FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

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DE LA AUTORA - PARA LOS QUE BUSCAMOS LA SANTIDAD


En relación con la noticia del sacerdote asesinado en Vietnam mientras confesaba.

Asesinan a puñaladas a joven sacerdote mientras impartía la Confesión


El sacerdote Dominico Joseph Tran Ngoc Thanh fue asesinado a puñaladas el sábado 29 de enero mientras impartía la Confesión en una iglesia en la ciudad de Dak Mot, ubicada en el municipio Vietnamita de Kontum.

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A medida que se acerca la venida del Señor, la persecución contra los cristianos católicos será peor porque Satanás sabe que se le termina el tiempo y está furioso. Con la triste y dolorosa noticia de la muerte del sacerdote dominico Joseph Tran Ngoc Thanh en Vietnam el 29 de enero de 2022 se nos confirma una vez más esta verdad. -- Qué el Señor lo tenga en la gloria pues estaba actuando In Persona Christi en el sacramento de la confesión. --

Su muerte sirva de ejemplo a todos los sacerdotes que, ignorando los pedidos de la Iglesia de confesar en el confesionario, mueble abierto en medio de la Iglesia, insisten en confesar en la Sacristía a puertas cerradas alegando que los fieles quieren es privacidad, pero los pedidos y ordenes de la iglesia son para cumplirlos de lo contrario estamos en desobediencia.

Ignoro el lugar de la Iglesia donde nuestro querido sacerdote Joseph estaba confesando, pero sí sé que la Sacristía, aunque no es un lugar sagrado en el sentido canónico porque no es bendecida ni consagrada junto con la Iglesia NO es el confesionario, además si se confiesa a puertas cerradas aquí es más peligroso para atentados como este a cualquier sacerdote.

La sacristía si no es un lugar sagrado es casi sagrado pues es solo para guardar todo lo relacionado con los Vasos Sagrados que se utilizarán en el Santo Sacrificio, vestidos y ornamentos litúrgicos y para las oraciones del sacerdote. Hay testimonios de almas en el purgatorio, de monaguillos, sacerdotes, monjas, que están allí por las irreverencias o por tratar las cosas Sagradas o todo lo relacionado con la segregación de la Santa Misa en forma vana o como si fueran cosas naturales.

El padre Pío cuenta casualmente una de estas anécdotas de un monje servidor del altar. Por lo menos por  respeto a los ángeles, debemos tratar todo lo del Señor con reverencia y con sentido eterno. Cada cosa en la Iglesia tiene un ángel custodiándolo. Si los sacerdotes insisten en confesar aquí, deben hacerlo con la puerta abierta o con una puerta de vidrio que se vea a través siguiendo los consejos y ejemplos que casualmente hace Don Bosco en el libro “Castidad” (P. Eliecer Salesman).

Nuestro Señor se queja mucho de los horrendos pecados ocultos que se cometen contra Él en estos Santos lugares y que han provocado a muchos sacerdotes abandonar el sacerdocio. En diversas ocasiones los mismos demonios han declarado en exorcismos que la eliminación de los confesionarios, de los reclinatorios, de sonar las campanas de la Iglesia, etc. ha sido su logro, ha sido por un querer del infierno (Advertencias del Más Allá a la Iglesia Contemporánea).

Por siglos los sacerdotes confesaron o utilizaron el confesionario (Santo Cura de Ars, padre Pío de Pietrelcina, Don Bosco, …), ¿Porqué no seguir sus ejemplos? Además no usando el confesionario, sino la sacristía a puertas cerradas significa que tenemos más respeto humano que temor a Dios. 

Las personas tibias y quizá alejadas de Dios pensarán que esta meditación es exagerada, muy radical, anacrónica, algo del pasado pero si solo los santos entran al cielo, ¿entonces cómo estamos viviendo el día de hoy que es el único que tenemos? Escalando peldaños hacia el cielo o bajando peldaños al abismo?

Blog Sacerdote Eterno 


ORACIÓN PARA QUE NUESTRO SACERDOTES SEAN VERDADEROS SANTOS



Cada año, durante el Jueves Santo, comienzo del Triduo Pascual, todos los Católicos recordamos la extrema importancia de lo que significa el sacerdocio en la Iglesia Católica.

En esta celebración, revivimos la Última Cena, donde Jesús instituyó la Sagrada Eucaristía y dio a los apóstoles un nuevo mandato: “Hagan esto en memoria mía”.

Además, este es el día (por tradición) cuando el Obispo local celebra la Misa Crismal, donde bendice los santos óleos que se utilizan en los diferentes sacramentos de la Iglesia.

Durante esta misma Misa, todos los sacerdotes de la Diócesis son invitados a la Catedral para renovar sus votos sacerdotales. Este es otro gran signo de la belleza y el poder del sacerdocio y nos recuerda una vez más acerca de la dependencia que tenemos de nuestros sacerdotes, ya que sin nuestros sacerdotes no tendríamos Eucaristía y sin Eucaristía no tendríamos sacerdotes. No tendríamos la Presencia Real de Jesús Cristo en nuestros templos y no existiría el Santo Sacrificio de la Misa.
Por qué necesitamos Sacerdotes Santos

No solamente necesitamos sacerdotes para sobrevivir espiritualmente en este mundo, sino que también necesitamos que sean SANTOS. Necesitamos que sean verdaderos pastores, dispuestos a entregar su vida por las ovejas.

Existe un texto de Dom Jean Baptiste Chautard, resumido en 5 puntos, que encuadra perfectamente el por qué necesitamos sacerdotes que vivan una vida de santidad:
  • Si el sacerdote es santo, la gente será devota
  • Pero si el sacerdote solo es devoto, la gente será piadosa
  • Y si el sacerdote solo es piadoso, la gente será, por lo menos, decente
  • Pero si el sacerdote solamente es decente, la gente no encontrará a Dios
  • La generación espiritual que le sigue al sacerdote es siempre un grado menos intenso en la vida de los feligreses que la que el sacerdote recibe de Cristo.

Necesitamos sacerdotes que sean firme ejemplo para nosotros, de manera que conozcamos a través de ellos el modo de vivir la vida de Cristo.

Ellos son nuestros padres espirituales y constantemente los miramos. Frecuentemente se dice que la visión que los feligreses tienen de Dios, se basa en la forma en que el pastor predica y vive el Evangelio.

Bueno, ya está dicho, necesitamos sacerdotes santos.


Cómo orar por los Sacerdotes

Aunque los sacerdotes que necesitamos deben ser santos, gran parte de esa responsabilidad recae sobre nuestros hombros. Los Sacerdotes, Obispos, y el mismo Papa, necesitan nuestras oraciones todos los días.

Sin estas oraciones, ellos son más propensos a caer en las tentaciones. Por esto debemos orar por ellos sin cesar, aquí hay tres maneras:


1.- Ofrecer el Viacrucis por los Sacerdotes

Ellos llevan una gran carga tratando de imitar a Cristo. Seamos como Simón de Cirene y ayudemos a nuestro “alter cristus” a cargar la cruz.


2.- Sábados de oración por los Sacerdotes.

El sábado es un día dedicado a la Virgen, y también a todos los sacerdotes. Ofrezcamos nuestras oraciones y sacrificios por ellos durante todo el día. Esta es una oración que puede ayudarnos:


"Divino Salvador Jesucristo, que has confiado toda la obra de tu redención, el bienestar y la salvación del mundo al sacerdote como representante tuyo, te ofrezco a través de las manos de tu Santísima Madre, todas las oraciones, obras, sacrificios, alegrías y penas de este día por la santificación de los sacerdotes.

Danos Sacerdotes verdaderamente Santos que busquen tu mayor gloria y la salvación de nuestras almas.

Bendice sus palabras y oraciones en el altar, en el confesionario, en el púlpito, en su trabajo con los jóvenes, enfermos, ancianos y todo aquel que busque tu auxilio a través de él.

¿No eres tú, oh María, Madre del Sumo Sacerdote, que protege a todos los sacerdotes de los peligros que atentan contra su vocación?.

Obtenme un verdadero espíritu de fe y humilde obediencia para que pueda encontrar en el sacerdote al representante de Dios y voluntariamente seguirlo en el camino, la verdad y la vida de Cristo.

Amén".


3.- Orar por los Sacerdotes durante cada Misa.

Cada vez que asistimos a la Misa, tenemos un excelente momento para orar por ese cura y pedirle a Dios que lo bendiga y lo haga santo. Esta es otra oración que nos puede servir (se puede orar al recibir la Sagrada Comunión)

"Oh Señor, encuentra refugio y suave descanso dentro del corazón de tu amado sacerdote:

- Nombra a tu querido sacerdote -

Haz de él, oh Señor, un cura conforme a tu corazón: manso, humilde, celoso, de modo que todo lo que haga, tenga tu honra y gloria.

Moldéalo como un hombre de oración y trabajo, insensible a las cosas terrenas, y sensible únicamente a tu amor y a las gracias del Espíritu Santo. 

Amén".

Oremos por nuestros sacerdotes y pidamos a Dios que les conceda abundantes gracias. Que puedan seguir el ejemplo humilde de San Juan Vianney, patrono de todos los sacerdotes.

Tal y como le dijo el diablo al Santo Cura de Ars:

“Si hubiera tres sacerdotes como tú, mi reino sería arruinado”


TESTIGO VIVIENTE DEL AMOR SACERDOTAL


Madre Adela Galindo, SCTJM Fundadora

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Les daré pastores según mi corazón, que los apacentarán con ciencia y prudencia. (Jeremías 3, 15) “Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí, y doy mi vida por las ovejas. Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo”. (Juan 10, 14-15, 18)


SAN JUAN PABLO II: HIZO DE SU SACERDOCIO, UN DON DE AMOR Y RESPONSABILIDAD

Mi pequeña y sencilla mirada hacia su corazón sacerdotal San Juan Pablo II optó con gran amor y determinación vivir siempre, en todo momento y en toda circunstancia, la dignidad de su identidad sacerdotal. Desde su ordenación, y a través de los distintos servicios que prestó a la Iglesia, ancló su vida en el misterio profundo que toca la existencia de todo sacerdote: ser imagen viviente del Corazón Eucarístico, Sacerdotal y Traspasado de Cristo.

Su más elevada opción: entregarse por completo al don recibido… todo su “yo” humano y masculino, todas sus cualidades, toda su riqueza humana y espiritual, al servicio no de sí mismo, sino del don del sacerdocio… don que consideró siempre un precioso misterio que había sido depositado en su corazón... Y su vida, injertada en el misterio, recibiéndolo y cuidándolo, germinándolo…dio mucho fruto.

San Juan Pablo II fundamentó su vida sacerdotal en el amor oblativo a Cristo y al amor fiel a la Iglesia. En ese amor que transforma al sacerdote en canal potentísimo del amor 

Esta página es obra de las Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María misericordioso y generoso de Cristo para la humanidad. Darse sin reservas, sin condiciones, sin medida… sin límites, y servir hasta dar la vida, gastarla por el Reino, fue su trayectoria de vida. Esta formación para la abnegación sacerdotal la recibe primero en su propio hogar. Podríamos afirmar con humildad, que el corazón sacerdotal de San Juan Pablo II fue formado en la Escuela del Corazón Materno de la Virgen, en la Escuela de la Cruz y en la Escuela de la Iglesia Sufriente, la de Polonia. Cuantos sacerdotes mártires iluminaron el camino de Karol Wojtyla… cuantos muriendo con la cruz en sus manos… cuantos besando sus estolas… Juan Pablo II, aprendió a ser sacerdote según el Corazón de Cristo, en la Escuela de la Virgen y de la Cruz, y en la Escuela de la Iglesia sufriente y mártir. San Juan Pablo II, vivió su sacerdocio haciendo suyas en primera persona las palabras de la Consagración: “Este es mi cuerpo… esta es mi sangre”.

En la última carta que dirigió a los sacerdotes para el Jueves Santo de 2005, pocos días antes de morir, decía:

“La auto-donación de Cristo, que tiene sus orígenes en la vida trinitaria del Dios-Amor, alcanza su expresión más alta en el sacrificio de la Cruz, anticipado sacramentalmente en la Última Cena. No se pueden repetir las palabras de la consagración sin sentirse implicados en este movimiento espiritual. En cierto sentido, el sacerdote debe aprender a decir también de sí mismo, con verdad y generosidad, «tomad y comed». En efecto, su vida tiene sentido si sabe hacerse don, poniéndose a disposición de la comunidad y al servicio de todos los necesitados”.

San Juan Pablo II, amó su sacerdocio y a los sacerdotes. A los santos sacerdotes, a los sacerdotes dedicados y responsables y también a quienes vivían en medio de la tentación, entre quienes lloraban sus debilidades y pecados, incluso amó a los sacerdotes que habían dejado el ejercicio sacerdotal, a quienes trataba de recordarles el carácter indeleble de su ordenación. Que hermosa expresión de amor al sacerdocio en la homilía dirigida durante la misa del Jubileo de los sacerdotes (18 de mayo de 2000, día de su cumpleaños):

“¡Os abrazo con gran cariño, queridos sacerdotes del mundo entero! Es un abrazo que no tiene fronteras y que se extiende a los presbíteros de cada Iglesia particular, hasta llegar de manera especial a vosotros, queridos sacerdotes enfermos, solos, probados por las dificultades y la persecución.”

San Juan Pablo II, sacerdote con la cruz sobre sus hombros, caminó con la cruz a cuesta la larga senda de la historia del siglo XX. Conoció de forma personal, familiar, sacerdotal, pastoral, eclesial y mundial, la hora de la cruz, del dolor, de la agonía.

Cuando la palabra no podía pasar del corazón a los labios en su último domingo de Pascua aquí en la tierra, cuando se despidió con una lágrima, bendiciendo al mundo con un silente pero elocuente gesto paterno. Cuando supo hacer de su lecho un altar y de su agonía una ofrenda… Cuando viendo a la ventana que por 27 años escuchó un constante eco: “JUAN PABLO II, TE QUIERE TODO EL MUNDO” y otra lágrima se deslizó en su mejilla... Cuando Dios le concedió la gracia de terminar su peregrinación aquí en la tierra pronunciando su último “Amén” y así muriendo tal como había vivido…. Cuando nos daba su último testimonio sacerdotal, proclamaba ardientemente lo que asumió con amor y responsabilidad el día de su ordenación: ser otro Cristo, amando y haciendo en todo la voluntad del Padre y entregando generosamente su vida por la Iglesia y la humanidad.

Esta página es obra de las Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María
Así, San Juan Pablo II murió como vivió siempre su sacerdocio: amando hasta el extremo.



DE SU LIBRO "DON Y MISTERIO"
PRESERVADO PARA GENEROSAMENTE DONARSE

“Fui preservado mucho del inmenso y terrible drama de la segunda guerra mundial. A veces me preguntaba: si tantos coetáneos pierden la vida, ¿por qué yo no? Hoy sé que no fue una casualidad. En el contexto del gran mal de la guerra, en mi vida personal todo tendía hacia el bien que era la vocación”.


SACERDOCIO MARCADO POR EL SACRIFICIO DE MUCHOS EN EL ALTAR DE LA HISTORIA

“mi sacerdocio, ya desde su nacimiento, ha estado inscrito en el gran sacrificio de tantos hombres y mujeres de mi generación. La Providencia me ha ahorrado las experiencias más penosas; por eso es aún más grande mi sentimiento de deuda hacia las personas conocidas, así como también hacia aquellas más numerosas que desconozco, sin diferencia de nación o de lengua, que con su sacrificio sobre el gran altar de la historia han contribuido a la realización de mi vocación sacerdotal. De algún modo me han introducido en este camino, mostrándome en la dimensión del sacrificio la verdad más profunda y esencial del sacerdocio de Cristo”.

"Gracias, gracias, pequeña Jacinta, porque por todos tus sufrimientos ofrecidos por ese Papa que tendría la sotana manchada de sangre, me has salvado la vida".

(13 de mayo, 2000, Homilía de Beatificación de Jacinta y Francisco Marto)

Esta página es obra de las Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María


SACERDOTE PARA SIEMPRE

“Mi ordenación tuvo lugar en un día insólito para este tipo de celebraciones: fue el 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos. Extendido en forma de Cruz en el suelo, esperaba el momento de la imposición de las manos. ¡Un momento emocionante. Hay algo de impresionante en la postración de los ordenandos: es el símbolo de su total sumisión ante la majestad de Dios y a la vez de su total disponibilidad a la acción del Espíritu Santo, que desciende sobre ellos como artífice de su consagración”. (pg. 43)


SOBRE EL SUELO

“Quien se dispone a recibir la sagrada Ordenación se postra totalmente y apoya la frente sobre el suelo del templo, manifestando así su completa disponibilidad para asumir el ministerio que le es confiado. Este rito ha marcado profundamente mi existencia sacerdotal. Años más tarde, en la Basílica de San Pedro -estábamos al principio del Concilio- recordando el momento de la Ordenación sacerdotal, escribí una poesía de la cual quiero citar aquí un fragmento:

"Eres tú, Pedro. Quieres ser aquí el Suelo sobre el que caminan los otros... para llegar allá donde guías sus pasos...Quieres ser Aquél que sostiene los pasos, como la roca sostiene el caminar ruidoso de un rebaño: Roca es también el suelo de un templo gigantesco. Y el pasto es la Cruz'' (pg. 45)


FUENTE: corazones.org


¿QUIÉN ES UN SACERDOTE?


7 caracteristicas de un hombre de Dios según San Alberto Hurtado


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San Alberto Hurtado, un sacerdote chileno, fue un hombre de convicciones, firme en la fe y en su vocación. Su historia de vida no está exenta de luchas y sacrificios por alcanzar la santidad en una sociedad corrompida por el dinero y el éxito profesional. Era un hombre de oración. Siempre se acercaba a Jesús sacramentado para contarle sus penas y alegrías. Así fue como, poco a poco, se fue dejando permear por el amor de Cristo hasta el punto de entregarle su vida en el rostro de los más pobres. Antes de morir, en su última predicación, nos dejó un hermoso texto en el cual encontramos algunas características del sacerdote escritas por él mismo.Aquí les dejo de manera breve las palabras de este gran santo, dirigidas sobre todo para quienes buscan hacer la voluntad de Dios a través de la vocación a la vida consagrada.



El sacerdote…

1. «¡No es un ángel!»

Eso está más que claro. A veces vivimos en la cultura de la exigencia. Queremos que todo sea perfecto en las personas. Pero, ¡todos tenemos flaquezas! Exigimos del sacerdote alegría 100%, disponibilidad 24/7, entrega total, etc. El sacerdote es una persona como nosotros, que siente pena y alegría, que se cansa, que lucha por combatir sus imperfecciones. No es un ángel. También trabaja en mejorar sus defectos, en cambiar las cosas negativas que hay en él, en crecer humana y espiritualmente. Es bueno esperar mucho de un sacerdote, pero debemos saber que también es un hombre. Respetarlo como es, aceptarlo con sus dones e imperfecciones. Ayudarlo, colaborar con él. Dice San Alberto Hurtado que «… es un mediador entre Dios y el pueblo en lo que concierne a las realidades divinas». Fácil sería que fuese un santo, listo para irse al cielo, pero no es así, tiene imperfecciones como tú y yo. Lo bueno es que trabaja arduamente por mejorar y superarse, sabe que este es el camino hacia la perfección.


«(… ) otras tantas veces me ha dicho: “Te basta mi gracia, ya que la fuerza se pone de manifiesto en la debilidad”. “Y me complazco en soportar por Cristo debilidades, injurias, necesidades, persecuciones y angustias, porque cuando me siento débil, entonces es cuando soy fuerte”» (2 Corintios 12, 9-10).


2. «Experimenta hambre, frío, peso de la edad…»
Es una dura realidad, aunque muchos no lo crean. El prejuicio general es que al sacerdote no le falta nada, vive como rey, pero los que tenemos contacto con muchos sacerdotes sabemos que la realidad dice algo diferente. Son muchos los sacerdotes que pasan hambre y frío en el mundo. A muchos les falta el pan, el agua, o las condiciones básicas de higiene. Piensen en los lugares inhóspitos donde la Iglesia llega: África, India, Camboya, zonas apartadas de Brasil, Bolivia, Egipto, Siria, Indonesia, etc. Siempre pensamos en países occidentalizados, pero. ¿dónde están aquellos que viven en zonas apartadas y en constante conflicto? Ellos dan su vida a causa del Evangelio y muy pocos lo valoran. Al llegar la vejez siguen en su ministerio, fieles a la llamada de Dios. Sacerdotes viejitos caminan aún por las calles dejando el buen olor de Cristo. A veces viven solos, sin nadie más que la casa parroquial. Y, ¿se quejan? ¡Jamás! Valoremos como católicos al sacerdote recordando a nuestros hermanos que viven en malas condiciones de vida y siguen luchando por construir el Reino de Dios en la tierra.


«Hijo, si te acercas a servir al Señor, prepárate para la prueba; orienta bien tu corazón, mantente firme, y en tiempo de adversidad no te inquietes. únete a Él y no te aleje… acepta lo que te venga, y sé paciente en dolores y humillaciones… Confía en Él pues vendrá en tu ayuda…» (Eclesiástico 2, 1-4.6).


3. «Carga pasiones, y la del pecado»

Ya hablamos que el sacerdote también es humano y tiene imperfecciones, y por supuesto carga con ellas. Pero no es una carga agobiante porque tiene presente las palabras de Jesús: «mi yugo es suave y mi carga ligera». Todos cargamos nuestra propia cruz. Una cruz de infidelidades y pecados. A veces podemos encontrar a sacerdotes que son propensos a la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula o la pereza. Son conscientes de su debilidad y trabajan en ello. Pero no pensemos que es algo agobiante, Dios cuando llama da la gracia para vivir conforme a la vocación que hemos recibido de él mismo. El sacerdote es feliz en su vocación, pero esto no quita que también peque. Es el primero que confía en la efectividad del sacramento que Cristo mismo imparte a través de él: la confesión. Sí, se confiesa también. Acude como un buen católico a otro sacerdote para confesarse y pedir la gracia de Dios, la reconciliación con el Padre. Así pues, el sacerdote predica y practica.


«Ahora, en cambio, liberados del pecado y convertidos en siervos de Dios, tienen como fruto la plena consagración a él y como resultado final la vida eterna. En efecto, el pago del pecado es la muerte, mientras que Dios nos ofrece como don la vida eterna por medio de Cristo Jesús, nuestro Señor» (Romanos 6, 22-23).


4. «Su santidad, si se puede hablar de ella, es en marcha: un esfuerzo, un combate»

Todos buscamos la santidad de vida. El sacerdote también. Para ellos la santidad es el camino que abre las puertas a la comunión con los demás. Si uno ve a un sacerdote santo, le dan ganas de ser santo también. Es una cadena, un santo engendra a otro santo, porque el ejemplo arrastra. Aquella santidad sacerdotal está en marcha, como bien dice San Alberto, o sea que es una lucha constante. El combate espiritual es para todos parejo, no en igual medida ciertamente, pero para todos es una lucha. Día a día. Es un combate que requiere esfuerzo personal. Darlo todo en la cancha, como se dice. Abrir el corazón y decirle al Señor: «Éste soy yo, Señor. Tú me conoces bien, sabes qué hay aquí dentro, te pido me ayudes a dejarme iluminar por tí, a enfocarme más en el amor que tú me tienes desde la eternidad». Si el sacerdote lucha y anima al Pueblo de Dios a luchar contra sus pasiones, contra el mal, es porque tiene claro las palabras del Salmo 50, 19: «Dios quiere el sacrificio de un espíritu contrito, un corazón contrito y humillado, Tú Señor, no lo desprecias».


«Nuestra lucha no es contra adversarios de carne y hueso… sino contra los que dominan este mundo de tinieblas… Por eso deben empuñar las armas que Dios les ofrece, para que puedan resistir en los momentos adversos y superar todas las dificultades sin ceder terreno» (Efesios 6, 12-13).


5. «Viene de Dios, pero sacado de entre nosotros»

Antes de ser sacerdote era un hombre común y corriente que vivía entre nosotros, estudiaba con nosotros, trabajaba con nosotros. Jugábamos con ellos, les conocimos de niños. Pero un buen día Dios los llamó a dejarlo todo, a cargar su cruz y a seguirlo a dónde Él fuera. El sacerdote tiene una historia de vida, tiene familia, sueños, sentimientos, etc. Es como nosotros, también sufre y se alegra. Dios le ha sacado de entre nosotros para invitarle a entregarse a Él y a los demás con un amor universal. Quizá ya no en su propia ciudad, en otros casos bastante lejos de su país, pero el sacerdote no olvida su origen, no debe olvidarlo. También extraña a su familia, sufre cuando ellos sufren; pero en todo esto sabe que allí está el Señor que le ha llamado y ha prometido darle el ciento por uno, cuidando de su familia, otorgándole día a día la fuerza necesaria para perseverar en el camino sacerdotal.


«Todo sacerdote, en efecto, es tomado de entre los hombres y puesto al servicio de Dios en favor de los hombres… Está en grado de ser comprensivo con los ignorantes y los extraviados, ya que él también está lleno de flaquezas…» (Hebreos 5, 1-2).


6. «Cuando él ora, oramos con él»

Todos los domingos en la “Oración Universal”, «el pueblo, ejercitando su oficio sacerdotal, ruega por todos los hombres» (Ordenación Gral. del Misal Romano 45). El carácter intercesor está muy arraigado en el corazón de la Iglesia y sobre todo en el corazón sacerdotal. Podemos decir, con certeza, que cuando el sacerdote ora, todos oramos con él. Piensen cuántas misas a diario se celebran en el mundo, y en todas ellas está presente la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo. ¡Y todos los bautizados formamos parte de este Cuerpo! Que no nos quepa la menor duda de que todos los sacerdotes del mundo a diario nos encomiendan en la Santa Misa, pidiendo por la conversión de los pecadores y la salvación del mundo entero.


«Te ruego ante todo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas, acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y todos los que tienen autoridad, para que podamos gozar de una vida tranquila y apacible, plenamente religiosa y digna. Esto es bueno y grato a los ojos de Dios… que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Timoteo 2, 14).


7. «No es un superhombre»
No es un superhéroe ni un superhombre, pero ¡vaya que ayuda! Nos trae todos los días a Jesús en la Eucaristía, ¡lo tiene en sus manos! Además, acerca a muchos al Evangelio y al camino recto, sale en busca de la oveja perdida y la trae de vuelta al rebaño, perdona los pecados en nombre de Dios, lleva luz donde hay oscuridad, ayuda a que la semilla de la fe crezca en nuestros corazones, nos guía, nos ama, nos corrige e instruye. El sacerdote no será un superhombre, pero es un auténtico hermano, un buen amigo, un gran padre y un fiel hijo de la Iglesia. Nunca olvidemos pedirle al Señor por nuestros hermanos sacerdotes de todo el mundo para que les ilumine el camino, les de perseverancia y un corazón sacerdotal auténtico, en fin, que les haga instrumentos de su amor y misericordia en medio del mundo de hoy.


«No me eligieron ustedes a mí; fui yo quien los elegí a ustedes. Y los he destinado para que vayan y den fruto abundante y duradero… como no pertenecen al mundo, porque yo los elegí y los saqué de él, por eso el mundo los odia. Recuerden que dije: “Ningún siervo es superior a su señor”»(Juan 15, 16.19-20).


Podemos concluir con las mismas palabras de San Alberto Hurtado:


«Los cristianos sabemos que hay un solo sacerdote (Cristo) en quien reside la plenitud del sacerdocio. Pero Él sabe que nosotros necesitamos signos palpables y ¿qué signos más palpables que las personas humanas?. Y por eso, Él que se dejó ver y tocar por los habitantes de Palestina, ha querido continuarse en todos los puntos del espacio y del tiempo por sacerdotes, hombres sujetos a un hombre; a quienes los cristianos miren como los ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios».


La frases han sido sacadas de: La última homilía del Padre Hurtado en las bodas de plata sacerdotales de don Manuel Larraín. Publicado por Fundación Padre Hurtado. Santiago, Chile. 2004.

EL SACERDOTE HA DE SER VARÓN Y CÉLIBE



Estudio sobre los Sacramentos 6.3

Por Padre Lucas Prados

Cristo eligió a doce Apóstoles, entre sus numerosos discípulos, haciéndoles partícipes de su misión y de su autoridad.


1.Ministro del sacramento del Orden

El ministro del sacramento del Orden es el obispo, descendiente directo de los Apóstoles. Los obispos válidamente ordenados, es decir que están en la línea de la sucesión apostólica, confieren válidamente los tres grados del sacramento del orden. Así consta en los Concilios de Florencia (DS 1326) y de Trento (DS 1768, 1777).

Ministro de este sacramento es aquel que tiene la potestad sagrada para administrar válidamente el sacramento del Orden mediante el rito correspondiente. Esa potestad resulta de la conjunción en una misma persona de la potestad gubernativa, puesto que ordenar es colocar a alguien en un grado de la escala jerárquica, y de la potestad cultual, ya que no se hace mediante nombramiento sino mediante un rito sagrado. De hecho, cuando se trata de órdenes que son sacramento (episcopado, presbiterado, diaconado), es la potestad para imponer las manos en nombre de Cristo; cuando se trata de los ministerios, es la potestad para realizar el rito prescrito por la Iglesia.

En ambos casos el ministro puede ser ordinario, si dicha potestad le compete por razón de su oficio, o extraordinario, si no es así. Concretamente: ministro ordinario es el obispo, extraordinario -para algunas órdenes o en algunos casos- puede ser el presbítero (DS 1326, 1768, 1777; CIC, c. 1012). El presbítero, que goza de la potestad cultual, necesita un indulto pontificio que supla la potestad gubernativa que le falta.

Ya en la Traditio apostólica de San Hipólito se atribuye exclusivamente al obispo la misión de dare sortes y se afirma que el presbítero clerum non ordinat. Es ésta la razón fundamental que dan los Padres para distinguir el episcopado del presbiterado.[1] La razón es la ya apuntada: solamente el obispo conjuga la potestad cultual, que le corresponde como sacerdote, con la potestad de gobierno, que sólo él recibe en la consagración episcopal.

El ministro debe asegurarse, por sí o por otros y con las debidas precauciones que establece el derecho canónico, de que el candidato a las órdenes reúne las debidas condiciones de idoneidad, de que a juicio del ordinario, sea considerado útil para el ministerio de la Iglesia de acuerdo a las normas establecidas por el derecho (CIC, cc. 1050-1052), y de que no haya ningún impedimento que se oponga a su ordenación. Estas indicaciones vienen a ser una concreción de aquella recomendación de San Pablo: “No seas precipitado en imponer las manos a nadie, no vengas a participar en los pecados ajenos” (1 Tim 5:22).

Para que se administre válidamente, solamente se necesita que el obispo tenga la intención de hacerlo y que cumpla con el rito externo de la ordenación, aunque el obispo sea hereje, cismático, simoníaco, o se halle excomulgado (DS 1612, 1617).

Condiciones para administrarlo lícitamente:

Primero de todo, el ministro debe estar en estado de gracia.
Para ordenar obispos lícitamente se requiere ser obispo y tener constancia del mandato (o nombramiento) del Romano Pontífice (CIC, c. 1013). En efecto, está reservada al Romano Pontífice la facultad de autorizar, mediante una Bula, la consagración episcopal. El canon 1382 prevé una excomunión reservada a la Santa Sede tanto al obispo que sin esa autorización consagra a otro obispo, como al que permite ser consagrado sin ese mandato del Papa. Además, en la ordenación deben estar presentes al menos otros dos obispos (CIC, c. 1014).
Respecto a la lícita ordenación de presbíteros y diáconos, el ministro es el propio obispo, o bien cualquier otro obispo con legítimas dimisorias; es decir, autorización del Ordinario propio.



2. Sujeto del sacramento del Orden

Nadie tiene derecho a recibir el sacramento del orden. En efecto, nadie se arroga para sí mismo este oficio. Al sacramento se es llamado por Dios (Heb 5:4).

El Señor Jesús eligió a hombres para formar el colegio de los doce Apóstoles (Mc 3: 14-19; Lc 6: 12-16), y los Apóstoles hicieron lo mismo cuando eligieron a sus colaboradores (1 Tim 3: 1-13; 2 Tim 1:6; Tit 1: 5-9) que les sucederían en su tarea. El colegio de los obispos, con quienes los presbíteros están unidos en el sacerdocio, hace presente y actualiza hasta el retorno de Cristo el colegio de los Doce.

Quien cree reconocer las señales de la llamada de Dios al ministerio ordenado, debe someter humildemente su deseo a la autoridad de la Iglesia a la que corresponde la responsabilidad y el derecho de llamar y recibir a este sacramento. (CEC, n. 1578).

2.1 La vocación al sacerdocio y sus señales

La vocación no consiste en recibir una llamada telefónica de Dios. Si un hombre tiene buena salud, es capaz de hacer estudios, puede vivir habitualmente en gracia, con la ayuda de Dios, busca su propia perfección y la salvación de las almas, debe preguntarse si Dios le llama al sacerdocio. No se trata de preguntarse si me gustaría ser sacerdote, sino, ¿me querrá Dios sacerdote?

Hay que pedirle a Dios que haya vocaciones sacerdotales y religiosas (Mt 9:38). Todos debemos pedir a Dios que sean muchos los jóvenes que sigan la voz de Dios, pues hacen falta muchos y buenos sacerdotes y religiosos.

Los padres tienen obligación grave de dejar en libertad a sus hijos que quieran consagrarse a Dios. Sería pecado grave inducir a sus hijos, por motivos humanos, a abrazar, sin vocación, el estado eclesiástico.

Hay unas señales objetivas que pueden ayudar a un joven a reconocer su vocación:
recta intención: consiste en buscar de manera exclusiva, o al menos de modo principal, la gloria de Dios, el bien de las almas y la propia santificación;
virtud probada: es decir, sólida vida de piedad y de mortificación, afán de servicio, constancia de ánimo, porque el sacerdote es mediador entre Dios y los hombres, dispensador de los misterios divinos (1 Cor 4:1). una fe íntegra; la aptitud para ejercer las funciones propias del orden que va a recibir edad canónica; la ciencia debida (CIC, c. 1026).

2.2 Recepción válida y lícita de este sacramento

Condiciones para recibir válidamente el sacramento del Orden:
Sólo el varón bautizado recibe válidamente la ordenación (CIC, c. 1024).
Ser libre y tener intención de recibir el sacramento.

Si no hubo libertad, y por esto se excluyó la intención de recibir el sacramento, la ordenación es nula y consecuentemente no se tiene tampoco ninguna obligación (CIC, c. 1026). Podría suceder que una coacción por miedo grave no lleve a excluir la intención de recibir el orden sacerdotal, en cuyo caso la ordenación es válida.

Para recibirlo lícitamente se requiere:

Vocación o llamada de Dios (CIC, c. 1029): Para llegar al sacerdocio es necesaria una llamada específica de Dios. Jesús mismo dijo a los Apóstoles: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he puesto para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn 15: 16).

Estado de gracia: Es necesario para recibir lícitamente el sacramento del Orden, por la misma razón que lo es para recibir los demás sacramentos de vivos.

Letras dimisorias: Dimisoria es el acto por el que se autoriza la ordenación de alguien, realizado por quien tiene la facultad de dar esa autorización. Como de ordinario ese acto se realiza por escrito, se habla de ‘letras o cartas dimisorias’ (CIC, c. 1018).

Ciencia suficiente: Que incluye el debido conocimiento de todo lo que se refiere al sacramento del Orden, y a las obligaciones que lleva consigo (CIC, c. 1027, 1028).

La Iglesia exige a los ordenandos una declaración, reforzada por juramento, suscrita de puño y letra por el interesado, de que se conocen las obligaciones del grado que se va a recibir (CIC, c. 1036).
Para quienes van a recibir el diaconado, es necesario haber terminado el quinto año del ciclo de estudios filosófico-teológicos (CIC, c. 1032 & 1). Nada se dice de los estudios que han de haberse cursado para recibir el presbiterado, aunque parece deducirse que hay que tenerlos todos (CIC, c. 1032 & 2). Para el episcopado es necesario el Doctorado, o al menos la Licenciatura en Sagradas Escrituras, Teología o Derecho Canónico; o, en su defecto, pericia en esas materias (CIC, c. 378 & 1, 5º).
Edad: 25 años para poder recibir el presbiterado (CIC, c. 1031 & l) y 35 para el episcopado (CIC, c. 378 & 1, 3º). En el caso del diaconado caben dos posibilidades: Si el diácono va a ser destinado al presbiterado necesita tener al menos 23 años (CIC, c. 1031 & 1). Si el diácono va a ser destinado permanentemente y está casado, necesita al menos 35 años y el consentimiento de su mujer (CIC, c. 1031 & 2).
Observar un intersticio de al menos seis meses entre el diaconado y el presbiterado (CIC, c. 1031 & 1). El intersticio es un espacio de tiempo que debe existir entre los dos primeros grados del sacramento del orden, con la finalidad de que se pueda ejercitar el orden recibido.
Haber recibido el sacramento de la Confirmación (CIC, c. 1033).
Rito de admisión: Antes de recibir el diaconado o el presbiterado, los interesados han de ser admitidos como candidatos por la autoridad competente con un rito litúrgico establecido, habiendo previamente hecho la solicitud escrita y firmada de puño y letra (CIC, c. 1034 & 1).
Haber hecho ejercicios espirituales, al menos durante cinco días, antes de recibir la ordenación (CIC, c. 1039).

2.3 El candidato ha de varón

Por voluntad divina, “sólo el varón bautizado recibe válidamente la sagrada ordenación” (CIC, c. 1024). Jesucristo, quiso que quienes habían de ejercer visiblemente el oficio sacerdotal en su nombre fueran varones; por eso sólo eligió a los Apóstoles entre sus discípulos varones. Con palabras del catecismo: “El Señor Jesús eligió a hombres para formar el Colegio de los doce Apóstoles” (Mc 3: 14-19) y los Apóstoles hicieron lo mismo cuando eligieron a sus colaboradores que les sucederían en su tarea. Quedan, pues, excluidas las mujeres, de acuerdo con la práctica permanente de la Iglesia.

El motivo de esta actitud es la fidelidad a un dato evangélico y apostólico. Cabe pensar que con esta decisión Cristo quiso recalcar que el sacerdote celebra la Misa in persona Christi y que, por el simbolismo sacramental, conviene que haya una semejanza natural entre él y Cristo, que fue varón.[2]

La Iglesia siempre ha reaccionado frente a los intentos de conferir el sacerdocio a la mujer, por más cualidades humanas y sobrenaturales que le adorne y por grande que pueda ser a veces la escasez de sacerdotes.

Los cincos primeros siglos se habla de algunas “diaconisas”, pero éstas, nunca fueron enumeradas entre el clero, ni tuvieron la función cultual de los diáconos.

En algunas ocasiones ha habido personas que han criticado esta actitud de la Iglesia, afirmando que la sociedad hebrea era machista, y como consecuencia de ello no se habría entendido que la mujer pudiera realizar funciones sacerdotales. Estas mismas personas son las que defienden que, dado que la sociedad actual ha roto muchas barreras por motivo del sexo (mujeres soldados, mujeres médicas, mujeres abogadas…), y dada la escasez de sacerdotes, la mujer pudiera recibir este sacramento. Ante esa crítica hemos de decir lo siguiente:

– Fue decisión de Cristo elegir sólo a varones, a pesar de que también había mujeres que le acompañaban y servían.

– No podemos acusar a Cristo de machista, pues si Él lo hubiera considerado conveniente, de igual modo que se saltó muchas otras costumbres hebreas y sociales, lo podría haber hecho con ésta; pero no lo hizo.

– La Iglesia así lo entendió, practicó y defendió siempre.

2.4 Y además de ser varón, ha de ser célibe

La vocación al sacerdocio lleva consigo el celibato, recomendado por el Señor. La obligación del celibato no es por exigencia de la naturaleza del sacerdocio, sino por ley eclesiástica (CIC c. 227).

Todos los ministros ordenados en la Iglesia latina, excepto los diáconos permanentes, son ordinariamente elegidos entre los hombres creyentes que viven como célibes y que tienen la voluntad de guardar el celibato por el Reino de los Cielos (Mt 19:12). Llamados a consagrarse totalmente al Señor y a sus cosas (1 Cor 7:32), se entregan enteramente a Dios y a los hombres.

La Iglesia quiere que los candidatos al sacerdocio abracen libremente el celibato por amor de Dios y servicio de los hombres. Es decir, el sacerdote sin familia está más libre para el apostolado; y la Iglesia, en dos mil años de experiencia, así lo ha advertido, y por eso exige el celibato a sus sacerdotes.

Pero, sobre todo, el celibato sacerdotal tiene un fundamento teológico: Cristo fue célibe, y el sacerdote es alter Christus (otro Cristo). El amor de Jesucristo es universal, igual para todos; sin los exclusivismos propios del amor matrimonial. Así debe ser el amor del sacerdote.

En los últimos cincuenta años, el tema de la obligación del celibato ha sido y es muy discutido. El Concilio Vaticano II, Pablo VI, el II Sínodo de obispos del 1971 trataron este tema en diferentes documentos y lo han ratificado. Juan Pablo II en 1979 reafirmó la postura del Magisterio de la Iglesia respecto al tema del celibato.

Todo esto nos demuestra, que a pesar de los ataques, la Iglesia posee una decidida voluntad por mantener la praxis antiquísima, pues aunque el celibato no es una exigencia de la naturaleza misma del sacerdocio, es muy conveniente.

De la Encíclica de Pablo VI, Sacerdotalis celibatus, podemos tomar algunas razones cristológicas y eclesiásticas que demuestran su conveniencia:
Mediante el celibato, los sacerdotes se pueden entregar de un modo más profundo a Cristo, pues su corazón no está dividido en diferentes amores.
Por su vocación, el sacerdote lleva una vida de total continencia, a ejemplo de la virginidad de Cristo.
Cristo no quiso para sí otro vínculo nupcial que el de su amor a los hombres en la Iglesia. Por lo tanto, el celibato sacerdotal facilita la participación del ministro de Cristo en su amor universal.
Con el celibato, la dedicación de los sacerdotes al servicio de los hombres, es más libre, en Cristo y por Cristo.
Toda la persona del sacerdote le pertenece a la Iglesia, la cual tiene a Cristo como esposo.
El celibato le facilita al sacerdote ejercer la paternidad de Cristo.

No debemos olvidar que el celibato es un don de Dios, otorgado por Él a ciertas personas. Por lo tanto, la Iglesia aunque no se lo puede imponer a nadie, si puede exigirlo a aquellos que desean ser sacerdotes.

2.5 Irregularidades e impedimentos para recibir el sacramento del Orden

Quedan excluidos de la recepción de las órdenes quienes estén afectados por algún impedimento, tanto perpetuo, que recibe el nombre de irregularidad, como simple.

Las irregularidades son impedimentos perpetuos que impiden recibir lícitamente el orden sagrado. Han sido establecidas por la Iglesia en atención a la reverencia que se debe a los ministros sagrados.

Canon 1041 – Son irregulares para recibir órdenes:
quien padece alguna forma de amencia u otra enfermedad psíquica por la cual, según el parecer de los peritos, queda incapacitado para desempeñar rectamente el ministerio;
quien haya cometido el delito de apostasía, herejía o cisma;
quien haya atentado matrimonio, aun sólo civil, estando impedido para contraerlo, bien por el propio vínculo matrimonial, o por el orden sagrado o por voto público perpetuo de castidad, bien porque lo hizo con una mujer ya unida en matrimonio válido o ligada por ese mismo voto;
quien haya cometido homicidio voluntario o procurado el aborto habiéndose verificado éste, así como todos aquellos que hubieran cooperado positivamente;
quien dolosamente y de manera grave se mutiló a sí mismo o a otro, o haya intentado suicidarse;
quien haya realizado un acto de potestad de orden reservado o a los obispos o los presbíteros, sin haber recibido ese orden o estándole prohibido su ejercicio por una pena canónica declarada o impuesta;
Los impedimentos e irregularidades han de interpretarse estrictamente (CIC, c. 18); su numeración constituye un numerus clausus, por lo que no cabe apreciar la existencia de algunos más por analogía.

Canon 1042 – Los simples impedimentos son:
estar casado;
desempeñar un cargo o tarea de administración prohibido a los clérigos;
haber sido bautizado recientemente y, por tanto, no estar suficientemente probado.



3. Efectos del sacramento del Orden

Por la ordenación sagrada, el sacerdote es constituido ministro de Dios y dispensador de los tesoros divinos (1 Cor 4:1). Con este sacramento, el ordenado recibe una serie de efectos sobrenaturales que le ayudan a cumplir su misión, siendo los principales: el carácter indeleble, la potestad espiritual, el aumento de gracia santificante y la concesión de la gracia sacramental que le es propia a este sacramento (DS 3858).

Como se desprende de los textos bíblicos (2 Tim 1: 6-7) y litúrgicos, la ordenación confiere una participación de la plena y suprema potestad de Cristo, la cual capacita al candidato para determinadas funciones cultuales -cuya cumbre es la Santa Misa-, la edificación del Cuerpo místico por el magisterio y el gobierno en la forma y medida propias de cada grado sacramental del Orden.

3.1 Confiere carácter

Los obispos en la ordenación no dicen en vano: “Recibe el Espíritu Santo…” (DS 1774). El Espíritu unge, consagra a los candidatos para siempre, sellándolos con un carácter peculiar. Este carácter presupone el carácter bautismal y el de la Confirmación, pero es distinto de ellos -no es sólo un grado superior de los mismos. Este carácter configura al que se ordena con Cristo[3], Cabeza del Cuerpo Místico; lo cual le faculta para participar de un modo muy especial en su sacerdocio y en su triple función. Por eso el sacerdote se convierte en:

– ministro autorizado de la palabra de Dios, participando del poder de enseñar;

– ministro de los sacramentos, participando del poder de santificar. De modo especial se convierte en ministro de la Eucaristía, por lo que su oficio principal es la celebración del Santo Sacrificio del Altar;

– ministro del pueblo de Dios, participando del poder de gobernar. Así, entra a formar parte de la Jerarquía eclesiástica, de modo distinto según su grado propio. Adquiere una potestad espiritual para conducir a los fieles a su fin sobrenatural eterno.

El carácter difiere en cada grado sacramental del Orden, según las funciones, especialmente cultuales, de obispos, presbíteros y diáconos.

La indelebilidad objetiva del carácter hace que cada grado del Orden no pueda recibirse más de una vez (DS 1767). Un sujeto válidamente ordenado puede ciertamente, por causas graves, ser liberado de las obligaciones y las funciones vinculadas a la ordenación, o se le puede impedir ejercerlas (CIC c. 290-293; 1336, §1, 3 y 5; 1338, §2), pero no puede convertirse de nuevo en laico en sentido estricto (Concilio de Trento: DS 1774) porque el carácter impreso por la ordenación es para siempre.

3.2 Otorga una potestad espiritual

En la Jerarquía de la Iglesia, de la que se forma parte en virtud del sacramento del Orden, podemos distinguir dos planos:
La jerarquía de orden: está formada por los obispos, presbíteros y diáconos. Su finalidad es ofrecer el Santo Sacrificio y administrar los sacramentos.
La jerarquía de jurisdicción (que supone la anterior): está formada por el Papa y los obispos en comunión con él (o quienes, en el derecho canónico, se equiparan a los obispos). Los presbíteros y diáconos se insertan en ella a través de su colaboración con su obispo respectivo.

3.3 Produce un aumento de la gracia santificante.

Al igual que los demás sacramentos de vivos, el sacramento del orden aumenta la gracia santificante de la persona que lo recibe (DS 1326).

3.4 Otorga una gracia sacramental propia

Además, el sacramento del Orden confiere a los que no ponen él obstáculo del pecado grave, una nueva y peculiar gracia y una peculiar ayuda, por las cuales, con tal de que secunde fielmente con su libre cooperación, podrá responder de manera ciertamente digna y animosa a los arduos deberes del ministerio recibido (DS 3756). La gracia del Espíritu Santo propia de este sacramento es la de ser configurado con Cristo Sacerdote, Maestro y Pastor, de quien el ordenado es constituido ministro (CEC, n. 1585).

Para el obispo, es en primer lugar la gracia de guiar y defender con fuerza y prudencia a su Iglesia como padre y pastor, tal como nos dice el ritual:

“Concede, Padre que conoces los corazones, a tu siervo que has elegido para el episcopado, que apaciente tu santo rebaño y que ejerza ante ti el supremo sacerdocio sin reproche sirviéndote noche y día; que haga sin cesar propicio tu rostro y que ofrezca los dones de tu santa Iglesia, que en virtud del espíritu del supremo sacerdocio tenga poder de perdonar los pecados según tu mandamiento, que distribuya las tareas siguiendo tu orden y que desate de toda atadura en virtud del poder que tú diste a los apóstoles; que te agrade por su dulzura y su corazón puro, ofreciéndote un perfume agradable por tu Hijo Jesucristo”.[4]

El don espiritual que confiere la ordenación presbiteral está expresado en esta oración. El obispo, imponiendo la mano, dice:

“Señor, llena del don del Espíritu Santo al que te has dignado elevar al grado de presbítero para que sea digno de presentarse sin reproche ante tu altar, de anunciar el Evangelio de tu Reino, de realizar el ministerio de tu palabra de verdad, de ofrecerte dones y sacrificios espirituales, de renovar tu pueblo mediante el baño de la regeneración; de manera que vaya al encuentro de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, tu Hijo único, el día de su segunda venida, y reciba de tu inmensa bondad la recompensa de una fiel administración de su orden”.[5]

En cuanto a los diáconos, se dice la siguiente oración:

“Fortalecidos, en efecto, con la gracia […] del sacramento, en comunión con el obispo y sus presbíteros, están al servicio del Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad”.



4. Deberes del ordenado

Deberes que podemos resumir en: santidad personal, obediencia a su superior (presbítero, obispo, papa), desempeñar con fidelidad las tareas encomendadas, y no aquellas que puedan obstaculizar o rebajar su ministerio, ser célibe, vestir el traje talar, rezar el Santo Breviario…

El contacto con las cosas sagradas y el ministerio para el que son ordenados los candidatos exigen, una honda santidad personal tanto por relación a la santidad de Dios, cuyos misterios tratan, como a la de los laicos, en favor de los cuales son constituidos instrumentos vivos de Cristo sacerdote. Por eso la Iglesia, dando por supuesta la gracia de Dios, sin la cual el ejercicio conveniente del ministerio sería imposible, exige a sus ministros un tenor de vida que les permita cooperar a dicha gracia singular.[6] Así lo expresa san Gregorio Nacianceno:

“Es preciso comenzar por purificarse antes de purificar a los otros; es preciso ser instruido para poder instruir; es preciso ser luz para iluminar, acercarse a Dios para acercarle a los demás, ser santificado para santificar, conducir de la mano y aconsejar con inteligencia”.[7]

Todos aquellos que han recibido el sacramento del Orden tienen la obligación de mostrar respeto y obediencia al Papa y a su Ordinario propio; es decir, a su obispo. Aceptando y desempeñando con fidelidad las tareas encomendadas por el Ordinario del lugar.

Los sacerdotes deben de vestir el traje eclesiástico marcado por la Conferencia Episcopal donde sea posible. Esto tiene como finalidad, no solamente el decoro externo, sino que con ello da testimonio público de su pertenencia a Dios y su propia identidad (CIC, c. 284).

El Sacramento del Orden confiere a los que lo reciben una misión y una dignidad especial, causa por la cual la Iglesia no permite que se ejerzan ciertas actividades, que podrían obstaculizar o rebajar su ministerio. Por ello, no permite que participen en cargos públicos que suponen una participación en los poderes civiles. No deben administrar bienes que son propiedades de laicos. Tampoco es conveniente que sean fiadores. No está permitido ejercer el comercio, ni participar en sindicatos o partidos políticos.

Por todo lo que se ha dicho antes, podemos concluir que los sacerdotes necesitan una formación especial que les permita desempeñar cabal y eficientemente la misión que les ha sido encomendada. La cual debe estar centrada en lo fundamental de su misión: enseñar el Evangelio, administrar los sacramentos y dirigir a los fieles.



5. Grados del sacramento del Orden

El ministerio eclesiástico, instituido por Dios, está ejercido en diversos órdenes que ya desde antiguo reciben los nombres de obispos, presbíteros y diáconos.

La doctrina católica, expresada en la liturgia, el magisterio y la práctica constante de la Iglesia, reconoce que existen dos grados de participación ministerial en el sacerdocio de Cristo: el episcopado y el presbiterado. El diaconado está destinado a ayudarles y a servirles. Por eso, el término sacerdos designa, en el uso actual, a los obispos y a los presbíteros, pero no a los diáconos. Sin embargo, la doctrina católica enseña que los grados de participación sacerdotal (episcopado y presbiterado) y el grado de servicio (diaconado) son los tres conferidos por un acto sacramental llamado ordenación (CEC, n. 1554). No son, por tanto, sacramentos diversos sino grados de un mismo sacramento.

5.1 El episcopado

Entre los diversos ministerios que existen en la Iglesia, ocupa el primer lugar el ministerio de los obispos que, a través de una sucesión que se remota hasta el principio, son los transmisores de la semilla apostólica(CEC, n. 1555).

En orden a la consagración de la Eucaristía su potestad no excede a la de los presbíteros, pero sí la excede en:
conferir el sacramento del Orden (CIC, c. 1012);
terminar el ciclo de la iniciación cristiana confiriendo el sacramento de la Confirmación (CIC, c. 882);
de ordinario, se reserva también a los obispos la consagración de los santos óleos (CIC, c 880);
el derecho a predicar en cualquier lugar (CIC, c. 763);
el ser colocados al frente de las diócesis o Iglesias locales y gobernarlas con potestad ordinaria, bajo la autoridad del Romano Pontífice (CIC, cc. 375-376); pero tiene al mismo tiempo con todos sus hermanos en el episcopado colegialmente, la solicitud de todas las Iglesias (CEC, n. 1566).
le corresponde, en su diócesis, dictar normas sobre el seminario (CIC, c. 259), sobre la predicación (c. 772), sobre la liturgia (c. 838), etc.

Además, son los obispos quienes conceden a los presbíteros cualquier poder de régimen que puedan tener sobre los demás fieles, y el encargo de predicar la palabra divina.

5.2 El presbiterado

El presbítero, aunque no tienen la plenitud del sacerdocio y depende del obispo en el ejercicio de su potestad, tiene el poder de:
consagrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo;
perdonar los pecados;
ayudar a los fieles con las obras y la doctrina;
administrar aquellos otros sacramentos que no requieran necesariamente el orden episcopal.

5.3 El diaconado

El diácono, asiste al sacerdote en determinados oficios; por ejemplo:
en las funciones litúrgicas, en conformidad con los respectivos libros;
administrando el bautismo;
reservando y distribuyendo la Eucaristía, llevando el Viático a los moribundos y dando la bendición con el Santísimo;
asistir al Matrimonio donde no haya sacerdote, etc.

En el próximo artículo haremos un estudio detallado del diaconado permanente y veremos las particularidades que éste tiene.

Padre Lucas Prados

[1] San Epifanio, Panarion 75,3: PG 42,507; Constitutiones Apostolorum, ed. Funk, I, Paderborn 1905, 201 y 531.

[2] Pablo VI, rescripto al Arzobispo de Canterbury de 30 nov 1975y 23 mar 1976: AAS 68. Cfr Juan Pablo II, Mulieris Dignitatem 26-27; Id, Carta apostólica Ordinatio sacerdotalis; Congregación para la Doctrina de la Fe, Decreto Inter insigniores; Id., Respuesta a una duda presentada acerca de la doctrina de la Carta Apostostólica Ordinatio Sacerdotalis.

[3] Santo Tomás de Aquino, Comentario al IV libro de las Sentencias, dist. 4, q. 1, ad. 2; dist. 3 q. 63 a. 3.

[4] San Hipólito Romano, Traditio Apostolica 3

[5] Liturgia Byzantina, Oratio chirotoniae presbyteralis: “Eukológion to méga”.

[6] cfr. Vaticano II, Decreto Presbyterorum Ordinis, 13-17; Constitución Lumen gentium, 28-29.

[7] San Gregorio Nacianceno, Oratio 2, 71


FUENTE: adelantelafe.com


¿POR QUÉ EL SACERDOTE BESA EL ALTAR EN LA MISA?


Por Philip Kosloski


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Un ejemplo de cómo la Iglesia dotó de significado nuevo a una antigua costumbre.

Antes de celebrar cada misa, el sacerdote (y diácono) se acercan al altar y lo besan. Para algunos, esta práctica resulta un tanto extraña, ya que los altares son objetos materiales de piedra o madera y no parecen justificar ninguna reverencia particular.


¿Qué significado hay detrás de esta antigua costumbre?

Besar objetos santos y sagrados ha formado parte de varias religiones del mundo durante miles de años. La práctica viene de las culturas en las que el beso se consideraba un signo de respeto o se usaba para saludar y, naturalmente, se aplicaba a los objetos que representaban lo divino.

Aparte de la adoración pagana, también se desarrolló una tradición en algunas culturas de besar la mesa del comedor en ocasiones especiales.

A medida que los cristianos desarrollaron la liturgia, adaptaron sus hábitos a partir de cada cultura y le dieron un nuevo significado. Besar el altar era uno de esos hábitos y rápidamente se ligó a las acciones del sacerdote en la misa.

El altar recibe su importancia en conexión con el Santo Sacrificio de la misa que se celebra en él. Ha sido reservado para este propósito y el obispo lo consagra cuando es instalado en una iglesia nueva. La ceremonia de consagración imita en algunos aspectos el bautismo de un cristiano nuevo, ya que el obispo usa óleos sagrados para bendecir el altar y lo viste con prendas blancas después de haber completado la oración.

Así que besar el altar puede considerarse como una honra a la función especial que tiene en la liturgia y a la consagración recibida del obispo.

Simbólicamente, a menudo se dice del altar que representa a Jesucristo, la “piedra angular” de la Iglesia (cf. Efesios 2,20). Durante la historia de la liturgia, el sacerdote a veces besa el altar antes de bendecir al pueblo, simbolizando que la bendición viene de Dios, no del sacerdote.

Además, con el paso del tiempo, fueron insertándose reliquias de santos en el altar, de manera que cuando el sacerdote besara el altar, estaría besando también las reliquias.

Así que, aunque es cierto que los altares son objetos materiales, han sido señalados para un propósito específico y besar el altar reconoce esa función privilegiada y su relación con el sacrificio divino de Jesucristo.


FUENTE: es.aleteia.org

SACERDOTES, ESPERANZA DEL MUNDO




Juan Pablo II fue, a lo largo de su pontificado, una figura paradigmática de promotor vocacional.


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Todo cristiano por el bautismo participa de la consagración de Cristo como “profeta, sacerdote y rey”. “Cristo, el Señor, nos dice el Vaticano II, Pontífice tomado de entre los hombres (cf. Heb 5,1-5) ha hecho del nuevo pueblo un ‘Reino de sacerdotes para Dios, su Padre’ (Ap 1,6)” (LG 10). El Catecismo de la Iglesia lo confirma: “Toda la comunidad de los creyentes es, como tal, sacerdotal” (CIC 1546). La conciencia de esta verdad ha estado presente en la vida de la Iglesia, con mayor o menor incidencia según las épocas.

En la presente coyuntura histórica, ha sido algo marcadamente acentuado por el Concilio Vaticano II (1962-1965) y varios documentos posteriores del Magisterio pontificio.

La consagración bautismal siembra en el cristiano la semilla de la santidad, que es su vocación más propia. “Todos en la Iglesia... están llamados a la santidad, según las palabras del Apóstol: ‘Lo que Dios quiere de vosotros es que seáis santos’ (1Tes 4,3)” (LG 39). Revivir la conciencia de la consagración bautismal y de la vocación a la santidad ha sido y continúa siendo necesario para que el cristianismo dé frutos en medio del mundo para gloria de Dios. De entre los no pocos frutos, queremos señalar la radicalidad en el servicio a los demás mediante la vida religiosa, y particularmente mediante el sacerdocio ministerial. Cuando hablamos de “sacerdotes, esperanza del mundo” no quedan excluidos de por sí los laicos cristianos, pero nos queremos referir primordialmente y por antonomasia a los que han sido consagrados por el sacramento del Orden para el servicio de la comunidad. Son la esperanza del mundo porque para todo sacerdote, allí donde esté, el mundo es su parroquia. Desempeñará su ministerio en un punto del planeta y con unos fieles concretos, pero en su corazón están todos los hombres. Por ellos pide a Dios, por ellos se sacrifica, por ellos trabaja, por ellos da su vida día tras día.


Sin sacerdotes no hay Eucaristía

El sacerdote anuncia el Evangelio, edifica y dirige la comunidad, y todo ello se ordena a la comunión eucarística. “En ella, actuando en la persona de Cristo y proclamando su misterio, une la ofrenda de los fieles al sacrificio de su Cabeza; actualiza y aplica en el sacrificio de la misa, hasta la venida del Señor, el único sacrificio de la Nueva Alianza: el de Cristo, que se ofrece al Padre de una vez para siempre como hostia inmaculada” (CIC 1566). En efecto, no hay Eucaristía sin sacerdotes. El Señor no puede caminar con su Pueblo, ni el Pueblo puede marchar hacia su Señor, si no se renueva su presencia viva, salvadora, en el altar. La contemporaneidad de Cristo con cada generación, con cada hombre, con cada comunidad cristiana, sólo es posible si se actualiza, si se revive, el misterio de la Redención a través del gran milagro de la Eucaristía, desde las manos y los labios del sacerdote. El sacerdote es esperanza del mundo por la Eucaristía. En ella Cristo renueva cada día su obra redentora e infunde en los hombres día tras día un soplo de esperanza.

Desde esta perspectiva comprendemos la importancia que, para la Iglesia y para los hombres, reviste la figura del sacerdote. Allí donde hay un hombre que con fe y amor acoge el llamado de Cristo al sacerdocio, allí habrá la posibilidad de prolongar su Redención mediante la Eucaristía; allí muchos hombres y mujeres podrán tocar, palpar, sentirse cercanos al Salvador, único sumo sacerdote de la nueva Alianza. Si es verdad que la Eucaristía es el centro polarizador de la vida cristiana y de la vida del mundo, el sacerdote es indispensable para la Iglesia y para la humanidad. Si vivir sin Dios es vivir sin esperanza, el sacerdote que hace presente a Dios en la Eucaristía, es el hombre de la esperanza.



Hombre tomado de entre los hombres

Dios no puede dejar a su Iglesia y al mundo sin sacerdotes. Dios sigue sembrando en el presente, como en siglos pasados, la semilla de la vocación sacerdotal. La sigue sembrando en todas las naciones, en todos los ambientes. Porque el sacerdote no lo es en virtud de sus orígenes, de sus dotes, de su cultura o de su “genio” personal. Lo es porque Dios lo llama. El sacerdote es un hombre tomado de entre los hombres, un cristiano entre los cristianos, un ministro y servidor de sus hermanos. El sacerdote es un hombre para quien lo que cuenta es la elección de Dios y la correspondencia y fidelidad completas a esa elección que inmerecidamente ha recibido. Gracias a esa elección, el sacerdote hace presente la acción salvífica de Dios, desde el gran milagro de la encarnación del Hijo, en un mundo que necesita, ayer, hoy, y mientras duren los tiempos, una ayuda para vencer el misterio del pecado, para entrar en la dimensión de la gracia; para recibir la salvación que busca y anhela, y que no encuentra ni dentro de sí ni fuera de sí, en los fáciles paraísos de salvación a los que es invitado por tantos falsos redentores de nuestro tiempo.

En definitiva, el sacerdote lo es en cuanto se une e identifica con Cristo sacerdote: una identificación que llega al ser de la persona, pero no menos a su psicología y a la configuración misma de su personalidad. La fórmula sacerdos, alter Christus, recoge una enseñanza constante de la Iglesia y expresa una verdad profunda, experiencial. Juan Pablo II explica el sentido profundo de esta fórmula: “El sacerdote ofrece el Santo Sacrificio «in persona Christi», lo cual quiere decir más que «en nombre», o también «en vez» de Cristo. «In persona»: es decir, en la identificación específica, sacramental, con el «sumo y eterno Sacerdote», que es el autor y el sujeto principal de su propio sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie” (Carta apostólica Dominicae Cenae, 24 de febrero de 1980, n. 8: AAS 72 (1980), 128-129; cf. carta encíclica Ecclesia de Eucharistia, 17 de abril de 2003, nn. 29, 52). Esta unión e identificación está presente en toda la vida del sacerdote, pero se hace visible de modo especial a través de los sacramentos en los que el sacerdote actúa “in persona Christi”. De entre los sacramentos sobresale el de la Eucaristía. Con Cristo el sacerdote se hace Eucaristía, cuando la celebra; pero también, unido a Cristo, se rehace sacerdote con y mediante la Eucaristía, compartiendo la obra suprema de la redención. Un mundo sin Cristo es un mundo desesperanzado, triste. Un mundo sin sacramentos es un mundo sin Cristo. La presencia del sacerdote, ministro de los sacramentos, lleva a cualquier ángulo de la tierra alegría y esperanza.


Este hombre de entre los hombres, identificado con Cristo sacerdote, es un don singular de Dios a la Iglesia y a la humanidad. Por él Cristo hace presente día tras día su obra redentora en el mundo. Por él los hombres de cualquier condición se unen a Cristo en la ofrenda de su vida al Padre en bien de la humanidad entera. Por él Cristo se dona, y ofrenda su vida a cada uno y a todos los hombres. Por él continúa el «toque» particular de Jesús en cada corazón y en la Iglesia toda, esparciendo rayos luminosos de certeza y esperanza. Si el sacerdote es todo esto, ese hombre es siempre necesario. Y si es necesario, Dios no cesa de depositar en el corazón de algunos hombres este tesoro.


Muchos y santos sacerdotes

Todo cristiano debe sentirse responsable de la promoción vocacional. Son sobre todo los sacerdotes los que han de procurar con su vida y su labor pastoral el relevo generacional, los sacerdotes del mañana. Lo recuerda la encíclica Ecclesia de Eucharistia en el n. 31: “Del carácter central de la Eucaristía en la vida y en el ministerio de los sacerdotes se deriva también su puesto central en la pastoral de las vocaciones sacerdotales. Ante todo, porque la plegaria por las vocaciones encuentra en ella la máxima unión con la oración de Cristo sumo y eterno Sacerdote; pero también porque la diligencia y esmero de los sacerdotes en el ministerio eucarístico, unido a la promoción de la participación consciente, activa y fructuosa de los fieles en la Eucaristía, es un ejemplo eficaz y un incentivo a la respuesta generosa de los jóvenes a la llamada de Dios. Él se sirve a menudo del ejemplo de la caridad pastoral ferviente de un sacerdote para sembrar y desarrollar en el corazón del joven el germen de la llamada al sacerdocio”.

“Todos los miembros de la Iglesia, sin excluir ninguno, tienen la responsabilidad de cuidar las vocaciones” (PDV 41). Cada uno lo hará según su carácter y su función en el cuerpo eclesial. Al obispo corresponde la solicitud de dar continuidad al carisma y al ministerio presbiteral y se preocupará de que la dimensión vocacional esté siempre presente en todo el ámbito de la pastoral ordinaria. Por su parte, todos los sacerdotes son solidarios y corresponsables con el obispo en la búsqueda y promoción de las vocaciones presbiterales. Una responsabilidad particularísima está confiada a la familia cristiana que participa en la misión educativa de la Iglesia, madre y maestra. Ella ofrece las condiciones favorables para el nacimiento de las vocaciones. En continuidad y en sintonía con la labor de los padres y de la familia está la escuela, llamada a vivir su identidad de “comunidad educativa” incluso con una propuesta cultural capaz de iluminar la dimensión vocacional como valor propio y fundamental de la persona humana. También los fieles laicos, en particular los catequistas, los profesores, los educadores, los animadores de la pastoral juvenil, cada uno con los medios y modalidades propios, tienen una gran importancia en la pastoral de las vocaciones sacerdotales (cf. PDV n. 41).

Juan Pablo II fue, a lo largo de su pontificado, una figura paradigmática de promotor vocacional. Es interesante constatar que el Papa, en sus numerosos encuentros con los jóvenes en Roma o en cualquier país del mundo, mencionaba siempre la posibilidad de que Dios llame a algunos a ser sacerdotes. En varios de los documentos post-sinodales no faltan alusiones a la vocación sacerdotal. Un momento singular es el Mensaje para la Jornada Mundial por las Vocaciones, instituida por Pablo VI en 1964. Pero es tal vez en las visitas ad limina apostolorum de los obispos, pastores de las Iglesias particulares, donde el Santo Padre mostró a sus hermanos en el episcopado su preocupación incesante por las vocaciones y les hace exhortaciones oportunas.


Entresacamos algunos párrafos de los encuentros del Papa con los obispos en el año 2004:

“Cuento, ante todo, con los jóvenes de vuestro país para que escuchen, como Pedro, la llamada del Señor [...] y para que respondan a ella con generosidad. Invito también a las familias a ser lugares de fe y hogares de vocaciones, sin tener miedo de transmitir a los jóvenes la llamada del Señor” (a los obispos de los Países Bajos, 12 de marzo de 2004).

“Un signo de esperanza para la Iglesia en Colombia es el florecimiento vocacional [...]. Os animo, pues, a continuar en ese camino, sin descuidar para el futuro una asidua pastoral vocacional, conscientes del papel insustituible de cada comunidad eclesial en esta tarea, basada ante todo en una incesante oración al Dueño de la mies para que mande operarios a la mies; y, además, en el educar a los niños y a los jóvenes para afrontar los retos de la vida cristiana, se les presente también las condiciones para oír la llamada divina a seguir a Cristo en el camino de la vida sacerdotal o consagrada mediante los consejos evangélicos” (a los obispos de Colombia, 17 de junio de 2004).

“Os invito también a revitalizar la pastoral de las vocaciones y a hacer que sea una preocupación esencial de vuestras diócesis, para que, mediante la oración y la atención a los jóvenes, todos los fieles contribuyan al florecimiento y a la maduración de las vocaciones, ayudando a los niños y a los adolescentes a discernir la llamada del Señor” (a los obispos de la Conferencia episcopal del océano Índico, 9 de noviembre de 2004).

“Nadie puede negar que la disminución del número de vocaciones sacerdotales representa para la Iglesia en Estados Unidos un difícil desafío, que no puede ignorarse o aplazarse. La respuesta a este desafío debe ser la oración insistente, de acuerdo con el mandato del Señor (cf. Mt 9,37-38), acompañada por un programa de promoción vocacional que abarque todos los aspectos de la vida eclesial” (al duodécimo grupo de obispos de Estados Unidos, 26 de noviembre de 2004).

El grande esfuerzo llevado a cabo por toda la Iglesia en la promoción de las vocaciones, guiada e impulsada en primera persona por el Santo Padre, ha dado sus primeros frutos, en espera de una cosecha mucho mayor en el futuro. Tomando como términos de comparación el año 1990 y el 2002 notamos un ligero aumento del número de sacerdotes en el mundo: 403.173 en 1990 mientras que en 2002 el resultado fue de 405.058. Respecto a los candidatos al sacerdocio se percibe un aumento más consistente: de los 96.155 en el año 1990 la cifra se elevó a 113.199 en el año 2002. Tanto en el número de sacerdotes como en el de seminaristas el aumento más notorio proviene de los continentes asiático y africano (cf. Osservatore Romano en español, 7 de mayo del 2004, 9-10).


Querer y formar sacerdotes

Así tituló uno de sus libros André Manaranche, S. J., hace unos años, para despertar la conciencia de la crisis vocacional, por un lado, y de la promoción de las vocaciones al sacerdocio, por otro. Hay que querer vocaciones, y por eso las suplicamos al Señor de la Viña y al Pastor de las ovejas. Hay que formar vocaciones, y ésta es una tarea que atañe especialmente al Obispo y a quienes él designa para ejercer tal función en el seminario. Se habla de crisis de vocaciones, pero habrá que hablar por igual de crisis de formadores. Por ello, a la promoción vocacional, tan necesaria, se ha de añadir la promoción de buenos formadores, conscientes y responsables de la misión tan sustancial e imprescindible que desempeñan.


Ciertamente, el camino de la vocación sacerdotal es largo y, como todo camino, tiene subidas y bajadas, rectas y curvas. El joven que da el sí a la vocación sacerdotal comienza ese camino. Necesita guías que conozcan bien el camino y sepan llevarle hasta la meta en un clima de paz y de alegría. La vocación al sacerdocio requiere, como toda vocación, una formación específica. La misión que espera a cada sacerdote coincide con la de Cristo, y exige un proceso formativo esmerado y profundo. Habrá buenos y santos sacerdotes si los llamados a este servicio son ayudados a vivir con sencillez y con amor, el Evangelio completo, auténtico, en su plenitud: caridad, vigilancia, oración, esperanza y entrega sin límites. Junto a la formación espiritual, el joven llamado al sacerdocio necesita una formación humana, intelectual y pastoral muy rica, enraizada en la experiencia milenaria de la Iglesia. Educadores sabios y santos formarán seminaristas sabios y santos.

Es esencial que los formadores sean hombres que centren toda su vida sacerdotal en la Eucaristía, para que de esa manera puedan transmitir a los seminaristas que están formando el testimonio de su experiencia y la orientación fundamental de la vida sacerdotal a la que éstos se preparan. Del sacrificio eucarístico arranca la vida espiritual, una vida espiritual que lleva a ahondar y a profundizar aún más en el misterio del Amor de Dios. Junto al altar, junto al tabernáculo, el sacerdote configura toda su psicología, todo su actuar, con el modo de ser, de pensar, de hablar, de Cristo, Maestro y Pastor, hasta el punto de poder dar, como Jesús, la vida por sus hermanos. Entonces llegarán a ser buenos pastores a imagen de Jesucristo, el Buen Pastor.


Iniciativas no faltan en la Iglesia

La Iglesia no ha cesado de experimentar en los veinte siglos de existencia la imparable creatividad del Espíritu Santo, que es su alma. El Espíritu está suscitando en la Iglesia de hoy decenas, centenares de iniciativas para su renovación y para su revitalización. En el campo vocacional surgen en las diócesis, en las congregaciones religiosas, en los movimientos eclesiales modos originales de entrar en el mundo de los jóvenes y de hacerles una propuesta seria de vocación sacerdotal o religiosa. No cabe duda de que una cierta movilización vocacional se está operando en las diócesis esparcidas por los cinco Continentes. Dentro de esta búsqueda de iniciativas en la pastoral vocacional, hay diócesis, congregaciones y movimientos eclesiales que han obtenido extraordinarios resultados en el crecimiento y perseverancia vocacional.

Detrás de esos resultados hay, ante todo, mucha oración y bendición de Dios. Hay además mucho esfuerzo, mucho trabajo, mucha entrega y dedicación. Ante todo, se han propuesto como una prioridad el desarrollo de las vocaciones. Están luego los no pocos sacerdotes o religiosos que desempeñan día tras día y año tras año su tarea, nada fácil, de promotores vocacionales. Conviene tener en cuenta además los numerosos centros educativos de sesgo católico, que son lugares donde, por el cultivo espiritual de los adolescentes y jóvenes, se despiertan las vocaciones. No faltan iniciativas de gran envergadura, como “la adoración por las vocaciones” o “los encuentros vocacionales”, dirigidos y sostenidos por laicos cristianos que aprecian y valoran al sacerdote como hombre de Dios al entero servicio de los hombres, sus hermanos. En el surco de estas y otras iniciativas cae la semilla de muchos hombres que se pudren diariamente para que florezcan muchas y santas vocaciones sacerdotales, diocesanas y religiosas, que den gloria a Dios y esperanza a los hombres. Confiamos que, con el pasar de los años, la creatividad del Espíritu se muestre en nuevas iniciativas que, acogidas con sencillez, amor y generosidad, brinden a la Iglesia los sacerdotes que necesita para continuar realizando su misión en el mundo.


Llamados a remar mar adentro

Éste es el lema para la Jornada Mundial por las Vocaciones 2005. A la Iglesia entera se le ofrece la oportunidad de “reflexionar sobre la llamada a seguir a Jesús y, en particular, a seguirle en el camino del sacerdocio y de la vida consagrada” (n. 1). El Papa cree y está firmemente convencido de que “los jóvenes necesitan de Cristo, pero saben también que Cristo quiere contar con ellos” (n. 4). A los jóvenes, alegres por ser jóvenes, y reflexivos por el empeño en dar un sentido pleno a su existencia, les dice el Santo Padre: “Cristo os pide remar mar adentro y la Virgen os anima a no dudar en seguirle” (n. 5). “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5). A los padres y educadores cristianos, a los sacerdotes, consagrados y catequistas les advierte y exhorta: “No olvidéis que hoy también se necesitan sacerdotes santos, personas totalmente consagradas al servicio de Dios. Por eso quisiera repetir una vez más: ‘Es necesario y urgente organizar una pastoral de las vocaciones amplia y capilar, que llegue a las parroquias, a los centros educativos y a las familias, suscitando una reflexión más atenta a los valores esenciales de la vida, que se resumen claramente en la respuesta que cada uno está invitado a dar a la llamada de Dios, especialmente cuando pide la entrega total de sí y de las propias fuerzas para la causa del Reino’ (Novo millennio ineunte, 46)” (n. 5).

¡Sacerdotes, esperanza del mundo! Si es mucha la esperanza que el mundo hoy necesita, han de ser muchos también los sacerdotes dispuestos a dársela. En el corazón del hombre, como en la cesta de Pandora, puede faltar todo menos la esperanza. Pero en muchos corazones de hoy la esperanza está adormilada o gravemente herida. Las esperanzas humanas que la sociedad brinda a los hombres son efímeras, pasajeras, desprovistas de trascendencia. Despiertan por unos momentos la esperanza o alivian su herida. Nada más. El sacerdote trae al hombre una esperanza que no decae ni muere, una esperanza anclada en la historia, pero que vuela hacia la eternidad en donde tiene su último nido. El sacerdote es el hombre que tiene una esperanza inquebrantable en los hombres y una confianza radical en el amor de Dios. Por ello, su esperanza no defrauda. Por ello, el sacerdote es esperanza del mundo. Por ello, elevemos nuestras súplicas a Dios con la voz del Vicario de Cristo:


“Salvador nuestro,
enviado por el Padre
para revelar el amor misericordioso,
concede a tu Iglesia el regalo
de jóvenes dispuestos a remar mar adentro,
para ser entre sus hermanos
manifestación de tu presencia
que renueva y salva” (n. 6; cf. L’Osservatore Romano en español, 14 de enero 2005, 3).

Editorial de Ecclesia. Revista de cultura católica (enero-marzo 2005), pp. 3-12.

FUENTE: es.catholic.net

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