FRASES PARA SACERDOTES
"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL".
De: Marino Restrepo.
Una misa de campaña en medio de las bombas
Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.
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LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO (Parte 13)
DOCUMENTOS COMPROMETEDORES
SUEÑO 25. —AÑO DE 1860.
(M. B. Tomo VI, págs. 546-547)
Habiendo escrito desde Lyón una carta a San Juan Bosco Mons. Fransoni, Arzobispo de Turín, dicha carta no llegó a su destino.
Poco tiempo después, le fue entregada al Santo una nota del mismo Arzobispo por mediación de un amigo, en la cual el prelado se lamentaba de que [San] Juan Don Bosco no le hubiese contestado, añadiendo que ya nada necesitaba sobre el favor solicitado, pues se había dirigida a otras personas para hacer llegar a su destino ciertas instrucciones. Sólo algunos años después pudo conocer San Juan Bosco esta nueva prueba de confianza que le había dado su prelado.
Pero ¿cómo se había perdido aquella carta? La habían reconocido en el Correo, abriéndola y secuestrándola por orden ministerial. San Juan Bosco, como no tenía idea de semejante carta, estaba tranquilo cuando tres días antes del registro dictado contra él, en la noche del miércoles al jueves, tuvo un sueño, que le fue de mucho provecho. He aquí cómo lo contó él mismo:
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«Me pareció ver entrar en mi habitación una cuadrilla de salteadores que se adueñaron de mi persona y después de revisar todas mis cartas y papeles, registraron todos los armarios y revolvieron todos los escritos.
Entonces, uno de ellos, con aire bondadoso me dijo: — ¿Por qué no quitó de en medio tal y tal escrito? ¿Le gustaría que se encontraran aquellas cartas del Arzobispo, que nos podrían proporcionar serios disgustos a usted y a él? ¿Y aquellas otras de Roma que ya casi olvidadas están aquí —e indicaba el sitio— y aquellas otras que están allá? Si las hubiera hecho desaparecer se habría librado de muchas molestias».
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«Al hacerse de día —continuaba San Juan Bosco— como en plan de broma conté este sueño, que considero como un engendro de mi fantasía. Mas a pesar de ello, puse en orden algunas cosas y quité de en medio algunos escritos, cuya lectura me podía perjudicar.
Tales escritos eran algunas cartas confidenciales, que en realidad nada tenían que ver con la política ni con el gobierno. Pero los enemigos de la Iglesia podían considerar como delito toda instrucción recibida del Papa o del Arzobispo sobre el modo de conducirse de los sacerdotes en ciertas dudas de conciencia. Por tanto, cuando comenzaron los registros yo había trasladado ya a otra parte todo cuanto hubiera podido dar el menor matiz de relaciones políticas a nuestros asuntos».
Esta es la causa de la desaparición de ciertas cartas autógrafas de los primeros tiempos del Oratorio —continúa Don Lemoyne—. Para este traslado de papeles [San] Juan Don Bosco hubo de servirse de los jóvenes de su mayor confianza, los cuales, en su precipitación, no habiendo entendido bien las órdenes recibidas, quemaron parte de los escritos, parte los escondieron y otros ¡os entregaron a personas de confianza de Turín. Por eso, la mayor parte de los preciosos documentos que se refieren a las relaciones con la Sede Apostólica; algunas Cartas de Beato Pío Pp. IX; las copias de ¡as cartas de San Juan Bosco a Papa Beato Pio IX; la correspondencia del 1851 con e¡ Arzobispo de Turín; las relaciones epistolares con algunos hombres de Estado, especialmente con los ministros; las Memorias y apuntes sobre los sueños, que San Juan Bosco solía escribir y conservar para su consuelo; la narración de gracias concedidas por la Virgen, de hechos milagrosos y de acciones extraordinarias de los jóvenes, como también datos de pura curiosidad se perdieron para siempre.
No hubo tiempo para hacer una juiciosa selección antes del traslado. Varios de estos documentos más antiguos los conservaba consigo José Buzzetti y, sin pensar en nada más, los destruyó preocupado únicamente de la seguridad personal de [San] Juan Don Bosco.
Se llegó incluso a olvidar el lugar donde fueron escondidos muchos de estos papeles, y años después fueron encontrados bajo una viga de la Iglesia de San Francisco de Sales.
No debe maravillarnos este lamentable despilfarro, pues los hechos nos demuestran que tal celeridad en el obrar fue cosa obligada; y lo que más llamó la atención de [San] juan Don Bosco, fue que los allanadores buscaron y hurgaron especialmente, en aquellos sitios en los que antes habían estado dichas cartas; esto es, en los lugares indicados en el sueño.
LAS CATORCE MESASSUEÑO 26. —AÑO DE 1860.
(M. B. Tomo VI, págs. 708-709)
El 5 de agosto de 1860 se celebró en el Oratorio con toda solemnidad la festividad de Nuestra Señora de las Nieves.
San Juan Bosco cerró ¡a jornada narrando después de las oraciones de la noche, el siguiente sueño:
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«Se encontraban todos mis jóvenes en un lugar tan ameno como el más hermoso de los jardines, sentados ante unas mesas que ascendiendo desde la tierra en forma de gradas, se elevaban tanto que casi no se divisaban las últimas. Dichas mesas, largas y espaciosas, eran catorce, dispuestas en un amplio anfiteatro y divididas en tres órdenes, sostenido cada uno por una especie de muro en forma de terraplén.
En la parte baja, alrededor de una mesa colocada en el suelo desnudo y desprovisto de todo adorno y sin vajilla alguna, vi a cierto número de jóvenes. Estaban tristes; comían de mala gana y tenían delante de sí un pan semejante al de munición que le dan a los soldados, pero tan rancio y lleno de moho que daba asco. Este pan estaba en el centro de la mesa mezclado con suciedades e inmundicias. Aquellos pobrecitos estaban como los animales inmundos en las pocilgas. Yo les quise decir que arrojasen lejos aquel pan, pero me hube de contentar conpreguntar por qué tenían ante sí tan nauseabundo alimento.
Me respondieron: —Hemos de comer el pan que nosotros mismos nos hemos preparado, pues no tenemos otro. Aquello representaba a los que están en pecado mortal.
Dicen los Proverbios en el Capítulo I: "Odiaron la disciplina y no abrazaron el temor de Dios y no prestaron atención a mis consejos, y se mofaron de todas mis correcciones. Comerán, por tanto, el fruto de sus obras y se saciarán de sus pensamientos".
Más a medida que las mesas subían, los jóvenes se mostraban más alegres y comían un pan de mejor calidad.
Eran los comensales hermosísimos; dotados de una belleza cada vez más esplendorosa. Las riquísimas mesas a las cuales estaban sentados, estaban cubiertas de manteles raramente trabajados, sobre los cuales brillaban candeleros, ánforas, tazas, floreros de un valor indescriptible, platos con viandas exquisitas, objetos de un precio inestimable. El número de estos jóvenes era crecidísimo. Representaba aquello a los pecadores convertidos.
Finalmente, las últimas mesas colocadas en lo más alto, tenían un pan que no sabría describir. Parecía amarillo... rojo... y el mismo color del pan era el de los vestidos y el de la cara de los jóvenes que resplandecía circundada de una luz suavísima. Estos gozaban de una alegría extraordinaria y cada uno procuraba hacer partícipe de su gozo al compañero. Por su belleza, luminosidad y esplendor superaban en mucho a cuantos ocupaban puestos inferiores.
Esto representaba el estado de inocencia. De los inocentes y de los convertidos afirma el Espíritu Santo en el Capítulo I de los Proverbios: "El que me escucha gozará de un sereno reposo, vivirá en la abundancia, libre del temor de los malos".
Pero lo más sorprendente es que reconocí a todos aquellos jóvenes, desde el primero al último, de forma que al ver ahora a cada uno de ellos me parece contemplarlo allá sentado en su sitio de la mesa que le correspondía. Mientras no podía ocultar mi maravilla ante tal espectáculo, imposible de comprender, vi a un hombre allá a lo lejos.
Corrí a hacerle algunas preguntas, pero tropecé con algo y me desperté, encontrándome en el lecho.
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Vosotros me habéis pedido que les contara el sueño y yo os he complacido, pero al mismo tiempo les recomiendo que no le hagan más caso que el que los sueños se merecen.
Al día siguiente, San Juan Bosco indicó a cada uno el lugar que ocupaba en las mesas. Al hacerlo comenzaron a contar desde la más alta hasta llegar a la más baja.
Se le preguntó si uno podía subir de una mesa inferior a otra superior. Respondió que sí, menos a aquella que estaba por encima de todas, pues los que descendían de ella no podían volver a ocupar más aquel lugar de privilegio. Era el puesto reservado a los que conservaban la inocencia bautismal. El número de los éstos era tan exiguo como grande el de los segundos y terceros.
Don Domingo Ruffino y Don Juan Turchi que estaban presentes y que oyeron el relato del sueño, nos legaron testimonio del mismo y los nombres de algunos de los que estaban sentados en la primera mesa.
Más que agradecidos, consignaremos algunos datos sobre los dos afortunados testigos y coetáneos de San Juan Bosco, que nos legaron el texto del sueño que acabamos de relatar.
Don Domingo Ruffino era natural de Giaveno y fue uno de los primeros profesos de la Sociedad de San Francisco de Sales, el 14 de mayo de 1862. Según datos que nos ofrecen las Memorias Biográficas, Don Juan Turchi fue ordenado de sacerdote en 1861, cantando su primera Misa el 26 de mayo del mismo año.
LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO. (PARTE 12).
LA MARMOTITA
SUEÑO 23. —AÑO DE 1859.
(M. B. Tomo VI, pág. 301)
Por este tiempo solía San Juan Bosco dirigir todas las tardes unas palabras a la Comunidad, en forma de conferencia.
Un viejo amigo de aquellos tiempos —escribe Don Lemoyne— nos contaba lo siguiente:
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«Una de las primeras palabras que oí a [San] Juan Don Bosco en 1859, fue sobre la frecuencia de los Santos Sacramentos. Los jóvenes recién-llegados de sus casas no se habituaban a ello. San Juan Bosco entonces les contó un sueño. Le pareció hallarse cerca de la puerta del Oratorio observando a los jóvenes a medida que entraban en él.
Veía el estado de alma en que cada uno se hallaba delante de Dios.
Cuando, he aquí que penetró en el patio un hombre con una cajita metiéndose entre los muchachos. Llegada la hora señalada para las confesiones, saco de la caja un marmotita haciéndola bailar. Los jóvenes, en vez de entrar en la iglesia, formaron un corro a su alrededor, riendo y aplaudiendo sus dicharachos, mientras el tal se iba retirando cada vez más de la capilla.
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San Juan Bosco describió en primer término, sin nombrar a nadie, el estado de la conciencia de algunos jóvenes; después puso de relieve los esfuerzos e insidias empleadas por el demonio para distraerlos y apartarlos de la confesión.
Hablando de aquel animalito, el siervo de Dios hizo reír mucho su auditorio, pero también le obligó a reflexionar seriamente sobre las cosas del alma. Tanto más que, después manifestaba privadamente a los que se lo pedían, lo que ellos creían que nadie sabía. Y todo cuanto
[San] Juan Bosco decía y manifestaba era cierto».
Este sueño indujo a la mayor parte de los jóvenes a confesarse con frecuencia, llegando a ser las comuniones muy nemorosas.
EL GIGANTE FATAL
SUEÑO 24. —AÑO DE 1859.
(M. B. Tomo VI, pág. 300)
En aquellos días —asegura Don Ruffino-—, refiriéndose a las postrimerías del año anteriormente citado, [San] Juan Don Bosco parecía más preocupado que de costumbre.
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Santo dijo a algunos de los suyos que había tenido un sueño en el cual había visto a un hombre de elevada estatura, el cual, dando vueltas por las calles de Turín, tocaba con dos de sus dedos el rostro de algunos de los transeúntes. Los así señalados se tornaban negros y caían muertos al suelo.
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¿Se trataba quizás de una epidemia moral?
LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO (PARTE 11).
MAMA MARGARITA

SUEÑO 21 .—AÑO DE 1860.
(M. B. Tomo V, págs. 567-568)
Era el 25 de noviembre de 1856. Aquella mañana los jóvenes del Oratorio, apenas levantados, se enteraron de la terrible noticia: ¡Mamá Margarita había muerto! Algunos no lo querían creer. ¡Era una desgracia que les tocaba tan de lleno! ¿Qué podrían hacer sin ella?
San Juan Bosco tenía los ojos enrojecidos. No parecía el mismo... ¡Cuánto debía haber llorado! Un grupo de jovencitos se acercó al buen Padre. Necesitaba que lo animasen e intentaba animar a los demás. Muchos de aquellos muchachos lloraban. San Juan Bosco dijo algunas palabras de consuelo a los que le rodeaban:
—¡Hemos perdido a nuestra Madre! Pero estoy seguro de que ahora nos ayudará desde el Paraíso. ¡Era una santa! ¡Mi madre era una santa! «San Juan Bosco —abrumado por el dolor— después de los funerales de su madre, se dirigió a su casa, siendo hospedado por su amigo el canónigo Rosaz, que le había brindado, en tan doloroso trance, el alivio de su compañía.
Pero no se detuvo con él más que un día, y al regresar a Turín, continuó rezando fervorosamente y haciendo rezar mucho por el alma de su madre. De ella hablaba siempre con afecto filial, haciendo resaltar, tanto en público como en privado, sus raras virtudes. Dispuso que uno de sus sacerdotes recogiese los hechos edificantes de su vida y los publicase en su recuerdo, para edificación de todos.
En los últimos años de su vida, aun daba muestras el Santo de lo vivo que se conservaba en su corazón el amor hacia la madre, pues al evocarla lloraba de emoción y ¡os que le asistían de noche recordaban que en sus horas de somnolencia, con frecuencia se le oía llamar a la madre. Varias veces la vio en sueños; sueños que quedaron profundamente grabados en su mente y que a veces nos solía narrar».
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En el mes de agosto de 1860, le pareció encontrarla cerca del Santuario de la Consolata, a lo largo de la cerca del Convento de Santa Ana, en la misma esquina de la calle, mientras él regresaba al Oratorio. Su aspecto era bellísimo.
—¿Cómo? ¿Vos aquí?, —le dijo San Juan Bosco—. Pero ¿no habéis muerto? —He muerto, pero vivo —replicó Margarita—. —¿Y es feliz? —Felicísima.
San Juan Bosco, después de algunas otras cosas, le preguntó si había ido al Paraíso inmediatamente después de su muerte. Margarita respondió que no. Después quiso que le dijese si en el Paraíso estaban algunos jóvenes cuyos nombres le indicó, respondiendo Margarita afirmativamente.
—Y ahora dígame —continuó San Juan Bosco—, ¿qué es lo que goza en el Paraíso? —Aunque te lo dijese no lo comprenderías. —Deme al menos una prueba de su felicidad. Hágame siquiera saborear una gota de ella.
Entonces vio a su madre toda resplandeciente, adornada con una preciosa vestidura, con un aspecto de maravillosa majestad y seguida de un coro numeroso. Margarita comenzó a cantar. Su canto de amor de Dios, de una inefable dulzura, inundaba el corazón de dicha elevándolo suavemente a las alturas. Era una armonía expresada como por millares y millares de voces que hacían incontables modulaciones, desde las más graves y profundas, hasta las más altas y agudas, con una variedad de tonalidades y vibraciones, desde las más fuertes hasta las casi imperceptibles, combinadas con un arte y delicadeza tal que lograban formar un conjunto maravilloso.
San Juan Bosco, al percibir aquellas finísimas melodías, quedó tan embelesado que le pareció estar como fuera de sí, y ya no supo qué decir ni qué preguntar a su madre. Cuando hubo terminado el canto, Margarita se volvió a su hijo diciéndole:
—Te espero en el Paraíso, porque nosotros dos hemos de estar siempre juntos.
Proferidas éstas palabras, desapareció.
LOS PANES
SUEÑO 22.—AÑO 1857.
(M. B. Tomo V, págs. 723-724)
He aquí —escribe Don Lemoyne— lo que nos contaron en cierta ocasión Don Domingo Bongiovanni, [Beato] Miguel Rúa y Mons. Cagliero.
♦ «Un día [San] Juan Don Bosco dijo en público que nos había visto a todos nosotros comiendo, distribuidos en cuatro grupos distintos. Los jóvenes que integraban cada grupo tenían en la mano un pan de diferente calidad. Unos comían un panecillo reciente, fino, sabroso; otros, un pan ordinario; quienes un pan negro, de salvado, y, por último, los postreros un pan cubierto de moho y agusanado.
Los primeros eran los inocentes, los segundos los buenos; los del pan de salvado, los que se encontraban en desgracia de Dios, pero que no estaban habitualmente en pecado, y los del último círculo o grupo, los que, estancados en el mal, no hacían esfuerzo alguno para cambiar de vida».
♦«[San] Juan Don Bosco, después de explicar la causa y los efectos de tales alimentos, aseguró que recordaba perfectamente qué clase de pan comía cada uno de nosotros, añadiendo que si íbamos a preguntarle nos diría particularmente la forma en que nos vio.
Muchos, en efecto, se presentaron a él y el Santo les fue manifestando el lugar que ocupaba en el sueño, dando tales observaciones y detalles sobre el estado de las conciencias de los demandantes, que todos quedaron persuadidos de que lo que [San] Juan Don Bosco había visto no era una ilusión, ni mucho menos una suposición temeraria, sino la mas completa realidad.
Los secretos más ocultos, los pecados callados en la confesión, las intenciones menos rectas al obrar, las consecuencias de una conducta poco recatada; como las virtudes, el estado de gracia, la vocación, en suma, todo cuanto se refería a cada una de las almas de sus jóvenes, quedaba manifiesto y profetizado. Los jóvenes al escucharle quedaban como fuera de sí por el estupor, y después de sus entrevistas con el Santo, exclamaban como la Samaritana: Dixit mihi omnia quaecumque feci. Estas afirmaciones las hemos oído repetir mil y mil veces durante años y años».
Los jóvenes manifestaban a veces a algún compañero de mayor confianza el aviso o confidencia que San Juan Bosco les hacía-, pero el Santo jamás descubría estos secretos a los demás.
El sueño anteriormente expuesto, que se repitió varias veces en formas diversas, mientras le ocasionaba alguna pena al hacerle ver algún espectáculo desagradable, le ofrecía también la seguridad de que un gran número de sus jóvenes vivía habitualmente en gracia de Dios.
LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO (Parte 9)
EL GLOBO DE FUEGO
SUEÑO 17. —AÑO DE 1854.
(M. B. Tomo V. pág. 64)
Se lee en las Memorias Biográficas, tomo y página anteriormente citados:
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«Durante las solemnes fiestas religiosas que se celebraban en el Oratorio de Turín del 21 al 28 de mayo, en uno de esos días no precisado por las crónicas, San Juan Bosco contó a los jóvenes cómo había visto un globo luminoso, de fuego, sobre el lugar en que más tarde se levantó la Iglesia de María Auxiliadora».
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Parecía que la Santísima Virgen quisiera indicar con esta señal que no había renunciado a la toma de posesión de aquel lugar.
José Buzzeti, testigo del relato, recordaba en 1887 a San Juan Besco, en Lanzo, este relato, preguntándole a renglón seguido:
— ¿No sería tal vez ¡a cúpula de María Auxiliadora iluminada?
— ¿Y por qué no?, —replicó San Juan Bosco.
Hemos de hacer notar al lector que en el presente trabajo hemos incluido bajo el nombre genérico de sueño algunas auténticas visiones de nuestro santo.
GRANDES FUNERALES EN LA CORTE
SUEÑO 18. —AÑO DE 1854.
(Tomo V, págs. 176-181) PRIMERA PARTE
El presente sueño está relacionado con la actitud del Parlamento Piamontés y del ministro Cavour, que pretendían poner en vigor la ley Ratazzi, sobre supresión de los bienes eclesiásticos y prácticamente de las Órdenes religiosas. San Juan Bosco, previendo los males que con ello se ocasionarían a la Iglesia, deseaba apartar de ¡a Casa Real de Saboya las divinas amenazas que sobre ella se cernían, y a él reveladas.
Y, en consecuencia, he aquí el sueño que tuvo hacia finales del mes de noviembre de 1854.
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«Le pareció encontrarse en el lugar donde se levanta el pórtico central del Oratorio, obra entonces en construcción, junto a la bomba hidráulica colocada en la pared de la Casita Pinardi. Estaba rodeado de sacerdotes y clérigos. De pronto vio que avanzaba hacia el centro del patio un paje de la Corte vestido de uniforme rojo, el cual, apresuradamente llegó adonde San Juan Bosco se encontraba, pareciéndole al Santo oírle gritar:
— ¡Una gran noticia!
— ¿Qué noticia?, —le preguntó San Juan Bosco.
— ¡Anuncia! ¡Gran funeral en la Corte! ¡Gran funeral en la Corte!
San Juan Bosco, ante esta imprevista aparición y al escuchar aquel anuncio quedó como petrificado, mientras el pajecillo volvía a repetir:
— ¡Gran funeral en la Corte!
San Juan Bosco quiso entonces preguntarle algo más sobre su fúnebre anuncio, pero al intentar hacerlo, el paje había desaparecido.
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Habiéndose despertado, el Santo estaba como fuera de sí, y al comprender el misterio de aquella aparición, tomó la pluma y comenzó a redactar una carta dirigida a Víctor Manuel, poniendo en ella de manifiesto cuanto le había sido anunciado y relatando en ella el sueño con toda sencillez.
Después del mediodía llegó al comedor con un poco de retraso. Los jóvenes recuerdan aún cómo siendo aquel año de un frío intensísimo, Don Bosco llevaba puestos unos guantes muy viejos y estropeados y entre las manos un paquete de cartas. Se formó entonces un corro a su alrededor.
Estaban presentes Don Alasonatti, Ángel Savio, Cagliero, Francesia, Juan Turchi, Reviglio, Rúa, Afifossi, Buzzetti, Enría, Tomatis y otros, en su mayoría clérigos. San Juan Bosco comenzó a decir sonriendo: —Esta mañana, queridos hijos, he escrito tres cartas a otros tantos personajes: Al Papa, al Rey y al verdugo.
La risa fue general al sentir pronunciar unidos los nombres de estos tres personajes. En cuanto a la referencia del verdugo, a nadie le cogió de sorpresa, pues todos sabían que el Santo tenía amistad con los empleados de la cárcel y que precisamente el verdugo era un cristiano ejemplar, ejerciendo la caridad para con los pobres lo mejor que podía. Solía escribir las solicitudes que la gente del pueblo quería hace al Rey o a las autoridades y a la sazón le amargaba una pena muy honda, pues había tenido que retirar de las escuelas públicas a un hijo suyo, porque los compañeros huían de él por ser el hijo del verdugo.
En cuanto al Papa Beato Pio IX, nadie ignoraba ¡a correspondencia que San Juan Bosco mantenía con el Vicario de Cristo. Por tanto, lo que intrigaba a los oyentes era el hecho de que el siervo de Dios hubiese escrito al rey, tanto más que todos sabían lo que el santo pensaba sobre la usurpación de los bienes de la Iglesia. San Juan Bosco no tuvo a sus oyentes en vilo mucho tiempo y así les manifestó de inmediato cuanto había escrito al monarca aconsejándole que no permitiese la tramitación de tan infausta ley. Les narró, pues, el sueño que había tenido, terminando el relato con estas palabras:
—Este sueño me ha causado mucho malestar y me ha fatigado mucho, San Juan Bosco parecía muy preocupado en aquella ocasión, exclamando de vez en cuando: ¿Quién sabe?... ¿Quién sabe?... Recemos... recemos... Sorprendidos los clérigos, al oír el relato del sueño comenzaron a hacer cabalas y a preguntarse mutuamente si se sabía si en el palacio real había algún noble enfermo; todos concluyeron que nada se podía asegurar sobre el particular.
San Juan Bosco, entre tanto, llamando al clérigo Ángel Savio, le entregó una carta.
—Copíala —le dijo— y anuncia al rey: ¡Gran funeral en la Corte! El clérigo Savio hizo lo que se le había indicado, pero el rey, según se supo después por los confidentes del Monarca, leyó el escrito con indiferencia y no hizo caso de lo que se le decía.
SEGUNDA PARTE
Habían pasado unos cinco días de este sueño y San Juan Bosco volvió soñar la noche siguiente.
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Le pareció estar en su habitación sentado a su escritorio, escribiendo, cuando oyó el ruido de los cascos de un caballo en el patio.
De pronto ve que se abre la puerta y que aparece el pajecillo con su librea roja y que, yendo hasta el centro de la habitación, se detiene y grita:
— ¡Anuncia!: No gran funeral en la Corte, sino ¡grandes funerales en la Corte!
Y repitió estas mismas palabras dos veces. Seguidamente se retiró apresuradamente, cerrando la puerta tras de sí. San Juan Bosco deseaba saber algo más, quería interrogarlo, pedirle alguna explicación, para lo cual se levantó de la mesa y corrió al balcón viendo al emisario subir al caballo. Lo llamó, le preguntó por qué había venido para repetirle el mismo anuncio, pero aquél sé alejó gritando:
— ¡Grandes funerales en la Corte!
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Al amanecer, el mismo San Juan Bosco dirigió al rey otra carta, en ¡a que le contaba este segundo sueño y concluía advirtiendo a su majestad que pensase en conducirse de manera de poder conjurar los graves castigos que se cernían sobre la Casa Real, pidiéndole al mismo tiempo se opusiese a la ley en cuestión.
Por la noche, después de la cena, encontrándose San Juan Bosco en medio de los clérigos, les dijo:
— ¿No sabéis que tengo que deciros algo más extraño que lo del otro día?
Y seguidamente les contó cuanto había visto en sueños la noche anterior. Entonces, los clérigos, sin poder disimular su extráñela, le preguntaron qué significarían aquellos anuncios de muerte. Es de suponer la ansiedad general a la espera de que se cumpliesen estos vaticinios.
San Juan Bosco manifestó claramente al clérigo Cagliero y a algunos otros, que se trataba de las amenazas y castigos con que el Señor daría a conocer su indignación contra aquellos que habían acarreado males a su Iglesia y que se estaban preparando otros mayores.
En aquellos días el siervo de Dios se mostraba apenadísimo, oyéndosele exclamar frecuentemente:
—Esta ley atraerá sobre la Casa reinante graves desgracias.
Todas estas cosas se las manifestaba a los suyos para inducirlos a rezar por el Rey, rogando a la misericordia divina impidiese la dispersión de tantos religiosos y la pérdida de tantas vocaciones.
Entretanto, el rey había confiado aquellas cartas al marqués Fassati, qué después de leerlas se personó en el Oratorio y dijo a Don Bosco;
— ¡Oh! ¿Le parece esta una bonita manera de poner en vilo a toda la Corte? El rey está profundamente turbado e impresionado, pero, sobre todo, su indignación no tiene límites.
San Juan Bosco le replicó:
— ¿Pero, si lo escrito en las cartas es cierto? Siento haber ocasionado este disgusto a mi soberano, pero, en resumidas cuentas, se trata de su bien y del bien de la Iglesia.
Los avisos dados por San Juan Bosco fueron desoídos. El 28 de noviembre de 1854, el ministro Urbano Raítazzi presentaba a los diputados un proyecto de ley para la supresión de las Órdenes religiosas. El ministro de Finanzas, Camilo Cavour, estaba dispuesto a que dicha ley se aprobara a todo trance. Estos señores se basaban en la idea de que fuera del cuerpo civil no hay ni puede darse sociedad a él superior y de él independiente. Que el Estado lo es todo y que, por tanto, ningún ente moral, ni siquiera la Iglesia Católica, puede existir sin el conocimiento y el consentimiento de la autoridad civil. Por eso, dicho poder, al no reconocer a la Iglesia Católica el derecho de dominio sobre los bienes eclesiásticos y sobre las corporaciones religiosas, defendía que éstas tenían que depender de la autoridad civil debiendo modificarse su forma de existencia o extinguirse por voluntad de la misma soberanía y, por ende, el Estado, heredero de toda personalidad civil que no tenga sucesión, se convertiría en el propietario único y absoluto de todos sus bienes.
Error colosal, pues tales patrimonios, cuando una Congregación u Orden religiosa dejase de existir por cualquier motivo, no quedaban sin dueño, debiendo ser devueltos a la Iglesia de Jesucristo, representada por el Sumo Pontífice, aunque los adoradores del Estado se empeñasen en negarlo.
La noticia de la presentación de este proyecto de ley ocasionó un vivísimo dolor a los buenos católicos y a San Juan Bosco. El, para secundar la voluntad del cielo, había amonestado reiteradamente al soberano; proceder justo pero peligroso, cuyas consecuencias se podían prever. Otra persona, por serena y resuelta que fuese, en medio de tantas adversidades, habría vivido necesariamente en un continuo estado de inquietud.
San Juan Bosco, en cambio, permaneció siempre imperturbable, encontrando el vigor necesario en el Corazón Sacratísimo de Jesús Sacramentado y en el auxilio de su celestial Madre.
Mientras se discutía la inicua ley contra los bienes eclesiásticos, un doloroso acontecimiento vino a interrumpir la labor de los diputados.
El 5 de enero de 1855 la reina madre María Teresa enfermó de improviso y aunque toda la noche estuvo atormentada por una gran sed, no quiso beber para poder comulgar el día de la Epifanía; pero no pudo levantarse.
El rey Víctor Manuel escribía al general Alfonso La Marmora. «Mi madre y mi esposa no hacen más que repetirme que morirán de disgusto por mi culpa».
La augusta enferma moría el 12 de enero, poco después del mediodía, a la edad de cincuenta y cuatro años. La Cámara, para manifestar al rey su pesar, suspendió sus trabajos. Gran desgracia fue para el Piamonte la pérdida de María Teresa, que repartía diariamente entre los necesitados limosnas sin cuenta. El luto fue universal, como universales fueron las bendiciones que de todas partes se elevaron a su memoria.
Mientras se cerraba aquel féretro llegaba a manos del rey otra carta misteriosa que decía, sin nombrar a nadie: «Persona iluminada a lo alto ha dicho: si la ley prosigue adelante, nuevas desgracias acaecerán a tu familia. Esto no es más que el preludio de los males futuros. Erunt mala super mala in domo tua. Si no vuelves atrás, abrirás un abismo que no podrás salvar». El soberano, después de leer esta carta quedó aterrado, y presa de la más viva inquietud no hallaba reposo en nada.
Los solemnes funerales por el alma de María Teresa se celebraron en la mañana del 16, el féretro fue transportado a Superga bajo una temperatura extrema que hizo enfermar a muchos soldados y también al conde de Sangicsto, escudero de la Reina. Aún no había regresado la Corte de rendir los últimos honores a la madre de Víctor Manuel, cuando la familia real fue llamada con urgencia para que asistiese al Viático de la nuera de la difunta. La reina María Adelaida, al sobrevenir la muerte de María Teresa estaba en el cuarto día del puerperio, habiendo dado felizmente a luz un niño. Ella, que tanto amaba a la reina madre, sintió un tan vivo dolor al enterarse de su muerte, que, atacada por una metro-gastroenteritis, se vio reducida a los extremos. A las tres de la tarde se le administró el Viático, que fue llevado de la Real Capilla de la Santa Sábana. Una multitud inmensa acudía a todos los templos para impetrar del cielo la salud de la soberana.
Todo el Piamonte se asoció al dolor de la familia real cumpliéndose aquel dicho de «que en el Piamonte, las desventuras del rey son las desgracias del pueblo». Pero el día 20 le fue administrada la Extremaunción a la enferma, que entró en agonía, expirando a las seis de la tarde en el beso del Señor, a la temprana edad de treinta y tres años.
Y no terminó aquí el luto de la Casa de Saboya. La misma tarde le fue dado el Viático a S. A. R. Don Fernando, duque de Génova, enfermo desde hacía tiempo; era el duque de Génova el único hermano del rey Víctor Manuel.
El soberano se sintió abrumado por este cúmulo de dolores. El día 21, la Cámara de diputados se reunía a las tres de la tarde, y al comunicársele la noticia de la muerte de la reina, deliberó observar trece días de luto y la suspensión de las reuniones por espacio de diez.
Los funerales de María Adelaida se celebraron el 24 de enero, siendo conducido el féretro a Superga. Los clérigos del Oratorio estaban aterrados al comprobar cómo se realizaban de una manera tan fulminante las profecías de San Juan Bosco, y la impresión era tanto mayor cuanto que formaban parte de cada uno de los cortejos fúnebres de las personas reales desaparecidas.
Circunstancia particular; el frío era tan intenso que el gran maestro de ceremonias de la Corte, al ser trasladado el féretro de la reina Adelaida, permitió al clero usar abrigos especiales y cubrirse la cabeza.
Para el Oratorio aquellos acontecimientos constituían una gran desgracia y los clérigos decían a San Juan Bosco:
—Ya se ha realizado su sueño. ¡En verdad que han sido grandes funerales, según anunciaba el pajecillo! No sabemos si la justicia divina estará ya satisfecha.
San Juan Bosco, en efecto, debía conocer mucho más de lo que había anunciado. La condesa Felicita Crabosio-Anfossi —cuenta Don Lemoyne— nos mandó el siguiente testimonio por ella firmado: «Corría el año de 1854 y rogué a [San] Juan Don Bosco que aceptase en el Oratorio a un hermano de leche de mi hijo, que había quedado huérfano de padres. [San] Juan Bosco lo aceptó con la condición de que, estando yo en la Corte como estaba, me presentase a las soberanas para obtener de su caridad dos mil francos que el siervo de Dios necesitaba para poder pagar una deuda urgente.
Yo le prometí hacerlo, y en efecto, estaba resuelta a cumplir mi promesa; pero, después surgieron algunas dificultades que me hicieron diferir las visitas a las augustas señoras, las cuales, en aquel tiempo, se había ausentado de Turín, viviendo en una finca del conde Cays de Giletta.
Habiendo ido yo también al campo, volví a ¡a ciudad ya muy avanzado el otoño y seguidamente fui a entrevistarme con [San] Juan Don Bosco, el cual me dijo inmediatamente:
—He aceptado a su protegido, pero usted no ha cumplido aún su promesa; no habló a las soberanas de mi deuda con el panadero.
—Es cierto —repliqué un poco confusa—, pero tenga la seguridad de que apenas las augustas señoras estén de regreso en Turín, no dejaré de cumplir lo prometido.
Mientras yo hablaba, [San] Juan Don Bosco hacía con la cabeza un movimiento como indicando que no, y con una sonrisa un tanto triste, me dijo:
— ¡Paciencia! Pueden suceder tantas cosas que, a lo mejor, a usted no le es posible hablar más con las soberanas.
— ¿Por qué dice eso?
—Porque es así; usted no verá más a las reinas.
Quince días después, encontrándome en la casa de unos nobles, supe el regreso de las soberanas a Turín y que la reina María Teresa estaba tan enferma que le habían administrado los Santos Sacramentos. Pronto recibimos la noticia de su fallecimiento. Ocho días más tarde moría la joven reina María Adelaida, ambas lloradas y veneradas como dos soberanas santas.
Solamente entonces recordé las palabras de [San] Juan Bosco, no dudando de su espíritu verdaderamente profético.
LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO.(PARTE 8)
ENCUENTRO CON CARLOS ALBERTO
SUEÑO 15. —AÑO DE 1847.
(M. B. Tomo III, págs. 539-540)
La gratitud y el afecto que San Juan Bosco sentía haciael rey Carlos Alberto fue puesto de manifiesto repetidasveces por el Santo, como lo atestiguan las Memorias Biográficas.
Tras hacer referencia a la liberación de Roma por lastropas francesas y a la entrega de las llaves de la Ciudad Eterna al Papa Beato Pio IX por el general Oudinot, Don Lemoyne continúa: «Pero si [San] Juan Bosco recibió un gran consuelo al conocer esta noticia, llegó a Turín otra que causó un profundo dolor a él y a sus hijos. Gravemente enfermo de una antigua dolencia, en Oporto y abrumado bajo el peso de la desventura, Carlos Alberto, confortado con los auxilios de nuestra Santa Religión, murió como un buen cristiano el 28 de julio de 1847.
[San] Juan Bosco hizo rezar, como era su deber, por un soberano al cual estimaba y amaba sobremanera y que en repetidas ocasiones había ayudado y protegido a su institución. Su dolor iba unido a una gran esperanza, pues el monarca había sido muy devoto de la Consolata y su caridad para con los pobres había sido excepcional. Sobre su féretro no aletearon las angustiosas dudas que a veces atenazan el corazón sobre el destino eterno de un alma, antes como un amable recuerdo que ocupaba la mente de [San] Juan Bosco, de cuando en cuando, la figura de Carlos Alberto, reverdecía en la fantasía de nuestro fundador, y así, algunos años después nos contaba a dos de sus hijos esta graciosa pesadilla que le había durado toda la noche:
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Me pareció encontrarme en los alrededores de Turín, paseando por el centro de una gran avenida. Cuando heaquí que viene a mi encuentro el rey Carlos Alberto, el cual, sonriente, se detuvo a saludarme.
— ¡Oh, majestad!, —exclamé.
— ¿Cómo está usted, [San] Juan Bosco?
—Muy bien, y me alegro mucho de verle.
—Si es así, ¿me quiere acompañar a dar un paseo?
—Con sumo gusto.
— ¡Pues, vamos!
Nos pusimos en camino hacia la ciudad. El rey no llevaba puesta ninguna insignia que declarase su dignidad; vestía ropas blancas, aunque no del todo blancas.
— ¿Qué piensa de mí?, —me preguntó el monarca.
—Sé que es un buen católico, —le repliqué.
—Para Vos, soy algo más que eso; sabe cómo he amado siempre su obra. Siempre tuve el mayor deseo de verla prosperar. Me habría gustado muchísimo ayudarlo, pero los acontecimientos me lo impidieron.
—Si es así, majestad, me atrevería a hacerle un ruego.
—Hable, hable.
—Le pediría que presidiese la fiesta de San Luis Rey que vamos a celebrar en el Oratorio este año.
—Con mucho gusto: pero tenga presente que la cosadaría mucho que hablar; sería algo inaudito, por lo queparece que no es conveniente una fiesta tan sonada. Contodo, veré la manera de complacerlo, aun sin mi presencia.
Continuamos hablando de otras cosas hasta que llegamos cerca del Santuario de la Consolata. En dicho lugar había como una entrada subterránea en la ladera de una elevada colina y la galería a que daba acceso, en vez de descender, subía.
—Hay que pasar por aquí, —me dijo el rey.
Y doblando las rodillas y tocando casi el suelo con su majestuosa frente, sin cambiar de postura, comenzó a subir y desapareció.
Entonces, mientras yo examinaba aquella entrada y procuraba penetrar con la vista la oscuridad de las tinieblas, me desperté».
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Compulsando la fecha de este sueño hemos comprobado que poco después, en el Oratorio se recibió un generoso donativo de la Casa Real. El corazón de Don Bosco latía al unísono con el de
Carlos Alberto, Beato Pío Pp. IX y el San José Benito Cottolengo y a sus jóvenes estuvo reservado el honor de cantar muchas veces en la Catedral la Misa de Réquiem en el aniversario de la muerte del monarca.
EL PORVENIR DE CAGUERO
SUEÑO 16. —AÑO DE 1854.
(M. B. Tomo V, págs. 105 107)
La Santísima Virgen dio una nueva prueba de suespecial protección y de su maternal agrado por cuanto los alumnos del Oratorio habían hecho en favor de los apestados de Turín, otorgando la curación al joven Juan Cagliero, más tarde Eminentísimo Cardenal de la Santa
Madre Iglesia.
«Mientras no existía ya esperanza alguna en los medios humanos —escribe [Beato] Miguel Rúa— Don Bosco recomendó al enfermo que recurriese a la Virgen, anunciándole al mismo tiempo que sanaría, y yo me quedé asombrado al comprobar la realización de aquella profecía».
Vamos a exponer el hecho con todos sus pormenores: Un día, hacia fines del mes de agosto, Juan Cagliero, cansado por el trabajo realizado en la asistencia de los enfermos, al volver del lazareto a casa se sintió mal y hubo de acostarse. [San] Juan Bosco, que lo amaba como un padre, hizo que se le prodigasen todos los cuidados posibles para salvarlo de las terribles fiebres gástricas que padeció durante dos meses casi; pero todo fue inútil. Dada la gravedad del mal, pocos días después de haber comenzado a guardar cama, Cagliero se confesó y recibió la Sagrada Comunión. Pero las fiebres fueron en aumento de tal manera, que en el término de un mes redujeron al enfermo a los extremos. San Juan Bosco había anunciado en público que ninguno de sus hijos moriría de la epidemia reinante en la ciudad, con tal que todos sé mantuviesen en gracia de Dios. Cagliero, que entonces contaba dieciséis años, confiaba plenamente en las palabras de San Juan Bosco; pero lo peor en su caso era que su enfermedad no provenía ni mucho menos del morbo asiático. En el Oratorio todos estaban convencidos de que el paciente pasaría de un día a otro a la eternidad; el joven enfermo, entretanto, estaba tranquilo.
Dos célebres médicos de Turín, Galvano y Bellingeri, después de una consulta, declararon que se trataba de un caso desesperado y aconsejaron a San Juan Bosco que administrase al paciente los últimos sacramentos, pues probablemente nol¡legaría al día siguiente. Entonces el clérigo Buzzetti advirtió a Cagliero del peligro en que se encontraba y le anunció que [San] Juan Bosco vendría para confesarlo, darle el Viático y administrarle la Extremaunción.
El Santo no tardó en entrar en la habitación del enfermo con la intención de prepararle al gran paso; cuando, habiéndose detenido en el umbral de la puerta, vio ante sus ojos un maravilloso espectáculo:
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Vio aparecer una hermosísima paloma, la cual, como un objeto luminoso, esparcía a su alrededor destellos de luz vivísima, de forma que toda la habitación estaba intensamente iluminada. Llevaba en el pico una ramita de olivo y volaba una y otra vez alrededor de la habitación.
Cuando deteniendo el vuelo sobre el lecho del enfermo, tocó los labios del paciente con el ramito de olivo y después lo dejó caer sobre su cabeza. Y despidiendo una luz más viva aún, desapareció.
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San Juan Bosco comprendió entonces que Cagliero no moriría, pues le quedaban que hacer muchas cosas para gloria de Dios; que la paz, simbolizada por aquel ramo de olivo, sería anunciada por su palabra; que el resplandor de la paloma significaba la plenitud de la gracia del Espíritu Santo que algún día lo investiría. Desde aquel momento el Santo alimentó la idea confusa, pero firme, que perduró siempre en él, de que el joven Cagliero seria Obispo. Y sin más, consideró como realizado aquel pronóstico cuando Cagliero partió por primera vez Para América.
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A esta primera visión sucedió otra. Al llegar San JuanBosco al centro de la habitación, desaparecieron como por ensalmo las paredes y alrededor del lecho del enfermo vio una gran multitud de figuras extrañas de salvajes, que tenían la mirada fija en el paciente y que llenos de temor parecían pedirle socorro. Dos hombres que sobresalían entre los demás, uno de aspecto fiero y negruzco y otro de color de bronce, de elevada estatura y porte guerrero, con cierto aspecto de bondad, estaban inclinados sobre el pequeño moribundo.
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San Juan Bosco comprendió más tarde que aquellas fisonomías correspondían a los salvajes de la Patagonia y de la Tierra del Fuego.
Estas dos visiones duraron breves instantes y ni el joven enfermo ni los allí presentes se dieron cuenta de nada.
San Juan Bosco, con su acostumbrada serenidad y su habitual sonrisa, se acercó al lecho lentamente, mientras Cagliero le preguntaba:
— ¿Es acaso ésta mi última confesión? — ¿Por qué mehaces esa pregunta?, —le replicó San Juan Bosco. Porqué deseo saber si he de morir.
San Juan Bosco se reconcentró un poco y le dijo:
—Dime, Juan ¿te gustaría ir ahora al Paraíso, o quieres mejor curar y esperar aún?
—Oh, mi querido [San] Juan Bosco—contestó Cagliero—, elijo lo que sea mejor para mí.
—Para ti sería ciertamente mejor el marcharte ahora mismo al Paraíso, dados tus pocos años. Pero no es ahora tiempo de ello; el Señor no quiere que mueras ahora. Hay muchas cosas que hacer; sanarás y, según tu deseo de siempre, vestirás el hábito clerical..., llegarás a ser sacerdote, y después... después... — aquí San Juan Bosco dejó de hablar y quedó un tanto pensativo— y después... con tu breviario bajo el brazo tendrás que dar muchas vueltas... y tendrás que hacer llevar el breviario a otros muchos.... sí, tienes que hacer aún muchas cosas antes de morir... e irás lejos, muy lejos.
Y calló sin decirle adonde iría.
—Si es así —replicó Cagliero— no es necesario que me prepare a recibir los Sacramentos. Yo tengo mi conciencia tranquila. Me confesaré cuando me levante y cuando todos mis compañeros se acerquen a los Sacramentos.
—Bien —le contestó San Juan Bosco—, puedes aguardar hasta que te levantes.
Y ni lo confesó ni le habló más de los últimos sacramentos.
Desde aquel momento Cagliero no se preocupó lo más mínimo de su enfermedad, pues tenía la seguridad de que su curación era cosa ciertísima.
Y, en efecto, no tardó en comenzar a mejorar, entrado en una franca convalecencia. Pero cuando parecía alejado todo peligro, como sus parientes le hubiesen mandado en el mes de septiembre un poco de uva, el muchacho la comió con avidez, como un alimento que él consideraba inofensivo, y volvió a recaer, encontrándose al borde del sepulcro.
Se le hubo de avisar a la madre que volviese a verlo, comunicándosele al mismo tiempo el mal cariz que había vuelto a tomar la enfermedad, y la buena mujer se apresuró a retornar de Castelnuovo. Apenas penetró en la habitación y vio a su hijo en aquel estado, exclamó dirigiéndose a las personas que le asistían:
— ¡Mi Juan está muerto! Por lo que veo, todo ha terminado.
Pero Juan, manifestando la alegría que sentía por la llegada de la madre, sin más comenzó a decirle que pensase en prepararle la sotana de clérigo con todos los demás accesorios, para su vestición clerical. La buena mujer creyó que su hijo deliraba y, en efecto, dijo a [San]
Juan Bosco que llegaba en aquel preciso momento:
—Oh, [San] Juan Don Bosco, ¡cuan cierto es que mi hijo está muy malo! Está delirando y me habla de vestir el traje de sacerdote y me ha dicho que le prepare todo lo necesario.
Y el Santo le contestó:
— ¡No, no, mi buena Teresa!, vuestro hijo no delira, se ha expresado muy bien; prepararle, pues, todo lo necesario para vestirlo de clérigo; tiene que hacer aún muchas cosas y no puede ni quiere morir. Cagliero, que lo oía todo, dijo:
— ¡Qué, mamá! ¿No lo habéis oído? Usted me hace la sotana y [San] Juan Don Bosco me la impondrá. ¡Sí, sí —exclamó la madre llorando—, ¡pobre hijo mío!
Te pondremos un traje, pero Dios quiera que no sea muy distinto del que deseas.
San Juan Bosco procuró tranquilizarla, asegurándole que vería a su hijo vestido de clérigo, pero la buena mujer seguía diciendo en voz baja:
—Te pondré un traje cualquiera cuando te metan en la caja.
El hijo, en cambio, sin perder la alegría, hablaba con todos los que venían a visitarlo, de la sotana que pronto vestiría. En efecto, porque tal era ¡a voluntad de Dios ,cuando recuperó un tanto las fuerzas, la madre se lo llevó al pueblo. Estaba tan delgado que parecía un cadáver, estaba tan debilitado que no sé podía sostener, en pie sino que tenía que caminar apoyado en un bastón; daba compasión verlo. Y entretanto seguía insistiéndole a la madre que le preparase su equipo de clérigo, y la buena mujer decidió complacerle. Las personas que la veían entregada a esta tarea le preguntaban:
—¿Qué hacéis, Teresa?
—Estoy preparando la sotana para mi hijo.
—Pero si está medio muerto, si apenas se puede sostener en pie.
—Y, sin embargo, él lo quiere así.
En una carta que San Juan Bosco le había escrito desde Turín, con fecha del 7 de octubre, le decía: «Muy querido Cagliero. Me complace grandemente el saber que mejoras de salud; nosotros te esperamos para cuando puedas venir, lo principal es que te encuentres perfectamente bien; que sigas tan alegre como de costumbre. Me parece muy bien que te vayas preparando para la vestición... Saluda a tus parientes; rogad todos por mí y que el Señor os bendiga y os colme de toda suerte de prosperidades. Créeme tuyo afectísimo: [San] Juan Don
Bosco».
Se acercaba el día en que Cagliero tenía que regresara Turín para la vestición. Sus amigos y parientes intentaban quitárselo de la cabeza dado su estado enfermizo, diciéndole que dejase para otra fecha su toma de sotana.
Pero él contestó:
—De ninguna manera. Tengo que tomar la sotana ahora, porque así me lo ha dicho [San] Juan Don Bosco.
Otros decían que era demasiado joven, que todavía tenía que hacer el último curso de bachillerato; pero él les contestaba:
—No importa, [San] Juan Don Bosco me lo ha dicho.
Por mera coincidencia, el día que tenía que partir para el Oratorio era el mismo en que su hermano tenía que contraer matrimonio, por lo que éste le insistía para que se quedase a asistir a aquella fiesta. Juan le respondió: Tú haz lo que quieras, que yo, por mi parte, haré también lo que más me plazca; esto es: recibir el hábito clerical. Los parientes querían retenerlo, diciéndole que si se marchaba, daba muestras de que la persona que el hermano había escogido para esposa no le era grata.
—Mi hermano que haga lo que quiera; les aseguro que estoy contento, contentísimo de la elección que ha hecho.
¿No les basta esto?, —replicó Juan—. ¿Es que queréis que lo deje consignado en acta notarial que estoy contento?
El 21 de noviembre, Cagliero, perfectamente restablecido, volvía al Oratorio, y el 22, festividad de Santa Cecilia, [San] Juan Don Bosco bendecía el hábito clerical y se lo imponía a su amado hijo. El Rector del Seminario Metropolitano, conónigo A. Vogliotti el 5 de noviembre de
1855 concedía al clérigo Cagliero que viviera con [San] Juan Don Bosco, frecuentando al mismo tiempo las clases del Seminario y dándole el fin de cada curso los correspondientes certificados de estudios para cumplir las disposiciones dadas por su Excia. Rdma. el Señor Arzobispo en una circular publicada el 1 de septiembre de 1834.
Idénticos certificados se dieron también a los demás clérigos que vivían en el Oratorio.
San Juan Bosco, entretanto, teniendo siempre ante sí la visión de la paloma y de ¡os salvajes, parece que confió el secreto a Don Alasonatti.
Este, encontrándose un día con Cagliero, le dijo:
—Tienes que hacerte muy bueno, porque Don Bosco asegura cosas muy notables relacionadas contigo.
En el año de 1855, algunos clérigos y jóvenes rodeaban a San Juan Bosco que estaba sentado a la mesa y bromeaban hablando cada uno de su porvenir. El Santo, quedándose un poco silencioso y adoptando una actitud pensativa y grave, como a veces solía, mirando a cada uno de sus alumnos, dijo:
—Uno de vosotros llegará a ser Obispo.
Esta profecía llenó a todos de admiración, y después añadió sonriendo:
—Pero Don Juan Bosco será siempre sólo Don Juan
Bosco.
Al oír estas palabras todos comenzaron a reír, pues eran simples clérigos y no podían ni sospechar en quién se cumpliría tal predicción. Ninguno de ellos pertenecía a una clase elevada de la sociedad, sino que, al contrario, pertenecían a una clase modesta, más bien pobre y ¡a dignidad episcopal se elegía, al menos en aquellos tiempos, entre las personas de la nobleza, o al menos entre individuos de rara virtud e ingenio. Por otra parte, la posición de San Juan Bosco y de su Instituto era entonces tan modesta que, humanamente hablando, parecía imposible que uno de sus alumnos fuese elegido para el Episcopado. Tanto más que entonces no se tenía idea de las Misiones exteriores o extranjeras. Pero la misma improbabilidad de tal acontecimiento mantenía viva la predicción e incluso no faltó quien durante algún tiempo alimentó la idea de ser él el candidato.
Estaban presentes cuando San Juan Bosco dijo estas palabras los clérigos Turchi, Reviglio, Cagliero, Francesia, Anfossi y [Beato] Miguel Rúa. Y estos mismos oyeron al siervo de Dios repetir:
— ¿Quién iba a decir que uno de vosotros sería elegido
Obispo?,
También repitió no pocas veces:
— ¡Oh! Observemos a ver si [San] Juan Don Bosco seequivoca. Veo en medio de vosotros una mitra y no será una mitra sola. Pero aquí ya hay una.
Y los clérigos intentaban, bromeando con San JuanBosco, adivinar quién de ellos, entonces simples clérigos, llegaría a ser Obispo. El siervo de Dios, por su parte, sonreía y callaba. A veces pareció dejar entender algo de lo que había visto en la visión.
Narra Mons. Cagliero: En los primeros años de mi sacerdocio me encontré con [San] Juan Don Bosco al pie de la escalera un tanto cansado. Con amor filial y en tono de broma:
--- [San] Juan Don Bosco, déme la mano —le dije—, ya verá cómo soy capaz de ayudarle a subir las escaleras.
Y él, paternalmente, me tendió su mano, pero al llegar al último tramo me doy cuenta de que intentaba besar mi mano derecha. Inmediatamente la retiré, pero no lo hice a tiempo.
Entonces le dije:
— ¿Con esto ha pretendido humillarse o humillarme?
—Ni una cosa ni otra —me respondió—; el motivo lo sabrás a su tiempo.
En el 1883 ofrecía a Don Cagliero un indicio más claro; porque en el momento de partir para Francia, después de hacer su testamento y dar los recuerdos a cada uno de los miembros del Capítulo Superior, a Cagliero le entregaba una cajita sellada, diciéndole:
—Esto es para ti.
Y se marchó.
Algún tiempo después Don Cagliero se dejó ¡levar de la curiosidad y quiso ver el contenido de aquella cajita y he aquí que encontró en ella un precioso anillo. Finalmente, en octubre de 1884, habiendo sido elegido Don Cagliero Obispo titular de Magida, este le pidió a San Juan Bosco se dignase revelarle el secreto de treinta años atrás, cuando aseguraba que uno de sus clérigos llegaría a ser Obispo.
—Sí— le respondió, te lo diré la víspera de tu consagración.
Y en la víspera de aquel día el Santo paseando a solas con Mons. Cagliero por su habitación, le dijo:
¿Recuerdas la grave enfermedad que padeciste cuando eras joven, al principio de tus estudios?
—Sí, señor, lo recuerdo —respondió Don Cagliero—, y recuerdo también que Vos acudisteis a administrarme los últimos sacramentos y no me los administró y me dijo que sanaría y que con mi breviario iría lejos, muy lejos, a trabajar en el sagrado ministerio sacerdotal... y... no me dijo más.
Pues bien, escucha —prosiguió San Juan Bosco—. Y le contó las dos visiones con todas sus particularidades y detalles. Mons. Cagliero, después de haberlo oído todo, le pidió al Santo que narrase aquella misma noche, durante la cena, a los hermanos del Capítulo Superior, aquellas visiones. Y como no sabía negarse, especialmente cuando lo que se le pedía redundaba en mayor gloria de Dios y bien de las almas, condescendió y contó delante del Capítulo las mismas cosas que acabamos de exponer. Hemos escrito estas páginas —termina Don Lemoyne— aquella misma noche bajo el dictado de Mons. Cagliero.
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A los 9 años tiene Juan Bosco el primero de sus 159 sueños proféticos. Se le aparece Jesucristo junto con la Virgen María y le presentan un gran número de fieras que luego se convierten en corderos. Luego le muestra una multitud de jóvenes y le dicen: "Este será tu oficio: cambiar jóvenes tan difíciles como fieras, en buenos cristianos tan dóciles como corderos".
LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO (PARTE 7)
ENTREVISTA CON COMOLLO Y PRECIO DE UN CÁLIZ
SUEÑO 13.—AÑO DE 1847.
(M. B. Tomo III, págs. 30-31)
Luis Comollo fue compañero de San Juan Bosco en el Seminario de Chieri; joven de raras virtudes, pronto entabló estrecha amistad con el Santo. Luis era el monitor de Juan y viceversa. Amistad pura, desinteresada, de noble, de verdadera emulación. De salud enfermiza, Comollo ¡legó a desmejorar visiblemente y acentuándose el mal, murió santamente el 2 de abril de 1839. Esto afligió profundamente el corazón sensibilísimode Juan, causándole al mismo tiempo graves trastornos en la salud.
Los dos amigos y émulos en la virtud, discurrieron sobre cosas espirituales, llegaron a prometerse recíprocamente, entre broma y serio, el comunicarse después de la muerte la suerte corrida al pasar los umbrales de la eternidad; promesa que conocían muchos otros de sus compañeros. Y precisamente la noche del 3 al 4 de abril o la inmediata siguiente al sepelio de Comollo, hacia la madrugada, y cuando todos dormían, oyóse un estruendo formidable en el dormitorio de Juan, mientras una luz vivísima avanzaba hacia su cama y una voz le decía clara y distintamente:
—¡Bosco, Bosco, me he salvado! Cesó seguidamente el ruido y poco a poco desapareció la luz. Juan, incorporado en el lecho y sobrecogido ante aquella visión, distinguió perfectamente la voz de su amigo, quien había venido a cumplir ¡a palabra empeñada.
Los seminaristas que ocupaban las camas inmediatas, también lo oyeron. Los más, aterrados, saltaron del lecho y agrupados entorno al vigilante pasaron levantados el resto de la noche, no faltando quienes fueron a refugiarse a la Capilla.
El hecho produjo el consiguiente revuelo, pero todo sirvió para poner de relieve la recia personalidad del seminarista de Becchi. Este llevó, sin embargo, la peor parte, pues el acontecimiento le costó una enfermedad larga y penosa. Después, amaestrado por esta experiencia, solía aconsejar que no se hicieran tales pactos; pues no es fácil a la flaqueza humana soportar ¡as relaciones con lo sobrenatural. Al producirse, pues, el sueño que vamos a exponer a continuación y en el que aparece nuevamente Luis Comollo, habían pasado ya más de seis años de la muerte de éste.
He aquí lo que narra Don Lemoyne: «La habitación ocupada por San Juan Bosco fue siempre considerada por los jóvenes como el santuario de las más bellas virtudes; como un tabernáculo en el cual la Santísima Virgen se complacía en manifestarle la voluntad divina; como un vestíbulo que ponía al Oratorio en comunicación con ¡as regiones celestes. Y cuantos se personaban en ella, no podían por menos de experimentar un sentimiento de profunda reverencia. Mamá Margarita no pensaba diversamente. Ella misma había trasladado su propio lecho a la habitación más próxima a la de su hijo. Estaba persuadida, pues así se lo habían demostrado algunos detalles, de que su hijo pasaba en oración gran parte de la noche y de que en aquellos días sucedía algo sorprendente que ella no se sabía explicar.
En efecto: Margarita contaba al joven Santiago Bellia que en cierta ocasión, algunas horas antes del amanecer, había oído hablar a [San] Juan Bosco en su habitación.
Unas veces parecía que contestase a las preguntas que se le hacían y otras, que respondía a su interlocutor. A pesarde la atención de la buena mujer, no pudo entender ni unasola palabra de aquel extraño diálogo. Por la mañana,aunque tenía la seguridad de que nadie podía entrar en la habitación de [San] Juan Bosco sin que ella lo notase,preguntó a su hijo con quién había estado hablando.
Este lecontestó:
—He hablado con Luis Comollo.
—Pero Comollo hace años que murió, —replicó
Margarita.
—Y con todo, es así. He hablado con él.
San Juan Bosco no añadió explicación alguna, dandomuestras de que una gran idea le preocupaba. Encendidoel rostro como una brasa y con los ojos extraordinariamente brillantes, fue presa de una emoción que le duró varios días.
El joven Santiago Bellia, que figura en este relato, fue uno de ¡os afortunados elegidos por San Juan Bosco en 1849 para formar la Congregación Salesiana. Vistió el hábito clerical de manos del fundador el 2 de febrero de.1851.
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«Poco tiempo después —continúa Don Lemoyne— [San] Juan Bosco necesitaba un cáliz y no sabía cómo adquirirlo, pues no disponía de la cantidad necesaria para comprarlo.
Cuando he aquí que una noche le fue indicado en un sueño que en su baúl había una cantidad suficiente para tal objeto. A la mañana siguiente fue a Turín para varios asuntos y mientras caminaba con la mente fija en el sueño que había tenido la noche precedente, pensaba al mismo tiempo en la satisfacción que sentiría si aquel sueño se hubiese trocado en realidad; de forma que se decidió a volver a casa para registrar el baúl. Al hacerlo, se encontró en él ocho escudos. Precisamente la cantidad que necesitaba para la compra del cáliz. Ningún extraño podía haber puesto aquella suma allí, porque la casa estaba siempre cerrada. Su madre no disponía de dinero como para proporcionarle semejantes sorpresas, quedando también ella gratamente sorprendida cuando supo lo sucedido».
EL EMPARRADO
SUEÑO 14.—AÑO DE 1847.
(M. B. Tomo III, págs. 32-37)
En 1864, una noche, después de las oraciones, Don Bosco reunía en su habitación para darles una conferencia, según era su costumbre, a los jóvenes que integraban la Congregación, entre los cuales se hallaban Don Victorio Alasonatti, [Beato] Miguel Rúa, Don Juan Cagliero, Don Celestino Durando, Don José Lazzero y Don Julio Barberis.
Después de haberles hablado del desapego de las cosasdel mundo y de la familia, para seguir el ejemplo de
Jesucristo, les contó un sueño que había tenido diecisiete años atrás. He aquí sus palabras:
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«Les he contado ya muchas cosas en forma de sueñode las que podíamos deducir lo mucho que la SantísimaVirgen nos ama y nos ayuda; mas, ya que estamos reunidosaquí nosotros solos, para que cada uno de los presentestenga la seguridad de que es la Santísima Virgen la quequiere nuestra Congregación y a fin de que nos animemoscada vez más á trabajar para la mayor gloria de Dios, oscontaré, no ya un sueño, sino lo que la misma Madre deDios me hizo ver. Ella quiere que pongamos en su bondadtoda nuestra confianza. Yo os hablo como un padre a susqueridos hijos, pero deseo que guardéis absoluta reservasobre cuanto os voy a decir y que nada comuniquéis de estoa los jóvenes del Oratorio o a las personas de fuera, para no dar motivos a malas interpretaciones por parte de los malintencionados.
Un día del año 1847, después de haber meditado yomucho sobre la manera de hacer el bien, especialmente en provecho de la juventud, se me apareció la Reina de los Cielos y me condujo a un jardín delicioso. En él había un rústico pero al mismo tiempo bellísimo y amplio pórtico construido en forma de vestíbulo. Plantas trepadoras adornaban y cubrían las pilastras, y sus grandes ramas, exuberantes de hojas y de flores, superponiéndose las unas a las otras, se entrelazaban al mismo tiempo, formando un gracioso toldo. Este pórtico daba a un bello sendero, a lo largo del cual se extendía un hermosísimo emparrado, flanqueado y cubierto de maravillosos rosales en plena floración. También el suelo estaba cubierto de rosas. La Santísima Virgen me dijo:
—Avanza bajo ese emparrado; ese es el camino que debes recorrer.
Me descalcé para no ajar aquellas flores. Me sentí satisfecho de haberme descalzado, pues hubiera sentido tener que pisar unas rosas tan hermosas. Y sin más, comencé a caminar; pero pronto me di cuenta de que aquellas rosas ocultaban punzantes espinas; de forma que mis pies comenzaron a sangrar. Por tanto, después de haber dado algunos pasos, me vi obligado a detenerme y seguidamente a volver atrás.
—Aquí es necesario llevar el calzado puesto, —dije a
mi guía.
—¡Cierto! —me respondió— Se necesita un buen
calzado.
Me calcé, pues, y volví a emprender el camino con algunos compañeros, los cuales habían aparecido en aquel momento, pidiéndome que les permitiera acompañarme. Accedí y siguieron detrás de mí bajo el emparrado, que era de una hermosura indecible; pero, conforme avanzaba, me parecía más estrecho y más bajo. Muchas ramas descendían de lo alto y subían como festones; otras avanzaban erectas hacia el sendero. De los troncos de los rosales salían algunas ramas acá y acullá horizontalmente; otras formaban un tupido seto, invadiendo gran parte del camino; otras crecían en distintas direcciones a poca altura del suelo. Todas, sin embargo, estaban cuajadas de rosas; yo no veía más que rosas a los lados, rosas encima de mí, rosas delante de mis pasos. Mientras tanto sentía agudos dolores en los pies y hacía algunas contorsiones con el cuerpo al tocar las rosas de una y otra parte, comprobando que entre ellas se escondían espinas aún más agudas. Con todo, proseguí adelante. Mis piernas se enredaban en las ramas tendidas por el suelo produciéndome dolorosas heridas; al intentar apartar una rama atravesada en el camino o al agacharme para pasar por debajo de alguna otra, sentía las punzadas de las espinas, no sólo en las manos, sino en todos mis miembros. Las rosas que veía por encima de mí, también ocultaban una gran cantidad de espinas que se me clavaban en la cabeza. A pesar de ello,
animado por la Santísima Virgen proseguí mi camino. De cuando en cuando experimentaba punzadas aún más intensas y penetrantes que me producían un dolor agudísimo.
Entretanto, todos aquellos, y eran muchísimos, que me veían caminar bajo aquel emparrado, decían:
¡Oh! Vean cómo [San] Juan Bosco camina siempre entre rosas; él sigue adelante sin dificultades; todo le sale bien.
Pero los tales no veían las espinas que desgarraban mis miembros. Muchos clérigos, sacerdotes y seglares, por mí invitados, comenzaron a seguirme con premura, atraídos por la belleza de aquellas flores; pero cuando se dieron cuenta de que era necesario caminar sobre punzantes espinas y que éstas brotaban por todas partes, comenzaron a decir a voz en grito:
¡Nos han engañado!
—El que quiera caminar sin dificultad alguna sobre las rosas — les decía yo— que se vuelva atrás; los demás que me sigan. No pocos volvieron atrás. Después de haber recorrido un buen trecho de camino, me volví para observar a mis compañeros. Pero ¡cuál no sería mi dolor!, al ver que Una gran parte de ellos había desaparecido y otra parte, volviéndome las espaldas, se alejaba de mi.
Inmediatamente volví atrás para llamarlos, pero todo fue inútil, pues ni siquiera me escuchaban. Entonces comencé a llorar desconsoladamente y a querellarme diciendo:
—¿Es posible que tenga que recorrer yo solo este camino tan difícil?
Pero pronto me sentí consolado. Vi avanzar hacia mí un numeroso grupo de sacerdotes, de clérigos y de personas seglares, los cuales me dijeron:
—Aquí nos tienes; somos todos tuyos y estamos dispuestos a seguirte.
Poniéndome entonces al frente de ellos reemprendí el camino. Solamente algunos se desanimaron, deteniéndose, pero la mayoría llegó conmigo a la meta. Después de haber recorrido el emparrado en toda su longitud, me encontré en un nuevo y amenísimo jardín, rodeado de todos mis seguidores. Todos estaban macilentos, desgreñados, cubiertos de sangre. Entonces se levantó una suave brisa y al conjuro de la misma todos sanaron. Sopló nuevamente otro vientecillo y, como por ensalmo, me encontré rodeado de un inmenso número de jóvenes y de clérigos, de coadjutores y de sacerdotes, que comenzaron a trabajar conmigo guiando a aquella juventud. A algunos no los conocía, otras fisonomías, en cambio, me eran familiares.
Entretanto, habiendo llegado a un paraje elevado del jardín, me encontré con un edificio colosal, sorprendente por su magnificencia artística, y al cruzar el umbral penetré en una espaciosa sala tan rica, que ningún palacio del mundo podría contener otra igual. Estaba completamente adornada con rosas fragantísimas y sin espinas, de las que emanaba un suavísimo olor. Entonces, la Santísima Virgen, que había sido mi guía, me preguntó:
—¿Sabes qué es lo que significa lo que estás viendo ahora y lo que has observado antes?
—No —respondí—, os ruego que me lo expliquéis.
Entonces Ella dijo:
—Has de saber que el camino por ti recorrido entre rosas y espinas significa el cuidado con que has de atender a la juventud; debes caminar con el calzado de la mortificación. Las espinas que estaban a flor de tierra representan los afectos sensibles, las simpatías o antipatías humanas que apartan al educador de su verdadero fin, que lo hieren o lo detienen en su misión, que le impiden avanzar y cosechar coronas para la vida eterna. Las rosas son símbolo de la caridad ardiente que debe ser tu distintivo y el de todos tus seguidores. Las otras espinas son los obstáculos, los sufrimientos, los disgustos que tendréis que soportar. Pero, no te desanimes. Con la caridad y con la mortificación superaras todas las dificultades y llegaras a las rosas sin espinas.
Apenas la Madre de Dios hubo terminado de hablar, volví en mí y me encontré en mi habitación».
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Notable es la circunstancia y muy digna de señalar, de que San Juan Bosco no habla aquí de un simple sueño, sino de una verdadera y auténtica visión. Al comenzar a expresarse, el siervo de Dios dice categóricamente: «...A fin de que nos animemos a trabajar cada vez más a la mayor gloria de Dios, ¡es contaré, no ya un sueño, sino lo que la misma Madre de Dios me hizo ver».
Terminando su relato con las siguientes palabras: «Apenas la Madre de Dios hubo terminado de hablar, volví en mí y me encontré en mi habitación».Tanto una como otra expresión ponen de manifiestoque aquí se trata de una verdadera visión.
A los 9 años tiene Juan Bosco el primero de sus 159 sueños proféticos. Se le aparece Jesucristo junto con la Virgen María y le presentan un gran número de fieras que luego se convierten en corderos. Luego le muestra una multitud de jóvenes y le dicen: "Este será tu oficio: cambiar jóvenes tan difíciles como fieras, en buenos cristianos tan dóciles como corderos".
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