FRASES PARA SACERDOTES

Durante las tres horas de desgarradora agonía, Yo permanecí con Juan y las piadosas mujeres, bajo la Cruz y juntos fuimos bañados por su Preciosa Sangre.

¿CUÁNTO VALE UN SACERDOTE?




¿CUÁNTO VALE UN SACERDOTE? Este video cuenta con fragmentos del hermoso escrito del poeta argentino Hugo Wast: “Cuando se piensa”. ¿Cuál sería tu respuesta?

Cuando se piensa que ni ... puede hacer lo que un sacerdote.

... ... 
Mostrando entradas con la etiqueta Prácticas del buen cristiano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Prácticas del buen cristiano. Mostrar todas las entradas

¿COMULGAR SIN CONFESARSE?

Algunas Respuestas
Todos tenemos preguntas sobre las cuestiones más importantes de la vida

¿Es necesario confesarse para comulgar?

Y depende... Quien va a tomar la primera Comunión debe confesarse antes de hacerlo. Quien ha cometido un pecado mortal, también debe hacerlo, para recuperar la gracia antes de comulgar. Quien está en estado de gracia no necesita hacerlo.

Premisa
“Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”. Se recibe al mismo Cristo.
Es necesario hacerlo con dignidad.

Dos condiciones
La Comunión no es un premio. No se precisa ser santo para comulgar. Es una necesidad espiritual, pero tiene unos requerimientos básicos.

Las dos primeras condiciones son de origen divino, surgen de la realidad de la Eucaristía y están consignadas en la Sagrada Escritura: 1) estado de gracia; 2) saber a quien se recibe.

Dice San Pable en I Corintios 11, 27-29:
“Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del
Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así
el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el
Cuerpo, come y bebe su propio castigo.”

Es necesario distinguir -saber a quién se recibe- y estar en estado de amistad con Dios. La Teología lo llama “estar en estado de gracia”. Se pierde por el pecado mortal, que rompe la comunión de vida con Dios. Se recupera en el sacramento de la Penitencia.

Respecto a la confesión y la Eucaristía, la Iglesia concretó explícitamente dos preceptos:
· antes de la Primera Comunión es necesario confesarse.
· si se ha cometido un pecado grave, es necesario confesarse antes de comulgar.

¿Conveniente o necesario?

Salvo los dos casos señalados no es necesario confesarse antes de comulgar. Si una persona está en gracia, aunque haga mucho tiempo que no se confiesa, puede comulgar con toda tranquilidad. No debemos añadir más condiciones que las que realmente existen. La confesión frecuente es una práctica muy recomendable para el crecimiento espiritual, tener el alma más purificada, etc. Pero esto es otra cuestión. Una cosa es la conveniencia de la confesión frecuente y otra distinta que sea necesidad para recibir la comunión si uno está en gracia (que no lo es).

Hasta aquí todo resulta bastante claro.

¿Donde surge el problema?

En que una persona en estado de pecado mortal puede recuperar la gracia de Dios incluso antes de confesarse.

¿Cómo es eso? Haciendo un acto de contrición perfecta con el propósito de confesar cuanto antes se pueda, se recupera la gracia perdida.

¿Qué es un acto de contrición perfecta?

Es un acto de arrepentimiento del pecado cometido, movido por amor de Dios. Dolor de haber ofendido a Dios, tan santo, digno de amor, grande, bueno, etc.

¿Qué es un acto de contrición imperfecta?

Es el mismo acto, realizado por motivos sobrenaturales, muy buenos todos, pero que no son el amor de Dios: miedo al infierno, fealdad del pecado, deseos de comulgar, peso de la conciencia, etc.

El dolor de la contrición imperfecta es suficiente para recibir el perdón de los pecados en la confesión. Si al dolor de la contrición perfecta se le une el propósito de confesar, se obtiene la gracia -podríamos decir- por adelantado, antes de la confesión.

Entonces, ¿puedo comulgar después de cometer un pecado mortal, antes de confesarme, si hago un acto de contrición perfecto?
- No
- ¿Y por qué no?

Los sacramentos dignamente recibidos dan la certeza de acceder a la gracia de Dios. Actúan “ex opere operato” según explica la Teología: en virtud -por eficacia- de lo actuado que no falla. Si no pongo un obstáculo a su acción, la realiza eficazmente.

En cambio cuando hago un acto de contrición perfecta, estoy en un ámbito no sacramental, en el cual dependo de -por decirlo de alguna manera- la “calidad” de mi acción. No tengo certeza de haber hecho realmente un acto de contrición perfecta. No tengo cómo medir la perfección/imperfección de mi acto de contrición.

Si comulgara así me podría exponer a recibir al Señor indignamente, y cometer así un sacrilegio. El problema no es sólo mi pecado, es problema sobretodo es el respeto que Dios merece: no puedo exponer la Eucaristía a semejante afrenta. Sin necesidad no sería lógico correr ambos riesgos.

Por esto la Iglesia, para cuidar la dignidad del Sacramento y el alma de los fieles, impuso un precepto en el Concilio de Trento: que nadie con conciencia de haber cometido un pecado mortal se acercara a comulgar, por muy contrito que se sienta, sin haberse confesado antes.

Es decir, que hay una ley de la Iglesia que lo manda.

¿Tiene excepciones?

Sí, porque los preceptos eclesiásticos no obligan cuando hay una dificultad grave.

El precepto divino no tiene excepción: no se puede comulgar en estado de pecado.

El precepto eclesiástico puede tenerla: se podría comulgar en el estado de gracia obtenido mediante un acto de contrición perfecta aún antes de confesarse, si hubiera alguna dificultad grave. En este caso, una grave necesidad de Comulgar.

Es decir, que si una persona tiene obligación de comulgar y no puede confesarse, puede hacer un acto de perfecta contrición y comulgar.

Un ejemplo: el sacerdote debe celebrar los sacramentos en estado de gracia. Si no lo estuviera cometería un sacrilegio. Además, cuando celebra Misa no puede no comulgar (la comunión del sacerdote forma parte de la ceremonia). Si, en un pueblo, el sacerdote estuviera en estado de pecado mortal, no tuviera con quien confesarse, y debiera celebrar la Misa para el pueblo, ¿qué tendría que hacer? Ese sacerdote debe hacer un acto de contrición perfecta y celebrar la Santa Misa.

Otro ejemplo: si omitir la comunión procurara un grave escándalo o infamia. Es el caso de una persona está en la cola para comulgar y de repente recuerda estar en pecado mortal (no lo sabía antes). Si no puede alejarse sin llamar gravemente la atención de los demás, puede comulgar haciendo un acto de perfecta contrición. Obviamente no es el caso de quien no quiere confesarse, sino de quien, de buena fe, se encuentra en esa situación.

Obviamente sin una necesidad real, y una dificultad grave también real, sería un grave abuso el incumplimiento de este precepto de la Iglesia, cuyo fin no es impedir a la gente la comunión, sino conseguir que lo haga dignamente, evitando todo peligro de sacrilegio. Sería absurdo exponerse a cometer un sacrilegio, para satisfacer las ganas de comulgar, o para evitar la vergüenza de dejar de hacerlo, o por la “necesidad” de recibir al Señor, etc., sin una necesidad grave de recibir la Eucaristía. 

De hecho, casi nunca hay obligación de comulgar (es el caso del sacerdote que celebra y algún otro caso excepcional).

¿Y si el sacerdote me deja?

A veces se escucha decir: “Pero, un sacerdote me dijo que comulgara...”.

Entonces nos preguntamos, ¿puede un sacerdote eximir del cumplimiento de esta ley? No, porque no tiene ninguna potestad sobre ella. Si te lo dijo, se equivocó, no tendría que habértelo dicho. Hay cosas para las que se tiene poder, y cosas para las que no. Si no tengo poder de hacer algo, e intento hacerlo, el intento es vano, ya que lo hecho no tendrá ninguna validez. Sería como si un diácono quisiera consagrar: por mejor voluntad que le pusiera nunca conseguiría que el pan se convierta en el Cuerpo de Cristo, porque no tiene el poder de hacerlo.

Si un sacerdote da permiso para hacer algo, en lo que no tiene potestad, el permiso es absolutamente inválido. Además un mal consejo no te excusa de pecado.

Por tanto, no pierdas el tiempo pidiendo permiso para comulgar: estar en condiciones de comulgar o no estarlo no depende del sacerdote que tengas delante.

Por otro lado, salvo el caso de personas que viven en situaciones irregulares, la solución es muy sencilla: acudir a confesarse.

¿Para qué ir a Misa si no puedo Comulgar?

Para ofrecer a Dios el sacrificio redentor de Cristo. Es cierto que la Iglesia recomienda -para una participación más plena- que aquellos que están en condiciones de hacerlo, comulguen. Pero esto no quita que se pueda participar activamente en la Misa sin comulgar. Son dos cuestiones distintas. Y la comunión siempre presupone las debidas disposiciones, sin las cuales, haría daño, mucho daño al alma de quien comulga.
Además en el caso de la misa dominical, no asistir a Misa añadiría otro pecado mortal a la persona. El cumplimiento del precepto dominical es absolutamente independiente de la Comunión: se lo cumple con la asistencia a Misa y punto.

La insistencia de la Iglesia

La Iglesia ha insistido tanto en este tema en documentos recientes que resulta realmente doloroso que haya quienes propongan una práctica contraria a esta enseñanza.

Lo que la Iglesia enseña y quiere está clarísimo para quien sepa leer y quiera obedecer. Le pediría a quien difunda lo contrario, que tenga al menos la honestidad de decir a los fieles que no es eso lo que la Iglesia sostiene. De lo contrario estaría engañándolos en su buena fe.

Decirle a un fiel: “comulgá y después te confieso” (salvo los casos excepcionales de necesidad grave de comulgar) es descabellado, significa tanto como decirle: “cometé un sacrilegio y después te confieso”. No, mejor no cometas el sacrilegio.

********

P. Eduardo Volpacchio



ANEXO: Algunos textos del Magisterio reciente

Catecismo de la Iglesia Católica, n 1385:

Debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. S. Pablo exhorta a un examen de conciencia: "Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo" ( 1 Cor 11,27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.

Instrucción Redemptionis Sacramentum

De la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía (25.3.2004)

n. 81. La costumbre de la Iglesia manifiesta que es necesario que cada uno se examine a sí mismo en profundidad, para que quien sea consciente de estar en pecado grave no celebre la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y no haya oportunidad de confesarse; en este caso, recuerde que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes.
n. 87. La primera Comunión de los niños debe estar siempre precedida de la confesión y absolución sacramental.

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica (28.6.2005)

291. ¿Qué se requiere para recibir la sagrada Comunión?
Para recibir la sagrada Comunión se debe estar plenamente incorporado a la Iglesia Católica y hallarse en gracia de Dios, es decir sin conciencia de pecado mortal. Quien es consciente de haber cometido un pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar. Son también importantes el espíritu de recogimiento y de oración, la observancia del ayuno prescrito por la Iglesia y la actitud corporal (gestos, vestimenta), en señal de respeto a Cristo.

Juan Pablo II, Encíclica Ecclesiae de Eucaristía (17.4.2003)

36. La comunión invisible, aun siendo por naturaleza un crecimiento, supone la vida de gracia, por medio de la cual se nos hace «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1, 4), así como la práctica de las virtudes de la fe, de la esperanza y de la caridad. En efecto, sólo de este modo se obtiene verdadera comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No basta la fe, sino que es preciso perseverar en la gracia santificante y en la caridad, permaneciendo en el seno de la Iglesia con el «cuerpo» y con el «corazón»; es decir, hace falta, por decirlo con palabras de san Pablo, «la fe que actúa por la caridad» (Ga 5, 6).

La integridad de los vínculos invisibles es un deber moral bien preciso del cristiano que quiera participar plenamente en la Eucaristía comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo. El mismo Apóstol llama la atención sobre este deber con la advertencia: «Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa» (1 Co 11, 28). San Juan Crisóstomo, con la fuerza de su elocuencia, exhortaba a los fieles: «También yo alzo la voz, suplico, ruego y exhorto encarecidamente a no sentarse a esta sagrada Mesa con una conciencia manchada y corrompida. Hacer esto, en efecto, nunca jamás podrá llamarse comunión, por más que toquemos mil veces el cuerpo del Señor, sino condena, tormento y mayor castigo».

Precisamente en este sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica establece: «Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar». Deseo, por tanto, reiterar que está vigente, y lo estará siempre en la Iglesia, la norma con la cual el Concilio de Trento ha concretado la severa exhortación del apóstol Pablo, al afirmar que, para recibir dignamente la Eucaristía, «debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal».

37. La Eucaristía y la Penitencia son dos sacramentos estrechamente vinculados entre sí. La Eucaristía, al hacer presente el Sacrificio redentor de la Cruz, perpetuándolo sacramentalmente, significa que de ella se deriva una exigencia continua de conversión, de respuesta personal a la exhortación que san Pablo dirigía a los cristianos de Corinto: «En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!» (2 Co 5, 20). Así pues, si el cristiano tiene conciencia de un pecado grave está obligado a seguir el itinerario penitencial, mediante el sacramento de la Reconciliación para acercarse a la plena participación en el Sacrificio eucarístico.

Instrumentum laboris del XI Sínodo de Obispos (Octubre, 2005)

13. (...) La pertenencia a la Iglesia es prioritaria para poder acceder a los sacramentos: no se puede acceder a la Eucaristía sin haber antes recibido el Bautismo o no se puede retornar a la Eucaristía sin haber recibido la Penitencia, que es el «bautismo laborioso» para los pecados graves. Desde los orígenes la Iglesia, para expresar tal urgencia propedéutica, instituyó respectivamente el catecumenado para la iniciación y el itinerario penitencial para la reconciliación.

22. El sacramento de la Reconciliación restablece los vínculos de comunión interrumpidos por el pecado mortal. Por lo tanto, merece una particular atención la relación entre la Eucaristía y el sacramento de la Reconciliación. Las respuestas indican la necesidad de proponer nuevamente esa relación en el contexto de la relación entre Eucaristía e Iglesia, y como condición para encontrar y adorar al Señor, que es el Santísimo, en espíritu de santidad y con corazón puro. Él ha lavado los pies a los Apóstoles, para indicar la santidad del misterio. El pecado, como afirma San Pablo, provoca una profanación análoga a la prostitución, porque nuestros cuerpos son miembros de Cristo (cf. 1 Co 6,15-17). Dice, por ejemplo, San Cesáreo de Arles: «Todas las veces que entramos en la iglesia, reordenamos nuestras almas, así como quisiéramos encontrar el templo de Dios. ¿Quieres encontrar una basílica reluciente? No manches tu alma con la inmundicia del pecado».

La relación entre Eucaristía y Penitencia en la sociedad actual depende mucho del sentido de pecado y del sentido de Dios. La distinción entre bien y mal frecuentemente se transforma en una distinción subjetiva. El hombre moderno, insistiendo unilateralmente sobre el juicio de la propia conciencia, puede llegar a trastrocar el sentido del pecado.

23. Son muchas las respuestas que se refieren a la relación entre Eucaristía y Reconciliación. En muchos países se ha perdido la conciencia de la necesidad de la conversión antes de recibir la Eucaristía. El vínculo con la Penitencia no siempre es percibido como una necesidad de estar en estado de gracia antes de recibir la Comunión, y por lo tanto se descuida la obligación de confesar los pecados mortales.

También la idea de comunión como «alimento para el viaje», ha llevado a infravalorar la necesidad del estado de gracia. Al contrario, así como el nutrimento presupone un organismo vivo y sano, así también la Eucaristía exige el estado de gracia para reforzar el compromiso bautismal: no se puede estar en estado de pecado para recibir a Aquel que es «remedio» de inmortalidad y «antídoto» para no morir.

Muchos fieles saben que no se puede recibir la comunión en pecado mortal, pero no tienen una idea clara acerca del pecado mortal. Otros no se interrogan sobre este aspecto. Se crea frecuentemente un círculo vicioso: «no comulgo porque no me confesé, no me confieso porque no cometí pecados». Las causas pueden ser diversas, pero una de las principales es la falta de una adecuada catequesis sobre este tema.

Otro fenómeno muy difundido consiste en no facilitar, con oportunos horarios, el acceso al sacramento de la Reconciliación. En ciertos países la Penitencia individual no es administrada; en el mejor de los casos se celebra dos veces al año una liturgia comunitaria, creando una fórmula intermedia entre el II y el III rito previsto por el Ritual.

Ciertamente es necesario constatar la gran desproporción entre los muchos que comulgan y los pocos que se confiesan. Es bastante frecuente que los fieles reciban la Comunión sin pensar en el estado de pecado grave en que pueden encontrarse. Por este motivo, la admisión a la Comunión de divorciados y vueltos a casar civilmente es un fenómeno no raro en diversos países. En las Misas exequiales o de matrimonios o en otras celebraciones, muchos se acercan a recibir la Eucaristía, justificándose en la difundida convicción que la Misa no es válida sin la Comunión.

24. Ante estas realidades pastorales, en cambio, muchas respuestas tienen un tono más alentador. En ellas se propone ayudar a las personas a ser conscientes de las condiciones para recibir la Comunión y de la necesidad de la Penitencia que, precedida del examen de conciencia, prepara el corazón purificándolo del pecado. Con esta finalidad se retiene oportuno que el celebrante hable con frecuencia, también en la homilía, sobre la relación entre estos dos sacramentos. » 


UNIÓN LIBRE: ¿LIBRE DE QUÉ? -

Cuando se pone de moda que parejas de novios se muden a vivir juntos, es bueno reflexionar un momento sobre la cuestión.

Desde el momento en que viven juntos, ya no estamos hablando propiamente de un noviazgo, porque su relación ha cambiado: han establecido entre ellos una unión libre. Sería interesante analizar de qué está libre esa relación. Está libre de las siguientes cosas:

libre de compromiso
libre de sacrificio
libre de entrega
libre de futuro
libre de generosidad
libre de proyecto a largo plazo
libre de grandeza
libre de fecundidad
libre de profundidad

Pero… ¿se puede llamar amor a eso?

Se trata de una relación bastante curiosa, en contradicción entre su intimidad y su libertad; lo que la hace bastante complicada… con una complicación que se ve muy bien reflejada en un mail que recibí en estos días.

Conocí un chico y se me hizo fácil, sin medir a futuro, vivir en unión libre con él, sin contraer matrimonio. En un inicio él quería casarse conmigo y yo también; pero después de unos problemas ya no quisimos. Después quede embarazada y nació mi bebe. Sigo insistiendo para que nos casemos, pero sé que no puedo forzar su voluntad. Me ha llegado a contestar que solo quiero casarme con él porque me lo exige mi religión.

(…) sigo llorando haber tomado esa decisión apresurada, que me ha hecho dejar de lado la práctica de mi fe; sé que no puedo confesarme ni comulgar hasta que me case o deje de vivir con él. Y pienso en el ejemplo que debo dar a mi hijo…


La respuesta fue la siguiente:

Más que casarse o no casarse, el tema es el proyecto de vida. Allí es donde has fallado, has vivido una unión libre, que por definición es libre, es decir, sin compromiso; no incluye un proyecto, de forma que pueda acabar de cualquier manera, en cualquier momento. No es un estado definitivo, ni fluye hacia ningún lado. No nos engañemos, eso es lo que has elegido al elegir una unión libre (como su nombre lo indica: abierta, suelta, sin futuro claro).

Ahora no se trata ni de lamentarse, ni de “obligarlo” a casarse. Se trata de ver si se quieren lo suficiente como para querer quererse para siempre. Aquí está la cuestión.

Cuando dos novios se van a vivir juntos, a mí me duele. Me digo: “que lástima que no se quieran”. Podrán responder: “nos queremos”. Bueno, pero no se quieren lo suficiente como para querer quererse para siempre: no lo suficiente como para querer tener una vida en común. Es decir, no se quieren lo suficiente para casarse… (casarse no es una formalidad: es realizar el deseo de querer unir las vidas para siempre, precisamente porque se quieren, con un amor que quieren que dure para siempre).

¿Qué te aconsejaría? Depende. Si lo querés de verdad (es decir, querés que tu vida y la suya sean una sola), entonces, “trabajá” la relación. Cultivala, ayudalo a mirar a largo plazo… y si él te quiere, se casarán.

Si no querés unir tu vida para siempre con él, no te cases con él: el matrimonio es para siempre. Has tenido un hijo, podrás casarte con otra persona o permanecer soltera, no es problema.

Aquí la cuestión no es la religión: es la existencia humana. Casarse no es un hecho primariamente religioso: se casan porque quieren unir sus vidas para siempre. Se convierte en algo religioso porque lo hacen en la presencia de Dios, pero el hecho es humano, terriblemente humano. Es el amor humano, el que hace que dos personas se quieran casar. Un amor grande, tan grande que es total: por eso mismo exclusivo (uno con una) y definitivo (sin límite de tiempo). Decile que no ponga la excusa de la religión. Aquí lo que tienen que definir es la relación entre Uds: se quieren o no se quieren. Si quieren que su amor dure para siempre, o solo por un tiempo. Esa es la cuestión. Se casarán o no según la respuesta que den a esa pregunta.

* * *

Recemos por la protagonista, que me contestó: Gracias Padre por su tiempo, oración, bendición y respuesta, por aclararme las cosas que a lo mejor no quería ver, voy a trabajar es éste proyecto, también Dios lo bendiga.


* * *


P. Eduardo María Volpacchio. Algunas respuestas.

¿Es pecado tener dinero y bienes materiales?

Realmente no hay nada malo en poseer dinero, propiedades y bienes materiales, mientras no permitamos que esos bienes se conviertan en sustitutos de Dios. Cristo nos ha alertado: “No pueden servir al mismo tiempo a Dios y al dinero” (Mt. 6, 24).

En el Antiguo Testamento se insiste mucho en que debemos escoger entre Dios y los ídolos o falsos dioses. En el Nuevo Testamento Jesús contrapone el dinero a Dios. Así que debemos cuidar que el dinero no se nos convierta en un ídolo que sustituya a Dios, y que tampoco las vías para obtenerlo ocupen todo nuestro interés, nuestra dedicación, nuestro empeño ... hasta nuestro amor.

Los bienes materiales de este mundo no son malos en sí mismos, pues nos han sido proporcionados por Dios, nuestro Creador. Y, siendo esto así, significa que Dios es el Dueño, y nosotros somos solamente “administradores” de esos bienes que pertenecen a Dios. De allí que cuando seamos juzgados se nos tomará en cuenta cómo hemos administrado los bienes que Dios nos ha encomendado. (cf. Lc. 16, 2)

“El amor al dinero es la raíz de todos los males” (1 Tim. 6, 10). ¡Grave sentencia de San Pablo! Pero notemos algo: no dice que el dinero mismo sea la raíz de todos los males, sino “el amor al dinero”. Porque nuestro amor tiene que dirigirse a Dios y a los hombres, no a los bienes materiales.

Existe, entonces, un peligro real en buscar acumular dinero y riquezas. Tanto así que Jesús nos advierte: “Créanme que a un rico se le hace muy difícil entrar al Reino de los Cielos” (Mt. 19, 23). Se refería el Señor a esos ricos que aman tanto al dinero, que lo prefieren a Dios. Concretamente Cristo estaba aludiendo al joven rico que no fue capaz de dejar su dinero y sus bienes para seguirlo a El.

Amar al dinero es una tontería.“¡Insensato!”, exclama el Señor en su parábola sobre el hombre rico acumulador exagerado de riquezas. “Esta noche vas a morir y ¿para quién serán todos tus bienes? Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea” (cf. Lc. 12, 15-21).

Y esa sentencia de Cristo, que es tan cierta y tan evidente para todos, se nos olvida, y podría sorprendernos la muerte amando al dinero más que a Dios o teniendo al dinero en el lugar de Dios.

¿Cómo vivimos los hombres y mujeres de hoy? ¿Seguimos las advertencias de Cristo con relación a los bienes materiales? ¿O ponemos todo nuestro empeño en buscar dinero y en conseguir todo el que podamos, para acumular y acumular? Y ... ¿para qué, si al llegar al mundo no trajimos nada, y cuando nos vayamos de este mundo no nos llevaremos nada?(cf. 1 Tim. 6, 7).

Respondiendo entonces a la pregunta de esta semana: Sí. El apetito desordenado de los bienes materiales, a lo cual llamamos “avaricia” sí es pecado. Y puede ser pecado grave cuando se opone a la justicia y dependiendo de su intensidad y de los medios empleados para conseguir esos bienes. No parece tan feo este pecado, pero -pensándolo bien- ¿no es feo ver al ser humano esclavizado por algo material, muy inferior a él, como es el dinero?

Los bienes materiales han sido puestos en nuestras manos por Dios para que seamos buenos administradores. Y eso significa que con nuestro dinero -es cierto- debemos satisfacer nuestras propias necesidades y las de nuestra familia, pero también debemos satisfacer las necesidades de aquéllos que tienen menos que nosotros. Es decir, cada uno de nosotros tiene derecho a utilizar el dinero que ha conseguido con su trabajo honesto, pero también tiene la obligación de compartir con los demás. Y no sólo compartir de lo que nos sobra, sino a veces también de lo que nos es necesario ... cuando haya alguno o algunos que tienen más necesidad que nosotros.

Sobre el desprendimiento de los bienes materiales, Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a El por encima de todo y de todos. “El que no renuncie a todo lo que tiene, no puede ser discípulo mío” (Lc. 14, 33). Basado en esto nos dice muy claramente el Catecismo de la Iglesia Católica: “El precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los Cielos” (# 2544). Y agrega que el Señor se lamenta de los ricos apegados a sus riquezas, porque ya tienen su consuelo en el amor que le tienen a los bienes materiales. (cf. Lc. 6, 24) (cf. CIC # 2547).

Video.

El desenfrenado deseo de ser ricos 
nos somete a un gran peligro espiritual.


Pues mas que nada, es la noción de como te hace el dinero en gran cantidad, y querer mas y mas...PUES ESO TE LLEVA A COMETER OTROS TROPIEZOS, tomemos palabras de David, rey de Israel que le dijo a Dios que no le DIERA DEMASIADO, no sea que se olvidase El, pero que no le diera poco, no sea que le maldiga...Solo quiso tener lo necesario para vivir cada día, y eso, en mi opinión, es cosa de sabios hacer.

Independientemente de que creamos en Dios o no...Hay que luchar por tener lo necesario, y si se puede tener mas, hacer buen uso de ello.

En este caso, es el corazón de la persona RICA, con todos sus deseos y pecados (tomándolo desde la perspectiva religiosa) que le hace no acreedor a una estancia con todo pagado al "Reino de Dios".

No es tanto el ser "rico", sino lo que se hace con ello.

RESPETO HUMANO.


¿Sabéis cuál es la primera tentación que el demonio presenta a una persona que ha comenzado a servir mejor a Dios?
Es el respeto humano

(San Juan María Vianney)



Forma de proceder (acción u omisión) en la que, en vez de buscar la verdad según el dictamen de la conciencia, la persona se deja llevar por la preocupación de como otros reaccionarán. Es una actitud reprensible.

Antes de actuar es justo tomar en cuenta la opinión de otros, pero solo para ayudarnos a formar un juicio de conciencia en el que se busca la verdad y la justicia y no aplacar los injustos intereses de los hombres. 

Por respeto humanos se llega a la negación de Cristo o al abandono de los compromisos cristianos. Esta actitud es contraria al amor y obediencia que le debemos a Dios por encima de todos.

Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos. Mateo 10, 32-33

FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"
Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo
(Santo Tomás de Aquino)

La tentación del "respeto humano"
"Se debe obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch 5,29).
Diác. Jorge Novoa

El respeto humano es un arma potente en manos del demonio. El santo Cura de Ars advertía: "¿Sabéis cuál es la primera tentación que el demonio presenta a una persona que ha comenzado a servir mejor a Dios? Es el respeto humano ¡Oh, maldito respeto humano, qué de almas arrastra al infierno! ".

La cultura dominante evita cada vez más definir. Si al mal que me aqueja no puedo nombrarlo, ¿Cómo podré curarlo? La definición permite un diagnóstico apropiado para poder combatir una enfermedad, en este caso una enfermedad espiritual. Este espíritu del mal que penetra la cultura imperante y favorece la "confusión" es el demonio.

El texto del libro de los Hechos de los Apóstoles en 5, 29, detalla perfectamente a que nos referimos cuando aludimos al "respeto humano". Es la desobediencia a las mociones de Dios, para adecuarnos obedientemente a los sentires, pesares y deseos de los hombres, impulsándonos a complacer más a los hombres que a Dios.

El respeto humano supone un exceso de preocupación por el juicio de los demás sobre nosotros, nuestras decisiones y opciones, tenemos la necesidad de ser reconocidos y admirados por lo que hacemos o decimos. O la incapacidad, de la que hacemos gala, para asumir nuestras decisiones delante de los demás. Esta actitud se parece a una máquina que, una vez alimentada, vuelve a su cultor en prisionero, y permanentemente lo hace vivir de cara al "que dirán". El demonio utiliza estos miedos para obstaculizar y en muchos casos paralizar cualquier movimiento hacia Dios.

El respeto humano se apoya en la apariencia. Si observamos detenidamente los términos que designan esta realidad, ambos son insignes; el respeto es la consideración sobre la excelencia de alguna persona o cosa. Es una suerte de miramiento, atención y deferencia con alguien o algo. Humano es lo relativo al hombre; un gesto humano es un modo de expresar compasión y generosidad. Ambos términos, presentados separadamente, expresan realidades sublimes de la existencia humana; pero el demonio los disfraza, presentando bajo el ropaje de lo sublime un rasgo deshumanizador.

El respeto humano es negativo para la vida espiritual, y debe ser reconocido y enfrentado con valentía, implorando al Señor en la oración que nos permita descubrir las artimañas del enemigo de la naturaleza humana. Su aparición en la vida espiritual esta destinada a favorecer la tibieza. El hombre que ha sido atraído hacia las cumbres de la santidad, llamado por el Señor a vivir quijotescamente su existencia, ahora comienza a ocultar estos impulsos guardándolos en su corazón, debido al efecto que provocará esta decisión en los demás. Sórdidamente el demonio entabla la batalla en el corazón del hombre, cargándolo con el peso que supone, que su decisión puede entristecer, herir o producir un distanciamiento afectivo. El combate se libra en el pensamiento, apareciendo un sin número de argumentaciones, que llaman "los maestros de la vida espiritual", las falsas razones.

Enseña S. Ignacio, en las reglas de discernimiento de espíritus:

"En las persona que van intensamente purgando sus pecados, y en el servicio de Dios nuestro Señor de bien en mejor subiendo, es el contrario modo que en la primera regla; porque entonces propio es del mal espíritu morder, tristar (entristecer) y poner impedimentos, inquietando con falsas razones para que no pase adelante; y propio del bueno dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud, facilitando y quitando todos impedimentos, para que en el bien obrar proceda adelante" .

Trabaja por lo general en el ámbito de los afectos, y nos susurra sobre la impresión que causará en nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo la decisión que hemos tomado. Nos invita sutilmente, en caso que debamos nosotros comunicar la noticia, a hacerlo difusamente, ocultando las verdaderas motivaciones.

El hijo que ha "recibido" el llamado a la vida religiosa, y se pregunta por la reacción de sus amigos, padres, etc.El joven que ha comenzado a frecuentar la parroquia y la celebración dominical siente el peso de confesar valientemente el camino emprendido.

La entrada de Teresa de los Andes en el Carmelo convulsiona a toda la familia, su padre se ausenta de la casa en los últimos días; no tiene el valor de regresar "para no encontrarse en el momento de la separación". Especialmente disgustados por su ingreso en el Carmelo , están su hermana Rebeca desolada por la próxima ausencia, y su hermano Lucho, que ha perdido la fe y no entiende la vocación de su hermana a quien adora".

Agustín, en las Confesiones, nos refiere la lucha que sostiene Victorino. "Temía Victorino disgustar a sus amigos fanáticos idólatras, que eran muy poderosos por hallarse constituidos en la cumbre de las mayores dignidades civiles y religiosas, y juzgaba que sus odios y enemistades, por proceder de personas tan principales y altas, habían de caer sobre él con tanto mayor ímpetu y fuerza, cuanto era mayor la influencia y poder de aquellas eminencias babilónicas y de aquellos elevados cedros del Líbano, que aún el señor no había derribado y deshecho. Pero después que con el estudio continuado y fervorosa oración adquirió más fortaleza y convencimiento de la fe, temía no se verificase en él, el dicho del Salvador de que no le había de reconocer por suyo en presencia de los santos ángeles, si él temía confesar a Cristo delante de los hombres, le pareció que se hacía reo de un delito muy grave en avergonzarse de recibir los sacramentos, que vuestro Verbo humillado había instituido, no habiéndose avergonzado de cooperar a los sacrificios sacrílegos y cultos inventados por la soberbia de los demonios, a quienes él, soberbio también, había imitado recibiendo las sacrílegas órdenes con que se dedicaban lo hombres y destinaban al culto y servicio de los ídolos. Un día, pues, despreciando el respeto humano que hacía perseverar en la vanidad y mentira, y avergonzándose de no seguir la verdad, repentinamente se resolvió, y, sin más pensar en ello, dijo a Simpliciano, según este mismo contaba: Ea vamos a la Iglesia, que quiero hacerme cristiano"(Confesiones; L.VIII C.II).

El Santo Padre exhortaba a vencer el respeto humano diciendo:

"¡Sentios orgullosos de ser cristianos! ¡Demostradlo siempre con la palabra, con el comportamiento, en el ambiente del trabajo, en la familia, en la profesión, sin respeto humano alguno".

El respeto humano promueve un silenciamiento de la vida cristiana vivida como testimonio, reduciendo el espacio evangelizador a nuestra parroquia, familia, etc. En la sociedad actual se puede hablar de todos menos de Cristo, se puede justificarlo casi todo (homosexualidad, lesbianismo) excepto los mandamientos de la ley de Dios. Hay una censura cultural implícita en la vida cotidiana que nos invita a ocultar nuestro seguimiento del Señor, mientras escuchamos a otros, que sin ningún tipo de miramientos, se pavonean expresando a viva voz, su adhesión a cantantes, deportistas, espiritistas, y lideres políticos …

El Respeto humano en un texto bíblico

Este texto bíblico tomado del Evangelio según San Mateo nos ayudará a reflexionar sobre el respeto humano:

"Porque Juan decía a Herodes: "No te es lícito tener a la mujer de tu hermano". Herodías le guardaba rencor, y quería hacerlo morir, y no podía. Porque Herodes tenía respeto por Juan, sabiendo que era un varón justo y santo, y lo amparaba: al oírlo se quedaba muy perplejo y sin embargo lo escuchaba con gusto. Llegó, empero, una ocasión favorable, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio unfestín a sus grandes, a los oficiales, y a los personajes de Galilea. Entró (en esta ocasión) la hija de Herodías y se congració por sus danzas con Herodes y los convidados. Dijo, entonces, el rey a la muchacha. "Pídeme lo que quieras, yo te lo daré". Y le juró: "Todo lo que me pidas, te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino". Ella salió y preguntó a su madre: "¿Qué he de pedir?" Esta dijo: "La cabeza de Juan el Bautista". Y entrando luego a prisa ante el rey, le hizo su petición: "Quiero que al instante me des sobre un plato la cabeza de Juan el Bautista". Se afligió mucho el rey; pero en atención a su juramento y a los convidados, no quiso rechazarla".

El Bautista es un hombre de Dios, medita la ley de Señor día y noche en su interior; conociendo la situación en que se encuentra Herodes, y las devastadoras consecuencias que el pecado traerá, no solamente para él, sino también para el pueblo, le advierte que vive ilícitamente fuera de la ley de Dios. "No te es lícito"… que para nada significa no puedes, sino "no debes", o mejor dicho, puedes usando tu libertad obrar el bien y aborrecer el mal. Herodías ante la palabra del Bautista arde interiormente; el rencor es un fuego que consume el alma, alimentando un resentimiento tenaz que desea se consume la muerte del Bautista. El rencor oscurece la inteligencia, quita la paz e instala en el corazón la violencia.

Herodes respeta al Bautista; las cualidades que destaca de esta personalidad emblemática de la Escritura son las que caracterizan a un hombre de Dios: es "varón justo y santo". Las palabras del Bautista, agudas como una espada de dos filos, le producen la perplejidad de la Verdad. En estas vidas enfangadas por el pecado, la palabra de Dios por medio de Juan abre la herida con la intención de sanar para reconciliar. De esta verdad en la Iglesia dan testimonio los santos.

El demonio espera para tentarnos una ocasión favorable, mediado por el debilitamiento espiritual, que se expresa, en la pereza de cumplir con los deberes religiosos, en una cierta aridez en la oración, o en el enfriamiento de las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad).

En la Sagrada Escritura, nos cuenta San Lucas, luego de tentar a Jesús en el desierto se retiró buscando un momento oportuno. El climafestivo del cumpleaños de Herodes, rodeado de hombres y mujeres que lo reconocen y admiran, parece el lugar apropiado para vencer el respeto que tiene al hombre de Dios, en aras de conservar el respeto humano.

Herodes tiene el corazón empecatado y el respeto humano es la soga que le impide volar. Es un hombre disoluto que expresa toda su vaciedad ofreciéndole a la hija de Herodías lo que quiera, "todo lo que me pidas"…,una danza insinuante, unos amigos y una fiesta son la ocasión favorable para decidir la violenta muerte del precursor del Mesías. Precisamente una vida tan vacía responde injustamente, dando rienda suelta al rencor que promueve la ceguera de Herodías.

Finalmente, Herodes ejecuta el pedido de muerte para el Bautista, con una aflicción que se inclina ante el juicio de los hombres y se pasea indiferentemente ante el juicio de Dios.

Dice el Aquinate comentando el Credo en el artículo 1: "Asimismo, todos aquellos que obedecen a los reyes más que a Dios o en aquellas cosas que no deben obedecer, lo constituyen dioses suyos. Hechos 5, 29: "Se debe obedecer a Dios antes que a los hombres".

"Lo único que para mi habéis de pedir es fuerza interior y exterior, a fin de que no sólo de palabra, sino también de voluntad me llame cristiano y me muestre como tal..

AUDIO: Sermón acerca del respeto humano basados en las palabras del Cura Ars "San Juan M. Vianney"




EL VALOR DEL SUFRIMIENTO Y POR QUÉ DIOS LO PERMITE.



Valor del sufrimiento

Los seres humanos queremos ser felices a toda costa. Y lo seremos –por la eternidad- si somos fieles a Dios en esta vida terrena. De los grandes males, Dios saca grandes bienes. La única razón por la que Dios permite el mal, dice Santo Tomás, es para sacar de allí un mayor bien.—A mí no me gusta el cristianismo porque exalta el sufrimiento—, decía una conocida mía.

A quien podríamos contestarle:
—La fe cristiana es fe en la verdadera supresión del sufrimiento. Justamente porque deseamos la felicidad completa y eterna, debemos de pagar algo de dolor para ganarla.

El dolor humano produce una especial y misteriosa unión con Dios. Todo ser humano tiene su participación en la misión salvadora de Cristo. Cada uno está llamado a participar de ese sufrimiento mediante el cual se ha llevado acabo la redención. Cristo ha elevado el sufrimiento humano a nivel de redención. Consiguientemente, todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse partícipe del sufrimiento redentor de Cristo (Salvifici doloris, n. 19).

La finalidad principal del sufrimiento de Cristo en la Pasión fue la redención de los hombres, pero nuestro Señor quiso sufrir también para darnos fuerza y ejemplo ante el dolor. “Jesucristo, al tomar sobre Sí nuestras flaquezas nos ha alcanzado una fortaleza que vence nuestra debilidad natural. Sometiéndose, en la noche anterior a la Pasión, a padecer en el huerto de Getsemaní aquellos temores, angustias y tristezas, nos mereció el valor de resistir las amenazas de los que quieren nuestra perversión; nos alcanzó el valor de vencer el tedio que experimentamos en la oración, en la mortificación y en otros ejercicios de piedad; y, finalmente, la fortaleza para sufrir con paz y alegría las adversidades” (San Alfonso María de Ligorio, Reflexiones sobre la Pasión).

San Agustín rezaba así: “Graba, Señor, tus llagas en mi corazón, para que me sirvan de libro donde pueda leer tu dolor y tu amor; tu dolor, para soportar por ti toda suerte de dolores; tu amor, para menospreciar por el tuyo todos los demás amores”.

Clives S. Lewis reflexionó sobre el dolor y concluyó que Dios nos habla por medio de la conciencia y nos grita por medio de nuestros dolores: los usa como megáfono para despertar a un mundo de sordos.
El sufrimiento, desde que pasó por él el Hijo de Dios santificándolo, tiene el misterioso poder de disolver el mal, de romper la trama de las pasiones y de desalojar al pecado de nuestros miembros. Quien ha sufrido en carne propia, ha roto con el pecado. La Sagrada Escritura dice que “Dios reprende a los que ama. Pero hay algo, sobre todo, que debe sostenernos cuando sintamos sobre nosotros la mano del podador: Que Dios sufre con nosotros al vernos sufrir. Él poda con mano temblorosa (R. Cantalamessa).

Debemos de tratar de no echar a perder ese poco sufrimiento “injusto” que a veces puede aparecer en nuestra vida: humillaciones, críticas injustas, ofensas. Para ello, no hablar de él si no es realmente necesario; guardarlo celosamente como un secreto entre nosotros y Dios para que no pierda su aroma. 

Decía un antiguo Padre del desierto:
“Por grandes que sean tus sufrimientos, tu victoria sobre ellos se encuentra en el silencio”. Cuando sufrimos con fe, poco a poco vamos descubriendo el porqué del sufrimiento y para qué sirve; nos vamos dando cuenta de que los seres humanos, después del pecado, ya no podemos caminar junto a Dios y progresar en la santidad, sin sufrir. Bastan unos pocos días sin cruces para que nos encontremos inmersos en una gran superficialidad y flojera espiritual. “El hombre no perdura en la opulencia, sino que perece como los animales” (Sal 49, 13).

Se comprende así por qué, para los santos, el sufrimiento deja con frecuencia de ser un problema para convertirse en una gracia, como ya lo decía San Pablo: “A vosotros se os ha concedido la gracia, no sólo de creer en Cristo, sino de sufrir por él” (Flp 1,29). Y entonces el padecer puede convertirse en lo único por lo que vale la pena vivir, hasta llegar a pedirle a Dios: “Señor, o morir o padecer” (Santa Teresa; Vida, 40,20).

Hay mucha gente que lleva clavado en el corazón un sordo rencor contra Dios, debido a los sufrimientos que han tenido que soportar. Estas reconciliaciones no pueden ser obra únicamente del hombre. Sólo el Espíritu Santo puede curar el resentimiento de los hombres contra el Padre. Hay llagas que sólo Jesús y su Iglesia pueden curar.

El sufrimiento sólo es suprimido cuando el sufrimiento de cualquier hombre se transforme en alegría. De eso se habla en el Apocalipsis: «¡Mira, ésta es la morada de Dios con los hombres! Él habitará con ellos y ellos serán su pueblo, y el Dios con ellos será su Dios. Enjugará toda lágrima de sus ojos y ya no habrá muerte, ni llanto, ni gritos, ni fatigas, porque lo anterior ha pasado (...) Mira, hago nuevas todas las cosas.».

Sólo desde esa perspectiva puede hablarse de un significado cristiano del sufrimiento.
El Papa Juan Pablo II explica que no estamos en el paraíso terrenal; dice: “Jesús no ha venido a instaurar un paraíso terrenal, de donde esté excluido el dolor. Los que están más íntimamente unidos a su destino, deben esperar el sufrimiento (...) En el designio divino todo dolor, es dolor de parto; contribuye al nacimiento de una nueva humanidad”.



CREDO DEL SUFRIMIENTO.


1. Creo que el dolor purifica y mejora, y puede conducir a la más alta perfección.

2. Creo que el dolor, soportado con amor y resignación, es una gran reparación del pecado.

3. Creo que Dios está cerca de aquellos que sufren por El.

4. Creo que el dolor, soportado con amor y resignación, será glorificado en la eternidad.

5. Creo que el dolor es lo que une más íntimamente con nuestro Señor, haciéndonos más semejantes a El.

6. Creo que el dolor tiene secretos e inefables consuelos para el humildemente sometido, y le inspira un amor más sincero y más puro hacia Dios.

7. Creo que el dolor, soportado con amor y resignación, tiene más mérito que otra obra cualquiera.

8. Creo que desde toda la eternidad ha contado Dios el número y medio la gravedad de los dolores y ha preparado en proporción su gracia y su recompensa.

9. Creo que el dolor, soportado cristianamente, es una señal de amor y predestinación.

10. Creo que el dolor, unido al de Nuestro Señor, es el medio más fecundo para convertir y salvar a los hombres.


PENSAMIENTOS ACERCA DEL SUFRIMIENTO.


... de la Virgen María.

Ante el Padre –Omnipotente- es solo el momento presente el que cuenta: no el pasado, ni el futuro, porque este no es aun tiempo para vosotros. Vuestro sufrimiento, hijos, sirve ya para la purificación de la tierra. Más nada sirve tanto para el triunfo de mi Corazón Inmaculado como un Corazón Sacerdotal que sufre. En vosotros, hijos, es Jesús quien continúa su misión purificadora. 

Solamente os pido, hijos míos, vuestra completa ofrenda. La ofrenda de vosotros, mismos con vuestras limitaciones, con vuestras flaquezas, con vuestras incapacidades. La segunda arma que debéis usar, después de la confianza y el abandono en Mí, es vuestra oración y vuestro silencio (interior y exterior). Hablad siempre con la vida. La vida sea vuestra palabra. 

Tengo necesidad de todo vuestro sufrimiento es el arma más preciosa y eficaz para usar en esta batalla mía. 

... de Jesús a Sor Josefa Menéndez. 

“Busca hoy lo que te mortifica y te cuesta y no ceses de hacer actos de amor. Si conocieran las almas este secreto, ¡que mortificadas serían! ¡y como consolarían mi corazón!.

“Sufre con mucho amor. Ofrece sin cesar mi sangre por las almas”.

"Ama y sufre. Déjate cuidar por el mejor de los padres".

... de San Juan Apóstol a Sor Josefa Menéndez.

Fija los ojos en el cielo, y todo lo de aquí abajo considéralo como nada. El sufrimiento es la vida del alma. El alma que sabe aprovechar el valor de sufrimiento vive la verdadera vida. 

.... del Santo Cura de Ars.

Nosotros nos quejamos de nuestros sufrimientos; sería más razonable que nos quejáramos de no tenerlos, ya que nada nos hace más semejantes a nuestro Señor.

La cruz es la llave que abre la puerta del Cielo. 

.... de Santa Faustina.

“No vives para ti, sino para las almas. Otras almas se beneficiarán de tus sufrimientos. Tus prolongados sufrimientos les darán luz y fuerza para aceptar mi voluntad.”

“Oh, si el alma que sufre supiera cuánto Dios la ama, moriría de gozo y de exceso de felicidad. Un día conoceremos el valor del sufrimiento, pero entonces ya no podremos sufrir. El momento actual es nuestro. 

SANTA INES. VIRGEN Y MARTIR.

Inés martir nacida y martirizada en Roma
en la primera mitad del siglo IV.

Su nombre latino es Agnes, asociado a "agnus" (cordero). En torno a ella surgió la costumbre de los corderos blancos de cuya lana se hacen palios para dignatarios eclesiásticos.

Los pocos datos que se tienen de ella dieron lugar a varias leyendas piadosas en torno a su martirio. Según la más difundida, ella era una joven hermosa y rica, pretendida en matrimonio por muchos nobles romanos. Por no aceptar a ninguno, aduciendo que estaba ya comprometida con Cristo, fue acusada de ser cristiana. Llevada a un prostíbulo, fue protegida por unos ángeles y señales celestes. Fue entonces puesta en una hoguera que no la quemó y, luego, decapitada en año 304 A.D. La hija de Constantino (Constantina) le erigió una basílica en la Vía Nomentana y su fiesta se comenzó a celebrar a mediados del siglo IV.

Escritores antiguos, como el Papa Dámaso, Ambrosio de Milán y el poeta Aurelio Prudencio, dejaron testimonios sobre santa Inés. 

Patrona de las jóvenes, de la pureza, de las novias y prometidas en matrimonio y de los jardineros, ya que la virginidad era simbolizada con un jardín cerrado.

Fiesta: 21 de enero.



Ensayo acerca de Santa Inés.

Por P. Juan Croisset, S.J.
Santa Inés, admirada de  todo el mundo y tan  celebrada en toda la Iglesia, nació en Roma, hacia  el fin del tercer siglo, de padres nobles, ricos y  virtuosos. Las grandes dotes que desde luego descubrieron en su hija, contribuyeron no poco á aumentar el  desvelo con que se aplicaron á cuidar de su educación.

Criáronla en grande amor á la religión cristiana, y desde  sus más tiernos años formó  Inés una idea cabal del  estado feliz de la virginidad.

Las instrucciones de sus padres sólo sirvieron para  fomentar las impresiones de la gracia. El Espíritu Santo  había inspirado en aquel tierno corazón unos  sentimientos tan nobles y tan cristianos, que á los diez años de su edad parecía haber llegado á una consumada  y eminente perfección. Amó á  Dios, dice San Ambrosio, desde que pudo conocerle,  y se puede decir que le conoció desde que nació. Las diversiones de la niñez eran únicamente los ejercicios de  la devoción más tierna. Fue niña en los años, pero no en las inclinaciones ni en los sentimientos. Su rara hermosura añadía nuevos realces á su modestia. Era extraordinaria su piedad, y la extrema ternura con que amó á la Reina de las vírgenes, casi desde la cuna, la inspiró un amor y una estimación tan grande de la virginidad, que apenas tenía uso de razón,  cuando se resolvió á no admitir nunca otro esposo que á  sólo Jesucristo. No tenía más que trece años, cuando su  hermosura y su raro mérito hacían gran ruido en la corte.

Viola un día por accidente Procopio, hijo de  Sinfronio, gobernador de Roma, y quedó tan ciegamente  enamorado de ella, que resolvió tomarla por esposa.  Informado el padre de la calidad y de las grandes  prendas de la doncella, aprobó mucho el pensamiento de  su hijo; pero era menester el consentimiento de Inés. El  primer paso que dio Procopio fue enviarle un rico regalo,  declarándole al mismo tiempo el fin de sus honestos  deseos. Pero el desaire que le hizo en no recibirlo, y el  desprecio con que se lo volvió, no produjeron otro efecto  que el de aumentar su pasión. Sirvióse de cuantos  artificios pudo y de cuantos medios, discurrió para  conquistarla: ruegos, promesas, amenazas, todo lo  empleó; pero todo inútilmente.

El último recurso de que  se valió fue buscar modo para hablarla él mismo, no  dudando que al cabo se rendiría á sus ternuras y á sus  solicitaciones. Pero todo  cuanto pudo sugerirle una  pasión ciega, vehemente y persuasiva, sólo sirvió para  desengañarle de la ineficacia de sus mayores esfuerzos;  porque, animada Inés de un  espíritu y de una firmeza  muy superior á sus años,  le dijo con resolución: Apártate  de mí, aguijón del pecado, tentador importuno y ministro  del padre de las tinieblas. No te canses en aspirar á la  mano de una doncella, que ya está prometida á un  Esposo inmortal, único Dueño de todo el Universo, y que  sólo dispensa sus favores á las vírgenes puras y castas.

Una resolución tan majestuosa y una respuesta tan  desengañada como poco prevenida, llenó á Procopio de  desesperación. Exaltada furiosamente su pasión, se dejó  poseer de una cruel melancolía. El padre, que le amaba con extremo, resolvió valerse de su autoridad para lograr  el beneplácito de los padres  y el consentimiento de la  hija. La llamó á su casa, y, habiéndola recibido con toda  la atención que correspondía á su calidad y á su mérito:

No ignorarás, le dijo, el fin para que te he llamado. Mi  hijo desea apasionadamente  ser dichoso mereciendo tu  mano. Tu nobleza y la noticia que tengo de todas tus   3 buenas prendas me hacen aprobar gustoso su acertada  elección. Paréceme que tampoco tú podrás aspirar á  mejor partido; y no me persuado que serás tan enemiga de ti misma, que no abraces al instante esta proposición.  Inés, á quien el Cielo había dotado de prudencia y  discreción superiores á sus pocos años, respondió con  singular modestia, pero con igual resolución: que conocía  bien la grande honra y la mucha merced que se le hacía  en pensar en ella; pero que ya tenía escogido Esposo  mucho más noble y más rico que Procopio; que, á  la verdad, las riquezas de tal Esposo no eran de este  mundo; pero por lo mismo eran mucho más preciosas, y  que la virginidad, que ella estimaba más que todas las coronas del universo, era la única dote que su Esposo la  pedía. Quedó confuso el  gobernador, mostrando no  entender quién era aquel Esposo de quien Inés le  hablaba; y un caballero, que se hallaba presente, le dijo: Señor, esta doncella es cristiana, y desde su niñez está  criada en las extravagancias  de esta secta; con que no  dudéis que ese divino Esposo  de quien habla es el Dios  de los cristianos.

Entonces, mudando el gobernador de tono y de modales: Ya veo ahora, dijo á Inés, qué es lo que te tiene trastornada la razón y alucinado el espíritu. Déjate, hija mía, de esas ideas frívolas de virginidad; déjate de esos supersticiosos fantasmones con que esa secta llena las cabezas de todos los que la siguen. Sean nuestros dioses desde hoy en adelante el único objeto de tus cultos; sean sus máximas la regla de tus dictámenes y de tus operaciones. No hagas obstinación de la ceguedad; tiende los brazos á la  fortuna que te los alarga, brindándote con una elevación de tanta honra para ti.

Reflexiona bien lo que desprecias, y hazte cargo de que, si lo abrazas, ocuparás un lugar distinguido en la ciudad cabeza del Universo; poseerás grandes riquezas; serás   4una de las primeras señoras del mundo, y harás dichoso á todo tu linaje. Por lo demás, añadió en tono impetuoso y severo, sólo tienes veinticuatro horas de término para tomar resolución: escoge ser la primera dama de Roma, ó expirar infamemente en los más crueles tormentos.

 « Señor, le replicó Santa Inés, no he menester tanto tiempo para determinarme, porque  mi  resolución  ya  está tomada; desde luego os declaro que no admitiré jamás á otro esposo que á Jesucristo, así como nunca reconoceré á otro Dios que al soberano Creador de Cielo y Tierra. Y me admiro tengáis valor para proponer á una persona de razón que adore á unos dioses de palo y de piedra. No penséis atemorizarme con la amenaza de los mayores suplicios; porque, si reconozco en mí alguna ambición, es únicamente la de añadir la corona de mártir á la de virgen. Niña soy, y soy flaca; pero confío en la gracia de mi Señor Jesucristo, que me dará fuerzas para morir por su amor.»

Atónito quedó el gobernador al oír respuesta tan animosa; pero, volviendo de  su primer asombro, quiso hacer la última tentativa. Como la Santa mostraba tanto amor á la virginidad, le pareció que nada la intimidaría tanto como amenazarla con que haría fuese violada su entereza; y así le dijo: Escoge una de dos: ó casarte con Procopio, ó ser deshonrada en el lugar infame de las malas mujeres, antes de expirar en los tormentos.

«Tengo colocada toda mi confianza en mi divino Esposo Jesucristo, respondió  la Santa. El es poderoso para librarme de tus violencias, y El es tan celoso de la pureza de sus esposas, que  no permitirá les quiten un tesoro que dimana de Él, y que está debajo de su custodia. Vuestros dioses hediondos y malvados os inspiran semejantes infamias; pero el  Dios de la pureza, á quien yo sirvo, sabrá librarme de vuestros impíos intentos.»

Rebosando Sinfronio en cólera y furor, mandó que al instante la cargasen de cadenas. Al punto trajeron los ministros una multitud de argollas, grillos y esposas, que con el ruido y con la vista hacían estremecer; pero Inés no mudó de color ni de semblante ni de lenguaje en presencia de los verdugos y de los instrumentos. Se mantuvo serena en medio de aquel funesto aparato; y oprimida con el peso de las cadenas estaba libre, porque no se habían hecho aquellos  hierros para un cuerpecillo tan pequeño. Enternecíanse todos, sin poder contener las lágrimas, hasta los mismos paganos; pero Inés no podía disimular su alegría, agobiada por las cadenas.

Lleváronla como arrastrando al templo, para que ofreciese sacrificio á los ídolos; pero esto sólo sirvió para que confesase más públicamente á Jesucristo en presencia de mayor concurso.  Moviéronla por fuerza la mano; mas ella hizo la señal de la cruz, levantando, por decirlo así, este trofeo sobre los mismos altares de los demonios.

Confuso el gobernador con la constancia de aquella doncellita, sin darse por vencido, se puso más furioso.

Creyendo, y con razón, que  el lugar infame de las mujeres perdidas la causaría más horror que la misma muerte, la hizo conducir á él; pero un ángel la defendió y, desprendiéndose de lo alto una celestial luz, convirtió aquel hediondo lugar en oratorio, santificado con las oraciones y con los votos de la santa virgen.

Sólo Procopio, más osado que los demás, se atrevió á entrar con resolución de profanarle; pero al instante cayó muerto á los pies de la Santa. Llenó de consternación á todo caso tan espantoso. Traspasado de dolor el prefecto con la muerte  de  su  hijo,  mudó  las  bravatas en súplicas y en ruegos, y pidió á Inés que resucitase á Procopio. Apenas levantó los ojos y las   6manos al Cielo, cuando volvió á la vida el infeliz y ya dichoso mancebo, porque volvió publicando en alta voz que todos los dioses de los gentiles eran vanos y quiméricos, y que no había otro verdadero Dios sino el que adoraban los cristianos.

Como había sido interesado el gobernador en aquel evidente milagro, no pudo menos de mostrarse favorable á Santa Inés; pero los sacerdotes de los ídolos, que habían concurrido á la voz de aquella maravilla, conmovieron tanto al pueblo  contra la santa virgen, tratándola de hechicera, de maga y de sacrílega, que el gobernador, temiendo una sedición, si la libraba, y no atreviéndose á condenar á muerte á la que había dado á su hijo la vida, tomó el partido de retirarse y entregar la causa á Aspasio su teniente. Intimidado éste con los gritos del pueblo, que clamaba contra Inés como contra una maga y hechicera, dio sentencia de que fuese quemada viva.

Preparase la hoguera,  llénase el pueblo de expectación y arde en furiosa impaciencia de ver reducida á cenizas á aquella  dichosa víctima; pero el fuego la respetó reverente. Divididas las llamas en dos partes, la dejaron intacta en medio del brasero, como se conservaron ilesos los tres mancebos hebreos en el horno de Babilonia; pero, remolinadas después las mismas llamas por uno y otro lado,  abrasaron á muchos de los circunstantes que hacían el oficio de verdugos.

En fin, obstinándose siempre los sacerdotes y el pueblo en atribuir tantas maravillas á industria y al artificio del demonio, y temiendo el teniente algún alboroto, mandó que un verdugo la degollase en el mismo lugar donde había de ser quemada. Impaciente entonces la Santa con el ansia de unirse siempre en el Cielo con su divino Esposo, le suplicó que se dignase consumar su   7 sacrificio; y volviéndose al verdugo, que se iba acercando á ella con una especie de temblor y miedo reverencial, le alentó á que cumpliese con  su oficio, diciéndole con valor: «Date prisa á destruir este cuerpo que ha tenido la desgracia de agradar á otros ojos que á los de mi divino Esposo Jesucristo, el cual fue siempre el único Dueño de mi corazón. No temas darme una muerte que comienza á ser para mí el principio de una vida eterna»; y levantando amorosamente los ojos hacia el Cielo:

«Recibid, Señor, exclamó, á esta alma que tanto os costó, y á la cual amáis Vos tanto». Al acabar de decir estas palabras, el verdugo, con  mano trémula, la pasó la espada por el pecho, y al instante expiró.

No pudo estorbar el furor de los paganos que el cuerpo de la Santa fuese enterrado como con una especie de triunfo. Los muchos milagros que desde luego se obraron en su sepultura aumentaron la devoción de los fieles, y desde entonces se  hizo célebre el nombre de Santa Inés en todo el orbe  cristiano. El concurso á su sepulcro fue siempre muy numeroso, no solamente de los fieles, sino también de los mismos paganos, que se mezclaban con ellos para entrar á la parte en los milagrosos favores de la Santa.

El más acabado elogio y resumen de la vida de esta Santa nos lo suministra San  Jerónimo diciendo: «La vida de Inés ha sido alabada en las iglesias, en las letras y en las lenguas de todos los pueblos, pues venció Juntamente á su edad y al tirano, y consagró por medio del martirio el honor de la castidad».

Dos templos existen en Roma con la advocación de esta virgen mártir. El uno en la plaza Navone, construido en el sitio que ocupó la prisión de la Santa, y en el que  obró el milagro de la resurrección de Procopio. El otro templo es una de las siete basílicas primitivas de Roma,   situado fuera de la ciudad, en el sitio que ocupó la sepultura de Santa Inés, sobre las catacumbas de la vía Nomentana, construida en  tiempo de Constantino el Grande.

A esta basílica son llevados el 21 de Enero todos los años, para ser bendecidos, dos corderos, cuya lana sirve para los  palios  que los papas remiten á los arzobispos  como signo de Jurisdicción sobre los obispos sufragáneos.

Las religiosas de Santa Inés tienen el privilegio de cuidar de estos corderos, uno de los  cuales se sirve en la mesa del Papa el día de Pascua, y de tejer con su lana los palios mencionados.  Casi todas las reliquias de Santa Inés se conservan en la basílica de la Vía Nomentana. En Francia hay algunas, y en Manresa, en España, hay también algunas desde el año 1372.

¿POR QUÉ ME TENGO QUE CONFESAR CON UN CURA?


Por P. EDUARDO VOLPACCHIO

EL DEBER DE OBTENER PURIFICACIÓN
POR EL ARREPENTIMIENTO VERDADERO



1. Un hecho innegable: la necesidad del perdón de mis pecados

Todos tenemos muchas cosas buenas…, pero al mismo tiempo, la presencia del mal en nuestra vida es un hecho: somos limitados, tenemos una cierta inclinación al mal y defectos; y como consecuencia de esto nos equivocamos, cometemos errores y pecados. Esto es evidente y Dios lo sabe. De nuestra parte, tonto sería negarlo. En realidad… sería peor que tonto… San Juan dice que "si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es El para perdonar nuestros pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros" (1 Jn 1,9-10).

De aquí que una de las cuestiones más importantes de nuestra vida sea ¿cómo conseguir "deshacernos" de lo malo que hay en nosotros? ¿de las cosas malas que hemos hecho o de las que hemos hecho mal? Esta es una de las principales tareas que tenemos entre manos: purificar nuestra vida de lo que no es bueno, sacar lo que está podrido, limpiar lo que está sucio, etc.: librarnos de todo lo que no queremos de nuestro pasado. ¿Pero cómo hacerlo?

No se puede volver al pasado, para vivirlo de manera diferente… Sólo Dios puede renovar nuestra vida con su perdón. Y El quiere hacerlo… hasta el punto que el perdón de los pecados ocupa un lugar muy importante en nuestras relaciones con Dios.

Como respeto nuestra libertad, el único requisito que exige es que nosotros queramos ser perdonados: es decir, rechacemos el pecado cometido (esto es el arrepentimiento) y queramos no volver a cometerlo. ¿Cómo nos pide que mostremos nuestra buena voluntad? A través de un gran regalo que Dios nos ha hecho.

En su misericordia infinita nos dio un instrumento que no falla en reparar todo lo malo que podamos haber hecho. Se trata del sacramento de la penitencia. Sacramento al que un gran santo llamaba el sacramento de la alegría, porque en él se revive la parábola del hijo prodigo, y termina en una gran fiesta en los corazones de quienes lo reciben.

Así nuestra vida se va renovando, siempre para mejor, ya que Dios es un Padre bueno, siempre dispuesto a perdonarnos, sin guardar rencores, sin enojos, broncas, etc. Premia lo bueno y valioso que hay en nosotros; lo malo y ofensivo, lo perdona. Es uno de los más grandes motivos de optimismo y alegría: en nuestra vida todo tiene arreglo, incluso las peores cosas pueden terminar bien (como la del hijo pródigo) porque Dios tiene la última palabra: y esa palabra es de amor misericordioso.

La confesión no es algo meramente humano: es un misterio sobrenatural: consiste en un encuentro personal con la misericordia de Dios en la persona de un sacerdote .

Dejando de lado otros aspectos, aquí vamos sencillamente a mostrar que confesarse es razonable, que no es un invento absurdo y que incluso humanamente tiene muchísimos beneficios. Te recomiendo pensar los argumentos… pero más allá de lo que la razón nos pueda decir, acudí a Dios pidiéndole su gracia: eso es lo más importante, ya que en la confesión no se realiza un diálogo humano, sino un diálogo divino: nos introduce dentro del misterio de la misericordia de Dios.

2. Algunas razones por las que tenemos que confesarnos

2.1. En primer lugar porque Jesús dio a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados. Esto es un dato y es la razón definitiva: la más importante. En efecto, recién resucitado, es lo primero que hace: "Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados, a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar " (Jn 20,22-23). Los únicos que han recibido este poder son los Apóstoles y sus sucesores. Les dio este poder precisamente para que nos perdonen los pecados a vos y a mí. Por tanto, cuando querés que Dios te borre los pecados, sabés a quien acudir, sabés quienes han recibido de Dios ese poder.

Es interesante notar que Jesús vinculó la confesión con la resurrección (su victoria sobre la muerte y el pecado), con el Espíritu Santo (necesario para actuar con poder) y con los apóstoles (los primeros sacerdotes): el Espíritu Santo actúa a través de los Apóstoles para realizar en las almas la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte.

2.2. Porque la Sagrada Escritura lo manda explícitamente: "Confiesen mutuamente sus pecados" (Sant 5,16). Esto es consecuencia de la razón anterior: te darás cuenta que perdonar o retener presupone conocer los pecados y disposiciones del penitente. Las condiciones del perdón las pone el ofendido, no el ofensor. Es Dios quién perdona y tiene poder para establecer los medios para otorgar ese perdón. De manera que no soy yo quien decide cómo conseguir el perdón, sino Dios el que decidió (hace dos mil años de esto…) a quién tengo que acudir y qué tengo que hacer para que me perdone. Entonces nos confesamos con un sacerdote por obediencia a Cristo.

2.3. Porque en la confesión te encontrás con Cristo. Esto debido a que es uno de los siete Sacramentos instituidos por El mismo para darnos la gracia. Te confesás con Jesús, el sacerdote no es más que su representante. De hecho, la formula de la absolución dice: "Yo te absuelvo de tus pecados" ¿Quien es ese «yo»? No es el Padre Fulano -quien no tiene nada que perdonarte porque no le has hecho nada-, sino Cristo. El sacerdote actúa en nombre y en la persona de Cristo. Como sucede en la Misa cuando el sacerdote para consagrar el pan dice "Esto es mi cuerpo", y ese pan se convierte en el cuerpo de Cristo (ese «mi» lo dice Cristo), cuando te confesas, el que está ahí escuchándote, es Jesús. El sacerdote, no hace más que «prestarle» al Señor sus oídos, su voz y sus gestos.

2.4. Porque en la confesión te reconcilias con la Iglesia. Resulta que el pecado no sólo ofende a Dios, sino también a la comunidad de la Iglesia: tiene una dimensión vertical (ofensa a Dios) y otra horizontal (ofensa a los hermanos). La reconciliación para ser completa debe alcanzar esas dos dimensiones. Precisamente el sacerdote está ahí también en representación de la Iglesia, con quien también te reconcilias por su intermedio. El aspecto comunitario del perdón exige la presencia del sacerdote, sin él la reconciliación no sería «completa».

2.5. El perdón es algo que «se recibe». Yo no soy el artífice del perdón de mis pecados: es Dios quien los perdona. Como todo sacramento hay que recibirlo del ministro que lo administra válidamente. A nadie se le ocurriría decir que se bautiza sólo ante Dios… sino que acude a la iglesia a recibir el Bautismo. A nadie se le ocurre decir que consagra el pan en su casa y se da de comulgar a sí mismo… Cuando se trata de sacramentos, hay que recibirlos de quien corresponde: quien los puede administrar válidamente.

2.6. Necesitamos vivir en estado de gracia. Sabemos que el pecado mortal destruye la vida de la gracia. Y la recuperamos en la confesión. Y tenemos que recuperarla rápido, básicamente por tres motivos:

a) porque nos podemos morir… y no creo que queramos morir en estado de pecado mortal… y acabar en el infierno.

b) porque cuando estamos en estado de pecado ninguna obra buena que hacemos es meritoria cara a la vida eterna. Esto se debe a que el principio del mérito es la gracia: hacer obras buenas en pecado mortal, es como hacer goles en off-side: no valen, carecen de valor sobrenatural. Este aspecto hace relativamente urgente el recuperar la gracia: si no queremos que nuestra vida esté vacía de mérito y que lo bueno que hacemos sea inútil.

c) porque necesitamos comulgar: Jesús nos dice que quien lo come tiene vida eterna y quien no lo come, no la tiene. Pero, no te olvides que para comulgar dignamente, debemos estar libres de pecado mortal. La advertencia de San Pablo es para temblar: "quien coma el pan o beba el cáliz indignamente, será reo del cuerpo y sangre del Señor. (…) Quien come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación" (1 Cor 11,27-28). Comulgar en pecado mortal es un terrible sacrilegio: equivale a profanar la Sagrada Eucaristía, a Cristo mismo.

2.7. Necesitamos dejar el mal que hemos hecho. El reconocimiento de nuestros errores es el primer paso de la conversión. Sólo quien reconoce que obró mal y pide perdón, puede cambiar.

2.8. La confesión es vital en la luchar para mejorar. Es un hecho que habitualmente una persona después de confesarse se esfuerza por mejorar y no cometer pecados. A medida que pasa el tiempo, va aflojando… se «acostumbra» a las cosas que hace mal, o que no hace, y lucha menos por crecer. Una persona en estado de gracia -esta es una experiencia universal- evita el pecado. La misma persona en pecado mortal tiende a pecar más fácilmente.

3. Otros motivos que hacen muy conveniente la confesión

a) Necesitamos paz interior. El reconocimiento de nuestras culpas es el primer paso para recuperar la paz interior. Negar la culpa no la elimina: sólo la esconde, haciendo más penosa la angustia. Sólo quien reconoce su culpa está en condiciones de liberarse de ella.

b) Necesitamos aclararnos a nosotros mismos. La confesión nos "obliga" a hacer un examen profundo de nuestra conciencia. Saber qué hay «adentro», qué nos pasa, qué hemos hecho, cómo vamos… De esta manera la confesión ayuda a conocerse y entenderse a uno mismo.

c) Todos necesitamos que nos escuchen. ¿En qué consiste el primer paso de la terapia de los psiquiatras y psicólogos sino en hacer hablar al "paciente"? Y te cobran para escucharte… y al "paciente" le hace muy bien. Estas dos profesiones han descubierto en el siglo XX algo que la Iglesia descubrió hace muchos siglos (en realidad se lo enseñó Dios). El decir lo que nos pasa, es una primera liberación.

d) Necesitamos una protección contra el auto-engaño. Es fácil engañarse a uno mismo, pensando que eso malo que hicimos, en realidad no está tan mal; o justificándolo llegando a la conclusión de que es bueno, etc. Cuando tenemos que contar los hechos a otra persona, sin excusas, con sinceridad, se nos caen todas las caretas… y nos encontramos con nosotros mismos, con la realidad que somos.

e) Todos necesitamos perspectiva. Una de las cosas más difíciles de esta vida es conocerse uno mismo. Cuando "salimos" de nosotros por la sinceridad, ganamos la perspectiva necesaria para juzgarnos con equidad.

f) Necesitamos objetividad. Y nadie es buen juez en causa propia. Por eso los sacerdotes pueden perdonar los pecados a todas las personas del mundo… menos a una: la única persona a la que un sacerdote no puede perdonar los pecados es él mismo: siempre tiene que acudir a otros sacerdote para confesarse. Dios es sabio y no podía privar a los sacerdotes de este gran medio de santificación.

g) Necesitamos saber si estamos en condiciones de ser perdonados: si tenemos las disposiciones necesarias para el perdón o no. De otra manera correríamos un peligro enorme: pensar que estamos perdonados cuando ni siquiera podemos estarlo.

h) Necesitamos saber que hemos sido perdonados. Una cosa es pedir perdón y otra distinta ser perdonado. Necesitamos una confirmación exterior, sensible, de que Dios ha aceptado nuestro arrepentimiento. Esto sucede en la confesión: cuando recibimos la absolución, sabemos que el sacramento ha sido administrado, y como todo sacramento recibe la eficacia de Cristo.

i) Tenemos derecho a que nos escuchen. La confesión personal más que una obligación es un derecho: en la Iglesia tenemos derecho a la atención personal, a que nos atiendan uno a uno, y podamos abrir el corazón, contar nuestros problemas y pecados.

j) Hay momentos en que necesitamos que nos animen y fortalezcan. Todos pasamos por momentos de bajoneo, pesimismo, desánimo… y necesitamos que se nos escuche y anime. Encerrarse en sí mismo solo empeora las cosas…

k) Necesitamos recibir consejo. Mediante la confesión recibimos dirección espiritual. Para luchar por mejorar en las cosas de las que nos confesamos, necesitamos que nos ayuden.

l) Necesitamos que nos aclaren dudas, conocer la gravedad de ciertos pecados, en fin… mediante la confesión recibimos formación.

4. Algunos motivos para no confesarse. 

4.1. ¿Quién es el cura para perdonar los pecados…? Sólo Dios puede perdonarlos.
Hemos visto que el Señor dio ese poder a los Apóstoles. Además, permitime decirte que ese argumento lo he leído antes… precisamente en el Evangelio… Es lo que decían los fariseos indignados cuando Jesús perdonaba los pecados… (podés mirar Mt 9,1-8).

4.2. Yo me confieso directamente con Dios, sin intermediarios.Genial. Me parece bárbaro… pero hay algunos peros…Pero… ¿cómo sabés que Dios acepta tu arrepentimiento y te perdona? ¿Escuchás alguna voz celestial que te lo confirma?Pero… ¿cómo sabés que estás en condiciones de ser perdonado? Te darás cuenta que no es tan fácil… Una persona que robara un banco y no quisiera devolver el dinero… por más que se confesara directamente con Dios… o con un cura… si no quisiera reparar el daño hecho -en este caso, devolver el dinero-, no puede ser perdonada… porque ella misma no quiere "deshacerse" del pecado.

Este argumento no es nuevo… Hace casi mil seiscientos años, San Agustín replicaba a quien argumentaba como vos: "Nadie piense: yo obro privadamente, de cara a Dios… ¿Es que sin motivo el Señor dijo: «lo que atareis en la tierra, será atado en el cielo»?.¿Acaso les fueron dadas a la Iglesia las llaves del Reino de los cielos sin necesidad? Frustramos el Evangelio de Dios, hacemos inútil la palabra de Cristo."

4.3. ¿Porque le voy a decir los pecados a un hombre como yo?Porque ese hombre no un hombre cualquiera: tiene el poder especial para perdonar los pecados (el sacramento del orden). Esa es la razón por la que vas a él.

4.4. ¿Porque le voy a decir mis pecados a un hombre que es tan pecador como yo?El problema no radica en la «cantidad» de pecados: si es menos, igual o más pecador que vos…. No vas a confesarte porque sea santo e inmaculado, sino porque te puede dar al absolución, poder que tiene por el sacramento del orden, y no por su bondad. Es una suerte -en realidad una disposición de la sabiduría divina- que el poder de perdonar los pecados no dependa de la calidad personal del sacerdote, cosa que sería terrible ya que uno nunca sabría quién sería suficientemente santo como para perdonar… Además, el hecho de que sea un hombre y que como tal tenga pecados, facilita la confesión: precisamente porque sabe en carne propia lo que es ser débil, te puede entender mejor.

4.5. Me da vergüenza…Es lógico, pero hay que superarla. Hay un hecho comprobado universalmente: cuanto más te cueste decir algo, tanto mayor será la paz interior que consigas después de decirlo. Además te cuesta, precisamente porque te confesás poco…, en cuanto lo hagas con frecuencia, verás como superás esa vergüenza.Además, no creas que sos tan original…. Lo que vas a decir, el cura ya lo escuchó trescientas mil veces… A esta altura de la historia… no creo que puedas inventar pecados nuevos…Por último, no te olvides de lo que nos enseñó un gran santo: el diablo quita la vergüenza para pecar… y la devuelve aumentada para pedir perdón… No caigas en su trampa.

4.6. Siempre me confieso de lo mismo…Eso no es problema. Hay que confesar los pecados que uno ha cometido… y es bastante lógico que nuestros defectos sean siempre más o menos los mismos… Sería terrible ir cambiando constantemente de defectos… Además cuando te bañás o lavas la ropa, no esperás que aparezcan machas nuevas, que nunca antes habías tenido; la suciedad es más o menos siempre del mismo tipo… Para querer estar limpio basta querer remover la mugre… independientemente de cuán original u ordinaria sea.

4.7. Siempre confieso los mismos pecados…No es verdad que sean siempre los mismos pecados: son pecados diferentes, aunque sean de la misma especie… Si yo insulto a mi madre diez veces… no es el mismo insulto… cada vez es uno distinto… No es lo mismo matar una persona que diez… si maté diez no es el mismo pecado… son diez asesinatos distintos. Los pecados anteriores ya me han sido perdonados, ahora necesito el perdón de los "nuevos", es decir los cometidos desde la última confesión.

4.8. Confesarme no sirve de nada, sigo cometiendo los pecados que confieso…El desánimo, puede hacer que pienses: "má si…, es lo mismo si me confieso o no, total nada cambia, todo sigue igual". No es verdad. El hecho de que uno se ensucie, no hace concluir que es inútil bañarse. Uno que se baña todos los días… se ensucia igual… Pero gracias a que se baña, no va acumulando mugre… y está bastante limpio. Lo mismo pasa con la confesión. Si hay lucha, aunque uno caiga, el hecho de ir sacándose de encima los pecados… hace que sea mejor. Es mejor pedir perdón, que no pedirlo. Pedirlo nos hace mejores.

4.9. Sé que voy a volver a pecar… lo que muestra que no estoy arrepentidoDepende… Lo único que Dios me pide es que esté arrepentido del pecado cometido y que ahora, en este momento quiera luchar por no volver a cometerlo. Nadie pide que empeñemos el futuro que ignoramos… ¿Qué va a pasar en quince días? No lo sé… Se me pide que tenga la decisión sincera, de verdad, ahora, de rechazar el pecado. El futuro dejalo en las manos de Dios…

4.10. Y si el cura piensa mal de mi…El sacerdote está para perdonar… Si pensara mal, sería un problema suyo del que tendría que confesarse. De hecho siempre piensa bien: valora tu fe (sabe que si estás ahí contando tus pecados, no es por él… sino porque vos crees que representa a Dios), tu sinceridad, tus ganas de mejorar, etc. Supongo que te darás cuenta de que sentarse a escuchar pecados, gratis -sin ganar un peso-, durante horas, … si no se hace por amor a las almas… no se hace. De ahí que, si te dedica tiempo, te escucha con atención… es porque quiere ayudarte y le importás… aunque no te conozca te valora lo suficiente como para querer ayudarte a ir al cielo.

4.11. Y si el cura después le cuenta a alguien mis pecados…No te preocupes por eso. La Iglesia cuida tanto este asunto que aplica la pena más grande que existe en el Derecho Canónico -la ex-comunión- al sacerdote que dijese algo que conoce por la confesión. De hecho hay mártires por el sigilo sacramental: sacerdotes que han muerto por no revelar el contenido de la confesión.

4.12. Me da fiaca…Puede ser toda la verdad que quieras, pero no creo que sea un obstáculo verdadero ya que es bastante fácil de superar… Es como si uno dijese que hace un año que no se baña porque le da pereza…

4.13. No tengo tiempo…No creo que te creas que en los últimos ___ meses… no hayas tenidos los diez minutos que te puede llevar una confesión… ¿Te animás a comparar cuántas horas de TV has visto en ese tiempo… (multiplicá el número de horas diarias que ves por el número de días…)?

4.14. No encuentro un cura…No es una raza en extinción, en Argentina hay varios miles. Agarrá la guía de teléfono (o llamá a 110). Buscá el teléfono de tu parroquia. Si ignorás el nombre, buscá por el obispado, ahí te dirán… Así podrás saber en tres minutos el nombre de un cura con el que te podés confesar… e incluso perdirle una hora… para no tener que esperar.

Lea el tema relacionado: QUEJAS DE JESUS SOBRE LA CONFESIÓN que he publicado anteriormente. 

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís