FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

EL SECRETO ADMIRABLE DEL SANTÍSIMO ROSARIO por San Luis María Grignon de Monfort (Parte 9)


ULTIMA ENTREGA...
EL REZO DEL ROSARIO, POR MARÍA,  ES LA FORMA MÁS DIRECTA
DE CONSAGRAR NUESTRA VIDA ESPIRITUAL A CRISTO.


Métodos devotos de recitar el Santo Rosario y atraer la gracia de los misterios de la vida, pasión y gloria de Jesús y María. 


Primer Método 

Veni, Sancte Spiritus, etc. 


Ofrecimiento del Rosario. 

155) Yo me uno a los santos del cielo y a los justos de la tierra, oh Jesús mío, para alabar dignamente a vuestra Santísima Madre y a Vos en Ella y por Ella. Y renuncio a cuantas distracciones sufra durante este Rosario. 

Os ofrecemos, Señora, el Credo para honrar vuestra fe mientras vivisteis en la tierra y pediros que nos hagáis partícipes de esa misma fe. 

Os ofrecemos el padrenuestro, Señor, para adoraros en vuestra unidad y reconoceros como principio y fin de todas las cosas. 

Os ofrecemos, Trinidad Santísima, tres avemarías, para agradeceros todas las mercedes que habéis hecho a María y las que nos habéis hecho a nosotros por su mediación. 

Un padrenuestro, tres avemarías, gloria. 


Ofrecimiento particular de las decenas. 

Misterios Gozosos. 

156) Primera Decena. Os ofrecemos esta primera decena, Señor nuestro Jesucristo, en honor de vuestra Encarnación. Y os pedimos, por este misterio y por la intercesión de vuestra santa Madre, una profunda humildad de corazón. 

Un padrenuestro, diez avemarías, gloria. 

Gracias del misterio de la Encarnación, descended a mi alma y hacedla verdaderamente humilde. 


Segunda Decena. Os ofrecemos, Señor nuestro Jesucristo, esta segunda decena en honor de la Visitación de vuestra santísima Madre a su prima Santa Isabel. Y os pedimos, por este misterio y por la intercesión de María, una perfecta caridad con nuestro prójimo. 

Un padrenuestro, diez avemarías, gloria. 

Gracias del misterio de la Visitación, descended a mi alma y hacedla verdaderamente caritativa. 


Tercera Decena. Os ofrecemos esta tercera decena, oh Jesús niño, en honor de vuestro santo nacimiento. Y os pedimos, por este misterio y por intercesión de vuestra santa Madre, el desasimiento de los bienes de la tierra y el amor a la pobreza y a los pobres. 

Un padrenuestro, diez avemarías, gloria. 

Gracias del misterio de la Natividad, descended a mi alma y hacedla pobre de espíritu. 


Cuarta Decena. Os ofrecemos, Señor nuestro Jesucristo, esta cuarta decena en honor de vuestra Presentación en el templo por manos de María, y por este misterio y por la intercesión de vuestra santa Madre, os pedimos el don de sabiduría y la pureza de corazón y de cuerpo. 

Un padrenuestro, diez avemarías, gloria. 

Gracias del misterio de la Purificación, descended a mi alma y hacedla verdaderamente sabia y pura. 


Quinta Decena. Os ofrecemos, Señor nuestro Jesucristo, esta quinta decena en honor de haberos recobrado María en medio de los doctores cuando os había perdido. Y os pedimos, por este misterio y por intercesión de Ella, nuestra conversión y la de los herejes, cismáticos e idólatras. 

Un padrenuestro, diez avemarías, gloria. 

Gracias del misterio de Jesús hallado en el templo, descended a mi alma y convertidla. 



Misterios Dolorosos. 

157) Sexta Decena. Os ofrecemos, Señor nuestro Jesucristo, esta sexta decena en honor de vuestra Agonía mortal en el Huerto de los Olivos. Y os pedimos, por este misterio y por la intercesión de vuestra santa Madre, una perfecta contrición de nuestros pecados y entera conformidad a vuestra santa voluntad. 

Un padrenuestro, diez avemarías, gloria. 

Gracias de la Agonía de Jesús, descended a mi alma y hacedla verdaderamente contrita y conforme con la voluntad de Dios. 


Séptima Decena. Os ofrecemos, Señor nuestro Jesucristo, esta séptima decena en honor de vuestra santa Flagelación. Y os pedimos, por este misterio y por la intercesión de vuestra santísima Madre, perfecta mortificación de nuestros sentidos. 

Un padrenuestro, diez avemarías, gloria. 

Gracias de la Flagelación de Jesús, descended a mi alma y hacedla verdaderamente mortificada. 


Octava Decena. Os ofrecemos, Señor nuestro Jesucristo, esta octava decena en honor de vuestra dolorosa Coronación de espinas. Y os pedimos, por este misterio y por la intercesión de vuestra santa Madre, un gran desprecio del mundo. 

Un padrenuestro, diez avemarías, gloria. 

Gracias del misterio de la Coronación de espinas de Jesús, descended a mi alma y hacedla verdaderamente opuesta al mundo. 


Novena Decena. Os ofrecemos, Señor nuestro Jesucristo, esta novena decena en honor de vuestra Cruz a cuestas. Y os pedimos, por este misterio y por la intercesión de vuestra santísima Madre, paciencia para llevar la cruz detrás de Vos todos los días de nuestra vida. 

Un padrenuestro, diez avemarías, gloria. 

Gracias del misterio de la Cruz a cuestas, descended a mi alma y hacedla verdaderamente paciente. 


Décima Decina. Os ofrecemos, Señor nuestro Jesucristo, esta décima decena, en honor de vuestra Crucifixión en el Calvario. Y os pedimos, por este misterio y por la intercesión de vuestra santísima Madre, gran horror al pecado, amor a la Cruz y buena muerte para nosotros y para cuantos están ahora en la agonía. 

Un padrenuestro, diez avemarías, gloria. 

Gracias del misterio de la pasión y muerte de Jesucristo, descended a mi alma y hacedla verdaderamente santa. 



Misterios Gloriosos. 

158) Undécima Decena. Os ofrecemos, Señor nuestro Jesucristo, esta undécima decena en honor de vuestra triunfante Resurrección. Y os pedimos, por este misterio y por intercesión de vuestra santísima Madre, una fe viva. 

Un padrenuestro, diez avemarías, gloria. 

Gracias de la Resurrección, descended a mi alma y hacedla verdaderamente fiel. 


Duodécima Decena. Os ofrecemos, Señor nuestro Jesucristo, esta duodécima decena en honor de vuestra gloriosa Ascensión. Y os pedimos, por este misterio y por la intercesión de vuestra santísima Madre, una firme esperanza y un gran deseo del cielo. 

Un padrenuestro, diez avemarías, gloria. 

Gracias del misterio de la Ascensión de Jesucristo, descended a mi alma y hacedla verdaderamente celeste. 


Decimotercera Decena. Os ofrecemos, Espíritu Santo, esta decimotercera decena, en honor del misterio de Pentecostés. Y os pedimos, por este misterio y por intercesión de María, vuestra fiel esposa, la divina sabiduría para conocer, gustar y practicar la verdad y hacer partícipe de ella a todo el género humano. 

Un padrenuestro, diez avemarías, gloria. 

Gracias de Pentecostés, descended a mi alma y hacedla verdaderamente sabia según Dios. 


Decimocuarta Decena. Os ofrecemos, Señor nuestro Jesucristo, esta decimocuarta decena en honor de la Inmaculada Concepción y de la Asunción de vuestra santísima Madre, en cuerpo y alma a los cielos. Y os pedimos, por estos misterios y por su intercesión, una verdadera devoción a Ella, para bien vivir y morir. 

Un padrenuestro, diez avemarías, gloria. 

Gracias de la Inmaculada Concepción y de la Asunción de María, descended a mi alma y hacedla verdaderamente devota de María. 


Decimoquinta Decena. Os ofrecemos, Señor nuestro Jesucristo, esta decimoquinta y última decena en honor de la Coronación de vuestra santísima Madre en los cielos. Y os pedimos por este misterio y por la intercesión suya, el progreso y la perseverancia en la virtud hasta la muerte y la corona eterna que nos está preparada. Os pedimos la misma gracia para todos nuestros bienhechores. 

Un padrenuestro, diez avemarías, gloria. 


159) Os pedimos, oh buen Jesús, por los quince misterios de vuestra vida, pasión, muerte y gloria y los méritos de vuestra santísima Madre, que convirtáis a los pecadores, auxiliéis a los agonizantes, libertéis a las almas del purgatorio y nos deis a todos vuestra gracia para bien vivir y morir y vuestra gloria para veros cara a cara y amaros durante la eternidad. Amén. 


Segundo y más breve método para celebrar la vida, muerte y gloria  de Jesús y María rezando el Santo Rosario  y para disminuir las distracciones de la imaginación. 

160) A cada avemaría de cada diez, hay que añadir una palabrita que nos traiga a la memoria el misterio que se celebra en la decena; añadir esta palabra a la mitad del avemaría, después del nombre de "Jesús". 

1a Decena Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús encarnado. 

2a Decena Jesús santificador. 

3a Decena Jesús pobre niño. 

4a Decena Jesús sacrificado. 

5a Decena Jesús santo de los santos. 

6a Decena Jesús agonizante. 

7a Decena Jesús azotado. 

8a Decena Jesús coronado de espinas. 

9a Decena Jesús cargado con la cruz. 

10a Decena Jesús crucificado. 

11a Decena Jesús resucitado. 

12a Decena Jesús que sube a los cielos. 

13a Decena Jesús que te llena del Espíritu Santo. 

14a Decena Jesús que te resucita. 

15a Decena Jesús que te corona. 

Al fin de la primera corona, se dice: Gracias de los misterios gozosos, descended a nuestras almas y volvedlas verdaderamente santas. 

Al fin de la segunda: Gracias de los misterios dolorosos, descended a nuestras almas y hacedlas verdaderamente pacientes. 

Al fin de la tercera: Gracias de los misterios gloriosos, descended a nuestras almas y hacedlas eternamente bienaventuradas. 


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Meditar con María los misterios de la vida de su Hijo.

La espiritualidad cristiana tiene como característica el deber del discípulo de configurarse cada vez más plenamente con su Maestro (cf. Rm 8, 29; Flp 3, 10. 21). La efusión del Espíritu en el Bautismo une al creyente como el sarmiento a la vid, que es Cristo (cf. Jn 15, 5), lo hace miembro de su Cuerpo místico (cf. 1 Co 12, 12; Rm 12, 5). A esta unidad inicial, sin embargo, ha de corresponder un camino de adhesión creciente a Él, que oriente cada vez más el comportamiento del discípulo según la 'lógica' de Cristo: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 2, 5). Hace falta, según las palabras del Apóstol, «revestirse de Cristo» (cf. Rm 13, 14; Ga 3, 27).

En el recorrido espiritual del Rosario, basado en la contemplación incesante del rostro de Cristo, en compañía de María, este exigente ideal de configuración con Él se consigue a través de una asiduidad que pudiéramos decir 'amistosa'. Ésta nos introduce de modo natural en la vida de Cristo y nos hace como 'respirar' sus sentimientos. Acerca de esto dice el Beato Bartolomé Longo: «Como dos amigos, frecuentándose, suelen parecerse también en las costumbres, así nosotros, conversando familiarmente con Jesús y la Virgen, al meditar los Misterios del Rosario, y formando juntos una misma vida de comunión, podemos llegar a ser, en la medida de nuestra pequeñez, parecidos a ellos, y aprender de estos eminentes ejemplos el vivir humilde, pobre, escondido, paciente y perfecto». (I Quindici Sabati del Santissimo Rosario,27 ed., Pompeya 1916, p. 27.)

Además, mediante este proceso de configuración con Cristo, en el Rosario nos encomendamos en particular a la acción materna de la Virgen Santa. Ella, que es la madre de Cristo y a la vez miembro de la Iglesia como «miembro supereminente y completamente singular», (Lumen Gentium, 53) es al mismo tiempo 'Madre de la Iglesia'. Como tal 'engendra' continuamente hijos para el Cuerpo místico del Hijo. Lo hace mediante su intercesión, implorando para ellos la efusión inagotable del Espíritu. Ella es el icono perfecto de la maternidad de la Iglesia.

El Rosario nos transporta místicamente junto a María, dedicada a seguir el crecimiento humano de Cristo en la casa de Nazaret. Eso le permite educarnos y modelarnos con la misma diligencia, hasta que Cristo «sea formado» plenamente en nosotros (cf. Ga 4, 19). Esta acción de María, basada totalmente en la de Cristo y subordinada radicalmente a ella,«favorece, y de ninguna manera impide, la unión inmediata de los creyentes con Cristo». (Lumen Gentium, 60) Es el principio iluminador expresado por el Concilio Vaticano II, que tan intensamente he experimentado en mi vida, haciendo de él la base de mi lema episcopal:Totus tuus. Un lema, como es sabido, inspirado en la doctrina de San Luis María Grignion de Montfort, que explicó así el papel de María en el proceso de configuración de cada uno de nosotros con Cristo: «Como quiera que toda nuestra perfección consiste en el ser conformes, unidos y consagrados a Jesucristo, la más perfecta de la devociones es, sin duda alguna, la que nos conforma, nos une y nos consagra lo más perfectamente posible a Jesucristo. Ahora bien, siendo María, de todas las criaturas, la más conforme a Jesucristo, se sigue que, de todas las devociones, la que más consagra y conforma un alma a Jesucristo es la devoción a María, su Santísima Madre, y que cuanto más consagrada esté un alma a la Santísima Virgen, tanto más lo estará a Jesucristo». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, 120). De verdad, en el Rosario el camino de Cristo y el de María se encuentran profundamente unidos. ¡María no vive más que en Cristo y en función de Cristo! (JUAN PABLO II .ROSARIUM VIRGINIS MARIAE, 15).





Notas (Utilizadas en las nueve entregas de este documento)

(1) Si 15,9.  (2) Mc 7,6.  (3) Jer 48,10.  (4) Lc 16,10.  (5) 7a Rosa.  (6) Mt 18,20.  (7) Lc 18,1.  (8) Jn 13,15.  (9) Lc 6,12.  (10) Mt 26,41.  (11) Mt 19,8.  (12) 1 Re 10,8; Sal 84,5.  (13) Mc 11,24.  (14) Mt 8,13.  (15) Sant 1,5-6.  (16) Lc 18,13.  (17) Pange lingua.  (18) Lc 22,43.  (19) Is 55,1.  (20) Jer 2,13.  (21) Jn 16,24; Mt 7,7.  (22) Job 13,15.  (23) Sab 7,14.  (24) 1 Re 19,7.  (25) Ap 3,11.  (26) Gál 5,7.  (27) Gál 5,7.  (28) Mt 11,12.  (29) Si 2,1.  (30) He 17,18; Sab 2,12.  (31) Ap 2,10. 


(2) Lam 1,12.  (3) Lam 3,19.  (4) Mt 25,12. (5) Mt 6,9. (6) Flp 3,8. (7) 1 Re 10,8. (8) Jn 17,3. (9) Ef 6,12. (10) Ef 6,11. 



(1) Heb 11,6.  (2) Pange lingua.  (3) Éx 3,14.  4) Sal 144,9.  (5) Prov 8,17,21.  (6) 2 Cor 9,6.  (7) Lc 6,38.  (8) Si 3,5. 

(1) Antoine Boissieu, S.J., Le Chrétien prédestiné par la dévotion à la Sainte Vierge.  (2) Rom 16,6.  (1) Sab 2,8.  (2) 1 Pe 5,4.  (1) He 1,1.  (4) Si 19,1.  (6) Si 24,31.  (7) 1 Cor 13,7.

MAGISTERIO DE LOS SUMOS PONTÍFICES SOBRE EL CELIBATO (PARTE 16)

7. S.S. JUAN PABLO II.


Cuarta entrega.

S.S. Juan Pablo II :: Catequesis sobre la virginidad cristiana

Parte 2. 


EL CELIBATO, DON DE DIOS
(5-V-1982)

1. Al responder a las preguntas de los fariseos sobre el matrimonio y su indisolubilidad, Cristo se refirió al «principio», es decir, a su institución originaria por parte del Creador. Puesto que sus interlocutores se remitieron a la ley de Moisés, que preveía la posibilidad del llamado «libelo de repudio», Él contestó: «Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no fue así» (Mt 19, 8).

Después de la conversación con los fariseos, los discípulos de Cristo se dirigieron a Él con las siguientes palabras: «Si tal es la condición del hombre con la mujer, preferible es no casarse. Él les contestó: No todos entienden esto, sino aquellos a quienes ha sido dado. Porque hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre, y hay eunucos que fueron hechos por los hombres, y hay eunucos que a sí mismos se han hecho tales por amor del reino de los cielos. El que pueda entender, que entienda» (Mt19, 10-12).

2. Las palabras de Cristo aluden, sin duda, a una consciente y voluntaria renuncia al matrimonio. Esta renuncia sólo es posible si supone una conciencia auténtica del valor que constituye la disposición nupcial de la masculinidad y feminidad en el matrimonio. Para que el hombre pueda ser plenamente consciente de lo que elige (la continencia por el reino), debe ser también plenamente consciente de aquello a lo que renuncia(aquí se trata precisamente de la conciencia del valor en sentido «ideal»; no obstante, esta conciencia es totalmente «realista»). Cristo, de este modo, exige ciertamente una opción madura. Lo comprueba, sin duda alguna, la forma en que se expresa la llamada a la continencia por el reino de los cielos.

3. Pero no basta una renuncia plenamente consciente a dicho valor. A la luz de las palabras de Cristo, como también a la luz de toda la auténtica tradición cristiana, es posible deducir que esta renuncia es a la vez una particular forma de afirmación de ese valor, en virtud del cual la persona no casada se abstiene coherentemente, siguiendo el consejo evangélico. Esto puede parecer una paradoja. Sin embargo, es sabido que la paradoja acompaña a numerosos enunciados del Evangelio, y frecuentemente a los más elocuentes y profundos. Al aceptar este significado de la llamada a la continencia «por el reino de los cielos», sacamos una conclusión correcta, sosteniendo que la realización de esta llamada sirve también -y de modo particular- para la confirmación del significado nupcial del cuerpo humano en su masculinidad y feminidad. La renuncia al matrimonio por el reino de Dios pone de relieve, al mismo tiempo, ese significado en toda su verdad interior y en toda su belleza personal. Se puede decir que esta renuncia, por parte de cada una de las personas, hombres y mujeres, es, en cierto sentido, indispensable, a fin de que el mismo significado nupcial del cuerpo sea más fácilmente reconocido en todo el ethos de la vida humana y sobre todo el ethos de la vida conyugal v familiar.

4. Así, pues, aunque la continencia «por el reino de los cielos» (la virginidad, el celibato) oriente la vida de las personas que la eligen libremente al margen del camino común de la vida conyugal y familiar, sin embargo, no queda sin significado para esta vida: por su estilo, su valor y su autenticidad evangélica. No olvidemos que la única clave para comprender la sacramentalidad del matrimonio es el amor nupcial de Cristo hacia la Iglesia (cfr Ef 5, 22-23): de Cristo, Hijo de la Virgen, el cual era Él mismo virgen, esto es, «eunuco por el reino de los cielos», en el sentido más perfecto del término. Nos convendrá volver sobre este tema más tarde.

5. Al final de estas reflexiones queda todavía un problema concreto: ¿De qué modo en el hombre, a quien «le ha sido concedida» la llamada a la continencia por el reino, se forma esta llamada basándose en la conciencia del significado nupcial del cuerpo en su masculinidad y feminidad, y, más aún, como fruto de esta conciencia? ¿De qué modo se forma o, mejor, se «transforma»? Esta pregunta es igualmente importante, tanto desde el punto de vista de la teología del cuerpo, como desde el punto de vista del desarrollo de la personalidad humana, que es de carácter personalista y carismático a la vez. Si quisiéramos responder a esta pregunta de modo exhaustivo -en la dimensión de todos los aspectos y de todos los problemas concretos que encierra- habría que hacer un estudio expreso sobre la relación entre el matrimonio y la virginidad y entre el matrimonio y el celibato. Pero esto excedería los límites de las presentes consideraciones.

6. Permaneciendo en el ámbito de las palabras de Cristo según Mateo (19, 11-12), es preciso concluir nuestras reflexiones, afirmando lo siguiente. Primero: si la continencia «por el reino de los cielos» significa indudablemente una renuncia, esta renuncia es al mismo tiempo una afirmación: la que se deriva del descubrimiento del «don», esto es, el descubrimiento, a la vez, de una perspectiva de la realización personal de sí mismo «a través de un don sincero de sí» (Gaudium et spes, 24); este descubrimiento está, pues, en una profunda armonía interior con el sentido del significado nupcial del cuerpo, vinculado «desde el principio» a la masculinidad o feminidad del hombre como sujeto personal. Segundo: aunque la continencia «por el reino de los cielos» se identifique con la renuncia al matrimonio -el cual en la vida de un hombre y una mujer da origen a la familia-, no se puede en modo alguno ver en ella una negación del valor esencial del matrimonio; más bien, por el contrario, la continencia sirve indirectamentepara poner de relieve lo que en la vocación conyugal es perenne y más profundamente personal, lo que en las dimensiones de la temporalidad (y a la vez en la perspectiva del «otro mundo») corresponde a la dignidad de la entrega personal, vinculada al significado nupcial del cuerpo en su masculinidad y feminidad.

7. De este modo, la llamada de Cristo a la continencia «por el reino de los cielos», justamente asociada a la evocación de la resurrección futura (cfr Mt 21, 24-30; Mc 12, 18-27; Lc 20, 27-40), tiene un significado capital no sólo para el ethos y la espiritualidad cristiana, sino también para la antropología y para toda la teología del cuerpo, que descubrimos en sus bases. Recordemos que Cristo, al referirse a la resurrección del cuerpo en el «otro mundo», dijo, según la versión de los tres Evangelios sinópticos: «Cuando resuciten de entre los muertos, ni tomarán mujer ni marido...» (Mc 12, 25). Estas palabras, que ya hemos analizado antes, forman parte del conjunto de nuestras consideraciones sobre la teología del cuerpo y contribuyen a su elaboración.


LA INTERPRETACIÓN PAULINA
(23-VI-1982)

1. Después de haber analizado las palabras de Cristo, referidas en el Evangelio según Mateo (Mt 19, 10-12), conviene pasar a la interpretación paulina del tema: virginidad y matrimonio.

El enunciado de Cristo sobre la continencia por el reino de los cielos es conciso y fundamental. En la enseñanza de Pablo, como nos convenceremos dentro de poco, podemos individuar un relato paralelo de las palabras del maestro; sin embargo, el significado de su enunciación (1 Cor 7) en su conjunto debe ser valorado de modo diverso. La grandeza de la enseñanza de Pablo consiste en el hecho de que él, al presentar la verdad proclamada por Cristo en toda su autenticidad e identidad, le da un timbre propio, en cierto sentido su propia interpretación «personal», pero que brota sobre todo de las experiencias de su actividad apostólico-misionera, y tal vez incluso de la necesidad de responder a las preguntas concretas de los hombres, a los cuales iba dirigida dicha actividad. Y así encontramos en Pablo la cuestión de la relación recíproca entre el matrimonio y el celibato o la virginidad, como tema que atormentaba los espíritus de la primera generación de los confesores de Cristo, la generación de los discípulos de los Apóstoles, de las primeras comunidades cristianas. Esto ocurría en los convertidos del helenismo, por lo tanto del paganismo, más que en los convertidos del judaísmo; y esto puede explicar el hecho de que el tema se halle precisamente en una carta dirigida a la comunidad de Corinto, en la primera.

2. El tono de todo el enunciado es sin duda magisterial; sin embargo, tanto el tono como el lenguaje es también pastoral. Pablo enseña la doctrina transmitida por el Maestro a los Apóstoles y, al mismo tiempo, entabla como un continuo coloquio con los destinatarios de su Carta sobre este tema. Habla como un clásico maestro de moral, afrontando y resolviendo problemas de conciencia; por eso, a los moralistas les gusta dirigirse con preferencia a las aclaraciones y a las deliberaciones de esta primera Carta a los Corintios (capítulo 7). Hay que recordar, no obstante, que la base última de tales deliberaciones debe buscarse en la vida y en la enseñanza de Cristo mismo.

3. El Apóstol subraya, con gran claridad, que la virginidad, o sea, la continencia voluntaria, deriva exclusivamente de un consejo y no de un mandamiento: «Acerca de las vírgenes no tengo precepto del Señor; pero puedo daros consejo». Pablo da este consejo «como quien ha obtenido del Señor la gracia de ser fiel» (1 Cor 7, 25). Como se ve por las palabras citadas, el Apóstol distingue, lo mismo que el Evangelio (cfr Mt19, 11-12), entre consejo y mandamiento. Él, sobre la base de la regla «doctrinal» de la comprensión de la enseñanza proclamada, quiere aconsejar, desea dar consejos personales a los hombres que se dirigen a él. Así, pues, en la primera Carta a los Corintios (cap. 7), el «consejo» tiene claramente dos significados diversos. El autor afirma que la virginidad es un consejo y no un mandamiento, y da consejos al mismo tiempo tanto a las personas casadas como a quienes han de tomar una decisión al respecto y, en fin, a los que se hallan en estado de viudez. La problemática es sustancialmente igual a la que encontramos en el enunciado de Cristo transmitido por San Mateo (19, 2-12), primero sobre el matrimonio y su indisolubilidad, y luego sobre la continencia voluntaria por el reino de los cielos. Sin embargo, el estilo de esta problemática es completamente suyo: es de Pablo.

4. «Si alguno estima indecoroso para su hija doncella dejar pasar la flor de la edad y que debe casarla, haga lo que quiera; no peca, que la case. Pero el que, firme en su corazón, no necesitado sino libre y de voluntad, determina guardar virgen a su hija, hace mejor. Quien, pues, casa a su hija doncella hace bien, y quien no la casa hace mejor» (1 Cor 7, 36-38).

5. La persona que le había pedido consejo pudo ser un joven que se encontraba ante la decisión de casarse, o quizá un recién casado que, ante corrientes ascéticas existentes en Corinto, reflexionaba sobre la línea a seguir en su matrimonio; pudo ser también un padre o el tutor de una muchacha que le había planteado el problema del matrimonio de ésta. En este caso, se trataría directamente de la decisión que deriva de sus derechos tutelares. Pues Pablo escribe en unos tiempos en que decisiones de esta índole pertenecían más a los padres o tutores que a los mismos jóvenes. Por tanto, al responder a la pregunta planteada de este modo, Pablo trata de explicar con suma precisión que la decisión sobre la continencia, o sea, sobre la vida en virginidad, debe ser voluntaria y que sólo una continencia así es mejor que el matrimonio. Las expresiones «hace bien» y «hace mejor» son completamente unívocas en este contexto.

6. Ahora bien, el Apóstol enseña que la virginidad, es decir, la continencia voluntaria, el que una joven se abstenga del matrimonio, deriva exclusivamente de un consejo y es «mejor» que el matrimonio si se dan las oportunas condiciones. En cambio, con ello no tiene que ver en modo alguno la cuestión del pecado: «¿Estás ligado a mujer? No busques la separación. ¿Estás libre de mujer? No busques mujer. Si te casares, no pecas; y si la doncella se casa, no peca» (1 Cor 7, 27-28). A base sólo de estas palabras, no podemos ciertamente formular juicio alguno sobre lo que pensaba y enseñaba el Apóstol acerca del matrimonio. Este tema quedará explicado en parte en el contexto de la Carta a los Corintios (cap. 7) y con más plenitud en la Carta a los Efesios (5, 21-33). En nuestro caso, se trata probablemente de la respuesta a la pregunta sobre si el matrimonio es pecado; y podría pensarse incluso que esta pregunta refleje el influjo de corrientes dualistas pregnósticas que se transformaron más tarde en encratismo y maniqueísmo. Pablo responde que de ninguna manera entra en juego aquí la cuestión del pecado. No se trata del discernimiento entre «bien» y «mal», sino solamente entre «bien» y «mejor». A continuación pasa a motivar por qué quien elige el matrimonio «hace bien» y quien elige la virginidad, o sea, la continencia voluntaria, «hace mejor».

De la argumentación paulina nos ocuparemos en nuestra próxima reflexión.


CELIBATO APOSTÓLICO EN LA PRIMERA CARTA A LOS CORINTIO
(30-VI-1982)

1. San Pablo, explicando en el capitulo séptimo de su primera Carta a los Corintios la cuestión del matrimonio y la virginidad (es decir, la continencia por el reino de Dios),trata de motivar la causa por la que quien elige el matrimonio hace «bien» y quien decide, en cambio, una vida de continencia, o sea la virginidad, hace «mejor». Así escribe: «Dígoos, pues, hermanos que el tiempo es corto. Sólo queda que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran...»; y también «los que compran, como si no poseyesen, y los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen, porque pasa la apariencia de este mundo. Yo os querría libres de cuidados...» (1 Cor 7, 29, 30-32).

2. Las últimas palabras del texto citado demuestran que en la argumentación Pablo se refiere a su propia experiencia, y de este modo la argumentación se hace más personal. No sólo formula el principio y trata de motivarlo en cuanto tal, sino que lo enlaza con reflexiones y convicciones personales nacidas de la práctica del consejo evangélico del celibato. Cada una de las expresiones y alocuciones son prueba de su fuerza de persuasión. El Apóstol no sólo escribe a sus corintios: «Quisiera que todos los hombres fuesen como yo» (1 Cor 7, 7), sino que va más adelante y, refiriéndose a los hombres que contraen matrimonio, escribe: «Pero tendréis así que estar sometidos a la tributación de la carne, que quisiera yo ahorraros» (1 Cor 7, 28). Por lo demás, esta convicción personal la había expresado ya en las primeras palabras del capítulo séptimo de dicha Carta, refiriendo, si bien para modificarla, esta opinión de los corintios: «Comenzando a tratar de lo que me habéis escrito, bueno es al hombre no tocar mujer...» (1 Cor 7, 1).

3. Nos podemos preguntar: ¿Qué tribulaciones de la carne tenía Pablo en el pensamiento? Cristo hablaba sólo de los sufrimientos (o «aflicciones») que padece la mujer cuando ha de dar «a luz al hijo», subrayando a la vez la alegría (cfr Jn 16, 21) con que se regocija en compensación de estos sufrimientos, después del nacimiento del hijo: la alegría de la maternidad. En cambio, Pablo escribe sobre las «tribulaciones del cuerpo» que esperan a los casados. ¿Acaso será ésta la expresión de una aversión personal del Apóstol hacia el matrimonio? En esta observación realista hay que ver una advertencia justificada a quienes -como a veces los jóvenes- piensan que la unión y convivencia conyugal han de proporcionarles sólo felicidad y gozo. La experiencia de la vida demuestra que no rara vez los cónyuges quedan desilusionados respecto de lo que principalmente se esperaban. El gozo de la unión lleva consigo también las «tribulaciones de la carne», sobre las que escribe el Apóstol en la Carta a los Corintios. Con frecuencia son «tribulaciones» de naturaleza moral. Si él quiere decir con esto que el verdadero amor conyugal -aquel precisamente por el que «el hombre... se adherirá a su mujer y vendrán a ser los dos una sola carne» (Gen 2, 24)- es al mismo tiempo un amor difícil, ciertamente se mantiene dentro del terreno de la verdad evangélica y no hay razón alguna para descubrir aquí síntomas de la actitud que caracterizaría más tarde al maniqueísmo.

4. Cristo, en sus palabras sobre la continencia por el reino de Dios, de ningún modo se propone encauzar a los oyentes hacia el celibato o la virginidad cuando les señala las «tribulaciones» del matrimonio. Más bien se advierte que procura poner de relieve algunos aspectos humanamente penosos de la opción por la continencia: tanto razones sociales como razones de naturaleza subjetiva inducen a Cristo a decir que se hace «eunuco» el hombre que toma tal decisión, es decir, el hombre que abraza voluntariamente la continencia. Pero precisamente gracias a esto resalta con suma claridad todo el significado subjetivo, la grandeza y excepcionalidad de una taldecisión: el significado de una respuesta madura a un don especial del Espíritu.

5. No entiende de otro modo el consejo de la continencia San Pablo en la Carta a los Corintios, pero lo expresa de modo diferente. Escribe así: «Dígoos, pues, hermanos, que el tiempo es corto...» (1 Cor 7, 29), y un poco más adelante: «Pasa la apariencia de este mundo... » (7, 31). Esta constatación sobre la caducidad de la existencia humana y el carácter transitorio del mundo temporal y, en cierto sentido, del carácter accidental de cuanto ha sito creado, deben llevar a que «los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran» (1 Cor 7, 29; cfr 7, 31), y a preparar el terreno al mismo tiempo a la enseñanza sobre la continencia. Pues en el centro de su razonamiento pone Pablo la frase-clave que puede relacionarse con lo enunciado por Cristo, que es único en su género, sobre el tema de la continencia por el reino de Dios (cfr Mt 19, 12).

6. Mientras Cristo pone de relieve la magnitud de la renuncia inseparable de tal decisión, Pablo muestra sobre todo cómo hay que entender el «reino de Dios» en la vida de un hombre que ha renunciado al matrimonio por el reino. Y mientras el triple paralelismo de lo enunciado por Cristo alcanza su punto culminante en el verbo que indica la grandeza de la renuncia asumida voluntariamente («hay eunucos que a sí mismos se han hecho tales por amor del reino de los cielos», Mt 19, 12), Pablo define la situación con una sola palabra: «no casado» (ágamos); en cambio, más adelante incluye todo el contenido de la expresión «reino de los cielos» en una síntesis espléndida cuando dice: «El célibe se cuida de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor» (1 Cor 7, 32).

Cada palabra de este párrafo merece un análisis especial.

7. En el Evangelio de Lucas, discípulo de Pablo, el contexto del verbo «preocuparse de» o «buscar» indica que de verdad es menester buscar sólo el reino de Dios (cfr Lc12, 31), lo que constituye la «parte mejor», el unum necessarium (cfr Lc 10, 41). Y el mismo Pablo habla directamente de su «preocupación por todas las Iglesias» (2 Cor11, 28), de la búsqueda de Cristo mediante la solicitud por los problemas de los hermanos, por los miembros del Cuerpo de Cristo (cfr Flp 2, 20-21; 1 Cor 12, 25). De este contexto emerge todo el amplio campo de la «preocupación» a la que el hombre no casado puede dedicar enteramente su pensamiento, fatigas y corazón. Ya que el hombre puede «preocuparse» sólo de aquello que lleva en el corazón.

8. En la enunciación de Pablo, quien no está casado se preocupa de las cosas del Señor (tà toú kyrìou). Con esta expresión concisa Pablo abarca la realidad objetiva completa del reino de Dios. «Del Señor es la tierra y cuanto la llena», dirá él mismo un poco más adelante en esta Carta (1 Cor 10, 26; cfr Sal 23 [24], 1). ¡El objeto del interés del cristiano es el mundo entero! Pero Pablo con el nombre «Señor» califica en primer lugar a Jesucristo (cfr, por ejemplo, Flp 2, 11) y, por tanto, «cosas del Señor» quiere decir ante todo el reino de Cristo, su Cuerpo que es la Iglesia (cfr Col 1,18) y cuanto contribuye al crecimiento de ésta. De todo ello se preocupa el hombre no casado y, por ello, siendo Pablo «Apóstol de Jesucristo» (1 Cor 1, 1) y ministro del Evangelio (1 Cor 1, 23), escribe a los corintios: «Quisiera yo que todos los hombres fueran como yo» (1 Cor 7, 7).

9. Sin embargo, el celo apostólico y la actividad más eficaz, tampoco agotan el contenido de la motivación paulina de la continencia. Incluso podría decirse que su raíz y fuente se encuentran en la segunda parte del párrafo que muestra la realidad subjetiva del reino de Dios. «El que no está casado se preocupa... de cómo agradar al Señor». Esta constatación abarca todo el campo de la relación personal del hombre con Dios. «Agradar a Dios» -esta expresión se encuentra en libros antiguos de la Biblia (cfr, por ejemplo, Dt 13, 19)- es sinónimo de vida en gracia de Dios y expresa la actitud de quien busca a Dios, o sea, de quien se comporta según su voluntad para serle agradable. En uno de los últimos libros de la Sagrada Escritura, esta expresión llega a ser una síntesis teológica de la santidad. San Juan sólo una vez la aplica a Cristo: «Yo hago siempre lo que es de su agrado (del Padre)» (Jn 8, 29). San Pablo hace notar en la Carta a los Romanos que Cristo «no buscó agradarse a sí mismo» (Rom 15, 3).

En estas dos constataciones está encerrado todo el contenido de «agradar a Dios», entendido en el Nuevo Testamento como seguir las huellas de Cristo.

10. Podria parecer que se sobreponen las dos partes de la expresión paulina pues, en efecto, preocuparse de lo «que toca al Señor», de las «cosas del Señor», debe «agradar al Señor». Por otra parte, quien complace a Dios no puede encerrarse en sí mismo, sino abrirse al mundo, a cuanto hay que llevar de nuevo a Cristo. Evidentemente éstos son dos aspectos de la misma realidad de Dios y de su reino. Pero Pablo tenía que distinguirlos para hacer ver más clara la naturaleza y posibilidad de la continencia «por el reino de los cielos».


PARA «AGRADAR A DIOS
(7-VII-1982)

1. En el encuentro del miércoles pasado tratamos de ahondar en la argumentación que emplea San Pablo en la primera Carta a los Corintios para convencer a sus destinatarios de que quien elige el matrimonio hace «bien», y el que elige la virginidad (es decir, la continencia según el espíritu del consejo evangélico) hace «mejor» (1 Cor7, 38). Prosiguiendo hoy esta meditación, recordemos que según San Pablo «el célibe se cuida... de cómo agradar al Señor» (1 Cor 7, 32).

«Agradar al Señor» tiene por trasfondo el amor. Este trasfondo se ve claro a través de una ulterior confrontación; quien no está casado se cuida de agradar a Dios, mientras que el hombre casado debe procurar también contentar a la mujer. En cierto sentido aparece aquí el carácter nupcial de la «continencia por el reino de Dios». El hombre procura agradar siempre a la persona amada. El «agradar a Dios» no carece por tanto de este carácter que distingue la relación interpersonal entre los esposos. Por una parte, es un esfuerzo del hombre que tiende a Dios y procura complacerle, o sea, expresar prácticamente el amor; por otra, a esta aspiración corresponde el agrado de Dios, que acoge los esfuerzos del hombre y corona su obra dándole una gracia nueva: de hecho desde el principio esta aspiración ha sido don de Dios. «Cuidarse de agradar a Dios» es, pues, una aportación del hombre al diálogo continuo de salvación entablado por Dios. Evidentemente todo cristiano que vive de fe toma parte en este diálogo.

2. Pero Pablo observa que el hombre ligado con vínculo matrimonial «está dividido» (1 Cor 7, 34) a causa de sus deberes familiares (cfr 1 Cor 7, 34). Por consiguiente, de esta constatación parece desprenderse que la persona no casada debería caracterizarse por una integración interior, una unificación, que le permitiría dedicarse enteramente al servicio del reino de Dios en todas sus dimensiones. Esta actitud presupone la abstención del matrimonio, exclusivamente «por el reino de Dios», y una vida dedicada sólo a este fin. En caso contrario también puede entrar furtivamente «la división» en la vida de una persona no casada, que al verse privada de la vida matrimonial por una parte y, por otra, de una meta clara por la que renunciar a ésta, podría encontrarse ante un cierto vacío.

3. El Apóstol parece conocer bien todo esto, y se apresura a puntualizar que no quiere «tender un lazo» a quien aconseja no casarse, sino que lo hace para encaminarlo a lo que es digno y lo mantiene unido al Señor sin distracciones (cfr 1 Cor 7, 35). Estas palabras traen a la memoria lo que dijo Cristo a los Apóstoles en la última Cena, según el Evangelio de Lucas: «Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas (literalmente «en las tentaciones»); y yo dispongo del reino en favor vuestro, como mi Padre ha dispuesto de él en favor mío» (Lc 22, 28-29). El no casado, «estando unido al Señor», puede tener certeza de que sus dificultades serán comprendidas: «Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, antes fue probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4, 15). Esto permite a la persona no casada englobar sus eventuales problemas personales en la gran corriente de los sufrimientos de Cristo y de su Cuerpo, que es la Iglesia, en vez de sumergirse exclusivamente en ellos.

4. El Apóstol enseña cómo se puede estar unido al Señor; esto se llega a alcanzar aspirando a permanecer con Él de continuo a gozar de su presencia (eupáredron), sin dejarse distraer por las cosas que no son esenciales (aperispástōs) (cfr 1 Cor 7, 35).

Pablo puntualiza este pensamiento con mayor claridad todavía cuando habla de la situación de la mujer casada y de la que ha optado por la virginidad o ya no tiene marido. Mientras la mujer casada debe cuidarse de «cómo agradar a su marido», la que no está casada «sólo tiene que preocuparse de las cosas del Señor, de ser santa en cuerpo y en espíritu» (1 Cor 7, 34).

5. Para captar adecuadamente toda la profundidad del pensamiento de Pablo hay que hacer notar que la «santidad» es un estado más bien que una acción, según la concepción bíblica; y tiene ante todo carácter ontológico y luego también moral. Especialmente en el Antiguo Testamento es una «separación» de lo que no está sujeto a la influencia de Dios, lo que es «profanum», a fin de pertenecer exclusivamente a Dios. La «santidad en el cuerpo y en el espíritu» significa también, por tanto, la sacralidad de la virginidad o celibato aceptados por el «reino de Dios». Y, al mismo tiempo, lo que está ofrecido a Dios debe distinguirse por la pureza moral y por tanto, presupone un comportamiento «sin mancha ni arruga», «santo e inmaculado», según el modelo virginal de la Iglesia que está ante Cristo (Ef 5, 27).

El Apóstol, en este capítulo de la Carta a los Corintios, trata de los problemas del matrimonio y del celibato o virginidad de modo sumamente humano y realista, teniendo en cuenta la mentalidad de sus destinatarios. En una cierta medida la argumentación de Pablo es ad hominem. El mundo nuevo, el nuevo orden de valores que anuncia debe encontrarse, en el ambiente de sus destinatarios de Corinto, con otro «mundo» y con otra jerarquía de valores, distinto de aquel al que llegaron por primera vez las palabras pronunciadas por Cristo.

6. Si con su doctrina sobre el matrimonio y la continencia Pablo hace referencia también a la caducidad del mundo y de la vida humana en él, lo hace sin duda aplicándolo a un ambiente que en cierta manera estaba orientado de modo programático al «uso del mundo». Bajo este punto de vista es muy significativo su llamamiento a los que «disfrutan del mundo» para que lo hagan «como si no disfrutaran plenamente» (1 Cor 7, 31). Del contexto inmediato se desprende que incluso el matrimonio estaba concebido en este ambiente como una manera de «disfrutar del mundo», al contrario de como había sido en toda la tradición israelita (no obstante algunas desnaturalizaciones que señaló Jesús en la conversación con los fariseos y también en el sermón de la montaña). No hay duda de que todo explica el estilo de la respuesta de Pablo. El Apóstol se daba perfecta cuenta de que al estimular a la abstención del matrimonio, al mismo tiempo debía exponer un modo de entender el matrimonio que estuviera conforme con toda la jerarquía evangélica de valores. Y había de hacerlo con realismo máximo, es decir, teniendo ante los ojos el ambiente a que se dirigía y las ideas y modos de valorar las cosas que dominaban en él.

7. Ante hombres que vivían en un ambiente donde el matrimonio sobre todo era considerado uno de los modos de «usar del mundo», Pablo se pronuncia con palabras significativas sobre la virginidad y el celibato (como ya hemos visto) y también sobre el mismo matrimonio: «A los no casados y a las viudas les digo que les es mejor permanecer como yo. Pero si no pueden guardar continencia, cásense, que mejor es casarse que abrasarse» (1 Cor 7, 89). Igual idea casi había expresado ya Pablo anteriormente: «Comenzando a tratar de lo que me habéis escrito, bueno es al hombre no tocar mujer; mas por evitar la fornicación, tenga cada uno su mujer, y cada una tenga su marido» (1 Cor 7, 1-2).

8. ¿Acaso en la primera Carta a los Corintios considera el Apóstol el matrimonioexclusivamente desde el punto de vista de un «remedium concupiscentiae», como se solía decir en el lenguaje teológico tradicional? Las citas hechas podrían dar la impresión de atestiguarlo. Sin embargo, en proximidad inmediata a las formulaciones precedentes, leemos una frase que nos lleva a enfocar de manera diferente el conjunto de enseñanzas de San Pablo contenidas en el capítulo 7 de la primera Carta a los Corintios: «Quisiera yo que todos los hombres fuesen como yo (repite su argumento preferido en favor de la abstención del matrimonio); pero cada uno tiene de Dios su propia gracia: éste, una; aquél, otra» (1 Cor 7, 7). Por lo tanto, incluso los que optan por el matrimonio y viven en él, reciben de Dios un «don», «su don», es decir, la gracia propia de esta opción, de este modo de vivir, de dicho estado. El don que reciben las personas que viven en el matrimonio es distinto del que reciben las personas que viven en virginidad y han elegido la continencia por el reino de Dios; no obstante, es verdadero «don de Dios», don «propio», destinado a personas concretas, y «específico», o sea, adecuado a su vocación de vida.

9. Así, pues, se puede decir que mientras en la caracterización del matrimonio en su parte «humana» (o más aún quizá en la situación local que dominaba en Corinto), el Apóstol pone muy de relieve la motivación que tenía en cuenta la concupiscencia de la carne; y, a la vez y con no menor fuerza persuasiva, destaca su carácter sacramental y«carismático». Con la misma claridad con que ve la situación del hombre respecto de la concupiscencia de la carne, ve también la acción de la gracia en cada hombre, en quien vive en el matrimonio e igualmente en el que ha elegido voluntariamente la continencia, teniendo presente que «pasa la apariencia de este mundo».


Próxima entrada del Magisterio de Juan Pablo II en relación al celibato y la catequesis sobre a virginidad cristiana.

MATRIMONIO Y VIRGINIDAD

CONFIDENCIAS DE JESÚS A UN SACERDOTE. Monseñor Ottavio Michelini.






JUECES DE LAS CONCIENCIAS

Eso lo saben ellos y lo saben también muchos confesores que continúan absolviendo todo y a todos.  Por la mañana Santa Comunión, que al fin no es santa, por la tarde se frecuentan bailes, lugares y encuentros en los que la exaltacion de la sensualidad es ley.

Los adúlteros se confiesan ya con la seguridad de que no faltará el sacerdote siempre pronto a absolverles.  Se han olvidado las palabras claras y precisas  "NOLITE PONERE MARGARITAS ANTE PORCOS".  Se ha olvidado que los Sacramentos son los frutos preciosos de mi Redención. Se han olvidado las palabras con las que Yo, Salvador y Liberador, he conferido a  mis Apóstoles y a sus Sucesores el poder de perdonar o retener los pecados.
Se han olvidado muchos sacerdotes de que han sido constituidos jueces de las conciencias.  Y es función del juez, en el ejercicio de su profesión, el indagar sobre los delitos, sobre la entidad de los delitos.

La facilonería con que se absuelve siempre todo y a todos no responde al designio de mi Misericordia sino a un plan de Satanás.  Transformar los medios de salvación en medios de condenación, y desacreditar el valor infinito de la Gracia y de los medios por Mí queridos para distribuirla.

Te he hablado de Misas sacrílegas, ahora te digo que a las Misas puedes añadir las Confesiones sacrílegas, a veces doblemente sacrílegas.  De las Comuniones sacrílegas he aquí, hijo, dónde están las raíces.  Este laxismo que vuelve indiferenciable lo lícito de lo ilícito, el bien del mal,  ¿donde tiene sus raíces?  He aquí por qué urge la revisión sin vacilaciones.

Las consecuencias son por sí mismas comprensibles.  Para muchos sacerdotes el sexto y el noveno Mandamiento no tienen ya razón de ser. Esto es suma soberbia, esto es quererse sustituir a Dios, esto es no creer en Dios, esto es no creer en la Omnipotencia, Omniscencia y Omnipresencia de Dios.

Satanás a continuación induce a sacerdotes a que repitan su pecado de soberbia y de desobediencia.  Él ha encontrado aliados fieles en mi Iglesia, induciéndoles a hacerse colaboradores suyos en la obra de desmantelamiento.  Pero Satanás y estos sus colaboradores  ¿ignoran tal vez mis palabras que no cambian:  "YO ESTARÉ CON VOSOTROS HASTA LA CONSUMACIÓN DE LOS TIEMPOS Y LAS PUERTAS DEL INFIERNO NO PREVALECERÁN"?

¡MI IGLESIA SERÁ PURIFICADA, SERÁ LIBERADA MI IGLESIA!
Lo exige mi amor por ella, lo exige la justicia, lo exige mi Misericordia.  De esto no se tiene la apropiada visión.

UN LLAMAMIENTO AL AMOR . Sor Josefa Menendez.

Jesús a sor Josefa:

"Cuanto mayor sea tu miseria, màs te levantará mi poder.  Te enriqueceré con mis dones.  Si me eres fiel tendré en tu alma una morada donde guarecerme, cuando las almas me arrojen de sí por el pecado. Yo descansaré en ti y tú hallarás en Mí la vida.  Todo lo que necesites ven a buscarlo en mi Corazón, incluso lo que Yo te pido.  Ten confianza y amor".



"Reza cada día esta invocación:  Jesús mio, por vuestro Corazón amantísimo, os suplico inflaméis en el celo de vuestro amor y de vuestra gloria a todos los sacerdotes del mundo, a todos los misioneros, a todas las personas encargadas, de predicar vuestra divina palabra, para que, encendidas en santo celo, os conquisten almas y las conduzcas al asilo de vuestro Corazón, donde os glorifiquen sin cesar".



"Quiero servirme de tí, no por tus méritos, sino para que se vea cómo mi poder se sirve de instrumentos débiles y miserables".


La Virgen María a sor Josefa:

"Mira , hija; no hagas caso de lo que sientes y créeme:  cuanto mayor sea la repugnancia, más mereces, delante de mi Hijo.
"Líbrate de estas tres cosas que es por donde el enemigo de las almas te quiere hacer caer:

"1."  No te dejes llevar de los escrúpulos que te presenta, para que dejes la comunión.

"2"  Cuando mi Hijo te pide un acto de humildad o de cualquier otra cosa, hazlo con mucho amor, diciendo muchas veces:  Jesús mío, veis lo que me cuesta, pero antes que yo sois Vos.

"3"  Si el enemigo te sugiere que la confianza con la Madre te resta del cariño que debes a Jesús, no le hagas caso.  Mira que si lora engañarte en este punto, te habrá ganado.  Abre tu alma y ama sin miedo.  Dile con toda sencillez lo que te turba, lo que temes, lo que piensas.
"Jesús tenía a su Eterno Padre, pero quiso amar en la tierra a los que hacían sus veces, y su Corazón se alegra cuando eres abierta y sencilla con las Madres... Y, otra vez te lo encargo para que no se te olvide:  no pierdas nunca una comunión".

EL PADRE PÍO Y LAS MODAS.




“Asimismo oren también las mujeres en traje decente, ataviándose con recato y modestia…” 1 Timoteo 2:9

“Bien manifiestas son las obras de la carne, las cuales son adulterio, fornicación, deshonestidad...” Gál. 5:19


El Padre Pío tenía fuertes puntos de vista sobre la moda

Cuando comenzó la locura de la minifalda, nadie se atrevía a ir al monasterio del Padre Pío vestida con tal moda inapropiada. Otras mujeres no venían en minifaldas sino en faldas que eran cortas. El Padre Pío también se disgustaba mucho con esto.

El Padre Pío no toleraba faldas apretadas ni vestidos cortos o con escotes bajos. Sacaba a las mujeres del confesionario, aún antes que entraran, si discernía que sus vestidos eran inapropiados. Muchas mañanas sacaba a una tras otra terminando por escuchar solo unas cuantas confesiones. También tenía puesto un rótulo en la puerta de la iglesia que declaraba: “Por deseo explícito del Padre Pío, las mujeres deben entrar en su confesionario usando faldas (Nota: Ni que decir que ninguna se atrevía a ir en pantalones.) que lleguen a por lo menos ocho pulgadas (20 cm) por debajo de las rodillas. Es prohibido prestar vestidos más largos en la iglesia y usarlos para el confesionario” (o sea, que prohibía el préstamo de prendas para ocultar que se traía un vestido corto, cuando lo que se ordenaba es que cada quien se presentase correctamente vestida).

El Padre Pío censuraba fuertemente a alguna mujeres con las palabras, “¡Vete y vístete!”. Él no le daba pase a nadie, ya sea que fuesen personas que conocía o que veía por primera vez, o hijas espirituales de mucho tiempo. En muchos casos, las faldas estaban pulgadas debajo de la rodilla pero aún así ¡no eran suficientemente largas para el Padre Pío! Los niños y los hombres también tenían que usar pantalones largos, si no querían que los sacaran de la iglesia.

¿POR QUÉ VENERAMOS EL CRUCIFIJO SI YA JESÚS HA RESUCITADO?


Los protestantes se preguntan por qué los católicos exhibimos la Cruz con el cuerpo de Cristo, si Jesús ya ha resucitado.

La cruz es parte inseparable del misterio pascual que incluye pasión, muerte y resurrección.

Los católicos profesamos que Cristo ha muerto por nuestros pecados y ha resucitado glorioso. El crucifijo en ninguna manera niega la resurrección sino que manifiesta la seriedad de nuestros pecados y el amor infinito con que Cristo murió salvarnos.

Jesús enseñó: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy. -Juan 8:28

La Cruz, es mencionada explícitamente 29 veces en el Nuevo Testamento. Muchas mas veces se refiere a ella sin usar la palabra exacta. No es el madero en su sentido material en lo que ponemos nuestro corazón sino en Jesús que por nosotros colgó de el. El es quién nos atrae. Jesús nos dijo:


Y yo cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí. -Juan 12,32

Esta enseñanza es válida para todos los tiempos. Contemplar a Jesús "levantado" en la Cruz es clave para conocerlo íntimamente.

San Pedro y San Pablo proclaman la cruz sin cesar. 

¿Acaso no sabían ellos que Cristo ha resucitado? Claro que sí, pero comprendían la importancia de tenerla siempre presente porque ella es el poder de Dios contra todas las fuerzas infernales: las fuerzas de la carne, es decir de nuestro ego. La carne tiende a su placer, su conveniencia, su engrandecimiento; la cruz pone a muerte todo eso para que reine el Amor

Hechos 2,36
«Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado»

Gálatas 2,19
En efecto, yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado.

Gálatas 5,24
Pues los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias.

Gálatas 6,14
"Lo que es a mi, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mi, y yo para el mundo."

I Corintios 1,13
¿Esta dividido Cristo? ¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros?

Los cristianos siempre hemos tenido la Cruz como signo del amor y poder de Cristo. Hay amplia evidencia que desde los primeros siglos se levantaban cruces como signo de la fe en Cristo.

A los que nos atacan por llevar la cruz en el cuello o tenerla en un lugar de honor en nuestras casas o por erguirla sobre un lugar visible, hemos de responder con San Pablo:


Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan - para nosotros - es fuerza de Dios. -I Corintios 1,18

Nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. -I Corintios 1,23-24

La Cruz, sea que tenga representado el cuerpo de nuestro Salvador o no, es el mismo signo. Pero los católicos solemos representarla con Su cuerpo por el valor que tiene contemplar su pasión, el amor con que nos salvó.

Jesús nos ordenó a abrazar también nosotros la cruz: "Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" -Mateo 16,24

Contemplarle en la cruz nos sana espiritualmente, como sanó al ladrón que estaba junto a Jesús cuando él le dijo “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” -Lucas 23:43. También sanó al centurión que estaba a los pies de la cruz, que se convirtió y dijo: “Este hombre era el Hijo de Dios” -Marcos 15:39.

Contemplar el crucifijo es un acto de fe. Nos inspira a tener la misma actitud que Cristo, que se humilló y obedeció hasta la muerte, incluso hasta la muerte por crucifixión” -Filip. 2:5,8.

El crucifijo hace visible el sacrificio de Jesús y de esa manera nos llama a “ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios a través de Jesús” -Pe. 2:5, y a “ofrecer nuestros cuerpos como un sacrificio vivo” -Rom. 12:1

La revelación del amor perfecto es la cruz mientras que la resurrección es su victoria. La cruz le costó a Jesús inmensos sufrimientos que aceptó libremente por nosotros. La resurrección manifiesta su poder sobre la muerte, su gloriosa victoria. 

Cristo transformó el sentido de la Cruz. Antes era la vergüenza e ignominia mas grande posible, ahora es la gloria y la victoria máxima. Amor a la Cruz nos comunica la gracia para ser fieles en nuestras cruces unidas a la Suya.

Es una costumbre muy antigua representar a Jesús en diferentes momentos de su vida. En las catacumbas vemos que los cristianos de los primeros siglos expresaban su amor a Jesús por medio de imágenes. Los que se oponen al crucifijo, ¿acaso no muestran imágenes de Jesús cuando era niño en Navidad?. La imagen del Niñito Jesús representa un momento de Su vida al igual que su crucifixión representa otro, y éste es el momento que cambió para siempre nuestras vidas. 

¡Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste al mundo! -Amén.

AUTOR: PADRE JORDI RIVERO

FUENTE: CORAZONES.ORG

"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP: XL FECUNDIDAD DE LA VIRGINIDAD.



MENSAJES DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO 

A SUS HIJOS LOS PREDILECTOS 

(De Concepción Cabrera de Armida) 


XL

FECUNDIDAD DE LA VIRGINIDAD

Insisto en la pureza de los sacerdotes, en la virginidad  en las almas y en los cuerpos sacerdotales.
La Trinidad por virgen es más fecunda, y éste es uno de los misterios más altos de la Trinidad: la fecundidad en la unidad. Porque el Padre, virgen, es fecundado en Sí mismo, y con tal potencia divina, creadora, santificadora, que al engendrar al Verbo, en todo igual a Él, en ese instante feliz y eterno, procedió de ambas Personas divinas el Espíritu Santo, santificador por lo que tiene del Padre y del Verbo, que es al mismo tiempo el Espíritu del Padre y del Hijo, su Soplo amoroso, el lazo perenne de amor que los une eternamente en aquella unidad de esencia une eternamente en aquella unidad de esencia que produce y reproduce mundos y almas y seres que lo alaben, y reflejen su procedencia, que es en sustancia y esencia el amor.

El amor es la esencia y la felicidad de Dios; pero amor UNO, con flujo y reflujo en las tres Personas vírgenes en su unidad y múltiples en sus irradiaciones infinitas, que salen de la unidad –como miles de rayos del Sol de la pureza y de la virginidad- de la Trinidad Santísima, y que vuelven al mismo Sol de donde partieron. Reflejos cándidos, esplendores nítidos de una Pureza-amor, de un amor infinito de infinita pureza.

Por eso la pureza refleja a Dios, la virginidad asemeja a Dios, que al reflejarse en las almas vírgenes, en las almas cándidas y puras, atraen (como imán al acero) las cualidades de Dios, el atributo de su fecundidad espiritual y divina. Y este efecto que se produce felizmente en cualquier alma virgen, con más razón y derecho se comunica a las almas vírgenes de los sacerdotes, a las almas puras de los que son míos.

La virginidad no se recupera una vez perdida, pero la suple la Trinidad en los suyos por la castidad y transformación en Mí; esta transformación tan pedida por Mí en estas confidencias, sino hace que recuperen la virginidad perdida, sí los asemeja a ella, por la castidad y la unión divina que le comunica la Trinidad-Virgen, por su contacto purísimo con lo divino de mi esencia y por la gracia del Espíritu Santo.

Claro está que las almas de los sacerdotes que no han perdido la virginidad, esa fecunidad que comunica Dios a las almas vírgenes es más espontánea; pero para consuelo de muchos, la suplen, como dije, los grados mas o menos elevados y similares de su transformación en Mí. Ese contacto constante con la Trinidad-Virgen, que tiene y debe tener el sacerdote, lo blanquea, lo purifica, lo sublima, lo une íntimamente con la pureza misma, lo angeliza y lo lava y lo pule para la unidad en la Trinidad.

Por ese ser eterno de la Virginidad en la Trinidad, pido la pureza en mis sacerdotes, engendrados en el seno mismo del Padre donde yo fui eternamente engendrado con la fecundidad divina, con la potencia infinita del Santo, del Puro, del Inmaculado Amor.

Por esto mismo los sacerdotes, distinguidos entre los mortales por este noble origen, tienen la más que sagrada obligación de ser no tan sólo castos, sino puros; vírgenes reales, o puros por su transformación en el que es Luz de Luz y eterno foco de inmarcesible blancura.

De todos modos, tienen los sacerdotes el deber de reflejar al Padre virgen para poder cumplir con su purísima y sagrada misión de engendrar, a su vez, almas santas para el Santo de los santos, almas puras, nacidas y criadas al reflejo de la pureza.

Deben asemejarse, por su transformación en Mí, al Verbo hecho hombre todo pureza, todo pureza en sus dos naturalezas; y esta transformación en Mí es la que precisamente les acarrea la mirada amorosa y fecunda de mi Padre que, al mirarlos –complacido y sonriente, por lo que de Mí tienen en su transformación más o menos perfecta- les comunica una de sus cualidades propias, la fecundidad divina, para producir en las almas lo divino y para que le den en ellas gloria como Él la quiere, gloria de pureza.

Éste es el secreto del apostolado fecundo de los sacerdotes, su transformación en Mí, que le merece la fecundidad del Padre comunicada para el fruto de ese apostolado.

Un sacerdote que no tiene la mirada del Padre, que no recibe la fecundidad del Padre, que no es virgen, ni puro –ya por no haber conservado intacta esa pureza, ya por no haberla comprado en cierto sentido, por su transformación en Mí-, no dará fruto de vida eterna, y su contacto con las almas será estéril y su palabra infecunda, y su cosecha vana y nula, y de ningún valor para el cielo.

Ya se ve si es cosa seria eso de que los sacerdotes sean otros Yo en su transformación en Mí puro, en Mí luz, en Mí candor, en Mí víctima; que si soy acepto al Padre en cuánto hombre, es por mi inmaculada blancura, es por mi dolor inocente, es por méritos sin mancha, por mi unión virgen con la Trinidad-Virgen.

En María Virgen, en la Iglesia Virgen y en las almas vírgenes tiene sus delicias toda la Trinidad, y el cielo entero las mira con amor.

Y el Espíritu Santo también es Virgen,  ¡cómo no!, ¡si es en su unidad con la Trinidad la fecundidad eterna del amor! Por eso tiene El que ver tanto con el sacerdote, por su fecundidad virgen en la gracia y en el amor. Las expresiones todas al consagrar al sacerdote y al Obispo, todas son de unión, de unción, de pureza y de amor, todas simbolizan la fecundidad del amor, la unidad en la Trinidad del amor.

Y si deben tanto al Espíritu Santo los sacerdotes, ellos también deben transformarse en Mí, poseer plenamente al Espíritu mío que los anime, y les dé vida eterna y fecunda, que los purifique y santifique con el caudal de sus Dones y Frutos, y que por ese contacto íntimo con el Divino Espíritu posean pureza, trasciendan pureza, esparzan pureza, comuniquen pureza a las almas derramando en ellas el reflejo de la virginidad de la Trinidad, unificándolas por la pureza en la unidad. Allá va a parar toda la perfección divina y humana; a esa unidad-pureza, unidad-luz, unidad-amor, que todo lo abraza, que todo lo abarca, que todo lo fecunda y que es, en su virginidad infinita, el eterno foco de toda vida”.

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís