FRASES PARA SACERDOTES
Una misa de campaña en medio de las bombas
"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. CXVIII: Sacerdotes inactivos
"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. CXVII: Auxilios preventivos
Mensajes de Nuestro Señor Jesucristo a Sus hijos predilectos.
AUXILIOS PREVENTIVOS
Quiero que en cada Misa se renueve con la mente el
ofrecimiento por mis sacerdotes caídos o en peligro de caer.
Necesitan mucho mis sacerdotes de auxilios preventivos; hay corazones débiles en
los que Satanás trabaja con más insistencia para hacerlos caer y necesitan de
esas gracias que el Espíritu Santo da a quien con humildad y confianza se las
pide.
Pero no solo quiero que los sacerdotes necesitados las
pidan, sino que haya almas consagradas a pedir esas gracias preservativas.
No tienen idea de los peligros en que viven muchos de mis sacerdotes y necesitan dobles gracias,
mayores auxilios, y mucha oración y vida interior para no mancharse.
Los lazos que satanás les tiende son numerosos y en sus
corazones rugen tempestades terribles que el fomenta con mil tentaciones
tremendas y avasalladoras. Salven esas almas con la paz y la serenidad de mi Corazón!
A mis sacerdotes también turba y engaña de mil modos satanás;
también les encubre la gravedad de los pecados, so pretexto de que, por sus
estudios, están por encima del común de los mortales y busca engaños sutiles,
apreciaciones contemporizadoras y criterios erróneos con que los encadena y los
mancha.
Emplea armas especiales y virtudes falsas cuyo fondo es pura
soberbia y los ofusca, los enaltece e hipócritamente los hunde.
Muy astuto es satanás para engañar a mis sacerdotes, que no
por ser sacerdotes dejan de ser humanos. Por eso más que nadie necesitan como un invernadero-mi
Corazón-que los oculte, los penetre,
los ilumine, los envuelva, los caliente y los salve. Un sacerdote sin vida
interior, sin oración, es una hoja con la que el viento juega y que satanás
puede utilizar de muchos modos y hacerle danos incalculables.
Más que nadie los sacerdotes deben vivir alerta y desconfiados del enemigo de las almas
que ansía perderlos o disminuir a lo menos mi gloria en ellos.
Me ve a Mi en ellos, y por eso su rabia es más furiosa y las
ansias de perderlos o mancharlos más activas que respecto de otras almas. Por
eso la devoción al Espíritu Santo y a María debe ser su alimento constante y consumada su transformación
en Mí.
Cuando me tentó satanás en el desierto, en Mi, sacerdote
eterno, quiso tentar a todos los sacerdotes futuros que bullían en Mi Corazón.
El vislumbraba un reino interior del cual mis discípulos serian ministros. Y
aunque no le era dado ver todo el plan de la Redención y de la Iglesia, si se
percataba que tendría formidables enemigos que le quitarían las almas con
mi doctrina de inmolación y de la Cruz.
De ahí su eterno odio a todo lo mío. Así es que si un
sacerdote es lo más grande y sublime de la tierra, es también el blanco capital de los eternos
odios porque el demonio no ve en el sacerdote solo al hombre, sino a Mi en el hombre,
a mi imagen siempre, y a Mí mismo, su enemigo irreconciliable.
Y por eso lo que para el sacerdote es una gloria, el ser
otro Yo, para satanás es una cosa insufrible que odia y de su cuenta la
arrancaría de la tierra.
Como, pues, el sacerdote puede resistir y rechazar las
tentaciones?
Solo como lo he dicho, por
su transformación en Mi. El único, divino y delicioso
recurso del sacerdote, si quiere ser ángel, si quiere ser perfecto, si quiere
ser santo, es ser otro Yo en la tierra.
Yo estoy en ellos por razón de su estado sacerdotal, por el
sello divino del Espíritu Santo que es imborrable, por su trato continuo con la
Trinidad, por la encarnación mística en sus misas, por ser plenamente Yo mismo
en ellos al celebrar el Santo Sacrificio; pero, ay! ellos no están en Mi, en su conducta,
en sus frialdades, en sus olvidos, en sus acciones innobles.
Y que es lo que puede arrancar las gracias para los
sacerdotes, las preventivas, que son tan indispensables y que tan poco se piden?
Los dolores íntimos de mi Corazón,
que como lo he dicho han sido como lo más precioso y exquisito en Mí. Dolores
que dedique en mi vida mortal y ahora dedico místicamente en favor de mis
sacerdotes amados.
Y lo diré? Ellos y las almas escogidas infieles son las
que forman la Cruz interna que me desgarra en el silencio,
sin que nadie la vea; la cruz dolorosa y cruel de las ingratitudes, de los
horrendos pecados de los que son míos.
Pero que hago Yo, su Victima divina y humana? Ofrecer esos
mismos internos e intensos dolores al Padre, en su favor; son como pedazos de
mi corazón herido por sus crímenes que pongo como incienso y quemo ante mi
Padre, con agonías intimas por su bien.
Que hago Yo? Me pongo como
muralla ante mi Padre amado, para detener el castigo del cielo que los
pulverizaría.
Ese es el oficio de mi Corazón de amor: agonizar en esos
dolores íntimos, crucificado en la Cruz interna que los sacerdotes causan,
ofrecerlos por su salvación y detener con mis gemidos íntimos los castigos del
cielo. Este es mi Corazón, vibrante de
ternura y de dolor por mis sacerdotes que
no lo saben ni lo
agradecen, antes bien atizan ese
fuego doloroso con sus desprecios y
deslealtades”.
"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. CXVI: Sacerdotes caidos
Mensajes de Nuestro Señor Jesucristo a Sus hijos predilectos.
CXVI
SACERDOTES CAIDOS.
"Es preciso amar a loa sacerdotes como los amo Yo: a los buenos y a los no buenos, con mi corazón, todo caridad y ternura, como quien dio la sangre y la vida por sus vocaciones insignes y por su santificación.
A los sacerdotes indignos los amo
más, en el sentido de que más me cuestan y de que en sus conversiones más me
glorifican.
Y aquí entra la delicadeza, la
nobleza santa de los corazones que son míos. Cierto que nivel del mundo
por los pecadores, por los enfermos, por los descarriados; cierto que soy el
Buen pastor/ pero preferirían verme herido o coronado? Doloroso o feliz,
reclinado dulcemente en el amor?
Amo a mis sacerdotes infieles,
a mis sacerdotes caídos, a mis sacerdotes prófugos, con ternura
incomparable; pero con que amor de lágrimas, con que corazón tan herido y
despedazado! con los sollozos de mi alma! con la vergüenza de que lo mío, de
que lo íntimo mío, que debiera glorificar en Mi y por Mi--porque ellos son
otros Yo--al Padre, le arroje lodo con sus pecados e ingratitudes!
Los amo con dolor salvador y me
resisten; les hago sentir mi dolor expiatorio, y lo desprecian; les toco el corazón
repetidas veces con gemidos, con suplicas, con lágrimas, y me rechazan!
Oh, y cuantas veces y de cuantos
modos! Pero no me canso; una y mil veces me sacrifico por sus almas y espero a
sus puertas hasta que, o llega para ellos una desastrosa muerte, despedazándome
el Corazón, o triunfa mi gracia, y entonces radiante de gozo presento a mi
Padre esas almas de mi alma, a mis sacerdotes amados!
Con ese amor amo a los
desgraciados, a los degradados, que se apartan de la Iglesia; pero, para
los sacerdotes fieles guardo ternuras especiales, caricias de cielo, gracias y
dones incomparables. De estas almas necesito en bien de las otras, y el
mayor servicio que mis sacerdotes pueden prestarme en darme las almas hermanas
de sacerdotes caídos.
No quieren acompañarme, no quieren
consolarme? Mi mayor consuelo es darme sacerdotes santos, transformados
en Mí, y me los darán sin duda, porque Yo lo quiero. Amen en Mi a esa parte
escogida, esa parte que ha caído para levantarla con sus inmolaciones
voluntarias, unidas a las mías, en su favor.
Hoy los invito a una tarea muy
hermosa, a obsequiar a mi Padre con sacerdotes santos regenerados.
Una madre a quien quiere con especial
amor, a un hijo bueno a otro en peligro
de perderse? Pues bien, en ese sentido amo Yo con amor amargo y doloroso
a los miembros desprendidos del tronco y en peligro de separarse de Mí
eternamente.
Hay que amar a todos los
sacerdotes y preocuparse más, de día y de noche y siempre por los desgraciados
que en vida firman su eterna condenación.
Es preciso detenerlos con mis méritos
infinitos, con mis lágrimas y las de mis sacerdotes fieles, los cuales, como
nadie, deben preocuparse por este fin. Esa es su misión. No hay que
dormirse sobre este punto capital de mi Iglesia, pues es urgente que triunfe de
Satanás.
Ese debe ser el oficio de los
Obispos, ofrecerse en Mí al Padre en favor de los sacerdotes extraviados,
degenerados.
Que todos los sacerdotes se
ofrezcan especialmente con este fin a mi Padre celestial; que si se han dado a
las almas, deben darse especialmente por sus hermanos que atraídos por el
mundo, demonio y la carne, han renegado de su vocación y han manchado con horribles
adulterios a la Esposa Inmaculada, la Iglesia.
Esto quiero de ellos; que amen a
los sacerdotes caídos, con predilecciones de santo amor, que son predilecciones
de inmolaciones y de toda clase de dolor.
Oh, si todos los Obispos hicieran
lo mismo!...
No basta que se lamente, sino que
se inmolen; quiero obras en unión mía, que salven del precipicio a tantos
corazones caídos.
Miren mi Corazón transido de
dolor que pide con urgencia divina los medios para consolarme. Hay mucho que
esta gangrenado, mucho que está enfermo, débil y expuesto, en mi porción
escogida; y Satanás gana terreno y hay que poner un dique con oraciones, con
sufrimientos, con inmolaciones que, unidas al martirio de mi Corazón, serán
propicias a mi Iglesia, glorificaran al Padre, que es su Padre, y al Espíritu
Santo, que se contrista con esas más que ingratitudes de los suyos.
Siempre mi Corazón se inclina a
la misericordia, al perdón, aunque este perdón me haya costado la Sangre y la
vida.
El amor a mis sacerdotes va más allá
de lo que puede concebir la mente humana, porque es divino. Los amo desde
la eternidad, en el seno de mi Padre, con amor entrañable, con delicadeza
inconcebible, con toda la potencia de un Dios salvador.
Son míos por doble donación de mi
Padre y del Espíritu Santo, que me ungieron con el Sacerdocio eterno, y todos
dependen de Mi y todos son uno en Mi, su Cabeza, su Corazón su Principio de acción
y de vida, y Yo debiera ser su vida misma.
Nunca acabaría de decir lo que
son los sacerdotes para Mí, mis manos, mis obreros, mi mismo Corazón y el
centro de innumerables almas.
En el sacerdote veo el reflejo de
mi Padre, una fibra santa y fecunda de ese Padre amado.
En el sacerdote me veo a Mi mismo
y al Espíritu Santo, que es mi Espíritu.
En el sacerdote contemplo todos
los misterios: el de la Unidad, por su ser intimo con la Trinidad Santísima; el
misterio de la Encarnación, que el perpetua en cada Misa; el de la Eucaristía,
que no puede producirse sin su concurso; veo todos los sacramentos, en fin.
En mis sacerdotes veo a mi
Iglesia amada y a miles de almas engendradas en la suya, para la gloria del
Padre.
En mis sacerdotes me veo a Mí, a
cada paso; pero debería verme en ellos como Yo soy, santo, y no desfigurado por
sus pecados y dentro del cieno de muchos muladares.
Entonces tengo vergüenza ante mi
Padre y esta vergüenza me ruboriza, me parte el alma con doble martirio, el
martirio de la mirada limpia y pura de mi Padre que quiere reflejarse en mi
imagen empanada por el lodo que lleva en si el mismo que me representa, y por
el martirio que me causa al ver dislocada y expuesta a perderse esa alma que
con tanto amor de predilección he cuidado.
No piensan los sacerdotes que no
son ellos solos los que van en pos de los enemigos del alma, sino que me llevan
a Mi; y claro está que si pecan ellos, no peco Yo, el purísimo e impecable;
pero, en cierto sentido, Yo en ellos ofendo a mi Padre.
Y este es un tormento para mi Corazón
filial capaz de darme la muerte, si esto fuera posible. Presencia sus crímenes más
íntimamente que en el común de los mortales. No muero, y soporto que me
abofeteen, me apuñalen y hieran con sus ingratitudes que podrían matarme.
Porque los sacerdotes no son
otros Yo solo en el momento de la consagración, sino que, por la Ordenación
sacerdotal, adquieren un sello divino, y la Trinidad reside en sus almas, y
presta su concurso para todo acto de su ministerio santo.
Por eso es tan grave un pecado en
los sacerdotes, porque me representan a Mí, Sacerdote Eterno y
Cabeza de esos miembros santos o podridos, unidos o dislocados.
Y me arrastran por el fango, y
peor que los judíos, me crucifican a sabiendas y me posponen a satanás. Y
ríen, cuando Yo agonizo; y duermen, cuando Yo lloro; y ufanos y tranquilos en
apariencia, hipócritamente me sirven y sacrílegamente me tratan. Y beben
como agua los horribles pecados que se enlazan y forman cadenas que aprisionan,
y concluyen por matar la fe; desesperados entonces, sin confianza y
sin amor, bajan al infierno.
Al infierno llevan el carácter
sacerdotal que es indeleble en el alma, para su mayor tormento; y me llevan en
mi Justicia y en el martirio de tender a su centro, Dios, y verse rechazados
por El.
Hasta el último instante lucha mi
misericordia con su impenitencia; pero concluye el amor, y queda la justicia en
Mí y el odio perdurable hacia Mí en ellos.
Es tremendo, es horrible, el
juicio y el castigo de un sacerdote renegado, de un alma sacerdotal infiel. Pero
lucho, y pongo todo mi Corazón y toda mi ternura, y olvido toda una vida de crímenes
cuando en aquellas almas veo una chispa de confianza y de amor.
Este pensamiento de que un
sacerdote no está solo, sino Yo en el, no se aprecia ni se utiliza para
evitar pecados ni para respetarse a sí mismos con esta dignidad tan única.
Muchos luchan por tener mi presencia, cuando mi presencia y todo Yo estoy en
sus almas por la fibra santa sacerdotal de mi Padre que los hizo míos, que los hicieron
otros Yo, por la que en ellos me ve a Mí, Jesús, su Hijo amadísimo.
En la ordenación se les da la fecundidad, ampliada por decirlo así, para la salvación de las almas. Esa fecundidad del Padre la llevo Yo plena y el Espíritu Santo es quien la difunde. Yo me formo en el corazón del sacerdote por el Espíritu Santo con la fecundación del Padre, y por esto vivo en ellos y ellos debieran vivir en Mi".
"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCION CABRERA DE ARMIDA. CAP. CXV: EL ESPIRITU SANTO Y LOS SACERDOTES.
CXV
EL ESPIRITU SANTO Y LOS SACERDOTES
En el fin de los siglos, cuando acabe la Iglesia en la
tierra la sublime y divina misión que le he confiado, pasará triunfante al
cielo a glorificarme con sus miembros glorificados eternamente.
Donde el Espíritu Santo sopla ahí está la fecundidad eterna,
porque en Dios todo es eterno.
¡Y que delicadeza de mi Padre, después de la Redención y de
mi Ascensión a los cielos!; cierto es que suplique al Padre que enviara su
Espíritu a mi Iglesia para regirla y para consolarla; pero El no solo envió al
Espíritu Santo como fruto de tu mi
petición, sino que lo mando en mi nombre, como un obsequio mío a la Iglesia y a
la humanidad, un obsequio conquistado con mi Sangre y con mi vida.
Y lo que pasa siempre en el seno amoroso de la Trinidad, la
lucha del Amor con el Amor, de la Caridad con la Caridad. Yo enviaba al mundo
al Espíritu Santo a nombre de mi Padre amado, y ese Padre Santísimo lo enviaba
en mi nombre, como riquísimo precio de la Redención del Verbo hecho carne. Así
pasa en todo lo relacionado al Amor entre el Padre y el Hijo, entre el Hijo y
el Padre, se unifican esas luchas de amor, esos quereres en el querer unitivo
de la Divinidad, en el Espíritu Santo.
Y de aquí otro punto: el de que los favores de Dios son eternos,
participan del Ser de Dios que no tuvo principio ni tendrá fin.
Vino el Espíritu Santo, no por un día, no por un tiempo
fijo, no por solo siglos y más siglos, sino para quedarse en la Iglesia
eternamente. Pero ¿cómo, si el mundo tendrá fin? Es que la Iglesia no concluirá
en la tierra. Terminará su misión salvadora con la última alma que salga de
este mundo; pero continuará en el cielo eternamente, glorificándome en sus
hijos salvados.
¡Oh, si el hombre comprendiera y pensara en eso, no en algo,
sino en todo lo terreno que lleva en si mismo, en su cuerpo y en su alma!
El Padre dejó al Espíritu Santo toda la libertad de vaciar
sus tesoros en el alma creada de su Verbo hecho carne, y se gozó además en su
Hijo muy amado, UNO con El, por la misma Divinidad.
¡Con que complacencia me contemplaba en unión del Espíritu Santo, en mi estancia sobre la tierra!
La parte intima de mi Humanidad vivía enajenada en la contemplación de la visión beatifica que ensanchaba mi Espíritu en el Amor y lo fundía en el ardentísimo centro unitivo y atrayente de la Trinidad. Mi Humanidad, no solo tenía un ángel a mi lado, sino que legiones me rodeaban, adorando a la Divinidad, unida a mi naturaleza humana. Esos ángeles adoraban en el Dios-hombre los inescrutables designios de la Trinidad y admiraban y respetaban mis planes redentores.
La parte inferior de mi
humanidad, aunque también estaba divinizada, sin embargo, por su ofrecimiento
de inmolación voluntaria, estaba sujeta a las tristes necesidades del hombre.
Me ofrecí puro y sacrificado al
Padre por el Espíritu Santo. Ame como
hombre también a ese Santo Espíritu, y con El mismo, a Él y a mi Padre amado.
Con que amor podía amar el Verbo
hecho carne, sino con el Amor mismo, con el Centro unitivo y eterno entre el
Padre y el Hijo? Con cual amor podía
amar a la humanidad caída que venía a redimir, sino con el divino Amor que
estaba en Mí como Dios y como hombre, con el Espíritu Santo? Ese divino Amor me impulso a ofrecerme al
Padre como Victima y a ofrecerme al hombre en voluntaria inmolación. Ese infinito amor en el cual estaba amasado,
compenetrado, fundido, que era como mi Ser y mi vida, me impulso del cielo a la
tierra, de la Cruz a los altares, de los altares al cielo, para poner el broche
de oro a mi Iglesia enviándole al Espíritu Santo.
Si soy caridad, si soy Amor, que otra cosa podía dar al hombre sino a mi
mismo Amor, al Espíritu Santo, a Mí mismo, su Redentor dolorido y amoroso, en
su favor?
Solo este amor infinito y eterno
podía abrir el cielo, eterno e infinito.
Oh, si todos mis sacerdotes
fueran amor! Oh, si cifraran toda su
dicha en la tierra en una sola inmolación de amor unidos a Mí, transformados en
Mi!
Pero quien hace estas maravillas de amor, sino
únicamente el que es Amor? El mundo necesita imperiosamente al Espíritu
Santo para espiritualizarse; pero más
mis sacerdotes que deben abrir sus almas a un nuevo Pentecostés, limpias y
puras, transformadas en Mi para honrar al Padre y salvar al mundo.
El Espíritu Santo busca,
divinamente ansioso, recipientes en donde derramar sus tesoros infinitos;
quiere almas sacerdotales que se dilaten y lo llamen, lo invoquen, lo reciban,
lo comuniquen, lo den; porque Él es el Don de Dios, el Don de dones, el único
capaz de renovar almas y mundos, y limpiar, purificar y hacer que renazca en el
Espíritu Santo.
Una nueva etapa, la que toca muy
especialmente al Espíritu Santo, está llegando al mundo para renovarlo; pero
quiere hacerse sentir especialmente en sus sacerdotes transformados en Mí, y
elevarlos, angelizarlos y santificarlos para que con El, por El y en El,
impulsen en la Iglesia su reinado que conmoverá almas y corazones.
Cuanto desea mi Padre el ver
honrado, enaltecido, sublimado, en los corazones sacerdotales muy
principalmente, a esa Persona divina de la Trinidad que es Amor y que rige por
el Amor! Porque no solo vino el Espíritu
Santo en aquella época, sino para siempre, eternamente, a poseer a su Iglesia y
a gobernar con suavidad infinita por medio de la gracia su campo favorito—las
inteligencias y las almas.
En muchos corazones se tiene
relegado al Espíritu Santo, a pesar de ser la Persona divina sin la cual la
criatura no sería capaz de moverse en el orden sobrenatural de la gracia. Y ay! aun para muchos de mis sacerdotes es como
secundario su recuerdo, siendo que Él es la acción divina del sacerdote, y debe
ser lo más íntimo que en el exista, su latido y su vida. Debe circular por el alma del sacerdote como
la sangre por sus venas; debe impregnar sus pensamientos, palabras y obras/
debe ser su mismo espíritu como lo fue mío.
No son acaso mis sacerdotes otros
Yo? Entonces, como no dejarse
incondicionalmente poseer de ese Santo Espíritu a quien todo deben y con quien
tiene filiación infinita su vocación sublime?
Quien los ungió para el
sacerdocio? Quien da virtud a sus
palabras en la Consagración? Quien los
llevo al altar y los hizo dignos por la ordenación de transformarse en Mí, de hacerme
bajar a sus manos, de operar la transustanciación? Quien opera en ellos ese reflejo de la
Encarnación y del Verbo que se renueva en cada misa con mi Pasión y
muerte? A quien le deben la
vocación? Quien los escogió para
perfumar con el aroma de su pureza los altares?
Quien los ofrenda constantemente a mi Padre desde la tierra, en mi
unión, y envuelve esté presente en amor para complacer al Padre, y
transformarlos en Mi?
Oh si mis sacerdotes meditaran en
los infinitos beneficios, unos que ven y que tocan y muchos más ocultos a sus
ojos, pero que tienen como principio activo al Espíritu Santo!
Se puede decir con certeza, que
en la vida espiritual—en la del sacerdote muy especialmente—no hay un solo acto
en el que no lo asista, lo acompañe y lo penetre el Espíritu Santo.
Por esto mismo es más culpable el
sacerdote que se olvida de sus santos deberes; porque más que nadie contrista y
lastima a esa Blancura, a esa Luz increada, a ese Consolador que constantemente
le hace compare el cielo.
No me cansare de insistir en el
reinado pleno, absoluto y sin obstáculos del Espíritu Santo en el alma de sus
sacerdotes. Transformarlos en Mi es su delicia para presentarlo al Padre, unos
Conmigo, en la unidad de la Trinidad.
Que se den mis sacerdotes de lleno,
sin estorbos, sin mengua, sin egoísmos, sin cortapisas, a esa Persona divina;
que si esto hacen, muy pronto quedaran transformados, porque solo el Espíritu
Santo hace un Jesús de cada alma y la simplifica en la unidad”.
"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. CXV: EL ESPÍRITU SANTO Y LOS SACERDOTES.
Mensajes de Nuestro Señor Jesucristo a Sus hijos predilectos.
El Espíritu Santo y Los Sacerdotes
"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. CXIV: EL ESPÍRITU SANTO Y JESÚS.
Mensajes de Nuestro Señor Jesucristo a sus hijos predilectos.
EL ESPÍRITU SANTO Y JESÚS
"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. CXIII: INTIMIDADES DIVINAS.
INTIMIDADES DIVINAS
"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. CXII: JESÚS-MEDIADOR.
Mensajes de Nuestro Señor Jesucristo a Sus hijos predilectos.
JESÚS- MEDIADOR
"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. CXI: RESURRECCIÓN DE LA CARNE.
Mensajes de Nuestro Señor Jesucristo a Sus hijos predilectos.
RESURRECCIÓN DE LA CARNE
EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís

