FRASES PARA SACERDOTES

Durante las tres horas de desgarradora agonía, Yo permanecí con Juan y las piadosas mujeres, bajo la Cruz y juntos fuimos bañados por su Preciosa Sangre.

¿CUÁNTO VALE UN SACERDOTE?




¿CUÁNTO VALE UN SACERDOTE? Este video cuenta con fragmentos del hermoso escrito del poeta argentino Hugo Wast: “Cuando se piensa”. ¿Cuál sería tu respuesta?

Cuando se piensa que ni ... puede hacer lo que un sacerdote.

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EL CRUCIFIJO EN EL CENTRO DEL ALTAR EN LA MISA "HACIA EL PUEBLO"



Desde tiempos remotos, la Iglesia estableció signos sensibles que ayudaran a los fieles a elevar el alma a Dios. El Concilio de Trento, refiriéndose en particular a la Santa Misa, motivó esta costumbre recordando que “Como la naturaleza humana es tal que sin los apoyos externos no puede fácilmente levantarse a la meditación de las cosas divinas, por eso la piadosa madre Iglesia instituyó determinados ritos [...] con el fin de encarecer la majestad de tan grande sacrificio [la Eucaristía] e introducir las mentes de los fieles, por estos signos visibles de religión y piedad, a la contemplación de las altísimas realidades que en este sacrificio están ocultas” (DS 1746).

Uno de los signos más antiguos consiste en volverse hacia oriente para rezar. Oriente es símbolo de Cristo, el Sol de justicia. “Erik Peterson ha demostrado la estrecha conexión entre la oración hacia oriente y la cruz, conexión evidente como muy tarde en el periodo constantiniano. [...] Entre los cristianos se difundió la costumbre de indicar la dirección de la oración con una cruz sobre la pared oriental en el ábside de las basílicas, pero también en las habitaciones privadas, por ejemplo, de monjes y eremitas” (U.M. Lang, Rivolti al Signore, Siena 2006, p. 32).

“Si se nos pregunta hacia dónde miraban el sacerdote y los fieles durante la oración, la respuesta debe ser: ¡a lo alto, hacia el ábside! La comunidad orante durante la oración no miraba, de hecho, adelante al altar o a la cátedra, sino que elevaba a lo alto las manos y los ojos. Así el ábside llegó a ser el elemento más importante de la decoración de la iglesia, en el momento más íntimo y santo de la actuación litúrgica, la oración” (S. Heid, «Gebetshaltung und Ostung in frühchristlicher Zeit», Rivista di Archeologia Cristiana 82 [2006], p. 369). Cuando, por tanto, se encuentra representado en el ábside Cristo entre los apóstoles y los mártires, no se trata sólo de una representación, sino más bien de una epifanía ante la comunidad orante. La comunidad entonces “elevaba las manos y los ojos 'al cielo'”, miraba concretamente a Cristo en el mosaico absidial y hablaba con él, le rezaba. Evidentemente, Cristo estaba así directamente presente en la imagen. Dado que el ábside era el punto de convergencia de la mirada orante, el arte proporcionaba lo que el orante necesitaba: el Cielo, desde el que el Hijo de Dios se mostraba a la comunidad como desde una tribuna” (Ibíd., p. 370).

Por tanto, “rezar y orar para los cristianos de la antigüedad tardía formaba un todo. El orante quería no sólo hablar, sino esperaba también ver. Si en el ábside se mostraba de modo maravilloso una cruz celeste o a Cristo en su gloria celeste, entonces por eso mismo el orante que miraba hacia lo alto podía ver exactamente esto: que el cielo se abría para él y que Cristo se le mostraba” (Ibíd., p. 374).

El Crucifijo en el centro del altar en la Misa “hacia el pueblo”

De los anteriores apuntes históricos, se deduce que la liturgia no se comprende verdaderamente si se la imagina principalmente como un diálogo entre el sacerdote y la asamblea. No podemos aquí entrar en los detalles: nos limitamos a decir que la celebración de la Santa Misa “hacia el pueblo” es un concepto que entró a formar parte de la mentalidad cristiana sólo en la época moderna, como lo han demostrado estudios serios y lo reafirmó Benedicto XVI: “La idea de que sacerdote y pueblo en la oración deberían mirarse recíprocamente nació sólo en la época moderna y es completamente extraña a la cristiandad antigua. De hecho, sacerdote y pueblo no dirigen uno al otro su oración, sino que juntos la dirigen al único Señor” (Teología de la Liturgia, Ciudad del Vaticano 2010, pp. 7-8).

A pesar de que el Vaticano II nunca tocó este aspecto, en 1964 la Instrucción Inter Oecumenici, emanada del Consilium encargado de llevar a cabo la reforma litúrgica querida por el Concilio, en el n. 91 prescribió: “Es bueno que el altar mayor se separe de la pared para poder girar fácilmente alrededor y celebrar versus populum”. Desde aquel momento, la posición del sacerdote “hacia el pueblo”, aún no siendo obligatoria, se convirtió en la forma más común de celebrar Misa. Estando así las cosas, Joseph Ratzinger propuso, también en estos casos, no perder el significado antiguo de oración “orientada” y sugirió superar las dificultades poniendo en el centro del altar el signo de Cristo crucificado (cf. Teología de la Liturgia, p. 88). Uniéndome a esta propuesta, añadí a mi vez la sugerencia de que las dimensiones del signo deben ser tales que lo hagan bien visible, so pena de poca eficacia (cf. M. Gagliardi, Introduzione al Mistero eucaristico, Roma 2007, p. 371).

La visibilidad de la cruz del altar está presupuesta por el Ordenamiento General del Misal Romano: “Igualmente, sobre el altar, o cerca de él, colóquese una cruz con la imagen de Cristo crucificado, que pueda ser vista sin obstáculos por el pueblo congregado” (n. 308). No se precisa, sin embargo, si la cruz debe estar necesariamente en el centro. Aquí intervienen por tanto motivaciones de orden teológico y pastoral, que en el estrecho espacio a nuestra disposición no podemos exponer. Nos limitamos a concluir citando de nuevo a Ratzinger: “En la oración no es necesario, es más, no es ni siquiera conveniente mirarse mutuamente; mucho menos al recibir la comunión. [...] En una aplicación exagerada y malentendida de la 'celebración de cara al pueblo', de hecho, se han quitado como norma general – incluso en la basílica de San Pedro en Roma – las Cruces del centro de los altares, para no obstaculizar la vista entre el celebrante y el pueblo. Pero la Cruz sobre el altar no es impedimento a la visión, sino más bien un punto de referencia común. Es una 'iconostasis' que permanece abierta, que no impide el recíproco ponerse en comunión, sino que hace de mediadora y que sin embargo significa para todos esa imagen que concentra y unifica nuestras miradas. Osaría incluso proponer la tesis de que la Cruz sobre el altar no es obstáculo, sino condición preliminar para la celebración versus populum. Con ello volvería a estar nuevamente clara también la distinción entre la liturgia de la Palabra y la plegaria eucarística. Mientras en la primera se trata de anuncio y por tanto de una inmediata relación recíproca, en la segunda se trata de adoración comunitaria en la que todos nosotros seguimos estando bajo la invitación: ¡Conversi ad Dominum – dirijámonos al Señor; convirtámonos al Señor!” (Teología de la Liturgia, p. 536).


FUENTE: www.vatican.va

¿QUÉ ERA EL "VELO DEL TEMPLO" QUE SE RASGÓ AL MORIR JESÚS?


El mensaje teológico escondido en un versículo del Evangelio de Mateo

Imagen tomada de aleteia.org

Quisiera amablemente que se me explicara el pasaje del versículo 51 del capítulo 27 del Evangelio de Mateo: “En esto, el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo; tembló la tierra y las rocas se hendieron”. ¿Qué significa que el velo del templo se rasgó en dos? ¿A qué velo del templo se refiere el evangelista?

Responde sor Giovanna Cheli, profesora de Sagrada Escritura en la Facultad Teológica de Italia Central.

Qué es el “velo del templo” es fácil de explicar, más difícil es decir por qué el evangelista habla en los términos que expone la pregunta.

En el templo había dos “velos” (cortinas): uno estaba frente al altar del incienso, a donde los sacerdotes accedían cada día; el otroseparaba la zona reservada a los sacerdotes de la del Santo de los Santos, en el que podía entrar sólo el Sumo Sacerdote una vez al año en el Día de la Expiación. Este último velo fue el que se rasgó.

Para dar una idea de lo extraordinario del hecho, el historiador judío Giuseppe Flavio decía que ni siquiera dos caballos unidos a esta gran cortina, habrían podido romperla. Su mantenimiento era realmente una empresa: tenía 20 metros de altura y diez centímetros de espesor, para poderla enrollar se decía que eran necesarios alrededor de setenta hombres.

El velo del templo (en hebreo Parokhet) respondía a las obligaciones que el libro del Éxodo había indicado para la construcción del templo: “Harás un velo de púrpura violeta y escarlata, de carmesí y lino fino torzal; bordarás en él unos querubines. Lo colgarás de cuatro postes de acacia, revestidos de oro, provistos de ganchos de oro y de sus cuatro basas de plata. Colgarás el velo debajo de los broches; y allá, detrás del velo, llevarás el arca del Testimonio, y el velo os servirá para separar el Santo del Santo de los Santos” (Ex 26 31.33).

Todavía hoy en las sinagogas hay colocado un velo (Parokhet) frente al Aron Kodesh (armario sagrado), donde se conservan los rollos de la Torah.

Con estas noticias esenciales, somos capaces de entender la grandeza y la cualidad extraordinaria del evento, al que Mateo une el terremoto, un tipo de eclipses (por otro lado realmente extraordinarios, puesto que en aquellos días de Pascua había el plenilunio y la luna se encontraba al lado opuesto del sol, por lo tanto, no habría podido cubrirlo) y la resurrección de los cuerpos sepultados.

Por lo tanto, esta expresión se inserta en un carrusel de eventos de naturaleza “teofánica” (manifestación de Dios) que enmarcan el último respiro de Jesús. Es precisamente aquí, en el contexto evangélico, donde se introduce el “desgarro” del velo del templo.

Este modo de decir no pretende ser irreverente con uno de los lugares de culto más queridos en Israel, sino que quiere expresar eficazmente un mensaje teológico.

Primero que nada me gustaría hacer ver que la grandiosidad de las manifestaciones contrastan con la pobreza de un evento “ordinario”, natural: morir.

Pero hay otra particularidad que se subraya por los tres evangelistas y es el modo de la laceración del velo: “el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo” (Mt 27, 51; Mc 15, 38), “se rasgó por medio” (Lc 23, 45). Los tres evangelistas concuerdan en el hecho que este desgarro no fue desde abajo por deterioro, como sería natural: también Lucas que no habla ni de arriba, ni de abajo, dice que el corte fue en el centro.

El símbolo es muy denso, porque en la Escritura “alto” es el lugar de la trascendencia divina y “bajo” en cambio de la realidad humana.

Sacando las primeras conclusiones, el desgarro del velo del templo fue prodigioso (más allá de las conjeturas que lo ven como consecuencia del terremoto): esto comenzó “de lo alto”, a partir de Dios, es decir, por su iniciativa, como también las demás manifestaciones que ocurrieron alrededor de la crucifixión.

Esta conclusión, por lo tanto, se puntualiza mejor bajo el contexto de toda la narración de la muerte del Señor. La laceración del velo del templo corresponde a la eliminación de lo que se interponía entre el lugar de la alianza y el lugar de la ofrenda y el pueblo. 

Por lo tanto, el último respiro de Jesús borra la separación cultual, es decir, la distancia entre Dios y el hombre es colmada por Cristo.

Lo explica muy bien la Epístola a los Hebreos cuando dice: “Pero presentóse Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna” (9,11).

Los evangelistas quieren decir, en este sentido, que con el evento de la muerte del Señor todos tienen libre acceso a la salvación; o se puede decir con la Epístola a los Hebreos queJesús es el verdadero sacerdote, con la muerte atraviesa el velo, lo sobrepasa de una vez por todas, realizando el rito de expiación una sola vez y de modo definitivo. Las dos interpretaciones se completan recíprocamente.

Lo más sugerente, que da espacio a una respuesta, es pensar que el signo del velo rasgado expresa plenamente un mensaje teológico muy preciso de doble valencia: Dios está con nosotros todos los días hasta el final del mundo, esto consagra como nueva alianza en su sangre la Resurrección del Señor.

El desgarro del velo lleva a cumplimiento el mensaje: no sólo él está con nosotros sino que nos ha abierto el camino para que nosotros, desde ahora, podamos estar con Él.

Viene a la mente la bendición de santa Clara a sus hermanas: “El Señor esté siempre con vosotras, y ojalá que vosotras estéis siempre con Él” (FF2858). El “velo”, caído esencialmente, desaparecerá progresivamente incluso frente a nuestros ojos y Lo veremos cara a cara (cfr. 1Co 13,12).


FUENTE: es.aleteia.org

SIGNO DE CONTRADICCIÓN


Por Guillermo Juan Morado (Sacerdote)

Los verdaderos profetas se encuentran con el rechazo y con la contradicción. Ellos hablan de parte de Dios, no para contentar las apetencias de las gentes. La conciencia de su misión es lo que les infunde valentía: “Tú cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo, que si no, yo te meteré miedo de ellos”, le dice Dios a Jeremías (cf Jr 1,4-19).

En el rechazo y la resistencia a los profetas se anticipa el rechazo de Jesús, “puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción”, como había anunciado Simeón cuando presentaron a Jesús en el Templo. En la sinagoga de Nazaret se pone de manifiesto este rechazo. Quienes, un momento antes, “expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios”, en cuanto oyeron lo que no deseaban oír “se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo” (cf Lc 4,21-30).

Jesús es piedra de tropiezo, signo de contradicción, porque, revelando el amor de Dios, obliga al hombre a escoger, a optar por la luz o por las tinieblas. Para los soberbios, para los que se resisten a creer, se convierte en “roca de escándalo” (cf 1 P 2,8). Y es el mismo Señor quien advierte: “Bienaventurado el que no se escandalice de mí” (Mt 11,6).

El signo de Cristo, en su doble valencia de piedra angular y de piedra de escándalo, brilla sobre la faz de la Iglesia (cf LG 15). La predicación de la Iglesia, su misma presencia en medio del mundo, resulta incómoda cuando, haciéndose eco de la enseñanza de Cristo, pronuncia lo que no desea ser oído; cuando recuerda que el hombre no es Dios, que la ley dictada por los hombres no siempre coincide con la ley de Dios; cuando desafía los convencionalismos pacíficamente aceptados por nuestro egoísmo, nuestra comodidad y nuestra soberbia.

Como Jeremías, y como Cristo, la Iglesia no debe dejarse amedrentar. Es Dios quien hace al profeta plaza fuerte, columna de hierro y muralla de bronce. La fuerza de la Iglesia no proviene del poder de las armas, o del dinero, o del prestigio mundano. La fuerza de la Iglesia proviene de su fidelidad al Señor.

En la Iglesia, cada uno de nosotros, los creyentes, podemos experimentar la angustia de Jeremías ante una misión, dar testimonio de Cristo, que nos excede y que nos asusta. Pero el Señor sigue pronunciando en nuestros oídos, en el silencio elocuente de la oración, las mismas palabras que dirigió al profeta: “Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte”.

La resistencia de la Iglesia radica en la fuerza paradójica del amor; un amor que “disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites” (1 Cor 13). La auténtica prioridad para la Iglesia, ha escrito el Papa Benedicto XVI, es “el compromiso laborioso por la fe, por la esperanza y el amor en el mundo”. Con esa prioridad debemos trabajar todos, aceptando el desafío del rechazo, y dando, incansablemente, testimonio del amor de Dios.


FUENTE: infocatolica.com

MARÍA MAGDALENA, APÓSTOLA DE LOS APÓSTOLES.


Image Courtesy commons.wikimedia.org

El arzobispo Arthur Roche, Secretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, explica el significado del decreto por el que a partir de ahora María Magdalena será “festejada” litúrgicamente como el resto de los apóstoles.


“La decisión se inscribe- dice el arzobispo - en el contexto eclesial actual, que requiere una reflexión más profunda sobre la dignidad de la mujer, la nueva evangelización y la grandeza del misterio de la misericordia divina. San Juan Pablo II dedicó una gran atención no sólo a la importancia de la mujer en la misión de Cristo y de la Iglesia, sino también, y con especial énfasis, al papel especial de María Magdalena como primera testigo que vio al Resucitado y primera mensajera que anunció a los apóstoles la resurrección del Señor. La Iglesia, hoy en día, prosigue resaltando esta importancia – manifestada en el compromiso de una nueva evangelización -y quiere acoger sin distinción, hombres y mujeres de cualquier raza, pueblo, lengua y nación,para anunciarles la buena noticia del evangelio de Jesucristo, acompañarlos en su peregrinación terrena y ofrecerles las maravillas de la salvación de Dios. Santa María Magdalena es un ejemplo de evangelización verdadera y auténtica, es decir, una evangelista que anuncia el gozoso mensaje central de Pascua!.


“El Santo Padre Francisco ha tomado esta decisión precisamente en el contexto del Jubileo de la Misericordia para destacar la importancia de esta mujer que mostró un gran amor por Cristo y fue muy querida por Cristo, como afirman hablando de ella Rabano Mauro ( "dilectrix Christi et Christo plurimum dilecta”: De vita beate Mariae magdalenae, Prologus) y San Anselmo de Canterbury ( "electa dilectrix et dilecta Electrix Dei», Oratio a LXXIII Sanctam Mariam Magdalenam). Es cierto que la tradición cristiana en Occidente, sobre todo después de San Gregorio Magno -señala el prelado- identifica en la misma persona a María de Magdala, la mujer que derramó perfume en la casa de Simón el fariseo, y a la hermana de Lázaro y Marta. Esta interpretación continuó y tuvo influencia en los autores eclesiásticos occidentales, en el arte cristiano y en los textos litúrgicos relacionados con la santa. Los bolandistas expusieron ampliamente el problema de la identificación de las tres mujeres y prepararon el camino para la reforma litúrgica del calendario romano. Con la actuación de la reforma, los textos del Misal Romano, de la Liturgia de las Horas y del Martirologio Romano se refieren a María de Magdala. Es seguro que María Magdalena formaba parte del grupo de los discípulos de Jesús, que lo siguió hasta el pie de la cruz y, que en el huerto donde se encontraba la tumba, fue la primera "”testis divinae misericordiae", como afirma san Gregorio Magno. El Evangelio de Juan dice que María Magdalena lloraba porque no había encontrado el cuerpo del Señor y Jesús tuvo misericordia de ella haciéndose reconocer como Maestro y transformando sus lágrimas en alegría pascual”.


El arzobispo aprovecha la ocasión para evidenciar dos ideas inherentes a los textos bíblicos y litúrgicos de la nueva fiesta, que contrirbuyen a comprender mejor la importancia actuala de una santa como María Magdalena.


“Por una parte -afirma- tuvo el honor de ser el "el primer testigo” de la resurrección del Señor, la primera en ver la tumba vacía y la primera en escuchar la verdad de su resurrección. Cristo tiene una consideración y una compasión especial por esta mujer, que manifiesta su amor por él, buscándolo en el huerto con angustia y sufrimiento, con "lacrimas humilitatis", como dice San Anselmo. En este sentido, me gustaría señalar el contraste entre las dos mujeres presentes en el jardín del paraíso, y en el jardín de la resurrección. La primera difundió la muerte allí donde había vida; la segundo anunció la Vida desde un sepulcro, un lugar de muerte... Además, en el jardín de la resurrección es donde el Señor dice a María Magdalena: "Noli me tangere". Es una invitación no sólo a María, sino también a toda la Iglesia, a entrar en una experiencia de fe que sobrepasa todo apropiación materialista y comprensión humana del misterio divino. ¡Tiene un alcance eclesial! Es una buena lección para todos los discípulos de Jesús: no buscar seguridades humanas ni títulos mundanos sino la fe en Cristo vivo y resucitado”.


“Precisamente porque fue testigo ocular de Cristo resucitado fue también, por otra parte, la primera en dar testimonio delante de los apóstoles. Cumplió con el mandato del Resucitado: "Vé donde mis hermanos y diles: "... María de Magdala fue a anunciar a los discípulos: " He visto al Señor "y “lo que El le había dicho". De este modo se convierte, como ya se ha señalado, en evangelista, es decir, en mensajera que anuncia la buena nueva de la resurrección del Señor; o como decían Rabano Mauro y Santo Tomás de Aquino, en "apóstola de los apóstoles", porque anunció a los apóstoles aquello que, a su vez, ellos anunciarán a todo el mundo. Con razón el Doctor Angélico utiliza este término aplicándolo a María Magdalena: es un testigo de Cristo resucitado y anuncia el mensaje de la resurrección del Señor, al igual que los otros apóstoles. Por lo tanto -finaliza mons. Roche- es justo que la celebración litúrgica de esta mujer tenga el mismo grado de festividad que se da a la celebración de los apóstoles en el calendario romano general y que se resalte la misión especial de una mujer, que es ejemplo y modelo para todas las mujeres de la Iglesia”.


FUENTE: press.vatican.va



ARREPENTIMIENTO Y REMORDIMIENTO: UN SILENCIOSO DIÁLOGO ENTRE SAN PEDRO Y JUDAS


La diferencia entre arrepentirse de verdad y desesperarse.



Diálogo silencioso entre san Pedro y Judas, el traidor:

Si tú, Judas, en vez de ahorcarte, hubieras buscado a Jesús para confesar tu cobardía, diciendo “cometí un gran crimen, pero estoy arrepentido, perdóname”. Jesús te habría perdonado.

Pausa.

Pedro se acordó entonces de la escena en el pretorio de Pilatos, el Jueves Santo…. Su negación. La mirada de reprimenda que Jesús le hizo cuando fue llevado de un juez al otro. De las lágrimas de arrepentimiento que no dejaban de correr por sus rostros, al punto de formar dos surcos…

Y continuó:

Judas, yo hice algo peor. Negué a nuestro Maestro. Lo negué tres veces. Soy más culpable que tú.

Y Pedro, aún con los ojos llenos de lágrimas, continuaría:

La diferencia es que yo lloré arrepentido. Y tú tuviste sólo remordimiento. Pensaste que no tenías perdón. ¿Por qué desconfiaste de la misericordia de Jesús? – (Fonte: P. Milleriot, jesuíta)


FUENTE: servicocatholicohispano.wordpress.com Del Boletín del sacerdote Pelágio. Por Blog Almas Castelos

MATEO, EL COBRADOR DE IMPUESTOS ELEGIDO PARA SER APÓSTOL Y EVANGELISTA




Jesús vio a Mateo y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió” (Mt9, 9-13). San Mateo es el ejemplo más evidente de cómo el Amor de Dios no hace acepción de personas, y en Mateo, Jesús nos da el ejemplo de cómo deben los cristianos amar a a sus prójimos: Mateo es llamado por Jesús, aun cuando era un cobrador de impuestos para el imperio romano, lo cual era visto por muchos como un acto de traición a la nación, puesto que lo recaudado se destinaba en su totalidad a una potencia ocupante, que sojuzgaba y humillaba al pueblo hebreo. Por otra parte, las amistades de Mateo parecen ser de su misma condición, ya que son descriptas por él mismo como “publicanos y pecadores”.

Al llamar a Mateo para que lo siga, Jesús no parece tener en cuenta estos antecedentes; o más bien, a pesar de estos antecedentes, y por ellos, es que lo elige.

La decisión de Mateo, de dejar todo y seguirlo de inmediato –“se levantó y lo siguió”, dice el Evangelio-, revela que, a pesar de estar ocupado en algo tan material como el dinero, no tiene el corazón apegado a él; en todo caso, lo desapega inmediatamente al conocer a Cristo, y por eso deja todo y lo sigue sin demora. En la llamada de Jesús, pudo entrever la enseñanza evangélica acerca de qué bienes hay que atesorar: “No acumulen tesoros en la tierra (…) Acumulen tesoros en el cielo…” (Mt 6, 19-21).

Ahora bien, siguiendo la lógica no humana, sino la de muchos cristianos, Mateo jamás debería haber sido elegido por Jesús; siguiendo la lógica de quienes están llamados a dar la vida por sus prójimos, tanto más si son sus enemigos –un cristiano debe estar dispuesto a dar la vida por su verdugo, como los mártires-, Mateo nunca habría merecido ser discípulo de Jesús, y sería inimaginable, para estos mismos cristianos, que no solo fuera elegido, sino que fuera elegido entre los elegidos, ya que luego fue consagrado Apóstol y Evangelista.

Pero Jesús no se guía por los criterios racionalistas y humanos de los cristianos tibios; elige a Mateo, para darnos una lección acerca de cómo debe ser el verdadero amor cristiano al prójimo: sin hacer acepción de personas, sin tener en cuenta su condición de pecador público, con la disposición a dar la vida por él en la Cruz. Ése es el verdadero amor del cristiano para con todo prójimo, principalmente para aquel que es un pecador público.


FUENTE: adoremosalcordero.blogspot.com/

VISIÓN DE CATALINA EMMERICH: CÓMO SE PREPARÓ MARÍA PARA IR A BELÉN Y TENER A JESÚS


Desde el 16 de diciembre la Iglesia esta tradicionalmente a la espera del gran acontecimiento del nacimiento del Cristo el 25 de diciembre.



Son varios los videntes que han tenido imágenes de los sucesos previos y del propio nacimiento, los que iremos publicando para completar una idea mejor de lo que rodeó al nacimiento, en el entendido que estos materiales son poco difundidos.

Comenzaremos por una visión de la Beata Ana Catalina Emmerich respecto a los Preparativos para el Nacimiento.



En aquel tiempo Augusto César (Octavio) ordenó un censo para ser realizado a toda la gente y para esto era requerido que todos fueran a la ciudad o al pueblo de sus propias familias, para registrar las contribuciones impuestas por los Romanos. José, siendo de la casa y linaje de David tenía que ir desde Nazareth en Galilea a Belén en Judea, cerca de 10 kms de Jerusalén.

Desde hace varios días veo a María en casa de Ana, su madre, cuya casa se halla más o menos a una legua de Nazaret, en el valle de Zabulón. La criada de Ana permanece en Nazaret cuando María está ausente y sirve a José. Veo que mientras vivió Ana casi no tenían hogar independiente del todo, pues recibían siempre de ella todo lo que necesitaban para su manutención.

Veo desde hace quince días a María ocupada en preparativos para el nacimiento de Jesús: cose colchas, tiras y pañales. Su padre Joaquín ya no vive. En la casa hay una niña de unos siete años de edad que está a menudo junto a la Virgen y recibe lecciones de María. Creo que es la hija de María de Cleofás y que también se llama María. José no está en Nazaret, pero debe llegar muy pronto. Vuelve de Jerusalén donde ha llevado los animales para el sacrificio. Vi a la Virgen Santísima en la casa, trabajando, sentada en una habitación con otras mujeres. Preparaban prendas y colchas para el nacimiento del Niño.

Ana poseía considerables bienes en rebaños y campos y proporcionaba con abundancia todo lo que necesitaba María, en avanzado estado de embarazo. Como creía que María daría a luz en su casa y que todos sus parientes vendrían a verla, hacía allí toda clase de preparativos para el nacimiento del Niño de la Promesa, disponiendo, entre otras cosas, hermosas colchas y preciosas alfombras.

Cuando nació Juan pude ver una de estas colchas en casa de Isabel. Tenía figuras simbólicas y sentencias hechas con trabajos de aguja. Hasta he visto algunos hilos de oro y plata entremezclados en el trabajo de aguja. Todas estas prendas no eran únicamente para uso de la futura madre: había muchas destinadas a los pobres, en los que siempre se pensaba en tales ocasiones solemnes.

Vi a la Virgen y a otras mujeres sentadas en el suelo alrededor de un cofre, trabajando en una colcha de gran tamaño colocada sobre el cofre. Se servían de unos palillos con hilos arrollados de diversos colores. Ana estaba muy ocupada, e iba de un lado a otro tomando lana, repartiéndola y dando trabajo a cada una de ellas.

José debe volver hoy a Nazaret. Se hallaba en Jerusalén donde había ido a llevar animales para el sacrificio, dejándolos en una pequeña posada dirigida por una pareja sin hijos situada a un cuarto de legua de la ciudad, del lado de Belén. Eran personas piadosas, en cuya casa se podía habitar confiadamente. Desde allí se fue José a Belén; pero no visitó a sus parientes, queriendo tan sólo tomar informes relativos a un empadronamiento o una percepción de impuestos que exigía la presencia de cada ciudadano en su pueblo natal.

Con todo, no se hizo inscribir aún, pues tenía la intención, una vez realizada la purificación de María, de ir con ella de Nazaret al Templo de Jerusalén, y desde allí a Belén, donde pensaba establecerse. No sé bien qué ventajas encontraba en esto, pero no gustándole la estadía en Nazaret, aprovechó esta oportunidad para ir a Belén. Tomó informes sobre piedras y maderas de construcción, pues tenía la idea de edificar una casa. Volvió luego a la posada vecina a Jerusalén, condujo las víctimas al Templo y retornó a su hogar.

Atravesando hoy la llanura de Kimki, a seis leguas de Nazaret, se le apareció un ángel, indicándole que partiera con María para Belén, pues era allí donde debía nacer el Niño. Le dijo que debía llevar pocas cosas y ninguna colcha bordada. Además del asno sobre el cual debía ir María montada, era necesario que llevase consigo una pollina de un año, que aún no hubiese tenido cría. Debía dejarla correr en libertad, siguiendo siempre el camino que el animal tomara.

Esta noche Ana se fue a Nazaret con la Virgen María, pues sabían que José debía llegar. No parecía, sin embargo, que tuvieran conocimiento del viaje que debía hacer María con José a Belén. Creían que María daría a luz en su casa de Nazaret, pues vi que fueron llevados allí muchos objetos preparados, envueltos en grandes esteras.

Por la noche llegó José a Nazaret. Hoy he visto a la Virgen con su madre Ana en la casa de Nazaret, donde José les hizo conocer lo que el ángel le había ordenado la noche anterior. Ellas volvieron a la casa de Ana, donde las vi hacer preparativos para un viaje próximo. Ana estaba muy triste. La Virgen sabía de antemano que el Niño debía nacer en Belén; pero por humildad no había hablado. Estaba enterada de todo por las profecías sobre el nacimiento del Mesías que Ella conservaba consigo en Nazaret.

Estos escritos le habían sido entregados y explicados por sus maestras en el Templo. Leía a menudo estas profecías y rogaba por su realización, invocando siempre, con ardiente deseo, la venida de ese Mesías. Llamaba bienaventurada a aquélla que debía dar a luz y deseaba ser tan sólo la última de sus servidoras. En su humildad no pensaba que ese honor debía tocarle a ella. Sabiendo por los textos que el Mesías debía nacer en Belén, aceptó con júbilo la voluntad de Dios, preparándose para un viaje que habría de ser muy penoso para ella, en su actual estado y en aquella estación, pues el frío suele ser muy intenso en los valles entre cadenas montañosas.


FUENTE: Material preparado por forosdelavirgen.org


10 CONSEJOS PARA EDUCAR A LOS HIJOS EN LA PIEDAD



Las relaciones entre Dios y el Hombre son la clave de la felicidad humana, por eso los padres debemos enseñar a nuestros hijos a amar a Dios.

Las relaciones entre Dios y el Hombre son la clave de la felicidad humana. Por esto, como padres de familia cristiana, tenemos el deber y la alegría de enseñarles a nuestros hijos a amar a Dios. Para formar niños piadosos, es importante ante todo dar ejemplo. Padres piadosos, hijos piadosos.

A continuación sugerimos algunas pautas para ayudar a los padres en la tarea de la formación de hijos piadosos:
  1. Mostrar a Dios como padre amoroso.
  2. Cuidar que las devociones y actos de piedad, desde pequeños, tengan un contenido teológico que van entendiendo poco a poco.
  3. Enseñar a rezar, pero explicar también a quién se reza y por qué se reza.
  4. No abandonar nunca el "seguimiento" de los niños en las oraciones diarias, tales como las plegarias al acostarse y al despertarse.
  5. Que el rezo en familia se haga con respeto. Cuidar las posturas. No es lo mismo rezar que jugar o ver la tele. La actitud debe ser otra.
  6. Explicarles desde pequeños el significado de las distintas fiestas litúrgicas.
  7. Ayudarles cuando llegan a los 11-13 años a superar la vergüenza a que les vean rezar.
  8. Hacerles notar que la piedad se debe mostrar en la conducta de todo el día. Rezar y mal comportamiento no deben ir juntos.
  9. Animar a ofrecer a Dios las clases y las tareas. Es otra forma de hacer oración.
  10. Bendecir los alimentos, antes de comer por ejemplo, acudir al Ángel Custodio al salir en carro.

La Misa Dominical, una ocasión especial

Acudir en familia a la Santa Misa debe convertirse en una de las ocasiones más importantes de la semana. Haga de este momento algo especial: es la oportunidad para darle gracias a Dios por la semana que ha pasado y pedirle por la que vendrá. Es una ocasión tan importante, que merece vestirse bien para alabar a nuestro Padre por todas sus bondades.

  • Si sus hijos son pequeños, vaya explicándoles, poco a poco, los fines de la Misa para que se acostumbren y aprendan a valorarla. Algunas pautas a seguir:
  • Cuide especialmente la compostura en la Iglesia.
  • Hágale notar a sus hijos que el Señor está real y verdaderamente presente.
  • Preocúpese de que los niños guarden el ayuno eucarístico.
  • Enséñeles a prepararse para ir a comulgar, con actos de contrición y de amor de Dios, y a dar gracias después de la comunión. Permanecer dando gracias un rato, ya que el Señor está todavía dentro de nosotros realmente.
  • Dar ejemplo.

FUENTE: pildorasdefe.net

HORA SANTA CON JESÚS


(Dictada a María Valtorta)

14 de junio de 1944. 




Hora santa de Jesús.

I

Si no te lavare no tendrás parte en mi Reino”.

Alma que amo, y vosotros todos que amo, oídme. Soy Yo quien os habla, porque quiero pasar con vosotros esta hora.

Yo, Jesús, no os alejo de mi altar aunque a él vengáis con el alma maltrecha por plagas y enfermedades, o envuelta en lianas de pasiones que anonadan vuestra libertad espiritual, entregándoos atados en poder de la carne y de su rey: Lucifer.

Yo continúo siendo Jesús, el Rabí de Galilea, aquel a quien los leprosos, los paralíticos, los ciegos, los endemoniados, los epilépticos llamaban a gritos diciendo: “Hijo de David, ten piedad de mí”. Yo continúo siendo Jesús, el Rabí que tiende la mano a quien se ahoga y le dice: “¿Por qué dudas de Mí?”. Yo sigo siendo Jesús, el Rabí que dice a los muertos: “Álzate y vive. Lo quiero. Sal de tu sueño de muerte, de tu sepulcro, y camina” y os devuelvo a quien os ama.

¿Y quién os ama, oh dilectos míos? ¿Quién os ama con amor verdadero, no egoísta, no inconstante? ¿Quién os ama con un amor no interesado ni avaro, sino cuya única meta sea la de daros lo que ha acumulado para vosotros y deciros: “Toma. Todo es tuyo. Todo esto lo he hecho por ti, para que sea tuyo y lo disfrutes”? ¿Quién? El Dios eterno. Y Yo os devuelvo a Él. A Él que os ama.

No os alejo de mi altar. Porque este altar es mi cátedra, es mi trono, es la morada del Médico que cura todo mal. Desde aquí os enseño a tener fe. Desde aquí, Rey de Vida, os doy la Vida. Desde aquí me inclino sobre vuestras enfermedades y las sano con mi soplo de amor.

Y aún hago más, ¡oh hijos! Desciendo de este altar y os salgo al encuentro. Heme aquí que me asomo al umbral de estas casas mías, en las que demasiados pocos son los que entran y menos aún los que entran con fe segura. Heme aquí que, figura de paz, me asomo a vuestros caminos por los que pasáis abatidos, amargados, abrasados por el dolor, por los intereses, por el odio. Heme aquí, que os tiendo las manos, porque os veo vacilar cansados bajo el peso de enormes piedras que os habéis impuesto y que han usurpado el lugar de aquella cruz que había puesto en vuestras manos para que fuera vuestro apoyo, como lo es el cayado para el peregrino. Os digo: “Entra. Descansa. Bebe”, porque os veo exhaustos, sedientos.

Pero vosotros no me veis. Pasáis junto a Mí, me empujáis, a veces por mala voluntad, otras porque vuestra vista espiritual está ofuscada, a veces me miráis. Pero sabéis que estáis sucios y no osáis acercaros a mi candor de Hostia divina. Mas este Candor sabe compadeceros. Conocedme, hombres, que desconfiáis de Mí porque no me conocéis.

Oíd. He querido dejar la Libertad y la Pureza que son la atmósfera del Cielo y descender a vuestra cárcel, con este aire impuro, para ayudaros, porque os amo. Y aún he hecho más: me he privado de mi libertad de Dios y me he hecho esclavo de una carne. El Espíritu de Dios encerrado en una carne, la Infinidad aprisionada por un puñado de músculos y de huesos, sujeta a sentir las voces de esta carne que padece el frío y el sol, el hambre, la sed y el cansancio. Podía ignorarlo todo. He querido conocer las torturas del hombre caído de su trono de inocente para amaros todavía más.

Y aún no me he conformado con esto. He querido –porque para compadecer hay que padecer lo que padece aquel a quien se compadece– he querido sentir el asalto de todos los sentimientos para sentir vuestras luchas, para entender cuán astuta que es la tiranía que Satanás os pone en la sangre, para entender qué fácil es quedarse hipnotizados por la serpiente si tan sólo por un momento se bajan los ojos sobre su mirada fascinadora, olvidando que se vive en la luz. Porque la serpiente no vive en la luz. Va a los escondrijos sombríos que aparecen sosegados y en cambio son engañosos. Para vosotros estas sombras tienen nombre: mujer, dinero, poder, egoísmo, sentido, ambición. Os eclipsan la Luz que es Dios. En medio de ellas está la Serpiente: Satanás. Parece un collar. Es la cuerda para vuestra estrangulación. He querido conocer esto porque os amo.

No me ha bastado aún. A Mí me hubiera bastado. Pero la Justicia del Padre podía decir a su Carne: “Tú has triunfado contra la insidia. Sin embargo, el hombre–carne como Tú no sabe triunfar, que sea castigado por ello porque Yo no puedo perdonar a quien está inmundo”. He tomado sobre Mí vuestros oprobios. Los pasados, los de este momento y los futuros. Todos. Aún más que Job para encubrir sus llagas, estuve sumergido en un estercolero cuando, hundido por el pecado de todo un mundo, no osaba ni tan siquiera alzar los ojos para buscar el Cielo, y gemía sintiendo pesar sobre Mí la cólera del Padre acumulada durante siglos, consciente de las culpas que preveía. Un diluvio de culpas sobre la Tierra, desde su amanecer hasta su noche. Un diluvio de maldiciones sobre el Culpable. Sobre la Hostia del Pecado.

¡Oh hombres! Yo era más inocente que el niño que la madre besa cuando vuelve del bautismo. Y de Mí se horrorizó el Altísimo porque era el Pecado, porque había tomado sobre Mí todo el pecado del mundo. He sudado de repugnancia. He sudado sangre por la repugnancia ante esta lepra en Mí, Yo que era el Inocente. La sangre me ha roto las venas por el asco ante el fétido charco en el que estaba sumergido. Y para completar esta tortura, a este exprimirse la sangre de mi corazón, se ha unido la amargura de estar maldecido, porque en aquel momento no era el Verbo de Dios: era el Hombre. El Hombre. El Culpable.

¿Acaso puedo, Yo que lo he padecido, no comprender vuestro abatimiento y no amaros porque estáis abatidos? Por eso os amo. No tengo más que recordar aquel momento para amaros y llamaros: “¡Hermanos!”. Pero el llamaros así no es suficiente para que el Padre pueda llamaros: “Hijos”. Y Yo quiero que os llame así. ¿Qué hermano sería si no os quisiera conmigo en la Casa paterna?

Entonces, pues, os digo: “Venid, que Yo os lave”. Nadie está tan sumamente sucio que no le limpie mi baño. Nadie es tan puro que no lo necesite. Venid. Esto no es agua. Hay fuentes milagrosas que sanan las llagas y las enfermedades de la carne, pero ésta es más que ésas. Esta fuente mana de mi pecho.

He aquí el Corazón desgarrado del que brota el agua que lava. Mi Sangre es el agua más cristalina que exista en lo creado. En ella se anulan enfermedades e imperfecciones. Y vuelve vuestra alma blanca e íntegra, digna del Reino.

Venid. Dejad que Yo os diga: “¡Yo te absuelvo!”. Abridme vuestro corazón. En él se encuentran las raíces de vuestros males. Dejad que Yo entre. Dejad que Yo desate vuestras vendas. ¿Os repugnan vuestras llagas? Vistas bajo mi luz os aparecen lo que son: hormigueros de gusanos inmundos. No las miréis. Mirad las mías. Dejadme hacer. Tengo la mano ligera. No sentiréis más que una caricia... y todo quedará curado. No sentiréis más que un beso y una lágrima. Y todo quedará limpio.

¡Oh, qué hermosos estaréis entonces alrededor de mi altar! Ángeles entre los ángeles del sagrario. Y mi Corazón tendrá una alegría inmensa. Porque soy el Salvador y no desprecio a nadie. Pero también soy el Cordero que pace entre los lirios, y me complazco cuando estoy circundado de candor porque he tomado la vida y la he dado para haceros cándidos.

¡Oh cómo veo a mi Padre sonreiros y al Amor fulguraros con sus fulgores, porque ya no estáis manchados de pecado!

Venid a la fuente del Salvador. Que mi Sangre descienda sobre el ánimo contrito y una voz, en la que está la mía, diga: “Yo te absuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.




II

“Uno de vosotros me traicionará.

¡Uno de vosotros! Sí, en la proporción de uno a doce, uno de vosotros me traiciona.

Cada traición es más dolorosa que una lanzada. Mirad la Humanidad de vuestro Redentor: desde la cabeza hasta los pies es toda una herida. La flagelación hace horrorizar a quien la medita y agonizar a quien la padece. Fue un dolor atroz, pero duró una hora. Vosotros, que me traicionáis, me flageláis el Corazón, y lo hacéis desde hace siglos.

Yo os he amado, Yo os amo y os compadezco; Yo os perdono, Yo os lavo quitándome la Sangre para daros un baño purificador, y vosotros me traicionáis.

Soy el Verbo de Dios, estoy glorioso en el Cielo; pero en este Cielo no estoy sólo como Espíritu, sino también como Carne. La carne tiene sentimientos y afectos ¿por qué queréis renovarme continuamente ese fuego corrosivo que es la cercanía de un traidor? ¿Está lejos el Cielo? No, hijos que me traicionáis, Yo estoy cerca de vosotros, estoy entre vosotros, y vosotros me quemáis con la llama de vuestro traicionar.

Miro, buscando un consuelo, entre las distintas clases de personas y en cada una encuentro miradas y miradas de traidores ¿por qué me traicionáis? Yo estoy entre vosotros para haceros el bien ¿por qué queréis hacerme daño? Yo os traigo mis dones ¿por qué me lanzáis víboras mordaces? Yo os llamo “amigos” ¿por qué vosotros me respondéis: “Maldito”? ¿Qué os he hecho? ¿Qué hombre conocéis que sea más paciente y más bueno que Yo?

Mirad. Cuando sois felices nadie os abandona, pero si lloráis, si la riqueza os abandona, si una enfermedad os hace contagiosos, es entonces cuando todos se alejan de vosotros. Yo permanezco. Más aún os acojo precisamente entonces, porque es cuando venís. Ya no tenéis a nadie con quien llorar y hablar, y entonces os acordáis de Mí, y Yo no os digo: “Vete que no te conozco”. Podría decirlo porque de hecho mientras que erais ricos, sanos y felices nunca habéis venido a decirme: “Lo soy y te lo agradezco”.

Pero no, ni siquiera pretendo esto de quien aún no es un gigante de amor. Las “gracias” no las pretendo. Me conformaría con que me dijerais: “Soy feliz”. Decídmelo. No me consideréis un extraño. Acordaros de que Yo también estoy aquí y dedicad un pensamiento a este Jesús. Las “gracias” las diré Yo por vosotros a Dios: Padre mío y vuestro. En cambio nunca venís. Y podría decir: “No os conozco”. En cambio, heme aquí que os abro los brazos y digo: “Ven, que lloramos juntos”.

Mirad. Estoy en las cárceles, en las celdas pequeñas y viles, sentado a la misma mesa que el presidiario, y le hablo de una libertad más verdadera que esa que está más allá de las cuatro paredes, de una libertad que ya no teme el ser herida por culpas que deben ser castigadas. Y sin embargo, aquel encarcelado es uno que me ha traicionado, ofendiendo mi ley de amor. Quizás ha matado, quizás ha robado, pero ahora me llama y heme aquí con él. El mundo le desprecia, Yo le amo. He llamado “amigo” a quien me mataba y me arrancaba de la vida. Puedo llamar “amigo” a este infeliz que vuelve a Mí.

Estoy, llama de amor, cerca de los enfermos. Sus fiebres conocen mis caricias, su sudor mi sudario, sus languideceres mi brazo que les sostiene, sus angustias mi palabra. No obstante, muchos están enfermos por haberme traicionado, traicionando mi ley. Han servido a la carne y la carne, fiera enloquecida, se ha extraviado y les pierde, ahora, también en la vida. Y de todas formas, Yo soy el único que no me canso de su mal y velo con ellos, y sonrío ante sus esperanzas y, en cuanto que el Padre lo permite, las transformo en realidad. Mas si veo que el decreto es de muerte, entonces tomo a este hermano que tiembla ante el misterio de la muerte y que me llama, y le digo: “No temas. Crees que sea tiniebla: es luz. Crees que sea dolor: es alegría. Dame tu mano, conozco la muerte, la conocí antes que tú. Sé que es un instante en el que Dios auxilia sobrenaturalmente, para mitigar los sentidos y evitar que el alma se abata en la lucha final. Fíate. Mírame. Sólo a Mí... ¡Ya está! ¿ves? has atravesado el umbral. Ven conmigo, ahora, al Padre. No temas tampoco en este momento. Yo estoy contigo, y el Padre ama a quien amo”.

Estoy en las casas desiertas. Antes había voces alegres. Ha pasado la muerte o la miseria. El superviviente vaga solo. Los amigos huyeron. Los amados, lejos por trabajo o por la muerte. Hay sol en el cielo, pero para el superviviente todo es tiniebla. Hay paz en el aire de la noche, pero para el superviviente no hay descanso. Y sin embargo muchas veces se me ha traicionado en esa casa, deificando a las criaturas. Se ha amado idólatramente a las criaturas traicionando mi ley. Pero Yo entro, y voy a poner un rayo en las tinieblas, a infundir paz donde hay tempestad. Aquel superviviente me ha llamado... quizás distraídamente, quizás sin una auténtica voluntad de tenerme, pero Yo voy sin tardar.

¡Oh! sólo pido estar con vosotros. Todo recuerdo de los errores pasados se desvanece cuando me llamáis: “¡Jesús!”.

Pero no flageléis mi Corazón. Ya está abierto y desangrado. No irritéis su herida. Y a quienes me han entendido en mi dolor de traicionado, digo: “Uno de vosotros me traicionará. Dadme vuestro fiel amor como bálsamo”. Y lo digo a todos: a los santos, mis predilectos como Dios; a los pecadores, mis predilectos como Jesús. Porque también los pecadores, por quienes me hiceJesús, pueden curarme esta herida.

¿Sois samaritanos? Ya lo sé, pero mi parábola habla de un samaritano bueno que cura las heridas que no fueron curadas por los hijos de la ley que pasaron de largo, absortos por las prisas de servir a Dios. No saben que a Dios se le sirve más amando que cumpliendo preceptos.

Yo soy el Herido que languidece en vuestros caminos. Los salteadores me han asaltado y desnudado. Los salteadores: los que indignamente se aprovechan de mi sacrificio de Dios que se hace carne. Me desnudan: negando mis atributos con sus múltiples herejías. Desnudan a la Verdad, les apetece ese ropaje porque es resplandeciente. Pero no saben que resplandece porque lo lleva puesto quien es Sol, y que en sus manos, que lo cubren con las babas de sus mentes soberbias, se convierte en un trapo cualquiera.

La Verdad es verdad, y con esta luz se ilumina todo cuando se ve unido a Dios. Separada, se convierte en lenguaje babélico. Porque la Verdad es Ciencia y Sabiduría, pero desarraigada de Dios se convierte en caos.

Curadme vosotros, aunque seáis samaritanos. Dadme vuestro aceite y vuestro vino: el aceite, el amor; el vino, la contrición de vuestro yo. Medicadme, no os desdeño. Que la pecadora que refresca mis pies cansados os hable, y diga si desprecio al pecador.

Pero no me traicionéis nunca más. Id y no pecad más. Todo os lo perdono si todo en vosotros me ama. Dadme un beso sincero. Mi mejilla arde por el beso de los traidores. Curadla con el beso de la fidelidad.




III

“Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”.

Desde la cuna hasta la cruz. Desde Belén hasta el monte de los Olivos, os he amado.

El frío y la miseria de mi primera noche en el mundo no me han impedido amaros con mi espíritu y, anonadadamente hasta no poder deciros, Yo–Verbo: “os amo”, os he dicho aquellas palabras con mi espíritu, inseparable del espíritu del Padre y con Él operante en una actividad inextinguible.

La agonía de mi última noche en la Tierra no me impidió amaros. Al contrario, ha tocado las más altas cumbres del amor, ha ardido en el incendio más vivo, ha consumado todo lo que no era amor hasta exprimir, junto con la repulsión por el pecado y el dolor por el abandono paterno, la sangre de mis venas.

¿Qué amor hay más grande que el de aquel que sabe amar sabiéndose odiado? Yo os he amado así.

El primer gesto de mis manos, una caricia; el último, una bendición. Y entre estos dos gestos, nacido el primero en la oscuridad de una noche de invierno, el último en el resplandor de una abrasadora mañana de verano, treinta y tres años de gestos de amor, que respondían a otros tantos movimientos de amor. Amor de milagros, amor de caricias a los niños y a los amigos, amor de maestro, amor de benefactor, amor de amigo, amor, amor, amor...

Y amor más que humano en la última Cena. Antes de que fueran atadas y traspasadas, estas manos mías han lavado los pies de los apóstoles incluso de aquel al que habría querido lavar el corazón, y han partido el pan. Y me rompía el Corazón con aquel pan. Ése os daba. porque sabía cercano mi regreso al Cielo y no quería dejaros solos. Porque sabía qué fácil os es olvidaros y quería que os vierais, hermanos sentados a una única mesa, alrededor de mi mesa, para deciros el uno al otro: “Somos de Jesús”.

¿Qué amor más grande que el de aquel que sabe amar a quien le tortura? Con todo, Yo os he amado así, y he sabido pedir por vosotros mientras que moría.

Amaos como Yo os he amado. El odio extingue la luz, e incluso el simple rencor ofusca la paz. Dios es paz, es luz, porque Dios es amor, pero si no amáis, y amáis como Yo os he amado, no podréis tener a Dios.

Como Yo os he amado. Por eso sin soberbias. De este sagrario, de esta cruz, de este Corazón sólo salen palabras de humildad.

Soy Dios y soy vuestro Siervo, y estoy aquí en espera de que me digáis: “Tengo hambre” para darme a vosotros hecho Pan. Soy Dios y me expongo a vuestros ojos sobre el madero, que era un patíbulo infame, desnudo y maldito. Soy Dios y os ruego que améis mi Corazón. Os lo ruego. Porque os amo, porque si me amáis os hacéis el bien a vosotros mismos. Yo soy Dios, con o sin vuestro amor sigo siendo Dios, pero vosotros no. Sin mi amor no sois nada: polvo.

Os quiero conmigo. Os quiero aquí. Quiero con vuestro polvo hacer una luz de bienaventuranza. Quiero que no muráis, sino que viváis, porque Yo soy la Vida y quiero que vosotros tengáis la Vida.

Amaos sin egoísmo. Sería un amor impuro, destinado a morir por enfermedad. Amaos queriendo para los demás mayor bien del que deseáis para vosotros mismos. Es muy difícil, lo sé, pero ¿veis este Pan eucarístico? Ha forjado mártires. Eran criaturas como vosotros: miedosas, débiles, hasta viciosas. Este Pan les ha convertido en héroes.

En el primer punto os he indicado mi Sangre para vuestra purificación. En el tercer punto os indico esta Mesa y este Pan para santificaros. La Sangre, de pecadores os ha hecho justos; el Pan, de justos os hace santos. Un baño limpia pero no nutre; refresca, repone, pero no se hace carne de la carne. La comida, en cambio, se hace sangre y carne, se hace parte de vosotros mismos. Mi Comida se hace parte de vosotros mismos.

¡Oh! ¡pensad! Mirad a un niño pequeño. Hoy come su pan y mañana de nuevo y también pasado mañana, y el otro, y el otro. Entonces se hace hombre: alto, robusto, hermoso. ¿Su madre lo hizo así? No, su madre lo ha concebido, llevado en su seno, dado a luz, criado y amado, amado, amado. Pero el pequeño hubiera perecido de inanición, si tras la leche no hubiera tenido más que baños, besos y amor. Este pequeño se hace hombre porque toma comida para adultos. Aquel hombre lo es porque toma su alimento cotidiano.

Lo mismo sucede con vuestro yo espiritual. Nutridlo con el Alimento verdadero que desciende del Cielo y que desde el Cielo os trae todas las energías para haceros viriles en la Gracia. La virilidad sana y fuerte siempre es buena. Mirad cómo es más fácil ver a un enfermizo ser áspero y sin compasión ni paciencia. Mi Alimento os hará sanos y fuertes en la virilidad del espíritu y sabréis amar a los demás más que a vosotros mismos, como Yo os he amado.

Porque, mirad, hijos, Yo os he amado no como uno se ama a sí mismo sino más que a Mí mismo. Tanto es así que me he dispuesto a la muerte para salvaros a vosotros de la muerte. Si amáis así conoceréis a Dios.

¿Sabéis qué quiere decir conocer a Dios? Quiere decir conocer el gusto de la verdadera Alegría, de la verdadera Paz, de la verdadera Amistad. ¡Oh! ¡la Amistad, la Paz, la Alegría de Dios! Es el premio prometido a los bienaventurados, pero ya se le da a quien, en la Tierra, ama con todo su ser.

El amor, para ser verdadero, no lo es de palabras, es de hechos, activo, como su fuente que es Dios. Nunca se cansa de obrar ni siquiera por las decepciones que dan los hermanos. Pobre de aquel amor que cae como un pájaro de débiles alas cuando un obstáculo le hiere.

El verdadero amor, aún herido, sube. Si no puede volar, trepa con las uñas y con el pico para no yacer en la sombra y en el hielo, para estar en el sol, medicina de todo mal. Y en cuanto está restablecido vuelve a volar. Y va de Dios a los hermanos y de éstos a Dios, mariposa angélica que lleva el polen de los jardines celestiales para fecundar las flores terrestres, y lleva a Dios los perfumes raptados de las flores más humildes, para que los acoja y los bendiga.

Pero ¡ay de ella si se aleja del sol! El Sol es mi Eucaristía, porque en Ella está bendiciendo el Padre y amante el Espíritu, mientras que Yo, el Verbo, obro.

Venid y tomad. Éste es mi Alimento que ardientemente pido que sea consumado por vosotros.




IV

“Si permanecéis en Mí y mi doctrina permanece en vosotros, se os dará cuanto pidáis”.

Desciendo en vosotros y me hago vuestro alimento. Pero, como Centro que soy, hacia Mí os aspiro. Vosotros os nutrís de Mí, pero con mayor razón Yo me nutro de vosotros. Ambas hambres son insaciables y continuas. La vid nutre a sus sarmientos, pero son los sarmientos los que hacen la vid. El agua nutre los mares pero son los mares los que nutren el agua, volviendo a subir en evaporaciones para descender de nuevo. Por eso tenéis que permanecer en Mí como Yo en vosotros. Separados, no Yo sino vosotros moriríais.

Yo soy alimento para el espíritu y alimento para el pensamiento. El espíritu se nutre de la Carne de un Dios. Esencia efundida por Dios, sólo puede recibir su alimento de lo que es su matriz. El pensamiento se nutre con mi Palabra que es el Pensamiento de un Dios.

¡Vuestro pensamiento! la inteligencia es la que os hace semejantes a Dios, porque en la inteligencia está la memoria, el intelecto y la voluntad como en el espíritu está la semejanza por ser espíritu, libre, inmortal.

Vuestro pensamiento, para ser capaz de recordar, entender, querer lo que es el bien, tiene que estar nutrido por mi Doctrina. Ésta os recuerda los beneficios y las obras de Dios, quién es Dios, qué se le debe a Dios. Ésta os hace comprender el bien y discernirlo del mal, os hace desear el bien. Sin mi Doctrina os hacéis esclavos de otras que tienen el nombre de “doctrina” pero que son errores. Y como naves sin brújula ni timón vais a la deriva. Salís de las rutas. ¿Y entonces cómo podéis decir: “Dios me ha abandonado” cuando sois vosotros los que le habéis abandonado a Él?

Permaneced en Mí. Si no permanecéis en Mí es signo de que me odiáis. Y mi Padre odia a quien me odia, porque quien me odia, odia al Padre, siendo Yo uno con el Padre. Permaneced en Mí. Haced que el Padre no pueda distinguir al sarmiento de la vid, en tal modo el sarmiento es uno con ella. Haced que el Padre no pueda ver donde termino Yo y comenzáis vosotros, tan plena es la semejanza. Quien ama acaba tomando inflexiones, dichos y gestos del amado.

Yo quiero que vosotros seáis otros Jesús. Y esto porque quiero que obtengáis cuanto pedís –fundidos conmigo sólo podéis pedir cosas buenas– y no tengáis que conocer denegaciones. Y esto porque Yo quiero que tengáis aún más de cuanto pedís, porque el Padre efunde sus tesoros sobre su Hijo en un continuo flujo de amor, y quien está en el Hijo disfruta de esta efusión infinita que es el amor de Dios que se deleita en su Verbo y que circula en Él. Ahora bien, Yo soy el Cuerpo y vosotros los miembros, y por esto la Alegría que me inunda y viene del Padre, el Poder, la Paz y toda perfección que circula en Mí se os comunica, mis fieles, a vosotros que sois parte inseparable de Mí aquí y allende.

Venid y pedid. No tengáis miedo de pedir. Lo podéis pedir todo porque Dios lo puede dar todo. Pedid por los presentes y por los ausentes, pedid por los pasados, los presentes, los futuros, pedid por vuestra jornada, y por vuestra eternidad, y por ésta y aquella de quienes amáis.

Pedid, pedid, pedid. Por todos. Por los buenos para que Dios les bendiga, por los malvados para que Dios les convierta. Decid conmigo: “Padre, perdónales”. Pedid: la salud, la paz en la familia, la paz en el mundo, la paz para la eternidad. Pedid la santidad. Sí, también ésta. Dios es el Santo y es el Padre, pedidle, junto con la vida que os mantiene, la santidad a través de la Fuerza que proviene de Él.

No tengáis miedo de pedir. El pan de cada día y la bendición cotidiana. No sois sólo cuerpo, aún no sois todo espíritu. Pedid por éste y por aquél y se os dará.

No temáis ser demasiado osados. Yo por vosotros he pedido mi misma gloria, más aún, incluso os la he dado para que seáis semejantes a Nosotros que os amamos, y el mundo conozca que sois hijos de Dios.

Venid. En mi Corazón está vuestro Padre. Entrad, para que Él os pueda reconocer y decir: “Que se haga una gran fiesta en el Cielo porque he recobrado a un hijo que amaba”.


“Te he complacido” dice Jesús. “He hablado Yo todo el tiempo. He querido que hablara mi Voz eucarística. Tenedla como mi regalo. Te bendigo y a todos los que la escucharán”.


FUENTE: santisimavirgen.com.ar



LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO Y LA VENIDA DE ESPÍRITU SANTO


Visiones de sor María de Jesús de Agreda



El siguiente es el extracto del libro la “Vida de la Virgen María”, de Sor María de Jesús de Agreda, en que cuenta las visiones que tuvo de la Resurrección de Jesucristo y el Pentecostés. Es el capítulo XXXI .



CAPITULO XXXI

Restáurase la humanidad de Cristo. – Unese su cuerpo al de María. – Desciende el Espíritu Santo al Cenáculo.

Estuvo el alma de Cristo nuestro Salvador en el limbo desde las tres y media del viernes a la tarde, hasta después de las tres de la mañana del domingo siguiente. A esta hora volvió al sepulcro. En el sepulcro estaban otros muchos ángeles que le guardaban, venerando el sagrado cuerpo unido a la divinidad. Y algunos de ellos, por mandato de su Reina, habían recogido las reliquias de la sangre que derramó su Hijo Santísimo, los pedazos de carne que le derribaron de las heridas, los cabellos que arrancaron de su divino rostro y cabeza, y todo lo demás que pertenecía al ornato y perfecta integridad de su humanidad santísima. Y los ángeles guardaban estas reliquias. Por ministerio de los ángeles fueron restituidas al sagrado cuerpo difunto todas las partes y reliquias que tenían recogidas, dejándole con su natural integridad y perfección. Y al mismo instante el alma santísima del Señor se reunió al cuerpo, y juntamente le dio inmortal vida y gloria. Y en lugar de la sábana y unciones con que le enterraron, quedó vestido de los cuatro dotes de gloria: claridad, impasibilidad, agilidad y sutileza.

Por la impasibilidad quedó invencible de todo el poder criado, porque ninguna potencia le podía alterar ni mudar. Por la sutilidad quedó tan purificada la materia gruesa y terrena, que sin resistencia de otros cuerpos se podía penetrar con ellos como si fuera espíritu incorpóreo; y así penetró la lápida del sepulcro, sin moverla ni dividirla, el que por semejante modo había salido del virginal vientre de su purísima Madre. La agilidad le dejó tan libre del peso y tardanza de la materia, que excedía a la que tienen los ángeles inmateriales, y por sí mismo podía moverse con más presteza que ellos de un lugar a otro, como lo hizo en las apariciones de los Apóstoles y en otras ocasiones.

Las sagradas llagas que antes afeaban su santísimo cuerpo quedaron en pies, manos y costado tan hermosas, refulgentes y brillantes, que le hacían más vistoso y agraciado, con admirable modo y variedad. Con toda esta belleza y gloria se levantó nuestro Salvador del sepulcro. Y en el mismo instante que el alma santísima de Cristo entró en su cuerpo Y le dio vida, correspondió en el de la Madre la comunicación del gozo. Sucedió que en aquella ocasión el evangelista San Juan fue a visitarla para consolarla en su amarga soledad, y encontró la repentinamente llena de resplandor y señales de gloria a la que antes apenas conocía por su tristeza. Admiróse el santo Apóstol, y habiéndola mirado con grande reverencia, juzgó que ya el Señor sería resucitado, pues la Madre estaba renovada en alegría.

Estando así prevenida María, entró Cristo resucitado y glorioso, acompañado de todos los Santos y Patriarcas. Postróse en tierra la Reina, y adoró a su Hijo, y su Majestad la levantó y llegó a sí mismo. Y con este contacto (mayor que el que pedía la Magdalena de la humanidad y llagas de Cristo) recibió la Madre Virgen un extraordinario favor, que ella sola mereció, como exenta de la ley del pecado. Y aunque no fue el mayor de los favores que tuvo en esta ocasión, con todo eso no pudiera recibirle, si no fuera confortada de los ángeles y por el mismo Señor, para que sus potencias no desfallecieran. El beneficio fue que el glorioso cuerpo del Hijo encerró en sí mismo al de su Madre, penetrándose con ella o penetrándola consigo, como si un globo de cristal tuviera dentro de sí al sol, que todo lo llenara de resplandores y hermosura con su luz. Así quedó el cuerpo de María unido al de su Hijo por medio de aquel contacto, que fue como puerta para entrar a conocer la gloria del alma y cuerpo del mismo Señor. Por estos favores, como por grados de inefables dones, fue ascendiendo el espíritu de la Señora. Y estando en ellos oyó una voz que la decía: Amiga, asciende más alto. En virtud de esta voz quedó del todo transformada y vio la Divinidad intuitiva y claramente.

En compañía de la Reina del cielo perseveraban alegres los doce Apóstoles con los demás discípulos y fieles aguardando en el cenáculo la promesa del Salvador, confirmada por la Madre, de que les enviaría de las alturas al Espíritu consolador, que les enseñaría y administraría todas las cosas que en su doctrina habían oído. Estaban todos unánimes y tan conformes en la caridad, que en todos aquellos días ninguno tuvo pensamiento, afecto ni ademán contrario de los otros. María Santísima con la plenitud de sabiduría y gracia conoció el tiempo y la hora determinada por la divina voluntad para enviar al Espíritu Santo sobre el colegio apostólico.

El día de Pentecostés por la mañana la Reina previno a los Apóstoles, a los demás discípulos y mujeres santas (que todas eran ciento veinte personas) para que orasen y esperasen con mayor fervor, porque muy presto serían visitados de las alturas con el divino Espíritu. Y estando así orando todos juntos, ,a la hora de tercia se oyó en el aire un gran sonido de espantoso tronido, y un viento o espíritu vehemente con grande resplandor, como de relámpago y de fuego; y todo se encaminó a la casa del cenáculo, llenándola de luz y derramándose aquel divino fuego sobre toda aquella santa congregación. Aparecieron sobre la cabeza de cada uno de los ciento veinte unas lenguas del mismo fuego en que venía el Espíritu Santo, llenándolos a todos y a cada uno de divinas influencias y dones soberanos, causando a un mismo tiempo muy diferentes y contrarios efectos en el cenáculo y en todo Jerusalén, según la diversidad de sujetos.

Los Apóstoles fueron también llenos y repletos del Espíritu Santo, porque recibieron admirables aumentos de la gracia justificante en grado muy levantado; y solos ellos doce fueron confirmados en esta gracia para no perderla. Respectivamente se les infundieron hábitos de los siete dones, sabiduría, entendimiento, ciencia, piedad, consejo, fortaleza y temor, todos en grado convenientísimo. En este beneficio tan grandioso y admirable, como nuevo en el mundo, quedaron los doce Apóstoles elevados y renovados para ser idóneos ministros del Nuevo Testamento y fundadores de la Iglesia evangélica en todo el mundo.

En todos los demás discípulos, y otros fieles que recibieron el Espíritu Santo en el cenáculo, obró el Altísimo los mismos efectos con proporción y respectivamente, salvo que no fueron confirmados en gracia como los Apóstoles; mas según la disposición de cada uno se les comunicó la gracia y dones con más o menos abundancia para el ministerio que les tocaba en la Iglesia. La misma proporción se guardó en los Apóstoles; pero San Pedro y San Juan señaladamente fueron aventajados con estos dones por los más altos oficios que tenían; el uno de gobernar la Iglesia como cabeza, y el otro de asistir y servir a María Santísimo. El texto de San Lucas dice que el Espíritu Santo llenó toda la casa donde estaba aquella feliz congregación, no sólo porque todos en ella quedaron llenos del divino Espíritu y de sus inefables dones, sino porque la misma casa fue llena de admirable luz y resplandor. Esta plenitud de maravillas y prodigios redundó Y se comunicó a otros fuera del cenáculo; porque obró también diversos y varios efectos el Espíritu Santo en los moradores y vecinos de Jerusalén.

No son menos admirables, aunque más ocultos, otros efectos muy contrarios a los que he dicho que el mismo Espíritu divino obró este día en Jerusalén.

Sucedió, pues, que con el espantoso trueno y vehemente conmoción del aire y relámpagos en que vino el Espíritu Santo, turbó y atemorizó a todos los moradores de la ciudad enemigos del Señor, respectivamente a cada uno según su maldad y perfidia. Señalóse este castigo con todos cuantos fueron actores y concurrieron en la muerte de nuestro Salvador, particularizándose y airándose en malicia y rabia. Todos éstos cayeron en tierra por tres horas, dando en ella de cerebro.

Y los que azotaron a Su Majestad murieron luego todos ahogados de su propia sangre, que del golpe se les movió y trasvenó hasta sofocarlos, por la que con tanta impiedad derramaron. El que dio la bofetada a Su Majestad divina, no sólo murió repentinamente, sino que fue lanzado en el infierno en alma y cuerpo. Otros de los judíos, aunque no murieron, quedaron castigados con intensos dolores y algunas enfermedades abominables, que con la sangre de Cristo de que se cargaron han pasado a sus descendientes, y aun perseveran hoy entre ellos, y los hacen inmundísimos y horribles. Este castigo fue notorio en Jerusalén, aunque los pontífices y fariseos pusieron gran diligencia en desmentirlo, como lo hicieron en la resurrección del Salvador.


FUENTE: forosdelavirgen.org/

POLEN HALLADO EN EL SUDARIO DE OVIEDO Y LA SÁBANA SANTA DE TURÍN COINCIDEN

Nuevos Hallazgos Científicos: la persona de la Sábana Santa, el Santo Sudario y varios Milagros Eucarísticos es la Misma





Misma sangre y mismo tipo de restos de polen.

Hasta ahora los estudios habían coincidido que la sangre presente en el Santo Sudario de Oviedo, en la Sábana Santa de Turín y por lo menos en los Milagros Eucarísticos de Lanciano y Buenos Aires pertenecería a la misma persona, lo que nos lleva a pensar que o bien se produjo la historia de la resurrección que narra la Biblia o todo es un gran fraude. Pero ahora se han descubierto aún más cosas.


COMUNICADO DE UNIVERSIDAD DE MURCIA SOBRE EL MISMO POLEN EN SUDARIO DE OVIEDO Y SÁBANA SANTA DE TURÍN


El 9 de febrero de 2015 la Universidad Católica de Murcia ha lanzado un comunicado expresando que el polen hallado en el Sudario de Oviedo y la Sábana Santa de Turín coinciden.

El grupo de investigación de la Universidad Católica de Murcia que está estudiando muestras del Sudario de Oviedo, ha descubierto un grano de polen de una planta que, según indica la palinóloga del EDICES, Marzia Boi, es compatible con la especie botánica Helicrysum Sp., también identificado en la Sábana Santa (Síndone de Turín); además, se ha descartado que se trate de una contaminación posterior, ya que se encuentra adherido a la sangre; es decir, que llegó a la reliquia a la misma vez que la sangre, no de forma aleatoria en algún momento a lo largo de su historia. Este dato es muy importante, pues permite demostrar la autenticidad del Sudario de Oviedo, y desmentir que se trate de una falsificación.

Esta investigación ha sido posible gracias al novedoso microscopio de barrido electrónico de última generación con el que cuenta la UCAM. En este sentido, el presidente de la UCAM, José Luis Mendoza, resalta que adquirió “el microcospio para ofrecer este servicio” de investigar en profundidad la citada reliquia. Se trata de un nuevo hallazgo que no forma parte de la línea investigadora en la que está centrado el estudio, ya que lo que se busca en la muestra que se está procesando es material biológico humano.

Según señala el jefe de Sección de Histopatología Forense del Instituto de Medicina Legal Murcia, y director del Equipo de Investigación del Centro Español de Sindonología (EDICES), Alfonso Sánchez Hermosilla, se trata de otra concordancia más, de primer orden, a unir junto con la creciente lista puesta de manifiesto por el estudio científico de estas reliquias de la Pasión atribuidas a Jesús de Nazaret. Cómo señalan investigaciones anteriores, existen varios aspectos que relacionan ambas reliquias. El Sudario de Oviedo tiene manchas de sangre humana y del grupo AB, que es el mismo grupo sanguíneo de la sangre de la Sábana Santa. Además, las manchas de sangre de este encajan matemáticamente con las manchas de sangre de la cara de la Sábana Santa, lo que sólo se explica si los dos lienzos cubrieron el mismo rostro.

Helicrysum se ha utilizado, desde hace miles de años, con fines cosméticos en Oriente Medio; además, era usado en los enterramientos judíos durante el siglo I de la era cristiana, por lo que no es de extrañar su presencia sobre restos hemáticos de un lienzo usado para amortajar un cadáver.


DOS MILAGROS EUCARÍSITICOS COINCIDENTES

Hay acreditados decenas de milagros eucarísticos, palpables, visibles y comprobables, a través de la historia, en que la hostia y el vino se convirtieron en carne y sangre, comprobado por la gente que lo ve y por pruebas de laboratorio.

El caso más famoso es el del milagro de Lanciano, que lo que se encontró en su profuso estudio bien pudiera argüirse que es una casualidad o una falla de la investigación. Pero cuando se estudian diferentes milagros, por diferentes profesionales y dan los mismos resultados cruzados, no hay lugar a dudas.

Si se compara el Milagro de Lanciano con el Milagro Eucarístico de Buenos Aires se comprueba que las dos muestras corresponden a la misma persona, que nació y vivió en medio oriente, y que la carne es actualmente un tejido que está vivo a pesar de los años. Y también coincide 100% con la sangre hallada en la Sábana Santa de Turín y en el Santo Sudario de Oviedo.

Los Evangelios registran la historia de la Última Cena y aquellas famosas palabras pronunciadas por Jesús: “Este es Mi Cuerpo… Esta es mi Sangre…”. Esas son palabras muy fuertes, porque nos dan la oportunidad de experimentar la presencia real y tangible de Cristo entre nosotros, incluso hoy, 2000 años después de la Última Cena.


EL MILAGRO DE LANCIANO

Un día, a finales de octubre del año 700 dC, un Monje Basiliano celebraba misa en una iglesia dedicada a los Santos Legontian y Domiciano en un pueblo llamado Lanciano, que se encuentra en el sur de Italia. Durante la consagración de la misa, el monje era entretenido por serias dudas de que el vino y el pan sin levadura frente a él fueran en realidad la presencia real y sustancial del Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Después de pronunciar las palabras de la consagración:“Este es mi cuerpo… Esta es mi Sangre”, el monje se sorprendió al ver la hostia frente a él que cambiaba a lo que parecía ser una verdadera pieza de carne, y el vino cambiaba en lo que parecía sangre real.

Confundido y asustado, el monje llamó a los asistentes hasta el altar para ver lo qué había sucedido. Huelga decir que todos se asombraron, muchas lágrimas se derramaron, y la noticia del suceso se extendió rápidamente por toda la ciudad y, finalmente en toda Italia.

Después de unos días, el vino, que era ahora sangre coagulada se dividió en cinco glóbulos de diferentes formas y tamaños irregulares. Se ha especulado mucho, cuestionando ¿por qué el número cinco? ¿Por qué se divide en cinco partes? Es interesante observar que el número cinco se corresponde con el número de heridas que Cristo sufrió en la cruz, las heridas de los clavos en cada mano y en cada pie, y la herida del costado de Cristo por la lanza del centurión.

Este evento, que se ha conocido como el Milagro de Lanciano, está oficialmente reconocido por la Iglesia Católica Romana como un Milagro Eucarístico. Esta hostia que se hizo carne y el vino que se convirtió en sangre pueden ser vistos y venerados aún hoy en día, ya que está contenidos en una custodia dentro de la misma Iglesia.

Con los años, muchas pruebas e investigaciones se han realizado sobre estas dos Sagradas Especies. Los resultados de las pruebas más antiguas documentadas que aún existen son de un ensayo llevado a cabo en 1574. [i]

En esos documentos un fenómeno inexplicable fue descubierto y reportado.

“Las cinco bolitas de sangre coagulada son de diferentes tamaños y formas. Pero cualquier combinación pesa lo mismo que el total. En otras palabras, 1 pesa lo mismo que 2, 2 pesan lo mismo que 3, y 3 pesan lo mismo que 5″. [ii]

La investigación más reciente y más impresionante fue realizada por la comunidad científica y se llevó a cabo entre 1970 y 1971. [iii] El equipo realizó sus estudios durante un período de 15 meses y sus pruebas involucraron un total de 500 exámenes diferentes. Su informe fue publicado en 1971.[iv]

El siguiente es un resumen de su informe:

1) Las muestras testeadas estaban absolutamente libres de cualquier agente extraño utilizado normalmente en la preservación de la carne humana.
2) La carne es carne real y la sangre es sangre real.
3) La Carne y la Sangre pertenecen a la especie humana.
4) La carne consiste en el tejido muscular del corazón humano.
5) La sangre era tipo “AB” positivo, propia de un hombre que nació y vivió en la región del Medio Oriente.
6) A pesar de que las muestras de sangre coaguladas eran de cinco formas diferentes e irregulares y tamaños, todos ellas resultaron ser de exactamente el mismo peso.
7) En la sangre se encontraron las proteínas en las mismas proporciones normales (en porcentaje), como se encuentran en la estructura sero-proteica de la sangre normal fresca.
8) En la sangre también se encontraron estos minerales: cloruros, fósforo, magnesio, potasio, sodio y calcio.
9) La conservación de la Carne y de la Sangre, que fueron dejadas en su estado natural durante más de doce siglos y expuestas a la acción de agentes atmosféricos y biológicos, sigue siendo un fenómeno extraordinario.

Me gustaría hacer hincapié en un hecho afirmado en dicho informe. Cuando la sangre humana se queda sin refrigeración, las propiedades físicas y químicas naturales se deterioran rápidamente a través de la descomposición.

La sangre de este milagro de Lanciano de más de 1.250 años de antigüedad, sin embargo, todavía contiene todas las proteínas, los productos químicos y las propiedades físicas de la sangre recién derramada. Sin embargo, los resultados de las pruebas establecen que se no pudo encontrar ningún tipo de conservantes.



EL MILAGRO DE BUENOS AIRES

Muchos milagros, similares al milagro de Lanciano, se han documentado y reconocido oficialmente por la Iglesia Católica Romana como milagros eucarísticos. Este evento siguiente es el más reciente reporte de Milagro Eucarístico. Y sus similitudes con el milagro de Lanciano son a la vez sorprendentes y estimulantes.

El 15 de agosto de 1996, un ministro de la Eucaristía un Ministro de la Eucaristía estaba distribuyendo la comunión durante la misa en una iglesia llamada Santa María, en Buenos Aires, Argentina. Se le cae accidentalmente una hostia. No está seguro de qué hacer y le pidió al sacerdote su ayuda. El sacerdote cogió con reverencia la hostia y la colocó en un pequeño recipiente con agua que tradicionalmente se mantiene al lado del Tabernáculo para tales eventos. El sacerdote coloca el recipiente en el Tabernáculo donde, con el tiempo, la hostia se espera que se disuelva, en cuyo momento se podría entonces disponer adecuadamente. 

Seis días más tarde, el sacerdote examinó el recipiente, esperando encontrar que la hostia disuelta. El quedó confundido, sin embargo, por lo que encontró. La hostia había crecido en tamaño y estaba cubierta de manchas o motas rojas. El sacerdote la dejó en el Tabernáculo, pensando que con el tiempo se disolvería. Era sólo una cuestión de tiempo. Pero a lo largo de un período de varios días más, la hostia fue cambiando su apariencia a la de la sangre coagulada, hasta que finalmente parecía un trozo de carne. [v]

A raíz de esto tomó las riendas del asunto el Arzobispo de Buenos Aires, Cardenal Jorge Mario Bergoglio, hoy Papa Francisco, que envió una muestra del tejido a un laboratorio en Buenos Aires.

El laboratorio reportó el hallazgo de células humanas rojas y blancas de sangre y de tejido de un corazón humano. El laboratorio informó además de que la muestra de tejido parecía estar aún con vida, ya que las células se movían o latían como lo harían en un corazón humano vivo.

Tres años más tarde, en 1999, el Arzobispo Bergoglio contrata al Dr. Ricardo Castañón Gómez [vi] para realizar algunas pruebas adicionales.

El Dr. Castañón envió una muestra del tejido a un laboratorio de Nueva York. A los efectos del examen de manera justa e imparcial, al laboratorio no se le dijo nada sobre su origen de la muestra. El laboratorio informó de que la muestra recibida era de tejido muscular de corazón humano vivo.

Cinco años más tarde, en 2004, el Dr. Gómez se contactó con el Dr. Frederick Zugibe [vii] y le pidió evaluar una muestra de prueba, una vez más sin decirle nada acerca de la muestra o de su origen. El Dr. Zugibe también informó de que la muestra fue de tejido muscular era de un corazón humano vivo. El médico informó además de que el tejido muscular parecía estar tomado de una persona cuyo corazón había sido severamente traumatizado o golpeado.

El médico fue informado luego del hecho de que la muestra se obtuvo en 1996. A lo cual, el Dr. Castañón Gómez le dijo:

“Entonces usted me tiene que explicar una cosa. Si esta muestra proviene de una persona que ha muerto, entonces ¿cómo puede ser que en lo que fue examinado, las células se estaban moviendo y latiendo? Si el corazón proviene de una persona que muere en 1996, ¿cómo pueden estar vivas?”

No hace falta decir que el médico se sorprendió cuando se le contó toda la historia.



COMPARACIÓN CON LA SÁBANA SANTA Y EL SANTO SUDARIO

A continuación, el doctor Ricardo Castañón Gómez dispuso que los informes de laboratorio del milagro Buenos Aires se compararan con los informes de laboratorio del milagro de Lanciano, una vez más, sin revelar el origen de las muestras.

Los expertos que hicieron la comparación concluyeron que los dos informes de laboratorio deben haberse originado a partir demuestras obtenidas a partir de la misma persona. Se informó además de que ambas muestras revelaron el tipo de sangre “AB” positivo. También dijeron que los ADN de las dos muestras fueron idénticos. Por lo tanto, la muestra de Buenos Aires y la muestra Lanciano deben haber sido tomadas de la misma persona.

Pero hay un hecho más importante y más interesante aún. Cuando los resultados científicos de las muestras de sangre tomadas de Lanciano y Buenos Aires se compararon con las del equipo de científicos que analizaron las muestras de sangre tomadas de la Sábana Santa de Turín y el Santo Sudario de Oviedo, han demostrado ser 100% idénticos. Todos ellos tienen un tipo de sangre “AB” positivo. Todas ellas son características de un hombre que nació y vivió en la región del Medio Oriente.

Nunca seremos capaces de probar el concepto cristiano de la transubstanciación a un incrédulo. Pero San Agustín respondió con fuerza, a finales del cuarto siglo, a las alegaciones paganas de que las creencias cristianas no sólo eran supersticiosas sino también bárbaras. Señaló que la ciencia puede y debe servir para aclarar e iluminar la fe cristiana.

Los caso que se acaban de citar deberían ayudar a confirmar la fe cristiana a los fieles. Estos ejemplos también deben servir para recordarnos el hecho de que la presencia eucarística que vemos en el altar es mucho más que un pedazo de pan sin levadura y una copa de vino. Que es realmente el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Pero lo más importante, que debemos siempre recordar, es queestos milagros que acabamos de citar no son únicos. Este milagro ocurre todos los días, en todas las iglesias en todo el mundo, en la consagración de la misa. Y con esta comprensión deberíamos para siempre tratar estas sagradas especies con el respeto que se merecen.


Notas

[I] 17 de febrero 1574 por el obispo Gaspar Antonio Rodrigues
[ii] libro titulado “Esto es mi cuerpo, ésta es mi sangre de la Milagros Eucharistics – Book 1″, de Bob & Penny Lord.
[Iii] Por iniciativa del arzobispo de Lanciano, Pacífico Perantoni, y del ministro provincial de los Franciscanos Conventuales de los Abruzos, y con la autorización de Roma, la prueba se llevó a cabo por el doctor Oroardo Linoli, que es profesor de Anatomía Patológica Historica y Química y Microscopia Clínica, y ex director del Laboratorio de Anatomía Patológica del hospital de Arezzo, Italia. Fue asistido por el doctor Ruggero Bartelli, profesor emérito de anatomía humana en la Universidad de Siena.
[Iv] Los hallazgos presentados el 4 de marzo de 1971 y publicados en Quaderni Sclavo di Diagnostica Clinica e di Laboratori.
[V] Resumen de la información recopilada por el Dr. Ricardo Castañón de la Ciudad de México y el Padre Jeffrey Montz Vicario Parroquial de San Francisco de Asís, de Nueva Orleans.
[Vi] Ricardo Castañón Gómez es el presidente del Grupo Internacional para la Paz. Con sede en Bolivia, país de Castañón Gómez, y también opera en los otros miembros de 12 países, el grupo sin fines de lucro es un conjunto de profesionales de la investigación con financiación propia que investigan fenómenos místicos. Ellos reportan sus resultados, como una opinión científica, directamente al Vaticano para su consideración. Ricardo Castañón Gómez es un psicólogo clínico especializado en bioquímica del cerebro, ha participado en estudios de más de media docena de milagros eucarísticos en las últimas dos décadas.
[Vii] El Dr. Frederick Zugibe es un patólogo forense.


FUENTE: forosdelavirgen.org/

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

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San Francisco de Asís