FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

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ESTE MENSAJE NO GUSTARÁ A LOS SACERDOTES - PAPA FRANCISCO -




A veces sufro cuando encuentro gente que viene llorando porque fue a confesarse y le dijeron de todo. Si vos te venís a confesar porque hiciste una, dos o diez mil macanas, das gracias a Dios y lo perdonas; tras que el otro pasa vergüenza y todo, le das, le das y le das, señaló el Papa. Luego, el Santo Padre continuó con un ejemplo de diálogo en el que el sacerdote le dice al penitente "no puedo absolverte porque estás en pecado mortal y tengo que pedir permiso al Obispo... ", eso sucede, por favor nuestro pueblo no puede estar en manos de delincuentes y un cura que obra así es un delincuente.


CELEBRACIÓN LITÚRGICA CON LA ADMINISTRACIÓN DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS


Padre Roger Arribasplata

Con motivo de la 30th Jornada Mundial del Enfermo, y en ocasión de la festividad de la Virgen de Lourdes el día viernes 11 de febrero de 2022, se celebró la Eucaristía por la salud en cuyo programa se incluyó la celebración comunitaria de la Unción de Enfermos.

A continuación se celebró la Santa Misa, presidida por el padre Roger Arribasplata con el apoyo del niño José Antonio Saavedra Rivas, pequeño servidor del Altar.

La Santa Misa de la Unción de los Enfermos se llevó a cabo en la capilla San Juan Bosco, de Arraiján en Panamá Oeste.

La Jornada Mundial del Enfermo fue proclamada por el papa Juan Pablo II, un 11 de febrero, en el marco de la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, cuyo santuario, en Francia, cada año recibe la visita de miles de personas que buscan consuelo a su dolencia.

El sacramento de la Unción de Enfermos es administrado por un sacerdote a todos los fieles que quieran recibirlo una vez al año, en una celebración especial, ya sea el día 11 de febrero, Jornada Mundial del enfermo o en una fecha cercana a ese día. Sin embargo, todo fiel que lo desee para sí mismo o para un familiar suyo, puede ponerse en contacto con el cura párroco y éste gustosamente irá a ver al feligrés a su domicilio


FOTOS Y VIDEO:















































Fotos y video Narcisa Olyvar 

¿ES ANTICUADO USAR EL CONFESIONARIO?

Lo que el derecho canónico dice sobre dónde, cuándo y cómo celebrar el sacramento de la reconciliación.

¿Quién no tiene pecados? ¡Nadie! Hay que ser humildes y reconocer nuestra condición de pecadores (Jn 8, 7). Quien diga, por ejemplo, “no tengo ningún pecado”, o “¿de qué me confieso?” o “no necesito el perdón de Dios”, se engaña (1 Jn 1,8).

Para los católicos es una necesidad recurrir al sacramento de la confesión pues “la confesión individual e íntegra y la absolución constituyen el único modo ordinario con el que alguien consciente de que está en pecado grave se reconcilia con Dios y con la Iglesia…” (Canon 960); por tanto no encaja pensar “yo me confieso directamente con Dios”.


¿Cuándo confesarnos?

La Iglesia pide que los fieles se confiesen, como mínimo, una vez al año, y con mayor razón si hay algún pecado mortal o grave (Can, 989). Y esto no es opcional. Quien niega su pecado, niega el poder, la misericordia y la voluntad de Dios de perdonar los pecados a través del ministerio de la Iglesia.

Es Jesucristo el único que tiene la potestad de perdonar los pecados, pero este poder fue transmitido por Jesús a sus apóstoles: “A quien perdonéis los pecados, le quedan perdonados» (Jn 20,22-23).


¿Cómo confesarse?

“En el sacramento de la penitencia, los fieles que confiesan sus pecados a un ministro legítimo, arrepentidos de ellos y con propósito de enmienda, obtienen de Dios el perdón de los pecados cometidos después del bautismo, mediante la absolución dada por el mismo ministro, y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron al pecar” (Can,959).

Es necesario anotar que antes del arrepentimiento de los pecados se debe tener conciencia de los pecados cometidos, por esto es importante el examen de conciencia. Y recordar también que después de la absolución es importante cumplir con la penitencia, que incluye la reparación de los pecados cometidos.

¿Dónde confesarse?

Hay un dicho que dice “hay un lugar para cada cosa y cada cosa debe estar en su lugar”; y esto aplica también en la vida eclesial. En los templos parroquiales, catedrales, basílicas, santuarios, etc., hay lugares importantes e imprescindibles por su función. Uno de estos lugares suele ser el confesionario.

Un confesionario es un mueble en el que hay un asiento para el confesor, quien estará separado del fiel por un tabique en el que hay una ventanilla o rejilla, con o sin una cortinilla, para el diálogo. Del otro lado del tabique hay un reclinatorio donde se arrodilla el penitente.

Ese habitáculo es el lugar privilegiado e indicado para administrar “ordinariamente” el sacramento de la confesión. La Iglesia lo dice claramente: “No se deben oír confesiones fuera del confesionario, si no es por justa causa” (Can, 964, 3).

De manera pues que usar el confesionario nunca quedará obsoleto; tanto es verdad que el Papa confiesa y se confiesa en un confesionario. Además en la Basílica de San Pedro, como en las demás basílicas patriarcales de Roma, sólo se confiesa en los confesionarios; que sirva esto de referencia o ejemplo a seguir.

Sin embargo hay circunstancias que obligan excepcionalmente a prescindir del confesionario: un moribundo en su lecho de muerte, un preso en la cárcel, en la calle en peligro de muerte, etcétera.

Otra de las excepciones es cuando, en un día señalado y a una hora determinada (por ejemplo, en Cuaresma, Semana Santa o en vista de numerosas primeras comuniones, etc.), varios sacerdotes llegan a un templo parroquial para ayudar al párroco a confesar; como, obviamente, no hay confesionarios para todos los sacerdotes, algunos de estos tendrán que confesar fuera de ellos.

Confesar a alguien fuera del confesionario, en caso extremo y de manera excepcional, tendrá que ser a petición de quien se confiesa y no por iniciativa del confesor, quien deberá preferir el confesionario. Si el fiel exige confesarse fuera del confesionario hay que acceder a su petición; es preferible esto a que no se confiese. Eso sí, hay que tener en cuenta que una excepción no se debe convertir en norma.

Y los confesionarios tienen su simbología. Los confesionarios, como parecen pequeñas iglesias, son símbolo de la Iglesia o del hogar paterno-divino que acoge al fiel que regresa arrepentido; son símbolo de que la Iglesia es la casa donde se acoge al fiel penitente para reconciliarlo con Dios.

A quien no entienda la importancia del confesionario puede resultarle útil reflexionar sobre por qué incluso Freud excluyó el «cara a cara» en sus prácticas de psicoanálisis con el fin de favorecer la espontaneidad y la tranquilidad del paciente.

Hoy día el diseño de confesionario ha cambiado. Ahora es más como una doble y amplia cabina (como una mini oficina) que ofrece alguna comodidad (aire acondicionado, calefacción, iluminación, muebles cómodos); algunos de estos ofrecen a quien se confiesa la opción de quitar o no la rejilla o la cortinilla.

Ahora bien, no hay que confundir el sacramento de la confesión con la dirección espiritual donde la persona dialoga con el sacerdote cara a cara. Y esta dirección tendrá siempre lugar fuera del confesionario.

¿Por qué la Iglesia exige el uso del confesionario?

La multisecular experiencia pastoral de la Iglesia, especialmente desde el Concilio de Trento (siglo XVI), ha sugerido y consolidado, con el paso del tiempo, la creación de este espacio específico de reconciliación.

Este espacio está pensado no solo para proteger la dignidad de la acción sacramental y la buena fama tanto del sacerdote como de quien se confiesa, sino también para favorecer la imparcialidad del sacerdote y la objetividad, sin condicionamientos, del fiel.

La estructura del confesionario facilita la conversación privada pues el sacerdote no tiene por qué conocer o ver al penitente; y la facilita pues la rejilla que existe entre el sacerdote y el fiel sirve para salvaguardar la necesaria discreción y también, obviamente, para garantizar el derecho que tienen todos los fieles a confesar sus pecados sin que tengan que revelar necesariamente su identidad personal.

Es por esto que ningún confesor (ni siquiera el Papa) puede obligar al penitente a que se identifique o dé la cara como condición para absolverle.

La confesión como juicio y como sacramento lo único que exige es la acusación verbal de los pecados y la consecuente absolución igualmente verbal (palabras que sean directamente perceptibles). Es por esto que no se exige que el sacerdote y el penitente se vean.

El confesionario evita el peligro de comprometer emocional y afectivamente a las personas implicadas, lo cual puede llegar a enturbiar el carácter sobrenatural de algo que es sagrado y serio.

FUENTE es.aleteia.org

LA GENUFLEXIÓN

La genuflexión es el máximo signo de reverencia y adoración que prevé la liturgia, por lo cual queda reservada al Santísimo Sacramento y a la Cruz, desde los Oficios del Viernes Santo hasta la Vigila Pascual.

La Instrucción General del Misal Romano indica: que “la genuflexión, que se hace doblando la rodilla derecha hasta la tierra, significa adoración; y por eso se reserva para el Santísimo Sacramento, así como para la santa Cruz desde la solemne adoración en la acción litúrgica del Viernes Santo en la Pasión del Señor hasta el inicio de la Vigilia Pascual.” (n. 274)




En la Misa el sacerdote que celebra hace tres genuflexiones siempre:

1.- Después de la elevación de la hostia

2.- Después de la elevación del cáliz

3.- Antes de la comunión.

Los concelebrantes únicamente hacen una inclinación profunda en estos momentos.

Adicionalmente puede hacer otras dos genuflexiones si el tabernáculo con el Santísimo Sacramento está en el presbiterio. En este caso, el sacerdote, el diácono y los otros ministros hacen genuflexión cuando llegan al altar y cuando se retiran de él, pero no durante la celebración misma de la Misa. Debe indicarse que los ministros que llevan la cruz procesional o los cirios, en vez de la genuflexión, hacen inclinación de cabeza

Antes se decía que había que debían hacerla cada vez que los ministros pasaban delante del sagrario, pero eso se suprimió y ahora sólo se hace al inicio y al final.

Fuera de la Misa, todos los que pasan delante del Santísimo Sacramento hacen genuflexión, a no ser que avancen procesionalmente.

La genuflexión doble implica poner las dos rodillas en el suelo e inclinar la cabeza. Este gesto no se contempla en la liturgia actual. Anteriormente se realizaba frente al Santísimo Sacramento cuando se encontraba expuesto. Sin embargo, por devoción puede realizarse.

La Instrucción General del Misal Romano como signos corporales de reverencia y adoración sólo contempla la genuflexión sencilla (pues dice que se hace doblando la rodilla derecha hasta la tierra), en el núm. 274, y la inclinación (que puede ser de cabeza o profunda) en el núm. 275. Así pues, no dice nada sobre la genuflexión doble, como antes sí se decía.

En el mismo sentido, el Ritual de la Sagrada Comunión y del Culto Eucarístico fuera de la Misa (De Sacra Communione et De Cultu Mysterii Eucharistici Extra Missam) dice textualmente en el número 84 de su praenotanda: “84. Ante El Santísimo Sacramento, ya reservado en el sagrario, ya expuesto para la adoración pública, sólo se hace genuflexión sencilla.” Es claro, por tanto, que indica que debe hacerse una genuflexión sencilla cuando el Santísimo esté expuesto.

Ver galería relacionada Nuestros Sacerdotes 


FUENTE: liturgiapapal.org


LA IMPORTANCIA DEL AGUA BENDITA



Los sacerdotes deberían reanudar la poderosa y olvidada costumbre de bendecir todo: a los fieles, a los crucifijos, las imágenes de la Virgen y los santos, también a los bienes como las casas, los automóviles. Asi el "humo de Satanás"  no estaría tan denso como tristemente nos tiene invadidos. 

¿RECLINATORIO PARA COMULGAR? ¡SÍ, GRACIAS!

«Los fieles comulgan de rodillas o de pie, según lo establezca la Conferencia de Obispos», con la confirmación de la Sede Apostólica. «Cuando comulgan de pie, se recomienda hacer, antes de recibir el Sacramento, la debida reverencia, que deben establecer las mismas normas».


Este es el punto 90 de la Instrucción “Redemptionis Sacramentum” (Congregación para el Culto Divino y recepción de los Sacramentos)


No está permitido a los fieles tomar por sí mismos el pan consagrado ni el cáliz sagrado, ni mucho menos pasarlo de mano en mano entre ellos. Los fieles comulgan estando de rodillas o de pie, según lo haya determinado la Conferencia de Obispos. Cuando comulgan estando de pie, se recomienda que antes de recibir el Sacramento, hagan la debida reverencia, la cual debe ser determinada por las mismas normas.

Y este es el punto 160 de la Ordenación General del Misal Romano.


Ambas citas del Magisterio de la Iglesia Católica (entre otras MUCHAS que podría traer a colación) las tomo como aval del título de este artículo: ¿Reclinatorio para comulgar?: SI, para que aquellos fieles que deseen comulgar de rodillas sean respetados en un DERECHO que tienen. Ese es el argumento (carente de toda “ideología”) por el cual yo mismo como sacerdote diocesano “recuperé” el uso del reclinatorio en mi parroquia para el libre uso de los fieles a la hora de recibir la comunión. Previo a mi decisión sucedió que hace un año un amigo me preguntó el motivo por el cual el Concilio había ordenado quitar todos los reclinatorios de las Iglesias. Le respondí que en el Concilio no hay ni una ligera insinuación de tal orden, que ni siquiera en ningún documento magisterial posterior lo podemos encontrar, sino más bien lo contrario. A lo cual me respondió muy extrañado que entonces como era posible que se hubieran quitado, a lo cual sinceramente no supe que responderle. A día de hoy sigue siendo un misterio para mí el cómo se han podido quitar sin que la autoridad lo haya pedido. Y ahora les comparto lo que sucedió tras mi decisión:


Fue por la cuaresma de 2012 cuando tomé esa decisión, previo diálogo con agentes de pastoral de la parroquia (que lo vieron algo normal aunque no se usaba para comulgar desde hacía más de 40 años). En homilías y catequesis previas expuse el motivo: que los fieles cuya devoción les dicta arrodillarse para comulgar vean su derecho respetado por la facilidad que la Iglesia les da al colocar reclinatorios que ayudan a arrodillarse con comodidad y apoyando los brazos (sobre todo pensando en las personas mayores). Si nos arrodillamos en la consagración (ésto si lo obliga la ordenación del Misal, aunque muchos no lo cumplan ni otros lo recuerden), ¿no es hasta lógico arrodillarse al recibirlo si nos arrodillamos al contemplarlo y adorarlo?; por supuesto que colocar el reclinatorio NO viola en absoluto el derecho al que prefiere recibir la comunión de pié, pues va a seguir recibiéndola así. Pero poner el reclinatorio es una señal de respeto a los fieles cuya devoción les hace recibir el Cuerpo de Cristo de la forma más reverente posible.

Pues dicho y hecho: en mi parroquia se colocó reclinatorio en un primer momento solo en Misas dominicales y solemnes, para observar la respuesta del pueblo. Y la respuesta, sinceramente, me agradó y gratamente sorprendió: fueron sobre todo las personas más jóvenes quienes se arrodillaban al comulgar, y a las pocas semanas desde la misma feligresía se pidió que el reclinatorio estuviera de forma permanente en todas las Misas. Pedido al que se accedió de inmediato. A renglón seguido, llegada la Pascua de ese año 2012, todos los niños/as que hacían la primera comunión la recibieron de rodillas, desde una catequesis previa de amor y reverencia a Jesús Sacramentado.


Desde entonces el reclinatorio quedó ubicado de forma permanente y, ….siguiendo con las gratas sorpresas....¡ni una sola queja o crítica de los laicos!...¡ni una!...y si, con pena de he decirlo, alguna que otra crítica de mal gusto de algún miembro del clero. En realidad, en el fondo, yo esperaba esa respuesta. No tanto desde la crítica, un sacerdote me dijo que para atender el derecho a arrodillarse NO hace falta el reclinatorio....obvio que es verdad, pero (yo le respondí) ¿porqué incomodar a un fiel a arrodillarse sin apoyo o a hacerlo en el suelo dando signos de evidente “originalidad?; ¿no es eso faltar a la caridad fraterna?.....


Desde mi experiencia como sacerdote, que comparto en este artículo, y con la motivación de atender los derechos del laicado, lanzo a todos los sacerdotes que lean estas líneas esta proclama: ¿Reclinatorios?...SI, gracias. Y a los que ya lo ponen, que hagan eco de su actitud para que otros lo sepan. Ni que decir tiene (pero por si acaso lo digo) que colocar el reclinatorio ha de llevar consigo que el sacerdote se ubique justo detrás del mismo, precisamente para evitar poner en evidencia al fiel que desea comulgar con reverencia y de repente se ve fuera de la fila. Si, y apostillo esto porque yo mismo lo he visto en alguna Iglesia: reclinatorio puesto cerca del presbiterio pero a la vez el sacerdote dando la comunión a varios metros del mismo....no, entonces sería como "señalar" de forma peyorativa a los fieles que se arrodillan. Por lo que el "título" de este lema "¿Reclinatorios?...SI, gracias" ha de ir acompañado de "con el sacerdote detrás dando la comunión". Desde ahí el respeto al fiel es completo: los que se queden de pié reciben la comunión y los que se arrodillen la reciben igualmente, y todos lo hacen sin que nadie quede señalado. Así SI se cumple lo que la Iglesia Católica prescribe a través de sus documentos magisteriales.

A la luz del Concilio Vaticano II, como parte de la integración del laicado en la vida de la Iglesia, opino que cuando se desprecian los derechos del laicado se cae en un CLERICALISMO insólito cuando viene de la mano de los que se califican como “progresistas y modernos”. Si no se respeta al laicado se peca de clericalismo, y la ausencia de reclinatorios en la mayoría de las Iglesias es, a mi modesto entender, un signo sutil del clericalismo modernista...si....lo repito: clericalismo modernista de aquellos que siguen tratando a los laicos como menores de edad aunque llenen sus discursos de verbalismo supuestamente laical.


Y concluyo: por supuesto que la recuperación del reclinatorio lleva consigo un mayor respeto hacia la Eucaristía que reduce o evita innumerables abusos litúrgicos que se producen contra la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Esto sería un motivo ontológico, mientras que el anteriormente expuesto (respeto al derecho del laicado) es un motivo de orden pastoral, pero muy unido al ontológico.


De un autor anónimo leí en una ocasión que “ningún hombre es más hombre, ninguna mujer es más mujer, que cuando está de rodillas ante el Amor de los Amores”
Maravillosa frase que comparto. Queridos amigos: ¡Volvamos al reclinatorio para comulgar!


Material original de adelantelafe.blogspot.com


LA SACRISTÍA TAMBIÉN ES LUGAR LITÚRGICO

Por Javier Sánchez Martínez

Un lugar amplio, hermoso, que disponga para empezar la celebración litúrgica con suficiente recogimiento y que sirva igualmente para conservar todas las cosas y elementos necesarios para el culto: esto es la sacristía.

El Caeremoniale episcoporum señala como paradigma:


“En la iglesia catedral no debe faltar el “secretarium”, es decir una sala digna, en lo posible cercana a la entrada de la iglesia, en la cual el Obispo, los concelebrantes y los ministros puedan ponerse los vestidos litúrgicos, y de la cual se inicie la procesión de entrada. La sacristía será de ordinario diferente del “secretarium”; en ella se guarda el ajuar sagrado, y en ella los días ordinarios el celebrante y los ministros se pueden preparar para la celebración “ (n. 53).

Tanto en la sacristía como en el secretarium debe observarse el silencio y la modestia (cf. Id., n. 37):


“Pongan todos esmero en guardar silencio, respetando así tanto la común disposición de ánimo como la santidad de la casa de Dios” (Id., n. 170).

En las nuevas construcciones hay que pensar en la sacristía como un lugar amplio y no como si fuera un pequeño vestidor; y pastoralmente, cuidar mucho la sacristía: hay que lograr que unos minutos antes de la celebración litúrgica no se convierta en lugar de conversaciones y asuntos varios, sino de silencio, ya que es lugar casi-sagrado, para permitir que el sacerdote y los ministros se dispongan a los Misterios con humildad y devoción. El silencio y el orden son cualidades de una buena sacristía.

La sacristía debe arreglarse en función de los fines propios de una sacristía. La cajonera debe ser elegante, cuidada, guardando en ella con orden (y con su inventario) ornamentos más nobles, capas pluviales, dalmáticas y los manteles del altar. Sobre la cajonera un crucifijo hermoso y, por ejemplo, seis candelabros que inviten al recogimiento al revestirse el sacerdote para ofrecer el sacrificio eucarístico.

En los armarios de la sacristía se dispondrán en riguroso orden el ajuar sagrado. En una estantería única y exclusivamente los leccionarios y Evangeliario; en otra, los rituales (nuevos y en sus últimas ediciones); en otra los cantorales, libros para las vísperas dominicales, etc…; en las puertas centrales los ornamentos litúrgicos; en otra parte, lo referente a la Eucaristía (cálices, copones y patenas, vinajeras, etc.), las custodias y los santos Óleos con lo necesario para el bautismo (si no estuvieren en el Baptisterio ni en una arqueta exclusiva para ellos).

El orden y la limpieza que se guarden en la sacristía crean una antesala real de celebración de los misterios, un lugar sacro para conservar lo sagrado. Se realiza, así pues, lo previsto en el Directorio “Ambientación y arte en el lugar de la celebración”:


“…La sacristía, en la que se conserva todo el ajuar litúrgico y en la que pueden prepararse el celebrante y los ministros para la celebración de los días ordinarios…” (n. 20).

“En la sacristía se debe disponer de un estante apropiado para los libros, no debiendo quedar amontonados en la credencia o en el ambón” (n. 26).

Muy poco recomendable es el comportamiento de algunas personas que -en todas las parroquias- un poco antes de la Misa se dedica, en lugar de rezar, a irse a la sacristía, sentarse allí, curiosear, entablar conversación, “cotillear", y luego presumir de “católicos comprometidos” o de “amigo del cura". La sacristía no está para eso.


Material preparado por infocatolica.com


DE LA AUTORA -


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EL SANTO ROSARIO

El Santo Rosario es la oración predilecta de la Virgen María y es más poderoso que la bomba atómica.

Con cada Avemaría le entregamos a nuestra Madre, una rosa.

Cuando rezamos el Rosario con devoción, meditando con amor cada misterio nos protegemos con una cerca poderosísima en donde guardamos diariamente nuestras intenciones, nuestras familias, etc. Es por eso que la Virgen siempre que se aparece pide que recemos el Rosario diariamente para que así estemos protegidos 24 horas con su cerca poderosa, del demonio y las tinieblas.

El santo Rosario contiene en cada pepita la Sangre que derramó por nosotros nuestro Señor Jesucristo y la de todos los mártires de todos los tiempos.

Al terminar cada misterio cerramos una puerta al infierno y abrimos una al Paraíso.

Nuestra Santísima Madre también dice que el Rosario es el arma más poderosa contra satanás, en estos últimos tiempos (después de la Santa Misa).

Para que el Rosario (arma) queme a satanás y sus secuaces y huyan lejos de nosotros, debemos estar en gracia de Dios y ser fieles al Señor. De lo contrario no les hará nada, no los quemará, no trascenderá al Espíritu esta poderosa arma.

EL DELITO CANÓNICO DE SIMONÍA -


Por Pedro María Reyes Vizcaino


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El Diccionario de la Real Academia Española define la simonía como la “compra o venta deliberada de cosas espirituales, como los sacramentos y sacramentales, o temporales inseparablemente anejas a las espirituales, como las prebendas y beneficios eclesiásticos”.

Desde los tiempos apostólicos, la Iglesia intenta evitar el comercio con los bienes espirituales. Como demuestra la historia, esta ha sido una de las batallas jurídicas en la que más se han empeñado las autoridades eclesiásticas. Santo Tomás de Aquino dedica una Cuestión de la Suma Teológica a la valoración moral de la simonía (Summa Theologica, Pars II-IIae, q. 100). Esta constante lucha se debe a que esta conducta atenta contra el mandato del Señor (“gratis habéis recibido, dad gratis”: Mt 10, 8). El simoníaco pretende hacerse dueño de los bienes espirituales. Además de que el que pidiera dinero por un sacramento, defrauda a los fieles que legítimamente piden bienes espirituales a los pastores y que necesitan de la gracia.

El nombre de esta falta procede de Simón el Mago. Según narra San Lucas en los Hechos de los Apóstoles, cuando la fe arraigó en la ciudad de Samaria, uno de los que primero se bautizó fue Simón el Mago. Poco después fueron San Pedro y San Juan a confirmar en la fe a los nuevos cristianos.

     “Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo. Al ver Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se confería el Espíritu, les ofreció dinero, diciendo: «Dadme a mí también ese poder, de forma que reciba el Espíritu Santo aquel a quien yo imponga las manos». Pero Pedro le dijo: «¡Vaya tu dinero contigo a la perdición, pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero! No tienes parte ni herencia en este asunto, porque tu corazón no es recto ante Dios. Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad y ruega al Señor, a ver si se te perdona este pensamiento de tu corazón, ya que veo que estás lleno de veneno amargo y esclavizado por la maldad»” (Hch 8, 17-23).

Actualmente el delito de simonía en los sacramentos está tipificado expresamente en el can. 1380:


Canon 1380: Quien celebra o recibe un sacramento con simonía, debe ser castigado con entredicho o suspensión.

Hemos de recordar que no es simonía el pago de una pequeña cantidad como limosna al sacerdote que celebra el sacramento (como ocurre muchas veces en el bautismo o en el matrimonio) o para que el sacerdote añada una intención en la Misa. Lo que constituiría estas entregas de dinero en acto de simonía, sería que se hiciera depender el sacramento de ello o que el ministro pidiera una cantidad exagerada o, peor aún, que hubiera una especie de puja entre donantes para que el sacerdote elija una intención u otra para la Misa.

También debe ser considerado simonía el delito tipificado en el can. 1381:

Canon 1381: el que da o promete cosas, para que quien ejerce una función en la Iglesia haga u omita algo ilegítimamente debe ser castigado con una pena justa, así como quien acepta esos regalos o promesas.

También es delito de simonía el lucro ilegítimo en las ofertas en las Misas, los también llamados estipendios:

Canon 1385: quien obtiene ilegítimamente un lucro con la ofrenda de la Misa, debe ser castigado con una censura o con otra pena justa.

En 1991 la Congregación para el Clero promulgó el Decreto Mos iugiter sobre los estipendios en la Misa, estableciendo reglas precisas para la aceptación de ofertas para la celebración de la Eucaristía. Los abusos en esta materia se deben considerar graves, por lo que entrarían en este supuesto de hecho. Así lo afirma el Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, publicado por la misma Congregación para el Clero el 11 de febrero de 2013, que citando este canon, recuerda que la Iglesia “castiga con una pena justa «quien obtiene ilegítimamente un lucro con la ofrenda de la Misa»” (n. 69).


Supuesto de hecho

El tipo legal solo castiga con pena determinada y facultativa la administración de sacramentos, pero eso no significa, como es obvio, que se aprueben otras formas de simonía. El propio Código de Derecho Canónico habla en otros cánones fuera del Libro del derecho penal de la simonía:

Canon 149 § 3. Es inválida en virtud del derecho mismo la provisión de un oficio hecha con simonía.

Canon 188: Es nula en virtud del derecho mismo la renuncia hecha por miedo grave injustamente provocado, dolo, error substancial o simonía.

En estos cánones se observa que, sin castigar como delito a los autores de estas conductas, aplica la máxima sanción jurídica (la nulidad ipso iure) a los actos que se producen con simonía.

Seguramente la causa de que exista esta diferencia de tratamiento (que la simonía con sacramentos lleve penas determinadas y preceptivas, mientras que la simonía con otros bienes espirituales o con oficios eclesiásticos tenga penas indeterminadas y facultativas) se deba a la especial importancia de proteger la gratuidad y la rectitud en los medios de la gracia de Dios instituidos por Jesucristo. No obstante, puede darse algunas veces la circunstancia de que en algún caso sea necesario castigar con penas canónicas más fuertes de las previstas la simonía en formas más amplias que las tipificadas por derecho universal. Esta será una oportunidad para ejercer los medios que el derecho canónico otorga al legislador particular, solucionando el problema mediante un precepto penal o el establecimiento de un delito de derecho particular.
Pena prevista

El delito de simonía en la administración de sacramentos tiene prevista una pena determinada que es la suspensión o el entredicho (cfr. can. 1380); mientras que si se refiere al lucro ilegítimo con la ofrenda de la Misa, la pena es facultativa e indeterminada (una censura u otra pena justa).

Entendemos que la pena apropiada en el primer caso es la suspensión si el reo es clérigo, mientras que será el entredicho si es laico. El supuesto del laico que comete este delito sería el del fiel que paga para recibir este sacramento.

Al no ser pena latae sententiae, la pena cesa por el procedimiento previsto en los cáns. 1354 y 1355. Se debe tener en cuenta también la prescripción de la pena (cfr. can. 1362).

FUENTE: www.vidasacerdotal.org/

23 CONSEJOS A LOS MATRIMONIOS QUE QUIEREN SER SANTOS


En primer lugar tomad conciencia de que el Santo Matrimonio no es cosa vuestra


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Por: Padre Francisco Javier Domínguez

De la Carta del Apóstol San Pablo a los romanos (12,9-12): Que vuestra Caridad no sea una farsa; aborreced lo malo y apegaos a lo bueno. Como buenos hermanos, sed cariñosos unos con otros, estimando a los demás más que a uno mismo. En la actividad, no seáis descuidados; en el espíritu, manteneos ardientes. Servid constantemente al Señor. Que la esperanza os tenga alegres; estad firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración.

1. En primer lugar tomad conciencia de que el Santo Matrimonio no es cosa vuestra. Es Dios el que os necesita unidos para hacer un gran bien en este mundo. Es Dios el que cuenta con cada uno de vosotros y por ello nunca os faltará su gracia para vivirlo conforme a los planes que Dios tenga para vosotros. No sois dos, sois tres. Y Dios es el centro. Siempre que lo quitéis del centro, el mundo se pondrá en su lugar y vuestro Santo Matrimonio peligrará.

2. El contraer Matrimonio es una llamada que Dios os hace a la SANTIDAD. Es decir, una gran responsabilidad. Tenéis que ser desde vuestro matrimonio luz del mundo y sal para la tierra. Vuestro mundo y vuestra tierra en primerísimo lugar será vuestro hogar, los hijos… Los que se acerquen a vuestro hogar tienen que llevarse la luz de Dios, vuestra oración, el amor, el perdón… Tenéis que ser TESTIGOS de Cristo muerto y resucitado.

3. Para ser un matrimonio Santo es importantísimo que seáis un hombre y una mujer de oración, personas profundamente metidas en el Corazón de Cristo. Y personas profundamente acostumbradas al sacrificio, a la abnegación, al saber bajar la cabeza, saber ceder por el otro, saber bajar la cabeza por que haya paz en el hogar. Evitar siempre la división del hogar. El demonio siempre quiere cargarse la unidad familiar, por ello luchad por ella con uñas y dientes.

4. Sed muy transparentes el uno con el otro, no guardaros nada. Todos somos humanos e imperfectos. Nunca escandalizaros por las meteduras de pata que ha podido hacer el otro. En las mismas circunstancias cualquiera podría haber caído también. Hay que saber perdonar y esperar. Cada uno tiene su tiempo de maduración, de darse cuenta de las cosas. Hay que tener MISERICORDIA ante las pobrezas del otro. Por ello NO TARDAR en buscar un padre espiritual para vuestro matrimonio, un sacerdote de buena doctrina que os ayude a crecer, a madurar y a ser mejores cristianos; y que lo tengáis disponible para confesaros en cualquier momento que lo necesitéis.

5. Ponte muchas veces en el lugar del otro. No pienses solo en ti. Piensa en las necesidades del otro antes que en las tuyas. Cada uno tiene que ser el último para que el matrimonio sea feliz. Y estad siempre dispuestos a cargar con las cargas del otro.

6. Confesaros con un sacerdote como muy tarde una vez al mes, y si podéis todas las semanas mucho mejor. En la Confesión Dios derrama una gracia muy especial y da os da luz y fuerza para caminar por el bien.

7. Compartid juntos un paseo, una película en el cine, una cena, una conversación… Pero solos. Cuando tengáis hijos dejadlos de vez en cuando con los abuelos o con unos buenos amigos. Tened tiempo para vosotros. Interesaos por vuestras cosas. Vuestras luchas, vuestras ilusiones, vuestros sufrimientos, vuestras alegrías… es muy importantes que las compartáis. En el matrimonio hay que hablar mucho. Cuando se deja de hablar de lo que llevamos dentro el amor se debilita. En cambio la ilusión por sorprender al otro, por saber que le gusta, que le ocurre… Es buena tierra para un Matrimonio Santo.

8. Estad muy unidos por la fe. Y nuestra fe se alimenta de muchas maneras, pero especialmente en la Santa Misa Dominical. No faltéis nunca juntos a la Santa Misa, y sentaros juntos. No haced como esos matrimonios que ya no se quieren y se sientan cada uno en una esquina de la iglesia. Vosotros juntos. Para juntos alimentaros de la Palabra y de la Eucaristía.

9. Todas las mañanas de rodillas ante Dios, haced la señal de la Cruz y poned vuestra familia bajo la protección de la Trinidad Santísima. Besad el suelo y decid: Serviam (Te serviré Señor). Haced el ofrecimiento de obras. Y pedid el auxilio de la Virgen y el acompañamiento de vuestros ángeles de la guarda. Poneros agua bendita.

10. Que no haya una noche que os vayáis a la cama sin daros un beso, hacer examen de conciencia y rezar tres Ave María en Cruz que son prenda de salvación eterna y además lo ofrecéis por la Pureza, la conversión de los pecadores y la Salvación del mundo. Y no os vayáis nunca a dormir enfadados. Antes de ir a dormir todos en el hogar deben estar Reconciliados y en la Paz del amor. Rociad la cama y vuestras frentes con agua bendita.

11. Es muy importante que al menos una vez a la semana vayáis juntos al Sagrario, y allí de rodillas frente al Señor, postrados ante Dios, pedid que se fortalezca vuestro matrimonio, pedidle perdón por si no le estáis dando toda la gloria que tenéis que darle con vuestra unión, encomendad a vuestros hijos, a vuestras familias… Y terminad con esta oración: Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo.Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman. Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, os adoro profundamente y os ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Por los méritos infinitos de su Santísimo Corazón y del Corazón Inmaculado de María, os pido la Conversión de los pobres pecadores. Te pido en especial: Por el Papa y sus intenciones, por nuestro Obispo y sus intenciones, por todos los hogares de Marismillas, por nuestro párroco y sus intenciones…Y tras rezar un ratito, llevaros vuestros nuevos testamentos (de la misma edición) y leed al menos un capitulo abierto al azar.

12. Todos los Domingos al atardecer ante un pequeño altar en vuestro hogar donde haya una Biblia, un Crucifijo, Agua Bendita y una fotografía de la Virgen, haced vuestra consagración y la de toda la familia al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María. Invocad al Espíritu Santo sobre vuestro hogar. Y pedid la protección de la Santísima Trinidad sobre vuestra familia. Los sábados rezad juntos frente a la fotografía de la Virgen una Salve.

13. Cada día rezad del Santo Rosario en familia. Este será el arma más poderosa para vuestro matrimonio y vuestra familia. El demonio os tentará con mil líos, problemas, cansancio… Pero ahí os lo jugáis todo. Aunque sea un solo misterio, ni un día desde que os caséis dejad de rezar el Santo Rosario.

14. Recordad que lo más importante en el hogar es la unión del matrimonio. Si vosotros no os queréis vuestros hijos no serán felices, si vosotros no os perdonáis vuestro hijos no serán felices…Vuestros hijos tienen que ver que os amáis, que os dais un abrazo de vez en cuando, que tenéis palabras de respeto y cariño entre ustedes, que os preocupáis el uno del otro. No martiricéis a vuestros hijos con la frialdad. Los pollitos tienen que crecer en el calor del hogar, y el calor del hogar es el cariño, la comprensión.

15. Que nunca os vean vuestros hijos mentir, hablar con brusquedades, decir palabras feas… Vosotros seréis los maestros de vuestros hijos, y si no sois buenos maestros creareis pequeños monstruitos llenos de odios y rencores. Si os ven perdonar ellos perdonaran, si os ven amar ellos amaran… Y nunca pongáis a los hijos en contra del otro, eso es una locura que trastorna a los niños. Los padres tienen que ser una sola educación, una sola directriz, un solo plan… Las deliberaciones en la intimidad. A los hijos razones claras y firmes.

16. Nunca hablad con vuestras respectivas familias de vuestros problemas o situaciones matrimoniales, ni con los amigos. Las cosas del matrimonio y el hogar, en casa se queda. Si no, luego corre peligro la unión del matrimonio con el resto de familia y amigos. La familia y los amigos son para quererlos no para desahogarnos con ellos sobre los problemas de la intimidad del hogar. Tened un padre espiritual que os ayude en los problemas.

17. Sed un matrimonio generoso. No pongáis medios anticonceptivos en vuestra relación conyugal, que eso pone muy triste al Señor. Asesoraros sobre los medios naturales. Y además, Dios bendice a las familias con cada hijo que llega. No tengáis miedo, sed valientes y Dios os recompensará. Nunca os faltará lo necesario. Rezad y ofreced muchos sacrificios para que se dejen de cometer los abortos, que son crueles asesinatos que dañan mucho el corazón del Señor y la Virgen.

18. La Salvación de vuestro hogar se juega en gran parte en que seáis un hombre y una mujer de Dios, nunca dejéis de rezar por la conversión de cada uno de los que formáis el hogar.

19. Que siempre crezcan vuestros hijos sabiendo que sus padres ejercitaban la caridad con los más pobre, los enfermos… los más débiles. Bendecid siempre la mesa antes de comer: SEÑOR BENDICE ESTOS ALIMENTOS Y A QUIENES LOS HAN PREPARADO, DALE PAN A LOS QUE TIENEN HAMBRE Y DANOS HAMBRE DE TI A LOS QUE TENEMOS PAN. POR JESUCRISTO NUESTRO SEÑOR. AMÉN.

20. Sed positivos, alegres. No critiquéis. Amad a vuestros enemigos y perdonadlos con el perdón del Señor.

21. En la circunstancias difíciles, cuando las cosas cuestan sacrificio… Ofrécelo al Señor y a la Virgen: Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores, por las benditas almas del purgatorio, por la santidad de los sacerdotes, por las familias cristianas y en reparación por los pecados cometidos contra tu Sagrado corazón y el Inmaculado Corazón de María.

22. Cuando nos faltan las fuerzas para llevar a acabo algún trabajo, alguna penitencia, alguna abnegación: POR TU GRACIA SEÑOR Y CON LA FUERZA DE TU ESPÍRITU SANTO… Que yo pueda hacer tal cosa, que yo pueda soportar esa otra…

23. Recordad que cada día en esta tierra nos estamos jugando el cielo o el infierno, no tenemos más tiempo que el que pasemos en esta tierra para decidir donde pasaremos toda la eternidad.


FUENTE: es.catholic.net 

LA SANTIDAD DEL MATRIMONIO EN EL HOGAR


El matrimonio es un regalo de Dios que toda pareja ha de valorar y agradecer al Señor


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Por: P. Juan Carlos Ortega

Como Dios ha equipado a todos los hombres con la vocación al amor y les ha regalado de forma gratuita el fin y las fuerzas, así ha colocado a cada individuo en su estado, que es el lugar y la forma en los que tiene que tender a su destino" (Von Balthasar, H.U., Estados de vida del cristiano, Ediciones Encuentro, Madrid, 1994., pp. 55-56).

De acuerdo a este pensamiento, deducimos que Dios ha regalado al hombre el matrimonio como instrumento y estructura que facilita a la persona humana la vivencia de su vocación al amor. Y, por lo tanto, el católico casado tiene la seguridad de haber recibido de Dios todo lo que necesita para vivir esta misión en el estado matrimonial.

A pesar de ello, el católico siente en su mismo ser, tanto corporal como espiritual, el aguijón del pecado y sus consecuencias. Pero, también, recibe la fuerza revitalizadora de la gracia de Cristo. A causa de la redención, operada ya en el ser humano por medio de Jesucristo, el cristiano no ha de detener su mirada en lo que era el hombre pecador, sino alargar su horizonte hasta redescubrir lo que era el hombre del paraíso y prefigurar lo que será el hombre celestial.
Si lo anterior se puede afirmar de todo cristiano, en cualquier estado al que sea llamado, también se afirma del casado, quien encuentra en el amor matrimonial la posibilidad de superar el desorden del pecado y el camino hacia la perfección personal.


1. El amor matrimonial supera el desorden del pecado.

Los esposos cristianos, al poner su mirada en lo original de la primera pareja, recordarán que lo realmente diverso en ellos es el modo de amar. Un amor que les llevaba al servicio pleno de Dios, manifestado en una total disponibilidad de las cosas materiales y del propio cuerpo y libertad. Por lo tanto, el amor en el estado matrimonial ha de ayudar a ordenar el uso de las creaturas, del cuerpo y de la libertad. En este sentido se podría afirmar que el matrimonio católico es una verdadera consagración a Dios que lleva a los esposos a alcanzar la santidad a través de la vivencia por amor de los consejos evangélicos.


2. Ordena el uso de las cosas materiales.

Los esposos deben formar una actitud de pobreza interior que los lleva a recibir como don de Dios al propio cónyuge y a reconocer en él la única y principal riqueza de su vida. Única porque deben estar dispuestos a renunciar a todo lo material, si ello es obstáculo para la unidad matrimonial. Principal porque desde el momento del matrimonio el valor de una persona se mide, no por los elementos materiales que posee sino, por la entrega al esposo. De este modo el amor convierte la actitud de pobreza en un servicio al amado.

El católico casado tiene la securidad de haber recibido de Dios todo lo necesario para vivir en el matrimonio.

Adán y Eva, en su pobreza, esperaban que todo le viniera de Dios y vivían en una continua solidaridad, hasta el punto que todo lo que tenían era para donarlo al otro. De modo similar, en la vivencia práctica de la vida matrimonial, la actitud de pobreza, vivida por amor, llevará a los esposos cristianos, en cualquier circunstancia económica que les toque vivir, a recibir con alegría lo que el otro le puede aportar por medio de su trabajo y a no guardar nada para sí, sino compartirlo y desear que el otro disfrute de lo marterial antes que uno mismo. Así los esposos, realizarán las palabras de san Pablo: "aunque probados por muchas tribulaciones, su rebosante alegría y su extrema pobreza han desbordado en tesoros de generosidad" (2Co 8,2).


3. Ordena el ejercicio de la sexualidad.

El ejercicio del amor conyugal supera el desorden introducido por el pecado en la sexualidad humana y coloca el eros y el sexo al servicio del amor cristiano y matrimonial. En realidad los esposos no hacen otra cosa sino consagrar a Dios su corazón y su cuerpo para el uso exclusivo del cónyuge y se sirven de ellos para expresar amor en los momentos y del modo como Dios lo ha pensado. Jesucristo se entregó a su Padre y a todos los hombres en la cruz. Su sacrificio y renuncia fueron realizados tanto en el cuerpo como en el espíritu. Esta renuncia realizada por el Hijo de Dios obtuvo la fertilidad que el Padre quería: la redención del hombre.

Los esposos no hacen otra cosa sino consagran a Dios su corazón y su cuerpo para uso exclusivo del cónyuge.

Así los esposos cristianos, para obtener la fertilidad que, en conciencia, creen que Dios les quiere otorgar, unas veces se entregarán mutuamente, por amor, con el cuerpo y el espíritu, y en otras ocasiones, también por amor, renunciarán al deseo espiritual de la posesión del cuerpo.


4. Ordena el ejercicio de la libertad.

El tercer desorden provocado por el pecado, el desorden de la libertad, también es purificado por el sacramento del matrimonio. Al momento de unir sus vidas, los católicos se comprometen a vivir en obediencia a Dios manifiestada en las necesidades y deseos legítimos del esposo respectivo y a ejercer sobre los hijos la autoridad amorosa y delegada de su verdadero Padre.
Adán vivía en plena libertad y autonomía aceptando en todo lo que Dios quería de él. Su obediencia no era sentida como imposición, pues el amor le movía a realizar todo mandato y deseo que podía hacer feliz a Dios, a quien amaba. De modo similar, los esposos cristianos, en el ejercicio perfecto de su libertad y movidos por el amor, no desean otra cosa sino hacer feliz al cónyuge en el cumplimiento de sus mandatos y deseos.
De este modo el hombre cristiano casado, sin renunciar definitivamente a la libertad, ni al ejercicio de la sexualidad, ni a la propiedad, supera el desorden provocado por el pecado en el uso de las cosas materiales, del cuerpo y de la libertad. Lo supera, como el hombre original, por medio del amor.
Pero si la vivencia del amor cristiano en el matrimonio, ayudado por la gracia de la redención otorgada por Cristo, sólo devolviera al hombre la capacidad de ordenar lo que el pecado desordenó, su función sería netamente negativa y condicionada por el pecado. El amor matrimonial encierra mayores riquezas para los esposos cristianos.


5. El amor matrimonial, camino de perfección.

El Nuevo Testamento nos ha revelado que todos los católicos son "elegidos de Dios, santos y amados" (Col 3,12). Y así lo experimentan aquellos que con sinceridad buscan vivir su vocación de ser imagen de Dios en el amor. El cristiano, aunque permanecerá siempre copia, cada día podrá asemejase más al original. La posibilidad de crecer es una condición humana de la que nadie puede escapar. Y esto también se aplica al laico quien ha recibido del evangelio, al igual que el sacerdote y el religioso, el mandato de alcanzar la perfección del Padre sin indicación alguna sobre el hasta dónde debe tender a la santidad o de qué aspectos está dispensado.

....se sirven de ellos para expresar amor en los momentos y del modo como Dios lo ha pensado.

Por consiguiente, si el esposo cristiano está llamado a ser santo y perfecto en el estado matrimonial al que Dios le ha llamado y Él mismo le ha regalado, significa que junto con el estado encontrará todo lo que necesita para ser perfecto y santo. La santidad consiste en reproducir con la mayor perfección posible la imagen original del amor de Dios. Pero recordemos que dicha imagen divina en nuestras almas es fruto principalmente de la acción de Dios, a la que se suma la colaboración dócil del hombre.


6. Signo de la presencia sacramental.

La acción del amor divino en el alma se realiza principalmente por medio de los sacramentos, en los que el Hijo de Dios actúa personal y directamente sobre quienes los reciben. Por otra parte, para que Él se haga presente en medio de nosotros basta una comunidad de dos o tres reunidos en su nombre (Mt 18,20). Por ello, el matrimonio, comunidad de personas en Cristo, es un ámbito humano propicio para que Él, por medio de la vivencia de los esposos, actúe los contenidos de su amor de acuerdo a cada uno de los sacramentos. El sacramento del matrimonio es signo de la vida y entrega total del Hijo de Dios al Padre y a la humanidad. Los esposos cuanto más se entregan por amor el uno al otro, más son signos de la presencia de Jesucristo vivo que vino a salvar a los hombres. La entrega exige en primer lugar la renuncia a lo propio. Como Cristo tuvo que despojarse de su apariencia divina para devolver al hombre el bien que había perdido. Así, por el bautismo, todos nosotros hemos muerto al pecado (Rm 6,2), es decir, al egoísmo de los propios gustos para buscar el bien de los demás. Igualmente, la vida matrimonial exige de los esposos un nuevo modo de pensar y actuar, no centrado ya en sí mismo sino en el bien del matrimonio y de los hijos. En la medida que sean capaces de renunciar por amor a lo propio en beneficio de la familia, están siendo signos de la presencia del amor de Cristo que se hizo hombre, no buscando su bien sino el de la humanidad.

La vida matrimonial exige de los esposos un nuevo modo de pensar y actuar.

Además de la renuncia, la entrega tiene otra cara, que se llama sacrificio, y al que la revelación nos invita expresamente: mbién nosotros debemos dar la vida por los hermanos"(1Jn 3,16). Cada vez que los esposos se sacrifican por el cónyuge o los hijos son signos de la presencia del amor de Jesucristo, para quien no fue suficiente entregarse de una vez para siempre, sino que quiso perpetuar su sacrificio cada día y en todas las partes del mundo. Así, en el sacrificio eucarístico, los esposos encuentran fuerzas para no poner límites en el tiempo a su entrega sacrificada y diaria.
Pero la finalidad del sacrificio de Cristo es la unidad de todos los cristianos en Él: "todos nosotros seamos un cuerpo, ya que todos participamos de un sólo pan" (1Co 10,17). Del mismo modo, todo sacrificio que exige la vida matrimonial debe buscar, ante todo, mantener la unidad entre los cónyuges, de ellos con los hijos y de los hermanos entre sí. Entonces, la unidad familiar, fruto del amor conyugal, será signo del amor que debe existir entre todos los cristianos, fruto de la unidad de cada uno con Jesucristo.

El culmen del sacrificio del Hijo de Dios se descubre en la cruz, cuando perdona a aquellos que le crucificaron. Perdón, que como su sacrificio, ha querido perdurar durante toda la vida y en todo lugar por medio del sacramento de la penitencia. Como el maestro, así los cristianos debemos perdonarnos unos a otros (Ef 4,32; Col 3,13). Por su parte, los esposos cristianos no pueden quedar excluidos de esta obligación en el seno de su matrimonio. Han de perdonar, incluso cuando sientan que ha sido su propio esposo quien les ha colocado en la altura de la cruz. Y han de perdonar como Él, para quien no existe una última oportunidad: ´porque te amo te perdono, y también te perdonaré mañana si vuelves a ofenderme´. Esta actitud del corazón del esposo cristiano es signo del amor por el hombre que Cristo tuvo desde la cruz.

Mientras caminaba por los senderos y ciudades de Palestina, Jesús manifiesta una especial sensibilidad por los enfermos y tullidos. Hoy mantiene esta expresión de su amor por medio de la unción de los enfermos. No quiere dejar sólo ni desamparado al cristiano en el momento del dolor y de la muerte. Así la presencia del esposo junto al lecho de la enfermedad del cónyuge, incluso cuando éste, por su debilidad, ya no tiene posibilidad de ofrecerle nada, expresa el amor fiel del Padre y de su Hijo quienes le recibirán y colmarán el amor matrimonial vivido en este mundo.

Cada vez que los esposos se sacrifican por el cónyuge o los hijos son signos de la presencia del amor de Jesucristo.

Todo lo anterior no es sino la realización del sacramento de la confirmación, por la que cada cristiano se convierte en apóstol y transmisor de la doctrina y vida de Cristo. Aún más, vivido el matrimonio de este modo, también los esposos son signos del sacramento del sacerdocio instituido por el amor de Cristo para administrar las gracias de Dios. Los esposos entre sí y como padres de familia respecto a sus hijos son instrumentos de la gracia Dios. Los hijos se acercan a los sacramentos preparados por su padres. Y éstos se apoyan mutuamente para mantener y recuperar la vida de gracia y de unión con Dios.


7. Colaboradores de Dios en la creación

Se trata pues de una participación del hombre en la soberanía de Dios que manifiesta también la responsabilidad específica que le es confiada en relación con la vida propiamente humana. Es una responsabilidad que alcanza su vértice en el don de la vida mediante la procreación por parte del hombre y la mujer en el matrimonio.


8. La oración, escuela de amor.

La estructura matrimonial facilita, por lo tanto, a los esposos el ser imagen de la acción del amor de Dios a través de los sacramentos. Pero el amor de Dios se derrama también por medio de la oración.

Oración que pueden realizar ayudándose de la predicación de los ministros, siempre y cuando la reciban "no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios" (1Ts 2,13). Los esposos, al acudir unidos a la predicación, pueden con más facilidad, mediante el diálogo, hecho también oración, aplicar la Palabra de Dios escuchada tanto a lo ordinario como a lo circunstancial de su vida matrimonial.

Los esposos deben realizar también la oración personal y privada, para que, una vez conocidas y asimiladas las virtudes de Cristo, traduzcan en obras, bajo la guía de un prudente director, los frutos de su contemplación. Es en la oración donde el Espíritu de Cristo ilumina a los esposos para amar al cónyuge y a los hijos como el mismo Jesucristo los ama en las circunstancias concretas de edad y temperamento.

...para quien no fue suficiente de entregarse de una vez para siempre, sino que quiso perpetuar su sacrificio cada día.


9. Signo de la vivencia de las virtudes teologales.

Al ser signo del amor de Cristo que se derrama a través de los sacramentos y de la oración, el estado matrimonial se convierte en luz del mundo, cumpliendo lo mandado por el Señor: "¡Luzca así vuestra luz delante de los hombres!" (Mt 5,16). El acto mismo del compromiso matrimonial que ambos cónyuges declaran el día de su boda es signo claro de lo que debe ser toda la vida cristiana: una respuesta de amor a la llamada amorosa de Dios.

¡Qué importante es para los esposos que su promesa de fidelidad sea, en primer lugar, promesa a Dios, y, sólo después, promesa al cónyuge! ¿Por qué? Porque sólo Dios es fiel, y nada más él puede asegurar lo que el amado promete. Sólo porque se tiene la fe y la confianza en la gracia de Dios, que acompañará al consorte, se puede esperar y creer en las palabras de fidelidad de éste.
Pero el acto del compromiso matrimonial no es luz para el mundo sólo por lo que entraña de fiarse de la palabra ajena. Su luz más radiante proviene de lo que uno mismo es capaz de prometer. Toda vida matrimonial que inicia entraña un verdadero riesgo, se inicia una hoja en blanco en la que ninguno de los dos esposos saben qué se escribirá en ella. Pero ambos prometen amor y entrega absoluta incluso en la adversidad, entendida ésta tanto como proveniente de fuera de la pareja como causada por el propio cónyuge. Prometer una fidelidad tal es "para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios" (Mc 10,27).

De este modo, la vida matrimonial se convierte también en modelo de la cruz y el sacrificio de Jesús:"A vosotros se os ha concedido la gracia no sólo de creer en Cristo, sino de padecer por él" (Flp 1,29). Los esposos sufren por Jesucristo cuando, en respuesta a su generosidad, no reciben del cónyuge lo prometido. Ellos, en razón de la promesa realizada a Dios, permanecen fieles. "Si obrando el bien soportáis el sufrimiento, esto es cosa bella ante Dios. Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas" (1Pe 2,20-21). Bien había entendido la verdad de su compromiso aquella esposa que un día me dijo: "veo, padre, que Dios me pide ser mártir de mi matrimonio". Los esposos cristianos han de estar convencidos que el sacrificio no puede desaparecer de su vida matrimonial, como no desapareció de la vida de Cristo, cuyo amor tratan de reproducir en el matrimonio.


10. Exigencia del apostolado.

Pero aún quedaría un aspecto más en el que la vida matrimonial debe ser imagen del amor de Dios. "En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él" (1Jn 4,9). Si el amor de Dios hizo que él viniera al encuentro del hombre para acercarle a sí mismo, los esposos cristianos serán imagen del amor de Dios cuando, saliendo de su entorno familiar, vayan al encuentro de otros hombres para transmitir su fe en Dios.

Los dones de ser imágenes de Dios y de reproducir su amor divino a través de la vida matrimonial no pueden ser recibidos por los esposos cristianos de forma pasiva. Los esposos cristianos tienen la misión de ser apóstoles del matrimonio y de la familia. Han de transmitir con su testimonio, con su palabra y con sus acciones la grandeza de la gracia del matrimonio que Dios les ha regalado y ellos se esfuerzan por vivir.

Ciertamente el matrimonio cristiano es un don de Dios a la humanidad, pues ofrece todos los elementos que el ser humano requiere, no sólo para superar el desorden creado en él por el pecado, sino que lo encauza a la vivencia del amor absoluto para realizar su misión de ser imagen y semejanza de Dios.

FUENTE: es.catholic.net 

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

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San Francisco de Asís