FRASES PARA SACERDOTES

Durante las tres horas de desgarradora agonía, Yo permanecí con Juan y las piadosas mujeres, bajo la Cruz y juntos fuimos bañados por su Preciosa Sangre.

¿CUÁNTO VALE UN SACERDOTE?




¿CUÁNTO VALE UN SACERDOTE? Este video cuenta con fragmentos del hermoso escrito del poeta argentino Hugo Wast: “Cuando se piensa”. ¿Cuál sería tu respuesta?

Cuando se piensa que ni ... puede hacer lo que un sacerdote.

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LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO - PARTE 61 -



LA MUERTE, EL JUICIO, EL PARAÍSO


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SUEÑO 66.—AÑO DE 1868.

(M. B. Tomo IX, págs. 156-157)

Deseo que cuanto les voy a decir —continuó el [Santo] la misma noche en que comenzara ¡a narración del sueño anterior—, que cuanto les voy a contar quede entre nosotros. Les ruego que nada escriban sobre esto, ni que hablen de ello fuera de casa, pues no son cosas que se han de tomar a broma, como algunos podrían hacer; no quiero pensar que serían capaces de originar inconvenientes que sirvieran de disgusto a [San] Juan Don Bosco. A vosotros os cuento estas cosas con toda confianza porque son mis queridos hijos y por eso las deben escuchar como dichaspor un padre.

He aquí el primero de los sueños que yo quise pasar por alto y que me veo obligado a contarles:


*******

Desde los primeros días de la Semana Santa comencé a tener unos sueños que ocuparon mi imaginación y me molestaron durante varias noches. Estos sueños me producían además un gran cansancio, de forma que a la mañana siguiente de haber soñado me sentía tan falto de fuerzas como si hubiera pasado trabajando las horas del descanso, sintiéndome al mismo tiempo turbado e inquieto.


La primera noche soñé que había muerto. La segunda, que estaba en el juicio de Dios, dispuesto a dar cuenta de mis obras al Señor; pero en aquel momento me desperté y comprobé que estaba aún vivo y que, por tanto, disponía deun poco de tiempo todavía para prepararme mejor a una santa muerte. La tercera noche soñé que me encontraba en el Paraíso, donde me pareció estar muy bien y gozando mucho. Al despertarme por la mañana desapareció una tan agradable ilusión; pero me sentía resuelto a ganarme, a costa de cualquier sacrificio, el reino eterno que había contemplado mientras dormía.


*******

Hasta aquí se trata de cosas que no tienen importancia para vosotros ni de significado alguno que les pueda interesar. Se va uno a descansar preocupado por una idea, y es natural que, durante el sueño, se reproduzcan escenas relacionadas con las cosas en las cuales se ha estado pensando.

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO - PARTE 60 -


EL MONTRUO


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SUEÑO 65.—AÑO DE 1868.

(M. B. Tomo IX, págs. 155-156)


El 29 de abril [San] Juan Don Bosco anunció a los jóvenes: Mañana por la noche y el viernes y el domingo, tengo algo que decirles, pues si no lo hiciera, creo que moriría antes de tiempo. Tengo algo desagradable que comunicarles. Y deseo que estén presentes también los artesanos.

En la noche del 30 de abril, jueves, después de las oraciones, los artesanos desde el pórtico que solían ocupar vinieron a unirse a sus compañeros los estudiantes para oír las buenas noches del [Santo], que comenzó a decir:


Mis queridos jóvenes: Ayer noche les dije que tenía algo desagradable que contarles. He tenido un sueño y estaba decidido a no decirles nada, ya porque dudaba de que se tratara de un sueño, ya porque siempre que conté alguno, hubo algo que objetar o que observar por parte de alguien. Pero otro sueño me obliga a hablarles del primero, tanto más que desde hace algunos días he vuelto a ser molestado de nuevo por ciertas visiones o fantasmas, especialmente hace tres noches. Pues bien: saben que marché a Lanzo en busca de un poco de tranquilidad; la última noche que pasé en el Colegio, al ir a la cama y cuando comenzaba a dormirme vi en mi imaginación cuanto voy a decirles:


********


Me pareció ver entrar en mi habitación un gran monstruo que, adelantándose, fue a colocarse a los pies de la cama. Tenía una forma asquerosísima de sapo y era grueso como un buey.

Yo lo miraba fijamente, conteniendo la respiración. El monstruo poco a poco iba aumentando de volumen; le crecían las patas, el cuerpo, la cabeza y cuanto más aumentaba su grosor más horrible era. Era de un color verde con una línea roja alrededor de la boca y del pescuezo que le hacían aún más terriblemente espantoso.

Sus ojos eran de fuego y sus orejas muy pequeñas. Yo decía entre mí mientras lo observaba: Pero el sapo no tiene orejas.

De su hocico partían dos cuernos y de los costados dos grandes alas de un color verduzco. Sus patas se parecían a las del león y por detrás tenía una larga cola que terminaba en dos puntas.


En aquel momento me pareció no tener miedo, pero aquel monstruo comenzó a acercarse cada vez más a mí, alargando su boca amplia y guarnecida de fuertes dientes.

Yo entonces me sentí invadido de un terror indecible. Lo creí un demonio del infierno, pues de ello tenía todas las trazas. Hice entonces la señal de la Cruz, pero de nada sirvió; toqué la campanilla, mas a aquella hora nadie acudió, nadie la oyó; comencé a gritar, pero todo fue en vano; el monstruo permanecía impasible.

—¿Qué quieres de mí —dije entonces—, demonio infernal?

Pero él se acercaba cada vez más enderezando y alargando las orejas. Después puso las patas anteriores sobre el borde de mi lecho y aferrándose con las patas posteriores a los barrotes, permaneció inmóvil un momento tras de haber saltado encima, con su mirada fija en mí.

Después, alargando el cuerpo, puso su hocico cerca de mi cara. Yo sentí tal escalofrío, que de un salto me senté en el lecho estando dispuesto a arrojarme al suelo; pero el monstruo abrió la boca. Hubiera querido defenderme, apartarlo de mí, pero era tan asqueroso que ni en aquellas circunstancias me atreví a tocarlo. Comencé a gritar, eché la mano hacia atrás buscando la pila del agua bendita, pero sólo lograba tocar la pared sin encontrar lo que buscaba, y el monstruo me aferró con su boca por la cabeza de tal forma que durante unos instantes la mitad de mipersona permaneció dentro de aquellas horribles fauces.

Entonces grité:

—En el nombre de Dios. ¿Por qué haces esto conmigo?

El sapo al escuchar mi voz se retiró un poco, dejando libre mi cabeza. Hice nuevamente la señal de la Santa Cruz y habiendo logrado meter los dedos en el agua benditabrocié con ella al monstruo. Entonces aquel demonio, lanzando un grito horrible, saltó hacia atrás y desapareció, pero mientras lo hacía, pude oír una voz que desde lo alto pronunció claramente estas palabras:

—¿Por qué no hablas?

*********

El Director de Lanzo, Don Lemoyne, se despertó aquella noche al escuchar mis ayes prolongados y oyó también cómo yo golpeaba la pared con lás manos. Por la mañana me preguntó:

—[San] Juan Don Bosco, ¿ha soñado esta noche?

—¿Por qué me lo preguntas?

—Porque he oído sus gritos.

De esta manera supe que era la voluntad de Dios que les contara lo que había visto, por lo que he determinado narrarles todo el sueño; de lo contrario traicionaría a mi conciencia; de esta forma creo también que me veré libre de ¡a presencia de ciertos fantasmas o apariciones que me atormentan.

Demos gracias al Señor por su misericordia y procuremos poner en práctica ¡os avisos que se nos den y servirnos de los medios que nos sean sugeridos para ayudarnos a conseguir la salvación de nuestras almas. En esta ocasión pude conocer el estado de la conciencia decada uno de vosotros.

Y dichas estas palabras [San] Juan Don Bosco se dispuso a narrar a sus muchachos el sueño siguiente.

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO - PARTE 59 -


LAS FIERAS DEL PRADO


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SUEÑO 64.—AÑO DE 1868.


(M . B . Tomo IX. págs. 134-135)

Y la carta en ¡a cual se relata el sueño anterior, escrita por Don Juan B. Lemoyne, a la sazón Director del Colegio de Lanzo, desde Turín, continúa:

*********

Y a Don Bosco le pareció encontrarse en un gran prado donde estaban todos vosotros, entretenidos en jugar y saltar; pero ¡horrible espectáculo! Leones de ojos encendidos como brasas; tigres que afilaban sus garras en el suelo; lobos que rondaban taimados alrededor de los grupos de los jóvenes; osos de aspecto repugnante que, sentados sobre las extremidades traseras abrían las patas delanteras para abrazarlos; en suma, animales de todas las especies recorrían en todas direcciones aquel prado. ¡Qué terrible compañía la suya! Más aún. ¡Qué inicuo proceder el de aquellos animales! Aquellas alimañas se arrojaban sobre vosotros furiosamente. Muchos de vosotros estaban tendidos en el suelo teniendo encima a aquellos monstruos que con las uñas los arañaban y les destrozaban las carnes a mordiscos causándoos la muerte. Muchos corrían desesperadamente perseguidos por tales alimañas, acudiendo a [San] Juan Don Bosco en demanda de auxilio.

Ante él las bestias feroces retrocedían. No faltaban quienes pretendían valerse por sí solos, pero no lo conseguían, pues la fuerza de los animales era enorme, despedazando entre sus garras a sus víctimas. Otros, miren qué insensatos, en vez de huir se detenían a contemplar a aquellos monstruos y les sonreían, y hasta pretendían jugar con ellos, como si les importase poco ser destrozados por los osos. El pobre [San] Juan Don Bosco corría de un lado para otro, se esforzaba en llamar a unos y a otros para que se acercasen a él, gritaba hasta enronquecer. Pero en vano; mientras algunos le obedecían, otros no le hacían caso.

El prado estaba sembrado de cadáveres de los pobres jóvenes víctimas de aquellos animales y de cuerpos heridos.

Los gemidos de éstos, los rugidos y los gritos de los animales feroces, las voces que daba [San] Juan Don Bosco, se mezclaban de una manera extraña. Y en medio de aquella tremenda barahúnda, [San] Juan Don Bosco se despertó por segunda vez.


**********

Este fue el sueño de [San] Juan Don Bosco y vosotros sabéis qué clase de sueños son los suyos. Vosotros se podréis imaginar la angustia de mi corazón al escuchar semejante relato. Si antes sentía grandemente separarme de vosotros, al escuchar este sueño, habría vuelto al instante sobre mis pasos, si la obediencia no me lo hubiera impedido. ¡Si no los quisiera tanto estaría más tranquilo!

¿Qué representan estos leones, tigres y osos? Son las diversas tentaciones del demonio. Algunos las vencen porque recurren al guía; otros terminan por ser víctimas de ellas, porque condescienden con ¡as malignas sugestiones de Satanás; otros aman al demonio y al pecado y se ofrecen insensatamente como blanco de sus asaltos. ¡Hijos míos! ¿Obrarán como valientes?¿Recordarán siempre que tienen un alma qué salvar? [San] Juan Don Bosco me dijo también:

—Yo vi a todos esos jóvenes: he conocido a ciertos zorros. Pero conservaré el secreto para mi y a nadie lo manifestaré. La primera ocasión en que vuelva a Lanzo diré a cada uno lo que le interesa. Esta vez el dolor de muelas no me ha permitido hablar a todos: otra vez que vuelva amonestaré a los que deben ser amonestados.

Por tanto, mis queridos hijos, yo nada sé porque [San] Juan Don Bosco nada me ha dicho; pero si ahora no sé nada, llegará un día en que lo sabré. Este será el día del juicio. Será muy doloroso para mí después de haber trabajado tanto, después de haber consumido mi juventud en medio de Vosotros, después de haberlos amado con todo mi corazón, tener que vivir, tal vez, separado de alguno de

Vosotros por toda la eternidad. Si ahora no comienzan a amar al Señor, ciertamente que cuando sean mayores no le amarán: Adolescens iuxta viam suam, etiam cum senuerit, non recedet ab ea.

Hijitos míos, no despreciéis mis palabras, que son las del querido [San] Juan Don Bosco. Empleen los pocos días que dura la vida en ganarse el Paraíso.

Recen para que mis ejercicios proceden bien y para que las pláticas reporten mucho fruto a las almas.


LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO - PARTE 58 -


SALTANDO SOBRE EL TORRENTE

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SUEÑO 63.—AÑO DE 1868.

(M. B. Tomo IX, págs. 133-134)


[San] Juan Don Bosco había marchado a Lanzo para descansar un poco. Se encontraba muy quebrantado de salud y esto le impedía estar en comunicación directa con sus jóvenes. Por la noche no podía descansar, pues una serie ininterrumpida de sueños no le daban punto de reposo. Se retiraba a las once de la noche con la esperanza de poder dormir profundamente después de una prolongada vigilia, pero de nada servía tal precaución. Uno de dichos sueños se refería a el Colegio de Lanzo y el [Santo] lo contó al Director de dicho centro la mañana de su partida, que fue el día 17, encargándole que él, a su vez, lo contase a la comunidad.

El Director acompañó a [San] Juan Don Bosco hasta Turín, pues tenía que ir a predicar ejercicios a Mirabello, y desde la capital del Piamonte envió a sus alumnos la relación de cuanto [San] Juan Don Bosco le había dicho.

He aquí la copia literal de la carta: El 18 de abril de 1868.

Mis queridos hijos del Colegio de Lanzo: Por lo apresurado de mi marcha no me pude despedir de ustedes como hubiera sido mi deseo, pero desde Turín les escribo lo que me hubiera gustado decirles. Escúchenme, pues, con atención porque les habla el Señor por boca de [San] Juan Don Bosco.

La última noche que estuvo [San] Juan Don Bosco en Lanzo pasé horas de verdadera inquietud durante el descanso. Vosotros sabéis que mi habitación está próxima a la suya; pues bien, dos veces me hube de despertar sobresaltado sin saber el motivo, me parecía haber escuchado un grito prolongado que infundía pavor. Me senté en el lecho, presté atención y me di cuenta de que aquel ruido procedía de la habitación de [San] Juan Don Bosco. Por la mañana, pensando en lo que había oído, decidí hablar de ello a nuestro padre.

—Es cierto, me respondió, que esta noche he tenido unos sueños que me causaron profunda tristeza.


********


Me pareció encontrarme a las orillas de un torrente no muy ancho pero sí de aguas turbias y espumosas. Todos los jóvenes del Colegio de Lanzo me rodeaban e intentaban pasar a la orilla opuesta.


Muchos tomaban carrera, saltaban y conseguían caer de pie en la parte seca de la orilla contraria. ¡Magníficos gimnastas! Pero otros fracasaban; unos caían de pie al borde mismo del torrente y perdiendo el equilibrio se precipitaban de espaldas dentro del agua: otros, después de caer en el centro del torrente, desaparecían; algunos caían de bruces o daban con la cabeza en las piedras que
sobresalían de las aguas, manándoles la sangre de la frente y de la boca.


[San] Juan Don Bosco contemplaba esta dolorosa escena, gritaba y advertía a los jóvenes que fuesen prudentes, pero, todo inútilmente. El torrente estaba sembrado de cuerpos que, yendo de catarata en catarata, terminaban por estrellarse contra una roca que se alzaba en un recodo del río, donde el agua era más profunda, desapareciendo después tragados por un remolino. Abyssus abyssum invocat.

¡Cuántos pobres hijos míos, que escuchan ahora la lectura de mi carta, se encuentran sumergidos en el agua y en peligro de perderse para siempre! ¿Cómo jóvenes tan listos, tan alegres, tan valientes y decididos al saltar fracasaban en su intento?

Porque al hacerlo tenían siempre detrás a algún compañero mal intencionado que les echaba la zancadilla o les tiraba de la ropa, de manera que al perder el ímpetu fallaban el salto.


Y también esos pobres desgraciados, pocos afortunadamente, que hacen el oficio de diablos y busca la ruina de sus compañeros, también están escuchando en estos momentos mi carta. A éstos les diré las mismas palabras de [San] Juan Don Bosco: ¿Por qué buscan encender con sus malas conversaciones en el corazón de sus compañeros la llama de ¡as pasiones que después los han de consumir eternamente? ¿Por qué enseñan el mal a algunos que a lo mejor son todavía inocentes? ¿Por qué con sus burlas y con ciertos pactos hechos entre vosotros se apartan de los santos Sacramentos negándose a escuchar las palabras de quienes los quieren poner en el camino de ¡a salvación? Lo único que conseguirán es la maldición de Dios. Recuerden las amenazas fulminadas por Jesucristo que tantas veces les he recordado. Mis queridos hijos escuchen también vosotros, los que son causa del mal de los demás, son mis queridos amigos. Incluso les aseguro que tienen en mi corazón un puesto de preferencia, porque son los más necesitados de ello. Dejen el pecado, salven su alma. Si yo supiera que uno de vosotros llegaría a perderse, no encontraría un momento de paz en todo el resto de mi vida. Pues mi único pensamiento es su salvación, como el único afecto de mi corazón y el afán exclusivo de mis días hacer de vosotros buenos cristianos. Ayúdense a ganar el Paraíso. Tengo la seguridad de que me escucharán, ¿no es cierto?

No es necesario que les explique el sueño. Ya lo han entendido. La orilla sobre la cual se encuentra [San] Juan Don Bosco es la vida perdurable. El agua del torrente que envuelve y causa la muerte a ¡os jóvenes, es el pecado que conduce al infierno.


[San] Juan Don Bosco, pues, al contemplar semejante espectáculo, vencido por la angustia, gesticuló, gritó y, al fin, se despertó pensando para sí:

—¡Oh! si pudiera avisar a algunos a los cuales conocí, ¡cuan de buena gana ¡o haría!, pero mañana tengo que marchar.

Y diciendo estas palabras se volvió a dormir.


LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO - PARTE 57 -

EL JARDÍN


SUEÑO 62.—AÑO DE 1867.


(M. B. Tomo IX, págs. 11-17)


Segunda Entrega

...

Les quiero hacer presente que podría indicar a cada uno de vosotros el estado en que os vi en el jardín. Habiéndome alejado después un poco de los jóvenes y acompañado solamente de mi guía, al llegar a cierto paraje un poco elevado, vi una extensa región ocupada por una muchedumbre de gente que guerreaban entre sí, eran militares.

Durante largo espacio de tiempo combatieron encarnizadamente sin compasión alguna hacia nadie.

Mucha era la sangre vertida. Yo veía a los infelices que caían al suelo grave o mortalmente heridos.

Entonces pregunté a mi compañero: —¿Cómo es que estos hombres se matan de esta manera tan terrible? —Gran guerra —exclamó mi guía— en el año 1868, y esta no terminará sino después de haberse derramado mucha sangre.

—¿Esta guerra tendrá como escenario nuestra país? ¿Qué gente es esta? ¿Son italianos o extranjeros?
—Observa a aquellos soldados y por sus uniformes sabrás a qué nacionalidad pertenecen.

Los observé atentamente y comprendí que eran individuos pertenecientes a distintas naciones. La mayor parte no vestían como nuestros soldados, pero también había allí italianos.

—Esto significa —añadió el personaje— que en esta guerra tomarán parte los hijos de Italia.

Nos retiramos de aquel campo de muerte y caminando un breve espacio de tiempo llegamos a otra parte del jardín; cuando he aquí que oigo gritar a voz en cuello: —¡Huyamos de aquí! ¡Huyamos de aquí! Huyamos, de lo contrario moriremos todos.

Y vi una gran multitud de gente que huía y, en medio de ella, a muchos de complexión robusta que caían muertos al suelo. —¿Por qué huyen?—, pregunté a uno de los fugitivos. —El cólera causa muchas víctimas —me respondió—; y si no huimos, moriremos también nosotros.

—Pero ¿qué es lo que veo?, —dije a mis compañero—.

Por todas parte reina la muerte.

—¡Gran epidemia en el 1868!—, exclamó. —¿Cómo es posible? ¿El cólera en invierno? Es posible que mueran del cólera haciendo tanto frío?
—En Reggio Calabria se cuentan hasta cincuenta defunciones diarias.

Seguimos adelante, más adelante aún, y vimos una inmensa multitud de gente, pálida, abatida, exánime, consumida, con las ropas destrozadas.

Yo no podía explicar el motivo de aquel decaimiento y del estado miserable de aquella multitud y por eso pregunté a mi amigo:

—¿Qué sucede a éstos? ¿Qué significa esto?

Gran carestía en el 1868 —me respondió—. ¿No sabes que estos infelices no tienen con qué saciar su hambre —¿Cómo? ¿El estado en que se encuentran es consecuencia del hambre que padecen?

—Así es en realidad.


Yo, entretanto, seguía contemplando a aquella multitud que gritaba sin cesar: ¡Hambre, hambre, tenemos hambre!

Y buscaban pan para comer y no lo encontraban, y buscaban agua para apagar la sed que les abrasaba y no la hallaban.

Entonces, lleno de angustia, dije a mi compañero: —Pero ¿es que durante este año lloverán todos los males sobre esta miserable tierra? ¿No habría algún medio para alejar de los hombres tantas desventuras?

—Sí que lo habría. El remedio sería que todos los hombres se pusieran de acuerdo en abstenerse de pecar; que dejasen de blasfemar; que honrasen a Jesús Sacramentado; que dirigieran sus plegarias a la Santísima Virgen, hoy tan ingratamente olvidada por ellos.

—¿Y esa hambre y esa sed, es por falta de alimento corporal o espiritual?


El guía me contestó: —Tanto lo uno como lo otro. A unos les faltará porque no quieren tenerlo y a otros porque no pueden.

—¿Y el Oratorio, tendrá que padecer también estos males? ¿Serán mis hijos también víctimas del cólera?

El guía me miró de pies a cabeza y después me dijo: —Según. Es decir: si tus jóvenes se ponen de acuerdo en tener alejada de ellos la ofensa de Dios, honrando al mismo tiempo a Jesús Sacramentado y a la Santísima Virgen, se librarán de estos males, pues con semejantes salvaguardias se consigue todo, y sin ellas nada. Si proceden de otro modo, morirán. Que tengan presente que uno sólo que cometiera el pecado, sería suficiente para atraer la indignación de Dios y el cólera sobre el Oratorio.

Pregunté aún: —¿Tendrán que padecer también mis hijos la falta de alimentos?
—¡Seguro! También ellos tendrán que sentir los efectos de la carestía.

—A mí me parece que esta calamidad debería caer solamente sobre mí, pues soy yo quien debo proveerles de alimento. Si falta el pan en casa, no son ellos los que se deben preocupar de remediar este mal.

—El hambre la sentirás tú y también tus hijos. Sus padres y bienhechores tendrán que sacrificarse mucho para pagar las pensiones y suministrarles otras muchas cosas necesarias. Serán numerosos los que no podrán pagar nada y la casa, falta de medios, no podrá atenderles en sus necesidades; por tanto, también ellos tendrán que padecer.

—¿Les faltará también el alimento espiritual? —Sí; a unos porque no querrán tenerlo y a otros porque no podrán.

Y mientras hablábamos seguíamos avanzando por aquel jardín. Pero de pronto observé que el cielo se cubría de negros nubarrones que presagiaban una próxima tormenta. Al mirar a mi alrededor vi a los jóvenes que se habían dado a la huida. Abandonando a mi guía eché a correr tratando de alcanzarlos para ponerme a salvo con ellos; pero bien pronto los perdí de vista; relámpagos y truenos se sucedían sin cesar. Cayó después una lluvia torrencial y violentísima. Jamás había presenciado un tan recio temporal. Yo daba vueltas por el jardín buscando a mis muchachos y un lugar donde guarecerme, pero no encontraba ni a los unos ni lo otro. Toda aquella región aparecía desierta. Busqué la puerta para salir, y debido a mi precipitación no la encontraba; al contrario, cada vez me alejaba más de ella. Al fin cayó una granizada tan espantosa que en mi vida había visto granizos de un grosor semejante. Algunos que me cayeron sobre la cabeza, lo hicieron con tal violencia que, a consecuencia de los golpes recibidos, me desperté, encontrándome en el lecho. Les aseguro que me hallaba más falto de fuerzas que cuando me retiré a descansar.


*******

Todas estas cosas las vi, como les he dicho, en sueño, y no se las cuento para que las crean realidades, sino para que saquen de ellas algún provecho si es posible.

Consideremos como sueño lo que no nos interesa, pero aceptemos como realidades lo que nos puede servir de alguna utilidad, tanto más que podemos asegurar que así como sucedieron ciertas cosas que anunciamos en otras ocasiones, al presente podría ocurrir ¡o mismo.

Aprovechémonos, pues; estemos preparados para la muerte; recemos a la Santísima Virgen y mantengamos el pecado alejado de nosotros.

Por último les dejo como aguinaldo la siguiente máxima: La Confesión y la Comunión frecuente y devota, son los grandes medios para salvar el alma.

¡Buenas noches!»

[San] Juan Don Bosco narró este sueño durante dos noches consecutivas. El texto del relato que acabamos de dar procede de la crónica particular del estudiante de teología Esteban Burlot, que dejó copia del mismo por él firmada en fecha del 29 de enero de 1868. Y escribió al pie de ella: «Del sueño de [San] Juan Don Bosco hago una sencilla relación tal y como me parece haberla oído de sus labios, y siguiendo el mismo orden; sin repetir exactamente las mismas palabras por él proferidas porque no las recuerdo bien. Pero tengo la certeza de que el sentido es el mismo y esto es suficiente».

Para demostrar la importancia de este testimonio y el valor de la capacidad mental del mismo, diremos que a Esteban Burlót, ordenado de sacerdote y enviado por el [Santo] como misionero a América, le fue confiada la inmensa y turbulenta parroquia de la Boca, en Buenos Aires, a la sazón guarida de las sectas anticristianas. Y él, con su actividad, con su firmeza de carácter, con su palabra
franca y leal, animada siempre por la fe, y con su ardiente caridad, sometió a las más rebeldes voluntades. Logró reformar la población; siendo amado de los buenos y temido del adversario, especialmente cuando con su periódico Cristóforo Colombo se hizo el arbitro de la opinión pública en la Boca, donde levantó un grandioso templo, un colegio para jovencitos, otro para niñas con


Oratorios festivos, estableciendo asociaciones católicas de socorros mutuos y la sociedad de San Vicente de Paúl.

Contando su parroquia con sesenta mil y más italianos, aprendió los distintos dialectos, celebrando solemnemente las festividades de cada uno de los Patronos de las diversas regiones italianas, despertando así en sus connacionales el entusiasmo patriótico, atrayéndolos a la Iglesia con procesiones religiosas en las que desplegaba el mayor esplendor, actos que evocaban las costumbres y tradiciones patrias. En el ejercicio del ministerio parroquial fue infatigable y heroico en la asistencia a los enfermos.

Don Bourlot, pues, joven, serio y sagaz, hacía poco que había entrado en el Oratorio dispuesto a dar su nombre a la Pía Sociedad. Sentía cierta repugnancia en prestar fe a los sueños de [San] Juan Don Bosco que le contaron sus compañeros más antiguos y, por tanto, con espíritu de crítica estuvo a la espera de lo que sucedería respecto a la desaparición de los tres jóvenes vistos por [San] Juan Don

Bosco en el sueño y a las circunstancias que debían acompañar a estas defunciones. De forma que, con Don Joaquín Berto y con Don José Bologna, comenzó a consignar por escrito los acontecimientos según iban sucediendo y los tres firmaron el verbal cuando se cumplieron las profecías, quedando maravillados de la admirable precisión con que se llevaba a cabo cuanto [San] Juan Don Bosco había anunciado.

Pero estos testimonios escritos se perdieron en un traspapeleo de cartas y documentos, hecho por quien nada entendía sobre el valor de los mismos, habiéndose salvado solamente del naufragio una hoja que habla de la muerte del primero de los jóvenes. Por suerte, al regresar Don Bourlot de América por algún tiempo, mientras nos facilitó algunos datos que añadir al sueño, nos dio también noticias sobre el fin de los otros dos jóvenes, dejándonos la siguiente declaración fechada en 12 de octubre de 1889:

«Puedo asegurar con juramento que la anunciada muerte de los tres hijos de [San] Juan Don Bosco como también podrían testificarlo Don Berto y Don Bologna». Y añadía que si bien no recordaba los apellidos del segundo y del tercero, podía asegurar que uno de ellos comenzaba por la letra B, que era herrero de oficio y que murió en el hospital asistido por [San] Juan Don Bosco.

Hemos de hacer notar cómo el anuncio de la muerte de aquellos tres jóvenes, no excluye el que también otros fuesen llamados a la eternidad aquel mismo año.

En efecto: nos aseguró Agustín Parigi que [San] Juan Don Bosco dijo algunos días después que otros seis jóvenes del Oratorio pasarían de esta vida a la eternidad, y que, a un compañero que temía ser del número de estos, le había dicho el [Santo]: —Está tranquilo, el Señor no te quiere aún.

Y así fue, en efecto.

Fueron, pues, nueve los que murieron entre las ochocientas personas que se encontraban en la casa.

Pero ¿por qué el sueño hacía referencia solamente a tres?

La desaparición de éstos de la escena de este mundo había de realizarse en el espacio casi de un año completo, y la de los demás, o sea ¡a de los otros seis, a intervalos, ignorándose sus circunstancias, lo que haría como de despertador, obligando a los jóvenes del Oratorio a reflexionar frecuentemente sobre el sueño y sobre la descripción hecha por [San] Juan Don Bosco respecto al estado de las conciencias.

El cumplimiento de las tres muertes indicadas en el sueño es motivo suficiente para testimoniar la veracidad y cumplimiento del anuncio de ¡os tres flagelos. [Bueno es también tener presente que, además de los centenares de internos y externos, de estudiantes y artesanos que pertenecían a la Casa, por el Oratorio pasaban miles y miles de chicos de diversas procedencias. Eso explica el número de muertos, sobre todo si se tiene también en cuenta las condiciones sociales de entonces. La mortalidad
del Oratorio no era mayor que la de las otras escuelas y colegios.]

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO - PARTE 56 -


EL JARDÍN


SUEÑO 62.—AÑO DE 1867.

(M. B. Tomo IX, págs. 11-17)

En la noche del 31 de diciembre de 1867, [San] Juan Don Bosco reunió a los jóvenes en la iglesia y subiendo al pulpito, después de las oraciones, les habló así: «Suelen, en estos días, los padres dar el aguinaldo a sus hijos; lo mismo hacen los amigos recíprocamente. También yo acostumbro hacerlo todos los años, dando en esta noche a mis queridos jóvenes un recuerdo que les sirva de aguinaldo para el año próximo.

Estaba pensando desde hace algunos días qué aguinaldo les daría, mis queridos hijos, y a pesar de mis esfuerzos no encontraba un pensamiento a propósito para ello. También la noche pasada, estando ya acostado, pensaba una y otra vez en lo que les debería decir como consejo saludable para el 1868, pero no me fue posible concentrarme. Cuando, después de un buen rato, agitado siempre por la más viva preocupación me encontré como semidormido, en un estado intermedio entre el sueño y la vigilia.

Era un sueño que me permitía darme cuenta de lo que hacía, oyendo lo que se me decía y respondiendo a lo que se me preguntaba. O sea estaba en un estado muy parecido al sueño, pero que no lo era.

Me parecía hallarme en mi habitación. Hice por salir y en lugar de la baranda me encontré delante de un hermoso jardín en el que había innumerables rosales; el jardín estaba rodeado de una muralla y a la entrada del mismo se veía escrito con caracteres cubitales el número 68. Un portero me introdujo en aquel vergel y en él vi a nuestros jóvenes que se entretenían alegremente, gritando y saltando. Muchos, al verme, se apiñaron a mi alrededor hablando conmigo de muchas cosas. Comenzamos a recorrer juntamente el jardín y después de un breve trayecto a lo largo del muro, vi a un lado a numerosos muchachos agrupados cantando y rezando en compañía de algunos sacerdotes y clérigos. Me acerqué más a ellos; los miré y no los reconocí del todo; gran parte me eran desconocidos; pude darme cuenta que cantaban el Miserere y otras preces de difunto. Acercándome más aún, les dije:

—¿Qué hace aquí? ¿Por qué reza el Miserere? ¿Cuál es la causa de su luto? ¿Se ha muerto acaso alguno? —¡Oh!, —me dijeron—, ¿usted no lo sabe? —Yo no sé nada. —Estamos rezando por el alma de un joven que murió tal día y a tal hora. —Pero ¿quién es? —¿Cómo?, —replicaron—. ¿No sabe quién es? —¡No, no! —¿Acaso no le hemos avisado?—, se dijeron mutuamente. Y después, dirigiéndose a mí: —Pues bien, ha de saber que ha muerto el tal— y me dijeron el nombre. —¡Cómo! ¿Ha muerto ése? —Sí; pero ha tenido una buena muerte; una muerte envidiable. Recibió con gran satisfacción y edificación nuestra los Sacramentos. Resignado a la voluntad de Dios, dio muestras de los más vivos sentimientos de piedad.

Ahora al acompañarlo a la sepultura rezamos por su alma, pero tenemos la esperanza de que esté ya en el cielo y en él interceda por nosotros. Aun más: estamos seguros de que se halla ya en el Paraíso. —¿Tuvo, pues una buena muerte? ¡Que se cumpla siempre la voluntad de Dios! Imitemos sus virtudes y pidamos al Señor que nos conceda también a nosotros la gracia de tener una santa muerte.


Y dicho esto me alejé de ellos, rodeado siempre de una gran muchedumbre de jóvenes. Seguimos, pues, paseando por el jardín, y tras haber recorrido un buen trecho de camino, llegamos a un prado bellísimo cubierto de verdor. Yo, entretanto, me decía a mí mismo: —Pero ¿cómo es esto? ¿Ayer noche me acosté en mi cama y ahora me encuentro con todos los jóvenes esparcidos acá y acullá por este jardín?

Cuando he aquí que veo a otra numerosa turba de muchachos dispuestos en círculo, en el centro del cual había algo que no podía distinguir bien. Me di cuenta, sin embargo, de que estaban arrodillados; unos rezaban y otros cantaban. Me acerqué y pude comprobar que rodeaban un ataúd diciendo las preces de difuntos y entonando el Miserere. Entonces les pregunté:

¿Por quién rezan? Todos ellos, con semblante melancólico, me respondieron: —Ha muerto otro joven y ha tenido una buena muerte. Ha recibido con edificante piedad los Santos Sacramentos y ha dado muestras de sólida piedad. Ahora le llevan ya a la sepultura. Estuvo enfermo ocho días y vinieron a verlo sus padres.

Les pregunté el nombre del difunto y me lo dijeron; me sentí muy apesadumbrado al oírlo y exclamé: —¡Oh, lo lamento! Era uno que me quería mucho y no he podido darle el último adiós tampoco al otro pude verlo antes de que muriese... ¿Es que ahora se van a morir todos?... Un muerto aquí, otro allá... —¿Qué dice?, —me respondieron—. ¿Un muerto hace poco y otro ahora? ¿Le parece poco tiempo y han pasado ya tres meses que falleció el primero en tal día y a tal hora?

Al oír esto pensé entre mí: —¿Sueño o estoy despierto? Me parecía no soñar y, por otra parte, no sabía qué pensar de lo que estaba oyendo.

Comenzamos después a internarnos por aquellos bosquecillos, y tras un buen rato de estar caminando he aquí que oigo cantar nuevamente el Miserere. Retengo el paso y tanto yo como los que me acompañaban divisamos un numeroso grupo de jóvenes que se acercaba a nosotros.

Entonces pregunté a los que estaban junto a mí: —¿Qué hacen éstos? ¿Adonde van? Venían de un lugar próximo y estaban todos desconsolados y con los ojos llenos de lágrimas. —¿Qué tienen?—, les pregunté, apresurándome a salirles al encuentro. —¡Ah! Si supiese... —¿Qué ha sucedido? —Ha muerto un joven. —¿Cómo? ¿Pero, he de ver muertos por todas partes? ¿A quién han acompañado a la sepultura? Y los jóvenes, dando muestras de extrañeza, exclamaron: —¡Cómo! Pero ¿no sabe nada? ¿No se ha enterado de que ha muerto fulano? —¿También ése ha muerto?—, pregunté. —Sí; pobrecillo... Sus padres no han venido a verlo... pero... —¿Pero qué? ¿Acaso no ha tenido una buena muerte? —No. Ha tenido una muerte nada deseable. —¿No recibió los Sacramentos? —Al principio no quería recibirlos; después accedió a hacerlo, pero de mala gana y sin dar muestras de arrepentimiento; así que hemos quedado poco edificados e incluso dudamos mucho de su eterna salvación, sintiendo mucho que un joven del Oratorio haya tenido una muerte tan mala.

Entonces yo procuré consolarlos diciéndoles: —Si ha recibido los Sacramentos esperemos que se haya salvado. No hay que desesperar de la misericordia de Dios. ¡Es tan grande!

Pero no logré consolarles al intentar infundirles esta esperanza. Entretanto, lleno de dolor y con la mente turbada, pensaba en las fechas en que aquellos jóvenes habían muerto; cuando apareció un personaje desconocido para mí, el cual acercándose me dijo: —Mira: son tres. Yo le interrumpí: —¿Y tú quién eres que me hablas con tanta familiaridad, tuteándome sin haberme visto nunca? —Escúchame —respondió— y después te diré quién soy. ¿Quieres que te dé una explicación de cuanto has visto? —Sí. ¿Qué significan estos números? —Has visto —me replicó— el número 68 escrito sobre la puerta del jardín. Esto significa el año 1868. Durante él, tres de los jóvenes que te han sido indicados deberán morir. Como has visto, los dos primeros están bien preparados; al tercero debes prepararlo tú. Y pensando si, en efecto, sería cierto que en el año 1868 morirían tres de mis queridos hijos, añadí: —Pero ¿cómo puedes decirme eso? —Observa atentamente si se cumple lo que te he dicho y verás —me respondió—.

Ante la seguridad y amabilidad de sus palabras comprendí que aquel personaje me hablaba como amigo y proseguí con él el camino, absorto en las palabras que le había oído decir. —¿Acaso estoy soñando?, —exclamé—. Aquí no hay nada de sueños que bien despierto estoy. Veo, oigo, conozco... Y mi acompañante me dijo: —Sí, sí; todo esto es realidad. Y yo: —¿Realidad? Te ruego que me atiendas. Me has hablado del porvenir; ahora háblame del presente. Lo que deseo es que me digas algo para repetírselo a mis jóvenes como aguinaldo mañana por la noche. Y él: —Diles a tus jóvenes que así como los primeros en morir estaban preparados porque frecuentaban con las debidas disposiciones la Santa Comunión durante la vida, también en punto de muerte la recibieron con gran edificación de todos; el último, en cambio, no comulgaba en vida, cuando gozaba de salud, y por eso en el trance supremo la recibió con poca devoción. Diles que si quieren tener una buena muerte, frecuenten la sagrada Comunión con las debidas disposiciones, siendo la primera de todas, una Confesión bien hecha. El aguinaldo sea pues, éste: La Comunión devota y frecuente es el medio más eficaz para tener una buena muerte y así salvar el alma. Ahora sígueme y presta atención. Y se adentró un poco más en el sendero del jardín.

Yo le seguía cuando, de pronto, veo concentrados en un los. Los conocía a todos y me parecía que no faltaba ninguno; los veía como tantas veces, sin notar en ellos ninguna particularidad. Pero, examinándolos más de cerca, vi algo que me llenó de admiración y de horror. De debajo de la gorra de muchos, y partiendo de la frente, salían dos cuernos. Unos los tenían más largos, otros más cortos; éstos enteros, aquellos partidos; algunos sólo conservaban la señal de haberlos tenido en la misma raíz,otros, a pesar de tenerlos rotos, no podían impedir que continuasen desarrollándose, aumentando incesantemente de grosor. No faltaban quienes no sólo tenían cuernos sino que, además, parecía que sentían orgullo de tenerlos, dando continuas cornadas a los compañeros. Me llamaron la atención los que tenían un solo cuerno en mitad de la cabeza, pero de grosor extraordinario, siendo éstos los más peligrosos. Finalmente vi a otros cuya frente candida y serena jamás se había visto afeados por semejante deformidad.


Continua ...

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO - PARTE 55 -


EL PURGATORIO



SUEÑO 61 .—AÑO DE 1867.

(M. B. Tomo VIII, pág. 853-858)

El 25 de junio [San] Juan Don Bosco habló a la Comunidad, después de las oraciones de la noche, en estos términos:

«Ayer noche, mis queridos hijos, me había acostado, y no pudiéndome dormir, pensaba en la naturaleza y modo de existir del alma; cómo estaba hecha; cómo se podía encontrar en la otra vida separada del cuerpo; cómo se trasladaría de un lugar a otro; cómo nos podremos conocer entonces los unos a los otros siendo así que, después de la muerte sólo seremos espíritus. Y cuanto más reflexionaba sobre esto, tanto más misterioso me parecía todo.

Mientras divagaba sobre éstas y otras semejantes fantasías me quedé dormido y...


***********

...me pareció estar en el camino que conduce a (y nombró la ciudad) y que a ella me dirigía. Caminé durante un rato; atravesé pueblos para mí desconocidos, cuando de pronto sentí que me llamaban por mi nombre. Era la voz de una persona que estaba parada en el camino.

—Ven conmigo —me dijo—; ahora podrás ver lo que deseas.

Obedecí inmediatamente. El tal se movía con tal rapidez que ni el mismo pensamiento le podía aventajar; lo mismo yo. Caminábamos sin que nuestros pies tocasen el suelo. Al llegar a una región que no sabría precisar, mi guía se detuvo. Sobre un lugar eminente se elevaba unmmagnífico palacio de admirable estructura. No sabría puntualizar dónde estaba, ni sobre qué altura; no recuerdo si sobre una montaña o en el aire, sobre las nubes. Era un edificio inaccesible, pues no se veía camino alguno que a él condujese. Sus puertas estaban a una altura considerable.

—¡Mira! ¡Sube a aquel palacio!— me dijo mi guía.

—¿Cómo podré hacerlo? —exclamé—. ¿Qué es lo que tengo que hacer? Aquí abajo no veo camino alguno y yo no tengo alas. —¡Entra!—, me dijo el otro en tono imperativo.

Y viendo que yo no me movía, añadió: —Haz lo que yo; levanta los brazos con buena voluntad y subirás. Ven conmigo.

Y diciendo esto levantó en alto las manos hacia el cielo. Yo abrí entonces los brazos y al instante me sentí elevado en el aire a guisa de ligera nube. Y heme aquí a la entrada de palacio. El guía me había acompañado.

—¿Qué hay ahí dentro?—, le pregunté. —Entra; visítalo y verás. En una sala, al fondo, encontrarás quien te aleccione.

El guía desapareció y yo, habiéndome quedado sólo y como guía de mí mismo, entré en el pórtico, subí las escaleras y me encontré en un departamento verdaderamente regio. Recorrí salas espaciosas, habitaciones riquísimamente decoradas y largos corredores. Yo caminaba a una velocidad fuera de lo natural. Cada sala brillaba al conjuro de los sorprendentes tesoros en ellas acumulados y con gran rapidez recorrí tantos departamentos que me hubiera sido imposible enumerarlos.

Pero, lo más admirable fue lo siguiente: A pesar de que corría a la velocidad del viento, no movía los pies, sino que permaneciendo suspendido en el aire y con las piernas juntas, me deslizaba sin cansancio sobre el pavimento sin tocarlo, como si se tratase de una superficie de cristal. Así, pasando de una sala a otra, vi finalmente al fondo de una galería una puerta. Entré y me encontré en un gran salón, magnífico sobre toda ponderación... Al fondo del mismo, sobre un sillón, vi majestuosamente sentado a un Obispo, en actitud de recibir audiencia. Me acerqué con respeto y quedé maravillado al reconocer en aquel prelado a un amigo íntimo. Era Monseñor... (y dijo el nombre), Obispo de... muerto hacía dos años. Parecía que no sufriese nada.

Su aspecto era saludable, afectuoso y de una belleza qué no se puede expresar.

—¡Oh, Monseñor! ¿Usted aquí?—, le dije con alegría. —¿No me ves?—, replicó. —¿Cómo es esto? ¿Está vivo todavía? Pero ¿no murió? —Sí, que he muerto. —Y si murió, ¿cómo es que está ahí sentado, con ese aspecto tan saludable y de tan buena apariencia? Si es que está vivo todavía, dígamelo, pues de lo contrario nos veremos en graves aprietos. 

En A... hay otro Obispo, Monseñor... ¿cómo arreglaremos este asunto? —Esté tranquilo, no se preocupe, que yo estoy muerto —me contes tó—. —Más vale así, pues ya hay otro puesto en su lugar. —Lo sé. ¿Y Vos, [San] Juan Don Bosco, está vivo omuerto? —Yo estoy vivo. ¿No me ve aquí en cuerpo y alma? —Aquí no se puede venir con el cuerpo.

—Pues yo lo estoy. —Eso le parece, pero no es así.

Y al llegar a este punto de la conversación comencé a hablar muy de prisa, haciendo pregunta tras pregunta, sin obtener contestación alguna.

—¿Cómo es posible —decía— que estando yo vivo pueda estar aquí con Vuecencia que está muerto?

Y tenía miedo de que el prelado desapareciese; por eso comencé a decirle en tono suplicante: —Monseñor, por caridad, no se vaya. ¡Necesito saber tantas cosas!

El Obispo, al verme tan preocupado: —No se inquiete de ese modo —me dijo—; está tranquilo, no dude de mí; no me iré; hable. —Dígame, Monseñor, ¿se ha salvado? —Míreme— contestó; observe cuan lozano resplandeciente me encuentro.

Su aspecto me daba cierta esperanza de que se hubiera salvado; pero no contentándome con eso, añadí: —Dígame si se ha salvado: ¿sí o no? —Sí; estoy en un lugar de salvación— me respondió. —Pero ¿está en el Paraíso gozando de Dios o en el Purgatorio? —Estoy en un lugar de salvación; pero aún no he visto a Dios y necesito aún que rece por mi. —¿Y cuánto tiempo tendrá que estar todavía en el Purgatorio? —¡Mire aquí!— Y me mostró un papel, añadiendo: —

¡Lea!

Yo tomé el papel en la mano, lo examiné atentamente, pero no viendo en él nada escrito, le dije:

—Yo no veo nada. —Mire lo que hay escrito; lea—. Me volvió a decir. —Lo he mirado y lo estoy mirando, pero no puedo leer nada, porque nada hay escrito.

Mire mejor. —Veo un papel con dibujos en forma de flores celestes, verdes, violáceas, pero cifras no veo ninguna. —Pues esas son mis cifras. —Yo no veo ni cifras, ni números.

El prelado miró el papel que yo tenía en la mano y después dijo:

—Ya sé por qué no comprende, ponga el papel al revés.

Examiné la hoja con mayor atención, la volví de un lado y de otro, pero ni al derecho ni al revés la pude leer. Solamente me pareció apreciar que entre los trazos de aquellos dibujos se veía el número dos.

El Obispo continuó: ¿Sabe por qué es necesario leer al revés? Porque los juicios de Dios son diferentes de los juicios del mundo. Lo que los hombres juzgan como sabiduría es necedad para Dios.

No me atreví a pedirle me diera una más clara explicación, y dije: —Monseñor, no se marche; tengo que preguntarle algunas cosas más.

—Pregunte, pues; yo le escucho. —¿Me salvaré? —Tenga esperanza en ello. —No me haga sufrir; dígame si me salvaré. —No lo sé. —Al menos, dígame si estoy o no en gracia de Dios. —No lo sé. —¿Y mis jóvenes, se salvarán? —No lo sé. —Por favor, le suplico que me lo diga. —Ha estudiado Teología, por tanto lo puede saber y darse la respuesta a sí mismo. —¿Cómo? ¿Está en un lugar de salvación y no sabéisnada de estas cosas?

—Mire; el Señor se las hace saber a quien quiere; y cuando quiere que se den a conocer estas cosas, concede el permiso y da la orden. De otra manera nadie puede comunicarlo a los que viven aún.

Yo me sentía impulsado por un deseo vehemente de preguntar más y más cosas ante el temor de que Monseñor se marchase.

—Ahora, dígame algo de su parte para comunicarlo a mis jóvenes. —Vos sabéis tan bien como yo qué es lo que tiene que hacer. Tenéis la Iglesia, el Evangelio, las demás Escrituras que lo contienen todo; dígales que salven el alma, que lo demás nada interesa. 

—Pero, eso lo sabemos ya; debemos salvar el alma. Lo que necesitamos es conocer los medios que hemos de emplear para conseguirlo. Déme un consejo que nos haga recordar esta necesidad. Yo se lo repetiré a mis jóvenes en vuestro nombre. —Dígales que sean buenos y obedientes —¿Y quién no sabe esas cosas? —Dígales que sean modestos y que recen. —Pero, dígame algo más práctico. —Dígales que se confiesen frecuentemente y que hagan buenas comuniones. —Algo más concreto, más particular. —Se lo diré puesto que así lo quiere. Dígales que tienen delante de si una niebla y que simplemente el distinguirla es ya una buena cosa. Que se quiten ese obstáculo de delante de los ojos, como se lee en los Salmos:

Nubem dissipa. —¿Y qué significa esa niebla?—Todas las cosas del mundo, las cuales impiden ver la realidad de los bienes celestiales. —¿Y qué deben hacer para que desaparezca esa niebla?

—Considerar el mundo tal cual es: mundus totus in maligno positus est; y entonces salvarán el alma: que no se dejen engañar por las apariencias mundanas. Los jóvenes creen que los placeres, las alegrías, las amistades del mundo pueden hacerles felices y, por tanto, no esperan más que el momento de poder gozar de ellas; pero que recuerden que todo es vanidad y aflicción de espíritu. Que se acostumbren a ver las cosas del mundo, no según sus apariencias, sino como son en realidad.

—¿Y de dónde proviene principalmente esta niebla? —Así como la virtud que más brilla en el Paraíso es la pureza; también la oscuridad y la niebla es producida por el pecado de la inmodestia y de la impureza. Es como un negro y densísimo nubarrón que priva de la vista e impide a los jóvenes ver el precipicio que les amenaza con tragárselos. Dígales, pues, que conserven celosamente la virtud de la pureza, pues los que la poseen, florebunt sicut lilium in civitate Dei. —¿Y qué se precisa para conservar la pureza?

Dígamelo, que yo se lo comunicaré a mis jóvenes de su parte. —Es necesario: el retiro, la obediencia, la huida del ocio y la oración. —¿Y después? —Oración, huida del ocio, obediencia, retiro. —¿Y qué más? —Obediencia, retiro, oración y huida del ocio.

Recomiéndeles estas cosas que son suficientes. Yo deseaba preguntarle algunas cosas más, pero no me acordaba de nada. De forma que, apenas el prelado hubo terminado de hablar, en mi deseo de repetirles aquellos mismos consejos, abandoné precipitadamente la sala y corrí al Oratorio. Volaba con la rapidez del viento y, en un instante me encontré a las puertas de nuestra casa. Seguidamente me detuve y comencé a pensar:

—¿Por qué no estuve más tiempo con el Obispo de...? ¡Me habría proporcionado nuevas aclaraciones! He hecho mal en dejar perder tan buena ocasión. ¡Podría haber aprendido tantas cosas hermosas!

E inmediatamente volví atrás con la misma rapidez con que había venido, temeroso de no encontrar ya a Monseñor. Penetré, pues, de nuevo en aquel palacio y en el mismo salón.

Pero, ¡qué cambio se había operado en tan breves instantes! El Obispo, palidísimo como la cera, estaba tendido sobre el lecho; parecía un cadáver; a los ojos le asomaban las últimas lágrimas; estaba agonizando. Sólo por un ligero movimiento del pecho agitado por los postreros estertores se comprendía que aún tenía vida. Yo me acerque a él afanosamente:

—Monseñor, ¿qué es lo que le ha sucedido? —Déjeme—, dijo dando un suspiro. —Monseñor, tendría aún muchas cosas que preguntarle.

—Déjeme solo; sufro demasiado. —¿En qué puedo aliviarle? —Rece y déjeme ir. —¿Adonde?
—Donde la mano omnipotente de Dios me conduce. —Pero, Monseñor, se lo suplico, dígame dónde. —Sufro demasiado; déjeme. —Al menos dígame qué puedo hacer en su favor. —Rece. —Una palabra nada más, ¿no tiene que hacerme algún encargo para el mundo? ¿No tiene nada que decir a su sucesor? —Vaya con el actual Obispo de... y dígale de mi parte esto y esto.

Las cosas que me dijo a vosotros no les interesan, mis jóvenes, por tanto las omitiremos.

El prelado prosiguió diciendo: —Dígale también a tales y tales personas, estas y estas otras cosas en secreto. —¿Nada más?—, continué yo. —Diga a sus jóvenes que siempre los he querido mucho; que mientras viví, siempre recé por ellos y que también ahora me recuerdo de ellos. Que ellos rueguen también por mí. —Tenga la seguridad de que se lo diré y de que comenzaremos inmediatamente a aplicar sufragios. Pero, apenas se encuentre en el Paraíso, acuérdese de nosotros.

El aspecto del prelado denotaba entretanto un mayor sufrimiento. Daba pena el contemplarlo; sufría muchísimo, su agonía era verdaderamente angustiosa.

—Déjeme —me volvió a decir—; déjeme que vaya donde el Señor me llama. —¡Monseñor!... ¡Monseñor!...—, repetía yo lleno de indecible compasión. —¡Déjeme!... ¡Déjeme!...

Parecía que iba a expirar mientras una fuerza superior se lo llevaba de allí a las habitaciones más interiores, hasta que desapareció de mi vista.

Yo, ante una escena tan dolorosa, asustado y conmovido me volví para retirarme, pero habiendo dado al bajar la escalera con la rodilla en algún objeto, me desperté y me encontré en mi habitación y en el lecho.

*********

Como ven, mis queridos jóvenes, este es un sueño como todos los demás, y en lo relacionado con vosotros no necesita explicación, porque todos lo han entendido. [San] Juan Don Bosco terminó diciendo:

«En este sueño aprendí tantas cosas relacionadas con el alma y con el Purgatorio, que antes no había llegado a comprender y que ahora las veía tan claras que no las olvidaré jamás».

Así termina la narración que nos ofrecen nuestras Memorias. Parece que [San] Juan Don Bosco haya querido exponer en dos cuadros distintos el estado de gracia de las almas del Purgatorio y el de sus sufrimientos expiatorios.

El [Santo] no hizo comentario alguno sobre el estado de aquel buen prelado. Por lo demás, por revelaciones dignísimas de fe y por los testimonios de los Santos Padres se sabe que personajes de santidad suma, lirios de pureza virginal, ricos en méritos, por faltas ligerísimas hubieron de permanecer largo tiempo en el Purgatorio.

La justicia divina exige que antes de entrar en el cielo, cada uno pague hasta el último cuadrante de sus deudas.

Habiendo preguntado algún tiempo después a [San] Juan Don Bosco — continúa Don Lemoyne— si habíacumplido los encargos que se le habían dado por parte de aquel Obispo, con aquella confianza con la cual me honraba, le oí responder: —Sí, he observado fielmente lo que se mandó.


LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO - PARTE 54 -


LOS REBAÑOS


SUEÑO 60.—AÑO DE 1867.




(M. B. Tomo VIII, págs. 840-844)


El domingo de la Santísima Trinidad, 16 de junio, en cuya festividad, hacía veintisiete años, había celebrado [San] Juan Don Bosco su primera Misa, los jóvenes esperaban con impaciencia que les contara un sueño, según les había prometido el día 13 del mismo mes.

Su ardiente deseo era buscar el bien espiritual de su rebaño y su norma, las amonestaciones y promesas del capítulo XXVII, versículo 23-25 del libro de los Proverbios: Diligenter agnosce vultum pecoris tui, tuosque greges considera : 24 non enim habebis jugiter potestatem, sed corona tribuetur in generationem et generationem. 25 Aperta sunt prata, et apparuerunt herbæ virentes, et collecta sunt foena de montibus.

En sus oraciones pedía al cielo el conocimiento exacto de sus ovejas; la gracia de vigilar atentamente; de asegurar la custodia del redil aún después de su muerte y de proveerle de fácil alimento material y espiritual. [San] Juan Don Bosco, pues, después de las oraciones de la noche, habló así:

«En una de las últimas noches del mes de María, el 29 o el 30 de mayo, estando en la cama y no pudiendo dormir, pensaba en mis queridos jóvenes y me decía a mi mismo: —¡Oh si pudiese soñar algo que les sirviese de provecho!

Después de reflexionar durante un rato añadí: —¡Sí! Ahora quiero soñar algo para contarlo a mis jóvenes.

Y he aquí que me quedé dormido.


*********

Apenas el sueño se apoderó de mí, me pareció encontrarme en una inmensa llanura cubierta de un número extraordinario de ovejas de gran tamaño, las cuales, divididas en rebaños, pacían en los extensos prados que se ofrecían ante mi vista. Quise acercarme a ellas y se me ocurrió buscar al pastor, causándome gran maravilla que pudiese haber en el mundo quien pudiera poseer un tan crecido número de animales de aquella especie. Después de breves indagaciones me encontré ante un pastor apoyado en su cayado. Inmediatamente comencé a preguntarle: —¿De quién es este rebaño tan numeroso?

El pastor no me contestó.

Volví a repetir la pregunta y entonces me dijo: —¿Y a ti qué te interesa? —¿Por qué —repliqué— me contesta de esa manera? —Pues bien —dijo el pastor— este rebaño es de su dueño. —¿De su dueño? Eso ya me lo suponía— dije para mí. Y continué en alta voz: —¿Y quién es el dueño? —No te preocupes —me dijo— ya lo sabrás.

Después, recorriendo en su compañía aquel valle, comencé a ver el rebaño y la región en que nos encontrábamos.

Algunas zonas estaban cubiertas de rica vegetación; numerosos árboles extendían sus ramas proporcionando agradable sombra, y una hierba fresquísima servía de alimento a gran número de ovejas de hermosa y lucida presencia.

En otros parajes la llanura era estéril, arenosa, llena de piedras, recubierta de espinos desprovistos de hojas y de cardos amarillentos; no había en toda ella ni un hilo de hierba fresca; a pesar de ello, también allí había numerosas ovejas paciendo, pero su aspecto era miserable.

Hice algunas preguntas a mi guía referentes aeste rebaño, pero él, sin contestarme a ninguna, dijo: —Tú no estás destinado a cuidarlas. En éstas no debes pensar. Te voy a llevar a que veas el rebaño que te ha sido reservado. —Pero ¿tú quién eres? —Soy el dueño; ven conmigo; vamos hacia aquella parte y verás.

Y me condujo a otro lugar de la llanura donde había millares y millares de corderillos. Tan numerosos eran, que no se podían contar y estaban tan flacos que apenas si se podían sostener en pie.

El prado en que estaban era seco, árido y arenoso, no descubriéndose en él ni un hilo de hierba fresca, ni un arroyuelo, sino nada más que algunos cardos secos y bastante matorrales escuálidos. Todo el pasto había sido destruido por los mismos corderos.

A primera vista se podía deducir que aquellos pobres animales, que estaban además cubiertos de llagas, habían sufrido mucho y continuaban sufriendo. ¡Cosa extraña! Cada uno tenía dos cuernos largos y gruesos que le salían de la frente, como si fuesen borregos viejos y en la punta de cada cuerno tenían un apéndice en forma de ese. Contemplé maravillado aquella rara particularidad, causándome gran inquietud el no saberme explicar por qué aquellos animales tenían los cuernos tan largos y tan gruesos y la causa de que hubiesen agotado tan pronto la hierba del prado. —Pero ¿cómo puede ser esto? —dije al pastor—. ¿Unos corderos tan pequeños y ya tienen unos cuernos tan grandes? —Mira bien —me dijo—, observa atentamente.

Y al hacerlo pude comprobar que aquellos animales tenían grabado el número tres en todas las partes del cuerpo: en el dorso, en la cabeza, en el hocico, en las orejas, en la nariz, en las patas, en las pezuñas. —¿Qué quiere decir esto?—pregunté a mi guía—. A la verdad que no entiendo nada. —¿Cómo? ¿Qué no comprendes nada? —me replicó el pastor—. Escucha, pues, y todo lo comprenderás: Esta extensa llanura es figura del mundo. Los lugares cubiertos de hierba significan la palabra de Dios y la gracia. Los parajes estériles y áridos, aquellos sitios en los cuales no se escucha la palabra divina, en los que sólo se procura agradar al mundo. Las ovejas son los hombres hechos y derechos; los corderos, los jovencitos, para atender a los cuales ha mandado Dios a [San] Juan Don Bosco. Este rincón de la llanura que contemplas, representa el Oratorio y los corderos en él reunidos, tus hijos. Este lugar tan árido es símbolo del estado de pecado. Los cuernos son imagen de la deshonra. La letra S quiere decir el escándalo. Los escandalosos, por la fuerza del mal, marchan a su perdición. Entre los corderos observarás algunos que tienen los cuernos rotos; fueron escandalosos, pero después cesaron en sus escándalos. El número tres quiere decir que soportan la pena de su culpa; esto es, que tendrán que sufrir tres grandes carestías: una carestía espiritual, otra moral y otra material.

1º La carestía de los auxilios espirituales; pediránestos auxilios y no los tendrán. 2º La carestía de la palabra de Dios. 3º La carestía del pan material.

El que los corderos hayan agotado toda la hierba quiere decir que no les queda más que el deshonor y el número tres, o sea, las carestías. Este espectáculo significa también los sufrimientos que padecen actualmente muchos jóvenes en medio del mundo. En el Oratorio, en cambio, incluso los que son indignos de ello, no carecen del pan material.

Mientras yo escuchaba y observaba todas aquellas cosas con verdadera perplejidad, he aquí que pude contemplar algo no menos maravilloso que cuanto había visto hasta entonces. Vi que de pronto todos aquellos corderos cambiaban de aspecto.

Levantándose sobre las patas posteriores adquirían una estatura elevada y las formas de otros tantos jóvenes.

Yo me acerqué para comprobar si conocía a alguno. Eran todos muchachos del Oratorio. A muchísimos no los había visto nunca, pero todos aseguraban que pertenecían a nuestro Oratorio. Y entre los que eran desconocidos para mí había algunos que están actualmente aquí, entre los que me escuchan. Son los que no se presentan nunca a [San] Juan Don Bosco; los que no acuden a pedirle un consejo; los que, por el contrario, huyen de él; en una palabra: los jóvenes a los cuales [San] Juan Don Bosco aún no conoce...

Pero la inmensa mayoría de los desconocidos estaba integrada por los que no están ni han estado en el Oratorio.

Mientras observaba con pena aquella multitud, el que me acompañaba me tomó de la mano y me dijo:

—Ven conmigo y verás otras cosas.

Y así diciendo me condujo a un extremo apartado del valle rodeado de pequeñas colinas y cercado de un vallado de plantas esbeltas, en el cual había un gran prado cubierto de verdor, lo más riente que imaginarse puede y embalsamado por multitud dé plantas aromáticas, esmaltado de flores silvestres y en el que, además, se descubrían frondosos bosquecillos y corrientes de agua limpísimas. En él me encontré con una gran multitud de hijos, todos alegres, dedicados a formar un hermosísimo vestido con flores del prado.

—Al menos, tienes a estos que te proporcionan grandes consuelos. —¿Quiénes son?—, pregunté. —Son los que están en gracia de Dios. —¡Ah! Les puedo asegurar que jamás vi criaturas tan bellas y resplandecientes y que nunca habría podido imaginar tanta hermosura. Sería imposible que me pusiese a describirlo, pues sería echar a perder lo que no se puede imaginar si no se le ve.

Pero me estaba reservado un espectáculo aún más sorprendente. Mientras estaba yo contemplando con inmenso placer a aquellos jóvenes, entre los que había muchos a los cuales no conocía, el guía me dijo: —Ven, ven conmigo y te haré ver algo que te proporcionará una alegría y un consuelo aún mayor.

Y me condujo a otro prado todo esmaltado de flores más bellas y olorosas que las que había visto anteriormente. Parecía un jardín real. En él pude ver un número menor de jóvenes que en el prado anterior, pero de una tan extraordinaria belleza y de un esplendor tal que anulaban por completo a los que había contemplado poco antes. Algunos de éstos están en el Oratorio, otros lo estarán con el tiempo.

Entonces el pastor me dijo: —Estos son los que conservan la bella azucena de la pureza. Estos están revestidos aún con la estola de la inocencia.

Yo contemplaba estático aquel espectáculo. Casi todos llevaban en la cabeza una corona de flores de una belleza indescriptible. Dichas flores estaban compuestas por otras flores pequeñísimas de una gallardía sorprendente y sus colores eran tan vivos y tan variados que encantaban al que las miraba. Había más de mil colores en una sola flor y en cada flor se veían más de mil flores.

Hasta los pies de aquellos jóvenes descendía una vestidura de fascinante blancura, toda entretejida de guirnaldas de flores, semejantes a las que formaban las coronas.

La luz encantadora que partía de las flores iluminaba toda la persona haciendo reflejar en ella la propia belleza.

Las flores se reflejaban también las unas en las otras y las de las coronas en las que formaban las guirnaldas reverberando cada una los rayos emitidos por las otras. Un rayo de un color al encontrarse con otro de otro color daba origen a nuevos rayos, diversos entre sí y, por consiguiente, cada nuevo rayo producía otros distintos, de manera que yo jamás habría creído que en el Paraíso hubiese un espectáculo tan múltiple y encantador. Pero esto no es todo. Los rayos de las flores y de las coronas de unos jóvenes se espejaban en las flores y en los de las coronas de todos los demás; lo mismo sucedía con las guirnaldas y con las vestiduras de cada uno. Además, el resplandor del rostro de un joven al expandirse, se fundía con el resplandor del rostro de los compañeros y al reflejarse sobre aquellas facciones angelicales e inocentes producían tanta luz que deslumbraba la vista e impedía fijar los ojos en ellas.

Y así, en uno solo, se concentraban las belleza de todos los compañeros de una forma tan armónica e inefable que sería imposible el describirlo. Era la gloria accidental de los santos. No hay imagen humana capaz de dar una idea aunque pálida de la belleza que adquiría cada uno de aquellos jóvenes, en medio de un tan inmenso océano de esplendor.

Entre ellos pude ver a algunos que están actualmente en el Oratorio y estoy seguro de que si pudiesen apreciar aunque sólo fuese la décima parte de la hermosura de que los vi revestidos, estarían dispuestos a sufrir el tormento del fuego, a dejarse descuartizar, a afrontar el más cruel de los martirios, antes que perderla.

Apenas pude reaccionar un poco después de haber contemplado semejante espectáculo, me volví a mi guía y le dije: —Pero ¿en tan crecido número de jóvenes, son tan pocos los inocentes? ¿Tan contados son los que nunca han perdido la gracia de Dios?

El pastor respondió: —¿Cómo? ¿Te parece pequeño su número? Por otra parte, ten presente que los que han tenido la desgracia de perder el hermoso lirio de la pureza, y, por tanto, la inocencia, pueden seguir a sus compañeros por el camino de la penitencia. ¿Ves allá? En aquel prado hay muchas flores, con ellas pueden tejer una corona y una vestidura hermosísima y seguir también a los inocentes en la gloria.

—Dime algo más que yo pueda comunicar a mis jóvenes— añadí entonces. —Insísteles y diles que si supiesen cuan bella y preciosa es a los ojos de Dios la inocencia y la pureza, estarían dispuestos a hacer cualquier sacrificio para conservarla. Diles que se animen a cultivar esta bella virtud, la cual supera a las demás en hermosura y esplendor. Por algo los castos son los que crescunt tanquam lilia in conspectu Domini.

Yo quise entonces introducirme en medio de aquellos mis queridos hijos tan bellamente coronados, pero tropecé al marchar y me desperté encontrándome en la cama.


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Hijos míos: ¿son todos inocentes? Tal vez entre vosotros hay algunos que lo son y a ellos van dirigidas estas mis palabras de una manera especial. Por caridad: no pierdan un tesoro de un tan inestimable valor. ¡La inocencia es algo que vale tanto como el Paraíso. ¡Si hubieran podido admirar la belleza de aquellos jovencitos recubiertos de flores! El conjunto de aquel espectáculo era tal, que yo habría dado cualquier cosa por seguir gozando de él, y si fuese pintor, consideraría como una gracia extraordinaria el poder plasmar en el lienzo, de alguna manera, lo que vi.

Si conocieran la belleza de un inocente, les someterían a las pruebas más penosas, incluso a la misma muerte, con tal de conservar el tesoro de la inocencia.

El número de ¡os que habían recuperado la gracia, aunque me produjo un gran consuelo, creí, con todo, que sería mayor. También me maravillé de ver a algunos que aquí parecen buenos jóvenes y en el sueño tenían unos cuernos muy grandes y muy gruesos.

[San] Juan Don Bosco terminó haciendo una cálida exhortación a los que habían perdido la inocencia para que se empeñasen voluntariosamente en recuperar la gracia por medio de la frecuencia de los Sacramentos.

Dos días después, el 18 de junio, el [Santo] subía a su tribuna y daba algunas nuevas explicaciones del sueño.

«No sería necesario —dijo— explicación alguna respecto al sueño, pero volveré a repetir lo que ya ¡es dije.

La gran llanura es el mundo, y los distintos parajes, el estado a que es llamado cada uno de nuestros jóvenes. El rincón donde estaban los corderos es el Oratorio. Los corderos son todos ¡os jóvenes que estuvieron, están y estarán en el Oratorio. Los tres prados de esta zona, el árido, el verde y el florido, indican los estados de pecado, de gracia y de inocencia. Los cuernos de los corderos son los escándalos dados en el pasado. Había, además quienes tenían los cuernos rotos, o sea los que fueron escandalosos y después se enmendaron por completo. Todas aquellas cifras que representaban el número tres y que se veían grabadas en las distintas partes de¡ cuerpo de cada cordero, simbolizan, según me dijo el pastor, tres castigos que Dios enviará a los jóvenes: 1º Carestía de auxilios espirituales. 2º Carestía moral, o sea, falta de instrucción religiosa y de la palabra de Dios. 3º Carestía material, o sea, carencia incluso del alimento.

Los jóvenes resplandecientes son los que se encuentran en gracia de Dios y, sobre todo, los qué conservan la inocencia bautismal y la bella virtud de la pureza. ¡Qué gloria tan grande les espera a los tales!

Entreguémonos, pues, queridos jóvenes, con el mayor entusiasmo a la práctica de la virtud. El que no esté en gracia de Dios, que la adquiera con la mayor buena voluntad y que después emplee todos los medios necesarios para conservarse en ella hasta la muerte; pues, si es cierto que no todos podemos estar en compañía de los inocentes y formar corona a Jesús, Cordero Inmaculado, al menos podemos seguir detrás de ellos.

Uno de vosotros me preguntó si estaba entre los inocentes y yo le dije que no, que tenía los cuernos rotos.

Me preguntó también si tenía llagas y le dije que sí. —¿Y qué significan esas llagas?-—, me preguntó.

Yo le respondí:

—No temas. Tus llagas están ya casi cicatrizadas y desaparecerán con el tiempo; tales llagas no son deshonrosas, como no lo son las cicatrices de un combatiente, el cual, a pesar de las heridas y de tos ataques de¡ enemigo, supo vencer y conseguir la victoria.

¡Por tanto, son cicatrices gloriosas! Pero aún es más honroso combatir en medio del enemigo sin ser herido. La incolumidad del que lo consigue es causa de admiración para todos».

Explicando este sueño [San] Juan Don Bosco dijo también que no pasaría mucho tiempo sin que se dejasen sentir estos tres males:

Pestes, hambres y también falta de medios para hacer bien a las almas.

Añadió que no pasarían tres meses sin que sucediese algo de particular.

Este sueño produjo en los jóvenes la impresión y los frutos que había conseguido otras muchas veces con relatos semejantes.

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO - PARTE 53 -


LAS REGLAS



SUEÑO 59.—AÑO DE 1867.

(M. B. Tomo VIII, pág. 569)


En 1867 [San] Juan Don Bosco había dado a la imprenta un opúsculo titulado: "Vida de San José, Esposo de María Santísima y Padre adoptivo de Jesucristo".

Habiendo tenido que salir para Roma a fin de solventar algunos importantísimos asuntos, dio orden de que le enviasen a la Ciudad Eterna las pruebas de dicha obrita.

El principal motivo que llevaba al [Santo] a la capital del Orbe Católico, era obtener la aprobación definitiva de la Sociedad de San Francisco de Sales y, si era posible, conseguir al menos la facultad de conceder las dimisorias a sus clérigos para las sagradas órdenes y de poderlos admitir a las mismas título mensae communis.

Por eso llevaba a Roma consigo las Reglas redactadas en lengua latina, y por él corregidas una y otra vez para adaptarlas a las Animadversiones, sin menoscabo de las necesidades futuras de la Sociedad Salesiana y sin dejar de seguir el contenido de un ejemplar, que le había sido mostrado «en sueño».

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís