FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

"A MIS SACERDOTES" De Concepción Cabrera de Armida. CAPITULO XXIX: Celos.

MENSAJES DE NUESTRO SEÑOR
JESUCRISTO PARA SUS PREDILECTOS.

(“A mis Sacerdotes” de Concepción Cabrera de Armida)

CELOS

“Un punto para reformar en varios sacerdotes es el gran cuidado que deben tener en los confesonarios de no provocar celos y envidias; es muy común esto y se convierte ese lugar sagrado en ocasión de ofensas para Mí. Iras, murmuraciones, despechos, etc., se originan por el poco contacto de algunos confesores que no tienen la prudencia necesaria de poner medio entre los extremos.

Cierto que muchas veces ellos no tienen la culpa; pero son ocasión, sin embargo, de culpas ajenas que hieren mi Corazón.

Deben los sacerdotes hacer respetar los confesonarios y exteriormente, al menos, tratar con igualdad a las almas, que en lugar de llegar al sacramento con las disposiciones debidas, la contrición no aparece; y con amargura, y con decepción, y hasta con ira se acercan por salir del paso del sacramento, que cuando menos es nulo en muchas ocasiones.

El sacerdote santo debe mover a contrición y a compunción y hacer de aquel lugar de perdón y de justicia un santuario en el que se respete a Dios en el sacerdote, en el que se vea a Dios y no al hombre en el sacerdote, en el que la confianza vaya unida al santo temor de Dios.

Abusan mucho las almas buenas en estos lugares de reconciliación; y a los sacerdotes toca educarlas. Que las atraigan sólo con sus virtudes, que nada humano permitan en este trato frecuente, pero que debe ser siempre santo y desinteresado.

Nunca un sacerdote manchado debe sentarse a confesar, y antes de ocupar el lugar que Yo ocupo en persona, debe borrar hasta sus pecados veniales, elevando su alma a Dios y pidiendo a María su presencia allí, para no contaminarse con lo que llegue a sus oídos y a su corazón.

Cuando tenga que detenerse con alguna alma necesitada, que sea de ordinario cuando no lo esperan las multitudes, y aun entonces vea muy bien, dilucide muy bien y aparte lo superfluo de lo necesario, lo natural de lo sobrenatural, con mucho tino, cautela y caridad, sin dar ocasión a juicios y murmuraciones, de los cuales el sacerdote se debe librar.

Un cristal diáfano debe ser la honra del sacerdote y su conducta, en toda ocasión, no tan solo para Dios, sino también para el mundo.

No basta que sea intachable ante Dios, sino también no debe tener mucha mancha ante la sociedad, para honrar a la Iglesia a quien pertenece.

ORACIÓN DEL PÁRROCO A MARÍA SANTÍSIMA.

Oh María, Madre de Jesucristo,
Crucificado y Resucitado,
Madre de la Iglesia,
pueblo sacerdotal (1 Pe 2,9),
Madre de los sacerdotes, ministros de tu Hijo:
acoge el humilde ofrecimiento de mí mismo,
para que en mi misión pastoral
pueda anunciar la infinita misericordia
del Sumo y Eterno Sacerdote:
oh “Madre de misericordia”.

Tú que has compartido con tu Hijo,
su «obediencia sacerdotal» (Heb 10,5-7; Lc 1,38),
y has preparado para él un cuerpo (Heb 10,7)
en la unción del Espíritu Santo,
introduce mi vida sacerdotal
en el misterio inefable de tu divina maternidad,
oh “Santa Madre de Dios”.

Dame fuerza en las horas oscuras de la vida,
confórtame en la fatiga de mi ministerio
que tu Jesús me ha confiado,
para que, en comunión Contigo,
pueda llevarlo a cabo con fidelidad y amor,
oh Madre del Eterno Sacerdote,
«Reina de los Apóstoles, Auxilio de los presbíteros» (1).

Tú que has acompañado silenciosamente a Jesús
en su misión de anunciar
el Evangelio de paz a los pobres,
hazme fiel a la grey
que el Buen Pastor me ha confiado.
Haz que yo pueda guiarla siempre
con sentimientos de paciencia, de dulzura
de firmeza y amor,
en la predilección por los enfermos,
por los pequeños, por los pobres,
por los pecadores,
oh “Madre Auxiliadora del Pueblo cristiano”.

A Ti me consagro y confío, oh María,
que, junto a la Cruz de tu Hijo,
has sido hecha partícipe de su obra redentora,
«unida con lazo indisoluble
a la obra de la salvación» (2).
Haz que, en el ejercicio de mi ministerio,
pueda sentir siempre más
«la dimensión espléndida y penetrante
de tu cercanía» (3).
en todo momento de mi vida,
en la oración y en la acción,
en la alegría y en el dolor,
en el cansancio y en el descanso,
oh “Madre de la Confianza”.

Concédeme oh Madre,
que en la celebración de la Eucaristía,
centro y fuente del ministerio sacerdotal,
pueda vivir mi cercanía a Jesús
en tu cercanía materna,
porque «cuando celebramos la Santa Misa
tú estás junto a nosotros»
y nos introduces en el misterio de la ofrenda redentora de tu divino Hijo (4),
oh «Mediadora de las gracias que brotan de esta ofrenda para la Iglesia y para todos los fieles» (5)
oh “Madre del Salvador”.

Oh María: deseo poner mi persona,
mi voluntad de ser santo,
bajo tu protección e inspiración materna
para que Tú me guíes
hacia aquella “conformación con Cristo,
Cabeza y Pastor”
que requiere el ministerio de párroco.
Haz que yo tome conciencia
de que “Tú estás siempre junto a todo sacerdote”,
en su misión de ministro
del Único Mediador Jesucristo:
Oh “Madre de los Sacerdotes”,
“Socorro y Mediadora” (6) de todas las gracias.
Amén


Tomada de la Instrucción “El presbítero, pastor y guía de la comunidad parroquial”,
promulgada por la Congregación para el Clero el 4 de agosto de 2002)

1 Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, n. 18.
2 Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, n. 103.
3 Juan Pablo II, Carta a los Sacerdotes con ocasión del Jueves Santo de 1979 Novo incipiente (8 de abril de 1979), n. 11: l. c., p. 416.
4 Juan Pablo II, Alocución a los participantes en la Plenaria de la Congregación para el Clero (23 de noviembre de 2001): l. c., p. 217.
5 Juan Pablo II,con ocasión de la memoria litúrgica de la Virgen de Czestochowa: “L’Osservatore Romano”, 26 de agosto de 2001.
6 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.Lumen gentium, n. 62

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SANTA INES. VIRGEN Y MARTIR.

Inés martir nacida y martirizada en Roma
en la primera mitad del siglo IV.

Su nombre latino es Agnes, asociado a "agnus" (cordero). En torno a ella surgió la costumbre de los corderos blancos de cuya lana se hacen palios para dignatarios eclesiásticos.

Los pocos datos que se tienen de ella dieron lugar a varias leyendas piadosas en torno a su martirio. Según la más difundida, ella era una joven hermosa y rica, pretendida en matrimonio por muchos nobles romanos. Por no aceptar a ninguno, aduciendo que estaba ya comprometida con Cristo, fue acusada de ser cristiana. Llevada a un prostíbulo, fue protegida por unos ángeles y señales celestes. Fue entonces puesta en una hoguera que no la quemó y, luego, decapitada en año 304 A.D. La hija de Constantino (Constantina) le erigió una basílica en la Vía Nomentana y su fiesta se comenzó a celebrar a mediados del siglo IV.

Escritores antiguos, como el Papa Dámaso, Ambrosio de Milán y el poeta Aurelio Prudencio, dejaron testimonios sobre santa Inés. 

Patrona de las jóvenes, de la pureza, de las novias y prometidas en matrimonio y de los jardineros, ya que la virginidad era simbolizada con un jardín cerrado.

Fiesta: 21 de enero.



Ensayo acerca de Santa Inés.

Por P. Juan Croisset, S.J.
Santa Inés, admirada de  todo el mundo y tan  celebrada en toda la Iglesia, nació en Roma, hacia  el fin del tercer siglo, de padres nobles, ricos y  virtuosos. Las grandes dotes que desde luego descubrieron en su hija, contribuyeron no poco á aumentar el  desvelo con que se aplicaron á cuidar de su educación.

Criáronla en grande amor á la religión cristiana, y desde  sus más tiernos años formó  Inés una idea cabal del  estado feliz de la virginidad.

Las instrucciones de sus padres sólo sirvieron para  fomentar las impresiones de la gracia. El Espíritu Santo  había inspirado en aquel tierno corazón unos  sentimientos tan nobles y tan cristianos, que á los diez años de su edad parecía haber llegado á una consumada  y eminente perfección. Amó á  Dios, dice San Ambrosio, desde que pudo conocerle,  y se puede decir que le conoció desde que nació. Las diversiones de la niñez eran únicamente los ejercicios de  la devoción más tierna. Fue niña en los años, pero no en las inclinaciones ni en los sentimientos. Su rara hermosura añadía nuevos realces á su modestia. Era extraordinaria su piedad, y la extrema ternura con que amó á la Reina de las vírgenes, casi desde la cuna, la inspiró un amor y una estimación tan grande de la virginidad, que apenas tenía uso de razón,  cuando se resolvió á no admitir nunca otro esposo que á  sólo Jesucristo. No tenía más que trece años, cuando su  hermosura y su raro mérito hacían gran ruido en la corte.

Viola un día por accidente Procopio, hijo de  Sinfronio, gobernador de Roma, y quedó tan ciegamente  enamorado de ella, que resolvió tomarla por esposa.  Informado el padre de la calidad y de las grandes  prendas de la doncella, aprobó mucho el pensamiento de  su hijo; pero era menester el consentimiento de Inés. El  primer paso que dio Procopio fue enviarle un rico regalo,  declarándole al mismo tiempo el fin de sus honestos  deseos. Pero el desaire que le hizo en no recibirlo, y el  desprecio con que se lo volvió, no produjeron otro efecto  que el de aumentar su pasión. Sirvióse de cuantos  artificios pudo y de cuantos medios, discurrió para  conquistarla: ruegos, promesas, amenazas, todo lo  empleó; pero todo inútilmente.

El último recurso de que  se valió fue buscar modo para hablarla él mismo, no  dudando que al cabo se rendiría á sus ternuras y á sus  solicitaciones. Pero todo  cuanto pudo sugerirle una  pasión ciega, vehemente y persuasiva, sólo sirvió para  desengañarle de la ineficacia de sus mayores esfuerzos;  porque, animada Inés de un  espíritu y de una firmeza  muy superior á sus años,  le dijo con resolución: Apártate  de mí, aguijón del pecado, tentador importuno y ministro  del padre de las tinieblas. No te canses en aspirar á la  mano de una doncella, que ya está prometida á un  Esposo inmortal, único Dueño de todo el Universo, y que  sólo dispensa sus favores á las vírgenes puras y castas.

Una resolución tan majestuosa y una respuesta tan  desengañada como poco prevenida, llenó á Procopio de  desesperación. Exaltada furiosamente su pasión, se dejó  poseer de una cruel melancolía. El padre, que le amaba con extremo, resolvió valerse de su autoridad para lograr  el beneplácito de los padres  y el consentimiento de la  hija. La llamó á su casa, y, habiéndola recibido con toda  la atención que correspondía á su calidad y á su mérito:

No ignorarás, le dijo, el fin para que te he llamado. Mi  hijo desea apasionadamente  ser dichoso mereciendo tu  mano. Tu nobleza y la noticia que tengo de todas tus   3 buenas prendas me hacen aprobar gustoso su acertada  elección. Paréceme que tampoco tú podrás aspirar á  mejor partido; y no me persuado que serás tan enemiga de ti misma, que no abraces al instante esta proposición.  Inés, á quien el Cielo había dotado de prudencia y  discreción superiores á sus pocos años, respondió con  singular modestia, pero con igual resolución: que conocía  bien la grande honra y la mucha merced que se le hacía  en pensar en ella; pero que ya tenía escogido Esposo  mucho más noble y más rico que Procopio; que, á  la verdad, las riquezas de tal Esposo no eran de este  mundo; pero por lo mismo eran mucho más preciosas, y  que la virginidad, que ella estimaba más que todas las coronas del universo, era la única dote que su Esposo la  pedía. Quedó confuso el  gobernador, mostrando no  entender quién era aquel Esposo de quien Inés le  hablaba; y un caballero, que se hallaba presente, le dijo: Señor, esta doncella es cristiana, y desde su niñez está  criada en las extravagancias  de esta secta; con que no  dudéis que ese divino Esposo  de quien habla es el Dios  de los cristianos.

Entonces, mudando el gobernador de tono y de modales: Ya veo ahora, dijo á Inés, qué es lo que te tiene trastornada la razón y alucinado el espíritu. Déjate, hija mía, de esas ideas frívolas de virginidad; déjate de esos supersticiosos fantasmones con que esa secta llena las cabezas de todos los que la siguen. Sean nuestros dioses desde hoy en adelante el único objeto de tus cultos; sean sus máximas la regla de tus dictámenes y de tus operaciones. No hagas obstinación de la ceguedad; tiende los brazos á la  fortuna que te los alarga, brindándote con una elevación de tanta honra para ti.

Reflexiona bien lo que desprecias, y hazte cargo de que, si lo abrazas, ocuparás un lugar distinguido en la ciudad cabeza del Universo; poseerás grandes riquezas; serás   4una de las primeras señoras del mundo, y harás dichoso á todo tu linaje. Por lo demás, añadió en tono impetuoso y severo, sólo tienes veinticuatro horas de término para tomar resolución: escoge ser la primera dama de Roma, ó expirar infamemente en los más crueles tormentos.

 « Señor, le replicó Santa Inés, no he menester tanto tiempo para determinarme, porque  mi  resolución  ya  está tomada; desde luego os declaro que no admitiré jamás á otro esposo que á Jesucristo, así como nunca reconoceré á otro Dios que al soberano Creador de Cielo y Tierra. Y me admiro tengáis valor para proponer á una persona de razón que adore á unos dioses de palo y de piedra. No penséis atemorizarme con la amenaza de los mayores suplicios; porque, si reconozco en mí alguna ambición, es únicamente la de añadir la corona de mártir á la de virgen. Niña soy, y soy flaca; pero confío en la gracia de mi Señor Jesucristo, que me dará fuerzas para morir por su amor.»

Atónito quedó el gobernador al oír respuesta tan animosa; pero, volviendo de  su primer asombro, quiso hacer la última tentativa. Como la Santa mostraba tanto amor á la virginidad, le pareció que nada la intimidaría tanto como amenazarla con que haría fuese violada su entereza; y así le dijo: Escoge una de dos: ó casarte con Procopio, ó ser deshonrada en el lugar infame de las malas mujeres, antes de expirar en los tormentos.

«Tengo colocada toda mi confianza en mi divino Esposo Jesucristo, respondió  la Santa. El es poderoso para librarme de tus violencias, y El es tan celoso de la pureza de sus esposas, que  no permitirá les quiten un tesoro que dimana de Él, y que está debajo de su custodia. Vuestros dioses hediondos y malvados os inspiran semejantes infamias; pero el  Dios de la pureza, á quien yo sirvo, sabrá librarme de vuestros impíos intentos.»

Rebosando Sinfronio en cólera y furor, mandó que al instante la cargasen de cadenas. Al punto trajeron los ministros una multitud de argollas, grillos y esposas, que con el ruido y con la vista hacían estremecer; pero Inés no mudó de color ni de semblante ni de lenguaje en presencia de los verdugos y de los instrumentos. Se mantuvo serena en medio de aquel funesto aparato; y oprimida con el peso de las cadenas estaba libre, porque no se habían hecho aquellos  hierros para un cuerpecillo tan pequeño. Enternecíanse todos, sin poder contener las lágrimas, hasta los mismos paganos; pero Inés no podía disimular su alegría, agobiada por las cadenas.

Lleváronla como arrastrando al templo, para que ofreciese sacrificio á los ídolos; pero esto sólo sirvió para que confesase más públicamente á Jesucristo en presencia de mayor concurso.  Moviéronla por fuerza la mano; mas ella hizo la señal de la cruz, levantando, por decirlo así, este trofeo sobre los mismos altares de los demonios.

Confuso el gobernador con la constancia de aquella doncellita, sin darse por vencido, se puso más furioso.

Creyendo, y con razón, que  el lugar infame de las mujeres perdidas la causaría más horror que la misma muerte, la hizo conducir á él; pero un ángel la defendió y, desprendiéndose de lo alto una celestial luz, convirtió aquel hediondo lugar en oratorio, santificado con las oraciones y con los votos de la santa virgen.

Sólo Procopio, más osado que los demás, se atrevió á entrar con resolución de profanarle; pero al instante cayó muerto á los pies de la Santa. Llenó de consternación á todo caso tan espantoso. Traspasado de dolor el prefecto con la muerte  de  su  hijo,  mudó  las  bravatas en súplicas y en ruegos, y pidió á Inés que resucitase á Procopio. Apenas levantó los ojos y las   6manos al Cielo, cuando volvió á la vida el infeliz y ya dichoso mancebo, porque volvió publicando en alta voz que todos los dioses de los gentiles eran vanos y quiméricos, y que no había otro verdadero Dios sino el que adoraban los cristianos.

Como había sido interesado el gobernador en aquel evidente milagro, no pudo menos de mostrarse favorable á Santa Inés; pero los sacerdotes de los ídolos, que habían concurrido á la voz de aquella maravilla, conmovieron tanto al pueblo  contra la santa virgen, tratándola de hechicera, de maga y de sacrílega, que el gobernador, temiendo una sedición, si la libraba, y no atreviéndose á condenar á muerte á la que había dado á su hijo la vida, tomó el partido de retirarse y entregar la causa á Aspasio su teniente. Intimidado éste con los gritos del pueblo, que clamaba contra Inés como contra una maga y hechicera, dio sentencia de que fuese quemada viva.

Preparase la hoguera,  llénase el pueblo de expectación y arde en furiosa impaciencia de ver reducida á cenizas á aquella  dichosa víctima; pero el fuego la respetó reverente. Divididas las llamas en dos partes, la dejaron intacta en medio del brasero, como se conservaron ilesos los tres mancebos hebreos en el horno de Babilonia; pero, remolinadas después las mismas llamas por uno y otro lado,  abrasaron á muchos de los circunstantes que hacían el oficio de verdugos.

En fin, obstinándose siempre los sacerdotes y el pueblo en atribuir tantas maravillas á industria y al artificio del demonio, y temiendo el teniente algún alboroto, mandó que un verdugo la degollase en el mismo lugar donde había de ser quemada. Impaciente entonces la Santa con el ansia de unirse siempre en el Cielo con su divino Esposo, le suplicó que se dignase consumar su   7 sacrificio; y volviéndose al verdugo, que se iba acercando á ella con una especie de temblor y miedo reverencial, le alentó á que cumpliese con  su oficio, diciéndole con valor: «Date prisa á destruir este cuerpo que ha tenido la desgracia de agradar á otros ojos que á los de mi divino Esposo Jesucristo, el cual fue siempre el único Dueño de mi corazón. No temas darme una muerte que comienza á ser para mí el principio de una vida eterna»; y levantando amorosamente los ojos hacia el Cielo:

«Recibid, Señor, exclamó, á esta alma que tanto os costó, y á la cual amáis Vos tanto». Al acabar de decir estas palabras, el verdugo, con  mano trémula, la pasó la espada por el pecho, y al instante expiró.

No pudo estorbar el furor de los paganos que el cuerpo de la Santa fuese enterrado como con una especie de triunfo. Los muchos milagros que desde luego se obraron en su sepultura aumentaron la devoción de los fieles, y desde entonces se  hizo célebre el nombre de Santa Inés en todo el orbe  cristiano. El concurso á su sepulcro fue siempre muy numeroso, no solamente de los fieles, sino también de los mismos paganos, que se mezclaban con ellos para entrar á la parte en los milagrosos favores de la Santa.

El más acabado elogio y resumen de la vida de esta Santa nos lo suministra San  Jerónimo diciendo: «La vida de Inés ha sido alabada en las iglesias, en las letras y en las lenguas de todos los pueblos, pues venció Juntamente á su edad y al tirano, y consagró por medio del martirio el honor de la castidad».

Dos templos existen en Roma con la advocación de esta virgen mártir. El uno en la plaza Navone, construido en el sitio que ocupó la prisión de la Santa, y en el que  obró el milagro de la resurrección de Procopio. El otro templo es una de las siete basílicas primitivas de Roma,   situado fuera de la ciudad, en el sitio que ocupó la sepultura de Santa Inés, sobre las catacumbas de la vía Nomentana, construida en  tiempo de Constantino el Grande.

A esta basílica son llevados el 21 de Enero todos los años, para ser bendecidos, dos corderos, cuya lana sirve para los  palios  que los papas remiten á los arzobispos  como signo de Jurisdicción sobre los obispos sufragáneos.

Las religiosas de Santa Inés tienen el privilegio de cuidar de estos corderos, uno de los  cuales se sirve en la mesa del Papa el día de Pascua, y de tejer con su lana los palios mencionados.  Casi todas las reliquias de Santa Inés se conservan en la basílica de la Vía Nomentana. En Francia hay algunas, y en Manresa, en España, hay también algunas desde el año 1372.

SANTOS INCORRUPTOS. (PARTE 2).



San Diego 
Su cuerpo incorrupto se expone cada año el 13 de noviembre en la catedral de Alcalá de Henares, España.

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San Francisco Xavier(se conserva en Goa, la India,fue muy "maltratado" por la "caza de reliquias").

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San Ignazio de Laconi (con fina capa de cera)

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Santa Imelda Santa Inés Mártir (muy estropeado, pero es una Santa de las Primeras Persecuciones)

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Jacinta Marto, beata (vidente de Fátima)
Murió el 20 de febrero de 1920. Su cuerpo reposa junto con el del Beato Francisco, en el crucero de la Basílica, en Fátima.


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Santa Josefina BakhitaSan Juan de la Cruz 
Su cuerpo permanece hasta el presente(1919) perfectamente flexible -'San Juan de la Cruz', del Padre Pascasio Heriz, O.C.D. Colegio de Nuestra Señora del Monte Carmelo. Washington, D.C. 1919.

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San Juan Newman sin tratamiento alguno de cera Obispo de Philadelphia, USA

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Juan Vianney, San (con baño de cera) 

El 4 de Agosto de 1859, cuando una tormenta azotaba el pueblo de Ars, el Obispo M. Monnin leía estas palabras: "Que los santos ángeles de Dios vengan a su encuentro y lo conduzcan a la Jerusalén celestial", el Cura de Ars encomendó su alma a Dios. Su cuerpo permanece incorrupto en la Iglesia de Ars, Francia. 

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San Liberato Mártir de Isernia

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Santa Lucía, Mártir

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Santa Luisa de Marillac (con fina capa de cera),

Santa Margarita de Alacoque (con capa de cera), en su convento en Paray le Monial, Francia. 

Hemos visitado muchas veces.

Santa Margarita Redi (Monja Dominica, muy mal tratado).

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Beata María de San José
Fundadora de las Agustinas de Sta. Rita con baño de cera

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Beata Osanna de Mantua
(Monja Dominica Estigmatizada: sin tratamiento)

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Don Orione Su corazón incorrupto esta en Argentina.

EL INFIERNO REAL VISTO POR OLIVA CON JESUS. (PARTE 6).

Narraciones por el Padre Carlos Cancelado

El Padre Carlos Cancelado nos muestra esta sorprendente e inaudita Revelación de Nuestro Señor a Matilde Oliva Arias, la Vidente de Jesús de la Misericordia, a quien nuestro Señor llevó para mostrarle EL INFIERNO, y para que cuente lo que viera.

Video 6 de 10.


Vi hombres, jóvenes, mujeres y niños con edad de razón, en gran cantidad, caminaban a tientas, pisaban cualquier luz que los podía iluminar, los demonios gritaban ¡no crean en la Luz, no crean! Y pregunte ¿Quiénes son? Y me dijo: “Son todos aquellos, que han cometido cualquier pecado y no lo han confesado, por pena, o porque no creen. O si lo confesaron, no lo hicieron con verdadero arrepentimiento. DIOS conoce el corazón de cada hombre. Ore, ore para que se conviertan. Nadie que no confiese su pecado puede entrar en el Reino de los Cielos”. 

Entonces exclame, Señor JESUS, DIOS mío quien puede salvarse!!!!! 

Me contesto: “Tu ven y sígueme. Para DIOS nada es imposible.” Callé y seguimos caminando. Encontramos miles y miles que iban al camino del infierno. No pegunté quienes eran ellos, solo iba pensando, Misericordia DIOS mío, Misericordia Señor.... 

El no me dijo quienes eran, ni cuál fue su pecado, eran de todas las edades, y de toda clase, y por algo que yo no entiendo, se me dio a saber, que era de toda religión, fe y creencia. Porque DIOS hace juicio sobre toda persona que vengan a esta tierra, nazca donde nazca y crea en lo que crea. Después de caminar y caminar JESUS me dijo: “Aquí termina el camino al infierno” y se sentó sobre una piedra. Sus llagas sangraban, sus ropas eran rojas y estaba llorando. Le dije ¿Qué tienes Señor y DIOS mío? ¿Porque sus vestidos están rojos, si llegaste de blanco y porque sangran y porque está llorando? 

Y me dijo: “Lloro al saber, que para ellos mi Sacrificio fue inútil, y mi Sangre se derramó en vano. Pues ellos no quisieron salvarse, me despreciaron. Mis ropas están rojas empapadas por Mi Sangre que he vertido en el dolor de sus pecados, y que ellos no quisieron recibir. Ya que mi Perdón está dado por parte de mi Padre, pero ellos no me recibieron. Y yo les he escrito: "el que me reciba lo hare hijo de DIOS" (Juan 1,12). Oh hija mía! Ore, ore, ayúdame a la salvación de los hombres y de las almas. Nos abrazamos y lloramos juntos, de pronto yo estaba en mi cuarto, abrazada fuertemente en él, el miedo era espantoso, todo mi cuerpo temblaba. Le dije Señor tengo miedo. 

Me coloco la mano sobre la cabeza y me dijo: “esto que has visto no lo contarás hasta dentro de 6 meses que te hayas repuesto completamente. Luego te llevare al Cielo, y te mostraré el camino de quienes van por él”. 

Oramos juntos, se despidió dejándome en paz, lo vi partir, me volvió a mirar. Aun iba llorando, sus ropas iban rojas, sus llagas, sangraban, me dijo adiós con la mano, y desapareció de mi vista.

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO (Parte 10)

SUEÑO 19.—AÑO DE 1854.
Las 22 lunas




(M. B. Tomo V, págs. 377-378)

En marzo de 1854, día de fiesta, San Juan Bosco, después de la función de Vísperas, reunió a todos los alumnos internos en un local situado detrás de la sacristía y les anunció que les quería narrar un sueño. Estaban presentes, entre otros, el joven Cagliero, Turchi, Anfossi y los clérigos Reviglio y Buzzetti, de cuyos labios oímos la narración que seguidamente vamos a transcribir. Todos estaban persuadidos de que bajo el nombre de sueño, San Juan Bosco solía ocultar las manifestaciones y enseñanzas que recibía del cielo.

He aquí el texto del sueño:

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Me encontraba en medio de vosotros en el patio y me alegraba en mi corazón a los veros tan vivarachos, alegres y contentos. Quiénes saltaban, quiénes gritaban, otros corrían. De pronto veo que uno de vosotros salió por una puerta de la casa y comenzó a pasear entre los compañeros con una especie de chistera o turbante en la cabeza. Era el tal turbante transparente, estando iluminado por dentro, ostentando en el centro una hermosa luna en la que aparecía grabada la cifra 22. Yo, admirado, procuré inmediatamente acercarme al joven en cuestión para decirle que dejase aquel disfraz carnavalesco; pero he aquí que entre tanto el ambiente comenzó a oscurecerse y como a toque de campana el patio quedó desierto, yendo todos los jóvenes a reunirse en fila debajo de los pórticos. Todos reflejaban en sus rostros un gran temor y diez o doce tenían la cara cubierta de mortal palidez. Yo pasé por delante de todos para examinarlos y entre los tales descubrí al que llevaba la luna sobre la cabeza, el cual estaba más pálido que los demás; de sus hombros pendía un manto fúnebre.

Me dirijo a él para preguntarle el significado de todo aquello, cuando una mano me detiene y veo a un desconocido de aspecto grave y noble continente, que me dice:
—Antes de acercarte a él, escúchame; todavía tiene 22 lunas de tiempo; antes de que hayan pasado, este joven morirá. No le pierdas de vista y prepáralo.

Yo quise pedir a aquel personaje alguna otra explicación sobre lo que me acababa de decir y sobre su repentina aparición, pero no logré verle más.

El joven en cuestión, mis queridos hijos, me es conocido y está en medio de vosotros.

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Un vivo terror se apoderó de los oyentes, tanto más siendo la primera vez que San Juan Bosco anunciaba en público y con cierta solemnidad la muerte de uno de los de casa. El buen padre no pudo por menos de notarlo y prosiguió:
—Yo conozco al de las lunas, está en medio de vosotros. Pero no quiero que os asustéis. Como os he dicho, se trata de un sueño y sabéis que no siempre se debe prestar fe a los sueños. De todas maneras, sea como fuere, la cierto es que debemos estar siempre preparados como nos lo recomienda el Divino Salvador en el Evangelio y no cometer pecados; entonces la muerte no nos causará espanto. Sed todos buenos, no ofendan al Señor y yo entretanto estaré alerta y no perderé de vista al del número 22, el de las 22 lunas o 22 meses, que eso quiere decir, y espero que tendrá una buena muerte.

Esta noticia, si bien asustó mucho al principio a los jóvenes, hizo inmediatamente un grandísimo bien entre ellos, pues todos procuraban mantenerse en gracia de Dios, con el pensamiento de la muerte, mientras contaban las lunas que se iban sucediendo. San Juan Bosco, de vez en cuando, les preguntaba: — ¿Cuántas lunas faltan aún?

Y los jóvenes respondían:
—Veinte, dieciocho, quince, etc.
A veces, algunos que no perdían una sola de sus palabras, se le acercaban para decirle el número de lunas que habían pasado e intentaban hacer pronósticos, adivinar... pero Don Bosco guardaba silencio.

El joven Piano, que había entrado en el Oratorio en el mes de noviembre, oyó hablar de la luna novena y por los superiores y compañeros vino a saber la predicción de San Juan Bosco. Y también como los demás comenzó a prestar atención a ¡os acontecimientos.

Finalizó el año de 1854; pasaron algunos meses del 1855 y llegó el mes de octubre, esto es, el correspondiente a la luna vigésima. Cagliero, ya clérigo, había sido encargado de vigilar tres habitaciones situadas cerca de la Casa Pinardi, que servían de dormitorio a algunos jóvenes. Entre ellos había un tal Segundo Gurgo que contaba unos diecisiete años, bien desarrollado y robusto, prototipo del joven saludable, que ofrecía garantía por su aspecto de vivir larga vida hasta alcanzar una extrema vejez.

Su padre lo había recomendado a San Juan Bosco para que lo aceptase como pensionista. Pianista excelente y buen organista, estudiaba música desde la mañana hasta la noche y ganaba un buen dinero dando clases en Turín.

San Juan Bosco, a lo largo del año, había pedido de vez en cuando al clérigo Cagliero informes sobre la conducta de sus asistidos con particular interés. En el mes de octubre ¡o llamó y le dijo:
— ¿Dónde duermes?
—En la última habitación y desde ella asisto a las otras dos —replicó Cagliero—. — ¿Y no sería mejor que trasladaras tu cama a la habitación del centro?
—Como usted quiera; pero le hago saber que las otras dos habitaciones no tienen humedad, mientras que una de las paredes de la segunda corresponde al muro del campanario de la iglesia recientemente construido. Por tanto, hay en ella un poco de humedad: se acerca el invierno y podría acarrearme alguna enfermedad. Por otra parte, desde donde estoy instalado ahora, puedo asistir muy bien a todos ¡os jóvenes de mi dormitorio.
—En cuanto a asistirlos, sé que lo puedes hacer Bien; pero es mejor —replicó San Juan Bosco— que te traslades a la habitación del centro. Cagliero obedeció, pero después de algún tiempo pidió permiso a San Juan Bosco para llevar su cama nuevamente a la primera habitación.

Don Bosco no se ¡o consintió.
—Continúa —le dijo— donde estás y está tranquilo porque tu salud no se resentirá lo más mínimo. Cagliero se tranquilizó y algunos días después fue llamado nuevamente por Don Bosco.
— ¿Cuántos son en tu nueva habitación?
—Tres —replicó—; yo, el joven Segundo Gurgo y
Garovaglia, y el piano que hace el número cuatro.
—Bien —dijo Don Bosco— muy bien. Son tres pianistas y Gurgo les podrá dar lecciones de música. Tú procura no perderlo de vista.
Y no añadió nada más. El clérigo, acuciado por la curiosidad y sospechando algo, comenzó a hacerle algunas preguntas, pero San Juan Bosco le interrumpió diciéndole:
—El por qué de todo esto lo sabrás a su tiempo.

El secreto no era otro sino que en aquella habitación estaba el joven de las 22 ¡unas. A principios de diciembre no había ningún enfermo en el Oratorio y San Juan Bosco, subiendo a su tribuna después de las oraciones de la noche, anunció que uno de los jóvenes presentes moriría antes de la fiesta de Navidad.

Ante esta nueva predicción y el próximo cumplimiento de las 22 lunas en la casa reinaba una gran preocupación; los jóvenes recordaban frecuentemente las palabras de San Juan Bosco y temían el cumplimiento de lo anunciado.

San Juan Bosco en aquellos días llamó nuevamente a Cagliero preguntándole si Gurgo se portaba bien y si después de dar las clases de música en ¡a ciudad, regresaba a casa temprano. Cagliero le respondió que todo procedía normalmente, no habiendo novedad alguna entre sus compañeros.
—Muy bien —añadió el Santo—, estoy contento; procura que todos observen buena conducta y avísame si sucediese cualquier inconveniente.
Y dicho esto no añadió más.

Mas he aquí que hacia la mitad de diciembre Gurgo se siente asaltado por un cólico violento y tan pernicioso que, habiendo sido llamado el médico con toda urgencia, por consejo de este, se le administraron al paciente los últimos Sacramentos. Ocho días duró la penosa enfermedad y Gurgo fue mejorando gracias a los cuidados del doctor Debernardi, de forma que pronto pudo levantarse del lecho convaleciente. El mal había sido conjurado y el médico aseguraba que el joven se había librado de buena. Entre tanto se había avisado al padre del muchacho, pues no habiendo muerto hasta entonces nadie en el Oratorio, San Juan Bosco quería librar a sus jóvenes de tan desagradable espectáculo.

La novena de Navidad había comenzado y Segundo Gurgo pensaba ir su pueblo natal para pasar las Pascuas con sus parientes', puesto que se encontraba casi restablecido de su dolencia. A pesar de ello, cuando se le daban buenas noticias a San Juan Bosco sobre este joven, parecía que el buen padre se resistía a creerlas.

Una vez se hubo personado en el Oratorio el señor Gurgo, al encontrar a su hijo en tan buen estado de salud, obtenido el permiso correspondiente, fue a reservar dos asientos en la diligencia para marchar con él al día siguiente a Novara y de aquí a Pettinengo, donde se repondría del todo, disfrutando de los aires nativos.

Era el domingo 23 de diciembre; Gurgo manifestó aquella tarde deseos de comer un poco de carne, alimento que le había sido prohibido por el médico. El padre por complacerlo fue a buscarla y le hizo cocer en una maquinilla de café. El joven se bebió el caldo y comió ¡a carne, que ciertamente debía estar medio cruda, en cantidad un poco excesiva. El padre se marchó y en la habitación quedaron Cagliero y el enfermo. Más he aquí que, a cierta hora de la noche el paciente comienza a quejarse de fuertes dolores de vientre. El cólico se le había repetido de un modo más alarmante. Gurgo llamó por su nombre al asistente:
—¡Caghero, Cagliero!. ¡Ya terminé de darte las clases de piano!
—Ten paciencia, ¡ánimo!, —respondió Cagliero—.
—Ya no iré más a casa. Ruega por mí; no sabes lo mal que me siento. Pide por mí a la Santísima Virgen.
—Sí, lo haré; tú invócala también.

Seguidamente Cagliero comenzó a rezar por el enfermo, pero vencido por el sueño se quedó dormido. Más he aquí que de pronto el enfermero lo zamarrea e indicando a Gurgo corre a llamar inmediatamente a Don Alasonatti, que dormía en la habitación contigua.

La desolación en la casa fue general. Cagliero se encontró a la mañana siguiente a San Juan Bosco que bajaba las escaleras para ir a celebrar; el buen padre estaba hondamente apenado porque ya le habían comunicado la dolorosa noticia.

En el Oratorio se comentó mucho esta muerte. Era la luna vigésima segunda aún no cumplida; y Gurgo, al morir el día 24 de diciembre antes de la aurora, había hecho que se cumpliese la segunda predicción de San Juan Bosco, a saber, que no habría asistido a la fiesta de Navidad.

Después de la comida, jóvenes y clérigos rodearon silenciosos al Santo.
De pronto el clérigo Turchi le preguntó si Gurgo era el de las lunas.
—Sí —replicó San Juan Bosco— él era; e¡ mismo que vi en el sueño.

Seguidamente añadió:
—Os daríais cuenta de que yo, hace tiempo, lo puse a dormir en una habitación especial, recomendando a uno de los mejores asistentes que llevase su cama a la misma habitación para que lo tuviese bajo su vigilancia, El asistente fue el clérigo Juan Cagliero.
Y volviéndose al aludido, le dijo:
—Otra vez no hagas tantas observaciones a lo que te diga Bosco. ¿Comprendes ahora por qué yo no quería que abandonases la habitación en que estaba aquel pobrecito?

Tú me lo pediste insistentemente, pero yo no te atendía porque quería que Gurgo tuviese junto a sí a alguien que velase por él. --- Si él viviese aún, podría dar testimonio de las muchas veces que le hablé, como quien no quiere la cosa, de la muerte y de los cuidados que le prodigué para prepararlo a un feliz tránsito.
«Entonces —escribe Don Cagliero— comprendí el motivo de las especiales recomendaciones que me hizo [San] Juan Don Bosco y aprendí a conocer y apreciar mejor la importancia de sus palabras y de sus paternales avisos».
«La noche anterior a la fiesta de Navidad —narra Pedro Enría— aún me recuerdo que [San] Juan Don Bosco subió a la tribuna mirando a su alrededor como si buscase a alguien. Y dijo:
—Es el primer joven que muere en el Oratorio. Ha hecho las cosas bien y esperamos que esté ya en el Paraíso.

Os recomiendo a todos que estéis siempre preparados... Y no pudo proseguir porque su corazón estaba muy dolido. La muerte le había arrebatado un hijo».

Habiendo sido Gurgo el primer alumno que moría en la casa desde la fundación del Oratorio, San Juan Bosco quiso hacerle un funeral solemne, aun sin llegar al máximo esplendor. En esta ocasión el siervo de Dios trató con el párroco de Borgo Dora sobre los derechos parroquiales, por si otros jóvenes eran llamados a la eternidad. El preveía con certeza que acaecerían otras defunciones, a las cuales aludía el sueño, aunque no consta que las anunciase a los alumnos.
El párroco fue muy deferente con el Oratorio al establecer las condiciones para la conducción de nuestros difuntos, señalando el coste de las diferentes clases de funerales y concediendo grandes ventajas en los pagos, que eran sufragados, no por los padres de los fallecidos, sino por San Juan Bosco.

Entretanto, durante las fiestas navideñas, San Juan Bosco recomendaba insistentemente a los jóvenes internos y externos, que aplicasen por el alma del pobre Gurgo todas las comuniones que hiciesen.


LA RUEDA DE LA FORTUNA
SUEÑO 20. —AÑO DE 1856.
(M. B. Tomo V, págs. 456-457)

«Don Bosco—escribe [Beato] Miguel Rúa— estuvo dotado en alto grado del don de profecía. Las predicciones hechas por él sobre cosas futuras libres y contingentes que llegaron a realizarse, son tan variadas y numerosas que hacen suponer que el don profético fue en él una cosa habitual. Frecuentemente nos hablaba de sueños relacionados con su Oratorio y con su Sociedad.
Entre otros, recuerdo el siguiente:

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Era por el año 1856. Soñando —nos dijo— me pareció encontrarme en una plaza donde vi una gran rueda parecida a la llamada "rueda de la fortuna". Inmediatamente comprendí que aquel artefacto representaba el Oratorio, El manubrio de dicha rueda lo manejaba un personaje que invitándome a que me acercase me dijo:
— ¡Presta atención!

Y así diciendo hizo dar una vuelta a la rueda. Yo sentí un pequeño ruido que ciertamente no se dejó escuchar más allá del límite del lugar en que me encontraba de pié. El personaje me dijo:
— ¿Has visto? ¿Has oído? /
—Sí, repliqué; he visto girar la rueda y he oído un pequeño ruido.
— ¿Sabes qué significa una vuelta de la rueda?
—No.
—Significa diez años de existencia de tu Oratorio.

Y así repitió cuatro veces el movimiento del manubrio y la misma pregunta.
Pero a cada vuelta, el ruido aumentaba, de forma que al producirse por segunda vez creí que se habría oído en Turín y en todo el Piamonte:

A la tercera, en Italia; a la cuarta, en Europa, llegando a percibirse en todo el mundo a la quinta vuelta.

Seguidamente el personaje añadió: —Esta será la suerte del Oratorio.
Considerando los diferentes estados de la Obra de San Juan Bosco —continúa [Beato] Miguel Rúa— la vio en el primer decenio limitada únicamente a la ciudad de Turín; en el segundo, extendida a las diversas provincias del Piamonte; en el tercero, se dilata su fama e influencia a las distintas regiones de Italia; en el cuarto, se extiende por diversas naciones de Europa y, finalmente, en el quinto, es conocida y requerida su implantación en todas las partes del mundo».

ORACIÓN PARA SALVAR 1000 ALMAS DEL PURGATORIO.



Oración para las almas del Purgatorio.

El Señor le dijo a Santa Gertrudis que cada vez que rezara la siguiente oración, podría librar mil almas del Purgatorio.

Padre Eterno, yo te ofrezco la preciosísima Sangre de tu Divino Hijo Jesús en unión con las Misas celebradas hoy día a travéz del mundo por todas las benditas ánimas del purgatorio, por todos los pecadores del mundo. Por los pecadores de la Iglesia Universal, por aquellos en mi propia casa y dentro de mi familia.

Amén.

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís