FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

LA ESCALA ESPIRITUAL SAN CLÍMACO - PARTE 10 -




"LA ESCALERA DEL DIVINO ASCENSO"
DE SAN JUAN CLÍMACO


(Con anotaciones de Fr. Luis de Granada)


Capitulo XIII:

Escalón trece, de la accidia o pereza.

Uno de los ramos que nacen de la locuacidad y mucho hablar, es la accidia o pereza, como arriba dijimos. Y por esto convenientemente se le da este lugar en esta cadena espiritual.

Accidia es relajación del animo, muerte del espíritu, menosprecio de la vida monástica, odio de la propia profesión, Esta hace a los seglares bienaventurados, y para Dios áspero y riguroso. Para el cantar de los salmos está flaca, para la oración enferma, para el servicio de casa como de hierro, para la obra de manos diligente, y para la obediencia pesada.

El varón sujeto y obediente está lejos de la pereza, y con el ejercicio de las cosas sensibles aprovecha en las inteligibles. La vida monástica resiste a la pereza: lo cual por otra parte es tan perpetua compañera del Monje solitario, que hasta la muerte no le dejará, y todos los días que viviere le combatirá. Pasando la acidia par de la celda del solitario se sonrió y llegándose a las puertas de ella determinó hacer ahí su morada. Por la mañana en amaneciendo visita el Medico los enfermos; mas la pereza visita los Monjes al medio día.

Esta nos encomienda el recibimiento de los huéspedes, y nos incita a que hagamos limosna del trabajo de nuestras manos. Amonéstanos también visitar los enfermos alegremente, alegándonos para esto aquel dicho del Evangelio[104]: Enfermo estaba y vinisteis a mí. Dícenos que vamos a consolar los tristes y pusilánimes: y siendo ella pusilánime, nos aconseja que vamos a esforzar los que lo son. Estando en la oración nos trae a la memoria alguna cosa que nos conviene hacer; y careciendo ella de toda razón, no hay cosa que no haga por tirarnos de allí con cuerdas de razón. Todas estas obras nos aconseja, no con espíritu de caridad ni de virtud, sino para que so color de bien nos aparte de los espirituales ejercicios, por el gran trabajo y desabrimiento que recibe en ellos.

Tres horas al día acarrea este espíritu de accidia calentura y dolor de cabeza, y otros semejantes accidentes; mas cuando se llega la hora de nona, puesta ya la mesa, resucita un poco, y salta de su lugar: y cuando vuelve el tiempo de la oración, torna a enflaquecerse y sentir pesadumbre. A los que están en la oración fatiga con sueño, y con importunos bostezos les quita el verso de la boca. Los otros vicios y perturbaciones cada uno se vence con su virtud contraria: mas la accidia es muerte perpetua de toda la vida religiosa. El alma varonil y robusta levanta y resucita el espíritu muerto y caído: mas la accidia y la flojedad todas las riquezas de las virtudes destruye en un punto; pues a todos los buenos ejercicios cierra la puerta.

Como sea este uno de los siete vicios capitales, conviene que tratemos de él de manera que de todos los otros, añadiendo mas lo que ahora diré. Cuando no se llega la hora de cantar los salmos, no parece la accidia; mas al tiempo del oficio divino luego abre los ojos y resucita. En el tiempo que nos combate la accidia, entonces se descubre cuales sean aquellos caballeros esforzados que arrebatan el Reino de los cielos[105]; y apenas hay cosa que tanta materia de coronas dé al Monje. Si consideras atentamente, hallarás que este vicio cansa a los que están en pie cantando los salmos; y á los que están asentados hace que se recuesten sobre la pared, porque estén mas á su placer. Convídanos a salir de la celda, y hacer ruido o estruendo con los pie, por no poder tener el cuerpo quieto. El principal remedio contra este mal es el llanto; porque el que llora a sí mismo, no sabe qué cosa es acidia.

Atemos también este tirano con la memoria de los pecados, y azotémoslo con el trabajo de las manos, y llevémoslo arrastrando con el deseo y consideración de los bienes eternos; y estando en pie, sea por orden de juicio preguntando: Dinos, o remiso y disoluto tirano, quién es el padre que tan mal hijo engendró? quién son tus hijos? quién los que te combaten? y quién, finalmente el que te corta la cabeza? El entonces a estas preguntas responderá: Yo entre los verdaderos obedientes no tengo sobre que reclinar mi cabeza: mas moro en compañía de los que buscan la quietud de la soledad, sino viene con gran recato. Los padres que me engendraron y me dieron nombre son muchos: porque muchas veces la insensibilidad, y otras el olvido de las cosas celestiales, y otras también la demasía de los trabajos que me engendran. Mis hijos legítimos son la mudanza de los lugares que por mí se hace, la desobediencia del Padre espiritual, el olvido del juicio advenidero, y a veces también el desamparo de mi propia profesión, Mis contrarios que ahora me tienen presa son el oficio del cantar los salmos, y el trabajo de manos, y la memoria de la muerte; mas quien me corta la cabeza es la oración, acompañada con esperanza firmisima de los bienes advenideros. Mas quien sea el padre de la oración a ella lo preguntad en su lugar.

[104]Matt. 25

[105]Matt. 11


DOCUMENTACIÓN ACERCA DEL INFIERNO - REFLEXIONES DE JUAN PABLO II


CIELO, INFIERNO, PURGATORIO

POR JUAN PABLO II



AUDIENCIA

Miércoles 21 de Julio 1999

El "cielo" como plenitud de intimidad con Dios

1 . Cuando haya pasado la figura de este mundo, los que hayan acogido a Dios en su vida y se hayan abierto sinceramente a su amor, por lo menos en el momento de la muerte, podrán gozar de la plenitud de comunión con Dios, que constituye la meta de la existencia humana.

Como enseña el Catecismo de la Iglesia católica, "esta vida perfecta con la santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo". El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones mas profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha" (n. 1024).

Hoy queremos tratar de comprender el sentido bíblico del "cielo", para poder entender mejor la realidad a la que remite esa expresión.

2. En el lenguaje bíblico el "cielo", cuando va unido a la "tierra", indica una parte del universo. A propósito de la creación, la Escritura dice: "En un principio creo Dios el cielo y la tierra" (Gn 1, 1).

En sentido metafórico, el cielo se entiende como morada de Dios, que en. eso se distingue de los hombres (cf. Sal, 104, 2 s; 115, 16; Is 66, l). Dios, desde lo alto del cielo, ve y juzga (cf. Sal 113, 4-9) y baja cuando se le invoca (cf. Sal 18, 7. 10; 144, 5). Sin embargo, la metáfora bíblica da a entender que Dios ni se identifica con el cielo ni puede ser encerrado en el cielo (cf. 1R 8, 27); y eso es verdad, a pesar de que en algunos pasajes del primer libro de los Macabeos "el cielo" es simplemente un nombre de Dios (cf. 1M 3, 18. 19. 50. 60; 4, 24. 55). A la representación del cielo como morada trascendente del Dios vivo, se añade la de lugar al que también los creyentes pueden, por gracia, subir, como muestran en el Antiguo Testamento las historias de Enoc (cf. Gn 5, 24) y Elías (cf. 2R 2, 11). Así, el cielo resulta figura de la vida en Dios. En este sentido, Jesús habla de "recompensa en los cielos" (Mt 5, 12) y exhorta a "amontonar tesoros en el cielo" (Mt 6, 20; cf. 19, 21).

3. El Nuevo Testamento profundiza la idea del cielo también en relación con el misterio de Cristo. Para indicar qué el sacrificio del Redentor asume valor perfecto y definitivo, la carta a los Hebreos afirma que Jesús "penetró los cielos" (Hb 4, 14) y "no penetró en un santuario hecho por mano de hombre, en una reproducción del verdadero, sino en el mismo cielo" (Hb 9, 24). Luego, los creyentes, en cuanto amados de modo especial por el Padre, son resucitados con Cristo y hechos ciudadanos del cielo.

Vale la pena escuchar lo que a este respecto nos dice el apóstol Pablo en un texto de gran intensidad: "Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros pecados, nos vivificó juntamente con Cristo -por gracia habéis sido salvados- y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús, a fin de mostrar en los siglos venideros la sobreabundante riqueza de su gracia, por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús" (Ef 2, 4-7). Las criaturas experimentan la paternidad de Dios, rico en misericordia, a través del amor del Hijo de Dios, crucificado y resucitado, el cual, como Señor, está sentado en los cielos a la derecha del Padre.

4. Así pues, la participación en la completa intimidad con el Padre, después del recorrido de nuestra vida terrena, pasa por la inserción en el misterio pascual de Cristo. San Pablo subraya con una imagen espacial muy intensa este caminar nuestro hacia Cristo en los cielos al final de los tiempos: "Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos (los muertos resucitados), al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor. Consolados, pues, mutuamente con estas palabras" (1Ts 4, 17-18).

En el marco de la Revelación sabemos que el "cielo" o la "bienaventuranza" en la que nos encontraremos no es una abstracción, ni tampoco un lugar físico entre las nubes, sino una relación viva y personal con la santísima Trinidad. Es el encuentro con el Padre, que se realiza en Cristo resucitado gracias a la comunión del Espíritu Santo.

Es preciso mantener siempre cierta. sobriedad al describir estas realidades últimas, ya que su representación resulta siempre inadecuada. Hoy el lenguaje personalista logra reflejar de una forma menos impropia la situación de felicidad y paz en que nos situará la comunión definitiva con Dios.

El Catecismo de la Iglesia católica sintetiza la enseñanza eclesial sobre esta verdad afirmando que, "por su muerte y su resurrección, Jesucristo nos ha abierto" el cielo. La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo, que asocia a su glorificación celestial a quienes han creído en él y han permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a él" (n. 1026).

5. Con todo, esta situación final se puede anticipar de alguna manera hoy, ,tanto en la vida sacramental, cuyo centro es la Eucaristía, como en el don de sí mismo mediante la caridad fraterna. Si sabemos gozar ordenadamente de los bienes que el Señor nos regala cada día, experimentaremos ya la alegría y la paz de que un día gozaremos plenamente. Sabemos que en esta fase terrena todo tiene límite; sin embargo, el pensamiento de las realidades últimas nos ayuda a vivir bien las realidades penúltimas. Somos conscientes de que mientras caminamos en este mundo estamos llamados a buscar "las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios" (Col 3, 1), para estar con él en el cumplimiento escatológico, cuando en el Espíritu él reconcilie totalmente con el Padre "lo que hay en la tierra y en los cielos" (Col 1, 20).

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Dirijo un cordial saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a las Religiosas Misioneras del Divino Maestro que celebran el aniversario de su Profesión, así como al grupo de quinceañeras y demás grupos venidos de México, Argentina, Colombia, otros países de Latinoamérica y España. Os invito a pedir a la Virgen, nuestra Madre celeste, que os guíe hacia la participación plena en la gloria de Cristo.





AUDIENCIA

Miércoles 28 de Julio 1999

El infierno como rechazo definitivo de Dios

1. Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre, llamado a responderle en la libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o infierno. No se trata de un castigo de Dios infligido desde el exterior, sino del desarrollo de premisas ya puestas por el hombre en esta vida. La misma dimensión de infelicidad que conlleva esta oscura condición puede intuirse, en cierto modo, a la luz de algunas experiencias nuestras terribles, que convierten la vida, como se suele decir, en "un infierno".

Con todo, en sentido teológico, el infierno es algo muy diferente: es la última consecuencia del pecado mismo, que se vuelve contra quien lo ha cometido. Es la situación en que se sitúa definitivamente quien rechaza la misericordia del Padre incluso en el último instante de su vida.

2. Para describir esta realidad, a sagrada Escritura utiliza un lenguaje simbólico, que se precisará progresivamente. En el Antiguo Testamento, la condición de los muertos no estaba aún plenamente iluminada por la Revelación. En efecto, por lo general, se pensaba que los muertos se reunían en el sheol, un lugar de tinieblas (cf. Ez 28, 8; 31, 14; Jb 10, 21 ss; 38, 17; Sal 30, 10; 88, 7. 13), una fosa de la que no se puede salir (cf. Jb 7, 9), un lugar en el que no es posible dar gloria a Dios (cf. Is 38, 18; Sal 6, 6).

El Nuevo Testamento proyecta nueva luz sobre la condición de los muertos, sobre todo anunciando que Cristo, con su resurrección, ha vencido la muerte y ha extendido su poder liberador también en el reino de los muertos.

Sin embargo, la redención sigue siendo un ofrecimiento de salvación que corresponde al hombre acoger con libertad. Por eso, cada uno será juzgado "de acuerdo con sus obras" (Ap 20, 13). Recurriendo a imágenes, el Nuevo Testamento presenta el lugar destinado a los obradores de iniquidad como un horno ardiente, donde "será el llanto y el rechinar de dientes" (Mt 13, 42; cf. 25, 30. 41) o como la gehenna de "fuego que no se apaga" (Mc 9, 43). Todo ello es expresado, con forma de narración, en la parábola del rico epulón, en la que se precisa que el infierno es el lugar de pena definitiva, sin posibilidad de retorno o de mitigación del dolor (cf. Le 16, 19-31).

También el Apocalipsis representa plásticamente en un "lago de fuego" a los que no se hallan inscritos en el Libro de la vida, yendo así al encuentro de una "segunda muerte" (Ap 20, 13 ss). Por consiguiente, quienes se obstinan en no abrirse al Evangelio, se predisponen a "una ruina eterna, alejados de la presencia del Señor y de la gloria de su poder" (2 Ts 1,9).

3. Las imágenes con las que la sagrada Escritura nos presenta el infierno deben interpretarse correctamente. Expresan la completa frustración y vaciedad de una vida sin Dios. El infierno, más que un lugar, indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y alegría. Así resume los datos de, la fe sobre este tema el Catecismo de la Iglesia católica: "Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno" (n. 1033).

Por eso, la "condenación" no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios, dado que en su amor misericordioso él no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado. En realidad, es la criatura la que se cierra a su amor. La "condenación" consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios, por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción. La sentencia de Dios ratifica ese estado.

4. La fe cristiana enseña que, en el riesgo del "sí" y del "no" que caracteriza la libertad de las criaturas, alguien ha dicho ya "no". Se trata de las criaturas espirituales que se rebelaron contra el amor de Dios y a las que se llama demonios (cf. concilio IV de Letrán: DS 800-801). Para nosotros, los seres humanos, esa historia resuena como una advertencia: nos exhorta continuamente a evitar la tragedia en la que desemboca el pecado y a vivir nuestra vida según el modelo de Jesús, que siempre dijo "sí" a Dios.

La condenación sigue siendo una posibilidad real, pero no nos es dado conocer, sin especial revelación divina, si los seres humanos, y cuáles, han quedado implicados efectivamente en ella. El pensamiento del infierno -y mucho menos la utilización impropia de las imágenes bíblicas- no debe crear psicosis o angustia; pero representa una exhortación necesaria y saludable a la libertad, dentro del anuncio de que Jesús resucitado ha vencido a Satanás, dándonos el Espíritu de Dios, que nos hace invocar "Abbá, Padre" (Rm 8, 15; Ga 4, 6).

Esta perspectiva, llena de esperanza, prevalece en el anuncio cristiano. Se refleja eficazmente en la tradición litúrgica de la Iglesia, como lo atestiguan, por ejemplo, las palabras del Canon Romano: "Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa ( ... ), líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos".

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Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española. En especial a los dos grupos de formadores de seminarios que participan en cursos de actualización en Roma, así como a los fieles venidos desde España, México, Chile, Colombia y demás Países de América latina. Muchas gracias por vuestra presencia y atención.




AUDIENCIA

Miércoles 4 de Agosto 1999

El purgatorio: purificación necesaria para el encuentro con Dios

1. Como hemos visto en las dos catequesis anteriores, a partir de la opción definitiva por Dios o contra Dios, el hombre se encuentra ante una alternativa: o vive con el Señor en la bienaventuranza eterna, o permanece alejado de su presencia.

Para cuantos se encuentran en la condición de apertura a Dios, pero de un modo imperfecto, el camino hacia la bienaventuranza plena requiere una purificación, que la fe de la Iglesia ilustra mediante la doctrina del "purgatorio" (cf. Catecismo de la Iglesia católica, nn. 1030-1032).

2. En la sagrada Escritura se pueden captar algunos elementos que ayudan a comprender el sentido de esta doctrina, aunque no esté enunciada de modo explícito. Expresan la convicción de que no se puede acceder a Dios sin pasar a través de algún tipo de purificación.

Según la legislación religiosa del Antiguo Testamento, lo que está destinado a Dios debe ser perfecto. En consecuencia, también la integridad física es particularmente exigida para las realidades que entran en contacto con Dios en el plano sacrificial, como, por ejemplo, los animales para inmolar (cf. Lv 22, 22), o en el institucional, como en el caso de los sacerdotes, ministros del culto (cf. Lv 21, 17-23). A esta integridad física debe corresponder una entrega total, tanto de las personas como de la colectividad (cf. 1R 8, 61), al Dios de la alianza de acuerdo con las grandes enseñanzas del Deuteronomio (cf. Dt 6, 5). Se trata de amar a Dios con todo el ser, con pureza de corazón y con el testimonio de las obras (cf . Dt 10, 12 s).

La exigencia de integridad se impone evidentemente después de la muerte, para entrar en la comunión perfecta y definitiva con Dios. Quien no tiene esta integridad debe pasar por la purificación. Un texto de san Pablo lo sugiere.

El Apóstol habla del valor de la obra de cada uno, que se revelará el día del juicio, v dice: "Aquel, cuya obra, construida sobre el cimiento (Cristo), resista, recibirá la recompensa. Mas aquel, cuya obra quede abrasada, sufrirá el daño. Él, no obstante, quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego" (1Co 3, 14-15).

3. Para alcanzar un estado de integridad perfecta es necesaria, a veces, la intercesión o la mediación de una persona. Por ejemplo, Moisés obtiene el perdón del pueblo con una súplica, en la que evoca la obra salvífica rea izada por Dios en el pasado e invoca si fidelidad al juramento hecho a los padres (cf. Ex 32, 30 y vv. 11-13). La figura del Siervo del Señor, delineada por el libro de Isaías, se caracteriza también por su función de interceder y expiar en favor de muchos; al término de sus sufrimientos, él "verá la luz" y "justificará a muchos", cargando con sus culpas (cf. Is 52, 13-53, 12, especialmente, 53, 11).

El Salmo 51 puede considerarse, desde la visión del Antiguo Testamento, una síntesis del proceso de reintegración: el pecador confiesa y reconoce la propia culpa (v. 6), y pide insistentemente ser purificado o "lavado" (vv. 4. 9. 12 y 16), para poder proclamar la alabanza divina (v. 17).

4. El Nuevo Testamento presenta a Cristo como el intercesor, que desempeña las funciones del sumo sacerdote el día de la expiación (cf. Hb 5, 7; 7, 25). Pero en él el sacerdocio presenta una configuración nueva y definitiva. Él entra una sola vez en el santuario celestial para interceder ante Dios en favor nuestro (cf. Hb 9, 23-26, especialmente el v. 24). Es Sacerdote y, al mismo tiempo, "víctima de propiciación" por los pecados de todo el mundo (cf. 1 Jn 2, 2).

Jesús, como el gran intercesor que expía por nosotros, se revelará plenamente al final de nuestra vida, cuando se manifieste con el ofrecimiento de misericordia, pero también con el juicio inevitable para quien rechaza el amor y el perdón del Padre.

El ofrecimiento de misericordia no excluye el deber de presentarnos puros o íntegros ante Dios, ricos de esa caridad que Pablo llama "vínculo de la perfección" (Col 3, 14).

5. Durante nuestra vida terrena, siguiendo la exhortación evangélica a ser perfectos como el Padre celestial (cf. Mt 5, 48), estamos llamados a crecer en el amor, para hallarnos firmes e irreprensibles en presencia de Dios Padre, en el momento de "la venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos" (1Ts 3, 12 s). Por otra parte, estamos invitados a "purificamos de toda mancha de la carne y del espíritu" (2Co 7, 1; cf. 1 Jn 3, 3), porque el encuentro con Dios requiere una pureza absoluta.

Hay que eliminar todo vestigio de apego al mal y corregir toda imperfección del alma. La purificación debe ser completa, y precisamente esto es lo que enseña la doctrina de la Iglesia sobre el purgatorio. Este término no indica un lugar, sino una condición de vida. Quienes después de la muerte viven en un estado de purificación ya están en el amor de Cristo, que los libera de los residuos de la imperfección (cf. concilio ecuménico de Florencia, Decretum pro Graecis: Denzinger-Schönmetzer, 1304; concilio ecuménico de Trento, Decretum de justificatione y Decretum de purgatorio: ib., 1580 y 1820).

Hay que precisar que el estado de purificación no es una prolongación de la situación terrena, como si después de la muerte se diera una ulterior posibilidad de cambiar el propio destino. La enseñanza de la Iglesia a este propósito es inequívoca, y ha sido reafirmada por el concilio Vaticano 11, que enseña: "Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada

única carrera que es nuestra vida en tierra (cf. Hb 9, 27), mereceremos entrar con él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde "habrá llanto y rechinar de dientes" (Mt 22, 13 y 25, 30)" (Lumen gentium, 48).

6. Hay que proponer hoy de nuevo un último aspecto importante, que la tradición de la Iglesia siempre ha puesto de relieve: la dimensión comunitaria. En efecto, quienes se encuentran en la condición de purificación están unidos tanto a los bienaventurados, que ya gozan plenamente de la vida eterna, como a nosotros, que caminamos en este mundo hacia la casa del Padre (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1032).

Así como en la vida terrena los creyentes están unidos entre sí en el único Cuerpo místico, así también después de la muerte los que viven en estado de purificación experimentan la misma solidaridad eclesial que actúa en la oración, en los sufragios y en la caridad de los demás hermanos en la fe. La purificación se realiza en el vínculo esencial que se crea entre quienes viven la vida del tiempo presente y quienes ya gozan de la bienaventuranza eterna.

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Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española venidos de España, Colombia y otros países latinoamericanos. Os deseo una feliz estancia en Roma, aprovechando vuestra peregrinación a la tumba de Pedro para robustecer vuestra fe y proclamarla con gozo en vuestras comunidades. Llevad también con vosotros a vuestras familia y seres queridos el saludo y el afecto del Papa. Muchas gracias.




AUDIENCIA

Miércoles 11 de Agosto 1999

Queridos hermanos y hermanas:

Después de haber meditado sobre la vida eterna, reflexionamos ahora sobre el camino que conduce a ella. Toda la vida cristiana es como una gran peregrinación hacia la casa del Padre, peregrinación que afecta a lo íntimo de la persona y se prolonga después a la comunidad creyente para alcanzar a la humanidad entera (cf. TMA 49).

El Antiguo Testamento prepara el anuncio de esta verdad mediante el Éxodo: el camino del pueblo elegido hacia la tierra prometida. El Nuevo Testamento anuncia el cumplimiento de esta gran expectativa señalando en Cristo al Salvador del mundo. Así pues, según el designio divino, el presente es el tiempo del "ya, pero todavía no": tiempo de la salvación ya realizada y del camino hacia su perfecta actuación. La vida cristiana exige, por tanto, tener la mirada puesta en la meta, las realidades últimas, pero al mismo tiempo comprometerse en las realidades temporales. Entre ellas no hay oposición, sino mutua relación.

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Saludo cordialmente a los participantes en las "Jornadas de Convivencia y Cultura", organizadas este año en Roma por la Institución Teresiana. Os animo a seguir profundizando en vuestra misión eclesial en medio del mundo, fieles al carisma del beato Padre Poveda. Saludo también a los peregrinos venidos de España, México, Argentina y demás Países latinoamericanos. Al encomendaros bajo la protección de la Virgen María, cuya fiesta de la Asunción celebraremos próximamente, os bendigo a todos de corazón.


CATEQUESIS DE JUAN PABLO II SOBRE LOS MILAGROS DE JESUS


Entre 1987 y 1988, SS Juan Pablo II realizó 6 alocuciones sobre los milagros que realizó Jesús durante su vida pública y su significado.





El milagro, manifestación del poder divino de Cristo (18.XI.87)

1. Si observamos atentamente los ‘milagros, prodigios y señales’ con que Dios acreditó la misión de Jesucristo, según las palabras pronunciadas por el Apóstol Pedro el día de Pentecostés en Jerusalén, constatamos que Jesús, al obrar estos milagros) señales, actuó en nombre propio, convencido de su poder divino, y, al mismo tiempo, de la más íntima unión con el Padre. Nos encontramos, pues, todavía y siempre, ante el misterio del ‘Hijo del hombre) Hijo de Dios’, cuyo Yo transciende todos los límites de la condición humana, aunque a ella pertenezca por libre elección, y todas las posibilidades humanas de realización e incluso de simple conocimiento.

2. Una ojeada a algunos acontecimientos particulares; presentados por los Evangelistas, nos permite darnos cuenta de la presencia arcana en cuyo nombre Jesucristo obra sus milagros. Helo ahí cuando, respondiendo a las súplicas de un leproso, que le dice: ‘Si quieres, puedes limpiarme’, El, en su humanidad, ‘enternecido’, pronuncia una palabra de orden que, en un caso como aquél, corresponde a Dios, no a un simple hombre: ‘Quiero, sé limpio. Y al instante desapareció la lepra y quedó limpio’ (Cfr. Mc 1, 40-42). Algo semejante encontramos en el caso del paralítico que fue bajado por un agujero realizado en el techo de la casa: ‘Yo te digo… levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’ (Cfr. Mc 2, 11-12).

Y también: en el caso de la hija de Jairo leemos que ‘El (Jesús)…tomándola de la mano, le dijo: ‘Talitha qumi’, que quiere decir: ‘Niña, a ti te lo digo, levántate’. Y al instante se levantó la niña y echó a andar’ (Mc 5, 41-42). En el caso del joven muerto de Naín: ‘Joven, a ti te hablo, levántate. Sentóse el muerto y comenzó a hablar’ (Lc 7, 14-15). ¡En cuántos de estos episodios vemos brotar de la palabras de Jesús la expresión de una voluntad y de un poder al que El se apela interiormente y que expresa, se podría decir, con la máxima naturalidad, como si perteneciese a su condición más íntima, el poder de dar a los hombres la salud, la curación e incluso la resurrección y la vida!

3. Un atención particular merece la resurrección de Lázaro, descrita detalladamente por el cuarto Evangelista. Leemos: ‘Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que siempre me escuchas, pero por la muchedumbre que me rodea lo digo, para que crean que Tú me has enviado. Diciendo esto, gritó con fuerte voz Lázaro, sal fuera. Y salió el muerto’ (Jn 11, 41-44). En la descripción cuidadosa de este episodio se pone de relieve que Jesús resucitó a su amigo Lázaro con el propio poder y en unión estrechísima con el Padre. Aquí hallan su confirmación las palabras de Jesús: ‘Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso obro yo también’ (Jn 5,17), y tiene una demostración, que se puede decir preventiva, lo que Jesús dirá en el Cenáculo, durante la conversación con los Apóstoles en la última Cena, sobre sus relaciones con el Padre y, más aún, sobre su identidad sustancial con El.

4. Los Evangelios muestran con diversos milagros) señales cómo el poder divino que actúa en Jesucristo se extiende más allá del mundo humano y se manifiesta como poder de dominio también sobre las fuerzas de la naturaleza. Es significativo el caso de la tempestad calmada: ‘Se levantó un fuerte vendaval’. Los Apóstoles pescadores asustados despiertan a Jesús que estaba durmiendo en la barca. El ‘despertado, mandó al viento y dijo al mar: Calla, enmudece. Y se aquietó el viento y se hizo completa calma… Y sobrecogidos de gran temor, se decían unos a otros: ¿Quién será éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?’ (Cfr. Mc 4, 37-41).

En este orden de acontecimientos entran también las pescas milagrosas realizadas, por la palabra de Jesús (in verbo tuo), después de intentos precedentes malogrados (Cfr. Lc 5, 4)6; Jn 21, 3)6). Lo mismo se puede decir, por lo que respecta a la estructura del acontecimiento, del ‘primer signo’ realizado en Caná de Galilea, donde Jesús ordena a los criados llenar las tinajas de agua y llevar después ‘el agua convertida en vino’ al maestresala (Cfr. Jn 2, 7-9). Como en las pescas milagrosas, también en Caná de Galilea, actúan los hombres: los pescadores) apóstoles en un caso, los criados de las bodas en otro, pero está claro que el efecto extraordinario de a acción no proviene de ellos, sino de Aquel que les ha dado la orden de actuar y que obra con su misterioso poder divino. Esto queda confirmado por la reacción de los Apóstoles, y particularmente de Pedro, que después de la pesca milagrosa ‘se postró a los pies de Jesús, diciendo: Señor, apártate de mí, que soy un pecador’ (Lc 5,8). Es uno de tantos casos de emoción que toma la forma de temor reverencial o incluso miedo, ya sea en los Apóstoles, como Simón Pedro, ya sea en la gente, cuando se sienten acariciados por el ala del misterio divino

5. Un día, después de a ascensión, se sentirán invadidos por un ‘temor’ semejante los que vean los ‘prodigios y señales’ realizados ‘por los Apóstoles’ (Cfr. Hech 2, 43). Según el libro de los Hechos, la gente sacaba ‘a las calles los enfermos, poniéndolos en lechos y camillas, para que, llegando Pedro, siquiera su sombra los cubriese’ (Hech 5, 15). Sin embargo, estos ‘prodigios y señales’, que acompañaban los comienzos de la Iglesia apostólica, eran realizados por los Apóstoles no en nombre propio, sino en el nombre de Jesucristo, y eran, por tanto, una confirmación ulterior de su poder divino. Uno queda impresionado cuando lee la respuesta y el mandato de Pedro al tullido que le pedía una limosna junto a la puerta del templo de Jerusalén: ‘No tengo oro ni plata; lo que tengo, eso te doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, anda. Y tomándole de la diestra, le levantó, y al punto sus pies y sus talones se consolidaron’ (Hech 3, 6-7). O lo que es lo mismo, Pedro dice a un paralítico de nombre Eneas: ‘Jesucristo te sana; levántate y toma tu camilla. Y al punto se irguió’ (Hech 9, 34).

También el otro Príncipe de los Apóstoles, Pablo, cuando recuerda en la Carta a los Romanos lo que él ha realizado ‘como ministro de Cristo entre los paganos’, se apresura a añadir que en aquel ministerio consiste su único mérito: ‘No me atreveré a hablar de cosa que Cristo no haya obrado por mí para la obediencia (de la fe) de los gentiles, de obra o de palabra, mediante el poder de milagros y prodigios y el poder del Espíritu Santo’ (15, 17-19).

6. En la Iglesia de los primeros tiempos, y especialmente esta evangelización del mundo llevada a cabo por los Apóstoles, abundaron estos ‘milagros, prodigios y señales’, como el mismo Jesús les había prometido (Cfr. Hech 2, 22). Pero se puede decir que éstos se han repetido siempre en la historia de la salvación, especialmente en los momentos decisivos para la realización del designio de Dios. Así fue ya en el Antiguo Testamento con relación al ‘Éxodo’ de Israel de la esclavitud de Egipto y a la marcha hacia la tierra prometida, bajo la guía de Moisés. Cuando, con la encarnación del Hijo de Dios, llegó la plenitud de los tiempos’ (Cfr. Gal 4, 4), estas señales milagrosas del obrar divino adquieren un valor nuevo y una eficacia nueva por a autoridad divina de Cristo y por la referencia a su Nombre (y, por consiguiente, a su verdad, a su promesa, a su mandato, a su gloria) por el que los Apóstoles y tantos santos los realizan en la Iglesia. También hoy se obran milagros y en cada uno de ellos se dibuja el rostro del ‘Hijo del hombre) Hijo de Dios’ y se afirma en ellos un don de gracia y de salvación.



Significado salvífico de los milagros (25.XI.87)

1. Un texto de San Agustín nos ofrece la clave interpretativa de los milagros de Cristo como señales de su poder salvífico. ‘El haberse hecho hombre por nosotros ha contribuido más a nuestra salvación que los milagros que ha realizado en medio de nosotros; el haber curado las enfermedades del alma es más importante que el haber curado las enfermedades del cuerpo destinado a morir’ (San Agustín, In Io. Ev. Tr., 17, 1). En orden a esta salvación del alma y a la redención del mundo entero Jesús cumplió también milagros de orden corporal. Por tanto, el tema de la presente catequesis es el siguiente: mediante los ‘milagros, prodigios y señales’ que ha realizado, Jesucristo ha manifestado su poder de salvar al hombre del mal que amenaza al alma inmortal y su vocación a la unión con Dios.

2. Es lo que se revela en modo particular en la curación del paralítico de Cafarnaum. Las personas que lo llevaban, no logrando entrar por la puerta en la casa donde Jesús estaba enseñando, bajaron al enfermo a través de un agujero abierto en el techo, de manera que el pobrecillo vino a encontrase a los pies del Maestro. ‘Viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: !Hijo, tus pecados te son perdonados!’. Estas palabras suscitan en algunos de los presentes la sospecha de blasfemia: ‘Blasfemia. ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?’. Casi en respuesta a los que habían pensado así, Jesús se dirige a los presentes con estas palabras: ‘¿Qué es más fácil, decir al paralítico: tus pecados te son perdonados, o decirle: levántate, toma tu camilla y vete? Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados )se dirige al paralítico) , yo te digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. El se levantó y, tomando luego la camilla, salió a la vista de todo’ (Cfr. Mc 2, 1)12; análogamente, Mt 9, 1-8; Lc 5, 18-26: ‘Se marchó a casa glorificando a Dios’ 5, 25).

Jesús mismo explica en este caso que el milagro de la curación del paralítico es signo del poder salvífico por el cual El perdona los pecados. Jesús realiza esta señal para manifestar que ha venido como salvador del mundo, que tiene como misión principal librar al hombre del mal espiritual, el mal que separa al hombre de Dios e impide la salvación en Dios, como es precisamente el pecado.

3. Con la misma clave se puede explicar esta categoría especial de los milagros de Cristo que es ‘arrojar los demonios’. ‘Sal, espíritu inmundo, de ese hombre’, conmina Jesús, según el Evangelio de Marcos, cuando encontró a un endemoniado en la región de los gerasenos (Mc 5, 8). En esta ocasión asistimos a un coloquio insólito. Cuando aquel ‘espíritu inmundo’ se siente amenazado por Cristo, grita contra El. ‘¿Qué hay entre ti y mí, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Por Dios te conjuro que no me atormentes’. A su vez, Jesús ‘le preguntó: !¿Cuál es tu nombre?!. El le dijo: Legión es mi nombre, porque somos muchos’ (Cfr. Mc 5, 7-9). Estamos, pues, a orillas de un mundo oscuro, donde entran en juego factores físicos y psíquicos que, sin duda, tienen su peso en causar condiciones patológicas en las que se inserta esta realidad demoníaca, representada y descrita de manera variada en el lenguaje humano, pero radicalmente hostil a Dios y, por consiguiente, al hombre y a Cristo que ha venido para librarlo de este poder maligno. Pero, muy a su pesar, también el ‘espíritu inmundo’, en el choque con la otra presencia, prorrumpe en esta admisión que proviene de una mente perversa, pero, al mismo tiempo, lúcida: ‘Hijo del Dios Altísimo’.

4. En el Evangelio de Marcos encontramos también la descripción del acontecimiento denominado habitualmente como la curación del epiléptico. En efecto, los síntomas referidos por el Evangelista son característicos también de esta enfermedad (‘espumarajos, rechinar de dientes, quedarse rígido’). Sin embargo, el padre del epiléptico presenta a Jesús a su Hijo como poseído por un espíritu maligno, el cual lo agita con convulsiones, lo hace caer por tierra y se revuelve echando espumarajos. Y es muy posible que en un estado de enfermedad como éste se infiltre y obre el maligno, pero, admitiendo que se trate de un caso de epilepsia, de la que Jesús cura al muchacho considerado endemoniado por su padre, es sin embargo, significativo que El realice esta curación ordenando al ‘espíritu mudo y sordo': ‘Sal de él y no vuelvas a entrar más el’ (Cfr. Mc 9, 17-27). Es una reafirmación de su misión y de su poder de librar al hombre del mal del alma desde las raíces.

5. Jesús da a conocer claramente esta misión suya de librar al hombre del mal y, antes que nada del pecado, mal espiritual. Es una misión que comporta y explica su lucha con el espíritu maligno que es el primer autor del mal en la historia del hombre. Como leemos en los Evangelios, Jesús repetidamente declara que tal es el sentido de su obra y de la de sus Apóstoles. Así, en Lucas: ‘Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo. Yo os he dado poder para andar… sobre todo poder enemigo y nada os dañará’ (Lc 10, 18-19). Y según Marcos, Jesús, después de haber constituido a los Doce, les manda ‘a predicar, con poder de expulsar a los demonios’ (Mc 3, 14-15). Según Lucas, también los setenta y dos discípulos, después de su regreso de la primera misión, refieren a Jesús: ‘Señor, hasta los demonios se nos sometían en tu nombre’ (Lc 10, 17).

Así se manifiesta el poder del Hijo del hombre sobre el pecado y sobre el autor del pecado. El nombre de Jesús, que somete también a los demonios, significa Salvador. Sin embargo, esta potencia salvífica alcanzará su cumplimiento definitivo en el sacrificio de la cruz. La cruz sellará la victoria total sobre Satanás y sobre el pecado, porque éste es el designio del Padre, que su Hijo unigénito realiza haciéndose hombre: vencer en la debilidad, y alcanzar la gloria de la resurrección y de la vida a través de la humillación de la cruz. También en este hecho paradójico resplandece su poder divino, que puede justamente llamarse la ‘potencia de la cruz’.

6. Forma parte también de esta potencia y pertenece a la misión del Salvador del mundo manifestada en los ‘milagros, prodigios y señales’, la victoria sobre la muerte, dramática consecuencia del pecado. La victoria sobre el pecado y sobre la muerte marca el camino de la misión mesiánica de Jesús desde Nazaret hasta el Calvario. Entre las ‘señales’ que indican particularmente el camino hacia la victoria sobre la muerte, están sobre todo las resurrecciones: ‘los muertos resucitan’ (Mt 11, 5), responde, en efecto, Jesús a la pregunta acerca de su mesianidad que le hacen los mensajeros de Juan el Bautista (Cfr. Mt 11, 3). Y entre los varios ‘muertos’, resucitados por Jesús, merece especial atención Lázaro de Betania, porque su resurrección es como un ‘preludio’ de la cruz y de la resurrección de Cristo, en el que se cumple la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte.

7. El Evangelista Juan nos ha dejado una descripción pormenorizada del acontecimiento. Bástenos referir el momento conclusivo. Jesús pide que se quite la losa que cierra la tumba (‘Quitad la piedra’). Marta, la hermana de Lázaro, indica que su hermano está desde hace ya cuatro días en el sepulcro y el cuerpo ha comenzado ya, sin duda, a descomponerse. Sin embargo, Jesús, gritó con fuerte voz: ¡Lázaro, sal fuera!. ‘Salió el muerto’, atestigua el Evangelista (Cfr. Jn 11, 38-43). EL hecho suscita la fe en muchos de los presentes. Otros, por, el contrario, van a los representantes del Sanedrín para denunciar lo sucedido. Los sumos sacerdotes y los fariseos se quedan preocupados, piensan en una posible reacción del ocupante romano (‘vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación': cfr. Jn 11, 45-48). Precisamente entonces se dirigen al Sanedrín las famosas palabras de Caifás: ‘Vosotros no sabéis nada; ¿no comprendéis que conviene que muera un hombre por todo el pueblo y no que perezca todo el pueblo?’. Y el Evangelista anota: ‘No dijo esto de sí mismo, sino que, como era pontífice aquel año, profetizó’. ¿De qué profecía se trata? He aquí que Juan nos da la lectura cristiana de aquellas palabras, que son de una dimensión inmensa: ‘Jesús había de morir por el pueblo y no sólo por el pueblo, sino para reunir en uno todos los hijos de Dios que estaban dispersos’ (Cfr. Jn 11, 49-52).

8. Como se ve, la descripción joánica de la resurrección Lázaro contiene también indicaciones esenciales referentes al significado salvífico de este milagro. Son indicaciones definitivas, precisamente porque entonces tomó el Sanedrín la decisión sobre la muerte de Jesús (Cfr. Jn 11, 53). Y será la muerte redentora ‘por el pueblo’ y ‘para reunir en uno todos los hijos de Dios que estaban dispersos’ para la salvación del mundo. Pero Jesús dijo ya que aquella muerte llegaría a ser también la victoria definitiva sobre la muerte. Con motivo de la resurrección de Lázaro, dijo a Marta: ‘Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre’ (Jn 11, 25-26)

9. Al final de nuestra catequesis volvemos una vez más al texto de San Agustín: ‘Si consideramos ahora los hechos realizados por el Señor y Salvador nuestro, Jesucristo, vemos que los ojos de los ciegos, abiertos milagrosamente, fueron cerrados por la muerte, y los miembros de los paralíticos, liberados del maligno, fueron nuevamente inmovilizados por la muerte: todo lo que temporalmente fue sanado en el cuerpo mortal, al final, fue deshecho; pero el alma que creyó, pasó a la vida eterna. Con este enfermo, el Señor ha querido dar un gran signo al alma que habría creído, para cuya remisión de los pecados había venido, y para sanar sus debilidades El se había humillado’ (San Agustín, In Io Ev. Tr., 17, 1).

Sí, todos los ‘milagros, prodigios y señales’ de Cristo están en función de la revelación de El como Mesías, de El como Hijo de Dios: de El, que, solo, tiene el poder de liberar al hombre del pecado y de la muerte, de El que verdaderamente es el Salvador del mundo.



Los milagros, signos de salvación (2.XII.87)

1. No hay duda sobre el hecho de que, en los Evangelios, los milagros de Cristo son presentados como signos del reino de Dios, que ha irrumpido en la historia del hombre y del mundo. ‘Mas si yo arrojo a los demonios con el Espíritu de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el reino de Dios’, dice Jesús (Mt 12, 28). Por muchas que sean las discusiones que se puedan entablar o, de hecho, se hayan entablado acerca de los milagros (a las que, por otra parte, han dado respuesta los apologistas cristianos), es cierto que no se pueden separar los ‘milagros, prodigios y señales’, atribuidos a Jesús e incluso a sus Apóstoles y discípulos que obraban ‘en su nombre’, del contexto auténtico del Evangelio. En la predicación de los Apóstoles, de la cual principalmente toman origen los Evangelios, los primeros cristianos oían narrar de labios de testigos oculares los hechos extraordinarios acontecidos en tiempos recientes y, por tanto, controlables bajo el aspecto que podemos llamar crítico-histórico, de manera que no se sorprendían de su inserción en los Evangelios. Cualesquiera que hayan sido en los tiempos sucesivos las contestaciones, de las fuentes genuinas de la vida y enseñanza de Jesús emerge una primera certeza: los Apóstoles, los Evangelistas y toda la Iglesia primitiva veían en cada uno de los milagros el supremo poder de Cristo sobre la naturaleza y sobre las leyes. Aquel que revea a Dios como Padre Creador y Señor de lo creado, cuando realiza estos milagros con su propio poder, se revea a Sí mismo como Hijo consubstancial con el Padre e igual a El en su señorío sobre la creación.

2. Sin embargo, algunos milagros presentan también otros aspectos complementarios al significado fundamental de prueba del poder divino del Hijo del hombre en orden a la economía de la salvación.

Así, hablando de la primera ‘señal’ realizada en Caná de Galilea, el Evangelista Juan hace notar que, a través de ella, Jesús ‘manifestó su gloria y creyeron en El sus discípulos’ (Jn 2, 11). El milagro, pues, es realizado con una finalidad de fe, pero tiene lugar durante la fiesta de unas bodas. Por ello, se puede decir que, al menos en la intención del Evangelista, la ‘señal’ sirve para poner de relieve toda la economía divina de a alianza y de la gracia que en los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento se expresa a menudo con la imagen del matrimonio. El milagro de Caná de Galilea, por tanto, podría estar en relación con la parábola del banquete de bodas, que un rey preparó para su hijo, y con el ‘reino de los cielos’ escatológico que ‘es semejante’ precisamente a un banquete (Cfr. Mt 22, 2). El primer milagro de Jesús podría leerse como una ‘señal’ de este reino, sobre todo, si se piensa que, no habiendo llegado aún ‘la hora de Jesús’, es decir, la hora de su pasión y de su glorificación (Jn 2, 4; cfr. 7, 30; 8, 20; 12, 23, 27; 13, 1; 17, 1), que ha de ser preparada con la predicación del ‘Evangelio del reino’ (Cfr. Mt 4, 23; 9, 35), el milagro, obtenido por la intercesión de María, puede considerarse como una ‘señal’ y un anuncio simbólico de lo que está para suceder.

3. Como una ‘señal’ de la economía salvífica se presta a ser leído, aún con mayor claridad, el milagro de la multiplicación de los panes, realizado en los parajes cercanos a Cafarnaum. Juan enlaza un poco más adelante con el discurso que tuvo Jesús el día siguiente, en el cual insiste sobre la necesidad de procurarse ‘el alimento que permanece hasta la vida eterna’, mediante la fe ‘en Aquel que El ha enviado’ (Jn 6 29), y habla de Sí mismo como del Pan verdadero que ‘da la vida al mundo’ (Jn 6, 33) y también que Aquel que da su carne ‘para vida del mundo’ (Jn 6, 51). Está claro que el preanuncio de la pasión y muerte salvífica, no sin referencias y preparación de la Eucaristía que había de instituirse el día antes de su pasión, como sacramento) pan de vida eterna (Cfr. Jn 6, 52-58).

4. A su vez, la tempestad calmada en el lago de Genesaret puede releerse como ‘señal’ de una presencia constante de Cristo en la ‘barca’ de la Iglesia, que, muchas veces, en el discurrir de la historia, está sometida a la furia de los vientos en los momentos de tempestad, Jesús, despertado por sus discípulos, orden a los vientos y al mar, y se hace una gran bonanza. Después les dice: ‘¿Por qué sois tan tímidos? ¿Aún no tenéis fe?’ (Mc 4, 40). En éste, como en otros episodios, se ve la voluntad de Jesús de inculcar en los Apóstoles y discípulos la fe en su propia presencia operante y protectora, incluso en los momentos más tempestuosos de la historia, en los que se podría infiltrar en el espíritu la duda sobre a asistencia divina. De hecho, en la homilética y en la espiritualidad cristiana, el milagro se ha interpretado a menudo como ‘señal’ de la presencia de Jesús y garantía de la confianza en El por parte de los cristianos y de la Iglesia.

5. Jesús, que va hacia los discípulos caminando sobre las aguas, ofrece otra ‘señal’ de su presencia, y asegura una vigilancia constante sobre sus discípulos y su Iglesia. ‘Soy yo, no temáis’, dice Jesús a los Apóstoles que lo habían tomado por un fantasma (Cfr. Mc 6, 49)50; cfr. Mt 14, 26)27; Jn 6, 16)21). Marcos hace notar el estupor de los Apóstoles ‘pues no se habían dado cuenta de lo de los panes: su corazón estaba embotado’ (Mc 6, 52). Mateo presenta la pregunta de Pedro que quería bajar de la barca para ir al encuentro de Jesús, y nos hace ver su miedo y su invocación de auxilio, cuando ve que se hunde: Jesús lo salva, pero lo amonesta dulcemente: ‘Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?’ (Mt 14, 31). Añade también que los que estaban en la barca ‘se postraron ante El, diciendo: Verdaderamente, tú eres Hijo de Dios’ (Mt 14,33).

6. Las pescas milagrosas son para los Apóstoles y para la Iglesia las ‘señales’ de la fecundidad de su misión, si se mantienen profundamente unidas al poder salvífico de Cristo (Cfr. Lc 5, 4-10; Jn 21, 3)6). Efectivamente, Lucas inserta en la narración el hecho de Simón Pedro que se arroja a los pies de Jesús exclamando: ‘Señor, apártate de mí, que soy hombre pecador’ (Lc 5,8), y la respuesta de Jesús es: ‘No temas, en adelante vas a ser pescador de hombres’ (Lc 5, 10). Juan, a su vez, tras la narración de la pesca después de la resurrección, coloca el mandato de Cristo a Pedro: ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas” (Cfr. Jn 21, 15-17). Es un acercamiento significativo.

7. Se puede, pues, decir que los milagros de Cristo, manifestación de la omnipotencia divina respecto de la creación, que se revela en su poder mesiánico sobre hombres y cosas, son, al mismo tiempo, las ‘señales’ mediante las cuales se revela la obra divina de la salvación, la economía salvífica que con Cristo se introduce v se realiza de manera definitiva en la historia del hombre y se inscribe así en este mundo visible, que es también obra divina. La gente (como los Apóstoles en el lago), viendo los milagros de Cristo, se pregunta: ‘¿Quién será éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?’ (Mc 4,41), mediante estas ‘señales’, queda preparada para acoger la salvación Que Dios ofrece al hombre en su Hijo.

Este es el fin esencial de todos los milagros y señales realizados por Cristo a los ojos de sus contemporáneos, y de todos los milagros que a lo largo de la historia serán realizados por sus Apóstoles y discípulos con referencia al poder salvífico de su nombre: ‘En nombre de Jesús Nazareno, anda’ (Hech 3,6).



Los milagros, signos del amor (9.XII.87 )

1. ‘Signos’ de la omnipotencia divina y del poder salvífico del Hijo del hombre, los milagros de Cristo, narrados en los Evangelios, son también la revelación del amor de Dios hacia el hombre, particularmente hacia el hombre que sufre, que tiene necesidad, que implora la curación, el perdón, la piedad. Son, pues, ‘signos’ del amor misericordioso proclamado en el Antiguo y Nuevo Testamento (Cfr. Encíclica Dives in misericordia). Especialmente, la lectura del Evangelio nos hace comprender y casi ‘sentir’ que los milagros de Jesús tienen su fuente en el corazón amoroso y misericordioso de Dios que vive y vibra en su mismo corazón humano. Jesús los realiza para superar toda clase de mal existente en el mundo: el mal físico, el mal moral, es decir, el pecado, y, finalmente, a aquél que es ‘padre del pecado’ en la historia del hombre: a Satanás.

Los milagros, por tanto, son ‘para el hombre’. Son obras de Jesús que, en armonía con la finalidad redentora de su misión, restablecen el bien allí donde se anida el mal, causa de desorden y desconcierto. Quienes los reciben, quienes los presencian se dan cuenta de este hecho, de tal modo que, según Marcos, ‘sobremanera se admiraban, diciendo: ‘Todo lo ha hecho bien; a los sordos hace oír y a los mudos hablar!’ (Mc 7, 37)

2. Un estudio atento de los textos evangélicos nos revela que ningún otro motivo, a no ser el amor hacia el hombre, el amor misericordioso, puede explicar los ‘milagros y señales’ del Hijo del hombre. En el Antiguo Testamento, Elías se sirve del ‘fuego del cielo’ para confirmar su poder de Profeta y castigar la incredulidad (Cfr. 2 Re 1, 10). Cuando los Apóstoles Santiago y Juan intentan inducir a Jesús a que castigue con ‘fuego del cielo’ a una aldea samaritana que les había negado hospitalidad, El les prohibió decididamente que hicieran semejante petición. Precisa el Evangelista que, ‘volviéndose Jesús, los reprendió’ (Lc 9, 55). (Muchos códices y la Vulgata añaden: ‘Vosotros no sabéis de qué espíritu sois. Porque el Hijo del hombre no ha venido a perder las almas de los hombres, sino a salvarlas’). Ningún milagro ha sido realizado por Jesús para castigar a nadie, ni siquiera los que eran culpables.

3. Significativo a este respecto es el detalle relacionado con el arresto de Jesús en el huerto de Getsemaní. Pedro se había prestado a defender al Maestro con la espada, e incluso ‘hirió a un siervo del pontífice, cortándole la oreja derecha. Este siervo se llamaba Malco’ (Jn 18, 10). Pero Jesús le prohibió empuñar la espada. Es más, ‘tocando la oreja, lo curó’ (Lc 22, 51).Es esto una confirmación de que Jesús no se sirve de la facultad de obrar milagros para su propia defensa. Y confía a los suyos que no pide al Padre que le mande ‘más de doce legiones de ángeles’ (Cfr. Mt 26, 53) para que lo salven de las insidias de sus enemigos. Todo lo que El hace, también en la realización de los milagros, lo hace en estrecha unión con el Padre. Lo hace con motivo del reino de Dios y de la salvación del hombre. Lo hace por amor.

4. Por esto, y al comienzo de su misión mesiánica, rechaza todas las ‘propuestas’ de milagros que el Tentador le presenta, comenzando por la del trueque de las piedras en pan (Cfr. Mt 4, 31). El poder de Mesías se le ha dado no para fines que busquen sólo el asombro o al servicio de la vanagloria. El que ha venido ‘para dar testimonio de la verdad’ (Jn 18, 37), es más, el que es ‘la verdad’ (Cfr. Jn 14, 6), obra siempre en conformidad absoluta con su misión salvífica. Todos sus ‘milagros y señales’ expresan esta conformidad en el cuadro del ‘misterio mesiánico’ del Dios que casi se ha escondido en la naturaleza de un Hijo del hombre, como muestran los Evangelios, especialmente el de Marcos. Si en los milagros hay casi siempre un relampagueo del poder divino, que los discípulos y la gente a veces logran aferrar, hasta el punto de reconocer y exaltar en Cristo al Hijo de Dios, de la misma manera se descubre en ellos la bondad, la sobriedad y la sencillez, que son las dotes más visibles del ‘Hijo del hombre’.

5. El mismo modo de realizar los milagros hace notar la gran sencillez, y se podría decir humildad, talante, delicadeza de trato de Jesús. Desde este punto de vista pensemos, por ejemplo, en las palabras que acompañan a la resurrección de la hija de Jairo: ‘La niña no ha muerto, duerme’ (Mc 5 39)como si quisiera ‘quitar importancia’ al significado de lo que iba a realizar. Y, a continuación, añade: ‘Les recomendó mucho que nadie supiera aquello’ (Mc 5, 43). Así hizo también en otros casos, por ejemplo, después de la curación de un sordomudo (Mc 7, 36), y tras la confesión de fe de Pedro (Mc 8, 29-30)

Para curar al sordomudo es significativo el hecho de que Jesús lo tomó ‘aparte, lejos de la turba’. Allí, ‘mirando al cielo, suspiró’. Este ‘suspiro’ parece ser un signo de compasión y, al mismo tiempo, una oración. La palabra ‘efeta’ (‘¡abrete!’) hace que se abran los oídos y se suelte ‘la lengua’ del sordomudo (Cfr. 7, 33)35).

6. Si Jesús realiza en sábado algunos de sus milagros, lo hace no para violar el carácter sagrado del día dedicado a Dios sino para demostrar que este día santo está marcado de modo particular por a acción salvífica de Dios. ‘Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso obro yo también’ (Jn 5, 17). Y este obrar es para el bien del hombre; por consiguiente, no es contrario a la santidad del sábado, sino que más bien la pone de relieve: ‘El sábado fue hecho a causa del hombre, y no el hombre por el sábado. Y el dueño el sábado es el Hijo del hombre’ (Mc 2, 27-28).

7. Si se acepta la narración evangélica de los milagros de Jesús (y no hay motivos para no aceptarla, salvo el prejuicio contra lo sobrenatural) no se puede poner en duda una lógica única, que une todos estos ‘signos’ y los hace emanar de su amor hacia nosotros de ese amor misericordioso que con el bien vence al mal, cómo demuestra la misma presencia y acción de Jesucristo en el mundo. En cuanto que están insertos en esta economía, los ‘milagros y señales’ son objeto de nuestra fe en el plan de salvación de Dios y en el misterio de la redención realizada por Cristo.

Como hecho, pertenecen a la historia evangélica, cuyos relatos son creíbles en la misma y aún en mayor medida que los contenidos en otras obras históricas. Está claro que el verdadero obstáculo para aceptarlos como datos ya de historia ya de fe, radica en el prejuicio antisobrenatural al que nos hemos referido antes. Es el prejuicio de quien quisiera limitar el poder de Dios o restringirlo al orden natural de las cosas, casi como una autoobligación de Dios a ceñirse a sus propias leyes. Pero esta concepción choca contra la más elemental idea filosófica y teológica de Dios, Ser infinito, subsistente y omnipotente, que no tiene límites, si no en el no-ser y, por tanto, en el absurdo.

Como conclusión de esta catequesis resulta espontáneo notar que esta infinitud en el ser y en el poder es también infinitud en el amor, como demuestran los milagros encuadrados en la economía de la Encarnación y en la Redención. ‘signos’ del amor misericordioso por el que Dios ha enviado al mundo a su Hijo para que todo el que crea en El no perezca, generoso con nosotros hasta la muerte. ‘Sic dilexit!’ (Jn 3, 16)

Que a un amor tan grande no falte la respuesta generosa de nuestra gratitud, traducida en testimonio coherente de los hechos.



El milagro, llamada a la fe (16.XII.87)

1. Los ‘milagros y los signos’ que Jesús realizaba para confirmar su misión mesiánica y la venida del reino de Dios, están ordenados y estrechamente ligados a la llamada a la fe. Esta llamada con relación al milagro tiene dos formas: la fe precede al milagro, más aún, es condición para que se realice; la fe constituye un efecto del milagro, bien porque el milagro mismo la provoca en el alma de quienes lo han recibido, bien porque han sido testigos de él.

Es sabido que la fe es una respuesta del hombre a la palabra de la revelación divina. El milagro acontece en unión orgánica con esta Palabra de Dios que se revela. Es una ‘señal’ de su presencia y de su obra, un signo, se puede decir, particularmente intenso. Todo esto explica de modo suficiente el vínculo particular que existe entre los ‘milagros-signos’ de Cristo y la fe: vínculo tan claramente delineado en los Evangelios.

2. Efectivamente, encontramos en los Evangelios una larga serie de textos en los que la llamada a la fe aparece como un coeficiente indispensable y sistemático de los milagros de Cristo.

Al comienzo de esta serie es necesario nombrar las páginas concernientes a la Madre de Cristo con su comportamiento en Caná de Galilea, y aún antes )y sobre todo) en el momento de a anunciación. Se podría decir que precisamente aquí se encuentra el punto culminante de su adhesión a la fe, que hallará su confirmación en las palabras de Isabel durante la Visitación: ‘Dichosa la que ha creído que se cumplirá lo que se te he dicho de parte del Señor’ (Lc 1, 45). Sí, María ha creído como ninguna otra persona, porque estaba convencida de que ‘para Dios nada hay imposible’ (Cfr. Lc 1, 37).

Y en Caná de Galilea su fe anticipó, en cierto sentido, la hora de la revelación de Cristo. Por su intercesión, se cumplió aquel primer milagro-signo, gracias al cual los discípulos de Jesús ‘creyeron en él’ (Jn 2, 11). Si el Concilio Vaticano II enseña que María precede constantemente al Pueblo de Dios por los caminos de la fe (Cfr. Lumen Gentium, 58 y 63; Redemptoris Mater, 5-6), podemos decir que el fundamento primero de dicha afirmación se encuentra en el Evangelio que refiere los ‘milagros-signos’ en María y por María en orden a la llamada a la fe.

3. Esta llamada se repite muchas veces. Al jefe de la sinagoga, Jairo, que había venido a suplicar que su hija volviese a la vida, Jesús le dice: ‘No temas, ten sólo fe’. (Dice ‘no temas’, porque algunos desaconsejaban a Jairo ir a Jesús) (Mc 5, 36).

Cuando el padre del epiléptico pide la curación de su hijo, diciendo: ‘Pero si algo puedes, ayúdanos…’, Jesús le responde: ‘Si puedes! Todo es posible al que cree’. Tiene lugar entonces el hermoso acto de fe en Cristo de aquel hombre probado: ‘¡Creo! Ayuda a mi incredulidad’ (Cfr. Mc 9, 22-24).

Recordemos, finalmente, el coloquio bien conocido de Jesús con Marta antes de la resurrección de Lázaro: ‘Yo soy la resurrección y la vida… ¿Crees esto? Si, Señor, creo…’ (Cfr. Jn 11, 25-27).

4. El mismo vínculo entre el ‘milagro-signo’ y la fe se confirma por oposición con otros hechos de signo negativo. Recordemos algunos de ellos. En el Evangelio de Marcos leemos que Jesús de Nazaret ‘no pudo hacer…ningún milagro, fuera de que a algunos pocos dolientes les impuso las manos y los curó. El se admiraba de su incredulidad’ (Mc 6, 5)6).

Conocemos las delicadas palabras con que Jesús reprendió una vez a Pedro: ‘Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?’. Esto sucedió cuando Pedro, que al principio caminaba valientemente sobre las olas hacia Jesús, al ser zarandeado por la violencia del viento, se asustó y comenzó a hundirse (Cfr. Mt 14, 29-31).

5. Jesús subraya más de una vez que los milagros que El realiza están vinculados a la fe. ‘Tu fe te ha curado’, dice a la mujer que padecía hemorragias desde hacia doce años y que, acercándose por detrás le había tocado el borde de su manto, quedando sana (Cfr. Mt 9, 20-22; y también Lc 8, 48; Mc 5, 34).

Palabras semejantes pronuncia Jesús mientras cura al ciego Bartimeo, que, a la salida de Jericó, pedía con insistencia su ayuda gritando: ‘¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mi!’ (Cfr. Mc 10, 46-52). Según Marcos: ‘Anda, tu fe te ha salvado’ le responde Jesús. Y Lucas precisa la respuesta: ‘Ve, tu fe te ha hecho salvo’ (Lc 18,42).

Una declaración idéntica hace al Samaritano curado de la lepra (Lc 17, 19). Mientras a los otros dos ciegos que invocan a volver a ver, Jesús les pregunta: ‘¿Creéis que puedo yo hacer esto?’. ‘Sí, Señor’… ‘Hágase en vosotros, según vuestra fe’ (Mt 9, 28-29).

6. Impresiona de manera particular el episodio de la mujer cananea que no cesaba de pedir a ayuda de Jesús para su hija ‘atormentada cruelmente por un demonio’. Cuando la cananea se postró delante de Jesús para implorar su ayuda, El le respondió: ‘No es bueno tomar el pan de los hijos y arrojarlo a os perrillos’ (Era una referencia a la diversidad étnica entre israelitas y nananeos que Jesús, Hijo de David, no podía ignorar en su comportamiento práctico, pero a la que alude con finalidad metodológica para provocar la fe). Y he aquí que la mujer llega intuitivamente a un acto insólito de fe y de humildad. Y dice: ‘Cierto, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores’. Ante esta respuesta tan humilde, elegante y confiada, Jesús replica: ‘¡Mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú quieres’ (Cfr. Mt 15, 21-28). Es un suceso difícil de olvidar, sobre todo si se piensa en los innumerables ‘ cananeos’ de todo tiempo, país, color y condición social que tienden su mano para pedir comprensión y ayuda en sus necesidades!

7. Nótese cómo en la narración evangélica se pone continuamente de relieve el hecho de que Jesús, cuando ‘ve la fe’, realiza el milagro. Esto se dice expresamente en el caso del paralítico que pusieron a sus pies desde un agujero abierto en el techo (Cfr. Mc 2, 5; Mt 9, 2; Lc 5, 20). Pero la observación se puede hacer en tantos otros casos que los evangelistas nos presentan. El factor fe es indispensable; pero, apenas se verifica, el corazón de Jesús se proyecta a satisfacer las demandas de los necesitados que se dirigen a El para que los socorra con su poder divino.

8. Una vez más constatamos que, como hemos dicho al principio, el milagro es un ‘signo’ del poder y del amor de Dios que salvan al hombre en Cristo. Pero, precisamente por esto es al mismo tiempo una llamada del hombre a la fe. Debe llevar a creer sea al destinatario del milagro sea a los testigos del mismo.

Esto vale para los mismos Apóstoles, desde el primer ‘signo’ realizado por Jesús en Caná de Galilea; fue entonces cuando ‘creyeron en El’ (Jn 2, 11). Cuando, más tarde, tiene lugar la multiplicación milagrosa de los panes cerca de Cafarnaum, con la que está unido el preanuncio de la Eucaristía, el evangelista hace notar que ‘desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron y ya no le seguían’, porque no estaban en condiciones de acoger un lenguaje que les parecía demasiado ‘duro’. Entonces Jesús preguntó a los Doce: ‘¿Queréis iros vosotros también?’. Respondió Pedro: ‘Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios’ (Cfr. Jn 6, 66-69). Así, pues, el principio de la fe es fundamental en la relación con Cristo, ya como condición para obtener el milagro, ya como fin por el que el milagro se ha realizado. Esto queda bien claro al final del Evangelio de Juan donde leemos: ‘Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos que no están escritas en este libro; y éstas fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre’ (Jn 20, 30-31).



Los milagros demuestran la existencia del mundo sobrenatural (13.I.88)

1. Hablando de los milagros realizados por Jesús durante su misión en la tierra, San Agustín, en un texto interesante, los interpreta como signos del poder y del amor salvífico y como estímulos para elevarse al reino de las cosas celestes.

‘Los milagros que hizo Nuestro Señor Jesucristo (escribe) son obras divinas que enseñan a la mente humana a elevarse por encima de las cosas visibles, para comprender lo que Dios es’ (Agustín, In Io. Ev. Tr., 24, 1 ).

2. A este pensamiento podemos referirnos al reafirmar la estrecha unión de los ‘milagros-signos’ realizados por Jesús con la llamada a la fe. Efectivamente, tales milagros demostraban la existencia del orden sobrenatural, que es objeto de la fe. A quienes los observaban y, particularmente, a quienes en su persona los experimentaban, estos milagros les hacían constatar, casi con la mano, que el orden de la naturaleza no agota toda la realidad. El universo en el que vive el hombre no está encerrado solamente en el marco del orden de las cosas accesibles a los sentidos y al intelecto mismo condicionado por el conocimiento sensible. El milagro es ‘signo’ de que este orden es superior por el ‘Poder de lo alto’, y, por consiguiente, le está también sometido. Este ‘Poder de lo alto’ (Cfr. Lc 24,49), es decir, Dios mismo, está por encima del orden entero de la naturaleza. Este poder dirige el orden natural y, al mismo tiempo, da a conocer que (mediante este orden y por encima de él) el destino del hombre es el reino de Dios. Los milagros de Cristo son ‘signos’ de este reino.

3. Sin embargo, los milagros no están en contraposición con las fuerzas y leyes de la naturaleza, sino que implican a solamente cierta ‘suspensión’ experimentable de su función ordinaria, no su anulación. Es más, los milagros descritos en el Evangelio indican la existencia de un Poder que supera las fuerzas y las leyes de la naturaleza, pero que, al mismo tiempo, obra en la línea de las exigencias de la naturaleza misma, aunque por encima de su capacidad normal actual. ¿No es esto lo que sucede, por ejemplo, en toda curación milagrosa? La potencialidad de las fuerzas de la naturaleza es activada por la intervención divina, que la extiende más allá de la esfera de su posibilidad normal de acción. Esto no elimina ni frustra la causalidad que Dios ha comunicado a las cosas en la creación, ni viola las ‘leyes naturales’ establecidas por El mismo e inscritas en la estructura de lo creado, sino que exalta y, en cierto modo, ennoblece la capacidad del obrar o también de recibir los efectos de la operación del otro, como sucede precisamente en las curaciones descritas en el Evangelio.

4. La verdad sobre la creación es la verdad primera y fundamental de nuestra fe. Sin embargo, no es la única, ni la suprema. La fe nos enseña que la obra de la creación está encerrada en el ámbito de designio de Dios, que llega con su entendimiento mucho más allá de los limites de la creación misma. La creación )particularmente la criatura humana llamada a la existencia en el mundo visible) está abierta a un destino eterno, que ha sido revelado de manera plena en Jesucristo. También en El la obra de la creación se encuentra completada por la obra de la salvación. Y la salvación significa una creación nueva (Cfr. 2 Cor 5, 17; Gal 6, 15), una ‘creación de nuevo’, una creación a medida del designio originario del Creador, un restablecimiento de lo que Dios había hecho y que en la historia del hombre había sufrido, el desconcierto y la ‘corrupción’, como consecuencia del pecado.

Los milagros de Cristo entran en el proyecto de la ‘creación nueva’ y están, pues, vinculados al orden de la salvación. Son ‘signos’ salvíficos que llaman a la conversión y a la fe, y en esta línea, a la renovación del mundo sometido a la ‘corrupción’ (Cfr. Rom 8, 19-21). No se detienen, por tanto, en el orden ontológico de la creación (creatio), al que también afectan y al que restauran, sino que entran en el orden sotereológico de la creación nueva (re) creatio totius universi), del cual son co-eficientes y del cual, como ‘signos’, dan testimonio.

5. El orden sotereológico tiene su eje en la Encarnación; y también los ‘milagros-signos’ de que hablan los Evangelios, encuentran su fundamento en la realidad misma del Hombre)Dios. Esta realidad)misterio abarca Y supera todos los acontecimientos) milagros en conexión con la misión mesiánica de Cristo. Se puede decir que la Encarnación es el ‘milagro de los milagros’, el ‘milagro’ radical y permanente del orden nuevo de la creación. La entrada de Dios en la dimensión de la creación se verifica en la realidad de la Encarnación de manera única y, a los ojos de la fe, llega a ser ‘signo’ incomparablemente superior a todos los demás ‘signos-milagros’ de la presencia y del obrar divino en el mundo. Es más, todos estos otros ‘signos’ tienen su raíz en la realidad de la Encarnación, irradian de su fuerza atractiva, son testigos de ella. Hacen repetir a los creyentes lo que escribe el evangelista Juan al final del Prólogo sobre la Encarnación: ‘Y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad’ (Jn 1, 14).

6. Si la Encarnación es el signo fundamental al que se refieren todos los ‘signos’ que dan testimonio a los discípulos y a la humanidad de que ‘ha llegado… el reino de Dios’ (Cfr. Lc 11, 20), hay también un signo último y definitivo, al que alude Jesús, haciendo referencia al Profeta Jonás: ‘Porque, como estuvo Jonás en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el corazón de a tierra’ (Mt 12, 40): es el ‘signo’ de la resurrección.

Jesús prepara a los los Apóstoles para este ‘signo’ definitivo, pero lo hace gradualmente y con tacto, recomendándoles discreción ‘hasta cierto tiempo’. Una alusión particularmente clara tiene lugar después de la transfiguración en el monte: ‘Bajando del monte, les prohibió contar a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitase de entre los muertos’ (Mc 9, 9).Podemos preguntarnos al porque de esta gradualidad. Se puede responder que Jesús sabía bien cómo se habrían de complicar las cosas si los Apóstoles y los demás discípulos hubiesen comenzado a discutir sobre la resurrección, para cuya comprensión no estaban suficientemente preparados, como se desprende del comentario que el evangelista mismo hace a continuación: ‘Guardaron aquella orden, y se preguntaban que era aquello de !cuando resucitase de entre los os muertos!’ (Mc 9, 10). Además, se puede decir que la resurrección de entre los muertos, aun anunciada una y otra vez, estaba en la cima de aquella especie de ‘secreto mesiánico’ que Jesús quiso mantener a lo largo de todo el desarrollo de su vida y de su misión, hasta el momento del cumplimiento y de la revelación finales, que tuvieron lugar precisamente con el ‘milagro de los milagros’, la Resurrección, que, según San Pablo, es el fundamento de nuestra fe (Cfr. 1 Cor 15, 12-19).

7. Después de la Resurrección, a ascensión y Pentecostés, los ‘milagros)signos’ realizados por Cristo se ‘prolongan’ a través de los Apóstoles, y después, a través de los santos que se suceden de generación en generación. Los Hechos de los Apóstoles nos ofrecen numerosos testimonios de los milagros realizados ‘en el nombre de Jesucristo’ por parte de Pedro (Cfr. Hech 3, 1)8; 5, 15; 9, 32)41), de Esteban (Hech 6, 8), de Pablo (por ej., Hech 14, 8)10). La vida de los santos, la historia de la Iglesia, y, en particular, los procesos practicados para las causas de canonización de los Siervos de Dios, constituyen una documentación que, sometida al examen, incluso al más severo, de la critica histórica y de la ciencia médica, confirma la existencia del poder de lo ‘alto’ que obra en el orden de la naturaleza y la supera. Se trata de ‘signos’ milagrosos realizados desde los tiempos de los Apóstoles hasta hoy, cuyo fin esencial es hacer ver el destino y la vocación del hombre al reino de Dios. Así, mediante tales ‘signos’, se confirma en los distintos tiempos y en las circunstancias más diversas la verdad del Evangelio y se demuestra el poder salvífico de Cristo que no cesa de llamar a los hombres (mediante la Iglesia) al camino de la fe. Este poder salvífico del Dios)Hombre, se manifiesta también cuando los ‘milagros)signos’ se realizan por intercesión de los hombres, de los santos, de los devotos, así como el primer ‘signo’ en Caná de Galilea se realizó por la intercesión de la Madre de Cristo.

forosdelavirgen.org/

MENSAJES DE MEDJUGORJE - 25 de Mayo, 2 de Junio de 2015


Mensajes de Nuestra Señora Reina de la Paz en Medjugorje 

Al inicio Nuestra Señora regularmente da sus mensajes sólo a los videntes, y a través de ellos a todos los fieles. A partir del 1 de marzo de 1984, Nuestra Señora comienza a entregar regularmente sus mensajes todos los jueves a la comunidad de parroquial de Medjugorje, y a través de ella, al resto del mundo. Puesto que algunas cosas que el Señor había deseado se cumplieron, como lo afirmó Nuestra Señora , a partir del 25 de enero de 1987, Nuestra Señora da sus mensajes a todo el mundo los 25 de cada mes Esto aún continúa.

Mirjana Dragicevic-Soldo, Ivanka Ivankovic-Elez y Jakov Colo tuvieron apariciones diarias hasta 1982, 1985, y 1998 respectivamente. Desde entonces, la Virgen se les aparece una vez al año y les da un mensaje. Debido a que el trabajo sobre los archivos está aún en curso, no estamos en condiciones de publicar los mensajes otorgados antes de 1995.


(http://www.medjugorje.ws)


Mensaje 2 de junio de 2015 - Mensaje dada a vidente Mirjana

“Queridos hijos, deseo actuar a través de vosotros, mis hijos, mis apóstoles, para que al final pueda reunir a todos mis hijos allí donde está todo preparado para su felicidad. Oro por vosotros, para que con las obras podáis convertir a los demás, porque ha llegado el tiempo de las obras de la verdad, de mi Hijo. Mi amor obrará en vosotros, me serviré de vosotros. Tened confianza en mí, porque todo lo que deseo, lo deseo para vuestro bien, eterno bien, creado por el Padre Celestial. Vosotros, hijos míos, apóstoles míos, vivís la vida terrena en comunidad con mis hijos que no han conocido el amor de mi Hijo, aquellos que a mí no me llaman Madre. Pero no tengáis miedo de dar testimonio de la verdad, porque, si vosotros no tenéis miedo y dais testimonio con valor, la verdad milagrosamente vencerá. Pero recordad: ¡la fuerza está en el amor! Hijos míos, el amor es arrepentimiento, perdón, oración, sacrificio y misericordia. Si sabéis amar con las obras convertiréis a los demás, permitiréis que la luz de mi Hijo penetre en las almas. ¡Os doy las gracias! Orad por vuestros pastores, ellos pertenecen a mi Hijo, Él los ha llamado. Orad para que siempre tengan la fuerza y el valor de brillar con la luz de mi Hijo. ”


Mensaje 25 de mayo de 2015 

“Queridos hijos! También hoy estoy con ustedes y con alegría los invito a todos: oren y crean en el poder de la oración. Abran sus corazones, hijitos, para que Dios los llene con su amor y ustedes serán alegría para los demás. Su testimonio será poderoso y todo lo que harán estará entretejido con la ternura de Dios. Yo estoy con ustedes y oro por ustedes y su conversión, hasta que pongan a Dios en el primer lugar. Gracias por haber respondido a mi llamado. ”


IDENTIDAD SACERDOTAL - TESTIMONIO DE DONALD H. CALLOWAY


Estuvo varias veces en la cárcel, hasta que leyó un libro sobre la Virgen: hoy es sacerdote


Pasó su juventud entre drogas y prisiones. Hoy lleva sotana y de aquella vida sólo queda el surf cuando lo permiten sus conferencias en todo el mundo.

(Artículo del año 2011)




Desde hace unos meses, en las librerías norteamericanas se encuentra una obra, No turning back. A witness to mercy [No hay vuelta atrás. Un testimonio de la misericordia], cuyo autor es de los que tienen una vida que contar. Se trata del padre Donald H. Calloway, que narra en él de forma pormenorizada la historia de su conversión.

No es la primera vez que lo hace, y de hecho recorre el mundo con esa misión. Su agenda de conferencias, disponible en su página web, está repleta para 2011 y 2012, y ya hay algunas anunciadas para 2013 y 2014. La cubierta del libro le muestra como es hoy: con sotana, rosario en mano, junto al mar y con la tabla de surf, su gran pasión, a los pies (un cura «muy americano»). Pero en la portada de ReL le hemos mostrado también cómo era hace no tantos años: guitarra en mano y con una melena estilo heavy metal hasta media espalda.

Por aquel entonces, la vida de Calloway hacía presagiar poco su futuro. Su vida estaba, como ha confesado en alguna entrevista, «en espiral descendente». Familia desestructurada (su madre se casó tres veces), ninguna formación religiosa, pelo hasta la cintura, tatuajes por todo el cuerpo, drogas, alcohol... Era una pesadilla en las bases militares en las que vivía por razones familiares, tanto en Japón como en Estados Unidos. Desesperada por su caso, su madre consultó a un sacerdote y acabó convirtiéndose al catolicismo, pero todo pareció inútil durante años, y los tratamientos de rehabilitación no arreglaban el problema más que temporalmente. Pasó por correccionales, en Louisiana visitó la cárcel en más de una ocasión...

Pero todo cambió en 1992: «Una noche supe que algo iba a cambiar radicalmente en mi vida. Sabía que algo iba a suceder, lo sabía». Así que en vez de salir con sus amigos se quedó en su habitación aguardando ese algo... que llegó en forma de un libro sobre Medjugorje, que cayó en sus manos de forma casual cuando salió a buscar algo de lectura con el que pasar el rato de espera.

«Yo era una pizarra en blanco», explica. No sabía quién era la Virgen, tampoco apenas quien era Jesucristo, pero tras leer el libro, y cautivado por la figura de María, acudió al capellán de la base donde residía, y durante la misa que éste celebró experimentó la presencia de Cristo en el Calvario. Tras hablar con el sacerdote, y convertido ya, rezó, se deshizo de cuantos objetos negativos había en su casa, lloró, se arrepintió... y se acostó: «Por primera vez en años me sentí libre. Una paz increíble se apoderó de mí».

Así nació el «nuevo» Donald Calloway, que con el tiempo se unió a una congregación religiosa especialmente centrada en Nuestra Señora, los Marianos de la Inmaculada Concepción, fundados por el escolapio polaco Estanislao Papczynski en 1673. La congregación, duramente perseguida por los zares en la época en que dominaban Polonia, estuvo a punto de extinguirse en 1908, cuando quedó un único miembro, el futuro obispo lituano Jorge Matualitis-Matulewicz, quien a su muerte en 1927 había conseguido reflotarla, contando entonces con trescientos miembros. Hoy está extendida por todo el mundo, con fuerte presencia en Estados Unidos.

Y allí fue donde recibió como sacerdote a Donald Calloway, tras cursar estudios de filosofía y teología con franciscanos y dominicos. Tras su ordenación, ha escrito diversos libros sobre mariología y sobre la espiritualidad de Santa Faustina de la Divina Misericordia, y ahora este testimonio de lo que la Santísima Virgen hizo en su alma.

En palabras del surfista Peter Kreeft, autor de Surfeo, luego existo. Una filosofía del surf,«en su vida actuaron el poder de Jesús y el de María con la potencia de una ola del Pacífico». Y a fe, que supo cabalgarla.


religionenlibertad.com

IDENTIDAD SACERDOTAL - EL TESTIMONIO DE BILL ATKINSON -


Un accidente cuando era seminarista le dejó tetraplégico: 9 años después consiguió ser sacerdote.


Su ordenación fue "el último de una larga serie de milagros", según la prensa de la época. Cuando el 2 de febrero de 1974 el obispo de Filadelfia, John Krol, impuso las manos a Bill Atkinson para convertirle en sacerdote, habían pasado sólo nueve años desde que un accidente dejara al joven tetrapléjico. Fue necesaria una dispensa del Papa Pablo VI para recibir el sacramento, pero su sueño se convirtió en realidad. Y además ejerció su ministerio con cualidades notables, como una profunda fe y una aceptación humilde de las continuas cruces en que se convirtió su vida poco después de cumplir los 19 años.


La tragedia

Bill era ya entonces seminarista. Rubio y de ojos azules, guapo y atlético, era una auténtica fuerza de la naturaleza, como su hermano Al, quien como jugador de fútbol profesional ganaría la Super Bowl en 1969 con los New York Jets. Ambos habían sentido a la vez el gusanillo de la vocación sacerdotal (algo que temían los entrenadores de Al), pero finalmente fue Bill quien siguió ese camino. Nacido en Filadelfia el 4 de enero de 1946 en una familia católica de siete hermanos (tres chicos y cuatro chicas), tras graduarse en 1963 en la Monsignor Bonner High School, pasó un año como postulante agustino antes de ingresar en el noviciado de la orden en Nueva York. 

El 22 de febrero de 1965, durante un rato de recreo, Atkinson se lanzó junto con otros tres seminaristas por una colina nevada para disfrutar de un descenso de casi cuatrocientos metros. Treinta segundos después la diversion se convirtió en tragedia al estrellarse contra un árbol y machacarse la columna vertebral.

Tardaron 45 minutos en llevarle al hospital, sin mucha convicción de que sobreviviera. Durante el tiempo que estuvo ingresado su vida corrió peligro más de una vez, porque de vez en cuando dejaba de respirar. Su madre, Mary, que no se separaba de su cama ni dejaba de rezar junto a su hijo, se le acercaba entonces al oido para animarle:"Respira, Bill, tienes que respirar". Pero el chico seguía inmóvil.

Un día la fiebre le subió hasta los 42°C, tanto que los médicos incluso abrieron de par en par las ventanas al gélido invierno neoyorquino para bajársela. Y entonces despertó.

Las lesiones eran al nivel de la nuca e implicaban una irreparable tetraplejía. Estuvo 14 meses en el hospital y pasó de 86 kg a poco más de 40 kg. Cuando le dieron el alta, no podía mover brazos ni piernas y debía mantener sujeta la cabeza artificialmente para que no se le cayera.


FUENTE: entreyparaseminaristas.com/


EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís