FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

HISTORIAS DE NUESTROS SACERDOTES.

(Historias extraidas del libro 100 historias 
en blanco y negro. Recopilación de la web Catholic.net)




Beso sus manos sacerdotales
Autor: José Rodrigo López Cepeda, MSpS

No podré olvidar la primera vez que se acercó a mí y me extendió su mano...

En los campos de México, como en los de España, existe la bella costumbre de invitar al sacerdote a bendecir los campos de cultivo. En los primeros años de mi ministerio había hecho este rito, lleno de tantas esperanzas para los hombres que viven de su trabajo en el campo.

Recién llegado a México se me encomendó la atención como vicario cooperador de una zona rural y visitaba 24 comunidades dedicadas a las labores del campo. El primer año fui invitado por don Nicanor, un ranchero jalisciense, curtido por los años, de intensos ojos azules y piel blanca. Rebasaba ya los 60 años, pero su constitución física, acostumbrada al trabajo, era la de un hombre joven y fuerte. Se le respetaba en el rancho por su prudencia y su sabiduría empírica. 

No podré olvidar la primera vez que se acercó a mí y me extendió su mano. Yo lo saludé como a otro más, dándole la mía, pero hizo un gesto que traté de evitar. Y es que don Nicanor hizo el intento de besarme la mano. Con fuerza quise impedirlo. Quizá por venir de España, en donde toda forma de clericalismo se ha ido cambiando por la indiferencia e incluso el rechazo al sacerdote. 

Pero sin pensarlo él me sujetó fuertemente la mano, la llevo a sus labios y con el sombrero descubierto la besó. Luego me miró a los ojos y me dijo con cierta autoridad en su voz: «No lo beso a usted. Beso al Señor en sus manos consagradas que quiero bendigan nuestros campos».
Sabia lección me dio don Nicanor ese domingo después de la misa. Mis manos no habían sido besadas después del cantamisa en España. Eso se acostumbra más por un rito-tradición que por un verdadero gesto de descubrir, en esas manos pecadoras, las manos del Carpintero de Nazaret; en las manos de este hombre llamado al sacerdocio, las mismas manos del que multiplicó los panes, del que sanó a los enfermos, del que bendijo, del que lavó los pies a sus discípulos. Manos que fueron traspasadas por los clavos de la indiferencia, del rechazo, del rencor. Estas mis manos también son sus manos.

Bendije los campos de don Nicanor y de sus hermanos, y aquella tierra sementera me bendijo a mí. Luego recibí en premio sus primeros frutos. Aunque el verdadero premio ya lo había recibido antes. Mis manos: tus manos Señor. 

Gracias don Nicanor


He confesado al diablo
Autor: Manuel Julián Quiceno Zapata. Cartago (Colombia)

De lo que viví antes de confesarlo, recuerdo lo siguiente...

De lo que viví antes de confesarlo, recuerdo lo siguiente...

Como párroco de un pequeño pueblo, frecuentemente, cada domingo, salía por las calles y aprovechaba para saludar a la gente, dejándoles una catequesis escrita, especialmente a aquellos que por diversas razones no acudían al templo.

En aquella parroquia dedicada a San José, muchos tenían una costumbre que cumplían sin falta cada domingo, como si fuera un deber. Esto era tomarse «unas frías» –así llamaban ellos a la cerveza–. Por tanto, era fácil saber dónde encontrar este tipo de «fieles», y entre ellos estaba también él. 

Cierto día, al terminar mi recorrido, se acerca una señora para preguntarme si había reconocido al «diablo». Según ella, yo lo había saludado y él había recibido uno de los mensajes que yo repartía. Yo no había visto al «diablo», o por lo menos no recuerdo haber visto a ninguna ni a ninguno que se le pareciera.

En otra ocasión necesitaba ir al pueblo vecino para ayudar a un hermano sacerdote, pero el coche de la parroquia se había averiado y por ello necesitaba a alguien que me transportara. 
Vaya sorpresa cuando, al preguntar a algunas personas quién podría ayudarme con este servicio, inmediatamente un niño me dijo: «Padre, si usted quiere llamo al “diablo” para que se lo lleve». No se imaginan lo que pensé en aquel momento. Parecía una broma, pero luego acepté la propuesta y ese día lo vi por primera vez…

Por un buen rato guardé silencio, pues era la primera vez que hacía un viaje así. Además pensé: ¿de qué puedo hablar con el diablo? Al poco tiempo le hablé, pero parecía más una entrevista que un diálogo. Ese día, antes de terminar el viaje y sin decir nada, dejé en su coche un escapulario de la Virgen del Carmen.
En adelante lo veía por todas partes; ya lo reconocía y, aunque siempre lo invitaba a la misa, él siempre me decía: «Ahora no, algún día lo haré, tengo mis razones».

El tiempo pasó, y cierto día un niño que esperaba en la puerta del templo me dijo que alguien me necesitaba urgentemente y que no quería irse sin antes hablar conmigo. El niño me explicó que se trataba de un enfermo grave. Entonces, rápidamente busqué todo lo necesario para la visita.

Cuán asombrado quedé cuando, al llegar a aquel lugar, descubrí que el enfermo grave que hacía varios días esperaba al sacerdote era Ramón, aquel a quien llamaban «el diablo»; un hombre del campo que había vivido situaciones humanas muy difíciles. No recordaba cuándo ni por qué le habían empezado a decir así, pero él se había acostumbrado. Ahora, postrado en una cama, padecía de un cáncer terrible y se acercaba a su final.

Recuerdo muy bien lo que él me dijo aquel día: «Padre, ¿me recuerda? Soy aquel que llaman «el diablo», ¡pero mi alma no se la dejo a él; le pertenece a Dios! Por favor, ¿me puede confesar?» 

Fue un momento muy especial, pero aún más cuando vi lo que apretaba en sus manos mientras lo confesaba: un escapulario; precisamente aquel que yo le había dejado en su coche. Ahora él lo portaba en su viaje a la eternidad. Luego, en aquella casa también pude ver una hoja sobre la confesión, una de aquellas que yo mismo le había dado un domingo al mediodía. 

Y ese día todo el pueblo lo comentaba, y también yo lo pensaba: ¡he confesado al diablo!

INFORMACIÓN SOBRE EL LIBRO: 

"100 historias en blanco y negro"

Con el título "100 Historias en blanco y negro" en el pasado año 2010 se publicó un libro donde se  narran 100 historias de sacerdotes de todo el mundo. 

Es el resultado de un concurso organizado por la web catholic.net. Con motivo del año sacerdotal se convocó a sacerdotes de todo el mundo a enviar sus mejores experiencias. El ganador fue el Padre Manuel Julián Quinceno, de Colombia, con su historia "He confesado al diablo". En total respondieron en torno al millar de participantes y fruto de ello es este práctico libro de 216 páginas de lectura fácil y lleno de historias conmovedoras que nos hacen sentirnos mejor. Miles de personas de todo el mundo ya se han beneficiado de la lectura de este exitoso libro. 

Entre los testimonios de personas famosas que han leído ya este libro está el del actor Eduardo Verástegui quien afirma “Qué emocionantes historias.Son un verdadero alimento para el alma”. O las palabras de la traductora internacional y voluntaria de asociaciones católicas Milena Fiorenza: “Tengo que confesar que lloré con más de una de estas historias. Algunas son realmente conmovedoras. Ha sido una óptima elección”.Descubramos el secreto de lo que hay detrás de estas impresionantes y reveladoras cien historias. 

Quienes estén interesados en adquirir el libro pueden hacerlo  desde la internet siguiendo este link. 

LA DEVOCIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS.

Sagrado Corazón de Jesús, en tu amor confío.

Explicación de la fiesta

La imagen del Sagrado Corazón de Jesús, nos recuerda el núcleo central de nuestra fe: todo lo que Dios nos ama con su Corazón y todo lo que nosotros, por tanto, le debemos amar. Jesús tiene un Corazón que ama sin medida.

Y tanto nos ama, que sufre cuando su inmenso amor no es correspondido.

La Iglesia dedica todo el mes de junio al Sagrado Corazón de Jesús, con la finalidad de que los católicos lo veneremos, lo honremos y lo imitemos especialmente en esos 30 días.

Esto significa que en dicho mes, debemos vivir demostrándole a Jesús con nuestras obras que lo amamos, que correspondemos al gran amor que Él nos tiene y que nos ha demostrado entregándose a la muerte por nosotros, quedándose en la Eucaristía y enseñándonos el camino a la vida eterna.
Todos los días podemos acercarnos a Jesús o alejarnos de Él. De nosotros depende, ya que Él siempre nos está esperando y amando.

Debemos vivir recordandolo y pensar cada vez que actuamos: ¿Qué haría Jesús en esta situación, qué le dictaría su Corazón? Y eso es lo que debemos hacer (ante un problema en la familia, en el trabajo, en nuestra comunidad, con nuestras amistades, etc.).
Debemos, por tanto, pensan si las obras o acciones que vamos a hacer nos alejan o acercan a Dios.

Es recomendable tener en casa o en el trabajo una imagen del Sagrado Corazón de Jesús nos ayuda a recordar su gran amor y, a imitarlo en el mes de junio y durante todo el año.

Origen de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús

Santa Margarita María de Alacoque era una religiosa de la Orden de la Visitación. Tenía un gran amor por Jesús. Y Jesús tuvo un amor especial por ella.

Se le apareció en varias ocasiones para decirle lo mucho que la amaba a ella y a todos los hombres y lo mucho que le dolía a su Corazón que los hombres se alejaran de Él por el pecado.

Durante estas visitas a su alma, Jesús le pidió que nos enseñara a quererlo más, a tenerle devoción, a rezar y, sobre todo, a tener un buen comportamiento para que su Corazón no sufra más con nuestros pecados.

El pecado nos aleja de Jesús y esto lo entristece porque Él quiere que todos lleguemos al Cielo con Él. Nosotros podemos demostrar nuestro amor al Sagrado Corazón de Jesús con nuestras obras: en esto precisamente consiste la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.


Las promesas del Sagrado Corazón de Jesús

Jesús le prometió a Santa Margarita de Alacoque, que si un apersona comulgaba los primeros viernes de mes, durante nueve meses seguidos, le concedería lo siguiente:

1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado (casado(a), soltero(a), viudo(a) o consagrado(a) a Dios).
2. Pondré paz en sus familias.
3. Los consolaré en todas las aflicciones.
4. Seré su refugio durante la vida y, sobre todo, a la hora de la muerte.
5. Bendeciré abundantemente sus empresas.
6. Los pecadores hallarán misericordia.
7. Los tibios se harán fervorosos.
8. Los fervorosos se elevarán rápidamente a gran perfección.
9. Bendeciré los lugares donde la imagen de mi Corazón sea expuesta y venerada.
10. Les daré la gracia de mover los corazones más endurecidos.
11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón y jamás será borrado de Él.
12. La gracia de la penitencia final: es decir, no morirán en desgracia y sin haber recibido los Sacramentos.


Oración de Consagración al Sagrado Corazón de Jesús

Podemos conseguir una estampa o una figura en donde se vea el Sagrado Corazón de Jesús y, ante ella, llevar a cabo la consagración familiar a su Sagrado Corazón, de la siguiente manera:

Señor Jesucristo, arrodillados a tus pies,
renovamos alegremente la Consagración
de nuestra familia a tu Divino Corazón.

Sé, hoy y siempre, nuestro Guía,
el Jefe protector de nuestro hogar,
el Rey y Centro de nuestros corazones.

Bendice a nuestra familia, nuestra casa,
a nuestros vecinos, parientes y amigos.

Ayúdanos a cumplir fielmente nuestros deberes, y participa de nuestras alegrías y angustias, de nuestras esperanzas y dudas, de nuestro trabajo y de nuestras diversiones.

Danos fuerza, Señor, para que carguemos nuestra cruz de cada día y sepamos ofrecer todos nuestros actos, junto con tu sacrificio, al Padre.

Que la justicia, la fraternidad, el perdón y la misericordia estén presentes en nuestro hogar y en nuestras comunidades.
Queremos ser instrumentos de paz y de vida.

Que nuestro amor a tu Corazón compense,
de alguna manera, la frialdad y la indiferencia, la ingratitud y la falta de amor de quienes no te conocen, te desprecian o rechazan.

Sagrado Corazón de Jesús, tenemos confianza en Ti.
Confianza profunda, ilimitada.


Sugerencias para vivir la fiesta

  • Poner una estampa del Sagrado Corazón de Jesús, algún pensamiento y la oración para la Consagración al Sagrado Corazón de Jesús.
  • Hacer una oración en la que todos pidamos por tener un corazón como el de Cristo.
  • Leer en el Evangelio pasajes en los que se podamos observar la actitud de Jesús como fruto de su Corazón.

Primeros viernes de mes

La práctica fervorosa de los primeros viernes de mes, un don del Sagrado Corazón.

La Iglesia ha bendecido esta piadosa costumbre iniciada con las promesas de Jesucristo a santa Margarita María de Alacoque, indicando el espíritu de reparación y de conversión con que hay que vivirla.

"Te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su Amor omnipotente concederá a todos los que comulguen los nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final" (Benedicto XV, en la bula de canonización de santa Margarita María de Alacoque recoge estas palabras de Cristo).

La comunión en estos primeros viernes de mes ha de llevar a una profunda renovación espiritual, como reparación por los pecados personales del mes precedente y como ayuda para vivir más unido a Cristo en el siguiente, y a incrementar la entrega al apostolado para la salvación de los hombres.

La jaculatoria milagrosa

Las jaculatorias son oraciones breves. La palabra proviene del latín, y equivale a «pequeña flecha ». Son, pues, pequeñas flechas de amor que lanzarnos a nuestro Señor. Hay una jaculatoria al Corazón de Jesús que es, popularmente, llamada o considerada como «milagrosa», por la eficacia con que mueve el Corazón del Señor a favor nuestro:

(Ver el tema de las jaculatorias
publicado anteriormente aquí) 

Sagrado Corazón de Jesús, ¡en Vos confío!


(Otra versión:)

Corazón de Jesús, ¡en Ti confío!.


(Otra versión:)

Sagrado Corazón de Jesús, en tu amor confío.


El que ama de verdad, confía en la persona amada. Y por eso esta sencilla plegaria es milagrosa: Porque, al ponernos a confiar en la infinita ternura de su amor, de su Corazón, nos sitúa del lado del amor. Esta plegaria es un grito de fe y de esperanza a la vez: «Señor -le decimos- nosotros creemos en la verdad y en la fuerza de tu Amor, y nos abandonamos en tu misericordia»

Sí; a menudo, las primeras veces que lo decimos nuestra fe es todavía muy débil y titubeante, pero al perseverar en decirle al Señor que confiamos en la infinita misericordia de su Corazón, nuestra fe se rehace, fortalece y consolida. El resultado, entonces, de nuestra plegaria cada vez más y más confiada y esperanzada es el milagro, el favor, la gracia que su Corazón ya no puede negamos, porque de hacerlo defraudaría la confianza de un buen amigo...

Recuerda, eso sí, que lo que le pides con tanta confianza tiene que ser algo que esté en total consonancia con la voluntad del Padre. Por favor, no le planteemos al Señor que confiamos que nos ayude a huir de la cruz que debemos tomar cada día para seguirle, etc. Eso no sería confiar en su amor, sino abusar de su confianza.

EL DEMONIO, SUS TERRENOS Y SUS COMBATES (Quinta parte)

LA DEFENSA CONTRA LA ACCIÓN DEL DEMONIO

Mencionemos cuáles son las armas con las que cuenta el cristiano y el modo de mantener este "combate" espiritual contra Satanás y sus aliados.

Podemos decir que existen "armas" ordinarias y extraordinarias. Dentro de las armas ordinarias toma el primer plano LA ORACIÓN, la que junto con la PENITENCIA forman el bloque que dificulta y restringe la acción del demonio (Cf. Mt 26,41). De manera que podemos decir que cuando el cristiano ora y ayuna (hace penitencia), no solo fortalece la acción contra la tentación y el pecado, sino que se mantiene en guardia contra las acechanzas del demonio. A ésto se puede añadir algunas oraciones específicas que la Iglesia siempre ha recomendado contra la acción del demonio como son: La consagración a Dios por medio de María Santísima, ya que ella es la enemiga victoriosa de la "serpiente" de acuerdo a Gen 3,15 y Ap 12. Una oración que refuerza nuestra unión con Dios es la del "Regina Caeli", así como la oración de San Miguel Arcángel, atribuida a San León XIII, quien la prescribió para que se rezara después de cada misa, como producto de una visión que tuvo sobre el terrible proyecto de Satanás sobre la Iglesia. De hecho, el Papa Juan Pablo II invita continuamente a que no se olvide el rezo cotidiano de tan poderosa oración.

Por otro lado tenemos la práctica del ayuno y en general todas las prácticas ascéticas, las cuales de acuerdo a Jesús son una de las armas más importantes para protegerse y luchar contra el "adversario" del Reino ("Este tipo de demonios no salen sino es con el ayuno y la oración" Mc 9,29). La renuncia voluntaria a las cosas buenas de la vida, nos ejercitan para renunciar a aquellas que se nos presentan como una tentación. Todos los santos, quienes han tenido que combatir contra el pecado y en muchas ocasiones con manifestaciones expresas del demonio, no cesan de recomendar el ayuno como una de las armas más eficaces contra las acechanzas del maligno. Las otras dos armas con las que cuenta el cristiano para su lucha espiritual contra el pecado y las acechanzas de Satanás, son los sacramentos y los sacramentales. Los primeros, siendo una acción y participación directa de Jesús en el cristiano, son la mejor defensa contra el poder del Maligno y fuente de fortaleza espiritual para prevenir el pecado. La Eucaristía y la Reconciliación frecuente, hacen que el cristiano pueda avanzar en la vida con la victoria de Cristo. Estos dos sacramentos fortalecen toda la vida espiritual de quien los recibe imposibilitando la acción del demonio. Ésto trae por consecuencia, paz y armonía interior. Finalmente tenemos los sacramentales como son los crucifijos, las imágenes de Jesús y de la Santísima Virgen, las medallas benditas, y de manera particular la "Cruz de San Benito" a cuya bendición está ligado un exorcismo. Todos estos sacramentales, en la medida en que se usan con fe y con la aprobación de la Iglesia, vienen a ser una importante herramienta para mantenerse en santidad y en guardia contra las acechanzas del demonio.

Sobre las prácticas ascéticas debemos decir que el mismo Jesús nos ha dado muestras de la eficacia del ayuno, en el combate contra el demonio y la tentación cuando al inicio de su ministerio ayunó durante 40 días con el fin de estar preparado para el momento de la prueba (Lc 4,5.9). Después de la resurrección del Maestro, sus discípulos lo imitaron y con ello iniciaron la evangelización de las naciones (Hech 13,3). Y es que al abstenerse de alimento que es la fuerza y la energía del cuerpo, el hombre se abandona a la fuerza y a la eficacia del poder de Dios. Es de alguna manera renunciar a nuestras propias fuerzas, para darle a Dios toda la libertad de actuar en nosotros y a través de nosotros. Es al mismo tiempo una privación que permite al Espíritu Santo dar al hombre más lucidez en la toma de sus decisiones. Si el cristiano quiere vivir una vida plena en la gracia y dejar que se desarrolle en él la vida del amor y de esta manera estar protegido contra las acechanzas del demonio, debe orar y ayunar con frecuencia.

Uno de los elementos más efectivos para tener a raya al demonio y todas sus seducciones, es el amor a María Santísima a quien Satanás teme y lo hace temblar de rabia y de impotencia. Mientras que el demonio combate desde el exterior, por medio de la violencia y la seducción, María inspira, desde nuestro interior, la fuerza que viene sólo de Dios. Satanás inspira el odio que destruye y desintegra mientras, que María nos inspira el amor que reinará por siempre. De ahí la necesidad de una piedad mariana que mantenga a distancia al enemigo y que nos ayude a resistir en el momento de la tentación. Es testimonio de todos los santos la eficacia de la intercesión de María, en los momentos de tentación y acoso del demonio. Por ello, arma indispensable del cristiano es el rezo diario del rosario, el uso del escapulario de la Virgen del Carmen y alguna medallita.

Finalizamos esta catequesis sobre nuestro adversario el diablo, con 10 sugerencias o prácticas que nos ayudan en nuestra lucha espiritual:

1) Mantén la puerta de tu corazón siempre limpia. Ciérrala al mal y al maligno.

2) Conserva tu vida en orden: el tener, el poder, el saber, el amor, deben estar referidos siempre sólo a Dios, pues Él es la fuente de todo bien. Toma la vía excelsa del ayuno.

3) No tomar parte en ninguna práctica de espiritismo o de ocultismo bajo ninguna de sus formas (Ouija, lectura de cartas, meditación trascendental, Fidencismo, etc.). Son trampas que envenenan tu vida.

4) Escoge bien los proyectos y los objetivos de tu vida. Éstos deben ayudarte a construir tu vida como una ciudad abierta a Dios y bien protegida contra los ataques del enemigo.

5) En las tentaciones violentas u obsesivas de un bien o de un placer, aléjate y no te dejes provocar ni absorber. Busca inmediatamente otras cosas en qué pensar o en qué entretenerte, para mantener ocupado tu espíritu y movilizar tus fuerzas. De esta manera la obsesión que busca engañarte desaparecerá.

Por lo que ser refiere a las tentaciones:

6) Es importante saber que si has ofrecido todo a Dios, y después de haber vivido en Él en la paz y en el gozo, incomprensiblemente te encuentras rodeado de oscuridad, de tentaciones, desgracias, e incluso de padecimientos físicos, y tienes la sensación de estar nuevamente abandonado de Dios, o de ser un extraño para Él, debes saber que éste supremo asalto del demonio puede ser una prueba saludable. En la noche, incluso en la desesperación que nos lleva hasta la locura, abandónate a Dios. Él es la única esperanza, la única cuerda que puede sostenerte cuando estás en el túnel oscuro, en el cual has sido despojado de todo. En este túnel, en el cual tienes la sensación de precipitarte vertiginosamente hacia el vacío, Dios te elevará hacia sí, en un estado de ligeraza que nunca antes habías probado. Sin embargo, la luz está sólo hasta el final.

7) No olvides que tienes un Ángel de la Guarda. Encomiéndate a este guardián y a San Miguel Arcángel, que es el número uno de la milicia celestial, el cual se bate por Dios y por ti contra el demonio. Como ya hemos dicho, es fundamental en nuestro camino hacia Dios y en nuestra lucha contra el pecado y el demonio, nuestra relación con María, por ello:

8) Abandónate totalmente a la Virgen. Es tu madre en la verdad. Ella puede ver más lejos que tú y te protege. No puedes estar en mejores manos. Mantente siempre en su presencia, pues ella te guiará hasta Dios.

9) Sobre todo, entrégate TOTALMENTE a Cristo victorioso, Dios omnipotente, el cual quiso participar incluso de nuestra debilidad humana. Él te guiará en el Amor, hacia el Amor, sobre las alas del Espíritu Santo que él mismo te ha enviado.

10) El demonio está vencido. No tengas miedo y confía en la victoria, no en la tuya pues eres débil, sino en la de Cristo; no en la de tus débiles fuerzas, sino en la del Amor. Mantén siempre en tu corazón la palabra del apóstol Santiago: "Resistan al Diablo, y él se apartará de ustedes" (St 4,7)

Espero que todo lo dicho aclare tu mente y tu corazón y te dé los elementos para no caer ni en la superstición, y mucho menos en las redes del demonio. Que el Señor esté siempre en tu corazón y que tu mano permanezca tomada de la amorosa mano de María Santísima.

LAMENTOS DIVINOS. PALABRAS DE JESÚS A UN SACERDOTE. (Novena y última parte).


¡YO OLVIDARE! 

¡Cuántas amarguras había causado a mi Corazón divino aquella mujer joven con sus escándalos! Pero un día aquella pobre infeliz abrió los ojos, entró en sí misma y se postró a mis pies. No me dijo nada, solamente lloró. Eran lágrimas de arrepentimiento y de amor. 

En un instante borré de aquella alma una vida de pecado, le di mi Gracia y olvidé todo. No le eché en cara nada de su pasado y se convirtió en mi predilecta. 

Sacerdotes míos, caídos o enfriados en mi Amor, ¡venid a Mí como María Magdalena! ¡Olvidaré todo, os daré Gracias de predilección y os transformaré como transformé a Agustín!... 

¡Quién tiene oídos... que oiga! 


POR LOS SACERDOTES DIFUNTOS 

Dios permite que algún alma del mas allá se manifieste para pedir sufragios. 

Hace no mucho tiempo, un sacerdote difunto se le presentó a un alma privilegiada y le dijo: "Nosotros los sacerdotes en el Purgatorio sufrimos más que los demás y somos los más olvidados. Pedimos la caridad de una Santa Misa semanal". 

Quien ha leído estas páginas sabrá que se está realizando entre los fieles la cruzada de la "Santa Misa semanal por los sacerdotes difuntos". 

Confiamos que esta cruzada encuentre nuevos benefactores. 

Puede ver las partes anteriores después de un clic:


"A MIS SACERDOTES" De Concepción Cabrera de Armida. CAPITULO XXI: La Avaricia.

MENSAJES DE NUESTRO SEÑOR 
JESUCRISTO PARA SUS PREDILECTOS. 

(“A mis Sacerdotes” de Concepción Cabrera de Armida) 


XXI

LA AVARICIA 

Otro punto muy doloroso para mi Corazón, que todo es bondad y caridad, es el de la avaricia en mis sacerdotes; el ver a corazones apegados a lo que no es el fin santo de su vocación al altar. 

Este despreciable vicio se enseñorea de muchos y a tal grado, que comercian hasta con lo divino de la Iglesia que no les pertenece, hasta con lo espiritual que se da de balde, que es mío, que Yo lo compré con toda mi Sangre en el Calvario. 

Y si la avaricia exterior es tan odiosa en un sacerdote, y que debe quitar a toda costa, ¿Qué será la avaricia en lo santo, ese robo a Mí mismo por especular con lo mío que no le pertenece y que solo he puesto mis tesoros en sus manos para que los reparta desinteresada y amorosamente en las almas? 

Ese horrible vicio va directamente contra el Ser de Dios mismo, de la Trinidad Beatísima. Del Padre que dio nada menos que a su Hijo divino, que lo regaló al hombre en mil formas para su servicio, para su imitación, para su consuelo, para su salvación eterna. 

El Verbo, Yo hecho hombre, he regalado mi Sangre y mi vida en una Cruz, y mi Cuerpo y mi Alma y Divinidad en la Eucaristía, y me doy y me regalo en todos los sacramentos. 

Y el Espíritu Santo se da también a todas las almas por la gracia santificante, se derrama a torrentes en favores y carismas, en dones y frutos y se convierte Él mismo en Don. 

Entonces, ¿por qué mis sacerdotes no imitan a Dios, no imitan la munificencia de mi Iglesia que es toda para todos, que abre su seno maternal, sus arcas, sus tesoros inmortales, sus sacramentos y que me regala hasta a Mí mismo para quien me quiera tomar en la Eucaristía. 

De día y de noche y siempre está dando esta Iglesia amada su leche, su comida, su vida, sus celestiales tesoros, Ella da siempre aunque no reciba; Ella regala cuanto tiene, hasta un cielo y no quiere tener en su seno ni a su servicio almas egoístas, almas tacañas que se cuidan mucho de dar y menos de darse como debieran, en su sagrado misterio, a las almas. 

Mucho ofenden a mi liberalidad estos pecados de avaricia espiritual en mis sacerdotes. Ellos son, como el Espíritu Santo, como mi Padre, padres de los pobres y no sólo deben dar, con toda buena voluntad, los auxilios espirituales, pero aun es de su obligación dar, y aun buscar auxilios materiales hasta donde sus fuerzas y haberes se lo permitan.” 

Que el Espíritu Santo y la Virgen María los transforme en otros Jesús,


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“A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Virgen Santísima.”

La humanidad ha caído bajo el dominio de Satanás y de su gran poder, ejercitado con las fuerzas satánicas y de masónicas; Mi Iglesia ha sido oscurecida por el humo que han entrado dentro de ella.

CANTOS GREGORIANOS.




El Canto Gregoriano


La denominación canto gregoriano se origina en que este tipo de canto es atribuido al papa Gregorio I siendo así una evolución respecto al canto paleorromano con influencias del canto galicano.

Desde su nacimiento, la música cristiana fue una oración cantada, que debía realizarse no de manera puramente material, sino con devoción o, como lo decía San Pablo: «Cantando a Dios en vuestro corazón». El texto era pues la razón de ser del canto gregoriano. En realidad el canto del texto se basa en el principio de que —según san Agustín— «el que canta ora dos veces». El canto gregoriano jamás podrá entenderse sin el texto, el cual tiene prelación sobre la melodía y es el que le da sentido a ésta. Por lo tanto, al interpretarlo, los cantores deben haber entendido muy bien el sentido del texto. En consecuencia, se debe evitar cualquier impostación de voz de tipo operístico en que se intente el lucimiento del intérprete. Del canto gregoriano es de donde proceden los modos gregorianos, que dan base a la música occidental. De ellos vienen los modos mayor y menor, y otros cinco menos conocidos.

Características del Canto Gregoriano
El canto gregoriano es música vocal, esto es, que se canta a capella (sin acompañamiento instrumental). Se canta al unísono —una sola nota a la vez— lo cual quiere decir que todos los cantores entonan la misma melodía. A esta manera de canto se le denomina monodia.

Se canta con ritmo libre, según el desarrollo del texto literario y no con esquemas medidos, como podrían ser los de una marcha, una danza o una sinfonía. Es una música modal escrita en escalas particulares de sonidos.

Los antiguos griegos creían que estas escalas (y no la música creada a partir de ellas, como es la creencia actual) servían para despertar variados sentimientos, como recogimiento, alegría, tristeza, serenidad, etc.

El texto está en latín, la lengua oficial del Imperio romano extendida por Europa (aún no existían las lenguas romances). Estos textos fueron tomados de los salmos y otros libros del Antiguo Testamento; algunos provenían de los evangelios y otros eran de inspiración propia, generalmente anónima. Sin embargo existen algunas piezas litúrgicas en lengua griega: Kyrie eleison (Señor, ten piedad), Agios ó Theós (Santo Dios) (para la liturgia del Viernes Santo), etc.

El canto gregoriano está escrito sobre tetragramas, es decir sobre 4 líneas, a diferencia del pentagrama (de cinco líneas) de la música actual.

VIDEOS DE CANTOS GREGORIANOS





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EL DEBER DE LA PRÁCTICA DEL CELIBATO EN LA VOCACIÓN SACERDOTAL.


Meditaciones del Cardenal Joseph Ratzinger sobre el sacerdocio


«Pero, ¿cuál es la tarea del sacerdote? ¿Para qué recibe la ordenación? Los dos textos del Nuevo Testamento que acabamos de oír (1Pe 5,1-4; Mt 20,25-28) describen su tarea con una parábola: él ha de ser el pastor. Él ha de ser un servidor. Al fondo se halla la figura de Jesucristo, el verdadero Pastor. En el antiguo Oriente, la palabra "pastor" servía para designar al rey. De este modo los reyes expresaban todo el desprecio que abrigaban hacia su pueblo y toda la ambición de poder por la que se regían: los pueblos no eran para ellos más que ovejas, de las que ellos como pastores disponían como mejor les parecía. Jesús, el Hijo de Dios, es el verdadero Pastor, al que pertenecen las ovejas porque son sus creaturas. Y las ama, porque le pertenecen; y quiere lo mejor para ellas. Las apacienta empleando para ello su propia vida. Dicho sin metáforas, quiere decir que Jesús ha mostrado a los hombres cómo han de vivir. Les ha mostrado la verdad, de la que el hombre tiene tanta necesidad como del pan. Les ha regalado la vida, de la que tienen tanta necesidad como del agua de cada día. Y como su palabra no fue suficiente, se entregó a sí mismo: garantizó su palabra con su propia sangre y su propia vida.

El sacerdote debe ser el pastor, igual que Cristo. ¿Cómo lo será? En primer lugar, el sacerdote no es un oficinista, encargado de registros y de decisiones administrativas. Es cierto que siempre tendrá que realizar tareas de este tipo, pero no son éstas las principales, no es eso lo suyo específico; otros podrán y deberán ayudarle en ese cometido. Ser pastor al servicio de Jesucristo es algo más. Es llevar a los hombres a Jesucristo, es decir, a la verdad, al amor y al sentido que necesitan en sus vidas. Pues el hombre tampoco hoy vive sólo de pan y de dinero. Y ese llevarlos hasta Jesucristo, hasta la verdad que les da sentido, sucede en la transmisión de las palabras de Jesucristo y en los sacramentos en los que el Señor nos sigue dando su vida.

Palabra y sacramento son las dos tareas principales del sacerdote; esto suena muy trivial, pero encierra una riqueza capaz de colmar una vida entera. Tenemos en primer lugar la palabra. Lo primero que se nos ocurre es preguntar: ¿y qué es la palabra? No cuentan más que los hechos, las palabras no son nada. Pero quien reflexione más detenidamente, verá la fuerza de la palabra, que produce realidades: una sola palabra falsa puede destrozar una vida entera, puede manchar de modo irrevocable el nombre de una persona. Una sola palabra llena de bondad puede cambiar la vida de un hombre, cuando ninguna otra cosa puede ayudarle. Por eso debemos tener bien claro que es muy importante para la humanidad que en ella no se hable tan sólo de dinero y de guerra, de poder y de provecho; que no exista tan sólo el parloteo de cada día, sino que se hable de Dios y de nosotros mismos, de aquello que hace del hombre un verdadero hombre. Un mundo en el que esto no suceda se convertirá en un mundo inmensamente aburrido y vacío, sin consuelo y sin camino. Hoy estamos experimentando cómo la vida se convierte para el hombre en aburrimiento y contrasentido por más que tenga cuanto pueda desear. Los hombres de hoy ya no saben qué han de hacer, ni qué deben dejar de hacer. El hombre se convierte en un ser sin sentido, incapaz de soportarse a sí mismo. Continuamente ha de estar encontrándose a sí mismo, y no tiene tiempo para hacerlo; no encuentra más que aburrimiento y mezquindad. Por eso se comprende lo que significa cuando decimos que nuestros niños han de aprender a vivir, no sólo a leer y contar. Pues todos los números y las letras de nada les servirán si no saben para qué los aprenden, si no saben para qué estamos sobre la tierra, y ese saber les proporciona libertad, alegría y bondad.

(...)

Junto al servicio de la palabra está también el del sacramento. Los sacramentos abarcan la vida entera e intentan hacérnosla visible en las manos de la Madre Iglesia, en las manos del Señor. Goethe describió una vez, casi con melancolía, el modo como los sacramentos de la Iglesia abarcan y transforman todos los momentos importantes de la vida, desde el nacimiento hasta la difícil hora de la última despedida. Precisamente por razón del sacramento se convierte el sacerdote en un acompañante a lo largo de todo el camino de la vida, que está presente en todas las grandes decisiones, que en definitiva sólo pueden ser bien tomadas si Dios nos da la mano.

Detengámonos ahora en dos sacramentos decisivos en la vida del sacerdote: el sacramento de la confesión y el sacramento de la Eucaristía. La práctica de la confesión ha disminuido notablemente; pero esto no cambia en nada el hecho de que hoy sigue habiendo culpa y seguimos estando necesitados de perdón. El hecho de que un hombre tenga que arrepentirse significa que a lo largo del año necesita de vez en cuando no echar la culpa a los demás sino reflexionar sobre sí mismo; ver su culpa y confesarla; reconocer que es culpable, que ha cometido faltas. Y el hecho de que exista perdón significa que se puede volver a empezar, que existe un poder con facultadad para decir: vete, tus pecados te son perdonados, Y nosotros en ese perdón de Dios debemos aprender a perdonar, pues un mundo sin perdón no sería más que un mundo de destrucción mutua. Poder pronunciar las palabras del perdón es una de las más hermosas y más difíciles tareas del sacerdote: a veces es agobiante ser el lugar en el que se deposita toda la suciedad de la humanidad. Y sin embargo es una actividad llena de esperanza, es saber que todo puede ser transformado, que el hombre puede transformarse.

El culmen diario de la vida sacerdotal es el sacramento de la Eucaristía, la misteriosa fusión de cielo y tierra que en ella se produce. Dios nos invita a su mesa, quiere que seamos sus invitados. Y es Él mismo quien se nos da, el don de Dios es Dios mismo. La Eucaristía es la santa fiesta que Dios nos regala por más pobres que sean las condiciones exteriores: se trata de la ruptura de lo cotidiano, Dios está celebrando con nosotros una fiesta. Y esta fiesta de Dios es más que todo el tiempo libre de que dispongamos, tiempo libre que es vacío en cuanto no tiene una fiesta que nosotros mismos somos incapaces de hacer. Pero reflexionemos en esto: la fiesta procede del sacrificio; sólo el grano de trigo muerto produce fruto. El centro de la vida sacerdotal es el sacrificio de Jesucristo. Y nosotros somos necesarios para la celebración de este sacrificio, se precisa de la colaboración de nuestro sacrificio. Para el sacerdote esto significa que no puede realizar auténticamente su servicio sin sacrificio, sin el esfuerzo de la renuncia a sí mismo aprendida con paciencia: esto lo acabamos de oír en el Evangelio. Seguir a Cristo significa seguir a aquel que ha venido a servir y a entregarse a sí mismo. Ahí está la grandeza y la dificultad de la tarea sacerdotal. Nunca la llevará del todo a cabo, pues el siervo no está por encima del señor. Y solamente podrá realizarla si está sostenido por una ayuda, la fe y la oración de los demás; pues, en efecto, nuestra vida de cristianos depende también de los demás y cada Eucaristía es una llamada a ese ser-los-unos-para-los-otros.» (Cardenal Joseph Ratzinger, Al Servicio del Evangelio. Meditaciones sobre el sacerdocio de la Iglesia, Vida y Espiritualidad, Lima 2003, pp. 19-26)


Anotaciones sobre la vocación sacerdotal en el Catecismo de la Iglesia Católica

Vocación sacerdotal del Pueblo de Dios

«Al entrar en el Pueblo de Dios por la fe y el Bautismo se participa en la vocación única de este Pueblo: en su vocación sacerdotal: "Cristo el Señor, Pontífice tomado de entre los hombres, ha hecho del nuevo pueblo 'un reino de sacerdotes para Dios, su Padre'. Los bautizados, en efecto, por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo" (LG 10).» (Catecismo de la Iglesia Católica, 783)

El único sacerdocio de Cristo

«Todas las prefiguraciones del sacerdocio de la Antigua Alianza encuentran su cumplimiento en Cristo Jesús, "único mediador entre Dios y los hombres" (1Tim 2,5). Melquisedec, "sacerdote del Altísimo" (Gn 14,18), es considerado por la Tradición cristiana como una prefiguración del sacerdocio de Cristo, único "Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec" (Hb 5,10; 6,20), "santo, inocente, inmaculado" (Hb7,26), que, "mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados" (Hb 10,14), es decir, mediante el único sacrificio de su Cruz.» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1544)

«El sacrificio redentor de Cristo es único, realizado una vez por todas. Y por esto se hace presente en el sacrificio eucarístico de la Iglesia. Lo mismo acontece con el único sacerdocio de Cristo: se hace presente por el sacerdocio ministerial sin que con ello se quebrante la unicidad del sacerdocio de Cristo: "Et ideo solus Christus est verus sacerdos, alii autem ministri eius" ("Y por eso sólo Cristo es el verdadero sacerdote; los demás son ministros suyos, S. Tomás de A., Hebr. 7,4.» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1545)

Dos modos de particiar en el único sacerdocio de Cristo

«Cristo, sumo sacerdote y único mediador, ha hecho de la Iglesia "un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre" (Ap 1, 6; cf Ap 5, 9-10; 1 P 2, 5. 9.). Toda la comunidad de los creyentes es, como tal, sacerdotal. Los fieles ejercen su sacerdocio bautismal a través de su participación, cada uno según su vocación propia, en la misión de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey. Por los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación los fieles son "consagrados para ser... un sacerdocio santo" (LG 10).» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1546)

«El sacerdocio ministerial o jerárquico de los obispos y de los presbíteros, y el sacerdocio común de todos los fieles, "aunque su diferencia es esencial y no sólo en grado, están ordenados el uno al otro; ambos, en efecto, participan, cada uno a su manera, del único sacerdocio de Cristo". ¿En qué sentido? Mientras el sacerdocio común de los fieles se realiza en el desarrollo de la gracia bautismal (vida de fe, de esperanza y de caridad, vida según el Espíritu), el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común, en orden al desarrollo de la gracia bautismal de todos los cristianos. Es uno de los medios por los cuales Cristo no cesa de construir y de conducir a su Iglesia. Por esto es transmitido mediante un sacramento propio, el sacramento del Orden.» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1547)

In persona Christi Capitis...

En el servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo quien está presente en su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, sumo sacerdote del sacrificio redentor, Maestro de la Verdad. Es lo que la Iglesia expresa al decir que el sacerdote, en virtud del sacramento del Orden, actúa «in persona Christi Capitis»:


El ministro posee en verdad el papel del mismo Sacerdote, Cristo Jesús. Si, ciertamente, aquél es asimilado al Sumo Sacerdote, por la consagración sacerdotal recibida, goza de la facultad de actuar por el poder de Cristo mismo a quien representa ("virtute ac persona ipsius Christi") (Pío XII, enc. "Mediator Dei").

"Christus est fons totius sacerdotii: nan sacerdos legalis erat figura ipsius, sacerdos autem novae legis in persona ipsius operatur" ("Cristo es la fuente de todo sacerdocio, pues el sacerdote de la antigua ley era figura de Él, y el sacerdote de la nueva ley actúa en representación suya", S. Tomás de A., s. th. 3,22,4).» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1548)

«Por el ministerio ordenado, especialmente por el de los obispos y los presbíteros, la presencia de Cristo como cabeza de la Iglesia se hace visible en medio de la comunidad de los creyentes. Según la bella expresión de S. Ignacio de Antioquía, el obispo es "typos tou Patros", es imagen viva de Dios Padre.» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1549)

Otros aspectos importantes

«El ministerio ordenado o sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio bautismal. Garantiza que, en los sacramentos, sea Cristo quien actúa por el Espíritu Santo en favor de la Iglesia. La misión de salvación confiada por el Padre a su Hijo encarnado es confiada a los apóstoles y por ellos a sus sucesores: reciben el Espíritu de Jesús para actuar en su nombre y en su persona. Así, el ministro ordenado es el vínculo sacramental que une la acción litúrgica a lo que dijeron y realizaron los apóstoles, y por ellos a lo que dijo y realizó Cristo, fuente y fundamento de los sacramentos.» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1120)

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís