FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

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"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. LXV: Gracias Divinas para el sacerdote.


Mensajes de Nuestro Señor
Jesucristo a sus Hijos Los Predilectos.
 
("A Mis Sacerdotes" de Concepción Cabrera de Armida)

LXV

GRACIAS DIVINAS PARA EL SACERDOTE

 “El Sacerdote y la Encarnación tienen entre sí mutuas y misteriosas relaciones.
En el altar, el sacerdote reproduce - en cierto sentido - el misterio de la Encarnación, que atrajo al Verbo hacia la tierra para hacerse hombre.

Unidos al Dios hombre, el sacerdote opera el misterio de la transubstanciación. Entonces el Dios hecho carne, al servirse del sacerdote para la transubstanciación – como se sirvió de su propia humanidad para instituir la Eucaristía – refleja en él místicamente y en cierto grado el misterio de la Encarnación.

Lo que no debe extrañar, pues en realidad todos los misterios se reflejan en el corazón del sacerdote a la hora de la consagración. El misterio de la unidad muy especialmente, porque, al transformarse en Mí en aquella hora solemne del sacrificio, viene a ser uno Conmigo, en la unidad de la Trinidad.

También se refleja en él el misterio de la Eucaristía, porque al transformarse en Mí, participa de la unidad de la Eucaristía, cuya sustancia es una, aunque se multipliquen las especies.

Dios es misterio que la fe ilumina, que la esperanza aclara y que el amor penetra y que hace que el hombre se una con Dios, se divinice y se transforme.

Las virtudes teologales tienen su perfecto desarrollo en el sacerdote que se transforma en Mí; crecen y se agigantan en su alma, lo elevan de la tierra y sobrenaturalizan su vida. Esas virtudes teologales son como las alas que lo sostienen entre el cielo y la tierra, y no lo dejan mancharse con su contacto ni empolvarse siquiera.

¡Cuántas ventajas tiene, para el sacerdote sobre todo, la transformación en Mí! No puede el sacerdote medir, ni criatura alguna, las riquezas y los tesoros inmortales que encierra para sí mismo y para otras almas. Porque lo de Dios se difunde. Dios no puede estar ocioso ni en Sí mismo ni en las almas a quienes se comunica; porque el Espíritu que lo mueve –que es el amor- es activo y no descansa, siempre dando a Dios, que es lo mismo que si siempre diera amor.

Y claro está que a los Obispos y a los Sacerdotes el Espíritu Santo los distingue, porque son más que él, porque le pertenecen por derecho de justicia, de elección y de donación. A ellos los ha ungido, sobre ellos ha descansado y en ellos tiene su morada y su nido.

Y si todos los cristianos desde el bautismo son su templo, los sacerdotes no solo son su templo, sino su posesión. Porque el Padre se los dedicó eternamente al Espíritu Santo; porque Yo – el Hijo – los conquisté por mis infinitos méritos; porque el mismo Espíritu Santo, cuando encarnó al Divino Verbo en María, se gozó también en divinizar la vocación sacerdotal con el contacto del Verbo, el Sacerdote eterno, y puso en esa vocación una fibra de la fecundación del Padre y un reflejo de la pureza de su Inmaculada Esposa, imagen de la Iglesia.

Por derecho, pues, le pertenecen los sacerdotes al Espíritu Santo, que desde la eternidad le deben favores inauditos y gracias estupendas que muy pocos le agradecen.

¿Quién cuidó, si no, su vocación hasta conducirlos al altar?

¿Quién infundió en ellos ese alejamiento del mundo y ese amor a la pureza?

¿Quién le dio fortaleza y valor para dejar los lazos naturales y entregarse para siempre a Dios en cuerpo alma?

¿Quién les infundió la fortaleza para las abnegaciones futuras, para los sacrificios constantes, para las soledades del alma y del Corazón?

¿Quién les abrió caminos y les inspiró los heroicos renunciamientos que necesita un sacerdote para llegar al altar?

¿Quién los ha sostenido antes y después en sus luchas internas que solo Yo veo, y quién los ha elevado a la altura de su vocación y les ha dado la victoria?

El sacerdote ignora toda la acción salvadora, reconfortante y glorificadora que le debe al Espíritu Santo y las luchas que este Santo Espíritu ha tenido y tiene con Satanás, para cuidar sus cuerpos y sus almas expuestas a ser desgarradas por el espíritu del mal.

Y solo cuándo la voluntad humanase ha rebelado contra Él, el Espíritu Santo ha tenido que ceder el campo al enemigo, con gemidos inenarrables; pero pronto a volver a tomar posesión de los suyo en el momento en que humildemente lo invoquen por el arrepentimiento.

El Espíritu Santo es tan fiel que jamás abandona a quién se le ha confiado. Es mi Espíritu. Soy Yo mismo en Él y en el Padre, en cuánto que tenemos una sola Divinidad; todos Tres tenemos somos ternura y caridad. Somos quienes nos contristamos con las rebeldías e ingratitudes de los sacerdotes que tanto amamos y que tanto le deben a la Trinidad Santísima.

Pero también nos alegramos con sus triunfos y nos gozamos en remunerar a los sacerdotes con más y más carismas de amor, con gracias, virtudes y dones para premiar sus victorias.

Nunca está solo el sacerdote, sino que la Trinidad misma lo acompaña a todas partes de una manera especial, lo protege a todas horas y lo ama siempre.

Esa Trinidad inefable, eterna, e inmensa, está siempre velando sobre él y a su disposición y - ¡cosa que asombra a los ángeles! – para ser utilizado en su favor y en el de los fieles, en el cumplimiento de su santo ministerio.

¡Todo un Dios infinito a la disposición del sacerdote en la santa Misa, en los sacramentos, en el ejercicio de su ministerio!

Pues bien, para perfeccionar esa vida de intimidad con la Trinidad, vengo a pedirle su transformación en Mí, que es de justicia, y a darle un don más para él, una perla más para su corona.

Para esto he tocado el corazón del sacerdote en todas sus fibras principalmente en estas confidencias amorosas, y he ampliado su camino de santidad en la Tierra y abierto ante sus ojos horizontes de perfección que está en su deber alcanzar para llenar mis designios sobre la tierra”.


El Papa a seminaristas: Aprender a usar la razón es esencial para difundir la fe


En sus palabras improvisadas a un grupo de seminaristas con quienes se encontró ayer en el Seminario de Friburgo (Alemania), el Papa Benedicto XVI les recordó que es esencial aprender a usar la razón para difundir la fe.

El encuentro se realizó en la Capilla de San Carlos Borromeo en el citado seminario, en donde unos 60 seminaristas escucharon con mucha atención las palabras del Santo Padre que por primera vez durante su pontificado llega a esta región alemana.

Según informa el Vatican Information Service, luego de la adoración del Santísimo Sacramento y de la presentación del Arzobispo de Friburgo y Presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, Mons. Robert Zollitsch, el Papa dirigió a los seminaristas un discurso improvisado.

En sus palabras el Santo Padre animó a los seminaristas, indica la nota del VIS, a "profundizar en sus estudios ya que en nuestra época la relación entre fe y razón asume una importancia capital y, por tanto, aprender a utilizar la razón es fundamental para difundir la fe".

El Santo Padre también habló de la importancia del discernimiento, de la fidelidad y de la oración y subrayó la necesidad de la experiencia comunitaria, es decir, de la vida en comunidad y de la escucha de los demás, para vivir en la fe.

Según afirmó el vocero vaticano y Director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, P. Federico Lombardi, las palabras del Papa fueron una exhortación para los seminaristas durante el tiempo de formación y sobre la manera de vivirlo.


PALABRAS DEL SANTO PADRE 
BENEDICTO XVI A SEMINARISTAS
Capilla San Carlos Borromeo del Seminario de Friburgo.

¡Queridos seminaristas, queridos hermanos y hermanas!

Para mí es una gran alegría poder encontrarme con vosotros, jóvenes que se encaminan a servir al Señor, que escuchan su llamada y quieren seguirlo. Quisiera agradecer de modo particularmente caluroso por la bella carta que el Rector del Seminario y los seminaristas me han escrito. Realmente me ha llegado al corazón cómo habéis reflexionado sobre mi carta y sobre ella habéis desarrollado vuestras preguntas y respuestas; con qué seriedad acogéis lo que he intentado proponer y, en base a esto, desarrolláis vuestro propio camino.

Ciertamente lo más bello sería que pudiéramos tener juntos un diálogo, pero el horario del viaje, al cual estoy obligado y debo obedecer, lamentablemente no permite algo así. Por lo tanto sólo puedo tratar de subrayar una vez más algunos pensamientos a la luz de lo que habéis escrito y de lo que yo había escrito.

En el contexto de la pregunta: “¿De qué forma parte el seminario, qué significa este período?” en el fondo me impresiona cada vez más el modo en que San Marcos, en el tercer capítulo de su Evangelio, describe la constitución de la comunidad de los Apóstoles: “El Señor constituyó a los Doce”. Él crea algo, Él hace algo, se trata de un acto creativo. Y Él los hizo “para que estuvieran con Él y para enviarlos” (cfr. Mc. 3,14): ésta es una doble voluntad que, bajo ciertos aspectos, parece contradictoria.

“Para que estuvieran con Él”: deben estar con Él, para llegar a conocerlo, para escucharlo, para dejarse plasmar por Él; deben andar con Él, estar con Él en el camino, en torno a Él y detrás de Él. Pero al mismo tiempo deben ser enviados que parten, que llevan fuera lo que han aprendido, lo llevan a los otros hombres en camino –hacia la periferia, en el vasto ambiente, también hacia lo que está muy lejos de Él. Y, sin embargo, estos aspectos paradójicos van juntos: si ellos están realmente con Él, entonces están siempre también en camino hacia los otros, entonces están en búsqueda de la oveja perdida, entonces van allí, deben transmitir lo que han encontrado, entonces deben hacerlo conocer, convertirse en enviados. Y viceversa: si quieren ser verdaderos enviados, deben estar siempre con Él. San Buenaventura dijo una vez que los Ángeles, donde quiera que vayan, por más lejos que sea, se mueven siempre dentro de Dios.

Así es también aquí: como sacerdotes debemos salir fuera, en los múltiples caminos en los que se encuentran los hombres, para invitarlos a su banquete nupcial. Pero sólo lo podemos hacer permaneciendo siempre con Él. Y aprender esto, esto de salir fuera, ser enviados y estar con Él, permanecer frente a Él, es – creo –precisamente lo que debemos aprender en el seminario. El modo correcto del permanecer con Él, el estar profundamente enraizados en Él – estar cada vez más con Él, conocerlo cada vez más, para no separarse más de Él – y al mismo tiempo salir cada vez más, llevar el mensaje, transmitirlo, no tenerlo para uno mismo, sino llevar la Palabra a aquellos que están lejos y que, sin embargo, en cuanto criaturas de Dios y amados por Cristo, llevan en el corazón el deseo de Él.

El seminario es, por lo tanto, un tiempo del ejercitarnos; ciertamente, también del discernir y del aprender: ¿Él me quiere para esto? La vocación debe ser verificada, y de esto forma parte luego la vida comunitaria y forma parte naturalmente el diálogo con los guías espirituales que tenéis, para aprender a discernir lo que es su voluntad. Y aprender la confianza: si Él lo quiere realmente, entonces puedo fiarme de Él.

En el mundo de hoy, que se transforma de modo increíble y en el que todo cambia continuamente, en el que los vínculos humanos se escinden porque ocurren nuevos encuentros, se hace cada vez más difícil creer: yo resistiré para toda la vida. Ya para nosotros, en nuestros tiempos, no era tan fácil imaginar cuántas décadas habría querido darme Dios, cuánto habría cambiado el mundo. ¿Perseveraré con Él así como le he prometido?… Es una pregunta que exige la verificación de la vocación, pero luego – si reconozco: sí, Él me quiere – también la confianza: si me quiere, entonces también me sostendrá; en la hora de la tentación, en la hora del peligro, estará presente y me dará personas, me mostrará caminos, me sostendrá. Y la fidelidad es posible porque Él está siempre presente, y porque Él existe ayer, hoy y mañana; porque Él no pertenece sólo a este tiempo sino que también es futuro y puede sostenernos en todo momento.

Un tiempo de discernimiento, de aprendizaje, de llamada… Y luego, naturalmente, en cuanto tiempo del estar con Él, tiempo de oración, de escucharlo a Él. Escuchar, aprender a escucharlo realmente – en la Palabra de la Sagrada Escritura, en la fe de la Iglesia, en la liturgia de la Iglesia – y aprender el hoy en su Palabra.

En la exégesis aprendemos muchas cosas sobre el ayer: todo lo que estaba entonces, qué fuentes había, qué comunidades existían y así sucesivamente. También esto es importante. Pero más importante es que en este ayer nosotros aprendamos el hoy; que Él habla ahora con estas palabras y que éstas contienen su hoy y que, más allá de su inicio histórico, llevan en sí mismas una plenitud que habla a todos los tiempos. Y es importante aprender esta actualidad de su hablar – aprender y escuchar – y así poder hablar de esto a los otros hombres. Ciertamente, cuando se prepara la homilía para el domingo, este hablar… ¡Dios mío!, ¡parece a menudo muy lejano! Pero si yo vivo con la Palabra, entonces veo que, de hecho, no es lejana, es actualísima, está presente ahora, concierne a los otros y a mí. Y entonces aprendo también a explicarla. Pero para esto se necesita un camino constante con la Palabra de Dios.

El estar personalmente con Cristo, con el Dios viviente, es una cosa; la otra cosa es que siempre podemos creer solamente en el “nosotros”. A veces digo: san Pablo escribió “La fe viene de la escucha” – no del leer. Tiene necesidad también del leer pero viene de la escucha, es decir, de la palabra viviente, de las palabras que los otros me dirigen y puedo oír; de las palabras de la Iglesia a través de todos los tiempos, de la palabra actual que ella me dirige mediante los sacerdotes, los obispos, los hermanos y las hermanas. Forma parte de la fe el “tú” del prójimo y forma parte de la fe el “nosotros”.

Y precisamente ejercitarnos en este soportarnos mutuamente es algo muy importante; aprender a acoger al otro como otro en su diferencia, y aprender que él debe soportarme en mi diferencia, para convertirnos en un “nosotros”, a fin de que un día en la parroquia podamos formar una comunidad, llamar a las personas a entrar en la comunidad de la Palabra y estar juntos en camino hacia el Dios viviente. Forma parte de esto el “nosotros” muy concreto, como es el seminario, como lo será la parroquia, pero luego siempre también el mirar más allá del “nosotros” concreto y limitado hacia el gran “nosotros” de la Iglesia de todo lugar y de todo tiempo, para no hacer de nosotros el criterio absoluto.

Cuando decimos “Nosotros somos Iglesia”, sí, es verdad, somos nosotros, no cualquier persona. Pero el “nosotros” es más amplio que el grupo que lo está diciendo. El “nosotros” es la entera comunidad de los fieles, de hoy y de todos los lugares y de todos los tiempos. Y digo luego siempre: en la comunidad de los fieles, sí, allí existe, por así decir, el juicio de la mayoría de hecho, pero no puede haber nunca una mayoría contra los Apóstoles y contra los Santos: esto sería una falsa mayoría. Nosotros somos Iglesia: ¡seámoslo! ¡Seámoslo precisamente en el abrirnos y en el ir más allá de nosotros mismos y en el serlo juntamente con los otros!

Creo que, en razón del horario, tal vez debería concluir. Quisiera sólo deciros todavía algo.

La preparación al sacerdocio, el camino hacia él, requiere en primer lugar también el estudio. No se trata de una casualidad académica que se ha formado en la Iglesia de Occidente, sino que es algo esencial. Todos sabemos que san Pedro ha dicho: “Estad siempre prontos para dar, a quien os lo pidiere, la razón (logos) de vuestra esperanza” (cfr. 1Pedro 3,15).

Nuestro mundo actual es un mundo racionalista y condicionado por el cientificismo, también si muy a menudo se trata de un cientificismo sólo aparente. Pero el espíritu del cientificismo, del comprender, del explicar, del poder saber, del rechazo de todo lo que no es racional, es dominante en nuestro tiempo. En esto hay también algo grande, aún si con frecuencia se esconde detrás mucha presunción e insensatez. La fe no es un mundo paralelo del sentimiento, al que nos permitimos adherirnos, sino que es lo que abraza el todo, le da sentido, lo interpreta y le da también las directivas éticas interiores, a fin de que sea comprendido y vivido en vista de Dios y a partir de Dios. Por eso es importante estar informados, comprender, tener la mente abierta, aprender. Naturalmente, dentro de veinte años estarán de moda corrientes filosóficas totalmente distintas de las de hoy: si pienso en lo que entre nosotros era la más alta y la más moderna moda filosófica y veo cómo todo esto está ya olvidado… Sin embargo, no es inútil aprender estas cosas, porque en ellas hay también elementos duraderos. Y sobre todo con esto aprendemos a juzgar, a seguir mentalmente un pensamiento – y a hacerlo de modo crítico – y aprendemos a hacer que, en el pensar, la luz de Dios nos ilumine y no se apague.

Estudiar es esencial: sólo así podemos hacer frente a nuestro tiempo y anunciar el logos de nuestra fe. Estudiar también de modo crítico – en la conciencia de que mañana otro dirá algo diverso – pero ser estudiantes atentos y abiertos y humildes, para estudiar siempre con el Señor, frente al Señor y por el Señor.

Sí, podría decir todavía muchas cosas, y tal vez debería hacerlo… Pero agradezco por la escucha. Y en la oración todos los seminaristas del mundo están presentes en mi corazón – no así tan bien, con los nombres singulares, como los he recibido aquí, pero sin embargo en un camino interior hacia el Señor: que Él bendiga a todos, a todos les dé luz y a todos les indique el camino correcto, y nos regale muchos buenos sacerdotes.

Gracias de corazón.


FRIBURGO, 25 Sep. 11 / 08:34 am (ACI/EWTN Noticias)
*infocatolica.com

INICIO DE LA JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD 2011



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Discurso de Benedicto XVI en Cibeles. JMJ 2011


Alocución del Papa Benedicto XVI en Cibeles tras la proclamación del Evangelio en la fiesta y liturgia de acogida de los jóvenes de la JMJ 2011 Madrid (18 de agosto de 2011) 
Autor: S.S Benedicto XVI | Fuente: www.revistaecclesia.com


Queridos amigos:


Agradezco las cariñosas palabras que me han dirigido los jóvenes representantes de los cinco continentes. Y saludo con afecto a todos los que estáis aquí congregados, jóvenes de Oceanía, África, América, Asia y Europa; y también a los que no pudieron venir. Siempre os tengo muy presentes y rezo por vosotros. Dios me ha concedido la gracia de poder veros y oíros más de cerca, y de ponernos juntos a la escucha de su Palabra.

En la lectura que se ha proclamado antes, hemos oído un pasaje del Evangelio en que se habla de acoger las palabras de Jesús y de ponerlas en práctica. Hay palabras que solamente sirven para entretener, y pasan como el viento; otras instruyen la mente en algunos aspectos; las de Jesús, en cambio, han de llegar al corazón, arraigar en él y fraguar toda la vida. Sin esto, se quedan vacías y se vuelven efímeras. No nos acercan a Él. Y, de este modo, Cristo sigue siendo lejano, como una voz entre otras muchas que nos rodean y a las que estamos tan acostumbrados. El Maestro que habla, además, no enseña lo que ha aprendido de otros, sino lo que Él mismo es, el único que conoce de verdad el camino del hombre hacia Dios, porque es Él quien lo ha abierto para nosotros, lo ha creado para que podamos alcanzar la vida auténtica, la que siempre vale la pena vivir en toda circunstancia y que ni siquiera la muerte puede destruir. El Evangelio prosigue explicando estas cosas con la sugestiva imagen de quien construye sobre roca firme, resistente a las embestidas de las adversidades, contrariamente a quien edifica sobre arena, tal vez en un paraje paradisíaco, podríamos decir hoy, pero que se desmorona con el primer azote de los vientos y se convierte en ruinas.

Queridos jóvenes, escuchad de verdad las palabras del Señor para que sean en vosotros «espíritu y vida» (Jn 6,63), raíces que alimentan vuestro ser, pautas de conducta que nos asemejen a la persona de Cristo, siendo pobres de espíritu, hambrientos de justicia, misericordiosos, limpios de corazón, amantes de la paz. Hacedlo cada día con frecuencia, como se hace con el único Amigo que no defrauda y con el que queremos compartir el camino de la vida. Bien sabéis que, cuando no se camina al lado de Cristo, que nos guía, nos dispersamos por otras sendas, como la de nuestros propios impulsos ciegos y egoístas, la de propuestas halagadoras pero interesadas, engañosas y volubles, que dejan el vacío y la frustración tras de sí.

Aprovechad estos días para conocer mejor a Cristo y cercioraros de que, enraizados en Él, vuestro entusiasmo y alegría, vuestros deseos de ir a más, de llegar a lo más alto, hasta Dios, tienen siempre futuro cierto, porque la vida en plenitud ya se ha aposentado dentro de vuestro ser. Hacedla crecer con la gracia divina, generosamente y sin mediocridad, planteándoos seriamente la meta de la santidad. Y, ante nuestras flaquezas, que a veces nos abruman, contamos también con la misericordia del Señor, siempre dispuesto a darnos de nuevo la mano y que nos ofrece el perdón en el sacramento de la Penitencia.

Al edificar sobre la roca firme, no solamente vuestra vida será sólida y estable, sino que contribuirá a proyectar la luz de Cristo sobre vuestros coetáneos y sobre toda la humanidad, mostrando una alternativa válida a tantos como se han venido abajo en la vida, porque los fundamentos de su existencia eran inconsistentes. A tantos que se contentan con seguir las corrientes de moda, se cobijan en el interés inmediato, olvidando la justicia verdadera, o se refugian en pareceres propios en vez de buscar la verdad sin adjetivos.

Sí, hay muchos que, creyéndose dioses, piensan no tener necesidad de más raíces ni cimientos que ellos mismos.

Desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo o lo injusto; decidir quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias; dar en cada instante un paso al azar, sin rumbo fijo, dejándose llevar por el impulso de cada momento. Estas tentaciones siempre están al acecho. Es importante no sucumbir a ellas, porque, en realidad, conducen a algo tan evanescente como una existencia sin horizontes, una libertad sin Dios. Nosotros, en cambio, sabemos bien que hemos sido creados libres, a imagen de Dios, precisamente para que seamos protagonistas de la búsqueda de la verdad y del bien, responsables de nuestras acciones, y no meros ejecutores ciegos, colaboradores creativos en la tarea de cultivar y embellecer la obra de la creación. Dios quiere un interlocutor responsable, alguien que pueda dialogar con Él y amarle. Por Cristo lo podemos conseguir verdaderamente y, arraigados en Él, damos alas a nuestra libertad. ¿No es este el gran motivo de nuestra alegría? ¿No es este un suelo firme para edificar la civilización del amor y de la vida, capaz de humanizar a todo hombre?

Queridos amigos: sed prudentes y sabios, edificad vuestras vidas sobre el cimiento firme que es Cristo. Esta sabiduría y prudencia guiará vuestros pasos, nada os hará temblar y en vuestro corazón reinará la paz. Entonces seréis bienaventurados, dichosos, y vuestra alegría contagiará a los demás. Se preguntarán por el secreto de vuestra vida y descubrirán que la roca que sostiene todo el edificio y sobre la que se asienta toda vuestra existencia es la persona misma de Cristo, vuestro amigo, hermano y Señor, el Hijo de Dios hecho hombre, que da consistencia a todo el universo. Él murió por nosotros y resucitó para que tuviéramos vida, y ahora, desde el trono del Padre, sigue vivo y cercano a todos los hombres, velando continuamente con amor por cada uno de nosotros.

Encomiendo los frutos de esta Jornada Mundial de la Juventud a la Santísima Virgen María, que supo decir «sí» a la voluntad de Dios, y nos enseña como nadie la fidelidad a su divino Hijo, al que siguió hasta su muerte en la cruz.

Meditaremos todo esto más detenidamente en las diversas estaciones del Via crucis. Y pidamos que, como Ella, nuestro «sí» de hoy a Cristo sea también un «sí» incondicional a su amistad, al final de esta Jornada y durante toda nuestra vida.

Muchas gracias.




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EN CONMEMORACIÓN DE LOS 60 AÑOS DE ORDENACIÓN SACERDOTAL DEL SANTO PADRE

TU ES PETRUS


INTENCIONES DEL SANTO PADRE - JULIO 2011

Intención General. 
Para que los cristianos contribuyan a aliviar, especialmente en los países más pobres, el sufrimiento material y espiritual de los enfermos de SIDA.

Intención Misionera.
Por los religiosos que operan en territorios de misión, para que sean testimonios de la alegría del Evangelio y signo viviente del amor de Cristo.

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En su autobiografía, el entonces cardenal Joseph Ratzinger dice que el momento más importante de su vida fue su ordenación sacerdotal. En el siguiente video se narra como el joven Ratizinger pudo realizarse en el sacerdocio en medio de las crisis sociales y políticas de la época.







Luego, reviva los momentos de la ordenación sacerdotal del actual Papa en este video sin editar que data de hace 60 años, tiempo desde el cual Joseph Ratzinger es sacerdote.





Oración por el Papa Benedicto XVI.
De Sacerdote Eterno 

Mi Señor Todopoderoso y humilde, Hijo de la Virgen Concebida sin mancha. El más bello, el más rico, el más poderoso, el más perfecto y cumplido de todos los amantes.

Mi Salvador y mi dueño: Te suplico santifiques y cuides al Santo Padre, a todos los sacerdotes y a los seminaristas del mundo entero.

Apártalos de las tentaciones y líbralos del maligno, del mundo, de la carne; y cuando los lobos de los sentidos los asalten, ¡Sálvalos por medio de María! Mi Señor de misericordia infinita, danos muchas familias santas cuyos frutos sean muchos sacerdotes santos. Virgen María, Reina de los sacerdotes junto con tu Divino Esposo, el Espíritu Santo; ¡Transfórmalos a todos en tu Hijo Jesús!

Amén.

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís