FRASES PARA SACERDOTES


Dice el demonio: de cierta forma estoy obligado a decir, tengo que decir esto: las mujeres deben llevar velo pero ya hace tiempo que no lo llevan por un querer del infierno.

De: La Eucaristía y lo que dicen los demonios. Padre Carlos Cancelado.

EL SACERDOTE ABRE LAS PUERTAS AL FUTURO DE DIOS PARA EL MUNDO

MARÍA VALTORTA - VOCACIÓN DE ESCUCHAR A CRISTO Y A MARÍA.





María Valtorta, mística italiana que nos dejó relatos de la vida de Jesús y María en la tierra, a través de su poema escrito en varios tomos: El Poema de El Hombre-Dios.

Lo notable es que estos relatos le fueron dictados por el propio Cristo, o por la misma Madre de Dios, o por visiones celestiales que la acompañaron durante largos años de su vida, siendo que María reconoce que nada puso ella de todo lo escrito, todo le fue dictado o mostrado en visiones.



María Valtorta nació el 14 de marzo de 1897 en Caserta (sur de Italia), transcurrió su vida en varias ciudades de la Italia septentrional. Desde niña experimentó hacia Cristo un reclamo casi profético: acompañarlo en el dolor, voluntariamente acogido y generosamente ofrecido. Siguiendo su ejemplo, asoció al dolor el amor hasta el punto de que se identificaran en una cosa sola. Y, a través de los sufrimientos, que ciertamente no eran un fin anhelado en la edad de los sueños y las esperanzas, cumplió en la madurez su vocación de donarse por completo.

Hija única de un oficial del ejército y de una ex profesora de francés, María era inteligente, sensible, volitiva, generosa, propensa a la cultura, tendente a una profunda espiritualidad. Su padre era bueno y afable; su madre, sin embargo, tan despótica, que obstaculizó y reprimió incluso sus más legítimas aspiraciones. A causa de ella, que dos veces truncó su incipiente interés sentimental, María no se casó, ni pudo gozar plenamente del vínculo afectivo con su padre ni cursar los estudios más adecuados a su personalidad ni ser libre en su práctica religiosa.

En 1904, a los siete años de edad, pasó al Instituto de las Religiosas Marcelinas, para iniciar allí los estudios elementales, distinguiéndose de inmediato como la “primera de la clase por la inteligencia, don de Dios”. En 1907 pasó a la escuela estatal, asistiendo contemporáneamente, por exigencia de su madre, a las lecciones de francés dadas por un grupo de religiosas expulsadas de Francia. 

Gracias a las religiosas francesas, en 1908 pudo recibir su Primera Comunión. Con gran dolor por su parte, el padre no asistió porque la madre había juzgado inútil su presencia. En 1909, por el despotismo de su madre y por la timidez de su padre debió dejar su casa para entrar en un internado (el Colegio Bianconi de las Hermanas de la Caridad de María Santísima Niña). Permaneció allí hasta 1913. 

Su carácter “generoso, firme, fuerte, fiel” mereció el sobrenombre de “valtortino”; su amor al estudio, al orden, a la obediencia le procuró ser citada como “alumna modelo”. Una vez más su madre se interpuso en su vida, y obligó a María a que estudiase Tecnología, aún cuando ella no tenía cualidades para las matemáticas. No superó las pruebas en ciencias exactas, por lo cual no tuvo más remedio que recuperar el tiempo perdido con todas sus fuerzas y terminar el programa clásico, consiguiendo el diploma. 

En 1913 su familia se trasladó a Florencia. Allí María conoció a Roberto, de hermosa presencia, rico y doctorado en literatura. Era muy bueno, serio y afable. Se quisieron mucho, “con un amor silencioso, paciente y respetuoso”. Pero inexorablemente la madre tronchó, en su nacimiento, aquel tierno sentimiento. Suerte que le cupo nueve años después, cuando se encontró con otro joven llamado Mario, “un joven cuya madre había muerto”. Al principio María trató con él para servirle de “luz”, de “guía”, para que “llegase a ser un buen hombre, y un valiente oficial”. Para María “amar era tan necesario como el respirar”, pero había de ir a Dios “después de haber visto cuán efímeros son los cariños humanos”. 

En 1916, “en un período tremendo, de desesperación y de ansias”, el Señor volvió a llamarla por medio de un sueño, que permaneció “vivo” en María durante toda la vida. En el sueño, María es socorrida por Jesús, cuyas palabras de admonición y de piedad, unidas a un gesto de absolución y de bendición, fueron para ella “un lavado que la purificó completamente”. Se despertó “con el alma iluminada por algo que no era terrenal”. 

En 1917 María entró en las filas de las enfermeras samaritanas, y durante dieciocho meses prodigó sus cuidados en el hospital militar de Florencia. Pidió que se le confiasen los soldados y no los oficiales porque “había ido a servir a los que sufren, no por alardes o para buscar marido”. Ejercitando la caridad se sintió obligada “dulcemente a acercarse cada vez más a Dios”. 

El gesto de su gradual inmolación partió de un golpe violento que sufrió el 17 de marzo de 1920. Iba con su madre por la calle “cuando un rapaz delincuente le pegó en los riñones con una barra de hierro, que había arrancado de una cama. Con todas sus fuerzas le dio un terrible golpe”. Permaneció en cama tres meses y fue como comenzar a saborear su futura y completa enfermedad. 

En ocasión de visitar a su tía Clotilde, “una mujer muy culta”, el Señor se sirvió de un libro para darle otro “impulso fuerte”. El Santo de Antonio Fogazzaro fue la novela que “imprimió en su corazón una señal, indeleble, una señal por demás buena”. 

María Valtorta experimentó en manera más sensible ciertas percepciones psíquicas, que ya en los años precedentes había advertido bajo la forma de “premoniciones” o de “otros hechos extraños”. Se trataba, en particular, de la sensación “como de que sus dedos se alargaban, se hicieran larguísimos hilos lanzados al espacio, y que estos hilos se fueran uniendo a otros iguales” que salían de otras personas, como con deseo de unirse entre sí. 

En septiembre de 1924, la familia Valtorta se trasladó definitivamente a Viareggio, en donde ocuparon una “casita” recién comprada. Allí, María continuó llevando una vida retirada, fuera de “alguna salida al mar o al bosque” y de las que hiciera “a comprar lo necesario para cada día”, lo que le permitía hacer visitas a Jesús Sacramentado, sin atraerse las iras de la madre. Había empezado para ella “una nueva etapa en su vida, en la que crecía más en Dios”. 

Atraída por el ejemplo de Santa Teresita del Niño Jesús, cuyo libro Historia de un Alma, leyó con sumo gusto. El 28 de enero de 1925 se ofreció como víctima al Amor Misericordioso, renovando después “cada día” este acto de ofrecimiento. A partir de ese momento creció sin medida su amor por Jesús, hasta llegar a sentir su presencia en sus propias palabras y en sus propias acciones. Llevada del ansia de servir a Dios, quiso entrar en la Compañía de San Pablo, pero tuvo que contentarse con desarrollar “un apostolado humilde, escondido, conocido sólo por Dios, fortalecido más por el sufrir que por el obrar”. Pero, a partir de 1929, cuando entró en la Acción Católica como delegada de cultura de los jóvenes, pudo darse abiertamente al bien de las almas, trabajando con entusiasmo y dando conferencias que atraían numerosos oyentes “aún entre los no practicantes”. 

En tanto venía madurando en ella la fuerte decisión de ofrecerse como víctima a la Justicia Divina, a lo cual se preparaba “con una vida que crecía cada vez más en pureza y mortificación”. Ya “de tiempo atrás” había “hecho los votos de virginidad, pobreza y obediencia”. Cumplió su nuevo acto de ofrecimiento el 1° de julio de 1931. Mas los sufrimientos físicos y espirituales no cedieron un sólo momento. 

El 4 de enero de 1933 fue el último día que María, caminando con extrema fatiga, pudo salir de casa. Y desde el 1° de abril de 1934 no se levantó ya más del lecho, dando inicio en un “intenso transporte de amor”, a su larga y penosa enfermedad. Se convirtió “en el instrumento de las manos de Dios”. Su misión era la de “sufrir, expiar y amar”. 

Escribió sin interrupción desde 1943 hasta 1947, y con intermitencias en los años siguientes hasta 1951. Usaba los cuadernos que el Padre Migliorini le seguía proporcionando, en los cuales escribía fluidamente de su propio puño con una pluma estilográfica. Aun en las fases agudas de su enfermedad y, a veces, entre dolores atroces, no dictó nunca, para no ser reemplazada ni siquiera en el acto de escribir. Ella misma había fabricado una carpeta que apoyaba sobre sus rodillas, de modo que sirviera de soporte al cuaderno.

La enfermedad crónica y la intensa actividad como escritora no impidieron que María Valtorta, que quiso permenecer ignorada durante su vida, siguiera los acontecimientos del mundo, recibiera visitas de personas conocidas, escribiera cartas y se dedicara a labores femeninas (sin contar con sus plegarias y penitencias, de las cuales fue testigo Marta Diciotti, asistente providencial y fiel compañera desde 1935).

Mas una vez terminada su misión de escritora, comenzó a entrar en un estado de dulce apatía, de misteriosa incomunicabilidad, que se fue acentuando a medida que pasaban los años, como si cada vez más la absorbiera una contemplación interior que, sin embargo, no alteraba su aspecto exterior. Sin recobrarse nunca -exceptuando algunos momentos de lucidez llenos de significado-, terminó sus días, en la casa de Viareggio, el 12 de octubre de 1961.

Descansa en Florencia, en una capilla que da al antiguo claustro de la Basílica de la Santísima Anunciación.

María Valtorta escribió de una vez, sin un esquema preparatorio y sin rehacer sus escritos, más o menos quince mil páginas de cuaderno. Esta notable producción literaria está publicada en quince volúmenes además de la Autobiografía. De ellos, diez encierran la obra mayor y cinco las obras menores.



La obra mayor es El Evangelio como me ha sido revelado. En sus diez volúmenes narra el nacimiento y la infancia de María y de su hijo Jesús, los tres años de la vida pública de Jesús, su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión al Cielo, Pentecostés, los albores de la Iglesia y la Asunción de María. Describe paisajes, ambientes, personas y acontecimientos con el brío de una representación. Delinea caracteres y situaciones con habilidad introspectiva. Expone alegrías y dramas con el sentimiento de quien es partícipe de ellos realmente. Explica circunstancias históricas, ritos, costumbres, características ambientales y culturales sagradas y profanas, con datos y detalles que los especialistas exentos de prejuicios consideran irreprochables. Y, sobre todo, expone, a través de la extensa narración de la vida terrenal de Cristo, toda la doctrina del cristianismo que la Iglesia Católica nos transmite.


FUENTES: es.mariavaltorta.com // revelacionesmarianas.com diosjesustehabla.com/mariavaltorta/home_valtorta_.htm

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