FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

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LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO - PARTE 65 - EL INFIERNO



EL INFIERNO


SUEÑO 68.—AÑO DE 1860.

Parte 2

(M. B. Tomo IX, págs. 166-181)



Llevaba los cabellos desgreñados, en parte erizados sobre la cabeza y en parte echados hacia atrás por efecto del viento y los brazos tendidos hacia adelante, en actitud como de quien nada para salvarse del naufragio. Quería detenerse y no podía. Tropezaba continuamente con los guijarros salientes del camino y aquellas piedras servían para darle un mayor impulso en la carrera.

—Corramos, detengámoslo, ayudémosle— gritaba y tendiendo las manos hacia él. Y el guía: —No; déjalo. — ¿Y por qué no puedo detenerlo? — ¿No sabes lo tremenda que es la venganza de Dios? ¿Crees que podrías detener a uno que huye de la ira encendida del Señor?

Entretanto aquel joven, volviendo la cabeza hacia atrás y mirando con los ojos encendidos si la ira de Dios le seguía siempre, corría precipitadamente hacia el fondo del camino, como si no hubiese encontrado en su huida otra solución que ir a dar contra aquella puerta de bronce.

— ¿Y por qué mira hacia atrás con esa cara de espanto?, — pregunte yo—.
—Porque la ira de Dios traspasa todas las puertas del infierno e irá a atormentarle aún en medio del fuego. En efecto, como consecuencia de aquel choque, entre un ruido de cadenas, la puerta se abrió de par en par. Y tras ella se abrieron al mismo tiempo, haciendo un horrible fragor, dos, diez, cien, mil, otras puertas impulsadas por el choque del joven, que era arrastrado por un torbellino invisible, irresistible, velocísimo.

Todas aquellas puertas de bronce, que estaban una delante de otra, aunque a gran distancia, permanecieron abiertas por un instante y yo vi, allá a lo lejos, muy lejos, como la boca de un horno, y mientras el joven se precipitaba en aquella vorágine pude observar que de ella se elevaban numerosos globos de fuego. Y las puertas volvieron a cerrarse con la misma rapidez con que se habían abierto. Entonces yo tomé la libreta para apuntar el nombre y el apellido de aquel infeliz, pero el guía me tomó del brazo y me dijo: —Detente —me ordenó—y observa de nuevo. Lo hice y pude ver un nuevo espectáculo. Vi bajar precipitadamente por la misma senda a tres jóvenes de nuestras casas que en forma de tres peñascos rodaban rapidísimamente uno detrás del otro. Iban con los brazos abiertos y gritaban de espanto. Llegaron al fondo y fueron a chocar con la primera puerta. [San] Juan Don Bosco al instante conoció a los tres. Y la puerta se abrió y después de ella las otras mil; los jóvenes fueron empujados a aquella larguísima galería, se oyó un prolongado ruido infernal que se alejaba cada vez más, y aquellos infelices desaparecieron y las puertas se cerraron. Muchos otros cayeron después de éstos de cuando en cuando... Vi precipitarse en el infierno a un pobrecillo impulsado por los empujones de un pérfido compañero. Otros caían solos, otros acompañados; otros cogidos del brazo, otros separados, pero próximos. Todos llevaban escrito en la frente el propio pecado. Yo los llamaba afanosamente mientras caían en aquel lugar. Pero ellos no me oían, retumbaban las puertas infernales al abrirse y al cerrarse se hacía un silencio de muerte.


—He aquí las causas principales de tantas ruinas eternas —exclamó mi guía—: los compañeros, las malas lecturas y las perversas costumbres. Los lazos que habíamos visto al principio eran los que arrastraban a los jóvenes al precipicio. Al ver caer a tantos de ellos, dije con acento de desesperación: —Entonces es inútil que trabajemos en nuestros colegios, si son tantos los jóvenes que tienen este fin. ¿No habrá manera de remediar la ruina de estas almas? Y el guía me contestó: —Este es el estado actual en que se encuentran y si mueren en él vendrán a parar aquí sin remedio. — ¡Oh, déjame anotar los nombres para que yo les pueda avisar y ponerlos en la senda que conduce al Paraíso!

— ¿Y crees tú que algunos se corregirían si les avisaras? Al principio el aviso les impresionará; después no harán caso, diciendo: se trata de un sueño. Y se tornarán peores que antes. Otros, al verse descubiertos, frecuentarán los Sacramentos, pero no de una manera espontánea y meritoria, porque no proceden rectamente. Otros se confesarán por un temor pasajero a caer en el infierno, pero seguirán con el corazón apegado al pecado. — ¿Entonces para estos desgraciados no hay remisión?
Dame algún aviso para que puedan salvarse. —Helo aquí: tienen los superiores, que los obedezcan; tienen el reglamento, que lo observen; tienen los Sacramentos, que los frecuenten. Entretanto, como se precipitase al abismo un nuevo grupo de jóvenes, las puertas permanecieron abiertas durante un instante y: —Entra tú también— me dijo el guía. Yo me eché atrás horrorizado. Estaba impaciente por regresar al Oratorio para avisar a los jóvenes y detenerles en aquel camino; para que no siguieran rodando hacia la perdición. Pero el guía me volvió a insistir: —Ven, que aprenderás más de una cosa. Pero antes dime: ¿Quieres proseguir solo o acompañado?


Esto me lo dijo para que yo reconociese la insuficiencia de mis fuerzas y al mismo tiempo la necesidad de subenévola asistencia; a lo que contesté: — ¿Me he de quedar solo en ese lugar de horror? ¿Sin el consuelo de tu bondad? ¿Y quién me enseñará el camino del retorno?
Y de pronto me sentí lleno de valor pensando para mí: —Antes de ir al infierno es necesario pasar por el juicio y yo no me he presentado todavía ante el Juez Supremo. Después exclamé resueltamente: — ¡Entremos, pues!


Y penetramos en aquel estrecho y horrible corredor. Corríamos con la velocidad del rayo. Sobre cada una de las puertas del interior lucía con luz velada una inscripción amenazadora. Cuando terminamos de recorrerlo desembocamos en un amplio y tétrico patio, al fondo del cual se veía una rústica portezuela, cuyas hojas eran de un grosor como jamás había visto y encima de la cual se leía esta inscripción: Ibunt impii in ignem aeternum. Los muros en todo su perímetro estaban recubiertos de inscripciones.


Yo pedí a mi guía permiso para leerlas y éste me contestó: ---Haz como te plazca. Entonces lo examiné todo. En cierto sitio vi escrito lo siguiente: Dabo ignem in carnes eorum ut comburantur in
sempiternum. Cruciabuntur die ac nocte in saecula saeculorum. Y en otro lugar: Hic univérsitas malorum per omnia saecula saeculorum. En otros: Nullus est hic ordo, sed horror sempiternus inhabitat. — Fumus tormentorum suorum in aeternum ascendit. —Non est pax impiis. —Clamor et stridor dentium.


Mientras yo daba la vuelta alrededor de los muros leyendo estas inscripciones, el guía, que se había quedado en el centro del patio, se acercó a mí y me dijo: —Desde ahora en adelante nadie podrá tener un compañero que le ayude, un amigo que le consuele, un corazón que le ame, una mirada compasiva, una palabra benévola: hemos pasado la línea. ¿Tú quieres ver o probar? —Quiero ver solamente— respondí. —Ven, pues, conmigo— añadió el amigo, y tomándome de la mano me condujo ante aquella puertecilla y la abrió.

Esta ponía en comunicación con un corredor en cuyo fondo había una gran cueva cerrada por una larga ventana con un solo cristal que llegaba desde el suelo hasta la bóveda y a través del cual se podía mirar dentro. Atravesé el dintel y avanzando un paso me detuve presa de un terror indescriptible.

Vi ante mis ojos una especie de caverna inmensa que se perdía en las profundidades cavadas en las entrañas de los montes, todas llenas de fuego, pero no como el que vemos en la tierra con sus llamas movibles, sino de una forma tal que todo lo dejaba incandescente y blanco a causa de la elevada temperatura. Muros, bóvedas, pavimento, herraje, piedras, madera, carbón; todo estaba blanco y brillante. Aquel fuego sobrepasaba en calores millares y millares de veces al fuego de la tierra sin consumir ni reducir a cenizas nada de cuanto tocaba. Me sería imposible describir esta caverna en toda su espantosa realidad.

Mientras miraba atónito aquel lugar de tormento veo llegar con indecible ímpetu un joven que casi no se daba cuenta de nada, lanzando un grito agudísimo, como quien estaba para caer en un lago de bronce hecho líquido, y que precipitándose en el centro, se torna blanco como toda la caverna y queda inmóvil, mientras que por un momento resonaba en el ambiente el eco de su voz mortecina.
Lleno de horror contemplé un instante a aquel desgraciado y me pareció uno del Oratorio, uno de mis hijos.


—Pero ¿este no es uno de mis jóvenes?, —pregunté al guía—. ¿No es fulano? —Sí, sí— me respondió. — ¿Y por qué no cambia de posición? ¿Por qué está incandescente sin consumirse?
Y él: —Tú elegiste el ver y por eso ahora no debes hablar; observa y verás. Por lo demás omnis enim igne salietur et omnis uictima sale salietur.

Apenas si había vuelto la cara y he aquí otro joven con una furia desesperada y a grandísima velocidad que corre y se precipita a la misma caverna. También éste pertenecía al Oratorio. Apenas cayó no se movió más. Este también lanzó un grito de dolor y su voz se confundió con el último murmullo del grito del que había caído antes. Después llegaron con la misma precipitación otros, cuyo número fue en aumento y todos lanzaban el mismo grito y permanecían inmóviles, incandescentes, como los que les habían precedido. Yo observé que el primero se había quedado con una mano en el aire y un pie igualmente suspendido en alto. El segundo quedó como encorvado hacia la tierra.


Algunos tenían los pies por alto, otros el rostro pegado al suelo.Quiénes estaban casi suspendidos sosteniéndose de un solo pie o de una sola mano; no faltaban los que estaban sentados o tirados; unos apoyados sobre un lado, otros de pie o de rodillas, con las manos entre los cabellos. Había, en suma, una larga fila de muchachos, como estatuas en posiciones muy dolorosas. Vinieron aún otros muchos a aquel horno, parte me eran conocidos y parte desconocidos. Me recordé entonces de lo que dice la Biblia, que según se cae la primera vez en el infierno así se permanecerá para siempre: Lignum, in quocumque loco cecíderit, ibi erit.

Al notar que aumentaba en mí el espanto, pregunté al guía: — ¿Pero éstos, al correr con tanta velocidad, no se dan cuenta que vienen a parar aquí? — ¡Oh!, sí que saben que van al fuego; les avisaron mil veces, pero siguen corriendo voluntariamente al no detestar el pecado y al no quererlo abandonar, al despreciar y rechazar la misericordia de Dios que los llama a penitencia, y, por tanto, la justicia divina, al ser provocada por ellos, los empuja, les insta, los persigue y no se pueden parar hasta llegar a este lugar. — ¡Oh, qué terrible debe de ser la desesperación de estos desgraciados que no tienen ya esperanza de salir de aquí!—, exclamé. — ¿Quieres conocer la furia íntima y el frenesí de sus almas? Pues, acércate un poco más—, me dijo el guía.


Di algunos pasos hacia adelante y acercándome a la ventana vi que muchos de aquellos miserables se propinaban mutuamente tremendos golpes, causándose terribles heridas, que se mordían como perros rabiosos; otros se arañaban el rostro, se destrozaban las manos, se arrancaban las carnes arrojando con despecho los pedazos por el aire. Entonces toda la cobertura de aquella cueva se había trocado como de cristal a través del cual se divisaba un trozo de cielo y las figuras luminosas de los compañeros que se habían salvado para siempre.

Y aquellos condenados rechinaban los dientes de feroz envidia, respirando afanosamente, porque en vida hicieron a los justos blanco de sus burlas. Yo pregunté al guía: —Dime, ¿por qué no oigo ninguna voz? —Acércate más— me gritó. Me aproximé al cristal de la ventana y oí cómo unos gritaban y lloraban entre horribles contorsiones; otros blasfemaban e imprecaban a los santos. Era un tumulto de voces y de gritos estridentes y confusos que me indujo a preguntar a mi amigo: — ¿Qué es lo que dicen? ¿Qué es lo que gritan?


Y él: —Al recordar la suerte de sus buenos compañeros se ven obligados a confesar: Nos insensatam vitam illorum aestimabamus insaniam et finem illorum sine honore. Ecce quómodo computati sunt inter filios Dei et ínter sanctos sors illorum est. Ergo errávimus a vía veritatis.


Por eso gritan: Lassati sumus in via iniquitatis et perdifionis. Erravimus per vias diffíciles, viam autem Domini ignoravimus. Quid nobis profuit superbia? Transierunt omnia illa tamquam umbra.
Estos son los cánticos lúgubres que resonarán aquí por toda la eternidad. Pero gritos, esfuerzos, llantos son ya completamente inútiles. Omnis dolor irruet super eos! Aquí no cuenta el tiempo, aquí sólo impera la eternidad.


Mientras lleno de horror contemplaba el estado de muchos de mis jóvenes, de pronto una idea floreció en mimente. — ¿Cómo es posible —dije— que los que se encuentran aquí estén todos condenados? Esos jóvenes, ayer por la noche estaban aún vivos en el Oratorio.

Y el guía me contestó: —Todos ésos que ves ahí son los que han muerto a la gracia de Dios y si les sorprendiera la muerte y si continuasen obrando como al presente, se condenarían. Pero no perdamos tiempo, prosigamos adelante. Y me alejó de aquel lugar por un corredor que descendía a un profundo subterráneo conduciendo a otro aún más bajo, a cuya entrada se leían estas palabras: Vermis eorum non moritur, et ignis non extinguitur... Dabit Dominus omnipotens ignem et vermes in carnes eorum, ut urantur et sentiant usque in sempiternum. Aquí se veían los atroces remordimientos de los que fueron educados en nuestras casas.


El recuerdo de todos y cada uno de los pecados no perdonados y de la justa condenación; de haber tenido mil medios y muchos extraordinarios para convertirse al Señor, para perseverar en el bien, para ganarse el Paraíso. El recuerdo de tantas gracias y promesas concedidas y hechas a María Santísima y no correspondidas. ¡El haberse podido salvar a costa de un pequeño sacrificio y, en cambio, estar condenado para siempre! ¡Recordar tantos buenos propósitos hechos y no mantenidos! ¡Ah! De buenas intenciones completamente ineficaces está lleno el infierno,dice el proverbio.


Y allí volví a contemplar a todos los jóvenes del Oratorio que había visto poco antes en el horno, algunos de los cuales me están escuchando ahora, otros estuvieron aquí con nosotros y a otros muchos no los conocía. Me adelanté y observé que todos estaban cubiertos de gusanos y de asquerosos insectos que les devoraban y consumían el corazón, los ojos, las manos, las piernas, los brazos y todos los miembros, dejándolos en un estado tan miserable que no encuentro palabras para describirlo. Aquellos desgraciados permanecían inmóviles, expuestos a toda suerte de molestias, sin poderse defender de ellas en modo alguno. Yo avancé un poco más, acercándome para que me viesen, con la esperanza de poderles hablar y de que me dijesen algo, pero ellos no solamente no me hablaron sino que ni siquiera me miraron. Pregunté entonces al guía la causa de esto y me fue respondido que en el otro mundo noexiste libertad alguna para los condenados: cada unosoporta allí todo el peso del castigo de Dios sin variación alguna de estado y no puede ser de otra manera. Y añadió: —Ahora es necesario que desciendas tú a esa región de fuego que acabas de contemplar. — ¡No, no!, —repliqué aterrado—. Para ir al infierno es necesario pasar antes por el juicio, y yo no he sido juzgado aún. ¡Por tanto no quiero ir al infierno! —Dime —observó mi amigo—, ¿te parece mejor ir al infierno y libertar a tus jóvenes o permanecer fuera de él abandonándolos en medio de tantos tormentos?
Desconcertado con esta propuesta, respondí: — ¡Oh, yo amo mucho a mis queridos jóvenes y deseo que todos se salven! ¿Pero, no podríamos hacer de manera que no tuviésemos que ir a ese lugar de tormento ni yo ni los demás? —Bien —contestó mi amigo—, aún estás a tiempo, como también lo están ellos, con tal que tú hagas cuanto puedas.


Mi corazón se ensanchó al escuchar tales palabras y me dije inmediatamente: Poco importa el trabajo con tal de poder librar a mis queridos hijos de tantos tormentos. —Ven, pues —continuó mi guía—, y observa una prueba de la bondad y de la misericordia de Dios, que pone en juego mil medios para inducir a penitencia a tus jóvenes y salvarlos de la muerte eterna. Y tomándome de la mano me introdujo en la caverna. Apenas puse el pie en ella me encontré de improviso transportado a una sala magnífica con puertas de cristal. Sobre ésta, a regular distancia, pendían unos largos velos que cubrían otros tantos departamentos que comunicaban con la caverna.

El guía me señaló uno de aquellos velos sobre el cual se veía escrito: Sexto Mandamiento; y exclamó: —La falta contra este Mandamiento: he aquí la causa de la ruina eterna de tantos jóvenes. —Pero ¿no se han confesado? —Se han confesado, pero las culpas contra la bella virtud las han confesado mal o las han callado de propósito.

Por ejemplo: uno, que cometió cuatro o cinco pecados de esta clase, dijo que sólo había faltado dos o tres veces. Hay algunos que cometieron un pecado impuro en la niñez y sintieron siempre vergüenza de confesarlo, o lo confesaron mal o no lo dijeron todo. Otros no tuvieron el dolor o el propósito suficiente. Incluso algunos, en lugar de hacer el examen, estudiaron la manera de engañar al confesor. Y el que muere con tal resolución lo único que consigue es contarse en el número de los réprobos por toda la eternidad. Solamente los que, arrepentidos de corazón, mueren con la esperanza de la eterna salvación, serán eternamente felices. ¿Quieres ver ahora por qué te ha conducido hasta aquí la misericordia de Dios?

Levantó un velo y vi un grupo de jóvenes del Oratorio, todos los cuales me eran conocidos, que habían sido condenados por esta culpa. Entre ellos había algunos que ahora, en apariencia, observan buena conducta. —Al menos ahora —le supliqué— me dejarás escribir los nombres de esos jóvenes para poder avisarles en particular.

—No hace falta— me respondió. —Entonces, ¿qué les debo decir? —Predica siempre y en todas partes contra la inmodestia. Basta avisarles de una manera general y no olvides que aunque lo hicieras particularmente, te harían mil promesas, pero no siempre sinceramente. Para conseguir un propósito decidido se necesita la gracia de Dios, la cual no faltará nunca a tus jóvenes si ellos se la piden. Dios es tan bueno que manifiesta especialmente su poder en el compadecer y en perdonar. Oración y sacrificio, pues, por tu parte. Y los jóvenes que escuchen tus amonestaciones y enseñanzas, que pregunten a sus conciencias y éstas les dirán lo que deben hacer.


Y seguidamente continuó hablando por espacio de casi media hora sobre las condiciones necesarias para hacer una buena confesión. El guía repitió después varias veces en voz alta: —Avertere!... Avertere!... — ¿Qué quiere decir esos? — ¡Que cambien de vida!... ¡Que cambien de vida!... Yo, confundido ante esta revelación, incliné la cabeza y estaba para retirarme cuando el desconocido me volvió a llamar y me dijo: —Todavía no lo has visto todo. Y volviéndose hacia otra parte levantó otro gran velo sobre el cual estaba escrito: Qui volunt dívites fieri, íncidunt irt tentationem et láqueum diáboli.


Leí esta sentencia y dije: —Esto no interesa a mis jóvenes, porque son pobres, como yo; nosotros no somos ricos ni buscamos las riquezas. ¡Ni siquiera nos pasa por la imaginación semejante deseo! Al correr el velo vi al fondo cierto número de jóvenes, todos conocidos, que sufrían como los primeros que contemplé, y el guía me contestó: —Sí, también interesa esa sentencia a tus muchachos. —Explícame entonces el significado del término divites. Y él: —Por ejemplo, algunos de tus jóvenes tienen el corazón apegado a un objeto material, de forma que este afecto desordenado le aparta del amor a Dios, faltando, por tanto, a la piedad y a la mansedumbre. No sólo se puede pervertir el corazón con el uso de las riquezas, sino también con el deseo inmoderado de las mismas, tanto más si este deseo va contra la virtud de la justicia. Tus jóvenes son pobres, pero has de saber que la gula y el ocio son malos consejeros. Hay algunos que en el propio pueblo se hicieron culpables de hurtos considerables y a pesar de que pueden hacerlo no se han preocupado de restituir. Hay quienes piensan en abrir con las ganzúas la despensa y quien intenta penetrar en la habitación del Prefecto o del Ecónomo; quienes registran los baúles de los compañeros para apoderarse de comestibles, dinero y otros objetos; quien hace acopio de cuadernos y de libros para su uso...

Y después de decirme el nombre de estos y de otros más, continuó: —Algunos se encuentran aquí por haberse apropiado de prendas de vestir, de ropa blanca, de mantas y manteles que pertenecían al Oratorio, para mandarlas a sus casas. Algunos, por algún otro grave daño que ocasionaron voluntariamente y no lo repararon. Otros, por no haber restituido objetos y cosas que habían pedido a título de préstamo, o por haber retenido sumas de dinero que les habían sido confiadas para que las entregasen al Superior.

Y concluyó diciendo:—Y puesto que conoces el nombre de los tales, avísales, diles que desechen los deseos inútiles y nocivos; que sean obedientes a la ley de Dios y celosos del propio honor, de otra forma la codicia los llevará a mayores excesos, que les sumergirán en el dolor, en la muerte y en la perdición.

Yo no me explicaba cómo por ciertas cosas a las que nuestros jóvenes daban tan poca importancia hubiese aparejados castigos tan terribles. Pero el amigo interrumpió mis reflexiones diciéndome: —Recuerda lo que se te dijo cuando contemplabas aquellos racimos de la vid echados a perder—, y levantó otro velo que ocultaba a otros muchos de nuestros jóvenes, a los cuales conocí inmediatamente por pertenecer al Oratorio.

Sobre aquel velo estaba escrito: Radix ómnium maíorum. E inmediatamente me preguntó: —¿Sabes qué significa esto? ¿Cuál es el pecado designado por esta sentencia? —Me parece que debe ser la soberbia. —No, me respondió. —Pues yo siempre he oído decir que la raíz de todos los pecados es la soberbia. —Sí; en general se dice que es la soberbia; pero en particular, ¿sabes qué fue lo que hizo caer a Adán y a Eva en el primer pecado, por lo que fueron arrojados del Paraíso terrenal? —La desobediencia.

—Cierto; la desobediencia es la raíz de todos los males. —¿Qué debo decir a mis jóvenes sobre esto? — Presta atención. Aquellos jóvenes los cuales tú ves que son desobedientes se están preparando un fin tan lastimosocomo éste. Son los que tú crees que se han ido por la noche a descansar y, en cambio, a horas de la madrugada se bajan a pasear por el patio, sin preocuparse de que es una cosa prohibida por el reglamento; son los que van a lugares peligrosos, sobre los andamios de las obras en construcción, poniendo en peligro incluso la propia vida.

Algunos, según lo establecido, van a la iglesia, pero no están en ella como deben, en lugar de rezar están pensando en cosas muy distintas de la oración y se entretienen en fabricar castillos en el aire; otros estorban a los demás. Hay quienes de lo único que se preocupan es de buscar un lugar cómodo para poder dormir durante el tiempo de las funciones sagradas; otros crees tú que van a la iglesia y, en cambio, no aparecen por ella. ¡Ay del que descuida la oración! ¡El que no reza se condena! Hay aquí algunos que en vez de cantar las divinas alabanzas y las Vísperas de la Virgen, se entretienen en leer libros nada piadosos, y otros, cosa verdaderamente vergonzosa, pasan el tiempo leyendo obras prohibidas. Y siguió enumerando otras faltas contra el reglamento, origen de graves desórdenes.

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO - PARTE 64 - EL INFIERNO

EL INFIERNO

SUEÑO 68.—AÑO DE 1860.

Parte 1

(M. B. Tomo IX, págs. 166-181)


En la noche del domingo tres de mayo, festividad del Patrocinio de San José, [San] Juan Don Bosco prosiguió el relato de cuanto había visto en los sueños:

—Debo contarles otra cosa —comenzó diciendo— que puede considerarse como consecuencia o continuación de cuanto les referí en las noches del jueves y del viernes, que me dejaron tan quebrantado que apenas si me podía tener en pie. Vosotros los pueden llamar sueños o como quieran;
en suma, le pueden dar el nombre que les parezca.

Les hablé de un sapo espantoso que en la noche del 17 de abril amenazaba tragarme y cómo al desaparecer, una voz me dijo:

—¿Por qué no hablas? —Yo me volví hacia el lugar de donde había partido la
voz y vi junto mi lecho a un personaje distinguido. Como hubiese entendido el motivo de aquel reproche, le pregunté: —¿Qué debo decir a nuestros jóvenes? —Lo que has visto y cuanto se te ha indicado en los
últimos sueños y lo que deseas conocer, que te será revelado ¡a noche próxima.

Y se retiró.

Yo, pues, al día siguiente pensaba continuamente en la mala noche que tendría que pasar y al llegar la hora no me determinaba a irme a acostar. Y así estuve en mi mesa de trabajo entretenido en algunas lecturas hasta la medianoche. Me llenaba de terror la idea de tener que contemplar nuevos espectáculos espantosos. Al fin, haciéndome violencia, me acosté.

Para no dormirme tan pronto, y por temor a que la imaginación me enfrascara en los sueños acostumbrados, dispuse la almohada de tal forma que estaba en el lecho casi sentado. Pero pronto, cansado como estaba, me dormí sin darme cuenta.


*******

Y he aquí que de pronto veo en la habitación, cerca de la cama, al hombre de la noche precedente, el cual me dijo: —¡Levántate y vente conmigo! Yo le contesté: —Se lo pido por caridad. Déjeme tranquilo, estoy cansado. ¡Mire! Hace varios días que sufro de dolor de muelas. Déjeme descansar. 

He tenido unos sueños, espantosos y estoy verdaderamente agotado.

Y decía estas cosas porque la aparición de este hombre es siempre indicio de grandes agitaciones, de
cansancio y de terror. El tal me respondió: —¡Levántate, que no hay tiempo que perder! Entonces
me levanté y lo seguí. Mientras caminábamos le pregunté: —¿Adonde quiere llevarme ahora? —Ven y lo verás.

Y me condujo a un lugar en el cual se extendía una amplia llanura. Dirigí la mirada a mi alrededor, pero aquella región era tan grande que no se distinguían los confines de la misma. Era un vasto desierto. No se veía ni un alma viviente, ni una planta, ni un riachuelo; un poco de vegetación seca y amarillenta daba a aquella desolación un aspecto de tristeza. No sabía ni dónde me encontraba,
ni qué era lo que iba a hacer. Durante unos instantes no vi a mi guía. Me pareció haberme perdido. No estaban conmigo ni [Beato] Miguel Don Rúa ni Don Francesia ni ningún otro.

Cuando he aquí que diviso a mi amigo que me sale al encuentro. Respiré y dije: n—¿Dónde estoy? —Ven conmigo y lo sabrás. —Bien; iré contigo.

El iba delante y yo le seguía sin chistar. Después de un largo y triste viaje, Don Bosco, al pensar que tenía que atravesar una tan dilatada llanura pensaba para sí: —¡Ay mis pobres muelas! Pobre de mí, con las piernas tan hinchadas...

Pero, de pronto, se abrió ante mí un camino. Entonces interrumpí el silencio preguntando a mi guía:
—¿Adonde vamos a ir ahora? —Por aquí— me dijo.

Y penetramos por aquel camino. Era una senda hermosa, ancha, espaciosa y bien pavimentada. De un lado y de otro la flanqueaban dos magníficos setos verdes cubiertos de hermosas flores. En especial despuntaban las rosas entre las hojas por todas partes. Aquel sendero, a primera vista, parecía llano y cómodo, y yo me eché a andar por él sin sospechar nada. Pero después de caminar un trecho me di cuenta de que insensiblemente se iba haciendo cuesta abajo y aunque la marcha no parecía precipitada, yo corría con tanta facilidad que me parecía ir por el aire. Incluso noté que avanzaba casi sin mover los pies. Nuestra marcha era, pues, veloz. Pensando entonces que el volver atrás por un camino semejante hubiera sido cosa fatigosa y cansada, dije a mi amigo:

—¿Cómo haremos para regresar al Oratorio? —No te preocupes —me dijo—, el Señor es omnipotente y querrá que vuelvas a él. El que te conduce y te enseña a proseguir adelante, sabrá también llevarte hacia atrás. El camino descendía cada vez más. Proseguíamos la marcha entre las flores y las rosas cuando vi que me seguían por el mismo sendero todos los jóvenes del Oratorio y otros numerosísimos compañeros a los cuales ya jamás había visto. Pronto me encontré en medio de ellos.

Mientras los observaba veo que de repente, ora uno otra otro, comienzan a caer al suelo, siendo arrastrados por una fuerza invisible que los llevaba hacia una horrible pendiente que se veía aún en lontananza y que conducía a aquellos infelices de cabeza a un horno. —¿Qué es lo que hace caer a estos jóvenes?— pregunté al guía. —Acércate un poco— me respondió. Me acerqué y pude comprobar que los jóvenes pasaban entre muchos lazos, algunos de los cuales estaban al ras del suelo y otros a la altura de la cabeza; estos lazos no se veían. Por tanto, muchos de los muchachos al andar quedaban presos por aquellos lazos, sin darse cuenta del peligro, y en el momento de caer en ellos daban un salto y después rodaban al suelo con las piernas en alto y cuando se levantaban corrían precipitadamente hacia el abismo.

Algunos quedaban presos, prendidos por la cabeza, por una pierna, por el cuello, por las manos, por un brazo, por la cintura, e inmediatamente eran lanzados hacia la
pendiente. Los lazos colocados en el suelo parecían de estopa, apenas visibles, semejantes a los hilos de la araña y, al parecer, inofensivos. Y con todo, pude observar que los jóvenes por ellos prendidos caían a tierra.

Yo estaba atónito, y el guía me dijo: —¿Sabes qué es esto? —Un poco de estopa— respondí. —Te diría que no es nada —añadió—; el respeto humano, simplemente. Entretanto, al ver que eran muchos los que continuaban cayendo en aquellos lazos, le pregunté al desconocido: —¿Cómo es que son tantos los que quedan prendidos en esos hilos? ¿Qué es lo que los arrastra de esa manera?

Y él: —Acércate más; obsérvalo bien y lo verás.

Lo hice y añadí: —Yo no veo nada. —Mira mejor— me dijo el guía. Tomé, en efecto, uno de aquellos lazos en la mano y pude comprobar que no daba con el otro extremo; por el contrario, me di cuenta de que yo también era arrastrado por él. Entonces seguí la dirección del hilo y llegué a la
boca de una espantosa caverna. Y me detuve porque no quería penetrar en aquella vorágine y tiré hacia mí de quel hilo y noté que cedía, pero había que hacer mucha fuerza. Y he aquí que después de haber tirado mucho, salió fuera, poco a poco, un horrible monstruo que infundía espanto, el cual mantenía fuertemente cogido con sus garras la extremidad de una cuerda a la que estaban ligados todos aquellos hilos. Era este monstruo quien apenas caía uno en aquellas redes lo arrastraba
inmediatamente hacia sí.

Entonces me dije: -Es inútil intentar hacer frente a la fuerza de este animal, pues no lograré vencerlo; será mejor combatirlo con la señal de la santa cruz y con jaculatorias. Me volví, por tanto, junto a mi guía, el cual me dijo: —¿Sabes ya quién es? —¡Oh, sí que lo sé!, —le respondí—. Es el demonio quien tiende estos lazos para hacer caer a mis jóvenes en el infierno.

Examiné con atención los lazos y vi que cada uno llevaba escrito su propio título: el lazo de la soberbia, de la desobediencia, de la envidia, del sexto mandamiento, del hurto, de la gula, de la pereza, de la ira, etc. Hecho esto me eché un poco hacia atrás para ver cual de aquellos lazos
era el que causaba mayor número de víctimas entre los jóvenes, y pude comprobar que era el de la deshonestidad, la desobediencia y la soberbia. A este último iban atados otros dos. Después de esto vi otros lazos que causaban grandes estragos, pero no tanto como los dos primeros. Desde mi puesto de observación vi a muchos jóvenes que corrían a mayor velocidad que los demás. Y pregunté:

—¿Por qué esta diferencia? —Porque son arrastrados por los lazos del respeto humano— me fue respondido.

Mirando aún con mayor atención vi que entre aquellos lazos había esparcidos muchos cuchillos, que manejados por una mano providencial cortaban o rompían los hilos. El cuchillo más grande procedía contra el lazo de la soberbia y simbolizaba la meditación. Otro cuchillo, también muy
grande, pero no tanto como el primero, significaba la lectura espiritual bien hecha. Había también dos espadas.

Una de ellas representaba la devoción al Santísimo Sacramento, especialmente mediante la comunión
frecuente; otra, la devoción a la Virgen. Había, además, un martillo: la confesión; y otros cuchillos símbolos de las varias devociones a San José, a San Luis, etc., etc. Con estas armas no pocos rompían los lazos al quedar prendidos en ellos, o se defendían para no ser víctimas de los mismos.

En efecto, vi a dos jóvenes que pasaban entre aquellos lazos de forma que jamás quedaban presos en ellos; bien lo hacían antes de que el lazo estuviese tendido, y si lo hacían cuando éste estaba ya preparado, sabían sortearlo de forma que les caía sobre los hombros, o sobre las espaldas, o en otro lado diferente sin lograr capturarlos.

Cuando el guía se dio cuenta de que lo había observado todo, me hizo continuar el camino flanqueado de rosas; pero a medida que avanzaba, las rosas de los linderos eran cada vez más raras, empezando a aparecer punzantes espinas. Finalmente, por mucho que me fijé no descubrí ni una rosa y, en el último tramo, el seto se había tornado completamente espinoso, quemado por el sol y desprovisto de hojas; después, de los matorrales ralos y secos, partían ramajes que al tenderse por el suelo lo cubrían, sembrándolo de espinas de tal forma que difícilmente se podía caminar.

Habíamos llegado a una hondonada cuyos acantilados ocultaban todas las regiones circundantes; y el camino, que descendía cada vez de una manera más pronunciada, se hacía tan horrible, tan poco firme y tan lleno de baches, de salientes, de guijarros y de piedras rodadas, que
dificultaba cada vez más la marcha.

Había perdido ya de vista a todos mis jóvenes; muchísimos de ellos habían logrado salir de aquella senda insidiosa, dirigiéndose por otros atajos. Yo continué adelante. Cuanto más avanzaba másáspera era la bajada y más pronunciada, de forma que algunas veces me resbalaba, cayendo al suelo, donde
permanecía sentado un rato para tomar un poco de aliento. De cuando en cuando el guía acudía en mi auxilio y me ayudaba a levantarme. A cada paso se me encogían los tendones y me parecía que se me iban a descoyuntar los huesos de las piernas.

Entonces dije anhelante a mí guía: —Querido, las piernas se niegan a sostenerme. Me
encuentro tan falto de fuerzas que no será posible continuar el viaje. El guía no me contestó, sino que, animándome, prosiguió su camino, hasta que al verme cubierto de sudor y víctima de un cansancio mortal, me llevó a un pequeño promontorio que se alzaba en el mismo camino.
Me senté, lancé un hondo suspiro y me pareció haber descansado suficientemente. Entretanto observaba el camino que había recorrido ya; parecía cortado a pico, cubierto de guijarros y de piedras puntiagudas.

Consideraba también el camino que me quedaba por recorrer, cerrando los ojos de espanto, exclamando: —Volvamos atrás, por caridad. Si seguimos adelante, ¿cómo haremos para llegar al Oratorio? ¡Es imposible que yo pueda emprender después esta subida! Y el guía me contestó resueltamente: —Ahora que hemos llegado aquí, ¿quieres quedarte
solo?

Ante esta amenaza repliqué en tono suplicante: —¿Sin ti cómo podría volver atrás o continuar el viaje? —Pues bien, sígueme— añadió el guía.

Me levanté y continuamos bajando. El camino era cada vez más horriblemente pedregoso, de forma que apenas si podía permanecer de pie.

Y he aquí que al fondo de este precipicio, que terminaba en un oscuro valle, aparece un edificio inmenso que mostraba ante nuestro camino una puerta altísima y cerrada. Llegamos al fondo del precipicio. Un calor sofocante me oprimía y una espesa humareda, de color verdoso, se elevaba sobre aquellos murallones recubiertos de sanguinolentas llamas de fuego. Levanté mis ojos a aquellas murallas y pude comprobar que eran altas como una montaña y más aún.

[San] Juan Don Bosco preguntó al guía: .—¿Dónde nos encontramos? ¿Qué es esto? —Lee lo que hay escrito sobre aquella puerta —me respondió— , y la inscripción te hará
comprender dónde estamos. Miré y sobre la puerta se leía: Ubi non est redemptio. Me di cuenta de que estábamos a las puertas del infierno. El guía me acompañó a dar una vuelta alrededor de los muros de aquella horrible ciudad. De cuando en cuando, a una regular distancia, se veía una puerta de bronce, como la primera, al pie de una peligrosa bajada, y cada una de ellas tenía encima una inscripción diferente.

Discédite, maledicti, in ignem aeternum qui paratus est diabolo et ángelis eius... Omnis arbor quae non facit fructum bonum excidetur et in ignem mittetur. Yo saqué la libreta para anotar aquellas inscripciones, pero el guía me dijo: —¡Detente! ¿Qué haces? —Voy a tomar nota de esas inscripciones. —No hace falta: las tienes todas en la Sagrada Escritura; incluso tú has hecho grabar algunas bajo los pórticos.

Ante semejante espectáculo habría preferido volver atrás y encaminarme al Oratorio, pero el guía no se volvió, a pesar de que yo había dado ya algunos pasos en sentido contrario al que habíamos llevado hasta entonces.

Recorrimos un inmenso y profundísimo barranco y nos encontramos nuevamente al pie del camino pendiente quehabíamos recorrido y delante de la puerta que vimos en primer lugar. De pronto el guía se volvió hacia atrás con el rostro demudado y sombrío, me indicó con la mano que me retirara, diciéndome al mismo tiempo: —¡Mira! Tembloroso, miré hacia arriba y, a cierta distancia, vi que por aquel camino en declive bajaba uno a toda velocidad. Conforme se iba acercando intenté identificarlo y finalmente pude reconocer en él a uno de mis jóvenes.


LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO - PARTE 63 -

LA VID


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SUEÑO 67.—AÑO DE 1868.

(M. B. Tomo IX, págs. 157-164)



SEGUNDA PARTE


El viernes, 1 de mayo, [San] Juan Don Bosco continuó el relato: Como les dije ayer noche —prosiguió diciendo— me desperté pareciéndome haber oído el sonido de la campana, pero volví a amodorrarme y descansaba tranquilamente, cuando me sentí sacudido por segunda vez y me pareció encontrarme en mi habitación, en actitud de despachar mi correspondencia. Salí al balcón y durante un rato estuve contemplando la gigantesca cúpula de la nueva iglesia y seguidamente bajé a los pórticos. Poco a poco regresaban de sus ocupaciones los sacerdotes y los clérigos que me formaron corona. Entre otros estaban presentes [Beato] Miguel Don Rúa, Don Cagliero, Don Francesia y Don Savio. Estaba hablando con ellos de cosas diversas, cuando la escena cambió por completo. Desapareció la iglesia de María Auxiliadora, desaparecieron todos los edificios actuales del Oratorio y nos encontramos delante de la antigua casa Pinardi. Y he aquí que nuevamente comienza a brotar del suelo y en el mismo lugar que la anterior, una vid que parecía salir de las raíces de la otra, elevándose a igual altura, produciendo numerosos sarmientos horizontales, los cuales se cubrieron de hojas y de racimos de uva madura. Pero no apareció la turba de los jóvenes.


Los racimos eran tan grandes como los de la tierra prometida. Habría sido necesaria toda la fuerza de un hombre para levantar uno solo. Los granos eran extraordinariamente gruesos y de forma oblongada y de un color amarillo oro, dando una sensación de completa madurez. Uno solo de aquellos granos hubiera sido suficiente para llenar la boca. Su aspecto era tan agradable que la boca se hacía agua y parecía que estaban diciendo: ¡Cómeme!


También Don Cagliero contemplaba maravillado con [San] Juan Don Bosco y sus compañeros aquel espectáculo. [San] Juan Don Bosco exclamó: —¡Qué uva tan estupenda!


Y Don Cagliero, sin más cumplidos, se acercó a la viña, cogió algunos granos de uva y se echó uno a la boca y comenzó a masticarlo; pero al hacerlo sintió náuseas y lo arrojó fuera con fuerza. La uva tenía un gusto tan desagradable como el de un huevo podrido.


—¡Contad, —exclamó Don Cagliero después de haber escupido varias veces—, esto es un veneno capaz de causar la muerte a un cristiano.


Todos miraban y ninguno hablaba, cuando salió por la puerta de la antigua capilla un hombre de aspecto serio y resuelto, que se acercó a nosotros y se paró junto a [San] Juan Don Bosco. [San] Juan Don Bosco le preguntó: —¿Cómo es que una uva tan hermosa tiene un gusto tan malo?


Aquel hombre no contestó, sino que sin decir palabra fue a coger un haz de varas, eligiendo una nudosa y presentándosela a Don Savio se la ofreció diciéndole: —¡Toma y golpea esos sarmientos!
Don Savio se negó a hacerlo, dando un paso hacia trás.


Entonces aquel hombre se volvió a Don Francesia, le ofreció la vara o bastón y le dijo: —¡Toma y golpea! Y como a Don Savio le indicó el lugar que tenía que golpear. Don Francesia, encogiéndose de hombros y sacando un poco la barbilla, movió un poco la cabeza diciendo que no.


Aquel hombre se dirigió entonces a Don Cagliero y tomándolo de un brazo, le presentó el bastón diciéndole: —¡Toma, golpea, hiere y abate!—, y al mismo tiempo le indicaba el lugar donde lo tenía que hacer.  Don Cagliero, contrariado, dio un salto hacia atrás y dando una palmada exclamó: —¡Lo único que faltaba! El guía le reiteró la misma invitación, repitiendo: —¡Toma y golpea! Pero Don Cagliero, recalcando las palabras, comenzó a decir: —Yo, no; yo, no.


Y lleno de miedo corrió a esconderse detrás de mí. Al ver esto aquel personaje, sin inmutarse se presentó de la misma manera a [Beato] Miguel Don Rúa y le dijo: — Toma, golpea.


Pero [Beato] Miguel Don Rúa, al igual que Don Cagüero, corrió a ocultarse detrás de mí. Entonces me encontré frente a aquel hombre singular que, deteniéndose delante de mí, me dijo: —Toma y golpea tú esos sarmientos.


Yo hice un gran esfuerzo para comprobar si estaba soñando o si estaba en mi pleno conocimiento, y
pareciéndome que todo cuanto sucedía era real, dije a aquel personaje: —¿Quién eres tú que me hablas de esta manera? Dime el motivo por el que he de golpear esos sarmientos. ¿Es esto un sueño; algo irreal? ¿Qué significa todo esto? ¿En nombre de quién hablas? ¿Acaso lo haces en nombre del Señor? —Acércate a la vid —me respondió— y lee lo que hay escrito sobre las hojas.


Hice lo que se me había ordenado. Observé con atención las hojas y leí estas palabras: Ut quid terram óccupat. —¡Son palabras del Evangelio!—, exclamó mi guía. Lo había comprendido todo, pero me atreví a objetar: —Antes de golpear recuerda que en el Evangelio se lee también cómo el Señor, atendiendo a los ruegos del labrador, permitió que se estercolase la planta inútil y que se cavase a su alrededor, reservando el arrancarla para después de haber empleado sin resultado alguno todos los medios para hacerla fructificar.


—Bien; se podrá conceder una tregua al castigo, mas entretanto sigue observando. Y me señaló la vid. Yo miraba pero no entendía nada. —Ven y observa —me replicó—; lee: ¿Qué es lo que hay escrito en los granos de uva? [San] Juan Don Bosco se acercó y pudo comprobar que éstos llevaban todos escrito el nombre de uno de los alumnos y el de su culpa.


Yo leí y entre tan múltiples imputaciones recuerdo con horror las siguientes: Soberbio, Infiel a sus promesas, Incontinente, Hipócrita, Descuidado en todos sus deberes, Calumniador, Vengativo, Despiadado, Sacrílego, Despreciador de la autoridad de los superiores, Piedra de escándalo, Seguidor le falsas doctrinas. Vi los nombres de aquellos quorum Deus vénter est; de aquellos otros a los cuales scientia inflat; de los que quaerunt quae sua sunt, non quae Jesu Christi; de los que juzgan al reglamento y a los superiores. Vi también los nombres de ciertos desgraciados que estuvieron o que están actualmente con nosotros; y un gran número de nombres nuevos para mí, o sea, los de aquellos que con el tiempo estarán con nosotros. —He aquí los frutos que produce esta viña —dijo el personaje con continente serio—; son frutos amargos, malos, nocivos para la eterna salvación.


Y sin más saqué el cuaderno y tomando el lápiz quise escribir los nombres de algunos, pero el guía me tomó del brazo como la vez anterior y me dijo: —¿Qué haces? —Déjame escribir los nombres de los que conozco, a fin de poderles avisar en privado para que se corrijan. Fue inútil mi ruego. El guía no me lo consintió, y yo añadí: —Si yo les digo la situación y estado en que se encuentran, reaccionarán.


Y él a mí: —Si no creen al Evangelio, menos te creerán a ti. Continué insistiendo que me dejase tomar nota y disponer de algunas normas para el porvenir; pero aquel hombre no me respondió ni palabra, sino que se puso delante de [Beato] Miguel Don Rúa con el haz de los bastones invitándole a que cogiera uno: —¡Toma y golpea!


[Beato] Miguel Don Rúa, cruzando los brazos, bajó la cabeza y exclamó: —¡Paciencia!—, después dirigió una mirada a [San] Juan Don Bosco. [San] Juan Don Bosco hizo una señal de asentimiento y [Beato] Miguel Don Rúa, tomando una vara en sus manos, se acercó a la viña y comenzó a golpear en el lugar indicado. Pero había dado los primeros golpes, cuando el guía le hizo señas de que se detuviese, gritando a todos: —¡Retírense!


Entonces, todos nos alejamos. Nos quedamos observando y vimos que los granos de uva aumentaban de volumen, se hacían cada vez más gruesos y se tornaban repugnantes. Parecían caracoles sin la concha, pero conservaban el color amarillo y no perdían la forma de la uva. El guía gritó nuevament —¡Miren! Dejen que el Señor descargue su venganza.


Y he aquí que el cielo comienza a nublarse apareciendo una niebla tan densa que no se veía ni a poca distancia, quedando cubierta la vid por completo. Todas las cosas se tornaron oscuras. Comenzaron a brillar los relámpagos, sonaban los truenos y caían los rayos con tanta frecuencia en el patio, que nos sentimos llenos depavor. Se doblaban los sarmientos al impulso de un viento huracanado y las hojas volaban por los aires. Finalmente una horrible tempestad comenzó a azotar la viña. Yo quise huir pero el guía me detuvo diciendo: —¡Mira el granizo!


Miré y vi que el granizo era del grosor de un huevo; parte negro y parte rojo; por un lado era puntiagudo y por el otro achatado en forma de maza. El granizo negro caía cerca de donde yo estaba con violencia y más atrás caía el granizo rojo.


—¿Cómo es esto?, —dije—. En mi vida he visto ungranizo parecido a este. —Acércate —me dijo el desconocido— y verás. Me acerqué un poco al granizo negro, pero despedía un hedor
tan nauseabundo, que poco faltó para que cayera de espaldas. El guía insistía cada vez más para que me acercara. Por lo que cogí un grano para examinarlo, pero pronto hube de arrojarlo al suelo: ¡tan pestilente era el olor que despedía! Y dije: —No me es posible ver nada. Y el otro: —Mira bien y verás.


Y yo, haciéndome una violencia aún mayor, vi escrito sobre cada uno de aquellos pedacitos negros de hielo: Inmodestia. Me dirigí entonces hacia donde estaba el granizo rojo, que a pesar de su frialdad quemaba cuanto tocaba. Tomé en mis manos uno que hedía como el otro y pude leer un poco más fácilmente lo que sobre él estaba escrito: Soberbia. A la vista de esto me dije lleno de vergüenza: —¿Son, pues, estos los dos vicios principales que amenazan a ésta casa? —Estos son los dos vicios capitales que arruinan mayor número de almas, no sólo en tu casa, sino en todo el mundo. A su tiempo verás cuántos irán a parar al infierno impulsados por estos dos vicios. —¿Qué he de decir, pues, a mis hijos para que los aborrezcan? —Lo que has de decirles lo sabrás en breve. Y al decir esto se alejó de mí.


Entretanto, el granizo, al resplandor de los relámpagos y de los rayos, continuaba asolando furiosamente la viña. Los racimos quedaban aplastados, deshechos como si hubieran estado en el lagar bajo los pies de los pisadores, y soltaban todo el jugo. Un hedor horrible se esparció por el aire haciéndole irrespirable. De cada grano salía un olor diferente, pero uno era más soportable que el otro, según la diversidad de los pecados. No pudiendo resistir más me llevé el pañuelo a la nariz. Seguidamente me volví para dirigirme a mi habitación, pero no vi a ninguno de mis compañeros, ni a Don Francesia, ni a [Beato] Miguel Don Rúa, ni a Don Cagliero. Habían huido dejándome solo. Todo había quedado desierto y silencioso. Yo también me sentí presa entonces de tal espanto, que me di a la fuga y al intentarlo me desperté.


***************

«Como ven este sueño es en extremo desagradable, pero lo que sucedió la tarde y la noche posteriores a la aparición del sapo, lo diremos pasado mañana domingo, tres de mayo, y les aseguro que se trata de algo aun más desagradable. Ahora no pueden conocer las consecuencias,
pero como no hay tiempo para hablar de ellas, para no quitarnos más tiempo de descanso les dejo que vayan a dormir, reservándome el comunicárselos en otra ocasión». Hay que tener presente —continúa Don Lemoyne— que las faltas graves reveladas a [San] Juan Don Bosco no se refieren todas a aquellos tiempos, sino que se relacionan escalonadamente a una serie de años futuros. En efecto, el [Saanto] vio no solamente a los alumnos que habían estado y que estaban en la actualidad en el Oratorio, sino también a una infinidad de ellos cuyas fisonomías le eran completamente desconocidas y que pertenecían a sus Institutos diseminados por todo el mundo. La parábola de la viña estéril que se lee en él libro de Isaías abarca muchos siglos de historia.


Además, no conviene y no sería justo echar en olvido lo que dijo el guía a [San] Juan Don Bosco: «No todos estos jóvenes están ahora en el estado en que los ves, pero un día lo estarán si no cambian de conducta». Por la senda del mal se llega al precipicio.


Notemos, además, cómo ante la viña aparece un personaje del que el [Santo] asegura que le era
desconocido, pero que después se convierte en su guía e intérprete. En el relato de este sueño como en el de otros muchos, el [Santo] solía darle a veces el nombre de desconocido para ocultar, tal vez, la parte más grandiosa de cuanto había contemplado, indicio claro de la intervención sobrenatural en estos sueños.


Como le preguntásemos en distintas ocasiones, basados en la confianza íntima con que nos distinguía, sobre la naturaleza de este desconocido, aunque sus respuestas no fuesen explícitas, pudimos deducir de ciertos indicios que el guía no era siempre el mismo, siendo unas veces un Ángel del Señor, o algún alumno difunto, bien San Francisco de Sales, bien San José u otro santo...
En algunas ocasiones dijo de una manera concreta que había sido acompañado por Luis Comollo, por [Santo] Domingo Savio o por Luis Colle.


Primera Parte aquí  LA VID - SUEÑO 67

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO - PARTE 62 -


LA VID



SUEÑO 67.—AÑO DE 1868.

(M. B. Tomo IX, págs. 157-164)

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PRIMERA PARTE


La misma noche que [San] Juan Don Bosco contara a sus hijos del Oratorio los dos sueños precedentes que hemos ofrecido al lector bajo los títulos de: "El monstruo" y "La muerte, el juicio y el paraíso", el siervo de Dios prosiguió expresándose en estos términos:

Soñé, pues, por cuarta vez, lo que les voy a narrar.

******

La noche del jueves santo (9 de abril), apenas un leve sopor comenzó a invadirme, me pareció encontrarme bajo estos mismos pórticos, rodeado de nuestros sacerdotes, clérigos, asistentes y jóvenes. Después creí observar cómo vosotros desaparecían mientras que yo avanzaba un poco hacia el patio.

Me acompañaban [Beato] Miguel Don Rúa, Don Cagliero, Don Francesia, Don Savio, el jovencito Preti y un poco apartados José Buzzetti y Don Esteban Rumi, profesor del Seminario de Genova y gran amigo nuestro.

De pronto vi que el Oratorio actual cambió de aspecto asemejándose a nuestra casa tal como era en los primeros tiempos, cuando en ella vivían sólo mis acompañantes.

Tengan presente que el patio confinaba con amplios campos sin cultivar, completamente deshabitados que se extendían hasta los prados de la ciudadela, en los que los primeros jóvenes, jugaban frecuentemente.

Yo estaba debajo de las ventanas de mi habitación, en el mismo lugar ocupado hoy por el taller de carpintería y que entonces era un huerto.

Mientras estábamos sentados hablando de nuestras cosas y de la conducta de los jóvenes, he aquí que delante de esta pilastra (donde estaba apoyada la cátedra o tribuna desde la que hablaba el [Santo]) que sostiene la bomba y junto a la cual estaba la puerta de la Casa Pinardi, vimos brotar de la tierra una hermosísima vid, la misma que durante mucho tiempo estuvo en ese lugar.

Nosotros estábamos maravillados de la aparición de la vid después de tantos años y nos preguntábamos recíprocamente qué clase de fenómeno sería aquel.

Aquella planta crecía ante nuestros ojos elevándose de la tierra casi a la altura de un hombre. Cuando he aquí que comienza a extender sus sarmientos en número extraordinario por una parte y por otra y a cubrirse de pámpanos por doquier. En poco tiempo creció tanto que llegó a ocupar todo nuestro patio y mucho más. Lo más admirable era que sus sarmientos no apuntaban hacia arriba sino que seguían una dirección paralela a la del suelo formando un inmenso emparrado, quedando suspendida sin que hubiera nada que la sostuviera. Sus hojas eran verdes y hermosas y sus sarmientos de un vigor y lozanía verdaderamente sorprendentes; pronto aparecieron también hermosos racimos, que crecieron

[San] Juan Don Bosco y los que con él estaban, contemplaban maravillados todo aquello y se decían:
 —¿Cómo ha podido crecer esta vid en tan poco tiempo? ¿Cuál será la causa de este fenómeno?

Y el mismo [San] Juan Don Bosco dijo a los demás: —Esperemos a ver lo que sucede.

Yo seguía mirando con los ojos desmesuradamente abiertos y sin pestañear, cuando de pronto todos los granos de uva cayeron al suelo convirtiéndose en otros tantos jóvenes vivarachos y alegres que llenaron en un momento todo el patio del Oratorio y todo el espacio cubierto por la vid: aquellos muchachos saltaban, jugaban, gritaban, corrían por debajo de aquel singular emparrado, de forma que producía honda satisfacción el contemplarlos tan contentos. Allí estaban todos los jóvenes que estuvieron, están y estarán en el Oratorio, y en los demás colegios, pues a muchísimos de ellos ni los conocía.

Entonces, un personaje, que al principio no conocí —y vosotros sabéis que [San] Juan Don Bosco tiene siempre en sus sueños un guía—, apareció a mi lado contemplando él también a los muchachos. Pero de pronto un velo misterioso se extendió ante nosotros y dejamos de ver aquel agradable espectáculo.

Aquel velo, no mucho más alto que la viña, parecía adherido a los sarmientos de la vid en toda su longitud y bajaba al suelo a guisa de telón. Sólo se veía la parte superior de la vid, que parecía un amplio tapete verde.

Toda la alegría de los jóvenes había desaparecido en un momento trocándose en un melancólico silencio. —¡Mira!—, me dijo el guía señalándome la vid.

Me acerqué y vi aquélla hermosa vid que parecía cargada de uva cubierta nada más qué de hojas, sobre las cuales aparecían grabadas éstas palabras del Evangelio: Nihil invenit in ea!

Yo no sabía explicarme el significado de aquello y dije a aquel personaje: —¿Quién eres tú? ¿Qué significa esta vid?

El tal quitó el velo que había delante de la vid y debajo apareció solamente un cierto número de los muchísimos jóvenes que había visto antes, en gran parte desconocidos para mí.

—Estos son —añadió— los que teniendo mucha facilidad para hacer el bien no se proponen como fin el agradar al Señor, Son aquellos que hacen el bien para no desmerecer delante de sus compañeros. Los que observan con exactitud el reglamento de la casa, para librarse de las reprimendas y para no perder la estima de los superiorescon los cuales se muestran deferentes, pero sin sacar fruto alguno de sus exhortaciones y de los estímulos y cuidados de que serán objeto en esta casa. Su ideal es procurarse una posición honrosa y lucrativa en el mundo. No se preocupan de estudiar la propia vocación, desoyen la voz del Señor si les llama y al mismo tiempo disimulan sus intenciones temiendo algún daño. Son, en suma, los que hacen las cosas como a la fuerza, por eso sus obras de nada les sirven para la eternidad.

Esto dijo. ¡Oh, cuánto me disgustó ver en el número de aquellos a algunos a los cuales yo los creía muy buenos, amantes de nuestras cosas y sinceros!

Y el amigo añadió: —El mal no está todo aquí— y dejó caer el velo dejando al descubierto la parte superior de toda la vid. —Ahora, mira de nuevo— me dijo.

Miré aquellos sarmientos; entre las hojas había muchos racimos de uva que a primera vista me parecieron presagiar una buena vendimia. Y esto comenzaba a producirme honda satisfacción, pero al acercarme pude convencerme de que los racimos eran defectuosos y raquíticos; unos estaban cubiertos de una especie de moho, llenos de gusanos y de insectos que los devoraban; otros, habían sido picados por los pájaros y por las avispas; otros, estaban podridos y marchitos. Fijándome mucho me convencí de que nada de bueno se podía sacar de aquellos racimos; que lo único que hacían era impregnar el aire con el hedor fétido que de ellos emanaba.

Entonces el personaje levantó de nuevo el velo y: —¡Mira!—, exclamó. Y debajo de él apareció, no el número extraordinario de jóvenes que había visto al principio del sueño, sino muchísimos de ellos. Sus rostros, antes tan agradables, se habían tornado feos, torvos, llenos de asquerosas llagas. Paseaban encorvados, encogidos y melancólicos. Ninguno de ellos hablaba. Había allí algunos de los que estuvieron en esta casa y en los colegios, otros que actualmente están aquí presentes y muchísimos a los cuales yo no conocía. Todos estaban avergonzados sin atreverse a levantar la mirada.

Yo, los sacerdotes y algunos de los que me rodeaban estábamos atónitos, sin poder pronunciar palabra. Por fin pregunté a mi guía: —¿Cómo es esto? ¿Por qué estos jóvenes que al principio estaban tan contentos y tenían un aspecto tan agradable, se ven ahora tan tristes y con esos rostros tan desagradables? El guía contestó: —¡Estas son las consecuencias del pecado!

Los muchachos pasaban entretanto por delante de mí y el guía me dijo: —¡Obsérvalos detenidamente!

Hice lo que me había sido indicado y vi que todos llevaban escrito sobre la frente y en la mano el nombre de su pecado. Entre ellos reconocí a algunos que me llenaron de estupor. Siempre los había creído verdaderas flores de virtud y, en cambio, al presente veía que tenían el alma manchada con culpas gravísimas.

Mientras los jóvenes desfilaban, yo leía en sus frentes: Inmodestia, escándalo, malicia, soberbia, ocio, gula, envidia, ira, espíritu de venganza, blasfemia, irreligión, desobediencia, sacrilegio, hurto.

El guía me hizo observar:—No todos están ahora como los ves, pero llegarán a estarlo si no cambian de conducta. Muchos de estos pecados no son graves de por sí, pero son causa y principio de caídas terribles y de eterna perdición. Qui spernit módica, paulatim décidet. La gula engendra la impureza; el desprecio a los superiores conduce al menosprecio de los sacerdotes y de la Iglesia; y así sucesivamente.

Desconsolado a la vista de semejante espectáculo tomé la libreta, saqué el lápiz para anotar los nombres de los jóvenes que me eran conocidos y sus pecados o al menos la pasión dominante de cada uno, para avisarles e inducirles a que se corrigiesen. Pero el guía me tomó por el brazo y me preguntó: —¿Qué haces? —Voy a anotar los nombres que veo escritos en las frentes de esos muchachos, para poderles avisar y que se corrijan. —Eso no te está permitido— respondió el amigo —¿Por qué? —No faltan los medios para vivir libres de estas enfermedades. Tienen el reglamento: que lo observen; tienen a los superiores: que les obedezcan; tienen los Sacramentos, que los frecuenten. Tienen la confesión: que no la profanen callando pecados. Tienen la Sagrada Comunión: que no la reciban con el alma manchada por el pecado mortal. Que vigilen sus miradas, que huyan de los malos compañeros, que se abstengan de las malas lecturas y de las conversaciones inconvenientes, etcétera, etcétera.

Están en esta casa y el reglamento de la misma los puede salvar. Cuando oigan la campana, que obedezcan prontamente. Que no se valgan de subterfugios para engañar a los maestros y entregarse al ocio. Que no sacudan el yugo de los superiores, considerándolos como vigilantes importunos, como consejeros interesados, como enemigos, y que no canten victoria cuando consiguen encubrir sus faltas consiguiendo la impunidad de las mismas. Que sean respetuosos y que recen de buena gana en la iglesia y en los demás lugares destinados a la oración sin distraer a los demás ni charlar. Que en el estudio, estudien; que trabajen en el taller y que observen una compostura conveniente. Estudio, trabajo y oración: he aquí lo que los conservará buenos, etcétera.

A pesar de habérmelo prohibido, yo continué rogando insistentemente a mi guía que me dejase escribir los nombres. Y entonces él me arrebató resueltamente elcuaderno de las manos y lo arrojó al suelo diciendo: —Ya te he dicho que no hace falta que los escribas. Tus jóvenes, con la gracia de Dios y con la voz de la conciencia, pueden saber lo que tienen que hacer y lo que han de evitar. —Entonces —dije— ¿no puedo yo manifestarles nada de todo esto? Dime al menos lo que les debo decir; que avisos he de darles. —Podrás decirles, lo que recuerdes y desees.

Y dejó caer el velo y nuevamente apareció ante nuestros ojos la vid, cuyos sarmientos, casi desprovistos de hojas, ofrecían una hermosa uva coloreada y madura. Me acerqué, observé atentamente los racimos y vi que en realidad eran como me habían parecido a distancia. Daba gusto el contemplarlos, causando un verdadero placer a la vista. Esparcían alrededor una fragancia exquisita.

El amigo levantó inmediatamente el velo. Bajo aquel extenso emparrado había muchos de nuestros jóvenes que estuvieron, están y estarán con nosotros. Sus rostros eran muy bellos y todos estaban radiantes de felicidad. —Estos —me dijo el guía— son y serán aquellos que mediante tus solícitos cuidados producen y producirán buenos frutos, los que practican la virtud y te proporcionarán muchos consuelos.

Yo me alegré al oír esto; pero al mismo tiempo me sentí un poco afligido, porque dichos jóvenes no eran tantos como yo esperaba.

Mientras los contemplaba sonó la campana para el almuerzo y aquellos muchachos se marcharon. También los clérigos se dirigieron a sus obligaciones. Miré a mi alrededor y no vi a nadie. Hasta la vid con sus sarmientos y con sus racimos había desaparecido. Busqué al guía y no lo encontré. Entonces me desperté y pude descansar algo.

SEGUNDA PARTE: Continuará próxima entrega.

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO - PARTE 61 -



LA MUERTE, EL JUICIO, EL PARAÍSO


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SUEÑO 66.—AÑO DE 1868.

(M. B. Tomo IX, págs. 156-157)

Deseo que cuanto les voy a decir —continuó el [Santo] la misma noche en que comenzara ¡a narración del sueño anterior—, que cuanto les voy a contar quede entre nosotros. Les ruego que nada escriban sobre esto, ni que hablen de ello fuera de casa, pues no son cosas que se han de tomar a broma, como algunos podrían hacer; no quiero pensar que serían capaces de originar inconvenientes que sirvieran de disgusto a [San] Juan Don Bosco. A vosotros os cuento estas cosas con toda confianza porque son mis queridos hijos y por eso las deben escuchar como dichaspor un padre.

He aquí el primero de los sueños que yo quise pasar por alto y que me veo obligado a contarles:


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Desde los primeros días de la Semana Santa comencé a tener unos sueños que ocuparon mi imaginación y me molestaron durante varias noches. Estos sueños me producían además un gran cansancio, de forma que a la mañana siguiente de haber soñado me sentía tan falto de fuerzas como si hubiera pasado trabajando las horas del descanso, sintiéndome al mismo tiempo turbado e inquieto.


La primera noche soñé que había muerto. La segunda, que estaba en el juicio de Dios, dispuesto a dar cuenta de mis obras al Señor; pero en aquel momento me desperté y comprobé que estaba aún vivo y que, por tanto, disponía deun poco de tiempo todavía para prepararme mejor a una santa muerte. La tercera noche soñé que me encontraba en el Paraíso, donde me pareció estar muy bien y gozando mucho. Al despertarme por la mañana desapareció una tan agradable ilusión; pero me sentía resuelto a ganarme, a costa de cualquier sacrificio, el reino eterno que había contemplado mientras dormía.


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Hasta aquí se trata de cosas que no tienen importancia para vosotros ni de significado alguno que les pueda interesar. Se va uno a descansar preocupado por una idea, y es natural que, durante el sueño, se reproduzcan escenas relacionadas con las cosas en las cuales se ha estado pensando.

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO - PARTE 60 -


EL MONTRUO


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SUEÑO 65.—AÑO DE 1868.

(M. B. Tomo IX, págs. 155-156)


El 29 de abril [San] Juan Don Bosco anunció a los jóvenes: Mañana por la noche y el viernes y el domingo, tengo algo que decirles, pues si no lo hiciera, creo que moriría antes de tiempo. Tengo algo desagradable que comunicarles. Y deseo que estén presentes también los artesanos.

En la noche del 30 de abril, jueves, después de las oraciones, los artesanos desde el pórtico que solían ocupar vinieron a unirse a sus compañeros los estudiantes para oír las buenas noches del [Santo], que comenzó a decir:


Mis queridos jóvenes: Ayer noche les dije que tenía algo desagradable que contarles. He tenido un sueño y estaba decidido a no decirles nada, ya porque dudaba de que se tratara de un sueño, ya porque siempre que conté alguno, hubo algo que objetar o que observar por parte de alguien. Pero otro sueño me obliga a hablarles del primero, tanto más que desde hace algunos días he vuelto a ser molestado de nuevo por ciertas visiones o fantasmas, especialmente hace tres noches. Pues bien: saben que marché a Lanzo en busca de un poco de tranquilidad; la última noche que pasé en el Colegio, al ir a la cama y cuando comenzaba a dormirme vi en mi imaginación cuanto voy a decirles:


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Me pareció ver entrar en mi habitación un gran monstruo que, adelantándose, fue a colocarse a los pies de la cama. Tenía una forma asquerosísima de sapo y era grueso como un buey.

Yo lo miraba fijamente, conteniendo la respiración. El monstruo poco a poco iba aumentando de volumen; le crecían las patas, el cuerpo, la cabeza y cuanto más aumentaba su grosor más horrible era. Era de un color verde con una línea roja alrededor de la boca y del pescuezo que le hacían aún más terriblemente espantoso.

Sus ojos eran de fuego y sus orejas muy pequeñas. Yo decía entre mí mientras lo observaba: Pero el sapo no tiene orejas.

De su hocico partían dos cuernos y de los costados dos grandes alas de un color verduzco. Sus patas se parecían a las del león y por detrás tenía una larga cola que terminaba en dos puntas.


En aquel momento me pareció no tener miedo, pero aquel monstruo comenzó a acercarse cada vez más a mí, alargando su boca amplia y guarnecida de fuertes dientes.

Yo entonces me sentí invadido de un terror indecible. Lo creí un demonio del infierno, pues de ello tenía todas las trazas. Hice entonces la señal de la Cruz, pero de nada sirvió; toqué la campanilla, mas a aquella hora nadie acudió, nadie la oyó; comencé a gritar, pero todo fue en vano; el monstruo permanecía impasible.

—¿Qué quieres de mí —dije entonces—, demonio infernal?

Pero él se acercaba cada vez más enderezando y alargando las orejas. Después puso las patas anteriores sobre el borde de mi lecho y aferrándose con las patas posteriores a los barrotes, permaneció inmóvil un momento tras de haber saltado encima, con su mirada fija en mí.

Después, alargando el cuerpo, puso su hocico cerca de mi cara. Yo sentí tal escalofrío, que de un salto me senté en el lecho estando dispuesto a arrojarme al suelo; pero el monstruo abrió la boca. Hubiera querido defenderme, apartarlo de mí, pero era tan asqueroso que ni en aquellas circunstancias me atreví a tocarlo. Comencé a gritar, eché la mano hacia atrás buscando la pila del agua bendita, pero sólo lograba tocar la pared sin encontrar lo que buscaba, y el monstruo me aferró con su boca por la cabeza de tal forma que durante unos instantes la mitad de mipersona permaneció dentro de aquellas horribles fauces.

Entonces grité:

—En el nombre de Dios. ¿Por qué haces esto conmigo?

El sapo al escuchar mi voz se retiró un poco, dejando libre mi cabeza. Hice nuevamente la señal de la Santa Cruz y habiendo logrado meter los dedos en el agua benditabrocié con ella al monstruo. Entonces aquel demonio, lanzando un grito horrible, saltó hacia atrás y desapareció, pero mientras lo hacía, pude oír una voz que desde lo alto pronunció claramente estas palabras:

—¿Por qué no hablas?

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El Director de Lanzo, Don Lemoyne, se despertó aquella noche al escuchar mis ayes prolongados y oyó también cómo yo golpeaba la pared con lás manos. Por la mañana me preguntó:

—[San] Juan Don Bosco, ¿ha soñado esta noche?

—¿Por qué me lo preguntas?

—Porque he oído sus gritos.

De esta manera supe que era la voluntad de Dios que les contara lo que había visto, por lo que he determinado narrarles todo el sueño; de lo contrario traicionaría a mi conciencia; de esta forma creo también que me veré libre de ¡a presencia de ciertos fantasmas o apariciones que me atormentan.

Demos gracias al Señor por su misericordia y procuremos poner en práctica ¡os avisos que se nos den y servirnos de los medios que nos sean sugeridos para ayudarnos a conseguir la salvación de nuestras almas. En esta ocasión pude conocer el estado de la conciencia decada uno de vosotros.

Y dichas estas palabras [San] Juan Don Bosco se dispuso a narrar a sus muchachos el sueño siguiente.

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO - PARTE 59 -


LAS FIERAS DEL PRADO


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SUEÑO 64.—AÑO DE 1868.


(M . B . Tomo IX. págs. 134-135)

Y la carta en ¡a cual se relata el sueño anterior, escrita por Don Juan B. Lemoyne, a la sazón Director del Colegio de Lanzo, desde Turín, continúa:

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Y a Don Bosco le pareció encontrarse en un gran prado donde estaban todos vosotros, entretenidos en jugar y saltar; pero ¡horrible espectáculo! Leones de ojos encendidos como brasas; tigres que afilaban sus garras en el suelo; lobos que rondaban taimados alrededor de los grupos de los jóvenes; osos de aspecto repugnante que, sentados sobre las extremidades traseras abrían las patas delanteras para abrazarlos; en suma, animales de todas las especies recorrían en todas direcciones aquel prado. ¡Qué terrible compañía la suya! Más aún. ¡Qué inicuo proceder el de aquellos animales! Aquellas alimañas se arrojaban sobre vosotros furiosamente. Muchos de vosotros estaban tendidos en el suelo teniendo encima a aquellos monstruos que con las uñas los arañaban y les destrozaban las carnes a mordiscos causándoos la muerte. Muchos corrían desesperadamente perseguidos por tales alimañas, acudiendo a [San] Juan Don Bosco en demanda de auxilio.

Ante él las bestias feroces retrocedían. No faltaban quienes pretendían valerse por sí solos, pero no lo conseguían, pues la fuerza de los animales era enorme, despedazando entre sus garras a sus víctimas. Otros, miren qué insensatos, en vez de huir se detenían a contemplar a aquellos monstruos y les sonreían, y hasta pretendían jugar con ellos, como si les importase poco ser destrozados por los osos. El pobre [San] Juan Don Bosco corría de un lado para otro, se esforzaba en llamar a unos y a otros para que se acercasen a él, gritaba hasta enronquecer. Pero en vano; mientras algunos le obedecían, otros no le hacían caso.

El prado estaba sembrado de cadáveres de los pobres jóvenes víctimas de aquellos animales y de cuerpos heridos.

Los gemidos de éstos, los rugidos y los gritos de los animales feroces, las voces que daba [San] Juan Don Bosco, se mezclaban de una manera extraña. Y en medio de aquella tremenda barahúnda, [San] Juan Don Bosco se despertó por segunda vez.


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Este fue el sueño de [San] Juan Don Bosco y vosotros sabéis qué clase de sueños son los suyos. Vosotros se podréis imaginar la angustia de mi corazón al escuchar semejante relato. Si antes sentía grandemente separarme de vosotros, al escuchar este sueño, habría vuelto al instante sobre mis pasos, si la obediencia no me lo hubiera impedido. ¡Si no los quisiera tanto estaría más tranquilo!

¿Qué representan estos leones, tigres y osos? Son las diversas tentaciones del demonio. Algunos las vencen porque recurren al guía; otros terminan por ser víctimas de ellas, porque condescienden con ¡as malignas sugestiones de Satanás; otros aman al demonio y al pecado y se ofrecen insensatamente como blanco de sus asaltos. ¡Hijos míos! ¿Obrarán como valientes?¿Recordarán siempre que tienen un alma qué salvar? [San] Juan Don Bosco me dijo también:

—Yo vi a todos esos jóvenes: he conocido a ciertos zorros. Pero conservaré el secreto para mi y a nadie lo manifestaré. La primera ocasión en que vuelva a Lanzo diré a cada uno lo que le interesa. Esta vez el dolor de muelas no me ha permitido hablar a todos: otra vez que vuelva amonestaré a los que deben ser amonestados.

Por tanto, mis queridos hijos, yo nada sé porque [San] Juan Don Bosco nada me ha dicho; pero si ahora no sé nada, llegará un día en que lo sabré. Este será el día del juicio. Será muy doloroso para mí después de haber trabajado tanto, después de haber consumido mi juventud en medio de Vosotros, después de haberlos amado con todo mi corazón, tener que vivir, tal vez, separado de alguno de

Vosotros por toda la eternidad. Si ahora no comienzan a amar al Señor, ciertamente que cuando sean mayores no le amarán: Adolescens iuxta viam suam, etiam cum senuerit, non recedet ab ea.

Hijitos míos, no despreciéis mis palabras, que son las del querido [San] Juan Don Bosco. Empleen los pocos días que dura la vida en ganarse el Paraíso.

Recen para que mis ejercicios proceden bien y para que las pláticas reporten mucho fruto a las almas.


EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís