FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

FALTAR A MISA UN DOMINGO ES PECADO MORTAL


Y casi nadie lo recuerda...

Por padre Santiago González 

La frase que intitula este artículo puede sonar a “sorpresa” para muchos bautizados ya que, en realidad, en muy pocos púlpitos y catequesis se recuerda. Pero es verdad que se comete un pecado mortal (no venial) si se falta a Misa un domingo o día de precepto siempre que no haya enfermedad, imposibilidad física real o cuidado de un enfermo, tal como enseña en catecismo en su punto 2181. Pero ha de recordarse también, en estos tiempos de confusión y relativismo, que este punto de nuestro catecismo está avalado en la ley de la Iglesia Católica cuyo mandato primero dice “Oír Misa entera todos los domingos y fiestas de guardar” que a su vez se avala por la misma ley Divina ya que el tercer madato de dicha ley es “Santificarás las fiestas”. Y, aún más, este precepto eclesial se justifica sobre todo en el primer mandamiento de la ley de Dios “Amarás a Dios sobre todas las cosas”, ya que quien sea capaz de faltar a Misa por no restar un poco de tiempo a su ocio o, sencillamente, por no contrariar a otras personas, demuestra con creces que está a años luz de amar a Dios sobre todas las cosas.

Pero en este artículo yo deseo tocar una cuestión muy concreta: el masivo abandono de la Misa dominical se debe, sobre todo, a que desde un principio (catequesis de primera comunión), la inmensa mayoría de los niños/as NO saben que faltar a Misa en domingo es pecado mortal. De hecho la terrible realidad es más amplia: la mayoría de los niños no saben ni siquiera que es pecado. Luego cuando son adolescentes, y van a recibir la confirmación, la inmensa mayoría tras recibirla no vienen a Misa el domingo siguiente porque siguen sin saber que faltar a Misa es pecado mortal. Y hay efectos todavía peores: ya es muy extendida la costumbre sacrílega de faltar a Misa los domingos y luego, cuando hay ocasión extraordinaria de ir a Misa (en funeral, boda, primera comunión…) se asiste y se comulga sin haberse confesado, y sin propósito alguno de volver a la práctica dominical regular. Esto es así: un hecho indiscutible y a la vez tremendo.

Y la causa, vuelvo a repetirlo, es que no se predica de forma concreta este aspecto. Si: la doctrina está ahí, escrita, en el catecismo (punto 2181), pero, ¿de que sirve que la doctrina no se toque si casi nadie la conoce porque casi nadie en la Iglesia la predica o enseña?; y, lo que es aún peor: en realidad en muchas comunidades SI se predica sobre esto pero para decir lo contrario: que faltar a Misa en domingo NO es pecado mortal. Esta barbaridad se enseña en no pocos colegios “religiosos”, parroquias, facultades de teología y lugares similares de “formación”. Y, mientras tanto, generaciones y más generaciones de bautizados crecen en la ignorancia y la indiferencia. Si algún lector cree que exagero, ¿porqué no preguntan?…..si, pregunten a niños de su barrio, de su colegio,de su parroquia…..niños que ya han hecho la primera comunión y que, una vez celebrada la fiesta, sus padres ya no los traen más a Misa los domingos. Es una terrible realidad que abarca a las conciencias de una arrolladora mayoría.

Y, ante esto, los sacerdotes y catequistas que tocamos las conciencias de los fieles para recordarles que es pecado mortal faltar a Misa, ciertamente, nos sentimos muy poco apoyados por nuestros superiores. Pienso que ¡cuanto bien harían cartas pastorales CLARAS en este punto por parte de los Obispos, y hasta por parte del Papa!…….nos servirían para no parecer “guerreros del antifaz” que luchamos contra todos los elementos contrarios (tanto externos como internos de la Iglesia). Desde estas líneas, si algún Obispo me leyera, hago un ruego muy especial en esta dirección: una carta, sólo una carta firmada por un Prelado donde se recuerde a los fieles que es pecado mortal faltar a Misa un domingo o día de precepto. Dicho con claridad, concreción y sin ambigüedades. Todos estamos acostumbrados, si, a mensajes del tipo:

- El domingo es el día del Señor

- La familia unida en oración en domingos

- La necesidad de orar en tiempo de descanso

- El bien grande que recibimos al ir a Misa………..etc

Pues se hace URGENTE leer, firmado por un Obispo: “Faltar a Misa es Pecado Mortal”. Y punto.


FUENTE: adelantelafe.com


NUEVOS SACERDOTES EN LA CASA DE DIOS EN CHINA


China: 10 sacerdotes ordenados esta semana

Más de dos mil fieles asistieron a la ceremonia, el día de la fiesta de la dedicación de las Basílicas de San Pedro y San Pablo Extramuros.


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AFP PHOTO/Mark RALSTON

Más de 2.000 fieles asistieron a la solemne misa de ordenación de 10 sacerdotes de la diócesis de Han Dan, en la provincia de He Bei, en la China continental, celebrada el 18 de noviembre, día en el que la Iglesia conmemora la fiesta de la dedicación de las Basílicas de San Pedro y San Pablo en la Via Ostiense.

Según la información recibida por la agencia Fides, el anciano obispo de Han Dan, monseñor Yang Xiang Tai, presidió la ceremonia, concelebrada por el coadjutor, monseñor Joseph Sun Ji Gen, y por 160 sacerdotes.

Aunque esta es la ordenación con el mayor número de nuevos sacerdotes en la historia de la diócesis, monseñor Sun Ji Gen ha vuelto a hablar de la falta de vocaciones, instando encarecidamente a los jóvenes a responder a la llamada de Dios a ser obreros en su viña.

La diócesis de Han Dan es una de los más activas y desarrolladas en la China continental: es muy activa en el testimonio de la caridad y del trabajo social, del cuidado de los ancianos y enfermos, física y mentalmente. También está bien organizada la pastoral parroquial y de la escuela.


FUENTE: aleteia.org


NORMAS RENOVADAS DE LA IGLESIA SOBRE EL TRAJE DE LOS SACERDOTES




–¿O sea que han salido unas normas diferentes?

–Lea usted con atención. Unas normas renovadas no tienen por qué ser diferentes. Pueden ser una reafirmación de las ya existentes. Cuando se renueva un contrato, por ejemplo, puede dejarse como estaba.


El hábito religioso y el traje eclesiástico es el título de cuatro artículos que publiqué en 2008 (-I, -II, -III, y -Apéndice). Entonces, al estudiar este tema, tuve especialmente en cuenta, como es lógico, el Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros(21-I-1994), publicado por la Congregación del Clero con la autorización de Juan Pablo II. Casi veinte años más tarde (11-II-2013), y sin cambiar el título, ha sido publicado ese documento por la misma Congregación como «edición nueva», con la aprobación del Papa Benedicto XVI. El texto en su conjunto ha variado poco. Mantiene el mismo texto anterior, a veces con algunos añadidos.

Pues bien, al revisar lo que dispone el Directorio actual acerca delvestir de los sacerdotes (nº 61), veo que se mantienen las mismas normas del texto anterior, al que se le añaden dos párrafos. Reproduciré el texto íntegro (con subrayados míos), y lo iré comentando. Y lo que vaya exponiendo, por supuesto, vale igual para los sacerdotes religiosos, y mutatis mutandis, también para las religiosas. Pero antes de todo una observación previa.

–El modo de vestir es asunto importante. Pienso yo que esta proposición es evidente, aunque muchos, contra su propia convicción, no reconozcan su verdad y la nieguen, para auto-justificar así ciertos comportamientos vestimentarios indefendibles. Ortega y Gasset decía que «las modas en los asuntos de menor calibre aparente –trajes, usos sociales, etc.– tienen siempre un sentido mucho más hondo y serio del que ligeramente se les atribuye, y, en consecuencia, tacharlas de superficialidad, como es sólito, equivale a confesar la propia y nada más» (Historia del amor). Y Miguel de Unamuno estimaba que «jamás se ha dicho un disparate mayor que aquel de que “el hábito no hace al monje”. Sí, “el hábito hace al monje”» (La selección de los Fulánez).

Hasta los mismos enemigos de la Iglesia lo reconocen. Julio Garrido, en su artículo El hábito no hace al monje (rev. «Roma» nº 48, mayo 1977), citaba un interesante discurso parlamentario que en la Cámara de Diputados de Francia pronunció el diputado Ferdinand Buisson, un distinguido come-curas, defendiendo su proyecto contra las Órdenes religiosas (Boletín Oficial, 4-IV-1904).

«Conozco el proverbio que dice: “el hábito no hace el monje”. Pues bien, yo sostengo que es el hábito el que hace al monje. El hábito es, en efecto, para el monje y para los demás, el signo, el símbolo perpetuo de su separación, el símbolo de que no es un hombre como todos los demás… Este hábito es una fuerza… que no suelta nunca a su esclavo. Y nuestra finalidad es arrancarle su presa.

«Cuando el hombre haya abandonado este uniforme de la milicia en la que está alistado, encontrará la libertad de ser su propio amo; no tendrá ya una Regla que le oprima todo el tiempo, toda su vida; no sentirá ya la presencia de un superior al que tiene que pedir órdenes… ya no será el hombre de una Congregación, se convertirá tarde o temprano en el hombre de la familia, el hombre de la ciudad, el hombre de la humanidad. Será necesario que el religioso secularizado se dedique a ganar su vida como todo el mundo. No pidamos más, así será libre. Quizás durante algún tiempo permanecerá fiel a sus ideas religiosas. No nos preocupemos, dejémosle laicizarse él mismo solo; la vida le ayudará».

¿Será posible que lo que acerca del hábito saben, saben perfectamente, los enemigos de la Iglesia no lo sepan, incluso lo nieguen, algunos que están dentro de la misma?… Es un grueso error considerar el vestir de religiosos y sacerdotes como una cuestioncilla trivial, sin importancia, completamente accidental: «cuestión de trapos». Es un grueso error, y como es una convicción que va claramente contra la verdad de la experiencia, hay que pensar que se trata además de un error ideológico, más o menos consciente, en el que la voluntad sustituye al juicio, imponiéndole lo que debe pensar. Si en el fondo viene a «dar lo mismo» vestir de un modo u otro, si tan poca importancia tiene esta cuestión, ¿por qué muchos sacerdotes y religiosos, a veces tan buenas personas, no se deciden a obedecer lo que la Iglesia ha mandado durante siglos, y también hoy, en esta cuestión? No. Ya se ve que el asunto tiene mucha importancia, tanto para la vida personal de religiosos y sacerdotes, como para su presencia y ministerio entre los hombres.


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Pero consideremos lo que dispone la Iglesia en 2013 sobre el vestir del sacerdote en el Directorio renovado. Señalaré entre [[dobles corchetes]] los párrafos nuevos, añadidos al texto anterior, que se mantiene íntegro.

—(Directorio nº 61). «Importancia y obligatoriedad del traje eclesiástico. En una sociedad secularizada y tendencialmente materialista, donde tienden a desaparecer incluso los signos externos de las realidades sagradas y sobrenaturales, se siente particularmente la necesidad de que el presbítero –hombre de Dios, dispensador de Sus misterios– sea reconocible a los ojos de la comunidad, también por el vestido que lleva, como signo inequívoco de su dedicación y de la identidad de quien desempeña un ministerio público (247). El presbítero debe ser reconocible sobre todo, por su comportamiento, pero también por un modo de vestir, que ponga de manifiesto de modo inmediatamente perceptible por todo fiel, más aún, por todo hombre (248), su identidad y su presencia [mal traducido: “la sua appartenenza”, su pertenencia] a Dios y a la Iglesia.

«[[El hábito talar es el signo exterior de una realidad interior: [como dice Benedicto XVI,] “de hecho, el sacerdote ya no se pertenece a sí mismo, sino que, por el carácter sacramental recibido (cfr. Catecismo 1563 y 1582), es “propiedad” de Dios. Este “ser de Otro” deben poder reconocerlo todos, gracias a un testimonio límpido. […] En el modo de pensar, de hablar, de juzgar los hechos del mundo, de servir y de amar, de relacionarse con las personas, incluso en el hábito, el sacerdote debe sacar fuerza profética de su pertenencia sacramental, de su ser profundo” (249)»]].


247.-JUAN PABLO II, Carta al Card. Vicario de Roma (8-IX-1982).

248.-Cfr. PABLO VI, Alocuciones al clero (17-II-1969; 17-II-1972; 10-II-1978): AAS 61 (1969), 190; 64 (1972), 223; 70 (1978), 191; JUAN PABLO II, Carta a los Sacerdotes con ocasión del Jueves Santo 1979 (8-III-1979), 7: l.c., 403-405; Alocuciones al clero (9-XI-1978; 19-IV-1979): «L’Osservatore Romano», ed. en español, 19-XI-1978, 2 y 11; «L’Osservatore Romano», ed. en español, 29-IV-1979, 12.

249.-BENEDICTO XVI, Discurso a los participantes en el Congreso Teológico organizado por la Congregación para el Clero (12-III-2010): l.c., 5.

Identificación social. Que el vestir religioso o sacerdotalidentifica de modo claro y permanente a la persona especialmente consagrada al servicio de Dios y de los hombres es algo evidente. Lo que hoy no resulta para algunos tan evidente es que esta identificación sea conveniente. La Iglesia, sin embargo, desde hace ya muchos siglos, considera que esa identificación permanente es sin duda positiva, y que ayuda mucho tanto al sacerdote como a los hombres, sean o no cristianos.

Esta convicción tiene en la experiencia uno de sus fundamentos principales, aunque hay otros más doctrinales, como en seguida veremos, de gran importancia. Pero en cuanto a la experiencia, recordemos que no pocos estudios modernos de psicología social reconocen un valor social considerable a la identificación exterior de las personas; al menos en ciertas profesiones y circunstancias. La bata blanca, por ejemplo, no dificulta la relación del médico con sus pacientes, sino que la facilita. No distancia, al ser diferente, sino que favorece la aproximación.

Atractivo actual del clerman y del hábito. Una profesión se hace más atractiva cuando aquellos que la viven afirman su propia identidad abiertamente. A comienzos del siglo XXI, sabemos con certeza que los Institutos religiosos y los Seminarios que mantienen el hábito y el clerman tienen muchísimas más vocaciones que aquellos otros que los han eliminado, secularizando deliberadamente su imagen en el vestir. Esto podrá alegrar a unos y molestar a otros; pero lo que es evidente es quees así. Como también viene a ser, simétricamente, una regla general significativa que entre los institutos religiosos que caminan aceleradamente hacia su extinción o los Seminarios diocesanos que no tienen vocaciones, suele ser norma común, comenzando por los propios formadores, la secularización completa del vestir.

El voto de los jóvenes que aspiran hoy a la vida sacerdotal o religiosa, masculina o femenina, se vuelca indudablemente en favor de los Seminarios y de los Institutos religiosos que mantienen la identificación social en el vestir. En las Iglesias diocesanas, por ejemplo, cada vez es más frecuente comprobar que son los sacerdotes jóvenes los más fieles al clerman. Y sigo argumentando en el plano de la experiencia.

Esta atracción de la juventud actual por la identificación social exterior, no sólo interior, de la vida sacerdotal o religiosa la explicaba así en una entrevista Mons. Albert Malcolm Ranjith, siendo secretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (Radice cristianenº 38, octubre 2008):


«Nosotros, que somos de la generación del Concilio Vaticano II, que ha proclamado siempre el deber de estar siempre atentos a los signos de los tiempos, no debemos justo ahora volvernos ciegos y sordos. Los signos de los tiempos cambian con la historia. Si estamos no sólo atentos a los signos de los tiempos del sesenta y ocho, sino también a los de hoy, entonces tendremos que abrirnos a este fenómeno, reflexionarlo, examinarlo.

«Es extraño que en algunos países de Europa las religiosas vistan como mujeres comunes y abandonen el velo. El velo es un símbolo de algo eterno, algo de “un ya y todavía no”; de aquel sentido escatológico predicado por el Señor mismo: aunque ahora estemos en la tierra, pertenecemos a una realidad distinta. Por eso ¿qué sentido tiene abandonar todo esto para integrarnos en una cultura moribunda? He visto tantos jóvenes sacerdotes y religiosas que son fieles a sus signos de consagración. No es que el hábito sea todo, pero también él tiene un sentido…

«Repito, es extraño y triste que en un mundo con tantos jóvenes desilusionados de las trivialidades, hartos de superficialidad, del materialismo consumista, muchos sacerdotes y religiosas vayan vestidos de civil, abandonando su signo de pertenencia a una realidad diversa. Leer los signos de los tiempos significa discernir que ahora los jóvenes buscan al Eterno, buscan un objetivo por el cual sacrificarse, que están listos y generosos. Y donde hay estas disposiciones debemos estar presentes».

* * *

—(Directorio nº 61, sigue). «Por esta razón, el sacerdote, como el diácono transeúnte, debe (250): a) llevar o el hábito talar o “un traje eclesiástico decoroso, según las normas establecidas por la Conferencia Episcopal y según las legitimas costumbres locales” (251). El traje, cuando es distinto del talar, debe serdiverso de la manera de vestir de los laicos y conforme a la dignidad y sacralidad de su ministerio; la forma y el color deben ser establecidos por la Conferencia Episcopal, siempre en armonía con las disposiciones de derecho universal;»


250.-Cfr. Consejo Pontificio para los Textos Legislativos,Chiarimenti circa il valore vincolante dell’art. 66 del Direttorio per il ministero e la vita dei presbiteri (22-X-1994): «Communicationes» 27 (1995) 192-194.

251.-Código Derecho Canónico, can. 284.

La condición sagrada del sacerdote y de su ministerio. Santoy sagrado no son términos que se identifican. «Dios» es el “Santo”. Y son “sagradas” aquellas «criaturas» que en modo manifiesto han sido especialmente elegidas por el Santo para santificar a los hombres. El Verbo encarnado, por tanto, es el único que une en sí mismo absolutamente santidad y sacralidad: es santo por su divinidad y perfectamente sagrado por su encarnación. Más aún, Él es la fuente de toda sacralidad cristiana.


Ya traté de «lo sagrado cristiano» en otros artículos, (210) La Iglesia es sagrada, (( http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1302260954-210-reforma-o-apostasia-vi-la )), y también al estudiar (212) La secularización del sacerdocio ministerial;(( http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1303111215-212-reforma-o-apostasia-viii )) pero recordaré aquí brevemente sus notas más importantes para el tema que ahora nos ocupa.

Todo en la Iglesia es sagrado. El cuerpo místico de Cristo es sagrado, es «sacramento universal de salvación» (Vat.II: LG 48;AG 1), es «el sacramento admirable de la Iglesia entera» (SC 5). Sagrado es el pan eucarístico. Los cristianos (su mismo nombre lo expresa), ya por el bautismo, son sagrados, ungidos, consagrados por Dios en Cristo. Y así tantas otras sacralidades cristianas: sagradas Escrituras, sacramentos, sagrados Concilios, vírgenes consagradas, templos, lugares sagrados, etc.

Se distinguen, sin embargo, en el lenguaje los diversos grados de sacralidad dentro de la Iglesia, y se distinguen con fundamento real. Se reserva habitualmente el término sagrado a aquellas criaturas más directamente dedicadas por Dios a la santificación, y más potenciadas por el Espíritu Santo en orden a santificar. Habla la tradición cristiana, por ejemplo, de los sacerdotes como «ministros sagrados», y de los religiosos como cristianos de «vida consagrada». No habla, en cambio, de los «sagrados laicos». Y es una expresión normal decir «la predicación sagrada», pero no, por ejemplo, «la sagrada agricultura».

Lo sagrado tiende de suyo a ser visible. Esta nota es importante. Lo sagrado participa de la economía sacramental de la gracia cristiana. Y el sacramento es siempre signo visible de lagracia invisible que santifica a los hombres. Esta «visibilidad sensible» pertenece, pues, a la naturaleza misma de lo sagrado, y por eso la Iglesia acentúa tanto este aspecto en su doctrina y en su disciplina, también a la hora de configurar externamente la figura del sacerdote y de los religiosos (cf. Vat. II, SC 7c, 33b, 59).

A la luz de estas verdades doctrinales, y no sólo con fundamento en la experiencia, dispone, pues, la Iglesia en el Directorio sobre los sacerdotes que, siendo «el hábito talar el signo exterior de una realidad interior», «el traje, cuando es distinto del talar, debe ser diverso de la manera de vestir de los laicos y conforme a la dignidad y sacralidad de su ministerio». Por tanto, es un signo social elocuente que «deben poder reconocerlo todos», incluso los no cristianos. La Iglesia, pues, quiere esa identificación interior y exterior del sacerdote, porque sabe por la fe que el sacerdote «hace sacramentalmente presente a Cristo, Salvador de todo el hombre, entre los hermanos, y no sólo en su vida personal, sino también social» (Sínodo Obispos 1971, nº 4). Hacesacramentalmente presente: es, pues, figura visible del Cristo glorioso invisible, que por él actúa de modo especial como maestro, sacerdote y pastor (Vat.II, PO 2). Esta concepciónicónica de la jerarquía sacerdotal –Obispo, presbíteros, diáconos–, como imagen visible de la jerarquía celestial –Cristo y los Apóstoles– ya fue expuesta claramente hacia el año 100 por San Ignacio de Antioquía.


La secularización, por el contrario, es esencialmentedesacralizante, y en no pocos lugares ha conseguido secularizar en la Iglesia, no sólo en lo exterior, sino también en lo interior, las misiones, la beneficencia, la misma liturgia, los templos, la moral, los colegios y Universidades, la vida religiosa, etc. Y por supuesto, ha procurado con especial interés secularizar exterior e interiormente la vida y ministerios del sacerdote y del religioso.

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—(Directorio nº 61, sigue). b) «por su incoherencia con el espíritu de tal disciplina, las praxis contrarias [a llevar el traje eclesiástico] no se pueden considerar legítimas costumbres(252) y deben ser removidas por la autoridad competente (253).

«Exceptuando las situaciones del todo excepcionales, el no usar el traje eclesiástico por parte del clérigo puede manifestar un escaso sentido de la propia identidad de pastor, enteramente dedicado al servicio de la Iglesia (254).

[[«Además, el hábito talar –también en la forma, el color y la dignidad– es especialmente oportuno, porque distingue claramente a los sacerdotes de los laicos y da a entender mejor el carácter sagrado de su ministerio, recordando al mismo presbítero que es siempre y en todo momento sacerdote, ordenado para servir, para enseñar, para guiar y para santificar las almas, principalmente mediante la celebración de los sacramentos y la predicación de la Palabra de Dios. Vestir el hábito clerical sirve asimismo como salvaguardia de la pobreza y la castidad».]]


252.-Código Derecho Canónico, can. 24 §2.

253.-Cfr. PABLO VI, Motu Proprio Ecclesiæ Sanctæ, I, 25 §2:AAS 58 (1966), 770; S. Congregación para los Obispos, Carta circular a todos los representantes pontificios Per venire incontro (27-I-1976): EV 5, 1162-1163; S. Congregación para la Educación Católica, Carta circular The document (6-I-1980): «L’Osservatore Romano» supl., 12-IV-1980.

254.-Cfr. PABLO VI, Audiencia general (17-X-1969): «L’Osservatore Romano», ed. en español, n.38, 21-IX-1969,3;Alocución al clero (1-III-1973): «L’Osservatore Romano», ed. en español, n. 11, 18-III-1973,3.

Centro aquí mi comentario en la obediencia, por razón de la brevedad; pero debemos reconocer que valorar el hábito clerical como una ayuda muy considerable para la pobreza y para la castidad, es también un argumento realista, importante y de ningún modo menospreciable.

La obediencia a las normas disciplinares de la Iglesia, en efecto, ha de ser muy especialmente fiel en el sacerdote sacramentalmente ordenado, tanto en lo doctrinal, como en lo litúrgico, moral y pastoral. Verdad muy importante, hoy excesivamente silenciada. Mediante el sacramento del orden, el sacerdote recibe una nueva «configuración a Cristo» por la unción del Espíritu Santo (cf. Vat.II, PO 2), y es constituido así re-presentante sacramental de Cristo. Ahora bien, el Señor salvó a la humanidad precisamente por su obediencia al Padre: «si por la desobediencia de uno, muchos fueron hechos pecadores, también por la obediencia de uno muchos serán hechos justos» (Rm 5,19). Si contraponer una espiritualidad de amor y otra de obediencia no tiene sentido alguno en ningún cristiano, menos aún lo tiene en un sacerdote: «si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14,15). Amor y obediencia a Dios se identifican. El sacerdote, pues, en su vida y en su ministerio, está especialmente llamado y potenciado por Dios para vivir juntamente la caridad y la obediencia.

La disciplina canónica de la Iglesia se ha formado a lo largo de los siglos fundamentándose sobre todo en los cánones de los Concilios. Estos cánones, que la Iglesia reúne en el DerechoCanónico, establecen con autoridad apostólica normasdisciplinares eclesiales, que han de ser obedecidas y cumplidas. No son meras orientaciones, sujetas posteriormente a libre opinión, discutibles en público y devaluables por cualquiera.

En el primer Concilio de Jerusalén, dicen los Apóstoles: «nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros» (Hch 15,28). Poco después, San Pablo «atravesando las ciudades, les comunicaba los decretos dados por los apóstoles y ancianos de Jerusalén, encargándoles que los guardasen» (Hch 16,4). El Apóstol que más combatió el legalismo judaico (Rm, Gal), exhorta a las primeras comunidades cristianas a la fidelidad a las leyes de la Iglesia. Y veinte siglos después estamos en las mismas: las normas disciplinares de la Iglesia expresan ciertamente la benéfica autoridad del Señor, de sus Apóstoles y de sus Sucesores sobre el pueblo cristiano. En consecuencia, deben ser obedecidas en conciencia. Y la Iglesia, concretamente, que ha dado muy pocas leyes positivas sobre los laicos, ha dispuesto en cambio numerosas normas a lo largo de los siglos sobre la vida y el ministerio de sus sacerdotes. Muchos Concilios antiguos incluían entre sus cánones los de vita et honestate clericorum.

Pues bien, la Iglesia hoy quiere y manda que el sacerdote «lleve el hábito talar o un traje eclesiástico decoroso», por supuesto, «exceptuando las situaciones del todo excepcionales». Este mandato de la Iglesia, fundamentado en la experiencia y en la teología de lo sagrado, debe ser obedecido. Objetan algunos a esto que, tratándose de leyes positivas de la Iglesia, éstas pueden ser objeto de críticas y de discusiones públicas. Pero no es verdad, al menos en las cuestiones más graves. Hay en la Iglesia leyes positivas de gran importancia, como las que se refieren al celibato eclesiástico, la comunión ordinaria bajo solo una especie, la comunión frecuente, la confesión al menos anual de los pecados graves, etc., y también las referentes al vestir de sacerdotes y religiosos, que más que discusión, piden obediencia.

Todas esas leyes, y otras semejantes, son, efectivamente, leyes positivas, y por tanto de suyo podrían ser cambiadas. Pero no sin grave escándalo y daño para los fieles –laicos, sacerdotes, religiosos– pueden ser discutidas en público, criticadas y desprestigiadas mientras están vigentes, sobre todo cuando se trata de cuestiones en las que la Autoridad apostólica se ha pronunciado con gran fuerza y reiteración, haciendo frente en algunas regiones a una amplia oposición. En el tema del vestir que nos ocupa, la Iglesia establece sus normas con tanta firmeza que en 2013, como hemos visto, dispone que «las praxis contrarias no se pueden considerar legítimas costumbres y deben ser removidas por la autoridad competente».

Está claro: una de las maneras principales de «hacerse como niño» para poder entrar en el Reino es aceptar y obedecer las enseñanzas y mandatos de la Iglesia, Esposa de Cristo, nuestraMater et Magistra. Aquel que prefiere su propio juicio y discernimiento al de la Iglesia no sabe hacerse como niño, al menos en ciertas cuestiones, y no asume una actitud discipular. Y las consecuencias son previsibles. Las estamos viendo cada día. Conocemos bien los frutos buenos de la obediencia y los frutos podridos de la desobediencia.


José María Iraburu, sacerdote


FUENTE: infocatolica.com/



EL DON DE TEMOR


Por: José Maria Iraburu


El don de temor de Dios intensifica y purifica todas las virtudes cristianas 


El don de temor
Sagrada Escritura

La Biblia inculca desde el principio a los hombres el santo temor de Dios: «Israel, ¿qué es lo que te exige el Señor, tu Dios? Que temas al Señor, tu Dios, que sigas sus caminos y lo ames, que sirvas al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma, que guardes los mandamientos del Señor y sus leyes, para que seas feliz» (Dt 10,12-13). En este texto, y en otros muchos semejantes, se aprecia cómo el temor de Dios implica en la Escritura veneración, obediencia y sobre todo amor.

También Jesucristo, siendo para nosotros «la manifestación de la bondad y el amor de Dios hacia los hombres» (Tit 3,4), nos enseña el temor reverencial que debemos al Señor, cuando nos dice: «temed a Aquél que puede perder el alma y el cuerpo en la gehenna» (Mt 10,28).

Sabe nuestro Maestro que «el amor perfecto echa fuera el temor» (1Jn. 4,18). Pero también sabe que, cuando el amor es imperfecto, el amor y el servicio de Dios implican un temor reverencial. Y como en seguida lo veremos en los santos, un amor perfecto a Dios lleva consigo un indecible temor a ofenderle.


Teología

El don de temor es un espíritu, es decir, un hábito sobrenatural por el que el cristiano, por obra del Espíritu Santo, teme sobre todas las cosas ofender a Dios, separarse de Él, aunque sólo sea un poco, y desea someterse absolutamente a la voluntad divina (+STh II-II,19). Dios es a un tiempo Amor absoluto y Señor total; debe, pues, ser al mismo tiempo amado y reverenciado.

No es, por supuesto, el don de temor de Dios un temor servil, por el que se pretende guardar fidelidad al Señor única o principalmente por temor al castigo. Para que el temor de Dios sea don del Espíritu Santo ha de ser un temor filial, que, principalmente al principio o únicamente al final, se inspira en el amor a Dios, es decir, en el horror a ofenderle.

El don de temor de Dios intensifica y purifica todas las virtudes cristianas, pero algunas de ellas, como veremos ahora, están más directamente relacionadas con él.

El temor de Dios y la esperanza enseñan al hombre a fiarse solamente de Dios y a no poner la confianza en las criaturas -en sí mismo, en otros, en las ayudas que pueda recibir-. Por eso aquel que verdaderamente teme a Dios es el único que no teme a nada en este mundo, ya que mantiene siempre enhiesta la esperanza. El justo «no temerá las malas noticias, pues su corazón está firme en el Señor; su corazón está seguro, sin temor» (Sal 111,7-8). En realidad, no hay para él ninguna mala noticia, pues habiendo recibido el Evangelio, la Buena Noticia, ya está seguro de que todas las noticias son buenas, ya sabe ciertamente que todo colabora para el bien de los que aman a Dios (Rm 8,28).

Por eso, cuando el cristiano está asediado entre tantas adversidades del mundo, se dice: «levanto mis ojos a los montes, ¿de dónde me vendrá el auxilio?»; y concluye: «el auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra» (Sal 120,1-2).

El temor de Dios y la templanza libran al cristiano de la fascinación de las tentaciones, pues el temor sobrehumano de ofender al Señor aleja de toda atracción pecaminosa, por grande que sea la atracción y por mínimo que sea el pecado. Para pecar hace falta mantener ante Dios un atrevimiento que el temor de Dios elimina totalmente.

El temor de Dios fomenta la virtud de la religión, lleva a venerar a Dios y a todo lo sagrado, es decir, a tratar con respeto y devoción todas aquellas criaturas especialmente dedicadas a la manifestación y a la comunicación del Santo.

Quien habla de Dios o se comporta en el templo, por ejemplo, sin el debido respeto, no está bajo el influjo del don de temor de Dios. En efecto, hemos de «ofrecer a Dios un culto que le sea grato, con religiosa piedad y reverencia» (Heb 12,28). El mismo Verbo divino encarnado, Jesucristo, nos da ejemplo de esto, pues «habiendo ofrecido en los días de su vida mortal oraciones y súplicas con poderosos clamores y lágrimas, fue escuchado por su reverencial temor» (5,7).

El temor de Dios, en fin, nos guarda en la humildad, que sólo es perfecta, como fácilmente se entiende, en aquellos que saben «humillarse bajo la poderosa mano de Dios» (1Pe 5,6). El que teme a Dios no se engríe, no se atribuye los bienes que hace, ni tampoco se rebela contra Él en los padecimientos; por el contrario, se mantiene humilde y paciente.

El don de temor, como hemos dicho, es el menor de los dones del Espíritu Santo: «el principio de la sabiduría es el temor del Señor» (Prov 1,7). Es cierto; pero aun siendo el menor, posee en el Espíritu Santo una fuerza maravillosa para purificar e impulsar todas las virtudes cristianas, las ya señaladas, y también muchas otras, como fácilmente se comprende: la castidad y el pudor, la perseverancia, la mansedumbre y la benignidad con los hombres. El espíritu de temor ha de ser, pues, inculcado en la predicación y en la catequesis con todo aprecio.


Santos

El ejemplo de los santos, que consideraremos en cada uno de los dones del Espíritu Santo, nos hará conocer con claridad y certeza cuáles son los efectos que produce cada uno de los dones.

Ante «el Padre de inmensa majestad», como reza el Te Deum, el hombre, por santo que sea, en ocasiones se estremece. «¡Ay de mí, estoy perdido!, pues siendo un hombre de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Yavé Sebaot», exclama Isaías (6,5). Sí, eso sucede en el Antiguo Testamento, ante Yavé, el Altísimo. Pero el mismo San Juan apóstol, el amigo más íntimo de Jesús, cuando le es dado en Patmos contemplar al Resucitado en toda su gloria, confiesa: «así que le vi, caí a sus pies como muerto» (Ap 1,18).

Este peculiar fulgor del don de temor de Dios se manifiesta innumerables veces en la vida de los santos cristianos.

Según Dios da su luz, se da en el alma de los santos una captación muy diversa de sí mismos. Santa Angela de Foligno aunque unas veces declara: «me veo sola con Dios, toda pura, santificada, recta, segura en él y celeste» (Libro de la vida, memorial, cp.IX), otras veces siente un horrible espanto de sí misma: «entonces me veo toda pecado, sujeta a él, torcida e inmunda, toda falsa y errónea» (ib.). Y hay momentos extremos en que ella, así lo confiesa, siente la necesidad de andar por ciudades y plazas, gritando a todos: «aquí está la mujer más despreciable, llena de maldad y de hipocresía, sentina de todos los vicios y males» (ib. instruc. I).

San Pablo de la Cruz, el fundador de los pasionistas, estando retirado unos días a solas en una iglesia solitaria, se siente a veces de tal modo embargado por el temor de Dios, es decir, por la captación simultánea de su propia miseria y de la Santidad divina, que se veía completamente indigno de estar en la iglesia, ante el sagrario, en lugar tan sagrado:

« y decía a los ángeles que asisten al adorabilísimo Misterio que me arrojasen fuera de la iglesia, pues soy peor que un demonio. Sin embargo, no se me quita la confianza con mi Esposo Sacramentado. Y le decía que recordase lo que me ha dejado en el santo evangelio, esto es, que no ha venido él a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Diario espiritual 5-XII-1720).

En ciertas ocasiones, el Espíritu Santo hace que el santo, después de algún pecado, se estremezca de pena y espanto por el don de temor de Dios. Santa Margarita María de Alacoque, la que tantas y tan sublimes revelaciones había tenido del amor y de la ternura del Corazón de Jesús, refiere que en una ocasión tuvo «algún movimiento de vanidad hablando de sí misma»...

« ¡Oh Dios mío! ¡Cuántas lágrimas y gemidos me costó esta falta! Porque, en cuanto nos hallamos a solas Él y yo, con un semblante severo me reprendió, diciéndome: "¿qué tienes tú, polvo y ceniza, para poder gloriarte, pues de ti no tienes sino la nada y la miseria, la cual nunca debes perder de vista, ni salir del abismo de tu nada?"». Y en seguida «me descubrió súbitamente un horrible cuadro, me presentó un esbozo de todo lo que yo soy... Me causó tal horror de mí misma, que a no haberme Él mismo sostenido, hubiera quedado pasmada del dolor. No podía comprender el exceso de su grande bondad y misericordia en no haberme arrojado ya en los abismos del infierno, y en soportarme aún, viendo que no podía yo sufrirme a mí misma. Tal era el suplicio que me imponía por los menores impulsos de vana complacencia; así que a veces me obligaba a decirle: "¡ay de mí, Dios mío!, o haced que muera o quitadme ese cuadro, pues no puedo vivir mirándole"» (Autobiografía 62).

Sin embargo, confiesa al final de su escrito, «por grandes que sean mis faltas, jamás me priva de su presencia [el Señor] este único amor de mi alma, como me lo ha prometido. Pero me la hace tan terrible cuando le disgusto en alguna cosa, que no hay tormento que no me fuera más dulce y al cual no me sacrificara yo mil veces antes que soportar esta divina Presencia y aparecer delante de la Santidad divina teniendo el alma manchada con algún pecado.

«En esas ocasiones, bien hubiera querido esconderme y alejarme de ella, si hubiese podido; mas todos mis esfuerzos eran inútiles, hallando en todas partes esa Santidad, de que huía, con tan espantosos tormentos que me figuraba estar en el Purgatorio, porque todo sufría en mí sin ningún consuelo, ni deseo de buscarle» (ib. 111).

El temor de Dios, en efecto, produce a veces en los santos verdaderos estremecimientos de espanto por los más pequeños pecados cometidos contra la Santidad divina. Sufren así entonces, como bien dice Santa Margarita María, sufrimientos muy semejantes a los propios del Purgatorio. Y muy al contrario, los cristianos todavía carnales son sumamente atrevidos a la hora de ofender a Dios en algo. No está en ellos despierto todavía el don del temor de Dios; y ofendiéndole, aunque sea en cosas pequeñas o no tan chicas, todavía se creen muy buenos.

El espanto que una ofensa mínima contra Dios causa en los santos puede verse en esta anécdota de la vida de Santa Catalina de Siena. Estando en oración, se distrae un momento, volviendo la cabeza para ver a un hermano suyo que pasaba. Al punto, la Virgen María y San Pablo le reprenden por ello con gran dureza, y ella llora y solloza interminablemente con inmensa pena, sin poder hablar palabra con los que le preguntan. Y su director espiritual cuenta:

«Cuando la virgen pudo por fin abrir la boca, dijo entre sollozos: "¡infeliz de mí, miserable de mí! ¿Quién hará justicia a mis iniquidades? ¿Quién castigará un pecado tan grande?"» (Leyenda 203).

La santa virgen Catalina tenía temor de Dios de un modo divino, sobrehumano. Y el beato Raimundo de Capua, su director, refiere que ella encarecía con frecuencia «el odio santo y el desprecio por sí misma» que debe sentir el alma:

«tened siempre en vosotros, hijos míos -decía-, ese odio santo, porque os hará siempre humildes. Tendréis paciencia en las adversidades, seréis moderados en la abundancia, os adornaréis con vestidos honestos, gratos y amables a Dios y a los hombres». Y añadía: «cuidado, mucho cuidado con quien no tenga ese odio santo porque, donde ese odio falta, reina necesariamente el amor propio, que es el pozo negro de todos los pecados, la raíz y la causa de todo pésimo afán» (101).

Cuando el don espiritual del temor divino actúa en el alma con la potencia sobrehumana del Espíritu Santo, el menor de los pecados es sentido como una atrocidad indecible. Santa Teresa de Jesús decía: «no podía haber muerte más recia para mí que pensar si tenía ofendido a Dios» (Vida 34,10). Eso es el temor de Dios.


Disposición receptiva

Para recibir el don de temor lo más eficaz es pedirlo al Espíritu Santo, por supuesto; pero además, con Su gracia, el cristiano puede prepararse a recibirlo ejercitándose especialmente en ciertas virtudes y prácticas:

1. Meditar con frecuencia sobre Dios, sobre su majestad y santidad. Hay que enterarse bien de que Dios es el Señor del universo, el Autor del cielo y de la tierra, el que con su Providencia lo gobierna todo, el Juez final inapelable.

2. Meditar en la malicia indecible del pecado, en la gravedad de sus consecuencias temporales, y en el horror de sus posibles consecuencias después de la muerte: el purgatorio, el infierno.

3. Cultivar la virtud de la religión, y con ella la reverencia hacia Dios y hacia todo aquello que tiene en la Iglesia una especial condición sagrada -el culto litúrgico, la Palabra divina, la Eucaristía, el Magisterio apostólico, los sacerdotes, las iglesias-.

4. Guardarse en la humildad y la benignidad paciente ante los hermanos, así como observar el respeto y la obediencia a los superiores, que son representantes del Señor.

5. Recibir la ley y la enseñanza de la Iglesia, observar las normas litúrgicas y pastorales, así como guardar fidelidad humilde en temas doctrinales y morales. Quien falla seriamente en algo de esto, y más si lo hace en forma habitual, es porque no tiene temor de Dios.



VIDEOS.


Papa Francisco: Don de Temor de Dios




¿Que es el temor de Dios?



FUENTE: es.catholic.net/


LA DEVOCIÓN DE LOS SIETE DOLORES DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA - PARTE 2 -



“Dios quiere establecer en el mundo la devoción a Mi Inmaculado Corazón”.


Los Siete Dolores de Nuestra Señora
1. La profecía del anciano Simeón
2. La huída a Egipto
3. El Niño Jesús perdido
4. El encuentro de María con Jesús en el camino al Calvario
5. La Crucifixión y muerte de Jesús
6. La lanzada que traspasó el Corazón de Jesús y su descendimiento de la cruz
7. La sepultura de Jesús


Gracias y promesas conectadas a la práctica de esta devoción en honor de los Dolores de la Santísima Virgen María:

Según San Alfonso de Ligorio (Las Glorias de  María), fue revelado a Santa Isabel que, a pedido de Nuestra Señora, Nuestro Señor prometió cuatro gracias principales para los devotos de Sus Dolores:

1. Todos los que, a la hora de la muerte, invoquen la Divina Madre en nombre de Sus Dolores obtendrán un verdadero arrepentimiento de sus pecados;
2. Él protegerá todos los que han tenido esta devoción en sus tribulaciones, y los protegerá especialmente a la hora de la muerte;
3. Grabará en sus mentes la recordación de Su Pasión;
4. Colocará estos siervos devotos en las manos de Su Madre María, para que Ella hace de ellos lo que desea y obtendrá para ellos todas las gracias que desean.

Además de estas cuatro gracias, hay aún siete promesas conectadas a la práctica de rezar siete Ave Marías diariamente, mientras se medita en las Lágrimas y Dolores de Nuestra Señora. Estas siete promesas fueron reveladas a Santa Brígida de Suecia:

1. “Concederé la paz a sus familias”.
2. “Serán iluminados sobre los Misterios divinos”.
3. “Los consolaré en sus dolores y los acompañaré en su trabajo”.
4. Les daré lo que piden, si no contraríe la voluntad adorable de Mi Hijo Divino y la santificación de sus almas”.
5. “Los defenderé en sus batallas espirituales contra el enemigo infernal, y los protegeré en todos los instantes de sus vidas”.
6. “Los ayudaré visiblemente a la hora de su muerte – ellos verán la faz de su Madre”.
7. “Obtuve de Mi Divino Hijo esta gracia: que quien propaga esta devoción a Mis Lágrimas y Dolores será llevado directamente de esta vida terrena a la felicidad eterna, porque todos sus pecados serán perdonados y Mi Hijo será su consuelo y alegría eternales”.


Novena a Nuestra Señora de los Dolores (de la Raccolta)

Puede decirse como una novena de nueve días y/o acompañar la reza diaria de 7 Ave Marías ofrecidas en honor de los Dolores de Nuestra Señora.

Comenzar cada día con:
V. Oh Dios ven en mi auxilio.
R. Señor, apresúrate a socorrerme.
V. Gloria al Padre, etc.
R. Así como era, etc.

Después:
Día I. Sufro por Ti, María Dolorosísima, en la aflicción de Tu corazón tierno con la profecía del santo viejo Simeón. Querida Madre, por Tu corazón tan afligido, obtén para mí la virtud de la humildad y el Don del santo Temor de Dios. Rece un Ave María.
Día II. Sufro por Ti, María Dolorosísima, en la angustia de Tu afectuosísimo corazón durante la fuga al Egipto y Tu estadía allí. Querida Madre, por Tu corazón tan perturbado, obtén para mí la virtud de la generosidad, especialmente para con los pobres, y el Don de la Piedad. Rece un Ave María.
Día III. Sufro por Ti, María Dolorosísima, en las ansiedades que perturbaron Tu corazón amargado por la pérdida de Tu querido Jesús. Querida Madre, por Tu corazón tan angustiado, obtén para mí la virtud de la castidad y el Don de la Ciencia. Rece un Ave María.
Día IV. Sufro por Ti, María Dolorosísima, en la consternación de Tu corazón al encontrar Jesús cuando cargaba Su Cruz. Querida Madre, por Tu corazón tan perturbado, obtén para mí la virtud de la paciencia y el Don de la Fortaleza. Rece un Ave María.
Día V. Sufro por Ti, María Dolorosísima, en el martirio que Tu corazón generoso suportó al estar cerca de Jesús en Su agonía. Querida Madre, por Tu corazón de tal manera afligido, obtén para mí la virtud de la temperancia y el Don del Consejo. Rece un Ave María.
Día VI. Sufro por Ti, María Dolorosísima, en la herida de Tu corazón compasivo, cuando el lado de Jesús fue alcanzado por la lanza y Su Corazón fue traspasado. Querida Madre, por Tu corazón así traspasado, obtén para mí la virtud de la caridad fraterna y el Don del Entendimiento. Rece un Ave María.
Día VII. Sufro por Ti, María Dolorosísima, por los dolores que arrancaron Tu amantísimo corazón cuando Jesús fue sepultado. Querida Madre, por Tu corazón hundido en la amargura de la desolación, obtén para mí la virtud de la diligencia y el Don de la Sabiduría. Rece un Ave María.

V. Ruega por nosotros, Virgen dolorosísima,
R. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

Oremos.

Sea hecha intercesión por nosotros, te suplicamos, Señor Jesucristo, ahora y en la hora de nuestra muerte, ante el trono de Tu misericordia, por la Santísima Virgen María, Tu Madre, Cuya santísima alma fue traspasada por una espada de dolor en la hora de Tu amarga Pasión. Pedimos esto por intercesión de Tu, Jesucristo, Salvador del mundo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.


Indulgencia de 5 años. Indulgencia de 7 años en cada día de septiembre. Indulgencia plenaria una vez por mes, bajo las condiciones usuales, si estas oraciones sean dichas diariamente (Pio VII, Audiencia, 14 de enero de 1815).


Invocaciones

Santa Madre, traspasadme; renovad en mi corazón cada herida de mi Salvador crucificado. (Misal Romano).

Indulgencia de 500 días. Indulgencia plenaria bajo las condiciones usuales, si sea rezada con devoción todos los días durante un mes (S.P. Ap., 1 de agosto de 1934).

María dolorosísima, Madre de los Cristianos, rogad por nosotros. Indulgencia de 300 días (Pio
X, Audiencia, 4 de junio de 1906)

Virgen dolorosísima, rogad por nosotros. Virgo dolorosissima, ora pro nobis.

Indulgencia de 300 días. Indulgencia de 5 años, si, en honor de la Santísima Virgen María de los Dolores, si rece con devoción el Ave María 7 veces, después de la invocación encima indicada una vez (S.P. Ap., 22 de noviembre de 1934).


Oraciones a la Madre Dolorosa (de la Raccolta)

María, Santísima Virgen y Reina de los Mártires, aceptad el homenaje sincero de mi afecto filial. Recibid mi pobre alma en vuestro corazón, traspasado por tantas espadas. Recibidla como compañera de vuestros dolores al pie de la Cruz en que Jesús murió por la redención del mundo. Con Vos, oh Virgen dolorosa, sufriré alegremente todas las tribulaciones, contradicciones y enfermedades que Nuestro Señor querría enviarme. Las ofrezco todas a Vos en memoria de vuestros dolores, para que cada pensamiento de mi mente y cada latido de mi corazón sean un acto de compasión y de amor por Vos. Oh Vuestra Merced, dulce Madre, tened piedad de mí, reconciliadme con vuestro Divino Hijo Jesús, conservadme en vuestra gracia y asistidme en mi última agonía, de modo que pueda alcanzar el Cielo, estar consigo y cantar vuestras glorias. Amén.

Indulgencia de 500 días – (S.C. Ind, 20 de marzo de 1887).

Santísima Virgen y Madre, cuya alma fue traspasada por una espada de dolor en la Pasión de Vuestro Divino Hijo, y Que, en Su gloriosa Resurrección, fuisteis llena de alegría sin fin por Su triunfo, obtened para nosotros, que nos dirigimos a Vos, que compartimos de las adversidades de la Santa Iglesia y de los dolores del Sumo Pontífice, de modo que podamos alegrarnos con ellos en los consuelos por los que rezamos, en la caridad y paz de Cristo Nuestro Señor. Amén.

Indulgencia de 500 días (Pio X, Rescrito de su propio puño, 25 de enero de 1906).


El Rosario de los Siete Dolores

Una de las devociones practicadas y promovidas por los siete fundadores de los Siervos de María era el Rosario de los Siete Dolores. Este Rosario consiste de siete segmentos, un segmento para cada uno de los siete principales dolores de la Santísima Virgen. Cada segmento del Rosario consiste en rezar un Padre Nuestro y siete Avemarías mientras se medite en el dolor correspondiente a ese segmento, todo esto seguido por un versículo especial, siendo dicho al fin de cada segmento. Después de las oraciones del séptimo segmento, se reza un Salve Reina y otra oración, seguida de tres Avemarías más al fin, en honor de las lágrimas que Nuestra Señora derramó en Sus Dolores.

MENSAJES DE MEDJUGORJE - 25 de Enero de 2015



Mensajes de Nuestra Señora Reina de la Paz en Medjugorje 


Al inicio Nuestra Señora regularmente da sus mensajes sólo a los videntes, y a través de ellos a todos los fieles. A partir del 1 de marzo de 1984, Nuestra Señora comienza a entregar regularmente sus mensajes todos los jueves a la comunidad de parroquial de Medjugorje, y a través de ella, al resto del mundo. Puesto que algunas cosas que el Señor había deseado se cumplieron, como lo afirmó Nuestra Señora , a partir del 25 de enero de 1987, Nuestra Señora da sus mensajes a todo el mundo los 25 de cada mes Esto aún continúa.

Mirjana Dragicevic-Soldo, Ivanka Ivankovic-Elez y Jakov Colo tuvieron apariciones diarias hasta 1982, 1985, y 1998 respectivamente. Desde entonces, la Virgen se les aparece una vez al año y les da un mensaje. Debido a que el trabajo sobre los archivos está aún en curso, no estamos en condiciones de publicar los mensajes otorgados antes de 1995.


(http://www.medjugorje.ws)



Ultimo Mensaje 25 de enero de 2015


“Queridos hijos! También hoy los invito a vivir en oración su vocación. Ahora más que nunca, Satanás quiere sofocar, con su viento contagioso de odio y de inquietud, al hombre y su alma. En muchos corazones no hay alegría porque no está Dios ni la oración. El odio y la guerra crecen día a día. Los invito, hijitos, a empezar de nuevo con entusiasmo el camino de la santidad y del amor, porque por eso yo he venido entre ustedes. Juntos, seamos amor y perdón para todos aquellos que solo saben y quieren amar con el amor humano, y no con el inmenso amor de Dios al cual Él los invita. Hijitos, que la esperanza en un mañana mejor esté siempre en su corazón. Gracias por haber respondido a mi llamado. ”



CRECE LA FE EN CHINA PESE A LA NO PRESENCIA DE LIBERTAD RELIGIOSA





2014, el año de mayor represión a cristianos en China pero crece la fe

Las demoliciones de iglesias y las restricciones al culto jalonaron un año difícil


Un panorama de luces y sombras para la fe cristiana en China fue descrito por la agencia informativa UCA News como balance de la situación de libertad religiosa en 2014.

Las numerosas demoliciones de cruces y símbolos religiosos y otros hechos de represión hacen que este año haya sido el de mayor persecución a los creyentes en la última generación, pero el crecimiento de la fe hace creer que el futuro del cristianismo en el país será muy diferente.


Un año de dificultades

Las noticias reportadas porGaudium Press a lo largo del año coinciden con el análisis del informativo asiático. La escena de maquinarias y trabajadores ingresando a los terrenos de los lugares de culto para remover las cruces y otras imágenes prominentes en los templos en China fue una de las más recurrentes en materia de libertad religiosa en 2014.

En algunas oportunidades los funcionarios enfrentaron la reacción de las comunidades de creyentes y debieron ingresar por la fuerza o de manera engañosa o sorpresiva bajo la oscuridad de la noche.

En algunos casos particulares, como el del Vía Crucis de Longgang, en la provincia de Wenzhou, la batalla en contra de las imágenes llevó a las autoridades a levantar muros en torno a estatuas de gran tamaño que no podían retirar de su lugar.

Las celebraciones de Navidad fueron prohibidas en centros educativos de esa misma provincia, y persiste la reclusión del obispo titular de Baoding, monseñor James Su Zhimin y del obispo de Shanghai, monseñor Thadeus Ma Daqin.

Todo este panorama fue denunciado por el cardenal Joseph Zen, obispo emérito de Hong Kong, cuya diócesis enfrenta el riesgo de una reforma política que retiraría la independencia administrativa de la región y, con ella, la excepcional libertad religiosa que disfruta.

Según UCA News, estas políticas de represión podrían corresponder a la interpretación del "imperio de la ley" promovido por el presidente del país, Xi Jinping, desde su llegada en marzo de 2013.

Tras oleadas de despidos de funcionarios, las autoridades han aplicado con rigor normativas desfavorables a los creyentes que ya habían conseguido marcar su influencia en la sociedad, lo que podría significar un intento de satisfacer a la autoridad central de Beijing, sin que existan aún pruebas de que las campañas en contra de cristianos estén vinculadas de manera oficial a la presidencia.


Signos de esperanza

A pesar de estas situaciones, el crecimiento de la fe en China no muestra signos de detenerse, y el futuro de la Iglesia podría cambiar notablemente si la tendencia actual se mantiene estable.

A pesar de que se registraron más de 426 demoliciones de cruces en Zhejiang, también se registra una tasa de construcción de unos mil lugares de culto en el país cada año, lo cual permite pensar que a pesar de la campaña existen en el territorio varios cientos de templos más que al inicio del año.

El crecimiento de la fe en China es más pronunciado que en otros países y esto se convierte en un importante signo de esperanza para el análisis de UCA News: "El año anterior puede haber sido un año terrible para la cristiandad en China, probablemente el peor en una generación", concluyó el informativo, "pero el futuro a largo plazo parece todo lo contrario, lo quiera o no el presidente Xi".


FUENTE: aleteia.org/

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís