FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

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"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. CXVIII: Sacerdotes inactivos

Mensajes de Nuestro Señor Jesucristo a Sus hijos predilectos





CXVIII


SACERDOTES INACTIVOS





Hay muchos corazones sordos que no escuchan mi voz, esa dolorida voz de un Dios que quiere salvar al mundo, pero por sus sacerdotes.

El único medio eficaz para detener al infierno desatado es el sacrificio.

Hay en mi Iglesia tesoros que no se utilizan; PERLAS QUE NO SE VALORAN, GRACIAS Y DONES DETENIDOS, A MI PESAR, POR LA FALTA DE CELO DE LOS QUE SON MÍOS. ¡Si apreciaran mis sacerdotes el valor de una sola alma y se hicieran el cargo de lo que me ha costado!

Ahora bien, tratándose de las almas hermanas de sacerdotes caídos o por caer, ¿por qué ven este punto con apatía, con egoísmos, como si vieran rodar lo que nada vale? ¿Vieran qué dolor me causa el egoísmo fraternal y aun paternal en mi Iglesia, en quienes no ven lo mío como propio, y más que propio, por ser de origen sobrenatural y divino, como son las vocaciones sacerdotales que ruedan de abismo en abismo sin encontrar un dique? ¿Cómo despertar en las almas de muchos sacerdotes el celo por mi Iglesia y por mi gloria?

¡Cuántos sacerdotes viven tranquilos en su egoísmo y comodidad, creen que cumplen su santa misión y no se ocupan más que de sí mismos!

¿Qué no ven a su rededor necesidades urgentes en mi Iglesia que pueden remediar, si no con obras, sí y mil veces sí, con inmolaciones y sacrificios?

¡Ésas que no creen mis sacerdotes que sean obligaciones, lo son y graves! ¡ Cuántas veces me contristan, me lastiman y me hieren en la delicadeza íntima de mi Corazón!

Por estos sacerdotes también hay que orar y sacrificarse; por los pasivos, por los egoístas, por los que sólo se preocupan de sí mismos en lo poco y en lo mucho, por esos sacerdotes exclusivos, que vegetan en la vida de celo y en la vida espiritual, hay que pedir mucho, porque son más de lo que se cree, y me siento herido en lo íntimo de mi alma con su apatía y mediocridad.

¿Sacerdote, y sin acción? ¿Sacerdote, y sólo para sí mismo? ¿Sacerdote, y sin sacrificarse por los demás? Esto es una aberración, y serían sólo de nombre estos parásitos, si no fuera porque el carácter sacerdotal es imborrable y las obligaciones que impone sacratísimas. ¡Cuánto purgatorio, y hasta más, acumulan estos sacerdotes tibios!

Y esta parte desoladora y triste de mi Corazón vengo a presentarles, pero no tan sólo con el fin de participarles mi amargura, sino para que oren y se inmolen en mi unión por esta causa y con el fin de transformarles en Mí.

Estas almas sacerdotales olvidan su origen y los deberes que contrajeron en su ordenación. Son de las almas y viven para si mismos, dejan rodar el abismo a su rededor corazones que debían salvar, y no lo hacen con el vano pretexto de que no les toca, que no son de su cargo. ¡Como si las almas no fueran la misma vida del sacerdote!

¡Oh, y cuánto de esto hay en mi Iglesia, a veces patente y otras velado, pero siempre real, el egoísmo de muchos corazones! ¡Duermen tranquilos cuando el mundo se hunde, cuando las almas reclaman su auxilio, sus consejos, sus sacrificios, su acción salvadora y santificadora!

¿Cómo sacudir a estas almas sacerdotales que me costaron los íntimos y acerbos dolores de mi Corazón?

¿Cómo despertarlas de ese sueño de muerte que los paraliza para el cielo?

Sufro mucho con esta parte de mi Iglesia que vegeta en la inacción, que no comprende o no quiere comprender ni su misión sublime, ni mis ejemplos heroicos, ni mi infinito amor por las almas. Todo les cansa, todo les fastidia, y sólo sus propios gustos y caprichos forman su centro, y son para ellos el soberano al que obedecen…

Muy escogidos los tiene Satanás sin que ellos lo comprendan, no hacen daño—creen ellos—y lo hacen muy grande con su pereza y nulidad. ¿En dónde está su vida de sacrificio, ellos que diariamente me sacrifican en el altar?

¿En dónde está su fe, su oración, su mortificación, su ser para darme gloria?

Déjenme mis sacerdotes fieles levantarles el velo de mis martirios a sus ojos para que mis penas sean sus penas y los martirios de mi Corazón, sus martirios. Pero también para que en mi unión pidan, expíen, oren unan sus dolores a los míos y alcancen esas gracias poderosas para derretir el hielo de esos corazones congelados para el cielo y sólo sensibles para la tierra de sí mismos.

Es más difícil lo que hoy pongo a su vista, es decir, es más difícil hacer reaccionar a los corazones egoístas y tibios, fríos y sin fe, que a los que por desgracia o debilidad caen en horribles abismos, pero que tienen almas que vibran, que despiertan, que se conmueven, que recuerdan mis beneficios y con energías divinas vuelven arrepentidos a mis brazos. A esos pródigos los recibo gozoso, y restaño su sangre, y cicatrizo sus heridas, y los utilizo para mi gloria.

Pero a esos corazones débiles y sin fe, inactivos hasta para si mismos, ésos son los que causan náuseas a mi Corazón y me repugnan.

Pero quiero salvarlos, quiero que se pidan gracias poderosas al Espíritu Santo para transformarlos y conmoverlos: ¡son míos!

¿Cómo dejarlos vegetar, agostarse en la ociosidad y perderse? ¡Cuántos me darían mucha gloria! ¡Cuántos valen y no utilizan el Don de Dios! ¡Cuántos entierran sus talentos para vivir una vida inútil, sin pensar que llegará la muerte a sepultarlos sin haber dado fruto sobre la tierra!

Habiendo tanta mies en mi Viña, no hay suficientes obreros, porque ha cundido este vaho de infierno en muchos de mis sacerdotes que los aletarga, que los hipnotiza, que los paraliza para la gloria de mi Iglesia en las almas.

Muchos reaccionarán, esperan sus almas ese riego y llenos de fervor santo me darán gloria.

Pero y lo saben, mis gracias cuestan, y las gracias para mis sacerdotes cuestan más…ya lo saben…”

"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. CXVII: Auxilios preventivos

Mensajes de Nuestro Señor Jesucristo a Sus hijos predilectos.



CXVII

AUXILIOS PREVENTIVOS

Quiero que en cada Misa se renueve con la mente el ofrecimiento por mis sacerdotes caídos o en peligro de caer.

Necesitan mucho mis sacerdotes de auxilios preventivos; hay corazones débiles en los que Satanás trabaja con más insistencia para hacerlos caer y necesitan de esas gracias que el Espíritu Santo da a quien con humildad y confianza se las pide.

Pero no solo quiero que los sacerdotes necesitados las pidan, sino que haya almas consagradas a pedir esas gracias preservativas. No tienen idea de los peligros en que viven muchos de  mis sacerdotes y necesitan dobles gracias, mayores auxilios, y mucha oración y vida interior para no mancharse.

Los lazos que satanás les tiende son numerosos y en sus corazones rugen tempestades terribles que el fomenta con mil tentaciones tremendas y avasalladoras.  Salven esas  almas con la paz y la serenidad de mi Corazón!

A mis sacerdotes también turba y engaña de mil modos satanás; también les encubre la gravedad de los pecados, so pretexto de que, por sus estudios, están por encima del común de los mortales y busca engaños sutiles, apreciaciones contemporizadoras y criterios erróneos con que los encadena y los mancha.

Emplea armas especiales y virtudes falsas cuyo fondo es pura soberbia y los ofusca, los enaltece e hipócritamente los hunde.

Muy astuto es satanás para engañar a mis sacerdotes, que no por ser sacerdotes dejan de ser humanos. Por eso más que nadie necesitan como un invernadero-mi Corazón-que los oculte, los penetre, los ilumine, los envuelva, los caliente y los salve. Un sacerdote sin vida interior, sin oración, es una hoja con la que el viento juega y que satanás puede utilizar de muchos modos y hacerle danos incalculables.

Más que nadie los sacerdotes deben vivir alerta y desconfiados del enemigo de las almas que ansía perderlos o disminuir a lo menos mi gloria en ellos.

Me ve a Mi en ellos, y por eso su rabia es más furiosa y las ansias de perderlos o mancharlos más activas que respecto de otras almas. Por eso la devoción al Espíritu Santo y a María debe ser su alimento constante y consumada su transformación en Mí.

Cuando me tentó satanás en el desierto, en Mi, sacerdote eterno, quiso tentar a todos los sacerdotes futuros que bullían en Mi Corazón. El vislumbraba un reino interior del cual mis discípulos serian ministros. Y aunque no le era dado ver todo el plan de la Redención y de la Iglesia, si se percataba que tendría formidables enemigos que le quitarían las almas con mi doctrina de inmolación y de la Cruz.

De ahí su eterno odio a todo lo mío. Así es que si un sacerdote es lo más grande y sublime de la tierra, es también el blanco capital de los eternos odios porque el demonio no ve en el sacerdote solo al hombre, sino a Mi en el hombre, a mi imagen siempre, y a Mí mismo, su enemigo irreconciliable.

Y por eso lo que para el sacerdote es una gloria, el ser otro Yo, para satanás es una cosa insufrible que odia y de su cuenta la arrancaría de la tierra.

Como, pues, el sacerdote puede resistir y rechazar las tentaciones?

Solo como lo he dicho, por su transformación en Mi. El único, divino y delicioso recurso del sacerdote, si quiere ser ángel, si quiere ser perfecto, si quiere ser santo, es ser otro Yo en la tierra.

Yo estoy en ellos por razón de su estado sacerdotal, por el sello divino del Espíritu Santo que es imborrable, por su trato continuo con la Trinidad, por la encarnación mística en sus misas, por ser plenamente Yo mismo en ellos al celebrar el Santo Sacrificio; pero, ay! ellos no están en Mi, en su conducta, en sus frialdades, en sus olvidos, en sus acciones innobles.

Y que es lo que puede arrancar las gracias para los sacerdotes, las preventivas, que son tan indispensables y que tan poco se piden?

Los dolores íntimos de mi Corazón, que como lo he dicho han sido como lo más precioso y exquisito en Mí. Dolores que dedique en mi vida mortal y ahora dedico místicamente en favor de mis sacerdotes amados.

Y  lo diré?  Ellos y las almas escogidas infieles son las que forman la Cruz interna que me desgarra en el silencio, sin que nadie la vea; la cruz dolorosa y cruel de las ingratitudes, de los horrendos pecados de los que son míos.

Pero que hago Yo, su Victima divina y humana? Ofrecer esos mismos internos e intensos dolores al Padre, en su favor; son como pedazos de mi corazón herido por sus crímenes que pongo como incienso y quemo ante mi Padre, con agonías intimas por su bien.  Que hago Yo?   Me pongo como muralla ante mi Padre amado, para detener el castigo del cielo que los pulverizaría.

Ese es el oficio de mi Corazón de amor: agonizar en esos dolores íntimos, crucificado en la Cruz interna que los sacerdotes causan, ofrecerlos por su salvación y detener con mis gemidos íntimos los castigos del cielo.  Este es mi Corazón, vibrante de ternura y de dolor por mis sacerdotes que  no lo saben ni lo agradecen, antes bien atizan ese fuego  doloroso con sus desprecios y deslealtades”.


"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. CXVI: Sacerdotes caidos

Mensajes de Nuestro Señor Jesucristo a Sus hijos predilectos.






CXVI

SACERDOTES CAIDOS.

 




"Es preciso amar a loa sacerdotes como los amo Yo: a los buenos y a los no buenos, con mi corazón, todo caridad y ternura, como quien dio la sangre y la vida por sus vocaciones insignes y por su santificación.

A los sacerdotes indignos los amo más, en el sentido de que más me cuestan y de que en sus conversiones más me glorifican.

Y aquí entra la delicadeza, la nobleza santa de los corazones que son míos.  Cierto que nivel del mundo por los pecadores, por los enfermos, por los descarriados; cierto que soy el Buen pastor/ pero preferirían verme herido o coronado?  Doloroso o feliz, reclinado dulcemente en el amor?

Amo a mis sacerdotes infieles, a  mis sacerdotes caídos, a mis sacerdotes prófugos, con ternura incomparable; pero con que amor de lágrimas, con que corazón tan herido y despedazado! con los sollozos de mi alma! con la vergüenza de que lo mío, de que lo íntimo mío, que debiera glorificar en Mi y por Mi--porque ellos son otros Yo--al Padre, le arroje lodo con sus pecados e ingratitudes!

Los amo con dolor salvador y me resisten; les hago sentir mi dolor expiatorio, y lo desprecian; les toco el corazón repetidas veces con gemidos, con suplicas, con lágrimas, y me rechazan!

Oh, y cuantas veces y de cuantos modos! Pero no me canso; una y mil veces me sacrifico por sus almas y espero a sus puertas hasta que, o llega para ellos una desastrosa muerte, despedazándome el Corazón, o triunfa mi gracia, y entonces radiante de gozo presento a mi Padre esas almas de mi alma, a mis sacerdotes amados!

Con ese amor amo a los desgraciados, a los degradados, que se apartan de la Iglesia; pero, para los sacerdotes fieles guardo ternuras especiales, caricias de cielo, gracias y dones incomparables. De estas almas necesito en bien de las otras, y el mayor servicio que mis sacerdotes pueden prestarme en darme las almas hermanas de sacerdotes caídos.

No quieren acompañarme, no quieren consolarme?  Mi mayor consuelo es darme sacerdotes santos, transformados en Mí, y me los darán sin duda, porque Yo lo quiero. Amen en Mi a esa parte escogida, esa parte que ha caído para levantarla con sus inmolaciones voluntarias, unidas a las mías, en su favor.

Hoy los invito a una tarea muy hermosa, a obsequiar a mi Padre con sacerdotes santos regenerados.

Una madre a quien quiere con especial amor, a un hijo bueno a  otro en peligro de perderse?  Pues bien, en ese sentido amo Yo con amor amargo y doloroso a los miembros desprendidos del tronco y en peligro de separarse de Mí eternamente.

Hay que amar a todos los sacerdotes y preocuparse más, de día y de noche y siempre por los desgraciados que en vida firman su eterna condenación.

 

Es preciso detenerlos con mis méritos infinitos, con mis lágrimas y las de mis sacerdotes fieles, los cuales, como nadie, deben preocuparse por este fin.  Esa es su misión.  No hay que dormirse sobre este punto capital de mi Iglesia, pues es urgente que triunfe de Satanás.

Ese debe ser el oficio de los Obispos, ofrecerse en Mí al Padre en favor de los sacerdotes extraviados, degenerados. 

Que todos los sacerdotes se ofrezcan especialmente con este fin a mi Padre celestial; que si se han dado a las almas, deben darse especialmente por sus hermanos que atraídos por el mundo, demonio y la carne, han renegado de su vocación y han manchado con horribles adulterios a la Esposa Inmaculada, la Iglesia.

Esto quiero de ellos; que amen a los sacerdotes caídos, con predilecciones de santo amor, que son predilecciones de inmolaciones y de toda clase de dolor.

Oh, si todos los Obispos hicieran lo mismo!...

No basta que se lamente, sino que se inmolen; quiero obras en unión mía, que salven del precipicio a tantos corazones caídos.

Miren mi Corazón transido de dolor que pide con urgencia divina los medios para consolarme. Hay mucho que esta gangrenado, mucho que está enfermo, débil y expuesto, en mi porción escogida; y Satanás gana terreno y hay que poner un dique con oraciones, con sufrimientos, con inmolaciones que, unidas al martirio de mi Corazón, serán propicias a mi Iglesia, glorificaran al Padre, que es su Padre, y al Espíritu Santo, que se contrista con esas más que ingratitudes de los suyos.

Siempre mi Corazón se inclina a la misericordia, al perdón, aunque este perdón me haya costado la Sangre y la vida.

El amor a mis sacerdotes va más allá de lo que puede concebir la mente humana, porque es divino.  Los amo desde la eternidad, en el seno de mi Padre, con amor entrañable, con delicadeza inconcebible, con toda la potencia de un Dios salvador.

Son míos por doble donación de mi Padre y del Espíritu Santo, que me ungieron con el Sacerdocio eterno, y todos dependen de Mi y todos son uno en Mi, su Cabeza, su Corazón su Principio de acción y de vida, y Yo debiera ser su vida misma.

Nunca acabaría de decir lo que son los sacerdotes para Mí, mis manos, mis obreros, mi mismo Corazón y el centro de innumerables almas.

En el sacerdote veo el reflejo de mi Padre, una fibra santa y fecunda de ese Padre amado.

En el sacerdote me veo a Mi mismo y al Espíritu Santo, que es mi Espíritu.

En el sacerdote contemplo todos los misterios: el de la Unidad, por su ser intimo con la Trinidad Santísima; el misterio de la Encarnación, que el perpetua en cada Misa; el de la Eucaristía, que no puede producirse sin su concurso; veo todos los sacramentos, en fin.

En mis sacerdotes veo a mi Iglesia amada y a miles de almas engendradas en la suya, para la gloria del Padre.

 

En mis sacerdotes me veo a Mí, a cada paso; pero debería verme en ellos como Yo soy, santo, y no desfigurado por sus pecados y dentro del cieno de muchos muladares.

Entonces tengo vergüenza ante mi Padre y esta vergüenza me ruboriza, me parte el alma con doble martirio, el martirio de la mirada limpia y pura de mi Padre que quiere reflejarse en mi imagen empanada por el lodo que lleva en si el mismo que me representa, y por el martirio que me causa al ver dislocada y expuesta a perderse esa alma que con tanto amor de predilección he cuidado.

No piensan los sacerdotes que no son ellos solos los que van en pos de los enemigos del alma, sino que me llevan a Mi; y claro está que si pecan ellos, no peco Yo, el purísimo e impecable; pero, en cierto sentido, Yo en ellos ofendo a mi Padre.

Y este es un tormento para mi Corazón filial capaz de darme la muerte, si esto fuera posible. Presencia sus crímenes más íntimamente que en el común de los mortales. No muero, y soporto que me abofeteen, me apuñalen y hieran con sus ingratitudes que podrían matarme.

Porque los sacerdotes no son otros Yo solo en el momento de la consagración, sino que, por la Ordenación sacerdotal, adquieren un sello divino, y la Trinidad reside en sus almas, y presta su concurso para todo acto de su ministerio santo.

Por eso es tan grave un pecado en los sacerdotes, porque me representan a Mí, Sacerdote Eterno y Cabeza de esos miembros santos o podridos, unidos o dislocados.

Y me arrastran por el fango, y peor que los judíos, me crucifican a sabiendas y me posponen a satanás.  Y ríen, cuando Yo agonizo; y duermen, cuando Yo lloro; y ufanos y tranquilos en apariencia, hipócritamente me sirven y sacrílegamente me tratan.  Y beben como agua los horribles pecados que se enlazan y forman cadenas que aprisionan, y concluyen por matar la fe; desesperados entonces, sin confianza y  sin  amor, bajan al infierno.

Al infierno llevan el carácter sacerdotal que es indeleble en el alma, para su mayor tormento; y me llevan en mi Justicia y en el martirio de tender a su centro, Dios, y verse rechazados por El.

Hasta el último instante lucha mi misericordia con su impenitencia; pero concluye el amor, y queda la justicia en Mí y el odio perdurable hacia Mí en ellos.

Es tremendo, es horrible, el juicio y el castigo de un sacerdote renegado, de un alma sacerdotal infiel. Pero lucho, y pongo todo mi Corazón y toda mi ternura, y olvido toda una vida de crímenes cuando en aquellas almas veo una chispa de confianza y de amor.

Este pensamiento de que un sacerdote no está solo, sino Yo en el, no se aprecia ni se utiliza para evitar pecados ni para respetarse a sí mismos con esta dignidad tan única. Muchos luchan por tener mi presencia, cuando mi presencia y todo Yo estoy en sus almas por la fibra santa sacerdotal de mi Padre que los hizo míos, que los hicieron otros Yo, por la que en ellos me ve a Mí, Jesús, su Hijo amadísimo.

En la ordenación se les da la fecundidad, ampliada por decirlo así, para la salvación de las almas.  Esa fecundidad del Padre la llevo Yo plena y el Espíritu Santo es quien la difunde.  Yo me formo en el corazón del sacerdote por el Espíritu Santo con la fecundación del Padre, y por esto vivo en ellos y ellos debieran vivir en Mi".

 "A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCION CABRERA DE ARMIDA. CAP.  CXV: EL ESPIRITU SANTO Y LOS SACERDOTES.


CXV

EL ESPIRITU SANTO Y LOS SACERDOTES

 

En el fin de los siglos, cuando acabe la Iglesia en la tierra la sublime y divina misión que le he confiado, pasará triunfante al cielo a glorificarme con sus miembros glorificados eternamente.

 

Donde el Espíritu Santo sopla ahí está la fecundidad eterna, porque en Dios todo es eterno.

 

¡Y que delicadeza de mi Padre, después de la Redención y de mi Ascensión a los cielos!; cierto es que suplique al Padre que enviara su Espíritu a mi Iglesia para regirla y para consolarla; pero El no solo envió al Espíritu Santo como  fruto de tu mi petición, sino que lo mando en mi nombre, como un obsequio mío a la Iglesia y a la humanidad, un obsequio conquistado con mi Sangre y con mi vida.

 

Y lo que pasa siempre en el seno amoroso de la Trinidad, la lucha del Amor con el Amor, de la Caridad con la Caridad. Yo enviaba al mundo al Espíritu Santo a nombre de mi Padre amado, y ese Padre Santísimo lo enviaba en mi nombre, como riquísimo precio de la Redención del Verbo hecho carne. Así pasa en todo lo relacionado al Amor entre el Padre y el Hijo, entre el Hijo y el Padre, se unifican esas luchas de amor, esos quereres en el querer unitivo de la Divinidad, en el Espíritu Santo.

 

Y de aquí otro punto: el de que los favores de Dios son eternos, participan del Ser de Dios que no tuvo principio ni tendrá fin.

 

Vino el Espíritu Santo, no por un día, no por un tiempo fijo, no por solo siglos y más siglos, sino para quedarse en la Iglesia eternamente. Pero ¿cómo, si el mundo tendrá fin? Es que la Iglesia no concluirá en la tierra. Terminará su misión salvadora con la última alma que salga de este mundo; pero continuará en el cielo eternamente, glorificándome en sus hijos salvados.


 Así es Dios en sus obras; no las desmiembra, no las destruye, sino que las eterniza.  Y es que todo lo que sale de E, lleva el sello sublime de la Trinidad, algo de su infinito y perdurable Ser; una extensión de su estabilidad eterna, imperturbable, inamovible e inmutable.

 

¡Oh, si el hombre comprendiera y pensara en eso, no en algo, sino en todo lo terreno que lleva en si mismo, en su cuerpo y en su alma!

 

El Padre dejó al Espíritu Santo toda la libertad de vaciar sus tesoros en el alma creada de su Verbo hecho carne, y se gozó además en su Hijo muy amado, UNO con El, por la misma Divinidad.

 

¡Con que complacencia me contemplaba en unión del Espíritu Santo, en mi estancia sobre la tierra!

 

La parte intima de mi Humanidad vivía enajenada en la contemplación de la visión beatifica que ensanchaba mi Espíritu en el Amor y lo fundía en el ardentísimo centro unitivo y atrayente de la Trinidad. Mi Humanidad, no solo tenía un ángel a mi lado, sino que legiones me rodeaban, adorando a la Divinidad, unida a mi naturaleza humana. Esos ángeles adoraban en el Dios-hombre los inescrutables designios de la Trinidad y admiraban y respetaban mis planes redentores.

 

La parte inferior de mi humanidad, aunque también estaba divinizada, sin embargo, por su ofrecimiento de inmolación voluntaria, estaba sujeta a las tristes necesidades del hombre.

 

Me ofrecí puro y sacrificado al Padre por el Espíritu Santo.  Ame como hombre también a ese Santo Espíritu, y con El mismo, a Él y a mi Padre amado.

 

Con que amor podía amar el Verbo hecho carne, sino con el Amor mismo, con el Centro unitivo y eterno entre el Padre y el Hijo?  Con cual amor podía amar a la humanidad caída que venía a redimir, sino con el divino Amor que estaba en Mí como Dios y como hombre, con el Espíritu Santo?  Ese divino Amor me impulso a ofrecerme al Padre como Victima y a ofrecerme al hombre en voluntaria inmolación.  Ese infinito amor en el cual estaba amasado, compenetrado, fundido, que era como mi Ser y mi vida, me impulso del cielo a la tierra, de la Cruz a los altares, de los altares al cielo, para poner el broche de oro a mi Iglesia enviándole al Espíritu Santo.

 

Si soy caridad, si soy Amor,  que otra cosa podía dar al hombre sino a mi mismo Amor, al Espíritu Santo, a Mí mismo, su Redentor dolorido y amoroso, en su favor?

 

Solo este amor infinito y eterno podía abrir el cielo, eterno e infinito.

 

Oh, si todos mis sacerdotes fueran amor!  Oh, si cifraran toda su dicha en la tierra en una sola inmolación de amor unidos a Mí, transformados en Mi!

 

Pero  quien hace estas maravillas de amor, sino únicamente el que es  Amor?  El mundo necesita imperiosamente al Espíritu Santo  para espiritualizarse; pero más mis sacerdotes que deben abrir sus almas a un nuevo Pentecostés, limpias y puras, transformadas en Mi para honrar al Padre y salvar al mundo.

 

El Espíritu Santo busca, divinamente ansioso, recipientes en donde derramar sus tesoros infinitos; quiere almas sacerdotales que se dilaten y lo llamen, lo invoquen, lo reciban, lo comuniquen, lo den; porque Él es el Don de Dios, el Don de dones, el único capaz de renovar almas y mundos, y limpiar, purificar y hacer que renazca en el Espíritu Santo.

 

Una nueva etapa, la que toca muy especialmente al Espíritu Santo, está llegando al mundo para renovarlo; pero quiere hacerse sentir especialmente en sus sacerdotes transformados en Mí, y elevarlos, angelizarlos y santificarlos para que con El, por El y en El, impulsen en la Iglesia su reinado que conmoverá almas y corazones.

 

Cuanto desea mi Padre el ver honrado, enaltecido, sublimado, en los corazones sacerdotales muy principalmente, a esa Persona divina de la Trinidad que es Amor y que rige por el Amor!  Porque no solo vino el Espíritu Santo en aquella época, sino para siempre, eternamente, a poseer a su Iglesia y a gobernar con suavidad infinita por medio de la gracia su campo favorito—las inteligencias y las almas.

 

En muchos corazones se tiene relegado al Espíritu Santo, a pesar de ser la Persona divina sin la cual la criatura no sería capaz de moverse en el orden sobrenatural de la gracia.   Y ay! aun para muchos de mis sacerdotes es como secundario su recuerdo, siendo que Él es la acción divina del sacerdote, y debe ser lo más íntimo que en el exista, su latido y su vida.  Debe circular por el alma del sacerdote como la sangre por sus venas; debe impregnar sus pensamientos, palabras y obras/ debe ser su mismo espíritu como lo fue mío.

 

No son acaso mis sacerdotes otros Yo? Entonces,  como no dejarse incondicionalmente poseer de ese Santo Espíritu a quien todo deben y con quien tiene filiación infinita su vocación sublime?

 

Quien los ungió para el sacerdocio?  Quien da virtud a sus palabras en la Consagración?  Quien los llevo al altar y los hizo dignos por la ordenación de transformarse en Mí, de hacerme bajar a sus manos, de operar la transustanciación?  Quien opera en ellos ese reflejo de la Encarnación y del Verbo que se renueva en cada misa con mi Pasión y muerte?  A quien le deben la vocación?  Quien los escogió para perfumar con el aroma de su pureza los altares?  Quien los ofrenda constantemente a mi Padre desde la tierra, en mi unión, y envuelve esté presente en amor para complacer al Padre, y transformarlos en Mi?

 

Oh si mis sacerdotes meditaran en los infinitos beneficios, unos que ven y que tocan y muchos más ocultos a sus ojos, pero que tienen como principio activo al Espíritu Santo!

 

Se puede decir con certeza, que en la vida espiritual—en la del sacerdote muy especialmente—no hay un solo acto en el que no lo asista, lo acompañe y lo penetre el Espíritu Santo.

Por esto mismo es más culpable el sacerdote que se olvida de sus santos deberes; porque más que nadie contrista y lastima a esa Blancura, a esa Luz increada, a ese Consolador que constantemente le hace compare el cielo.

 

No me cansare de insistir en el reinado pleno, absoluto y sin obstáculos del Espíritu Santo en el alma de sus sacerdotes. Transformarlos en Mi es su delicia para presentarlo al Padre, unos Conmigo, en la unidad de la Trinidad.

 

Que se den mis sacerdotes de lleno, sin estorbos, sin mengua, sin egoísmos, sin cortapisas, a esa Persona divina; que si esto hacen, muy pronto quedaran transformados, porque solo el Espíritu Santo hace un Jesús de cada alma y la simplifica en la unidad”.

 

"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. CXV: EL ESPÍRITU SANTO Y LOS SACERDOTES.

Mensajes de Nuestro Señor Jesucristo a Sus hijos predilectos.


CXV


El Espíritu Santo y Los Sacerdotes



En el fin de los siglos, cuando acabe la Iglesia en la tierra la sublime y divina misión que le he confiado, pasará triunfante al cielo a glorificarme con sus miembros glorificados, eternamente.

Donde el Espíritu Santo sopla ahí está la fecundidad eterna, porque en Dios todo es eterno.

¡Y qué delicadeza de mi Padre, después de la Redención y de mi ascensión a los cielos!;  cierto es que supliqué al Padre que enviara su Espíritu a mi Iglesia para regirla y para consolarla; pero Él no sólo envió al Espíritu Santo como fruto de mi petición, sino que lo mandó en mi nombre, como un obsequio mío a la Iglesia y a la humanidad, un obsequio conquistado con mi Sangre y con mi vida.

Y lo que pasa siempre en el seno amoroso de la Trinidad, la lucha del Amor con el Amor, de la Caridad con la Caridad.  Yo enviaba al mundo al Espíritu Santo a nombre de mi Padre amado, y ese Padre santísimo lo enviaba en mi nombre, como riquísimo precio de la Redención del Verbo hecho carne,  Así pasa en todo lo relativo al Amor entre el Padre y el Hijo, entre el Hijo y el Padre, se unifican esas luchas de amor, esos quereres en el querer unitivo de la Divinidad, en el Espíritu Santo.

Y de aquí otro punto: el de que los favores de Dios son eternos, participan del Ser de Dios que no tuvo principio ni tendrá fin.

Vino el Espíritu Santo, no por un día, no por un tiempo fijo, no por sólo siglos y más siglos, sino para quedarse en la Iglesia eternamente.  Pero  ¿cómo, si el mundo tendrá fin? Es que la Iglesia no concluirá en la tierra. Terminará su misión salvadora con la última alma que salga de este mundo; pero continuará en el cielo eternamente, glorificándome en sus hijos salvados.

Así es Dios en sus obras; no las desmembra, no las destruye, sino que las eterniza. Y es que todo lo que sale de Él, lleva el sello sublime de la Trinidad, algo de su infinito y perdurable Ser; una extensión de su estabilidad eterna, imperturbable, inamovible e inmutable.

¡Oh, si el hombre comprendiera y pensara en eso, no en algo, sino en todo lo terreno que lleva en si mismo, en su cuerpo y en su alma!

El Padre dejó al Espíritu Santo toda la libertad de vaciar sus tesoros en el alma creada de su Verbo hecho carne, y se gozó además en su Hijo muy amado, UNO con El, por la misma Divinidad.

¡Con qué complacencia me contemplaba en unión del Espíritu Santo, en mi estancia sobre la tierra!

La parte íntima de mi Humanidad vivía enajenada en la contemplación de la visión beatifica que ensanchaba mi Espíritu en el Amor y lo fundía en el ardentísimo centro unitivo y atrayente de la Trinidad.  Mi Humanidad, no sólo tenía un ángel a mi lado, sino que legiones me rodeaban, adorando a la Divinidad, unida a mi naturaleza humana.  Esos ángeles adoraban en el Dios-hombre los inescrutables designios de la Trinidad y admiraban y respetaban mis planes redentores.

La parte inferior de mi humanidad, aunque también estaba divinizada, sin embargo, por su ofrecimiento de inmolación voluntaria, estaba sujeta a las tristes necesidades del hombre.

Me ofrecí puro y sacrificado al Padre por el Espíritu Santo.  Amé como hombre también a ese santo Espíritu, y con Él mismo, a  Él y a mi Padre amado.

¿Con qué amor podía amar el Verbo hecho carne, sino con el Amor mismo, con el Centro unitivo y eterno entre el Padre y el Hijo?  ¿Con cuál amor podía amar a la humanidad caída que venía a redimir, sino con el divino Amor que estaba en Mí como Dios y como hombre, con el Espíritu Santo?  Ese divino Amor me impulsó a ofrecerme al Padre como Víctima y a ofrecerme al hombre en voluntaria inmolación.  Ese infinito amor en el cual estaba amasado, compenetrado, fundido, que era como mi Ser y mi vida, me impulsó del cielo a la tierra, de la Cruz a los altares, de los altares al cielo, para poner el broche de oro a mi Iglesia enviándole al Espíritu santo.

Si soy caridad, si soy Amor,  ¿qué otra cosa podía dar al hombre sino a mi mismo Amor, al Espíritu Santo, a Mí mismo, su Redentor dolorido y amoroso, en su favor?

Sólo este amor infinito y eterno podía abrir el cielo, eterno e infinito.

¡Oh, si todos mis sacerdotes fueran amor!  ¡Oh, si cifraran toda su dicha en la tierra en una sola inmolación de amor unidos a Mí, transformados en Mí!

Pero ¿quién hace estas maravillas de amor, sino  únicamente el que es Amor?  El mundo necesita imperiosamente al Espíritu Santo para espiritualizarse; pero más mis sacerdotes que deben abrir sus almas a un nuevo Pentecostés, limpias y puras, transformadas en Mí para honrar al Padre y salvar al mundo.

El Espíritu Santo busca, divinamente ansioso, recipientes en donde derramar sus tesoros infinitos; quiere almas sacerdotales que se dilaten y lo llamen, lo invoquen, lo reciban, lo comuniquen, lo den; porque Él es el Don de Dios, el Don de dones, el único capaz de renovar almas y mundos, y limpiar, purificar y hacer que renazca en el Espíritu Santo.

Una nueva etapa, la que toca muy especialmente al Espíritu Santo, está llegando al mundo para renovarlo; pero quiere hacerse sentir especialmente en sus sacerdotes transformados en Mí, y elevarlos, angelizarlos y santificarlos para que con Él y en Él, impulsen en la Iglesia su reinado que conmoverá almas y corazones.

¡Cuánto desea mi Padre el ver honrado, enaltecido, sublimado, en los corazones sacerdotales muy principalmente, a esa Persona divina de la Trinidad que es Amor y que rige por el Amor!  Porque no sólo vino el Espíritu Santo en aquella época, sino para siempre, eternamente, a poseer a su Iglesia y a gobernar con suavidad infinita por medio de la gracia su campo favorito-- las inteligencias y las almas.

En muchos corazones se tiene relegado al Espíritu Santo, a pesar de ser la Persona divina sin la cual la criatura no sería capaz de moverse en el orden sobrenatural de la gracia. Y ¡ay!  aun para muchos de mis sacerdotes es como secundario su recuerdo, siendo que Él es la acción divina del sacerdote, y debe ser o más íntimo que en él exista, su latido y su vida.  Debe circular por el alma del sacerdote como la sangre por sus venas; debe impregnar sus pensamientos, palabras y obras; debe ser su mismo espíritu como lo fue mío.

¿No son acaso mis sacerdotes otros Yo? Entonces, ¿cómo no dejarse incondicionalmente poseer de ese Santo Espíritu a quien todo deben y con quien tiene filiación infinita su vocación sublime?

¿Quién los ungió para el sacerdocio?  ¡Quién da virtud a sus palabras en la Consagración?  ¿Quién los llevó al altar y los hizo dignos por la ordenación de transformase en mí, de hacerme bajar a sus manos, de operar la transubstanciación?  ¿Quién opera en ellos ese reflejo de la Encarnación y del Verbo que se renueva en cada misa con mi Pasión y muerte?  ¿A quién le deben la vocación ?  ¿Quién los escogió para perfumar con el aroma de su pureza los altares?  ¿Quién los ofrenda constantemente a mi Padre desde la tierra, en mi unión, y envuelve este presente en amor para complacer al Padre, y transformarlos en Mí?

¡Oh si mis sacerdotes meditaran en los infinitos beneficios, unos que ven y que tocan y muchos más ocultos a sus ojos, pero que tienen como principio activo al Espíritu Santo!

Se puede decir con certeza, que en la vida espiritual --en la del sacerdote muy especialmente-- no hay un solo acto en el que no lo asista, lo acompañe y lo penetre el Espíritu Santo!

Por esto mismo es más culpable el sacerdote que se olvida de sus santos deberes; porque más que nadie contrista y lastima a esa Blancura, a esa Luz increada, a ese Consolador que constantemente le hace comprar el cielo.

No me cansaré de insistir en el reinado pleno, absoluto y sin obstáculos del Espíritu Santo en el alma de sus sacerdotes. Transformarlos en Mí es su delicia para presentarlos al Padre, unos Conmigo, en la unidad de la Trinidad.

Que se den mis sacerdotes de lleno, sin estorbos, sin mengua, sin egoísmos, sin cortapisas, a esa Persona divina; que si esto hacen, muy pronto quedarán transformados, porque sólo el Espíritu Santo hace un Jesús de cada alma y la simplifica en la unidad.





"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. CXIV: EL ESPÍRITU SANTO Y JESÚS.

Mensajes de Nuestro Señor Jesucristo a sus hijos predilectos.


CXIV

EL ESPÍRITU SANTO Y JESÚS



"Si soy Yo la Promesa del Padre, el Espíritu Santo es mi Promesa, mi Impetración al Padre en favor de mi Iglesia y de la humanidad entera, la Condescendencia del Padre, es decir del Amor.

Es el Espíritu Santo para el hombre el fruto de mi oración, de mi ardiente plegaria; es de Dios-hombre, la mayor de mis ternuras en favor del mundo, y sobre todo, de mis sacerdotes.

Yo imploraré para ellos muy principalmente ese Espíritu santificador que es Luz increada, para que ilumine a mi amada Iglesia y la santifique.

Sin el Espíritu Santo no podría existir la Iglesia, y por tanto, ni mis sacerdotes, y hubiera quedado trunca mi Rendención.  Pero, como eternamente estaba esa Iglesia concebida y realizada en la mente de la Trinidad, eternamente también ya el Espíritu Santo era el señalado por el Padre para regirla.

¿Qué haría la Iglesia sin el Espíritu Santo?  No existiría, repito; pero el infinito amor de Dios para el hombre ya enviaba sobre las almas sacerdotales a ese Espíritu vivificador y transformador.  Porque en donde toca el Espíritu Santo, ahí me deja a Mi, deja el fecundo germen de la gracia transformante, que sólo puede venir por el Espíritu Santo.

¿No ven que Yo, en cuanto hombre, soy una obra predilecta en donde ese divino Espíritu tiene sus complacencias?

El gozo del Espíritu Santo es Jesús Encarnado, Jesús Redentor, Salvador, Remunerador y Glorificador. Yo soy su gloria, su dicha, su triunfo contra Satanás.

Cuando proyectó su Sombra fecunda y purísima en el seno también purísimo de María, ya sabía Él que Yo sería el fruto santísimo de esa fecundación potente y divina que procedía del Padre.  Ya se gozaba el Espíritu Santo en esa Flor, en ese Fruto bendito, en Jesús, en quien se recreó eternamente, y la contemplaba como Obra suya, y adornada mi alma creada con todos los carismas de la Trinidad.

Nadie puede comprender, sino Dios en su Trinidad de Personas y en su unidad de substancia, el plan infinito y especial en el que se regocijaba el Espíritu Santo al obrar en María la Encarnación del Divino Verbo.  Yo, en cuanto Hombre, soy su gloria, y se regocija en presentarme al Padre como al gran trofeo de su amor, como el reflejo de sus perfecciones infinitas, dotado de incalculables gracias, y se deleitaba en esa su Obra salvadora y glorificadora.

¿Quién me inspiró la muerte de Cruz? El Espíritu Santo ¿Quién, sino el que es Amor, podía eternizar el amor mientras hubiera Iglesia y mundo en una hostia consagrada?

¿Quién fue mi constante inspirador, en cuanto hombre?

Si mi Padre engendró en su Seno a la Iglesia amada, el Espíritu Santo, tomando en Mí lo que era suyo, formó y asentó la Iglesia en la tierra sobre las bases redentoras.  Por eso la Iglesia es amor, esparce amor, infunde amor, y sus leyes y todas sus enseñanzas son de amor, de puro amor.

Hizo el Espíritu Santo que la Iglesia tuviera por base inconmovible, en San Pedro y en sus Vicarios, el amor, y sólo el amor:  porque este cimiento de amor, en el que campea el Espíritu Santo, es el solo firme y el único que puede resistir los empujes satánicos.  El divino Amor jamas se conmueve, jamás se cansa, jamás cambia y es el que perdura hasta el fin de los siglos en la Iglesia militante, para continuar eternamente en la Iglesia triunfante.

Lo que Dios hace no lo destruye y lo que el Espíritu Santo fecunda es eterno.

Pues, ¿que cosa es la base de la transformación de los sacerdotes en Mí? El amor. Y ¿quien el el Amor sino el Espíritu Santo?

Yo soy el amor como Dios y soy amor como Hombre, pero tanto como Dios como en cuanto Hombre, ¿quién es en Mí el eterno e infinito amor, la infinita dilección en el seno del Padre, sino la Persona del Amor, ese Nimbo de Luz y de fruición amorosa, el supremo y único Amor, de donde se derivan todos los santos amores, el Espíritu Santo?

Y en cuanto Hombre, ¿quién me hizo Jesús-amor, en el seno de María, sino la eterna proyección del amor, la Sombra fecunda del Amor, el Espíritu Santo?

Yo más que nadie, en cuanto hombre, vivo unido con ese Espíritu de amor que forma el éxtasis de la Trinidad Beatísima, cuyo papel, entre el Padre y el Hijo, es el de la sempiterna alegría del amor, lo que nos unifica, lo santo, sublime y perfecto de la unidad.

El Espíritu Santo, a pesar de proceder del Padre y del Hijo, es el dulcísimo nudo que estrecha y que forma la unidad en la Trinidad.

¡Oh, si Yo los asomara a esos abismos profundos e insondables de la unidad, se convencerían de esta verdad, deliciosa y santa para la Trinidad, la de que el Espíritu Santo forma la unidad; eternamente nace de Él y la perpetúa, y El mismo es UNIDAD, precisamente porque es Amor, y la unidad es  Amor.

Mi Humanidad --por la unión hipostática de mis dos naturalezas en una sola Persona divina-- no desdoró, por decirlo así, a la Divinidad con su contacto íntimo e inseparable.

Y Yo, Dios-Hombre, sigo siendo un solo Dios con el Padre y con el Espíritu Santo; y mi humanidad, divina también por su contacto con la Divinidad, es el trofeo del Espíritu Santo, la Victoria del Padre, y un constante recuerdo, si puede decirse, de todo el Sacerdocio en Mí, de toda la humanidad en Mí.

El Cristo era Dios en la tierra, y en Mí no había nada que no fuera divino. Caridad infinita, rebosamiento excesivo de  amor, fue la Encarnación del Divino Verbo: pero, al tomar carne en María fui siempre Dios, y ahora , divinizada mi Carne, como lo fue en la tierra por el amor y el dolor, no dejo de ser Dios.

Yo soy amor, todo amor en mi Cuerpo, en mi Alma, en mi Divinidad; porque mi Espíritu en la tierra fue el Espíritu Santo-Amor, que me transmite (en cuanto hombre) su substancia de amor, que unifica a la Trinidad por el amor.

Si mis sacerdotes quieren transformarse en Mí, el gran transformador, el único que transforma, purifica y santifica es el Espíritu Santo.

El más rápido y seguro modo de transformarse en Mí es copiarme; pero este boceto, este ideal sólo puede realizarlo el Espíritu Santo.  Y ¿saben cómo?
Por la unidad en la Trinidad.

Como sé que este es el único medio para la transformación de los sacerdotes en Mí, antes de subir al cielo, prometí lo más grande y amado que podía prometer a mi Iglesia, y fue el enviarle al Espíritu Santo, rogando al Padre que se derramara, por ese Santo Espíritu, en fecundaciones divinas: es decir, en vocaciones sacerdotales engendradas en al amor, nacidas por el amor y transformadas para la gloria de Dios en el mismo AMOR".





"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. CXIII: INTIMIDADES DIVINAS.

Mensajes de Nuestro Señor Jesucristo a Sus hijos predilectos.

CXIII

INTIMIDADES DIVINAS



"Otro punto de mi caridad, de la ternura de mi Corazón que sufre al ver sufrir, es este recurso de infinito valor en mi Iglesia:  las Indulgencias, esa moneda de la que dispone el tesoro de la Iglesia en favor de todas las almas, que pueden lucrar para sí y para las almas del purgatorio.

La Iglesia usa el valor de mis méritos infinitos que a todo le da vida, y de las obras buenas, y de los sacrificios y dolores de las alas y de los cuerpos --muchas inocentes como las de los niños-- y no desperdicia el menor ápice que lleve germen sobrenatural, y lo aplica para el mismo bien de las almas, como una especie de moneda o derivación de la comunión de los santos.

Y vean todavía más y más derroches de mi ternura.  Al salvar a un pecador en los últimos instantes de una vida mala, mi caridad infinita, al verlo reo de tanta pena por sus culpas, aun por las ya perdonadas, hago que las indulgencias le condonen o le disminuyan dichas penas y llegue al purgatorio con menos deudas que pagar, para recibirlo --tan luego como pague a mi Justicia-- en los brazos de su Salvador, de  Jesús Redentor, del Corazón que no perdona a medias, sino que le abre su inmenso seno de misericordiosa bondad y lo introduce ne el cielo como trofeo de sus victorias.

Hasta más allá de la muerte llega mi ternura con las almas.  No quiero ver, cierro los ojos, por decirlo así, de mi Justicia, y solo abro, --¡cuántas veces!-- los de mi bondad sin límites; porque la ternura de mi Corazón para con las almas, el amor que tengo a los justos y a los pecadores, me hace traición.

Este es, si pudiera así decirse, la debilidad de todo un Dios: su amor, su infinito y eterno amor, que creó a las almas para el cielo y que llora por las extraviadas, que las llama como Pastor con silbidos amorosos y que las busca de mil modos sin cansarse jamás, que las persigue hasta el postrer instante de la vida, y todavía aminora sus merecidas penas con las indulgencias, hasta más allá de la vida mortal.  ¡Tiene el Dios-hombre tantos recursos de amor!

En estas confidencias íntimas, de corazón a Corazón, les voy a confiar un secreto que dejé traslucir:  la debilidad, le llamaremos así, del Corazón de un Dios Salvador, de Jesús Redentor.  Y ¿cuál es esta divina debilidad?  Es el amor, el amor que me vence, que me domina, que se sobrepone a mis Justicia misma; que me hace abajarme y olvidar, y borrar, y perdonar, y besar, y estrechar contra mi Corazón ardiente a las lamas pecadoras, a las almas ingratas, a las que me han ofendido y olvidado, y ¡hasta odiado!

¿Para qué me dejaste hacerme hombre? le digo a mi Padre amado.  ¿Para qué me diste este Corazón tan amante con latidos de un Dios, todo bondad infinita?

¿Para qué, Padre mío, regalaste a tu Hijo divino a la humanidad caída?  ¿Para qué me hiciste Jesús, Salvador, y de la misma carne de ellos, a quienes tanto quise a mi paso por la tierra?

Y si esto le digo a mi Padre, mientras tiembla mi Corazón de amor por los pecadores todos, ¿no se figuran lo que diré en favor de mis sacerdotes extraviados, de mis sacerdotes caídos, o tibios, o indiferentes, o tentados, o cansados, o en peligros, mediatos o inmediatos, de perderse?...

Entonces redoblo mis caricias de Hijo; interpongo mis sufrimientos del Calvario; alego mi santa misión de eterno Sacerdote; pongo a su vista la unión que tienen Conmigo por su vocación santa en el mismo seno de María; y le pido, y le ruego, y lo conmuevo como Dios-hombre, con toda la plenitud, ternura y fuerza de mi Corazón de hombre, y ... triunfo, triunfo de ese Padre amado, de ese justo Juez --uno Conmigo en la Divinidad-- y alcanzo esperas, y me gozo en retardar la sentencia, y me interpongo ante los castigos, y rasgo mi pecho sacrosanto con el fuego intensísimo de mi amor al hombre, presentándolo así a mi Padre hasta que acaba por mirarme desarmado, por sonreírme bondadoso, por estrechar en su amoroso seno al hombre-Dios, al Jesús Salvador, al que le permitió tomar un Cuerpo humano para ser Víctima y lavar con toda su sangre los crímenes del mundo!

Le muestro, en favor de los sacerdotes y de mi Iglesia, mi Corazón herido; le hago sentir lo que Yo siento en favor de mis ministros culpables; le ofrezco por ellos lo que me pida, lo que quiera, otra Redención y otra Cruz; pero... ¡sólo me pide amor!  ¡Y desbordo en el abismo infinito de su MISMO SER! y... ¡triunfo, triunfo del Padre adorado, y alcanzo plazos, y gracias, y esperas, repito, como Dios-Hombre, de la infinita caridad del Padre y del Santo Espíritu!

¡Si pudieran ver estas reyertas --las llamaré así en su lenguaje-- de Amor a Amor, de justicia a Justicia, del Hijo al Padre, del Padre al Hijo, triunfando siempre al Amor, la Persona divina del Amor, el Espíritu Santo, que contempla extasiado estas luchas de la Justicia y del Amor!...

¡Si mis sacerdotes se percataran de estas luchas de amor dentro de la unidad de Dios, en el seno mismo de Dios, nacidas en el Corazón del hombre Dios luchando en favor de mis sacerdotes en el mismo seno augusto de la Trinidad!

¡Ay, se sentirían morir de emoción, de gratitud y de amor!  ¡Cómo correrían sus lagrimas al ver luchar a Dios con Dios mismo en favor de sus almas, y por sólo el amor!  ¡Cómo entenderían algo siquiera de la dignidad tan grande del sacerdote, al ver luchar al eterno Sacerdote, para salvar esa dignidad en ellos y en la Iglesia, por las tiernas y amorosas fibras del Corazón del Verbo hecho carne!

Y  ¿saben lo que digo a mi Padre, lo que alego como hombre-Dios, con lo que hago que se conmueva mi Padre amado?

Le presento al Sacerdote eterno, del cual participa mi Iglesia santa.  Esta fibra lo conmueve, lo desarma.  Además, mis promesas al ofrecerle --porque Yo soy la Promesa del Padre--que van todos los sacerdotes a transformarse en Mí, los buenos y los no buenos, los fervorosos y los tibios.

Y le repito emocionado, entusiasmado, inflamado de amor:  ¿No ves, Padre mío, que ellos son otros Yo?  ¿No los escuchas casi a cada instante que dicen en la tierra:  "Éste es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre" siendo entonces Yo?  ¿Cómo no perdonar, no esperar, no disimular pecados y defectos y frialdades tan propias del hombre, si esas almas sacerdotales son capaces de reaccionar, de volar a la perfección, elevarse, de transformarse en Mí?

¿No te miran, Padre amado, a cada momento desde la tierra, con la mirada Mía, envolviéndote en un mundo de respeto,de adoración, de ternura, de sumisión y de amor?

¿No son acaso tus almas de elección, tus almas predilectas, en las que tiene la Trinidad su asiento y su esperanza en la tierra para salvar a las almas?

Así le digo a mi amado Padre; y mi papel de Redentor y de Salvador no cesa un instante en favor de mis sacerdotes.  Y ellos, ¡ay! ni saben lo que me deben, ni me agradecen la actividad de amor que consume en su favor mi alma.

Esas luchas son a todas horas, porque en Dios no hay tiempo: mi Corazón de hombre, unido a la Divinidad, clama sin palabras, porque soy el Verbo, la eterna Palabra que se comunica en un silencio divino, de Entendimiento a Entendimiento, de Corazón a Corazón, y en una sola substancia divina, en una sola Unidad.

Y en el Seno de mi Padre, Espejo purísimo, reproduzco todos mis quereres, peticiones y amores en un solo amor, en el Espíritu Santo.

Todo lo que digo al Padre es con un solo acto de mi voluntad divina, que repercute en olas suavísimas y vibra en cada Divina Persona.

Así se habla en el cielo: el pensar, el sentir y el hablar se traducen en amor. Y en el seno de la unidad, en el inmenso abismo de la Divinidad, tienen eco todos sus deseos, anhelos y quereres de hombre, unificados en un solo querer de Dios.

Todo esto que he traducido en palabras son hechos ciertos, pero unificados en la UNIDAD, con vibraciones múltiples, con eco infinito, que resuenan en el seno de la misma Trinidad. 

¿Quiénes son mis sacerdotes para interesarme tanto en ellos?  Pues son otros Yo mismo, y más perfectamente lo son los sacerdotes transformados en Mí.

Son mi mismo Cuerpo, mi misma Sangre, mi mismo Corazón; son mis esperanzas en la Iglesia, y su actividad y su decoro.

Son los conductos por donde se derrama en las almas la misma Trinidad; son la imagen de Dios en la tierra; son la fecundación del Padre en las almas.

Son más de María que los demás hombres, son mis representantes en la tierra para con las almas, y los que perdonan, y los que salvan; los que evangelizan y los que forman a Jesús en los corazones.

Son mis vasos de elección, mis escogidos, mis apóstoles, mis mártires en muchas formas. Son los lirios que deben perfumar los altares; son las cruces vivas en donde mi Corazón descansa; son el consuelo de mi Padre en la tierra, porque en ellos me contempla a Mí, su Hijo muy amado en quien  se complace.

Son los verdaderos nidos del Espíritu Santo, como Yo, y quienes lo poseen en forma especial.

Todo eso y más son para Mí y para la Trinidad: para el Padre, para el Verbo hecho carne que soy Yo, y para el Espíritu Santo, alma de la Iglesia, que ansía poseer a sus sacerdotes más y más plenamente, porque de manera muy especial le pertenecen.

Con que ya ven la profunda intimidad de esta confidencia.  Ahora, ayúdenme a alcanzar con sus penas, sacrificios y oraciones lo que tanto anhelo y he pedido en mil formas, la transformación plena y consumada de los sacerdotes en Mí.

Tengan en cuenta que ésta es la Promesa del Hijo al Padre; que no quede fallida; que todos correspondan a mis ardientes deseos, para glorificación de mi Padre, de mi Iglesia, de ellos mismos y de las almas, consumados por fin en la unidad de la Trinidad".




"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. CXII: JESÚS-MEDIADOR.

Mensajes de Nuestro Señor Jesucristo a Sus hijos predilectos.


CXII


JESÚS- MEDIADOR



"Si soy redentor, soy también por este mismo hecho, el Mediador supremo entre los hombres y la Trinidad, entre la Trinidad y los hombres.

¡Qué dicha para los hombres tener a un Dios-Hombre, a un Corazón de Hombre-Dios, que lleva sus mismas entrañas de amor!  ¿Qué haría la humanidad, si el Verbo no hubiera tomado su carne misma?

Sólo por esta unión del Verbo con el hombre tienen los hombres derecho al cielo; sólo por el Verbo hecho carne tienen valor sobrenatural sus actos; sólo por el Verbo hecho carne tienen vida en abundancia, -la mortal y la eterna-  vida verdadera, porque Yo soy la Vida.
En Mí está la Vida verdadera, la Luz indeficiente, la Verdad infalible; en Mí está todo, porque soy el lazo divino que une la tierra con el cielo.

Yo soy el Dios Creador, el Dios Redentor, el Dios Remunerador, la Bondad misma, la Caridad infinita y me gozo como Dios-hombre en amar, no tan sólo como Dios, sino también con las fibras del hombre, con el corazón y con el amor del hombre.

Y este es un punto hermoso, como todo lo de la Divinidad: todo en Mí es presente, es decir, está siendo; no sólo fue o será, sino que es, siempre es, por el Ser simplísimo e infinito de la unidad.

Para Dios no fue la Creación, ni la Encarnación, ni la Redención, ni la Glorificación, ni la Resurrección, como casas pasadas; sino que están siendo, se están obrando, y siempre, siempre, lo están glorificando.  Porque en el seno de la Trinidad no existe cosa que no lo glorifique: el cielo y el infierno, el pasado, el presente y el futuro; y todo esto, siempre dentro de Dios mismo, en el mismo Seno de su divino Poder.

En este sentido, El conoce qué almas se salvan y cuáles se condenan; pero solamente por ser Dios, porque dada su ciencia infinita, las cosas no pueden ser de otro modo en Dios.  Pero su voluntad amorosa, su Ser de Caridad y el Corazón de Dios-hombre no quieren, no, que ninguna alma se pierda; sino impartir su felicidad, de eternidad a eternidad, a todo ser creado y aun por crear; porque Dios lo tiene todo presente, lo creado y lo que está por crear.

Un espejo refleja a la persona que está frente a él. Pero Dios refleja todo en sí mismo, no fuera de El, sino en El: y allí, dentro de esa unidad insondable, cabe todo, está todo, germina todo, se crea todo y abarca todo en la unidad, sin salir de la unidad,  todo lo produce la unidad: seres y criaturas, premios y castigos, ángeles y hombres, cielo e infierno, que lo glorifican eternamente.

Yo estoy en  Dios y soy Dios, como segunda Persona de la Trinidad; y hombre unido al Verbo con los lazos indisolubles de la unión hipostática.

Y el Verbo se hizo carne porque quiso; y se ofreció inmaculado al Padre porque quiso su Caridad expiar los pecados de una carne que quería purificar y salvar, para premiar y remunerar al hombre eternamente.

Al tomar Carne el Verbo santificó la carne, enalteció al hombre y le conquistó la resurrección de su carne. ¿Cómo abandonarla, si Él se había revestido de la naturaleza humana?  ¿Cómo dejarla perder, si le había servido de envoltura a la naturaleza divina, a la Persona divina, a su alma creada, nítida y pura, luminosa y transparente, toda serena, santa y sin mancha?  ¿Cómo no remunerar a esa carne que le dio un Corazón, que el Verbo Encarnado toma como centro infinito de su ternura, por su unión con lo divino del amor?

¡Ahi en mi Corazón, cupo el amor divino con el amor humano; el amor de un Dios con todo el purísimo amor del hombre!

¿No vislumbran con esto algo de la grandeza, de la munificencia, de los sentimientos amorosos, divinos y humanos, de un Dios hombre?

¿No contemplan la elevación del hombre sólo debido al contacto del Verbo de Dios con la carne humana; abajamiento incomparable e incomprensible, a pesar de la purezas del seno inmaculado de María donde se realizó?

Esto asombra al mismo cielo; esto arrebata en éxtasis de admiración y de adoración a todas la jerarquías angélicas.  ¿Qué importa el pecado, en cierto sentido, si tenía un redentor que lo borra con su propia vida?
Siempre Dios sobrepuja en caridad: siempre sale adelante cuando se trata de amor; siempre gana, y no con armas y proyectiles, sino con amor, con eterno e infinito amor.

El hacerse el Verbo hombre fue también para tener un motivo, una ocasión, digna de todo un Dios, de probar su amor al hombre; para desplegar ente sus ojos materiales la magnitud del amor divino humanado. Se hizo carne para que la carne se divinizara con Él, se purificara en Él. Se abajó, se anonadó hasta el hombre para que el hombre se hiciera en cierto sentido Dios y se consumara en su unidad.

Pero uno de los fines principales que persiguió el Verbo al hacerse hombre fue el de formar, en Él y con Él, al sacerdote, haciéndolo semejante a Él, transformando la misma carne humana en Él al divinizarla. Y para esto, para tener ese grupo escogido en la tierra, esa legión de criaturas más que angélicas, formó la Iglesia para que los alimentara y los educara en su seno para el altar, para que los angelizara para el sacrificio, para que los transformara en Él y prolongara su Pasión y muerte, en las Misas, en favor de todas las almas que por ellos, en Él, se salvarían.

Miren cuál fue el principal motivo de la Encarnación del Verbo: purificar al mundo y perpetuar su estancia en él de dos maneras, en la Eucaristía y en el Sacerdocio, que es como otra eucaristía ambulante.  Porque mis sacerdotes, no sólo deben perpetuar la Eucaristía por el poder divino que les fue dado por  Dios, al pronunciar las palabras de la consagración de las que son depositarios; sino ellos mismos, en su perfecta transformación en Mí, no sólo deben ser copones que me contengan, sino otros Yo mismo, mi mismo Cuerpo, mi misma Sangre, en su transformación en Mí.

¿Ven cuántas cosas ha hecho el amor de un Dios? La Creación, la Redención, la Iglesia amada con todos mis sacramentos y los recursos de su caridad en favor de los pecadores para salvarlos.

Y lo más grande es la Iglesia con sus sacerdotes; otros Yo en la tierra para regenerar a las almas; esos Pontífices y sacerdotes transformados en Mí, que perpetuarán, como la Eucaristía, en ellos mismos, mi estancia en la tierra.

Al decir en la última Cena: "Éste es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre", tenía en mi mente la extensión de este Cuero y de esta Sangre en mis sacerdotes transformados en Mí, hechos también, en este sentido, eucaristías vivientes, y con el mismo fin, el de vivir inmolados en favor de todo el mundo.

Tenía entonces en mi alma que ellos desaparecieran, y en cierto sentido, como la substancia del pan y del vino, y quedaran transformados en Mí para la salvación de las almas.

Verlos otros Jesús ha sido la mente del Padre, la ilusión de un Dios-Hombre.  Quiero en ellos un Jesús perfecto.  Y ¿cómo? por mi imitación y por su transformación exterior e interior mediante las virtudes y el amor de ellos en Mí.  No acaba la misión del sacerdote en el altar, sino que ahí empieza, por decirlo así; ahí comienza la perfecta unión con el Sacerdote eterno, que tiene que ir creciendo día por día, hora por hora -por el amor y por el dolor-hasta la consumada transformación en Mí.

Bajo cualquier aspecto que me vea, tiene que copiarme en sí mismo el sacerdote transformado en Mí; pero mi genuino aspecto en la tierra fue el amor inmolado, la inmolación por amor.

Tiene el sacerdote perfecto que ensanchar su alma, sus miras, su corazón, sus energías, su pureza,sus virtudes, sus cualidades recibidas y hasta su misma vitalidad espiritual para recibir ese parecido, esa semejanza Conmigo, en todos los aspectos de caridad, de paciencia, de humildad, de sacrificio, de docilidad, de abnegación, de obediencia y de amor.  Que refleje a la Eucaristía en su alma, que se asemeje a Jesús en esa universal caridad, todo para todos y dándose totalmente entero en el ejercicio santo de su apostolado en favor de las almas.

¡Oh, si mis sacerdotes se penetraran de estos pensamientos, cómo adelantarían en su transformación indispensable en Mi --más que nunca en estos últimos tiempos necesaria-- y harían circular por todo su ser esa savia divina, unificados en la unidad de la Trinidad!

Este fue y es el ideal del Padre al escogerlos para que fueran otros Yo y complacerse en ellos como en su Hijo muy amado.  Que no desperdicien el don de Dios, que aceleren esa circulación de la vida divina en sus almas y en sus cuerpos, como prueba de su fe y de su esperanza en la Trinidad y del amor y gratitud que debe distinguirlos hacia Mí, que tan hondo los llevo en mi Corazón y en mi alma".


"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. CXI: RESURRECCIÓN DE LA CARNE.

Mensajes de Nuestro Señor Jesucristo a Sus hijos predilectos.


 CXI

 RESURRECCIÓN DE LA CARNE



 "El cuerpo resucita en virtud de que Yo glorifiqué a la carne con el contacto purísimo de mi Divinidad; y para esa resurrección la carne tiene virtud sólo por Mí.  Esa doble caridad, que el hombre nunca agradece, fue efecto de la Encarnación del Verbo. Porque nada de lo que toca a la Divinidad se destruye o perece; menos el hombre, de quien el Verbo quiso tomar su misma substancia humana, su carne mortal, su materia misma.

 Y mi resurrección es la prenda segura de la resurrección de los cuerpos, no por virtud propia, como la mía: sino por mi virtud, que quise concedérsela al hombre, como una gracia participada, por el contacto de mi Divinidad con la carne humana. Sólo que, por el pecado original, la carne sólo puede tener esa transformación de crisálida en mariposa, por un milagro estupendo de mi Poder infinito que, con el divino Soplo, rehace y vuelve a unir eternamente el cuerpo con el alma que le cupo en suerte, ya para salvarse, ya para condenarse, según sus obras.

 Es un deber de justicia para Mí, a la vez que de misericordia, la unión del alma con el cuerpo, a quien animó y con quien pecó y mereció también. No sería Dios justo , si una carne que se sacrificó en la tierra en su honor pereciera para siempre sin tener su recompensa. Dios es justo y no deja sin premio ni un ápice de los sacrificios que el hombre hace por Dios en su cuerpo o en su alma; es justo en glorificar o en castigar eternamente el cuerpo, instrumento del alma que se santificó, reprimiendo sus apetitos sensuales, o que lo ofendió, siguiendo sus inclinaciones pecaminosas.

 Amo no solo a las almas, sino también a los cuerpos, envolturas de esas almas y templos vivos del Espíritu Santo.

 Claro está que el alma con sus potencias induce al cuerpo al bien o al mal; pero el cuerpo, aunque materia muerta sin el alma, presta su concurso mientras el alma lo alienta, y sirve para el bien como para el mal.

 Por eso también debe participar del premio o del castigo, porque el hombre no es sólo alma ni sólo cuerpo sino, las dos cosas; aunque el cuerpo debe estar subordinado al espíritu, que lleva la imagen divina de la Trinidad, y prestarle su concurso para la mortificación y la Cruz. Mientras más padezca el cuerpo por Cristo, más glorificado será con Cristo.

 Y muy grande misericordia mía es también glorificar la carne sólo por el contacto que tuvo con el Verbo que la purificó, la divinizó, y le comunicó con ese purísimo contacto el derecho de la resurrección en el último día.

 Amo a esa carne humana de la que se revistió un Dios hombre; y entre otras cosas ¿saben por qué? --Porque me ayudó con su concurso a padecer, a redimir con dolor, el género humano.  Por eso a mi carne misma, a la que tomé en el seno purísimo de María, la resucité luego sin esperar la resurrección del fin del mundo, pues fue impecable; y, además, para dar con ella la garantía de la resurrección final. Porque si tuvo un Dios hombre poder para resucitar por Sí solo,  ¿cómo no lo ha de tener para resucitar a todos los muertos de todos los siglos?

Yo vencí a la muerte, y de aquí que los muertos obedezcan mi voz, de lo que di algunos ejemplos a mi paso por la tierra. Era imposible a la ternura de mi Corazón permitir que los cuerpos, perecieran y fueran destruidos para siempre, estando mi Cuerpo glorificado.

La Encarnación tuvo ya, entre sus inmensos actos de caridad para con el hombre, éste de la resurrección de la carne, en virtud de haberse unido la Divinidad con la carne; y éste es un punto en el que casi no se piensa, ni se agradece, a pesar de ser un inmenso beneficio.

Porque Dios no hace las cosas a medias, y al unir el alma con el cuerpo, sabiendo que el pecado había de traer la muerte al mundo; y al enviar a su Verbo, al dar a su propio Hijo para redimir al hombre, en su infinita caridad, ya tenía preconcebida la resurrección de la carne; tanto en virtud de que lo que hace Dios no lo deshace, cuanto por haberse unido en unión hipostática la naturaleza divina con la naturaleza humana; la Persona divina con la carne humana, aunque pura y limpia, tomada de una Virgen sin mancilla, para reparar con esa pureza las manchas de cieno en el cuerpo del hombre.

Necesita venir a la tierra una carne inmaculada para purificar la corrupción del hombre, y más aún, para que la redención de esa carne corrompida alcanzara nueva vida el día de la resurrección final.

Por lo tanto, la Redención del Hijo de Dios en el mundo, no sólo fue para las almas, sino que también con ella compró los cuerpos, fueron también redimidos los cuerpos de la eterna destrucción y guardados como cosas santas que se deben respetar, por llevar algo del sello de la Divinidad, que no desaparece, sino que espera el día de la Resurrección.

La destrucción de los cuerpos es efecto del pecado que mancha el alma y el cuerpo; pero la rehabilitación de los cuerpos es efecto de la Encarnación y de la Redención del Hijo de Dios, Verbo y Carne, que no hace las cosas a medias sino completas para manifestar su munificencia, su grandeza, su poder y su caridad infinita.

Así es que el Soplo del Espíritu Santo hará la resurrección de la carne, y entonces las almas se unirán a sus propios cuerpos para que glorifiquen a Dios, ya sea en la eterna dicha, o en el penar eterno, en el infierno, que ambas cosas lo glorifican en sus atributos.

Esta resurrección de la carne participa de la transformación en Mí, por la unidad; es una participación de mi Resurrección gloriosa, del poder infinito que tuve sobe la muerte cuando resucite glorificado para confirmar mi doctrina salvadora, mi Evangelio.

Si las almas y los sacerdotes se transforman en Mí desde la tierra, esa transformación, ese ser otros Yo, en su vida y en su muerte, alcanza también a la resurrección; no porque ellos no resuciten como todos, sino porque su resurrección será mas gloriosa, mas divina, en el esplendor de sus cuerpos, en las dotes mas especiales con que en el mismo cielo se distinguirán.

A medida que la unión Conmigo en la tierra será la glorificación de los cuerpos en el cielo.  Mientras más unión, más compenetración con mi Carne misma glorificada, más luz, más fulgor, más hermosura, más acercamiento a la misma Divinidad.  Esa carne que alimentó mi Carne, que se transformó en Mí crucificado, que se sustentó con mi Sangre, que se sacrificó en honor mío, tendrá también más premio, más Yo mismo en el cielo.

Pues mis sacerdotes que fueron otros Yo, que tuvieron la dicha de transformarse en Mí en el altar, cuyos labios dijeron centenares de veces, con certeza absoluta: "Este es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre", justísimamente en la resurrección de la carne se distinguirá esa carne mía, que se transformó en Mí, se distinguirá de los demás cuerpos resucitados, y más y más, según el grado de unión y de transformación en Mí que tuvo en este mundo.

Hasta allá alcanza mi Bondad y mi santa Justicia a los sacerdotes transformados en Mí; porque voy a descubrirles un secreto y es que la transformación del alma en la tierra alcanza también al cuerpo aun en la tierra; y Dios no destruye este elemento que divinizó al cuerpo y que en su destrucción no se aparta de él, como no se apartó de mi Cuerpo cuando murió. Queda el germen bendito en aquellas cenizas que resurgirán gloriosas con las dotes más elevadas, el día bendito de la Resurrección de la Carne, para más triunfo del cuerpo y del alma, para más gloria de Dios.

Hasta más allá dela muerte alcanzará a los sacerdotes transformados en Mí el premio y mis recompensas eternas; las recompensas de un Dios hombre que les participa de su propia gloria a los que fueron otros Cristos en la tierra y apuraron el mismo cáliz y le consagraron sus cuerpos y sus almas.

Y como Dios con nada se queda, sino que abunda y sobreabunda en bondad y justicia; no se conformó con hacer felices a las almas, sino también con sempiterna dicha a los cuerpos que acompañaron a esas almas; y más, mucho más, infinitamente más a los sacerdotes que se transformaron en Mí".

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís