FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

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CRISTO ES EL ALFA Y OMEGA ETERNO Y TOTAL 9 [RECOPILACIÓN]


Tomado de conocereisdeverdad.org

Christus heri et hodie, principium et finis, alpha et omega... «Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos» (Misal romano, preparación del cirio pascual).

El Verbo eterno, al hacerse hombre, entró en el mundo y lo acogió para redimirlo. Por tanto, el mundo no sólo está marcado por la terrible herencia del pecado; es, ante todo, un mundo salvado por Cristo, el Hijo de Dios, crucificado y resucitado. Jesús es el Redentor del mundo, el Señor de la historia. Eius sunt tempora et saecula: suyos son los años y los siglos. Por eso creemos que, al entrar en el tercer milenio junto con Cristo, cooperaremos en la transformación del mundo redimido por él. Mundus creatus, mundus redemptus.

Desgraciadamente, la humanidad cede a la influencia del mal de muchos modos. Sin embargo, impulsada por la gracia, se levanta continuamente, y camina hacia el bien guiada por la fuerza de la redención. Camina hacia Cristo, según el proyecto de Dios Padre.

«Jesucristo es el principio y el fin, el alfa y la omega. Suyo es el tiempo y la eternidad»


JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

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Jesucristo, Rey del universo. - Desde el anuncio de su nacimiento, el Hijo unigénito del Padre, nacido de la Virgen María, es definido "rey", en el sentido mesiánico, es decir, heredero del trono de David, según las promesas de los profetas, para un reino que no tendrá fin (cf. Lc 1, 32-33). La realeza de Cristo permaneció del todo escondida, hasta sus treinta años, transcurridos en una existencia ordinaria en Nazaret.

Después, durante su vida pública, Jesús inauguró el nuevo reino, que "no es de este mundo" (Jn 18, 36), y al final lo realizó plenamente con su muerte y resurrección. Apareciendo resucitado a los Apóstoles, les dijo: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28, 18): este poder brota del amor, que Dios manifestó plenamente en el sacrificio de su Hijo. El reino de Cristo es don ofrecido a los hombres de todos los tiempos, para que el que crea en el Verbo encarnado "no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16). Por eso, precisamente en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis, él proclama: "Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin" (Ap 22, 13). 

"Cristo, alfa y omega", así se titula el párrafo que concluye la primera parte de la constitución pastoral Gaudium et spes del concilio Vaticano II, promulgada hace 40 años. En aquella hermosa página, que retoma algunas palabras del siervo de Dios Pablo VI, leemos: "El Señor es el fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización, centro del género humano, gozo de todos los corazones y plenitud de sus aspiraciones". Y prosigue así: "Vivificados y reunidos en su Espíritu, peregrinamos hacia la consumación de la historia humana, que coincide plenamente con el designio de su amor: "Restaurar en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra" (Ef 1, 10)" (n. 45). A la luz de la centralidad de Cristo, la Gaudium et spes interpreta la condición del hombre contemporáneo, su vocación y dignidad, así como los ámbitos de su vida: la familia, la cultura, la economía, la política, la comunidad internacional. Esta es la misión de la Iglesia ayer, hoy y siempre: anunciar y testimoniar a Cristo, para que el hombre, todo hombre, pueda realizar plenamente su vocación. 

La Virgen María, a quien Dios asoció de modo singular a la realeza de su Hijo, nos obtenga acogerlo como Señor de nuestra vida, para cooperar fielmente en el acontecimiento de su reino de amor, de justicia y de paz. 

20.11.2005


CRISTO ES EL ALFA Y OMEGA ETERNO Y TOTAL 8 [RECOPILACIÓN]

Tomado de conocereisdeverdad.org

Christus heri et hodie, principium et finis, alpha et omega... «Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos» (Misal romano, preparación del cirio pascual).

El Verbo eterno, al hacerse hombre, entró en el mundo y lo acogió para redimirlo. Por tanto, el mundo no sólo está marcado por la terrible herencia del pecado; es, ante todo, un mundo salvado por Cristo, el Hijo de Dios, crucificado y resucitado. Jesús es el Redentor del mundo, el Señor de la historia. Eius sunt tempora et saecula: suyos son los años y los siglos. Por eso creemos que, al entrar en el tercer milenio junto con Cristo, cooperaremos en la transformación del mundo redimido por él. Mundus creatus, mundus redemptus.

Desgraciadamente, la humanidad cede a la influencia del mal de muchos modos. Sin embargo, impulsada por la gracia, se levanta continuamente, y camina hacia el bien guiada por la fuerza de la redención. Camina hacia Cristo, según el proyecto de Dios Padre.

«Jesucristo es el principio y el fin, el alfa y la omega. Suyo es el tiempo y la eternidad»


Cristo Rey

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"Rey, cuyo Reino no está armado de palillos, pues no tiene fin” (Santa Teresa) Descendiente del Rey David humanamente. Constituído Rey del universo por Dios, su Padre. Rey, pero sin palacios fastuosos, sin cortesanos ni servidumbre, sin guerras ni victorias, sin tributos ni privilegios. Rey que ha vendido a servir y no a ser servido; no a robarle imágen a los hombres, sino a derramar su sangre para introducirles en su Reino, de Verdad y de Vida, de Santidad y Gracia, de Justicia, de Amor y de Paz. Jesús Martí Ballester - Por P. Jesús Martí Ballester 


1. Con la solemnidad de Jesucristo Rey culmina cada año la Iglesia el curso litúrgico seguido en torno a Jesús, para significar que él es el centro y la vida, "el alfa y la omega, el principio y el fin" (Ap 21,6), el revelador del Padre, por ser la imagen visible de Dios invisible, el primogénito de entre los muertos, la Cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia, el primero en todo, el receptáculo de toda la plenitud y el reconciliador y pacificador de todo, por la sangre de su cruz Colosenses 1,12. Pero conviene aclarar que es Rey no como los de este mundo, ni de este mundo (Jn 18,36), por tanto no viene a competir con ningún rey o primer mandatario de la tierra. El Nuevo Testamento asume la tradición davídica, pero con un sentido paradójico: Jesús es hijo de David, pero reina radicalmente desde el no-poder, se identifica con el pobre, con el siervo sufriente, con el niño, como símbolo de quien no tiene poder.

2. En el año 1925, como fruto del Año Santo, el Papa Pío XI, como remedio de la secularización ya avanzando, instituyó esta fiesta para conseguir que los hombres y las instituciones se entregaran a Jesucristo Rey, sujetos por un nuevo título a su autoridad, pues su potestad abraza la entera persona humana, mente, voluntad, y corazón, el cual, apreciando menos los apetitos naturales, debe amar a Dios sobre todas las cosas y estar unido a El sólo. Jesucristo debe reinar en el cuerpo y en los miembros como instrumentos, como dice San Pablo, de justicia paraDios, servidores de la interna santificación del alma. Si estas cosas se proponen a la consideración de los fieles, éstos se inclinarán más fácilmente a la perfección, como escribió en Papa en la Encíclica "Quas primas". Para desde el reinado de Jesús en los corazones llegar a reinar en las sociedades y en la historia. 

3. Cuando el Señor rechazó a Saúl como rey de Israel, mandó a Samuel a buscar a David para ungirle rey en Belén (1 Sam 16,1): "Tomó Samuel el cuerno del aceite y ungió a David. El Espíritu del Señor se apoderó de él" (1 Sam 16,13). Por segunda vez, "Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón en presencia del Señor, ellos ungieron a David como rey de Israel" 2 Samuel 5,3. Jesús, que por genealogía humana es rey como descendiente del rey David, como lo atestigua San Mateo 1,1), fue ungido = Cristo en griego, y Mesías, en hebreo y arameo, por el Espíritu Santo, no por Samuel, como su padre David. Sobre Jesús, el Hijo de David, descendió en el Bautismo el Espíritu Santo (Lc 3,21), como lo testificó Pedro en casa de Cornelio (He 10,34). David, el Ungido del Señor, convertido en Pastor-Rey de pueblos el que era pastor de ovejas, es el tipo de Jesucristo Hijo de David, que hereda su reino, y por eso es profetizado Pastor-Rey por Ezequiel (Ez 34,23). Los enfermos le gritaban: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí” (Mc 10,47). Las multitudes le aclamaban: “¡Hosanna al Hijo de David!” (Mt 21,9). Y San Pablo le exhortará a Timoteo, en su testamento: “Acuérdate de Jesucristo resucitado de entre los muertos, del linaje de David” (2 Tim 2,8).

4. El mismo Jesús se proclamó Pastor Rey, pues los reyes se consideraban Pastores y guías del pueblo: "Yo soy el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas" (Jn 10,11). El pueblo comprendía perfectamente que en el pastor que caminaba delante de su rebaño, tenía la seguridad de ser apacentado, dirigido, defendido, conducido y protegido por una sabiduría y un poder superiores. En una palabra, veían a Dios su Creador y su Señor, conductor y guía de su pueblo, con su providencia a su servicio y su amor fiel e incondicional que lo dirigía con poder.

5. Por eso, la proclamación de Jesús como Rey "nos llena de alegría sabiendo que vamos a la casa del Señor", que es su reino, donde celebraremos su nombre y su victoria Salmo 121. 


6. Al degenerar la imagen del rey por el contagio de Israel con otros pueblos gobernados por reyes casi siempre tiranos, y en el mismo Israel por la mala conducta de algunos de sus reyes, era necesaria una larga evolución en su teología para pasar de una visión terrena y humana de mesianismo triunfalista, a la visión del Reino de Dios, que culminará en la cruz, en el más rotundo y clamoroso fracaso. Y lo mismo ha ocurrido en otros países más occidentales y habremos de atenernos al mandato de Jesús: “Los reyes de las naciones las tiranizan. Pero entre vosotros no ha de ser así, sino que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor” (Lc 22,25). Así lo ha hecho El, que ha querido caminar entre valles de tinieblas por donde caminamos nosotros, los hombres, y ha subido el camino del Calvario. Extenuado, le quedan pocos momentos de vida, ya no es un peligro para sus adversarios. Le piden que baje de la cruz, como el diablo en el desierto le pidió que se tirara del pináculo del Templo (Mt 4,5). Jesús no accede. Acepta el plan del Padre: el mesianismo doliente y crucificado; a los insultos responde con el silencio (Mt 27,14). Le provocan furiosos los ladrones (Mt 27,4). Pero hay un ladrón que increpa a su compañero, "lo nuestro es justo, pero éste no ha hecho ningún mal"... Su compasión y sentido de la justicia le hacen lanzar un grito de confianza: "Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino". Jesús, reuniendo sus fuerzas en medio de los tormentos, le responde y le garantiza: "Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso" Lucas 23,35. Jesús, que ha afirmado solemnemente ante Pilato: “Tú lo dices: Yo soy Rey” (Jn 18,37), promete recibir en su reino hoy mismo, al ladrón que viéndole en la cruz, le confiesa rey.


7. Las amenazas y los sarcasmos no han obtenido su respuesta. La oración emocionada de aquel ladrón ajusticiado, sí, y qué respuesta. Yo quiero penetrar en el corazón de cada uno de los dos: del ladrón, reconciliado, aceptando su muerte, pacificado, lleno de esperanza, transfigurado su rostro, antes alterado. Había observado a Jesús, y le había convencido y convertido su paciencia, su bondad, su amor. Y quiero entrar en el Corazón de Jesús que en medio de los tormentos, ve a su lado recién brotada una espiga de la cosecha. Ha comenzado a manifestarse la eficacia de la Sangre derramada. Jesús ya ha comenzado a reinar: Es rey en el corazón de un ladrón bueno, que se dejó seducir por el gesto de Cristo, por sus palabras de amor, de verdad y de perdón. He ahí dos crucificados en la paz de Dios. Son amigos. Los dos van a morir en el amor. Los dos van a ser recibidos por los brazos del Padre. El buen ladrón ha descubierto el mundo de la gracia. En medio de la justicia y de la injusticia, la de Jesús y la suya, ha sabido reconocer en la muerte de Jesús el camino de la vida y ha pasado de la muerte a la vida, del pecado a la santidad. 


8. Pasó en el rodaje de la película “JESÚS DE NAZARET” que dirigió hace algunos años Franco Zeffirelli. Yo guardo un recorte de prensa con unas declaraciones de Robert Powell, que interpretó en esa película a Jesús. Tenía 31 años y no era católico. Su vida cambió radicalmente tras el rodaje de la película. Y reveló que durante el rodaje ocurrieron cosas emocionantes, y conversiones, ente ellas la del que representaba a Judas, que era ateo. Todos los actores sufrieron una crisis religiosa que a muchos les transformó. Jesús Rey no deja indiferentes. El amor engendra vida: “Donde no hay amor, ponga amor y cosechará amor” (San Juan de la Cruz).


9. Dejémonos nosotros invadir por el amor de Jesús para pasar también de nuestra muerte a la vida, por la Eucaristía. Porque El no sólo es el rey del cosmos, pues “todo fue creado por El y para él”, sino que es rey porque nos ha redimido, y porque es la “cabeza del cuerpo, de la Iglesia”. Y como “primogénito de todos los muertos en el que reside toda la plenitud”, quiere “reconciliar consigo todos los seres por la sangre de su cruz”; y reinar dentro de nosotros. “El reino de Dios está dentro de vosotros”. No ha temido que los hombres le robemos imagen, sino que nos ha constituido, por el Bautismo, reyes y sacerdotes para su Padre, para que le ayudemos a instaurar en el mundo su Reino, de la verdad y de la vida, de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz. 

10. El reino de la verdad. En el mundo no hay verdad, el relativismo la manipula. Por eso dice Jesús que su Reino no es de este mundo. Porque en el mundo todo es falso. Los reyes de este mundo, los que tienen el poder, son hombres sujetos a pasiones y mueren: A veces el que menos manda es el rey. Los validos, los cortesanos que les auparon, usurpan el poder. Y por tanto no es verdad que el rey sea el rey. 

11. El Reino de la vida. Más pronto o más tarde llega la muerte: ¿Cuántos reyes célebres podríamos ahora recordar? Carlos V, Felipe II... El reino de este mundo es el reino de la muerte. El reino de Cristo es el Reino de la Vida y si murió, fue por amor, pero venció la muerte. Es el primogénito de los muertos, el primer resucitado. 

12. El Reino de santidad y de gracia. La santidad es el triunfo de las virtudes. La santidad es la vida de Dios, espíritu de Dios, intenciones en el actuar según las intenciones de Dios. 
13. El Reino de la justicia. Reino donde se trabaja, donde se mira al hermano como hermano, sin diferencia de clases, donde el que tiene da al que no tiene, donde el que sabe enseña al que no sabe. 


14. El Reino del amor. El cimiento del Reino es el amor porque Dios, que es Amor, ha querido, por amor, que participáramos del clima de su Reino en el Amor. Y su Legislador propone como máximo mandamiento, el mandamiento del amor: a Dios y a los hermanos. En el reino del amor no cabe el odio, pero tampoco la mala voluntad, ni la envidia ni el egoísmo. Jesús Rey de Amor, excluye de su reino los partidos y las banderías, las murmuraciones y calumnias, las palabras que ataquen de alguna manera la caridad fraterna. Pero no sólo es negativo el mandato del amor. Cristo Rey quiere positivamente que en su Reino viva la bondad de unos con otros, la comprensión e indulgencia, la tolerancia y la afabilidad sincera y sencilla, sin reticencias; la cordial servicialidad que ve en los hermanos a Dios, que acepta como hecho a el lo que se ha hecho con sus pequeños.

15. El Reino de la Paz. Es natural. ¿A dónde, si no, llegaremos por el camino de la santidad y de la gracia y de la justicia y del amor, sino a la paz, entera y total, a la tranquilidad del orden, al mar en calma de la paz conseguida a costa de superar las embravecidas olas del egoísmo y desamor, del odio y del pecado? 

16. “In Pace”, rezaban los epitafios de los primeros mártires cristianos en las catacumbas. “En la Paz”. El mundo con todo su dinero, placer y poder, no puede dar la paz de Dios. 
17. "Hemos sido trasladados al Reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados" Colosenses 1,12. Hoy ya no es suficiente hablar de Cristo, dice Juan Pablo II. El gran desafío del testimonio de católicos, ortodoxos y protestantes hoy es «ayudar a la gente a verle». Esta fue la consigna que dio el pontífice a mil quinientos fieles greco-católicos de Ucrania. Tras recordar los años del régimencomunista, el Papa reconoció que «hoy en vuestra tierra se puede hablar libremente de Dios. Pero para el hombre contemporáneo, inmerso en el estruendo y en la confusión de la vida cotidiana, las palabras ya no son suficientes: no sólo quiere oír hablar de Cristo», sino «en cierto sentido verle». «Dad al pueblo la posibilidad de ver a su Salvador, no esperéis a que alguien cree las condiciones favorables al compromiso y trabajo pastoral, suscitadlas vosotros mismos con creatividad y generosidad». Pero sobre todo, «¡testimoniad con la vida y con las obras la presencia del Resucitado entre vosotros! Es el mensaje más elocuente y eficaz que podéis dar a vuestros conciudadanos». 

18. Cristo Rey de Amor, has querido comprarnos con tu agonía y con tu sangre, con tu amor. No has temido que los hombres te hagan sombra, sino que les acompañas para que alcancen su plenitud en tu Reino: “Que eres Dios, y no hombre, y no te gusta destruir” 
(Os 11,9). Y “el hombre viviente es tu gloria” (San Ireneo). Déjanos que te digamos que te queremos amar; que no queremos separarnos de Tí, que queremos seguir siempre siendo ovejas de tu rebaño. Con tu gracia y ayuda, lucharemos para dar a conocer al mundo cuánto nos amas. Nos asaltan los enemigos, ¿cuáles? Mundo, demonio y carne. El egoísmo nos quiere dominar. La sensualidad y la vida de sentidos nos quieren acaparar... Por eso nos agarraremos con fuerza y perseverancia a tus sacramentos, a la oración, a la atención a tu presencia y al sacrificio, para que reines en nuestra vida y en nuestro entorno, con la ayuda indispensable de la intercesión segura de la Virgen Madre del Rey. Amen.


Jesús Martí Ballester

CRISTO ES EL ALFA Y OMEGA ETERNO Y TOTAL 7 [RECOPILACIÓN]

Tomado de conocereisdeverdad.org

Christus heri et hodie, principium et finis, alpha et omega... «Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos» (Misal romano, preparación del cirio pascual).

El Verbo eterno, al hacerse hombre, entró en el mundo y lo acogió para redimirlo. Por tanto, el mundo no sólo está marcado por la terrible herencia del pecado; es, ante todo, un mundo salvado por Cristo, el Hijo de Dios, crucificado y resucitado. Jesús es el Redentor del mundo, el Señor de la historia. Eius sunt tempora et saecula: suyos son los años y los siglos. Por eso creemos que, al entrar en el tercer milenio junto con Cristo, cooperaremos en la transformación del mundo redimido por él. Mundus creatus, mundus redemptus.

Desgraciadamente, la humanidad cede a la influencia del mal de muchos modos. Sin embargo, impulsada por la gracia, se levanta continuamente, y camina hacia el bien guiada por la fuerza de la redención. Camina hacia Cristo, según el proyecto de Dios Padre.

«Jesucristo es el principio y el fin, el alfa y la omega. Suyo es el tiempo y la eternidad»


EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

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1. Hemos escuchado uno de los salmos más célebres de la historia de la cristiandad. En efecto, el salmo 109, que la liturgia de las Vísperas nos propone cada domingo, se cita repetidamente en el Nuevo Testamento. Sobre todo los versículos 1 y 4 se aplican a Cristo, siguiendo la antigua tradición judía, que había transformado este himno de canto real davídico en salmo mesiánico. 

La popularidad de esta oración se debe también al uso constante que se hace de ella en las Vísperas del domingo. Por este motivo, el salmo 109, en la versión latina de la Vulgata, ha sido objeto de numerosas y espléndidas composiciones musicales que han jalonado la historia de la cultura occidental. La liturgia, según la práctica elegida por el concilio Vaticano II, ha recortado del texto original hebreo del salmo, que entre otras cosas tiene sólo 63 palabras, el violento versículo 6. Subraya la tonalidad de los así llamados "salmos imprecatorios" y describe al rey judío mientras avanza en una especie de campaña militar, aplastando a sus adversarios y juzgando a las naciones. 
2. Dado que tendremos ocasión de volver otras veces a este salmo, considerando el uso que hace de él la liturgia, nos limitaremos ahora a ofrecer sólo una visión de conjunto. 

Podemos distinguir claramente en él dos partes. La primera (cf. vv. 1-3) contiene un oráculo dirigido por Dios a aquel que el salmista llama "mi Señor", es decir, el soberano de Jerusalén. El oráculo proclama la entronización del descendiente de David "a la derecha" de Dios. En efecto, el Señor se dirige a él, diciendo: "Siéntate a mi derecha" (v. 1). Verosímilmente, se menciona aquí un ritual según el cual se hacía sentar al elegido a la derecha del arca de la alianza, de modo que recibiera el poder de gobierno del rey supremo de Israel, o sea, del Señor. 

3. En el ambiente se intuyen fuerzas hostiles, neutralizadas, sin embargo, por una conquista victoriosa: se representa a los enemigos a los pies del soberano, que camina solemnemente en medio de ellos, sosteniendo el cetro de su autoridad (cf. vv. 1-2). Ciertamente, es el reflejo de una situación política concreta, que se verificaba en los momentos de paso del poder de un rey a otro, con la rebelión de algunos súbditos o con intentos de conquista. Ahora, en cambio, el texto alude a un contraste de índole general entre el proyecto de Dios, que obra a través de su elegido, y los designios de quienes querrían afirmar su poder hostil y prevaricador. Por tanto, se da el eterno enfrentamiento entre el bien y el mal, que se desarrolla en los acontecimientos históricos, mediante los cuales Dios se manifiesta y nos habla. 

4. La segunda parte del salmo, en cambio, contiene un oráculo sacerdotal, cuyo protagonista sigue siendo el rey davídico (cf. vv. 4-7). La dignidad real, garantizada por un solemne juramento divino, une en sí también la sacerdotal. La referencia a Melquisedec, rey- $sacerdote de Salem, es decir, de la antigua Jerusalén (cf. Gn14), es quizá un modo de justificar el sacerdocio particular del rey junto al sacerdocio oficial levítico del templo de Sión. Además, es sabido que la carta a los Hebreos partirá precisamente de este oráculo: "Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec" (Sal 109, 4), para ilustrar el particular y perfecto sacerdocio de Jesucristo. 

Examinaremos posteriormente más a fondo el salmo 109, realizando un análisis esmerado de cada uno de sus versículos. 

5. Como conclusión, sin embargo, quisiéramos releer el versículo inicial del salmo con el oráculo divino: "Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies". Y lo haremos con san Máximo de Turín (siglo IV-V), quien en su Sermón sobre Pentecostés lo comenta así: "Según nuestra costumbre, la participación en el trono se ofrece a aquel que, realizada una empresa, llegando vencedor merece sentarse como signo de honor. Así pues, también el hombre Jesucristo, venciendo con su pasión al diablo, abriendo de par en par con su resurrección el reino de la muerte, llegando victorioso al cielo como después de haber realizado una empresa, escucha de Dios Padre esta invitación: "Siéntate a mi derecha". No debemos maravillarnos de que el Padre ofrezca la participación del trono al Hijo, que por naturaleza es de la misma sustancia del Padre... El Hijo está sentado a la derecha porque, según el Evangelio, a la derecha estarán las ovejas, mientras que a la izquierda estarán los cabritos. Por tanto, es necesario que el primer Cordero ocupe la parte de las ovejas y la Cabeza inmaculada tome posesión anticipadamente del lugar destinado a la grey inmaculada que lo seguirá" (40, 2: Scriptores circa Ambrosium, IV, Milán-Roma 1991, p. 195). 


(©L´Osservatore Romano - 28 de noviembre de 2003)

CRISTO ES EL ALFA Y OMEGA ETERNO Y TOTAL 6 [RECOPILACIÓN]

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Christus heri et hodie, principium et finis, alpha et omega... «Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos» (Misal romano, preparación del cirio pascual).

El Verbo eterno, al hacerse hombre, entró en el mundo y lo acogió para redimirlo. Por tanto, el mundo no sólo está marcado por la terrible herencia del pecado; es, ante todo, un mundo salvado por Cristo, el Hijo de Dios, crucificado y resucitado. Jesús es el Redentor del mundo, el Señor de la historia. Eius sunt tempora et saecula: suyos son los años y los siglos. Por eso creemos que, al entrar en el tercer milenio junto con Cristo, cooperaremos en la transformación del mundo redimido por él. Mundus creatus, mundus redemptus.

Desgraciadamente, la humanidad cede a la influencia del mal de muchos modos. Sin embargo, impulsada por la gracia, se levanta continuamente, y camina hacia el bien guiada por la fuerza de la redención. Camina hacia Cristo, según el proyecto de Dios Padre.

«Jesucristo es el principio y el fin, el alfa y la omega. Suyo es el tiempo y la eternidad»


Alfa y al mismo tiempo Omega

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«¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí, ha resucitado» (Mc 16, 6). Así dijo el mensajero de Dios, vestido de blanco, a las mujeres que buscaban el cuerpo de Jesús en el sepulcro. Y lo mismo nos dice también a nosotros el evangelista en esta noche santa: Jesús no es un personaje del pasado. Él vive y, como ser viviente, camina delante de nosotros; nos llama a seguirlo a Él, el viviente, y a encontrar así también nosotros el camino de la vida.

«Ha resucitado..., no está aquí». Cuando Jesús habló por primera vez a los discípulos sobre la cruz y la resurrección, estos, mientras bajaban del monte de la Transfiguración, se preguntaban qué querría decir eso de «resucitar de entre los muertos» (Mc 9, 10). En Pascua nos alegramos porque Cristo no ha quedado en el sepulcro, su cuerpo no ha conocido la corrupción; pertenece al mundo de los vivos, no al de los muertos; nos alegramos porque Él es –como proclamamos en el rito del cirio pascual– Alfa y al mismo tiempo Omega, y existe por tanto, no sólo ayer, sino también hoy y por la eternidad (cf. Hb 13, 8). Pero, en cierto modo, vemos la resurrección tan fuera de nuestro horizonte, tan extraña a todas nuestras experiencias, que, entrando en nosotros mismos, continuamos con la discusión de los discípulos: ¿En qué consiste propiamente eso de «resucitar»? ¿Qué significa para nosotros? ¿Y para el mundo y la historia en su conjunto? Un teólogo alemán dijo una vez con ironía que el milagro de un cadáver reanimado –si es que eso hubiera ocurrido verdaderamente, algo en lo que no creía– sería a fin de cuentas irrelevante para nosotros porque, justamente, no nos concierne. En efecto, el que solamente una vez alguien haya sido reanimado, y nada más, ¿de qué modo debería afectarnos? Pero la resurrección de Cristo es precisamente algo más, una cosa distinta. Es –si podemos usar por una vez el lenguaje de la teoría de la evolución– la mayor «mutación», el salto más decisivo en absoluto hacia una dimensión totalmente nueva, que se haya producido jamás en la larga historia de la vida y de sus desarrollos: un salto de un orden completamente nuevo, que nos afecta y que atañe a toda la historia.

Por tanto, la discusión comenzada con los discípulos comprendería las siguientes preguntas: ¿Qué es lo que sucedió allí? ¿Qué significa eso para nosotros, para el mundo en su conjunto y para mí personalmente? Ante todo: ¿Qué sucedió? Jesús ya no está en el sepulcro. Está en una vida nueva del todo. Pero, ¿cómo pudo ocurrir eso? ¿Qué fuerzas han intervenido? Es decisivo que este hombre Jesús no estuviera solo, no fuera un Yo cerrado en sí mismo. Él era uno con el Dios vivo, unido talmente a Él que formaba con Él una sola persona. Se encontraba, por así decir, en un mismo abrazo con Aquél que es la vida misma, un abrazo no solamente emotivo, sino que abarcaba y penetraba su ser. Su propia vida no era solamente suya, era una comunión existencial con Dios y un estar insertado en Dios, y por eso no se le podía quitar realmente. Él pudo dejarse matar por amor, pero justamente así destruyó el carácter definitivo de la muerte, porque en Él estaba presente el carácter definitivo de la vida. Él era una cosa sola con la vida indestructible, de manera que ésta brotó de nuevo a través de la muerte. Expresemos una vez más lo mismo desde otro punto de vista.

Su muerte fue un acto de amor. En la última Cena, Él anticipó la muerte y la transformó en el don de sí mismo. Su comunión existencial con Dios era concretamente una comunión existencial con el amor de Dios, y este amor es la verdadera potencia contra la muerte, es más fuerte que la muerte. La resurrección fue como un estallido de luz, una explosión del amor que desató el vínculo hasta entonces indisoluble del «morir y devenir». Inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, en la que también ha sido integrada la materia, de manera transformada, y a través de la cual surge un mundo nuevo.

Está claro que este acontecimiento no es un milagro cualquiera del pasado, cuya realización podría ser en el fondo indiferente para nosotros. Es un salto cualitativo en la historia de la «evolución» y de la vida en general hacia una nueva vida futura, hacia un mundo nuevo que, partiendo de Cristo, entra ya continuamente en este mundo nuestro, lo transforma y lo atrae hacia sí. Pero, ¿cómo ocurre esto? ¿Cómo puede llegar efectivamente este acontecimiento hasta mí y atraer mi vida hacia Él y hacia lo alto? La respuesta, en un primer momento quizás sorprendente pero completamente real, es la siguiente: dicho acontecimiento me llega mediante la fe y el bautismo. Por eso el Bautismo es parte de la Vigilia pascual, como se subraya también en esta celebración con la administración de los sacramentos de la iniciación cristiana a algunos adultos de diversos países. El Bautismo significa precisamente que no es un asunto del pasado, sino un salto cualitativo de la historia universal que llega hasta mí, tomándome para atraerme. El Bautismo es algo muy diverso de un acto de socialización eclesial, de un ritual un poco fuera de moda y complicado para acoger a las personas en la Iglesia. También es más que una simple limpieza, una especie de purificación y embellecimiento del alma. Es realmente muerte y resurrección, renacimiento, transformación en una nueva vida.

¿Cómo lo podemos entender? Pienso que lo que ocurre en el Bautismo se puede aclarar más fácilmente para nosotros si nos fijamos en la parte final de la pequeña autobiografía espiritual que san Pablo nos ha dejado en su Carta a los Gálatas. Concluye con las palabras que contienen también el núcleo de dicha biografía: «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (2, 20). Vivo, pero ya no soy yo. El yo mismo, la identidad esencial del hombre –de este hombre, Pablo– ha cambiado. Él todavía existe y ya no existe. Ha atravesado un «no» y sigue encontrándose en este «no»: Yo, pero «no» más yo. Con estas palabras, Pablo no describe una experiencia mística cualquiera, que tal vez podía habérsele concedido y, si acaso, podría interesarnos desde el punto de vista histórico. No, esta frase es la expresión de lo que ha ocurrido en el Bautismo. Se me quita el propio yo y es insertado en un nuevo sujeto más grande. Así, pues, está de nuevo mi yo, pero precisamente transformado, bruñido, abierto por la inserción en el otro, en el que adquiere su nuevo espacio de existencia. Pablo nos explica lo mismo una vez más bajo otro aspecto cuando, en el tercer capítulo de la Carta a los Gálatas, habla de la «promesa» diciendo que ésta se dio en singular, a uno solo: a Cristo. Sólo él lleva en sí toda la «promesa».

Pero, ¿qué sucede entonces con nosotros? Vosotros habéis llegado a ser uno en Cristo, responde Pablo (cf. Ga 3, 28). No sólo una cosa, sino uno, un único, un único sujeto nuevo. Esta liberación de nuestro yo de su aislamiento, este encontrarse en un nuevo sujeto es un encontrarse en la inmensidad de Dios y ser trasladados a una vida que ha salido ahora ya del contexto del «morir y devenir». El gran estallido de la resurrección nos ha alcanzado en el Bautismo para atraernos.

Quedamos así asociados a una nueva dimensión de la vida en la que, en medio de las tribulaciones de nuestro tiempo, estamos ya de algún modo inmersos. Vivir la propia vida como un continuo entrar en este espacio abierto: éste es el sentido del ser bautizado, del ser cristiano. Ésta es la alegría de la Vigilia pascual. La resurrección no ha pasado, la resurrección nos ha alcanzado e impregnado. A ella, es decir al Señor resucitado, nos sujetamos, y sabemos que también Él nos sostiene firmemente cuando nuestras manos se debilitan. Nos agarramos a su mano, y así nos damos la mano unos a otros, nos convertimos en un sujeto único y no solamente en una sola cosa. Yo, pero no más yo: ésta es la fórmula de la existencia cristiana fundada en el bautismo, la fórmula de la resurrección en el tiempo. Yo, pero no más yo: si vivimos de este modo transformamos el mundo. Es la fórmula de contraste con todas las ideologías de la violencia y el programa que se opone a la corrupción y a las aspiraciones del poder y del poseer.

«Viviréis, porque yo sigo viviendo», dice Jesús en el Evangelio de San Juan (14, 19) a sus discípulos, es decir, a nosotros. Viviremos mediante la comunión existencial con Él, por estar insertos en Él, que es la vida misma. La vida eterna, la inmortalidad beatífica, no la tenemos por nosotros mismos ni en nosotros mismos, sino por una relación, mediante la comunión existencial con Aquél que es la Verdad y el Amor y, por tanto, es eterno, es Dios mismo. La mera indestructibilidad del alma, por sí sola, no podría dar un sentido a una vida eterna, no podría hacerla una vida verdadera. La vida nos llega del ser amados por Aquél que es la Vida; nos viene del vivir con Él y del amar con Él. Yo, pero no más yo: ésta es la vía de la Cruz, la vía que «cruza» una existencia encerrada solamente en el yo, abriendo precisamente así el camino a la alegría verdadera y duradera.

De este modo, llenos de gozo, podemos cantar con la Iglesia en el Exultet: «Exulten por fin los coros de los ángeles... Goce también la tierra». La resurrección es un acontecimiento cósmico, que comprende cielo y tierra, y asocia el uno con la otra. Y podemos proclamar también con el Exultet: «Cristo, tu hijo resucitado... brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos». Amén. 15.04.2006

CRISTO ES EL ALFA Y OMEGA ETERNO Y TOTAL 5 [RECOPILACIÓN]

Tomado de conocereisdeverdad.org

Christus heri et hodie, principium et finis, alpha et omega... «Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos» (Misal romano, preparación del cirio pascual).

El Verbo eterno, al hacerse hombre, entró en el mundo y lo acogió para redimirlo. Por tanto, el mundo no sólo está marcado por la terrible herencia del pecado; es, ante todo, un mundo salvado por Cristo, el Hijo de Dios, crucificado y resucitado. Jesús es el Redentor del mundo, el Señor de la historia. Eius sunt tempora et saecula: suyos son los años y los siglos. Por eso creemos que, al entrar en el tercer milenio junto con Cristo, cooperaremos en la transformación del mundo redimido por él. Mundus creatus, mundus redemptus.

Desgraciadamente, la humanidad cede a la influencia del mal de muchos modos. Sin embargo, impulsada por la gracia, se levanta continuamente, y camina hacia el bien guiada por la fuerza de la redención. Camina hacia Cristo, según el proyecto de Dios Padre.

«Jesucristo es el principio y el fin, el alfa y la omega. Suyo es el tiempo y la eternidad»




Pentecostés, punto de partida de la misión de la Iglesia

Imagen tomada de ubugingo.com
La tarde del día de su resurrección, Jesús, apareciéndose a los discípulos, «sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”» (Jn 20, 22). El Espíritu Santo se posó sobre los Apóstoles con mayor fuerza aún el día de Pentecostés: «De repente un ruido del cielo –se lee en los Hechos de los Apóstoles–, como el de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno» (2, 2-3).

El Espíritu Santo renovó interiormente a los Apóstoles, revistiéndolos de una fuerza que los hizo audaces para anunciar sin miedo: «¡Cristo ha muerto y ha resucitado!». Libres de todo temor comenzaron a hablar con franqueza (cf. Hch 2, 29; 4, 13; 4, 29.31). De pescadores atemorizados se convirtieron en heraldos valientes del Evangelio. Tampoco sus enemigos lograron entender cómo hombres «sin instrucción ni cultura» (cf. Hch 4, 13) fueran capaces de demostrar tanto valor y de soportar las contrariedades, los sufrimientos y las persecuciones con alegría. Nada podía detenerlos. A los que intentaban reducirlos al silencio respondían: «Nosotros no podemos dejar de contar lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 20). Así nació la Iglesia, que desde el día de Pentecostés no ha dejado de extender la Buena Noticia«hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8).

«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.

CRISTO ES EL ALFA Y OMEGA ETERNO Y TOTAL 4 [RECOPILACIÓN]


Tomado de conocereisdeverdad.org


Christus heri et hodie, principium et finis, alpha et omega... «Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos» (Misal romano, preparación del cirio pascual).

El Verbo eterno, al hacerse hombre, entró en el mundo y lo acogió para redimirlo. Por tanto, el mundo no sólo está marcado por la terrible herencia del pecado; es, ante todo, un mundo salvado por Cristo, el Hijo de Dios, crucificado y resucitado. Jesús es el Redentor del mundo, el Señor de la historia. Eius sunt tempora et saecula: suyos son los años y los siglos. Por eso creemos que, al entrar en el tercer milenio junto con Cristo, cooperaremos en la transformación del mundo redimido por él. Mundus creatus, mundus redemptus.

Desgraciadamente, la humanidad cede a la influencia del mal de muchos modos. Sin embargo, impulsada por la gracia, se levanta continuamente, y camina hacia el bien guiada por la fuerza de la redención. Camina hacia Cristo, según el proyecto de Dios Padre.

«Jesucristo es el principio y el fin, el alfa y la omega. Suyo es el tiempo y la eternidad»



Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo


Image Courtesy imagenestop.com


Realeza y realismo - Desde los supuestos humanos, Cristo no podía ser aclamado como rey. Le faltaba cuna, méritos políticos, heroísmos sociales, aclamación popular. Y de Jesucristo ni siquiera se aceptaba su sabiduría y liderazgo social, porque era conocido como el hijo de José y María, y vecino de Nazaret. Por eso el Señor se apresura a clarificar que su reino no es de este mundo. Con ello afirma su realeza y rechaza sospechadas pretensiones de gobierno político y de prevalencia o prestigio social. La realeza de Cristo se engarza esencialmente con su identidad divina y, por tanto, con los valores no aparentes sino reales, originarios y permanentes, radicales y definitivos. Así lo proclama el Señor: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad».

La realeza de Cristo nace de la Verdad infinita, goza de la capitalidad universal y está en el origen y en el fin de toda realidad. Cristo es la Verdad porque es Dios. La realidad, todo cuanto es, tiene su origen en Dios. Nada ni nadie tiene en sí mismo fuerza para ser ni para permanecer en la existencia recibida. La Verdad, origen de todo y referencia para todo y para todos, es la que da consistencia a toda sabiduría y verifica el bien en todas sus dimensiones. Dios es quien existe por sí mismo y da la existencia a todo, lo sostiene todo y lo ordena todo hacia la perfección en la plenitud del equilibrio definitivo. Es Dios quien lo rige todo con el mayor de los aciertos y con la más difícil de las estrategias. Dios reina con el amor que se vuelca incondicional y universalmente y, desde el amor infinito, ejerce el máximo respeto que, en el caso del ser humano, se plasma en el don de la libertad. Este don precioso, identifica y dignifica al hombre y le compromete en la corresponsabilidad sobre sí mismo en unión con Dios, creador y salvador suyo.
Las reflexiones precedentes nos llevan a concluir que la realeza de Dios, que está en el origen de todo y de todos, no se impone irremisiblemente a nadie. Se anuncia, se manifiesta, y nos invita a aceptarle. Cristo es la Palabra viva del Padre que nos da a conocer a Dios. Por eso dice: «Quien me ve a mí, ve al Padre». Ésta es la razón por la que el Señor, junto a la clarificación de la esencia de su realeza, clarifica también la identidad de quienes integran su pueblo: «Todo el que es de la verdad escucha mi voz».

El texto evangélico nos enfrenta con la identidad esencial de Cristo y con la identidad vocacional nuestra. Aceptar la realeza de Jesús nos lleva al realismo más integral y fructífero. Ése es el camino. No olvidemos que Cristo dijo de sí mismo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida».


Santiago García Aracil - obispo de Jaén - 2003 nov.

CRISTO ES EL ALFA Y OMEGA ETERNO Y TOTAL 3 [RECOPILACIÓN]


Tomado de conocereisdeverdad.org

Christus heri et hodie, principium et finis, alpha et omega... «Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos» (Misal romano, preparación del cirio pascual).

El Verbo eterno, al hacerse hombre, entró en el mundo y lo acogió para redimirlo. Por tanto, el mundo no sólo está marcado por la terrible herencia del pecado; es, ante todo, un mundo salvado por Cristo, el Hijo de Dios, crucificado y resucitado. Jesús es el Redentor del mundo, el Señor de la historia. Eius sunt tempora et saecula: suyos son los años y los siglos. Por eso creemos que, al entrar en el tercer milenio junto con Cristo, cooperaremos en la transformación del mundo redimido por él. Mundus creatus, mundus redemptus.

Desgraciadamente, la humanidad cede a la influencia del mal de muchos modos. Sin embargo, impulsada por la gracia, se levanta continuamente, y camina hacia el bien guiada por la fuerza de la redención. Camina hacia Cristo, según el proyecto de Dios Padre.

«Jesucristo es el principio y el fin, el alfa y la omega. Suyo es el tiempo y la eternidad»




Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo
Rey de amor


El último domingo del año litúrgico es la fiesta solemne de Jesucristo, Rey del universo. Celebramos de esta manera como el colofón de la historia humana, que en Cristo tiene su punto omega. Verdaderamente, Cristo es el centro del cosmos y de la Historia. La Historia se cuenta antes de Cristo y después de Cristo, porque el acontecimiento de la Encarnación redentora ha marcado un antes y un después de este acontecimiento. Y Jesucristo es el final de la historia humana, porque en Él quedará recapitulado todo, y hacia Él confluirán todos los caminos de la Historia.

Jesucristo vivió con esta conciencia. Así leemos en el evangelio de San Juan: «¿Eres tú el rey de los judíos? -Tú lo has dicho, yo soy rey». Jesús tiene conciencia de ser rey, aunque no es un rey como los reyes de este mundo. Mi reino no es de este mundo. Él ha venido para ser testigo de la verdad, para enseñarnos el camino del amor verdadero, para conquistar nuestros corazones con la fuerza de su amor, que no supone violencia ni imposición, sino que convence a fuerza de amor.

«En el atardecer de la vida te examinarán del amor», nos recuerda san Juan de la Cruz, aludiendo al pasaje del Evangelio de este domingo. Seremos examinados de amor por el Rey del amor. Tuve hambre y me disteis de comer… ¿Cuándo? ¿Cómo? -Cada vez que lo hicisteis con uno de mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.El resumen de toda la vida cristiana es el amor. En este caso, el amor a nuestros hermanos necesitados, con los que Cristo se ha identificado. Por el misterio de la Encarnación, Jesucristo se ha unido de alguna manera con cada hombre. La Encarnación no termina en su humanidad santísima, sino que ha querido prolongarse en cada hombre que viene a este mundo, incorporándolo a ese gran cuerpo, que es su Iglesia.

Cristo se disfraza en el hermano hambriento, sediento, desnudo, para provocar nuestra misericordia hacia Él, en sus hermanos más pobres, de manera que también nosotros alcancemos misericordia. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. De esta manera, el amor cristiano encuentra su camino de ida y vuelta en Jesucristo. Primero, porque Él nos ha amado hasta el extremo, pero, además, porque Él ha colocado en nuestros corazones su amor, y nos lo reclama provocándonos desde el hermano necesitado. Él es verdadero Rey de amor, que al final de la Historia nos concederá la herencia del Reino, preparado por su Padre desde la creación del mundo para todos los elegidos. + Demetrio Fernández
obispo de Tarazona – España 2008.XI.23


Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo

Realeza y realismo - Desde los supuestos humanos, Cristo no podía ser aclamado como rey. Le faltaba cuna, méritos políticos, heroísmos sociales, aclamación popular. Y de Jesucristo ni siquiera se aceptaba su sabiduría y liderazgo social, porque era conocido como el hijo de José y María, y vecino de Nazaret. Por eso el Señor se apresura a clarificar que su reino no es de este mundo. Con ello afirma su realeza y rechaza sospechadas pretensiones de gobierno político y de prevalencia o prestigio social. La realeza de Cristo se engarza esencialmente con su identidad divina y, por tanto, con los valores no aparentes sino reales, originarios y permanentes, radicales y definitivos. Así lo proclama el Señor: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad».

La realeza de Cristo nace de la Verdad infinita, goza de la capitalidad universal y está en el origen y en el fin de toda realidad. Cristo es la Verdad porque es Dios. La realidad, todo cuanto es, tiene su origen en Dios. Nada ni nadie tiene en sí mismo fuerza para ser ni para permanecer en la existencia recibida. La Verdad, origen de todo y referencia para todo y para todos, es la que da consistencia a toda sabiduría y verifica el bien en todas sus dimensiones. Dios es quien existe por sí mismo y da la existencia a todo, lo sostiene todo y lo ordena todo hacia la perfección en la plenitud del equilibrio definitivo. Es Dios quien lo rige todo con el mayor de los aciertos y con la más difícil de las estrategias. Dios reina con el amor que se vuelca incondicional y universalmente y, desde el amor infinito, ejerce el máximo respeto que, en el caso del ser humano, se plasma en el don de la libertad. Este don precioso, identifica y dignifica al hombre y le compromete en la corresponsabilidad sobre sí mismo en unión con Dios, creador y salvador suyo.

Las reflexiones precedentes nos llevan a concluir que la realeza de Dios, que está en el origen de todo y de todos, no se impone irremisiblemente a nadie. Se anuncia, se manifiesta, y nos invita a aceptarle. Cristo es la Palabra viva del Padre que nos da a conocer a Dios. Por eso dice: «Quien me ve a mí, ve al Padre». Ésta es la razón por la que el Señor, junto a la clarificación de la esencia de su realeza, clarifica también la identidad de quienes integran su pueblo: «Todo el que es de la verdad escucha mi voz».

El texto evangélico nos enfrenta con la identidad esencial de Cristo y con la identidad vocacional nuestra. Aceptar la realeza de Jesús nos lleva al realismo más integral y fructífero. Ése es el camino. No olvidemos que Cristo dijo de sí mismo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida».
Santiago García Aracil - obispo de Jaén - 2003 nov.


CRISTO ES EL ALFA Y OMEGA ETERNO Y TOTAL 2 [RECOPILACIÓN]


Tomado de conocereisdeverdad.org


Christus heri et hodie, principium et finis, alpha et omega... «Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos» (Misal romano, preparación del cirio pascual).

El Verbo eterno, al hacerse hombre, entró en el mundo y lo acogió para redimirlo. Por tanto, el mundo no sólo está marcado por la terrible herencia del pecado; es, ante todo, un mundo salvado por Cristo, el Hijo de Dios, crucificado y resucitado. Jesús es el Redentor del mundo, el Señor de la historia. Eius sunt tempora et saecula: suyos son los años y los siglos. Por eso creemos que, al entrar en el tercer milenio junto con Cristo, cooperaremos en la transformación del mundo redimido por él. Mundus creatus, mundus redemptus.

Desgraciadamente, la humanidad cede a la influencia del mal de muchos modos. Sin embargo, impulsada por la gracia, se levanta continuamente, y camina hacia el bien guiada por la fuerza de la redención. Camina hacia Cristo, según el proyecto de Dios Padre.

«Jesucristo es el principio y el fin, el alfa y la omega. Suyo es el tiempo y la eternidad»




El Dios de nuestra fe

1. En las catequesis del ciclo anterior he tratado de explicar qué significa la frase: "Yo creo"; qué quiere decir: "creer como cristiano". En el ciclo que ahora comenzamos, deseo concentrar la catequesis sobre el primer artículo de la fe: "Creo en Dios" o, más plenamente: "Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador...". Así suena esta primera y fundamental verdad de la fe en el Símbolo Apostólico. Y casi idénticamente en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano: "Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador...". Así el tema de las catequesis de este ciclo será Dios: el Dios de nuestra fe. Y puesto que la fe es la respuesta a la Revelación, el tema de las catequesis siguientes será ese Dios, que se ha dado a conocer al hombre, al cual "ha revelado a Sí mismo y ha manifestado el misterio de su voluntad" (Cfr. Dei Verbum , 2).

2. De este Dios trata el primer artículo del "Credo". De El hablan indirectamente todos los artículos sucesivos de los Símbolos de la fe. En efecto, están todos unidos de modo orgánico a la primera y fundamental verdad sobre Dios, que es la fuente de la que derivan. Dios es "el Alfa y el Omega" (Ap 1, 8): El es también el comienzo y el término de nuestra fe. Efectivamente, podemos decir que todas las verdades sucesivas enunciadas en el "Credo" nos permiten conocer cada vez más plenamente al Dios de nuestra fe, del que habla el artículo primero: Nos hacen conocer mejor quién es Dios en Sí mismo y en su vida íntima. En efecto, al conocer sus obras —la obra de la creación y de la redención—, al conocer todo su plan de salvación respecto del hombre, nos adentramos cada vez más profundamente en la verdad de Dios, tal como se revela en la Antigua y la Nueva Alianza. Se trata de una revelación progresiva, cuyo contenido ha sido formulado sintéticamente en los Símbolos de la fe. Al ir desplegándose los artículos de los Símbolos adquiere plenitud de significado la verdad expresada en las primeras palabras: "Creo en Dios". Naturalmente, dentro de los límites en los que el misterio de Dios es accesible a nosotros mediante la Revelación.

3. El Dios de nuestra fe, Aquel que profesamos en el "Credo", es el Dios de Abraham, nuestro Padre en la fe (Cfr. Rom 4, 12-16). Es "el Dios de Isaac y el Dios de Jacob", es decir, de Israel (Mc 12, 26 y par.), el Dios de Moisés, y finalmente y sobre todo es "Dios, Padre de Jesucristo" (Rom 15, 6). Esto afirmamos cuando decimos: "Creo en Dios Padre...". Es el único e idéntico Dios, del que nos dice la Carta a los Hebreos que "muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo..." (Heb 1, 1-2). El, que es la fuente de la palabra que describe su progresiva auto-manifestación en la historia, se revela plenamente en el Verbo Encarnado, Hijo eterno del Padre. En este hijo —Jesucristo— el Dios de nuestra fe se confirma definitivamente como Padre. Como tal lo reconoce y glorifica Jesús que reza: "Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra..." (Mt 11, 25), enseñando claramente también a nosotros a descubrir en este Dios, Señor del cielo y de la tierra, a "nuestro" Padre (Mt 6, 9).

4. Así, el Dios de la Revelación, "Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo" (Rom 15, 6) se pone frente a nuestra fe como un Dios personal, como un "Yo" divino inescrutable ante nuestros "yo" humanos, ante cada uno y ante todos. Es un "Yo" inescrutable, sí, en su profundo misterio, pero que se ha "abierto" a nosotros en la Revelación, de manera que podemos dirigirnos a El como al santísimo "Tú" divino. Cada uno de nosotros es capaz de hacerlo porque nuestro Dios, que abraza en Sí y supera y transciende de modo infinito todo lo que existe, está muy cercano a todos, y más aún, íntimo a nuestro más íntimo ser: "Interior intimo meo", como escribe San Agustín (Confesiones, libro III, cap. VI, 11: PL 32, 687).

5. Este Dios, el Dios de nuestra fe, Dios y Padre de Jesucristo, Dios y Padre nuestro, es al mismo tiempo el "Señor del cielo y de la tierra", como Jesús mismo lo invocó (Mt 11, 25). En efecto, El es el creador.

Cuando el Apóstol Pablo de Tarso se presenta ante los atenienses en el Areópago, proclama: "Atenienses, ... al pasar y contemplar los objetos de vuestro culto (= las estatuas de los dioses venerados en la religión de la antigua Grecia), he hallado un altar en el cual está escrito: "al Dios desconocido". Pues ese que sin conocerle veneráis es el que yo os anuncio. El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él, ese, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por mano del hombre, ni por las manos humanas es servido, como si necesitase algo, siendo El mismo quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas. El ... fijó las estaciones y los confines de las tierras por ellos habitables, para que busquen a Dios y siquiera a tientas le hallen, que no está lejos de cada uno de nosotros, porque en El vivimos, nos movemos y existimos..." (Act 17, 23-28).

Con estas palabras Pablo de Tarso, el Apóstol de Jesucristo, anuncia en el Areópago de Atenas la primera y fundamental verdad de la fe cristiana. Es la verdad que también nosotros confesamos con las palabras: "Creo en Dios (en un solo Dios), Padre omnipotente, creador del cielo y de la tierra". Este Dios —el Dios de la Revelación— hoy como entonces sigue siendo para muchos "un Dios desconocido". Es aquel Dios que muchos hoy como entonces "buscan a tientas" (Act 17, 27). El es el Dios inescrutable e inefable. Pero es Aquel que todo comprende; en "El vivimos y nos movemos y existimos" (Act 17, 28). A este Dios trataremos de acercarnos gradualmente en los próximos encuentros. 24.07.1985.


CRISTO ES EL ALFA Y OMEGA ETERNO Y TOTAL 1 [RECOPILACIÓN]


Tomado de conocereisdeverdad.org

Christus heri et hodie, principium et finis, alpha et omega... «Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos» (Misal romano, preparación del cirio pascual).

El Verbo eterno, al hacerse hombre, entró en el mundo y lo acogió para redimirlo. Por tanto, el mundo no sólo está marcado por la terrible herencia del pecado; es, ante todo, un mundo salvado por Cristo, el Hijo de Dios, crucificado y resucitado. Jesús es el Redentor del mundo, el Señor de la historia. Eius sunt tempora et saecula: suyos son los años y los siglos. Por eso creemos que, al entrar en el tercer milenio junto con Cristo, cooperaremos en la transformación del mundo redimido por él. Mundus creatus, mundus redemptus.

Desgraciadamente, la humanidad cede a la influencia del mal de muchos modos. Sin embargo, impulsada por la gracia, se levanta continuamente, y camina hacia el bien guiada por la fuerza de la redención. Camina hacia Cristo, según el proyecto de Dios Padre.

«Jesucristo es el principio y el fin, el alfa y la omega. Suyo es el tiempo y la eternidad».


CRISTO ES EL «ALFA Y OMEGA» ETERNO Y TOTAL


Ap 22, 12-14. 16-17. 20

El Apocalipsis es un mensaje dirigido a la Iglesia de los últimos tiempos. El Señor viene en seguida. Por tanto es necesario perseverar en la fidelidad de la fe. La semilla del bien, como la del mal, está madurando, llega el tiempo de la cosecha.

La venida del Señor se anuncia bajo el signo del poder, como juez. Es un anuncio en la línea de Is 40, 14. Viene para dar a cada uno su salario. Para justificar su actuación se pone de relieve la autoidentificación de Cristo con Dios. Usa la misma fórmula que en 1,8. Las afirmaciones del v. 16 indican la posición de Jesús en la historia de la salvación. Es el Mesías prometido que provoca la respuesta ansiosa de los destinatarios.

El profeta se hace portavoz de la esposa y el Espíritu le impulsa a gritar: "Ven". El concepto fundamental, incluso desde el punto de vista meramente estadístico, es el de "venir". "Vengo en seguida", dice el Señor; "ven" grita la comunidad...
Así se expresa la relación de la joven comunidad con Cristo. La Iglesia sabe que el tiempo que le queda es breve y vive en tensión y ansia por la venida del amado.

Pero la espera de este acontecimiento se había amortiguado poco a poco. En la historia de la Iglesia la escatología se ha marginado de la conciencia del pueblo. El retorno del Señor casi se ha borrado del programa de la fe. El grito de "ven, Señor" no se toma en serio. ¿El profeta del Apocalipsis si viviera hoy se atrevería a proclamar "ven, Señor Jesús"? Parece que la actitud de espera ha dado lugar a la de cumplimiento.

La expresión "soy el alfa y la omega" en griego suena igual que para nosotros decir "esto es el abecé" de algo. ¿Es verdad que Cristo es el "abecé´ de la vida cristiana? Parece que nos solucionamos bien la vida sin él.

Jesús anuncia por segunda vez en esta última visión del Apocalipsis su inminente venida. Cuando venga sobre las nubes dará a cada uno su recompensa (11, 18; Is. 40, 10). Y aunque el premio será esencialmente el mismo para todos los santos, habrá diferencias según sean las las obras de cada uno (2, 23; 20, 12 ss.; Mt. 16, 27; Romanos 2, 6). Como Dios (1, 8; 21, 6), dice también Jesús de sí mismo: "Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último" (cfr. 1, 17; 2, 8). Y porque es igual a Dios, Jesús puede juzgarlo todo. En calidad de Juez Supremo y anticipando el juicio final, Jesús pronuncia ya su bienaventuranza sobre cuantos "lavan su ropa" en la sangre del Cordero; es decir, sobre cuantos se apropian por la fe los frutos de su muerte redentora en la cruz. Estos son los que entrarán en la ciudad celestial y tendrán acceso al árbol de la vida. Los bienaventurados recibirán al fin graciosamente aquella vida eterna que al principio de todos los tiempos quisieron arrebatar los hombres a Dios. Querer ser como Dios sin contar con Dios fue el origen de la culpa y de la pena, la expulsión del Paraíso; querer ser como Dios recibiendo de Dios el fruto sazonado de la cruz, será el principio de la gracia y de la dicha eterna.

Ahora es Jesús mismo el que garantiza la verdad de la profecía que contiene el Apocalipsis. Ha sido Jesús el que ha enviado su ángel para que entregue a Juan, su siervo, la revelación que él ha recibido del Padre (1, 1). Y el que ha enviado su ángel y da ahora fe del mensaje del Apocalipsis, es el Mesías anunciado (el "retoño del tronco de David", cfr. Si, 47, 22), que trae consigo el día de la salvación ("la estrella de la mañana", cfr. Números 24, 17).

Al escuchar a Jesús que anuncia su venida, el Vidente se considera intérprete de los deseos de toda la Iglesia. El Espíritu que ha sido dado a la Iglesia y que la anima, reclama con la Iglesia la venida del Señor. El clamor de la Iglesia es el clamor de la esposa del Cordero. Pero todos los creyentes somos Iglesia, por lo tanto, Juan invita a todos a gritar con una sola voz: "¡Ven!" Y así despierta la sed del "agua de la vida", que Dios ofrece gratuitamente a todos (cfr. 21, 6; Is. 55, 1; Jn. 7, 37).

EP/MEMORIA: Jesús, "el testigo fiel", responde anunciando por tercera vez su venida. Y su esposa repite de nuevo: "Amén, ¡Ven, Señor Jesús!" Con este grito se cierra el libro del Apocalipsis y se abre el corazón de la Iglesia para la esperanza y para la vida de cara al Señor que ha de venir. "Ven, Señor", traduce la palabra aramea "Marana-tha" (1 Cor. 16, 22), que puede significar también "el Señor ha venido". Su doble sentido señala perfectamente la situación de la Iglesia en el mundo, que vive de la memoria y de la esperanza entre la primera y la segunda venida del Señor.

Cristo principio y fin 

La segunda lectura es una contemplación del Señor que es el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin; y esta lectura es al mismo tiempo anuncio de la venida del Señor. Se anima a la comunidad cristiana a expresar esta venida no de una manera pasiva, sino a clamar: "¡Ven, Señor Jesús!". Porque los que lavaron sus vestiduras para tener parte en el árbol de la vida y poder entrar por las puertas de la ciudad, es decir, los que creyeron, se han convertido, han sido lavados de su culpa por el bautismo, ésos son los llamados; se sienten llamados por el Espíritu y por la Novia, que dicen: "Ven!". "El que tenga sed y quiera, que venga a beber de balde el agua de la vida". Esta imagen, repetida en el profeta Isaías (55, 1) y utilizada en el tiempo de Adviento, adquirió un significado sacramental para la joven comunidad.

En este momento, la elección de esta lectura para la liturgia sugiere dos actitudes: la de la espera del Espíritu al que la Iglesia de hoy dirige su grito de llamada: Ven, Espíritu Santo; y la de la espera de la segunda venida de Cristo, en el último día. Pues si viene el Espíritu es para conducir a la Iglesia hacia su perfección hasta el día definitivo de su encuentro con el Señor que anuncia su venida, de la que el Espíritu es prenda y anunciador. Así, los acontecimientos de Pentecostés que vamos a celebrar llevan en sí este doble significado: fuerza y luz para la Iglesia que camina; y espera con el Espíritu, nuestro Defensor y guía hacia el último día, a que llegue el retorno de Cristo.

“Las palabras que no dan la luz de Cristo, agrandan la oscuridad”.

(Beata Teresa de Calcuta)

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

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San Francisco de Asís