FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

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HISTORIAS DE NUESTROS SACERDOTES 12.

Saber encontrar a Dios
Autor: Alfonso Gutiérrez Estudillo. Cádiz (España)


El creyente debe saber leer su historia en clave de fe, sabiendo que la mano de Dios está siempre en nuestra vida

Hacía un año que nuestro Obispo diocesano había consagrado el nuevo Templo y complejo parroquial que con tanta ilusión y esfuerzo habíamos construido para esta barriada de nueva creación. Aún estabámos equipando el nuevo Templo para el cuál habia encargado a un escultor sevillano una imagen de tamaño natural de un crucificado que presidiera el abside del altar mayor del nuevo templo parroquial. La comunidad parroquial estaba expectante ante la llegada de la talla, y habíamos realizado multitud de actividades para recaudar fondos y así poder sufragarla. Toda la comunidad parroquial embarcada en un mismo proyecto, la de dotar de una imagen al nuevo templo, la advocación elegida para dicha imagen en el día de su bendición no podía ser otra sino la de "Amor" Santísimo Cristo del Amor.

Comenzamos la Cuaresma y decidí realizar un Triduo dedicado a esta advcación del Amor Crucificado, la Adoración Eucaristíca y la Celebración de la Santa Misa que nos ayudara a profundizar y a vivir este tiempo de gracia y conversión. El Señor -al menos yo lo sentía así- me pedía una acción más: sacarle a la calle, evangelizar la barriada, acercar a Cristo a aquellos que no se acercan a la parroquia. Me puse manos a la obra y decidí realizar un Via-crucis procesional por las calles de la feligresía con la imagen del Cristo del Amor. Nuevamente toda la comunidad acogía la propuesta con entusiasmo e implicación: carteles por toda la barriada, ofrendas de flores para el paso que portara la imagen, el acompañamiento musical, la confección del Via-crucis, etc. 

La fecha había llegado, todo estaba dispuesto, ilusiones y esperanza de la presencia del Amor de Dios en el camino de la cruz, pero no contábamos con un invitado. El día no acompañaba. Durante toda la mañana cayó un gran aguacero y las predicciones no eran nada halagüeñas. Toda la jornada hubo fuerte lluvia y viento. Las caras de los feligreses que se acercaban a ver el arreglo floral era de tristeza y desesperanza. Yo les animaba y les decía: "Cristo no defrauda a los que en él esperan; él nos ama, y nada pasa por casualidad. El creyente debe saber leer su historia en clave de fe, sabiendo que la mano de Dios está siempre en nuestra vida, y reconocer su obra en lo aspectos postivos como en los negativos de nuestra existencia, porque todo, lo bueno y lo aparentemente malo es para nuestra salvación. Debemos aprender a no preguntar tanto el porqué sino más bien el para qué de los acontecimientos de nuestra existencia".

Haciendo tiempo, ya lo daba todo por perdido. De pronto el timbre de la casa parroquial sonó. Eran las tres de la tarde. Pensaba que era algún feligrés para preguntar sobre el Vía-Crucis. He de confesar que me molesté un poco al pensar que eran un poco pesados, que no miran la hora, etc. Al abrir la puerta me encontre un hombre de mediana edad que me dijo que estaba realizando una peregrinación andando y si tenía algo comida y de ropa para poder cambiarse ya que estaba empapado del aguacero. No lo dude un instante, ¡iluso de mí! ¡Dios no entiende de horas! El Amor de Dios se encuentra en el amor concreto a los hombres, especialmente en el necesitado. Entendí que Dios me hablaba y me había visitado en ese instante en su presencia escondida en ese peregrino necesitado de acogida, alimento, ropa y un poco de calor. Me dispuese a atenderlo. Lo hice pasar, le di un poco de ropa, entablamos una conversación mientras comía, escuchaba la historia de su preregirnar y finalmente emprendió de nuevo su camino.

¿Casualidad o milagro? yo no creo en las casualidades, sino en la presencia del Dios de la historia que sigue saliendo al encuentro del hombre. Dios había visitado con su presencia en un pobre necesitado mi parroquia. Dios me pedía gestos concretos de amor antes de iniciar el Vía-crucis con la Imagen del Cristo del Amor. En ese instante el cielo paró de llover. Unos rayos de sol nos anunciaron la gracia que Dios derramaba sobre nuestra feligresía. El tiempo nos daba una tregua y pudimos realizar el via-crucis tal y como lo habiamos previsto. Siempre en contacto con la base militar de Rota que nos informaba sobre la evolución del estado metereológico, y sus palabras se cumplieron: Disponéis de tres horas de tregua sin agua, aunque la probabilidad de lluvia era alta. Los milagros existen: en cuanto entramos de nuevo en el templo con la imagen del Cristo, después de haber realizado el vía-crucis, la lluvia volvió a aparecer.

Dios nos había enseñado de nuevo la mejor lección de Amor. Como nos dice San Juan no podemos decir que amamos a Dios a quien no vemos si no somos capaces de amar al prójimo al que si vemos. Salir a rezar el vía-crucis en la barriada, ante todo exigía conocer a los vecinos, estar cercanos a sus sufrimientos, esperanzas, tender la mano a los que sufren, denunciar las injusticias. Dios me llevó a profundizar de que era necesario estar con los jóvenes de la barriada que están esclavizados por el paro y las drogas, con las familias que sufren el cierre de una fábrica, denunciando las injusticias, etc.

Dios está cerca de nosotros, nos alienta con sus presencia, nos acompaña y se hace el encontradizo también en el ministerio del sacerdote. Tan sólo hay que tener una mirada de fe capaz de saber reconocerle como los discípulos de Emaús.


Un confesor en el Santo Sepulcro 
Autor: Agustín Enrique Bollini. Jerusalén 

Ver a muchos dudar y no acercarse al Confesionario, me apena

Hace tiempo quería contarte sobre mi experiencia de estos meses de Confesión diaria en el Santo Sepulcro, para que nos alegremos juntos, con la obra del ”Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos reconforta en todas nuestras tribulaciones, para que nosotros podamos dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios.” 

Doy gracias a Dios por este regalo de poder contemplar Su Obra, todos los días, en este privilegiado lugar. Soy un espectador gozoso de lo que Él realiza e, indigno, rezo y pido ser un útil instrumento en Sus Manos para la reconciliación de mis hermanos. 

Estoy disponible para confesar seis días por semana, de 7.00 a 12 y de 15.30 a 17.30 hs. Estoy disponible, esto no quiere decir que confieso todo el tiempo. Recuerdo haber estado hora y media o dos horas seguidas confesando alguna vez, pero no es lo habitual.

Cuando se me terminaron las primeras 500 estampitas que entrego a quienes llegan al Sacramento, pude sacar un cálculo aproximado de cuánta gente había pasado durante esos días: un promedio cercano a 11 personas por día. Aunque no son tantos como quisiera, te aseguro que son más que todos los que he confesado en mis siete años de vida Parroquial.

Ver a muchos dudar y no acercarse al Confesionario, me apena; lo mismo que aquellos que pasan por la Capilla del Santísimo y por su actitud muestran que no tienen ni idea de dónde están, o los que sólo vienen a sacar fotos, como en un Museo, o esos que miran desde afuera sin entrar, o los que directamente pasan de largo, sin ver a Dios, vivo.

Pero junto a estos, te encuentras a los que llegan conmovidos y llenos de un piadoso respeto. Especialmente me llaman siempre la atención los orientales, porque los veo manifestar con todo su cuerpo su piedad respetuosa: se persignan y arrodillan inclinándose hasta tocar o besar el suelo y vueltos a incorporar lo repiten varias veces; o las mujeres ortodoxas, cubiertas con vestidos negros y recogidas en una actitud de humilde devoción y a veces en grupos, cantando; o los africanos rezando en voz alta, levantando los brazos y acompasando su cuerpo a los cantos e invocaciones; o los de la India que se acercan a besarte las manos, pidiendo bendiciones; o los japoneses, coreanos y vietnamitas inclinándose en respetuosas reverencias de saludo. ¡Que diferencia con nuestra cultura tan secularizada, egoísta y llena de prejuicios, que no nos permite ni interiorizar lo que sentimos, ni preocuparnos tampoco por mostrarlo con nuestra actitud exterior de respeto, al lugar y a los demás! 

Por suerte que también están aquellos que buscan un encuentro interior con el Señor, concentrados y recogidos en silenciosa contemplación. Y vivir esta diversidad que nuestro buen Padre reúne en este lugar Santo, me ha hecho también abrirme a Sus Sorpresas. Desde poder entender, con la ayuda de Su Espíritu Santo, el Inglés y el Italiano en los distintos acentos y pronunciaciones de polacos, rusos, japoneses, algún chino, malayos, hindúes, húngaros y africanos; hasta las fotos con los peregrinos que algunos solicitan con todo cariño y respeto, porque quieren un recuerdo eclesial; pero otros que a veces hasta por sorpresa, buscan la novedad, tal como si fuera la foto que se toman al lado de un camello. 

Lo que me da mucho gozo, es la cantidad de consagrados que confieso. La mayoría sacerdotes, después laicas y religiosas. Llevo cuenta, por lo extraordinario para mi, de los Obispos confesados: nueve. Me sorprendió el primero, ¡mi primera confesión a un Pastor de la Iglesia!, un regalo inesperado ¡Gracias Señor! A los siguientes, ya los pude vivir agradeciendo a Dios, porque a todos, fieles y pastores, nos llama a una constante conversión.

Pero la mayor alegría que nunca antes había experimentado, es lo gratificante de ver Su Misericordia actuando. Experimentar el Poder de lo Sacro, Su Gracia, Su Acción en nosotros: la Reconciliación. La veo en la sonrisa esperanzada, en la tranquilidad del consuelo que seca las lágrimas, en el alivio del perdón que, en solo minutos, nos libera de nuestras cargas y opresiones. 

Esto es algo que, juntamente con el privilegio de poder decir en la fórmula de la Absolución: “Dios Padre Misericordioso, que por la muerte y resurrección de Su Hijo AQUÍ, EN ESTE LUGAR, ha reconciliado el mundo consigo”, hace que a cada confesión la viva realmente como Su Regalo a nuestra miseria, como el amoroso reencuentro con el Padre, “que tanto amó al mundo que le entregó a Su Único Hijo para salvarlo.”

(Historias extraídas del libro 100 historias en blanco y negro. Recopilación de la web Catholic.net).

HISTORIAS DE NUESTROS SACERDOTES 8.

Los sacerdotes viven experiencias maravillosas constantemente

Más de 80 años sin confesarse
Autor: Juan Pablo Ledesma, LC. Roma (Italia) 

Cierto día, uno de los misioneros me pidió llevar la comunión a una señora muy anciana...

Tengo que confesar que ser misionero ha sido siempre la ilusión de toda mi vida. De niño fue el sueño que me cautivó y que encendió en mí la llama de la vocación. Yo quería ser sacerdote para ayudar a los demás, para hacer algo que valiera la pena. Alguna vez me imaginé convertido en otro San Francisco Javier en las Indias: con el brazo dolorido por tanto bautizar, agotado de confesar, de predicar, de enseñar el catecismo, sin tiempo de comer, sin poder descansar porque todos acudían a mí en busca de consuelo, de consejo o de ayuda.

El episodio que aquí narro me sucedió en una aldea de la Sierra norteña de Sonora… Sus habitantes no saben que hace ya muchos años, allá por 1646, la corona española embarcó hacia sus tierras soldados y misioneros. Cierto día los Apaches, una de las cuarenta tribus que poblaban estas tierras, saquearon una guarnición española y fueron castigados. En represalia atacaron sin piedad, matando y destruyendo. El sacerdote Juan Bautista, amigo de todos, los recibió con los brazos abiertos. Los temibles Apaches respondieron con arcos y flechas. Una a una, le clavaron más de veinte saetas. Agonizando y desangrado, el misionero se arrastró a gatas hasta los pies del crucifijo de la misión. Era una talla de gran tamaño, esculpida por los indios Órapas. Se abrazó a él. Y murió así, mezclando su sangre con la del Cristo. Ese es el pasado glorioso de estas tierras.

Nuestra jornada misionera comenzaba muy temprano y acababa en la madrugada del día siguiente. Después de levantarnos, un suculento y nutritivo desayuno y un buen rato de oración. Luego, la voz de la campana atraía a pequeños y grandes a la capilla. Mientras tanto los misioneros visitábamos a las familias y les impartíamos catequesis. Como sacerdote, yo confesaba todo el día y luego celebraba la Misa. Si había enfermos, los visitaba y les administraba los sacramentos.

Un bien día conocí a este encanto… Cierto día, uno de los misioneros me pidió llevar la comunión a una señora muy anciana. Vivía muy lejos, en una loma. Ya había atardecido y no quise adentrarme por la brecha de la montaña, difícil y tortuosa. Incluso nos perdimos. Decidí volver. Además tenía el compromiso de cenar en la casa del sordomudo. Una familia muy pobre me había invitado y accedí. Estaban todos reunidos, esperándonos y de pie, porque no había platos ni vasos ni sillas suficientes para todos. Eran muy pobres. Me ofrecieron sardinas enlatadas. Les conté mi desilusión del día y el señor sordomudo, que seguía la conversación leyendo los labios de su esposa, con gestos y expresiones me ofreció su caballo para el día siguiente. -¿A qué hora lo quiere?- preguntó su esposa. Miré a los otros misioneros y me dijeron que tenía todo el día ocupado. –Entonces nos quedamos sin comer para ver a esta señora. Al día siguiente, a la una del mediodía tenía ensillado el caballo. Una gran emoción me embargaba el alma. Entre la aventura y el deseo de ayudar, cabalgaba, llevando en una píxide el Santísimo Sacramento.

Nos adentramos en el cauce del Sonora. Después de veinte minutos de trote llegamos a la casita. Era una señora de 83 años, enferma, que no podía caminar, con un tumor en la pierna. Nos recibió con gran alegría y emocionada… Era la primera vez que un sacerdote le visitaba. Contaba cómo su mamá había tenido 23 hijos y que en sólo 3 años había perdido a 13 de sus hijos por enfermedades y accidentes. Hablé con ellas a solas. ¡Cómo olvidarla! Era la primera vez que se confesaba. Toda la vida esperando este momento. Fue su primera confesión. Su primera comunión y su primera y -quizás también- última unción de los enfermos. Después, ayudada por otra señora, nos sirvió una taza de café y nos despedimos.

De regreso, sobre el caballo, no dejaba de darle gracias a Dios. Hablaba con él y comentábamos que quizás sería la última vez que vería a esta persona en mi vida. Pensé también en todos los años de preparación y de sacerdocio y me dije: ¡Valió la pena! ¡Momentos como éste, pagan con creces todo! Valdría la pena ser sacerdote para un momento como éste. No hay mayor alegría que dar, es la mejor inversión de nuestro tiempo, dar nuestra vida por amor.

Susana fue al Cielo 
Autor: Mario Ortega Moya, ST

Rápidamente me confesó su principal carencia: «Padre, no estoy bautizada» 

Pasé unas semanas en Banfield (Argentina), ayudando a unos misioneros amigos míos. La mañana de los miércoles la dedican allí los sacerdotes a visitar enfermos –los más graves–. Precisamente realizaba yo la visita de los miércoles, siguiendo una lista de enfermos que habíamos obtenido gracias a los misioneros. Sorteando con el auto los baches de las calles sin asfaltar y soportando un asfixiante calor, íbamos en busca de la casa de cada enfermo que habíamos elegido de la lista para visitar esa mañana.

Sin embargo todo parecía adverso. A uno lo habían llevado al hospital, otro había fallecido, un tercero había cambiado de domicilio... De casa en casa sin poder atender a nadie. El tiempo pasaba, la mañana parecía perdida. Pero la Providencia Divina estaba guiando nuestros pasos. De nuevo echamos mano a la lista; había que elegir otros enfermos para visitar. Me fijé en una chica joven que estaba apuntada y, junto a su nombre, la causa de su enfermedad: el fatídico sida.

La casa no estaba lejos de allí, por lo que no dudé en decirle a José que nos dirigiéramos allá. Era un barrio de los más pobres y peligrosos. La droga y la delincuencia entre jóvenes y niños era lo normal por esa zona. Nos detuvimos ante la casa, en cuya puerta un hombre de mediana edad nos miraba extrañado.

«¿Vive aquí Susana?» El hombre asintió con la cabeza y entró para buscarla. Nos bajamos del coche y en esos momentos vi aparecer a Susana. Quedé espantado al ver su aspecto. Tenía 22 años, pero aparentaba muchos más: pobremente vestida, descalza, llevaba en la cara, cuello, manos, brazos, piernas y pies las señales de pinchazos y moretones, producidos por la jeringuilla asesina que desde sus doce años destrozaba su vida. Susana había sido víctima, como tantos otros, de la cultura de la muerte. Engañada, nadie le había mostrado nunca otro camino de felicidad.

«¡Soy Susana, padre!» –dijo–. Y rápidamente me confesó su principal carencia: «Padre, no estoy bautizada».

En menos de dos horas, esa misma tarde la llevaban al hospital para enfermos terminales de sida en Buenos Aires. Allá los llevan para morir, y ya no suelen regresar. ¡Esa misma tarde! Dios mío, entonces me expliqué por qué no habíamos podido ver a los enfermos anteriores... la Providencia nos había llevado a quien más lo necesitaba. «Mira –le dije– el Bautismo es la puerta para ir al Cielo, ¿quieres bautizarte?». Ella, dibujando de nuevo la sonrisa en su rostro, mientras aparecían en sus ojos las primeras lágrimas, dijo emocionada: «Sí, padre, sí que quiero». Había que bautizarla rápidamente, bajo peligro de muerte. En quince minutos dimos un repaso al Credo y después le exhorté a que se arrepintiera de todos los pecados de su vida, porque iba a recibir la gracia santificante. Ella comprendió que aunque su cuerpo se deterioraba sin solución, su alma se iba a revestir de Dios. ¡Cómo actúa Dios en los pobres y humildes! ¡No se puede explicar, es para vivirlo!

La familia también recibió con agrado la noticia del bautismo de Susana. En la habitación-salón-dormitorio-cocina de la casa bauticé a Susana. No me costó trabajo explicarle que Dios la amaba personalmente. Ella misma lo había experimentado. ¡El padre había venido hasta su casa! Ella, que había sido tratada tanto tiempo como un objeto, veía ahora reconocida su dignidad de persona y ¡de Hija de Dios! Confieso que yo también me emocioné.

Una vez de regreso, en España, recibí un fax del párroco de allí. Entre otras cosas, me contaba que a los pocos días de recibir el bautismo Susana había muerto. Rápida y espontáneamente me surgió esta petición: «Susana, yo te ayudé a ir al Cielo; ayúdame ahora tú a mí». 

(Historias extraídas del libro 100 historias en blanco y negro. Recopilación de la web Catholic.net)

HISTORIAS DE NUESTROS SACERDOTES 7.

Dios no se desdice
Autor: Yelman Francisco Bustamante Solórzano. Cádiz (España

«El mismo día usted me está dando la misma cantidad de dinero que por la mañana pude haber robado y no lo hice»

Estando en el despacho parroquial se presentó un joven inmigrante pidiendo ayuda para conseguir un trabajo, porque tenía a su madre enferma y necesitaba enviar dinero a su país.

Me contó que estaba viviendo con una familia inmigrante que le cobraba 200 euros mensuales por una habitación y que ya llevaba tres meses sin poder pagar.

Desde Cáritas parroquial decidí entregarle un cheque con 400 euros para que diera un adelanto de vivienda.

Cuando le entregué el cheque, el joven rompió en llanto y le dije: «No te dé vergüenza».

A lo que él respondió:

«No es vergüenza, lloro de agradecimiento. Hoy estuve a punto de robar. Junto a un cajero automático dos mujeres intentaban sacar dinero. El cajero no funcionaba y se fueron. Después de un rato el cajero echó el dinero y pensé en quedármelo porque tenía necesidad. Recordé que mi madre me enseñó que es mejor pedir que robar, así que empecé a buscar a las mujeres hasta encontrarlas y les entregué su dinero. Ellas sólo me dieron las gracias».

Yo le dije a Dios: “hice lo que tenía que hacer y Tú sabes mi necesidad, sé que no me abandonarás”.

«El mismo día usted me está dando la misma cantidad de dinero que por la mañana pude haber robado y no lo hice».


Cinco panes y dos peces
Autor: Jorge González Guadalix. Madrid (España).

Lo que nos impresionaba era tocar con tanta claridad el misterio

Despacho de Cáritas. Víspera de Navidad. Más gente que nunca esperando una ayuda para celebrar las fiestas. Todos conocidos. La verdad es que nosotros mismos les habíamos sugerido que vinieran con el propósito de sorprenderles con un regalo especial para esos días: una cesta de Navidad con comestibles y algo de dinero para celebrar las fiestas.

Pero nos falló todo. Los donativos previstos no llegaron. Ni siquiera teníamos un detalle para cada uno. Y era triste decir, llegando Navidad, que no tenemos nada y «que Dios le ampare, hermano».

En el despacho yo y los voluntarios. Las lágrimas imposibles de contener. Fuera, la alegría de quien algo espera. Especialmente impactantes las risas de los niños. Las bromas de los mayores. Ese ruido que denota la ilusión de quien sabe que algo llegará seguro. No sabíamos qué hacer. ¿Cómo despedir a toda esa gente sin nada? Echamos mano a nuestros monederos… apenas para comprar cuatro chucherías. No nos atrevíamos a abrir la puerta. ¿Quién diría a esta gente que nada de nada, que había sido una visita baldía? Nos dijimos: vamos a rezar y que Dios nos ayude. Nos dimos las manos y rezamos serenamente el Padrenuestro. 

Tras la oración les dije que miraría el buzón de Cáritas por si habían dejado algo y podíamos al menos comprar caramelos a los niños. La verdad es que en ese buzón apenas aparecían unas monedas cada semana. Fue un abrir por abrir. Un acto reflejo, pero desesperanzado.

Abrí el buzón, y un sobre. Abultado. Corrí al despacho sin atreverme a mirar el contenido. Lo dejé sobre la mesa en medio de un silencio que se mascaba. Nos quedamos completamente mudos como los grandes personajes de la Biblia ante la presencia de Dios. Porque eso era un regalo de Dios que no iba a consentir que la gente se marchara con las manos vacías.

Daba miedo tocar el sobre. Más aún abrirlo y mirar su contenido. Por fin alguien lo hizo con un respeto reverencial ante el milagro. Ochenta mil pesetas, que en ese tiempo, 1982, era una cantidad increíble. 

No sabíamos si reír o llorar, quizá todo a la vez. Pero ahí estaba ese regalo de Dios. Porque lo de menos era quién depositó el sobre en el buzón de Cáritas. Lo que nos impresionaba era tocar con tanta claridad el misterio. 

Era el milagro de los panes y los peces. Gente hambrienta. Apenas unas monedas que pudimos reunir los más cercanos. Fue colocarlas sobre la mesa y rezar juntos. Y Dios hizo que se multiplicaran de tal forma que llegó a todos… y hasta sobró.

(Historias extraidas del libro 100 historias en blanco y negro. Recopilación de la web Catholic.net)

HISTORIAS DE NUESTROS SACERDOTES 6.

Los sacerdotes viven experiencias maravillosas constantemente

¿Por qué no se va?
Autor: Carlos Marín. Bogotá (Colombia)

Me quedo al pie de su cama, para verlo morir

Fungiendo como Capellán de la clínica Santa fe, en Bogotá, fui llamado a auxiliar a un enfermo terminal. Nadie me advirtió que este hombre no era creyente. Entré a su cuarto, lo saludé. Al verme me preguntó: «¿Usted es cura?» Le respondí: «Sí señor». «Entonces váyase porque yo no creo en curas» –me dijo.

Guardé silencio y no me moví. Permanecí de pie junto a él. Abrió los ojos y me preguntó: «¿Por qué no se va?» Mi respuesta, sin pensarla, fue esta: «Mire amigo, en mi larga vida de sacerdote he visto morir a muchos santos, pero nunca he visto morir a un ateo. Por eso me quedo al pie de su cama, para verlo morir».

El enfermo guardó silencio unos minutos, abrió los ojos, me miró y me dijo: «Siéntese, pues, y hablemos». La confesión duró dos horas. Al amanecer del día siguiente murió. En ese momento sentí muy profundamente la acción del Espíritu Santo.


¡Yo no vine en balde!
Autor: Sebastián Augusto Ovejero.

La señora me reveló que hace años que quería volver a Dios, pero que su mal carácter no la dejaba

Soy sacerdote desde hace apenas 5 años. Poco después de mi ordenación, estando yo enfermo, me tocaba el servicio sacerdotal nocturno. No tenía auto así que atendía a la gente en la parroquia.

A medianoche me llamaron diciendo que había una señora en el hospital, que había tenido un pre-infarto. Era una sobrina suya la que llamaba. Me abrigué y tomé un taxi. Cuando llegué la señora me recibió de mal modo. Decía que ella estaba muy bien y que no necesitaba nada. «Seguramente que le llamó una sobrina mía entrometida».

Le hablé de la importancia de la oración, de la confesión, de la unción, pero nada. Dura como una piedra. Entonces decidí irme, pues tenía que respetar su libertad. Tomé mi abrigo, me despedí y, cuando iba en el pasillo, pensé: «Estoy enfermo, gasté dinero en el taxi, hace frío y… ¿¡nada!?» Me di media vuelta, regresé a la habitación y le dije: «Mire señora la hora que es y cómo estoy enfermo. Para venir me gasté dinero en un taxi. Yo no me voy hasta que usted le pida perdón a Dios, se confiese y reciba la unción de los enfermos».

Entonces la señora comenzó a llorar, se tranquilizó y me reveló que hace años que quería volver a Dios, pero que su mal carácter no la dejaba. Luego se confesó, le di la unción, le impuse el escapulario y me fui contentísimo. ¡Cómo obra Dios! Hasta se valió de mi amor propio. Yo pensaba en mi salud y en el dinero que gasté, y así me hizo experimentar las maravillas de su misericordia. ¡Bendito sea Dios!

(Historias extraidas del libro 100 historias  en blanco y negro. Recopilación de la web Catholic.net)

HISTORIAS DE NUESTROS SACERDOTES 5.

Los sacerdotes viven experiencias maravillosas constantemente

Ni la policía americana...
Autor: Antonio María Domenech Guillén. Cuenca (España)

Se alejó del precipicio y, ante el asombro de todos, bajó las escaleras donde estaban los bomberos

La tarde del pasado día 30 de octubre conversaba con un matrimonio, en la segunda planta de un bloque de pisos de una de las calles más populosas de Valencia. Cuando la conversación entraba en la parte más interesante sonó el teléfono. «Es mi abuela –dijo la señora de la casa– que vive en el cuarto piso y dice que salgamos al balcón».

Sólo salir, pudimos ver un par de coches de bomberos, una ambulancia, mucha policía nacional y una zona acordonada en cuyo centro había un enorme colchón, más grande que una piscina… 

– Parece que va a haber un suicidio.

– ¡No puede ser! –exclamé, dándome cuenta de lo que eso suponía.

– Sí –dijo la señora–, hace dos años vi algo parecido y era eso.

– Pues debería bajar. Aunque… no sé qué puedo hacer.

– Baja, si no, no te quedarás tranquilo.

Ya decidido me puse la chaqueta, bajé las escaleras y fui a preguntarle a uno de los bomberos…

– ¿Qué pasa?

– Que ese hombre se quiere tirar. –En el 12º piso había un muchacho de pie preparado para tirarse.

– ¿Puedo ayudar en algo? –No me hizo falta decir que era sacerdote, porque si no hubiera llevado sotana no hubiera podido ni atravesar el cordón que impedía el paso. 

– No lo sé; hable con la policía.
La policía me dijo que debía ser el jefe de bomberos el que me diera la autorización.

– Voy a llamar arriba, a ver qué dicen –me dijo el jefe de bomberos–. «Aquí hay un párroco que pregunta si puede hacer algo…» (Un párroco, un cura, un sacerdote, ¡da lo mismo!)

– Dicen mis compañeros que suba y que ya verá usted si puede hacer algo o no.

Me acompañó un bombero y una psicóloga. Llegamos a la terraza pero era imposible llegar hasta donde estaba el chico, sino sólo por una escalera que estaba ocupada por los bomberos. No había contestado a nada ni a nadie de todos los que estaban en la terraza: cinco bomberos, tres policías y dos doctoras.

Una de ellas me dijo: «Qué pena, la policía americana al menos tiene psicólogos»; a lo que contesté: «Sí, pero no tiene curas».

Me acerqué por fin al muchacho y le dije: «Soy sacerdote, escúchame. No hagas eso. Dios te ama, hijo». Nada, ni palabra. Aunque me miró. 
Quince minutos después pareció que iba a dejarse caer, pues solamente se aguantaba con las manos, y volví a intentarlo:

– Dios te va a ayudar desde el Cielo. 

– ¡Dios no existe! –respondió.

La policía se alegró. Eran las primeras palabras que decía en mucho rato. Le pregunté si había hecho la Primera Comunión. Me dijo que sí. Me dijo también que estaba confirmado y que le confirmó un sacerdote, no el obispo.

Ya entablada la conversación le dije: «Ven aquí, hombre. Siéntate y seguimos charlando». Se alejó del precipicio y, ante el asombro de todos, bajó las escaleras donde estaban los bomberos por su propio pie y entró en el ascensor. 

Me despedí de él. Quedamos para la semana siguiente. Le di gracias a Dios y me despedí de policías y bomberos, después de decirle a la doctora: «Se lo dije, en la policía americana no tienen sacerdotes».


Tu cuchillo no sirve
Autor: Antonio Rivero Regidor, LC. San Pablo (Brasil)

Gracias, Señor, por haberme hecho instrumento de tu gracia sanadora, restauradora, santificadora, iluminadora y consoladora

Era una tarde de marzo, en Buenos Aires. Estaba en la parroquia confesando, pues era vicario parroquial.

En esto llegó un joven que quería hablar conmigo. 

– Buenas tardes amigo, ¿cómo te llamas? ¿en qué puedo ayudarte?

– Padre, soy Juan y me quiero suicidar esta misma noche.

– ¿¡Por qué!? –le pregunté yo un poco asustado.

– Es que mi novia me ha dejado por otro, y esto no lo tolero, pues llevábamos más de tres años de novios.

– Bueno, bueno… 

Yo no sabía qué decir y le pedí al Espíritu Santo que me iluminase y pusiese en mi boca las palabras justas para ayudar a este joven. Yo contaba sólo con esos momentos y tenía plena confianza en el toque de la gracia de Dios.

– Esta misma noche me mato, ¡ya está! –me dijo bien resuelto.

Y sacó un enorme cuchillo y lo puso sobre la mesa que allí estaba.

– ¡Dios mío, qué cacho cuchillo! –le dije yo. Déjame verlo…

Y comencé a dar vueltas al cuchillo. Le dije que le faltaba más filo, que seguro que no funcionaría pues estaba muy oxidado, que para que tuviera éxito y saliese en el periódico debía ser un cuchillo nuevo, bien afilado, y que definitivamente con ese cuchillo no tendría éxito… Y no sé qué más tonterías le dije, para hacer tiempo, desdramatizar el hecho y dar tiempo al Espíritu Santo para que entrara en el alma de Juan y le hiciese entrar en razón, pues realmente ahora reaccionaba desde sus sentimientos heridos.

– ¿Cómo que no va a funcionar este cuchillo? –preguntó enojado Juan.

– Que no, Juan, que no. Para suicidarse –dicen los psicólogos– son necesarias más cosas, muchas más cosas, que no es tan sencillo suicidarse, y sobre todo un cuchillo de calidad y nuevecito. ¿Tienes dinero para comprar uno nuevo?

Yo la verdad no sabía lo que le decía, pero notaba que él me escuchaba atento y abría los ojos asustado. Le di unas palmaditas en la espalda y le dije así.

– Mira, Juan, seguro que esa novia no era la novia que Dios tenía preparada para ti, pues te está buscando una mejor. Esa –sabe Dios cómo se llame– no te conviene, porque no supo valorar lo bueno que tú eres, lo excelente que tú eres. Ella, la pobre, está ciega. ¡Mejor así! ¿Es que acaso en todo Buenos Aires no habrá otra chica mejor, de tu altura y calidad? ¡Claro que sí! Venga, hombre, no seas tonto Juan… Ya quisiera yo tener tu edad. Lo que no haría de bueno por el mundo y por los hombres. Vamos, dame un fuerte abrazo y vamos al sagrario donde está Cristo Eucaristía, ¿lo conoces?, vamos a rezar para que encuentres cuanto antes la chica más hermosa de Buenos Aires y que Dios ya tiene en mente para ti.

– Bueno, bueno… ¿entonces usted cree que encontraré otra chica?

– Pues claro, amigo… No cualquier chica, sino una excelente chica con la que formarás una maravillosa familia con varios hijos y rebosarás de felicidad. Pero, ¡déjame aquí el cuchillo! ¿sí? Ya no lo vas a necesitar. ¡Está tan oxidado…!

– Gracias, padre, por sus consejos y su amistad. ¿Puedo seguir viniendo a hablar con usted?

– Por supuesto que sí, cuando quieras. Es más, te invito todos los domingos a la misa de jóvenes, a las 7.30 de la noche. Vendrás, ¿verdad?

Y así fue. Se fue tan contento, reconciliado con Dios, con la vida y consigo mismo. Yo me fui a la casa parroquial a tirar el cuchillo al cesto de la basura y a dar gracias a Dios por este momento de luz y de gracia. ¡Todo es gracia! –como decía George Bernanos–. «Todo es gracia, todo es gracia» –me iba repitiendo una y otra vez, mientras iba para la parroquia para celebrar la santa misa. 

Sobra decir que ese chico no faltó nunca más a la misa. Y encontró una chica encantadora, y tuve la suerte de celebrar la boda por todo lo alto. Y, por lo que sé, siguen fieles y felices. 
Gracias, Señor, por haberme hecho instrumento de tu gracia sanadora, restauradora, santificadora, iluminadora y consoladora.


Estábamos deseando llamarle
Autor: Jorge Loring, SJ. Cádiz (España)

¡Qué absurdo no llamar al sacerdote para que el enfermo no se asuste! El susto se lo va a llevar si muere sin confesión

En una ocasión un amigo me dijo: «Vaya a ver a Fulano que está grave».

Fui a ver al enfermo. Después de estar un rato con él y los familiares, dije: «Déjenme solo con él, que tenemos que echar un parrafito».

Al quedarnos solos me dice el enfermo: «Padre, qué alegría he sentido al verle entrar por esa puerta. Estaba deseando llamarle, pero no me atrevía para no asustar a mi familia».

Le confesé, y se quedó encantado. Al salir, en la puerta de la calle, me dijo la familia: «Padre, le agradecemos mucho que haya venido. Estábamos deseando llamarle, pero no nos atrevíamos para no asustar al enfermo».

Todos deseando llamar al sacerdote, y por un miedo absurdo un enfermo iba a morir sin confesión. ¡Qué absurdo no llamar al sacerdote para que el enfermo no se asuste! El susto se lo va a llevar si muere sin confesión.

El estar en gracia de Dios da al enfermo una paz y una tranquilidad maravillosa. El mayor bien que podemos hacer a un moribundo es llevarle un sacerdote que le confiese. Nadie en la vida le ha hecho un favor superior a éste.

(Historias extraidas del libro 100 historias en blanco y negro. Recopilación de la web Catholic.net).

HISTORIAS DE NUESTROS SACERDOTES 4.

Los sacerdotes viven experiencias maravillosas constantemente


Mi regalo de cumpleaños
Autor: Flávio Jorge Miguel Júnior. Sorocaba (Brasil) 

Salió de la casa en silencio y sin decir si tomaría en cuenta mi consejo sacerdotal

En septiembre de 2008 un joven, feligrés de aproximadamente 20 años, me llamó llorando, pidiendo que lo atendiera urgentemente. A pesar de la fatiga de ese día, pues ya era de noche, le recibí en mi casa. Me dijo que su novia quedó embarazada de gemelos y que ya había tomado la decisión de abortar, porque ya tenía dos hijas de otra relación. Después de escucharlo, le pedí el teléfono de la chica para conversar con ella, aun a riesgo de escuchar algún insulto, porque sabía que ella no era practicante.

Tomé valor y la llamé para fijar una cita en mi casa al día siguiente. Ella vino con su hermana. El aborto estaba programado para el día después. Para salvar a los gemelos traté de sacar todos los argumentos bíblicos y también le hablé de los riesgos de la cirugía. Mi intervención no tuvo éxito. Entonces hice la siguiente propuesta: «Ten estos niños y yo me quedaré con ellos». Después de esto, ella se enfadó y dijo que nunca le daría su hijo a nadie. 

Entonces, como un último intento, dije que comprendía todos sus sufrimientos y que quisiera hacer una oración por ella. Eso sí lo aceptó; se levantó y le impuse las manos sobre la cabeza e hice una oración silenciosa. Entonces, sin pedir permiso, puse las manos sobre su vientre y consagré en voz alta a los bebés al Corazón Inmaculado de María. En ese momento la joven comenzó a llorar y se sintió tocada por el Señor. Y le dije: «¡Tendrás estos niños y no vas a abortarlos, porque María ya es su madrina!».

Salió de la casa en silencio y sin decir si tomaría en cuenta mi consejo sacerdotal. Una semana después su novio me llamó diciendo, para la Gloria de Dios, que ella no abortó y que decidió tener a los niños.

Después de unos meses, el 20 de abril de 2009, recibí otra llamada de este muchacho contándome que acababan de nacer sus dos hermosas hijas. Yo me emocioné mucho y apenas podía hablar. Él me preguntó por qué lloraba tanto y simplemente le dije: «¡Hoy es mi cumpleaños!".

Este fue el regalo más grande que haya recibido jamás, y una señal del Señor en mi ministerio sacerdotal.


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Cómo fundar un seminario
Autor: Hernán Jiménez, LC
¡Dios no puede resistir ante tu ofrenda!

Fue en 1991, en el norte de Italia. Mis superiores me habían encargado fundar un seminario, lo cual no es nada fácil. Sin embargo, a pesar de tanto trabajo, fui a visitar a un joven de veintisiete años, enfermo de sida. Lo llamaré «Lauro». 

Era mi primera experiencia. Una característica general de los enfermos terminales es la monotonía de las horas que pasan lentamente ante la cruda realidad: no queda más que esperar la muerte. Se confesó y comulgó después de varios años.

Las visitas a Lauro se multiplicaron. Pasé de ser el «sacerdote que visita al enfermo» a ser el «sacerdote-amigo» y, en poco tiempo, el «amigo que es también sacerdote». Y aquí inicia el milagro. 

Un día iba por la carretera para visitar a Lauro. Una idea me molestaba: «Tú llegas, te paras allí media hora, bromeas, lo confiesas y después lo dejas en su martirio. ¡No basta!...» Pero no sabía qué hacer. De pronto, una voz me habló. La escuché tan claramente que me giré dentro del auto para ver quién me había hablado. Luego se repitió muy fuerte. La voz venía de dentro de mí: «Detente en la próxima iglesia y pide un crucifijo». Fue sorprendente. Me paré en la primera iglesia, –afortunadamente conocía al párroco– entré y le dije en voz baja: «Padre, necesito un crucifijo». «¿Un crucifijo?» Respondió extrañado. «Sí, no me pregunte para qué, porque tampoco yo lo sé». Fuimos a la sacristía y me dio uno lleno de polvo. Le agradecí y volví al coche. Aún quedaba media hora de camino. Apagué la radio para tratar de comprender qué tenía que hacer. Al llegar iba a salir del coche sin el crucifijo, pero al verlo entendí todo. Entré en la casa. Conversé con Lauro y al final le dije: «Lauro, te quiero dar un regalo. Depende de tu respuesta. ¿Estás listo?» Pensó que era una broma. Le pregunté: «¿Quieres ser misionero?» Puso cara de extrañeza. Le enseñé el crucifijo y le dije: «Míralo bien: tú estás clavado a la cama y Él está clavado a la cruz, por eso te entiende. Pero hay una diferencia: Él era inocente y se ofrecía por nuestra salvación, y en cambio tú... Lauro, ¡son casi idénticos!» Él, sin quitar los ojos del crucifijo, asentía. Dios estaba penetrando su corazón. Percibiendo esto, continué: «Tú tienes un tesoro inmenso: sufrimientos, soledad y a veces también angustia. ¡No lo desperdicies! Si ofreces esta montaña de dolor a tu Amigo, ¡puedes salvar el mundo! ¡Dios no puede resistir ante tu ofrenda!»

Con los ojos llenos de lágrimas levantó su mano lentamente hacia la cruz y me dijo: «Ya entiendo». «No, aún no termino. Mira, mis superiores me han encargado abrir un seminario en seis meses y tengo que encontrar casa, permisos, dinero y vocaciones. Además, cada día encuentro muchos casos difíciles y no sé cómo ayudar a todos; por ello te propongo ser misionero conmigo. Cada vez que encuentre un caso difícil te llamaré, tú rezarás y ofrecerás el dolor por ellos y por el seminario. De verdad, yo solo no puedo, pero contigo sí. ¿Me ayudas?» Y asintió con la cabeza. 

La lista de casos difíciles aumentaba. En las visitas a Lauro le refería sucesos, dificultades, nombres y él absorbía cada detalle para llevarlo al altar de su sufrimiento. Ahora era él quien me animaba. ¡Increíble!

El día de la fundación del seminario, en el mismo momento en que celebraba la misa de inauguración pensando en Lauro, Dios se lo llevó. Fue sepultado con su crucifijo de misionero en el pecho. No pude participar en su funeral y cuando fui a visitar a su madre, ella misma me contó algunos particulares. Los últimos meses Lauro pedía que le sostuvieran la cruz delante de sus ojos durante horas y él rezaba mientras le iban leyendo la lista de casos difíciles. Oraba profundamente y luego decía: «Otro mamá» y ella leía el nombre siguiente. 

Su madre no conocía toda la historia, así que se la conté. Ella me escuchaba conmovida, pero cuando mencioné el nombre de la iglesia donde conseguí el crucifijo, rompió en llanto. Después de unos momentos me preguntó: «¿De dónde dijiste que tomaste esa cruz?» «De la parroquia de Pernate», le respondí. Volvió a llorar. Y entonces me dijo: «Vivíamos allí cuando Lauro nació, y fue en esa misma iglesia donde fue bautizado».


(Historias extraidas del libro 100 historias en blanco y negro. Recopilación de la web Catholic.net).

HISTORIAS DE NUESTROS SACERDOTES 3.

Los sacerdotes viven experiencias maravillosas constantemente

Dale un beso a tu salvador
Autor: Kevin Matthew Lee. Parramatta (Australia)

Déjame pedir por ti para que tengas el coraje de cambiar de idea y salves la vida de tu hijo, que todavía no nace.

Hay muchos ejemplos de cómo Dios ha obrado por medio de mí como instrumento, pero la siguiente historia es la que más recuerdo, y la que más me ha asombrado.

Estaba una noche de capellán en el hospital de Westmead, cuando llegó una nota pidiendo que yo fuera a bendecir a una mujer que tendría una operación al día siguiente. Entonces fui y encontré una mujer embarazada, y me dijo que estaba preocupada por la operación.

– ¿Qué le van a hacer? 

–«Una histerotomía muy grande» –me dijo–. 

Pensé: «Será muy difícil que puedan extraer el útero y salvar al bebé». Entonces ella continuó diciéndome que era necesario que procedieran así, ya que tenía un cáncer cervical.
Le habían dicho: «Dios no necesita perdonarte, porque no tiene nada de malo lo que planeas hacer».

Le conté de la beata Gianna Beretta Molla, una doctora italiana que tomó la decisión heroica de sacrificar su vida por la de su hijo, que todavía no nacía, y rogué para que ella confiara en Dios en esta situación.

«Por favor, déjame pedir por ti para que tengas el coraje de cambiar de idea y salves la vida de tu hijo, que todavía no nace». Con lágrimas en su rostro rezó conmigo. Volví a casa y oré en la capilla durante la noche para que no perseverara en su decisión. Hablé con un doctor en nuestra parroquia, y él insistió en que ella continuara con el embarazo hasta que el niño tuviera siete meses, así podría dar a luz y después tener la operación.

Al día siguiente, a las ocho de la mañana, un hombre tocó a la puerta. Su voz llena de ansiedad dijo: «¿Es usted el sacerdote que habló con mi esposa anoche?» Pensé que estaría muy enojado conmigo, pero para mi sorpresa dijo: «Quiero agradecerle. Vamos a seguir su consejo y esperar hasta que el bebé tenga siete meses, y entonces induciremos el parto». La mamá continuó y tuvo una niña muy hermosa y saludable a quien después bauticé. Un mes después tuvo la histerotomía y quedó fuera del peligro de cáncer. 

Cada año, en el cumpleaños de la niña, veo a su mamá y a su papá en la santa misa con sus hijos en la parroquia. La madre siempre le dice a su hija: «Ven y dale un beso a tu salvador».


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Engendrados por el bautismo
Autor: José Rodrigo López Cepeda, MSpS (Guadalajara, Mex.)
Yo también estoy llamado a engendrar a la vida de fe a muchos

Visitando mi ciudad natal, cedí a la petición de mi madre de ir a ver a una amiga suya internada en el hospital. Estando en la habitación de la enferma, se acercó a mí una de las enfermeras y me pidió si podría ver a un anciano sacerdote que estaba muy grave. Sin indagar más me despedí de la amiga de mi madre y me dirigí a terapia intensiva en donde estaba mi hermano en el sacerdocio. 

Al entrar fue muy grande mi sorpresa pues aquel anciano sacerdote, ciertamente muy grave, era el sacerdote que me había bautizado. Estaba inconsciente. Me presenté a la persona que lo cuidaba y se echó a llorar cuando le dije que yo había sido bautizado por aquel sacerdote. 

Y me dijo: «Padre… el Señor Cura supo de su ordenación sacerdotal allá en Europa, y decía que no quería morirse sin ver a su hijo sacerdote, pues él le había engendrado a la fe por el agua del bautismo». Y allí estaba yo ungiendo y presentando al Señor a ese siervo fiel que me había regalado la gracia que ahora me permitía a mí bendecirlo. 

Este hecho ha marcado mi vida sacerdotal, pues yo también estoy llamado a engendrar a la vida de fe a muchos por el bautismo, pero más aún por mi forma de vivir la fe. No sé cuántos de los que yo he bautizado haya llamado Dios a servirle, pero desde entonces, cada vez que presento un niño en la pila bautismal hago una petición en mi interior: «Que el día de mañana, Señor, uno de ellos me ayude a ir a tu encuentro».

(Historias extraidas del libro 100 historias en blanco y negro. Recopilación de la web Catholic.net).

HISTORIAS DE NUESTROS SACERDOTES 2.

Los sacerdotes viven experiencias maravillosas constantemente


Y a mí qué...
Autor: Pablo Félix Aranda Alagarda

He descubierto que la Iglesia no viene a imponerme nada, sólo a ofrecerme su ayuda»

Al mes de ser ordenado sacerdote se me envió de capellán a un hospital durante el mes de agosto. Yo entraba en todas las habitaciones y saludaba a los enfermos de la misma manera: «Buenos días, soy el capellán, vengo a saludarle». La reacción solía ser positiva, a veces era de extrañeza y, unas pocas veces, de rechazo.

Pero hubo una que me llamó poderosamente la atención y que cuatro años después no he podido olvidar.

Entré como de costumbre en una habitación y encontré una mujer anciana. Al saludarla y decirle «Buenos días, soy el capellán...» la mujer me contestó: «Lo que pasa es que yo no creo en Dios». Mi respuesta un tanto impulsiva fue: «Y a mí qué; yo sólo vengo a saludarla». Ahí quedó la conversación.

La sorpresa fue cuando volví unos días más tarde y aquella anciana me dijo: «Lo estaba esperando ansiosamente. Su respuesta “y a mí qué” me sorprendió muchísimo y no he dejado de pensar en ello. He descubierto que la Iglesia no viene a imponerme nada, sólo a ofrecerme su ayuda».
No dejé de visitarla un sólo día hablando de las cosas de Dios, y hasta hoy, cuatro años después, continúa nuestra amistad.


Un sacerdote no nacido
Autor: Eustache Saint Hubert. Puerto Príncipe (Haití)

Aquel niño es uno de los sacerdotes que acaban de ser ordenados aquí

Hace 5 años asistí a una ordenación sacerdotal. Después de la ceremonia una mujer vino hacia mí muy emocionada y me dijo:

«Padre, tengo que contarle algo: Cuando usted era un joven sacerdote yo escuché un retiro que usted había predicado en la catedral de Puerto Príncipe. En su sermón usted habló sobre el aborto. Dijo que las madres deben velar por sus hijos, pues “este hijo que quizá quieren destruir podría llegar a ser presidente de la república, sacerdote u obispo”.

»En aquel momento yo llevaba un niño en mi seno y tenía la intención de abortarlo. Después de su sermón reflexioné mucho, y cambié de opinión a causa de sus palabras. Pues bien, aquel niño es uno de los sacerdotes que acaban de ser ordenados aquí. Sentí la obligación de agradecerle…»

Yo le respondí: «Demos gracias a Dios».


(Historias extraidas del libro 100 historias
en blanco y negro. Recopilación de la web Catholic.net)

HISTORIAS DE NUESTROS SACERDOTES.

(Historias extraidas del libro 100 historias 
en blanco y negro. Recopilación de la web Catholic.net)




Beso sus manos sacerdotales
Autor: José Rodrigo López Cepeda, MSpS

No podré olvidar la primera vez que se acercó a mí y me extendió su mano...

En los campos de México, como en los de España, existe la bella costumbre de invitar al sacerdote a bendecir los campos de cultivo. En los primeros años de mi ministerio había hecho este rito, lleno de tantas esperanzas para los hombres que viven de su trabajo en el campo.

Recién llegado a México se me encomendó la atención como vicario cooperador de una zona rural y visitaba 24 comunidades dedicadas a las labores del campo. El primer año fui invitado por don Nicanor, un ranchero jalisciense, curtido por los años, de intensos ojos azules y piel blanca. Rebasaba ya los 60 años, pero su constitución física, acostumbrada al trabajo, era la de un hombre joven y fuerte. Se le respetaba en el rancho por su prudencia y su sabiduría empírica. 

No podré olvidar la primera vez que se acercó a mí y me extendió su mano. Yo lo saludé como a otro más, dándole la mía, pero hizo un gesto que traté de evitar. Y es que don Nicanor hizo el intento de besarme la mano. Con fuerza quise impedirlo. Quizá por venir de España, en donde toda forma de clericalismo se ha ido cambiando por la indiferencia e incluso el rechazo al sacerdote. 

Pero sin pensarlo él me sujetó fuertemente la mano, la llevo a sus labios y con el sombrero descubierto la besó. Luego me miró a los ojos y me dijo con cierta autoridad en su voz: «No lo beso a usted. Beso al Señor en sus manos consagradas que quiero bendigan nuestros campos».
Sabia lección me dio don Nicanor ese domingo después de la misa. Mis manos no habían sido besadas después del cantamisa en España. Eso se acostumbra más por un rito-tradición que por un verdadero gesto de descubrir, en esas manos pecadoras, las manos del Carpintero de Nazaret; en las manos de este hombre llamado al sacerdocio, las mismas manos del que multiplicó los panes, del que sanó a los enfermos, del que bendijo, del que lavó los pies a sus discípulos. Manos que fueron traspasadas por los clavos de la indiferencia, del rechazo, del rencor. Estas mis manos también son sus manos.

Bendije los campos de don Nicanor y de sus hermanos, y aquella tierra sementera me bendijo a mí. Luego recibí en premio sus primeros frutos. Aunque el verdadero premio ya lo había recibido antes. Mis manos: tus manos Señor. 

Gracias don Nicanor


He confesado al diablo
Autor: Manuel Julián Quiceno Zapata. Cartago (Colombia)

De lo que viví antes de confesarlo, recuerdo lo siguiente...

De lo que viví antes de confesarlo, recuerdo lo siguiente...

Como párroco de un pequeño pueblo, frecuentemente, cada domingo, salía por las calles y aprovechaba para saludar a la gente, dejándoles una catequesis escrita, especialmente a aquellos que por diversas razones no acudían al templo.

En aquella parroquia dedicada a San José, muchos tenían una costumbre que cumplían sin falta cada domingo, como si fuera un deber. Esto era tomarse «unas frías» –así llamaban ellos a la cerveza–. Por tanto, era fácil saber dónde encontrar este tipo de «fieles», y entre ellos estaba también él. 

Cierto día, al terminar mi recorrido, se acerca una señora para preguntarme si había reconocido al «diablo». Según ella, yo lo había saludado y él había recibido uno de los mensajes que yo repartía. Yo no había visto al «diablo», o por lo menos no recuerdo haber visto a ninguna ni a ninguno que se le pareciera.

En otra ocasión necesitaba ir al pueblo vecino para ayudar a un hermano sacerdote, pero el coche de la parroquia se había averiado y por ello necesitaba a alguien que me transportara. 
Vaya sorpresa cuando, al preguntar a algunas personas quién podría ayudarme con este servicio, inmediatamente un niño me dijo: «Padre, si usted quiere llamo al “diablo” para que se lo lleve». No se imaginan lo que pensé en aquel momento. Parecía una broma, pero luego acepté la propuesta y ese día lo vi por primera vez…

Por un buen rato guardé silencio, pues era la primera vez que hacía un viaje así. Además pensé: ¿de qué puedo hablar con el diablo? Al poco tiempo le hablé, pero parecía más una entrevista que un diálogo. Ese día, antes de terminar el viaje y sin decir nada, dejé en su coche un escapulario de la Virgen del Carmen.
En adelante lo veía por todas partes; ya lo reconocía y, aunque siempre lo invitaba a la misa, él siempre me decía: «Ahora no, algún día lo haré, tengo mis razones».

El tiempo pasó, y cierto día un niño que esperaba en la puerta del templo me dijo que alguien me necesitaba urgentemente y que no quería irse sin antes hablar conmigo. El niño me explicó que se trataba de un enfermo grave. Entonces, rápidamente busqué todo lo necesario para la visita.

Cuán asombrado quedé cuando, al llegar a aquel lugar, descubrí que el enfermo grave que hacía varios días esperaba al sacerdote era Ramón, aquel a quien llamaban «el diablo»; un hombre del campo que había vivido situaciones humanas muy difíciles. No recordaba cuándo ni por qué le habían empezado a decir así, pero él se había acostumbrado. Ahora, postrado en una cama, padecía de un cáncer terrible y se acercaba a su final.

Recuerdo muy bien lo que él me dijo aquel día: «Padre, ¿me recuerda? Soy aquel que llaman «el diablo», ¡pero mi alma no se la dejo a él; le pertenece a Dios! Por favor, ¿me puede confesar?» 

Fue un momento muy especial, pero aún más cuando vi lo que apretaba en sus manos mientras lo confesaba: un escapulario; precisamente aquel que yo le había dejado en su coche. Ahora él lo portaba en su viaje a la eternidad. Luego, en aquella casa también pude ver una hoja sobre la confesión, una de aquellas que yo mismo le había dado un domingo al mediodía. 

Y ese día todo el pueblo lo comentaba, y también yo lo pensaba: ¡he confesado al diablo!

INFORMACIÓN SOBRE EL LIBRO: 

"100 historias en blanco y negro"

Con el título "100 Historias en blanco y negro" en el pasado año 2010 se publicó un libro donde se  narran 100 historias de sacerdotes de todo el mundo. 

Es el resultado de un concurso organizado por la web catholic.net. Con motivo del año sacerdotal se convocó a sacerdotes de todo el mundo a enviar sus mejores experiencias. El ganador fue el Padre Manuel Julián Quinceno, de Colombia, con su historia "He confesado al diablo". En total respondieron en torno al millar de participantes y fruto de ello es este práctico libro de 216 páginas de lectura fácil y lleno de historias conmovedoras que nos hacen sentirnos mejor. Miles de personas de todo el mundo ya se han beneficiado de la lectura de este exitoso libro. 

Entre los testimonios de personas famosas que han leído ya este libro está el del actor Eduardo Verástegui quien afirma “Qué emocionantes historias.Son un verdadero alimento para el alma”. O las palabras de la traductora internacional y voluntaria de asociaciones católicas Milena Fiorenza: “Tengo que confesar que lloré con más de una de estas historias. Algunas son realmente conmovedoras. Ha sido una óptima elección”.Descubramos el secreto de lo que hay detrás de estas impresionantes y reveladoras cien historias. 

Quienes estén interesados en adquirir el libro pueden hacerlo  desde la internet siguiendo este link. 

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís