FRASES PARA SACERDOTES

Durante las tres horas de desgarradora agonía, Yo permanecí con Juan y las piadosas mujeres, bajo la Cruz y juntos fuimos bañados por su Preciosa Sangre.

¿CUÁNTO VALE UN SACERDOTE?




¿CUÁNTO VALE UN SACERDOTE? Este video cuenta con fragmentos del hermoso escrito del poeta argentino Hugo Wast: “Cuando se piensa”. ¿Cuál sería tu respuesta?

Cuando se piensa que ni ... puede hacer lo que un sacerdote.

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ENTENDIENDO MEJOR LO QUE REPRESENTA Y SIGNIFICA EL CELIBATO SACERDOTAL


El celibato sacerdotal es un Don peculiar de Dios (Código de Derecho Canónico c. 277), que es parte del don de la vocación.

En la Iglesia Latina, los sacerdotes y ministros ordenados, a excepción de los diáconos permanentes, «son ordinariamente elegidos entre hombres creyentes que viven como célibes y que tienen la voluntad de guardar el celibato "por el Reino de los cielos" (Mt 19,12)» (Catecismo de la Iglesia Católica n. 1579).

En efecto, todos los sacerdotes «están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos, y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato» (Código de Derecho Canónico c. 277)


Don de Dios

Este celibato sacerdotal es un «don peculiar de Dios» (Código de Derecho Canónico c. 277), que es parte del don de la vocación y que capacita a quien lo recibe para la misión particular que se le confía. Por ser don tiene la doble dimensión de elección y de capacidad para responder a ella. Conlleva también el compromiso de vivir en fidelidad al mismo don.


Que capacita para la misión

El celibato permite al ministro sagrado «unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres» (Código de Derecho Canónico c. 277). En efecto, como sugiere San Pablo (1 Cor 7,32-34) y lo confirma el sentido común, un hombre no puede entregarse de manera tan plena e indivisa a las cosas de Dios y al servicio de los demás hombres si tiene al mismo tiempo una familia por la cual preocuparse y de la cual es responsable.


Opción por un amor más pleno

Queda claro por lo anterior que el celibato no es una renuncia al amor o al compromiso, cuanto una opción por un amor más universal y por un compromiso más pleno e integral en el servicio de Dios y de los hermanos.


Signo escatológico de la vida nueva

El celibato es un también un «signo de esta vida nueva al servicio de la cual es consagrado el ministro de la Iglesia» (Catecismo de la Iglesia Católica n. 1579) y que él ya vive de una manera particular en su consagración. El sacerdote, en la aceptación y vivencia alegre de su celibato, anuncia el Reino de Dios al que estamos llamados todos y del que ya participamos de alguna manera en la Iglesia.


El celibato sacerdotal se apoya en el celibato de Cristo

El celibato practicado por los sacerdotes encuentra un modelo y un apoyo en el celibato de Cristo, Sumo Pontífice y Sacerdote Eterno, de cuyo sacerdocio es participación el sacerdocio ministerial.


El origen del celibato es primordialmente espiritual

En un artículo publicado en L"Osservatore Romano, Stefan Heid, Profesor de Liturgia y Hagiografía en el Pontificio Instituto de Arqueología Cristiana, precisó que en su sustancia y origen el celibato es una decisión espiritual que "requiere una fuerza interior.

Al referirse al origen del celibato en la Iglesia, el experto señala que las primeras grandes decisiones pastorales de los Papas, documentadas a partir del siglo IV, tenían que ver con el celibato del clero. Esta, sin embargo, no era la primera vez que se hablaba de una disciplina célibe obligatoria y se reflexionaba sobre su significado y origen. Los Pontífice consideraban que el celibato era una tradición apostólica: el celibato venía entonces del periodo de los Apóstoles, del primer siglo.

Luego de comentar que en la Iglesia primitiva es cierto que habían algunos sacerdotes casados, Heid se cuestiona: ¿cómo se llega a la continencia en la vida de los clérigos? y responde:

"De la vida de Jesús no se puede retirar la continencia, como no se puede eliminar los milagros o los exorcismos. Cuando Jesús hablaba de los eunucos a causa del Reino de los cielos, este discurso era entendido como de continencia perfecta por todo el grupo de discípulos, independientemente del hecho que los Apóstoles fueran casados o no".

"El estilo de vida apostólica: pobreza, continencia, misión; no eran sino la modalidad de vida del Señor y producía una fuerte fascinación en la Iglesia pascual y ha llegado a ser, por ella, el principio vital carismático. Esto constituía al mismo tiempo, también la raíz de la continencia de los clérigos que, al menos al inicio, no era una "disciplina" pero correspondía a la alta exigencia moral y religiosa de los cristianos. En tal ámbito juega su rol también el aspecto sacerdotal. Es experiencia religiosa primitiva de la humanidad que la continencia sexual es una exigencia de temor religioso", continuó.

"Cuando los Padres de la Iglesia afirman, implícita o explícitamente la apostolicidad, en concordancia con la Escritura y la irrenunciabilidad de la continencia de los clérigos, entonces según la terminología hodierna (sostenida también por ejemplo por Karl Rahner), califican la continencia como de derecho divino", agrega.


Malos ejemplos no invalidan el celibato sacerdotal

El Obispo de Posadas, Mons. Juan Rubén Martínez, explicó que no se puede reducir el celibato a una "mera imposición de la Iglesia" y precisó que "los malos ejemplos y aun nuestras propias limitaciones no invalidan el aporte de tantos que antes y actualmente dan su vida por los demás".

Mons. Martínez precisó que desde una visión materialista que sólo comprende al hombre desde lo fisiológico e instintivamente, difícilmente se puedan entender estos valores como un ‘don de Dios’, como un regalo e instrumento de servicio a la humanidad y al bien común"; y reconoció que "desde una antropología materialista por supuesto el matrimonio monogámico y el celibato serán considerados como algo antinatural".

Sin embargo, advirtió que "reducir el celibato a una mera imposición de la Iglesia es de hecho una falta de respeto a la inteligencia y al mismo Cristo que era el ‘sumo y eterno sacerdote’, ‘célibe’, que dio su vida por todos nosotros y que Él mismo recomendó; a los textos bíblicos que tienen una profunda valoración al celibato y a la castidad por el Reino de los cielos; y a los Padres de la Iglesia, doctores y pastores desde el inicio apostólico y hasta el presente".

El Prelado indicó que "el unir el celibato y el sacerdocio ministerial es una opción por una mayor radicalidad evangélica hecha por la Iglesia desde su potestad y respaldada por la Palabra de Dios y el testimonio de los santos y tantos hombres y mujeres que a lo largo de la historia desde este don, y aun desde sus fragilidades trataron y tratan de donarlo todo en exclusividad a Dios y a su pueblo. Los malos ejemplos y aun nuestras propias limitaciones no invalidan el aporte de tantos que antes y actualmente dan su vida por los demás".

Recordó que el Papa Benedicto XVI en su mensaje para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, dice que "una vez más, Jesús es el modelo ejemplar de adhesión total y confiada a la voluntad del Padre, al que toda persona consagrada ha de mirar. Atraído por Él, desde los primeros siglos del cristianismo, muchos hombres y mujeres han abandonado familia, posesiones, riquezas materiales y todo lo que es humanamente deseable, para seguir generosamente a Cristo y vivir sin ataduras su Evangelio, que se ha convertido para ellos en escuela de santidad radical".

El Obispo sostuvo que "desde una comprensión correcta de la persona humana, también se puede entender que la sexualidad es un vehículo que no solo hace a la generosidad, sino que puede instrumentar la donación de la propia vida en el amor a los demás. En definitiva, porque la persona está hecha para el amor y donándose es en donde se plenifica".

Por último, Mons. Martínez alentó a rezar por las vocaciones sacerdotales y religiosas, con "la confianza en la iniciativa de Dios y la respuesta humana", y agradeció a Dios porque "Él sigue obrando el llamado y la respuesta de muchos jóvenes a consagrase a Dios y a sus hermanos. Responden al llamado porque creen en el amor".


El celibato es una provocación al mundo superficial

Manfred Lütz, psiquiatra consultor de la Congregación del Clero de la Santa Sede, responde en un extenso e interesante artículo a quienes consideran que la vivencia del celibato no es "natural" y explica cómo esta opción de los sacerdotes y religiosos no solo es necesaria para la vivencia plena de su vocación, la dirección espiritual, y es una "provocación" al mundo superficial que no cree en la vida después de la muerte.

En un artículo publicado en L"Osservatore Romano, el experto comenta que "el celibato es una provocación. En un mundo que ya no cree en una vida después de la muerte, esta forma de vida representa una protesta permanente contra la superficialidad colectiva. El celibato es el mensaje vivido que anuncia que el mundo terreno, con sus alegrías y dolores, no lo es todo".

"Sin una pizca de duda (continúa el psiquiatra) si con la muerte terminase todo, el celibato sería una idiotez. ¿Por qué renunciar al amor íntimo de una mujer, por qué renunciar al encuentro profundo con los hijos, por qué renunciar a la sexualidad? Solo si la vida terrena es una parte que encontrará en la eternidad su cumplimiento, entonces el celibato, como forma de vida, puede dar luces a esta vida. Solo así esta forma de vida anuncia en voz alta una vida de plenitud, que fue ya intuida por hombres de muchas épocas, cuya realidad se ha hecho visible a todos los hombres solo a través de Jesucristo, en particular a través de su muerte y Resurrección milagrosa".

Tras hacer un breve recorrido del celibato en la Iglesia y cómo a través de los tiempos siempre ha sido estimado como de gran valor por los creyentes, pese a algunas crisis en las que fue cuestionado como la del siglo XIX en Friburgo, Alemania, el consultor de la Congregación del Clero destaca como "quien no logra renunciar al ejercicio de la sexualidad no está en capacidad" tampoco "de unirse en vínculo matrimonial".

Para Manfred Lütz la manera de ver la sexualidad que ve a la mujer "como objeto de satisfacción de un impulso personal, tiene un rol clave en la crítica del celibato". Explicando esta manera de aproximarse a este tema, el psiquiatra comenta que incluso los esposos en ocasiones no pueden ejercer su "sexualidad genital plenamente, por ejemplo a causa de una enfermedad temporal o por una discapacidad permanente. En esos casos, una relación de pareja verdaderamente profunda no es destruida por esto, sino que es enriquecida. Del mismo modo el asunto del celibato no debe concentrarse solo en el asunto de la sexualidad genital, sino que debe verse el celibato como una forma de relación determinada, que permite una relación profunda con Dios y una fecunda relación con las personas confiadas a la cura personal del sacerdote".

El experto psiquiatra indica además que "no es cierto lo que se escucha a menudo sobre que una guía espiritual para casados sería mejor si fuera dado por esposos. Una guía así corre siempre el riesgo de revivir inconscientemente las experiencias del propio matrimonio y de transformar las propias emociones en acciones, sin reflexionar, por un mecanismo psicológico".

"Por ello necesita solidamente de un monitoreo, para impedir que esto suceda. Al contrario, una buena guía espiritual tiene considerables experiencias existenciales con muchas parejas casadas. Y así se puede llegar a los casos más difíciles. Esto explica, por ejemplo, la sorprendente fecundidad de los escritos sobre el matrimonio de aquel gran pastor de almas que fue el Siervo de Dios Juan Pablo II".

Finalmente y tras explicar que el celibato no es para los narcisistas que buscan siempre que todo gire sobre sí mismos, Lütz recuerda que el sacerdote "debe sobre todo interesarse por los otos seres humanos y sus miserias, debe olvidarse de él, y debe hacer visible, detrás de sus palabras, el esplendor de Dios antes que sus propias miserias".


FUENTE: pildorasdefe.net

MOTIVOS DEL CELIBATO


El celibato, por tanto, no es un influjo, que cae desde fuera sobre el ministerio sacerdotal, ni puede ser considerado simplemente como una institución impuesta por ley.


Como todo valor evangélico, también el celibato debe ser vivido como una novedad liberadora, como testimonio de radicalidad en el seguimiento de Cristo y como signo de la realidad escatológica. "No todos pueden entenderlo, sino sólo aquellos a los que les ha sido concedido. Existen, en efecto, eunucos que han nacido así del vientre de su madre; otros han sido hechos eunucos por los hombres y hay también algunos, que se han hecho eunucos por el Reino de los cielos. El que pueda entender, que entienda" (Mt 19,10-12).

Para vivir con amor y con generosidad el don recibido, es particularmente importante que el sacerdote entienda desde la formación del seminario la motivación teológica y espiritual de la disciplina sobre el celibato . Éste, como don y carisma particular de Dios, requiere la observancia de la castidad y, por tanto, de la perfecta y perpetua continencia por el Reino de los cielos, para que los ministros sagrados puedan unirse más fácilmente a Cristo con un corazón indiviso, y dedicarse más libremente al servicio de Dios y de los hombres . La disciplina eclesiástica manifiesta, antes que la voluntad del sujeto expresada por medio de su disponibilidad, la voluntad de la Iglesia, la cual encuentra su razón última en el estrecho vínculo, que el celibato tiene con la sagrada ordenación, que configura al sacerdote con Jesucristo, Cabeza y Esposo de la Iglesia .

La carta a los Efesios (cf. 5,25-27) pone en estrecha relación la oblación sacerdotal de Cristo (cf. 5,25) con la santificación de la Iglesia (cf. 5,26), amada con amor esponsal. Insertado sacramentalmente en este sacerdocio de amor exclusivo de Cristo por la Iglesia, su Esposa fiel, el presbítero expresa con su compromiso de celibato dicho amor, que se convierte en caudalosa fuente de eficacia pastoral.

El celibato, por tanto, no es un influjo, que cae desde fuera sobre el ministerio sacerdotal, ni puede ser considerado simplemente como una institución impuesta por ley, porque el que recibe el sacramento del Orden se compromete a ello con plena conciencia y libertad después de una preparación que dura varios años, de una profunda reflexión y oración asidua. Una vez que ha llegado a la firme convicción de que Cristo le concede este don por el bien de la Iglesia y para el servicio a los demás, el sacerdote lo asume para toda la vida, reforzando esta voluntad suya con la promesa que ya hecho durante el rito de la ordenación diaconal .

Congregación para el Clero. Directorio para el Ministerio y la Vida de los Presbíteros, 1994



FUENTE: padrepatricio.com

¿POR QUÉ LOS SACERDOTES NO DEBEN CASARSE?


¿Habla la Biblia del celibato?


Un Sacerdote casado tendría su corazón dividido y no podría vivir su magisterio completamente entregado al Señor.


Hemos querido resumir un poco, con palabras sencillas pero con mucho fundamento, lo que significa el Ministerio del Sacerdocio, debido a que aún existen mucha confusión en el tema y otros aún no aceptan la idea de que los Sacerdotes deben permanecer puros y castos.


La seriedad del Sacerdocio

El Ministerio Sacerdotal muestra la seriedad de la llamada de Cristo al arrepentimiento y a la salvación. Si se permitiera que los Sacerdotes se casaran, este ministerio se vería bastante simple. La familia del sacerdote, con la cual conviviría, sin duda alguna afectará a su ministerio. ¿Cómo? Lo trataré de explicar a continuación con unos pequeños ejemplos cotidianos:

  • Imagínate cómo sería tu actitud cuando no estés completamente seguro del por qué un sacerdote te esté pidiendo ayuda económica, terminarías por preguntarte si esa ayuda sería para vivir en la comodidad de su hogar o para invertirlo en los proyectos parroquiales que incentivan la evangelización.
  • Imagínate que pasaría con aquellos sacerdotes heroicos que contestan todas las llamadas de las personas enfermas en el medio de la noche, ¿Sería posible eso si estuviesen envueltos por el abrazo de una mujer?, ¿o cuidando a su hijo que cayó enfermo de algo?, ¿o sacando cuentas con la esposa para rendir el dinero de su próximo mercado?
  • Imagínate ahora al Sacerdote saliendo de su casa y la mujer pidiéndole que traiga Pan de regreso y no llegue tarde porque tiene que ayudar al niño con la tarea, ¿podrían entonces el Sacerdote quedarse más tiempo después de dar la Misa para atender y escuchar a todas las personas que lo buscan por alguna necesidad o problema?
  • Imagínate ahora lo que significaría transferir a un sacerdote de parroquia en parroquia con toda su familia. Puesto que un sacerdote no tiene tierras, no tiene propiedades. Él es un caminante, un predicador itinerante, esto no podría ser posible en su totalidad debido a que tiene que atender su matrimonio y la familia.

Además, como Sacerdote o como esposo, él necesita la disposición para moverse de un lugar a otro en caso de que la diócesis lo requiera. ¿Qué hará con su familia? Los niños van a tener que ir de escuela en escuela cada vez que esto pase y la esposa de trabajo en trabajo?

Ellos, muchas veces, permanecen bastante tiempo en la parroquia, imagínate cómo afectaría esto a su matrimonio. ¿Crees que le dedicaría la suficiente atención a su esposa e hijos?


Argumentando ahora con base bíblica, tenemos lo siguiente

Están llamados a "Abandonar Padre, Madre, Patria, esposa, hijos, por el bien de Cristo, por el Reino de Dios" (Léase Mateo 19,29)

"En efecto, algunos no se casan, porque nacieron impotentes del seno de su madre; otros, porque fueron castrados por los hombres; y hay otros que decidieron no casarse a causa del Reino de los Cielos. ¡El que pueda entender, que entienda!” (Mateo 19,12)

Los Sacerdotes sienten su llamado a esta vocación sabiendo y conociendo a profundidad que no se les permitirá el matrimonio, lo hacen de manera consentida y por amor a Cristo. Ahora, lo que estaría muy mal, es que al principio de su vocación y estudios se les dijera que cuando fuesen ordenados sacerdotes podrían optar por casarse y luego se les diga que no pueden hacerlo.

Los Sacerdotes están llamados a ser como Cristo, Alter Christus (otro Cristo), y para actuar "in persona Christi capitis", (personificando al mismo Cristo).


Desde una perspectiva teológica:

Los sacerdotes no están siendo “negados” de hacer algo, por el contrario, más bien están siendo orientados. No es que su celibato sea una privación, es que es una aceptación total al matrimonio con Cristo. Ellos hacen que el reino futuro se haga presente ante nuestros ojos, porque ellos simbolizan el mundo que esperamos vivir cuando venga el Reino del Señor.

Sabemos que a través de los Sacerdotes el Señor alimenta y gobierna a su Iglesia. No es simplemente un llamado a rechazar el matrimonio, sino un llamado para abrazar realmente la Fe en toda su totalidad. San Pablo expresa con mucha claridad esta entrega TOTAL en la carta a los Corintios:

“Yo quiero que ustedes vivan sin inquietudes. El que no tiene mujer se preocupa de las cosas del Señor, buscando cómo agradar al Señor. En cambio, el que tiene mujer se preocupa de las cosas de este mundo, buscando cómo agradar a su mujer, y así su corazón está dividido.” (1 Corintios 7,32-34)

¿Podemos ahora entender que un Sacerdote casado tendría su corazón dividido y no podría vivir su magisterio completamente entregado al Señor?


Sacerdote para siempre, ejemplo vivo del amor

El sacerdocio siempre será un tema de escándalo para el mundo; pero también, siempre será un testimonio de amor verdadero y heroico cuando este es entregado de una forma fiel y santa al Señor.

Muchas personas ven el sacerdocio desde un punto de vista mundano, y que este sólo parece ser un "escape" de la responsabilidad del matrimonio o rechazo del amor mismo. Pero, ¿cómo puede alguien vivir el sacerdocio si no es una persona llena de amor y sacrificio? No hay alguien más enamorado y que viva tan intensamente el amor como lo haría un Sacerdote fiel.

¿Quién es la figura que hace que el vínculo del matrimonio sea más "romántico" y más vivo durante la celebración matrimonial, cuya vida dice mucho acerca de la indisolubilidad de los sacramentos? Si, ese mismo: el Sacerdote

Él, es otro Cristo en la tierra, y por mandato de Jesús y por amor a Él, hace que todos los sacramentos vuelvan a florecer una y otra vez en cada persona. Es un regalo de amor otorgado por la gracia de Dios.

El sacerdocio no es para los perezosos ni para los egoístas, es para los valientes y generosos, para las personas de fe, de esperanza y de amor intenso que viven con una pasión extrema la entrega y el servicio a todos en este mundo... por Amor a Cristo.


FUENTE: pildorasdefe.net

PATRISTICA SOBRE EL CELIBATO -


Carta a Nepociano


Traco con las mujeres

Raras veces, o nunca, pisen pies de mujeres tu humilde aposento. A todas las doncellas y vírgenes de Cristo, o desconócelas por igual o ámalas por igual. No mores bajo el mismo techo con ellas, ni te asegures con la pasada castidad. No puedes ser ni más santo que David ni más sabio que Salomón. Acuérdate siempre que al morador del paraíso una mujer lo arrojó de su posesión. Si estuvieres enfermo, asístate un hermano santo cualquiera y la hermana o madre y otra mujer cualquiera de probada fidelidad cerca de todos. Y si no se hallaren personas de parejo parentesco y castidad, a muchas ancianas sustenta la Iglesia que pueden prestarte ese servicio y recibir de ti su beneficio, con lo que tu enfermedad habrá dado también fruto de limosna. Yo sé de algunos que convalecieron de cuerpo y empezaron a enfermar de espíritu. Peligroso es el servicio de persona en cuyo rostro te fijas con frecuencia.

Si, por deber de tu estado, has de visitar alguna viuda o virgen, no entres nunca solo en su casa, y lleva tales compañeros cuya presencia te honre y no te infame. Si te sigue un lector, acólito o cantor, no vayan adornados de vestidos, sino de costumbres, ni lleven el pelo rizado con tenacillas, sino que ostenten en su mismo porte la castidad. No te sientes solo con sola en secreto y sin testigos. Si hubiere de hablarse de algo más familiarmente, seguro que tiene un ama de leche, una doncella mayor, una viuda o una casada; no va a ser tan desgraciada que no tenga en el mundo de quien pueda fiarse, sino a ti. Guárdate de toda sospecha, y lo que pueda con visos de probabilidad fingirse, evita de antemano que se finja.

El amor santo no sabe de frecuentes donecillos, y pañizuelos, y cintitas y telas que se aplican a la cara, comidas probadas antes y tiernas y dulces cartitas. Requiebros como «miel mía», «lumbre de mis ojos», «deseo mío» y demás necedades que pasan entre enamorados, todos los deleites y donaires y cortesías ridículas, cuando las oímos en las comedias nos avergonzamos, en los hombres seglares las abominamos. ¡Cuánto más en los clérigos, y en clérigos monjes, cuyo sacerdocio se realza por la profesión monástica, y la profesión monástica por el sacerdocio! Y no digo esto porque tema nada semejante en ti o en los santos varones, sino porque en toda profesión, en todo orden y sexo se encuentran buenos y malos, y el vituperio de los malos es loa de los buenos.


Jerónimo, San. Carta a Nepociano, presbítero: “Trato con mujeres”. En: Pascual Torró, Joaquín. Valencia; EDICEP 1991, 1era edición, pp. 80-81.




MAGISTERIO SOBRE EL CELIBATO: Documentos Episcopales 6


Puebla - Conclusiones. III Asamblea General del Episcopado Latinoamericano



692

El presbítero anuncia el Reino de Dios que se inicia en este mundo y tendrá su plenitud cuando Cristo venga al final de los tiempos. Por el servicio de ese Reino, abandona todo para seguir a su Señor. Signo de esa entrega radical es el celibato ministerial, don de Cristo mismo y garantía de una dedicación generosa y libre al servicio de los hombres.


749

En un mundo en que el amor está siendo vaciado de su plenitud, donde la desunión acrecienta distancias por doquier y el placer se erige como ídolo, los que pertenecen a Dios en Cristo por la castidad consagrada serán testimonio de la alianza liberadora de Dios con el hombre y, en el seno de su Iglesia particular, serán presencia del amor con el que “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a Sí mismo por ella” (Ef 5, 25). Serán, finalmente, para todos un signo luminoso de la liberación escatológica vivida en la entrega a Dios y en la nueva y universal solidaridad con los hombres.


878

En los Seminarios, se deberá insistir en la austeridad, la disciplina, la responsabilidad y el espíritu de pobreza, en un clima de auténtica vida comunitaria. Se formará responsablemente a los futuros sacerdotes para el celibato. Todo ello lo exige la renuncia y entrega que se pide al presbítero.



Tercera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, PUEBLA. Conclusiones. Lima; CEP, CEEC, ed. Paulinas 1979, 1era edición. Nn. 692, 749, 878.


MAGISTERIO SOBRE EL CELIBATO: Documentos Episcopales 5




Medellín - Conclusiones. II Asamblea General del Episcopado Latinoamericano



Capítulo 11 “Sacerdotes”

7. En relación con el celibato sacerdotal, un laudable ahondamiento en el valor afectivo de la persona humana y una exacerbación del erotismo en el medio ambiente, unidos al frecuente descuido de la vida espiritual y a otras causas, han abierto camino a nueva y variada problemática.

Unos apoyan sus argumentos en razones de tipo pastoral o sicológico, o aducen reflexiones teológicas que delimitan la distinción entre carisma y ministerio; mientras otros pretenden disminuir la fuerza misma del compromiso contraído en la consagración.

21. La caridad pastoral infundida por el sacramento del orden debe impulsar hoy a los sacerdotes a trabajar más que nunca por la unidad de los hombres, hasta dar la vida por ellos, como lo hiciera el Buen Pastor[1].

En el ejercicio de esta caridad que une al sacerdote íntimamente con la comunidad, se encontrará el equilibrio de la personalidad humana, hecha para el amor, y se redescubrirán las grandes riquezas contenidas en el carisma del celibato en toda su visión cristológica, eclesiológica, escatológica y pastoral[2].



Capítulo 12 “Religiosos”

4. Su testimonio no es algo abstracto ,sino existencial, signo de la santidad trascendente de la Iglesia. Se quiere vivir con mayor plenitud, mediante esta especial consagración, aquella identificación personal con Cristo, que se inició en el Bautismo. Ella se expresa principalmente mediante la castidad consagrada por la que el religioso "se une al Señor con un amor indiviso"[3], y por la caridad en la vida comunitaria, que es un preanuncio de la perfecta unión en el Reino futuro.

En las congregaciones de vida activa la acción apostólica como actividad misionera, que también tiende a la plenitud escatológica[4], no es una labor disociada de la vida religiosa, sino una manifestación del designio de Dios en la Historia de la Salvación.
Capítulo 13 “Formación del clero”

12. El Concilio Vaticano II y los Sumos Pontífices han reafirmado recientemente la vigencia del celibato para los sacerdotes[5]. Siendo el motivo central del celibato entrega a Cristo y con él a la Iglesia, y constituyendo al mismo tiempo una forma de caridad pastoral que se confunde con la consagración total y es testimonio escatológico ante los hombres, es necesario que se den al seminarista bases muy sólidas para vivirlo gozosamente en la plenitud del amor. Así, pues, dadas las circunstancias concretas en que frecuentemente le toca vivir al sacerdote latinoamericano, es de particular importancia una cuidadosa formación de los seminaristas en este sentido. Esto exige principalmente una formación gradual de acuerdo con el desarrollo físico y psicológico; estar en condiciones de realizar una elección madura, consciente y libre; capacidad de amor y de entrega sin reserva, lo que a su vez reclama una fe fuerte que lo haga capaz de responder al llamado de Dios; disciplina ascética y vida de oración que lo lleve a una madurez en las relaciones con el otro sexo; realización del sentido de la amistad y capacidad para trabajar en equipo[6].

Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, MEDELLÍN. Conclusiones. Lima; ed. Paulinas 1973, 1era edición. Capítulo 11 “Sacerdotes” (nn. 7 y 21), Capítulo 12 “Religiosos” (n. 4), 


Capítulo 13 “Formación del clero” (n. 12).



Notas

[1] Cf. Conc. Vat. II, Decr. Presbyterorum ordinis, nº 13.

[2] C.f. Conc. Vat. II, Decr. Presbyterorum ordinis, No 16, y Pablo VI, Enc.Sacerdotalis coelibatus.

[3] Cf. Conc. Vat. II, Decr. Optatam totius, Nº 10.

[4] Cf. Conc. Vat. II, Decr. Ad gentes, N° 9.

[5] Cf. Conc. Vat. II, Decr. Optatam totius, Nº 10; Decr. Presbyterorum ordinis, Nº 16; pablo vi, Enc. Sacerdotalis coelibatus del 24 de Julio de 1967; Pio XII, Enc.Sacra virginitas del 25 de Marzo de 1954, Nº 51.

[6] Cf. pablo vi, Enc. Sacredotalis coelibatus, 24 de Julio de 1967, Nos 60-72, Conc. Vat. II Decr. Optatam totius, Nos. 3, 10 y 11; Decr. Perfectae caritatis, Nº 12.

MAGISTERIO SOBRE EL CELIBATO: Documentos Episcopales 4


9. Las formas de la castidad


Ya hemos dicho en qué consiste la castidad; ahora conviene detenernos en algunas de sus expresiones. En todas ellas hay algo en común, pero hay también diferencias.

La castidad juvenil incluye, con frecuencia, la perspectiva del matrimonio. Una de sus características es la de prepararse para las responsabilidades del estado conyugal con un ejercicio de vencimiento y de purificación del corazón que permita llegar a amar de verdad, por amor a Dios, con una perspectiva espiritual y de vida eterna. Pasado el tiempo de la juventud, cuando ya el matrimonio no está en el horizonte de lo previsible o de lo deseado, la castidad asume el matiz de la soltería. Es un estado de vida quellama en forma especial al sentido religioso de la vida, integrando la soledad en el estilo de vida que encamina hacia el Reino. La castidad de quienes han sido llamados aconsagrarse a Dios en la virginidad o en el celibato, incluye la renuncia al matrimonio, no porque se lo menosprecie, sino para responder al llamado de Dios para vivir por anticipado la forma de vida que será la propia del Reino de los cielos. La castidad en el matrimonio no excluye el gozo de la intimidad física entre los cónyuges, pero reclama su purificación, de modo que vaya desapareciendo el egoísmo y tenga siempre presente que el matrimonio es una realidad que pasa, mientras la caridad no pasará jamás (1 Cor 13, 8). El uso del matrimonio debe ser tal que se mantenga abierto a la procreación. La castidad de la viudez fue objeto de las enseñanzas de San Pablo (ver 1 Tm 5, 3-16; 1 Cor 7, 39 s). Según el Apóstol, quien ha enviudado puede contraer legítimamente nuevas nupcias, pero puede también tomar ocasión de su estado para dedicarse con más asiduidad al servicio del Señor.

Un caso especial de ejercicio de la castidad es el de quienes, habiendo contraído matrimonio, han llegado a la separación. Estas personas se ven en la necesidad cristiana de asumir su soledad, renunciando a una nueva unión, que sería objetivamente vivir en adulterio. Mantenerse en una casta soledad es una exigencia de la indisolubilidad del matrimonio y, por tanto, de la ley de Dios. Cualquier persona que se encuentre en esta situación puede tener la certeza de que, si emplea los medios naturales y sobrenaturales que Dios pone a su alcance, le será posible vivir sin ofender a Dios. También a estas personas se aplica lo que dice la Escritura: "fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas; antes bien, con la tentación se os dará modo de poderla resistir con éxito" (1 Cor 10, 13).

Para poder vivir castamente en cualquiera de las formas en que se expresa esta virtud, según los diversos estados y situaciones, es necesario orar, mantener vivo el sentido de la fe, acercarse con frecuencia a los sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía,implorar la ayuda de la Santísima Virgen María, ejercitar el dominio de sí mediante vencimientos voluntarios, vivir en permanente alerta para no ceder al ambiente de permisividad que nos rodea. Es preciso luchar contra Satanás que siempre recurre al engaño y se esfuerza en persuadirnos de que la impureza "no es algo tan grave", que es algo "natural", que la pureza es "imposible de observar", que no puede ser que el "amor" sea pecado, que la continencia sexual es "perjudicial a la salud" y contraria a la naturaleza, que Dios no se fija en "pequeñeces", que "lo importante es amar al prójimo", que hay tanta gente buena y respetable que no vive castamente, etc... Es triste comprobar como no son pocos los cristianos que tienen su juicio moral perturbado en materia de castidad, precisamente sobre la base de estas falacias, las que son consideradas en ciertos ambientes como verdades indiscutibles.
10. Los pecados contra la castidad

Los pecados contra la castidad, al igual que todo pecado, son al mismo tiempo ofensas contra Dios Creador, contra la dignidad del hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, y contra la vitalidad espiritual de la Iglesia, que resulta perjudicada por los pecados de sus miembros. La ley de Dios no es una imposición arbitraria y limitante, sino que es la cautela del bien del hombre y de su destino.

Se puede pecar contra la castidad, como con respecto a cualquier otra virtud, de pensamiento, de palabra, de obra o de omisión. Podría agregarse que en esta materia, como también en otras, hay pecados por complicidad y por inducción, es decir cuando alguien ayuda otro a pecar prestándole su colaboración, o lo induce a pecar mediante la provocación, el mal consejo o el mal ejemplo.

No es grato hacer la lista de los diferentes tipos de pecados contra la castidad: es la lista de graves debilidades y deficiencias que desfiguran el rostro de Cristo en sus discípulos. Tampoco para los médicos es grato observar la obra de destrucción que las enfermedades van haciendo en el cuerpo humano, a veces con rasgos repugnantes, pero el conocimiento de las enfermedades en sus expresiones concretas es condición para poder aplicarles la terapia apropiada y obtener su curación. Así también el cristiano necesita saber cuáles son los principales modos como se ofende la castidad, a fin de precaverse y también para prestar ayuda a aquellos hermanos que pudieran estar en peligro de destruir en sí la vida divina y dejar maltrecha la imagen de Dios, dando cabida en sí a la impureza.

A veces algún pecado contra la castidad lo es al mismo tiempo contra otra virtud, como por ejemplo el adulterio, que ofende la castidad y la justicia, o el incesto, que ofende también a la piedad familiar, o las ofensas a la castidad que se cometen con personas consagradas o en lugar sagrado, y que son también pecados contra la religión, el abuso de menores que incluye el escándalo, y así otros.

En forma genérica, los pecados contra la castidad se denominan pecados de lujuria,que es el deseo o acción desordenados de obtener placer sexual, separado de las finalidades propias del sexo que son la unión de las personas y la procreación ejercitadas dentro de legítimo matrimonio. Cuando el deseo de placer sexual se verifica en el matrimonio, y con la moderación y delicadeza que corresponden a quien mira su cuerpo y el del cónyuge como miembros de Cristo y templos del Espíritu Santo, no hay ni desorden ni lujuria, sino actos coherentes con el designio de Dios y con los deberes y derechos mutuos de los casados.

Se llama adulterio la relación sexual con una tercera persona, soltera o casada de quien que está unido en matrimonio. Si ambos están unidos en matrimonio con terceros, el adulterio es doble. El adulterio puede ser ocasional o permanente; este último consiste en la convivencia marital entre dos personas, una de las cuales tiene un vínculo matrimonial con un tercero. Cuando se habla aquí de "vínculo matrimonial", se entiende el que procede de un matrimonio indisoluble. Para la conciencia de un católico la anulación del matrimonio civil, o el divorcio, en nada cambian la condición de casado con su legítimo cónyuge mientras este vive, y por consiguiente la calidad de adulterina de cualquier unión posterior a la separación. Es duro tener que decirlo, pero esa es la verdad en conformidad con el Evangelio. El adulterio es un pecado muy grave.

Se denomina fornicación el acto sexual realizado entre personas solteras, sea ocasionalmente, sea en el marco de una relación estable. Son variantes de la fornicación, la prostitución y el concubinato. Las personas que teniendo intención de contraer matrimonio realizan antes de él actos sexuales, llamados "relaciones pre-matrimoniales" comenten pecado de fornicación. El pecado de fornicación es grave, aunque menor que el de adulterio. A veces hay padres o madres de familia que proporcionan anticonceptivos a sus hijos o hijas "para precaverse de sorpresas", o sea para que pequen "sin riesgo": eso no es educar con sentido cristiano, sino colaborar con lo que está reñido con la moral, lo que complicidad en el pecado.

La violación es el acto sexual que se realiza con una persona que no lo desea, y a quien se doblega mediante la violencia.

Se da el nombre de incesto a la unión sexual entre personas unidas por lazos cercanos de parentesco.

Con el nombre de estupro se llama el abuso sexual de menores, y es sin duda un gravísimo pecado que conduce a veces a la corrupción de quienes son sus víctimas.

Se llama autoerotismo o masturbación el hecho de procurarse físicamente placer sexual a sí mismo.

La pornografía es la publicidad de actos sexuales reales o simulados, exhibiéndolos ante terceras personas, generalmente con fines de lucro.

El pecado de homosexualidad consiste en la realización de actos eróticos entre personas del mismo sexo. Cuando se realizan con menores, la gravedad es mayor, pues puede acarrear su corrupción.

La triste enumeración que precede no es, por desgracia, exhaustiva, pero es suficiente para instruir acerca de los pecados más corrientes contra la castidad. Todo pecado contra la castidad libremente realizado y con conocimiento de su malicia, constituye un acto grave contra la ley de Dios. La persona que peca puede tener atenuada su responsabilidad moral en virtud de diversos factores, pero ninguna atenuante puede hacer que lo que es objetivamente malo y pecaminoso, se convierta en un acto bueno y virtuoso.

En los pecados contra la castidad puede darse, como también en otros pecados, la circunstancia de que hayan llegado a ser habituales y no solo ocasionales. El hábito de pecar constituye una calamidad adicional, ya que, si por una parte puede atenuar la responsabilidad moral, por otra dificulta notablemente abandonar la costumbre de pecar. Así como la virtud facilita y hace estable el bien obrar, así el pecado habitual o vicio estabiliza en el mal obrar y dificulta el retorno a una conducta virtuosa.

Quien se deja llevar por un hábito de pecado experimenta, aunque no lo reconozca mediante un análisis explícito, la voluntad de autojustificarse, y hay muchas maneras de hacerlo. Se dirá que el caso propio es del todo "excepcional" y "único", o que el pecado que se comete "no causa daño a otras personas", o se reconocerá que es algo malo, pero se postergará la enmienda o ruptura, etc.... Y es que el pecado va produciendo una ceguera espiritual que incapacita al hombre para ver las cosas como Dios las ve. El extremo se produce cuando el pecador llega a afirmar que lo que hace "para mí no es pecado", erigiéndose así en árbitro del bien y del mal. Es apropiado recordar la frase de Paul Bourget, al final de una de sus novelas: "Quien no vive conforme a lo que piensa, termina pensando conforme a lo que vive". Ya es una gran cosa cuando al obrar mal, lo reconocemos sin ambages ni justificaciones, como el publicano de la parábola (Lc 18, 13).



11. La conversión y el perdón

Dios no excluye de su misericordia a ningún pecador que se convierte y hace penitencia. Son muchos los ejemplos acerca de esto tanto en el Evangelio, como en la historia del cristianismo. La Iglesia no ha cesado de proclamar la misericordia del Padre de los cielos, que nos ha sido alcanzada por los méritos de Jesucristo, nuestro Salvador. El Espíritu Santo está siempre moviendo a conversión los corazones de quienes han pecado, a fin de que reflexionen acerca de su mísero estado y emprendan el retorno a la casa del Padre.

Los pecados contra la castidad no forman una excepción con respecto al perdón de Dios. El Señor puede y quiere perdonarlos, siempre que quien ha pecado se convierta.

¿Cómo se obtiene el perdón de Dios? Intentemos describir las etapas del camino de la reconciliación (ver la parábola del hijo pródigo, Lc 15, 11ss).

a) El primer momento de la conversión se produce cuando quien ha obrado mal lo reconoce y juzga sinceramente que lo que hizo no debió haberse realizado. Ya en este momento está presente la gracia de Dios, en forma de iluminación de la conciencia. Este primer momento podría resumirse con las palabras: "Soy un pecador, obré mal".

b) El segundo momento va más allá y es el arrepentimiento. Al juicio de "he obrado mal", que es un acto de la inteligencia, se agrega un acto de la voluntad: rechazo lo que hice, detesto lo que realicé. Es lo que el vocabulario católico llama la "contrición", definida por el Concilio de Trento como "dolor del alma y detestación del pecado cometido, con el propósito de no volver a cometerlo" (Concilio de Trento, Sesión 14, Decreto acerca de la Penitencia, cap. 4).

El "dolor" del pecado cometido es el sincero disgusto de haberlo realizado. No basta con que se funde en razones puramente naturales, como pueden ser los inconvenientes sociales que acarrea un determinado pecado, o el daño que cierto pecado pueden causar a la salud, sino que debe ser un dolor con referencia a Dios. O bien porque se tiene conciencia de haber menospreciado el amor de Dios y de haberle devuelto mal por bien, o bien porque el pecado ofende la ley de Dios y nos aparta de El, haciéndonos merecedores de una sanción.

El dolor del pecado cometido mira al pasado: no se puede anular un hecho que tuvo realidad, pero sí se lo puede detestar. Es imposible obtener el perdón de Dios si no hay dolor o arrepentimiento, puesto que sería una incongruencia decir a Dios: "perdóname, pero lo que hice estuvo bien". ¿De qué tendría que perdonarme Dios, si lo que hice era correcto? 

La conversión mira también al futuro: quien lamenta y detesta lo que hizo, tiene que hacer necesariamente el propósito de no reincidir. ¿Qué significado tendría decir a Dios: "Me duele lo que hice, sí, pero continuaré haciéndolo?" Es el caso de personas que viven en pecado, de adulterio por ejemplo, y pretenden que un sacerdote los absuelva sin tener el propósito de salir de su estado. Esas personas piensan que la Iglesia puede conceder la absolución sacramental sin que haya arrepentimiento, lo que es un gran error. Si un sacerdote se atreviera a absolver a una persona que no tiene la debida disposición -por muy grande que sea su deseo de reconciliarse y de recibir el Cuerpo de Cristo- dicha absolución carecería de todo fruto: no perdonaría los pecados y, lo que es tal vez peor, daría ocasión a un engaño, acallando el clamor de la conciencia y usurpando un poder que Dios no ha concedido.

c) El tercer momento es acercarse al sacramento de la penitencia o reconciliación. No es el momento de explicar con amplitud dicho sacramento, baste con recordar las palabras solemnes de Cristo a sus Apóstoles: "como el Padre me envió, así os envío yo también. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20, 21-23). Ese y no otro es el origen del poder de los Obispos y presbíteros para perdonar los pecados, a quienes estén realmente arrepentidos, como queda dicho. El cristiano que se acerca al sacramento de la penitencia debe manifestar al confesor los pecados que ha cometido y con los que ha ofendido gravemente a Dios. Debe manifestarlos no solo globalmente, sino en forma especificada, sin omitir las circunstancias que pudieran agravarlos. De los pecados graves debe indicarse al menos aproximadamente el número de veces que se los cometió. El sacerdote perdona los pecados en virtud del poder que ha recibido de Dios. No lo hace en virtud de su santidad personal, ni de su ciencia teológica, o de sus eventuales conocimientos de psicología, sino en nombre de Dios, como instrumento de Dios, con corazón de padre, de maestro y de juez.

d) El cuarto momento, posterior a la celebración misma del sacramento, es elcumplimiento de las obras penitenciales impuestas por el confesor. Hay quedistinguir entre "obras penitenciales" y los actos de necesaria reparación o resarcimiento de los daños cometidos a otras personas en virtud de los pecados cometidos. Quien ha engendrado un hijo sin estar casado con la madre, tiene obligaciones insoslayables para con su hijo, y frecuentemente, también para con la madre. Es muy complejo el tema de la reparación o restitución, y no siempre tan simple como cuando se trata de un robo. Las "obras penitenciales" son otra cosa: son actos de oración, de caridad o de propio vencimiento, que tienen por objeto reparar el honor de Dios ofendido por el pecado y robustecer la voluntad y la vida cristiana del penitente, de modo que en el porvenir esté mejor preparado para resistir la tentación.

Es posible que, a pesar de un sincero arrepentimiento y de un propósito eficaz de enmienda, un cristiano recaiga en algún pecado. No debiera suceder, pero sucede. Si acaece, quien ha recaído debe hacer un análisis sincero acerca de si puso las condiciones razonables para no reincidir: si oró, si meditó la Palabra de Dios, si leyó libros que apoyaran su vida espiritual, si recibió con fervor el Cuerpo de Cristo, si se apartó decididamente de aquellas ocasiones o circunstancias que sabía, por experiencia, que lo inducían a pecar, si practicó el dominio de sí mismo. Hecho este examen, puede y debe acudir nuevamente al sacramento de la penitencia, y pedir otra vez, con humildad y renovado arrepentimiento y propósito, la absolución del sacerdote.

El sacramento de la penitencia no sólo tiene como efecto el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios, sino que ejerce una acción purificadora en el alma del cristiano: la va limpiando de las huellas y cicatrices que afean su rostro espiritual y nublan la pureza de la mirada de quien debe buscar a Dios con todas las fuerzas de su alma. Por tal motivo aunque la obligación de confesar los pecados para obtener el perdón de Dios se refiere estrictamente a los pecados graves, la Iglesia recomienda confesar también los pecados leves e, incluso, repetir alguna vez, discretamente y sin escrúpulos, la confesión de pecados pasados ya confesados y absueltos.



12. Conclusión

"Tenme piedad, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito, lávame a fondo de mi culpa y purifícame de mi pecado. Pues mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar está ante mí; contra tí, contra tí sólo he pecado, lo malo ante tus ojos cometí... Rocíame con el hisopo, y seré limpio; lávame y quedaré más blanco que la nieve. Devuélveme el gozo y la alegría...; retira tu faz de mis pecados, borra todas mis culpas. Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renueva dentro de mí un espíritu firme, no me rechaces lejos de tu rostro, no retires de mi tu Santo Espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación y afiánzame en un espíritu generoso. Líbrame de la sangre, Dios, Dios de mi salvación y aclamará mi lengua tu justicia. Abre, Señor, mis labios, y mi boca publicará tu alabanza" (Salmo 51, 3-6. 9-14.16s).

¿Con qué palabras más apropiadas podría terminar esta reflexión, sino con las que escribió David, luego de haber cometido adulterio y asesinato y de haber sido reprendido por el profeta Natán, palabras con las que expresó su arrepentimiento y su confianza en la misericordia de Dios?

A todos nos conceda el Señor un corazón puro, a todos nos lave y nos purifique, dejándonos limpios como la nieve.



Valparaiso, Chile.
25/3/1994


Medina ESTÉVEZ, Cardenal Jorge. Acerca de la castidad, Valparaíso, 1994. Sección 3 a 11.


MAGISTERIO SOBRE EL CELIBATO: Documentos Episcopales 3


Acerca de la castidad 


Segunda entrega



6. Presupuestos para entender plenamente la castidad



 No es fácil entender el significado profundo de la castidad, sobre todo en un mundo en que se hace poca mención de esta virtud y no se le concede gran aprecio. Para percibir ciertos objetos es preciso crear condiciones favorables, y esto es tanto más necesario cuanto el objeto es más delicado. Para percibir el delicado entorno e identidad de la castidad se requieren algunas condiciones básicas:

a) Creer en Dios, adorarlo como único Señor, tener la convicción profunda que todo debe estar referido a El, y que lo que no se puede referir a El no tiene valor alguno. La castidad, como hemos visto en no pocos textos de la S. Escritura, tiene una profunda dimensión religiosa y no se comprende a cabalidad sino de cara a Dios. Para quien no cree en Dios es posible entender algo de lo que significa la castidad, pero jamás llegará a apreciar plenamente su más profundo sentido y alcance.

b) Creer en la vida eterna, estar firmemente persuadidos de que nuestra existencia terrenal no es sino una etapa, la primera, -provisoria y transitoria- de nuestro ser personal, y que después de ella viene la segunda, definitiva y sin ocaso, cuando alcanzaremos la plenitud de nuestro ser y de nuestro destino.

c) Creer que nuestra vida terrenal sólo tiene sentido cabal en función de la vida eterna. No son dos realidades yuxtapuestas, autónomas la una con respecto a la otra, sino que la primera es camino, instrumento y preparación para la segunda; medio con respecto a un fin.

d) Vivir y pensar con limpieza de corazón, porque quien no vive conforme a lo que piensa, acaba pensando de acuerdo a lo que vive. Es difícil que la persona que no vive castamente llegue a tener aprecio por la castidad. Quien vive entregado a la malicia y a la lujuria no está en condiciones de entender lo que es la castidad.

e) Creer que la sexualidad es una obra de Dios, que tiene una finalidad no sólo biológica, sino espiritual, y que su ejercicio debe estar marcado por esa finalidad y jamás independizarse de ella.

f) Tener presente que la naturaleza humana, obra de Dios, está herida por el pecado original. Esto significa que hay en ella un desorden en las apetencias que produce impulsos que tienden a hacerse autónomos y a realizar acciones que no son coherentes con la finalidad de la naturaleza. Consciente de poseer una naturaleza "herida", el hombre puede comprender que su regla de conducta no puede ser la de "dejarse llevar" por sus impulsos, como si fueran siempre buenos, sino que debe vivir alerta, vigilante, ejercitando el señorío de su razón, iluminada por la fe, sobre sus apetencias.

g) En toda acción humana el cristiano sabe que interviene la gracia de Dios, esa fuerza misteriosa, y no por ello menos real, que lo impulsa a obrar en conformidad a la voluntad de Dios, sanando el desorden causado por el pecado original y los pecados personales, devolviendo al hombre a la amorosa familiaridad con Dios y rehaciendo en la creatura la imagen y semejanza del Creador. La gracia de Dios ejerce su poder tanto en nuestra inteligencia, a fin de hacernos capaces de juzgar según la sabiduría de Dios, como sobre nuestra voluntad, haciéndole posible imponer su decisión sobre las apetencias desordenadas y querer lo que Dios quiere.


Los siete "presupuestos" anteriores no deben concebirse como los eslabones de una cadena, de modo que cada uno derivara del anterior y el precedente pudiera prescindir del que lo sigue, sino que son las facetas de una misma realidad total, aspectos que se condicionan los unos a los otros, y de tal modo que no se puede prescindir de ninguno, so pena de amagar el equilibrio y la armonía del conjunto.

Estas consideraciones muestran que la castidad no puede ser comprendida correctamente sino en el conjunto de la vida cristiana. Es una virtud, entre otras: ni es la única virtud, ni se la puede entender aislándola de las demás. El "organismo espiritual" es una delicada trama en la que se ejercitan distintas funciones en forma que cada una estimula a las demás y depende de las otras. Sería tan ilusorio pensar que se puede ser cristiano sin apreciar y ejercitar la castidad, como pensar que un discípulo de Cristo pudiera contentarse con ser casto, haciendo caso omiso de las demás virtudes. En los tiempos que corren pareciera más frecuente el caso de los que piensan poder ser buenos cristianos sin amar ni practicar la castidad.



7. La concupiscencia


La palabra "concupiscencia" pertenece al lenguaje bíblico. San Pablo nos dice que "el pecado suscitó en mí toda suerte de concupiscencias... Me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros" (Rm 7, 8.22s). Es lógico que el Apóstol recomiende a los cristianos que "no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias" (Rm 6, 12). San Pedro nos amonesta a huir "de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia" (2 Pd 1, 4) y nos advierte del castigo "en el día del Juicio, sobre todo a los que andan tras la carne con concupiscencias impuras" (2Pd 2, 10). Santiago enseña que "cada uno es probado por su propia concupiscencia que le arrastra y le seduce. Después la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado, y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte" (St 1, 14s). El Apóstol San Juan, en el contexto de la acepción negativa que suele emplear en el uso de la palabra "mundo" dice que "todo lo que hay en el mundo -la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas-, no viene del Padre, sino del mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre" (1 Jn 2, 16s). El "mundo" es en este texto toda realidad que está bajo el poder de Satanás y de sus engaños y de el dice San Juan que "el mundo entero yace en poder del Maligno... en tanto que nosotros estamos en el Verdadero, en el Hijo de Dios, Jesucristo" (1Jn 5, 19s). Todos estos textos ilustran la advertencia de Jesús en la parábola del sembrador, cuando señala, como una de las causas por las que la Palabra de Dios no da fruto en algunos, que; "... las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias los invaden y ahogan la Palabra" (Mc 4, 19). De ahí que la carta a los Gálatas presente la vida cristiana como una denodada lucha entre el espíritu y la carne, advirtiéndonos que el espíritu y la carne tienen apetencias antagónicas irreductibles, de tal manera que los que verdaderamente "son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias" (Gal 5, 16-24). Esta lucha y esfuerzo para dominar las concupiscencias implican constancia y negaciones: "los atletas se privan de todo, y eso para alcanzar una corona perecedera; nosotros en cambio, para lograr una corona incorruptible... golpeo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que habiendo alertado a los demás, resulte yo mismo descalificado" (1 Cor 9, 25.27). Ciertamente, cuando Jesús dice que "si alguno quiere venir en pos de mi, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame" (Lc 9, 23), está incluyendo la lucha contra el desorden interior o concupiscencia, y así debe haberlo entendido San Pablo cuando habló de "crucificar la carne con sus pasiones y concupiscencias".

La enseñanza de la Sagrada Escritura acerca de la concupiscencia indica que es un desorden, que su origen está en el pecado, que contradice al espíritu, que no es en sí misma pecado, pero que induce a él, y que hay que sostener contra ella una dura y permanente lucha.

De la lectura de los textos bíblicos acerca de la concupiscencia, aparece que ella se manifiesta en el apetito sexual, pero no únicamente en ese campo, aunque sea mencionado con frecuencia (ver Jn 2, 16). Hay también un apetito desordenado de poseer bienes materiales, y lo hay también en la búsqueda de honores o de poder. En todos los casos se trata de un bien creado que es intensamente apetecido, y en forma desordenada, al punto que la apetencia ya no es coherente con el papel que ese determinado bien tiene en los designios de Dios, los que coinciden con la dignidad y la santidad del hombre. Puede decirse que los bienes apetecidos en forma desordenada llegan a convertirse en ídolos que intentan ocupar el lugar que sólo le corresponde a Dios. Así como la Verdad es la que establece al hombre en su correcta relación con Dios, así los ídolos son intrínsecamente falsos porque nacen de un engaño y falsean la relación con Dios.


Conviene hacer aún un ulterior análisis acerca de la concupiscencia.

Es, ante todo, una apetencia, una inclinación del hombre hacia un objeto que se le presenta como un bien capaz de complacer su deseo. Esta apetencia se produce antes de que la razón alcance a juzgar sobre la rectitud o el desorden del deseo, y puede ser más o menos vehemente. En este sentido se dice que la concupiscencia es "antecedente". Si el juicio de la razón establece que la apetencia es básicamente correcta y que, en consecuencia, la voluntad puede adherir al objeto deseado, el impulso del apetito sigue haciéndose sentir y acompaña el movimiento de la voluntad. Es, pues, "concomitante". Si el juicio de la razón califica el objeto como incorrecto, e indica a la voluntad que debe ser rechazado y ésta de hecho lo rechaza, no por eso desaparece automáticamente la apetencia: sigue inclinando hacia el objeto deseado aún contra el juicio de la razón y el rechazo de la voluntad, lo que exige del hombre una lucha mediante diversas estrategias para dominar la apetencia no deseada ni consentida, pero que no está a su alcance hacer desaparecer por el solo imperio de su rechazo. Es la concupiscencia "subsiguiente".

Todo cristiano debe ser consciente de la fuerza que la concupiscencia lleva en sí y contra la que habrá de luchar hasta el día de su muerte. Es un error pensar que la concupiscencia se aquieta satisfaciéndola en todas sus apetencias: la conducta cristiana frente a ella exige ascesis, lucha, "dominio de sí" (Gal 5, 23).

La concupiscencia despierta ante lo que puede ser un objeto de su apetito. No siempre está en nuestras manos evitar la presencia de estímulos de nuestras concupiscencias, pero es un deber moral evitar los que pueden serlos. La espiritualidad cristiana habla de la "guarda de los sentidos", es decir de soslayar la presencia o no fijar la atención en de objetos que pueden ser motivo de apetencias más o menos violentas y contrarias a la virtud cristiana, a las que se podría ceder o que al menos pondrían en peligro la limpieza del corazón.



8. La castidad es una virtud

Conviene ahora detenernos en esta actitud cristiana que es la castidad y analizar su naturaleza.

La castidad es una virtud. ¿Qué significa esto? Una virtud es una disposición estable para actuar bien, es un "hábito" que perfecciona a quien lo tiene, dándole ciertaconnaturalidad con el bien obrar en su propio campo. Son ciertamente meritorios los actos que corresponden a una virtud, pero puede haber actos buenos ocasionales sin que exista la "virtud", o sea la disposición firme y estable para actuar siempre bien.

Las virtudes se van adquiriendo bajo el influjo de la gracia de Dios. Se adquieren a medida que se reiteran los actos propios de cada una: su repetición va "arraigando" la virtud . Junto con la reiteración de los actos de virtud es importante, para adquirirla, que haya una motivación fuerte que induzca a los actos. Dicho en otros términos el interés y la convicción existentes en quien desea adquirir una virtud, son factores muy importantes para adquirirla. Por el contrario, quien concede poca importancia o aprecio a una virtud, no la adquirirá por la sola reiteración de actos más o menos maquinales.

La virtud de la castidad es una expresión de la virtud de la templanza. Otras expresiones de la templanza son la sobriedad en la comida y en la bebida, la moderación en el descanso, la generosidad para dar ayuda a quien la necesita, la austeridad en el uso de los bienes materiales, la mortificación del deseo inmoderado de saber novedades o de la curiosidad, la sencillez -según su propio estado- en el estilo de vida, etc...

El ejercicio de la castidad se nutre, ante todo, de la mirada puesta en Dios, de la reiterada expresión de amor a El, y de la búsqueda de El y de su gloria por sobre toda creatura. Nada hay tan purificador ni nada puede conducir tanto al recto aprecio y uso de las cosas de este mundo, como el amor de Dios, autor de toda creatura. En cierto sentido la castidad es una condición y una expresión del verdadero amor a Dios.

Toda virtud es ante todo interior, es decir es una actitud del corazón antes que un comportamiento exterior. Pero es indudable que no puede haber una actitud interior verdadera y sincera sin que tenga una expresión exterior.

Así, la castidad se hace visible en variados de actos externos que denotan la delicadeza, la rectitud de intención, el respeto y la reverencia hacia Dios presente en sus creaturas, especialmente cuando el impulso sensual puede empañar el amor verdadero.

El aspecto positivo del afianzamiento de una virtud no puede separase del lado que podría decirse "negativo" y que consiste en el rechazo de todo lo que es contrario o puede amagar la virtud. Este rechazo es indudablemente una "mortificación", algo que cuesta y que implica un vencimiento, una renuncia a algo que resulta atrayente. Es imposible ejercitar la castidad sin rechazar lo que es incompatible con ella o que de un modo u otro la pone en peligro. El "dominio de sí mismo" implica diversas expresiones que deben manifestar el señorío del espíritu sobre la carne y en definitiva la preeminencia del amor a Dios por sobre cualquier otro afecto o complacencia.

El vencimiento de sí mismo en el ámbito de la castidad no es sino uno de los aspectos de la renuncia a sí mismo y del cargar la cruz que compete a todo cristiano. Quienes "viven...como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo final es la perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria está en su vergüenza, que no piensan más que en las cosas de la tierra" (Fl 3, 18s), no son verdaderos discípulos de Señor precisamente porque no llevan su cruz y no van en pos de Jesús (Lc 14, 27). La mortificación es una expresión de la conciencia de nuestra condición de peregrinos: "nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas" (Flp 3, 20s). En la tierra, la cruz, signo del señorío de Cristo, es instrumento a través del cual todo nuestro ser va siendo sometido al poder del espíritu y va alcanzando así la verdadera libertad, al paso que se va liberando de la esclavitud del pecado (Jn 8, 34).

El vencimiento de nosotros mismos a fin de que la castidad se arraigue profundamente en nuestro corazón se ejercita de variadas formas. Desde luego en las miradas, apartando nuestra vista y curiosidad de lo que es incentivo de la concupiscencia carnal. También renunciando a lecturas y espectáculos que transmiten mensajes contrarios a la castidad cristiana. Obviamente evitando palabras o conversaciones en las que está ausente el sentido de la pureza. 

La moderación en la bebida tiene especial significación para el ejercicio de la castidad, ya que el hombre que se encuentra bajo la influencia del alcohol pierde, al menos en parte, el control sobre sí mismo en todo sentido, también en el de las apetencias sexuales. Delicado es el campo del autocontrol en materia de caricias. Sabemos que las hay perfectamente legítimas y puras, pero hay otras que son un poderoso incentivo a la impureza. La caricia es en sí una expresión de afecto, de cariño, pero puede ser, a la vez, un estímulo a reacciones desordenadas que, aunque no sean directamente deseadas, pueden introducir la apetencia incorrecta que es una forma de tentación. Quienes se preparan al matrimonio, sea en la etapa del "pololeo", sea en la del noviazgo, deben estar muy atentos a fin de que el natural deseo de expresar el afecto por medio de caricias no exceda los límites de la pureza y no llegue a constituir una ocasión de pecado de deseo o de acción. Es indudable que también en las etapas que preceden al matrimonio la cruz de Cristo debe estar presente en la forma de vencimientos que mantengan la relación de afecto en el marco que corresponde a quienes no son aún marido y mujer y no pueden, por tanto, expresar su amor en la forma que corresponde a quienes han unido sus vidas para siempre en el sacramento del matrimonio y han llegado a ser "una sola carne" (Mt 19, 16). Ni humana ni cristianamente es lo mismo ser pololos, o novios, que esposos: ni son iguales los deberes, ni las responsabilidades, ni el grado de compromiso, ni, por tanto, los derechos. A quienes tienen el propósito de contraer matrimonio, la castidad cristiana no sólo les exige abstenerse de la relación sexual completa, sino de toda caricia íntima que por su propia naturaleza excite la fuerza de la concupiscencia y pueda conducir a un pecado aunque sea sólo de deseo.

El cuidado de la virtud de la castidad exige evitar lo que sea una ocasión de pecado. Entre las ocasiones pueden enumerarse ciertos lugares y ambientes, determinadas personas, algunas amistades. Al momento de cuidar el afianzamiento y crecimiento de la castidad no es justo pensar sólo en nosotros mismos, sino que debemos reflexionar acerca del daño que nuestras actitudes pueden causar en otras personas. Supuesto que algo no constituye un peligro para mí, debo aún preguntarme si no lo es para otros. La provocación de las pasiones ajenas es un pecado para quien la produce. El"escándalo", en el sentido moral de la palabra, es una acción que constituye un tropiezo para otro en su caminar hacia Dios. Son severas las palabras de Jesús a este respecto: "... al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueve un asno, y lo hundan en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente, que vengan escándalos, pero, ¡ay de aquel hombre por quien viene el escándalo!" (Mt 18, 6s). La extrema gravedad de escandalizar a un niño no significa que carezca de importancia escandalizar a una persona joven o adulta. Quien causa escándalo, poniendo impedimento para que otro hombre avance hacia Dios, da muestras de no pensar en que la propia responsabilidad moral no sólo toca a nuestra persona sino también, en cierta forma, a nuestros hermanos. 

Jamás puede un cristiano repetir las palabras de Caín: "¿quién me ha hecho custodio de mi hermano?" (Gn 4, 9): cada uno es responsable del mal que con sus palabras, consejos, obras u omisiones cause a sus hermanos.

Queda aún por decir una palabra acerca del pudor. El pudor es garantía, defensa, protección y resguardo de la castidad. Preserva la intimidad de la persona y designa la negativa a exhibir lo que debe permanecer velado. Ordena las miradas y los gestosen conformidad con la dignidad de las personas. Invita a la paciencia y a la moderación en la relación amorosa conyugal. El pudor es modestia y debe inspirar la elección de la vestimenta. Mantiene silencio o reserva allí donde se adivina el riesgo de una curiosidad malsana. Existe un pudor de los sentimientos, como también un pudor del cuerpo. Este pudor rechaza, por ejemplo, las exhibicionismos del cuerpo humano, propios de cierta publicidad o las incitaciones de algunos medios de publicidad a hacer pública toda confidencia íntima. El pudor inspira una manera de vivir que permite resistir a las solicitaciones de la moda y a la presión de las ideologías dominantes. 

Es un error grande pensar que el pudor es una especie de mojigatería, o la expresión de tabús psicológicos. Es, por el contrario, la delicadeza que requiere un campo de la vida humana particularmente sensible al desorden interior que el pecado introdujo al hombre.


MAGISTERIO SOBRE EL CELIBATO: Documentos Episcopales 2

Acerca de la castidad
 
Segunda entrega
 
 
 5. Las enseñanzas sobre la castidad en las Sagradas Escrituras

 
En las Ss. Escrituras se encuentran enseñanzas acerca de la castidad en variadas formas. Desde luego se describen actitudes de pureza y hay también textos que inculcan la castidad y la sitúan en la perspectiva de los designios de Dios. Finalmente, hay expresiones de rechazo a las conductas o actitudes contrarias a la castidad. Con cierta frecuencia estos distintos tipos de enseñanza se entrelazan unos con otros, y, por eso, su sistematización no resulta fácil ni natural.

a) En el Antiguo Testamento


Sabemos que el sentido moral fue progresando y madurando en el pueblo de Israel. En tiempos antiguos no aparecen vituperadas ciertas conductas que más tarde fueron desapareciendo o se llegó a calificarlas en forma negativa. La última etapa de la maduración del juicio moral no llegó sino con Jesucristo y con su Evangelio. No hay que olvidarlo.

Hay, no obstante, valiosas enseñanzas acerca del matrimonio y de la castidad en el Antiguo Testamento.

La primera referencia está en el libro del Génesis (1,27s y 2, 18-25). La sexualidad es presentada como un elemento constitutivo del ser humano, como una obra de Dios: es El quien crea al varón y a la mujer en forma que se complementen y procreen en la unidad del matrimonio, unidad tan profunda que se antepone a los otros vínculos familiares. El hombre ve a la mujer, la reconoce como carne de su carne y hueso de sus huesos, y declara que el varón deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne. Aparece aquí la diversidad de los sexos como obra de Dios, la complementaridad entre el varón y la mujer y su profunda unidad. El texto bíblico dice que "estaban desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban el uno del otro": el pecado no había introducido aún el desorden del apetito sexual y el amor entre varón y mujer era sereno y libre de concupiscencia. Una vez que los primeros padres pecaron "se les abrieron los ojos a ambos, se dieron cuenta que estaban desnudos" y se vistieron (Gn 3, 7); el pecado había originado el desorden, y ese desorden debía ser dominado, para lo cual era necesario el pudor, representado por el uso de la vestimenta. Más adelante Dios dice a la mujer que ·"hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará" (Gn 3, 16): las relaciones entre el varón y la mujer ya no son serenas, sino que llevarán la marca del desorden, de la concupiscencia y del egoísmo.

En la historia de Abraham hay un capítulo del más hondo dramatismo y es el que se refiere a la destrucción de las ciudades nefandas de Sodoma y Gomorra, manchadas por el pecado de la homosexualidad que allí se practicaba con descaro y con violencia (ver Gn 18, 16-19, 29). El rechazo de las prácticas homosexuales es total. Esas prácticas eran una degradación de la sexualidad que expresa la pérdida del sentido propio que le había dado Dios, para convertirse exclusivamente en una "experiencia vital de fuerza y poder". Llegado el tiempo de la Alianza del Sinaí, Dios dará a Moiséslos mandamientos de la Ley y señalará entre ellos el de "no cometerás adulterio" (Ex 20, 14; Dt 5, 18). En el libro del Levítico (cap.18) se leen prescripciones complementarias sobre el recto uso de la sexualidad. Estas exigencias de las "leyes de la Alianza" de Dios con Israel indican que la moral sexual no es algo "privado", sino que tiene relación con Dios y con la convivencia en el pueblo de Dios.

Antes de que Jacob y sus hijos se establecieran en Egipto, encontramos un episodio que aporta una nueva luz acerca de la castidad. Un hijo de Judá, Er, se había casado con una mujer llamada Tamar. Er murió sin descendencia y, en cumplimiento de la ley del 'levirato' (Dt 25, 5ss), el hermano de Er, Onán, tomó por esposa a la viuda Tamar. Según la ley, la descendencia que una viuda tuviera del hermano de su difunto marido, se consideraría descendencia del difunto: así se evitaba que se extinguiese la estirpe. Onán tomó por esposa a Tamar, pero no quería de ningún modo que un eventual hijo suyo fuera legalmente considerado hijo de su difunto hermano, Er. Así es que al tener relaciones con Tamar, interrumpía el acto conyugal y derramaba en tierra. Dios desaprobó la conducta de Onán, a la vez egoísta para con la memoria de su hermano y contraria a la naturaleza en su relación con su esposa, y le envió la muerte (ver Gn. 38, 1-10). La continuación de este relato muestra qué poco afinados estaban todavía los conceptos acerca de la moral sexual entre los israelitas de aquellos tiempos (ver Gn 38, 11-26), aunque con algunos destellos de claridad.

El encuentro de Rut con Booz, que más adelante sería su marido, y ambos figuran entre los antepasados de David y de Jesús, es un poema de delicadeza y de virtudes familiares. Rut busca a Booz en conformidad a la ley mosaica, Booz la trata castamente y, luego la hace su esposa (ver Rt 3s).

Muchos fueron los méritos de David como hombre religioso y como gobernante. Sin embargo hay en su vida un terrible episodio de impureza. Nada dice la Escritura acerca de las intenciones de Betsabé, la mujer de Urías y vecina de David, al bañarse sobre la terraza de su casa. Lo cierto es que David la vió, la deseó y la mandó buscar. Betzabé concibió un hijo de David. David urdió una estratagema a fin de que el hijo pudiera ser atribuído a su servidor Urías, pero el plan fracasó. Entonces David mandó hacer matar a Urías, y así sucedió. Al adulterio se juntó el asesinato. Dios se valió de un profeta para reprender duramente a David, y lo castigó. David hizo penitencia y expresó en un salmo su dolor y su arrepentimiento (ver 2 Sm 11; 12,1 - 15; Sal 51). El texto es aleccionador en muchos aspectos. Desde luego en cuanto a la provocación de la concupiscencia ajena. Enseguida en cuanto al peligro de mirar lo que puede ser motivo de pasión. Luego, en las secuelas de un pecado que se desea ocultar, algo así como sucede hoy cuando se condena a muerte por aborto al niño que fue concebido pecaminosamente, a fin de que los verdaderos culpables "salven su honor".

David fue padre del rey sabio, Salomón. Mucho se podía esperar del nuevo rey, pero la lujuria cegó su corazón. Dice la Escritura que amó a muchas mujeres extranjeras, apegándose a ellas con pasión. En su ancianidad sus mujeres inclinaron su corazón hacia otros dioses y su corazón no fue por entero de Yahvé, su Dios, como lo fue el corazón de David su padre. Llegó a tanto que edificó templos a los ídolos de sus mujeres y se fue en pos de ellos (ver 1 Re 11, 1-13). En la historia de Salomón el matrimonio aparece al servicio del poder o de las conveniencias políticas y la sexualidad se convierte en una idolatría que esclaviza al hombre.

Hay varias enseñanzas acerca de la castidad en diversos escritos del Antiguo Testamento que son expresión de la "sabiduría" de Israel. Esos escritos pertenecen a diferentes géneros literarios, cuyo estudio no corresponde hacer aquí. La tradición de la Iglesia ha visto en esos escritos una intencionalidad que resulta más clara a la luz del Nuevo Testamento. Por cierto, el orden en que aquí se colocan los personajes o libros bíblicos, no pretende ser una exacta cronología.

Job, en su amargo alegato de justicia dice que; "había hecho yo un pacto con mis ojos y no miraba a ninguna doncella" (Jb 31,1) y afirma que su corazón no fue seducido por mujer (vs )). Dos indicaciones acerca de la castidad en las miradas y acerca de la rectitud interior.

Es sugestiva la historia de José, uno de los hijos, el predilecto, del patriarca Jacob. Vendido por sus hermanos y comprado por un potentado egipcio, llegó a ser su hombre de confianza. Dice la Escritura que José era buenmozo (Gn 39, 1-6). La mujer del potentado sintió pasión por José, pero él la rechazó: "¿cómo voy a hacer esta maldad tan grande, pecando contra Dios? (vs 9). La seductora no se dejó vencer y tentaba a José día tras día. El joven se mantuvo en su casta negativa y la mujer, despechada, se vengó de él calumniándolo y logrando que su marido lo hiciera encarcelar (vss 10-20). La enseñanza de este texto es rica: se trata del respeto a la fidelidad conyugal, del sentido religioso que ella tiene, de la necesidad de resistir a las seducciones, y de las dolorosas consecuencias que puede acarrear el despecho. El resto del relato de José muestra bien que Dios no lo abandonó.

En el libro del profeta Daniel aparece el relato, literaria y religiosamente tan bello, de la casta Susana (ver todo el capítulo 13). Susana, joven, casada, rica y hermosa, es objeto de la pasión de dos viejos que ocupaban altos cargos en la comunidad judía de Babilonia. Se valieron de su poder para solicitarla, -lo que hoy se llamaría acoso sexual- amenazándola de calumniarla para que fuera condenada a muerte si no accedía a sus requerimientos deshonestos. Es hermosa la respuesta de Susana: "Ay, que angustia me estrecha por todos lados. Si hago esto, es la muerte para mí; si no lo hago, no escaparé de vosotros. Pero es mejor para mí caer en vuestras manos sin haberlo hecho, que pecar delante del Señor" (Dn 13, 22s). Conducida a la muerte en virtud de la falsa acusación de adulterio, Susana clamó a Dios diciendo: "Oh Dios eterno, que conoces los secretos, que todo lo conoces antes que suceda, tu sabes que éstos han levantado contra mí un falso testimonio. Y ahora voy a morir, sin haber hecho nada de lo que su maldad ha tramado contra mí" (Dn 13, 42s). Dios escuchó la súplica de Susana. En este relato hay una lección muy fuerte: es preferible morir antes que pecar ofendiendo a Dios. El pecado rechazado aquí es la infidelidad conyugal. No pocas mujeres se ven en situación análoga a la de Susana, cuando son acosadas sexualmente por un jefe poderoso, del que depende su trabajo y su sustento y el de su familia. 
 
La respuesta cristiana será siempre la de Susana.

En el libro de Tobías hay también breves indicios relativos a la castidad. El ángel aconseja al joven que cuando vaya a unirse a su esposa, se pongan antes en oración para suplicar al Señor que se apiade de ellos (Tb 6, 18). Tobías se enamoró de su parienta Sara y la tomó por esposa y en la noche de bodas ambos oraron diciendo: "Bendito seas tu, señor Dios de nuestros padres y bendito sea tu Nombre por todos los siglos de los siglos. Tu creaste a Adán y para él creaste a Eva, su mujer, para apoyo y ayuda, y para que de ambos proviniera la raza de los hombres. Tu mismo dijiste: No es bueno que el hombre se halle solo; hagámosle una ayuda semejante a él. Yo no tomo a esta mi hermana con deseo impuro, sino con recta intención. Ten piedad de mí y de ella, para que podamos llegar juntos a nuestra ancianidad" (Tb 8, 5-7). En este relato la unión conyugal está situada en el ámbito de una profunda relación con Dios. Tobías y Sara se casan para cumplir los designios de Dios y su unión se verifica en un ambiente de oración. Hay amor entre ambos, y ese amor tiene una expresión física, pero Tobías cuida de purificar su intención. Gran lección para los cristianos que contraen matrimonio: la unión conyugal es una realidad que no se entiende a cabalidad si no es en la perspectiva de Dios.

El libro de Ester relata la confianza en Dios de la joven reina y su sincera fidelidad al Dios de Israel. Hay en el texto una expresión que resulta sugerente. En su oración, dice Ester a Dios: "Tu sabes todas las cosas, conoces que odio la gloria de los malos, que aborrezco el lecho incircunciso..." (Est 4, 17u). Esta brevísima frase tiene un transfondo religioso: no puede ser grata la unión conyugal con quien está lejos de Yahvé. Quizás pueda pensarse que en forma velada ya se anuncia el matrimonio como imagen del amor esponsal de Dios por su pueblo.

Es pertinente recordar para nuestro propósito, el libro del Eclesiástico, llamado el Sirácida. En su capítulo 9, se dan consejos que tocan el ámbito de la castidad: evitar el trato con prostitutas, la mirada insistente a las doncellas, la curiosidad malsana, apartar la vista de la mujer hermosa y no quedarse mirando la belleza de la mujer de otro, evitar la familiaridad con mujer casada, porque "por la belleza de la mujer se perdieron muchos" (Sir 9, 3-9). Más adelante se lee en el mismo libro que "el hombre impúdico en su cuerpo carnal no cejará hasta que el fuego lo abrase; para el hombre impúdico todo pan es dulce, no descansará hasta haber muerto. El hombre que viola su propio lecho y que dice para sí: '¿quien me ve?, la oscuridad me envuelve, las paredes me encubren, nadie me ve, ¿qué he de temer?, el Altísimo no se acordará de mis pecados', lo que teme son los ojos de los hombres, no sabe que los ojos del Señor son diez mil veces más brillantes que el sol, que observan todos los caminos de los hombres y penetran los rincones más ocultos" (Sir 23, 17-19). Las indicaciones de este libro sapiencial, cercano en su composición al Nuevo Testamento, contienen no sólo reglas de conducta, sino la afirmación de que el ámbito de la pureza está bajo la mirada de Dios. Como en todo el Antiguo Testamento, también en el Sirácida hay palabras duras para condenar el pecado de la mujer adúltera (Sir 23, 22-26).

Hay en el libro de los Proverbios enseñanzas acerca de la fidelidad conyugal y de la castidad. Hélas aquí: "No hagas caso de la mujer perversa, pues destilan miel los labios de la extraña... pero al fin es amarga como el ajenjo. Gózate en la mujer de tu mocedad, cierva amable, graciosa gacela: embriáguente en todo tiempo tiempo sus amores, su amor te apasione para siempre. ¿Por qué apasionarte, hijo mío, de una ajena?" (Prv 5, 2-4. 18-20). "No codicies en tu corazón la hermosura (de la mujer perversa), no te cautive con sus párpados... ¿Puede uno meter fuego en su regazo, sin que ardan sus ropas?" (6, 25.27; ver, además, 7,5-27). "Este es el camino de la mujer adúltera: come, se limpia la boca y dice: No he hecho nada malo!" (30,20).

Todos estos textos sapienciales van mostrando un progreso en la valoración de la castidad, pero queda aún mucho camino por recorrer.

En varios textos proféticos y sapienciales aparece el tema del amor de Dios por su pueblo bajo la imagen de los desposorios, sin omitir la calificación de adulterio para describir el pecado del pueblo que se va tras otros dioses (ver Os 2,4ss ; Ez 16, 3ss ; Jer 2,1ss ; 3,20ss; y, sobre todo el Cantar de los Cantares). Esta imagen se va a proyectar en el Nuevo Testamento (ver, por ejemplo, Jn 3,29; Ef 5,22-33; Ap. 21, 2ss). En esta perspectiva es posible entender ciertas prescripciones del Libro del Levítico, en el que hay un texto bastante amplio sobre la santidad de los sacerdotes de la Antigua Alianza. Es cierto que esa "santidad legal" no coincide con lo que nosotros entendemos por santidad, pero tiene de toda maneras como fundamento la convicción de que el sacerdote está consagrado a Dios, está dedicado al servicio del culto. Con respecto a los simples sacerdotes se establece que no tomarán por esposa a una prostituta, ni a un mujer profanada, ni tampoco a una mujer repudiada por su marido (Lv 21, 7). En cuanto al sumo sacerdote, que llevaba sobre sí la consagración del óleo de la unción de su Dios, se establece que tomará por esposa a una mujer virgen (Lv 21, 13s). El sacerdocio aronítico aparece como un signo de la relación esponsal entre Dios y su pueblo, y prefigura así el sacerdocio de Cristo y el de sus ministros en la Nueva Alianza. En esta perspectiva la castidad se presenta con una nueva luz que presagia la que vendrá con el Nuevo Testamento.

El tema de la castidad aparece en el Antiguo Testamento bajo el prisma de la revelación progresiva de los caminos de la salvación, que Dios hace a su pueblo y por lo mismo de la conducta que es coherente con esos caminos. No hay una enseñanza explícita completa sobre la castidad, sino que van apareciendo datos puntuales que son como destellos que anuncian la luz que vendría más adelante. Esos destellos no son polémicos, sino que atestiguan las convicciones de los autores sagrados: son episodios o afirmaciones que se consignan con toda naturalidad y que van situando el tema en el horizonte religioso de Israel. Queda la nítida impresión de que la conducta casta es digna, la que corresponde a la justicia, y a la santidad, la que fluye de un corazón que está puesto en Dios y que hace posible la verdadera sabiduría. La castidad es un tema religioso, algo que dice relación con la búsqueda de Dios, así como la lujuria es lejanía de Dios, ofensa a Dios, e idolatría.

Es indudable que el Antiguo Testamento no llega a la claridad que se hará presente en el Nuevo, pero la prepara, la anuncia, y permite en cierto modo vislumbrarla. Poco a poco se va restableciendo el modelo del matrimonio monogámico, pero el divorcio se tolera todavía como una posibilidad, aunque con discrepancias acerca de las causales que lo justificarían. Jesús restablecerá el estatuto inicial del matrimonio y descartará definitivamente el divorcio.
 
 
b) En el Nuevo Testamento

Las enseñanzas acerca de la castidad son más numerosas en el Nuevo Testamento que en el Antiguo. Hay varias posibilidades de sistematizarlas, cada una con sus ventajas e inconvenientes. Escojo una que me parece facilitar la lectura: primero se consideran personajes que destacan por la virginidad o la castidad; luego se repasan las enseñanzas de Jesús; finalmente se consignan las afirmaciones que aparecen en la doctrina de San Pablo, sin omitir algunas referencias a escritos de otros apóstoles.
b.1) Jesús fue célibe, casto y virgen.

Esta afirmación no se contiene explícitamente en el Nuevo Testamento, pero fluye de él con naturalidad y explica no pocas actitudes del Señor. María fue virgen antes de la concepción de Cristo, en su parto y después de él: así lee la Iglesia el dato de las Escrituras y así interpreta, movida por el Espíritu Santo, la respuesta de María al ángel: "¿Cómo podrá ser esto (la fecundidad que le anuncia), si no conozco varón?" (Lc 1, 34). José, esposo de María, es ilustrado por el ángel que lo tranquiliza haciéndole saber que su esposa ha concebido por obra del Espíritu Santo. La Iglesia da a San José el título de "castísimo esposo de María" y la tradición espiritual católica ve en el padre nutricio de Jesús al especial patrono y protector de la castidad de las personas consagradas, como fue el custodio de la virginidad de María. Juan Bautista fue célibe y en él la castidad celibataria se sitúa en el marco de su extremo desprendimiento y soledad. San Pablo afirma de sí mismo que no contrajo matrimonio (1 Cor 7, 8) y sus enseñanzas sobre la virginidad tienen el sabor de una experiencia personal (1 Cor 7,25). La tradición católica ha tenido siempre al Apóstol San Juan Evangelista como célibe y virgen. Quizás esa pureza interior y esa consagración explican la hondura de su conocimiento de Jesús y también que el Señor le haya encomendado, en la Cruz, el cuidado de su madre virgen. Todavía puede señalarse aquí la actitud clara y firme de Juan el Bautista ante Herodes. Ante el pecado de adulterio e incesto de Herodes Antipas, que se había unido a Herodías, mujer legítima de su medio hermano Filipo, el profeta le dijo con claridad que no le estaba permitido convivir con la mujer de su hermano (Mt 14, 4). Era un testimonio en favor de la fidelidad conyugal y contra la lujuria del tetrarca. Sabemos el resultado: el odio de Herodías a Juan, la seducción del reyezuelo por la hija de Herodías y la sentencia de muerte contra Juan, precio de una danza que debe haber sido un modelo acabado de provocación a la lujuria (ver Mt 14, 6ss).

 
b.2) Jesús habló varias veces acerca de la castidad

A veces en relación con el matrimonio, a veces fuera de ese contexto.

En el texto llamado corrientemente "el sermón de la montaña", dice Jesús: "habéis oído que se dijo 'no cometerás adulterio'. Pues yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón" (Mt 5, 27s). A continuación vienen las expresiones simbólicas referentes a cortarse la mano o sacarse un ojo, si es que ello fuera necesario para conservar la vida cristiana, para evitar una ocasión de pecado, diríamos hoy. La denuncia de las miradas maliciosas es indicio de la interiorización de la santidad cristiana con respecto a la justicia mosaica y es un eco del texto que ya recordamos de Job (31, 1.9) y del Sirácida (9. 23). Más adelante, y en la misma línea de la interiorización, dice Jesús que "lo que sale de la boca viene de dentro del corazón, y eso es lo que contamina al hombre. Porque del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, injurias. Eso es lo que contamina al hombre" (Mt 15, 18-20), y no el hecho de comer sin lavarse las manos, como lo exigía la legislación acerca de la pureza legal en la Antigua Alianza. Estos dos textos vienen a ser aplicaciones muy concretas del principio establecido en la bienaventuranza que declara "dichosos" los limpios (o puros) de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mt 5, 8). La verdadera castidad cristiana nace del corazón, de un corazón ordenado, purificado, en el que no se mezclan motivaciones torcidas.

Tocante a la fidelidad conyugal se lee en el Evangelio de San Marcos: "Se acercaron (a Jesús) unos fariseos que, para ponerlo a prueba, le preguntaron: '¿puede el marido repudiar a la mujer?' El les respondió: '¿qué os prescribió Moisés?' Ellos le dijeron: Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla' (ver Dt 24, 1). Jesús les dijo: 'Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón Moisés escribió para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creación El (Dios) los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien; lo que Dios unió, no lo separe el hombre'. Y, ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto. El les dijo: 'Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella, y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio" (Mc 10, 1-12; ver Mt 5, 31s; 19, 3-9; Lc 16, 18; 1 Cor 7, 10s). La enseñanza de Jesús restituye la imagen original del matrimonio. Al hacerlo, declara que dicha imagen no tiene solamente fundamentos sociológicos o psicológicos, sino la voluntad misma de Dios: "Lo que Dios unió, no lo separe el hombre". No se trata de una recomendación, como quien sugiere lo que es mejor sin excluir la otra alternativa, que seguiría siendo aceptable. No, Jesús descarta la tolerancia mosaica y califica una nueva unión como adulterio, es decir, como ilegítima y pecaminosa, puesto que contradice la voluntad de Dios.

La doctrina de Jesús sobre el matrimonio provocó en sus discípulos una reacción nada evangélica: "si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae a cuenta casarse. Pero El les dijo: no todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los cielos. Quien pueda entender, que entienda" (Mt 19, 10-12). La reacción de los discípulos es bastante poco espiritual. Jesús la aprovecha para introducir el tema de la renuncia al matrimonio por amor al Reino de los cielos, pero advierte de partida que entra en un terreno que no es comprensible a la sola razón humana, sino que se necesita, para poder entrar en esta perspectiva, de un especial don de lo alto. ¿Qué relación existe entre la renuncia al matrimonio y el Reino de Dios?. El texto evangélico afirma que existe una relación, pero no indica cuál es su fundamento. Si se lee este texto a la luz de lo que viene a continuación, y que se refiere a los bienes materiales y familiares (Mt 19, 16-29), se puede colegir que la renuncia al matrimonio, como la que se refiere a las riquezas, coloca al discípulo de Jesús en una situación que libera el espíritu para estar más atento a las cosas de lo alto. Aunque no lo dice el Evangelio, la existencia de hombres y mujeres que han realizado esta renuncia es un signo perceptible, ya en la vida temporal, del absoluto de Dios.

Al texto anterior se relaciona otro en el que Jesús, respondiendo a una casuística judía, dice que "en la resurrección ni los varones tomarán mujer, ni las mujeres marido, sino que serán como los ángeles de Dios" (Mt 22,30). Con estas palabras Jesús indica que el estado conyugal es propio de la existencia terrenal y participa de suprovisoriedad, en tanto que en la vida del Reino no habrá ya lugar para el ejercicio conyugal de la sexualidad. Se puede leer este texto como una explicación de Mt 19, 10-12, de tal modo que la renuncia al matrimonio durante la vida terrenal tiene la característica de una cierta anticipación de los bienes del Reino.

Quedan todavía dos enseñanzas de Jesús acerca de la castidad. Es bien conocido el episodio, tan lleno de delicadeza y de misericordia, de la mujer pecadora que lavó los pies de Jesús durante la comida que le ofrecía un fariseo (Lc 7, 36-50). Se trataba de una prostituta conocida, o al menos de una mujer de vida liviana. El otro episodio es el de la adúltera, a quien los escribas y fariseos juzgaban reo de muerte (Jn 8, 3-11). El rasgo común de ambos relatos es la misericordia de Jesús que "no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva" (Ez 33, 11). Lo que sobresale en el primer relato es la afirmación de Jesús de que a esa mujer "le quedan perdonados sus muchos pecados porque ha mostrado mucho amor" (Lc 7, 47). Puede interpretarse esta frase de Jesús como enseñando que la lujuria tiene una raíz de desamor, de egoísmo, de idolatría, y que su curación no puede provenir sino del amor que tiene la virtud de colocar cada cosa en su lugar, y por sobre todas ellas a Dios, el único que merece adoración. La despedida de Jesús indica que la mujer "creyó" en El, tuvo confianza en El, se acogió a su misericordia, y que la fe fue la que la movió a expresar su amor a Jesús ungiendo sus pies con perfume. Amor confiado y profundamente humilde, amor atrevido y silencioso.

En el episodio de la adúltera hay una sugerencia de que los pecados contra la castidad no son los únicos, que hay otros que les son comparables y, finalmente, que la liberación de la muerte a la mujer culpable no significaba que no debiera arrepentirse y enmendarse: "anda y no peques más", anda y no vuelvas a pecar (Jn 8, 11).

La misericordia de Jesús explicita una perspectiva nueva. Quien ha pecado contra la castidad puede obtener el perdón de Dios, como los que han pecado contra otros preceptos de la ley de Dios. Aquí también cabe esperar el don del "corazón nuevo", capaz de amar de verdad a Dios y a los hombres. Es muy significativo que María Magdalena haya estado al pié de la cruz y que haya recibido uno de los primeros anuncios de la resurrección: "vió" al Hijo de Dios resucitado (Jn 20, 11-17).
 
b.3) Corresponde ahora pasar a los escritos apostólicos.

En el libro de los Hechos hay una referencia de paso acerca de la castidad. En el llamado "Concilio de Jerusalén", se prescribe a los cristianos venidos de la gentilidad "abstenerse de comer carnes de animales sacrificados a los ídolos, de comer sangre, de comer animales estrangulados, y de la impureza" (Hech 15, 29). La mención de la impureza se refiere con toda probabilidad a pecados en el campo de la sexualidad, especialmente la fornicación.

El Apóstol San Pablo se encuentra ante un mundo pagano en el cual abundan los pecados en materia sexual, aunque no sólo ellos. En la carta a los Romanos deja constancia de la existencia de conductas infames contrarias a la naturaleza, como son las prácticas homosexuales, e interpreta esta situación abominable como consecuencia de no haber honrado a Dios, y de haber servido a la creatura en vez de al Creador (Rm 1, 24 -27). Repetidas veces vitupera el Apóstol los pecados contra el recto uso de la sexualidad. En la primera carta a los Tesalonicenses, les dice que "la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os alejéis de la fornicación, que cada uno de vosotrossepa poseer su cuerpo con santidad y honor, y no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios... pues no nos llamó Dios a la impureza, sino a la santidad" (1 Ts 4,3-5.7). En Corinto se había producido en la comunidad un grave pecado de incesto: el Apóstol lo castiga y da una razón poderosa para llevar una vida pura: "nuestro Cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado. Así es que, celebremos la fiesta, no con vieja levadura, ni con levadura de malicia e inmoralidad, sino con ázimos de pureza y verdad", y agrega que los cristianos no se relacionen con quien, llamándose hermano, es impuro, avaro, idólatra, ultrajador, borracho o ladrón (1 Cor 5,1-13). En la misma primera carta a los Corintios afirma San Pablo que "el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo... ¿no sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? Y, ¿habría yo de tomar los miembros de Cristo para hacerlos miembros de una prostituta? De ningún modo. ¿O no sabéis que quien se une a la prostituta se hace un solo cuerpo con ella?...Más el que se une al Señor se hace un sólo espíritu con él. ¡Huíd de la fornicación! Todo pecado que comete el hombre queda fuera de su cuerpo; más el que fornica, peca contra su propio cuerpo. ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y que habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados a buen precio. Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo" (1 Cor 6, 12-20). La enseñanza de San Pablo no se limita a rechazar los pecados contra la castidad, sino que desarrolla las razones positivas para ser castos. En el fondo de toda su argumentación está la doctrina de que el cristiano pertenece a Dios y que es morada o templo de Dios. Así, aunque la castidad se refiere al correcto uso de la sexualidad, no se percibe su sentido profundo sino teniendo en cuenta la relación del hombre con Dios, a quien el hombre debe glorificar con la totalidad de su ser. En la carta a los Gálatas, el Apóstol señala como "obras de la carne" la fornicación, la impureza, el libertinaje, y otras, y advierte que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios (ver Gal 5, 19-21). La misma enseñanza se repite en la carta a los Efesios: "la fornicación, y toda impureza o codicia, ni siquiera se mencionen entre vosotros, como conviene a los santos... Porque tened entendido que ningún fornicario o impuro o codicioso -que es ser idólatra- participará en la herencia del Reino de Cristo y de Dios" (Ef 5, 3.5). En la carta a los Colosenses vuelve sobre el mismo tema: "... mortificad vuestros miembros terrenos: fornicación, impureza, pasiones, malos deseos y la codicia que es una idolatría, todo lo cual atrae la cólera de Dios sobre los rebeldes" (Col 3, 5s). San Pablo no desaprueba las segundas nupcias, naturalmente después de la viudez (1 Cor, 7, 39), pero cuando habla de los requisitos que deben tener los obispos y los diáconos, exige que sean maridos de una sola mujer, es decir casados en un único matrimonio (1 Tm 3, 2.12; Tt 1, 69). Es posible pensar que el Apóstol entrevea en el único matrimonio de los ministros de la Iglesia una especial referencia al misterio del amor de Cristo por su Iglesia (ver Ef. 5, 21-33).

El tema de la castidad está desarrollado bajo varios aspectos en el capítulo 7 de la primera carta de San Pablo a los Corintios. Ese texto no es un "tratado", sino que proporciona respuestas a preguntas que miembros de esa comunidad habían hecho al Apóstol, preguntas cuyo exacto tenor nosotros no conocemos (ver vs. 1). Todo el capítulo muestra bien que el Apóstol considera el campo de la sexualidad en estrecha referencia a la relación primordial de todo hombre con Dios. San Pablo admite quetanto el estado de matrimonio como el de celibato o virginidad son dones de Dios (ver vss 7, 17, 28, 38) y que, por lo tanto, el estado matrimonial es legítimo y santificador (vs 14), pero considera el estado de consagración en virginidad o celibato como más recomendable por varias razones. Una, porque la virginidad lleva el sello de las realidades del Reino de Dios en forma más patente que el matrimonio (vss 29ss), que pertenece a la "apariencia de este mundo que pasa" (vs 31). Luego, porque el estado de continencia permite mayor libertad para las cosas de Dios: "yo os quisiera libres de preocupaciones: ...el no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor" (vs 32); el casado, por la fuerza de las cosas, y por obligación que deriva de su estado, debe preocuparse de agradar a su cónyuge, lo que exige preocuparse de muchas cosas transitorias (vss 33-35), y conlleva un esfuerzo sostenido para mantener la actitud propia del cristiano que hace suya la exhortación del mismo Apóstol: "así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, no a las de la tierra" (Col 3, 1s). Esa actitud de búsqueda de Dios por sobre todas las cosas es la que explica la expresión del Apóstol que recomienda a "los que tienen mujer, que vivan como si no la tuvieran" (vs 29), lo que no puede interpretarse como una invitación a no amar al cónyuge o a descuidar los deberes para con él o ella, puesto que eso contradiría las precisas indicaciones del Apóstol en este mismo capítulo, cuando declara la igualdad de derechos del marido y de la mujer en cuanto al débito conyugal (vss 3ss), y no tomaría en cuenta la perspectiva del amor conyugal considerado como expresión y reflejo del amor de Cristo hacia la Iglesia (Ef 5, 21-33). La enseñanza del Apóstol debe ser comprendida, pues, en el horizonte escatológico, en la perspectiva del Reino. En esta perspectiva se comprende la insinuación del Apóstol en cuanto a la posibilidad de que los esposos renuncien a la intimidad conyugal por un cierto tiempo, para darse con más libertad a la oración (vs 5). Esta renuncia debe ser de común acuerdo, pues, si no lo fuera el cónyuge que quisiera imponerla al otro estaría negando a éste su derecho (vss 3s). La razón que da el Apóstol para esta abstinencia es la de poder entregarse a la oración. Hay que entender esta razón en función de la naturaleza profunda de la oración: la intimidad con Dios, la presencia ante el Absoluto. Esa intimidad postula que el espíritu esté apaciguado, sereno, ajeno en toda medida posible de perturbaciones y distracciones, y esa paz interior es favorecida por la abstinencia de la relación conyugal. En otros tiempos, no tan lejanos, el ritual de la bendición del matrimonio contenía, al final de la celebración, una exhortación a la abstinencia sexual en los tiempos de penitencia y en las vigilias de las grandes fiestas: era un fiel eco de la enseñanza de San Pablo. En todo caso el Apóstol comprende que la virginidad o la renuncia al matrimonio no son modos de vida accesible a todos: "si no pueden contenerse, que se casen; mejor es casarse que abrasarse" (vs 9), texto que debe ser entendido a la luz del versículo precedente: "cada cual tiene de Dios su gracia particular, unos de una manera, otros de otra" (vs 7). Leyendo así a San Pablo, entendemos también lo que quiere expresar al decir que el casado "está dividido" y que si recomienda la virginidad es para movernos "a lo más digno, y al trato asiduo con el Señor, sin división" (vss 34s). "Digno" aquí no significa que el matrimonio sea "indigno", sino que la virginidad está por encima del matrimonio, como que pertenece al mundo de las realidades definitivas, al Reino de Dios, cuando ni las mujeres tomarán marido, ni los varones mujer (Mt 22, 30). La "división" no significa que el casado cristiano pueda colocar a su cónyuge al mismo nivel que el que le corresponde a Dios, sino que el estado de continencia favorece la libertad de espíritu y la dedicación, incluso temporal, a las cosas de Dios.

La lectura del capítulo 7 de la primera carta de San Pablo a los Corintios demuestra quela valoración espiritual del matrimonio y de la virginidad requiere fineza de matices y que no puede hacerse sino en la perspectiva de la vida cristiana en su conjunto, de la singular vocación y gracia concedida a cada cual y de las realidades definitivas del Reino de Dios.

Antes de terminar este recorrido a través de los textos del Nuevo Testamento que hablan de la castidad, es conveniente referirse a dos que tienen especial interés.

Dice San Pablo a los cristianos de Corinto: "Celoso estoy de vosotros, con celos de Dios. Pues os tengo desposados con un solo esposo para presentaros cual casta virgen a Cristo" (2 Cor 11, 2). Aquí estamos en presencia de la explicación de la relación de la Iglesia y, en ella, de cada cristiano, con Cristo Esposo. El amplio contexto de este lugar bíblico se refiere a la fe en Cristo como único salvador, que nos libera de la esclavitud del pecado por su gracia y no por nuestras obras. La Iglesia es "desposada" y lo que le corresponde hacia su esposo es un amor fiel que lo sitúe a El en un lugar que nadie puede pretender compartir. La "castidad" y la "virginidad" de la Iglesia son la expresión de su amor y de su fidelidad. En esta perspectiva, la castidad de los cristianos aparece como expresión del amor a Cristo. Resulta muy significativo que el Apóstol la elija como expresión privilegiada del amor cristiano a Dios. Esta opción del Apóstol, expresada también en la carta a los Efesios, explica, junto a no pocos otros textos de la Escritura, la clave "esponsal" de la espiritualidad cristiana, clave que tiene de característico la ternura del amor y la fineza de la fidelidad.

En el libro del Apocalipsis se habla de un grupo de ciento cuarenta y cuatro mil "rescatados de la tierra... pues son vírgenes. Estos siguen al Cordero dondequiera que vaya, y han sido rescatados de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero, y en su boca no se encontró mentira, no tienen tacha" (Ap. 14, 3-5). El texto es, como todo el libro, fuertemente simbólico. La virginidad aquí es símbolo de la fidelidad a Dios y de la negativa de adorar los ídolos de este mundo. La lujuria es símbolo de idolatría. Entendido así el texto, es claro que quienes son "vírgenes", es decir verdaderos adoradores de Dios y celosos de su gloria, son los que "pueden seguir al Cordero "a dondequiera que vaya" y "llevar escrito en su frente el nombre del Cordero y de su Padre" (vs 1). Nuevamente aparece aquí la relación entre el vocabulario de la castidad en su forma de virginidad, y la fidelidad a Dios y a Cristo. El hombre que verdaderamente ama a Dios con todo su corazón, con toda su mente, con todas sus fuerzas, ha entrado en la categoría de la virginidad espiritual, del que mira a Cristo como el Esposo que santifica a la Iglesia para librarla de toda mancha y hacerla capaz de amarlo con un corazón limpio, libre, no dividido, casto en el más pleno sentido de la palabra.

Esta lectura y reflexión sobre los textos del Nuevo Testamento va, sin duda, mucho más allá que la de la Antigua Alianza. Toda forma de castidad recibe en el Nuevo Testamento una poderosa iluminación a partir del tema de la virginidad y de la esperanza del Reino de los cielos. Así, una vez más, las "cosas que no se ven son el fundamento de las cosas que se ven" (Hb 11, 3), y la vida eterna es la medida de la existencia terrenal.


EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

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San Francisco de Asís