FRASES PARA SACERDOTES

La tibieza se da porque el hombre es cómodo. La tibieza ama la palabra misericordia porque la tiene confundida. Si entendiera la justicia no fuera tibio porque la tibieza es la ausencia del temor de Dios.
Qué es la ausencia del temor de Dios? Es la ausencia del conocimiento de la justicia de Dios.

De: La Tibieza (audio de Marino Restrepo)

COMUNIÓN DE RODILLAS Y EN LA BOCA


 

San Pío X "Cuando se recibe la Comunión es necesario estar arrodillado, tener la cabeza ligeramente humillada, los ojos modestamente vueltos hacia la Sagrada Hostia, la boca suficientemente abierta y la lengua un poco fuera de la boca reposando sobre el labio inferior". (Catecismo de San Pío X). Y Contestando a quienes le pedían autorización para comulgar de pie alegando que: los israelitas comieron de pie el cordero pascual les dijo: "El Cordero Pascual era tipo (símbolo, figura o promesa) de la Eucaristía. Pues bien, los símbolos y promesas se reciben de pie, MAS LA REALIDAD SE RECIBE DE RODILLAS y con amor".

LAS VOCACIONES: SIGNOS DE LA ESPERANZA FUNDADA SOBRE LA FE


Por: S.S. Benedicto XVI

Mensaje del Santo Padre para la L Jornada Mundial de oración por las Vocaciones, 21 abril 2013, IV domingo de Pascua, el domingo «del Buen Pastor»


Queridos hermanos y hermanas:


Con motivo de la 50 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebrará el 21 de abril de 2013, cuarto domingo de Pascua, quisiera invitaros a reflexionar sobre el tema: «Las vocaciones signo de la esperanza fundada sobre la fe», que se inscribe perfectamente en el contexto del Año de la Fe y en el 50 aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II. El siervo de Dios Pablo VI, durante la Asamblea conciliar, instituyó esta Jornada de invocación unánime a Dios Padre para que continúe enviando obreros a su Iglesia (cf. Mt 9,38). «El problema del número suficiente de sacerdotes –subrayó entonces el Pontífice– afecta de cerca a todos los fieles, no sólo porque de él depende el futuro religioso de la sociedad cristiana, sino también porque este problema es el índice justo e inexorable de la vitalidad de fe y amor de cada comunidad parroquial y diocesana, y testimonio de la salud moral de las familias cristianas. Donde son numerosas las vocaciones al estado eclesiástico y religioso, se vive generosamente de acuerdo con el Evangelio» (Pablo VI, Radiomensaje, 11 abril 1964).

En estos decenios, las diversas comunidades eclesiales extendidas por todo el mundo se han encontrado espiritualmente unidas cada año, en el cuarto domingo de Pascua, para implorar a Dios el don de santas vocaciones y proponer a la reflexión común la urgencia de la respuesta a la llamada divina. Esta significativa cita anual ha favorecido, en efecto, un fuerte empeño por situar cada vez más en el centro de la espiritualidad, de la acción pastoral y de la oración de los fieles, la importancia de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

La esperanza es espera de algo positivo para el futuro, pero que, al mismo tiempo, sostiene nuestro presente, marcado frecuentemente por insatisfacciones y fracasos. ¿Dónde se funda nuestra esperanza? Contemplando la historia del pueblo de Israel narrada en el Antiguo Testamento, vemos cómo, también en los momentos de mayor dificultad como los del Exilio, aparece un elemento constante, subrayado particularmente por los profetas: la memoria de las promesas hechas por Dios a los Patriarcas; memoria que lleva a imitar la actitud ejemplar de Abrahán, el cual, recuerda el Apóstol Pablo, «apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchos pueblos, de acuerdo con lo que se le había dicho: Así será tu descendencia» (Rm 4,18). Una verdad consoladora e iluminante que sobresale a lo largo de toda la historia de la salvación es, por tanto, la fidelidad de Dios a la alianza, a la cual se ha comprometido y que ha renovado cada vez que el hombre la ha quebrantado con la infidelidad y con el pecado, desde el tiempo del diluvio (cf. Gn 8,21-22), al del éxodo y el camino por el desierto (cf. Dt 9,7); fidelidad de Dios que ha venido a sellar la nueva y eterna alianza con el hombre, mediante la sangre de su Hijo, muerto y resucitado para nuestra salvación.

En todo momento, sobre todo en aquellos más difíciles, la fidelidad del Señor, auténtica fuerza motriz de la historia de la salvación, es la que siempre hace vibrar los corazones de los hombres y de las mujeres, confirmándolos en la esperanza de alcanzar un día la «Tierra prometida». Aquí está el fundamento seguro de toda esperanza: Dios no nos deja nunca solos y es fiel a la palabra dada. Por este motivo, en toda situación gozosa o desfavorable, podemos nutrir una sólida esperanza y rezar con el salmista: «Descansa sólo Dios, alma mía, porque él es mi esperanza» (Sal 62,6). Tener esperanza equivale, pues, a confiar en el Dios fiel, que mantiene las promesas de la alianza. Fe y esperanza están, por tanto, estrechamente unidas. De hecho, «“esperanza”, es una palabra central de la fe bíblica, hasta el punto de que en muchos pasajes las palabras “fe” y “esperanza” parecen intercambiables. Así, la Carta a los Hebreos une estrechamente la “plenitud de la fe” (10,22) con la “firme confesión de la esperanza” (10,23). También cuando la Primera Carta de Pedro exhorta a los cristianos a estar siempre prontos para dar una respuesta sobre el logos –el sentido y la razón– de su esperanza (cf. 3,15), “esperanza” equivale a “fe”» (Enc. Spe salvi, 2).

Queridos hermanos y hermanas, ¿en qué consiste la fidelidad de Dios en la que se puede confiar con firme esperanza? En su amor. Él, que es Padre, vuelca en nuestro yo más profundo su amor, mediante el Espíritu Santo (cf. Rm 5,5). Y este amor, que se ha manifestado plenamente en Jesucristo, interpela a nuestra existencia, pide una respuesta sobre aquello que cada uno quiere hacer de su propia vida, sobre cuánto está dispuesto a empeñarse para realizarla plenamente. El amor de Dios sigue, en ocasiones, caminos impensables, pero alcanza siempre a aquellos que se dejan encontrar. La esperanza se alimenta, por tanto, de esta certeza: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16). Y este amor exigente, profundo, que va más allá de lo superficial, nos alienta, nos hace esperar en el camino de la vida y en el futuro, nos hace tener confianza en nosotros mismos, en la historia y en los demás. Quisiera dirigirme de modo particular a vosotros jóvenes y repetiros: «¿Qué sería vuestra vida sin este amor? Dios cuida del hombre desde la creación hasta el fin de los tiempos, cuando llevará a cabo su proyecto de salvación. ¡En el Señor resucitado tenemos la certeza de nuestra esperanza!» (Discurso a los jóvenes de la diócesis de San Marino-Montefeltro, 19 junio 2011).

Como sucedió en el curso de su existencia terrena, también hoy Jesús, el Resucitado, pasa a través de los caminos de nuestra vida, y nos ve inmersos en nuestras actividades, con nuestros deseos y nuestras necesidades. Precisamente en el devenir cotidiano sigue dirigiéndonos su palabra; nos llama a realizar nuestra vida con él, el único capaz de apagar nuestra sed de esperanza. Él, que vive en la comunidad de discípulos que es la Iglesia, también hoy llama a seguirlo. Y esta llamada puede llegar en cualquier momento. También ahora Jesús repite: «Ven y sígueme» (Mc 10,21). Para responder a esta invitación es necesario dejar de elegir por sí mismo el propio camino. Seguirlo significa sumergir la propia voluntad en la voluntad de Jesús, darle verdaderamente la precedencia, ponerlo en primer lugar frente a todo lo que forma parte de nuestra vida: la familia, el trabajo, los intereses personales, nosotros mismos. Significa entregar la propia vida a él, vivir con él en profunda intimidad, entrar a través de él en comunión con el Padre y con el Espíritu Santo y, en consecuencia, con los hermanos y hermanas. Esta comunión de vida con Jesús es el «lugar» privilegiado donde se experimenta la esperanza y donde la vida será libre y plena.

Las vocaciones sacerdotales y religiosas nacen de la experiencia del encuentro personal con Cristo, del diálogo sincero y confiado con él, para entrar en su voluntad. Es necesario, pues, crecer en la experiencia de fe, entendida como relación profunda con Jesús, como escucha interior de su voz, que resuena dentro de nosotros. Este itinerario, que hace capaz de acoger la llamada de Dios, tiene lugar dentro de las comunidades cristianas que viven un intenso clima de fe, un generoso testimonio de adhesión al Evangelio, una pasión misionera que induce al don total de sí mismo por el Reino de Dios, alimentado por la participación en los sacramentos, en particular la Eucaristía, y por una fervorosa vida de oración. Esta última «debe ser, por una parte, muy personal, una confrontación de mi yo con Dios, con el Dios vivo. Pero, por otra, ha de estar guiada e iluminada una y otra vez por las grandes oraciones de la Iglesia y de los santos, por la oración litúrgica, en la cual el Señor nos enseña constantemente a rezar correctamente» (Enc. Spe salvi, 34).

La oración constante y profunda hace crecer la fe de la comunidad cristiana, en la certeza siempre renovada de que Dios nunca abandona a su pueblo y lo sostiene suscitando vocaciones especiales, al sacerdocio y a la vida consagrada, para que sean signos de esperanza para el mundo. En efecto, los presbíteros y los religiosos están llamados a darse de modo incondicional al Pueblo de Dios, en un servicio de amor al Evangelio y a la Iglesia, un servicio a aquella firme esperanza que sólo la apertura al horizonte de Dios puede dar. Por tanto, ellos, con el testimonio de su fe y con su fervor apostólico, pueden transmitir, en particular a las nuevas generaciones, el vivo deseo de responder generosamente y sin demora a Cristo que llama a seguirlo más de cerca. La respuesta a la llamada divina por parte de un discípulo de Jesús para dedicarse al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada, se manifiesta como uno de los frutos más maduros de la comunidad cristiana, que ayuda a mirar con particular confianza y esperanza al futuro de la Iglesia y a su tarea de evangelización. Esta tarea necesita siempre de nuevos obreros para la predicación del Evangelio, para la celebración de la Eucaristía y para el sacramento de la reconciliación. Por eso, que no falten sacerdotes celosos, que sepan acompañar a los jóvenes como «compañeros de viaje» para ayudarles a reconocer, en el camino a veces tortuoso y oscuro de la vida, a Cristo, camino, verdad y vida (cf. Jn 14,6); para proponerles con valentía evangélica la belleza del servicio a Dios, a la comunidad cristiana y a los hermanos. Sacerdotes que muestren la fecundidad de una tarea entusiasmante, que confiere un sentido de plenitud a la propia existencia, por estar fundada sobre la fe en Aquel que nos ha amado en primer lugar (cf. 1Jn 4,19). Igualmente, deseo que los jóvenes, en medio de tantas propuestas superficiales y efímeras, sepan cultivar la atracción hacia los valores, las altas metas, las opciones radicales, para un servicio a los demás siguiendo las huellas de Jesús. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de seguirlo y de recorrer con intrepidez los exigentes senderos de la caridad y del compromiso generoso. Así seréis felices de servir, seréis testigos de aquel gozo que el mundo no puede dar, seréis llamas vivas de un amor infinito y eterno, aprenderéis a «dar razón de vuestra esperanza» (1 P 3,15).


Vaticano, 6 de octubre de 2012

ADVERTENCIAS DEL MAS ALLA A LA IGLESIA CONTEMPORÁNEA.

Parte 24

Por el padre Arnold Renz


EL INFIERNO CON TODO SU HORROR


J: Para nosotros es un gran triunfo que muy pocos sacerdotes hablen todavía del infierno.  El infierno -en todo su horror- habría que pintarlo sobre las paredes. Quiero decir, que aunque se pintase en las paredes, no daría jamás una idea de su horror.  ¡Dónde se ve hoy en día un sacerdote que predica sobre el infierno, la muerte, el purgatorio, o cualquier otra cuestión en ese género!  !Quedan muy pocos! ¡Estos pocos sacerdotes no son suficientes para el ejército, para la masa de las gentes que van por el camino de la perdición.

E: ¡Sigue hablando, Judas Iscariote! ¡Lucifer,no debes molestar a Judas Iscariote, ni impedirle cuando habla! ¡Tiene que hablar y decir lo que la Santísima Virgen le encarga, en nombre de...!

J: Eso es también uno de los principales motivos...

E: ¡Continúa diciendo lo que la Santísima Virgen te encarga decir, Judas Iscariote!

J: ...un gancho al que nos podemos agarrar. Para nosotros es una gran ventaja que ya no se predique sobre el infierno. Debería predicarse sobre el horror del infierno en toda su extensión, y ni siquiera esto sería suficiente. 
Ya lo he dicho: el infierno es mucho mas terrible de lo que se ...piensa comunmente (suspira y llora).

E: ¡Continúa diciendo la verdad, Judas Iscariote, en nombre de...!

CONFIDENCIAS DE JESÚS A UN SACERDOTE, Monseñor Ottavio Michelini.

EL ENEMIGO CON EL QUE HAY QUE ENFRENTARSE


Yo Verbo eterno de Dios, Palabra del Padre, he hablado a los hombres, he anunciado la verdad.

La verdad irradia luz y habla necesidad de luz porque las sombras de la muerte habían bajado sobre la humanidad culpable, envolviéndola y aprisionándola como en una mordaza tremenda y venenosa.

La lucha ha tenido inicio pronto. Es la lucha entre luz y tinieblas entre verdad y mentira, entre vida y muerte. Los primeros padres culpables, corren a ocultarse entre la espesura de la vegetación, tienen miedo, sienten la necesidad de cubrirse, tienen verguenza, advierten los primeros efectos de su culpa.

Pero Yo, Palabra de Dios, Luz del mundo, irradié verdad y luz sobre los progenitores envueltos en tinieblas de muerte, y obtenida su confesión, anuncié la victoria por medio de María: "Has insidiado a la mujer, la mujer te aplastará la cabeza, te arrastrarás sobre la tierra, morderás el polvo y serás maldita entre los animales que pueblan la tierra".

He aquí la guerra en el mundo, he aquí el inicio del duelo sin descanso ni tregua que tendrá su epílogo al final de los tiempos con el Juicio Universal. Aquel será el gran día que consagrará con el sello divino la gran victoria de Mí. Palabra de Dios y Luz del mundo, sobre la mentira.

Vosotros, hijos míos, desde la creación y caída del hombre hasta hoy, no habéis comprendido aún que toda la historia de la humanidad se centra en esta guerra. He dicho toda la historia de la humanidad. Todos los esfuerzos de las tenebrosas potencias del mal consisten concretamente en esto: desviar del espíritu humano la real visión de esta lucha dramática lucha sin tregua entre Mí, Palabra de Dios hecha Carne, y Satanás con sus legiones.

Toda la historia del Misterio de la Salvación se emperna aquí. La historia del  Cuerpo Místico se centra aquí. La historia de la humanidad tiene aquí su razón de ser. Pero ¡que todo esto no sea comprendido por muchos Obispos y por muchos, muchos sacerdotes es paradójico!

He aquí porqué hemos llegado a esta catastrófica situación.  Si los que debieran vigilar no conocen el peligro del que cuidarse ¿a qué cosa se reduce su vigilancia?  Si los que deben combatir no usan las armas adecuadas para vencer están destinados a la derrota.  Así fue al principio. Adan y Eva tenían fuerza y poder en abundancia para vencer la trampa del enemigo, pero eran inexpertos en el modo de defenderse contra el ardid de la mentira, que ellos no conocían.


NO PODÉIS IGNORAR

Mucho más grave es para vosotros que no podéis ignorar, después de siglos y siglos de esta lucha, de qué carácter es el enemigo al que debéis enfrentaros. Adán y Eva buscaron una justificación a su culpa, la achacaron al tentador tratando después de haber pecado, de descargar la culpa sobre el adversario.

Así harán muchos obispos y muchos sacerdotes en su vana tentativa de alejar de ellos la responsabilidad. Han tenido y tienen miedo de tomar su responsabilidad. Motivos de prestigio personal les ha hecho ceder al Enemigo, y esto infinidad de veces; primero el prestigio personal, primero la dignidad…

Hechos globos suspendidos en el aire en nombre del prestigio han venido a menos en sus compromisos que debían tener el primer puesto. Han cedido al respeto humano y a otras mezquindades indignas de un pastor de almas. ¡Han sido los primeros en no usar las armas apropiadas! Humildad, pobreza, sufrimiento, oración… ¿Cómo podrían usarlas los otros?  Dirán que han rezado. Pero la oración debía tener el primer lugar y el mayor tiempo, en realidad ha sido relegada al último puesto.

He invitado a sacerdotes y obispos a una confrontación, háganlo antes de que sea demasiado tarde, una confrontación entre su vida y mi vida en la tierra, entre el camino recorrido por ellos y mi camino.  Ahí podrán ver sin peligro de engañarse, la realidad. Si en verdad tuvieran el valor, debería salir de esta leal comparación todo el pus que tienen dentro.

¿No valen los ejemplos de los grandes obispos?  ¿Y para los sacerdotes el Santo Cura de Ars no dice nada?  Negado y despreciado pasaba horas y horas orando, pero la Gracia divina en él era tal que convertía hasta las piedras.

No debéis vosotros adaptaros a os tiempos, sino que los tiempos deben adaptarse a vosotros. ¡Qué responsabilidad el haber abdicado de la lucha!  Si vosotros sois obispos y sacerdotes, lo sois en virtud de esta lucha. Sin esta lucha no tendrías razón de ser. Y muchos lo ignoran.


Hijo, te bendigo, no temas, mírame y ¡adelante en tu camino hasta el gran encuentro! Entonces las espinas se convertirán en rosas maravillosas desconocidas en la tierra del exilio.

CELEBRACIÓN DE SAN JUAN BOSCO EN EL DISTRITO DE ARRAIJÁN


IGLESIA DON BOSCO DE ARRAIJÁN CONMEMORA EL DÍA DE SAN JUÁN BOSCO

El martes 31 de enero de 2017 el templo Don Bosco del Sector 4, de la Paz de Arraiján, Panamá Oeste,  celebró con dos Eucaristías y una Procesión un homenaje más al padre y maestro de la juventud. 

La Eucaristía se celebró a las 4 de la tarde y fue presidida por el padre Alexander Castillo y posteriormente se hizo el tradicional recorrido por la calles de La Paz, con la imagen del apóstol de los jóvenes acompañado de cientos de devotos salesianos del distrito de Arraiján.

El padre Castillo agregó a la Procesión las imágenes de la Virgen María (Auxiliadora)  y de la Custodia con Jesús Eucaristía, que representan el sueño de Don Bosco llamado "Las Dos Columnas" (30 de Mayo de 1862).

Niños vestidos con sotana negra representaban a San Juan Bosco mientras que las niñas en vestido celeste simbolizaban a la Virgen María.

VIDEO



FOTOS
























Para mayor información sobre las actividades que desarrolla la Iglesia Don Bosco de Arraiján puede seguir la página en Facebook en el siguiente link

https://www.facebook.com/Capilla-San-Juan-BoscoGrupo-Juvenil-JESUS-237345542317/


Fotos y video Narcisa Olayvar


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Juan Bosco, llamado en italiano Giovanni Melchiorre Bosco y más conocido como Don Bosco, nació en Turín. Proviene de una familia humilde. Su madre, Margarita, fue muy dedicada en la educación y preparación de sus hijos, además de ser una madre muy cariñosa.

Juan desde joven sabia cual era su vocación; en las tardes invitaba a las personas a pasar una tarde placentera mientras deleitaba a todos con lecturas de la Sagrada Biblia en el jardín de su hogar. A la edad de 26 años da su primera misa.

Siempre sintió gran afecto por los niños, es por eso que funda los Oratorios de San Francisco de Sales y la Congregación de los Padres Salesianos, llegando a extenderse por Francia, Italia y España. Sentía un gran fervor por María Auxiliadora y decidió propagar su fe.

Se consideraba el educador de los tiempos modernos, se hace periodista, confiesa, escribe libros, definitivamente era un gran maestro. Don Bosco fue tan innovador que su plan educacional decía: “educar jugando y aprender gozando”. San Juan es el patrono de magos e ilusionistas, escuelas de artesanos y jóvenes.

Fallece en santa paz un 31 de enero del año 1888.

Fundó la Congregación Salesiana, la Asociación de María Auxiliadora (ADMA), la Asociación de Salesianos Cooperadores, el Boletín Salesiano, el Oratorio Salesiano y el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora.

El 2 de junio de 1929 (39 años después), Don Bosco fue proclamado beato y el 1 de abril de 1934 (44 años después) fue canonizado por el papa Pío XI.

Oración

Oh Padre y maestro de la juventud, San Juan Bosco, que tanto trabajasteis por la salvación de las almas, sed nuestra guía en buscar el bien de la nuestra y la salvación del prójimo, ayudadnos a vencer las pasiones y el respeto humano, enséñanos a amar a Jesús Sacramentado, a María Santísima Auxiliadora y al Papa, y obtenednos de Dios una santa muerte, para que podamos un día hallarnos juntos en el Cielo. Así sea.


¿SABÍAS QUE SAN JUAN PABLO II PIDIÓ RETOMAR LA ORACIÓN A SAN MIGUEL ARCÁNGEL?


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Y tiene que ver con los ataques contra la vida humana que hoy se presentan ante la mujer

La Oración al Arcángel Miguel fue compuesta por el Papa León XIII, después de que él tuvo una visión de la batalla entre la “mujer vestida de sol” y el gran dragón que intentó devorar a su hijo al nacer, indicada en el libro de Apocalipsis, capítulo 12

En 1886, el Papa decretó que esta oración fuese recitada al final de la Santa Misa por toda la Iglesia universal

Esta práctica de invocación a San Miguel Arcángel se celebró hasta que ocurrió el Concilio Vaticano II, cuyo mandato de recitar esta oración al finalizar la misa fue revocado, aunque igual los fieles podían continuar con esta devoción pero de manera privada
San Juan Pablo II y la oración a San Miguel Arcángel

En 1994, durante el Año Internacional de la Familia, el Papa San Juan Pablo II pidió a todos los católicos que rezaran esta oración diariamente. Él advirtió que el destino de la humanidad estaba en grave peligro

A pesar de que San Juan Pablo II no ordenó que la oración fuese pronunciada después de la Santa Misa, exhortó a todos los católicos a rezarla juntos para superar las fuerzas de la oscuridad y el mal en el mundo.

La Mujer vestida de Sol

En su mensaje durante la oración del Ángelus, dado en la Plaza de San Pedro, el domingo 24 de abril de 1994, poco antes de la Conferencia de las Naciones Unidas en El Cairo, San Juan Pablo II habló de “la mujer vestida de sol”, de la que se hacía mención en la visión apocalíptica de San Juan, con el dragón a punto de devorar a su hijo recién nacido (Ap. 12,1-4)

El Santo Padre dijo en aquel entonces que en nuestro tiempo “todas las amenazas acumuladas a la vida” son colocadas ante la Mujer, y nosotros debemos dirigirnos a la “Mujer vestida de sol” para superar todas estas trampas”.

Este mensaje animó al pueblo católico para que nuevamente invocaran a San Miguel Arcángel a través de la oración que el Papa León XIII había compuesto.

“Que la oración nos fortalezca para la batalla espiritual de la que se nos dice en la Carta a los Efesios: Fortalézcanse en el Señor con la fuerza de su poder. Revístanse con la armadura de Dios, para que puedan resistir las insidias del demonio”. (Efesios 6,10-11)

“Esta es la misma batalla a la que El Libro de la Revelaciones [Apocalipsis] hace mención, recordando ante nuestros ojos la imagen de San Miguel Arcángel (cf. Apocalipsis 12,7)”.

“El Papa León XIII sin duda tenía una visión muy vívida de esta escena cuando, al final del siglo pasado, introdujo una oración especial a San Miguel Árcangel en toda la Iglesia. Incluso si esta oración ya no se recita al final de cada misa, nosotros podemos recordar este llamado a la lucha espiritual y recitarla para obtener ayuda en la batalla contra las fuerzas de la oscuridad y en contra del enemigo malo”.


Oración a San Miguel Arcángel

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y las asechanzas del demonio. Reprímale Dios pedimos suplicantes; y tú, Príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno con tu divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén


FUENTE: es.aleteia.org/

EL ORIGEN DEL SACERDOCIO CRISTIANO

Por: Francisco Varo

Nadie es sacerdote a título propio sino que participa del sacerdocio de Cristo


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Entrevista, que se hizo con motivo del año sacerdotal convocado por Benedicto XVI, al profesor Francisco Varo, Doctor en Filología Bíblica por la Universidad Pontificia de Salamanca, en Teología por la Universidad de Navarra y experto en Sagrada Escritura, para preguntarle acerca del origen del sacerdocio cristiano.


¿CÓMO SE EXPLICA QUE JESÚS NUNCA SE REFIRIERA A SÍ MISMO COMO “SACERDOTE”?

El sacerdote es, ante todo, un mediador entre Dios y los hombres. Alguien que hace presente a Dios entre las personas, y a la vez, alguien que presenta ante Dios las necesidades de todos e intercede por ellos. Jesús, que es Dios y hombre verdadero, es el más auténtico sacerdote.

Sin embargo, conociendo los derroteros que había tomado el sacerdocio israelita en su época, limitado a la realización de unas ceremonias en las que se sacrificaban unos animales en el Templo, pero con el corazón más atento de ordinario a las intrigas políticas y al afán de poder personal, no sorprende que Jesús nunca se presentara como sacerdote.

El suyo no era un sacerdocio como el que se veía en los sacerdotes del Templo de Jerusalén. Además, a sus contemporáneos parecía evidente que no lo era, ya que según la Ley el sacerdocio estaba reservado a los miembros de la tribu de Leví y Jesús era de la tribu de Judá.

Su figura era mucho más próxima a la de los antiguos profetas, que predicaban la fidelidad a Dios (y en algunos casos como Elías y Eliseo realizaron milagros), o sobre todo, de la figura de los maestros itinerantes que iban por ciudades y aldeas rodeados con un grupo de discípulos a los que enseñaban y a cuyas sesiones de instrucción permitían acercarse a la gente. De hecho, los Evangelios reflejan que cuando la gente hablaba a Jesús se dirigían a él llamándolo “Rabbí” o “Maestro”.


PERO JESÚS, ¿REALIZÓ TAREAS PROPIAMENTE SACERDOTALES?

Desde luego. Es propio del sacerdote acercar Dios a la gente, y a la vez ofrecer sacrificios a favor de los hombres. La cercanía de Jesús a la humanidad necesitada de salvación y su intercesión para que pudiésemos alcanzar la misericordia de Dios culmina en el sacrificio de la Cruz.

Precisamente ahí surge un nuevo choque con la práctica del sacerdocio propia de aquel momento. La crucifixión no podía ser considerada por aquellos hombres como una ofrenda sacerdotal, sino todo lo contrario. Lo esencial del sacrificio no eran los sufrimientos de la víctima, ni su propia muerte, sino la realización de un rito en las condiciones establecidas, en el Templo de Jerusalén.

La muerte de Jesús se presentaba ante sus ojos de un modo muy distinto: como la ejecución de un condenado a muerte, realizada fuera de los muros de Jerusalén, y que en vez de atraer la benevolencia divina se consideraba –sacando de contexto un texto del Deuteronomio (Dt 21,23)- que era objeto de maldición.


¿SE EMPEZÓ A HABLAR DE “SACERDOTES” YA DESDE LOS COMIENZOS DE LA IGLESIA?

En los momentos que siguieron a la Resurrección y Ascensión de Jesús a los cielos, tras la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, los Apóstoles comenzaron a predicar, y con el paso del tiempo fueron asociando colaboradores a su tarea. Pero si el mismo Jesucristo no se había designado nunca como sacerdote, era lógico que tal denominación ni se les ocurriera utilizarla a sus discípulos para hablar de sí mismos en esos primeros momentos.

De hecho, las tareas que realizaban tenían poco que ver con las que los sacerdotes judíos desempeñaban en el Templo. Por eso utilizaron otros nombres que designaran más descriptivamente sus funciones en las primeras comunidades cristianas: apóstolos que significa “enviado”, epíscopos que significa “inspector”, presbýteros “anciano” o diákonos “servidor, ayudante”, entre otros.

No obstante, al reflexionar y explicar las tareas de esos “ministros” que son los Apóstoles o que ellos mismos fueron instituyendo, se percibe que se trata de funciones realmente sacerdotales, aunque tienen un sentido diverso de lo que había sido característico del sacerdocio israelita.


¿CUÁL ES ESE “SENTIDO NUEVO” DEL SACERDOCIO CRISTIANO?

Ese “sentido nuevo” se puede apreciar ya, por ejemplo, cuando San Pablo habla de sus propias tareas al servicio de la Iglesia. En sus cartas, para describir su ministerio emplea un vocabulario que es claramente sacerdotal, pero que no se refiere a un sacerdocio con personalidad propia, sino a una participación del Sumo Sacerdocio de Cristo Jesús.

En este sentido, San Pablo no pretende asemejarse a los sacerdotes de la Antigua Alianza, pues su tarea no consiste en quemar sobre el fuego del altar el cadáver de un animal para sustraerlo —“santificándolo” en su sentido ritual— de este mundo, sino en “santificar” —en otro sentido, ayudándoles a alcanzar la “perfección” al introducirlos en el ámbito de Dios— a unos hombres vivos con el fuego del Espíritu Santo, prendido en sus corazones mediante la predicación del Evangelio.

Del mismo modo, cuando escribe a los Corintios, San Pablo hace notar que ha perdonado los pecados no en su nombre, sino in persona Christi (cf. 2 Co 2,10). No se trata de una simple representación ni de una actuación “en lugar de” Jesús, pues el mismo Cristo es quien actúa con sus ministros y mediante ellos.

Se puede afirmar, por tanto, que en la primtiva Iglesia hay ministros cuyo ministerio tiene un carácter verdaderamente sacerdotal, que desempeñan diversas tareas al servicio de las comunidades cristianas, pero con un elemento común decisivo: ninguno de ellos son "sacerdotes" a título propio -ni por tanto gozan de autonomía para desempeñar un "sacerdocio" a su aire, con su sello personal-, sino que participan del sacerdocio de Cristo.


FUENTE; www.es.catholic.net/


EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís