FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

LA SECULARIZACIÓN.


LA SECULARIZACIÓN HOY


En HUMANITAS Nro.36 

En HUMANITAS 34 (abril-junio,2004) publicamos el texto editorial de Civiltà Católica (nº 3.609) titulado “Laicos, laicidad y laicismo”. Como anunciáramos, damos continuidad a esta misma reflexión con el siguiente texto proveniente de la misma fuente (nº3641). (nota a pie de página. No muy chica la letra).

En la actualidad, todos constatan, de manera más o menos consciente y explícita, el hecho de vivir en un mundo secularizado. ¿Qué significa semejante constatación y qué consecuencias se pueden y .deben obtener de la misma? Es importante ante todo profundizar el sentido de la expresión “mundo secularizado”, del cual estamos teniendo la experiencia aun cuando a menudo no comprendemos su sentido profundo. “Mundo secularizado” significa evidentemente un mundo en el cual se ha dado y sigue dándose la experiencia de la “secularización”. Esta palabra, proveniente del latín medieval saecularis y del inglés secular, tiene dos significados radicalmente distintos.

Si se hace derivar de saecularis, esta palabra significa dos cosas: 1) apropiación de los bienes de la Iglesia por parte del Estado: se habla entonces de “secularización de los bienes eclesiásticos; 2) en derecho canónico, la “secularización” es un acto jurídico con el cual se permite a un religioso (es decir, una persona que habiendo hecho los votos de pobreza, castidad y obediencia vive en una comunidad dependiendo de un superior) permanecer fuera del convento o la casa religiosa, con dispensa de todo vínculo con la orden religiosa de la cual ha formado parte: mediante este acto, el religioso, si es sacerdote, pasa al clero “secular”, y si no lo es pasa a la condición de laico.

Si se hace, en cambio, derivar la palabra “secularización” del inglés secular, el término indica un fenómeno histórico específico, en virtud del cual a partir del siglo XIII, cuando surgió el “espíritu laico” (G. De Lagarde), la sociedad europea inició un proceso de separación y alejamiento de la religión cristiana y por tanto de afirmación de la propia autonomía en relación con la Iglesia y los preceptos religiosos y morales propuestos por la misma. En otras palabras, la secularización es por una parte la afirmación de la autonomía de los valores mundanos y “seculares” en relación con Dios, la Iglesia y los valores “cristianos”; por otra, es el proceso histórico, de muchos siglos de duración, de lucha entre la “religión”, que procuraba mantener en el “mundo” su propia influencia y su propia tutela, y el “mundo”, que procuraba ser autónomo en relación con la “religión” y basarse en principios no religiosos, rigiéndose por normas y ordenamientos no conformes o hasta contrarios a aquellos propuestos por la religión.

Por este motivo, cuando se habla de “secularización” de la cultura, la política o la sociedad, esto significa en primer lugar el proceso histórico que condujo a una cultura, una política y una sociedad “secularizadas”, proceso en que hubo una áspera lucha por parte de la cultura, la política y la sociedad con el fin de conquistar su propia autonomía en relación con la religión; en segundo lugar, significa el resultado de esa lucha, es decir, la cultura, la política y la sociedad “secularizadas”, por tanto autónomas en relación con la religión, ajenas a la misma, incluso contrarias a sus principios, a raíz de lo cual en definitiva se tiene una cultura secularizada, una sociedad secularizada y un mundo secularizado. En conclusión, al decir que hoy vivimos en un mundo secularizado, queremos afirmar que el mundo en el cual vivimos hoy es el resultado de un largo proceso histórico de secularización de todos los ámbitos de la vida humana: la cultura, los ordenamientos políticos y sociales, los modos de pensar y vivir, las ideas y las costumbres.

Es importante recordar que el proceso de secularización tuvo un doble resultado: la “secularidad” y el “secularismo”. Desde el punto de vista cristiano, se trata de una distinción de gran importancia. En realidad, por doloroso y traumático que haya sido para la Iglesia, el proceso histórico de secularización condujo al reconocimiento de la justa autonomía de las realidades terrenales y humanas -es decir, de la cultura, el Estado, la política, la vida social- en relación con la Iglesia y la reglamentación eclesiástica, o sea, a reconocer la laicidad y el carácter no confesional del Estado, la autonomía de la política y su no confusión con la religión, el hecho de que las realidades humanas tienen valores propios, leyes propias, métodos propios que no dependen de la religión.

Existe por tanto una “secularidad” muy positiva y una “laicidad” que el cristiano debe hacer propia y honrar en cuanto está en conformidad con el plano divino en la historia humana; pero el proceso de secularización tuvo otro resultado -el “secularismo”- que el cristiano no puede aceptar. Éste implica de hecho que las realidades humanas son absolutamente independientes de Dios y la ley moral cristiana, por lo cual Dios debe ser excluido en forma absoluta -como si no existiese (tamquam si Deus non esset)- de todo ámbito de la vida humana, social y personal; y tanto en las leyes y ordenamientos del Estado como en los comportamientos de las personas no deben considerarse en absoluto las leyes morales enseñadas por la doctrina cristiana.

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El proceso de secularización se desarrolló históricamente en tres ámbitos: la política, la cultura y la sociedad civil y las costumbres.

En las últimas décadas del siglo XX, en Europa se escribió mucho sobre la secularización en el ámbito de la política. Recientemente ha tratado muy bien el tema René Rémond, profesor de Historia Contemporánea de Francia y miembro de la Academia Francesa, en el libro La secularización. Religión y sociedad en la Europa contemporánea (La secolarizzazione. Religione e società nell’Europa contemporánea. Roma–Bari, Laterza, 1999). Para indicar el fenómeno del cual quiere hablar, descarta los términos “descristianización” y “laicización”, prefiriendo usar el de “secularización”, entendiendo en todo caso por el mismo sobre todo el secularismo. Considera que sería más apropiado -para indicar lo ocurrido en Europa en los siglos XIX y XX en las relaciones entre la política y la sociedad civil por una parte y la religión y las Iglesias cristianas por otra- el término “desreligionización”, pero “es demasiado poco feliz y prácticamente impronunciable” (p. 17).

Rémond destaca ante todo que, tratándose de Europa, la religión de la cual se habla es el cristianismo: de hecho Europa fue un continente totalmente cristianizado, hasta el punto que el cristianismo es un componente esencial de la identidad europea. En realidad, Europa fue formada por muchos pueblos, pertenecientes a razas y culturas diversas, que se constituyeron en naciones y Estados independientes; pero todos los pueblos y naciones de Europa llegaron a ser cristianos, aun cuando perteneciendo a distintas Iglesias: los pueblos del sur y el centro de Europa a la Iglesia Católica, los del norte en su mayoría a las Iglesias protestantes, y los del este a las Iglesias ortodoxas. Durante muchos siglos, la vida pública y privada de las poblaciones europeas estuvo regida por la doctrina, la moral y la liturgia cristianas; por otra parte, los Estados eran confesionales y el cristianismo era la religión del Estado. Entre la Iglesia y el Estado, entre la política y la religión había osmosis e interpenetración: la religión estaba presente en todas partes, y la intervención de la sociedad, especialmente de la autoridad pública, en la vida de la Iglesia, así como la intervención del Iglesia en la vida social y política, no se visualizaban como “ingerencias” de un poder ajeno.

“En el ancíen régime –señala Rémond-, el Estado es confesional: tiene una religión, exactamente como los individuos. No se concibe que pueda no tenerla: significaría hacer profesión de ateísmo. Ahora bien, también a nivel individual, el ateísmo es prohibido y perseguido. Si el Estado tiene una religión, ésta no puede ser más que una puramente, la del soberano. El territorio lleva consigo mismo la pertenencia religiosa. La elección del príncipe determina la confesión de los súbditos. Recíprocamente, toda infracción a la norma de la identidad entre la religión del príncipe y la de sus súbditos se percibe como una atentado a la autoridad del monarca y a la unidad del reino” (p. 44 s).

Esto no significa que entre los Estados y las Iglesias no surgiesen contrastes, a menudo gravísimos, especialmente con motivo de la pretensión de los soberanos de elegir a los obispos y otorgar los beneficios eclesiásticos, dar el placet y el exsequatur a las decisiones doctrinales y prácticas de la jerarquía; pero siempre se llegaba a arreglos y acuerdos entre los poderes civiles y eclesiásticos. Por otra parte, sin embargo, la religión cristiana presidía en todas las actividades culturales, sociales y caritativas, y el Estado velaba para que se respetasen las prescripciones cristianas culturales, morales y doctrinales, de manera que actuaba como brazo secular de la iglesia en el castigo de los herejes, vistos como enemigos tanto de la Iglesia como del Estado. Éste obtenía, por lo demás, parte de su propia legitimidad de la Iglesia, a la cual correspondía la consagración del soberano, que era un acto religioso, por el cual el soberano era un personaje sagrado: en sus comienzos, el Estado no era puramente confesional, sino también sacro.

Este enlace entre la política y la religión, entre el Estado y la Iglesia, duró hasta la Revolución Francesa. Según Rémond, la primera brecha en esta unión tan profunda entre la política y la religión fue abierta por la Revolución Francesa con la aprobación por la Asamblea Constituyente (26 de agosto de 1789) del artículo 10 de la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano: “Nadie debe ser perseguido por sus opiniones, incluso religiosas”. Con este artículo, la ciudadanía se desenganchaba de la confesión religiosa, de tal manera que para gozar de los derechos civiles y políticos ligados a la ciudadanía ya no era necesario pertenecer a la religión católica. Ésta se convertía en una “opinión religiosa” entre otras, que no incidía en la ciudadanía. Por consiguiente, era posible ser ciudadano para todos los efectos sin ser católico, incluso declarándose ateo.

La fractura con la situación del ancíen régime se hace más profunda con la Constitución civil del clero (1790), que impone a los eclesiásticos un juramento de fidelidad al nuevo orden, instaurado por el nuevo poder privando a la Iglesia de los registros de estado civil, introduciendo el matrimonio civil, disolviendo las órdenes religiosas y prohibiendo la emisión de votos religiosos, instaurando el divorcio (por primera vez se legalizaba un ordenamiento contrario a la enseñanza de la Iglesia), aboliendo la semana y sustituyendo el domingo por el “décadi” (N.T.: último día de la década en el año republicano francés), instituyendo la fiesta religiosa del Ser Supremo, y por último con los actos de violencia perpetrados contra los sacerdotes “refractarios”, los religiosos y religiosas, algunas de las cuales, como las carmelitas de Compiègne, fueron guillotinadas.

A pesar de darse en un proceso no lineal y suscitar violentas oposiciones, estas ideas, inspiradas en la total secularización de las relaciones de la sociedad política y civil con la religión cristiana, penetraron en todos los países europeos, rompiendo definitivamente la unidad y la fusión entre el orden político-civil y el orden religioso. De ahí surgieron luchas y enfrentamientos: los más ásperos se produjeron en torno al régimen familiar, con la introducción legalizada del divorcio; a la escuela y la educación de los jóvenes; a la propiedad y la gestión de las obras de “beneficencia” (término que sustituyó la expresión cristiana “caridad”); a la laicidad y neutralidad del Estado (¿el Estado debe tener una religión o ser aconfesional? ¿La religión debe tener relevancia pública o ser un hecho privado? ¿Las leyes del Estado deben regirse por los principios morales cristianos?); a la presencia en lugares públicos de símbolos religiosos (el crucifijo); al sustentamiento del personal eclesiástico y las obras del culto; a la libertad de conciencia.

De este modo, aun cuando el fenómeno se produce en diversos grados y por distintos caminos, en los siglos XIX y XX toda Europa se “seculariza” en forma gradual, pero inexorable. El grado extremo de este proceso de secularización tiene lugar en Francia, con la Ley de Separación, aprobada en 1905. La Iglesia y el Estado ya eran enemigos: fueron símbolos de este fenómeno la construcción de la Tour Eiffel, erigida en 1899, para celebrar el centenario de la Revolución Francesa y contraponerla a la basílica del Sagrado Corazón, edificada en la colina de Montmartre; y en Roma la construcción del monumento a Víctor Manuel II (el Altar de la Patria), iniciada en 1885 y terminada en 1911, para oponer la Italia moderna “unida” (Patriae unitati) y “libre” (Civium libertati) a la cúpula de San Pedro, símbolo de la Roma pontificia, enemiga de la unidad de Italia y la libertad de pensamiento.

Ciertamente, la ruptura de la unidad entre los Estados modernos y la Iglesia no impidió el establecimiento de relaciones concordatorias o de otro tipo, incluso en la Francia “separatista”. Sin embargo, en todos los Estados modernos hubo en lo sucesivo una tendencia a excluir lo más posible la religión de la vida del Estado y la sociedad civil, a no considerar los principios morales cristianos en la formación de las leyes y a ver en cada pronunciamiento de la Iglesia sobre la necesidad de no legalizar comportamientos en contraste con la ley moral -en los terrenos de la ética familiar, la sexualidad, la biogenética y la solidaridad humana- una “ingerencia” de la misma en la vida del Estado y un “atentado” a la laicidad y la autonomía estatal.

En todo caso, es importante advertir que si bien el proceso de secularización impuso graves obstáculos a la presencia y acción de la Iglesia en la sociedad moderna, por una parte le permitió reflexionar más a fondo sobre el problema de la libertad religiosa y llegar a formular en el Concilio Vaticano II la fundamental Declaración Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa, y por otra la independizó de los poderes públicos, quedando en libertad de organizarse de acuerdo con sus propias exigencias pastorales, por lo tanto sin que los reyes y príncipes, como ocurría en el ancíen régime, se hiciesen cargo de nombrar los obispos y se entrometiesen pesadamente (y ciertamente en beneficio de sus propios intereses y no de los fieles) en la vida de la Iglesia, sobre la base del régimen de “patronato”, llegando a intervenir en la elección del Papa.

Sucedió así lo que jamás había ocurrido en el pasado: por un lado surgió un fuerte laicado católico, que asumió la defensa de la Iglesia, también en el campo de la política, y le confirió gran vitalidad en el campo del apostolado cultural y social; por otro, el Pontificado romano, gracias al hecho de que en los últimos dos siglos de historia se han sucedido en la sede romana hombres de gran valor, ha adquirido un prestigio universal y ha gozado de un grado tal de autoridad moral que le han dado y hasta ahora le dan la posibilidad de hablar a todos los hombres en defensa de los valores humanos más elevados.

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La secularización en el ámbito de la cultura comenzó en Italia con el Humanismo y el Renacimiento, pero se desarrolló en sus expresiones más radicales en el siglo XVIII, con el iluminismo, caracterizado por la confianza en la capacidad de la razón para resolver todos los problemas de la existencia humana y asegurar a la humanidad un progreso cada vez mayor sin recurrir a la religión, en particular el cristianismo, declarado, por el contrario, irracional, mítico, supersticioso, contrario al progreso y por lo tanto nocivo.

El iluminismo surgió en Inglaterra con el empirismo de Locke y Hume, el deísmo de Toland y la moral natural de Shaftesbury; pero se desarrolló en Francia con Voltaire, Montesquieu, Rousseau, los enciclopedistas Diderot y d’Alembert, el sensualismo de Condillac, el materialismo de La Mettrie, Helvétius y Holbach y el inmoralismo libertino de Sade; y en Alemania con la crítica al cristianismo de Reimarus y Lessing y con el criticismo de Kant, que negó la validez de la metafísica, excluyendo por tanto la posibilidad de demostrar racionalmente la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, y también negó el orden sobrenatural, reduciendo la religión cristiana a los límites de la razón pura.

La secularización del pensamiento alcanzó su culminación en el siglo XIX, con el idealismo de Fichte y Hegel, el positivismo de Comte, el materialismo histórico de Marx y Engels, la alienación del hombre en Dios de Feuerbach, el evolucionismo de Darwin y Spencer, el monismo panteísta de Haeckel, el nihilismo de Nietzsche y el psicoanálisis de Freud; y en el siglo XX con el comunismo de Lenin y Stalin, el racismo de Hitler, el existencialismo de Sartre, la fenomenología ontológica de Heidegger, el análisis lingüístico de Wittgenstein, el neopositivismo de Camap, la filosofía analítica inglesa, para la cual el nombre mismo de Dios es “sin sentido”, y el “pensamiento débil” de Rorthy y de Vattimo.

En particular, la secularización caracterizó la mayor parte de la producción literaria y artística europea y la investigación científica, hasta el punto de establecer una oposición radical entre la ciencia y la fe y excluir a Dios del campo de las ciencias por considerarse un elemento de perturbación de la investigación científica, que sólo es válida si se mantiene en los límites de lo observable con los instrumentos y métodos de la ciencia, excluyendo toda posibilidad de recurrir a los principios metafísicos de causalidad y finalidad. Así, J. Monod, para explicar el origen y desarrollo de la vida en la tierra sin necesidad de referirse a una Causa Trascendente, recurre al “caso” y la “necesidad”, que en realidad nada explican científicamente.

Se ha llegado así a la secularización del hombre y la naturaleza. El hombre ya no es un ser creado a imagen de Dios -por tanto un ser corporal animado por un espíritu, dotado de inteligencia, conciencia, libertad y responsabilidad moral, destinado a vivir eternamente con Dios, su fin último y su felicidad suprema-, sino el producto de un determinado proceso evolutivo a raíz del cual es un animal superior a los otros, no por naturaleza, sino por la mayor capacidad intelectiva, debida a la mayor perfección cuantitativa y cualitativa de su cerebro. Es por tanto un ser puramente material, no dotado de un alma espiritual, sino de una mente (mind), cuyo funcionamiento está ligado a la estructura y el funcionamiento cerebral; un ser que nace bajo un determinado signo zodiacal, se desarrolla, envejece y muere sumiéndose en la nada al igual que todos los otros seres vivientes. Por este motivo, no tiene sentido hablar de “persona humana” y “dignidad y respeto a la persona humana y sus derechos inalienables”, prácticamente como si los animales carecieran de derechos al igual que el hombre.

En cuanto a la naturaleza, para el hombre secularizado no es creada por Dios y ordenada por Él con leyes propias, que el hombre debe respetar y a las cuales debe adecuarse para que esté al servicio de su bien físico y espiritual y no se vuelva en su contra y arruine su cuerpo y su espíritu; es, en cambio, el campo de actividad del hombre, que puede hacer con ella lo más indicado para satisfacer sus propias exigencias y sus propios instintos de gozo, dominio y explotación, por más irracional e insensato -y por consiguiente nocivo para la vida humana- que esto pueda ser. El único principio válido en el tratamiento de la naturaleza es que el hombre es señor absoluto de la misma y por tanto puede hacer todo cuanto es técnicamente posible, sin considerar principio moral alguno. Fruto de esta visión secularizada de la naturaleza son las “maravillas” que es capaz de hacer la ingeniería genética, sin importar si en definitiva son “contra el hombre”.

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Con todo, el punto más alto de la secularización -convertida así en pleno secularismo- se ha alcanzado en el ámbito de la sociedad civil y las costumbres. Así, se ha secularizado la transmisión de la vida con la legalización del aborto y la posibilidad de usar embriones humanos con fines terapéuticos; se ha secularizado la familia monógama e indisoluble con la legalización del divorcio y equiparándola con otras formas de unión conyugal, como las uniones de hecho y las uniones entre homosexuales; se ha secularizado la sexualidad, “liberada” de toda norma moral, declarada represiva y sexofóbica; se ha secularizado la muerte con la exclusión bastante frecuente de asistencia religiosa, la eutanasia y el suicidio asistido.

De este modo se ha creado una fractura radical entre lo que es moral y lo que es legal. Éste es un hecho nuevo en la historia europea, porque en los siglos anteriores la ley civil estaba en conformidad con la ley moral cristiana. “Hasta hace no mucho tiempo –observa Rémond- el Decálogo seguía siendo el punto de referencia al cual se atenían los gobiernos y las leyes y gozaba de consenso universal. Lo moral y lo legal coincidían y actualmente divergen. Es probablemente el aspecto más nuevo y radical de la secularización. Después de la religión, la moral también deja de ser un asunto de la sociedad para no ser más que una cuestión de conciencia individual” (p. 276 s).

Así, la moral se ha privatizado, convirtiéndose por tanto en un asunto individual, de tal manera que cada uno puede constituir “su” moral, así como puede constituir “su” religión, si lo desea.

Un aspecto fundamental del secularismo es aquel que ha intervenido en la comunicación social y sus instrumentos más importantes, a saber la radio, la televisión, el cine, la prensa, la música e Internet. La religión ocupa ahí un puesto marginal, y el interés “religioso” de dichos instrumentos se limita a lo que hay de curioso, escandaloso o espectacular en la vida y la práctica de la religión. No faltan ciertos programas de auténtico valor religioso, pero el clima general es de alejamiento y desinterés, y no rara vez de crítica áspera y desestima. Para muchos operadores de la comunicación social, la religión es un hecho que no puede ignorarse, aun cuando sólo se considere críticamente; pero no es un valor capaz de dar sentido a la vida o que al menos ayude a dar respuesta a las grandes interrogantes de la existencia. Para los más benévolos de ellos, es una bella ilusión, que puede ayudar a superar las angustias y tristezas de la vida, por lo cual es una señal de “debilidad” del espíritu.

Existe por último un aspecto del secularismo que merece especial atención: el del tiempo. En el pasado, el tiempo de la vida profana se organizaba de acuerdo con la liturgia cristiana: el domingo y las fiestas marcaban la alternancia entre el trabajo y el descanso y el calendario litúrgico guiaba el desarrollo de la vida social. Hoy el domingo es sustituido por el week end, que comienza el viernes en la noche y termina en la noche del domingo o la mañana del lunes. Una parte más o menos considerable de la población participa en la celebración eucarística en la noche del sábado o el día domingo, pero el sentido del week end, como lo siente y practica la mayor parte de la gente, no es religioso; es un tiempo de evasión de la vida corriente, por tanto de vacación y descanso. Además, el hecho de abrirse negocios el día domingo contribuye, según algunos, a suprimir el carácter de tiempo sacro del domingo.

En cuanto a las grandes fiestas religiosas (Navidad, Pascua, Asunción de María, Todos los Santos, Epifanía), además de permanecer, han adquirido un gran puesto en la vida de las personas, incluso las no creyentes. Con todo, han perdido casi completamente su propio significado religioso para asumir el carácter de vacaciones y convertirse en celebraciones de los afectos familiares y ocasiones de consumismo a veces desenfrenado y excesivo. Así, si bien la Navidad es hoy la fiesta más popular en todas partes, incluyendo el mundo no cristiano, puesto que se celebra tanto en Roma como en Tokio, no es ciertamente –o lo es solamente para algunos- para celebrar y honrar el nacimiento de Jesús.

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No sabemos si el secularismo se desarrollará en el futuro ni cómo esto tendrá lugar. En realidad, no faltan pensadores que hablan de “desaparición de la religión” o advenimiento de un tiempo totalmente no religioso; pero esto no es previsible por cuanto –a pesar del actual secularismo- no sólo no ha desparecido la religión de nuestro mundo, sino además existe un pulular de movimientos religiosos y sectas, que jamás ha existido en el pasado en la misma medida. También las grandes religiones están conociendo un “despertar” que las lleva expandirse más allá de sus confines históricos.

En cuanto al cristianismo, ciertamente no da señales de “estar a punto de morir” (J. Delumeau); por el contrario, muestra indicadores de vitalidad notables, como el florecimiento de numerosos movimientos eclesiales, el aumento, por moderado que sea, de las vocaciones sacerdotales y el voluntariado de inspiración cristiana. Ciertamente, sin embargo, el actual secularismo, que podrá asumir formas aún más radicales, sobre todo en el mundo juvenil y en el sector adulto de la población, principalmente en los países más ricos y desarrollados, plantea hoy en día estimulantes problemas a la Iglesia y su obra de evangelización.



Papas Juan Pablo II  y Benedicto XVI - La secularización.



“Dentro de la Iglesia existe hoy el riesgo de una secularización que se va deslizando, que puede traducirse en un culto eucarístico formal y vacío, en celebraciones privadas de aquella participación del corazón que se expresa en veneración y respeto por la liturgia” 
Papa Benedicto XVI durante la festividad del Corpus Christi en la basílica romana de San Juan de Letrán, catedral de Roma, en junio de 2009.

“La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una « gradual secularización de la salvación », debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral, que abarca al hombre entero y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables horizontes de la filiación divina.”
Papa Juan Pablo II de la Encíclica Redemptoris missio


Video.

Secularizacion - Alejandro Bermudez con Enrique Elias

Monseñor François-Xavier Nguyen van Thuan

Monseñor Francois-Xavier Nguyen van Thuan
nació en 1928 en Hue, región central de Vietnam.
Fue ordenado sacerdote en 1953 y obispo de Nhatrang en 1967.
Thuan proviene de familia de mártires. Fue nieto del ilustre Gran Chambelán Ngo Dinh Kha, también Mariscal de Palacio, Comandante de la Guardia Imperial, Gran Sabio asistente al trono y tutor imperial. Su sueño siempre fue la independencia de Vietnam, ideal por el que también murireron mártires algunos de sus hijos, entre ellos Ngo Dinh Diem, tío de Thuan, Primer Ministro y Presidente de Vietnam, asesinado tras el golpe de estado durante la revolución comunista, en 1963.

Este hombre tan amado por Thuan, influyo decisivamente en él y la espiritualidad para políticos que al final de su vida definió con clarividencia sobrenatural. Otros tres tíos de Thuan caminaron también por este sendero del mártiro y el exilio: Ngo Dinh Khoi, Gobernador de Hanoi; Ngo Dinh Luyen, Consejero jefe de la Presidencia; y Ngo Dinh Nhu, exiliado en 1963. Igualmente Ngo Dinh Tuc, tío y mentor, obispo de Vinh Long.

Van Thuan nació en Phu Cam en la diócesis de Hue, Provincia de Tua Thien, Vietnam, en abril 17, 1928. Fue el mayor de 8 hermanos; 3 varones, y 5 mujeres. Su Padre, Nguyen Van Am, paso a la vida eterna el 1ro de julio de 1993, en Sydney, Australia. Su madre Ngo Dinh Thi Hiep, con difundida y bien ganada fama de santidad, tiene actualmente 101 años de edad y vive en Sydney, Australia con su hija Anne Ham Tieu).

Vietnam cuenta con gran número de mártires católicos. De 1644 hasta 1888 los reyes y emperadores vietnamitas arremetieron contra la minoría católica. El resultado 150,000 martires: obispos, sacerdotes, religiosos y laicos. Más de 3000 Iglesias fueron incendiadas, comunidades cristianas enteras, destruídas, y sus hogares saqueados y quemados. 


Para Thuan y sus padres, la supervivencia por medio de la resistencia, fue testimonio del poder de Cristo Crucificado.

Desde muy pequeño, Fr. Thuan se desarrollo en un ambiente de profunda fe católica ante al ejemplo de su madre Elizabeth. Cada mañana, su madre, les contaba historias de la Biblia y de los mártires de Vietnam, especialmente de sus ancestros. Lo introdujo también a la vida de Santa Teresita del Niño Jesús, recalcando su testimonio de amor y perdón.

Presentamos a continuación apartes de su testimonio:

Me llamo Francisco Nguyen van Thuan y soy vietnamita... 

Hasta el 29 de abril de 1975 fui, por ocho años, obispo de Nhatrang, en el centro de Vietnam, la primera diócesis que me fue confiada, donde me sentía feliz, y por la cual sigo sintiendo predilección. El 23 de abril de 1975 Pablo VI me nombró arzobispo coadjutor de Saigón. Cuando los comunistas llegaron a Saigón, me dijeron que mi nombramiento era fruto de un complot entre el Vaticano y los imperialistas para organizar la lucha contra el régimen comunista. Tres meses después fui llamado al palacio presidencial para ser arrestado: era el día de la Asunción de la Virgen, 15 de agosto de 1975. 

Esa noche, durante el trayecto de 450 km que me lleva al lugar de mi residencia obligatoria, vinieron a mi mente muchos pensamientos confusos: tristezas, abandono, cansancio, después de tres meses de tensiones surge en mi mente claramente una palabra que disipa toda oscuridad, la palabra que Mons. John Walsh, obispo misionero en China, pronunció cuando fue liberado después de doce años de cautiverio: “He pasado la mitad de mi vida esperando”. Es una gran verdad: todos los prisioneros, incluido yo mismo, esperan cada minuto su liberación. Pero después decidí: “Yo no esperaré. Voy a vivir el momento presente colmándolo de amor”. 

No es una inspiración improvisada, sino una convicción que he madurado durante toda la vida. Si me paso el tiempo esperando quizá las cosas que espero nunca lleguen. Lo único que con seguridad me llegará será la muerte. 

En el pueblo de Cay Vong, donde se me designó la residencia obligatoria, bajo vigilancia abierta y oculta de la policía, “confundida” entre el pueblo, día y noche me sentía obsesionado por el pensamiento: “¡Pueblo mío! ¡Pueblo mío que tanto amo: rebaño sin pastor! ¿Cómo puedo entrar en contacto con mi pueblo, precisamente en el momento en que tienen más necesidad de su pastor?

Las librerías católicas han sido confiscadas; las escuelas, cerradas; las religiosas y religiosos que enseñaban han sido enviados a trabajar a los arrozales. La separación es un shock que me parte el corazón. 

“Yo no esperaré. Voy a vivir el momento presente colmándolo de amor; pero ¿cómo?”. 

Una noche viene la luz: “Francisco, es muy simple, haz como San Pablo cuando estuvo en prisión: escribía cartas a varias comunidades”. 

Así fue como comenzó a escribir cartas que luego compusieron los libros por él escritos. 

La gracia de Dios me dio la energía para trabajar y continuar, aún en los momentos de más desesperanza. El libro lo escribí de noche en mes y medio, pues tenía miedo de no terminarlo: temía que me trasladasen a otro lugar. 

En el pasaje del evangelio que narra la multiplicación de los panes y los peces, los apóstoles habrían querido elegir el camino más fácil: “Despide a la gente para que busquen alojamiento y comida...” Pero Jesús quiere actuar en el momento presente: “Dadles vosotros de comer” (Lc 9, 13). En la cruz, cuando el ladrón le dijo: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”, Jesús le dijo: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 42-43). En la palabra “hoy” sentimos todo el perdón, todo el amor de Jesús. 

Una vez, la Madre Teresa de Calcuta me escribió: “Lo importante no es el número de acciones que hagamos, sino la intensidad del amor que ponemos en cada acción”. 

¿Cómo llegar a esta intensidad de amor en el momento presente? Pienso que debo vivir cada día, cada minuto, como el último de mi vida. Dejar todo lo que es accesorio, concentrarme sólo en lo esencial. Cada palabra, cada gesto, cada conversación telefónica, cada decisión es la cosa más bella de mi vida; reservo para todos mi amor, mi sonrisa; tengo miedo de perder un segundo viviendo sin sentido... 

Escribí en el libro El camino de la esperanza: “Para ti el momento más bello es el momento presente (cf Mt 6, 34; St 4, 13-15). Vívelo en la plenitud del amor de Dios. Tu vida será maravillosamente bella si es como un cristal formado por millones de esos momentos. ¿Ves como es fácil?” (El camino de la esperanza, 997). 

Queridos jóvenes, en el momento presente Jesús os necesita. Juan Pablo II os llama insistentemente a hacer frente a los retos del mundo actual: “Vivimos en una época de grandes transformaciones, en la que declinan rápidamente ideologías que parecía que podían resistir el desgaste del tiempo, y en el planeta se van modificando los confines y las fronteras. Con frecuencia la humanidad se encuentra en la incertidumbre, confundida y preocupada (cf Mt 9, 36), pero la Palabra de Dios no pasa; recorre la historia y, con el cambio de los acontecimientos, permanece estable y luminosa (Mt 24, 35). La fe de la Iglesia está fundada en Jesucristo, único Salvador del mundo: ayer, hoy y siempre (cf Hb 13, 8)” (Juan Pablo II, Mensaje para la XII Jornada Mundial de la Juventud, 1997, n. 2.). 


Preso por Cristo 

Jesús, ayer por la tarde, fiesta de la Asunción de María, fui arrestado. Transportado durante toda la noche de Saigón hasta Nhatrang, a cuatrocientos cincuenta kilómetros de distancia, en medio de dos policías, he comenzado la experiencia de una vida de prisionero. 

Hay tantos sentimientos confusos en mi cabeza: tristeza, miedo, tensión; con el corazón desgarrado por haber sido alejado de mi pueblo. 

Humillado, recuerdo las palabras de la Sagrada Escritura: “Ha sido contado entre los malhechores” (Lc 22, 37). 
He atravesado en coche mis tres diócesis: Saigón, Phanthiet, Nhatrang con profundo amor a mis fieles, pero ninguno de ellos sabe que su pastor está pasando la primera etapa de su via crucis. 
Pero en este mar de extrema amargura, me siento más libre que nunca. 

No tengo nada, ni un céntimo, excepto mi rosario y la compañía de Jesús y María. De camino a la cautividad he orado: “Tú eres mi Dios y mi todo”. 

Jesús, ahora puedo decir como san Pablo: “Yo, Francisco, prisionero de Cristo” (Ef 3,1) 
En la oscuridad de la noche, en medio de este océano de ansiedad, de pesadilla, poco a poco me despierto: “Debo afrontar la realidad”. 

“Estoy en la cárcel. Si espero el momento oportuno de hacer algo verdaderamente grande, ¿cuántas veces en mi vida se me presentarán ocasiones semejantes? 

No, aprovecho las ocasiones que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria”.


Jesús, no esperaré; vivo el momento presente colmándolo de amor.
La línea recta está formada por millones de puntitos unidos entre sí. También mi vida está integrada por millones de segundos y de minutos unidos entre sí.
Dispongo perfectamente cada punto y mi línea será recta.
Vivo con perfección cada minuto y la vida será santa.
El camino de la esperanza está enlosado de pequeños pasos de esperanza.
La vida de esperanza está hecha de breves minutos de esperanza.

Como Tú, Jesús, que has hecho siempre lo que le agrada a tu Padre. Cada minuto quiero decirte: Jesús, te amo; mi vida es siempre una “nueva y eterna alianza” contigo.
Cada minuto quiero cantar con toda la Iglesia:
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo...




Video.

Vaticano Pide Testimonios Sobre El Cardenal Van Thuan







Extractos del video:

Mons. Giampaolo Crepaldi
Secretario, Pontificio Consejo Justicia y Paz

ORIGINAL ITALIANO

En la prisión tuvo la tentación de la desesperación y en ese momento dijo: tengo al Señor y al tener al Señor tengo todo porque Dios es todo, es la totalidad. El cardenal encarnaba esa lección, porque todo lo que le sucedía, incluso en este dicasterio, desde lo más importante a las cosas más triviales, todo lo ofrecía a Dios.



Monseñor Crepaldi, quien fue uno de los amigos más cercanos del cardenal, también recuerda su buen humor.



Mons. Giampaolo Crepaldi
Secretario, Pontificio Consejo Justicia y Paz

ORIGINAL ITALIANO

Lo que más me impresionaba del cardenal era su capacidad para imitar con gran ironía y sutileza, todo y a todos. Imitaba al Papa, a los grandes cardenales de la Curia romana, siempre con una gran sensibilidad. Su humorismo fue una gran lección, pues llevaba las cosas de la Iglesia a su verdadera dimensión. 


El Cardenal Van Thuan fue presidente del Pontifico Consejo Justicia y Paz hasta su muerte el 16 de Septiembre del 2002. La causa de beatificación se inicia oficialmente en el año 2009. Después hay que esperar el estudio de un milagro, porque como dice Monseñor Crepaldi, sin milagro no hay beatificación.

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LOS CINCO DEFECTOS DE JESÚS



Por Monseñor Francois-Xavier Nguyen van Thuan.

Detenido en 1975 por su condición de obispo y encarcelado durante 13 años en las cárceles del Vietcong, nueve de ellos en completo aislamiento, en el año 2000 Juan Pablo II encarga a monseñor Van Thuan impartir los ejercicios espirituales de Cuaresma ante la curia vaticana.

Al comienzo de los mismos, monseñor Van Thuan relata cómo a pesar de las duras condiciones de su prisión, su esperanza inquebrantable en Jesús despierta la admiración e incomprensión de sus compañeros de prisión y guardianes. He aquí el admirable testimonio que dio sobre su seguimiento a Jesús.

Primer defecto: Jesús no tiene buena memoria
Segundo defecto: Jesús no sabe de matemáticas
Tercer defecto: Jesús no sabe de lógica
Cuarto defecto: Jesús es un aventurero
Quinto defecto: Jesús no entiende ni de finanzas ni de economía

Y nosotros hemos creído en el amor

Parábola del dracma perdido de Doménico Fetti. 1617. Palacio Pitti. Florencia.

En la prisión mis compañeros que no son católicos, quieren comprender «las razones de mi esperanza». Me preguntan amistosamente y con buena intención: «¿Por qué lo ha abandonado usted todo: familia, poder, riquezas, para seguir a Jesús? ¡Debe de haber un motivo muy especial! ». Por su parte, mis carceleros me preguntan: «¿Existe Dios verdaderamente? ¿Jesús? ¿Es una superstición? ¿Es una invención de la clase opresora? ».

Así pues, hay que dar explicaciones de manera comprensible, no con la terminología escolástica, sino con las palabras sencillas del Evangelio.


Primer defecto: Jesús no tiene buena memoria


En la cruz, durante su agonía, Jesús oyó la voz del ladrón a su derecha: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino» (Lc 23, 42). Si hubiera sido yo, le habría contestado: «No te olvidaré, pero tus crímenes tienen que ser expiados, al menos, con 20 años de purgatorio». Sin embargo Jesús le responde: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43). Él olvida todos los pecados de aquel hombre.

Algo análogo sucede con la pecadora que derramó perfume en sus pies: Jesús no le pregunta nada sobre su pasado escandaloso, sino que dice simplemente: «Quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor» (Lc 7, 47).

La parábola del hijo pródigo nos cuenta que éste, de vuelta a la casa paterna, prepara en su corazón lo que dirá: «Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros» (Lc 15, 1819). Pero cuando el padre lo ve llegar de lejos, ya lo ha olvidado todo; corre a su encuentro, lo abraza, no le deja tiempo para pronunciar su discurso, y dice a los siervos, que están desconcertados: «Traed el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en la mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado» (Lc 15, 22-24).

Jesús no tiene una memoria como la mía; no sólo perdona, y perdona a todos, sino que incluso olvida que ha perdonado.


Segundo defecto: Jesús no sabe matemáticas


Si Jesús hubiera hecho un examen de matemáticas, quizá lo hubieran suspendido. Lo demuestra la parábola de la oveja perdida. Un pastor tenía cien ovejas. Una de ellas se descarría, y él, inmediatamente, va a buscarla dejando las otras noventa y nueve en el redil. Cuando la encuentra, carga a la pobre criatura sobre sus hombros (cf. Lc 15, 47).

Para Jesús, uno equivale a noventa y nueve, ¡y quizá incluso más! ¿Quién aceptaría esto? Pero su misericordia se extiende de generación en generación...

Cuando se trata de salvar una oveja descarriada, Jesús no se deja desanimar por ningún riesgo, por ningún esfuerzo. ¡Contemplemos sus acciones llenas de compasión cuando se sienta junto al pozo de Jacob y dialoga con la samaritana, o bien cuando quiere detenerse en casa de Zaqueo! ¡Qué sencillez sin cálculo, qué amor por los pecadores!



Tercer defecto: Jesús no sabe de lógica


Una mujer que tiene diez dracmas pierde una. Entonces enciende la lámpara para buscarla. Cuando la encuentra, llama a sus vecinas y les dice: «Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido» (cf. Lc 15, 89).

¡Es realmente ilógico molestar a sus amigas sólo por una dracma! ¡Y luego hacer una fiesta para celebrar el hallazgo! Y además, al invitar a sus amigas ¡gasta más de una dracma! Ni diez dracmas serían suficientes para cubrir los gastos...

Aquí podemos decir de verdad, con las palabras de Pascal, que «el corazón tiene sus razones, que la razón no conoce»

Jesús, como conclusión de aquella parábola, desvela la extraña lógica de su corazón: «Os digo que, del mismo modo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta» (Lc 15, 10).


Cuarto defecto: Jesús es un aventurero


El responsable de publicidad de una compañía o el que se presenta como candidato a las elecciones prepara un programa detallado, con muchas promesas.

Nada semejante en Jesús. Su propaganda, si se juzga con ojos humanos, está destinada al fracaso.

Él promete a quien lo sigue procesos y persecuciones. A sus discípulos, que lo han dejado todo por él, no les asegura ni la comida ni el alojamiento, sino sólo compartir su mismo modo de vida.

A un escriba deseoso de unirse a los suyos, le responde: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Mt 8, 20).

El pasaje evangélico de las bienaventuranzas, verdadero «autorretrato» de Jesús, aventurero del amor del Padre y de los hermanos, es de principio a fin una paradoja, aunque estemos acostumbrados a escucharlo:

«Bienaventurados los pobres de espíritu..., bienaventurados los que lloran..., bienaventurados los perseguidos por... la justicia..., bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mt 5, 312).

Pero los discípulos confiaban en aquel aventurero. Desde hace dos mil años y hasta el fin del mundo no se agota el grupo de los que han seguido a Jesús. Basta mirar a los santos de todos los tiempos. Muchos de ellos forman parte de aquella bendita asociación de aventureros. ¡Sin dirección, sin teléfono, sin fax...!


Quinto defecto: Jesús no entiende ni de finanzas ni de economía


Recordemos la parábola de los obreros de la viña: «El Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Salió luego hacia las nueve y hacia mediodía y hacia las tres y hacia las cinco.., y los envió a sus viña». Al atardecer, empezando por los últimos y acabando por los primeros, pagó un denario a cada uno (cf. Mt 20, 116).

Si Jesús fuera nombrado administrador de una comunidad o director de empresa, esas instituciones quebrarían e irían a la bancarrota: ¿cómo es posible pagar a quien empieza a trabajar a las cinco de la tarde un salario igual al de quien trabaja desde el alba? ¿Se trata de un despiste, o Jesús ha hecho mal las cuentas? ¡No! Lo hace a propósito, porque -explica-: «¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?».


Y nosotros hemos creído en el amor


Pero preguntémonos: ¿por qué Jesús tiene estos defectos? Porque es Amor (cf. 1 Jn 4, 16). El amor auténtico no razona, no mide, no levanta barreras, no calcula, no recuerda las ofensas y no pone condiciones.

Jesús actúa siempre por amor. Del hogar de la Trinidad él nos ha traído un amor grande, infinito, divino, un amor que llega -como dicen los Padres- a la locura y pone en crisis nuestras medidas humanas.

Cuando medito sobre este amor mi corazón se llena de felicidad y de paz. Espero que al final de mi vida el Señor me reciba como al más pequeño de los trabajadores de su viña, y yo cantaré su misericordia por toda la eternidad, perennemente admirado de las maravillas que él reserva a sus elegidos. Me alegraré de ver a Jesús con sus «defectos», que son, gracias a Dios, incorregibles.

Los santos son expertos en este amor sin límites. A menudo en mi vida he pedido a sor Faustina Kowalska que me haga comprender la misericordia de Dios. Y cuando visité Paray-le-Monial, me impresionaron las palabras que Jesús dijo a santa Margarita María Alacoque: «Si crees, verás el poder de mi corazón».

Contemplemos juntos el misterio de este amor misericordioso.


Texto está extraído del libro Testigos de esperanza de F.X. Nguyen van Thuan,publicado por la Editorial Ciudad Nueva en el año 2000 (págs. 26-31), y reproducido con previa autorizaciòn por la web http://www.devocionario.com

MENSAJES DEL CIELO - SAN MIGUEL ARCÁNGEL.


MENSAJES DE SAN MIGUEL ARCÁNGEL

San Miguel Arcángel siempre ha sido el mensajero de Dios, el encargado de avisaros y guiaros en los tiempos difíciles, porque Dios no ha dejado nunca solos a sus hijos. Ya estáis en los últimos tiempos, si no hacéis caso de los mensajes, si no hacéis caso de los mandamientos, yo abandonare esta tierra y Dios también, y Sodoma y Gomorra serán mejor tratadas que esta tierra, a la que Iahvé nuestro Dios ha centrado su mirada. Pero aquellos que aman a Dios y cumplen sus mandamientos serán bendecidos por Dios, y nada ni nadie les podrá hacer daño.

A vosotros os toca cambiar o seguir como estáis, pero recordar que cuando vengan los días de oscuridad, el miedo se apoderara de vosotros, no sabréis que hacer ni a donde ir y entonces no tendréis más remedio que pedirle a Dios, pero no como le pedís ahora sino con el corazón sincero, y no os va a escuchar.

Ahora a vosotros os toca cambiar o no cambiar. Recordaros que se puede cambiar el rumbo de las cosas con peticiones sinceras, con oraciones, con pequeños sacrificios y sobre todo visitar el Santísimo, que es donde está el Señor esperando con los brazos abiertos. Ya no lo hagáis por el cura, hay curas buenos y curas malos. Si los curas están ahí es porque Dios quiere que estén.


 


1º MENSAJE. DICIEMBRE DE 2007.

Creéis que el Papa que ha muerto es el último, pero no es así, Satanás os ha confundido, el último Papa es este. Debéis de cuidarlo y pedir por Él, porque después de este Papa vendrá el antipapa. Recordar y decir este mensaje a todas las naciones "que este es vuestro último Papa".

2º MENSAJE. MAYO DE 2008.

De parte del inefable el infalible y del Jehová, el todo poderoso, os quiero mandar un mensaje para toda la Humanidad:
Os vienen siete años de miseria, y de catástrofes y calamidades. Debéis de ser fuertes y debéis de ahorrar más, no gastar tanto, los bancos ya no darán préstamos. Y después de estos siete años vendrá una guerra hasta que se cumplan los días del final de los tiempos. Muchos de vosotros no creéis que esto va a pasar, pero vendrá y con vuestros ojos lo veréis, veréis al que traspasaron, en el cielo, su señal será para toda la Humanidad. Este será el principio y el final de los tiempos, pero no el fin del mundo. Decir a todas las gentes lo que habéis oído y prepararos para lo que viene.

3º MENSAJE. MAYO DE 2008.

De parte del que es, del que era y del que será, vengo para daros un mensaje muy triste para vosotros: dentro de diecisiete años vendrá un terremoto que destruirá la tercera parte de la Humanidad. Ir y contarlo a las generaciones, a todas las partes del mundo, que esto sucederá. Es muy triste para mí daros este mensaje, pero como la Humanidad no cambia, el todo poderoso así lo ha decidido.
Os recuerdo que la Señora, vuestra Madre del Cielo, solamente os pide rezar el rosario y pedir por todos, visitar el Sagrario y Cumplir los mandamientos y los estatutos. Si lo hacéis con fe y con corazón, estaréis salvados.

4º MENSAJE. JULIO DE 2008.

De parte del que es:
A todos los médicos que dicen que son, y que están cometiendo tantos crímenes con los bebés y también con la eutanasia: todo el que cometa estos crímenes será destruido de la mano de mi hermano Samael. Todos los que cometan los abortos van a ser destruidos. De parte del que es, porque ya es insostenible que los bebés de nuestro Señor sean destruidos. Que todos esos médicos lo sepan y sepan esto de advertencia, para ellos. Es la última oportunidad que se les da. Todo el que cometa un crimen de esos “un aborto” será destruido, y el que cometa la eutanasia también será destruido. Solamente Dios tiene potestad para quitar la vida, igual que para darla.

5º MENSAJE. SEPTIEMBRE DE 2008.

De parte del inefable el infalible y del Jehová, el todo poderoso, os quiero mandar un mensaje para toda la Humanidad:
Dentro de unos años, el pánico financiero hará que caiga la bolsa en todo el mundo. No podréis sacar dinero de los bancos y todo se paralizará. 
Decir a todas las gentes lo que habéis oído, y prepararos para lo que viene.

6º MENSAJE. OCTUBRE DE 2008.

De parte del inefable el infalible y del Jehová, el todo poderoso, os quiero mandar un mensaje para toda la Humanidad:
Los Sacerdotes buenos los están quitando. Hay que cuidarlos más, ir más a misa y confesarse, porque luego ya no lo podréis hacer. Los reconoceréis porque dan el pan y el vino en la Eucaristía, los malos solo dan el pan.
Decir a todas las gentes lo que habéis oído, y prepararos para lo que viene.

7º MENSAJE. JUNIO DE 2009.

Esto dice el que Es, el que Era, y el que Será. A Él la gloria por siempre jamás: Voy a mandar a mi siervo a la tierra para liberaros de vuestro yugo, vuestro tiempo de cautiverio, está cerca su final. Prepararos para recibirle, pues viene de parte de Mí y porque hay muchos de vosotros que estáis esperándolo desde mucho tiempo. Que Dios os bendiga. 

MAGISTERIO DE LOS SUMOS PONTÍFICES SOBRE EL CELIBATO (Parte 9)

6. SS. PABLO VI.


(Quinta de varias entregas del punto 6) 

PABLO VI

Aspectos pastorales (Continuación)

3. Dolorosas deserciones

La verdadera responsabilidad

83. En este punto, nuestro corazón se vuelve con paterno amor, con gran estremecimiento y dolor hacia aquellos desgraciados, mas siempre amadísimos y queridísimos hermanos nuestros en el sacerdocio, que, manteniendo impreso en su alma el sagrado carácter conferido en la ordenación sacerdotal, fueron o son desgraciadamente infieles a las obligaciones contraídas al tiempo de su consagración.

Su lamentable estado y las consecuencias privadas y públicas que de él se derivan mueven a algunos a pensar si no es precisamente el celibato propiamente responsable en algún modo de tales dramas y de los escándalos que por ellos sufre el Pueblo de Dios. En realidad, la responsabilidad recae no sobre el sagrado celibato en sí mismo, sino sobre una valoración a su tiempo no siempre suficiente y prudente de las cualidades del candidato al sacerdocio, o sobre el modo con que los sagrados ministros viven su total consagración.
Motivos para las dispensas

84. La Iglesia es sensibílisima a la triste suerte de estos sus hijos y tiene por necesario hacer toda clase de esfuerzos para prevenir o sanar las llagas que se le infieren con su defección. Siguiendo el ejemplo de nuestros inmediatos predecesores, de s. m., también hemos querido y dispuesto que la investigación de las causas que se refieren a la ordenación sacerdotal se extienda a otros motivos gravísimos no previstos por la actual legislación canónica (ef. CIC, can.214; nuevos cán.290-291), que pueden dar lugar a fundadas y reales dudas sobre la plena libertad y responsabilidad del candidato al sacerdocio y sobre su idoneidad para el estado sacerdotal, con el fin de liberar de las cargas asumidas a cuantos un diligente proceso judicial demuestre efectivamente que no son aptos.
Justicia y caridad de la Iglesia

85. Las dispensas que eventualmente se vienen concediendo, en un porcentaje verdaderamente mínimo en comparación con el gran número de sacerdotes sanos y dignos, al mismo tiempo que proveen con justicia a la salud espiritual de los individuos, demuestran también la solicitud de la Iglesia por la tutela del sagrado celibato y la fidelidad integral de todos sus ministros. Al hacer esto, la Iglesia procede siempre con la amargura en el corazón, especialmente en los casos particularmente dolorosos en los que el negarse o rehusar llevar dignamente el yugo suave de Cristo se debe a crisis de fe o a debilidades morales, por lo mismo frecuentemente responsables y escandalosas.

Llamamiento doloroso

86. ¡Oh si supiesen estos sacerdotes cuánta pena, cuánto deshonor, cuánta turbación proporcionan a la santa Iglesia de Dios; si reflexionasen sobre la solemnidad y la belleza de los compromisos que asumieron y sobre los peligros en que van a encontrarse en esta vida y en la futura; serían más cautos y más reflexivos en sus decisiones, más solícitos en la oración y más lógicos e intrépidos para prevenir las causas de su colapso espiritual y moral.

Maternales atenciones de la Iglesia

87. La madre Iglesia dirige particular interés hacia los casos de los sacerdotes todavía jóvenes que habían emprendido con entusiasmo y celo su vida de ministerio. ¿No les es quizá fácil hoy, en la tensión del deber sacerdotal, experimentar un momento de desconfianza, de duda, de pasión, de locura? Por esto, la Iglesia quiere que, especialmente en estos casos, se tienten todos los medios persuasivos, con el fin de inducir al hermano vacilante a la calma, a la confianza, al arrepentimiento, a la recuperación, y sólo cuando el caso ya no presenta solución alguna posible, se aparta al desgraciado ministro del ministerio a él confiado.

La concesión de las dispensas

88. Si se muestra irrecuperable para el sacerdocio, pero presenta todavía alguna disposición seria y buena para vivir cristianamente como seglar, la Sede Apostólica estudiadas todas las circunstancias, de acuerdo con el ordinario o superior religioso, dejando que al dolor venza todavía el amor, concede a veces la dispensa pedida, no sin acompañarla con la imposición de obras de piedad y de reparación, a fin de que quede en el hijo desgraciado, mas siempre querido, un signo saludable del dolor maternal de la Iglesia y un recuerdo más vivo de la común necesidad de la divina misericordia.

Estímulo y aviso

89. Tal disciplina, severa y misericordiosa al mismo tiempo, inspirada siempre en justicia y en verdad, en suma prudencia y discreción, contribuirá sin duda a confirmar a los buenos sacerdotes en el propósito de una vida pura y santa, y servirá de aviso a los aspirantes al sacerdocio para que, con la prudente guía de sus educadores, avancen hacia el altar con pleno conocimiento, con supremo desinterés, con arrojo de correspondencia a la gracia divina y a la voluntad de Cristo y de la Iglesia.
Consuelos

90. No queremos, por fin, dejar de agradecer con gozo profundo al Señor advirtiendo que no pocos de los que fueron desgraciadamente infieles por algún tiempo a su compromiso, habiendo recurrido con conmovedora buena voluntad a todos los medios idóneos, y principalmente a una intensa vida de oración, de humildad, de esfuerzos perseverantes sostenidos con la asiduidad al sacramento de la penitencia, han vuelto a encontrar, por gracia del sumo Sacerdote, la vía justa y han llegado a ser, para regocijo de todos, sus ejemplares ministros.

4. La paternidad del obispo

El obispo y sus sacerdotes

91. Nuestros queridísimos sacerdotes tienen el derecho y el deber de encontrar en vosotros, venerables hermanos en el episcopado, una ayuda insustituible y valiosísima para la observancia más fácil y feliz de los deberes contraídos. Vosotros los habéis recibido y destinado al sacerdocio, vosotros habéis impuesto las manos sobre sus cabezas, a vosotros os están unidos para el honor sacerdotal y, en virtud del sacramento del orden, ellos os hacen presentes a vosotros en la comunidad de sus fieles, a vosotros os están unidos con ánimo confiado y grande, tomando sobre sí según su grado, vuestros oficios y vuestra solicitud [44]. Al elegir el sagrado celibato, han seguido el ejemplo, vigente desde la Antigüedad, de los obispos de Oriente y Occidente. Lo que constituye entre el obispo y el sacerdote un motivo nuevo de comunión y un factor propicio para vivirla más íntimamente.

Responsabilidad y caridad pastoral

92. Toda la ternura de Jesús por sus apóstoles se manifestó con toda evidencia cuando El los hizo ministros de su cuerpo real y místico (cf. Jn 13,17); y también vosotros, en cuya persona «está presente en medio de los creyentes nuestro Señor Jesucristo, pontífice sumo»[45], sabéis que lo mejor de vuestro corazón y de vuestras atenciones pastorales se lo debéis a los sacerdotes y a los jóvenes que se preparan para serlo[46]. Por ningún otro modo podéis vosotros manifestar mejor esta vuestra convicción que por la consciente responsabilidad, por la sinceridad e invencible caridad con la que dirigiréis la educación de los alumnos del santuario y ayudaréis con todos los medios a los sacerdotes a mantenerse fieles a su vocación y a sus deberes.

El corazón del obispo

93. La soledad humana del sacerdote, origen no último de desaliento y detentaciones, sea atendida ante todo con vuestra fraterna y amigable presencia y acción[47]. Antes de ser superiores y jueces, sed para vuestros sacerdotes maestros, padres, amigos y hermanos buenos y misericordiosos, prontos a comprender, a compadecer, a ayudar. Animad por todos los modos a vuestros sacerdotes a una amistad personal y a que se os abran confiadamente, que no suprima, sino que supere con la caridad pastoral el deber de obediencia jurídica, a fin de que la misma obediencia sea más voluntaria, leal y segura. Una devota amistad y una filial confianza con vosotros permitirá a los sacerdotes abriros sus almas a tiempo, confiaron sus dificultades en la certeza de poder disponer siempre de vuestro corazón para confiaron también las eventuales derrotas, sin el servil temor del castigo, sino en la espera filial de corrección, de perdón y de socorro, que les animará a emprender con nueva confianza su arduo camino.

Autoridad y paternidad

94. Todos vosotros, venerables hermanos, estáis ciertamente convencidos de que devolver a un ánimo sacerdotal el gozo y el entusiasmo por la propia vocación, la paz interior y la salvación, es un ministerio urgente y glorioso que tiene un influjo incalculable en una multitud de almas. Si en un cierto momento os veis constreñidos a recurrir a vuestra autoridad y a una justa severidad con los pocos que, después de haber resistido a vuestro corazón, causan con su conducta escándalo al Pueblo de Dios, al tomar las necesarias medidas procurad poneros delante todo su arrepentimiento. A imitación de nuestro Señor Jesucristo, pastor y obispo de nuestras almas (cf. 1 Pe 2,25), no quebréis la caña cascada ni apaguéis la mecha humeante (Mt 12,20); sanad como Jesús las llagas (cf. Mt 9,12), salvad lo que estaba perdido (cf. Mt 18,11), id con ansia y amor en busca de la oveja descarriada para traerla de nuevo al calor del redil (cf. Lc 15,4s) e intentad como El, hasta el fin (cf. Lc 22,48), el reclamo al amigo infiel.

Magisterio y vigilancia

95. Estamos seguros venerables hermanos, de que no dejaréis de tentar nada por cultivar asiduamente en vuestro clero, con vuestra doctrina y prudencia, con vuestro fervor pastoral, el ideal sagrado del celibato; y que no perderéis jamás de vista a los sacerdotes que han abandonado la casa de Dios, que es su verdadera casa, sea cual sea el éxito de su dolorosa aventura, porque ellos siguen siendo por siempre hijos vuestros.

EL SECRETO ADMIRABLE DEL SANTÍSIMO ROSARIO por San Luis María Grignon de Monfort (Parte 3)



Segunda Decena

Excelencia del Santo Rosario por las oraciones de que está compuesto.

11a Rosa


34) El Credo o Símbolo de los Apóstoles -que se reza sobre la cruz del Rosario- por ser un santo resumen y compendio de las verdades cristianas, es una oración de gran mérito, porque la fe es la base, el fundamento y el principio de todas las virtudes cristianas, de todas las virtudes eternas y de todas las oraciones agradables a Dios. "Accedentem ad Deum credere oportet" (1). Quien se acerca a Dios ha de empezar por creer, y cuanto mayor sea su fe, tanta más fuerza y mérito en sí misma tendrá la oración y tanta más gloria dará a Dios.

No me detendré a explicar las palabras del Símbolo de los Apóstoles; pero no puedo menos de aclarar estas tres primeras palabras: "Credo in unum Deum", "Creo en Dios", que encierran los actos de las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Tienen maravillosa eficacia para santificar el alma y abatir a los demonios. Con estas palabras han vencido muchos santos las tentaciones, principalmente las que iban contra la fe, la esperanza y la caridad durante su vida o en la hora de la muerte. Éstas fueron las últimas palabras que San Pedro mártir escribió  con el dedo sobre la arena lo mejor que pudo, cuando rota la cabeza por un sablazo de un hereje estaba a punto de expirar. 

35) Como la fe es la única llave para entrar en todos los misterios de Jesús y María encerrados en el Santo Rosario, conviene empezarlo rezando el Credo con muy devota atención, y cuanto mayor y más viva sea nuestra fe, tanto más meritorio será el Rosario. Es preciso que la fe sea viva y animada por la caridad: es decir, que para rezar bien el Rosario es necesario estar en gracia de Dios o en busca de esta gracia; es necesario que la fe sea fuerte y constante; es decir, que no hay que buscar en la práctica del Santo Rosario solamente el gusto sensible y el consuelo espiritual, o -lo que es lo mismo- que no hay que dejarlo porque se tenga una enormidad de distracciones involuntarias en el espíritu, un inexplicable tedio en el alma, un pesado fastidio y un sopor casi continuo en el cuerpo. No son precisos gusto, ni consuelo, ni suspiros, fervor y lágrimas, ni aplicación continua de la imaginación, para rezar bien el Rosario.

Bastan la fe pura y la buena intención. "Sola fides sufficit" (2).

12a Rosa 

36) El padrenuestro u oración dominical tiene la primera excelencia en su autor, que no es hombre ni ángel, sino el Rey de los ángeles y de los hombres, Jesucristo. Convenía -dice San Cipriano- que aquel que venía a darnos la vida de la gracia como Salvador nos enseñase el modo de orar como celestial Maestro. La sabiduría de este divino Maestro se manifiesta bien en el orden, la dulzura, la fuerza y la claridad de esta oración divina; es corta, pero rica en enseñanzas, inteligible para la gente sencilla y llena de misterios para los sabios. 

El padrenuestro encierra todos los deberes que tenemos para con Dios, los actos de todas las virtudes y la súplica de todos nuestros bienes espirituales y corporales. Contiene, dice Tertuliano, el compendio del Evangelio. Aventaja, dice Tomás de Kempis, a todos los deseos de los santos, contiene en compendio todas las dulces sentencias de los salmos y de los cánticos; pide cuanto necesitamos, alaba a Dios de un modo excelente, eleva el alma de la tierra al cielo y la une estrechamente con Dios.

37) San Crisóstomo dice que quien no ora como el divino Maestro ha orado y enseñado a orar no es su discípulo, y Dios Padre no escucha con agrado las oraciones que compuso el espíritu humano, sino las de su Hijo, que Él nos ha enseñado.

Debemos rezar la oración dominical con la certeza de que el Eterno Padre la oirá favorablemente, puesto que es la oración de su Hijo, al que siempre atiende, y nosotros miembros de Cristo. ¿Cómo ha de negarse tan buen Padre a una súplica tan bien fundada, apoyada como está en los méritos e intercesión de tan digno Hijo? 

San Agustín asegura que el padrenuestro bien rezado quita los pecados veniales. El justo cae siete veces cada día. La oración dominical contiene siete peticiones por las cuales podemos remediar estas caídas y fortificarnos contra los enemigos. Es oración corta y fácil para que, como somos frágiles y estamos sujetos a muchas miserias, recibamos rápido auxilio, rezándole frecuente y devotamente.

38) Salid de vuestro error, almas devotas que despreciáis la oración que el mismo Hijo de Dios ha compuesto y ordenado para todos los fieles; vosotros, que sólo estimáis las oraciones compuestas por los hombres, como si el hombre, aun el más esclarecido, supiese mejor que Jesucristo cómo debemos orar. Buscáis en los libros de los hombres el modo de alabar y orar a Dios, como si os avergonzaseis del que su Hijo nos ha prescrito. Os persuadís de que las oraciones que están en los libros son para los sabios y para los ricos y el Rosario es sólo para las mujeres, para los niños, para el pueblo, como si las alabanzas y oraciones que leéis fueran más hermosas y agradables a Dios que las contenidas en la oración dominical. Es peligrosa tentación sentir hastío de la oración que Jesucristo nos ha recomendado para aficionarse a las  oraciones compuestas por los hombres. No desaprobamos las compuestas por los santos para excitar a los fieles a alabar a Dios, pero no podemos sufrir que las prefieran a la oración que salió de la boca de la Sabiduría Encarnada y que dejen el manantial para correr tras los arroyos y que desdeñen el agua clara para beber la turbia. Porque al fin el Rosario, compuesto de la oración dominical y de la salutación angélica, es esa agua clara y perpetua que brota del manantial de la gracia, mientras que las otras oraciones que buscan en los libros no son sino pequeños arroyos que se derivan de ella.

39) Podemos llamar dichoso a quien, rezando la oración del Señor, pese atentamente cada palabra; ahí encuentra cuanto necesita y cuanto pueda desear. Cuando rezamos esta admirable oración, cautivamos desde el primer momento el corazón de Dios, al invocarle con el dulce nombre de Padre. "Padre nuestro", el más tierno de todos los padres, todopoderoso en la creación, admirabilísimo en la conservación del universo, amabilísimo en su Providencia, bonísimo e infinitamente bueno en la Redención. Dios es nuestro Padre, nosotros somos hermanos, el cielo es nuestra patria y nuestra herencia. ¿No nos inspirará esto, al mismo tiempo, el amor a Dios, el amor al prójimo y el desprendimiento de todo lo terreno? Amemos, pues, a un Padre como ése, y digámosle mil y mil veces: "Padre nuestro, que estás en el cielo." Vos que llenáis el   cielo y la tierra por la inmensidad de vuestra esencia, que estáis presente en todas partes; Vos que estáis en los santos por vuestra gloria, en los condenados por vuestra justicia, en los justos por vuestra gracia y en los pecadores por vuestra paciencia que los sufre, haced que recordemos siempre nuestro origen celestial, que vivamos como verdaderos hijos vuestros, que tendamos siempre hacia Vos solamente con todo el ardor de nuestros deseos. 

"Santificado sea tu nombre." El nombre del Señor es santo y temible, dice el profeta-rey, y en el cielo, según Isaías, resuenan las alabanzas con que los serafines aclaman sin cesar la santidad del Señor Dios de los ejércitos. Deseamos que toda la tierra conozca y adore los atributos de este Dios tan grande y tan santo: que sea conocido, amado y adorado de los paganos, de los turcos, de los judíos, de los bárbaros y de todos los infieles; que todos los hombres le sirvan y glorifiquen con fe viva, firme esperanza y ardiente caridad, renunciando a todos los errores; en una palabra, que todos los hombres sean santos porque Él lo es.

"Venga a nosotros tu reino." Es decir, que reinéis en nuestras almas por vuestra gracia, durante la vida, a fin de que merezcamos después de nuestra muerte reinar con Vos en vuestro reino, que es la soberana y eterna felicidad que creemos, esperamos y deseamos, esa felicidad que nos está prometida por la bondad del Padre, que nos fue adquirida por los méritos del Hijo y que nos es revelada por las luces del Espíritu Santo.

"Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo." Sin duda, nada puede sustraerse a las disposiciones de la divina Providencia, que tiene todo previsto y arreglado antes del suceso, ningún obstáculo es capaz de impedirle el fin que se ha propuesto, y cuando pedimos a Dios que se haga su voluntad, no es que temamos, dice Tertuliano, que alguno se oponga eficazmente a la ejecución de sus designios, sino que aceptamos humildemente cuanto le plugo ordenar respecto a nosotros; que cumplimos siempre y en todas las cosas su santa voluntad, manifiesta en sus mandamientos, con tanta prontitud, amor y constancia como los ángeles y  bienaventurados le obedecen en el cielo. 

40) "Danos hoy nuestro pan de cada día." Jesucristo nos enseña a pedir a Dios cuanto necesitamos para la vida del cuerpo y la del alma. Por estas palabras de la oración dominical confesamos humildemente nuestra miseria y rendimos homenaje a la Providencia, declarando que creemos y queremos obtener de su bondad todos los bienes temporales. Bajo el nombre de pan pedimos lo que es indispensable para la vida, excluyendo lo superfluo. Este pan lo pedimos hoy, es decir, que limitamos al día nuestras solicitudes, confiando a la Providencia el mañana. Pedimos el pan de cada día, confesando así nuestras necesidades que siempre renacen y mostrando la continua dependencia en que estamos de la protección y socorro de Dios. 

"Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden." 

Nuestros pecados -dicen San Agustín y Tertuliano- son deudas que contraemos con Dios, y su justicia exige el pago hasta el último céntimo. Por tanto tenemos todas esas tristes deudas. A pesar del número de nuestras iniquidades, acerquémonos a Él confiadamente y digámosle con verdadero arrepentimiento: Padre nuestro, que estás en el cielo, perdónanos los pecados de nuestro corazón y de nuestra boca, los pecados de acción y de omisión que nos hacen infinitamente culpables a los ojos de vuestra justicia; porque, como hijos de un padre clemente y misericordioso, perdonamos por obediencia y por caridad a nuestros ofensores. 

Y "no permitas que", por infidelidad a vuestras gracias, "sucumbamos a las tentaciones" del mundo, del demonio y de la carne. Y "líbranos del mal", que es el pecado, del mal de la pena temporal y de la pena eterna que hemos merecido.  "¡Amén!" Palabra de gran consuelo que es, dice San Jerónimo, como el sello que Dios pone al fin de nuestras súplicas para asegurarnos de que nos ha escuchado, como si Él mismo nos  respondiese: ¡Amén! Sea como pedís, ciertamente lo habéis conseguido, pues tal es el significado de la palabra ¡Amén! 

13a Rosa 

41) Honramos las perfecciones de Dios en cada palabra que decimos de la oración dominical. 

Honramos su fecundidad con el nombre de Padre. Padre que tenéis desde la eternidad un Hijo que es Dios como Vos mismo, eterno, consubstancial, que es una misma esencia, una misma potencia, una misma bondad, una misma sabiduría con Vos, Padre e Hijo que amándoos producís al Espíritu Santo, que es Dios, tres personas adorables que son un solo Dios.

¡Padre nuestro! Es decir, Padre de los hombres por la creación, por la conservación y por la redención. Padre misericordioso de los pecadores. Padre amigo de los justos, Padre magnífico de los bienaventurados. 

Que estás. Por esta palabra admiramos la inmensidad, la grandeza y la plenitud de la esencia de Dios, que se llama con verdad "El que es" (3): es decir, que existe esencialmente, necesariamente y eternamente, que es el Ser de los seres, la causa de todos los seres; que encierra eminentemente en sí mismo las perfecciones de todos los seres; que está en todos por su esencia, presencia y potencia, sin estar encerrado en ellos. Honramos su sublimidad, su gloria y majestad en estas palabras: que estás en el cielo, es decir, como sentado en vuestro trono, ejerciendo vuestra justicia sobre todos los hombres. 

Adoramos su santidad deseando que su nombre sea santificado. Reconocemos su soberanía y la justicia de sus leyes ansiando la llegada de su reino y que le obedezcan los hombres en la tierra como lo hacen los ángeles en el cielo. Creemos en su Providencia rogándole que nos dé nuestro de pan de cada día. Invocamos su clemencia pidiéndole el perdón de nuestros pecados. 

Reconocemos su poder al rogarle que no nos deje caer en la tentación. Nos confiamos a su bondad esperando que nos librará del mal. El Hijo de Dios, que glorificó siempre a su Padre por sus obras, ha venido al mundo para que le glorifiquen los hombres y les enseñó la manera de honrarle con esta oración que Él mismo se dignó dictarles. Debemos, pues, rezarla con frecuencia, con atención y con el mismo espíritu que Él la ha compuso. 

14a Rosa 

42) Cuando rezamos atentamente esta divina oración, hacemos tantos actos de las más elevadas virtudes cristianas cuantas palabras pronunciamos. Diciendo: Padre nuestro, que estás en el cielo, hacemos actos de fe, adoración y humildad; y deseando que su nombre sea santificado y glorificado, aparece en nosotros un celo ardiente por su gloria. 

Pidiéndole la posesión de su reino, practicamos la esperanza. Deseando que se cumpla su voluntad en la tierra como en el cielo, mostramos espíritu de perfecta obediencia. Al pedirle el pan nuestro de cada día, practicamos la pobreza de espíritu y el desasimiento de los bienes de la tierra. Rogándole que nos perdone nuestros pecados, hacemos un acto de arrepentimiento; y perdonando a los que nos ofendieron, ejercitamos la misericordia en su más alta perfección. 

Pidiéndole socorro en las tentaciones, hacemos actos de humildad, de prudencia y de fortaleza. 

Esperando que nos libre del mal, practicamos la paciencia. En fin, pidiéndole todas estas cosas no solamente para nosotros, sino también para el prójimo y para todos los fieles de la Iglesia, hacemos oficio de verdaderos hijos de Dios, le imitamos en la caridad, que alcanza a todos los hombres, y cumplimos el mandamiento de amar al prójimo. 

43) Detestamos todos los pecados y observamos todos los mandamientos de Dios cuando al rezar esta oración siente nuestro corazón de acuerdo con la lengua y no tenemos ninguna intención contraria al sentido de estas divinas palabras. Pues cuando reflexionamos que Dios está en el cielo -es decir, infinitamente elevado sobre nosotros por la grandeza de su majestad-, entramos en los sentimientos del más profundo respeto en su presencia; y, sobrecogidos de temor, huimos del orgullo, abatiéndonos hasta el anonadamiento. Al pronunciar el nombre del Padre recordamos que debemos la existencia a Dios por medio de nuestros padres, y del mismo modo nuestra instrucción por medio de los maestros, que representan aquí, para nosotros, a Dios, de quien son vivas imágenes; y nos sentimos obligados a honrarles, o -por mejor decir- a honrar a Dios en sus personas, y nos guardamos muy bien de despreciarlos y afligirlos. 

Cuando deseamos que el santo nombre de Dios sea glorificado, estamos muy lejos de profanarlo. Cuando miramos el reino de Dios como nuestra herencia, renunciamos en absoluto a los bienes de este mundo; cuando sinceramente rogamos para nuestro prójimo los bienes que deseamos para nosotros mismos, renunciamos al odio, a la disensión y a la envidia. 

Pidiendo a Dios nuestro pan de cada día, detestamos la gula y la voluptuosidad que se nutren de la abundancia. Rogando a Dios verdaderamente que nos perdone como nosotros perdonamos a nuestros deudores, reprimimos nuestra cólera y nuestra venganza, devolvemos bien por mal y amamos a nuestros enemigos. Pidiendo a Dios que no nos deje caer en el pecado en el momento de la tentación, demostramos huir de la pereza y que buscamos los medios de combatir los vicios y buscar nuestra salvación. Rogando a Dios que nos libre del mal, tememos su justicia y somos felices por que el temor de Dios es el principio de la  sabiduría. Por el temor de Dios evita el hombre el pecado. 

15a Rosa 

44) La salutación angélica es tan sublime, tan elevada, que el Beato Alano de la Roche ha creído que ninguna criatura puede comprenderla y que sólo Jesucristo, hijo de la Santísima Virgen, puede explicarla. 

Tiene origen su principal excelencia en la Santísima Virgen, a quien se dirigió, de su fin, que fue la Encarnación del Verbo -para la cual se trajo del cielo- y del arcángel San Gabriel, que la pronunció el primero.

La salutación resume en la síntesis más concisa toda la teología cristiana sobre la Santísima Virgen. Se encuentra en ella una alabanza y una invocación. Encierra la alabanza cuanto forma la verdadera grandeza de María; la invocación comprende todo lo que debemos pedirle y lo que de su bondad podemos alcanzar. La Santísima Trinidad ha revelado la primera parte; Santa Isabel, iluminada por el Espíritu Santo, añadió la segunda; y la Iglesia en el primer Concilio de Éfeso en 430, ha puesto la conclusión, después de condenar el error de Nestorio y de definir que la Santísima Virgen es verdaderamente Madre de Dios. El Concilio ordenó que se invocase a la Santísima Virgen bajo esta gloriosa cualidad, expresada por estas palabras: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte."


45) La Santísima Virgen María fue aquella a quien se hizo esta divina salutación para llevar a cabo el asunto más grande e importante del mundo, la Encarnación del Verbo Eterno, la paz entre Dios y los hombres y la redención del género humano. Embajador de tan dichosa nueva fue el arcángel Gabriel, uno de los primeros príncipes de la corte celestial. La salutación angélica contiene la fe y la esperanza de los patriarcas, de los profetas y de los apóstoles; es la constancia y la fuerza de los mártires, la ciencia de los doctores, la perseverancia de los confesores y la vida de los religiosos. Es el cántico nuevo de la ley de gracia, la alegría de los ángeles y de los hombres, el terror y la confusión de los demonios.

Por la salutación angélica, Dios se hizo hombre, y la Virgen Madre de Dios; las almas de los justos salieron del limbo, las ruinas del cielo se repararon y los tronos vacíos se ocuparon de nuevo, se perdonó el pecado, se nos dio la gracia, curáronse las enfermedades, resucitaron los muertos, se llamó a los desterrados, se aplacó la Santísima Trinidad y obtuvieron los hombres la vida eterna. En fin, la salutación angélica es el arco iris, el emblema de la clemencia y de la gracia dadas al mundo por Dios. 

16a Rosa 

46) Aun cuando no hay nada tan grande como la Majestad Divina, ni nada tan abyecto como el hombre -considerado como pecador-, sin embargo, esta Majestad Suprema no desdeña nuestros homenajes; se complace cuando cantamos sus alabanzas. Y la salutación del ángel es uno de los cánticos más hermosos que podemos dirigir a la gloria del Altísimo. "Canticum novum cantabo tibi" (4): Entonaré un cántico nuevo. Este cántico nuevo que David predijo se cantaría a la venida del Mesías es la salutación del Arcángel. 

Hay un cántico antiguo y un cántico nuevo. El antiguo es el que cantaron los israelitas en reconocimiento de la creación, la conservación, la libertad de su esclavitud, el paso del Mar Rojo, el maná y todos los demás favores del cielo. El cántico nuevo es el que cantan los cristianos en acción de gracias por la Encarnación y por la Redención. Como estos prodigios se realizaron por la salutación del ángel, repetimos esta salutación para agradecer a la Santísima Trinidad estos beneficios inestimables. Alabamos a Dios Padre, porque tanto amó al mundo que llegó a darle su único Hijo para salvarle. Bendecimos al Hijo porque descendió del cielo a la tierra, porque se hizo hombre y porque nos ha redimido. Glorificamos al Espíritu Santo porque ha formado el cuerpo purísimo de Jesús, que fue la víctima de nuestros pecados. Con este espíritu de agradecimiento debemos rezar la salutación angélica, acompañándola de actos de fe, esperanza, amor y acción de gracias por el beneficio de nuestra salvación. 

47) Aunque este cántico nuevo se dirige directamente a la Madre de Dios y encierra sus elogios, es, no obstante, muy glorioso para la Santísima Trinidad, porque todo el honor que rendimos a la Santísima Virgen vuelve a Dios, causa de todas sus perfecciones y virtudes. Dios Padre es glorificado porque honramos a la más perfecta de sus criaturas. El Hijo es glorificado porque alabamos a su purísima Madre. El Espíritu Santo es glorificado porque admiramos las gracias de que fue colmada su Esposa.

Del mismo modo que la Santísima Virgen, con su hermoso Magnificat, dedica a Dios las alabanzas y bendiciones que le tributa Santa Isabel por su eminente dignidad de Madre del Señor, envía también inmediatamente a Dios los elogios y bendiciones que le hacemos por la salutación angélica. 18

48) Si la salutación angélica da gloria a la Santísima Trinidad, es también la más perfecta alabanza que podemos dirigir a María. Santa Matilde, deseando saber por qué medio podría testimoniar mejor la ternura de su devoción a la Madre de Dios, fue arrebatada en espíritu, y se le apareció la Santísima Virgen llevando sobre el pecho la salutación angélica escrita en letras de oro, y le dijo: "Sabe, hija mía, que nadie puede honrarme con una salutación más agradable que la que me ofreció la Beatísima Trinidad, por la cual me elevó a la dignidad de Madre de Dios. Por la palabra "Ave", que es el nombre de Eva, supe que Dios, con su omnipotencia, me había preservado de todo pecado y de las miserias a que estuvo sujeta la primera mujer.

El nombre de "María", que significa Señora de luz, indica que Dios me llenó de sabiduría y de luz, como astro brillante, para iluminar el cielo y la tierra. 

Las palabras: "llena de gracia", expresan que el Espíritu Santo me colmó de tantas gracias, que puedo comunicarlas con abundancia a quienes las piden por mediación mía. 

Diciendo: "el Señor es contigo", se me recuerda el gozo inefable que sentí en la Encarnación del Verbo divino. 

Cuando se me dice: "bendita tú eres entre todas las mujeres", alabo a la divina misericordia, que me elevó a tan alto grado de felicidad. 

A las palabras: "bendito es el fruto de tu vientre, Jesús", todo el cielo se regocija de ver a Jesús, 

Hijo mío, adorado y glorificado por haber salvado a los hombres." 

17a Rosa 

49) Entre las cosas admirables que la Santísima Virgen reveló al Beato Alano de la Roche -y sabemos que este gran devoto de María confirmó con juramento sus revelaciones-, hay tres más notables: la primera, que es señal probable y próxima de eterna reprobación tener negligencia, tibieza y aversión a la salutación angélica, que ha reparado el mundo; la segunda, que los que sienten devoción a esta salutación divina poseen una gran señal de predestinación; la tercera, que los que han recibido del cielo el favor de amar a la Santísima Virgen y servirla por afecto deben cuidar con el mayor esmero de continuar amándola y sirviéndola hasta que Ella los coloque en el cielo, por medio de su Hijo, en el grado de gloria conveniente a sus méritos. 

50) Todos los herejes, que son hijos del diablo, y que llevan las señales evidentes de la reprobación, tienen horror al avemaría; aprenden el padrenuestro, pero no el avemaría y preferirían llevar sobre sí una serpiente antes que un Rosario.

Entre los católicos, los que llevan el signo de la reprobación no se cuidan apenas del Rosario, son negligentes en rezarlo o lo rezan con fastidio y precipitadamente. Aunque yo no aceptara con fe piadosa lo revelado al Beato Alano de la Roche, mi experiencia me basta para estar persuadido de esta terrible y dulce verdad. Yo no sé, ni veo con claridad cómo es que una devoción aparentemente tan pequeña puede ser señal infalible de eterna salvación, y su defecto, signo de reprobación; y no obstante, nada más cierto. 

Nosotros mismos vemos que quienes en nuestros días profesan las doctrinas nuevas condenadas por la Iglesia, a pesar de su piedad aparente, descuidan la devoción del Rosario y con frecuencia lo separan del corazón de quienes les rodean, con los pretextos más hermosos del mundo. Se guardan muy bien de condenar abiertamente el Rosario y el escapulario, como hicieron los calvinistas; pero su manera de conducirse es tanto más perniciosa cuanto más sutil. 

Hablaremos de ello a continuación.

51) Mi avemaría, mi Rosario, son mi oración y mi muy segura piedra de toque para distinguir a los que van dirigidos por el espíritu de Dios de los que están bajo la ilusión del espíritu maligno. 

He conocido almas que parecían volar, como las águilas, hasta las nubes, por su sublime contemplación, y que, no obstante, eran desdichadamente engañadas por el demonio, y sólo pude descubrir sus ilusiones al verlas rechazar el avemaría como algo que resultaba poco para ellas. 

El avemaría es un rocío celeste y divino que, al caer en el alma de un predestinado, le comunica admirable fecundidad para producir toda clase de virtudes; y cuanto más regada está el alma por esta oración, más se ilumina su espíritu, más se abrasa su corazón y fortifica contra sus enemigos. 

El avemaría es un dardo penetrante e inflamado, que, unido por un predicador a la palabra de Dios que anuncia, le da fuerza para atravesar y convertir los corazones más duros, aun cuando no tenga el orador extraordinario talento natural para la predicación. 

Ésta fue la secreta arma que, como dejo dicho, enseño la Santísima Virgen a Santo Domingo y al Beato Alano para convertir a los herejes y a los pecadores. Éste es el origen de la práctica de los predicadores de rezar un avemaría al principio de sus predicaciones, según asegura San 

Antonino. 


18a Rosa 

52) Esta divina salutación atrae sobre nosotros la bendición abundante de Jesús y María, porque es principio infalible que Jesús y María recompensan magnánimamente a quienes les glorifican: devuelven centuplicadas las bendiciones que reciben. "Ego diligentes me diligo... ut ditem diligentes me et thesauros eorum repleam" (5). Es lo que claman claramente Jesús y 

María: "Amamos a quienes nos aman, los enriquecemos y henchimos sus tesoros." "Qui seminat in benedictionibus, in benedictionibus et metet" (6): Los que siembran bendiciones, recogerán bendiciones. 

Ahora bien, rezar debidamente la salutación angélica ¿no es amar, bendecir y glorificar a Jesús y María? En cada avemaría decimos una bendición doble, una a Jesús y otra a María: "Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús." Por cada avemaría rendimos a María el mismo honor que Dios le rindió, saludándola con el arcángel Gabriel. 


¿Quién podrá creer que Jesús y María -que tantas veces hacen bien a quienes les maldicen- lancen maldición contra quienes les honran y bendicen con el avemaría? 

La Reina de los cielos, dicen San Bernardo y San Buenaventura, no es menos agradecida y cortés que las personas de más alta condición del mundo; las aventaja en tal virtud como en todas las demás perfecciones y no dejará que la honremos respetuosamente sin darnos el ciento por uno. María -dice San Buenaventura- nos saluda con la gracia si la saludamos con el avemaría: "Ipsa salutabit nos cum gratia si salutaverimus eam cum Ave Maria." 

¿Quién podrá comprender las gracias y bendiciones que operan en nosotros el saludo y las miradas benignas de la Santísima Virgen? 

Desde el momento en que oyó Santa Isabel el saludo que le hacía la Madre de Dios, fue llena del Espíritu Santo, y su niño saltaba de gozo. Si nos hacemos dignos del saludo y la bendición recíprocos de la Santísima Virgen, seremos sin duda llenos de gracia, y un torrente de consuelos espirituales inundará nuestras almas.

19a Rosa 

53) Está escrito: "Dad y se os dará" (7). Tomemos la comparación del Beato Alano: "Si yo os diese cada día ciento cincuenta diamantes, ¿no me perdonaríais aunque fuerais mi enemigo? 

¿No me otorgaríais como a amigo todas las gracias posibles? ¿Queréis enriqueceros con bienes de gracia y de gloria? Saludad a la Santísima Virgen, honrad a vuestra bondadosa Madre."

"Sicut qui thesaurizat, ita et qui honorificat matrem" (8). El que honra a su Madre, la Santísima Virgen, es como el que atesora. Presentadle, al menos, cincuenta avemarías diariamente, cada una de las cuales contiene quince piedras preciosas, que le son más agradables que todas las riquezas de la tierra. ¿Qué no  podréis esperar de su liberalidad? Ella es nuestra Madre y nuestra amiga. Es la Emperatriz del Universo, que nos ama más que todas las madres y reinas reunidas amaron a hombre alguno, porque, como dice San Agustín, la caridad de la Virgen María excede a todo el amor natural de todos los hombres y de todos los ángeles. 

54) Nuestro Señor se apareció un día a Santa Gertrudis contando monedas de oro; ella tuvo curiosidad de preguntarle qué contaba. "Cuento -respondió Jesucristo- tus avemarías: son la moneda con que se compra mi paraíso." 

El devoto y docto Suárez, de la Compañía de Jesús, estimaba de tal modo la salutación angélica, que decía que con gusto daría toda su ciencia por el precio de un avemaría bien dicha. 

55) El Beato Alano de la Roche se dirige así a la Santísima Virgen: "Que quien te ama, oh excelsa María, escuche esto y se llene de gozo: El cielo exulta de dicha, y de admiración la tierra, cuando digo Ave María. Mientras aborrezco al mundo, en amor de Dios me inundo cuando digo Ave María. Mis temores se disipan, mis pasiones se apaciguan, cuando digo Ave María. Se aumenta mi devoción y alcanzo la contrición cuando digo Ave María. Se confirma mi esperanza, mi consuelo se agiganta, cuando digo Ave María. Mi alma de gozo palpita, mi tristeza se disipa, cuando digo Ave María, porque la dulzura de esta suavísima salutación es tan grande que no hay término apropiado para explicarla debidamente, y después que hubiera uno dicho de ella maravillas, resultaría aún tan escondida y profunda que no podríamos descubrirla. 

Es corta en palabras, pero grande en misterios; es más dulce que la miel y más preciosa que el oro. Es preciso tenerla frecuentemente en el corazón para meditarla y en la boca para leerla y repetirla devotamente." 

"Auscultet tui nominis amator, o Maria, coelum gaudet, omnis terra stupet cum dico Ave Maria; Satan fugit, infernus contremiscit, cum dico Ave Maria; mundus vilescit, cor in amore liquescit, cum dico Ave Maria; terror evanescit, caro marcescit, cum dico Ave Maria; crescit devotio, oritur compunctio, cum dico Ave Maria; spes proficit, augetur consolatio, cum dico Ave Maria; recreatur animus, et in bono confortatur aeger affectus, cum dico Ave Maria. Siquidem tanta suavitas hujus benignae salutationis, ut humanis non possit explicari verbis, sed semper manet altior et profundior quam omnis creatura indagare sufficiat. Haec oratio parva est verbis, alta mysteriis, brevis sermone, alta virtute, super mel dulcis, super aurum pretiosa; ore cordis est jugiter ruminanda labiisque puris frequentissime legenda ac devote repetenda." 

Refiere el mismo Beato Alano, en el capítulo de su Salterio, que una religiosa muy devota del Rosario se apareció después de su muerte a una de sus hermanas y le dijo: "Si pudiera volver a mi cuerpo para decir solamente un avemaría, aun cuando fuera sin mucho fervor, por tener el mérito de esa oración, sufriría con gusto cuantos dolores padecí antes de morir." Hay que advertir que había sufrido durante varios años crueles dolores. 

56) Miguel de Lisle, Obispo de Salubre, discípulo y colega del Beato Alano de la Roche en el restablecimiento del Santo Rosario, dice que la salutación angélica es el remedio de todos los males que nos afligen, con tal que la recemos devotamente en honor de la Santísima Virgen.

(Continuará)

UN LLAMAMIENTO AL AMOR, Sor Josefa Menéndez.

VIDA ARDIENTE Y ESCONDIDA.

El Domingo 6, Josefa se ha ofrecido para reparar las ofensas de los pecadores; Jesús se le aparece hacia las tres de la tarde en la capilla.

"Daba compasión; la cara, los brazos, el pecho, los tenía llenos de heridas y de polvo. Mucha sangre le corría por la sagrada cabeza, pero el Corazón ardía como una brasa y estaba HERMOSÍSIMO".

"Estas heridas, dijo, me las causa el desamor de los hombres que, como locos, corren a su perdición". 

"Pero, Señor, ¿cómo tenéis el Corazón tan hermoso y tan encendido? ¿No os lo hieren los pecados del mundo?".

Respondió:

"SOLO LAS ALMAS ESCOGIDAS HIEREN MI CORAZÓN".

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"Son tantos y tan graves los pecados que se cometen, que si no fuera por el consuelo y el amor de mis escogidos se llenaría la copa de indignación divina. ¡CUÁNTAS ALMAS SE CONDENAN! PERO UN ALMA FIEL REPARA Y OBTIENE MISERICORDIA PARA MUCHAS INGRATAS",

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Me hallaba ante el Sagrario en oración y empecé a pedir por mi madre y mis hermanas. Me llegué a entristecer por ellas y pensaba lo que haría si estuviese a su lado...Confieso que en aquel momento no contaba bastante con Dios. De pronto se presentó Jesús, con el Corazón abrasado lleno de majestad, y en tono de reprensión me dijo:

"Tu sola ¿qué podrías hacer por ellas?"

"Y señalándome su Corazón:

"FIJA AQUÍ TU MIRADA"

"Y se fue".

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"TE QUIERO TAN OLVIDADA DE TI MISMA Y TAN ABANDONADA A MI VOLUNTAD que no te pasare la mas mínima imperfección sin avisarte. Debes tener siempre presente tu nada y mi misericordia. Sabré sacar tesoros de tu humildad: no lo olvides".

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís