FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

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EL SACERDOTE ESTÁ CASADO CON CRISTO - Testimonio Gloria Polo (Extracto de conferencia)


Ni ustedes mismos saben el don que son en la humanidad.


Nada más verlos con su cleriman eso dice todo, están hablando del señorío de Cristo, que el reino de Cristo está aquí, que está presente, que esto no se ha acabado y que el enemigo no ganó. Cada día de ustedes es una esperanza para nosotros los que estamos en el mundo.

Pero si ustedes sirven y sirven pero no adoran están muertos. Así como son de amados en el cielo así son de odiados en el infierno, las bestias más aterradoras que tienen mayor poder, la misión que tienen es destruir el sacerdocio y formar escándalos.

Entre más santo el sacerdote, más adorador del Santísimo tiene que ser. Entre más santo quiera ser el sacerdote tiene que estar doblando rodillas delante de Jesús Sacramentado de la mano de María Santísima. Porque sino es imposible, no se dejen rutinizar. Ustedes están casados con Cristo y no deben dejar pasar el amor apasionado diario por nuestro Señor.

Del corazón abierto del sacerdote y del corazón abierto de Cristo nace el amor fecundo para nosotros, nuestra Iglesia.

POR QUE EL SACERDOTE BESA EL ALTAR EN LA MISA?

¿Cuál es su significado? Vamos a descubrirlo

Al iniciar la celebración eucarística, el sacerdote, después de la procesión de entrada, inmediatamente hace una reverencia al altar y lo besa. Este signo siempre ha llamado mi atención ¿Cuál es su significado? Vamos a descubrirlo.

La Misa está llena de muchos signos que la hacen rica y especial. El beso es uno de los actos de expresión más usados en el mundo. A través de éste manifestamos el cariño, el respeto y el amor que le guardamos a algo o a alguien. Este gesto en la celebración eucarística cobra también un sentido de amor y respeto.



Ahora bien, el altar, desde la antigüedad, era el lugar propio para el sacrificio, en él se ofrecían ofrendas y sacrificios a Dios como signo de adoración y agradecimiento. Para los cristianos es el centro del espacio celebrativo, en torno al cual nos reunimos porque en él se hará presente Cristo. El altar nos recuerda a Cristo resucitado y, a la vez, en él se realiza el sacrificio, del cual nos hace parte. Cristo es el sacerdote que ofrece el sacrificio, es la víctima que libremente se ofrece y, a la vez, es el altar donde se lleva a cabo dicho sacrificio.

Asimismo, el altar simboliza la mesa en la que Jesús instituyó el Sacramento de la Eucaristía junto con sus discípulos; y que como a ellos, parte y reparte para nosotros su pan.

Así nos lo afirma el Catecismo de la Iglesia Católica cuando dice:

El altar, en torno al cual la Iglesia se reúne en la celebración de la Eucaristía, representa los dos aspectos de un mismo misterio: el altar del sacrificio y la mesa del Señor, y esto, tanto más cuanto que el altar cristiano es el símbolo de Cristo mismo, presente en medio de la asamblea de sus fieles, a la vez como la víctima ofrecida por nuestra reconciliación y como alimento celestial que se nos da (1383 CEC).

La Instrucción General del Misal Romano también nos dice:


El altar, en el que se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos sacramentales, es también la mesa del Señor, para participar en la cual, se convoca el Pueblo de Dios a la Misa; y es el centro de la acción de gracias que se consuma en la Eucaristía. (296 IGMR)

En consecuencia, este signo que hace el sacerdote de besar el altar, al principio y al final de la Misa, es una señal de veneración a Cristo que se encuentra representado en él. En la persona del sacerdote, nosotros los fieles también formamos parte de ese beso, con el que recibimos al Señor que momentos más adelante se hará presente.

Finalmente, cuando un altar es consagrado y bendecido, según la tradición de la Iglesia: “Debe observarse la antigua tradición de colocar bajo el altar fijo reliquias de Mártires o de otros Santos, según las normas litúrgicas.” (1237, § 2. Código de Derecho Canónico) Por lo tanto, cuando el sacerdote besa el altar, besa a Cristo y con él a todos los santos que gozan ahora en su presencia.


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FUENTE: es.catholic.net



LA GENUFLEXIÓN

La genuflexión es el máximo signo de reverencia y adoración que prevé la liturgia, por lo cual queda reservada al Santísimo Sacramento y a la Cruz, desde los Oficios del Viernes Santo hasta la Vigila Pascual.

La Instrucción General del Misal Romano indica: que “la genuflexión, que se hace doblando la rodilla derecha hasta la tierra, significa adoración; y por eso se reserva para el Santísimo Sacramento, así como para la santa Cruz desde la solemne adoración en la acción litúrgica del Viernes Santo en la Pasión del Señor hasta el inicio de la Vigilia Pascual.” (n. 274)




En la Misa el sacerdote que celebra hace tres genuflexiones siempre:

1.- Después de la elevación de la hostia

2.- Después de la elevación del cáliz

3.- Antes de la comunión.

Los concelebrantes únicamente hacen una inclinación profunda en estos momentos.

Adicionalmente puede hacer otras dos genuflexiones si el tabernáculo con el Santísimo Sacramento está en el presbiterio. En este caso, el sacerdote, el diácono y los otros ministros hacen genuflexión cuando llegan al altar y cuando se retiran de él, pero no durante la celebración misma de la Misa. Debe indicarse que los ministros que llevan la cruz procesional o los cirios, en vez de la genuflexión, hacen inclinación de cabeza

Antes se decía que había que debían hacerla cada vez que los ministros pasaban delante del sagrario, pero eso se suprimió y ahora sólo se hace al inicio y al final.

Fuera de la Misa, todos los que pasan delante del Santísimo Sacramento hacen genuflexión, a no ser que avancen procesionalmente.

La genuflexión doble implica poner las dos rodillas en el suelo e inclinar la cabeza. Este gesto no se contempla en la liturgia actual. Anteriormente se realizaba frente al Santísimo Sacramento cuando se encontraba expuesto. Sin embargo, por devoción puede realizarse.

La Instrucción General del Misal Romano como signos corporales de reverencia y adoración sólo contempla la genuflexión sencilla (pues dice que se hace doblando la rodilla derecha hasta la tierra), en el núm. 274, y la inclinación (que puede ser de cabeza o profunda) en el núm. 275. Así pues, no dice nada sobre la genuflexión doble, como antes sí se decía.

En el mismo sentido, el Ritual de la Sagrada Comunión y del Culto Eucarístico fuera de la Misa (De Sacra Communione et De Cultu Mysterii Eucharistici Extra Missam) dice textualmente en el número 84 de su praenotanda: “84. Ante El Santísimo Sacramento, ya reservado en el sagrario, ya expuesto para la adoración pública, sólo se hace genuflexión sencilla.” Es claro, por tanto, que indica que debe hacerse una genuflexión sencilla cuando el Santísimo esté expuesto.

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FUENTE: liturgiapapal.org


BESANDO EL ALTAR, GENUFLEXION ANTE EL SANTÍSIMO

Estos dos gestos al Señor de adoración, de respeto, de amor, de obediencia son hermosos, preciosos, ... son sublimes.

Dios quiera que en algún momento todos los sacerdotes hicieran genuflexión al entrar y salir de la Iglesia como símbolo de adoración y respeto lo cual seria un gran ejemplo para los fieles.


----- A continuacion algunas imagenes tomadas a algunos padres de la Comunidad Pasionista de Arraiján, Panamá Oeste. 

Padre Jovan Alfredo

Diácono Juan Pedro

Padre Yamid de la Hoz

Padre Roger Arribasplata

Padre Jorge Estrada, párroco 

Padre Jovan Alfredo



Genuflexión ante el Santisimo 

Padre Jovan Alfredo

Padre Jovan Alfredo

Padre Yamid de la Hoz

Padre Yamid de la Hoz

Padre Yamid de la Hoz

Padre Jovan Alfredo


FOTOS: Narcisa Olayvar

PUEDE UN NO CATÓLICO CONFESARSE CON UN SACERDOTE

Muchos no católicos están intrigados por la confesión y tienen curiosidad acerca de si pueden recibir las mismas gracias que los católicos...

Si bien la confesión a menudo es considerada bajo sospecha por muchos no católicos, a algunos de ellos les gustaría confesarse. Hablamos de personas que no se están preparando para el bautismo ni tienen la intención (en un futuro próximo) de convertirse en católicos.

Además de las muchas gracias recibidas en la confesión, estas personas pueden estar interesadas ​​en los beneficios psicológicos de contarle a alguien más sus pecados y en el alivio que se siente al escuchar las palabras de absolución.

Sin embargo, ¿está permitido que un no católico se ponga en la fila del confesionario y se arrodille ante un sacerdote para recibir el sacramento de la reconciliación?

El Código de Derecho Canónico es bastante sencillo acerca de los sacramentos de la Iglesia católica. Si bien la Iglesia reconoce el bautismo de la mayoría de las denominaciones cristianas, la realización válida del sacramento de la confesión solo se reconoce dentro de los límites de la Iglesia católica (con la excepción principal de la Iglesia ortodoxa).

Casi siempre, para recibir una confesión lícita, hay que ser miembro de la Iglesia católica.

Los ministros católicos administran los sacramentos lícitamente a los miembros de la Iglesia católica, quienes también los reciben lícitamente solo de los ministros católicos (Can. 844 §1.)

Hay algunos casos en los que un cristiano ortodoxo también puede recibir el sacramento de la confesión, ya que esta rama del cristianismo tiene sacramentos válidos para la Iglesia católica.

Sin embargo, el Código de Derecho Canónico enumera algunas excepciones para los bautizados no católicos:
Si hay peligro de muerte o, a juicio del Obispo diocesano o de la Conferencia Episcopal, urge otra necesidad grave, los ministros católicos pueden administrar lícitamente esos mismos sacramentos también a los demás cristianos que no están en comunión plena con la Iglesia católica, cuando éstos no puedan acudir a un ministro de su propia comunidad y lo pidan espontáneamente, con tal de que profesen la fe católica respecto a esos sacramentos y estén bien dispuestos. (Can. 844 §4.)

Básicamente, un sacerdote católico puede ofrecer la absolución a los cristianos no católicos en ciertos casos raros, como el peligro de muerte.

A los cristianos no católicos se les anima a buscar un sacerdote católico para recibir asesoramiento espiritual, y pueden hacerlo en el contexto de una reunión programada en la oficina parroquial.

Sin embargo, en la mayoría de los casos, mejor no acercarse a un sacerdote durante una confesión programada regularmente en el edificio de la iglesia.

Estos tiempos están reservados para los miembros de la Iglesia católica y no permiten el momento adecuado para la catequesis o el asesoramiento personal extendido.

La confesión es un hermoso sacramento, que puede liberar a una persona del pecado y establecer un nuevo camino. Sin embargo, para abrazar completamente este regalo, uno debe estar debidamente catequizado e iniciado completamente en la Iglesia católica.

HABLAN RELIGIOSOS DESDE EL INFIERNO -



Fragmentos - 

Nos cuenta la religiosa sor Josefa Menéndez, quien fue llevada varias veces al infierno arrastrada por los demonios:

Mi alma se precipitó  sola y se dejó caer en un abismo cuyo fondo no llega a verse ya que es inalcanzable. Enseguida oía otras almas que se alegraban de verme bajo estos tormentos. Ya es un martirio el hecho de oír esos gritos horribles pero, creo que ese dolor no se compara con la sed de maldición que se apodera del alma y cuando más se maldice más aumenta esa sed. Jamás se había padecido algo similar... 

Vi el infierno como siempre: los largos pasillos, las cavidades, el fuego, oía las mismas almas gritar y blasfemar puesto que, como lo escribí varias veces, aunque no se vean las formas corporales, los tormentos se sienten como si estuvieran presentes y las almas se reconocen igual que en el purgatorio. La diferencia es que aquí los tormentos son para siempre.

Ellos gritaban “aquí estas al igual que nosotros. Éramos libres de tomar o no esos votos”, dicen los religiosos, pero ahora maldecían sus votos. Entonces sentí que me empujaron en un nicho de llamas y que me sentía apretada entre dos planchas encendidas como si…

Estaba en el infierno pero tenía una marca especial que indicaba que yo era una religiosa, era una marca que indicaba que mi alma había conocido y amado a Dios y podía ver a otras almas de religiosos y religiosas que tenían la misma marca que yo. Había muchos sacerdotes en ese infierno. No puedo describir dicho sufrimiento, el cual me fue muy diferente, del cual había padecido otras veces puesto que si el sufrimiento de un alma mundana era terrible no se comparaba en nada con el del alma de un religioso.

Estas tres palabras estaban impresas en el alma como un punzante remordimiento: POBREZA, CASTIDAD, OBEDIENCIA.

Pobreza: eras libre y lo prometiste porvqué entonces te procuraste este bienestar? por qué te quedaste con ese objeto que no te pertenecía? Por qué le diste esa comodidad a tu cuerpo? Por qué te tomabas la libertad de disponer de las cosas que eran propiedad de la comunidad?  Acaso no sabías que no tenías ningún derecho a poseer nada que tú mismo habías renunciado a eso? Por qué murmurabas cuando te faltaba algo o cuando te parecía que no te trataban como a los demás?

Castidad: tú mismo hiciste ese voto libremente y conscientemente de lo que dicho voto exigía, tú mismo te obligaste, tú mismo así lo quisiste y después como lo has observado…

Obediencia: tú mismo te obligaste a obedecer las reglas a tus superiores libremente, entonces por qué juzgaste lo que te ordenabas, por qué desobedecías a la voz del reglamento, por qué dispensabas de esa obligación de vida comunitaria.

Recuerda la suavidad de la regla.

Y así todo no lo aceptaste y ahora braman las voces infernales: debes obedecernos a nosotros pero no por día, no por año, no por siglos sino para siempre por la eternidad. Tu así lo quisiste pero eras libre …

EL COLOR NEGRO DE CLERIGMAN EN EL SACERDOTE: SIGNIFICADO GOZOSO

Por Padre Santiago González

En el Código de Derecho Canónico (canon 284) se expresa la obligatoriedad, para el sacerdote, de identificarse como tal en el vestido, ya sea con traje talar (sotana) o clerigman. Sobre este aspecto ya publiqué un artículo en este blog:


La cuestión que toco en este artículo, relacionado con la identidad sacerdotal, es el COLOR preferentemente NEGRO, por si tuviera algún significado y comentarlo no sólo por satisfacer la curiosidad sino para provecho espiritual. En efecto, cada conferencia episcopal manifiesta los colores que, además del negro, pueden llevarse en cada nación. En España, por ejemplo, se mencionan el negro y el gris (ya sea gris claro u oscuro). Hay países tropicales donde el calor es tan intenso que el color recomendado es el blanco (y ello está totalmente justificado).

No obstante es bueno reconocer y valorar el NEGRO como el que, en circunstancias normales, representa mejor la entrega del Sacerdote. En una ocasión un sacerdote mayor en edad, y muy espiritual, me explicó la causa y la verdad es que me encantó, y ahora la comparto en este blog. El color negro es color de LUTO: eso ya lo sabemos todos. Pero en el caso del sacerdote se trata de un LUTO GOZOSO. Cuando el candidato al sacerdocio, en la ceremonia de ordenación, está tumbado en el suelo mientras se recita la letanía de los santos, y ya está muy cercana la imposición de manos del Obispo (momento de gran alegría y expectación), es como si ese hombre MUERE a su vida pasada. Su vida se va a transformar por completo: seguirá siendo EL MISMO pero no LO MISMO. El sacramento del Orden imprime CARÁCTER ETERNO y va a ser sacerdote para toda la eternidad. Eso significa que su vida anterior va a la tumba (por eso está tumbado en el suelo) y desde entonces, una vez ordenado, se vestirá de color negro para recordar a todos, y a si mismo, que está de luto por su pasado y que es un luto gozoso ya que ha recibido, de forma inmerecida y por el amor infinito de Dios, el DON del sacerdocio ministerial para el bien de las almas.

Por eso el color negro (en la sotana o la camisa de clerigman) NO es algo triste ni serio, en absoluto. Es un signo ALEGRE de identidad, pero una alegría que, para asumirla y captarla, precisa de la catequesis sacramental y la apertura del corazón. El sacerdote, vestido de color negro, expresa (sin necesidad de hablar) que:

– Pertenece totalmente a Dios, y desde Dios está al servicio de las almas y de la Iglesia

– Está feliz de haber sido llamado a esa vocación, pero no está orgulloso (ya que no es por su mérito)

– Su vida pasada queda en la memoria y el entendimiento, pero NO en la voluntad presente y futura (al menos no en lo que esa vida anterior, sobre todo, hubiera tenido de lejanía de Dios)

– Se entrega a todas las almas, pero sin exclusividad ni dependencia. El sacerdote dice a su hermano/a que “Estoy a tu servicio, pero ni tú serás el centro de mi corazón ni yo lo seré del tuyo; en el centro de mi corazón está Cristo”

Por tanto, valoremos el color NEGRO en el vestido sacerdotal: muestra el sentido FELIZ del LUTO que es signo de Vida ETERNA.


FUENTE: adelantelafe.com

VIDEO:LOS SACERDOTES SOMOS COMO LOS AVIONES PADRE CARLOS CANCELADO


Sigamos orando por los sacerdotes pero yo también diría que por los seminaristas porque los seminaristas son las semillas del sacerdote. Es la semilla que Jesús va regando en cada seminario. Si rezamos para que los seminaristas sean santos sacerdotes, habrán santos sacerdotes. Mientras hayan sacerdotes sobre la tierra habrá misericordia de Dios, habrá perdón, estará Jesús Eucaristía. Cuando se acabe esta plaga sacerdotal se acabó la misericordia de Dios sobre la humanidad. 


COMO DEBE SER EL SACERDOTE -

PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

Cómo debe ser el sacerdote

Sábado 11 de enero de 2014


Es «la relación con Jesucristo» lo que salva al sacerdote de la tentación de la mundanidad, del riesgo de convertirse en «untuoso» en lugar de «ungido», por la idolatría «al dios Narciso». El sacerdote, en efecto, puede también «perder todo» pero no su vínculo con el Señor, de otro modo no tendría nada más que dar a la gente. Con palabras fuertes, y proponiendo un auténtico examen de conciencia, el Papa Francisco se dirigió directamente a los sacerdotes volviendo a lanzar el valor de su unción. Lo hizo en la homilía de la misa celebrada el sábado 11 de enero, por la mañana, en la capilla de la Casa de Santa Marta.

El Pontífice prosiguió la meditación sobre la primera carta de Juan que ya había iniciado los días pasados. El pasaje propuesto por la liturgia (5, 5-13) —explicó— «nos dice que tenemos la vida eterna porque creemos en el nombre de Jesús». He aquí las palabras del apóstol: «Os he escrito estas cosas a los que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que os deis cuenta de que tenéis vida eterna».

Es «el desarrollo del versículo» proclamado en la liturgia del viernes y en el cual el Papa ya había centrado su meditación: «Ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe». En efecto, volvió a afirmar el Pontífice, «nuestra fe es la victoria contra el espíritu del mundo. Nuestra fe es esta victoria que nos hace seguir adelante en el nombre del Hijo de Dios, en el nombre de Jesús».

Una reflexión que llevó al Santo Padre a plantearse una pregunta decisiva: ¿cómo es nuestra relación con Jesús? Una cuestión verdaderamente fundamental, «porque en nuestra relación con Jesús se hace fuerte nuestra victoria». Una pregunta «fuerte», reconoció, sobre todo para «nosotros que somos sacerdotes: ¿cómo es mi relación con Jesucristo?».

«La fuerza de un sacerdote —recordó el Pontífice— está en esta relación». En efecto, cuando su «popularidad crecía, Jesús iba al Padre». Lucas, en el pasaje evangélico de la liturgia (5, 12-16), relata: «Él, por su parte, solía retirarse a despoblado y se entregaba a la oración». Así «cuando se hablaba cada vez más» de Jesús «y las multitudes, numerosas, venían a escucharle y a buscar la curación, Él después iba al encuentro del Padre». Una actitud, puntualizó el Papa, que constituye «el criterio para nosotros, sacerdotes: ¿vamos o no vamos a encontrar a Jesús».

De aquí brota una serie de preguntas que el Pontífice sugirió para un examen de conciencia: «¿Qué sitio ocupa Jesús en mi vida sacerdotal? ¿Es una relación viva, de discípulo a maestro, de hermano a hermano, de pobre hombre a Dios? ¿O es una relación un poco artificial que no nace del corazón?».

«Nosotros estamos ungidos por el espíritu —fue la reflexión propuesta por el Papa—, y cuando un sacerdote se aleja de Jesucristo en lugar de ser ungido, termina siendo untuoso». Y, destacó, «¡cuánto mal hacen a la Iglesia los sacerdotes untuosos! Quienes ponen la fuerza en las cosas artificiales, en las vanidades», los que tienen «una actitud, un lenguaje remilgado». Y cuántas veces, añadió, «se oye: pero éste es un sacerdote» que se parece a una «mariposa», precisamente «porque siempre está en la vanidad» y «no tiene la relación con Jesucristo: ha perdido la unción, es un untuoso».

Incluso con todos los límites, «somos buenos sacerdotes —continuó el Papa— si vamos a Jesucristo, si buscamos al Señor en la oración: la oración de intercesión, la oración de adoración». Si, en cambio, «nos alejamos de Jesucristo, debemos compensar esto con otras actitudes mundanas». Y así surgen «todas estas figuras» como «el sacerdote especulador, el sacerdote empresario». Pero el sacerdote, afirmó con fuerza, «adora a Jesucristo, el sacerdote habla con Jesucristo, el sacerdote busca a Jesucristo y se deja buscar por Jesucristo. Éste es el centro de nuestra vida. Si no existe esto perdemos todo. ¿Y qué daremos a la gente?».

Así, el Obispo de Roma repitió la oración proclamada en la oración colecta. «Hemos pedido —dijo— que el misterio que celebramos, el Verbo que se hizo carne en Jesucristo entre nosotros, crezca cada día más. Hemos pedido esta gracia: que nuestra relación con Jesucristo, relación de ungidos para su pueblo, crezca en nosotros».

«Es hermoso encontrar sacerdotes —destacó el Papa— que han dado la vida como sacerdotes». Sacerdotes de quienes la gente dice: «Sí, tiene un mal genio, tiene esto y aquello, pero es un sacerdote. Y la gente tiene olfato». Por el contrario, si se trata de «sacerdotes, en una palabra, “idólatras”, que en lugar de tener a Jesús tienen pequeños ídolos —algunos son devotos del dios Narciso—, la gente cuando ve esto dice: ¡pobrecitos!». Por lo tanto, es precisamente «la relación con Jesucristo», aseguró el Pontífice, lo que nos salva «de la mundanidad y de la idolatría que nos hace untuosos» y la que nos conserva «en la unción».

Dirigiéndose, por último, a los presentes —entre ellos un grupo de sacerdotes de Génova con el cardenal arzobispo Angelo Bagnasco— el Papa Francisco concluyó así la homilía: «Y hoy a vosotros, que habéis tenido la amabilidad de venir a concelebrar aquí conmigo, os deseo esto: perded todo en la vida, pero no perdáis esta relación con Jesucristo. Ésta es vuestra victoria. ¡Adelante con esto!».

http://www.vatican.va/
Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 3, viernes 17 de enero de 2014


LAS ENSEÑANZAS DE SANJOSEMARÍA ESCRIBA PARA LOS SACERDOTES -


El 28 de marzo de 1925 san Josemaría fue ordenado sacerdote. Con motivo del aniversario, reproducimos una conferencia de Mons. Javier Echevarría sobre el sacerdocio (2009).


Opus Dei - Las enseñanzas de San Josemaría para los sacerdotes


Las enseñanzas de San Josemaría para los sacerdotes: una respuesta a los desafíos de un mundo secularizado

Sumario

1. «Todos los sacerdotes somos Cristo». Eucaristía e identificación con Cristo.

2. «Yo le presto al Señor mi voz». Familiaridad con la Palabra y disponibilidad para las almas.

3. «Yo le presto al Señor mis manos». Amor a la liturgia y obediencia a la Iglesia.


4. «Yo le presto al Señor mi cuerpo y mi alma: le doy todo». Sacerdote cien por cien.


*****

Hacer presente a Dios en todas las actividades humanas es el gran desafío de los cristianos en un mundo secularizado, y es la tarea que San Josemaría recordó a miles de personas –sacerdotes y laicos– durante su vida. Su mensaje puede resumirse en pocas palabras: santidad personal en medio del mundo.Jesucristo se hará presente y activo en el mundo: en las familias, en la fábrica, en los medios de comunicación, en el campo..., en la medida en que Cristo viva en el padre y en la madre de familia, en el obrero, en la periodista, en el campesino...; es decir, en la medida en que el obrero, el periodista, el esposo o la esposa sean santos. Como afirmó Juan Pablo II, «se necesitan heraldos del Evangelio expertos en humanidad, que conozcan a fondo el corazón del hombre de hoy, participen de sus gozos y esperanzas, de sus angustias y tristezas, y al mismo tiempo sean contemplativos, enamorados de Dios. Para esto se necesitan nuevos santos. Los grandes evangelizadores (...) han sido los santos. Debemos suplicar al Señor que aumente el espíritu de santidad en la Iglesia y nos mande nuevos santos para evangelizar el mundo de hoy»[1].

Este es el “secreto" ante la indiferencia y el olvido de Dios: nuestro mundo necesita santos; cualquier otra “solución" es insuficiente. El mundo actual, con su inestabilidad y sus profundos cambios, reclama la presencia de hombres santos, apostólicos, en todas las actividades seculares: «Un secreto. –Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. –Dios quiere un puñado de hombres “suyos" en cada actividad humana. –Después... “pax Christi in regno Christi" –la paz de Cristo en el reino de Cristo»[2].

La ausencia de Dios en la sociedad secularizada se traduce en falta de paz; y, como consecuencia, proliferan las divisiones: entre las naciones, en las familias, en el lugar de trabajo, en la convivencia diaria... Para llenar de paz y alegría esos ambientes, «hemos de ser, cada uno de nosotros, alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Sólo así podremos emprender esa empresa grande, inmensa, interminable: santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí el fermento de la Redención»[3]. Todos estamos llamados a colaborar en esta tarea apasionante, con una visión optimista ante el mundo en el que vivimos: «Para ti, que deseas formarte una mentalidad católica, universal, transcribo algunas características: (...) una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida»[4].

En esta labor de transformación del mundo, se percibe también el importante papel del sacerdote. Pero, ¿quién es el sacerdote en la sociedad de hoy? ¿Cómo puede convertirse en fermento de santidad? A esta pregunta se puede responder desgranando unas palabras de San Josemaría que definen la identidad del sacerdote, también en el mundo secularizado: «Todos los sacerdotes somos Cristo. Yo le presto al Señor mi voz, mis manos, mi cuerpo, mi alma: le doy todo»[5].


1. «Todos los sacerdotes somos Cristo».

Eucaristía e identificación con Cristo.

Son ciertamente los laicos quienes, de modo capilar, hacen presente a Cristo en las encrucijadas del mundo. A la vez, la vida de Cristo que se inicia en el Bautismo necesita el ministerio sacerdotal para desarrollarse. La grandeza del sacerdote consiste en que se le ha dado el poder de vivificar, de cristificar. El sacerdote es «instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado». El sacerdote trae a Cristo «a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para vivificarnos»[6].

Como pastor de almas y como dispensador de los misterios de Dios (cfr. 1 Cor 4, 1), el sacerdote, especialmente en un mundo indiferente hacia la fe, debe alentar a todos para que progresen hacia la santidad, sin rebajar —por cobardía o por falta de fe— el horizonte del mandato divino: «sed santos, como mi Padre celestial es santo» (Mt 5, 48). El sacerdote orientará a otros en ese camino hacia la santidad si él mismo reconoce este imperativo, y si es consciente de que Dios ha puesto en sus manos los medios para alcanzarlo. El gran desafío para el sacerdote consiste en identificarse con Cristo en el ejercicio de su ministerio sacerdotal, para que muchos otros busquen también está configuración con el Señor, en el desempeño de sus tareas habituales.

La identificación con Cristo sacerdote se fundamenta en el don del sacramento del Orden, y se desarrolla en la medida en que el sacerdote pone todo lo suyo en manos de Cristo. Esto ocurre de modo paradigmático y excelente durante la celebración de la Eucaristía. En la Misa, el sacerdote presta su ser a Cristo para traer a Cristo. San Josemaría expresaba esta verdad con fuerza singular:

«Llego al altar y lo primero que pienso es: Josemaría, tú no eres Josemaría Escrivá de Balaguer (...): eres Cristo (...). Es Él quien dice: esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre, el que consagra. Si no, yo no podría hacerlo. Allí se renueva de modo incruento el divino Sacrificio del Calvario. De manera que estoy allí in persona Christi, haciendo las veces de Cristo»[7].

Esta identificación con el Señor es un rasgo esencial de la vida espiritual del sacerdote. Como decía San Gregorio Magno, «quienes celebramos los misterios de la pasión del Señor, hemos de imitar lo que hacemos. Y entonces la hostia ocupará nuestro lugar ante Dios, si nos hacemos hostia nosotros mismos»[8].

La entera existencia sacerdotal se orienta a que el propio yo disminuya, para que crezca Cristo en el presbítero: ocultarse, sin buscar protagonismo, para que aparezca sólo la eficacia salvadora del Señor; desaparecer, para que Cristo se haga presente a través del ejercicio abnegado y humilde del ministerio. Ocultarse y desaparecer[9] es una fórmula que gustaba mucho a San Josemaría. Invita, especialmente a los sacerdotes, a preferir el sacrificio escondido y silencioso[10] a las manifestaciones aparatosas o llamativas.

Paradójicamente, para contrarrestar la ausencia de Dios en un mundo secularizado, San Josemaría propone a los sacerdotes, no tanto una fuerte actividad pública, con su correspondiente resonancia mediática, sino, sencillamente, ocultarse y desaparecer. De este modo, al desaparecer el “yo" del sacerdote, se propagará la presencia de Cristo en el mundo, según la lógica divina que se nos muestra en la celebración de la Eucaristía.

«Me parece que a los sacerdotes se nos pide la humildad de aprender a no estar de moda, de ser realmente siervos de los siervos de Dios –acordándonos de aquel grito del Bautista: illum oportet crescere, me autem minui (Jn 3, 30); conviene que Cristo crezca y que yo disminuya–, para que los cristianos corrientes, los laicos, hagan presente, en todos los ambientes de la sociedad, a Cristo (...). Quien piense que, para que la voz de Cristo se haga oír en el mundo de hoy, es necesario que el clero hable o se haga siempre presente, no ha entendido bien aún la dignidad de la vocación divina de todos y de cada uno de los fieles cristianos»[11].

La existencia sacerdotal consiste en poner todo lo propio a merced de Dios: prestar la voz al Señor, para que hable Él; prestarle las manos, para que actúe Él; prestarle cuerpo y alma, para que Él crezca en el sacerdote y, a través de su ministerio, en cada uno de los fieles cristianos. Ante los desafíos de nuestro mundo, San Josemaría enseña a los sacerdotes humildad y abnegación: poner enteramente a disposición del Señor el propio yo.

2. «Yo le presto al Señor mi voz».

Familiaridad con la Palabra y disponibilidad para las almas.

La Eucaristía «anuda en sí todos los misterios del Cristianismo. Celebramos, por tanto, la acción más sagrada y trascendente que los hombres, por la gracia de Dios, podemos realizar en esta vida»[12]. El sacerdote presta su voz al Señor, de modo inefable al pronunciar las palabras de la consagración, que permiten que la fuerza de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo obre el prodigio de la transubstanciación. La eficacia de esas palabras no proviene del sacerdote sino de Dios. El sacerdote, por sí mismo, no podría decir eficazmente “esto es mi cuerpo", "éste es el cáliz de mi sangre": no se obraría la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Esto, que sucede de modo extraordinario durante la celebración eucarística, en el momento más sublime de la vida del sacerdote, puede extenderse análogamente a toda su vida y su ministerio.

La eficacia de la palabra del sacerdote —en la predicación, en la celebración de los sacramentos, en la dirección espiritual y en el trato con las personas— proviene del mismo principio: prestar su voz al Señor.

a) Familiaridad con la voz de Dios

Prestar al Señor la propia voz reclama confianza con Él; requiere escuchar la voz de Dios e incorporarla a la vida propia. Para adquirir esa familiaridad, San Josemaría indica dos caminos imprescindibles: la vida de oración y el estudio. El sacerdote ha de dedicar tiempo a estudiar y meditar la Sagrada Escritura y a profundizar en su formación teológica, para que resuene fielmente la voz de Cristo, que habla en su Iglesia.

«La predicación de la palabra de Dios exige vida interior: hemos de hablar a los demás de cosas santas, ex abundantia enim cordis, os loquitur (Mt 12, 34); de la abundancia del corazón, habla la boca. Y junto con la vida interior, estudio: (...) Estudio, doctrina que incorporamos a la propia vida, y que sólo así sabremos dar a los demás del modo más conveniente, acomodándonos a sus necesidades y circunstancias con don de lenguas»[13].

El pueblo cristiano está sediento de la voz de Dios. El sacerdote no puede defraudar esos santos deseos. En este mundo de hoy, en el que abunda la confusión, es necesario que el sacerdote sea portavoz fiel de la Palabra divina: tener vida interior y estudiar la doctrina, asegura que la predicación no sea eco de otras voces que no son la de Cristo. Seguir confiadamente el Magisterio garantiza que Cristo sea escuchado en la Iglesia y en el mundo. San Josemaría animaba también a los sacerdotes a pedir luces al Espíritu Santo, para ser sólo instrumentos suyos, pues es el Paráclito quien actúa en el interior del alma[14]. Prestar la voz a Dios significa además que el sacerdote no se predica a sí mismo, sino a Cristo Jesús, Nuestro Señor (cfr. 2 Cor 4, 5), haciendo eco al Evangelio. De este modo, la eficacia de la predicación provendrá del Señor mismo:

«De las palabras de Jesucristo bien expuestas, claras, dulces y fuertes, llenas de luz, puede depender la resolución del problema espiritual de un alma que os escucha, deseosa de aprender y determinarse. La palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que cualquier espada de dos filos, entra y se introduce hasta los pliegues del alma y del espíritu, hasta las junturas y tuétanos (Hb 4, 12)» [15].

De alguna manera, el sacerdote debe aspirar a la misma intimidad con la Palabra de Dios que tuvo Santa María. Benedicto XVI, a propósito del Magnificat, «completamente tejido por los hilos tomados de la Sagrada Escritura», describe esa familiaridad de la Virgen en los siguientes términos: «Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Así se pone de manifiesto, además, que sus pensamientos están en sintonía con el pensamiento de Dios, que su querer es un querer con Dios»[16].

El Santo Padre va más allá, al señalar que la Virgen, «al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada»[17]. Algo análogo ocurre con el sacerdote. San Josemaría decía, refiriéndose a la Eucaristía que, así como Nuestra Madre trajo una vez al mundo a Jesús, «los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días»[18].

Prestar al Señor la voz requiere humildad: acallar opiniones personales en cuestiones de fe, moral y disciplina eclesiástica cuando son disonantes; no apegarse a las propias ideas; buscar la unión con deseos de servir. Es necesario que el sacerdote hable a los hombres de Cristo, les comunique la doctrina de Cristo como fruto de la propia vida interior y del estudio: con santidad personal y conocimiento profundo de la vida de los hombres y mujeres de su tiempo.

b) Disponibilidad para prestar la voz al Señor

Prestar al Señor la voz requiere también disponibilidad. San Josemaría no se cansó de pedir a los sacerdotes que dedicasen tiempo a la administración del perdón divino. Para que la voz misericordiosa de Dios llegue a las almas a través del sacramento de la Reconciliación, es necesaria una condición, casi obvia pero fundamental: estar disponible para atender a quienes se acerquen. Sería un error pensar que, en nuestro mundo, supondría una pérdida de tiempo. Equivaldría a cerrar la boca de Dios, que desea perdonar por medio de sus ministros. San Josemaría tenía bien experimentado que, cuando el sacerdote, con constancia, día tras día, dedica un rato a esta tarea, estando físicamente en el confesonario, ese lugar de misericordia termina por llenarse de penitentes, aunque al principio no acuda nadie. Así describía a un grupo de sacerdotes diocesanos en Portugal, en 1972, el resultado de perseverar en esta tarea:

«No os dejarán vivir, ni podréis rezar nada en el confesonario, porque vuestras manos ungidas estarán, como las de Cristo –confundidas con ellas, porque sois Cristo– diciendo: yo te absuelvo. Amad el confesonario. ¡Amadlo, amadlo!»[19].

San Josemaría tenía una fe vivísima en la verdad real de que el sacerdote es Cristo, cuando dice: “yo te absuelvo". Con gran sentido sobrenatural y con sentido común, daba consejos muy prácticos, para que la dignidad del sacramento no se empañase, para que fuese cauce limpio de la voz de Jesucristo. Por eso amaba el confesonario. Entendía que, utilizando este tradicional instrumento, se fomentan las disposiciones adecuadas —tanto del penitente como del confesor— para facilitar la sinceridad y el tono sobrenatural propio de una realidad sagrada.

«Dios Nuestro Señor conoce bien mi debilidad y la vuestra: somos todos nosotros hombres corrientes, pero ha querido Jesucristo convertirnos en un canal, que haga llegar las aguas de su misericordia y de su Amor a muchas almas»[20].

Hablaba de la administración del sacramento de la Penitencia como un ejercicio gustoso y una pasión dominante del sacerdote. Sin duda, las horas diarias dedicadas a confesar, «con caridad, con mucha caridad, para escuchar, para advertir, para perdonar»[21] son parte de ese ocultarse y desaparecer, tan eficaz para hacer presente a Cristo en las personas y en los ambientes donde viven.

Al confesar, el sacerdote –en su papel de juez, maestro, médico, padre y pastor– experimenta la necesidad de dar doctrina clara, ante las dificultades que se presentan en la vida de los penitentes. Consciente de esto, San Josemaría fomentó entre los presbíteros un vivo afán de conservar y mejorar la ciencia eclesiástica, «especialmente la que necesitáis para administrar el sacramento de la Penitencia»[22]. «Procurad –escribía en una ocasión a sacerdotes– dedicar un rato al día –aunque sólo sean unos minutos– al estudio de la ciencia eclesiástica»[23]. Con este fin, impulsó también encuentros, convivencias, reuniones para los presbíteros, etc.

El renacer de la práctica de la confesión sacramental es uno de los grandes desafíos del mundo actual, que necesita redescubrir el sentido del pecado y experimentar el gozo de la misericordia de Dios. El sacerdote, estando disponible para celebrar el sacramento de la Reconciliación, y procurando –mediante la oración y el estudio– que sus ideas estén en sintonía con la doctrina de la Iglesia, resulta absolutamente insustituible.

También los fieles laicos han de sentir la responsabilidad de llevar a sus colegas, parientes y amigos al sacerdote, para que puedan “escuchar la voz de Dios" y recibir su perdón. La colaboración entre laicos y sacerdotes, en este campo, es especialmente importante en la sociedad de hoy.

San Josemaría entendía que el sacerdote, también en la tarea de dirección espiritual, es un instrumento para hacer llegar la voz de Dios a las almas; en esta actividad no debe sentirse ni “propietario", ni modelo: «El modelo es Jesucristo; el modelador, el Espíritu Santo, por medio de la gracia. El sacerdote es el instrumento, y nada más»[24]. La dirección espiritual, otra de las pasiones dominantes de San Josemaría, no consiste en mandar, sino en abrir horizontes, señalar obstáculos, sugiriendo los medios para vencerlos, e impulsar al apostolado. Animar, en definitiva, a que cada uno descubra y quiera cumplir el designio de santidad que Dios tiene para él.

Esto es posible si el mismo sacerdote está convencido de que mover a la búsqueda de la santidad es llevar a las personas hacia la felicidad. Esa persuasión surge de la lucha del presbítero por la propia santificación, es fruto del amor a la voluntad de Dios y es necesaria para contrarrestar el pensamiento laicista, que tiende a borrar a Dios del horizonte de la felicidad humana.

3. «Yo le presto al Señor mis manos».

Amor a la liturgia y obediencia a la Iglesia.

En la Santa Misa, es Cristo el que, a través del sacerdote, se ofrece al Padre por el Espíritu Santo. Las manos del presbítero, ungidas durante la ceremonia de ordenación, han sido siempre veneradas por los cristianos, porque traen a Cristo, porque dispensan los tesoros de la redención.

San Josemaría tenía viva conciencia de que la liturgia es acción divina, sagrada, y no acción humana. Si un mundo descristianizado se caracteriza, en buena medida, por la ausencia de lo sagrado, el sacerdote tiene hoy el gran desafío de esmerarse en el cuidado de la liturgia, “prestando a Dios sus manos" y su ser entero.

Esto significa evitar protagonismos que pueden empañar la acción divina. También en el servicio litúrgico vale la fórmula de San Josemaría: «Ocultarse y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca»[25]. Este principio responde a una lógica de fe y de visión sobrenatural. Sólo desde la fe se entiende en profundidad la eficacia sobrenatural que encierra el principio de “prestar al Señor mis manos"; y se aceptan con gusto las consecuencias prácticas a las que conduce: fidelidad a la fe y a la doctrina católica, y obediencia delicada a las normas litúrgicas:

«Que pongáis siempre un particular empeño en seguir con toda docilidad el Magisterio de la Iglesia Santa; y, como consecuencia, que cumpláis, con delicada obediencia también, todas las indicaciones de la Santa Sede en materia litúrgica, adaptándoos con generosidad a las posibles modificaciones –que siempre serán accidentales– que el Romano Pontífice pueda introducir en la lex orandi»[26].

Las manos del sacerdote han de ser manos de persona enamorada, que sabe tratar con delicadeza las cosas del Señor y, muy especialmente, todo lo que se relaciona con el culto divino. El descuido de iglesias, altares y objetos de culto transmite inevitablemente cierta sensación de ausencia de Dios o de indiferencia. Para hacer frente al mundo materialista, se precisa el cuidado atento de todo lo relacionado con la presencia sacramental del Señor en la Eucaristía. En una celebración litúrgica imbuida de espíritu de adoración se encierra una sobria belleza, que eleva el espíritu hacia Dios y comunica la presencia de lo sagrado. San Josemaría vivió siempre con la preocupación de que nunca es demasiada la dignidad del culto:

«Tratadme bien los objetos de culto: es manifestación de fe, de piedad y de esa bendita pobreza nuestra que, si nos lleva a destinar al culto lo mejor de que podemos disponer, nos obliga por eso mismo a tratarlo con la más exquisita delicadeza: sancta sancte tractanda! Son joyas de Dios. Los cálices sagrados y los santos lienzos y todo lo demás que pertenece a la Pasión del Señor... por su consorcio con el Cuerpo y la Sangre del Señor han de ser venerados con la misma reverencia que su Cuerpo y su Sangre (S. Jerónimo, Epist. 114, 2)» [27].

4. «Yo le presto al Señor mi cuerpo y mi alma: le doy todo». Sacerdote cien por cien.

Después de haber considerado cómo el sacerdote presta al Señor su voz y sus manos, llegamos, como en un in crescendo de identificación con Cristo, a una formulación omnicomprensiva de la identidad sacerdotal: «le presto al Señor mi cuerpo y mi alma: le doy todo». Esta fórmula, referida a la celebración eucarística, en la que el sacerdote actúa in persona Christi Capitis, puede extenderse análogamente a la entera vida del sacerdote, constituyendo su más íntima aspiración: ser, siempre y en todo, ipse Christus, el mismo Cristo.

San Josemaría describía con fuerza ese sentido de totalidad propio del sacerdocio. Refiriéndose a un grupo de sacerdotes recién ordenados, lo expresaba de la siguiente manera: «Han recibido el Sacramento del Orden para ser, nada más y nada menos, sacerdotes-sacerdotes, sacerdotes cien por cien»[28].

Al mismo tiempo, es evidente que siempre resulta indispensable la colaboración entre sacerdotes y laicos, cada uno según la misión que le es propia. Como escribía San Josemaría, «esta colaboración apostólica es hoy importantísima, vital, urgente»[29]. Por una parte, porque los presbíteros, en cuanto tales, no tienen acceso a muchos ambientes profesionales o sociales. Por otra, porque los laicos, para ser verdaderamente “otros Cristos", necesitan la vida sacramental y, por tanto, el recurso al ministerio sacerdotal. Sin vida interior, el laico terminaría por mundanizarse, en vez de cristianizar el mundo: es necesaria una intensa vida sobrenatural para influir cristianamente en ambientes donde parece haber desaparecido la huella de Dios.

«En el ejercicio del apostolado, los laicos tienen absoluta necesidad del sacerdote, en cuanto llegan a lo que yo suelo llamar el muro sacramental, como los sacerdotes –especialmente en medio de la indiferencia religiosa, cuando no se trata además de un ataque brutal a la Religión, en la sociedad de estos tiempos– tienen necesidad de los laicos, para el apostolado»[30].

Esta colaboración es eficaz en la medida en que se respeta la naturaleza misma de la vocación de cada uno: el laico debe ser “Cristo" en medio de la calle, en las normales circunstancias que le toca vivir: en la convivencia con sus iguales, con quienes comparte proyectos y afanes. Al mismo tiempo, el sacerdote ha de ser siempre y enteramente sacerdote, viviendo para sostener y alentar el afán de santidad de hombres y mujeres, con una abnegada entrega a su ministerio. Difícilmente habrá laicos que perseveren en el empeño de buscar la santidad en la vida ordinaria, sin presbíteros «dedicados íntegramente a su servicio, que se olviden habitualmente de sí mismos, para preocuparse solamente de las almas»[31].

San Josemaría repetía con frecuencia que tenía un solo puchero para todos, cuyo contenido es, en síntesis, la búsqueda de la santidad en medio de las ocupaciones ordinarias. De ese puchero se pueden alimentar el padre y la madre de familia, el ingeniero, el abogado, la médico, el obrero, y también el sacerdote. Y el sacerdote desempeña un papel insustituible para ayudar a los fieles a ser santos: ha de servir a todos, es sacerdote para los demás. Por la misión que ha recibido de Dios, tiene una especial obligación de buscar la santidad. «Muchas cosas grandes dependen del sacerdote: tenemos a Dios, traemos a Dios, damos a Dios»[32].

Por eso el fundador del Opus Dei hablaba de ser sacerdote cien por cien, que es la consecuencia de hacer vida propia lo que ocurre en la Santa Misa: prestar al Señor el cuerpo y el alma; darle todo. Significa también que el sacerdocio no es un oficio, ni una tarea que ocupa parcialmente la jornada, junto a otras ocupaciones. Para San Josemaría no hay ámbitos de la existencia personal que no sean sacerdotales: hasta en las situaciones aparentemente más intrascendentes, o en las ocupaciones profanas, el sacerdote es siempre sacerdote, tomado de entre los hombres, constituido a favor de los hombres (cfr. Hb 5, 1).

Plenamente congruente con ese “prestar al Señor mi cuerpo" es el don del celibato sacerdotal. En medio del mundo, que fácilmente tiende a banalizar la dignidad del cuerpo, cobra especial significado entregar totalmente el cuerpo a Nuestro Señor Jesucristo en la celebración eucarística. El celibato de Jesucristo ilumina con toda su fuerza y resplandor el celibato del sacerdote. Cristo, en sus años de existencia terrena y en la vida de su Iglesia, ha demostrado a qué grado extraordinario de paternidad y maternidad, de caridad sin límites, se llega por este don.

A lo largo de su gran experiencia pastoral, San Josemaría experimentó de continuo la necesidad de una identidad sacerdotal fuerte: no es verdad que los cristianos quieren ver en el sacerdote un hombre más; el pueblo cristiano, lo que quiere del sacerdote es que sea sacerdote. En la sociedad actual, donde no pocos pretenden difuminar a Dios, los cristianos necesitan percibir con más razón aún la presencia de Cristo en el sacerdote; necesitan y esperan, en palabras de San Josemaría, «que se destaque claramente el carácter sacerdotal: esperan que el sacerdote rece, que no se niegue a administrar los Sacramentos, que esté dispuesto a acoger a todos sin constituirse en jefe o militante de banderías humanas, sean del tipo que sean; que ponga amor y devoción en la celebración de la Santa Misa, que se siente en el confesonario, que consuele a los enfermos y a los afligidos; que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la Palabra de Dios y no cualquier tipo de ciencia humana que –aunque conociese perfectamente– no sería la ciencia que salva y lleva a la vida eterna; que tenga consejo y caridad con los necesitados. En una palabra: se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él»[33].


* * *

Esta última frase puede quizá resumir el desafío que el mundo actual lanza a los ministros sagrados. A los hombres de todos los tiempos, el sacerdote ha de hacer presente a Dios; y para esto, ha de aprender a prestar a Cristo su voz, sus manos, su alma y su cuerpo: todo lo suyo. Así ocurre principalmente cuando administra los sacramentos o en la predicación, pero no sólo en esos momentos. La dinámica propia del sacramento del Orden, cuyo centro y culmen es la Eucaristía, lleva a darse enteramente, a lo largo de la jornada, en alma y cuerpo, a Cristo.

La vida terrena de Santa María, Madre de Cristo, Sacerdote Eterno, y Madre de los sacerdotes, fue un «hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y silencioso de cada jornada»[34]. En la Virgen se demuestra la eficacia de esta actitud. Por eso María, permanentemente, sigue haciendo presente a Dios en las casas, en las calles. La Madre de Dios es, muchas veces, el último reducto de fe, del que no pocas veces brota de nuevo la conversión y el descubrimiento de la alegría de la vida cristiana en medio del mundo.

+ Javier Echevarría

Prelado del Opus Dei




Publicado originalmente en clerus.org (2009)

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Notas:

[1] Juan Pablo II, Discurso al Simposio de Obispos europeos, 11-X-1985.

[2] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino, n. 301.

[3] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, n. 183.

[4] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Surco, n. 428.

[5] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Apuntes tomados en una reunión familiar, 10-V-1974, citado en J. Echevarría, Por Cristo, con Él y en Él, Ed. Palabra, Madrid 2007, p. 167.

[6] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.

[7] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Apuntes tomados..., cit.

[8] San Gregorio Magno, Lib.Dialogorum, 4, 59, citado en San Josemaría Escrivá de Balaguer, Carta 8-VIII-1956, n. 17.

[9] Cfr. San Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino, edición crítico-histórica preparada por P. Rodríguez, 3ª edición, Rialp, Madrid 2004, p. 945.

[10] Cfr. San Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino, n. 185.

[11] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Conversaciones, n. 59.

[12] Ibid., n. 113.

[13] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Carta 8-VIII-1956, n. 25.

[14] Cfr. Sto. Tomás, S. Th. II-II, q. 177, a. 1 c.

[15] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Carta 8-VIII-1956, n. 26.

[16] Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est, n. 41.

[17] Ibid.

[18] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.

[19] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Apuntes tomados en una reunión con sacerdotes diocesanos en Enxomil (Oporto),10-V-1974.

[20] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Carta 8-VIII-1956, n. 1.

[21] Ibid., n. 30.

[22] Ibid., n. 15.

[23] Ibid. [24] Ibid., n. 37.

[25] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Carta con motivo de las bodas de oro sacerdotales, 28-I-1975.

[26] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Carta 8-VIII-1956, n. 22.

[27] Ibid., n. 23.

[28] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.

[29] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Carta 8-VIII-1956, n. 3.

[30] Ibid.

[31] Ibid. [32] Ibid., n. 17.

[33] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.

[34] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, n. 172.

CONVERSIÓN Y VOCACIÓN - TESTIMONIO DEL PADRE JUAN GONZALO CALLEJAS




El Padre Juan Gonzalo Callejas, habla acerca de su vida y como pasó de una vida alejada de Dios al sacerdocio.

Del heavy metal, las bandas violentas, la brujería y el ocultismo, a sacerdote católico. Algunos de sus amigos eran pistoleros, otros traficaban con drogas, él tenía 5 novias al mismo tiempo, bebía mucho alcohol y leía libros de rituales y magia. En tres ocasiones vio la muerte de cerca y empezó a reflexionar. Pero fue un grupo de oración lo que cambió su vida. 


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SACERDOTES DE LOS QUE NADIE HABLA



POR ERNESTO JULIÁ  
(&Religión confidencial)


Resultado de imagen para sacerdote dibujoRecordamos los 160 años de la muerte del santo Cura de Ars, a quien Pío XI presentó como patrono para todos los párrocos del mundo. En su fiesta quiero escribirles esta carta, no sólo a los párrocos sino también a todos ustedes, hermanos presbíteros, que sin hacer ruido ‘lo dejan todo’ para estar empeñados en el día a día de vuestras comunidades. A ustedes, que, como el Cura de Ars, trabajan en la ‘trinchera’, llevan sobre sus espaldas el peso del día y del calor (cf. Mt 20,12) y, expuestos a un sinfín de situaciones, ‘dan la cara’ cotidianamente y sin darse tanta importancia, a fin de que el Pueblo de Dios esté cuidado y acompañado. Me dirijo a cada uno de ustedes, que, tantas veces, de manera desapercibida y sacrificada, en el cansancio o la fatiga, la enfermedad o la desolación, asumen la misión como servicio a Dios y a su gente e, incluso con todas las dificultades del camino, escriben las páginas más hermosas de la vida sacerdotal”.

Con estas palabras comienza el papa Francisco una carta dirigida a todos los sacerdotes que entregan su vida, cada día y por amor a Dios, a Cristo Nuestro Señor, en servicio de los fieles a ellos encomendados. Y con estas líneas quiero unirme a la oración del Papa, bien consciente de que el trabajo y las fatigas, las alegrías y las penas de esos sacerdotes saltan de sus corazones al de Dios, y que apenas los ven y aprecian otras personas. En no pocos casos, ni siquiera sus propios Obispos, pero ellos miran cara a cara a Dios, a Él se entregan en cuerpo y alma, y elevan su mirada al Cielo en el momento de cerrar los ojos a los horizontes de la tierra.

A mi memoria vienen ahora, entre muchos otros con quienes me he encontrado a lo largo de mi vida, estos tres sacerdotes con quienes viví momentos difíciles en su vida de servicio a Dios y a los hombres, en Cristo Jesús.

El presbítero ya bien entrado en años a quien cerré los ojos al encontrármelo muerto en su cama. Vivía solo, en una residencia de ancianos. Nos veíamos todas las semanas, charlábamos un rato, abría su alma, rezábamos por la Iglesia y por la paz del mundo, además de pedir al Señor que moviera el corazón de tantos pecadores, para que se arrepintieran, pidieran perdón y descubrieran el Amor de Dios.

Estaba un poco apenado porque nadie le iba a visitar, pero no perdía la sonrisa: sabía que el Señor estaba con él y me invitaba a rezar para que sus compañeros de parroquia no acabasen sus vidas como la estaba rindiendo él, y para que el Señor enviase más vocaciones al seminario.

El joven que en su primer encargo pastoral, apenas ordenado sacerdote, que se encontró sólo atendiendo tres pequeños pueblos, que llevaban años abandonados prácticamente de atención sacerdotal. Le conocí en un momento en el que el demonio le tentaba con la desesperación y la conciencia de la inutilidad de sus esfuerzos: parecía que sus oraciones no llegaban al Cielo.

Fuimos juntos a rezar a una ermita de la Virgen situada entre los tres pueblos, y abandonada desde hacía años. El rezo pausado de un Rosario sentados sobre las ruinas de la iglesita, le dio ánimos para seguir en la batalla. Al cabo de unos meses volví a verle, y me encontré con que ya había conseguido levantar los muros de la ermita, y el campanario lanzaba cantos de paz a los habitantes de aquellos campos: Santa María estaba de nuevo en su lugar y en el corazón de los fieles, y la serenidad y la paz, en el corazón del joven cura.

“En cuanto muera mi madre, cuelgo la sotana y me voy”. Guardé silencio ante aquel sacerdote de unos cincuenta años que estaba harto de los contratiempos de su tarea, de las incomprensiones que tenía con la curia de su diócesis. Faltaban sacerdotes y no habían encontrado ninguno para que le acompañara en sus labores. La atención a su madre le exigía mucho tiempo, y le creaba mucha tensión el no poder atender sacerdotalmente a la gente, como a él le gustaría.

Conversamos unas dos horas, a dos pasos del lecho de su madre que, en la cama, dejaba correr entre sus dedos las cuentas del rosario, con la cabeza ya casi del todo ida. Sabía que la Virgen la escuchaba, y eso le bastaba; y no había dejado de pedirle cada día que su hijo fuera fiel a la llamada del Señor al sacerdocio.

Pocas semanas después, murió la madre. Todo el pueblo le acompañó en el funeral y en el entierro. Yo estuve a su lado hasta que dejó caer el último terrón de tierra en la tumba de su madre. En silencio volvimos a casa. Ya tenía preparadas las maletas para abandonar el lugar, y “colgar la sotana”.

Me dio las gracias por la compañía; y con una paz que no le conocía desde hacía tiempo, me dijo que las oraciones de su madre le habían llegado al fondo del alma. Y convencido de que su madre seguiría rezando por él en el Cielo, deshizo las maletas y volvió a estrenar su sacerdocio.

Los periódicos no suelen recoger hechos semejantes. No saben que estos acontecimientos son los que mantienen viva la presencia de Jesucristo en su Iglesia. Esa Iglesia que quiere anunciar íntegra la Verdad de Cristo, sin rebajar nada del misterio del vivir de Dios con nosotros y en nosotros, y sin acomodar esa Verdad a los cambios antropológicos y culturales del momento como algunos acomplejados laicos y eclesiásticos pretenden hacer hoy.


FUENTE: vidasacerdotal.org

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