FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

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MONSEÑOR HÉCTOR AGUER: EN LA IGLESIA EL CELIBATO SACERDOTAL SE MANTIENE COMO UNA "PERLA PRECIOSA"

Imagen referencial / Crédito: Luis Ángel Espinosa, Legionario de Cristo de la Ciudad de México


El Arzobispo Emérito de La Plata, Mons. Héctor Aguer, comentó las recientes declaraciones del Papa Francisco en el libro “La Fuerza de la Vocación”, confirmando la importancia del celibato sacerdotal para la Iglesia latina, que la mantiene como “una perla preciosa”.

“En el celibato, que la Iglesia latina mantiene como una perla preciosa, se verifica la entrega de varones íntegros a la continencia, a la virginidad, por amor a Cristo y a la Iglesia y para darse totalmente a Jesucristo y a la Iglesia. Aquí se vive una problemática espiritual no puramente cultural o social”, sostuvo el Prelado en su reflexión en el programa “Claves para un Mundo Mejor”, emitido el 8 de diciembre por Canal 9 de Argentina.

En el libro, que salió a la venta el 3 de diciembre por Publicaciones Claretianas, “el Papa dice que en la cultura actual la homosexualidad parece haberse convertido en una moda y que esa mentalidad entra también en la Iglesia”, recordó Mons. Aguer.

“El Papa ha tocado un punto clave, del cual no solía hablarse (…). Puedo asegurar, que, en algunas diócesis, el porcentaje de sacerdotes homosexuales es elevado, y que ellos se suelen cubrir entre sí; no salen del closet como digo, constituyen una especie de logia o de lobby aún aquellos ‘no practicantes’, por decirlo de alguna manera que protegen, promueven, controlan todo eso”.

Mons. Aguer dijo que “el Papa habla también de los seminarios y de la necesidad de advertir allí si los candidatos al sacerdocio tienen la formación afectiva y espiritual que corresponde”.

“He oído algunas críticas diciendo que el Papa discrimina porque no permite que los homosexuales sean sacerdotes. Debo decir que discriminación ha venido a ser una palabra maldita, digamos, porque, en realidad, discriminar significa distinguir; y hay discriminaciones justas y hay discriminaciones injustas”.

“Una discriminación justa es impedir que se hagan cosas que no se deben hacer o que personas que no deben estar en tal lugar estén allí. Pues bien: elegir los candidatos al sacerdocio con plena integridad varonil es una obligación de la Iglesia; de lo contrario se está poniendo en riesgo el sentido del celibato”, explicó el Arzobispo emérito de La Plata.

En ese sentido, describió al celibato como el “compromiso virginal de un sacerdote que imita a Jesucristo, esposo de la Iglesia”, y “una realidad espiritual y mística preciosa, que requiere en el sujeto una plena madurez varonil”.

Finalmente, con motivo de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, Mons. Aguer pidió que se rece mucho “por los sacerdotes”, “por las vocaciones para que sean verdaderamente auténticas” y “para que los sacerdotes vivan su celibato sin temor, sin vergüenza, con entrega total a Cristo, por amor a Él”.

FUENTE: aciprensa.com 

LA CASTIDAD DEL SACERDOTE COMO LA DE LOS ÁNGELES



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Queridos hermanos, el profesor de teología en una clase de espiritualidad comentando lo que San Ignacio de Loyola había dicho respecto a los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, comentaba respecto a la castidad: Todo lo que dijo San Ignacio sobre la castidad era que la castidad del sacerdote debía ser como la de los ángeles, pero claro, sobre esto habría que decir mucho, apostilló el profesor jesuita.

Pues no hay que decir nada más. Se ha dicho todo de una manera perfecta y sabia. Inmejorable tratado sobre la castidad escrito por San Ignacio: como la de los ángeles. No se puede decir mejor, ni más claro, ni ser más verdad. Tratado completo y exhaustivo, verdadero compendio de moral para el sacerdote y el candidato al sacerdocio. Todo lo que se diga de más de lo ya dicho va en detrimento de la verdad, con el peligro inminente de enturbiar tal verdad, oscureciéndola y desvirtuándola. Cuando el sacerdote no se enfrenta ante esta realidad de su pureza, cuando cuestiona este hermoso tratado de moral sexual, cuando intenta buscar reparos y aclaraciones, entonces ya ha entrado la duda en él, y con la duda la debilidad, y con la debilidad la propensión a pecar; y lo más terrible, la conformidad con la vida de pecado. La aceptación sin reparos de la castidad del sacerdote como la de los ángeles es el camino seguro e infalible para que así llegue a ser, para que el sacerdote viva santamente su pureza, con firmeza, con virilidad, con alegría y verdadero gozo, libre de las angustias de las tentaciones, con la sabiduría para evitar los envites del diablo que con preferencia ataca al sacerdote por este lado de la carne.

Nada más triste, despreciable y rechazable, a la vez que peligroso para las almas, que un sacerdote concupiscente, carnal, libidinoso, lujurioso. Un sacerdote que mire como los hombres, que hable como ellos, que vista como el mundo, que se comporte como uno más; un sacerdote que no se distinga de los demás. Uno más. No. El sacerdote no es uno más, no es un hombre más, es un sacerdote, es un ministro del Señor, es un reflejo suyo en la tierra. Los fieles tienen el derecho de ver en el sacerdote a Cristo, tienen el derecho a escuchar a Cristo que les habla cuando escuchan al sacerdote, tienen el derecho a sentirse cerca del Señor que les mira con amor y respeto, y no cerca de quien haciendo la veces de Cristo, le traiciona, traicionando a los fieles que han puesto su confianza en él. No, un sacerdote no puede estar lleno de sensualidad, en su mirar, vestir, comportarse, desenvolverse, pues es un sacerdote indigno.

Todo lo que rodea al sacerdote carnal es nauseabundo. Los fieles no ven sacerdotes en ellos, ven tan solo hombres nada más. Basta verlos en la santa misa, en la consagración, se ve que no sienten al Señor, no sienten la inmensidad infinita de su santidad y pureza. Un sacerdote impuro es un éxito del demonio. Cuántos se acercan a los fieles carnalmente, con miradas que no son las del Buen Pastor, con conversaciones ordinarias y vulgares. ¿Cómo pueden reflejar a Cristo? No lo reflejan, ni lo pretenden. No piensan como sacerdotes, sino como hombres.


La castidad como la de los ángeles.

Cuando el sacerdote, y el seminarista, asumen con pleno convencimiento que su castidad ha de ser como la de los ángeles, cuando entienden que ya no se puede decir nada más porque ya está todo dicho; cuando rechazan firmemente cualquier otra explicación sobre el tema, ya sea la rechazable educación afectivo sexual del sacerdote, entonces ya han empezado a vivir la castidad como el Cielo quiere que se viva en la tierra por parte de los sacerdotes. Ya están en el camino correcto y santo que les llevará a la castidad perfecta y perpetua, con la gracia de Dios.

La primera consecuencia de este santo camino es la confesión frecuente, cada semana. El sacerdote no ha de dejar bajo ningún concepto su confesión semanal; es más si es necesario debe alterar sus planes para no privarse de la confesión, hasta donde sea posible, evidentemente. Debe pensar en ella y esperar que llegue el día de confesarse. Debe prepararse para ella y estar atento en no banalizarla, ni restarle importancia. Es muy importante la acción de gracias tras la confesión, meditar en la acción del Espíritu Santo que cada semana inunda su alma, desear ese momento firmemente. Ha de ser constante en la confesión, perseverante, no dejarla por nada, poner todos los medios para tener segura la confesión.

La confesión frecuente será para el sacerdote el medio que le de la gracia para seguir adelante contra la lucha del maligno que no dejará escapar a tan preciada presa; le ayudará a evitar las tentaciones, la curiosidad, a ser más firme en su determinaciones, le ayudará a ser más metódico en sus asuntos y vida de piedad; entenderá la importancia del orden en su vida, tanto en su apostolado como en su vida de oración. Comprenderá que no puede dejar al azar sus cosas diarias, sino que, en la medida de lo posible, las tendrá organizadas y preparadas. El orden en la vida del sacerdote es el orden que desprecia el demonio, que busca del sacerdote la improvisación, lo casual, lo inmediato; quiere al sacerdote despreocupado, ligero en sus decisiones, poco firme y determinativo, es resumidas cuentas, el sacerdote frágil y maleable. La confesión frecuente corta todas estas debilidades y deficiencias y errores en la vida del sacerdote.

Con la confesión frecuente está el santo sacrifico de la Misa. Aquí el sacerdote encuentra de forma única y privilegiada la razón de su pureza perfectísima, a la que está obligado por la excelencia de tan alto misterio. El sacerdote debe vivir con gran delicadeza, atención, devoción, cuidado, todo lo relativo a la santa misa. Ha de ser el momento del día por excelencia del sacerdote. Ha de pensar en él, con mucha antelación antes de que llegue ese momento, para ser consciente que su vida es un caminar constante hacia el Calvario. Si el sacerdote tiene presente que ha de recorrer cada día este camino, el sacerdote está siguiendo al Señor y no le faltará el ángel cirineo que le ayudará en la carga pesada de cada día. Por ser fiel al Señor, Éste le recompensará con la alegría siempre renovada del santo sacrificio. La nota característica que el sacerdote está en el buen camino de la castidad como la de los ángeles es la alegría siempre nueva de su misa. Este es un síntoma infalible. La alegría siempre nueva, siempre distinta, siempre diferente al día anterior, siempre única, es el abrazo del Cristo Sumo y Eterno sacerdote a su hijo fiel. No dejaríamos de seguir hablando de la santa misa, pero con lo dicho es suficiente pincelada para el tema que abordamos de la castidad del sacerdote.

No puede faltar en la vida del sacerdote casto, la oración mental, la oración de recogimiento, contemplativa, diaria. Sin oración mental va a ser muy difícil, prácticamente imposible que el sacerdote viva la castidad, oficie santamente el santo sacrificio y se confiese con frecuencia. La oración de recogimiento es la base donde se asienta la obra de la castidad perfecta en la vida sacerdotal. Es el cimiento imprescindible sin el cual no se puede construir una vida de santidad, de castidad y de fidelidad sacerdotal al Señor. La oración mental es el encuentro diario con Dios Padre Creador, con Dios Hijo Redentor con Dios Espíritu santo Santificador. Es el momento privilegiado en que el alma del sacerdote se recoge en su intimidad y se presenta ante Dios para que obre en él según la voluntad divina. En estos momentos diarios, el sacerdote se deja hacer por Dios Padre, por Dios Hijo y por Dios Espíritu Santo. El sacerdote en presencia de Dios se dispone a escuchar lo que cada una de las tres Divinas Persona que decirle a él. Porque cada Una mira con predilección a quien es una obra predilecta de las Tres Divinas Personas. Es nada menos que el sacerdote, el reflejo del mismo Dios.

Todo sacerdote que quiera ser fiel a su ministerio ha de vivir la vida de ascetismo, ha de incorporar en su vida el sacrificio y la penitencia. Nadie como el sacerdote de Cristo ha de valorar la simplicidad en su vida, consciente del engaño del mundo, demonio y carne. El mismo seguimiento del Señor lleva al sacerdote a valorar sobremanera las privaciones voluntarias, ayunos, sacrificios, todo aquello que le ayuda a someter los sentidos y a hacer florecer la santa humildad. Ha de valorar el sacrifico de controlar los sentidos que con tanta facilidad se dispersan; dominar la mirada, evitar la curiosidad, rechazar pensamientos que no sean santos y puros. El sacerdote ha de ejercitarse en controlar sus sentidos y tener control sobre ellos sin rendirse ante la tentación de las ocasiones.

No puede permitir dejarse dominar por intereses, comportamientos, acciones que no sean propios del sacerdote. Ha de ser consciente en todo momento de su sacerdocio, pues los fieles buscan el sacerdote y no el hombre. Buscan al hombre de Dios que les aconseje en sus necesidades y consuele en sus preocupaciones. Por esta razón, los sacrificios y penitencias son auxilio privilegiado para el sacerdote para mantener su actitud sacerdotal en todo momento. También el sacrificio corporal del uso de cilicio o de la disciplina es un aliado santo para el sacerdote para vivir con alegría la santa pureza, uniéndose al dolor redentor de nuestro Señor Jesucristo.


Sacerdotes castos como los ángeles.

He aquí los fundamentos que tiene el sacerdote que hacer suyo el programa de moral sexual de San Ignacio de Loyola. Programa que como ya hemos indicado es lo más perfecto que se ha podido escribir del tema, y lo más completo. Es imposible quitar o añadir nada. Sabiduría divina la que destila el gran santo al dejarnos tan hermoso tratado sobre la castidad: como la de los ángeles.

Sólo añadir por último, algo no menos importante para el sacerdote: la vestidura eclesial. El sacerdote ha de vestir como tal. No puede vestir como el mundo, es un grandísimo error y se expone inútilmente y absurdamente a la tentación de la carne. ¡Si los sacerdotes entendieran la belleza de la sotana! Prenda traída por los ángeles para los sacerdotes, para ayudarles en su santidad y castidad.

Cuando decididamente el sacerdote está dispuesto a ser casto como los ángeles, y con firmeza, humildad y amor se propone vivir su sacerdocio tal como lo hemos expuesto, comprueba que es perfectísimamente posible vivir la castidad perfecta y perpetua. Cuando el sacerdote ha conseguido aunar en su vida, poco a poco, pero decididamente, todo lo anterior brota en él el deseo ferviente de castidad, y el sacerdote luchará contra todos los frentes que se le presenten con la mayor firmeza, a pesar de su debilidad.

Porque el sacerdote ya no es él, sino Cristo en él.

Ave María Purísima.

LA CASTIDAD EN EL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA



2339 La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado. "La dignidad del hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberándose de toda esclavitud de las pasiones, persigue su fin en la libre elección del bien y se procura con eficacia y habilidad los medios adecuados". 

2340 El que quiere permanecer fiel a las promesas de su bautismo y resistir las tentaciones debe poner los medios para ello: el conocimiento de sí, la práctica de una ascesis adaptada a las situaciones encontradas, la obediencia a los mandamientos divinos, la práctica de las virtudes morales y la fidelidad a la oración. "La castidad nos recompone; nos devuelve a la unidad que habíamos perdido dispersándonos".

2341 La virtud de la castidad forma parte de la virtud cardinal de la templanza, que tiende a impregnar de racionalidad las pasiones y los apetitos de la sensibilidad humana.

2342 El dominio de sí es una obra que dura toda la vida. Nunca se la considerará adquirida de una vez para siempre. Supone un esfuerzo reiterado en todas las edades de la vida. El esfuerzo requerido puede ser más intenso en ciertas épocas, como cuando se forma la personalidad, durante la infancia y la adolescencia.

2343 La castidad tiene unas leyes de crecimiento; éste pasa por grados marcados por la imperfección y, muy a menudo, por el pecado. "Pero el hombre, llamado a vivir responsablemente el designio sabio y amoroso de Dios, es un ser histórico que se construye día a día con sus opciones numerosas y libres; por esto él conoce, ama y realiza el bien moral según las diversas etapas de crecimiento".

2344 La castidad representa una tarea eminentemente personal; implica también un esfuerzo cultural, pues "el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la sociedad misma están mutuamente condicionados". La castidad supone el respeto de los derechos de la persona, en particular, el de recibir una información y una educación que respeten las dimensiones morales y espirituales de la vida humana.

2345 La castidad es una virtud moral. Es también un don de Dios, una gracia, un fruto del trabajo espiritual. El Espíritu Santo concede, al que ha sido regenerado por el agua del bautismo, imitar la pureza de Cristo. La totalidad del don de sí 

2346 La caridad es la forma de todas las virtudes. Bajo su influencia, la castidad aparece como una escuela de donación de la persona. El dominio de sí está ordenado al don de sí mismo. La castidad conduce al que la practica a ser ante el prójimo un testigo de la fidelidad y de la ternura de Dios. 

2347 La virtud de la castidad se desarrolla en la amistad. Indica al discípulo cómo seguir e imitar al que nos eligió como sus amigos, a quien se dio totalmente a nosotros y nos hace participar de su condición divina.


La castidad es promesa de inmortalidad.

La castidad se expresa especialmente en la amistad con el prójimo. Desarrollada entre personas del mismo sexo o de sexos distintos, la amistad representa un gran bien para todos. Conduce a la comunión espiritual.


Los diversos regímenes de la castidad 

2348 Todo bautizado es llamado a la castidad. El cristiano se ha "revestido de Cristo" (Ga 3, 27), modelo de toda castidad. Todos los fieles de Cristo son llamados a una vida casta según su estado de vida particular. En el momento de su Bautismo, el cristiano se compromete a dirigir su afectividad en la castidad.

2349 La castidad "debe calificar a las personas según los diferentes estados de vida: a unas, en la virginidad o en el celibato consagrado, manera eminente de dedicarse más fácilmente a Dios solo con corazón indiviso; a otras, de la manera que determina para ellas la ley moral, según sean casadas o célibes". Las personas casadas son llamadas a vivir la castidad conyugal; las otras practican la castidad en la continencia. 

Existen tres formas de la virtud de la castidad: una de los esposos, otra de las viudas, la tercera de la virginidad. No alabamos a una con exclusión de las otras. En esto la disciplina de la Iglesia es rica.

2350 Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia. En esta prueba han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno y el otro de Dios. 

Reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en la castidad.


Las ofensas a la castidad 

2351 La lujuria es un deseo o un goce desordenados del placer venéreo. El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión.

2352 Por masturbación se ha de entender la excitación voluntaria de los órganos genitales a fin de obtener un placer venéreo. "Tanto el Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición constante, como el sentido moral de los fieles, han afirmado sin ninguna duda que la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado". "El uso deliberado de la facultad sexual fuera de las relaciones conyugales normales contradice a su finalidad, sea cual fuere el motivo que lo determine". Así, el goce sexual es buscado aquí al margen de "la relación sexual requerida por el orden moral; aquella relación que realiza el sentido íntegro de la mutua entrega y de la procreación humana en el contexto de un amor verdadero".

Para emitir un juicio justo acerca de la responsabilidad moral de los sujetos y para orientar la acción pastoral, ha de tenerse en cuenta la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales que reducen, e incluso anulan la culpabilidad moral.

2353 La fornicación es la unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de los esposos, así como a la generación y educación de los hijos. Además, es un escándalo grave cuando hay de por medio corrupción de menores.

2354 La pornografía consiste en dar a conocer actos sexuales, reales o simulados, fuera de la intimidad de los protagonistas, exhibiéndolos ante terceras personas de manera deliberada. Ofende la castidad porque desnaturaliza la finalidad del acto sexual. Atenta gravemente a la dignidad de quienes se dedican a ella (actores, comerciantes, público), pues cada uno viene a ser para otro objeto de un placer rudimentario y de una ganancia ilícita. Introduce a unos y a otros en la ilusión de un mundo ficticio. Es una falta grave. Las autoridades civiles deben impedir la producción y la distribución de material pornográfico.

2355 La prostitución atenta contra la dignidad de la persona que se prostituye, puesto que queda reducida al placer venéreo que se saca de ella. 

El que paga peca gravemente contra sí mismo: quebranta la castidad a la que lo comprometió su bautismo y mancha su cuerpo, templo del Espíritu Santo. La prostitución constituye una lacra social. Habitualmente afecta a las mujeres, pero también a los hombres, los niños y los adolescentes (en estos dos últimos casos el pecado entraña también un escándalo). Es siempre gravemente pecaminoso dedicarse a la prostitución, pero la miseria, el chantaje, y la presión social pueden atenuar la imputabilidad de la falta. 

2356 La violación es forzar o agredir con violencia la intimidad sexual de una persona. Atenta contra la justicia y la caridad. La violación lesiona profundamente el derecho de cada uno al respeto, a la libertad, a la integridad física y moral. Produce un daño grave que puede marcar a la víctima para toda la vida. Es siempre un acto intrínsecamente malo. Más grave todavía es la violación cometida por parte de los padres (Cf. incesto) o de educadores con los niños que les están confiados. 


Castidad y homosexualidad

2357 La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves, la Tradición ha declarado siempre que "los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados". Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso.

2358 Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales instintivas. No eligen su condición homosexual; ésta constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición. 

2359 Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana.

FUENTE: corazones.org

ENTENDIENDO MEJOR LO QUE REPRESENTA Y SIGNIFICA EL CELIBATO SACERDOTAL


El celibato sacerdotal es un Don peculiar de Dios (Código de Derecho Canónico c. 277), que es parte del don de la vocación.

En la Iglesia Latina, los sacerdotes y ministros ordenados, a excepción de los diáconos permanentes, «son ordinariamente elegidos entre hombres creyentes que viven como célibes y que tienen la voluntad de guardar el celibato "por el Reino de los cielos" (Mt 19,12)» (Catecismo de la Iglesia Católica n. 1579).

En efecto, todos los sacerdotes «están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos, y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato» (Código de Derecho Canónico c. 277)


Don de Dios

Este celibato sacerdotal es un «don peculiar de Dios» (Código de Derecho Canónico c. 277), que es parte del don de la vocación y que capacita a quien lo recibe para la misión particular que se le confía. Por ser don tiene la doble dimensión de elección y de capacidad para responder a ella. Conlleva también el compromiso de vivir en fidelidad al mismo don.


Que capacita para la misión

El celibato permite al ministro sagrado «unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres» (Código de Derecho Canónico c. 277). En efecto, como sugiere San Pablo (1 Cor 7,32-34) y lo confirma el sentido común, un hombre no puede entregarse de manera tan plena e indivisa a las cosas de Dios y al servicio de los demás hombres si tiene al mismo tiempo una familia por la cual preocuparse y de la cual es responsable.


Opción por un amor más pleno

Queda claro por lo anterior que el celibato no es una renuncia al amor o al compromiso, cuanto una opción por un amor más universal y por un compromiso más pleno e integral en el servicio de Dios y de los hermanos.


Signo escatológico de la vida nueva

El celibato es un también un «signo de esta vida nueva al servicio de la cual es consagrado el ministro de la Iglesia» (Catecismo de la Iglesia Católica n. 1579) y que él ya vive de una manera particular en su consagración. El sacerdote, en la aceptación y vivencia alegre de su celibato, anuncia el Reino de Dios al que estamos llamados todos y del que ya participamos de alguna manera en la Iglesia.


El celibato sacerdotal se apoya en el celibato de Cristo

El celibato practicado por los sacerdotes encuentra un modelo y un apoyo en el celibato de Cristo, Sumo Pontífice y Sacerdote Eterno, de cuyo sacerdocio es participación el sacerdocio ministerial.


El origen del celibato es primordialmente espiritual

En un artículo publicado en L"Osservatore Romano, Stefan Heid, Profesor de Liturgia y Hagiografía en el Pontificio Instituto de Arqueología Cristiana, precisó que en su sustancia y origen el celibato es una decisión espiritual que "requiere una fuerza interior.

Al referirse al origen del celibato en la Iglesia, el experto señala que las primeras grandes decisiones pastorales de los Papas, documentadas a partir del siglo IV, tenían que ver con el celibato del clero. Esta, sin embargo, no era la primera vez que se hablaba de una disciplina célibe obligatoria y se reflexionaba sobre su significado y origen. Los Pontífice consideraban que el celibato era una tradición apostólica: el celibato venía entonces del periodo de los Apóstoles, del primer siglo.

Luego de comentar que en la Iglesia primitiva es cierto que habían algunos sacerdotes casados, Heid se cuestiona: ¿cómo se llega a la continencia en la vida de los clérigos? y responde:

"De la vida de Jesús no se puede retirar la continencia, como no se puede eliminar los milagros o los exorcismos. Cuando Jesús hablaba de los eunucos a causa del Reino de los cielos, este discurso era entendido como de continencia perfecta por todo el grupo de discípulos, independientemente del hecho que los Apóstoles fueran casados o no".

"El estilo de vida apostólica: pobreza, continencia, misión; no eran sino la modalidad de vida del Señor y producía una fuerte fascinación en la Iglesia pascual y ha llegado a ser, por ella, el principio vital carismático. Esto constituía al mismo tiempo, también la raíz de la continencia de los clérigos que, al menos al inicio, no era una "disciplina" pero correspondía a la alta exigencia moral y religiosa de los cristianos. En tal ámbito juega su rol también el aspecto sacerdotal. Es experiencia religiosa primitiva de la humanidad que la continencia sexual es una exigencia de temor religioso", continuó.

"Cuando los Padres de la Iglesia afirman, implícita o explícitamente la apostolicidad, en concordancia con la Escritura y la irrenunciabilidad de la continencia de los clérigos, entonces según la terminología hodierna (sostenida también por ejemplo por Karl Rahner), califican la continencia como de derecho divino", agrega.


Malos ejemplos no invalidan el celibato sacerdotal

El Obispo de Posadas, Mons. Juan Rubén Martínez, explicó que no se puede reducir el celibato a una "mera imposición de la Iglesia" y precisó que "los malos ejemplos y aun nuestras propias limitaciones no invalidan el aporte de tantos que antes y actualmente dan su vida por los demás".

Mons. Martínez precisó que desde una visión materialista que sólo comprende al hombre desde lo fisiológico e instintivamente, difícilmente se puedan entender estos valores como un ‘don de Dios’, como un regalo e instrumento de servicio a la humanidad y al bien común"; y reconoció que "desde una antropología materialista por supuesto el matrimonio monogámico y el celibato serán considerados como algo antinatural".

Sin embargo, advirtió que "reducir el celibato a una mera imposición de la Iglesia es de hecho una falta de respeto a la inteligencia y al mismo Cristo que era el ‘sumo y eterno sacerdote’, ‘célibe’, que dio su vida por todos nosotros y que Él mismo recomendó; a los textos bíblicos que tienen una profunda valoración al celibato y a la castidad por el Reino de los cielos; y a los Padres de la Iglesia, doctores y pastores desde el inicio apostólico y hasta el presente".

El Prelado indicó que "el unir el celibato y el sacerdocio ministerial es una opción por una mayor radicalidad evangélica hecha por la Iglesia desde su potestad y respaldada por la Palabra de Dios y el testimonio de los santos y tantos hombres y mujeres que a lo largo de la historia desde este don, y aun desde sus fragilidades trataron y tratan de donarlo todo en exclusividad a Dios y a su pueblo. Los malos ejemplos y aun nuestras propias limitaciones no invalidan el aporte de tantos que antes y actualmente dan su vida por los demás".

Recordó que el Papa Benedicto XVI en su mensaje para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, dice que "una vez más, Jesús es el modelo ejemplar de adhesión total y confiada a la voluntad del Padre, al que toda persona consagrada ha de mirar. Atraído por Él, desde los primeros siglos del cristianismo, muchos hombres y mujeres han abandonado familia, posesiones, riquezas materiales y todo lo que es humanamente deseable, para seguir generosamente a Cristo y vivir sin ataduras su Evangelio, que se ha convertido para ellos en escuela de santidad radical".

El Obispo sostuvo que "desde una comprensión correcta de la persona humana, también se puede entender que la sexualidad es un vehículo que no solo hace a la generosidad, sino que puede instrumentar la donación de la propia vida en el amor a los demás. En definitiva, porque la persona está hecha para el amor y donándose es en donde se plenifica".

Por último, Mons. Martínez alentó a rezar por las vocaciones sacerdotales y religiosas, con "la confianza en la iniciativa de Dios y la respuesta humana", y agradeció a Dios porque "Él sigue obrando el llamado y la respuesta de muchos jóvenes a consagrase a Dios y a sus hermanos. Responden al llamado porque creen en el amor".


El celibato es una provocación al mundo superficial

Manfred Lütz, psiquiatra consultor de la Congregación del Clero de la Santa Sede, responde en un extenso e interesante artículo a quienes consideran que la vivencia del celibato no es "natural" y explica cómo esta opción de los sacerdotes y religiosos no solo es necesaria para la vivencia plena de su vocación, la dirección espiritual, y es una "provocación" al mundo superficial que no cree en la vida después de la muerte.

En un artículo publicado en L"Osservatore Romano, el experto comenta que "el celibato es una provocación. En un mundo que ya no cree en una vida después de la muerte, esta forma de vida representa una protesta permanente contra la superficialidad colectiva. El celibato es el mensaje vivido que anuncia que el mundo terreno, con sus alegrías y dolores, no lo es todo".

"Sin una pizca de duda (continúa el psiquiatra) si con la muerte terminase todo, el celibato sería una idiotez. ¿Por qué renunciar al amor íntimo de una mujer, por qué renunciar al encuentro profundo con los hijos, por qué renunciar a la sexualidad? Solo si la vida terrena es una parte que encontrará en la eternidad su cumplimiento, entonces el celibato, como forma de vida, puede dar luces a esta vida. Solo así esta forma de vida anuncia en voz alta una vida de plenitud, que fue ya intuida por hombres de muchas épocas, cuya realidad se ha hecho visible a todos los hombres solo a través de Jesucristo, en particular a través de su muerte y Resurrección milagrosa".

Tras hacer un breve recorrido del celibato en la Iglesia y cómo a través de los tiempos siempre ha sido estimado como de gran valor por los creyentes, pese a algunas crisis en las que fue cuestionado como la del siglo XIX en Friburgo, Alemania, el consultor de la Congregación del Clero destaca como "quien no logra renunciar al ejercicio de la sexualidad no está en capacidad" tampoco "de unirse en vínculo matrimonial".

Para Manfred Lütz la manera de ver la sexualidad que ve a la mujer "como objeto de satisfacción de un impulso personal, tiene un rol clave en la crítica del celibato". Explicando esta manera de aproximarse a este tema, el psiquiatra comenta que incluso los esposos en ocasiones no pueden ejercer su "sexualidad genital plenamente, por ejemplo a causa de una enfermedad temporal o por una discapacidad permanente. En esos casos, una relación de pareja verdaderamente profunda no es destruida por esto, sino que es enriquecida. Del mismo modo el asunto del celibato no debe concentrarse solo en el asunto de la sexualidad genital, sino que debe verse el celibato como una forma de relación determinada, que permite una relación profunda con Dios y una fecunda relación con las personas confiadas a la cura personal del sacerdote".

El experto psiquiatra indica además que "no es cierto lo que se escucha a menudo sobre que una guía espiritual para casados sería mejor si fuera dado por esposos. Una guía así corre siempre el riesgo de revivir inconscientemente las experiencias del propio matrimonio y de transformar las propias emociones en acciones, sin reflexionar, por un mecanismo psicológico".

"Por ello necesita solidamente de un monitoreo, para impedir que esto suceda. Al contrario, una buena guía espiritual tiene considerables experiencias existenciales con muchas parejas casadas. Y así se puede llegar a los casos más difíciles. Esto explica, por ejemplo, la sorprendente fecundidad de los escritos sobre el matrimonio de aquel gran pastor de almas que fue el Siervo de Dios Juan Pablo II".

Finalmente y tras explicar que el celibato no es para los narcisistas que buscan siempre que todo gire sobre sí mismos, Lütz recuerda que el sacerdote "debe sobre todo interesarse por los otos seres humanos y sus miserias, debe olvidarse de él, y debe hacer visible, detrás de sus palabras, el esplendor de Dios antes que sus propias miserias".


FUENTE: pildorasdefe.net

MOTIVOS DEL CELIBATO


El celibato, por tanto, no es un influjo, que cae desde fuera sobre el ministerio sacerdotal, ni puede ser considerado simplemente como una institución impuesta por ley.


Como todo valor evangélico, también el celibato debe ser vivido como una novedad liberadora, como testimonio de radicalidad en el seguimiento de Cristo y como signo de la realidad escatológica. "No todos pueden entenderlo, sino sólo aquellos a los que les ha sido concedido. Existen, en efecto, eunucos que han nacido así del vientre de su madre; otros han sido hechos eunucos por los hombres y hay también algunos, que se han hecho eunucos por el Reino de los cielos. El que pueda entender, que entienda" (Mt 19,10-12).

Para vivir con amor y con generosidad el don recibido, es particularmente importante que el sacerdote entienda desde la formación del seminario la motivación teológica y espiritual de la disciplina sobre el celibato . Éste, como don y carisma particular de Dios, requiere la observancia de la castidad y, por tanto, de la perfecta y perpetua continencia por el Reino de los cielos, para que los ministros sagrados puedan unirse más fácilmente a Cristo con un corazón indiviso, y dedicarse más libremente al servicio de Dios y de los hombres . La disciplina eclesiástica manifiesta, antes que la voluntad del sujeto expresada por medio de su disponibilidad, la voluntad de la Iglesia, la cual encuentra su razón última en el estrecho vínculo, que el celibato tiene con la sagrada ordenación, que configura al sacerdote con Jesucristo, Cabeza y Esposo de la Iglesia .

La carta a los Efesios (cf. 5,25-27) pone en estrecha relación la oblación sacerdotal de Cristo (cf. 5,25) con la santificación de la Iglesia (cf. 5,26), amada con amor esponsal. Insertado sacramentalmente en este sacerdocio de amor exclusivo de Cristo por la Iglesia, su Esposa fiel, el presbítero expresa con su compromiso de celibato dicho amor, que se convierte en caudalosa fuente de eficacia pastoral.

El celibato, por tanto, no es un influjo, que cae desde fuera sobre el ministerio sacerdotal, ni puede ser considerado simplemente como una institución impuesta por ley, porque el que recibe el sacramento del Orden se compromete a ello con plena conciencia y libertad después de una preparación que dura varios años, de una profunda reflexión y oración asidua. Una vez que ha llegado a la firme convicción de que Cristo le concede este don por el bien de la Iglesia y para el servicio a los demás, el sacerdote lo asume para toda la vida, reforzando esta voluntad suya con la promesa que ya hecho durante el rito de la ordenación diaconal .

Congregación para el Clero. Directorio para el Ministerio y la Vida de los Presbíteros, 1994



FUENTE: padrepatricio.com

¿POR QUÉ LOS SACERDOTES NO DEBEN CASARSE?


¿Habla la Biblia del celibato?


Un Sacerdote casado tendría su corazón dividido y no podría vivir su magisterio completamente entregado al Señor.


Hemos querido resumir un poco, con palabras sencillas pero con mucho fundamento, lo que significa el Ministerio del Sacerdocio, debido a que aún existen mucha confusión en el tema y otros aún no aceptan la idea de que los Sacerdotes deben permanecer puros y castos.


La seriedad del Sacerdocio

El Ministerio Sacerdotal muestra la seriedad de la llamada de Cristo al arrepentimiento y a la salvación. Si se permitiera que los Sacerdotes se casaran, este ministerio se vería bastante simple. La familia del sacerdote, con la cual conviviría, sin duda alguna afectará a su ministerio. ¿Cómo? Lo trataré de explicar a continuación con unos pequeños ejemplos cotidianos:

  • Imagínate cómo sería tu actitud cuando no estés completamente seguro del por qué un sacerdote te esté pidiendo ayuda económica, terminarías por preguntarte si esa ayuda sería para vivir en la comodidad de su hogar o para invertirlo en los proyectos parroquiales que incentivan la evangelización.
  • Imagínate que pasaría con aquellos sacerdotes heroicos que contestan todas las llamadas de las personas enfermas en el medio de la noche, ¿Sería posible eso si estuviesen envueltos por el abrazo de una mujer?, ¿o cuidando a su hijo que cayó enfermo de algo?, ¿o sacando cuentas con la esposa para rendir el dinero de su próximo mercado?
  • Imagínate ahora al Sacerdote saliendo de su casa y la mujer pidiéndole que traiga Pan de regreso y no llegue tarde porque tiene que ayudar al niño con la tarea, ¿podrían entonces el Sacerdote quedarse más tiempo después de dar la Misa para atender y escuchar a todas las personas que lo buscan por alguna necesidad o problema?
  • Imagínate ahora lo que significaría transferir a un sacerdote de parroquia en parroquia con toda su familia. Puesto que un sacerdote no tiene tierras, no tiene propiedades. Él es un caminante, un predicador itinerante, esto no podría ser posible en su totalidad debido a que tiene que atender su matrimonio y la familia.

Además, como Sacerdote o como esposo, él necesita la disposición para moverse de un lugar a otro en caso de que la diócesis lo requiera. ¿Qué hará con su familia? Los niños van a tener que ir de escuela en escuela cada vez que esto pase y la esposa de trabajo en trabajo?

Ellos, muchas veces, permanecen bastante tiempo en la parroquia, imagínate cómo afectaría esto a su matrimonio. ¿Crees que le dedicaría la suficiente atención a su esposa e hijos?


Argumentando ahora con base bíblica, tenemos lo siguiente

Están llamados a "Abandonar Padre, Madre, Patria, esposa, hijos, por el bien de Cristo, por el Reino de Dios" (Léase Mateo 19,29)

"En efecto, algunos no se casan, porque nacieron impotentes del seno de su madre; otros, porque fueron castrados por los hombres; y hay otros que decidieron no casarse a causa del Reino de los Cielos. ¡El que pueda entender, que entienda!” (Mateo 19,12)

Los Sacerdotes sienten su llamado a esta vocación sabiendo y conociendo a profundidad que no se les permitirá el matrimonio, lo hacen de manera consentida y por amor a Cristo. Ahora, lo que estaría muy mal, es que al principio de su vocación y estudios se les dijera que cuando fuesen ordenados sacerdotes podrían optar por casarse y luego se les diga que no pueden hacerlo.

Los Sacerdotes están llamados a ser como Cristo, Alter Christus (otro Cristo), y para actuar "in persona Christi capitis", (personificando al mismo Cristo).


Desde una perspectiva teológica:

Los sacerdotes no están siendo “negados” de hacer algo, por el contrario, más bien están siendo orientados. No es que su celibato sea una privación, es que es una aceptación total al matrimonio con Cristo. Ellos hacen que el reino futuro se haga presente ante nuestros ojos, porque ellos simbolizan el mundo que esperamos vivir cuando venga el Reino del Señor.

Sabemos que a través de los Sacerdotes el Señor alimenta y gobierna a su Iglesia. No es simplemente un llamado a rechazar el matrimonio, sino un llamado para abrazar realmente la Fe en toda su totalidad. San Pablo expresa con mucha claridad esta entrega TOTAL en la carta a los Corintios:

“Yo quiero que ustedes vivan sin inquietudes. El que no tiene mujer se preocupa de las cosas del Señor, buscando cómo agradar al Señor. En cambio, el que tiene mujer se preocupa de las cosas de este mundo, buscando cómo agradar a su mujer, y así su corazón está dividido.” (1 Corintios 7,32-34)

¿Podemos ahora entender que un Sacerdote casado tendría su corazón dividido y no podría vivir su magisterio completamente entregado al Señor?


Sacerdote para siempre, ejemplo vivo del amor

El sacerdocio siempre será un tema de escándalo para el mundo; pero también, siempre será un testimonio de amor verdadero y heroico cuando este es entregado de una forma fiel y santa al Señor.

Muchas personas ven el sacerdocio desde un punto de vista mundano, y que este sólo parece ser un "escape" de la responsabilidad del matrimonio o rechazo del amor mismo. Pero, ¿cómo puede alguien vivir el sacerdocio si no es una persona llena de amor y sacrificio? No hay alguien más enamorado y que viva tan intensamente el amor como lo haría un Sacerdote fiel.

¿Quién es la figura que hace que el vínculo del matrimonio sea más "romántico" y más vivo durante la celebración matrimonial, cuya vida dice mucho acerca de la indisolubilidad de los sacramentos? Si, ese mismo: el Sacerdote

Él, es otro Cristo en la tierra, y por mandato de Jesús y por amor a Él, hace que todos los sacramentos vuelvan a florecer una y otra vez en cada persona. Es un regalo de amor otorgado por la gracia de Dios.

El sacerdocio no es para los perezosos ni para los egoístas, es para los valientes y generosos, para las personas de fe, de esperanza y de amor intenso que viven con una pasión extrema la entrega y el servicio a todos en este mundo... por Amor a Cristo.


FUENTE: pildorasdefe.net

PATRISTICA SOBRE EL CELIBATO -


Carta a Nepociano


Traco con las mujeres

Raras veces, o nunca, pisen pies de mujeres tu humilde aposento. A todas las doncellas y vírgenes de Cristo, o desconócelas por igual o ámalas por igual. No mores bajo el mismo techo con ellas, ni te asegures con la pasada castidad. No puedes ser ni más santo que David ni más sabio que Salomón. Acuérdate siempre que al morador del paraíso una mujer lo arrojó de su posesión. Si estuvieres enfermo, asístate un hermano santo cualquiera y la hermana o madre y otra mujer cualquiera de probada fidelidad cerca de todos. Y si no se hallaren personas de parejo parentesco y castidad, a muchas ancianas sustenta la Iglesia que pueden prestarte ese servicio y recibir de ti su beneficio, con lo que tu enfermedad habrá dado también fruto de limosna. Yo sé de algunos que convalecieron de cuerpo y empezaron a enfermar de espíritu. Peligroso es el servicio de persona en cuyo rostro te fijas con frecuencia.

Si, por deber de tu estado, has de visitar alguna viuda o virgen, no entres nunca solo en su casa, y lleva tales compañeros cuya presencia te honre y no te infame. Si te sigue un lector, acólito o cantor, no vayan adornados de vestidos, sino de costumbres, ni lleven el pelo rizado con tenacillas, sino que ostenten en su mismo porte la castidad. No te sientes solo con sola en secreto y sin testigos. Si hubiere de hablarse de algo más familiarmente, seguro que tiene un ama de leche, una doncella mayor, una viuda o una casada; no va a ser tan desgraciada que no tenga en el mundo de quien pueda fiarse, sino a ti. Guárdate de toda sospecha, y lo que pueda con visos de probabilidad fingirse, evita de antemano que se finja.

El amor santo no sabe de frecuentes donecillos, y pañizuelos, y cintitas y telas que se aplican a la cara, comidas probadas antes y tiernas y dulces cartitas. Requiebros como «miel mía», «lumbre de mis ojos», «deseo mío» y demás necedades que pasan entre enamorados, todos los deleites y donaires y cortesías ridículas, cuando las oímos en las comedias nos avergonzamos, en los hombres seglares las abominamos. ¡Cuánto más en los clérigos, y en clérigos monjes, cuyo sacerdocio se realza por la profesión monástica, y la profesión monástica por el sacerdocio! Y no digo esto porque tema nada semejante en ti o en los santos varones, sino porque en toda profesión, en todo orden y sexo se encuentran buenos y malos, y el vituperio de los malos es loa de los buenos.


Jerónimo, San. Carta a Nepociano, presbítero: “Trato con mujeres”. En: Pascual Torró, Joaquín. Valencia; EDICEP 1991, 1era edición, pp. 80-81.




MAGISTERIO SOBRE EL CELIBATO: Documentos Episcopales 6


Puebla - Conclusiones. III Asamblea General del Episcopado Latinoamericano



692

El presbítero anuncia el Reino de Dios que se inicia en este mundo y tendrá su plenitud cuando Cristo venga al final de los tiempos. Por el servicio de ese Reino, abandona todo para seguir a su Señor. Signo de esa entrega radical es el celibato ministerial, don de Cristo mismo y garantía de una dedicación generosa y libre al servicio de los hombres.


749

En un mundo en que el amor está siendo vaciado de su plenitud, donde la desunión acrecienta distancias por doquier y el placer se erige como ídolo, los que pertenecen a Dios en Cristo por la castidad consagrada serán testimonio de la alianza liberadora de Dios con el hombre y, en el seno de su Iglesia particular, serán presencia del amor con el que “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a Sí mismo por ella” (Ef 5, 25). Serán, finalmente, para todos un signo luminoso de la liberación escatológica vivida en la entrega a Dios y en la nueva y universal solidaridad con los hombres.


878

En los Seminarios, se deberá insistir en la austeridad, la disciplina, la responsabilidad y el espíritu de pobreza, en un clima de auténtica vida comunitaria. Se formará responsablemente a los futuros sacerdotes para el celibato. Todo ello lo exige la renuncia y entrega que se pide al presbítero.



Tercera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, PUEBLA. Conclusiones. Lima; CEP, CEEC, ed. Paulinas 1979, 1era edición. Nn. 692, 749, 878.


MAGISTERIO SOBRE EL CELIBATO: Documentos Episcopales 5




Medellín - Conclusiones. II Asamblea General del Episcopado Latinoamericano



Capítulo 11 “Sacerdotes”

7. En relación con el celibato sacerdotal, un laudable ahondamiento en el valor afectivo de la persona humana y una exacerbación del erotismo en el medio ambiente, unidos al frecuente descuido de la vida espiritual y a otras causas, han abierto camino a nueva y variada problemática.

Unos apoyan sus argumentos en razones de tipo pastoral o sicológico, o aducen reflexiones teológicas que delimitan la distinción entre carisma y ministerio; mientras otros pretenden disminuir la fuerza misma del compromiso contraído en la consagración.

21. La caridad pastoral infundida por el sacramento del orden debe impulsar hoy a los sacerdotes a trabajar más que nunca por la unidad de los hombres, hasta dar la vida por ellos, como lo hiciera el Buen Pastor[1].

En el ejercicio de esta caridad que une al sacerdote íntimamente con la comunidad, se encontrará el equilibrio de la personalidad humana, hecha para el amor, y se redescubrirán las grandes riquezas contenidas en el carisma del celibato en toda su visión cristológica, eclesiológica, escatológica y pastoral[2].



Capítulo 12 “Religiosos”

4. Su testimonio no es algo abstracto ,sino existencial, signo de la santidad trascendente de la Iglesia. Se quiere vivir con mayor plenitud, mediante esta especial consagración, aquella identificación personal con Cristo, que se inició en el Bautismo. Ella se expresa principalmente mediante la castidad consagrada por la que el religioso "se une al Señor con un amor indiviso"[3], y por la caridad en la vida comunitaria, que es un preanuncio de la perfecta unión en el Reino futuro.

En las congregaciones de vida activa la acción apostólica como actividad misionera, que también tiende a la plenitud escatológica[4], no es una labor disociada de la vida religiosa, sino una manifestación del designio de Dios en la Historia de la Salvación.
Capítulo 13 “Formación del clero”

12. El Concilio Vaticano II y los Sumos Pontífices han reafirmado recientemente la vigencia del celibato para los sacerdotes[5]. Siendo el motivo central del celibato entrega a Cristo y con él a la Iglesia, y constituyendo al mismo tiempo una forma de caridad pastoral que se confunde con la consagración total y es testimonio escatológico ante los hombres, es necesario que se den al seminarista bases muy sólidas para vivirlo gozosamente en la plenitud del amor. Así, pues, dadas las circunstancias concretas en que frecuentemente le toca vivir al sacerdote latinoamericano, es de particular importancia una cuidadosa formación de los seminaristas en este sentido. Esto exige principalmente una formación gradual de acuerdo con el desarrollo físico y psicológico; estar en condiciones de realizar una elección madura, consciente y libre; capacidad de amor y de entrega sin reserva, lo que a su vez reclama una fe fuerte que lo haga capaz de responder al llamado de Dios; disciplina ascética y vida de oración que lo lleve a una madurez en las relaciones con el otro sexo; realización del sentido de la amistad y capacidad para trabajar en equipo[6].

Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, MEDELLÍN. Conclusiones. Lima; ed. Paulinas 1973, 1era edición. Capítulo 11 “Sacerdotes” (nn. 7 y 21), Capítulo 12 “Religiosos” (n. 4), 


Capítulo 13 “Formación del clero” (n. 12).



Notas

[1] Cf. Conc. Vat. II, Decr. Presbyterorum ordinis, nº 13.

[2] C.f. Conc. Vat. II, Decr. Presbyterorum ordinis, No 16, y Pablo VI, Enc.Sacerdotalis coelibatus.

[3] Cf. Conc. Vat. II, Decr. Optatam totius, Nº 10.

[4] Cf. Conc. Vat. II, Decr. Ad gentes, N° 9.

[5] Cf. Conc. Vat. II, Decr. Optatam totius, Nº 10; Decr. Presbyterorum ordinis, Nº 16; pablo vi, Enc. Sacerdotalis coelibatus del 24 de Julio de 1967; Pio XII, Enc.Sacra virginitas del 25 de Marzo de 1954, Nº 51.

[6] Cf. pablo vi, Enc. Sacredotalis coelibatus, 24 de Julio de 1967, Nos 60-72, Conc. Vat. II Decr. Optatam totius, Nos. 3, 10 y 11; Decr. Perfectae caritatis, Nº 12.

MAGISTERIO SOBRE EL CELIBATO: Documentos Episcopales 4


9. Las formas de la castidad


Ya hemos dicho en qué consiste la castidad; ahora conviene detenernos en algunas de sus expresiones. En todas ellas hay algo en común, pero hay también diferencias.

La castidad juvenil incluye, con frecuencia, la perspectiva del matrimonio. Una de sus características es la de prepararse para las responsabilidades del estado conyugal con un ejercicio de vencimiento y de purificación del corazón que permita llegar a amar de verdad, por amor a Dios, con una perspectiva espiritual y de vida eterna. Pasado el tiempo de la juventud, cuando ya el matrimonio no está en el horizonte de lo previsible o de lo deseado, la castidad asume el matiz de la soltería. Es un estado de vida quellama en forma especial al sentido religioso de la vida, integrando la soledad en el estilo de vida que encamina hacia el Reino. La castidad de quienes han sido llamados aconsagrarse a Dios en la virginidad o en el celibato, incluye la renuncia al matrimonio, no porque se lo menosprecie, sino para responder al llamado de Dios para vivir por anticipado la forma de vida que será la propia del Reino de los cielos. La castidad en el matrimonio no excluye el gozo de la intimidad física entre los cónyuges, pero reclama su purificación, de modo que vaya desapareciendo el egoísmo y tenga siempre presente que el matrimonio es una realidad que pasa, mientras la caridad no pasará jamás (1 Cor 13, 8). El uso del matrimonio debe ser tal que se mantenga abierto a la procreación. La castidad de la viudez fue objeto de las enseñanzas de San Pablo (ver 1 Tm 5, 3-16; 1 Cor 7, 39 s). Según el Apóstol, quien ha enviudado puede contraer legítimamente nuevas nupcias, pero puede también tomar ocasión de su estado para dedicarse con más asiduidad al servicio del Señor.

Un caso especial de ejercicio de la castidad es el de quienes, habiendo contraído matrimonio, han llegado a la separación. Estas personas se ven en la necesidad cristiana de asumir su soledad, renunciando a una nueva unión, que sería objetivamente vivir en adulterio. Mantenerse en una casta soledad es una exigencia de la indisolubilidad del matrimonio y, por tanto, de la ley de Dios. Cualquier persona que se encuentre en esta situación puede tener la certeza de que, si emplea los medios naturales y sobrenaturales que Dios pone a su alcance, le será posible vivir sin ofender a Dios. También a estas personas se aplica lo que dice la Escritura: "fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas; antes bien, con la tentación se os dará modo de poderla resistir con éxito" (1 Cor 10, 13).

Para poder vivir castamente en cualquiera de las formas en que se expresa esta virtud, según los diversos estados y situaciones, es necesario orar, mantener vivo el sentido de la fe, acercarse con frecuencia a los sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía,implorar la ayuda de la Santísima Virgen María, ejercitar el dominio de sí mediante vencimientos voluntarios, vivir en permanente alerta para no ceder al ambiente de permisividad que nos rodea. Es preciso luchar contra Satanás que siempre recurre al engaño y se esfuerza en persuadirnos de que la impureza "no es algo tan grave", que es algo "natural", que la pureza es "imposible de observar", que no puede ser que el "amor" sea pecado, que la continencia sexual es "perjudicial a la salud" y contraria a la naturaleza, que Dios no se fija en "pequeñeces", que "lo importante es amar al prójimo", que hay tanta gente buena y respetable que no vive castamente, etc... Es triste comprobar como no son pocos los cristianos que tienen su juicio moral perturbado en materia de castidad, precisamente sobre la base de estas falacias, las que son consideradas en ciertos ambientes como verdades indiscutibles.
10. Los pecados contra la castidad

Los pecados contra la castidad, al igual que todo pecado, son al mismo tiempo ofensas contra Dios Creador, contra la dignidad del hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, y contra la vitalidad espiritual de la Iglesia, que resulta perjudicada por los pecados de sus miembros. La ley de Dios no es una imposición arbitraria y limitante, sino que es la cautela del bien del hombre y de su destino.

Se puede pecar contra la castidad, como con respecto a cualquier otra virtud, de pensamiento, de palabra, de obra o de omisión. Podría agregarse que en esta materia, como también en otras, hay pecados por complicidad y por inducción, es decir cuando alguien ayuda otro a pecar prestándole su colaboración, o lo induce a pecar mediante la provocación, el mal consejo o el mal ejemplo.

No es grato hacer la lista de los diferentes tipos de pecados contra la castidad: es la lista de graves debilidades y deficiencias que desfiguran el rostro de Cristo en sus discípulos. Tampoco para los médicos es grato observar la obra de destrucción que las enfermedades van haciendo en el cuerpo humano, a veces con rasgos repugnantes, pero el conocimiento de las enfermedades en sus expresiones concretas es condición para poder aplicarles la terapia apropiada y obtener su curación. Así también el cristiano necesita saber cuáles son los principales modos como se ofende la castidad, a fin de precaverse y también para prestar ayuda a aquellos hermanos que pudieran estar en peligro de destruir en sí la vida divina y dejar maltrecha la imagen de Dios, dando cabida en sí a la impureza.

A veces algún pecado contra la castidad lo es al mismo tiempo contra otra virtud, como por ejemplo el adulterio, que ofende la castidad y la justicia, o el incesto, que ofende también a la piedad familiar, o las ofensas a la castidad que se cometen con personas consagradas o en lugar sagrado, y que son también pecados contra la religión, el abuso de menores que incluye el escándalo, y así otros.

En forma genérica, los pecados contra la castidad se denominan pecados de lujuria,que es el deseo o acción desordenados de obtener placer sexual, separado de las finalidades propias del sexo que son la unión de las personas y la procreación ejercitadas dentro de legítimo matrimonio. Cuando el deseo de placer sexual se verifica en el matrimonio, y con la moderación y delicadeza que corresponden a quien mira su cuerpo y el del cónyuge como miembros de Cristo y templos del Espíritu Santo, no hay ni desorden ni lujuria, sino actos coherentes con el designio de Dios y con los deberes y derechos mutuos de los casados.

Se llama adulterio la relación sexual con una tercera persona, soltera o casada de quien que está unido en matrimonio. Si ambos están unidos en matrimonio con terceros, el adulterio es doble. El adulterio puede ser ocasional o permanente; este último consiste en la convivencia marital entre dos personas, una de las cuales tiene un vínculo matrimonial con un tercero. Cuando se habla aquí de "vínculo matrimonial", se entiende el que procede de un matrimonio indisoluble. Para la conciencia de un católico la anulación del matrimonio civil, o el divorcio, en nada cambian la condición de casado con su legítimo cónyuge mientras este vive, y por consiguiente la calidad de adulterina de cualquier unión posterior a la separación. Es duro tener que decirlo, pero esa es la verdad en conformidad con el Evangelio. El adulterio es un pecado muy grave.

Se denomina fornicación el acto sexual realizado entre personas solteras, sea ocasionalmente, sea en el marco de una relación estable. Son variantes de la fornicación, la prostitución y el concubinato. Las personas que teniendo intención de contraer matrimonio realizan antes de él actos sexuales, llamados "relaciones pre-matrimoniales" comenten pecado de fornicación. El pecado de fornicación es grave, aunque menor que el de adulterio. A veces hay padres o madres de familia que proporcionan anticonceptivos a sus hijos o hijas "para precaverse de sorpresas", o sea para que pequen "sin riesgo": eso no es educar con sentido cristiano, sino colaborar con lo que está reñido con la moral, lo que complicidad en el pecado.

La violación es el acto sexual que se realiza con una persona que no lo desea, y a quien se doblega mediante la violencia.

Se da el nombre de incesto a la unión sexual entre personas unidas por lazos cercanos de parentesco.

Con el nombre de estupro se llama el abuso sexual de menores, y es sin duda un gravísimo pecado que conduce a veces a la corrupción de quienes son sus víctimas.

Se llama autoerotismo o masturbación el hecho de procurarse físicamente placer sexual a sí mismo.

La pornografía es la publicidad de actos sexuales reales o simulados, exhibiéndolos ante terceras personas, generalmente con fines de lucro.

El pecado de homosexualidad consiste en la realización de actos eróticos entre personas del mismo sexo. Cuando se realizan con menores, la gravedad es mayor, pues puede acarrear su corrupción.

La triste enumeración que precede no es, por desgracia, exhaustiva, pero es suficiente para instruir acerca de los pecados más corrientes contra la castidad. Todo pecado contra la castidad libremente realizado y con conocimiento de su malicia, constituye un acto grave contra la ley de Dios. La persona que peca puede tener atenuada su responsabilidad moral en virtud de diversos factores, pero ninguna atenuante puede hacer que lo que es objetivamente malo y pecaminoso, se convierta en un acto bueno y virtuoso.

En los pecados contra la castidad puede darse, como también en otros pecados, la circunstancia de que hayan llegado a ser habituales y no solo ocasionales. El hábito de pecar constituye una calamidad adicional, ya que, si por una parte puede atenuar la responsabilidad moral, por otra dificulta notablemente abandonar la costumbre de pecar. Así como la virtud facilita y hace estable el bien obrar, así el pecado habitual o vicio estabiliza en el mal obrar y dificulta el retorno a una conducta virtuosa.

Quien se deja llevar por un hábito de pecado experimenta, aunque no lo reconozca mediante un análisis explícito, la voluntad de autojustificarse, y hay muchas maneras de hacerlo. Se dirá que el caso propio es del todo "excepcional" y "único", o que el pecado que se comete "no causa daño a otras personas", o se reconocerá que es algo malo, pero se postergará la enmienda o ruptura, etc.... Y es que el pecado va produciendo una ceguera espiritual que incapacita al hombre para ver las cosas como Dios las ve. El extremo se produce cuando el pecador llega a afirmar que lo que hace "para mí no es pecado", erigiéndose así en árbitro del bien y del mal. Es apropiado recordar la frase de Paul Bourget, al final de una de sus novelas: "Quien no vive conforme a lo que piensa, termina pensando conforme a lo que vive". Ya es una gran cosa cuando al obrar mal, lo reconocemos sin ambages ni justificaciones, como el publicano de la parábola (Lc 18, 13).



11. La conversión y el perdón

Dios no excluye de su misericordia a ningún pecador que se convierte y hace penitencia. Son muchos los ejemplos acerca de esto tanto en el Evangelio, como en la historia del cristianismo. La Iglesia no ha cesado de proclamar la misericordia del Padre de los cielos, que nos ha sido alcanzada por los méritos de Jesucristo, nuestro Salvador. El Espíritu Santo está siempre moviendo a conversión los corazones de quienes han pecado, a fin de que reflexionen acerca de su mísero estado y emprendan el retorno a la casa del Padre.

Los pecados contra la castidad no forman una excepción con respecto al perdón de Dios. El Señor puede y quiere perdonarlos, siempre que quien ha pecado se convierta.

¿Cómo se obtiene el perdón de Dios? Intentemos describir las etapas del camino de la reconciliación (ver la parábola del hijo pródigo, Lc 15, 11ss).

a) El primer momento de la conversión se produce cuando quien ha obrado mal lo reconoce y juzga sinceramente que lo que hizo no debió haberse realizado. Ya en este momento está presente la gracia de Dios, en forma de iluminación de la conciencia. Este primer momento podría resumirse con las palabras: "Soy un pecador, obré mal".

b) El segundo momento va más allá y es el arrepentimiento. Al juicio de "he obrado mal", que es un acto de la inteligencia, se agrega un acto de la voluntad: rechazo lo que hice, detesto lo que realicé. Es lo que el vocabulario católico llama la "contrición", definida por el Concilio de Trento como "dolor del alma y detestación del pecado cometido, con el propósito de no volver a cometerlo" (Concilio de Trento, Sesión 14, Decreto acerca de la Penitencia, cap. 4).

El "dolor" del pecado cometido es el sincero disgusto de haberlo realizado. No basta con que se funde en razones puramente naturales, como pueden ser los inconvenientes sociales que acarrea un determinado pecado, o el daño que cierto pecado pueden causar a la salud, sino que debe ser un dolor con referencia a Dios. O bien porque se tiene conciencia de haber menospreciado el amor de Dios y de haberle devuelto mal por bien, o bien porque el pecado ofende la ley de Dios y nos aparta de El, haciéndonos merecedores de una sanción.

El dolor del pecado cometido mira al pasado: no se puede anular un hecho que tuvo realidad, pero sí se lo puede detestar. Es imposible obtener el perdón de Dios si no hay dolor o arrepentimiento, puesto que sería una incongruencia decir a Dios: "perdóname, pero lo que hice estuvo bien". ¿De qué tendría que perdonarme Dios, si lo que hice era correcto? 

La conversión mira también al futuro: quien lamenta y detesta lo que hizo, tiene que hacer necesariamente el propósito de no reincidir. ¿Qué significado tendría decir a Dios: "Me duele lo que hice, sí, pero continuaré haciéndolo?" Es el caso de personas que viven en pecado, de adulterio por ejemplo, y pretenden que un sacerdote los absuelva sin tener el propósito de salir de su estado. Esas personas piensan que la Iglesia puede conceder la absolución sacramental sin que haya arrepentimiento, lo que es un gran error. Si un sacerdote se atreviera a absolver a una persona que no tiene la debida disposición -por muy grande que sea su deseo de reconciliarse y de recibir el Cuerpo de Cristo- dicha absolución carecería de todo fruto: no perdonaría los pecados y, lo que es tal vez peor, daría ocasión a un engaño, acallando el clamor de la conciencia y usurpando un poder que Dios no ha concedido.

c) El tercer momento es acercarse al sacramento de la penitencia o reconciliación. No es el momento de explicar con amplitud dicho sacramento, baste con recordar las palabras solemnes de Cristo a sus Apóstoles: "como el Padre me envió, así os envío yo también. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20, 21-23). Ese y no otro es el origen del poder de los Obispos y presbíteros para perdonar los pecados, a quienes estén realmente arrepentidos, como queda dicho. El cristiano que se acerca al sacramento de la penitencia debe manifestar al confesor los pecados que ha cometido y con los que ha ofendido gravemente a Dios. Debe manifestarlos no solo globalmente, sino en forma especificada, sin omitir las circunstancias que pudieran agravarlos. De los pecados graves debe indicarse al menos aproximadamente el número de veces que se los cometió. El sacerdote perdona los pecados en virtud del poder que ha recibido de Dios. No lo hace en virtud de su santidad personal, ni de su ciencia teológica, o de sus eventuales conocimientos de psicología, sino en nombre de Dios, como instrumento de Dios, con corazón de padre, de maestro y de juez.

d) El cuarto momento, posterior a la celebración misma del sacramento, es elcumplimiento de las obras penitenciales impuestas por el confesor. Hay quedistinguir entre "obras penitenciales" y los actos de necesaria reparación o resarcimiento de los daños cometidos a otras personas en virtud de los pecados cometidos. Quien ha engendrado un hijo sin estar casado con la madre, tiene obligaciones insoslayables para con su hijo, y frecuentemente, también para con la madre. Es muy complejo el tema de la reparación o restitución, y no siempre tan simple como cuando se trata de un robo. Las "obras penitenciales" son otra cosa: son actos de oración, de caridad o de propio vencimiento, que tienen por objeto reparar el honor de Dios ofendido por el pecado y robustecer la voluntad y la vida cristiana del penitente, de modo que en el porvenir esté mejor preparado para resistir la tentación.

Es posible que, a pesar de un sincero arrepentimiento y de un propósito eficaz de enmienda, un cristiano recaiga en algún pecado. No debiera suceder, pero sucede. Si acaece, quien ha recaído debe hacer un análisis sincero acerca de si puso las condiciones razonables para no reincidir: si oró, si meditó la Palabra de Dios, si leyó libros que apoyaran su vida espiritual, si recibió con fervor el Cuerpo de Cristo, si se apartó decididamente de aquellas ocasiones o circunstancias que sabía, por experiencia, que lo inducían a pecar, si practicó el dominio de sí mismo. Hecho este examen, puede y debe acudir nuevamente al sacramento de la penitencia, y pedir otra vez, con humildad y renovado arrepentimiento y propósito, la absolución del sacerdote.

El sacramento de la penitencia no sólo tiene como efecto el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios, sino que ejerce una acción purificadora en el alma del cristiano: la va limpiando de las huellas y cicatrices que afean su rostro espiritual y nublan la pureza de la mirada de quien debe buscar a Dios con todas las fuerzas de su alma. Por tal motivo aunque la obligación de confesar los pecados para obtener el perdón de Dios se refiere estrictamente a los pecados graves, la Iglesia recomienda confesar también los pecados leves e, incluso, repetir alguna vez, discretamente y sin escrúpulos, la confesión de pecados pasados ya confesados y absueltos.



12. Conclusión

"Tenme piedad, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito, lávame a fondo de mi culpa y purifícame de mi pecado. Pues mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar está ante mí; contra tí, contra tí sólo he pecado, lo malo ante tus ojos cometí... Rocíame con el hisopo, y seré limpio; lávame y quedaré más blanco que la nieve. Devuélveme el gozo y la alegría...; retira tu faz de mis pecados, borra todas mis culpas. Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renueva dentro de mí un espíritu firme, no me rechaces lejos de tu rostro, no retires de mi tu Santo Espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación y afiánzame en un espíritu generoso. Líbrame de la sangre, Dios, Dios de mi salvación y aclamará mi lengua tu justicia. Abre, Señor, mis labios, y mi boca publicará tu alabanza" (Salmo 51, 3-6. 9-14.16s).

¿Con qué palabras más apropiadas podría terminar esta reflexión, sino con las que escribió David, luego de haber cometido adulterio y asesinato y de haber sido reprendido por el profeta Natán, palabras con las que expresó su arrepentimiento y su confianza en la misericordia de Dios?

A todos nos conceda el Señor un corazón puro, a todos nos lave y nos purifique, dejándonos limpios como la nieve.



Valparaiso, Chile.
25/3/1994


Medina ESTÉVEZ, Cardenal Jorge. Acerca de la castidad, Valparaíso, 1994. Sección 3 a 11.


MAGISTERIO SOBRE EL CELIBATO: Documentos Episcopales 3


Acerca de la castidad 


Segunda entrega



6. Presupuestos para entender plenamente la castidad



 No es fácil entender el significado profundo de la castidad, sobre todo en un mundo en que se hace poca mención de esta virtud y no se le concede gran aprecio. Para percibir ciertos objetos es preciso crear condiciones favorables, y esto es tanto más necesario cuanto el objeto es más delicado. Para percibir el delicado entorno e identidad de la castidad se requieren algunas condiciones básicas:

a) Creer en Dios, adorarlo como único Señor, tener la convicción profunda que todo debe estar referido a El, y que lo que no se puede referir a El no tiene valor alguno. La castidad, como hemos visto en no pocos textos de la S. Escritura, tiene una profunda dimensión religiosa y no se comprende a cabalidad sino de cara a Dios. Para quien no cree en Dios es posible entender algo de lo que significa la castidad, pero jamás llegará a apreciar plenamente su más profundo sentido y alcance.

b) Creer en la vida eterna, estar firmemente persuadidos de que nuestra existencia terrenal no es sino una etapa, la primera, -provisoria y transitoria- de nuestro ser personal, y que después de ella viene la segunda, definitiva y sin ocaso, cuando alcanzaremos la plenitud de nuestro ser y de nuestro destino.

c) Creer que nuestra vida terrenal sólo tiene sentido cabal en función de la vida eterna. No son dos realidades yuxtapuestas, autónomas la una con respecto a la otra, sino que la primera es camino, instrumento y preparación para la segunda; medio con respecto a un fin.

d) Vivir y pensar con limpieza de corazón, porque quien no vive conforme a lo que piensa, acaba pensando de acuerdo a lo que vive. Es difícil que la persona que no vive castamente llegue a tener aprecio por la castidad. Quien vive entregado a la malicia y a la lujuria no está en condiciones de entender lo que es la castidad.

e) Creer que la sexualidad es una obra de Dios, que tiene una finalidad no sólo biológica, sino espiritual, y que su ejercicio debe estar marcado por esa finalidad y jamás independizarse de ella.

f) Tener presente que la naturaleza humana, obra de Dios, está herida por el pecado original. Esto significa que hay en ella un desorden en las apetencias que produce impulsos que tienden a hacerse autónomos y a realizar acciones que no son coherentes con la finalidad de la naturaleza. Consciente de poseer una naturaleza "herida", el hombre puede comprender que su regla de conducta no puede ser la de "dejarse llevar" por sus impulsos, como si fueran siempre buenos, sino que debe vivir alerta, vigilante, ejercitando el señorío de su razón, iluminada por la fe, sobre sus apetencias.

g) En toda acción humana el cristiano sabe que interviene la gracia de Dios, esa fuerza misteriosa, y no por ello menos real, que lo impulsa a obrar en conformidad a la voluntad de Dios, sanando el desorden causado por el pecado original y los pecados personales, devolviendo al hombre a la amorosa familiaridad con Dios y rehaciendo en la creatura la imagen y semejanza del Creador. La gracia de Dios ejerce su poder tanto en nuestra inteligencia, a fin de hacernos capaces de juzgar según la sabiduría de Dios, como sobre nuestra voluntad, haciéndole posible imponer su decisión sobre las apetencias desordenadas y querer lo que Dios quiere.


Los siete "presupuestos" anteriores no deben concebirse como los eslabones de una cadena, de modo que cada uno derivara del anterior y el precedente pudiera prescindir del que lo sigue, sino que son las facetas de una misma realidad total, aspectos que se condicionan los unos a los otros, y de tal modo que no se puede prescindir de ninguno, so pena de amagar el equilibrio y la armonía del conjunto.

Estas consideraciones muestran que la castidad no puede ser comprendida correctamente sino en el conjunto de la vida cristiana. Es una virtud, entre otras: ni es la única virtud, ni se la puede entender aislándola de las demás. El "organismo espiritual" es una delicada trama en la que se ejercitan distintas funciones en forma que cada una estimula a las demás y depende de las otras. Sería tan ilusorio pensar que se puede ser cristiano sin apreciar y ejercitar la castidad, como pensar que un discípulo de Cristo pudiera contentarse con ser casto, haciendo caso omiso de las demás virtudes. En los tiempos que corren pareciera más frecuente el caso de los que piensan poder ser buenos cristianos sin amar ni practicar la castidad.



7. La concupiscencia


La palabra "concupiscencia" pertenece al lenguaje bíblico. San Pablo nos dice que "el pecado suscitó en mí toda suerte de concupiscencias... Me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros" (Rm 7, 8.22s). Es lógico que el Apóstol recomiende a los cristianos que "no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias" (Rm 6, 12). San Pedro nos amonesta a huir "de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia" (2 Pd 1, 4) y nos advierte del castigo "en el día del Juicio, sobre todo a los que andan tras la carne con concupiscencias impuras" (2Pd 2, 10). Santiago enseña que "cada uno es probado por su propia concupiscencia que le arrastra y le seduce. Después la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado, y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte" (St 1, 14s). El Apóstol San Juan, en el contexto de la acepción negativa que suele emplear en el uso de la palabra "mundo" dice que "todo lo que hay en el mundo -la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas-, no viene del Padre, sino del mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre" (1 Jn 2, 16s). El "mundo" es en este texto toda realidad que está bajo el poder de Satanás y de sus engaños y de el dice San Juan que "el mundo entero yace en poder del Maligno... en tanto que nosotros estamos en el Verdadero, en el Hijo de Dios, Jesucristo" (1Jn 5, 19s). Todos estos textos ilustran la advertencia de Jesús en la parábola del sembrador, cuando señala, como una de las causas por las que la Palabra de Dios no da fruto en algunos, que; "... las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias los invaden y ahogan la Palabra" (Mc 4, 19). De ahí que la carta a los Gálatas presente la vida cristiana como una denodada lucha entre el espíritu y la carne, advirtiéndonos que el espíritu y la carne tienen apetencias antagónicas irreductibles, de tal manera que los que verdaderamente "son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias" (Gal 5, 16-24). Esta lucha y esfuerzo para dominar las concupiscencias implican constancia y negaciones: "los atletas se privan de todo, y eso para alcanzar una corona perecedera; nosotros en cambio, para lograr una corona incorruptible... golpeo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que habiendo alertado a los demás, resulte yo mismo descalificado" (1 Cor 9, 25.27). Ciertamente, cuando Jesús dice que "si alguno quiere venir en pos de mi, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame" (Lc 9, 23), está incluyendo la lucha contra el desorden interior o concupiscencia, y así debe haberlo entendido San Pablo cuando habló de "crucificar la carne con sus pasiones y concupiscencias".

La enseñanza de la Sagrada Escritura acerca de la concupiscencia indica que es un desorden, que su origen está en el pecado, que contradice al espíritu, que no es en sí misma pecado, pero que induce a él, y que hay que sostener contra ella una dura y permanente lucha.

De la lectura de los textos bíblicos acerca de la concupiscencia, aparece que ella se manifiesta en el apetito sexual, pero no únicamente en ese campo, aunque sea mencionado con frecuencia (ver Jn 2, 16). Hay también un apetito desordenado de poseer bienes materiales, y lo hay también en la búsqueda de honores o de poder. En todos los casos se trata de un bien creado que es intensamente apetecido, y en forma desordenada, al punto que la apetencia ya no es coherente con el papel que ese determinado bien tiene en los designios de Dios, los que coinciden con la dignidad y la santidad del hombre. Puede decirse que los bienes apetecidos en forma desordenada llegan a convertirse en ídolos que intentan ocupar el lugar que sólo le corresponde a Dios. Así como la Verdad es la que establece al hombre en su correcta relación con Dios, así los ídolos son intrínsecamente falsos porque nacen de un engaño y falsean la relación con Dios.


Conviene hacer aún un ulterior análisis acerca de la concupiscencia.

Es, ante todo, una apetencia, una inclinación del hombre hacia un objeto que se le presenta como un bien capaz de complacer su deseo. Esta apetencia se produce antes de que la razón alcance a juzgar sobre la rectitud o el desorden del deseo, y puede ser más o menos vehemente. En este sentido se dice que la concupiscencia es "antecedente". Si el juicio de la razón establece que la apetencia es básicamente correcta y que, en consecuencia, la voluntad puede adherir al objeto deseado, el impulso del apetito sigue haciéndose sentir y acompaña el movimiento de la voluntad. Es, pues, "concomitante". Si el juicio de la razón califica el objeto como incorrecto, e indica a la voluntad que debe ser rechazado y ésta de hecho lo rechaza, no por eso desaparece automáticamente la apetencia: sigue inclinando hacia el objeto deseado aún contra el juicio de la razón y el rechazo de la voluntad, lo que exige del hombre una lucha mediante diversas estrategias para dominar la apetencia no deseada ni consentida, pero que no está a su alcance hacer desaparecer por el solo imperio de su rechazo. Es la concupiscencia "subsiguiente".

Todo cristiano debe ser consciente de la fuerza que la concupiscencia lleva en sí y contra la que habrá de luchar hasta el día de su muerte. Es un error pensar que la concupiscencia se aquieta satisfaciéndola en todas sus apetencias: la conducta cristiana frente a ella exige ascesis, lucha, "dominio de sí" (Gal 5, 23).

La concupiscencia despierta ante lo que puede ser un objeto de su apetito. No siempre está en nuestras manos evitar la presencia de estímulos de nuestras concupiscencias, pero es un deber moral evitar los que pueden serlos. La espiritualidad cristiana habla de la "guarda de los sentidos", es decir de soslayar la presencia o no fijar la atención en de objetos que pueden ser motivo de apetencias más o menos violentas y contrarias a la virtud cristiana, a las que se podría ceder o que al menos pondrían en peligro la limpieza del corazón.



8. La castidad es una virtud

Conviene ahora detenernos en esta actitud cristiana que es la castidad y analizar su naturaleza.

La castidad es una virtud. ¿Qué significa esto? Una virtud es una disposición estable para actuar bien, es un "hábito" que perfecciona a quien lo tiene, dándole ciertaconnaturalidad con el bien obrar en su propio campo. Son ciertamente meritorios los actos que corresponden a una virtud, pero puede haber actos buenos ocasionales sin que exista la "virtud", o sea la disposición firme y estable para actuar siempre bien.

Las virtudes se van adquiriendo bajo el influjo de la gracia de Dios. Se adquieren a medida que se reiteran los actos propios de cada una: su repetición va "arraigando" la virtud . Junto con la reiteración de los actos de virtud es importante, para adquirirla, que haya una motivación fuerte que induzca a los actos. Dicho en otros términos el interés y la convicción existentes en quien desea adquirir una virtud, son factores muy importantes para adquirirla. Por el contrario, quien concede poca importancia o aprecio a una virtud, no la adquirirá por la sola reiteración de actos más o menos maquinales.

La virtud de la castidad es una expresión de la virtud de la templanza. Otras expresiones de la templanza son la sobriedad en la comida y en la bebida, la moderación en el descanso, la generosidad para dar ayuda a quien la necesita, la austeridad en el uso de los bienes materiales, la mortificación del deseo inmoderado de saber novedades o de la curiosidad, la sencillez -según su propio estado- en el estilo de vida, etc...

El ejercicio de la castidad se nutre, ante todo, de la mirada puesta en Dios, de la reiterada expresión de amor a El, y de la búsqueda de El y de su gloria por sobre toda creatura. Nada hay tan purificador ni nada puede conducir tanto al recto aprecio y uso de las cosas de este mundo, como el amor de Dios, autor de toda creatura. En cierto sentido la castidad es una condición y una expresión del verdadero amor a Dios.

Toda virtud es ante todo interior, es decir es una actitud del corazón antes que un comportamiento exterior. Pero es indudable que no puede haber una actitud interior verdadera y sincera sin que tenga una expresión exterior.

Así, la castidad se hace visible en variados de actos externos que denotan la delicadeza, la rectitud de intención, el respeto y la reverencia hacia Dios presente en sus creaturas, especialmente cuando el impulso sensual puede empañar el amor verdadero.

El aspecto positivo del afianzamiento de una virtud no puede separase del lado que podría decirse "negativo" y que consiste en el rechazo de todo lo que es contrario o puede amagar la virtud. Este rechazo es indudablemente una "mortificación", algo que cuesta y que implica un vencimiento, una renuncia a algo que resulta atrayente. Es imposible ejercitar la castidad sin rechazar lo que es incompatible con ella o que de un modo u otro la pone en peligro. El "dominio de sí mismo" implica diversas expresiones que deben manifestar el señorío del espíritu sobre la carne y en definitiva la preeminencia del amor a Dios por sobre cualquier otro afecto o complacencia.

El vencimiento de sí mismo en el ámbito de la castidad no es sino uno de los aspectos de la renuncia a sí mismo y del cargar la cruz que compete a todo cristiano. Quienes "viven...como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo final es la perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria está en su vergüenza, que no piensan más que en las cosas de la tierra" (Fl 3, 18s), no son verdaderos discípulos de Señor precisamente porque no llevan su cruz y no van en pos de Jesús (Lc 14, 27). La mortificación es una expresión de la conciencia de nuestra condición de peregrinos: "nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas" (Flp 3, 20s). En la tierra, la cruz, signo del señorío de Cristo, es instrumento a través del cual todo nuestro ser va siendo sometido al poder del espíritu y va alcanzando así la verdadera libertad, al paso que se va liberando de la esclavitud del pecado (Jn 8, 34).

El vencimiento de nosotros mismos a fin de que la castidad se arraigue profundamente en nuestro corazón se ejercita de variadas formas. Desde luego en las miradas, apartando nuestra vista y curiosidad de lo que es incentivo de la concupiscencia carnal. También renunciando a lecturas y espectáculos que transmiten mensajes contrarios a la castidad cristiana. Obviamente evitando palabras o conversaciones en las que está ausente el sentido de la pureza. 

La moderación en la bebida tiene especial significación para el ejercicio de la castidad, ya que el hombre que se encuentra bajo la influencia del alcohol pierde, al menos en parte, el control sobre sí mismo en todo sentido, también en el de las apetencias sexuales. Delicado es el campo del autocontrol en materia de caricias. Sabemos que las hay perfectamente legítimas y puras, pero hay otras que son un poderoso incentivo a la impureza. La caricia es en sí una expresión de afecto, de cariño, pero puede ser, a la vez, un estímulo a reacciones desordenadas que, aunque no sean directamente deseadas, pueden introducir la apetencia incorrecta que es una forma de tentación. Quienes se preparan al matrimonio, sea en la etapa del "pololeo", sea en la del noviazgo, deben estar muy atentos a fin de que el natural deseo de expresar el afecto por medio de caricias no exceda los límites de la pureza y no llegue a constituir una ocasión de pecado de deseo o de acción. Es indudable que también en las etapas que preceden al matrimonio la cruz de Cristo debe estar presente en la forma de vencimientos que mantengan la relación de afecto en el marco que corresponde a quienes no son aún marido y mujer y no pueden, por tanto, expresar su amor en la forma que corresponde a quienes han unido sus vidas para siempre en el sacramento del matrimonio y han llegado a ser "una sola carne" (Mt 19, 16). Ni humana ni cristianamente es lo mismo ser pololos, o novios, que esposos: ni son iguales los deberes, ni las responsabilidades, ni el grado de compromiso, ni, por tanto, los derechos. A quienes tienen el propósito de contraer matrimonio, la castidad cristiana no sólo les exige abstenerse de la relación sexual completa, sino de toda caricia íntima que por su propia naturaleza excite la fuerza de la concupiscencia y pueda conducir a un pecado aunque sea sólo de deseo.

El cuidado de la virtud de la castidad exige evitar lo que sea una ocasión de pecado. Entre las ocasiones pueden enumerarse ciertos lugares y ambientes, determinadas personas, algunas amistades. Al momento de cuidar el afianzamiento y crecimiento de la castidad no es justo pensar sólo en nosotros mismos, sino que debemos reflexionar acerca del daño que nuestras actitudes pueden causar en otras personas. Supuesto que algo no constituye un peligro para mí, debo aún preguntarme si no lo es para otros. La provocación de las pasiones ajenas es un pecado para quien la produce. El"escándalo", en el sentido moral de la palabra, es una acción que constituye un tropiezo para otro en su caminar hacia Dios. Son severas las palabras de Jesús a este respecto: "... al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueve un asno, y lo hundan en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente, que vengan escándalos, pero, ¡ay de aquel hombre por quien viene el escándalo!" (Mt 18, 6s). La extrema gravedad de escandalizar a un niño no significa que carezca de importancia escandalizar a una persona joven o adulta. Quien causa escándalo, poniendo impedimento para que otro hombre avance hacia Dios, da muestras de no pensar en que la propia responsabilidad moral no sólo toca a nuestra persona sino también, en cierta forma, a nuestros hermanos. 

Jamás puede un cristiano repetir las palabras de Caín: "¿quién me ha hecho custodio de mi hermano?" (Gn 4, 9): cada uno es responsable del mal que con sus palabras, consejos, obras u omisiones cause a sus hermanos.

Queda aún por decir una palabra acerca del pudor. El pudor es garantía, defensa, protección y resguardo de la castidad. Preserva la intimidad de la persona y designa la negativa a exhibir lo que debe permanecer velado. Ordena las miradas y los gestosen conformidad con la dignidad de las personas. Invita a la paciencia y a la moderación en la relación amorosa conyugal. El pudor es modestia y debe inspirar la elección de la vestimenta. Mantiene silencio o reserva allí donde se adivina el riesgo de una curiosidad malsana. Existe un pudor de los sentimientos, como también un pudor del cuerpo. Este pudor rechaza, por ejemplo, las exhibicionismos del cuerpo humano, propios de cierta publicidad o las incitaciones de algunos medios de publicidad a hacer pública toda confidencia íntima. El pudor inspira una manera de vivir que permite resistir a las solicitaciones de la moda y a la presión de las ideologías dominantes. 

Es un error grande pensar que el pudor es una especie de mojigatería, o la expresión de tabús psicológicos. Es, por el contrario, la delicadeza que requiere un campo de la vida humana particularmente sensible al desorden interior que el pecado introdujo al hombre.


EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís