FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

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CÓMO OFRECER PEQUEÑOS SACRIFICIOS DIARIOS POR AMOR

El valor espiritual de lo ordinario



La vida cristiana no se construye únicamente con grandes gestas o decisiones heroicas, sino que encuentra su verdadera riqueza en el día a día, en los gestos sencillos hechos por amor. Esta es una verdad profunda que atraviesa la enseñanza de Jesús, el testimonio de los santos y la espiritualidad católica a lo largo de los siglos. Ofrecer pequeños sacrificios diarios es un modo concreto de vivir nuestra fe, de unirnos a Cristo crucificado y de participar activamente en la obra de la redención.

1. ¿Qué es un sacrificio ofrecido por amor?

Un sacrificio, en el sentido espiritual, no se limita al sufrimiento físico o a renuncias dramáticas. Se trata más bien de una ofrenda del corazón. Es renunciar a algo legítimo —como el descanso, una palabra que nos gustaría decir, una comida que deseamos— para entregarlo a Dios con amor. Es elegir la paciencia cuando se nos hace difícil, el silencio cuando nos gustaría responder, la generosidad cuando nos cuesta compartir.

Como dice san Josemaría Escrivá:

El amor se prueba con obras, y no con frases o palabras. Y los sacrificios, aunque sean pequeños, si son constantes, edifican la santidad.

2. La teología de la pequeña ofrenda

Dios no mide las ofrendas por su tamaño, sino por el amor con que se hacen. Jesús lo enseñó claramente cuando alabó a la viuda que dio unas pocas monedas en el templo, porque “dio todo lo que tenía” (cf. Lc 21,1-4). Esta actitud del corazón transforma lo pequeño en algo grande a los ojos de Dios.

Santa Teresita del Niño Jesús, doctora de la Iglesia, desarrolló la llamada “pequeña vía”:

No puedo hacer grandes cosas, pero las pequeñas las haré con un gran amor.

3. ¿Qué tipo de sacrificios se pueden ofrecer?

Levantarse con prontitud y alegría, aun cuando el cuerpo reclame dormir más.

Escuchar con atención a alguien que necesita ser oído, aunque uno tenga prisa.

Guardar silencio ante una injusticia o una provocación, confiando en Dios.

Ofrecer las contrariedades del día —el tráfico, el calor, el cansancio— como un acto de amor.

Renunciar a un capricho o a una compra innecesaria y destinar ese dinero a alguien que lo necesite.

Estas acciones, tan cotidianas como discretas, se convierten en oración si las ofrecemos con fe. En palabras del Papa Francisco:

El amor de Dios es concreto, y lo concreto es lo pequeño. Dios actúa en lo pequeño, y por eso la santidad está también en los pequeños gestos de cada día.

4. Unir nuestros sacrificios a la Cruz de Cristo

Toda ofrenda cristiana encuentra su sentido más pleno cuando se une al sacrificio de Cristo. Así como Él entregó su vida por amor, nosotros, en lo cotidiano, podemos unir nuestras pequeñas renuncias a su Cruz y participar de su amor redentor.

San Pablo nos exhorta:

Les exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; este es el culto espiritual que deben ofrecer” (Rm 12,1).

5. ¿Por quién podemos ofrecerlos?

Por nuestros familiares, especialmente aquellos alejados de la fe.

Por la paz en el mundo.

Por las almas del purgatorio.

Por los sacerdotes, misioneros y consagrados.

Por los que sufren en silencio o están solos.

Por nuestros propios pecados y los del mundo entero.

Cada sacrificio ofrecido con amor puede ser como una gota en el océano de la misericordia de Dios.

6. La alegría del que ama

Quien ofrece su vida a diario por amor no se amarga ni se entristece. Por el contrario, descubre una alegría profunda: la de vivir unido a Cristo, la de transformar cada instante en oración, la de saber que su vida tiene un propósito eterno.

San Juan Pablo II decía:

El sufrimiento, iluminado por la fe, se convierte en una fuente de amor, redención y alegría espiritual.


El amor transforma lo ordinario en extraordinario

En un mundo que busca constantemente lo espectacular, el Evangelio nos invita a la santidad de lo escondido, a ofrecer lo pequeño con amor grande. Los pequeños sacrificios son como flores que adornan el altar de nuestra vida cristiana.

Pidamos a la Virgen María, que supo ofrecer con humildad cada momento de su vida a Dios, que nos enseñe también a hacer de cada día una ofrenda.

Oración

Señor Jesús, enséñame a ofrecerte mis pequeñas cruces diarias con amor, sin queja, sin orgullo, sin buscar recompensa. Que aprenda a amar en lo pequeño y así unirme cada día más a Ti. Que mi vida, aun en lo oculto, sea una ofrenda viva, santa y agradable al Padre. Amén.

LA ORACIÓN: ANCLA PARA LA FE Y GUÍA PARA LA VIDA DIARIA



Encuentro Vivo con Dios y Fuente de Vida Espiritual.

La oración es el alma de la vida cristiana. No se trata simplemente de un deber o de una práctica religiosa más, sino del encuentro constante, amoroso y transformador con Dios. Quien ora, se pone en presencia del Creador, se abre a su gracia y le permite actuar en lo más profundo del corazón.

Desde los comienzos de la Revelación, la oración ha sido la respuesta del ser humano al Dios que habla, que llama, que se revela. Desde Abraham, el amigo de Dios, hasta María, la mujer orante por excelencia, toda la historia de la salvación está marcada por hombres y mujeres que supieron entrar en diálogo con Dios, acoger su Palabra y dejarse guiar por su Espíritu.


La Oración como Diálogo Vivo

La oración, en esencia, es diálogo. No es un simple ejercicio mental, ni un listado de peticiones, sino una relación. Orar es hablar con Dios y, sobre todo, escucharlo con el corazón abierto. Es una comunicación que alimenta, que consuela, que orienta y que transforma.

Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:

La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes” (CIC 2559).
La oración es el encuentro de la sed de Dios y la sed del hombre” (CIC 2560).

En la oración, Dios se da a conocer como Padre amoroso, y nosotros descubrimos nuestra verdadera identidad de hijos. Jesús, nuestro Maestro, no sólo oró continuamente, sino que nos enseñó a orar con el Padre Nuestro, modelo perfecto de confianza, abandono, alabanza, perdón y petición.


Diversas Formas de Oración

La riqueza de la oración cristiana es amplia y profunda. La Iglesia, como madre sabia, ofrece diversos modos de orar que se complementan y enriquecen mutuamente:

Oración personal, en la intimidad del corazón.
Oración comunitaria, que une a los fieles en la fe.
Oración litúrgica, especialmente en la Eucaristía, cumbre de toda oración.
Oración devocional, como el Rosario, el Vía Crucis, novenas, letanías.

Cada forma tiene su lugar y valor, pero entre todas, hay una que es especialmente fundamental y transformadora para la vida interior del cristiano: la oración personal.


La Oración Personal: Fuente de Intimidad y Transformación

La oración personal es el corazón silencioso donde se gesta una relación viva y profunda con Dios. Es un encuentro íntimo, cotidiano, en el que el alma se desnuda ante su Creador. No hay máscaras, no hay apariencias. Solo el orante y Dios, en una relación de amor, confianza y entrega.

Jesús mismo buscaba espacios de soledad para hablar con el Padre. El Evangelio de Marcos lo narra con fuerza:

Muy de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar” (Mc 1,35).

Si Jesús, siendo el Hijo de Dios, sentía la necesidad de orar, ¿Cuánto más nosotros?


Importancia de la Oración Personal en la Vida del Cristiano
  1. Alimenta la relación con Dios: la oración personal es el lugar donde Dios se revela no solo como Creador, sino como Padre, Amigo, Maestro y Guía.
  2. Da sentido y dirección a la vida: en la oración, el creyente discierne la voluntad de Dios y recibe luz para caminar.
  3. Fortalece en la prueba: es refugio en medio del dolor, la duda y el sufrimiento.
  4. Sana el corazón: muchas heridas interiores solo se curan en el silencio orante ante el Señor.
  5. Forma a Cristo en nosotros: a través de la oración, el Espíritu Santo nos configura a imagen de Cristo.
El Papa Benedicto XVI decía:

“El hombre necesita de Dios, o mejor, sin Dios el hombre no sabe dónde ir, ni tampoco logra entender quién es” (Homilía, 4 de octubre de 2005).


Santidad y Oración Personal

Los santos son testigos vivos del poder transformador de la oración. Todos, sin excepción, han sido hombres y mujeres profundamente orantes.

Santa Teresa de Jesús afirmaba:

La oración es tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”.

San Juan María Vianney decía con sencillez:

La oración es la unión con Dios. Cuando uno tiene el corazón puro y unido a Dios, siente en sí un bálsamo, una dulzura que embriaga”.


¿Cómo hacer oración personal de manera constante e intensa?

La constancia en la oración no depende solo de la emoción o el tiempo disponible, sino del amor y la decisión de buscar a Dios cada día. Algunas claves prácticas para cultivarla:

1. Establecer un tiempo fijo

Como todo encuentro importante, la oración requiere espacio y prioridad. No se trata de “ver si hay tiempo”, sino de organizar el día en torno a ese encuentro con Dios. Puede ser en la mañana, en la noche, o en algún momento del día, pero debe ser un compromiso de amor.

2. Buscar un lugar tranquilo

Un rincón especial, sencillo pero recogido, ayuda a disponerse para el encuentro. El silencio exterior favorece el recogimiento interior.

3. Invocar al Espíritu Santo

Toda oración auténtica comienza invocando al Espíritu, que es quien ora en nosotros (cf. Rm 8,26). Él nos enseña a orar y pone en nuestros labios el clamor del corazón.

4. Usar la Palabra de Dios

La lectura orante de la Biblia (Lectio Divina) es una forma maravillosa de oración personal. En ella, Dios nos habla directamente, y su Palabra se convierte en luz, fuerza y alimento.

5. Ser sinceros

No hay que tener miedo de decirle a Dios lo que sentimos: alegría, cansancio, dudas, gratitud, tristeza. Él lo conoce todo. La sinceridad en la oración personal abre el corazón a la acción de su gracia.

6. Permanecer en silencio

No solo hablar. También escuchar. A veces, en el silencio más profundo, el alma encuentra a Dios más allá de las palabras.

7. Perseverar

Habrá días en que la oración parecerá seca o sin sentido. Pero la fidelidad en medio de la aridez es donde más crece la fe. Santa Teresa del Niño Jesús decía: “No siempre siento la presencia de Dios, pero creo en Él con más fe cuando no lo siento”.

La oración, especialmente la oración personal, no es un añadido en la vida del cristiano, sino su misma savia vital. Sin oración, la fe se apaga, el alma se marchita y la vida se vacía de trascendencia. Con oración, todo se llena de sentido, incluso el sufrimiento.

El Señor no pide grandes discursos, sino un corazón que le busque con humildad. Él espera cada día en lo profundo del alma, deseando hablar, consolar, transformar. La oración es el lugar del amor verdadero, del descanso interior, del aprendizaje del Evangelio. Es allí donde el cristiano se hace discípulo, y el discípulo se hace santo.

Orar no es otra cosa que un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de gratitud y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría” (Santa Teresita del Niño Jesús).

LA REPARACIÓN DE LOS PECADOS MEDIANTE LA ORACIÓN Y LA ENTREGA PERSONAL


En el corazón del camino cristiano, hay una verdad que brilla con fuerza: somos amados profundamente por Dios, pero también somos frágiles, capaces de errar y de herir ese amor. Ante esta realidad, la Iglesia nos recuerda una dimensión esencial de nuestra vida espiritual: la reparación de los pecados. Reparar no significa pagar, sino responder al amor herido de Dios con un amor renovado, humilde y sincero. Este es el camino de conversión que pasa por la oración profunda y la entrega personal.

1. El pecado y la herida en el corazón de Dios

Cuando pecamos, no sólo desobedecemos un mandato; herimos una relación. El pecado rompe la comunión con Dios, con nuestros hermanos y con nosotros mismos. El Señor no nos rechaza por nuestro pecado, pero sí sufre por nuestro alejamiento.

Como dice el profeta Isaías:

"Pero él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestras iniquidades; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por sus llagas fuimos nosotros curados." (Is 53,5)

Jesucristo cargó con nuestros pecados en la Cruz, no como un castigo que Dios le impuso, sino como una ofrenda de amor para restaurar lo perdido. Y esa entrega continúa, pues su Corazón sigue latiendo por nosotros en la Eucaristía, en la Iglesia, en cada gesto de perdón y reconciliación.

2. La oración como camino de reparación

La oración es mucho más que pedir. Es entrar en el misterio del amor divino, hacer silencio interior para que Dios nos hable y transforme. Cuando oramos por nuestros pecados y por los del mundo, estamos uniendo nuestro corazón al de Cristo, quien intercede constantemente ante el Padre.

En el mensaje de Fátima, la Virgen pidió:

"Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, pues muchas almas van al infierno porque no hay quien se sacrifique y pida por ellas."

Aquí se nos revela el poder reparador de la oración. El Rosario, la adoración eucarística, el ofrecimiento del trabajo diario, los ayunos, las pequeñas mortificaciones hechas por amor: todo esto, vivido con fe, toca el Corazón de Dios y sana las heridas del pecado.

3. La entrega personal: vivir con propósito redentor

No es suficiente lamentarnos por el mal del mundo o de nuestra vida. Estamos llamados a ser instrumentos de reparación. ¿Cómo? Con una entrega generosa y diaria:

Amando donde hay odio

Perdonando donde hay resentimiento

Siendo luz donde hay oscuridad

San Pablo nos dice:

"Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo, por su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1,24).

Esto no quiere decir que la redención de Cristo fue insuficiente, sino que Dios ha querido contar con nosotros, para que colaboremos con nuestra vida en la obra de salvación.

4. Jesús y María, modelos de reparación

El Sagrado Corazón de Jesús nos muestra un amor que no se cansa de amar, incluso cuando es rechazado. En cada imagen del Corazón traspasado, vemos un llamado al amor reparador, a consolar a quien nos amó primero.

Y la Virgen María, la "Corredentora silenciosa", nos enseña a decir “sí” cada día. Ella, que ofreció a su Hijo por nosotros, intercede por nuestras almas y nos invita a ser almas reparadoras con el testimonio de una vida pura, humilde y entregada.

5. Una espiritualidad para nuestro tiempo

Hoy vivimos en un mundo herido por el egoísmo, la indiferencia, la violencia, la impureza y el rechazo de Dios. Frente a esto, la espiritualidad reparadora no es un lujo devocional, sino una necesidad urgente.

Ser cristianos hoy implica asumir una misión:

Amar más donde el amor ha sido negado. Reparar lo que el pecado ha dañado. Entregar nuestra vida para que otros vivan.


Oración

Señor Jesús, tu Corazón herido nos muestra la medida de tu amor.
Haznos almas reparadoras, capaces de consolarte con nuestra oración,
con nuestras obras y con nuestra entrega diaria.
Que sepamos unir nuestras penas y alegrías a tu Cruz,
para que el mundo crea en el poder sanador de tu misericordia.
María Santísima, Madre Dolorosa, ayúdanos a vivir con un corazón como el tuyo: fuerte en el amor, fiel en la prueba y lleno de esperanza.
Amén.

LA EUCARISTÍA Y LOS SACRAMENTOS: ANCLA PARA LA FE Y GUÍA PARA LA VIDA DIARIA




La vida cristiana está profundamente marcada por la presencia de los sacramentos, especialmente la Eucaristía, que es el corazón y cumbre de nuestra fe. A través de estos signos sagrados, Dios derrama su gracia en nuestras vidas, fortaleciendo nuestro camino espiritual y guiándonos en nuestra relación con Él y con los demás.

Los sacramentos no son simples rituales, sino encuentros vivos con Cristo, que nos transforman, nos nutren y nos envían a vivir como discípulos en el mundo. En este artículo, exploraremos cómo la Eucaristía y los sacramentos son un ancla para la fe y una guía para la vida diaria.


La Eucaristía: Fuente y Cumbre de la Vida Cristiana

La Eucaristía es el sacramento por excelencia. Jesús mismo nos dejó este don precioso en la Última Cena, al decir:

"Este es mi cuerpo, que se entrega por ustedes; hagan esto en memoria mía." (Lucas 22:19)

Aquí radica el misterio más profundo de nuestra fe: Cristo está real y verdaderamente presente en la Eucaristía. No es un mero símbolo, sino su Cuerpo y Sangre, entregados por la salvación del mundo.

La Eucaristía como ancla de la fe
  • Nos une a Cristo de manera íntima, fortaleciendo nuestra relación con Él.
  • Nos recuerda su sacrificio redentor en la cruz, renovado en cada Misa.
  • Nos da la fuerza para enfrentar los desafíos de la vida con esperanza.
La Eucaristía como guía para la vida diaria
  • Nos llama a la comunión con los demás, superando divisiones y rencores.
  • Nos impulsa a la caridad y al servicio, siguiendo el ejemplo de Cristo.
  • Nos ayuda a vivir con gratitud, reconociendo la presencia de Dios en cada momento.

Los Sacramentos: Canales de la Gracia Divina

Los sacramentos son signos eficaces del amor de Dios. Cada uno de ellos nos ayuda en distintas etapas de la vida, ofreciendo gracia y dirección en nuestro caminar cristiano.

1. El Bautismo: Puerta de la Fe

El Bautismo nos introduce en la vida cristiana, nos hace hijos de Dios y miembros de la Iglesia. Es el comienzo de nuestra relación con Cristo y la comunidad de fe.

"El que crea y se bautice se salvará, pero el que no crea se condenará." (Marcos 16:16)

Guía para la vida diaria: Nos recuerda que somos llamados a vivir como discípulos de Cristo, rechazando el pecado y buscando la santidad.

2. La Confirmación: Fortaleza del Espíritu

En la Confirmación, el Espíritu Santo nos llena con sus dones para que podamos ser testigos valientes de Cristo en el mundo.

"Recibirán la fuerza del Espíritu Santo y serán mis testigos hasta los confines de la tierra." (Hechos 1:8)

Guía para la vida diaria: Nos impulsa a vivir nuestra fe con valentía, defendiendo la verdad y evangelizando con nuestro testimonio.

3. La Reconciliación: Misericordia y Restauración

El sacramento de la Confesión nos ofrece el perdón de Dios y nos devuelve la paz interior.

"Si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonarnos." (1 Juan 1:9)

Guía para la vida diaria: Nos enseña la humildad, el arrepentimiento y la importancia del perdón en nuestras relaciones.

4. La Unción de los Enfermos: Consuelo en el Sufrimiento

Este sacramento fortalece a quienes enfrentan enfermedad o muerte, dándoles paz y sanación espiritual.

"¿Está enfermo alguno de ustedes? Llame a los presbíteros de la Iglesia para que oren por él y lo unjan con aceite en el nombre del Señor." (Santiago 5:14)

Guía para la vida diaria: Nos llama a confiar en Dios en medio del dolor y a acompañar con amor a los que sufren.

5. El Matrimonio: Amor Sagrado y Fidelidad

El sacramento del Matrimonio santifica la unión entre un hombre y una mujer, reflejando el amor de Cristo por su Iglesia.

"Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne." (Mateo 19:5)

Guía para la vida diaria: Nos enseña el compromiso, el respeto y la entrega mutua en el amor conyugal.

6. El Orden Sacerdotal: Servidores de Cristo y la Iglesia

El sacerdocio es el llamado a servir a Dios y a su pueblo, administrando los sacramentos y guiando espiritualmente a la comunidad.

"No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido a ustedes." (Juan 15:16)

Guía para la vida diaria: Nos invita a orar por nuestros sacerdotes y apoyar sus ministerios.


Vivir los Sacramentos con Plenitud

La Eucaristía y los sacramentos no son prácticas aisladas, sino pilares que sostienen nuestra vida cristiana. Nos conectan con Dios, nos fortalecen en la fe y nos enseñan cómo vivir cada día según su voluntad.

¿Cómo podemos profundizar nuestra vivencia sacramental?
  • Frecuentar los sacramentos: Participar en la Eucaristía con devoción y recibir la Reconciliación con regularidad.
  • Formarnos en la fe: Aprender más sobre el significado de cada sacramento y su impacto en nuestra vida.
  • Vivir lo que celebramos: Permitir que la gracia de los sacramentos transforme nuestra manera de ser y actuar.
Que cada vez que nos acerquemos a los sacramentos, renovemos nuestro compromiso con Cristo y su Iglesia, sabiendo que en ellos encontramos el amor inagotable de Dios.

LA PALABRA DE DIOS: ANCLA PARA LA FE Y GUÍA PARA LA VIDA DIARIA

La Palabra de Dios, fundamento de la vida cristiana



Para un cristiano católico, la Palabra de Dios no es solo un conjunto de textos sagrados; es la voz viva del Señor que resuena en el corazón de su pueblo. Es un don divino que ilumina, transforma y fortalece. Como lo afirma el Salmo 119:105, “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero”, recordándonos que en la Escritura encontramos dirección para cada aspecto de nuestra vida.

Desde los tiempos antiguos, Dios ha hablado a su pueblo a través de los profetas, los apóstoles y, en su máxima revelación, a través de Jesucristo, el Verbo hecho carne (Juan 1:14). Escuchar, meditar y vivir la Palabra de Dios es esencial para el cristiano, porque ella nos conecta con la verdad y la voluntad del Padre.


La Palabra de Dios como ancla de la fe

En tiempos de dificultad, incertidumbre o tribulación, la Palabra del Señor es un refugio seguro. Así como un barco necesita un ancla para no ser arrastrado por la tormenta, nuestra fe se sostiene cuando nos aferramos a las promesas divinas.

Cristo mismo nos enseñó la importancia de edificar sobre la Palabra de Dios cuando dijo:

“El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a un hombre prudente que edificó su casa sobre roca” (Mateo 7:24).

Es en la Escritura donde encontramos consuelo en el dolor, fortaleza en la debilidad y esperanza en la desesperanza. No importa cuán grandes sean las pruebas, la Palabra de Dios sigue siendo firme e inmutable.


Guía para la acción diaria

Más allá de ser solo una fuente de consuelo, la Palabra de Dios es también una guía para vivir con rectitud. Nos enseña a actuar con amor, justicia y misericordia, inspirándonos a imitar a Cristo en nuestras acciones diarias.

San Pablo exhorta en su carta a los Colosenses:

Que la palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza” (Colosenses 3:16).

Cuando dejamos que la Palabra de Dios habite en nuestro corazón, nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestra forma de vivir se alinean con la voluntad divina. La Escritura nos llama a perdonar, a servir a los demás, a buscar la santidad y a vivir con generosidad.


La Palabra de Dios y la Eucaristía

En la liturgia, la Palabra de Dios ocupa un lugar central. La Iglesia nos enseña que en la Santa Misa, Cristo está presente tanto en la Eucaristía como en la proclamación de la Escritura. Escuchar la Palabra en la comunidad de fe nos ayuda a comprender mejor su mensaje y a vivirlo con más profundidad.


Vivir la Palabra en tiempos difíciles

La vida cristiana no está exenta de pruebas. Pero la Palabra de Dios nos da la fortaleza para enfrentarlas con esperanza y fe. Nos recuerda que Dios es fiel, que nunca nos abandona y que todas las cosas cooperan para el bien de quienes lo aman (Romanos 8:28).

Así como Jesús resistió las tentaciones en el desierto con la Palabra de Dios (Mateo 4:4), nosotros también podemos enfrentar los desafíos de la vida apoyándonos en ella.


La Palabra de Dios es vida, verdad y fortaleza. Es un ancla que sostiene nuestra fe en la tormenta y una luz que guía nuestros pasos. Es alimento para el alma y brújula para el camino cristiano.

Que cada día podamos abrir nuestro corazón a la voz del Señor, meditar en sus enseñanzas y ponerlas en práctica, confiando en que su Palabra nunca pasa y siempre da fruto en aquellos que la acogen con fe.

FAROS QUE GUÍAN LAS ACCIONES DEL CATÓLICO Y AYUDAN A SER TESTIGOS FIELES DE CRISTO EN 2025



La vida cristiana está iluminada por principios y valores que nos orientan en el camino hacia Dios y nos permiten ser verdaderos testigos de Cristo en el mundo. Estos faros son anclas para nuestra fe y guías para nuestras acciones diarias, incluso en medio de las dificultades y desafíos.

Al comenzar este nuevo año, nos encontramos ante un tiempo de oportunidades y retos. La sociedad avanza rápidamente, las ocupaciones del día a día nos consumen, y muchas veces sentimos que las distracciones de este mundo nos alejan de nuestra fe. En medio de este ruido y cambios constantes, el Señor nos llama a ser fieles testigos de su amor.

Vivir la fe en medio de las distracciones
Nuestra relación con Dios no depende de las circunstancias externas, sino de un corazón dispuesto. Este año, te invito a encontrar pequeños momentos de silencio en tu día. En ellos, abre tu corazón al Señor a través de la oración. Aunque el tiempo sea limitado, una breve plegaria, un salmo o un "gracias, Señor", pueden renovar tu espíritu.

Resistir los cambios de los tiempos
El mundo cambia, pero Dios permanece el mismo. No tengamos miedo de defender nuestra fe en un ambiente que a menudo la cuestiona. No se trata de condenar, sino de amar con verdad, siguiendo el ejemplo de Cristo. La Palabra de Dios y el magisterio de la Iglesia son faros que iluminan el camino incluso en las noches más oscuras.

Balancear ocupaciones y espiritualidad
El trabajo, los estudios y las responsabilidades familiares son formas de glorificar a Dios si las hacemos con amor. Sin embargo, no permitas que te alejen de Él. Dedica un momento cada semana para estar en su presencia, ya sea en la Eucaristía o en adoración. El Señor es quien renueva nuestras fuerzas y nos da paz.


Principios del cristiano católico

1. La Palabra de Dios

La Biblia es la luz que ilumina nuestro camino: "Lámpara es a mis pies tu palabra, y luz para mi sendero" (Salmo 119:105). A través de la Sagrada Escritura, encontramos las enseñanzas de Jesús, que nos invitan a vivir con amor, justicia y misericordia. Leer, meditar y practicar la Palabra de Dios nos transforma y nos convierte en sus testigos.

2. La Eucaristía y los Sacramentos

La Eucaristía es la fuente y culmen de la vida cristiana. Participar en ella nos une a Cristo y nos da la fuerza para vivir como sus discípulos. Los sacramentos, especialmente la Reconciliación y la Confirmación, son señales visibles de la gracia que nos santifican y nos envían a ser luz en el mundo.

3. La Oración

La oración es un diálogo constante con Dios que alimenta nuestra relación con Él. En la oración encontramos consuelo, guía y fortaleza. Jesús mismo nos enseñó a orar con el Padre Nuestro, y la Iglesia nos ofrece muchas formas de oración: personal, comunitaria, litúrgica y devocional.

4. El Amor y la Caridad

El amor es el mandamiento más grande: "Ama a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo" (Mateo 22:37-39). Vivir en el amor significa poner a los demás primero, practicar la caridad y ser solidarios con los necesitados. Al amar con generosidad, reflejamos a Cristo en nuestras vidas.

5. El Testimonio de Vida

Ser cristiano no solo implica profesar la fe, sino vivirla coherentemente en cada acción. Nuestro testimonio diario –en el hogar, el trabajo, la comunidad– es una forma poderosa de evangelización. La santidad en lo cotidiano es un faro que ilumina a quienes nos rodean.

6. La Comunidad de Fe

La Iglesia es la familia de Dios, y en ella encontramos apoyo, formación y dirección. Vivir en comunión con otros católicos fortalece nuestra fe y nos anima a caminar juntos en el seguimiento de Cristo. Participar activamente en la vida parroquial y en movimientos apostólicos nos ayuda a crecer espiritualmente.

7. La Esperanza Cristiana

La esperanza en las promesas de Dios nos sostiene en medio de las pruebas. Como católicos, vivimos confiados en que Cristo ha vencido al pecado y a la muerte, y que su victoria es también nuestra. Esta esperanza nos impulsa a trabajar por un mundo mejor mientras esperamos su venida gloriosa.

8. La Doctrina Social de la Iglesia

Los principios de justicia, solidaridad, subsidiariedad y bien común son luces que guían nuestras decisiones en el ámbito social y político. Como católicos, estamos llamados a ser agentes de cambio, trabajando por un mundo más justo y humano.


Valores de cristiano católico que continuar cultivando en el año 2025

En este nuevo año, la Iglesia nos invita a reforzar y vivir con mayor intensidad los valores que nos identifican como cristianos católicos.

1. Fe sólida en medio de los desafíos

La fe nos conecta con Dios y nos da fuerza para enfrentar las dificultades. En el 2025, sigamos cultivando una fe activa, no solo con palabras, sino con obras, recordando que "la fe sin obras está muerta" (Santiago 2:17). Participemos de la Eucaristía, la oración diaria y el estudio de la Palabra de Dios para fortalecer nuestra relación con Él.

2. Esperanza en un mundo cambiante

En tiempos de incertidumbre, la esperanza nos ancla en las promesas de Dios. Este año, seamos mensajeros de esperanza, confiando en que el Señor tiene un plan perfecto para cada uno de nosotros y para el mundo. Recordemos las palabras de Jeremías: “Porque yo sé los planes que tengo para ustedes, planes de bienestar y no de calamidad, para darles un futuro y una esperanza” (Jeremías 29:11).

3. Amor incondicional como fundamento

El amor es el núcleo de nuestra fe. Sigamos practicando el mandamiento de Jesús: "Ámense unos a otros como yo los he amado" (Juan 13:34). Esto incluye amar no solo a quienes nos rodean, sino también a aquellos que piensan y actúan de forma distinta. La caridad hacia los más necesitados debe ser un sello distintivo de nuestra vida.

4. Justicia y solidaridad

Como católicos, estamos llamados a trabajar por un mundo más justo y solidario. En el 2025, continuemos defendiendo la dignidad de cada persona, desde el más vulnerable hasta el más poderoso. Apoyemos iniciativas que promuevan la justicia social y ayudemos a quienes más lo necesitan, siguiendo el ejemplo de Cristo.

5. Humildad y servicio

La humildad nos recuerda que todo lo que somos y tenemos proviene de Dios. Este año, busquemos oportunidades para servir a los demás, especialmente a los más olvidados. Sigamos el ejemplo de Jesús, quien dijo: "El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir" (Mateo 20:28).

6. Perdón y reconciliación

El perdón nos libera y nos reconcilia con Dios y con los demás. En el 2025, practiquemos el perdón en nuestras relaciones personales y comunitarias, recordando que Jesús nos enseñó: "Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden" (Mateo 6:12).

7. Alegría en el Señor

La alegría es un fruto del Espíritu Santo. Este año, vivamos nuestra fe con gozo, siendo testigos de que seguir a Cristo es fuente de verdadera felicidad. La alegría cristiana no depende de las circunstancias, sino de la certeza de que somos amados por Dios.

Que el 2025 sea un año en el que estos valores crezcan en nuestra vida personal, familiar y comunitaria. Al vivirlos con fidelidad, contribuiremos a construir un mundo más humano, más justo y más lleno del amor de Dios.

Como cristianos, estamos llamados a ser luz en el mundo. Ante la injusticia, el egoísmo y la división, llevemos el mensaje de reconciliación de Cristo. Que nuestras palabras y acciones sean un testimonio vivo del amor de Dios. Seamos instrumentos de paz y esperanza en nuestra comunidad.

Que este año sea una oportunidad para crecer en fe, esperanza y caridad. Caminemos con confianza, sabiendo que Dios nos acompaña. Él nunca nos abandona, incluso en los momentos más difíciles.

Que María, nuestra Madre, interceda por nosotros y nos guíe hacia su Hijo.

¡Feliz y bendecido año 2025!

Sacerdote Eterno

DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR - SALMO 129




1Desde lo hondo a ti grito, Señor;

2Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

3Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
4Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

5Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
6mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.

7Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
8y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.


COMENTARIO AL SALMO 129

[Es uno de los «cánticos graduales» o «canciones de las subidas», que entonaban los israelitas en su peregrinación a Jerusalén y a su Templo. Es también uno de los siete salmos penitenciales, de los que tan amplio uso se ha hecho en la Iglesia, en particular de éste, el De profundis, y del salmo 50, el Miserere. La Biblia de Jerusalén da a nuestro salmo el título de De profundis. Es un salmo penitencial, sí, pero más aún un salmo de esperanza. La liturgia cristiana de difuntos lo emplea ampliamente, no como lamentación, sino como oración en que se expresa la confianza en el Dios redentor.- Para Nácar-Colunga el título de este salmo es Imploración de la divina misericordia. Deprecación transida de compunción y de humildad: el salmista reconoce sus pecados y espera la rehabilitación espiritual de la misericordia divina. De lo profundo de su tribulación clama el salmista a Dios, seguro de alcanzar la misericordia de Yahvé.- «Salmo penitencial. Invocación del nombre de Dios misericordioso, repetida siete veces y salida de lo más hondo del corazón. Queremos presentar a Dios todos los recovecos de nuestra realidad, para que él los mire con ojos de misericordia. El perdón define la actitud fundamental de Dios con nosotros. Por esto, esperamos en él, a pesar de nuestros incontables pecados. "Jesús" significa "Salvador", "porque salvará a su Pueblo de sus pecados" (Mt 1,21)» (J. Esquerda Bifet).]


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El «De profundis»,
imploración de la divina misericordia

Esta deprecación está transida de compunción y humildad. El salmista reconoce sus pecados, y, por tanto, su rehabilitación espiritual sólo depende de la misericordia infinita de su Dios. Confiado en su bondad, implora perdón y protección para él y para su pueblo. La oración de Nehemías implorando perdón por su pueblo (Neh 1,4-11) tiene muchas afinidades conceptuales y de expresión con este salmo, que tiene también una proyección nacional.

Algunas frases del salmo aparecen en la oración de Salomón según 2 Par 6,40-42. Por su contenido es comparable al salmo 85. Es uno de los siete «salmos penitenciales» de la liturgia.

Los sentimientos de profunda humildad contrastan con la ciega esperanza en la misericordia divina. Lejos de sentirse el salmista alejado de su Dios, toma fuerzas de su debilidad para acercarse confiadamente al que le puede rehabilitar en su vida espiritual. Los atributos y las promesas divinas le dan pie para fundar su esperanza.

El salmista se siente anegado en un abismo de inquietudes y de pesares; por eso, desde lo profundo de su aflicción se dirige a su Dios para que le preste auxilio, rehabilitándolo en su vida de amistad con Él. En realidad, su esperanza está en su misericordia y su prontitud al perdón, pues si no olvida los pecados y los guarda cuidadosamente en su memoria, reteniendo la culpabilidad de los hombres, ¿quién podrá subsistir o mantenerse incólume ante su tribunal? Nadie puede hacer frente a las exigencias de la justicia divina. Pero la medida con que trata a sus siervos no es la de la justicia, sino la de la extrema indulgencia, invitándoles así a un temor reverencial basado en el agradecimiento del que ha sido perdonado.

Basado en esta indulgencia del Señor, el salmista espera en Él con impaciencia y ansiedad más que los centinelas por la aparición de la aurora para ser relevados de su puesto de vigilancia. En esta espera ansiosa, el salmista representa a Israel como colectividad nacional, vejado por pueblos opresores y ansioso de redención. La longanimidad e indulgencia de Yahvé dan confianza al pueblo elegido para pedir su plena rehabilitación a pesar de sus numerosas iniquidades.

[Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

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CATEQUESIS DE JUAN PABLO II
«Desde lo hondo a ti grito, Señor»

1. Se ha proclamado uno de los salmos más célebres y arraigados en la tradición cristiana: el De profundis, llamado así por sus primeras palabras en la versión latina. Juntamente con el Miserere ha llegado a ser uno de los salmos penitenciales preferidos en la piedad popular.

Más allá de su aplicación fúnebre, el texto es, ante todo, un canto a la misericordia divina y a la reconciliación entre el pecador y el Señor, un Dios justo pero siempre dispuesto a mostrarse «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado» (Ex 34,6-7). Precisamente por este motivo, el Salmo se encuentra insertado en la liturgia vespertina de Navidad y de toda la octava de Navidad, así como en la del IV domingo de Pascua y de la solemnidad de la Anunciación del Señor.

2. El salmo 129 comienza con una voz que brota de las profundidades del mal y de la culpa (cf. vv. 1-2). El orante se dirige al Señor, diciendo: «Desde lo hondo a ti grito, Señor». Luego, el Salmo se desarrolla en tres momentos dedicados al tema del pecado y del perdón. En primer lugar, se dirige a Dios, interpelándolo directamente con el «tú»: «Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto» (vv. 3-4).

Es significativo que lo que produce el temor, una actitud de respeto mezclado con amor, no es el castigo sino el perdón. Más que la ira de Dios, debe provocar en nosotros un santo temor su magnanimidad generosa y desarmante. En efecto, Dios no es un soberano inexorable que condena al culpable, sino un padre amoroso, al que debemos amar no por miedo a un castigo, sino por su bondad dispuesta a perdonar.

3. En el centro del segundo momento está el «yo» del orante, que ya no se dirige al Señor, sino que habla de él: «Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela a la aurora» (vv. 5-6). Ahora en el corazón del salmista arrepentido florecen la espera, la esperanza, la certeza de que Dios pronunciará una palabra liberadora y borrará el pecado.

La tercera y última etapa en el desarrollo del Salmo se extiende a todo Israel, al pueblo a menudo pecador y consciente de la necesidad de la gracia salvífica de Dios: «Aguarde Israel al Señor (...); porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa: y él redimirá a Israel de todos sus delitos» (vv. 7-8).

La salvación personal, implorada antes por el orante, se extiende ahora a toda la comunidad. La fe del salmista se inserta en la fe histórica del pueblo de la alianza, «redimido» por el Señor no sólo de las angustias de la opresión egipcia, sino también «de todos sus delitos». Pensemos que el pueblo de la elección, el pueblo de Dios, somos ahora nosotros. También nuestra fe nos inserta en la fe común de la Iglesia. Y precisamente así nos da la certeza de que Dios es bueno con nosotros y nos libra de nuestras culpas. Partiendo del abismo tenebroso del pecado, la súplica del De profundis llega al horizonte luminoso de Dios, donde reina «la misericordia y la redención», dos grandes características de Dios, que es amor.

4. Releamos ahora la meditación que sobre este salmo ha realizado la tradición cristiana. Elijamos la palabra de san Ambrosio: en sus escritos recuerda a menudo los motivos que llevan a implorar de Dios el perdón.

«Tenemos un Señor bueno, que quiere perdonar a todos», recuerda en el tratado sobre La penitencia, y añade: «Si quieres ser justificado, confiesa tu maldad: una humilde confesión de los pecados deshace el enredo de las culpas... Mira con qué esperanza de perdón te impulsa a confesar» (2, 6, 40-41: Sancti Ambrosii Episcopi Mediolanensis Opera SAEMO, XVII, Milán-Roma 1982, p. 253).

En la Exposición del Evangelio según san Lucas, repitiendo la misma invitación, el Obispo de Milán manifiesta su admiración por los dones que Dios añade a su perdón: «Mira cuán bueno es Dios; está dispuesto a perdonar los pecados. Y no sólo te devuelve lo que te había quitado, sino que además te concede dones inesperados». Zacarías, padre de Juan Bautista, se había quedado mudo por no haber creído al ángel, pero luego, al perdonarlo, Dios le había concedido el don de profetizar en el canto del Benedictus: «El que poco antes era mudo, ahora ya profetiza -observa san Ambrosio-; una de las mayores gracias del Señor es que precisamente los que lo han negado lo confiesen. Por tanto, nadie pierda la confianza, nadie desespere de las recompensas divinas, aunque le remuerdan antiguos pecados. Dios sabe cambiar de parecer, si tú sabes enmendar la culpa» (2, 33: SAEMO, XI, Milán-Roma 1978, p. 175).


[Texto de la Audiencia general del Miércoles 19 de octubre de 2005]


MONICIÓN SÁLMICA

Hoy, para la celebración de estas I Vísperas del domingo, usamos un salmo que, a primera vista, puede parecer no muy apropiado con el carácter festivo y alegre del día del Señor. El salmo 129 es, en efecto, la plegaria penitencial de un pecador que, con clara conciencia de su culpa, se ve enfermo y a las puertas de la muerte en castigo de su pecado: Desde lo hondo, a ti grito, Señor; si llevas cuenta de los delitos, ¿quién podrá resistir?

Pero, a pesar de esta primera apariencia, el sentido más profundo de nuestro salmo respira un ambiente muy distinto. Más que la confesión de la propia culpabilidad, el salmista expresa su plena confianza en la salvación de Dios; y esto hace del salmo 129 una plegaria muy propia pare inaugurar la celebración del domingo, porque el domingo es precisamente el memorial de cómo Dios, por la resurrección de Cristo, arrancó al hombre del abismo, de la muerte y del pecado, no llevando cuenta de sus delitos, porque del Señor procede el perdón.

El salmo 129 es uno de los cantos de peregrinación que los israelitas cantaban en su camino a Jerusalén; el nuevo Israel, en peregrinación también hacia la Jerusalén definitiva, repite hoy este salmo a las puertas ya de la celebración dominical, pregustación de su llegada a la Jerusalén eterna. Al acabar la semana, en la que probablemente no han faltado infidelidad ni pecado, no perdemos la confianza: Desde lo hondo de nuestra miseria, a ti gritamos, Señor. El recuerdo de cómo Dios resucitó a Cristo, primogénito de la humanidad, alienta nuestra esperanza: Nuestra salvación no es obra nuestra, sino que del Señor viene la redención copiosa, y él redimirá a Israel, como resucitó a su Hijo de entre los muertos.

En la celebración comunitaria, si no es posible cantar la antífona propia, este salmo se puede acompañar cantando las antífonas «En Dios pongo si esperanza» o bien «Desde un abismo clamo a ti, Señor».

Oración I: Tu pueblo, Señor, espera en ti, la Iglesia espera en tu palabra; nuestras culpas nos han hundido en el abismo, pero de ti viene la misericordia, y la redención copiosa; devuélvenos, pues, en este domingo que ahora empezamos, la alegría de tu salvación y haznos oír el gozo y la alegría. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Oración II: Señor Dios de poder y de bondad, que nos has dado la redención copiosa, enviándonos a Jesús, para que salvara al pueblo de los pecados; no nos abandones ahora en lo hondo de nuestra miseria, que tus oídos estén atentos a la voz de nuestra súplica, para que no quede defraudada nuestra esperanza de que tú redimirás a Israel de todos sus delitos. Te lo pedimos, Padre, por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

[Pedro Farnés]

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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL SALMO 129

Súplica individual, con invitación a la asamblea. Siete veces se invoca el nombre del Señor en este breve salmo.

VV. 1-2. Lo hondo es para los israelitas temible, incomprensible, emparentado con la muerte y el abismo. Desde su hondura humana el hombre grita, y su grito sube hacia el cielo.

VV. 3-4. La hondura radical es el pecado, que aleja al hombre de Dios, lo envuelve en oscuridad. Sólo de Dios puede venir el perdón, por eso el hombre ha de respetar a Dios con temor sagrado.

VV. 5-6. En su ignorancia y oscuridad el hombre puede atravesar la oscuridad con su grito; después aguarda y espera. Como la aurora devuelve la luz, así Dios enviará su favor.

VV. 6-8. Como el individuo, todo el pueblo ha de asumir la actitud de humilde expectación: amanecerá la misericordia, el Señor redimirá del pecado.

Para la reflexión del orante cristiano.- La liturgia cristiana ama este canto penitencial. Aunque la Iglesia y cada uno de los cristianos han sido tocados ya por la luz de Cristo, sin embargo, viven en lo hondo del mundo y pecan. La redención copiosa de Cristo se va realizando continuamente, en una expectación continua de la redención definitiva.

[L. Alonso Schökel]

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El salmo 129, undécimo salmo gradual y sexto penitencial, es una composición mixta que consta de: a) oración penitencial, vv. 1-4; b) meditación esperanzada, vv. 5-8, y es conocida por De profundis. Propiamente todo él es individual, aunque en los vv. 7-8 habla a Israel. El vocabulario, expresiones y sentimientos penitenciales son afines a Neh 1,4-11, lo que no quiere decir que el salmo sea de aquel tiempo.

VV. 1-4. Las profundidades o lo hondo son una metáfora de desgracia individual o tribulación. No alude a una acusación injusta o enfermedad (Gunkel), sino más bien al fondo abismal de pecados o penas que el hombre lleva dentro, según sugiere el contexto que sigue. De esas tinieblas interiores emerge el grito que invoca a Dios. Los ruegos o la súplica son las peticiones de perdón de culpas o remisión de penas merecidas. La humilde confesión (v. 3) reconoce que de solo Dios puede venir el perdón. El salmista lo reafirma convencido. Dios perdona de tal suerte, que en el hombre brota un temor reverencial y filial, pues la bondad perdonadora de Dios es uno de los mayores incentivos del temor filial en el AT, casi tanto como en el NT.

VV. 5-8. Como corolario de la oración anterior, el salmista expresa su firmísima y tierna esperanza para sí y para el pueblo. Tan segura como la anterior es esta confianza en Yahvé y en su palabra de perdón. Más impaciente aún que la de los centinelas esperando su relevo al alba, o la de los levitas nocturnos (Targum) esperando la llegada de la aurora para comenzar el sacrificio matutino con sus bendiciones anejas.

[Extraído de R. Arconada, en La Sagrada Escritura. Texto y comentario, de la BAC]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO 129

Introducción general

La presente súplica, individual o colectiva, es uno de los llamados «salmos penitenciales». La petición por el perdón de los pecados y el canto de esperanza se hermanan. Diría incluso que el segundo aspecto prevalece sobre el primero en la medida en que el salmista confiesa su angustia y su fe, su confianza en Dios que perdona los pecados. Tal es la verdadera seguridad de Israel. Los tres momentos que se suceden se articulan en torno a la persuasión. El salmista persuade a Dios para que le escuche (vv. 1-2), se persuade a sí mismo de que Dios le escucha y perdona (vv. 3-4), persuade finalmente al pueblo para que confíe en Dios, que de hecho atiende y acoge (vv. 5-8).

En la celebración comunitaria, este salmo, que es fundamentalmente una lamentación individual, debe conjugar la persuasión individual con la colectiva. Podemos adoptar uno de estos dos modos de rezo:

Que un salmista cante las estrofas y la asamblea conteste cantando «Mi alma espera en el Señor...».

Si se recita, se puede asumir una salmodia litánica del siguiente modo:

Salmista, Persuasión divina: «Desde lo hondo... a la voz de mi súplica» (vv. 1-2).

Asamblea, «Desde lo hondo, a ti grito, Señor».

Salmista, Persuasión personal: «Si llevas cuenta... infundes respeto» (vv. 3-4).

Asamblea, «Desde lo hondo, a ti grito, Señor».

Salmista, Persuasión comunitaria: «Mi alma espera... de todos sus delitos» (vv. 5-8).

Asamblea, «Desde lo hondo, a ti grito, Señor».


De lo profundo a lo excelso

Lo «profundo» es, en sentido directo, las aguas abismales, caóticas y vacías que amenazan a lo creado (Gn 1,2). En sentido trasladado es la angustia o la culpabilidad. ¿Cómo levantarse de lo «profundo» hasta «lo excelso»? Por el momento es suficiente con que un grito desgarre la oscuridad y llegue hasta Dios, que escucha. Una vez que Cristo descendió hasta «lo profundo», hasta el reino de la muerte, por haber asumido una carne de pecado, subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo. Cristo exaltado es un grito sustantivo que ha suprimido la distancia entre el abismo profundo y el excelso celeste. La angustiosa pregunta de Pablo: «¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?», tiene una respuesta: «¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!» (Rm 7,24-25).

Tú eres un Dios de perdón

Verdad es que ningún hombre vivo es inocente frente a Dios, que tanto judíos como griegos están bajo el pecado, que nadie puede decir «no he pecado» sin hacer mentiroso a Dios. Junto a esto, el Dios de la Alianza se proclama Dios de perdón. La consecuencia de esta definición fue hacer de Cristo la víctima propiciatoria por nuestros pecados. La sangre de Cristo obró la purificación del pecado. Así es como nos infunde respeto; es decir, adoración, acción de gracias y un temor reverencial, que no minimiza la realidad de nuestro pecado, sino que exalta su actitud misericordiosa. Esperamos en el Señor, esperamos en su palabra clemente, porque Cristo está siempre vivo para interceder en favor nuestro.

Dios es grande en perdonar

Nadie espera la aurora tan ansiosamente como el centinela. También amanecerá la misericordia del Señor sobre el hombre y sobre el pueblo pecador. Será una mañana espléndida, porque Díos es grande en perdonar. Un futuro hecho presente desde que resonaron aquellas palabras en nuestra tierra: «Ánimo, hijo, tus pecados son perdonados» (Mt 9,2). Muchas ovejas perdidas han sido encontradas desde entonces. Tienen el rostro de la Samaritana, de Zaqueo, de Simón Pedro, de Pablo, mi propio rostro. También yo «conseguí misericordia, para que en mí primeramente mostrase Jesucristo toda su longanimidad» (1 Tim 1,16). En cada creyente se va preparando el Señor la esposa santa e intachable hasta que pueda presentarla engalanada como una novia ataviada para su Esposo (Ap 21,2). Dios redimirá a la Iglesia de todos los delitos.

Resonancias en la vida religiosa

Un grito desde lo hondo: El grito más desgarrador y más significativo de toda nuestra historia fue aquel que Jesús moribundo lanzó en la cruz. Había recorrido el camino del destierro, lejos de su Patria, lejos de su Padre; había entrado en la angustiosa y desesperada condición del hombre; se había solidarizado en todo, menos en el pecado, con nosotros. Y cuando llegó hasta el fondo-fondo de nuestra condenación gritó al Padre. Era su grito una súplica esperanzada desde la más absoluta desgracia. Era el grito colectivo de toda la humanidad pecadora. Pero al mismo tiempo la potencia de la súplica revelaba la inmensa confianza que Jesús depositaba en el Padre; Él sabía que debía anhelar impacientemente la aurora de la resurrección, y entonces todo quedaría transformado, y Dios respondería a la oración, redimiendo, liberando a la humanidad.

Sintonizamos con el grito de Cristo, cuando también nosotros reconocemos la hondura terrible del pecado en que nos encontramos nosotros y los hombres que pueblan nuestro planeta. Nuestro grito ha de estar potenciado con el grito dolorido de tantos hombres y mujeres desesperados. Pero hemos de poner en él un acento de infalible esperanza: ¡Que aguarde el mundo la aurora de la liberación copiosa y abundante! ¡Que la esperanza desborde la magnitud imponente del gemido y de la súplica!

Oraciones sálmicas

Oración I: Mira, Señor, nuestra postración; estamos abismados en nuestro pecado y quisiéramos vernos libres de él; escucha nuestro grito y libéranos de este cuerpo de muerte, como liberaste a tu Hijo, que asumió nuestra misma carne pecadora, y a quien exaltaste sobre todo lo creado. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Oración II: Ningún hombre vivo es inocente frente a ti, Señor, y, sin embargo, Tú eres un Dios de perdón y por la sangre de tu Hijo purificaste nuestros pecados; recibe por ello nuestra adoración, nuestra acción de gracias, la expresión de nuestro temor reverencial, que exalta tu actitud misericordiosa. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Oración III: Nuestra alma te aguarda, como centinela a la aurora; la presencia de tu Hijo, Padre, abrió en el mundo un amanecer de perdón y misericordia, que llegó a su culmen cuando en la mañana de Pascua restauraste el universo; recibe nuestro agradecimiento y alabanza vespertina. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]


FUENTE: franciscanos.org

LA IMPORTANCIA DEL USO DEL VELO EN MISA - Padre Hector Ramirez



¿Se debe o no usar el velo en la Eucaristía o cuando entramos al templo? No es obligatorio pero es muy importante y muy bello en lo espiritual. El velo es algo espiritual, no es algo estético. El velo no es para verse bien sino porque es sagrado y todo lo que implica el velo es un tesoro. 

Por qué la Virgen se sigue apareciendo a lo largo de 2000 años, usa velo y es la Reina. Es la criatura mas importante y se pone velo para estar delante de Dios. Mejor argumento no hay. Quien usa velo sabe perfectamente lo que significa en su oración, en su pudor, en su recato para poder estar concentrada en la oración. Son muchos los beneficios. 

(Me van a perdonar pero tengo que decirlo porque tengo que dar cuentas a Dios y a la Virgen: no hagan caso ni a Obispos ni a sacerdotes que se burlen por usar el velo porque si fuera una orden yo me callaría. Si a usted no le gusta el velo, no lo promueva pero tampoco lo ataque porque es una opción en la iglesia Católica. Nadie ha prohibido el velo en la Iglesia Católica. Ningún Santo Padre lo ha prohibido.

¡Usa el velo por Dios, no por los hombres! 

¿RECLINATORIO PARA COMULGAR? ¡SÍ, GRACIAS!

«Los fieles comulgan de rodillas o de pie, según lo establezca la Conferencia de Obispos», con la confirmación de la Sede Apostólica. «Cuando comulgan de pie, se recomienda hacer, antes de recibir el Sacramento, la debida reverencia, que deben establecer las mismas normas».


Este es el punto 90 de la Instrucción “Redemptionis Sacramentum” (Congregación para el Culto Divino y recepción de los Sacramentos)


No está permitido a los fieles tomar por sí mismos el pan consagrado ni el cáliz sagrado, ni mucho menos pasarlo de mano en mano entre ellos. Los fieles comulgan estando de rodillas o de pie, según lo haya determinado la Conferencia de Obispos. Cuando comulgan estando de pie, se recomienda que antes de recibir el Sacramento, hagan la debida reverencia, la cual debe ser determinada por las mismas normas.

Y este es el punto 160 de la Ordenación General del Misal Romano.


Ambas citas del Magisterio de la Iglesia Católica (entre otras MUCHAS que podría traer a colación) las tomo como aval del título de este artículo: ¿Reclinatorio para comulgar?: SI, para que aquellos fieles que deseen comulgar de rodillas sean respetados en un DERECHO que tienen. Ese es el argumento (carente de toda “ideología”) por el cual yo mismo como sacerdote diocesano “recuperé” el uso del reclinatorio en mi parroquia para el libre uso de los fieles a la hora de recibir la comunión. Previo a mi decisión sucedió que hace un año un amigo me preguntó el motivo por el cual el Concilio había ordenado quitar todos los reclinatorios de las Iglesias. Le respondí que en el Concilio no hay ni una ligera insinuación de tal orden, que ni siquiera en ningún documento magisterial posterior lo podemos encontrar, sino más bien lo contrario. A lo cual me respondió muy extrañado que entonces como era posible que se hubieran quitado, a lo cual sinceramente no supe que responderle. A día de hoy sigue siendo un misterio para mí el cómo se han podido quitar sin que la autoridad lo haya pedido. Y ahora les comparto lo que sucedió tras mi decisión:


Fue por la cuaresma de 2012 cuando tomé esa decisión, previo diálogo con agentes de pastoral de la parroquia (que lo vieron algo normal aunque no se usaba para comulgar desde hacía más de 40 años). En homilías y catequesis previas expuse el motivo: que los fieles cuya devoción les dicta arrodillarse para comulgar vean su derecho respetado por la facilidad que la Iglesia les da al colocar reclinatorios que ayudan a arrodillarse con comodidad y apoyando los brazos (sobre todo pensando en las personas mayores). Si nos arrodillamos en la consagración (ésto si lo obliga la ordenación del Misal, aunque muchos no lo cumplan ni otros lo recuerden), ¿no es hasta lógico arrodillarse al recibirlo si nos arrodillamos al contemplarlo y adorarlo?; por supuesto que colocar el reclinatorio NO viola en absoluto el derecho al que prefiere recibir la comunión de pié, pues va a seguir recibiéndola así. Pero poner el reclinatorio es una señal de respeto a los fieles cuya devoción les hace recibir el Cuerpo de Cristo de la forma más reverente posible.

Pues dicho y hecho: en mi parroquia se colocó reclinatorio en un primer momento solo en Misas dominicales y solemnes, para observar la respuesta del pueblo. Y la respuesta, sinceramente, me agradó y gratamente sorprendió: fueron sobre todo las personas más jóvenes quienes se arrodillaban al comulgar, y a las pocas semanas desde la misma feligresía se pidió que el reclinatorio estuviera de forma permanente en todas las Misas. Pedido al que se accedió de inmediato. A renglón seguido, llegada la Pascua de ese año 2012, todos los niños/as que hacían la primera comunión la recibieron de rodillas, desde una catequesis previa de amor y reverencia a Jesús Sacramentado.


Desde entonces el reclinatorio quedó ubicado de forma permanente y, ….siguiendo con las gratas sorpresas....¡ni una sola queja o crítica de los laicos!...¡ni una!...y si, con pena de he decirlo, alguna que otra crítica de mal gusto de algún miembro del clero. En realidad, en el fondo, yo esperaba esa respuesta. No tanto desde la crítica, un sacerdote me dijo que para atender el derecho a arrodillarse NO hace falta el reclinatorio....obvio que es verdad, pero (yo le respondí) ¿porqué incomodar a un fiel a arrodillarse sin apoyo o a hacerlo en el suelo dando signos de evidente “originalidad?; ¿no es eso faltar a la caridad fraterna?.....


Desde mi experiencia como sacerdote, que comparto en este artículo, y con la motivación de atender los derechos del laicado, lanzo a todos los sacerdotes que lean estas líneas esta proclama: ¿Reclinatorios?...SI, gracias. Y a los que ya lo ponen, que hagan eco de su actitud para que otros lo sepan. Ni que decir tiene (pero por si acaso lo digo) que colocar el reclinatorio ha de llevar consigo que el sacerdote se ubique justo detrás del mismo, precisamente para evitar poner en evidencia al fiel que desea comulgar con reverencia y de repente se ve fuera de la fila. Si, y apostillo esto porque yo mismo lo he visto en alguna Iglesia: reclinatorio puesto cerca del presbiterio pero a la vez el sacerdote dando la comunión a varios metros del mismo....no, entonces sería como "señalar" de forma peyorativa a los fieles que se arrodillan. Por lo que el "título" de este lema "¿Reclinatorios?...SI, gracias" ha de ir acompañado de "con el sacerdote detrás dando la comunión". Desde ahí el respeto al fiel es completo: los que se queden de pié reciben la comunión y los que se arrodillen la reciben igualmente, y todos lo hacen sin que nadie quede señalado. Así SI se cumple lo que la Iglesia Católica prescribe a través de sus documentos magisteriales.

A la luz del Concilio Vaticano II, como parte de la integración del laicado en la vida de la Iglesia, opino que cuando se desprecian los derechos del laicado se cae en un CLERICALISMO insólito cuando viene de la mano de los que se califican como “progresistas y modernos”. Si no se respeta al laicado se peca de clericalismo, y la ausencia de reclinatorios en la mayoría de las Iglesias es, a mi modesto entender, un signo sutil del clericalismo modernista...si....lo repito: clericalismo modernista de aquellos que siguen tratando a los laicos como menores de edad aunque llenen sus discursos de verbalismo supuestamente laical.


Y concluyo: por supuesto que la recuperación del reclinatorio lleva consigo un mayor respeto hacia la Eucaristía que reduce o evita innumerables abusos litúrgicos que se producen contra la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Esto sería un motivo ontológico, mientras que el anteriormente expuesto (respeto al derecho del laicado) es un motivo de orden pastoral, pero muy unido al ontológico.


De un autor anónimo leí en una ocasión que “ningún hombre es más hombre, ninguna mujer es más mujer, que cuando está de rodillas ante el Amor de los Amores”
Maravillosa frase que comparto. Queridos amigos: ¡Volvamos al reclinatorio para comulgar!


Material original de adelantelafe.blogspot.com


EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís