FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

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LA VIDA SENCILLA Y PENITENTE DEL CURA DE ARS: Ejemplo de santidad sacerdotal



San Juan María Vianney (el Santo Cura de Ars) fue un sacerdote de pueblo en la Francia del siglo XIX que, sin brillo humano ni éxitos “pastorales” a primera vista, llegó a ser un modelo universal de santidad sacerdotal. Su vida —pobre, humilde, penitente y totalmente entregada a Dios y a su gente— ilumina hoy el corazón de todo pastor y anima a los fieles a sostener y amar a sus sacerdotes.

1) Un ministerio escondido que transformó un pueblo

Ars era una aldea pequeña y espiritualmente adormecida. Vianney llegó con pocas habilidades académicas, pero con una sola convicción: “Dios primero”. No diseñó grandes planes; comenzó por orar, hacer penitencia y poner a Cristo en el centro. Poco a poco, la vida sacramental revivió, las familias retornaron a la misa, la confesión se volvió habitual y hasta peregrinos de lejos acudían buscando consejo y perdón.

Su “método” fue sencillo:

Oración constante: largas horas ante el Sagrario.

Penitencia por amor: ofrecía sacrificios por la conversión de sus feligreses.

Cercanía pastoral: visitaba enfermos, consolaba, enseñaba con palabras claras.

Confesionario abierto: allí ejerció su paternidad espiritual con paciencia inagotable.

2) Sencillez evangélica: pobreza, mansedumbre y verdad

El Cura de Ars encarnó la palabra de Jesús: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).

Sencillez de vida: vivienda austera, hábitos sobrios, desprendimiento real de bienes. Su pobreza no fue ideológica, sino libertad del corazón para amar mejor.

Lenguaje claro: predicaba “lo esencial”: Dios ama, el pecado hiere, la gracia sana, la Eucaristía nutre, la Confesión libera, la caridad da sentido.

Coherencia: lo que decía lo vivía; por eso su palabra tenía fuerza.

Esta sencillez no disminuye el ministerio; lo purifica. La Iglesia necesita pastores que vivan con lo necesario, con espíritu de servicio, sin doblez.

3) Penitencia ofrecida: caridad que repara

Para el Cura de Ars, la penitencia no fue un ejercicio voluntarista, sino caridad en forma de reparación: “si mi pueblo se enfría, yo arderé por él”. Ayunos moderados, vigilias, renuncias discretas… todo ofrecido por pecadores concretos, por familias reales, por enfermos. Su ascesis tenía rostro.

Clave ignaciana y paulina a la vez: “Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). No porque a la cruz de Cristo le falte algo, sino porque Dios quiere asociarnos a su obra salvadora.

4) La Eucaristía en el centro: fuente y culmen

Su jornada nacía y terminaba en el Sagrario. La Misa era su tesoro: celebrada con devoción, silencio, belleza sobria. De allí brotaba su caridad pastoral y su paciencia de padre. La adoración eucarística fue su “escuela”: delante de Jesús aprendía nombres, sufrimientos y caminos para acompañar.

La Eucaristía modeló su corazón de pastor:

Contemplación que se hace compasión.

Presencia que se hace cercanía.

Acción de gracias que se hace alegría misionera.

5) El confesionario: misericordia que cura

Se hizo famoso no por el número de penitentes, sino por cómo los recibía: con ternura, claridad, firmeza y esperanza. Llamaba pecado al pecado, pero miraba a la persona con la mirada de Cristo. Acompañaba procesos, enseñaba a examinar la conciencia, daba penitencias posibles y alentaba a volver.

Allí se ve su santidad sacerdotal:

Paternidad espiritual: conocer a las almas y llevarlas a Dios.

Discernimiento: separar culpa de heridas, sugerir pasos concretos.

Constancia: esperar tiempos de Dios sin ansiedad ni dureza.

6) Combate espiritual: vigilancia y confianza

Vianney no ocultó la lucha interior del sacerdote: tentaciones de huir, de desánimo, de creer que “nada cambia”. Vivió ataques espirituales y los enfrentó con armas sencillas: oración, ayuno, obediencia, amor a María, trabajo cotidiano. Su fortaleza brotaba de la palabra del Señor: “Te basta mi gracia” (2 Co 12,9).

7) Lecciones para hoy: un camino para sacerdotes y laicos

Para los sacerdotes
  • Prioridad de Dios: horario protegido para oración mental y adoración.
  • Sencillez de vida: libertad respecto a bienes, agenda, prestigio.
  • Confesionario habitable: disponibilidad real, misericordia clara, pedagogía espiritual.
  • Predicación kerigmática: lo esencial con lenguaje comprensible.
  • Caridad pastoral: visitar, escuchar, acompañar; “perder tiempo” con la gente.
  • Penitencia con sentido: ofrendas discretas por personas concretas.
  • Acompañamiento fraterno: no caminar solo; comunidad presbiteral.
Para los laicos
  • Sostener a los sacerdotes con oración y estima; evitar la crítica hiriente.
  • Amar la Eucaristía y la Confesión: el mejor “reconocimiento” que un pastor puede recibir.
  • Colaboración corresponsable en catequesis, caridad, misión.
  • Sencillez y penitencia en casa: pequeñas renuncias ofrecidas por la parroquia y las vocaciones.
  • María, Madre de los sacerdotes: rezar el Rosario por su fidelidad y alegría.
8) Una santidad “posible”

La grandeza del Cura de Ars es alcanzable: no pide talentos excepcionales, sino fidelidad cotidiana. Su santidad muestra que el sacerdote se configura a Cristo en lo pequeño y perseverante: una visita, una homilía preparada, un perdón concedido, una hora ante el Sagrario, una penitencia ofrecida en secreto. Allí el Espíritu hace el resto.

El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús” (atrib.). El Cura de Ars aprendió ese amor arrodillado ante la Eucaristía y de pie junto al pecador. Su vida sencilla y penitente fue un sí sin ruido que cambió un pueblo y edificó a la Iglesia.

Pidamos esa gracia: sacerdotes con corazón eucarístico y manos misericordiosas; laicos con oración fiel y caridad concreta. Entonces, como en Ars, el Evangelio volverá a latir en lo cotidiano.

Oración

Señor Jesús, Buen Pastor,
te damos gracias por el testimonio del Santo Cura de Ars.
Haz a tus sacerdotes humildes, orantes y disponibles;
haznos a todos amantes de la Eucaristía y buscadores de tu perdón.
Que, con sencillez y penitencia,
tu Iglesia irradie la alegría de tu misericordia.
Amén.

sacerdote eterno

S. JUAN M. VIANNEY, CURA DE ARS, PATRÓN DEL CLERO QUE CURA LAS ALMAS



"Si comprendiéramos bien lo que es un sacerdote en la tierra, moriríamos: no de miedo, sino de amor." La vida de San Juan María Vianney está resumida en este pensamiento suyo. Conocido como "el Cura de Ars", Juan Maria Vianney nació el 8 de mayo de 1786 en Dardilly, cerca de Lyon. Sus padres eran agricultores y lo orientaron desde muy joven a trabajar en el campo, tanto fue así que Juan llegó a los 17 años, todavía analfabeto. Sin embargo, gracias a las enseñanzas religiosas de su madre, aprendió muchas oraciones de memoria y vivió un fuerte sentido religioso.

"Me gustaría conquistar muchas almas"

Mientras los vientos del terror, de la violencia y de la furia de la Revolución soplaban en Francia, Juan tuvo la fortuna de recibir el Sacramento de la Reconciliación en su casa, no en la iglesia, gracias a un sacerdote "refractario" que no había jurado lealtad a los revolucionarios. Lo mismo sucedió con la Primera Comunión, la recibió en un granero, durante una misa "clandestina". A los 17 años, Juan sintió la llamada al sacerdocio: "Si fuera sacerdote, querría ganar muchas almas", dijo. Pero el camino no era fácil, dada su escasísima formación intelectual y cultural. Sólo gracias a la ayuda de sabios sacerdotes, entre ellos el abad Balley, párroco de Écully, logró ser ordenado sacerdote el 13 de agosto de 1815, a la edad de 29 años.

Largas horas en el Sacramento de la Reconciliación

Tres años más tarde, en 1818, fue enviado a Ars, un pequeño pueblo del sudeste de Francia, habitado por unas 230 personas. Allí dedicó todas sus energías al cuidado de los fieles: fundó el Instituto "Providencia" para acoger a los huérfanos y visitar a los enfermos y a las familias más pobres, restauró la iglesia y organizó las fiestas patronales. Pero fue en el Sacramento de la Reconciliación donde se expresó mejor la misión del Cura de Ars: siempre disponible para la escucha y el perdón, pasaba hasta 16 horas al día en el confesionario. Cada día, una multitud de penitentes de todas partes de Francia se confesaban con él, tanto que Ars fue rebautizado como "el gran hospital de las almas". El mismo Vianney hacía largas vigilias y ayunos para ayudar a expiar los pecados de los fieles: "Te diré cuál es mi receta", explicó a un cofrade, "doy a los fieles que se confiesan solo una pequeña penitencia y el resto de la penitencia la suplo yo en su lugar".

Patrón de los párrocos

Consagrado enteramente a Dios y a sus feligreses, murió el 4 de agosto de 1859, a la edad de 73 años. Sus restos descansan en Ars, en el Santuario a él dedicado, que acoge 450.000 peregrinos cada año. Beatificado en 1905 por Pío X, Juan María Vianney fue canonizado en 1925 por Pío XI, quien en 1929 lo proclamó "Patrón de todos los párrocos del mundo". En 1959, en el centenario de su muerte, San Juan XXIII le dedicó la Encíclica Sacerdotii Nostri Primordia, proponiéndolo como modelo para los sacerdotes, mientras que en 2009, con motivo del 150º aniversario de su muerte, Benedicto XVI convocó un "Año Sacerdotal" en la Iglesia universal para ayudar a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes y para que su testimonio de fidelidad al Evangelio en el mundo de hoy fuera más incisivo y creíble.

vaticannews.va

EL SANTO CURA DE ARS, SAN JUAN MARÍA VIANNEY

Juan Bautista Vianney era un santo, un apasionado amante de la cruz. Sabía muy bien que el sufrimiento es el precio con que se compran las almas. Su vida era una continua inmolación por los pecadores. Pobre hasta la necesidad. Y no se cansaba de hablar del amor de Dios, de la Eucaristía, de la Santísima Virgen... JESÚS MARTI BALLESTER

 


San Juan María Vianney, conocido como el Santo Cura de Ars, fue un sacerdote francés que ejerció su ministerio en una pequeña villa francesa llamada Ars, donde estuvo cerca de 42 años. Cuando llegó al pueblo, que contaba con poco más de 200 habitantes, el vicario general de la diócesis le dijo: «No hay mucho amor de Dios en esta parroquia; usted procurará introducirlo». El nuevo párroco trató de encender el corazón de sus fieles a través de los sacramentos, la predicación y la penitencia. No tenía una especial ciencia, pero su unión con Dios no solo transformó Ars, sino también el resto de Francia, y hoy es modelo sacerdotal para todo el mundo.


Juan M. Vianney, cura de Ars, patrón del clero que cura las almas

Si comprendiéramos bien lo que es un sacerdote en la tierra, moriríamos: no de miedo, sino de amor." La vida de San Juan María Vianney está resumida en este pensamiento suyo. Conocido como "el Cura de Ars", Juan Maria Vianney nació el 8 de mayo de 1786 en Dardilly, cerca de Lyon. Sus padres eran agricultores y lo orientaron desde muy joven a trabajar en el campo, tanto fue así que Juan llegó a los 17 años, todavía analfabeto. Sin embargo, gracias a las enseñanzas religiosas de su madre, aprendió muchas oraciones de memoria y vivió un fuerte sentido religioso.


"Me gustaría conquistar muchas almas"

Mientras los vientos del terror, de la violencia y de la furia de la Revolución soplaban en Francia, Juan tuvo la fortuna de recibir el Sacramento de la Reconciliación en su casa, no en la iglesia, gracias a un sacerdote "refractario" que no había jurado lealtad a los revolucionarios. Lo mismo sucedió con la Primera Comunión, la recibió en un granero, durante una misa "clandestina". A los 17 años, Juan sintió la llamada al sacerdocio: "Si fuera sacerdote, querría ganar muchas almas", dijo. Pero el camino no era fácil, dada su escasísima formación intelectual y cultural. Sólo gracias a la ayuda de sabios sacerdotes, entre ellos el abad Balley, párroco de Écully, logró ser ordenado sacerdote el 13 de agosto de 1815, a la edad de 29 años.


Largas horas en el Sacramento de la Reconciliación

Tres años más tarde, en 1818, fue enviado a Ars, un pequeño pueblo del sudeste de Francia, habitado por unas 230 personas. Allí dedicó todas sus energías al cuidado de los fieles: fundó el Instituto "Providencia" para acoger a los huérfanos y visitar a los enfermos y a las familias más pobres, restauró la iglesia y organizó las fiestas patronales. Pero fue en el Sacramento de la Reconciliación donde se expresó mejor la misión del Cura de Ars: siempre disponible para la escucha y el perdón, pasaba hasta 16 horas al día en el confesionario. Cada día, una multitud de penitentes de todas partes de Francia se confesaban con él, tanto que Ars fue rebautizado como "el gran hospital de las almas". El mismo Vianney hacía largas vigilias y ayunos para ayudar a expiar los pecados de los fieles: "Te diré cuál es mi receta", explicó a un cofrade, "doy a los fieles que se confiesan solo una pequeña penitencia y el resto de la penitencia la suplo yo en su lugar".


Patrón de los párrocos

Consagrado enteramente a Dios y a sus feligreses, murió el 4 de agosto de 1859, a la edad de 73 años. Sus restos descansan en Ars, en el Santuario a él dedicado, que acoge 450.000 peregrinos cada año. Beatificado en 1905 por Pío X, Juan María Vianney fue canonizado en 1925 por Pío XI, quien en 1929 lo proclamó "Patrón de todos los párrocos del mundo". En 1959, en el centenario de su muerte, San Juan XXIII le dedicó la Encíclica Sacerdotii Nostri Primordia, proponiéndolo como modelo para los sacerdotes, mientras que en 2009, con motivo del 150º aniversario de su muerte, Benedicto XVI convocó un "Año Sacerdotal" en la Iglesia universal para ayudar a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes y para que su testimonio de fidelidad al Evangelio en el mundo de hoy fuera más incisivo y creíble.


Oración a San Juan María Vianney

Oh! Santo Cura de Ars, tú hiciste de tu vida
un servicio total a Dios y a los hombres:
haz que el Espíritu Santo nos conduzca para responder
sin miedo a nuestra vocación personal.

Tú, que adorando a Jesús vivo en la Eucaristía,
encontraste fuerza, confianza y esperanza,
enséñanos a gustar de la presencia silenciosa
de Jesús en el Santísimo Sacramento.

Tú, que fuiste amigo de los pecadores,
desata el nudo de miedo que tienen
muchos hombres alejados del perdón de Dios.
Aumenta el arrepentimiento por nuestras culpas
y muéstranos el verdadero rostro del Padre que es la Misericordia.

Tú, apoyo de los pobres,
libera nuestro corazón del dinero y de todas las falsas riquezas
y enséñanos a compartir con los que lo necesitan.

Tú, que con serena confianza te abandonaste a la Virgen María,
enséñanos a rezarle con la simplicidad y la confianza de un niño.

Señor Jesús, por intercesión de San Juan María Vianney,
manda también ahora obreros a tu mies: que sean numerosos
los jóvenes capaces de seguirte y servirte en los hermanos.

Dona vocaciones santas a tu Iglesia y haz santos a nuestros sacerdotes:
que sean de oración constante, fuertes en la prueba,
con amor a la Iglesia y entusiasmo para anunciar el Evangelio.

¡Santo Cura de Ars,
Ruega por nosotros!


FUENTES:
vaticannews.va
comunitacenacolo.it/
mercaba.org

"EL SACERDOCIO ES EL AMOR DEL CORAZÓN DE JESÚS" - Santo Cura de Ars

Recordando en la liturgia de la Iglesia (4 de agosto) a san Juan María Vianney, conocido como el Santo Cura de Ars, patrono de los párrocos y de los sacerdotes.






Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve -

San Juan María Vianney, un sacerdote sencillo y humilde, que supo entregar su vida a Dios y a los hermanos, en un servicio abnegado sobre todo en el sacramento de la confesión, logró desde el confesionario muchas conversiones de personas que llegaban de todas partes a la aldea de Ars, a pedir perdón al Señor por sus pecados y a recibir la gracia de Dios.

“El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”, es una frase que el Santo Cura de Ars repetía y meditaba con frecuencia; nos invita a todos a reconocer con gratitud a Dios el don tan grande que representan los sacerdotes, para la Iglesia y para cada una de las comunidades parroquiales; quienes recibiendo el llamado del Señor y dando una respuesta generosa a su plan de salvación, cada día repiten las palabras y los gestos de nuestro Señor Jesucristo para que pastores y fieles tengan el pan de la Palabra y de la Eucaristía que es el camino a la vida eterna.

El Santo Cura de Ars enseñaba a sus fieles con la propia vida. Siempre lo veían en el templo dedicando muchas horas de su tiempo a la oración. Con gran fervor se ponía de rodillas frente al Santísimo Sacramento presente en el sagrario, en actitud contemplativa, y estaba allí sin necesidad de hablar mucho, sino entrando en el secreto de su corazón y orando al Señor como lo pide el Evangelio: “Tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 6). De su oración contemplativa brotaba un amor profundo por la Eucaristía, pues estaba convencido que todo el celo pastoral en la vida del sacerdote depende de la Eucaristía. Por eso celebraba su misa diaria con gran fervor y unción.

Su profunda vida espiritual y fervor en el ejercicio de su ministerio sacerdotal, lo llevó a abrazar la Cruz del Señor cada día y a entre­gar su vida en un servicio constante en el confesionario, de tal manera que su alimenten era la Eucaristía y su lugar de trabajo era el trono de la gracia, donde escuchaba a los penitentes y los llevaba hasta Dios. Al conmemorar a este gran santo patrono y modelo de los sacerdotes, volvemos la mirada a cada uno de los sacerdotes de la Iglesia y de nuestra Diócesis, orando por su ministerio para que cada día la fidelidad sea la nota central de los ministros del Señor y así puedan tener un corazón ardiente de pastores para entregar toda su vida a la evangelización, identificando su vida con la de Jesucristo Buen Pastor. El Concilio Vaticano II hablando de los sacerdotes expresa: “encontrarán en el mismo ejercicio de la caridad pastoral el vínculo de la perfección sacerdotal que reduce a unidad su vida y su actividad. Esta caridad pastoral fluye sobre todo del sacrificio eucarístico” (Presbyte­rorum Ordinis #14), esto significa en el sacerdote una vida interior que se expresa en un corazón ardiente de pastor, con la conciencia de llevar en su vida el misterio de Amor que tiene que ser la fuente de su vida de oración y de todo su apostolado.

Un sacerdote al estilo de Jesús, a ejemplo del Santo Cura de Ars, animador de una comunidad parroquial es capaz de renovar y convertir una parroquia, en una comunidad de discípulos misioneros al servicio del Evangelio. Así lo expresa Aparecida cuando afirma: “La renovación de la parroquia exige actitudes nuevas en los párrocos y en los sacerdotes que están al servicio de ella. La primera exigencia es que el párroco sea un auténtico discípulo de Jesucristo, porque sólo un sacerdote enamorado del Señor puede renovar una parroquia; pero, al mismo tiempo, debe ser un ardoroso misionero que vive el constante anhelo de buscar a los alejados y no se contenta con la simple administración” (Do­cumento de Aparecida #201).

Este fue el itinerario espiritual y pastoral de san Juan María Vianney para la aldea de Ars, quien, enamorado de Nuestro Señor Jesucristo, se dedicó a anunciarlo con su vida y con el ejercicio de su ministerio, que privilegió en el confesionario, entregando la gracia de Dios a tantos alejados que acudían a recibir el perdón misericordioso y desde allí se fue renovando la parroquia y también su entorno. Hoy el Papa Francisco nos invita a una conversión pastoral y misionera como la que emprendió el Santo Cura de Ars, con el anhelo de que todas las comunidades lleguen a conocer y amar a Jesucristo. Así lo expresa el Papa cuando dice: “Espero que todas las comunidades procuren poner los medios necesarios para avanzar en el camino de una conversión pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas como están. Ya no nos sirve una ‘simple administración’. Constituyámonos en todas las regiones de la tierra en un ‘estado permanente de misión” (Evangelii Gaudium #25).

El cura de Ars vivió la buena noticia del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo y se la hizo descubrir a sus feligreses permaneciendo en medio de su pueblo, como lo afirmó san Juan XXIII en ‘Sacerdotii Nostri Primor­dia’: “como un modelo de ascesis sacerdotal, modelo de piedad y sobre todo de piedad eucarística, y modelo de celo pastoral”, de tal manera que su parroquia rápidamente se fue renovando, siendo para los fieles ejemplo de respuesta en la fe, la esperanza y la caridad.

En este momento histórico como sacerdotes tenemos un gran desafío de iniciar nuevos cristianos y reiniciar a los que se han alejado, mediante un proceso evangelizador que tenga a Jesucristo como centro, para hacer realidad el sueño del Papa Francisco que pide una nueva evangelización donde “el anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario” (EG #35), que es el mismo Jesucristo, Nuestro Señor.

Que la intercesión del Santo Cura de Ars, de la Santísima Virgen María y del glorioso Patriarca san José, alcancen del Señor muchas bendiciones y gracias, que ayuden a todos los sacerdotes a vivir en fidelidad a Cristo y a la Iglesia. A todos los fieles, les concedan seguir unidos en oración y en colaboración con sus sacerdotes en las comunidades parroquiales.

Para todos, mi oración y bendición.

+ José Libardo Garcés Monsalve
Administrador Apostólico de la Diócesis de Cúcuta


FUENTE: cec.org.co

EL SACERDOCIO SEGÚN EL SANTO CURA DE ARS


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el sacerdote San Juan María Bautista Vianney

Escrito por Jesús de las Heras Muela – Director de Ecclesia y Ecclesia Digital

De la mano del Papa Benedicto XVI en su carta de convocatoria del Año Sacerdotal en el 150 aniversario de la muerte del Cura de Ars


1.- La grandeza del sacerdote 

El Cura de Ars era muy humilde, pero consciente de ser, como sacerdote, un inmenso don para su gente: “Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”. Hablaba del sacerdocio como si no fuera posible llegar a percibir toda la grandeza del don y de la tarea confiados a una criatura humana: “¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría… Dios le obedece: pronuncia dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia…”.


Explicando a sus fieles la importancia de los sacramentos decía: “Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas nacidos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma llegase a morir [a causa del pecado], ¿quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? También el sacerdote…¡Después de Dios, el sacerdote lo es todo!... Él mismo sólo lo entenderá en el cielo”. Estas afirmaciones, nacidas del corazón sacerdotal del santo párroco, pueden parecer exageradas. Sin embargo, revelan la altísima consideración en que tenía el sacramento del sacerdocio. Parecía sobrecogido por un inmenso sentido de la responsabilidad: “Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor… Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra… ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes… Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán a las bestias… El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para vosotros”.


2.- Al servicio de la conversión

Llegó a Ars, una pequeña aldea de 230 habitantes, advertido por el Obispo sobre la precaria situación religiosa: “No hay mucho amor de Dios en esa parroquia; usted lo pondrá”. Bien sabía él que tendría que encarnar la presencia de Cristo dando testimonio de la ternura de la salvación: “Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida”. Con esta oración comenzó su misión.


El Santo Cura de Ars se dedicó a la conversión de su parroquia con todas sus fuerzas, insistiendo por encima de todo en la formación cristiana del pueblo que le había sido confiado.


3.- Identificación con Jesucristo.

En primer lugar, su total identificación con el propio ministerio. En Jesús, Persona y Misión tienden a coincidir: toda su obra salvífica era y es expresión de su “Yo filial”, que está ante el Padre, desde toda la eternidad, en actitud de amorosa sumisión a su voluntad. De modo análogo y con toda humildad, también el sacerdote debe aspirar a esta identificación.


El Cura de Ars emprendió en seguida esta humilde y paciente tarea de armonizar su vida como ministro con la santidad del ministerio confiado, “viviendo” incluso materialmente en su Iglesia parroquial: “En cuanto llegó, consideró la Iglesia como su casa… Entraba en la Iglesia antes de la aurora y no salía hasta después del Ángelus de la tarde. Si alguno tenía necesidad de él, allí lo podía encontrar”, se lee en su primera biografía.


4.- Sacramento de presencia y de servicio al pueblo a él confiado.

El Santo Cura de Ars también supo “hacerse presente” en todo el territorio de su parroquia: visitaba sistemáticamente a los enfermos y a las familias; organizaba misiones populares y fiestas patronales; recogía y administraba dinero para sus obras de caridad y para las misiones; adornaba la iglesia y la dotaba de paramentos sacerdotales; se ocupaba de las niñas huérfanas de la “Providence” (un Instituto que fundó) y de sus formadoras; se interesaba por la educación de los niños; fundaba hermandades y llamaba a los laicos a colaborar con él.

Cuerpo incorrupto del Santo Cura de Ars


5.- En colaboración corresponsable con los laicos.

Su ejemplo me lleva a poner de relieve los ámbitos de colaboración en los que se debe dar cada vez más cabida a los laicos, con los que los presbíteros forman un único pueblo sacerdotal y entre los cuales, en virtud del sacerdocio ministerial, están puestos “para llevar a todos a la unidad del amor: ‘amándose mutuamente con amor fraterno, rivalizando en la estima mutua’ (Rm 12, 10)”. En este contexto, hay que tener en cuenta la encarecida recomendación del Concilio Vaticano II a los presbíteros de “reconocer sinceramente y promover la dignidad de los laicos y la función que tienen como propia en la misión de la Iglesia… Deben escuchar de buena gana a los laicos, teniendo fraternalmente en cuenta sus deseos y reconociendo su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, para poder junto con ellos reconocer los signos de los tiempos”.


6.- El ejemplo de la propia vida y del fervor del sacerdote.

El Santo Cura de Ars enseñaba a sus parroquianos sobre todo con el testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían los fieles a orar, acudiendo con gusto al sagrario para hacer una visita a Jesús Eucaristía. “No hay necesidad de hablar mucho para orar bien”, les enseñaba el Cura de Ars. “Sabemos que Jesús está allí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración”. Y les persuadía: “Venid a comulgar, hijos míos, venid donde Jesús. Venid a vivir de Él para poder vivir con Él…”. “Es verdad que no sois dignos, pero lo necesitáis”. Dicha educación de los fieles en la presencia eucarística y en la comunión era particularmente eficaz cuando lo veían celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. Los que asistían decían que “no se podía encontrar una figura que expresase mejor la adoración… Contemplaba la hostia con amor”. Les decía: “Todas las buenas obras juntas no son comparables al Sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres, mientras la Santa Misa es obra de Dios”. Estaba convencido de que todo el fervor en la vida de un sacerdote dependía de la Misa: “La causa de la relajación del sacerdote es que descuida la Misa. Dios mío, ¡qué pena el sacerdote que celebra como si estuviese haciendo algo ordinario!”. Siempre que celebraba, tenía la costumbre de ofrecer también la propia vida como sacrificio: “¡Cómo aprovecha a un sacerdote ofrecerse a Dios en sacrificio todas las mañanas!”.


7.- Del altar al confesionario: los dos ámbitos más privilegiados.

Esta identificación personal con el Sacrificio de la Cruz lo llevaba –con una sola moción interior– del altar al confesonario. Los sacerdotes no deberían resignarse nunca a ver vacíos sus confesonarios ni limitarse a constatar la indiferencia de los fieles hacia este sacramento. En Francia, en tiempos del Santo Cura de Ars, la confesión no era ni más fácil ni más frecuente que en nuestros días, pues el vendaval revolucionario había arrasado desde hacía tiempo la práctica religiosa. Pero él intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus parroquianos redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de la presencia eucarística. Supo iniciar así un “círculo virtuoso”.


Con su prolongado estar ante el sagrario en la Iglesia, consiguió que los fieles comenzasen a imitarlo, yendo a visitar a Jesús, seguros de que allí encontrarían también a su párroco, disponible para escucharlos y perdonarlos. Al final, una muchedumbre cada vez mayor de penitentes, provenientes de toda Francia, lo retenía en el confesonario hasta 16 horas al día. Se comentaba que Ars se había convertido en “el gran hospital de las almas”. Su primer biógrafo afirma: “La gracia que conseguía [para que los pecadores se convirtiesen] era tan abundante que salía en su búsqueda sin dejarles un momento de tregua”. En este mismo sentido, el Santo Cura de Ars decía: “No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él”. “Este buen Salvador está tan lleno de amor que nos busca por todas partes”.


8.- Testimoniar y transmitir el amor misericordioso de Dios.

El Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio y un testimonio similar de la verdad del Amor: Deus caritas est (1 Jn 4, 8).


Con la Palabra y con los Sacramentos de su Jesús, Juan María Vianney edificaba a su pueblo, aunque a veces se agitaba interiormente porque no se sentía a la altura, hasta el punto de pensar muchas veces en abandonar las responsabilidades del ministerio parroquial para el que se sentía indigno. Sin embargo, con un sentido de la obediencia ejemplar, permaneció siempre en su puesto, porque lo consumía el celo apostólico por la salvación de las almas. Se entregaba totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa: “La mayor desgracia para nosotros los párrocos –deploraba el Santo– es que el alma se endurezca”; con esto se refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en que viven muchas de sus ovejas.


9.- El valor y el sentido de la mortificación.

Dominaba su cuerpo con vigilias y ayunos para evitar que opusiera resistencia a su alma sacerdotal. Y se mortificaba voluntariamente en favor de las almas que le habían sido confiadas y para unirse a la expiación de tantos pecados oídos en confesión. A un hermano sacerdote, le explicaba: “Le diré cuál es mi receta: doy a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos”.


Más allá de las penitencias concretas que el Cura de Ars hacía, el núcleo de su enseñanza sigue siendo en cualquier caso válido para todos: las almas cuestan la sangre de Cristo y el sacerdote no puede dedicarse a su salvación sin participar personalmente en el “alto precio” de la redención.


10.- La primacía y la fecundidad de los consejos evangélicos: pobreza, castidad y obediencia.

La identificación sin reservas con este “nuevo estilo de vida” caracterizó la dedicación al ministerio del Cura de Ars. El Papa Juan XXIII en la Carta encíclica Sacerdotii nostra primordia, publicada en 1959, en el primer centenario de la muerte de san Juan María Vianney, presentaba su fisonomía ascética refiriéndose particularmente a los tres consejos evangélicos, considerados como necesarios también para los presbíteros: “Y, si para alcanzar esta santidad de vida, no se impone al sacerdote, en virtud del estado clerical, la práctica de los consejos evangélicos, ciertamente que a él, y a todos los discípulos del Señor, se le presenta como el camino real de la santificación cristiana”.


El Cura de Ars supo vivir los “consejos evangélicos” de acuerdo a su condición de presbítero. En efecto, su pobreza no fue la de un religioso o un monje, sino la que se pide a un sacerdote: a pesar de manejar mucho dinero (ya que los peregrinos más pudientes se interesaban por sus obras de caridad), era consciente de que todo era para su iglesia, sus pobres, sus huérfanos, sus niñas de la “Providence”, sus familias más necesitadas. Por eso “era rico para dar a los otros y era muy pobre para sí mismo”. Y explicaba: “Mi secreto es simple: dar todo y no conservar nada”. Cuando se encontraba con las manos vacías, decía contento a los pobres que le pedían: “Hoy soy pobre como vosotros, soy uno de vosotros”. Así, al final de su vida, pudo decir con absoluta serenidad: “No tengo nada… Ahora el buen Dios me puede llamar cuando quiera”.


También su castidad era la que se pide a un sacerdote para su ministerio. Se puede decir que era la castidad que conviene a quien debe tocar habitualmente con sus manos la Eucaristía y contemplarla con todo su corazón arrebatado y con el mismo entusiasmo la distribuye a sus fieles. Decían de él que “la castidad brillaba en su mirada”, y los fieles se daban cuenta cuando clavaba la mirada en el sagrario con los ojos de un enamorado.


También la obediencia de san Juan María Vianney quedó plasmada totalmente en la entrega abnegada a las exigencias cotidianas de su ministerio. Se sabe cuánto le atormentaba no sentirse idóneo para el ministerio parroquial y su deseo de retirarse “a llorar su pobre vida, en soledad”. Sólo la obediencia y la pasión por las almas conseguían convencerlo para seguir en su puesto. A los fieles y a sí mismo explicaba: “No hay dos maneras buenas de servir a Dios. Hay una sola: servirlo como Él quiere ser servido”. Consideraba que la regla de oro para una vida obediente era: “Hacer sólo aquello que puede ser ofrecido al buen Dios”.


11.- La comunión eclesial en la vida sacerdotal.

Quisiera añadir además, en línea con la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis del Papa Juan Pablo II, que el ministerio ordenado tiene una radical “forma comunitaria” y sólo puede ser desempeñado en la comunión de los presbíteros con su Obispo. Es necesario que esta comunión entre los sacerdotes y con el propio Obispo, basada en el sacramento del Orden y manifestada en la concelebración eucarística, se traduzca en diversas formas concretas de fraternidad sacerdotal efectiva y afectiva.


12.- La importancia del celibato sacerdotal.

Sólo así los sacerdotes sabrán vivir en plenitud el don del celibato y serán capaces de hacer florecer comunidades cristianas en las cuales se repitan los prodigios de la primera predicación del Evangelio.


13.- El amor y la devoción mariana del sacerdote.

La celebración del 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney (1859) viene inmediatamente después de las celebraciones apenas concluidas del 150 aniversario de las apariciones de Lourdes (1858). Ya en 1959, el Beato Papa Juan XXIII había hecho notar: “Poco antes de que el Cura de Ars terminase su carrera tan llena de méritos, la Virgen Inmaculada se había aparecido en otra región de Francia a una joven humilde y pura, para comunicarle un mensaje de oración y de penitencia, cuya inmensa resonancia espiritual es bien conocida desde hace un siglo. En realidad, la vida de este sacerdote cuya memoria celebramos, era anticipadamente una viva ilustración de las grandes verdades sobrenaturales enseñadas a la vidente de Massabielle. Él mismo sentía una devoción vivísima hacia la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen; él, que ya en 1836 había consagrado su parroquia a María concebida sin pecado, y que con tanta fe y alegría había de acoger la definición dogmática de 1854”.

El Santo Cura de Ars recordaba siempre a sus fieles que “Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir de su Santa Madre”.

Jesús de las Heras Muela

FUENTE: www.revistaecclesia.com/ 

AUDIO ENSEÑANZA - SERMON DEL SANTO CURA DE ARS SOBRE EL RESPETO HUMANO.





Nada más glorioso y honorífico para un cristiano, que el llevar el nombre sublime de hijo de Dios, de hermano de Jesucristo. Pero, al propio tiempo, nada más infame que avergonzarse de ostentarlo cada vez que se presenta ocasión para ello. No, no nos maraville el ver a hombres hipócritas, que fingen en cuanto pueden un exterior de piedad para captarse la estimación y las alabanzas de los demás, mientras que su pobre corazón se halla devorado por los más infames pecados. Quisieran, estos ciegos, gozar de los honores inseparables de la virtud, sin tomarse la molestia de practicarla. Pero maravíllenos aún menos al ver a otros, buenos cristianos, ocultar, en cuanto pueden, sus buenas obras a los ojos del mundo, temerosos de que la vanagloria se insinúe en su corazón y de que los vanos aplausos de los hombres les hagan perder el mérito y la recompensa de ellas. Pero ¿dónde encontrar cobardía más criminal y abominación más detestable que la de nosotros, que, profesando creer en Jesucristo, estando obligados por los más sagrados juramentos a seguir sus huellas, a defender sus intereses y su gloria, aun a expensas de nuestra misma vida, somos tan viles, que, a la primera ocasión, violamos las promesas que le hemos hecho en las sagradas fuentes bautismales? ¡Ah, desdichados! ¿qué hacemos? ¿Quién es Aquel de quien renegamos? Abandonamos a nuestro Dios, a nuestro Salvador, para quedar esclavos del demonio, que nos engaña y no busca otra cosa que nuestra ruina y nuestra eterna infelicidad. ¡Oh, maldito respeto humano, qué de almas arrastras al infierno! Para mejor haceros ver su bajeza, os mostraré: 1.º Cuánto ofende a Dios el respeto humano, es decir, la vergüenza de hacer el bien; 2.° Cuán débil y mezquino de espíritu manifiesta ser el que lo comete.


EL CURA DE ARS. Francis Trochu.

III. POR LA CONVERSIÓN DE ARS.

II. La guerra a la ignorancia religiosa.
El Rdo. Vianney se convenció de que a su celo se opondría un enemigo formidable: Toda la inercia de aquellas gentes aferradas a sus costumbres. Ninguno de los feligreses se había negado a recibirle; los que iban a misa, seguirían acudiendo; pero que no pidiese más.

Aconteció lo contrario: el joven pastor se sintió responsable de todas las almas de _Ars y resolvió no dejarlas en paz hasta el día en que hubiesen desaparecido todos los abusos. Además de la oración y de la penitencia, emplearía la palabra y la acción.

La santificación del domingo, sin la cual la vida cristiana queda reducida a la nada, fue el primer objetivo que se propuso. La casa del Señor estaba abandonada. La iglesia de San Sixto de Ars era, en 1818, "pobre por dentro y por fuera". Un altar mayor de madera sin ninguna escultura, ornamentos pobres, gastados, insuficientes, que no podían dar el debido realce a las ceremonias del culto. "Tanta pobreza movía a compasión a los sacerdotes forasteros que a veces se detenían en el pueblo para celebrar la misa".

El Rdo. Vianney amo en seguida aquella antigua iglesia como si fuese su casa paterna. Para embellecerla, comenzó por lo principal, o sea, por el altar, centro y razón de ser de todo el templo. Por respeto a la Sagrada Eucaristía, quiso que fuese lo mejor posible. Para esta primera adquisición no llamó a ninguna puerta. Lo pagó de su peculio y con una franca alegría ayudó a los trabajadores a levantar el nuevo altar mayor. 

Después procuró aumentar el ajuar de Dios, como decía en su lenguaje sabroso y lleno de imágenes. 

Visitó en Lión los talleres de bordados y orfebrerías y compro cuanto le pareció de más precio. "En la campiña, decían aquellos comerciantes admirados, hay un cura, pobre, delgado y mal arreglado, que parece no tener un céntimo, y se lleva para su iglesia lo mejor." Un día de 1825, la señorita de Ars fue con él a la ciudad para comprar unos ornamentos para la misa. A cada cosa que le mostraban, repetía: "¡No me parece bastante bien!... ¡ha de ser mejor que esto!"

Estas transformaciones materiales no fueron en modo alguno inútiles. Fueron una prueba del celo del pastor y alegraron a las almas fervorosas; algunos, desconocidos en el templo, con más curiosidad, quizás, que devoción, se dejaron ver en la iglesia los domingos.

La instrucción religiosa de los jóvenes fue su principal solicitud. A los niños de Ars se les empleaba muy pronto en los trabajos agrícolas. Materializados, sin otras miras que las cosas de la tierra, muchos de aquellos pobres vivían y crecían como si no tuviesen alma. La primera comunión no era en su vida otra cosa que un episodio cualquiera.

El joven Cura de Ars se propuso, desde Todos los Santos hasta el tiempo de la primera comunión, reunirlos todos los días a las seis de la mañana. El catecismo de los domingos se hacía antes de vísperas, hacia la una de la tarde. El Rdo. Vianney se valía de piadosas estratagemas para atraer a la iglesia a la gente menuda. 

El Rdo. Vianney no dejó de catequizar por sí mismo hasta el día en que tuvo un auxiliar, es decir, hasta 1845. Durante veintisiete años ejerció completamente solo las funciones del ministerio pastoral. "El mismo daba la señal para el catecismo de los niños, refiere el Rdo. Tailhades; después rezaba las oraciones, de rodillas y sin apoyarse jamás. 

Gracias a los infatigables cuidados del hombre de Dios, los niños de Ars llegaron a ser los mejores instruídos de la comarca. Monseñor Devie lo proclamó bien alto un día de confirmación.

Todavía fue más devorador el celo que desplegó el Rdo. Vianney para instruir a los fieles de su parroquia por medio de la predicación.

Para ello se instaló en la sacrístía. Se abría ésta hacia el altar mayor y así podía trabajar a la vista del divino Maestro. De la cómoda donde guardaban los ornamentos sagrados hizo mesa de trabajo. Allí repasaba las Vidas de los Santos, el Catecismo del concilio de Trento, el Diccionario de teología, de Bergier, los tratados espirituales de Rodríguez, los sermonarios de Le Jeume, de Joly, de Bonnardel... Su descanso en tan febril labor consistía en algunas miradas al Sagrario. Después buscaba la inspiración ante el altar. Arrodillado en las gradas, meditaba lo que acababa de leer. El tiempo es precioso y hay que llegar al fin a toda costa...

Entretanto llegaba la hora de aprender lo escrito. Esta era la labor más dura. Su memoria nunca había sido muy feliz y se trataba de confiarle treinta o cuarenta páginas de un texto escrito de corrida. Durante la noche del sábado al domingo se ejercitaba en repetir en voz alta, y los que pasaban por el camino que corre a lo largo del cementerio podían de antemano oír el sermón del día siguiente.

Falta presentarse ante el auditorio. Era gente curiosa, dispuesta a la chanza; algunos, los jóvenes sobre todo, hubieran preferido hallarse en otra parte... ¡Poco importaba1, eran almas que evangelizar y, por otra parte, subiendo al púlpito cumplía con uno de los principales deberes del sagrado ministerio.

Cada uno de sus sermones duraban una hora entera y los pronunciaba con voz gutural, en la que dominaban las notas elevadas. "Señor Cura, le decía otra persona, ¿cómo es que cuando reza habla tan bajo y tan fuerte cuando predica?- Es que cuando predico, replicaba el santo varón, hablo con sordos, a gente dormida, mas cuando rezo, hablo con Dios, que no está sordo".

¿Qué predicaba a sus ovejas, "aquel ignorante del arte del bien decir"? Sus deberes. Se dirigía al auditorio con claridad, sin rodeos, sin alabanzas inútiles. Algunos de sus temas parecían muy duros; mas el predicador, sobre todo al principio, pegaba fuerte para que el tiro penetrase.

Lo primero que hay que conseguir de los fieles que asisten a la iglesia-a los ausentes y recalcitrantes ya les llegará su vez- es la debida compostura, la actitud propia de cristianos, que están presentes al más santo de los misterios. Mas ¡ay!, la "dejadez" con que estaban allí la mayor parte, demostraba bien a las claras el "poco gusto" que sentía por las cosas de Dios.

Verdaderamente, aquellas almas eran rocas áridas y eran menester rudos golpes para quebrantarlas. Con peligro de zaherir públicamente a muchos, les atacaba "sin consideración", con realismo y crudeza; sus alulsiones eran "vivas, directas y personales" "Repréndeles severamente, para que tengan una fe sana", escribía San Pablo a su discípulo Tito. El Cura de Ars, al principio, tomó a la letra este consejo. Severo consigo mismo hasta el heroísmo, exigía demasiado a los demás.

Les explicaba sucesivamente la necesidad, la naturaleza, el valor y nlos bienes de la Eucaristía. Puede afirmarse que la idea madre de su vida sacerdotal fue desasir las almas de las preocupaciones terrenas para elevarlas hacia el altar.

El Cura de Ars les amenazaba con los castigos de la otra vida: "Pobres gentes, ¡cuán desgraciados sois! Seguid vuestro camino; ¡seguid, que no podéis esperar sino el infierno!..." Tocábales también su punto flaco: los intereses materiales: "Lo primero que salta a la vista es que casi todos mueren en la miseria... La fe abandona sus corazones, sus bienes van desapareciendo; y de esta forma son doblemente desgraciados".

El pobre predicador harto lo sabía: se dirigía a los ausentes y "hablaba a las paredes". A pesar de todo, en ciertas solemnidades, por una tradición heredada de los antiguos, se reunía en la iglesia casi toda la parroquia. Ocasión excelente para el joven sacerdote de fustigar los vicios que perdían a tantas almas.

"Me diréis algunos: ¡Hablarnos del baile y del mal que allí se hace es perder el tiempo!...No importa, sigue diciendo; al obrar así, hago lo que debo hacer; no hay para qué irritarse; vuestro pastor cumple con su deber." La lucha está comenzada y el Cura de Ars resuelto, con la ayuda de Dios, a no deponer las armas, sino después de una completa victoria.

Del Santo Cura de Ars.

¡Oh alma mía, qué felicidad la tuya! ¡Qué grandeza la tuya! Alimentada por un dios, saciada por la sangre de un dios!

"¡Le veremos! ¡Le veremos! ¡Oh hermanos míos! ¿Os habéis parado a pensarlo? ¡Veremos a Dios! ¡Veremos su inmensa bondad!, le veremos tal cual es..., cara a cara...! ¡Le veremos! ¡Le veremos!

El alma que reza poco es como esas aves de corral que, aunque tienen grandes alas, no saben volar.

El buen Dios lo sabe todo. Sabe de antemano que después de confesaros pecaréis de nuevo y, sin embargo, os perdona. ¡Qué amor el de nuestro Dios, que llega a olvidar voluntariamente el futuro para perdonarnos!

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís