dirección al monte.

En un momento dado, a la hora de siempre, los niños se arrodillaron de golpe, todos a la vez, y de nuevo se mostraron ausentes.

Como la multitud se agolpaba contra ellos para verles, se había organizado un grupo de voluntarios que les rodeaba y protegía del tumulto.

Lo que contaron después los chicos es que, de nuevo, la Virgen María rezó con ellos un padrenuestro, guardó silencio en el avemaría, y acabó acompañándoles en el gloria. Después estuvieron hablando, y en un momento dado, la Virgen María puso un rostro triste, porque al parecer, había gente entre la multitud presente que estaba blasfemando.

Alguno de los niños le pidió que se apareciese en la parroquia y ante todo el mundo, pues así podrían creerles: “Bienaventurados aquellos que sin haber visto, han creído”, contestó la Virgen María. Luego les pidió que rezaran, y que pidiesen oraciones a todos los demás.

Al terminar aquella aparición, había un estado general de alegría entre los miles de peregrinos presentes, a pesar de haber sido uno de los días de más calor del año y de haber pasado horas al sol, siguiendo a los muchachos.

Sexto día. 29 de junio.

El lunes por la mañana, de nuevo los niños fueron detenidos por las autoridades. En esta ocasión les llevaron a Mostar, donde un equipo psiquiátrico tenía que examinarles para declarar que eran unos farsantes o unos enfermos.

Las noticias sobre Medjugorje ya habían salido en la prensa local, lo cual era un desafío para un régimen gubernamental oficialmente ateo, en el que se declara que Dios no existe y en el que, por lo tanto, la Virgen María no tiene cabida en los medios de comunicación ni como figura del belén.

Sin embargo, los médicos, entre los que estaba una mujer musulmana, la doctora Dzudza, los declaran normales y sanos de mente, y en su informe médico dejan escrito que “los niños no están locos, sino quien les trajo aquí”.

Al mediodía comen con sus familiares y ya a esas horas, una muchedumbre incontable puebla el monte y reza sin remisión, sin que ni el sol implacable ni la persuasoria presencia de militares, les importe lo más mínimo.

La Virgen María les dio a los videntes un mensaje: “Hay un solo Dios, una sola fe. Creed fuertemente y confiad”.

Ese día ocurrieron curaciones físicas entre los muchos enfermos que acudieron allí, de las que en la parroquia se tiene constancia y documentación, pero que no dejan publicar ni dar a conocer con detalles, pues según dicen, es secreto de los afectados, y sus datos y testimonios están en poder de la Iglesia.

Séptimo día. 30 de junio.

Este fue el primer día en que desde las autoridades civiles locales, se planea una trampa contra los niños para engañarles.

No sabiendo como detener la afluencia masiva de gente a Medjugorje, deciden utilizar a dos señoras de la aldea que, con la excusa de aliviarles el agobio de la muchedumbre, proponen a los niños un paseo en coche.

Parten de Bijakovici en la mañana. Sus casas y el monte ya están rodeadas de gente, por lo que los chicos sienten el alivio de quitarse aquello de encima, aunque fuese por un par de horas. En la furgoneta no va Ivan, que se ha quedado encerrado en casa.

Sin embargo, el paseo en furgoneta se hace más largo de lo previsto, y llega un momento en que los chicos se dan cuenta de que no estarán a tiempo en el monte, a la hora de la aparición, y se las apañan para que las dos mujeres detengan el coche unos momentos antes de la hora habitual. Están al otro lado del monte, y cuando llega la hora, los cinco niños caen en éxtasis allí mismo, en la cuneta.

Los únicos testigos de esta aparición son las dos mujeres que se les habían llevado engañados, quienes, a parte de las mismas características de las otras veces, atestiguaron que oyeron a los niños cantar y como rezaban siete veces el padrenuestro, el avemaría y el gloria.

Y así es como son contados los primeros siete días de apariciones. Los acontecimientos se sucedieron así, a la misma hora y en el mismo lugar del Podbrdo, hasta el día 12 de agosto, momento en que quedó prohibido oficialmente acceder al monte.

Ese día, el ejército se desplegó en Medjugorje como si se tratase de una guerra. Desplazaron helicópteros, camiones llenos de soldados con perros que patrullaban el monte y sus alrededores y montaron controles de carretera en todos los accesos al pueblo. Pero esto no mitigó el testimonio y el empeño de los chicos, quienes siguieron teniendo las apariciones allí donde se encontraran, ya fuese en los campos, en el otro monte, en sus propias casas y habitaciones, o donde fuera.

Ellos solo sabían, cada día, que cuando faltasen unos veinte minutos para las siete de la tarde, la imagen iba a aparecer. Estuviesen solos, en grupos de dos o de tres, o los seis a la vez, todos los días a la misma hora, tenían esa experiencia mística del éxtasis, en que se quedaban ausentes del contexto temporal y sensorial que les rodeaba. A veces veían y oían exactamente lo mismo, y a veces escuchaban cosas diferentes, dirigidas personalmente para cada uno de ellos sin que los otros supiesen que decía la Virgen a los demás.

Según el testimonio de los chicos, que ya no son niños ni adolescentes, sino adultos, siguen teniendo estas apariciones. Con diferente frecuencia unos de otros, pero siendo la misma joven de unos dieciocho años, de una indescriptible belleza y voz maravillosa, la que, como si no hubiese pasado el tiempo para ella, los visita estén donde estén.

(1) Gospa, palabra croata que significa señora, es la voz con la que se refieren los croatas a la Virgen María, igual que los italianos, por ejemplo, se refieren a ella como La Madonna. El término Gospa aparecerá a lo largo de la narración en numerosas ocasiones.
(2) Pueblo principal situado a 5 kilómetros de Medjugorje.

DOCTRINA DE MEDJUGORJE

ESPACIOS DE ORACIÓN EN TORNO
A LA IGLESIA DE MEDJUGORJE.

IGLESIA DE SANTIAGO APÓSTOL: centro y núcleo
de la vida sacramental y de oración no sólo de
los parroquianos sino también de los peregrinos.
Medjugorje es, en el seno de la Iglesia Católica, un evento de posibles apariciones marianas que la Iglesia estudia en nuestros días, apariciones que se habrían iniciado en 1981 en la localidad de Bosnia y Herzegovina que da nombre al fenómeno y que, a día de hoy, seguirían sucediendo según el relato de los videntes.

El Fenómeno de Medjugorje nace del testimonio de seis videntes, cuatro mujeres y dos varones que tenían, allá por 1981, entre 10 y 16 años.

De este fenómeno, y mientras la Iglesia sigue con apertura al mismo tiempo que prudencia el devenir de los acontecimientos, se ha derivado una serie de hechos constatables en los miles de testimonios, vocaciones de conversión y de curación, relacionados con el evento.

Medjugorje se ha convertido desde 1981 en un fenómeno espiritual que ha llevado hasta este pueblo a millones de peregrinos venidos desde países de los cinco continentes y que a su vez se han llevado a sus países de origen la espiritualidad allí aprendida, derivada de los supuestos mensajes de la Virgen María.

Estatua de la Reina de la Paz
cerca a la Iglesia de Medjugorje.

La duración del evento, la periodicidad de las apariciones, la apertura de los supuestos videntes y los tiempos en que está sucediendo, convierten Medjugorje en el primer posible caso de apariciones marianas susceptible de investigar, con todos los medios y conocimientos disponibles a día de hoy, tanto científicos como teológicos, mientras está sucediendo, y no una vez sucedidos.

El Fenómeno de Medjugorje consistiría en una escuela de vida cristiana para el hombre de hoy, en el que la Virgen María presenta de un modo cercano y maternal un programa de trato con Dios, en el seno de la Iglesia, a través de la oración, los sacramentos, la lectura de la Palabra y el sacrificio.

Este programa se desarrolla a través de los mensajes que la Virgen María daría a estos seis videntes, a cada uno de ellos con una periodicidad diferente, y encargándoles también misiones diferentes por las que rezar y ámbitos en los que desarrollar su misión de testigos.

VIDENTES DE MEDJUGORJE

El 24 de junio, de 1981 comenzaron los reportes
de las apariciones de la Santísima Virgen María
a estas seis personas en la aldea de Medjugorje.

Los seis videntes de Medjugorje son los siguientes:

Ivanka Ivankovic
Nació en Bijakovici (zona donde está la colina de las Apariciones o Podbrdo) el 21 de junio de 1966. Está casada con Raiko Elez y tiene tres hijos, dos varones y una niña. Fue la primera en casarse y la primera en asegurar que vio a la Virgen el miércoles 24 de junio de 1981. Tuvo apariciones diarias terminaron el 7 de mayo de 1985, a partir de entonces tiene una aparición anual el día 25 de junio de cada año. Vive muy discretamente, llevando una vida muy privada, y habita al pie del Krizevac o monte de la Cruz, junto a Medjugorje. Asegura que la Virgen le ha encargado rezar por la familia.

Mirjana dragicevic
Nació en Sarajevo, el 18 de marzo de 1965. El 24 de junio de 1981 estaba de vacaciones en casa de sus abuelos en Bijakovici. Está casada con Marko Soldo y tiene dos niñas. Sus apariciones diarias terminaron el 25 de diciembre de 1982 según sus palabras. Desde hace unos años afirma que tiene o recibe una aparición de la Virgen los días 2 de cada mes. El motivo es para rezar por los que no conocen el amor de Dios. Además, la Virgen se le aparece el 18 de marzo de cada año. Asegura que la Virgen le ha encargado rezar por los no creyentes o como diría La Gospa, “por los que aún no conocen el amor de mi Hijo”.

Jakov Colo
Nació en Bijakovici el 6 de marzo de 1971. Tenía sólo 10 años en el 81. Siendo hijo único, quedó huérfano a la edad de 13 años. Se casó más tarde en la parroquia del Apóstol Santiago en Medjugorje. En la actualidad vive en Medjugorje con sus tres hijos, dos niñas y un niño y asegura que sus apariciones diarias terminaron el 12 de septiembre de 1998. Su testimonio indica que recibe una aparición anual de la Virgen con el Niño durante el día de Navidad. Su misión es orar por los enfermos.

Marija Pavlovic
A través de ella, la Virgen transmite los días 25 de cada mes el mensaje mensual a la parroquia y al mundo. Nació en Bijakovici el 1 de abril de 1965. Casada en Milán el 8 de septiembre de 1993. Vive en Italia con sus cuatro hijos, todos varones. Pasa bastante tiempo del año en Medjugorje. Su hermana Milka estuvo el primer día, el segundo día no pudo regresar y Marija fue en su lugar. Según cuenta, ve a la Virgen todos los días. Su misión es orar por las almas del Purgatorio.

Vicka Ivankovic
Nacida en Bijakovici, el 3 de septiembre de 1964. Es la mayor de todos. Ha sido la última en casarse, lo hizo en enero de 2002 con Mario Mijatovic. Tiene dos niños: María Sofía y Antonio. Viven en Krehin Gradac, a cinco minutos de Medjugorje. Asegura que todavía tiene apariciones diarias. Según cuenta, la Virgen María le ha relatado su vida y Vicka la ha escrito en tres manuscritos; cuando la Virgen se lo diga, publicará su contenido. Su misión es orar por los enfermos.

Ivan Dragicevic
Nació en Bijakovici el 25 de mayo de 1965. Casado con Laureen Murphy el 23 de octubre de 1994 en Boston, EEUU. Tienen cuatro hijos. La familia vive mitad del año en Medjugorje y la otra mitad en Boston. Afirma que la Virgen se le aparece todos los días. Su misión es orar por los sacerdotes y los jóvenes.

SAN JUAN DE ÁVILA, MODELO DE VIDA SACERDOTAL.

SAN JUAN DE ÁVILA
San Juan de Ávila nació el 6 de enero de 1499 (o 1500) en Almodóvar del Campo (Ciudad Real), de una familia profundamente cristiana. Sus padres, Alfonso de Ávila (de ascendencia israelita) y Catalina Jijón, poseían unas minas de plata en Sierra Morena.

Probablemente en 1513 comenzó a estudiar leyes en Salamanca, de donde volvería después de cuatro años para llevar una vida retirada en Almodóvar. Los estudios de Salamanca dejaron huella en su formación eclesiástica, como puede constatarse en sus escritos de reforma. Aconsejado por un franciscano, marchará a estudiar artes y teología a Alcalá de Henares (1520-1526). De esta etapa en Alcalá existen testimonios de su gran valía intelectual, como así lo atestigua Domingo de Soto. Allí conoció el erasmismo, las diversas escuelas teológicas y filosóficas y la preocupación por el conocimiento de las Sagradas Escrituras y los Padres de la Iglesia.

Primeros años de sacerdocio

Durante sus estudios en Alcalá murieron sus padres. Juan fue ordenado sacerdote en 1526, y quiso venerar la memoria de sus padres celebrando su Primera Misa en Almodóvar del Campo. Un año después se ofreció como misionero al nuevo obispo de Tlaxcala (Nueva España), Fr. Julián Garcés, que habría de marchar para América en 1527. Con este firme propósito de ser evangelizador del Nuevo Mundo, se trasladó san Juan de Ávila a Sevilla, donde mientras tanto se entregó de lleno al ministerio, en compañía de su compañero de estudios en Alcalá el venerable Fernando de Contreras. Ambos vivían pobremente, entregados a una vida de oración y sacrificio, de asistencia a los pobres y de enseñanza del catecismo.

Esta amistad y convivencia con Fernando de Contreras, fueron posiblemente las que motivaron el cambio de las ansias misioneras de Juan de Ávila. El P. Contreras habló con el arzobispo de Sevilla, D. Alonso Manrique, y éste le ordenó a Juan que se quedara en las ‘Indias’ del mediodía español. El mismo arzobispo quiso conocer personalmente la valía del nuevo sacerdote y le mandó predicar en su presencia. Juan de Ávila contaría después la vergüenza que tuvo que pasar; orando la noche anterior ante el crucifijo, pidió al Señor que, por la vergüenza que él pasó desnudo en la cruz, le ayudara a pasar aquel rato amargo. Y cuando, al terminar el sermón, le colmaron de alabanzas, respondió: Eso mismo me decía el demonio al subir al púlpito.

Durante algún tiempo continuó el ministerio juntamente con Fernando de Contreras. Pronto se dirigió a predicar y ejercer el ministerio en Écija (Sevilla). Uno de sus primeros discípulos y compañero fue Pedro Fernández de Córdoba, cuya hermana de catorce años, D.ª Sancha Carrillo, comenzó una vida de perfección bajo la guía del Maestro Ávila. La que habría sido dama de la emperatriz Isabel, pasó a ser (después de confesarse con san Juan de Ávila) una de las almas más delicadas de la época y destinataria de las enseñanzas del Maestro en el Audi, Filia, preciosa pieza espiritual del siglo XVI y único libro escrito por San Juan de Ávila. Su predicación se extendía también a Jerez de la Frontera, Palma del Río, Alcalá de Guadaira, Utrera, y otras poblaciones, juntamente con la labor de confesionario, dirección de almas o arreglo de enemistades.

Pero su presencia en Écija pronto le va a acarrear las enemistades y la persecución. El primer incidente ocurrió cuando un comisario de bulas impidió la predicación de Juan para poder predicar él la bula de que era comisario. El auditorio, sin embargo, dejó al bulero solo en la iglesia principal y fue a escuchar a Juan de Ávila en otra iglesia. Después del suceso, el comisario de bulas, en plena calle, propinó una bofetada a Juan. Éste se arrodilló y dijo humildemente: «emparéjeme esta otra mejilla, que más merezco por mis pecados». Este hecho y las envidias de algunos eclesiásticos llevaron a los clérigos a denunciar a San Juan de Ávila ante la Inquisición sevillana en 1531.

Procesado por la Inquisición

Desde 1531 hasta 1533 Juan de Ávila estuvo procesado por la Inquisición. Las acusaciones eran muy graves en aquellos tiempos: llamaba mártires a los quemados por herejes, cerraba el cielo a los ricos, no explicaba correctamente el misterio de la Eucaristía, la Virgen había tenido pecado venial, tergiversaba en sentido de la Escritura, era mejor dar limosna que fundar capellanías, la oración mental era mejor que la oración vocal... Todo menos la verdadera acusación: aquel clérigo no les dejaba vivir tranquilos en su cristianismo o en su vida clerical. Y Juan fue a la cárcel donde pasó un año entero.

Juan de Ávila no quiso defenderse y la situación era tan grave que le advirtieron que estaba en las manos de Dios, lo que indicaba la imposibilidad de salvación; a lo que respondió: «No puedo estar en mejores manos». San Juan fue respondiendo uno a uno todos los cargos, con la mayor sinceridad, claridad y humildad, y un profundo amor a la Iglesia y a su verdad. Y aquél que no quiso tachar a los cinco testigos acusadores, se encontró con que la Providencia le proporciono 55 personas que declararon a su favor.

Este tiempo en la cárcel produjo sus frutos interiores, al igual que lo hiciera con san Juan de la Cruz. En ella escribió un proyecto del Audi, Filia, pero sobre todo, como él nos cuenta, allí aprendió, más que en sus estudios teológicos y vida anterior, el misterio de Cristo. Juan fue absuelto. Pero lo más humillante fue la sentencia de absolución: “Haber proferido en sus sermones y fuera de ellos algunas proposiciones que no parecieron bien sonantes”, y le mandan, bajo excomunión, que las declare convenientemente, donde las haya predicado.

Viajes y ministerio desde 1535 a 1554

En 1535 marcha Juan de Ávila a Córdoba, llamado por el obispo Fr. Álvarez de Toledo. Organiza predicaciones por los pueblos y consigue grandes conversiones de personas muy elevadas.

En su estancia en Córdoba prestó mucha atención al clero, creando centros de estudios, como el Colegio de San Pelagio (en la actualidad el Seminario Diocesano) o el Colegio de la Asunción. Explica las cartas de san Pablo a clero y fieles.

Predica frecuentemente en Montilla, por ejemplo la cuaresma de 1541. Y las célebres misiones de Andalucía (y parte de Extremadura y Castilla la Mancha) las organiza desde Córdoba hacia 1550-1554. San Juan recibiría en Córdoba el modesto beneficio de Santaella, que le vinculó a la diócesis cordobesa para lo restante de su vida.

A Granada acudió san Juan de Ávila llamado por el arzobispo D. Gaspar de Avalos el año 1536. Es en Granada donde tiene lugar una conversión sonada: oyendo a san Juan de Ávila, Juan Cidad, antiguo soldado y ahora librero ambulante, se convirtió en san Juan de Dios. En numerosas ocasiones acude san Juan de Dios a Montilla para dirigirse espiritualmente con el Maestro Ávila, convirtiéndose en su más fiel discípulo.

El duque de Gandía, Francisco de Borja, fue otra alma predilecta influida por la predicación de san Juan de Ávila; las honras fúnebres predicadas por éste en las exequias de la emperatriz Isabel (1539) fueron la ocasión providencial que hicieron cambiar de rumbo la vida del futuro general de la Compañía.

En Granada lo vemos formando el primer grupo de sus discípulos más distinguidos. En Granada también, en 1538, están fechadas las primeras cartas de san Juan de Ávila que conocemos. En los años sucesivos vemos a san Juan de Ávila en Córdoba, Baeza, Sevilla, Montilla, Zafra, Fregenal de la Sierra, Priego de Córdoba. La predicación, el consejo, la fundación de colegios, le llevan a todas partes. Su predicación iba siempre seguida de largas horas de confesionario y de largas explicaciones del catecismo a los niños: este era un punto fundamental de su programa de predicación.

En todas las ciudades por donde pasaba, san Juan de Ávila procuraba dejar la fundación de algún colegio o centro de formación y estudio. Sin duda, la fundación más celebre fue la Universidad de Baeza (Jaén). La línea de actuación que allí impuso era común a todos sus colegios, como puede verse plasmada en los Memoriales al Concilio de Trento, donde pide la creación de seminarios para una verdadera reforma de la Iglesia y del clero.

Predicando el Evangelio.

Predicador es la definición que mejor cuadra a Juan de Ávila. Éste es precisamente el epitafio que aparece en su sepulcro: “mesor eram”. El centro de su mensaje era Cristo crucificado, siendo fiel discípulo de san Pablo. Predicaba tanto en las iglesias como en las calles. Sus palabras iban directamente a provocar la conversión y la limpieza de corazón. El contenido de su predicación era siempre profundo, con una teología muy escriturística. Pero sobre todo estaba precedida de una intensa oración. Cuando le preguntaban qué había que hacer para predicar bien, respondía: “amar mucho a Dios”.

Su modelo de predicador era san Pablo, al que procuraba imitar sobre todo en el conocimiento del misterio de Cristo. Afirma su biógrafo el Licenciado Muñoz que “no predicaba sermón sin que por muchas horas la oración le precediese”, ya que “su principal librería” era el crucifijo y el Santísimo Sacramento.

Retiro en Montilla

Desde 1511 Juan de Ávila se sintió enfermo. Gastado en un ministerio duro, sintió fuertes molestias que le obligaron a residir definitivamente en Montilla desde 1554 hasta su muerte. Rehusó la habitación ofrecida en el palacio de la marquesa de Priego y se retiró en una modesta casa propiedad de la marquesa. Su vida iba transcurriendo en la oración, la penitencia, la predicación (aunque ya no tan frecuente), las pláticas a los sacerdotes o novicios jesuitas, la confesión y dirección espiritual y el apostolado de la pluma.

Ofreció su enfermedad para inmolarse por la Iglesia, a la que siempre había servido con desinterés. Cuando arreciaba más la enfermedad, oraba así: “Señor, habeos conmigo como el herrero: con una mano me tened, y con otra dadme con el martillo”.

Pero a Juan todavía le quedaban quince años de vida fructífera que empleó en la extensión del Reino de Dios. El retiro de Montilla le dio la posibilidad de escribir con calma sus cartas, la edición definitiva delAudi, Filia, sus sermones y tratados, los Memoriales al Concilio de Trento, las Advertencias al Concilio de Toledo y otros escritos menores. Se puede decir que Juan de Ávila inicia con sus escritos la mística española del Siglo de oro. Si en otros períodos de su vida se podía calificar de predicador, misionero, fundador de colegios, ahora, en Montilla, se puede resumir su vida diciendo que era escritor.

El Audi, Filia, a pesar de todas las vicisitudes por las que pasó, y tras retocarlo de nuevo en Montilla, queriéndolo confrontar con las enseñanzas de Trento, fue publicado después de su muerte. El rey Felipe II lo apreció tanto que pidió no faltara nunca en El Escorial. El Cardenal Astorga, arzobispo de Toledo, diría que con él “había convertido más almas que letras tiene”. Prácticamente es el primer libro en lengua vulgar que expone el camino de perfección para todo fiel, aun el más humilde. Éste y otros libros de Juan influyeron posteriormente en autores de espiritualidad.

Las cartas de Juan de Ávila llegaban a todos los rincones de España e incluso a Roma. De todas partes se le pedía consejo. Obispos, santos, personas de gobierno, sacerdotes, personas humildes, enfermos, religiosos y religiosas, eran los destinatarios más frecuentes. Las escribía de un tirón, sin tener tiempo para corregirlas. Llenas de doctrina sólida, pensadas intensamente, con un estilo vibrante.

No hay en todo el siglo XVI ningún autor de vida espiritual tan consultado como Juan de Ávila. Examinó la Vida de santa Teresa, se relacionó frecuentemente con san Ignacio de Loyola o con sus representantes, con san Francisco de Borja, san Juan de Dios, san Pedro de Alcántara, San Juan de Ribera, fray Luis de Granada.

A Juan de Ávila se le llama reformador, si bien sus escritos de reforma se ciñen a los Memoriales para el Concilio de Trento, escritos para el arzobispo de Granada, D. Pedro Guerrero, ya que Juan de Ávila no pudo acompañarle a Trento debido a su enfermedad, y a las Advertencias al Concilio de Toledo, escritas para el obispo de Córdoba, D. Cristóbal de Rojas, que habrían de presidir el Concilio de Toledo (1565), para aplicar los decretos tridentinos.

La doctrina de san Juan de Ávila sobre el sacerdocio quedó esquematizada en un Tratado sobre el sacerdocio, del que conocemos solo una parte, pero de una belleza y contenido extraordinarios, y que sirvió de pauta para sus pláticas y retiros a clérigos y para que sus discípulos hicieran otro tanto donde no podía llegar ya el Maestro.

Escuela Sacerdotal

Este término aparece con frecuencia en las primeras biografías de san Juan de Ávila para referirse a sus discípulos. Todos ellos tienen un denominador común, a pesar de ministerios muy diversos y de encontrarse en lugares muy distantes: predican el misterio de Cristo, enderezan las costumbres, renuevan la vida sacerdotal según los decretos conciliares. Los encontramos en los pueblecitos más alejados de pastores y agricultores como en las aldeas de Fuenteovejuna, o entre los consejeros de los grandes; en los colegios y universidades o en las costas de Andalucía; en las prelaturas o en las minas de Almadén.

El grupo sacerdotal de san Juan de Ávila parece que se estructura en Granada hacia el año 1537. En Córdoba reunió a más de veinte en el Alcázar Viejo. Y fue allí donde dirigió un centro misional durante ocho o nueve años.

La escuela sacerdotal de san Juan de Ávila se debe estudiar teniendo a la vista la relación con la Compañía de Jesús. San Juan encaminó a muchos de sus discípulos a la Compañía, y hubo intentos de fusión, cesión de colegios, estudio conjunto y ayuda a los jesuitas, que en Salamanca encontraron muchas dificultades. Pero san Juan de Ávila no entró en la Compañía. Este era el gran deseo de san Ignacio, hasta el punto de afirmar que “o nosotros nos unamos a él o él a nosotros”. Pero la voluntad del Señor no era ésta, la enfermedad de Juan y los caminos del Señor lo impidieron. A pesar de ello, fue enviando a sus mejores discípulos a la Compañía.

La escuela sacerdotal avilista ser refleja principalmente en su Maestro. En sus discípulos dejó impresa la ilusión por la vocación sacerdotal y el amor al sacerdocio.

Centraba en la Santa Misa la evangelización y la vida sacerdotal. La celebraba empleando largo tiempo, con lágrimas por sus pecados. “Trátalo bien, que es hijo de buen Padre”, dijo a un sacerdote de Montilla que celebraba con poca reverencia. Ya enfermo en Montilla, quiso ir a celebrar misa a una ermita; por el camino se sintió imposibilitado; el Señor, en figura de peregrino, se le apareció y le animó a llegar hasta la meta. Fue el gran apóstol de la comunión frecuente, a pesar de las contradicciones que se le siguieron. Prefería la presencia eucarística a la visita de los Santos Lugares.

Su virtud principal fue la caridad. Su Tratado del amor de Dios es una joya de la literatura teológica en lengua castellana. Su amor al prójimo fue la expresión del ministerio sacerdotal. Toda la obra de san Juan de Ávila mira hacia la caridad cristiana. De ahí la insistencia en la educación cristiana y humana integral, la preocupación por los problemas sociales, por la reforma del estado seglar (como él decía) o por la reforma del clero.

Una cruz grande de palo en su habitación de Montilla, la renuncia a las prebendas y obispados (el de Segovia y Granada), así como el capelo cardenalicio (ofrecido por Pablo III), son índice de la pobreza y humildad de quien “fue obrero sin estipendio..., y habiendo servido tanto a la Iglesia, no recibió de ella un real” (Licenciado Muñoz). Su amor a la pobreza no tiene otra motivación sino un amor profundo a Jesucristo. Asistía a los pobres. Vivía limpia y pobremente y no consiguieron cambiarle el manteo o la sotana ni aun con engaño.

Su humildad le llevó a ser un verdadero reformador. No pudieron pintarle ningún retrato. Su predicación iba siempre acompañada del catecismo a los niños; su método catequético tiene sumo valor en la historia de la pedagogía.

De todas sus virtudes, de su prudencia, consejo, discreción, etc., hablan sus biógrafos. Pero él conocía bien sus propios defectos y, por eso pidió en las últimas horas de su vida que no le hablaran de cosas elevadas, sino que le dijeran lo que se dice a los que van a morir por sus delitos. A san Juan de Ávila no le atraían propiamente las virtudes en sí mismas, sino el misterio de Cristo vivido y predicado.

Muerte de san Juan de Ávila.

La estancia en Montilla fue especialmente fructífera. Dejó una huella imborrable en los sacerdotes de la ciudad. En una de sus últimas celebraciones de la misa le hablo un hermoso crucifijo que él veneraba: “perdonados te son tus pecados”.

Juan de Ávila no hizo testamento, porque dijo que no tenía nada que testar. Pidió que celebraran por él muchas misas. Quiso que se celebrara la misa de resurrección en aquellos momentos en que se encontraba tan mal. Manifestó el deseo de que su cuerpo fuera enterrado en la iglesia de los jesuitas, pues a los que tanto había querido en vida, quiso dejarles su cuerpo en muerte. Quiso recibir la Unción con plena conciencia. Invocó a la Virgen con el Recordare, Virgo Mater. Y una de sus últimas palabras mirando el crucifijo fueron “ya no tengo pena de este negocio”. Murió el 10 de mayo de 1569. Santa Teresa, al enterarse de la muerte de san Juan de Ávila, se puso a llorar y, preguntándole la causa, dijo: “Lloro porque pierde la Iglesia de Dios una gran columna”.

La persona, los escritos, la obra y los discípulos de Juan de Ávila influirán en los siglos posteriores. San Francisco de Sales y san Alfonso Mª de Ligorio citan frecuentemente a san Juan de Ávila. Y san Antonio María Claret reconocía el bien que le hicieron los escritos de san Juan de Ávila como predicador. Su influencia es notoria en la escuela francesa de espiritualidad sacerdotal, en cuyos escritos y doctrina se inspiraron.

En 1588 Fr. Luis de Granada, recogiendo algunos escritos enviados por los discípulos y recordando su propia convivencia con san Juan de Ávila, escribió la primera biografía. El día 4 de abril de 1894, León XIII beatifica al Maestro Ávila. Pío XII, lo declara Patrono del clero secular español el 2 de julio de 1946. Será en 1970 cuando sea canonizado por el Papa Pablo VI.

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís