FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

SANTA MARÍA FAUSTINA KOWALSKA


SANTA MARÍA FAUSTINA KOWALSKA
1905-1938


A través de Santa Faustina Kowalska el Señor
Jesús transmite al mundo el gran mensaje de la Divina
Misericordia y presenta el modelo de la perfección
cristiana basada sobre la confianza en Dios
y la actitud de caridad hacia el prójimo.

Elena Kowalska, nació en Glogowiec en 1905, cerca de Cracovia, en Polonia. Unas pocas semanas antes de su vigésimo cumpleaños, entró a la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de Misericordia, adoptando el nombre María Faustina. En 1928 tomó los votos definitivos como monja.

El comienzo de la devoción a la Divina Misericordia

El 22 de Febrero de 1931, tuvo una visión de Jesús en el pueblo de Plock, Polonia. Sor Faustina relata en su diario lo que Nuestro Señor le dijo de esta manera:

"Pinte una imagen de acuerdo a esta visión, con las palabras 'Jesús, en Vos confío' Yo deseo que esta imagen sea venerada, primero en tu capilla y luego en el mundo entero."

"Yo prometo que, el alma que venere esta imagen, no perecerá. También prometo victoria sobre sus enemigos aquí en la tierra, especialmente a la hora de la muerte. Yo mismo la defenderé con mi propia Gloria."

"Los dos rayos indican Agua y Sangre. El rayo pálido significa el Agua que hace las almas justas. El rayo rojo significa la Sangre que es la vida de las almas."

"Estos dos rayos salieron de las profundidades de Mi tierna Misericordia, cuando Mi corazón agonizado fue abierto por la lanza en la Cruz."

A partir de 1931, Faustina, tuvo una serie de revelaciones de Jesús. Todas ellas las escribió en su diario de más de 600 páginas. Durante casi 20 años, estuvo prohibida la devoción a la Divina Misericordia. Desde el 15 de abril de 1978, la Santa Sede permitió la práctica de esta devoción.

Sor Faustina murió de tuberculosis, el 5 de octubre de 1938, en Cracovia. Sus restos mortales yacen en la capilla del convento bajo la milagrosa imagen de la Divina Misericordia, fue beatificada el 18 de abril de 1993 y canonizada el 30 de abril del 2000 por S. S. Juan Pablo II.


NOVENA A SANTA MARÍA FAUSTINA
Apóstol de la Divina Misericordia

Fiesta: 5 de octubre

Santa María Faustina, nos dijiste que tu misión continuaría después de tu muerte y que no nos olvidarías (diario # 281, 1582). Nuestro Señor te concedió un gran privilegio cuando te dijo que "distribuyeras las gracias como tu quisieras, a quien tu quisieras y cuando tu quisieras" (diario # 31. Confiando en esta promesa, te pido tu intercesión por las gracias que necesito, especialmente

 ....... (Se hace la petición)......

Ayúdame, sobre todas las cosas, a confiar en Jesús como tú lo hiciste y así glorificar su misericordia a cada instante de mi vida. Amén.

Se reza un Padre Nuestro, Ave María y Gloria. Se repite tres veces: Santa María Faustina, ruega por nosotros.


NOVENA A LA DIVINA MISERICORDIA

- empieza el Viernes Santo

Sor Faustina escribió en su Diario: El Señor me pidió que rezara este rosario (la coronilla) durante los nueve días que preceden a la Fiesta de la Misericordia, comenzando el día de Viernes Santo. Entonces, me dijo: Por esta novena concederé todas las gracias posibles a las almas (11, 197). También se puede hacer esta novena en otros momentos y por cualquier necesidad.

Palabras de Nuestro Señor que Sor Faustina tomó por escrito: 

Deseo que durante estos nueve días encamines almas hasta el manantial de Mi misericordia, para que encuentren allí la fortaleza, el refugio y toda aquella gracia que necesiten en las penalidades de la vida, y especialmente en la hora de la muerte. Cada día traerás a Mi corazón un grupo de almas diferentes y las sumergirás en el océano de Mi misericordia y Yo conduciré todas esas almas a la mansión de Mi Padre...   Todos los días implorarás a Mi Padre gracias para esas almas en atención a los méritos de mi amarga Pasión.

Yo (Sor Faustina) contesté: Jesús, no sé cómo hacer esta novena y qué almas traer al abrigo de Tu Compasivo Corazón. Jesús contestó que El me haría saber qué almas encaminar hasta su corazón cada día. (Diario HI, pp. 57-65)

Tiene Indulgencia Plenaria, establecida por Juan Pablo II para toda la Iglesia el segundo Domingo de Pascua, tal como pidió Jesús en el Diario de Santa Faustina.





Junto con la coronilla, cuya rezo se inicia el Viernes Santo, cada día se incluyen las siguientes oraciones:


PRIMER DÍA

Hoy tráeme a todo el género humano, especialmente a los pecadores y sumérgelos en el océano de Mi misericordia. De esta forma me consolarás de la honda pesadumbre en que me sume la pérdida de las almas.

Oración

Misericordiosísimo Jesús, cuya prerrogativa es tener compasión de nosotros y perdonarnos, no mires nuestros pecados, sino la confianza que depositamos en Tu bondad infinita. Acógenos en la morada de Tu Piadosísimo Corazón y no permitas que salgamos jamás de él. Te lo pedimos por el amor que te une al Padre y al Espíritu Santo.

Padre Eterno, vuelve Tu compasiva mirada hacia todo el género humano y en especial hacia los pobres pecadores, todos unidos en el Piadosísimo Corazón de Jesús. Por los méritos de Su dolorosa Pasión, muéstranos Tu misericordia, para que alabemos la omnipotencia de Tu misericordia, por los siglos de los siglos. Amén.


SEGUNDO DÍA

Hoy tráeme las almas de los sacerdotes y religiosos y sumérgelas en Mi misericordia insondable. Fueron ellos los que me dieron fortaleza para soportar hasta el fin las amarguras de Mi Pasión. A través de ellos, como por canales, Mi misericordia fluye hasta los hombres.

Oración

Misericordiosísimo Jesús, de quien procede toda bondad, multiplica Tus gracias sobre las religiosas  consagradas a Tu servicio, para que puedan hacer obras dignas de misericordia; y que todos aquellos que las vean, glorifiquen al Padre de Misericordia que está en el cielo.

Padre Eterno, vuelve Tu mirada misericordiosa hacia el grupo elegido en Tu viña - hacia las almas de sacerdotes y religiosos -; dótalos con la fortaleza de Tus bendiciones. Por el amor del corazón de Tu Hijo, en el cual están unidos, impárteles Tu poder y Tu luz, para que guíen a otros en el camino de la salvación y con una sola voz canten alabanzas a tu misericordia por los siglos de los siglos. Amén.


TERCER DÍA

Hoy tráeme a todas las almas devotas y fieles y sumérgelas en el océano de Mi misericordia. Ellas me confortaron a lo largo del Vía Crucis. Fueron gota de consuelo en un océano de amargura.

Oración

Misericordiosísimo Jesús, del tesoro de Tu misericordia distribuye Tus gracias a raudales entre todos y cada uno de nosotros. Acógenos en el seno de Tu Compasivísimo Corazón y no permitas que salgamos nunca. Te imploramos esta gracia en virtud del más excelso de los amores; aquel con el que Tu corazón arde tan fervorosamente por el Padre Celestial.

Padre Eterno, vuelve Tu piadosa mirada hacia las almas fieles, pues que guardan el legado de Tu Hijo. Por los méritos y dolores de Su Pasión, concédeles Tu bendición y tenlos siempre bajo Tu tutela. Que nunca claudique su amor o pierdan el tesoro de nuestra santa fe, sino que, con todo el ejército de Ángeles y Santos, glorifiquen tu infinita misericordia por los siglos de los siglos. Amén.


CUARTO DÍA

Hoy tráeme a los que no creen en mí y a los que todavía no me conocen. Pensaba en ellos durante las angustias de Mi Pasión, y su futuro fervor servía de consuelo a Mi corazón. Sumérgelos en el océano de Mi misericordia.

Oración

Piadosísimo Jesús, Tú que eres Luz del género humano, recibe en la morada de Tu corazón lleno de compasión, las almas de aquellos que todavía no creen en Ti, o que no te conocen. Que los rayos de Tu gracia los iluminen para que también, unidos a nosotros, ensalcen tu maravillosa misericordia; y no los dejes salir de la morada de Tu corazón desbordante de piedad.

Padre Eterno, vuelve Tu piadosa mirada a las almas de aquellos que no creen en Tu Hijo y las de aquellos que todavía no te conocen pero anidan en el Compasivo Corazón de Jesús. Aproxímalos a la luz del Evangelio. Estas almas desconocen la gran felicidad que es amarte. Concédeles que también ellos ensalcen la generosidad de Tu misericordia por los siglos de los siglos. Amén.


QUINTO DÍA

Hoy tráeme las almas de nuestros hermanos separados y sumérgelas en el océano de Mi misericordia. Durante las angustias de Mi Pasión desgarraron Mi Cuerpo y Mi Corazón, es decir, mi Iglesia. A medida que se reincorporan a ella, Mis heridas cicatrizan y de esta forma sirven de bálsamo a Mi Pasión.

Oración

Misericordiosísimo Jesús, que eres la Bondad misma, no niegues la luz a aquellos que Te buscan. Recibe en el seno de tu corazón desbordante de piedad las almas de nuestros hermanos separados. Encamínalos, con la ayuda de Tu luz, a la unidad de la Iglesia y no los dejes marchar del cobijo de Tu Compasivo Corazón, todo amor; haz que también ellos lleguen a glorificar la generosidad de Tu misericordia.

Padre Eterno, vuelve tu piadosa mirada hacia las almas de nuestros hermanos separados, especialmente hacia las almas de aquellos que han malgastado Tus bendiciones y abusado de Tus gracias, manteniéndose obstinadamente en el error. También a ellos da cobijo el Corazón misericordiosísimo de Jesús; no mires sus errores, sino el amor de Tu Hijo y los dolores de la Pasión que sufrió y que aceptó por su bien. Haz que glorifiquen Tu gran misericordia por los siglos de los siglos. Amén.


SEXTO DÍA

Hoy tráeme las almas mansas y humildes y las almas de los niños pequeños y sumérgelas en Mi misericordia. Son éstas las más parecidas a Mi corazón. Me proporcionaron fortaleza durante Mi amarga agonía, puesto que las veía como Angeles  terrestres, velando junto a Mis altares. Derramo sobre ellas gracias torrenciales, porque sólo el alma humilde es capaz de recibir Mi gracia. Distingo a las almas humildes con Mi confianza.

Oración

Misericordiosísimo Jesús, que dijiste: Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón. Acoge en el seno de Tu corazón desbordante de piedad a todas las almas mansas y humildes y las de los niños pequeños. Estas almas son la delicia de las regiones celestiales y las preferidas del Padre Eterno, pues se recrea en ellas muy particularmente. Son como un ramillete de florecillas que despidieran su perfume ante el trono de Dios. El mismo Dios se embriaga con su fragancia. Ellas encuentran abrigo perenne en Tu Piadosísimo Corazón, Oh Jesús, y entonan, incesantemente himnos de amor y gloria.

Padre Eterno, vuelve Tu mirada llena de misericordia hacia estas almas mansas, hacia estas almas humildes y hacia los niños pequeños acurrucados en el seno del corazón desbordante de piedad de Jesús. Estas almas se asemejan más a Tu Hijo. Su fragancia asciende desde la tierra hasta alcanzar Tu Trono, Señor. Padre de misericordia y bondad suma, Te suplico, por el amor que Te inspiran estas almas y el gozo que Te proporcionan: Bendice a todo el género humano, para que todas las almas a la par entonen las alabanzas que a Tu misericordia se deben por los siglos de los siglos. Amén.


SÉPTIMO DÍA

Hoy tráeme las almas que veneran y glorifican especialmente Mi misericordia y sumérgelas en Mi misericordia. Ellas sintieron los sufrimientos de Mi Pasión y penetraron en Mi espíritu más profundamente que ninguna otra. Son vivo reflejo de Mi piadoso corazón, y resplandecerán con esplendor especial en la vida futura. Ninguna de ellas sufrirá el tormento del fuego eterno, porque las defenderé con particular empeño a la hora de la muerte.

Oración

Misericordiosísimo Jesús, cuyo Tu corazón es el amor mismo, recibe en el seno de Tu corazón piadosísimo las almas de aquellos que de una manera especial alaban y honran la grandeza de Tu misericordia. Son poderosas con el poder de Dios mismo. En medio de las dificultades y aflicciones siguen adelante, confiadas en Tu misericordia; y unidas a Ti, Oh Jesús, portan sobre sus hombros a todo el género humano; por ello no serán juzgadas con severidad, sino que Tu misericordia las acogerá cuando llegue el momento de partir de esta vida.

Padre Eterno, vuelve Tu mirada sobre las almas que alaban y honran Tu Atributo Supremo, Tu misericordia infinita, guarecidas en el Piadosísimo Corazón de Jesús. Estas almas viven el Evangelio con sus manos rebosantes de obras de misericordia y su corazón, desbordante de alegría, entona cánticos de alabanza a Ti, Altísimo Señor, exaltando tu misericordia. Te lo suplico Señor: Muéstrales Tu misericordia, de acuerdo con la esperanza y confianza en Ti depositada. Que se cumpla en ellos la promesa hecha por Jesús, al expresarles que durante su vida, pero sobre todo a la hora de la muerte, aquellas almas que veneraron Su infinita misericordia, serían asistidas por El, pues ellas son su gloria. Amén.


OCTAVO DIA

Hoy tráeme las almas que están detenidas en el purgatorio y sumérgelas en las profundidades de Mi misericordia. Que Mi Sangre, cayendo a chorros, apacigüe las llamas en que se abrasan. Todas estas almas me son muy queridas. Ellas pagan el castigo que se debe a Mi justicia. En tu poder está socorrerlas. Saca todas las indulgencias del tesoro de Mi Iglesia y ofrécelas por ellas. Oh, si supieras qué tormentos padecen, ofrecerías continuamente por ellas las limosnas del espíritu y saldarías las deudas que tienen con Mi justicia.

Oración

Misericordiosísimo Jesús, que exclamaste ¡misericordia! introduzco ahora en el seno de tu corazón desbordante de misericordia, las almas del purgatorio, almas que tanto aprecias pero que, no obstante, Han de pagar su culpa. Que el manantial de Sangre y Agua que brotó de Tu corazón apague las llamas purificadoras para que, también allí, el poder de Tu misericordia sea glorificado.

Padre Eterno, mira con ojos misericordiosos a estas almas que padecen en el purgatorio y que Jesús acoge en Su corazón, desbordante de piedad. Te suplico, por la dolorosa Pasión que sufrió Tu Hijo, y por toda la amargura que anegó Su sagradísima alma: Muéstrate misericordioso con las almas que se hallan bajo Tu justiciera mirada. No los mires de otro modo, sino sólo a través de las heridas de Jesús, Tu Hijo bien amado; porque creemos firmemente que Tu bondad y compasión son infinitas. Amén.


NOVENO DIA

Hoy tráeme las almas tibias y sumérgelas en las profundidades de Mi misericordia. Ellas fueron las que más laceraron, Mi corazón. Por su indiferencia Mi alma padeció un terrible hastío en el Huerto de los Olivos. Ellas me hicieron gritar: "Padre, si quieres, aparta de Mí este cáliz". La última esperanza de salvación para ellas estriba en apelar a Mi misericordia.

Oración

Piadosísimo Jesús, que eres la piedad misma, traigo hoy al seno de Tu Compasivo Corazón a las almas enfermas de tibieza. Que el puro amor que Te inflama encienda en ellas de nuevo la llama de Tu amor, y no vuelva el peso muerto de su indiferencia a abrumarte con su carga. Oh Jesús, todo compasión, ejerce la omnipotencia de Tu Misericordia, y atráelas a Ti, que eres llama de amor viva y haz que ardan con santo fervor, porque Tú todo lo puedes.

Padre Eterno, mira con ojos misericordiosos a estas almas que a pesar de todo, Jesús cobija en el seno de Su corazón lleno de piedad. Padre de Misericordia, te ruego, por los sufrimientos que Tu hijo padeció, y por Sus tres largas horas de agonía en la Cruz: que ellas también glorifiquen el mar sin fondo de Tu misericordia. Amén.


NOTAS

1-  Las palabras originales de Nuestro Señor eran aquí, "paganos". Al subir al Pontificado el Papa Juan XXIII ordenó que se sustituyera esta palabra en las oraciones oficiales de la Iglesia - comenzando cm la Oración Solemne del Viernes Santo, que se reza con esta intención - con la frase que se usa en la oración arriba mencionada. Todos los Papas posteriores confirmaron dicho uso.

2-  Las palabras originales de Nuestro Señor eran "herejes y cismáticos",  por ser este en lenguaje de la Iglesia en aquel tiempo.  Posteriormente, el Decreto Conciliar sobre el Ecumenismo (n. 0 3) favoreció el uso de "hermanos separados". Los papas postconciliares han seguido la misma pauta. La propia Sor Fascina, cuyo corazón latía al unísono en el sentir de la Iglesia, lo habría aprobado también, sin duda.

3- El texto hace pensar que en la oración primera, dirigida a Jesús, que es el Redentor, se reza por las almas que se ofrecen en holocausto y por las que dedican su vida a la contemplación; es decir, se reza por estas personas que se entregan voluntariamente a Dios por la salvación del prójimo véase Col. 1: 24; 2 Cor. 4: 12). Esto explica la intimidad de su trato con el Salvador y la extraordinaria eficacia que su labor en la sombra tiene para los otros. En la segunda oración, dirigida al Padre, de quien procede "todo don perfecto y toda obra buena se recomienda a las almas que propagan la devoción a la Misericordia Divina y con ella ejercitan todas las otras obras que sirven para elevar - espiritual y materialmente - a sus hermanos.

4- A fin de comprender las características de las almas que se ofrecen hoy en la novena, y que en el Diario se designan como "tibias", pero que también se comparan al hielo y a los cadáveres, hay que recurrir a la definición que el Salvador mismo dio, hablando a Sur Faustina de ellas en cierta ocasión: Son almas que impiden mis esfuerzos almas incapaces de amar, sin devoción, almas calculadoras y egoístas, almas orgullosas y soberbias, falsas e hipócritas, almas que a duras penas mantienen la temperatura necesaria para ir con vida. Mi corazón no puede más con ellas. Toda gracia que sobre ellas derrama diariamente les resbala como agua sobre roca. No puedo sufrirlas porque no son ni buenas ni malas. (VI, 59, 73, 74)


ORACIÓN PARA SER MISERICORDIOSO  

Escrita por santa María Faustina 

“Oh Señor, deseo transformarme toda en Tu misericordia y ser un vivo reflejo de Ti Que este supremo atributo de Dios, es decir su insondable misericordia, pase a través de mi corazón al prójimo.

Ayúdame, oh Señor, a que mis ojos sean misericordiosos, para que yo jamás recele o juzgue según las apariencias, sino que busque lo bello en el alma de mi prójimo y acuda a ayudarla.

Ayúdame, oh Señor, a que mis oídos sean misericordiosos para que tome en cuenta las necesidades de mi prójimo y no sea indiferente a sus penas y gemidos.
Ayúdame, oh Señor, a que mi lengua sea misericordiosa para que jamás hable negativamente de mis prójimos sino que tenga una palabra de consuelo y perdón para todos.

Ayúdame, oh Señor, a que mis manos sean misericordiosas y llenas de buenas obras para que sepa hacer sólo el bien a mi prójimo y cargue sobre mí las tareas más difíciles y más penosas.

Ayúdame, oh Señor, a que mis pies sean misericordiosos para que siempre me apresure a socorrer a mi prójimo, dominando mi propia fatiga y mi cansancio. (...)
Ayúdame, oh Señor, a que mi corazón sea misericordioso para que yo sienta todos los sufrimientos de mi prójimo (...)

Que Tu misericordia, oh Señor mío, repose dentro de mí” (Diario, 163).


SANTA MARÍA FAUSTINA SOBRE LA ORACIÓN

"A través de la oración el alma se arma para enfrentar cualquier batalla. En cualquier condición en que se encuentre un alma, debe orar. Tiene que rezar el alma pura y bella, porque de lo contrario perdería su belleza; tiene que implorar el alma que tiende a la pureza, porque de lo contrario no la alcanzaría; tiene que suplicar el alma recién convertida, porque de lo contrario caería nuevamente; tiene que orar el alma pecadora, sumergida en los pecados, para poder levantarse y no hay alma que no tenga el deber de orar, porque toda gracia fluye por medio de la oración" (Diario, 146).

"... El alma debe ser fiel a la oración, a pesar de las tribulaciones y la aridez y las tentaciones, porque de tal plegaria en gran medida depende a veces  la realización de los grandes proyectos de Dios; y si no perseveramos en tal plegaria, ponemos impedimentos a lo que Dios quiere hacer a través de nosotros o en nosotros. Que cada alma recuerde estas palabras: Y encontrándose en una situación difícil, rogaba más tiempo" . (Diario, 872).

"La paciencia, la oración y el silencio refuerzan al alma. Hay momentos en los cuales el alma debe callar y no conviene que hable con las criaturas; aquellos son los momentos de insatisfacción de sí misma (...) En tales momentos vivo exclusivamente de la fe..."  (Diario, 944).

"El silencio es una espada en la lucha espiritual; (...) El alma silenciosa es capaz de la más profunda unión con Dios; vive casi siempre bajo la inspiración del Espíritu Santo. En el alma silenciosa Dios obra sin obstáculos" (Diario, 477). 

"Debemos rogar frecuentemente al Espíritu Santo por la gracia de la prudencia. La prudencia se compone de: la reflexión, la consideración razonable y el propósito firme. La decisión final siempre nos pertenece a nosotros" (Diario, 1106).

"El Señor Mismo me impulsa a escribir oraciones e himnos sobre su misericordia..." (Diario, 1593).

"Deseo que conozcas más profundamente el amor que arde en Mi Corazón por las almas y tú comprenderás esto cuando medites Mi Pasión. Apela a Mi misericordia para los pecadores, deseo su salvación. Cuando reces esta oración con corazón contrito y con fe por algún pecador, le concederé la gracia de la conversión. Esta oración es la siguiente: Oh Sangre y Agua que brotaste del Corazón de Jesúscomo una Fuente de Misericordia para nosotros, en Ti confío"  (Diario, 187).

Ser razonable y el propósito firme. La decisión final siempre nos pertenece a nosotros" (Diario, 1106) 

LA CUARESMA (PRIMERA ENTREGA)

La ilustración nos recuerda la entrada de Jesús en Jerusalén,
con lo cual empieza la celebración de la Semana Santa.


Origen de la Cuaresma y el ayuno

El vocablo teutón Lent, que se utiliza en inglés para indicar los cuarenta días de ayuno anteriores a la Pascua, no pasaba de significar la estación de primavera. A pesar de ello se ha venido usando desde el período anglo-sajón para traducir la palabra latina quadragesima (francés: carême; italiano: quaresima; español: cuaresma), de mayor precisión por significar “cuarenta días”, o, más literalmente, “el cuadragésimo día”…


Esta palabra, a su vez, imitaba el nombre griego de la Cuaresma, tessarakoste, (cuadragésimo), formado por su analogía con Pentecostés (pentekoste), que ya era usado desde antes de los tiempos del nuevo testamento para nombrar la fiesta judía. Esta etimología adquiere cierta importancia al momento de explicar el desarrollo más antiguo del ayuno oriental.


ORIGEN DE LA COSTUMBRE


Ya desde el siglo V algunos Padres apoyaban la tesis de que este ayuno de cuarenta días era una institución apostólica. Por ejemplo, San León (+ 461) exhorta a sus oyentes a abstenerse para que “puedan cumplir con su ayuno la institución apostólica de los cuarenta días”- ut apostolica institutio quadraginta dierum jejuniis impleatur (P.L., LIV, 633)- ,y el historiador Sócrates (+ 433) y San Jerónimo (+ 420) utilizan un lenguaje parecido. (P.G., LXVII, 633; P.L., XXII, 475).

Mas los mejores eruditos modernos rechazan casi unánimemente esta posición. En los documentos existentes de los primeros tres siglos encontramos una diversidad de prácticas en lo tocante al ayuno anterior a la Pascua, e incluso una gradual evolución de su período de duración. El pasaje más importante es uno citado por Eusebio de Cesárea (Historia Ecclesiastica V, 24) de una carta de San Ireneo al Papa Víctor con relación a la Controversia de Pascua. En él, Ireneo dice que no sólo existe una controversia acerca de la fecha de observancia de la Pascua, sino también acerca del ayuno preliminar. “Pues- continúa- algunos piensan que hay que ayunar durante un día, otros que durante dos, y otros que durante varios, e incluso otros aceptan que afirman que deben hacerlo durante cuarenta horas continuas, de día y de noche”. 


Él mismo afirma que esta variedad de formas tiene un origen muy antiguo, lo que significa que no hay tradición apostólica sobre ese asunto. Rufino, que tradujo a Eusebio al latín a fines del siglo IV, parece haber interpolado signos de puntuación en ese pasaje para hacer decir a Ireneo que algunas personas ayunaban cuarenta días. Originalmente la lectura apropiada del texto fue tema de debate, pero la crítica actual (Cfr. la edición de Schwartz comisionada por la Academia de Berlín) se pronuncia fuertemente a favor del texto cuya traducción fue presentada más arriba.Podemos, así, concluir que en el año 190 Ireneo no sabía de ningún ayuno pascual de cuarenta días.


La misma conclusión se puede obtener respecto al lenguaje de Tertuliano, de unos pocos años después. Éste, en sus escritos como montanista, contrasta el tiempo breve del ayuno católico (i.e. “los días cuando el novio les será arrebatado”, que probablemente se referían al Viernes y Sábado Santos) con el más largo, aunque aún restringido, de una quincena, que era observado por los montanistas. Obviamente se refería a un ayuno muy estricto (xerophagiæ: ayuno seco), pero no hay indicación alguna en sus escritos- aunque escribió todo un tratado “De jejunio” y con frecuencia toca el asunto en otras obras- que estuviese familiarizado con algún período de cuarenta días consagrados a ayunar más o menos continuamente (Véase Tertuliano, “De jejunio”, II y XIV; “De Oratione”, XVIII, etc.).


Sin excepción alguna, los Padres pre-nicenos guardan el mismo silencio en torno a ese tipo de ayuno, a pesar de que muchos de ellos pudieron haberlo mencionado si hubiese sido una institución apostólica. No existe, por resaltar unos ejemplos, mención alguna de la Cuaresma en San Dionisio de Alejandría (Ed. Feltoe, 94 ss.) ni en la “Didascalia”, fechada por Funk en las cercanías del año 250. Empero, ambos hablan abundantemente del ayuno pascual.


Existen datos que sugieren que la Iglesia de la Era Apostólica celebraba la Resurrección de Cristo no con una festividad anual, sino semanal (Véase, “The Month”, abril 1910, 377 ss). De aceptarse esos datos, la liturgia dominical constituía el recuerdo semanal de la Resurrección, y el ayuno del viernes, el de su Pasión.


Esa teoría ofrece una explicación natural a la amplia divergencia que hallamos en la mitad final del siglo II en lo tocante al tiempo adecuado para observar la Pascua y a la manera del ayuno pascual. Había consenso total en cuanto a la observancia semanal del domingo y del viernes, por ser algo primitivo, pero la fiesta anual de la Pascua constituía algo impuesto por el proceso natural de desarrollo, influenciado en gran parte por las condiciones de cada iglesia, tanto en Occidente como en Oriente. No sólo eso, sino que a una con la fiesta de la Pascua parece haberse introducido un ayuno preparatorio, para conmemorar la Pasión o, dicho de otro modo: “los días en los que les sería arrebatado el novio”. Ese ayuno de modo alguno se prolongaba más de una semana, aunque sí era muy estricto.


Como haya sido, encontramos ya en los albores del siglo IV la primera mención del término tessarakoste. Aparece en el quinto canon del Concilio de Nicea (325 d.C.), donde se considera el tiempo apropiado para llevar a cabo un sínodo; se puede pensar que se refiere a una festividad, como la Ascensión o la Purificación, llamada quadragesima de Epiphania por Ætheria, y no a un período determinado de tiempo.


Mas no debemos olvidar que el vocablo antiguo, pentekoste (Pentecostés), que originalmente significó el quincuagésimo día, había llegado a convertirse en el nombre de todo el período (al que deberíamos llamar tiempo pascual) que va del Domingo de Pascua hasta el de Pentecostés (Cfr. Tertuliano, “De idolatria”, XIV: “pentecosten implere non poterunt”). Como quiera que sea, sí hay seguridad de que, de acuerdo a las “Cartas Festales” de San Atanasio, que en el año 331 este santo impuso a su grey un ayuno preliminar de cuarenta días.


Este ayuno era aparte del de la Semana Santa, mucho más estricto. Ese mismo Padre, el año 339, habiendo viajado a Roma y por gran parte de Europa, escribió a la gente de Alejandría en palabras muy fuertes para ordenarle que lo observase, siendo como era ya de observancia universal, “para que cuando todo el mundo está ayunando, no seamos nosotros el hazmerreír por ser quienes vivimos en Egipto los únicos que en vez de ayunar nos dedicamos al placer”. Si bien Funk primeramente sostuvo que la Cuaresma de cuarenta días no se conoció en Occidente antes de la época de San Ambrosio, no podemos desechar esa evidencia.


DURACIÓN DEL AYUNO


El ejemplo de Moisés, Elías y Cristo debe haber constituido una gran influencia al fijar el tiempo de cuarenta días. Aunque también es posible que se reflexionara en el hecho de que Cristo duró cuarenta horas en la tumba (actualmente, siguiendo la tradición, la atención se pone más sobre los 40 años de Israel en el desierto y los cuarenta días de ayuno de Jesucristo en el desierto al inicio de su vida pública. Cfr. número 540 del Catecismo de la Iglesia Católica, de 1992, N.T.).


Por otra parte, así como Pentecostés (cincuenta días) era el período durante el cual los cristianos se regocijaban y oraban de pie, a pesar de no estar siempre dedicados a esa oración, del mismo modo la Cuadragésima (cuarenta días) era originalmente un tiempo caracterizado por el ayuno, pero no significaba ello que los fieles deberían ayunar a todo lo largo del mismo. (Eusebio de Ceárea, en el año 332, en el texto mencionado más arriba, escribe lo siguiente acerca del significado de la Cuaresma, su ayuno y las festividades post-pascuales: “Después de Pascua, pues, celebramos Pentecostés durante siete semanas íntegras, de la misma manera que mantuvimos virilmente el ejercicio cuaresmal durante seis semanas antes de Pascua.


El número seis indica actividad y energía, razón por la cual se dice que Dios creó el mundo en seis días. A las fatigas soportadas durante la Cuaresma sucede justamente la segunda fiesta de siete semanas, que multiplica para nosotros el descanso, del cual el número siete es símbolo”, N.T.). De todos modos, para muchas comunidades ese principio no era siempre bien entendido y el resultado de ello era una diferencia en la práctica.


En la Roma del siglo V, la Cuaresma duraba seis semanas, pero según el historiador Sócrates, sólo tres de ellas se dedicaban al ayuno y de ellas quedaban excluidos los sábados y domingos y, si confiamos en la opinión de Duchesne, esas semanas no eran continuas, sino la primera, cuarta y quinta de la serie, por su relación con las ordenaciones (Christian Worship, 243). Muy posiblemente, sin embargo, esas semanas tenían que ver con los “escrutinios” preparatorios del bautismo, ya que, según algunas autoridades (e.g., A.J. Maclean en “Recent Discoveries”), la obligación de ayunar junto con los candidatos al bautismo es resaltada como la influencia principal para el desarrollo de los cuarenta días.


Empero, en todo el Oriente, con algunas excepciones, prevaleció el formato explicado en las “Cartas Festales” de San Atanasio y que cundió en Alejandría, a saber: las seis semanas de la Cuaresma eran sólo la preparación para un ayuno sumamente estricto que se observaba durante la Semana Santa. (Acerca del sentido del ayuno cuaresmal, San Atanasio, en una de esas “cartas festales” enseña lo siguiente: “Cuando Israel era encaminado hacia Jerusalén, primero se purificó y fue instruido en el desierto para que olvidara las costumbres de Egipto.


Del mismo modo, es conveniente que durante la santa cuaresma que hemos emprendido procuremos purificarnos y limpiarnos, de forma que, perfeccionados por esta experiencia y recordando el ayuno, podamos subir al cenáculo con el Señor para cenar con él y participar en el gozo del cielo. De lo contrario, si no observamos la cuaresma, no nos será licito ni subir a Jerusalén ni comer la pascua”. N.T.). Esto queda confirmado por la “Constituciones Apostólicas” (V, 13) y presupuesto por San Juan Crisóstomo (Homiliae, XXX sobre Gn 1). Habiendo sentado ya sus reales, el número cuarenta produjo otras modificaciones.


A algunos les pareció necesario que no solamente hubiera ayunos a lo largo de los cuarenta días, sino que fueran cuarenta días de ayuno. De ese modo encontramos que Ætheria, en su “Peregrinatio”, habla de que en Jerusalén se tenía una Cuaresma de ocho semanas, de las que, excluidos sábados y domingos, nos da cinco veces ocho, i.e., cuarenta días de ayuno. En otras localidades, por otro lado, la gente se contentaba con un tiempo no mayor de seis semanas, ayunando únicamente cinco días a la semana, como ocurría en Milán, a la usanza oriental (Ambrosio, “De Elia et Jejunio”, 10).


En tiempos de Gregorio Magno (590-604) en Roma se utilizaban seis semanas de cinco días cada una, haciendo un total de 36 días de ayuno, las que San Gregorio, seguido después por muchos autores medievales, describe como el diezmo espiritual del año, ya que 36 días equivalen aproximadamente a la décima parte de 365.

Más tarde, el deseo de cuadrar perfectamente los cuarenta días llevó a la práctica de comenzar la Cuaresma a partir de nuestro actual Miércoles de Ceniza, aunque la iglesia de Milán, hasta el día de hoy se adhiere al formato primitivo, que aún se nota en el Misal Romano cuando el celebrante, durante la Misa del primer domingo de Cuaresma, habla de “sacrificium quadragesimalis initii”, el sacrificio del inicio de la Cuaresma (La versión actual española de la oración sobre las ofrendas para ese domingo dice: “…el santo tiempo de la Cuaresma, que estamos iniciando.”, N.T.)


NATURALEZA DEL AYUNO


La divergencia respecto a la naturaleza del ayuno tampoco fue menor. Por ejemplo, el historiador Sócrates (Historia Ecclesiatica, V, 22) nos describe la práctica del siglo V: “Algunos se abstienen de cualquier tipo de creatura viviente, mientras que otros, de entre todos los seres vivos solamente comen pescado. Otros comen aves y pescado, pues, según la narración mosaica de la creación, estos últimos también salieron de las aguas. Otros se abstienen de comer fruta cubierta de cáscara dura y huevos. Algunos sólo comen pan seco, otros, ni eso. Y algunos, después de ayunar hasta la hora nona (15:00 horas), toman alimentos variados”.


En medio de tal diversidad no faltó quien se inclinara por los extremos del rigor. Epifanio, Paladio y el autor de “La vida de Santa Melania la Joven” parecen ser testigos de un orden de cosas en el que el cristiano ordinario debía pasar 24 horas o más sin alimento alguno, sobre todo durante la Semana Santa, y los más austeros subsistían a lo largo de la Cuaresma con una o dos comidas semanales exclusivamente (Cfr. Rampolla, “Vita di S. Melania Giuniore”, apéndice XXV, p. 478).


La regla ordinaria del ayuno, sin embargo, consistía en tomar una comida al día, en la tarde, con la total prohibición de tomar, en los primeros siglos, carne y vino. En la Semana Santa, o al menos el Viernes Santo, era común hacer el ayuno llamado xerophagiæ, i,e., una dieta de alimentos secos, pan, sal y vegetales. No parece que hubiesen estado originalmente prohibidos los lacticinia, como parece corroborar el citado pasaje de Sócrates. Más aún, en una época posterior, Beda nos habla del obispo Cedda, quien en Cuaresma sólo hacía una comida al día, consistente en un poco de pan, un huevo de gallina y un poco de leche mezclada con agua” (Historia Ecclesiastica III, 23).


Por el contrario, Teodulfo de Orleans, en el siglo VIII, consideraba la abstinencia de huevos, queso y pescado como señal de una virtud excepcional. San Gregorio, en una carta a San Agustín de Inglaterra, fija la norma: “Nos abstenemos de carne y de todo aquello que viene de la carne, como la leche, el queso y los huevos”. Esta decisión quedó después incorporada al “Corpus Juris”, y se considera ya como ley general en la Iglesia. Pero fueron aceptadas ciertas excepciones, y con frecuencia se concedían dispensas para consumir “lacticinia”, a condición de dar alguna contribución a una obra de caridad.


Tales dispensas eran conocidas en Alemania como Butterbriefe (Cartas de, o acerca de, la mantequilla; Butter significa mantequilla en alemán. N.T.), y se dice que varios templos fueron construidos con las sumas recogidas de esa manera. Una de las torres de la catedral de Rouen era conocida, por esa razón, como la “Torre de la Mantequilla”. Esta prohibición de comer huevos y leche en Cuaresma se ha perpetuado en la costumbre popular de bendecir o regalar huevos de Pascua y en la costumbre inglesa de comer pastelillos el Martes de Carnaval.


RELAJAMIENTO DEL AYUNO CUARESMAL


Por lo dicho antes podemos afirmar que en la temprana Edad Media, a lo largo de la mayor parte de la Iglesia Occidental, la Cuaresma consistía en cuarenta días de ayuno, y seis domingos. Desde el inicio de esa temporada, hasta su final, quedaban prohibidos la carne y los “lacticinia”, incluso los domingos, y durante los días de ayuno sólo se hacía una comida al día, la que no podía realizarse antes de oscurecer.


Pero ya en una época muy temprana (encontramos la primera mención de esto en Sócrates), se comenzó a tolerar la práctica de romper el ayuno a la hora de nona, o sea a las tres de la tarde. Sabemos, en particular, que Carlomagno, alrededor del año 800, tomaba su refacción cuaresmal a las 2 de la tarde. Este gradual adelanto de la hora de cenar se facilitó por el hecho de que las horas canónicas de nona, vísperas, etc., más que representar puntos fijos de tiempo, representaban espacios de tiempo. La hora novena, o nona, estrictamente significaba las tres de la tarde, pero el oficio de nona podía ser recitado a la misma hora de sexta, que, lógicamente, correspondía a la hora sexta, mediodía.


De tal modo, se llegó a pensar que la hora nona empezaba a mediodía, y ese punto de vista se ha conservado en la palabra inglesa noon, que viene a significar el tiempo entre mediodía y las tres de la tarde. La hora de romper el ayuno cuaresmal era después de vísperas (el ritual vespertino), pero gracias a un proceso gradual, el rezo de vísperas se anticipó más y más hasta que se reconoció oficialmente el principio, vigente hasta hoy día, de que las vísperas de Cuaresma podrían ser rezadas a mediodía. De ese modo, si bien el autor del “Micrologus” del siglo XI aún afirmaba que quienes tomaran alimentos antes del anochecer no ayunaban de acuerdo a los cánones (P.L., CLI, 1013), ya para los inicios del siglo XIII algunos teólogos, como el franciscano Richard Middleton, quien basa su decisión en la usanza de su tiempo, afirma que aquel hombre que cene a mediodía no rompe el ayuno cuaresmal.


Todavía más material fue el relajamiento causado por la introducción de la “colación”. Esta perece haber comenzado en el siglo IX, cuando el Concilio de Aix la Chapelle autorizó la concesión, aún para los monasterios, de un trago de agua u otra bebida al atardecer para aquellos que estuviesen fatigados por el trabajo manual del día. De este pequeño inicio se desarrolló una mayor indulgencia. El principio de la parvitas materiae, o sea, que una cantidad pequeña de alimento no rompe el ayuno mientras no sea tomada como parte de una comida, fue adoptado por Santo Tomás de Aquino y otros teólogos. A lo largo de los siglos se reconoció que una cantidad fija de comida sólida, menor de seis onzas, podía ser tomada después de la bebida del mediodía.


Puesto que esa bebida vespertina, cuando se comenzó a tolerar en los monasterios del siglo IX, se tomaba a la hora en que se leían en voz alta las “collationes” (conferencias) del Abad Casiano a los hermanos, esta pequeña indulgencia llegó a ser conocida como “colación”, y así se ha llamado desde entonces.


Otro tipo de mitigaciones, de naturaleza más substancial, se ha introducido en la observancia de la Cuaresma durante el curso de los últimos siglos. Para comenzar, se ha tolerado la costumbre de tomar una taza de líquido (por ejemplo, café, té e incluso chocolate) con un trozo de pan o una tostada temprano en la mañana. Y en lo que toca más de cerca de la Cuaresma, la Santa Sede ha concedido sucesivos indultos para permitir la carne como alimento en la comida principal, primero los domingos y después en dos, tres, cuatro y cinco días a la semana, hasta casi abarcar todo el período.


Más recientemente, el Jueves Santo, en el que siempre se había prohibido la carne, ha venido a ser beneficiario de la misma indulgencia.En los Estados Unidos, por concesión de la Santa Sede, se ha logrado que los trabajadores y sus familias coman carne todos los días, excepto los viernes, el Miércoles de Ceniza, el Sábado Santo y la Vigilia de Navidad. La única compensación para tanta mitigación es la prohibición de tomar carne y pescado simultáneamente en la misma comida. (Véase Abstinencia, Ayuno, Impedimentos, Canónico (III), Domingo Laetare, Septuagésima, Sexagésima, Quincuagésima, Quadragésima, Ornamentos).
(La legislación actual de la Iglesia, según el Código de Derecho Canónico vigente desde el 25 de enero de 1983, señala en sus artículos 1249-1253, la obligación de ayunar y abstenerse de ciertos alimentos. El ayuno sólo obliga el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo; la abstinencia de carne, u otro alimento señalado por las conferencias episcopales, todos los viernes y el tiempo de Cuaresma. Cfr. También el Catecismo de la Iglesia Católica, número 1438. Acerca de la percepción actual del sentido de la Cuaresma y el Adviento, el otro “tiempo fuerte”, penitencial, de la Iglesia, cfr. Constitución Sacrosantum Concilium del Concilio Vaticano II, nos. 102-106; 109-110. N.T.)

Significado de la Cuaresma


La cuaresma es un período de cuarenta días que la Iglesia ha fijado como preparación a la Pascua.
Comprende desde el Miércoles de Ceniza hasta antes de la eucaristía vespertina del Jueves Santo. Podemos hablar de dos etapas en la historia de la cuaresma. Antes que la cuaresma fuera Instituída formalmente por la Iglesia, ya existían en el pueblo de Israel “prácticas cuaresmales” de penitencia, ayuno y oración:


+ A.T. El ayuno de Moisés (Ex. 34, 28).
El precepto de la ley (Lv. 16, 29-31).


La penitencia de Nínive (Jo. 3, 1 ss).
+ N.T. Jesús modelo de ayuno y oración (Mt. 4, 1-2).


La primitiva comunidad (Hech. 14, 23). San Ireneo en el siglo II y la “Didascalia” en el siglo III nos hablan de ayunos precuaresmales, pero son únicamente algunos días, o bien sólo durante Semana Santa.
Fue hacia fines del siglo IV cuando la Iglesia instituye formalmente este período de cuarenta días como tiempo de preparación a la Pascua.

+ Los penitentes públicos: se preparaban a la reconciliación del Jueves Santo con obras y ritos especiales.
+ Los catecúmenos: se preparaban para recibir el bautismo mediante una participación más intensa en las instrucciones y celebraciones propias.

+ Todos los fieles: se preparaban a la Pascua llevando a cabo obras penitenciales y caritativas, y sosteniendo con su ejemplo y oración a los penitentes públicos y a los catecúmenos.


Existía entonces la piadosa costumbre de las “Misas de estaciones”, que daban comienzo con la celebración del Miércoles de Ceniza y se llevaban a cabo en dos templos: el templo de reunión y el templo de estación, en el camino de uno a otro, los fieles, catecúmenos y penitentes públicos organizaban procesiones cantando y rezando.

Además de estas celebraciones dominicales, los cristianos se reunían los miércoles y viernes, en recuerdo de la captura y muerte del Señor. La finalidad de estas reuniones era dedicarse con más atención y empeño a la escucha de la Palabra de Dios y la oración.

SENTIDO ACTUAL DE LA CUARESMA

Según la reforma del Concilio Vaticano II, la cuaresma tiene dos sentidos:

1) Sentido Bautismal: la cuaresma nos recuerda nuestro bautismo y prepara a los catecúmenos a recibirlo.
2) Sentido penitencial: la cuaresma es tiempo de hacer penitencia individual y social:
+ Individual: aborrecer el pecado y recurrir con más frecuencia al sacramento de la confesión.
+ Social: llevar a cabo obras de caridad.


Los principales temas que la liturgia cuaresmal nos ofrece son:
1) La Cruz: significa hacer morir en nosotros al hombre viejo inclinado a los placeres de la carne para renacer a una vida nueva según el espíritu y la conducta de hijo de Dios.
2) Penitencia: reconocimiento de nuestro propio pecado y pobreza para buscar con sinceridad nuestra conversión.
3) Bautismo: volver a nacer por el agua y el Espíritu a una vida nueva, e insertarnos a la Iglesia pueblo de Dios.
4) Ayuno: ascésis física.
5) Oración: más frecuente, fervorosa, humilde, confiada y nutrida de la palabra de Dios.
6) Caridad fraterna.
7) Escucha de la Palabra de Dios.

LA PENITENCIA


La penitencia, traducción latina de la palabra griega metanoia que en la Biblia significa la conversión (literalmente el cambio de espíritu) del pecador, designa todo un conjunto de actos interiores y exteriores dirigidos a la reparación del pecado cometido, y el estado de cosas que resulta de ello para el pecador. Literalmente cambio de vida, se dice del acto del pecador que vuelve a Dios después de haber estado alejado de Él, o del incrédulo que alcanza la fe.


“La penitencia interior del cristiano puede tener expresiones muy variadas. La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el AYUNO, la oración, la limosna, que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás. Junto a la purificación radical operada por el Bautismo o por el martirio, citan, como medio de obtener el perdón de los pecados, los esfuerzos realizados para reconciliarse con el prójimo, las lágrimas de penitencia, la preocupación por la salvación del prójimo, la intercesión de los santos y la práctica de la caridad “que cubre multitud de pecados” (1 Pedro, 4,8.).” (Catecismo Iglesia Católica, n.1434).

“Todos los fieles, cada uno a su modo, están obligados por la ley divina a hacer penitencia; sin embargo, para que todos se unan en alguna práctica común de penitencia, se han fijado unos días penitenciales en los que se dediquen los fieles de manera especial a la oración, realicen obras de piedad y de caridad y se nieguen a sí mismos, cumpliendo con mayor fidelidad sus propias obligaciones y, sobre todo, observando el ayuno y la abstinencia.” (Código de Derecho Canónico, cánon 1249).


“En la Iglesia universal, son días y tiempos penitenciales todos los viernes del año y el tiempo de cuaresma.” (Código de Derecho Canónico, cánon 1250).


En recuerdo del día en que murió Jesucristo en la Santa Cruz, “todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse la abstinencia de carne, o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardarán el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.” (Código de Derecho Canónico, cánon 1251).


AYUNO Y ABSTINENCIA


Consiste en hacer una sola comida al día, aunque se puede comer algo menos de lo acostumbrado por la mañana y la noche. No se debe comer nada entre los alimentos principales, salvo caso de enfermedad.
Obliga vivir la ley del ayuno, a todos los mayores de edad, hasta que tengan cumplido cincuenta y nueve años. (cfr. CIC, c. 1252).


Se llama abstinencia a privarse de comer carne (roja o blanca y sus derivados). Pescado es posible comer.
La ley de la abstinencia obliga a los que han cumplido catorce años en adelante.(cfr. CIC, c. 1252).


“La Conferencia Episcopal de cada País puede determinar con más detalle el modo de observar el ayuno y la abstinencia, así como sustituirlos en todo o en parte por otras formas de penitencia, sobre todo por obras de caridad y prácticas de piedad.” (Código de Derecho Canónico, cánon 1253).

El significado del Miércoles de Ceniza


El miércoles de Ceniza en la Iglesia Católica es el primer día de la Cuaresma, cuarenta días antes de la Pascua. En este día se inicia un tiempo espiritual particularmente importante para quien quiera prepararse para vivir el Misterio Pascual, o sea la Pasión, Muerte y Resurrección del Nuestro Señor Jesús.


La Cuaresma se caracteriza por el llamado a la conversión. Por eso es de rigor empezar este tiempo con el rito austero de la imposición de ceniza. Sus palabras son “Convertíos y creed en el Evangelio” y “Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás”, que nos recuerda la fragilidad de nuestra vida en la tierra.


En los primeros años de la Iglesia la duración de la Cuaresma variaba. Finalmente alrededor del siglo IV se fijó su duración en 40 días. Es decir, que ésta comenzaba seis semanas antes del domingo de Pascua. Por tanto, un domingo llamado, precisamente, domingo de cuadragésima.


En los siglos VI-VII cobró gran importancia el ayuno como práctica cuaresmal, presentándose un inconveniente: desde los orígenes nunca se ayunó en domingo por ser día de fiesta, la celebración del Día del Señor. ¿Cómo hacer entonces para respetar el domingo y, a la vez, tener cuarenta días efectivos de ayuno durante la cuaresma? Para resolver este asunto, en el siglo VII, se agregaron cuatro días más a la cuaresma, antes del primer domingo, estableciendo los cuarenta días de ayuno, para imitar el ayuno de Cristo en el desierto. (Si uno cuenta los días que van del Miércoles de Ceniza al Sábado Santo y le resta los seis domingos, le dará exactamente cuarenta).


Así la Iglesia empezó la costumbre de iniciar la Cuaresma con el miércoles de Ceniza, costumbre muy arraigada y querida por el pueblo cristiano.


LA IMPOSICIÓN DE LAS CENIZAS


También en los primeros siglos de la Iglesia en Roma, existía la práctica de que los “penitentes” (grupo de pecadores que querían recibir la reconciliación al final de la Cuaresma, a las puertas de la Pascua), comenzaran su penitencia pública el primer día de la Cuaresma. Ellos eran salpicados de cenizas, vestidos en sayal y obligados a mantenerse lejos hasta que se reconciliaran con la Iglesia el Jueves Santo o el jueves antes de la Pascua.


Estas prácticas cayeron en desuso (del siglo VIII al X). Entonces, en el siglo XI, desaparecida ya la institución de los penitentes como grupo, viendo que el símbolo de la imposición de la ceniza al iniciar la Cuaresma era bueno, se empezó a realizar este rito para todos los cristianos, de modo que toda la comunidad se reconocía pecadora, dispuesta a emprender el camino de la conversión cuaresmal.


Por algún tiempo la imposición de la ceniza se realizaba al principio de la celebración litúrgica o independientemente de ella. En la última reforma litúrgica se reorganizó el rito de la imposición de la ceniza con el objetivo de que sea un símbolo más expresivo y pedagógico para los fieles, pasándose a realizar después de las lecturas bíblicas y de la homilía, las cuales nos ayudan a entender el profundo significado de lo que estamos viviendo. La Palabra de Dios, en ese día, nos invita a la conversión. El deseo de convertirnos y volver al Señor es lo que da contenido y sentido al gesto de las cenizas.


Las cenizas usadas para la cruz que recibimos en la frente son obtenidas al quemar las palmas usadas en el Domingo de Ramos del año anterior.


La ceniza, del latín “cinis”, es producto de la combustión de algo por el fuego. Por extensión, pues, representa la conciencia de la nada, de la muerte, de la caducidad del ser humano, y en sentido trasladado, de humildad y penitencia.


Ya podemos apreciar esta simbología en los comienzos de la historia de la Salvación cuando leemos en el libro del Génesis que “Dios formó al hombre con polvo de la tierra” (Gen 2,7). Eso es lo que significa el nombre de “Adán”. Y se le recuerda enseguida que ése es precisamente su fin: “hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste hecho” (Gn 3,19). En Gén 18, 27 Abraham dirá: “en verdad soy polvo y ceniza. En Jonás 3,6 sirve, por ejemplo, para describir la conversión de los habitantes de Nínive. La ceniza significa también el sufrimiento, el luto, el arrepentimiento. En Job (Jb 42,6) es explícítamente signo de dolor y de penitencia. De aquí se desprendió la costumbre, por largo tiempo conservada en los monasterios, de extender a los moribundos en el suelo recubierto con ceniza dispuesta en forma de cruz.


El gesto simbólico de la imposición de ceniza en la frente, se hace como respuesta a la Palabra de Dios que nos invita a la conversión, como inicio y entrada al ayuno cuaresmal y a la marcha de preparación para la Pascua. La Cuaresma empieza con ceniza y termina con el fuego, el agua y la luz de la Vigilia Pascual. Algo debe quemarse y destruirse en nosotros -el hombre viejo- para dar lugar a la novedad de la vida pascual de Cristo.

Por eso cuando nos acerquemos a recibir las cenizas, meditemos muy bien en nuestro corazón las palabras que pronunciará el celebrante al imponérnoslas en forma de Cruz: “Arrepiéntete y cree en el Evangelio” (Cf Mc1,15) y “Acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver” (Cf Gén 3,19). Para que de verdad sea un signo y unas palabras que nos lleven a descubrir nuestra caducidad, nuestro deseo y necesidad de conversión y aceptación del Evangelio, y el deseo de recibir la novedad de vida que Cristo cada año quiere comunicarnos en la Pascua.


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¿Qué es la Cuaresma?



El Papa señaló durante la audiencia general en 2011 previa a la celebración de esta fecha, que la Cuaresma es un camino espiritual que prepara para conmemorar la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.

EL SACRAMENTO DE LA CONFESIÓN.


El Papa pide a los sacerdotes que sean generosos con su tiempo y que lo dediquen a confesar. 


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LA CONFESIÓN

Para poder reconciliarnos con nosotros mismos, con los demás, con la Iglesia y  con la creación, Dios nos ofrece el maravilloso medio del sacramento de la confesión.  Se le denomina tambien con los nombres de sacramento de la penitencia, sacramento  del perdón, sacramento de la reconciliación y sacramento de la conversión (Cat 1423 y  1424). Se le llama sacramento de la  confesión, porque la confesión de los pecados al  sacerdote es un elemento esencial de este sacramento, en el cual se manifiesta de modo  extraordinario la  misericordia de Dios.

Decía el Papa Juan Pablo II: En el sacramento de la penitencia cada hombre  puede experimentar de manera singular la misericordia, es decir, el amor que es más  fuerte que el pecado... Son infinitas la prontitud y la fuerza del perdón que brotan  continuamente del valor admirable del sacrificio de Jesús
.
La misericordia de Dios se manifiesta de manera gloriosa y extraordinaria en la  confesión, pues los pecadores, bien confesados, salen radiantes y, si estaban tristes por  el peso de sus pecados, salen resplandecientes, con una alegría plena que se manifiesta  en sus rostros. En mi larga vida sacerdotal he podido comprobar esto infinidad de veces.

En la confesión, el sacerdote es un padre, un médico y un juez misericordioso.  Podemos decir de verdad con san Pablo: Cristo nos ha confiado el ministerio de la  reconciliación  (2 Co 5, 18). Y nos ha dicho: Aquellos a quienes les perdonen los  pecados les serán perdonados (Jn 20, 22). Por eso, es también una gran responsabilidad  y debemos estar en todo momento disponibles para atender a los que necesiten el perdón  de Dios por medio de este sacramento.

Para confesarse bien, es preciso un sincero arrepentimiento.  Si reconocemos  nuestros pecados, Él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados (1 Jn 1, 8). Hay que  saber decirle a nuestro Padre Dios con sinceridad y humildad: Reconozco mi culpa y mi  pecado. Contra Ti, contra Ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces (Sal 50, 5).  O como el hijo pródigo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, no merezco llamarme hijo tuyo (Lc 15, 18-21).

Es importante hacer un buen examen de conciencia desde la última  confesión  bien hecha, para recordar los pecados cometidos y pedir perdón. Ahora bien, si no nos  acordamos de algunos, Dios nos perdona todos. Y los que hemos olvidado, los podemos  confesar en la siguiente confesión. Lo importante es no callar por vergüenza ningún  pecado grave; en ese caso, cometeríamos un sacrilegio, haríamos una mala confesión y no se nos perdonaría ningún pecado, teniendo otro más: el de una mala confesión.

Cuando los pecados cometidos han causado daño al prójimo, es preciso reparar  el daño cuanto antes, por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas...

La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud  espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados, debe "satisfacer"  de manera apropiada o "expiar" sus pecados. Esta satisfacción se llama también  penitencia (Cat 1459).

Después de cada confesión, el sacerdote impone una penitencia. Esta penitencia  debe corresponder todo lo posible a la gravedad y a la naturaleza de los pecados  cometidos. Puede consistir en la oración, en ofrendas, en obras de misericordia,  servicio al prójimo, privaciones voluntarias, sacrificios y, sobre todo, la aceptación  paciente de la cruz que debemos llevar (Cat 1460).

Por otra parte, aunque la confesión de los pecados veniales no es estrictamente  necesaria, sin embargo, se recomienda vivamente, pues la confesión frecuente de estos  pecados ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a  dejarse curar por Cristo y a progresar en la vida del espíritu (Cat 1458).

También es importante anotar que no hay que tener miedo de decir los pecados  al sacerdote, ya que está obligado a guardar un secreto absoluto sobre los pecados que  sus penitentes le han confesado bajo penas muy severas. Tampoco puede hacer uso de  los conocimientos que la confesión le da sobre la vida de los penitentes. Este  secreto,  que no admite excepción, se llama sigilo sacramental, porque lo que el penitente ha  manifestado al sacerdote queda "sellado" por el sacramento (Cat 1467).11

Para hacer una buena confesión se necesita hacer un buen examen de  conciencia  para recordar los pecados cometidos; arrepentirse de ellos, es decir, sentir dolor de  haberlos cometidos y tomar la decisión firme de no volver a cometerlos más; decirlos al confesor y cumplir la penitencia que nos manda, que se llama también satisfacción de  obra.

Según el mandamiento de la Iglesia, todo fiel llegado a la edad del uso de la  razón, debe confesar, al menos una vez al año, los pecados graves de que tiene  conciencia. Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, que no comulgue sin  acudir antes a la confesión sacramental a no ser que concurra un motivo grave y no  haya posibilidad de confesarse; y, en este caso, tenga presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto  antes. Los niños deben acceder al sacramento de la penitencia antes de recibir por primera vez la sagrada comunión (Cat 1457).

La fórmula de absolución que da el sacerdote en la Iglesia latina es: Dios Padre  misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y resurrección de su hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda por el ministerio de la Iglesia el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Cat 1449).

LAS  INDULGENCIAS

Cuando uno se confiesa, se le perdona el pecado, pero queda todavía la herida  causada en el alma, permaneciendo los desórdenes ocasionados. Para sanar esto, la  Iglesia nos ofrece las indulgencias para nosotros o también para los difuntos, que no han  podido satisfacer plenamente por sus pecados antes de morir.

El Papa Pablo VI, en la Constitución apostólica  Indulgentiarum doctrina del 1 de enero de 1967, nos habla de este punto. Afirma: Indulgencia es la remisión ante Dios  de la pena temporal debida por los pecados, ya perdonados en lo referente  a la culpa, que gana el fiel convenientemente preparado en ciertas y determinadas condiciones con  la ayuda de la Iglesia que, como administradora de la redención, dispensa y aplica con  plena autoridad el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos.

La pena temporal se refiere a las consecuencias del pecado, que permanecen aun  después de perdonados. Pensemos en alguien que se emborracha y después tiene  gastritis con dolor de estomago. Las consecuencias de su borrachera deberán ser sanadas con una dieta estricta y las medicinas adecuadas. De la misma manera, los  desordenes producidos por el pecado, deben ser sanados en este mundo o en el otro. De  ahí que las indulgencias sirvan como medicina para sanar esos efectos negativos  (llamados pena temporal).

Para conseguir las indulgencias, tanto parciales como plenarias, se necesita una  limpieza total del alma: haberse confesado, no tener pecados veniales y ni siquiera el 12 menor afecto o apego al pecado. Esto, en la práctica, es prácticamente imposible; pero al menos se conseguirá la sanación del alma en parte, de acuerdo a las disposiciones de cada uno. Como hemos dicho, son aplicables a uno mismo o a los difuntos del  purgatorio. Pero los requisitos son: confesar, cuando menos una semana antes, comulgar ese día, rezar por las intenciones del Papa y cumplir la obra prescrita para ganar la indulgencia.

Para ganar una indulgencia plenaria, una sola vez al día, se puede rezar el rosario en grupo de personas, especialmente en familia, o rezarlo a solas delante del Santísimo  Sacramento o estar media hora en adoración ante Jesús sacramentado.

Por otra parte, los fieles que usan con devoción un objeto de piedad (crucifijo, cruz, rosario, escapulario o medalla), bendecidos debidamente por un sacerdote, pueden  ganar indulgencias parciales. También, en peligro de muerte, se puede ganar una  indulgencia plenaria con la bendición apostólica del sacerdote o, si no hubiera  sacerdote, usando un crucifijo o una cruz y pidiendo esta gracia en los últimos  momentos  con tal que durante su vida hubiera rezado habitualmente algunas  oraciones.

Las indulgencias son especialmente importantes, si las aplicamos por nuestros  familiares difuntos. Y todos los días podemos intentar conseguir una indulgencia  plenaria para uno de ellos tal como hemos anotado anteriormente, rezando el rosario en  grupo o a solas ante el Santísimo, o estando media hora en adoración ante el Santísimo  Sacramento, habiendo confesado y comulgado; y rezando, al menos, un credo y un padrenuestro por las intenciones del Papa.

HISTORIA DE LA CONFESIÓN


A lo largo de los siglos, la forma concreta según la cual la Iglesia ha ejercido  este poder recibido del Señor ha variado mucho. Durante los primeros siglos, la  reconciliación de los cristianos que habían cometido pecados particularmente graves  después de su bautismo (por ejemplo idolatría, homicidio o adulterio), estaba vinculada  a una disciplina muy rigurosa, según la cual los penitentes debían hacer penitencia  pública por sus pecados, a menudo, durante largos años antes de recibir la  reconciliación; sólo era admitido raramente y, en ciertas regiones, una sola vez en la vida. Durante el siglo VII, los misioneros irlandeses, inspirados en la tradición  monástica de Oriente, trajeron a Europa continental la  práctica privada de la  penitencia, que no exigía la realización pública prolongada de obras de penitencia  antes de recibir la reconciliación con la Iglesia. El sacramento se realiza desde entonces de una manera más secreta entre el penitente y el sacerdote. Esta nueva  práctica preveía la posibilidad de la reiteración del sacramento y abría así el camino a una recepción regular del mismo. Permitía integrar en una sola celebración sacramental el perdón de los pecados graves y de los pecados veniales. A grandes líneas, ésta es la forma de penitencia que la Iglesia practica hasta nuestros días       (Cat 1447).13

En el concilio IV de Letrán, en 1215, se establecieron normas claras sobre la  confesión que todavía están en vigor: obligación de confesarse y comulgar al menos una vez cada año. Y se ratificó la práctica de las confesiones frecuentes de los pecados  veniales.

Pero hay tres formas de celebración de la confesión:

a) La primera forma es la reconciliación personal e individual del penitente y  constituye el único modo normal y ordinario de la celebración sacramental.

b) La segunda forma se refiere a las celebraciones comunitarias de la confesión, en las  cuales hay una preparación común con una para liturgia penitencial y, después, cada  uno se confiesa individualmente como es lo normal. Así se recalca el aspecto social  de la confesión y la reconciliación con la Iglesia.

c) La tercera forma es extraordinaria y sólo para casos muy especiales. Es la  celebración comunitaria con una preparación común con confesión y absolución  general. En este caso, no hay confesión personal de los pecados; cada uno se  arrepiente en su corazón y recibe también la absolución general para todos en  común.


Esto sólo se da en casos de grave necesidad.

 Semejante necesidad grave puede presentarse, cuando hay un peligro inminente  de muerte sin que el sacerdote o los sacerdotes tengan tiempo suficiente para oír la  confesión de cada penitente. La necesidad grave puede existir también cuando teniendo  en cuenta el número de penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente las confesiones individuales en un tiempo razonable, de manera que los penitentes sin  culpa suya se verían privados durante largo tiempo de la gracia sacramental o de la  sagrada comunión. En este caso, los fieles deben tener, para la validez de la  absolución, el propósito de confesar individualmente sus pecados en su debido tiempo. Al obispo diocesano corresponde juzgar, si existen las condiciones requeridas para la  absolución general. Una gran concurrencia de fieles, con ocasión de grandes fiestas o  de peregrinación, no constituye por su naturaleza ocasión de la referida necesidad  grave (Cat 1483).

Recordemos siempre que el perdón de Dios es más grande que nuestros pecados  y, si nuestro corazón nos reprocha algo, Dios es más grande que nuestro corazón  (1 Jn 3, 20).

Como dirían los obispos latinoamericanos reunidos en Aparecida (Brasil) en la  V Conferencia del episcopado de mayo de 2007: Jesucristo nos da el don de su perdón  misericordioso y nos hace sentir que el amor es más fuerte que el pecado cometido, nos  libera de cuanto nos impide permanecer en su amor y nos devuelve la alegría y el entusiasmo de anunciarlo a los demás con corazón abierto y generoso (No. 254).14

Dios está dispuesto a perdonarnos con tal de que estemos sinceramente arrepentidos, con el propósito de no volverlos a cometer. Y, pase lo que pase,  siempre nos estará esperando. Por eso, el peor pecado es la desesperación, el no confiar en su amor, ni creer en su perdón ni en su misericordia.



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MÁRTIR DE LA CONFESIÓN: SAN JUAN NEPOMUCENO


San Juan Nepomuceno nació en Bohemia (Checoslovaquia) hacia el año 1250, en un pueblo llamado Nopomuc y de ahí se le puso el sobrenombre Nepomuceno.

Fue párroco de Praga y obtuvo el doctorado en la Universidad de Padua. Después ocupó el alto puesto de Vicario General del Arzobispado (o sea el segundo después del Arzobispo) lo cual significa que era un hombre de total confianza para el prelado.

El rey de Praga, Wenceslao, se dejaba llevar por dos terribles pasiones, la cólera y los celos y dicen las antiguas crónicas que siendo Juan Nepomuceno confesor de la reina, se le ocurrió al rey que el santo le debía contar los pecados que la reina le había dicho en confesión, y al no conseguir que le revelara estos secretos se propuso obtener sus propósitos por medio de la tortura.

Entonces el rey mandó que lo martirizaran pero como el sacerdote decía: "Jamás consentiré en tal sacrilegio. Mandad cualquier otra cosa. En esto digo lo mismo que San Pedro: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres", al padre Juan -por orden del Rey- lo ataron doblado, con la cabeza pegada sobre los pies, y lo lanzaron al río Moldava. Fue en el año 1393. Los vecinos recogieron el cadáver y le dieron santa sepultura.

Desde su muerte siempre San Juan Nepomuceno fue considerado patrono de los confesores, porque prefirió morir antes que revelar los secretos de la confesión.
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Como no resulta fácil acercarse al sacramento de la penitencia, por eso Dios da una gracia especial al sacerdote para guardar el secreto de la confesión.

También ha sido considerado Patrono de la buena fama, porque prefirió el martirio a permitir que la buena fama de una penitente fuera destrozada.


Su epitafio, en la catedral de San Vito, de Praga, dice así: "Yace aquí Juan Nepomuceno, confesor de la Reina, ilustre por sus milagros, quien, por haber guardado el sigilo sacramental fue cruelmente martirizado y arrojado desde el puente de Praga al río Moldava, por orden de Wenceslao IV, el año 1393". Su lengua se conserva incorrupta.

En 1725 (más de 300 años después de su muerte) una comisión de sacerdotes, médicos y especialistas examinó la lengua del mártir que estaba incorrupta, aunque seca y gris. Y de pronto, en presencia de todos, empezó a esponjarse y apareció de color de carne fresca, como si se tratara de la lengua de una persona viva. Todos se pusieron de rodillas y este milagro, presenciado por tantas personas y tan importantes, fue el cuarto milagro para declararlo santo. Fue canonizado por Benedicto XIII en el año 1729.

En Praga, en el puente desde el cual fue echado al río, se conserva una imagen de este gran santo, y muchas personas, al pasar por allí le rezan devotamente.

SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO, PATRONO
DE LOS CONFESORES Y MORALISTAS



CIUDAD DEL VATICANO, 30 marzo 2011.- En la audiencia general de este miércoles, celebrada en la Plaza de San Pedro, el Papa habló sobre san Alfonso María de Ligorio, obispo, doctor de la Iglesia, "insigne teólogo moralista y maestro de vida espiritual".



 
"Perteneciente a una noble y rica familia napolitana, san Alfonso -dijo- nació en 1696", ejerció brillantemente la profesión de abogado, que abandonó para ordenarse sacerdote en 1726.

El Santo Padre explicó que el santo "inició en los ambientes más humildes de la sociedad napolitana una labor de evangelización y de catequesis, a los que le gustaba predicar, instruyendo sobre las verdades fundamentales de la fe".

En 1732 fundó la Congregación religiosa del Santísimo Redentor. Sus miembros "guiados por Alfonso, fueron auténticos misioneros itinerantes, que llegaban incluso a las aldeas más remotas, exhortando a la conversión y a la perseverancia en la vida cristiana, especialmente a través de la oración".

Benedicto XVI recordó que san Alfonso falleció en 1787, fue canonizado en 1839 y en 1871 fue declarado doctor de la Iglesia. Este título responde a muchas razones. En primer lugar, porque propuso una rica enseñanza de teología moral, que expresa adecuadamente la doctrina católica, por lo que fue proclamado por el Papa Pío XII "Patrono de todos los confesores y moralistas".

"San Alfonso -continuó el Papa- no se cansaba de repetir que los sacerdotes son un signo visible de la misericordia  infinita de Dios, que perdona e ilumina la mente y el corazón del pecador para que se convierta y cambie de vida. En nuestra época, donde hay claros signos de pérdida de la conciencia y moral y -hay que admitirlo con preocupación- de una falta de estima por el Sacramento de la Confesión, la enseñanza de San Alfonso sigue siendo muy actual".

El Santo Padre explicó que "junto con las obras de teología, san Alfonso compuso  muchos otros escritos, destinados a la formación religiosa del pueblo", como "Las máximas eternas", "Las glorias de María", "La práctica de amar a Jesucristo", obra -esta última- que representa la síntesis de su pensamiento y su obra maestra".

Tras poner de relieve que el santo napolitano "insiste mucho en la necesidad de la oración", el pontífice señaló que "entre las formas de oración recomendadas por san Alfonso destaca la visita al Santísimo Sacramento o, como diríamos hoy, la adoración breve o prolongada, personal o comunitaria, ante la Eucaristía".

"La espiritualidad alfonsiana es eminentemente cristológica, centrada en Cristo y su Evangelio. La meditación sobre el misterio de la Encarnación y de la Pasión del Señor es con frecuencia objeto de su predicación. (...) La piedad alfonsiana también es exquisitamente mariana. Era muy devoto de María, e ilustra su papel en la historia de la salvación".

Benedicto XVI terminó la catequesis resaltando que "san Alfonso María de Ligorio es un ejemplo de pastor entregado, que conquistó las almas mediante la predicación del Evangelio y la administración de los sacramentos, junto con un modo de actuar basado en una bondad suave, que nacía de una intensa relación con Dios, bondad infinita. Tenía una visión muy optimista de los recursos de bien que el Señor da a cada ser humano y dio importancia a los afectos y sentimientos del corazón, así como la mente, para poder amar a Dios y al prójimo".

VIDEOS ESPECIALES.

El Padre Pedro Nuñez responde una pregunta en relación al tiempo litúrgico de Cuaresma sobre el significado de la confesión, el ayuno y la abstinencia. (CORTESÍA EWTN -YOUTBE)





La Correcta Confesión Contricta y La Salvación - Santo Cura de Ars (CORTESÍA GLORIA TV.


EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís