FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

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"CAMINAR CON LOS PADRES DE LA IGLESIA" - ENTREGA 5




Lecturas espirituales para el crecimiento en la fe

Con notas biográficas, comentarios de textos, índice de autores y tabla de lecturas para tiempos litúrgicos.

A los Delegados de la Palabra de Dios, catequistas, coordinadores y líderes comunitarios católicos de Nicaragua.

Equipo Teyocoyani
Acción Ecuménica para la Capacitación y Reflexión Teológica.
De la Rotonda de Metrocentro 150 mts. abajo
Teléfono 2786438 e-mail: teyocoya@tmx.com.ni

Diagramación: Elida Herrera

Ilustraciones: Hermanitas de Jesús

Con licencia eclesiástica
de Mons. David Zywiec O.F.M. Cap.




3. Volver a Dios el corazón


Por la fe conocemos a Dios

De las Instrucciones de San Columbano, abad
Lectura bíblica: Is 40, 21-31; Sab 11, 21 – 12, 1.
San Columbano (ver p. 27)


Comentario

Dios mismo ha salido de sí para comunicársenos en su amor y de nosotros espera como respuesta la fe. El verdadero conocimiento de Dios consiste en volver hacia Él nuestro corazón para vivir según sus mandatos. Tan sólo viviendo según Dios conoceremos a Dios con todo nuestro ser. Dios está en todas partes, es inmenso y está cerca de todos, según atestigua de sí mismo: Yo soy -dice- un Dios cercano, no lejano. El Dios que buscamos no está lejos de nosotros, ya que está dentro de nosotros, si somos dignos de esta presencia. Habita en nosotros como el alma en el cuerpo, a condición de que seamos miembros sanos de él, de que estemos muertos al pecado. Entonces habita verdaderamente en nosotros aquel que ha dicho: Habitaré en medio de ellos y andaré entre ellos. Si somos dignos de que él esté en nosotros, entonces somos realmente vivificados por él, como miembros vivos suyos: Pues en él - como dice el Apóstol- vivimos, nos movemos y existimos. ¿Quién, me pregunto, será capaz de penetrar en el conocimiento del Altísimo, si tenemos en cuenta lo indecible e incomprensible de su ser? ¿Quién podrá investigar las profundidades de Dios? ¿Quién podrá gloriarse de conocer al Dios infinito que todo lo llena y todo lo rodea, que todo lo penetra y todo lo supera, que todo lo abarca y todo lo trasciende? A Dios ningún hombre vio ni puede ver. Nadie, pues, tenga la arrogancia de preguntarse sobre lo indescifrable de Dios, qué fue, cómo fue, quién fue. Éstas son cosas inexpresables, inescrutables, impenetrables; limítate a creer con sencillez, pero con firmeza, que Dios es y será tal cual fue, porque no cambia.


¿Quién es, por tanto, Dios? El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios. No intentes averiguar más acerca de Dios; porque los que quieren saber las profundidades sin fondo deben antes considerar las cosas de la naturaleza. En efecto, el conocimiento de la Trinidad divina se compara, con razón, a la profundidad del mar, según aquella expresión del Eclesiastés: Profundo quedó lo que estaba profundo: ¿quién lo alcanzará?

Porque, del mismo modo que la profundidad del mar es impenetrable a nuestros ojos, así también la divinidad de la Trinidad escapa a nuestra comprensión. Y por esto, insisto, si alguno se empeña en saber lo que debe creer, no piense que lo entenderá mejor haciendo sabias reflexiones que creyendo; al contrario, al ser buscado, el conocimiento de la divinidad se alejará más aún que antes de aquel que pretenda conseguirlo.

Busca, pues, el conocimiento supremo, no con alegatos ni discusiones, sino con la perfección de una buena conducta; no con palabras, sino con la fe que procede de un corazón sencillo y que no es fruto de una argumentación basada en una sabiduría irreverente. Por tanto, si buscas mediante el discurso de tu inteligencia al que es indecible, estará lejos de ti, más de lo que estaba; pero, si lo buscas mediante la fe, la sabiduría estará a la puerta, que es donde tiene su morada, y allí será contemplada, en parte por lo menos. Y también podemos realmente alcanzarla un poco cuando creemos en aquel que es invisible, sin comprenderlo; porque Dios ha de ser creído tal cual es, invisible, aunque el corazón puro pueda, en parte, contemplarlo.



¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva!

De las Confesiones de San Agustín, obispo
Lectura bíblica: Sab 13, 1- 5; Rom 7, 14- 25
San Agustín (ver p. 35)

Comentario

Captan entre nosotros la atención tantos relatos de conversiones escuchados en programas radiales y asambleas cristianas, centrados por lo general más en las sombras supuestamente abandonadas que en el descubrimiento del propio Dios. No sucede así en esta maravillosa página de las Confesiones de San Agustín, cuyo tema es precisamente la novedad interior experimentada en el encuentro con Dios. Señor, ¿dónde te hallé para conocerte (porque ciertamente no estabas en mi memoria antes que te conociese), dónde te hallé, pues, para conocerte, sino en ti mismo, lo cual estaba muy por encima de mis fuerzas? Pero esto fue independientemente de todo lugar, pues nos apartamos y nos acercamos, y, no obstante, esto se lleva a cabo sin importar el lugar. ¡Oh Verdad!, tú presides en todas partes a todos los que te consultan y, a un mismo tiempo, respondes a todos los que te interrogan sobre las cosas más diversas. Tú respondes claramente, pero no todos te escuchan con claridad. Todos te consultan sobre lo que quieren, mas no todos oyen siempre lo que quieren. Excelente servidor tuyo es el que no atiende tanto a oír de ti lo que él quisiera, cuanto a querer aquello que de ti escuchare.

¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.

Cuando yo me apegue a ti con todo mi ser, ya no habrá más dolor ni trabajo para mí, y mi vida será realmente viva, llena toda de ti. Tú, al que llenas de ti, lo elevas, mas, como yo aún no me he llenado de ti, soy todavía para mí mismo una carga. Están en lucha mis alegrías, dignas de ser lloradas, con mis tristezas, dignas de ser aplaudidas, y no sé de qué parte está la victoria.

¡Ay de mí, Señor! ¡Ten misericordia de mí! Están en lucha también mis tristezas malas con mis gozos buenos: y no sé a quién se ha de inclinar el triunfo. ¡Ay de mí, Señor! ¡Ten misericordia de mí! Yo no te oculto mis llagas. Tú eres médico, y yo estoy enfermo; tú eres misericordioso, y yo estoy necesitado.

¿Acaso no está el hombre en la tierra cumpliendo un servicio militar? ¿Quién hay que guste de las molestias y trabajos? Tú mandas aguantarlos, no amarlos. Nadie ama lo que aguanta, aunque ame el aguantarlo. Porque, aunque goce en aguantarlo, más quisiera, sin embargo, que no hubiese nada que aguantar. En las cosas adversas deseo las prósperas, en las cosas prósperas temo las adversas. ¿Qué lugar intermedio hay entre estas cosas, en el que la vida humana no sea una lucha? ¡Ay de las prosperidades del mundo, pues están continuamente amenazadas por el temor de que sobrevenga la adversidad y desaparezca la alegría! ¡Ay de las adversidades del mundo, una, dos y tres veces, pues están continuamente aguijoneadas por el deseo de la prosperidad, siendo dura la misma adversidad y poniendo en peligro la paciencia! ¿Acaso no está el hombre en la tierra cumpliendo sin interrupción un servicio militar? Pero toda mi esperanza descansa sólo en tu muy grande misericordia. ¡Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras!



Te deseo, Dios mío y busco tu rostro

Del libro Proslogion de San Anselmo, obispo
Lectura bíblica: Mt 6, 5- 8; Sal 130
San Anselmo (1033-1109)

Nacido en Aosta al norte de Italia, desde jovencito se sintió atraído por la vida de los monjes benedictinos. Su madre pertenecía a una rica familia terrateniente y su padre tenía ambiciones políticas para él, pero cuando las aspiraciones del joven chocaron con la dura oposición de su padre, en 1057 abandonó la casa paterna y partió hacia Francia. Allí se formó como monje benedictino. Su educación fue esmerada y aprendió a utilizar el latín con precisión y claridad; se distinguía por una notable inteligencia y una profunda piedad. Durante sus años en Francia, San Anselmo publicó obras teológicas que marcarían el rumbo del pensamiento católico posterior y cuyo lema era: “la fe en busca de entendimiento”. Nombrado arzobispo de la ciudad inglesa de Canterburgo en 1093, enfrentó
serios conflictos con el rey Guillermo II y su sucesor, por defender a viento y marea la independencia de la Iglesia en los nombramientos episcopales. La mayor parte de su tiempo como arzobispo lo pasó por eso exiliado en Roma, donde influyó en el concilio de Bari (1098). Un acuerdo de última hora le permitió regresar a su diócesis y vivir en paz los dos últimos años de su vida.

Comentario

El ruido que por todas partes hoy nos rodea nos impide el encuentro con nosotros mismos en el silencio. Al perder el contacto con nuestra propia profundidad, nos volvemos incapaces de entrar en sintonía con Dios. Buscar el rostro vivo de Dios requiere penetrar en nuestro propio recinto interior, pues tan sólo en ese encuentro íntimo de corazón a corazón podremos alcanzar el sentido pleno de nuestra vida. El texto implora la gracia de conocer a Dios, sabiendo que por nuestras propias fuerzas seríamos incapaces de alcanzarlo.

Deja un momento tus ocupaciones habituales, contempla tu pequeñez, entra un instante en ti mismo, apartándote del tumulto de tus pensamientos. Arroja lejos de ti las preocupaciones agobiantes y aparta de ti las inquietudes que te oprimen. Reposa en Dios un momento, descansa siquiera un momento en él.

Entra en lo más profundo de tu alma, aparta de ti todo, excepto Dios y lo que puede ayudarte a alcanzarlo; cierra la puerta de tu habitación y búscalo en el silencio. Di con todas tus fuerzas, di al Señor: «Busco tu rostro; tu rostro busco, Señor.»

Y ahora, Señor y Dios mío, enséñame dónde y cómo tengo que buscarte, dónde y cómo te encontraré. Si no estás en mí, Señor, si estás ausente, ¿dónde te buscaré? Si estás en todas partes, ¿por qué no te veo aquí presente? Es cierto que tú habitas en una luz inalcanzable, ¿pero dónde está esa luz inalcanzable?, ¿cómo me aproximaré a ella?, ¿quién me guiará y me introducirá en esa luz para que en ella te con- temple? ¿Bajo qué signos, bajo qué aspecto te buscaré? Nunca te he visto, Señor y Dios mío, no conozco tu rostro. Dios altísimo, ¿qué hará este desterrado, lejos de ti?, ¿qué hará este servidor tuyo, sediento de tu amor, que se encuentra alejado de ti? Desea verte y tu rostro está muy lejos de él. Anhela acercarse a ti y tu morada es inalcanzable. Arde en deseos de encontrarte e ignora dónde vives. No suspira más que por ti y jamás ha visto tu rostro.

Señor, tú eres mi Dios, tú eres mi Señor y nunca te he visto. Tú me creaste y me redimiste, tú me has dado todos los bienes que poseo, y aún no te conozco. He sido creado para verte, y todavía no he podido alcanzar el fin para el cual fui creado.

Y tú, Señor, ¿hasta cuándo nos olvidarás, hasta cuándo dejarás de apartar tu rostro? ¿Cuándo volverás tu mirada hacia nosotros? ¿Cuándo nos escucharás? ¿Cuándo iluminarás nuestros ojos y nos mostrarás tu rostro? ¿Cuándo harás caso a nuestros deseos?

Míranos, Señor, escúchanos, ilumínanos, muéstrate a nosotros. Llena a plenitud nuestros deseos y seremos felices; sin ti todo es aburrimiento y tristeza. Ten piedad de nuestros trabajos y de los esfuerzos que hacemos por llegar hasta ti, ya que sin ti nada podemos. Enséñame a buscarte, muéstrame tu rostro, porque si tú no me lo enseñas no puedo buscarte. No puedo encontrarte si tú no te haces presente. Te buscaré deseándote, te desearé buscándote; amándote te encontraré, encontrándote te amaré.


"CAMINAR CON LOS PADRES DE LA IGLESIA" - ENTREGA 4




Lecturas espirituales para el crecimiento en la fe

Con notas biográficas, comentarios de textos, índice de autores y tabla de lecturas para tiempos litúrgicos.

A los Delegados de la Palabra de Dios, catequistas, coordinadores y líderes comunitarios católicos de Nicaragua.

Equipo Teyocoyani
Acción Ecuménica para la Capacitación y Reflexión Teológica.
De la Rotonda de Metrocentro 150 mts. abajo
Teléfono 2786438 e-mail: teyocoya@tmx.com.ni

Diagramación: Elida Herrera

Ilustraciones: Hermanitas de Jesús

Con licencia eclesiástica
de Mons. David Zywiec O.F.M. Cap.

2. Dios nos sale al 
encuentro

Cristo es el cumplimiento de las promesas de Dios
De los Comentarios de San Agustín, obispo, sobre los salmos

Lectura bíblica: 2 Co 1, 18-22
San Agustín (354-430)

Se convirtió a la fe católica escuchando las predicaciones de San Ambrosio en Milán en el año 387; tras recibir de sus manos el bautismo, se consagró en adelante a la vida cristiana. Antes de su conversión tuvo que recorrer un tortuoso camino en búsqueda de la verdad. Hijo de padre pagano y madre católica, nació en Tagaste, pequeña ciudad del norte de África perteneciente al imperio romano; desde niño mostró gran talento y sus padres se esforzaron por ofrecerle la mejor educación posible.

Después de su conversión regresó al Africa, donó sus bienes a los pobres y se retiró con un grupo de amigos suyos a una finca, para vivir con sencillez y dedicarse a la oración y al estudio de la Sagrada Escritura.

Pero el pueblo católico de Hipona solicitó al obispo Valerio que lo ordenara sacerdote; después trabajó como asistente suyo y llegó a ser sucesor. Pastorear su diócesis le exigía tiempo y sin embargo logró escribir innumerables obras teológicas de gran riqueza y profundidad.

Es uno de los maestros de la Iglesia de mayor influencia en la historia del cristianismo.

Comentario
San Agustín abarca aquí de una sola mirada toda la historia de la salvación. Las promesas de Dios en el Antiguo Testamento se han cumplido en Jesucristo. Aguardamos ahora en esperanza la consumación de la creación. Los dones derramados sobre la humanidad en Cristo nos mueven al amor de Dios, pues el amor invita al amor.

Dios estableció el tiempo de sus promesas y la época de su cumplimiento. El periodo de las promesas abarcó desde el tiempo de los profetas hasta Juan Bautista; desde éste hasta el fin es el tiempo de su cumplimiento.

Fiel es Dios, que se constituyó en nuestro deudor; no porque haya recibido algo de nosotros, sino porque nos prometió tan grandes bienes. La promesa le pareció poco; por eso quiso obligarse por escrito, firmando, por decirlo así, un documento que atestiguara sus promesas, para que, cuando comenzara a cumplir las cosas que prometió, viésemos en ese escrito en qué orden se cumplirían. El tiempo de las profecías era, como muchas veces lo he afirmado, el del anuncio de las promesas.

Prometió la salvación eterna, la vida bienaventurada y sin fin en compañía de los ángeles, la herencia imperecedera, la gloria eterna, la dulzura de la contemplación de su rostro, su templo santo en los cielos y, como consecuencia de la resurrección, la ausencia total del miedo a la muerte.

Ésta es, en cierto modo, su promesa final, hacia la que tienden todos nuestros cuidados, porque una vez que la hayamos alcanzado ya no buscaremos ni exigiremos ninguna otra cosa. También manifestó en qué orden se cumplirían sus promesas y profecías hasta alcanzar ese último fin.

Prometió la divinidad a los hombres, la inmortalidad a los mortales, la justificación a los pecadores, la glorificación a criaturas despreciables.

Sin embargo, hermanos, como a los hombres les parecía increíble la promesa de Dios de sacarlos de su condición mortal -de corrupción, bajeza, debilidad, polvo y ceniza- para asemejarlos a los ángeles, no sólo firmó una alianza con los hombres para moverlos a creer, sino que también estableció un mediador como garante de su fidelidad; y no estableció como mediador a cualquier príncipe o a un ángel o arcángel, sino a su Hijo único.

Y por él nos mostró el camino que nos conduciría hacia el fin prometido. Pero no bastó a Dios indicarnos el camino por medio de su Hijo: quiso que Él mismo fuera el camino, para que, bajo su dirección, tú caminaras por él. Por tanto, el Hijo único de Dios tenía que venir a los hombres, tenía que hacerse hombre y, en su condición de hombre, tenía que morir, resucitar, subir al cielo, sentarse a la derecha del Padre y cumplir todas sus promesas en favor de las naciones. Y, después del cumplimiento de estas promesas, cumplirá también la promesa de venir otra vez para pedir cuentas de sus dones, para separar a los que se hicieron merecedores de su ira de quienes se hicieron merecedores de su misericordia, para castigar a los impíos, conforme lo había amenazado, y para recompensar a los justos, según lo había prometido.

Todo esto debió ser profetizado y anunciado de antemano para que no atemorizara a nadie si acontecía de repente, sino que, siendo objeto de nuestra fe, lo fuese también de una ardiente esperanza. Dios nos llama con su amor

De los Sermones de San Pedro Crisólogo, obispo Lectura bíblica: Ti 3, 3-7; 1 Jn 4, 8-11 San Pedro Crisólogo (¿-450)

De él sabemos apenas que fue arzobispo de Rávena al norte de Italia y famoso predicador (Crisólogo significa “palabra de oro”). Se conservan alrededor de 200 sermones suyos o atribuidos a él. Ejerció gran autoridad como obispo y estuvo muy unido al Papa León Magno (440-461).


Comentario

Hay católicos bautizados que alegan no haber descubierto al Dios del amor sino hasta abandonar nuestra fe para unirse a otra comunidad eclesial. Muchos creyentes viven aún temerosos de Dios y no han sido personalmente alcanzados por el mensaje liberador de su amor. San Pedro Crisólogo nos ayuda a corregir esa visión, mostrándonos que nunca ha habido otro Dios, sino el del amor.

Al ver al mundo oprimido por el temor, Dios procura continuamente llamarlo con amor; lo invita con su gracia, lo atrae con su caridad, lo abraza con su afecto.

Por eso lava con las aguas del diluvio a la tierra que se había pervertido y constituye a Noé padre de la nueva generación, le brinda su amistad, le habla amablemente, le indica lo que debe hacer y lo consuela, prometiéndole su favor para el futuro. Deja luego de darle órdenes y, tomando parte él mismo en la tarea, ayuda a encerrar en el arca a aquella descendencia que había de perdurar por todos los tiempos, para que este amor, que se manifestaba participando en aquel trabajo, borrara todo temor, que es propio de la esclavitud, y para que así esta comunidad de amor conservara lo que había sido salvado por el trabajo en común.

Por eso llama también luego a Abrahán de entre los paganos, engrandece su nombre, lo hace padre de la fe, lo acompaña en el camino, lo cuida durante su permanencia en un país extranjero, lo enriquece con toda clase de bienes, lo honra con triunfos, lo regala con promesas, lo libra de las injurias, lo consuela haciéndose su huésped y, contra toda esperanza, le concede milagrosamente un hijo; para que, colmado con tantos beneficios y atraído con tantas pruebas de la caridad divina, aprenda a amar a Dios y no a temerlo, a rendirle culto por amor y no dominado por el terror.

Por eso consuela en sueños a Jacob durante su huida, y a su regreso lo motiva a luchar y a trabarse con él en extraordinario combate; para que terminara amando, no temiendo, al autor de ese combate.
Por eso llama a Moisés, revelándose como el Dios de sus antepasados, le habla con amor de padre y lo urge a que libere a su pueblo de la opresión de Egipto. Ahora bien, por todo lo que acabamos de evocar que manifiesta cómo la llama de la divina caridad encendió los corazones de los hombres y cómo Dios derramó en sus sentidos la abundancia de su amor, los hombres, que estaban privados de la visión de Dios a causa del pecado, comenzaron a desear ver su rostro.

Pero la mirada del hombre, tan limitada, ¿cómo podría abarcar a Dios, a quien el mundo no puede contener? La fuerza del amor no mide las posibilidades, ignora las fronteras. El amor no discierne, no reflexiona, no conoce razones. El amor no se resigna ante la imposibilidad, no se amedrenta ante ninguna dificultad. Si el amor no alcanza el objeto de sus deseos, llega hasta a ocasionar la muerte del amante; va, por lo tanto, hacia donde es impulsado, no hacia donde parece lógico que deba de ir.

El amor engendra el deseo, se enciende cada vez más y tiende con mayor vehemencia hacia lo que no consigue alcanzar. Y ¿qué más diré?

El amor no descansa mientras no ve lo que ama; por eso a los santos les parecía poco cualquier recompensa, mientras no viesen a Dios. Por eso el amor que ansía ver a Dios se ve impulsado, por encima de todo juicio sensato, por el deseo ardiente de encontrarse con él. Por eso Moisés se atrevió a decir: Si he obtenido tu favor; muéstrate a mí. Por eso también se dice en otro lugar: Déjame ver tu figura. Y hasta los mismos paganos en medio de sus errores se fabricaron ídolos para poder ver con sus propios ojos el objeto de su culto.


El misterio de la Encarnación

De las Cartas de San León Magno, papa
Lectura bíblica: Col 1, 15-20
San León Magno (¿-461)

Electo obispo de Roma y sucesor del apóstol Pedro en el año 440, convenció en 452 al temible rey de los Hunos, Atila, para que desocupara los territorios que había conquistado; tres años más tarde persuadió también a Genserico, rey de los Vándalos, para que no saqueara Roma.

El Papa salvó así de la destrucción la gran herencia cultural de Grecia y Roma. Como pontífice defendió la fe católica ante diversas herejías y reafirmó la potestad del sucesor de Pedro como cabeza de la Iglesia universal. El texto suyo que a continuación ofrecemos fue leído en el Concilio de Calcedonia (451) y los obispos allí reunidos solemnemente exclamaron: “Esta es la fe de los Padres, esta es la fe de los apóstoles; así lo creemos. San Pedro ha hablado por boca de León”. Se conservan 125 cartas doctrinales y administrativas suyas y 97 sermones.


Comentario

Este pasaje refleja un punto de maduración en la doctrina sobre Jesucristo: el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad, se manifestó de manera indirecta a través de los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento, hasta encarnarse definitivamente en la Virgen María por la fuerza del Espíritu Santo. Uniendo en sí la naturaleza humana y la divina y participando nosotros por el bautismo del misterio de Cristo, renacemos por el Espíritu Santo para ser liberados de las fuerzas del mal que nos oprimen.

De nada nos serviría afirmar que nuestro Señor, el Hijo de la Virgen María, es hombre verdadero y perfecto si no creyésemos además que es hombre perteneciente a aquella línea de antepasados mencionada en el Evangelio. Mateo, en efecto, dice: Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán; y sigue el orden de su generación humana hasta llegar a José, con quien estaba desposada la Madre del Señor.

Lucas, en cambio, siguiendo un orden inverso, se remonta al origen del género humano, para mostrar que el primer Adán y el nuevo Adán tienen una misma naturaleza.

El Hijo de Dios, en su poder sin límites, hubiera podido manifestarse, para instruir y justificar a los hombres, como se había manifestado a los patriarcas y profetas, es decir, bajo diversas apariencias humanas, como, por ejemplo, cuando entabló una lucha o mantuvo una conversación, o cuando no rechazó la hospitalidad que le ofrecían y tomó el alimento que le presentaban.

Todas estas figuras eran como profecía y anuncio misterioso de aquel hombre que debía asumir, de la descendencia de esos mismos patriarcas, una verdadera naturaleza humana. Pero todas estas figuras no podían realizar aquel misterio de nuestra reconciliación prefijado antes de los tiempos, porque el Espíritu Santo no había descendido aún sobre la Virgen ni el poder del Altísimo la había aún cubierto con su sombra; solamente cuando la Sabiduría eterna, edificándose una casa en el seno purísimo de la Virgen, se hizo hombre pudo tener cumplimiento este admirable designio; y, uniéndose la naturaleza humana y la divina en una sola persona, el Creador del tiempo nació en el tiempo, y aquel por quien fueron hechas todas las cosas empezó a contarse entre las criaturas.

Pues si el nuevo hombre, sometido a una existencia semejante a la de la carne de pecado, no hubiera llevado sobre sí nuestros pecados, si el que es Dios como el Padre no se hubiera dignado tomar la
condición humana de una madre y si libre de todo pecado no hubiera unido a sí nuestra naturaleza, la cautividad humana continuaría sujeta al yugo del demonio; y tampoco podríamos gloriarnos de la victoria del Vencedor si ésta hubiera sido obtenida en una naturaleza distinta a la nuestra.

El sacramento de la renovación de nuestro ser nos ha hecho partícipes de estos admirables misterios, por cuanto el mismo Espíritu, por cuya virtud fue Cristo engendrado, ha hecho que también nosotros
volvamos a nacer con un nuevo nacimiento espiritual. Por eso el evangelista dice, refiriéndose a los creyentes: Ellos traen su origen no de la sangre ni del deseo carnal ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios.


La misericordia de Dios se mostró en Jesucristo

De la Carta a Diogneto
Lectura bíblica: Rm 3, 21-26
La Carta a Diogneto

Desconocemos el autor de esta famosa carta, probablemente del siglo tercero, dirigida a un importante personaje del mundo pagano y que despliega las razones por las que vale la pena ser cristiano.


Comentario

El argumento de este pasaje de la Carta a Diogneto se hace eco de la epístola de Pablo a los romanos: sin mérito ni razón de nuestra parte, sino tan sólo por su inexplicable bondad, Dios nos ha concedido una vida nueva en Jesucristo. El autor saborea hasta el fondo la profunda novedad de su fe cristiana y se siente movido a gratitud, esperanza y alegría. ¿Podrá este antiguo autor contagiarnos con su fresca sensibilidad para apreciar tan grande don?

Nadie jamás ha visto ni ha conocido a Dios, pero él ha querido manifestarse a sí mismo. Se manifestó a través de la fe, que es la única a la que se le concede ver a Dios. Porque Dios, Señor y Creador de todas las cosas, que todo lo hizo y todo lo dispuso con orden, no sólo amó a los hombres, sino que también fue paciente con ellos. Siempre lo fue, lo es y lo será: bueno, benigno, exento de toda ira, veraz; más aún: él es el único bueno. Después de haber concebido un designio grande, incapaz de ser expresado con palabras humanas, se lo comunicó a su único Hijo.

Mientras mantenía oculto su sabio designio y lo reservaba para sí, parecía abandonarnos y olvidarse de nosotros. Pero, cuando lo reveló por medio de su amado Hijo y manifestó lo que había establecido desde el principio, nos dio juntamente todas las cosas: participar de sus beneficios y ver y comprender sus designios. ¿Quién de nosotros hubiera esperado jamás tanta generosidad?

Dios, que todo lo había dispuesto junto con su Hijo, permitió que hasta el tiempo anterior a la venida del Salvador viviéramos desviados del camino recto, atraídos por los deleites y placeres deshonestos, y nos dejáramos  arrastrar por nuestros impulsos desordenados. No porque se complaciera en nuestros pecados, sino que los toleraba. Ni es tampoco que Dios aprobara aquel tiempo de maldad, sino que estaba preparando el tiempo actual de justicia, a fin de que, demostrada nuestra culpabilidad en aquel tiempo en que por nuestras propias obras éramos indignos de la vida, fuéramos hechos dignos de ella por la bondad de Dios, reconociendo así que por nosotros mismos no podíamos entrar en el reino de los cielos, pero que esto se nos concedía como un don de Dios.

Pues cuando nuestra maldad había colmado la medida y se hizo plenamente manifiesto que por ella merecíamos el castigo y la muerte, llegó en cambio el tiempo establecido por Dios para manifestar su bondad y su poder ¡oh inmenso amor de Dios a los hombres! y no nos odió ni nos rechazó ni se vengó de nuestras ofensas, sino que nos soportó con grandeza de ánimo y paciencia, apiadándose de nosotros y cargando él mismo con nuestros pecados. Nos dio a su propio Hijo como precio de nuestra redención: entregó al que es santo para redimir a los impíos, al inocente por los malos, al justo por los injustos, al incorruptible por los corruptibles, al inmortal por los mortales. Y ¿qué otra cosa hubiera podido encubrir nuestros pecados sino su justicia? Nosotros que no amamos a Dios ni al prójimo y somos malos, ¿en quién hubiéramos podido ser justificados sino únicamente en el Hijo de Dios?

¡Oh admirable intercambio, mediación incomprensible, beneficios inesperados: que la impiedad de muchos sea encubierta por un solo justo y que la justicia de un solo hombre justifique a tantos impíos!


En la humanidad de Cristo se nos muestra la misericordia del Padre

De los Sermones de San Bernardo, abad.
Lectura bíblica: Fil 2, 1-11
San Bernardo (1090-1153)

Este santo francés vivió en el siglo doce y tuvo gran impacto en su época. A sus 22 años ingresó en un monasterio cisterciense y arrastró tras de sí a varios primos y amigos suyos, que también se hicieron monjes. Enamorado de la Escritura, el silencio y la oración, renunció sin embargo a la tranquilidad de su retiro para luchar incansablemente por la reforma de la Iglesia, que atravesaba un periodo turbulento, pues dos Papas se disputaban el liderazgo. Intervino en los grandes conflictos políticos y religiosos de su tiempo y se opuso a los abusos de Papas, obispos y autoridades eclesiásticas. Antes de su muerte había fundado 68 monasterios.

Su espiritualidad se caracteriza por un amor muy tierno a la humanidad del Señor y una ferviente devoción mariana.

Comentario

Esta maravillosa página de San Bernardo es una profunda meditación sobre la Encarnación. En la humanidad del Señor asume Dios nuestra frágil condición humana y, cuanto más hondo desciende en el dolor y la muerte, tanto más resplandece su amor y misericordia por nosotros. Dios, nuestro Salvador; hizo aparecer su misericordia y su amor por los hombres. Demos gracias a Dios, pues por él abunda nuestro consuelo en esta nuestra peregrinación, en éste nuestro destierro, en ésta vida tan llena aún de miserias.

Antes de que apareciera la humanidad de nuestro Salvador, la misericordia de Dios estaba oculta; existía ya, sin duda, desde el principio, pues la misericordia del Señor es eterna, pero al hombre le era imposible conocer su magnitud. Ya había sido prometida, pero el mundo aún no la había experimentado y por eso eran muchos los que no creían en ella. Dios había hablado, ciertamente, de muchas maneras por ministerio de los profetas.

Y había dicho: Sé muy bien lo que pienso hacer con ustedes: designios de paz y no de aflicción. Pero, con todo, ¿qué podía responder el hombre, que únicamente experimentaba la aflicción y no la paz? “¿Hasta cuándo - pensaba- irán anunciando: «Paz, paz», cuando no hay paz”? Por ello los mismos mensajeros de paz lloraban amargamente, diciendo: Señor, ¿quién ha dado fe a nuestra predicación? Pero ahora, en cambio, los hombres pueden creer, por lo menos, lo que ya contemplan sus ojos; ahora los testimonios de Dios se han hecho sobremanera dignos de fe, pues, para que este testimonio fuera visible, incluso a los que tienen la vista enferma, el Señor le ha puesto su tienda al sol.

Ahora, por tanto, nuestra paz no es prometida, sino enviada; no es retrasada, sino concedida; no es profetizada, sino realizada: el Padre ha enviado a la tierra algo así como un saco lleno de misericordia; un saco, diría, que se romperá en la pasión, para que se derrame aquel precio de nuestro rescate, que él contiene; un saco que, si bien es pequeño, está totalmente lleno. En efecto, un niño se nos ha dado, pero en este niño habita toda la plenitud de la divinidad. Esta plenitud de la divinidad se nos dio después que hubo llegado la plenitud de los tiempos. Vino en la carne para mostrarse a los que eran de carne y, de este modo, bajo los velos de la humanidad, fue conocida la misericordia divina; pues, cuando fue conocida la humanidad de Dios, ya no pudo quedar oculta su misericordia. ¿En qué podía manifestar mejor el Señor su amor a los hombres sino asumiendo nuestra propia carne? Pues fue precisamente nuestra carne la que asumió, y no aquella carne de Adán que antes de la culpa era inocente.

¿Qué cosa manifiesta tanto la misericordia de Dios como el hecho de haber asumido nuestra miseria? ¿Qué amor puede ser más grande que el del Verbo de Dios, que por nosotros se ha hecho como la hierba débil del campo? Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Que comprenda, pues, el hombre hasta qué punto Dios cuida de él; que reflexione sobre lo que  Dios piensa y siente de él. No te preguntes ya, oh hombre, por qué tienes que sufrir tú; pregúntate más bien por qué sufrió él. De lo que quiso sufrir por ti puedes concluir lo mucho que te estima; a través de su humanidad se te manifiesta el gran amor que tiene para contigo. Cuanto menor se hizo en su humanidad, tanto mayor se mostró en el amor que te tiene, cuanto más se abajó por nosotros, tanto más digno es de nuestro amor. Dios, nuestro Salvador -dice el Apóstol-, hizo aparecer su misericordia y su amor por los hombres. ¡Qué grande y qué manifiesta es esta misericordia y este amor de Dios a los hombres! Nos ha dado una grande prueba de su amor al querer que el nombre de Dios fuera añadido al título de hombre.

"CAMINAR CON LOS PADRES DE LA IGLESIA" - ENTREGA 3




Lecturas espirituales para el crecimiento en la fe

Con notas biográficas, comentarios de textos, índice de autores y tabla de lecturas para tiempos litúrgicos.

A los Delegados de la Palabra de Dios, catequistas, coordinadores y líderes comunitarios católicos de Nicaragua.

Equipo Teyocoyani
Acción Ecuménica para la Capacitación y Reflexión Teológica.
De la Rotonda de Metrocentro 150 mts. abajo
Teléfono 2786438 e-mail: teyocoya@tmx.com.ni

Diagramación: Elida Herrera

Ilustraciones: Hermanitas de Jesús

Con licencia eclesiástica
de Mons. David Zywiec O.F.M. Cap.


En las fuentes de la palabra de Dios


Las Sagradas Escrituras nos manifiestan los misterios de Dios
Del Tratado de San Hipólito, presbítero, Contra la herejía de Noeto.

Lectura bíblica: Jn 1, 1-18
San Hipólito (¿-235)

Desconocemos lugar y fecha de su nacimiento, aunque sabemos que fue discípulo de San Ireneo y compuso sus escritos entre los años 200 y 235 d.C. Es uno de los teólogos más antiguos de la Iglesia; fue presbítero en Roma y se opuso en asuntos doctrinales al Papa Calixto (217- 222), a quien reprochaba excesiva indulgencia con los pecadores. Una comunidad rebelde lo eligió Obispo de Roma en contra de Calixto y la división se mantuvo durante los pontificados de Urbano y Ponciano, hasta que el emperador Máximino (235-238) deportó a Hipólito junto con Ponciano a Cerdeña, “la isla de la muerte”, donde ambos, condenados a trabajos forzados, renunciaron al papado y se reconciliaron. Hoy se lesvenera juntamente como mártires.


Comentario
Este pasaje de San Hipólito nos introduce de lleno en el misterio del Dios creador, visible en la historia humana por medio de su Hijo Jesucristo y que nos recrea por el Espíritu Santo. Para conocer a Dios debemos familiarizamos con la Sagrada Escritura y por eso una de las principales
tareas de nuestra vida cristiana es profundizar en su conocimiento. “La Iglesia –nos dice el Concilio Vaticano II- ha venerado siempre las Escrituras como al cuerpo mismo de Cristo” (DV 21), porque a través de ella recibimos el sacramento de su palabra de vida.


Hay un único Dios, hermanos, que sólo puede ser conocido a través de las Escrituras santas. Por ello debemos esforzarnos por penetrar en todas las cosas que nos anuncian las divinas Escrituras y
procurar profundizar en lo que nos enseñan. Debemos conocer al Padre como él desea ser conocido, debemos glorificar al Hijo como el Padre desea que lo glorifiquemos, debemos recibir al Espíritu Santo como el Padre desea dárnoslo. En todo debemos proceder no según nuestro capricho ni según nuestros propios sentimientos ni haciendo violencia a los deseos de Dios, sino según los caminos que el mismo Señor nos ha dado a conocer en las santas Escrituras.

Cuando sólo existía Dios y nada había aún que existiera con él, el Señor quiso crear el mundo. Lo creó por su inteligencia, por su voluntad y por su palabra; y el mundo llegó a la existencia tal como él lo quiso y cuando él lo quiso. Nos basta, por tanto, saber que, al principio, nada existía junto a Dios, nada había fuera de él. Pero Dios, siendo único, era también múltiple. Porque con él estaba su sabiduría, su razón, su poder y su consejo; todo esto estaba en él, y él era todas estas cosas. Y, cuando quiso y como quiso, y en el tiempo por él mismo fijado de antemano, manifestó al mundo su Palabra, por quien fueron hechas todas las cosas.

Y como Dios contenía en sí mismo a la Palabra, aunque ella fuera invisible para el mundo creado, cuando Dios hizo oír su voz, la Palabra se hizo entonces visible; así, de la luz que es el Padre salió la luz que es el Hijo, y la imagen del Señor fue como reproducida en el ser de la criatura; de esta manera el que al principio era sólo visible para el Padre empezó a ser visible también para el mundo, para que éste, al contemplarlo, pudiera alcanzar la salvación.

El sentido de todo esto es que, al entrar en el mundo, la Palabra quiso aparecer como Hijo de Dios; pues, en efecto, todas las cosas fueron hechas por el Hijo, pero él es engendrado Únicamente por el Padre. 

Dios dio la ley y los profetas, impulsando a éstos a hablar movidos por el Espíritu Santo, para que, habiendo recibido la inspiración del poder del Padre, anunciaran su consejo y su voluntad.

La Palabra, pues, se hizo visible, como dice San Juan. Y repitió en resumen todo lo que dijeron los profetas, demostrando así que es realmente la Palabra por quien fueron hechas todas las cosas. Dice: 

Ya al comienzo de las cosas existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios; por ella empezaron a existir todas las cosas, y ninguna de las que existen empezó a ser sino por ella. Y más adelante: El mundo empezó por ella a existir; pero el mundo no la reconoció. Vino a los suyos y los suyos no la recibieron.


La palabra de Dios, fuente inagotable
de conocimiento y de vida

Del Comentario de San Efrén, diácono, sobre el Diatessaron
Lectura bíblica: Rm 11, 33-34; 1 Cor 2, 10 San Efrén (306-373)

De su inmensa obra teológica apenas nos quedan escasos fragmentos: escribió comentarios a todos los libros de la Sagrada Escritura y abundantes himnos litúrgicos. Poeta y teólogo, fue por excelencia el maestro de la Iglesia siria, de manera que se le llamó “profeta de los Sirios” y “arpa del Espíritu Santo”. Cuenta San Jerónimo que sus escritos se leían en las reuniones eucarísticas después de la Sagrada Escritura. Nació en Nísibis, al norte de Mesopotamia (hoy Irak) y se bautizó a los 18 años; pasó un tiempo dedicado a la oración entre los monjes del desierto y luego el obispo Jaime le ordenó de diácono, poniéndolo a cargo de su escuela teológica. Toda su vida se dedicó a la formación cristiana de adultos; murió en Edesa, donde fue consejero del obispo de aquella ciudad.

En 1920 el Papa Benedicto XV le declaró Doctor de la Iglesia, constituyéndolo así en maestro de la Iglesia universal.

Comentario

Hay quienes, tras leer por encima las Sagradas Escrituras o apenas conocer unos cuantos pasajes de memoria, pretenden no encontrar ya nada nuevo en ellas. San Efrén nos muestra aquí la actitud interior con que tendríamos que acercarnos a la Biblia: llenos de espíritu de humilde y perseverante búsqueda, con asombro ante sus maravillas y gratitud por sus enseñanzas e iluminaciones.


¿Quién hay capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos, según la diversa capacidad de los que la estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le guste. Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de los puntos en que concentrara su reflexión.


La palabra de Dios es el árbol de vida que te ofrece el fruto bendito desde cualquiera de sus lados, como aquella roca que se abrió en el desierto y manó de todos lados una bebida espiritual. Comieron –dice el Apóstol- el mismo manjar espiritual y bebieron la misma bebida espiritual.

Aquel, pues, que llegue a alcanzar alguna parte del tesoro de esta palabra no crea que en ella se halla solamente lo que él ha hallado, sino que ha de pensar que, de las muchas cosas que hay en ella, esto es lo único que ha podido alcanzar. Ni por el hecho de que esta sola parte ha podido llegar a ser entendida por él, tenga esta palabra por pobre y estéril y la desprecie, sino que, considerando que no puede abarcarla toda, dé gracias por la riqueza que encierra. Alégrate por lo que has alcanzado, sin entristecerte por lo que te queda por alcanzar. El sediento se alegra cuando bebe y no se entristece porque no puede agotar la fuente.

La fuente ha de vencer tu sed, pero tu sed no ha de vencer la fuente, porque, si tu sed queda saciada sin que se agote la fuente, cuando vuelvas a tener sed podrás de nuevo beber de ella; en cambio, si al saciarse tu sed se secara también la fuente, tu victoria sería en perjuicio tuyo.

Da gracias por lo que has recibido y no te entristezcas por la abundancia sobrante. Lo que has recibido y conseguido es tu parte, lo que ha quedado es tu herencia. Lo que, por tu debilidad, no puedes recibir en un determinado momento lo podrás recibir en otra ocasión, si perseveras. Ni te esfuerces avaramente por tomar de un solo sorbo lo que no puede ser sorbido de una vez, ni te desmotives por pereza de lo que puedes ir tomando poco a poco.


Jesucristo es la Palabra viva del Padre

De las Instrucciones de San Columbano, abad
Lectura bíblica: Jn 7, 37-39 San Columbano (540-615)

Nació en Irlanda hacia el año 540 y murió en Italia en el 615. Fue monje misionero enamorado de la Biblia y en su madurez fundó una serie de monasterios en Francia, que irradiaron cultura y espiritualidad. Se opuso a la corrupción de la corte y del clero de Borgoña y enfrentó la oposición de los obispos franceses, viéndose obligado a recurrir al Papa Gregorio I. El rey Teodorico II lo echó de su territorio en 610, teniendo que huir hacia Suiza, donde misionó a una tribu germánica aún pagana. Forzado nuevamente a abandonar su territorio de misión, se encaminó hacia Italia, donde entre los años 612 y 614 fundó su último monasterio en Bobbio. San Columbano fue maestro en la fe de una Europa que, tras la caída del imperio romano, había retrocedido a la barbarie.

Comentario
Esta página exhorta a un amor ferviente y apasionado por Jesucristo, fuente y pan de vida. Amor que cuanto más recibe, más anhela y desea. Amor que nunca se sacia y siempre está dispuesto a crecer. “Hemos de desear siempre, hemos de buscar y amar siempre a aquel que es la Palabra de Dios”.

Escuchen, amados hermanos, mis palabras; escúchenlas bien, como si se tratara de algo que les es muy necesario; vengan a saciar su sed con el agua de la fuente divina de la que les voy a hablar; deseen este agua y no dejen que su sed se acabe; beban y no se crean nunca saciados; nos está llamando el que es fuente viva, el que es la fuente misma de la vida nos dice: El que tenga sed que venga a mí, y que beba.

Entiendan bien de qué bebida se trata: escuchen lo que, por medio de Jeremías, les dice aquel que es la misma fuente: Me han abandonado a mí, la fuente de aguas vivas -oráculo del Señor-. El mismo Señor, nuestro Dios Jesucristo, es la fuente de la vida, por ello nos invita a sí como a una fuente para que bebamos de él. Bebe de él quien lo ama, bebe de él quien se alimenta con su palabra, quien lo ama debidamente, quien sinceramente lo desea, bebe de él quien se inflama en el amor de la sabiduría.

Consideren de dónde brota esta fuente: brota de aquel mismo lugar de donde descendió nuestro pan; porque uno mismo es nuestro pan y nuestra fuente, el Hijo único, nuestro Dios, Cristo el Señor, de quien estamos siempre hambrientos. Aunque nos alimentemos de él por el amor, aunque lo devoremos por el deseo, continuemos hambrientos deseándolo.

Bebamos de él como si se tratara de una fuente, bebámoslo con un amor que nos parezca siempre capaz de crecer, bebámoslo con toda la fuerza de nuestros deseos y deleitémonos con la suavidad de su dulzura.

Pues el Señor es suave y es dulce; aunque lo hayamos comido y lo hayamos bebido, no dejemos de estar hambrientos y sedientos de él, pues este manjar jamás es totalmente comido, ni esta bebida jamás es agotada; aunque se le coma, jamás se consume; aunque se le beba, jamás se le agota, porque nuestro manjar es eterno y nuestra fuente perenne y siempre deliciosa. Por eso dice el profeta: Los que estén sedientos, vengan a la fuente, pues esta fuente es la fuente de los sedientos, no la de los que se sienten saturados; por ello, a aquellos que tienen hambre -que son aquellos mismos a quienes en otro lugar proclaman dichosos- los llama a sí y convoca a aquellos que nunca han quedado saciados de beber, sino que cuanto más beben, más sedientos se sienten.

Por eso, hermanos, hemos de desear siempre, hemos de buscar y amar siempre a aquel que es la Palabra de Dios, fuente de sabiduría, que tiene su asiento en las alturas, en quien, como dice el Apóstol, están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia y que no cesa de llamar a los que están sedientos de esta bebida.

Si estás sediento, bebe de esta fuente de vida; si tienes hambre, come de este pan de vida. Dichosos los que tienen hambre de este pan y sed de esta fuente; estos hambrientos y sedientos, por mucho que coman y beban, siempre buscan saciar aún más plenamente su hambre y su sed.

Sin duda debe ser muy dulce aquel manjar y aquella bebida que por mucho que se coma y que se beba continúa aún deseándose y cuyo gusto no deja de excitar el hambre y la sed. Por ello dice el profeta rey: Gusten y vean qué dulce, qué bueno es el Señor.


Cómo leer y estudiar las Escrituras

De los Libros de las Sentencias de San Isidoro, obispo
Lectura bíblica: Pro 1, 20 – 2, 5 San Isidoro (560-636)

Nació en España y llegó a ser Arzobispo de Sevilla; fue una de las figuras más destacadas de su época y autor de muchísimos libros. Convocó y presidió varios concilios provinciales, de los que surgieron sabias orientaciones para la vida de la Iglesia.

Comentario
Esta densa página nos ofrece todo un sabio método de lectura bíblica: en primer lugar, aplicarnos a conocer y entender los textos sagrados; luego, meditarlos desde el corazón, buscando captar con todo nuestro ser su mensaje, y, por último, poner por obra sus enseñanzas. ¿De qué nos serviría leer y estudiar la Biblia, si no la ponemos en práctica? Tan sólo practicándola, podemos finalmente entenderla; necesitamos también “orarla”, pues sin el auxilio de Dios, su palabra permanece estéril.


La oración nos purifica, la lectura (de la Escritura) nos instruye; ambas cosas son buenas, si podemos practicarlas; si no podemos, hay que preferir la oración a la lectura.

El que quiera estar siempre unido a Dios debe orar y leer (la Escritura) con frecuencia. En efecto, cuando oramos, hablamos nosotros a Dios; cuando leemos, es Dios quien nos habla a nosotros.

De la lectura y la meditación deriva todo provecho. Con la lectura aprendemos aquello que ignoramos, con la meditación lo conservamos.

Una doble utilidad nos proporciona la lectura de la Sagrada Escritura: instruye nuestra mente y, además, nos aparta de las vanidades del mundo y nos conduce al amor de Dios.

Un doble objetivo hay que buscar en la lectura: en primer lugar, cómo hay que entender la Sagrada Escritura; en segundo lugar, cómo hay que predicarla a los demás con provecho y dignidad. Por esto, lo primero ha de ser el interés por entender lo que uno lee, para así estar en condiciones de comunicar lo que ha aprendido.

El lector prudente estará dispuesto a cumplir lo que lee, más que a saberlo, porque es menor la responsabilidad del que ignora a dónde se ha de dirigir, que la del que, sabiéndolo, no lo hace. Así como, al leer, nos esforzamos en saber, así también debemos poner por obra las cosas buenas que hemos aprendido leyendo.

Nadie puede conocer el sentido de la Sagrada Escritura si no se familiariza con ella, tal como está escrito: Conquístala, y te hará noble; abrázala, y te hará rico.

Cuanto más constante sea el trato con la palabra divina, más abundante será la comprensión de la misma; como la tierra, que, cuanto más se cultiva, tanto más fruto produce. Algunos tienen dotes naturales de inteligencia, pero descuidan la lectura sagrada; y así, por no dedicarse, se pierden todo
lo que hubieran aprendido si se hubiesen dedicado a la lectura. Otros, en cambio, tienen el deseo de saber, pero se ven obligados a luchar con sus pocas luces naturales; éstos, con todo, por su constancia en la lectura, llegan a saber lo que aquellos otros, por su flojera, no conocen.

Así como el que tiene una inteligencia retardada recibe el premio de su buena intención y de su esfuerzo, así también el que desprecia los dones de inteligencia que Dios le ha otorgado se hace reo de culpa, por no apreciar debidamente el don de Dios y haberlo dejado inactivo por flojera.

La doctrina, sin la ayuda de la gracia, aunque resuene en los oídos, nunca penetra el corazón; hace ruido por fuera, pero en nada aprovecha interiormente. En cambio, cuando la gracia de Dios toca interiormente el alma y le abre la inteligencia, entonces es cuando la palabra de Dios pasa desde los oídos a lo más íntimo del corazón.

"CAMINAR CON LOS PADRES DE LA IGLESIA" - ENTREGA 2




Lecturas espirituales para el crecimiento en la fe

Con notas biográficas, comentarios de textos, índice de autores y tabla de lecturas para tiempos litúrgicos.

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de Mons. David Zywiec O.F.M. Cap.


El Vaticano II recomienda el estudio
de los Padres de la Iglesia


El propio Concilio Vaticano II ha recomendado a los católicos “acudir con mayor frecuencia a estas riquezas espirituales de los Padres de Oriente, que levantan a todo el ser humano a la contemplación de lo divino” Tendrás ahora la maravillosa oportunidad de escuchar de viva voz a un Juan Crisóstomo, Basilio de Cesarea, Gregorio de Nisa, Gregorio de Nacianzo, Cirilo de Jerusalén ...Nombres que talvez lleguen a serte un día queridos, cuando leas y medites sus enseñanzas sobre la vida cristiana y admires la valentía con que defendieron a los pobres y testimoniaron su fe. Todos ellos vivieron en la parte oriental del Imperio romano; de ahí que sean conocidos también como Padres griegos, por haber hablado y escrito en esa antigua lengua.

En nuestra selección incluiremos también a un destacado Padre oriental de lengua siria: San Efrén.

El Vaticano II reconoce asimismo a los Padres de la Iglesia como intérpretes privilegiados de la Palabra divina y por ello recomienda su estudio: “La esposa del Verbo encarnado, esto es, la Iglesia, enseñada por el Espíritu Santo, se esfuerza por llegar a una comprensión cada día más profunda de las Sagradas Escrituras a fin de alimentar a sus hijos con las palabras divinas; por eso fomenta también debidamente el estudio de los Santos Padres, de Oriente y Occidente...” 


De los Padres de Occidente –aquellos que provenían de la otra mitad del Imperio romano, donde se hablaba el latín- te encontrarás aquí con figuras tan admirables como Agustín, Jerónimo, Cipriano, Ambrosio...

Llegarás a conocer también a los mártires Ignacio de Antioquía y Justino; el primero tuvo la dicha inestimable de asimilar su fe de los propios discípulos de los apóstoles.



Una teología y una piedad profundamente bíblicas

Leyendo a los Padres te darás cuenta de que siempre giran en torno a la Biblia y no hacen otra cosa sino explicar o desarrollar las Sagradas Escrituras. (En letra más fina te hemos puesto siempre las frases bíblicas intercaladas en sus textos, para que puedas así reconocerlas con facilidad). La palabra de Dios estaba en el centro de sus enseñanzas y por esa misma razón su espiritualidad mantiene frescura y actualidad. “La Sagrada Escritura era para ellos objeto de veneración incondicional, fundamento de la fe, tema constante de la predicación, alimento de la piedad, alma de la teología”. Sin embargo, es justo mencionar también que desde la época de los Padres las ciencias bíblicas han realizado avances extraordinarios, afinando sus métodos y recursos, y a nosotros corresponde hoy servirnos de esos medios modernos del estudio bíblico, sin perder por ello el espíritu de los santos Padres.


Los Padres de la Iglesia no solamente fueron santos, sino también grandes teólogos y pastores. Desarrollaron su pensamiento en contacto directo con el pueblo, en las asambleas litúrgicas de sus comunidades, utilizando la predicación como medio de expresión favorito. Impartían personalmente la catequesis a sus fieles, por lo que promovieron un pueblo cristiano sólidamente formado; entonces como nunca floreció la catequesis en la Iglesia. La teología de los Padres brotaba no sólo del estudio profundo de la Escritura y de la práctica pastoral diaria, sino también del trato íntimo con Dios.



5.- Congregación para la Enseñanza Católica, Instrucción sobre los Padres de la iglesia en la formación sacerdotal, n. 26. Su predicación no se limitaba a los aspectos devocionales, sino que era abierta a lo que sucedía en el amplio mundo que les rodeaba. Sus denuncias de los grandes pecados de injusticia social únicamente pueden compararse a las de los profetas bíblicos. “Si fuera posible castigar con justicia a los ricos -afirmaba un San Juan Crisóstomo- las cárceles estarían llenas de ellos”. Los Padres no sólo corrigieron los pecados personales, sino también sus consecuencias sociales. Por eso los sufrimientos de los pobres ocupan un lugar central en su enseñanza cristiana. Ejercieron igualmente la crítica interna hacia dentro de la misma Iglesia, como podrás ver en el capítulo acerca de los pastores.


Su misma piedad fue profundamente bíblica y jamás se basó en fantasías o historias inventadas. Los Padres cultivaron una piedad sobria, intelectualmente sólida, nutrida de la Escritura e iluminada por la inteligencia de la fe, y siguen siendo un modelo vivo para nosotros.



La influencia de los Padres en el Concilio Vaticano II


Muchas de las grandes reformas implementadas por el Concilio Vaticano II se nutrieron de las sabias enseñanzas de los Padres de la Iglesia. Examina por ejemplo este pensamiento de San Agustín, formulado hace ya 1600 años: “Toda la Iglesia, todo el cuerpo, todos sus miembros, cada cual según la función propia que tiene asignada, deben seguir a Cristo”. ¿No refleja nítidamente el espíritu del Vaticano II? El Concilio fomentó el acercamiento fraterno entre las diferentes Iglesias cristianas y el diálogo con el mundo. Novedades cuyo espíritu inculcaba ya San Agustín a sus fieles, cuando por ejemplo les decía: “Hermanos: les exhortamos vivamente a que tengan amor, no sólo para con ustedes mismos sino también para los de fuera, ya se trate de los paganos, que todavía no creen en Cristo, ya de los que están separados de nosotros, que reconocen a Cristo como cabeza, igual que nosotros, pero están divididos de su cuerpo”.

Los Padres son un patrimonio común de católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes, pues su aporte es anterior a las grandes divisiones del cristianismo. Ellos nos transmiten “tesoros comunes de espiritualidad y de doctrina; una mesa rica en la que los teólogos de diversas confesiones se pueden siempre encontrar. Los Padres son en efecto, Padres, sea de la ortodoxia oriental, sea de la teología latina católica, o de la teología de los protestantes y de los anglicanos, objeto común de estudio y veneración.”

Los Padres influyeron decisivamente en la reforma litúrgica que ha permitido a los católicos de todo el mundo celebrar la eucaristía en sus propias lenguas; influyeron también para que la Biblia recuperase el lugar central que le corresponde como fuente de nuestra espiritualidad; inspiraron además el diálogo con las religiones no-cristianas y anticiparon la opción preferencial por los pobres de la Iglesia latinoamericana.



Mirar a los Padres, mirando al futuro

Gracias a ellos la Iglesia de su tiempo conoció “una vitalidad explosiva, un fervor misionero, un clima de amor que impulsaba las almas al heroísmo en la vida diaria personal y social, especialmente con las obras de misericordia, limosnas, cuidado de los enfermos, de las viudas, de los huérfanos, estima de la mujer y de toda persona humana, respeto y generosidad en el trato a los esclavos, libertad y responsabilidad frente a los poderes públicos, defensa y sostén de los pobres y oprimidos, y todas las formas del testimonio evangélico...llevado hasta el sacrificio supremo del martirio.” 

De forma que volver la mirada hacia los Padres de la Iglesia es como contemplar un futuro soñado para nuestras propias comunidades. Pues como decía Jesús: “Todo letrado que entiende del reinado de Dios se parece a un padre de familia que saca de su baúl cosas nuevas y viejas” (Mt 13, 52).

6 y 7.- Congregación para la Enseñanza Católica, Instrucción sobre los Padres de la iglesia en la formación sacerdotal, n. 36 y n. 44.

Ojalá que sus escritos nos den inspiración y fortaleza para enfrentar los retos que tenemos hoy pendientes como Iglesia en Nicaragua.

A nosotros corresponde enfrentar los desafíos propios de nuestro tiempo con el auxilio del Espíritu Santo. Uno de los signos de los tiempos actuales es la nueva conciencia acerca de la dignidad y los derechos de la mujer.

¿Por qué entonces únicamente Padres y no también Madres de la Iglesia? Por influencia de la cultura patriarcal, en los primeros siete siglos la teología estuvo exclusivamente en manos de varones y no podemos alterar los hechos históricos. Más tarde, sin embargo, en la Edad Media y el Renacimiento, el Espíritu Santo suscitó en la Iglesia mujeres de la talla de una Catalina de Siena o Teresa de Ávila, que muy bien podríamos poner a la par de los santos Padres; en realidad, han sido puestas junto a ellos, al ser declaradas doctoras universales. En nuestra propia época contamos con una Santa Edith Stein, mística, filósofa y mártir. Y en este nuestro siglo XXI la teología ha pasado ya definitivamente también a manos femeninas. Incluir páginas de esas grandes mujeres hubiera desbordado sin embargo el propósito de esta pequeña obra; es sin embargo una alegría que las bellas ilustraciones que la realzan, hayan sido elaboradas por manos femeninas. ¡Nuestro agradecimiento a la artista y las Hermanitas de Jesús! Abrigamos la esperanza de que Caminar con los Padres de la Iglesia llegue a manos de dirigentes católicos de nuestro pueblo humilde y sencillo: aquellos hombres y mujeres a quienes rindió homenaje el propio Juan Pablo

II, cuando destacó “la labor incansable de los Delegados de la Palabra y de los Catequistas, los cuales han mantenido viva la fe del pueblo”. Y añadió el Papa: “Es necesario acompañarlos y ofrecerles una formación teológica y pastoral permanente.”  Esperamos que a ello contribuya esta obra.

8.- Discurso de Juan Pablo II a los Obispos de Nicaragua durante su visita a Roma. 21-IX-2001.


José Argüello
Equipo Teyocoyani


"CAMINAR CON LOS PADRES DE LA IGLESIA" - ENTREGA 1






Lecturas espirituales para el crecimiento en la fe

Con notas biográficas, comentarios de textos, índice de autores y tabla de lecturas para tiempos litúrgicos.



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Equipo Teyocoyani
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De la Rotonda de Metrocentro 150 mts. abajo
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Diagramación: Elida Herrera

Ilustraciones: Hermanitas de Jesús

Con licencia eclesiástica
de Mons. David Zywiec O.F.M. Cap.



Presentación

Comemos a diario para renovar nuestras fuerzas y, si no lo hacemos, nuestros cuerpos se debilitan. Asimismo, si no alimentamos nuestro espíritu, lo más seguro es que nuestra relación con Dios poco a poco se enfríe. Un libro como éste viene a alimentar nuestra fe y fortalecer nuestra relación con Dios y por eso agradezco su publicación al Equipo Teyocoyani.

Nuestra Iglesia Católica tiene casi dos mil años de historia. Durante tan largo tiempo millones de hombres y mujeres bautizados en Cristo han vivido la nueva vida de la santidad. De entre ellos algunos han escrito sus reflexiones sobre nuestra fe y nuestra relación con Dios, y tales escritos y reflexiones constituyen un verdadero tesoro de la Iglesia. Y ahora, ¡usted tiene una hermosa porción de ese tesoro en sus manos!

Aquí encontrará usted los nombres de varios autores; algunos de ellos – como el de San Jerónimo- le resultará familiar, pero otros talvez únicamente los haya visto en el almanaque o en el calendario litúrgico el día de sus fiestas – nombres como los de San León Magno, San Isidoro de Sevilla o San Gregorio de Nisa. Pero, ¿quiénes fueron? ¿Qué hicieron? ¿Qué enseñaron? Este libro proporciona una introducción a sus vidas y permite saborear algunos de sus escritos.

La mayor parte de estos autores vivieron en los primeros siglos de la Iglesia, ya hace más de mil años y pertenecen a los llamados Padres de la Iglesia. Son importantes por su ejemplo de vida cristiana y sus profundas reflexiones sobre la Palabra de Dios y las consecuencias que acarrea. Pueden por eso todavía animarnos y enseñarnos muchas cosas importantes. Seguramente ya habremos experimentado que miembros de nuestras comunidades salen a veces con reflexiones bonitas y oraciones espontáneas que nos animan. Son el fruto del Espíritu Santo vivo en medio de nosotros. Este mismo Espíritu ha estado siempre con la Iglesia de Cristo y al entrar ahora en contacto con las vidas y escritos de los santos Padres, podremos apreciarlo aún más.

¿Para quiénes es este libro? Se dirige a todo cristiano deseoso de profundizar su conocimiento de nuestra fe en Jesucristo. Este es un libro para cristianos que buscan un sólido alimento espiritual y desean mejorar su relación con nuestro buen Dios y dar testimonio de su Reino de vida, amor y justicia. 

¿Cómo podría utilizarse este libro? En forma semejante a como usamos la Biblia: leyéndolo con frecuencia y en forma meditativa, dejándolo conducirnos a la oración. Nuestra oración nos llevará entonces a comprometernos más con Dios y con la misión de la Iglesia en nuestra sociedad nicaragüense. Así nos acercaremos más a Dios y Dios vendrá a nosotros y obtendremos frutos de vida y esperanza para Nicaragua.

La Biblia es la Palabra de Dios que nos conduce a Jesucristo y que nos guía a Dios Padre en el Espíritu Santo. Los escritos y las vidas de los santos Padres de la Iglesia nos llevarán a entender con mayor profundidad la Palabra de Dios y la vida según el Espíritu de Dios. Son como una fuente de agua clara y fresca en la montaña: ¡bebamos de ella con alegría, y, bebamos con frecuencia!



Monseñor David Zywiec, O.F.M.Cap.

Bilwi, Región Atlántica Norte

13 julio de 2006, memoria de San Enrique, rey


1.- Congregación para la Enseñanza Católica, Instrucción sobre los Padres de la iglesia en la formación sacerdotal, 30-XI-1989, n. 18 y 39.


Palabras al lector

¿Quiénes son los “Padres de la Iglesia”?

Por medio de este libro que tienes en tus manos podrás escuchar la voz de los Padres de la Iglesia.

En el siglo II explicaba San Ireneo de Lión: “Cuando alguien recibe la enseñanza de labios de otros, es llamado hijo de aquél que le instruye, y éste, a su vez, es llamado padre suyo”.

A partir del siglo cuarto el título de Padres o santos Padres, se reservó sin embargo para ciertos maestros que no sólo habían enseñado fielmente el mensaje evangélico y apostólico, sino que vivieron santamente. Para ser reconocidos como Padres de la Iglesia, unieron en su persona la santidad de vida con la rectitud de doctrina y la antigüedad.

Como Pablo, ellos también tuvieron la dicha de engendrar pueblos enteros en Cristo: “Aunque hayan tenido diez mil maestros en Cristo, no tendrán muchos padres, porque sólo yo les he engendrado en Jesucristo por medio del Evangelio” (1 Cor 4, 15).

La época de los Padres de la Iglesia abarca los primeros siete siglos de la era cristiana; fueron mayoritariamente obispos, sacerdotes y monjes (aunque también hubo laicos importantes) que desarrollaron aspectos esenciales de la doctrina católica. “Son ellos, en efecto, los que delinearon las primeras estructuras de la Iglesia junto con los contenidos doctrinales y pastorales que permanecen válidos para todos los tiempos...Son muchas veces especialistas de la vida espiritual, que comunican lo que han visto y gustado en su contemplación de las cosas divinas; lo que han conocido por la vía del amor” 1



¿Cuál es el propósito de este libro?


De entre los abundantes y ricos escritos de los Padres de la Iglesia hemos seleccionado aquí algunas páginas sencillas, profundas y llenas de actualidad.

Para procurar una mayor comprensión, hemos adaptado su lenguaje a nuestra forma de hablar y expresarnos.

Nuestro propósito ha sido proveer a los laicos de Nicaragua interesados en profundizar su espiritualidad, con un libro de lecturas selectas de los Padres, que nutra y alimente su fe.

Nos guía el deseo pastoral de divulgar entre el mayor número posible de líderes comunitarios católicos este maravilloso tesoro que son los Padres de la Iglesia. Y confiamos en que esta obra llegue -a través de la red de Delegados y Delegadas de la Palabra de Dios- hasta los lugares más remotos de nuestro país.

Para nosotros, cristianos y cristianas, la Biblia es nuestro libro de cabecera y a ella recurrimos siempre que queremos entrar en contacto con Dios. Pero generalmente desconocemos las riquezas de la gran tradición de nuestra fe. Estas páginas te permitirán asomarte a un mundo nuevo, donde podrás meditar las palabras de algunos de los más grandes maestros que ha tenido la Iglesia Católica en su historia después de los apóstoles.

Los Padres de la Iglesia “fueron, después de los apóstoles, como dijo justamente San Agustín, los sembradores, los regadores, los constructores, los pastores y los alimentadores de la Iglesia, la cual pudo crecer por su acción vigilante e incansable. Para que la Iglesia continúe creciendo es indispensable conocer a fondo su doctrina y su obra que se distingue por ser al mismo tiempo pastoral y teológica, catequética y cultural, espiritual y social en un modo excelente y, se puede decir, único con respecto a cuanto ha sucedido en otras épocas de la historia.” 2

2.- Congregación para la Enseñanza Católica, Instrucción sobre los Padres de la
iglesia en la formación sacerdotal, n. 47.


En este libro ofreceremos información básica sobre la vida de los Padres, para que podamos acercarnos humanamente a esos antiguos teólogos y maestros espirituales.


Orientaciones para su uso

Te ofrecemos aquí textos selectos de los santos Padres de la Iglesia en forma de lecturas espirituales, para cuando tengas un rato libre y desees recogerte en oración y meditación. Son textos breves, a lo sumo de tres páginas. Cuando los leas te sugerimos acompañarlos de la lectura bíblica señalada al principio, de forma que medites siempre cada pasaje seleccionado en referencia a la misma Sagrada Escritura.

Leer este libro será como hacer en tu propia casa un retiro espiritual. Los temas han sido ordenados en forma de capítulos y siguen una secuencia que podrás ir valorando a medida que avances en su lectura. Sus páginas son para que las saborees y rumies en actitud reposada y orante: podrás leerlas y releerlas a lo largo de tu vida, sacando siempre de ellas fruto y provecho, tal y como lo haces ya con las de la Sagrada Escritura.

Cada pasaje seleccionado se introduce por un breve comentario que sirve de puente entre el lejano pasado y nuestra situación actual: a veces simplemente refuerza lo dicho por un Padre de la Iglesia con explicaciones adicionales o referencias bíblicas, otras alude a situaciones del presente, que destacan la validez de estos antiguos textos; por último, también señala la continuidad existente entre el magisterio de los Padres de la Iglesia y el de los últimos Papas.

Al entrar en contacto directo con las palabras y enseñanzas de los Padres de la Iglesia, sentirás que te invade un fervor nuevo y experimentarás en tu corazón un ardiente deseo de seguir y amar a Jesucristo. Aprenderás asimismo a valorar la oculta corriente de gracia que atraviesa la vida sacramental de la Iglesia y querrás vivirla en forma de fraternidad cristiana.

San Benito, maestro de la Europa cristiana, de quien tomó su nombre Benedicto XVI, exhortaba: Quien tenga prisa por avanzar en su vida cristiana tiene a su disposición las enseñanzas de los santos Padres de la Iglesia, que, si se ponen en práctica, nos llevan a la madurez en Jesucristo.



¿De dónde sale este libro?

La mayoría de los textos recogidos en este libro fueron tomados de las lecturas propuestas por la Iglesia Católica a sus sacerdotes y religiosos para su meditación espiritual. Se trata de una selección de textos de los Padres de la Iglesia realizada después del Concilio Vaticano II por grandes especialistas y considerada la mejor hecha hasta hoy por nuestra Iglesia.

Semejante riqueza rara vez llega sin embargo a manos de los laicos, e incluso aquellos mismos para quienes está destinada, no siempre la aprovechan.

Nuestro aporte personal ha consistido en seleccionar y ordenar algunas de esas magníficas páginas, dándole preferencia a aquellas que podían ser más significativas y relevantes de cara a la situación pastoral de Nicaragua.

Excepcionalmente incluimos también pasajes de maestros cristianos posteriores a la época de los Padres, tales como Tomás de Aquino, Anselmo de Canterburgo o Bernardo de Claraval, por ser fieles continuadores de su espíritu.

Para cumplir su objetivo y lograr amplia divulgación, este libro debía ser no sólo breve, sino también quedar al alcance del bolsillo de quienes cuentan con muy poco dinero para libros. Por lo tanto tuvimos que concentrarnos en algunos aspectos esenciales, sin pretender abarcarlos todos.

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EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

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San Francisco de Asís