FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

REALEZA DE MARÍA SANTÍSIMA


Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza (Ap 1, 12).

La Mujer es nuestra Señora. El Sol que viste a la Mujer es la Santísima Trinidad. Ella aparece bañada con su luz deslumbrante, porque es las Hija del Padre, quien quiso que fuera concebida inmaculada; Ella es la Esposa del Espíritu Santo, y es la Madre de Jesús, el Hijo de Dios.

La Mujer lleva una corona, signo de su realeza, porque Ella es la Reina-Madre, su hijo es el vástago del Rey David y el Rey de Reyes.

La imagen y el oficio de la reina madre en el Antiguo Testamento, la «gran Señora», comoabogada ante el rey por el pueblo del reino,proféticamente preanuncia el oficio de la gran Reina Madre y Señora del Nuevo Testamento. Puesto que es María de Nazaret quien se convierte en la Reina y Madre en el Reino de Dios, como la Madre de Cristo, Rey de todas las naciones. La Mujer al pie de la Cruz (cf. Jn19, 26), se convierte en la Gran Señora (Domina) con el Señor y Rey, y por tanto será la Abogada y Reina del Pueblo de Dios desde el cielo.

La analogía de María Reina, con el reinado de Cristo es una mirada obligada, porque es ciertamente iluminadora.

En 1925, el 11 de diciembre, el Papa Pío XI, en su encíclica Quas Primas, instituyó la fiesta de la«Realeza de Cristo». No lo hizo para que la misma quedara como un añadido litúrgico o devocional, la instituyó «como inspiración para todos los hombres en su vida completa, persona y social», por eso se ha considerado a la misma «el foco de toda su obra, el punto de confluencia de todas sus empresas y planes de acción».

Nos enseñaron los Romanos Pontífices que Cristo debe reinar en los corazones de quienes le siguen, pero debe reinar también en los Parlamentos, en las plazas, en las oficinas, en las escuelas y universidades, en los teatros, y en todo lugar donde se reúnen los hombres, en el laboratorio del científico, en el estudio del artista, en el sindicato, dondequiera los hombres trabajen, se distraen, sufren, viven y mueren.

Jesucristo es Rey por ser Dios, el Verbo Encarnado, su realeza proviene de su divinidad, y es Rey por derecho de conquista. María Inmaculada es Reina por ser la Madre de Dios, prerrogativa fundamental definida por el Concilio de Efeso el año 431.

El venerable Pío XII, proclamó la fiesta litúrgica de la Realeza de nuestra Señora el 1 de noviembre de 1954 (encíclica Ad caeli reginam). La iniciativa, para ese acto pontificio, provino de los fieles. Millares de peticiones fueron enviadas a la Santa Sede solicitando la institución de la fiesta.

Hace 300 años, San Luis María de Montfort escribió su maravilloso Tratado de la verdadera devoción a María, conocido como el «libro de oro de la devoción mariana». Desde la primera línea de su escrito, el Santo da a conocer la razón de ser de todo su libro:

«Por medio de María Santísima, Jesucristo vino al mundo, y así mismo por medio de Ella debe reinar en el mundo» (TVD, nº 1). Reinado de Jesús que se realiza «en los corazones» (113),«en nuestra alma» (68), es decir que «Jesús reinará cuando por mediación de María, Él sea conocido, amado y servido».

Santo Tomás de Aquino, en su Tratado de la Encarnación, luego de exponer la exaltación de Jesús a la derecha del Padre, describe su poder sobre toda la creación. Igual cosa hace Montfort, quien después de habernos mostrado a María a la diestra de su Hijo, nos habla de su dominio universal:


          María impera en el cielo sobre los ángeles y bienaventurados. En recompensa a su profunda humildad, Dios le ha dado el poder y la misión de llenar de santos los tronos vacíos, de donde por orgullo cayeron los ángeles apóstatas. Tal es la voluntad del Altísimo, que exalta siempre a los humildes (Lc 1,52): que el cielo, la tierra y los abismos se sometan, de grado o por fuerza, a las órdenes de la humilde María, a quien constituyó soberana del cielo y de la tierra capitana de sus ejércitos, tesorera de sus riquezas, dispensadora de sus gracias, realizadora de sus portentos, reparadora del género humano, mediadora de los hombres, exterminadora de los enemigos de Dios y fiel compañera de su grandeza y de sus triunfos” (TVD, 28).

He aquí la tesis total de Montfort: 1) el reino de Cristo vendrá ciertamente; 2) este reino llegará como consecuencia necesaria del reino de María; 3) de hecho, este reino de la Virgen Santísima se establecerá en el mundo; 4) este reino de María se establecerá por extensión de la práctica universal de la perfecta devoción a María; 5) el reino de Cristo por María se sitúa particularmente en los últimos tiempos, cuando los grandes hombres que vendrán, realizarán maravillas por la perfecta devoción a la Santísima Virgen; 6) este reino de Cristo, será el reino de Jesús y de María.

Coronada de gloria, María Santísima resplandece como Reina de los Ángeles y los Santos, anticipación y culmen de la condición escatológica de la Iglesia. Ninguna criatura queda fuera de su reinado.


FUENTE: infocatolica.com


"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. LX: La Palabra Eterna

Mensajes de Nuestro Señor
Jesucristo a sus Hijos Los Predilectos. 

("A Mis Sacerdotes" de Concepción Cabrera de Armida)


LX

LA PALABRA ETERNA 


Yo soy Palabra y la palabra se comunica. Soy Palabra eterna, Palabra de Sabiduría que tiene virtud de penetrar y de obrar en las almas, por lo divino que lleva consigo, porque es la misma Divinidad con el Padre y con el Espíritu Santo 

El Verbo es Palabra, porque es la voz de Dios, la voz del Padre, creadora y santificadora por el Espíritu Santo, quien la comunicó a los Apóstoles en Pentecostés. 

Palabra que unifica, Palabra única, aunque con derivaciones y ecos íntimos infinitos eterna Voluntad, por donde se comunica a la Iglesia y a las almas. 

Soy la Palabra eterna, la Palabra fecunda del Padre, su “fiat” sin principio, su eterna Voluntad, por donde se comunica a la Iglesia y a las almas. 

Esta Palabra es Dios, es el Verbo por el cual se sube al Padre y se le conoce; porque nadie conoce al Padre, si no es por su Verbo y en su Verbo. 

Soy Palabra sapientísima, fecundísima, y toda la sabiduría y la ciencia de la tierra tiene su principio en esta Palabra única en su esencia y fecundísima en la inmutabilidad de su ser. Y esta Palabra es la que habla sin sonidos; e ilumina, porque es Luz; y obra, porque es eficaz; y santifica y penetra, porque es divina. 

Esta Palabra es penetrante y aguda como espada de dos filos que corta las tentaciones; es sublime por la naturaleza de su principio; es santa, porque viene de Dios; y es operativa, porque palpita y reside en el Corazón de Dios. 

Por eso no quedará estéril esta Palabra para las almas sacerdotales. Todo lo que procede de Dios no es muerte, sino vida; no es estéril, sino fecundo. No es pasible esta Palabra, sino activa en su desarrollo, que despierta corazones y quebranta rebeldías, y arrolla tentaciones, y vigoriza y fortalece con su energía. 

La palabra del hombre pasa y muere; la Palabra de Dios opera, y vive, y vuelve de donde salió llena de triunfos, porque es Palabra salvadora, Palabra de luz, de fuego, Palabra única, en donde se encierran creaciones y cuanto existe y existirá, porque esa Palabra es Dios. 

También esa Palabra, que es el Verbo, es amor y no puede ser otra cosa, ni encerrar otra cosa, ni producir otra cosa, porque su sustancia es amor. 

Con la profundidad de esa palabra escribirían miles y miles de libros que sólo tendrían una nota, un sonido, un sentido, ¡AMOR! 

Amor dice siempre esa Palabra, Yo, en la multiplicidad de sus derivaciones; porque Yo soy amor, con el Padre y con el Espíritu Santo; y no puedo producir sino amor, siempre amor, amor en la unidad de la Trinidad. 

Así es que todo lo que sale de Mí tiene espíritu y vida, por cualquier contacto que me comunique…Y Yo prometo que estas Confidencias del Corazón de un Dios hombre conmoverán y darán copioso fruto a mi Iglesia y una grande gloria a la Trinidad”

¿LA CREMACIÓN? NO ES PARA LOS CATÓLICOS - POR EL PADRE BENEDICT HUGHES - Entrega 1 -

La iglesia condena la cremación en sus leyes canónicas

Canon 1203: Los cuerpos de los fieles han de ser enterrados, y la cremación está condenada. Si alguno ha ordenado en manera alguna cremar su cuerpo, será ilícito ejecutar su deseo; y si esta orden ha sido adjuntada a un contrato, a un último testamento o a cualquier otro documento, debe considerarse como inexistente.

Canon 1240: Las siguientes personas quedan privadas de un entierro eclesiástico, a menos que antes de morir hayan dado señales de arrepentimiento: ... (5) las personas que han dado instrucciones para la cremación de sus cuerpos...



¿La cremación? No es para católicos por el Rvdo. Padre Benedict Hughes, CMRI

La historia del entierro frente a la cremación


Aunque los dos métodos de eliminación de los muertos se encontraban entre los pueblos primitivos, el entierro prevaleció en la mayoría de las culturas antiguas. Al menos en práctica, la cremación era desconocida para los egipcios, fenicios, cartagineses, persas, chinos, los habitantes del Asia Menor y hasta a los primeros griegos y romanos. “Los Babilonios — según Heródoto — embalsamaban a sus muertos, y los persas castigaban con la muerte tales cosas como el intento de cremación, siguiéndose reglamentos especiales en la purificación del fuego profanado” (Devlin, p. 481).

La práctica del entierro en el Pueblo Escogido. En particular, los judíos utilizaban exclusivamente la inhumación, tolerándose algunas excepciones durante tiempos de pestilencia o guerra (cf. I Reyes, 31:12). Los incidentes de entierro y de respeto por los restos mortales son frecuentes por todo el Antiguo Testamento. Por ejemplo, el libro del Génesis menciona los sepelios de Sara, Abrahán y Raquel; sin embargo, es de particular interés la historia de los últimos días de Jacob. Consciente de su final próximo, llamó Jacob a José su hijo para que estuviera a su lado; le manifestó su deseo de ser enterrado con sus antepasados, en la cueva que Abrahán había comprado, y le pidió que le jurara cumplir su deseo. Después de su muerte, José mandó embalsamar a su padre, y luego buscó el permiso del Faraón para llevar el cuerpo a la tierra de Canaán y enterrarlo. Una gran caravana compuesta de familiares, viajando en cuádrigas, escoltaron el cuerpo al lugar de entierro (cf. Génesis, 47-50).

La muerte de José es aún más interesante, ya que poco antes de morir hizo que los jefes de las tribus le juraran que transportarían sus huesos de regreso a la tierra prometida cuando fuesen liberados de Egipto: promesa que sus descendientes cumplieron varios siglos después.

El entierro del profeta Eliseo, quien, según el Cuarto Libro de Reyes, obró numerosos milagros, es aún más sorprendente. Un año después de morir, el cuerpo de un hombre que había muerto fue enterrado en el sepulcro de Eliseo, “y al punto que tocó los huesos de Eliseo, el muerto resucitó y se puso en pie” (4 Reyes, 13:21).

La historia de Tobías. También hay una historia en el Antiguo Testamento que me gustaría narrar brevemente. Es la historia de un hombre santo llamado Tobías, relatada en el libro bíblico que lleva su nombre. Durante el Cautiverio Asirio, Tobías sepultaba secretamente los cadáveres de sus compatriotas, algo que sus captores paganos habían prohibido so pena de muerte. Y aunque Dios probó la fidelidad de Tobías (perdiendo éste la vista), como lo había hecho con Job, al final fue recompensado de manera extraordinaria por su caridad: el Arcángel Rafael se le apareció bajo la guisa de hombre a fin de guiarlo en un largo viaje, protegerlo de toda desgracia, encontrarle una esposa y librarla a ésta del demonio, recuperarle una deuda y, por último, regresarlo sano y salvo a su padre, quien a su vez le restauró la vista. Asombrados por su fortuna, Tobías y su padre le ofrecieron a su bienhechor la mitad de sus riquezas, no sabiendo aún que era ángel. San Rafael se reveló a sí mismo, diciendo: “Cuando tú orabas con lágrimas, y enterrabas a los muertos, y te levantabas de la mesa a medio comer, y escondías de día los cadáveres en tu casa, y los enterrabas de noche, yo presentaba al Señor tus oraciones” (Tobías, 12:12). Esta obra corporal de misericordia — de proveer entierros convenientes a costa de la vida — es lo que le trajo a Tobías y a su familia tales favores.

La práctica de los romanos. Desde la fundación de su ciudad hasta alrededor del año 100 a.C, los romanos practicaron exclusivamente la inhumación. Luego comenzaron a utilizar la cremación, especialmente para prevenir que sus enemigos exhumaran a los soldados muertos y profanaran sus cuerpos. La cremación, sin embargo, estaba reservada para los romanos más ricos; el pueblo pobre continuó con el sepelio, ya que no podían adquirir las piras funerarias. Después del año 63 a.C., se fundaron colonias judías en Roma, y a estos judíos se les permitió tener sus propios cementerios. Eventualmente llegaron también allí los cristianos, y, después que Nerón comenzó a perseguirlos en el 64 d.C., empezaron a excavar fascinantes laberintos subterráneos conocidos como catacumbas. Existen 60 catacumbas en las proximidades de Roma y muchas de ellas tienen hasta tres o cuatro niveles de profundidad. (Aunque las catacumbas romanas son las más conocidas, también hay en Nápoles y Milán, y en partes de Francia, Grecia, Iliria, áfrica y Asia Menor). Si se conectaran una con otra, las asombrosas catacumbas romanas se extenderían por cientos de kilómetros, una hazaña de una magnitud increíble, especialmente dados los tiempos de persecución. Aun cuando las catacumbas sirvieron como lugares de escondite y para el culto cristiano, su principal uso era como cementerio para salvaguardar las tumbas cristianas contra la profanación, especialmente desde que los cadáveres de cristianos fueran algunas veces quemados en burla de su creencia en la vida futura.

Con la conversión de Constantino en el siglo cuarto, cesaron las persecuciones. Gradualmente, conforme el cristianismo se expandía por el imperio, se descontinuaron las prácticas paganas de la cremación, y cesó totalmente hacia el siglo quinto de ser una forma aceptable para la eliminación de los cadáveres. Desde entonces la cremación no existió en occidente hasta el siglo XIX, cuando los librepensadores revivieron la práctica para atacar al cristianismo.


Continuará...

La oposición cristiana a la cremación


EL DIABLO - CONFERENCIA DEL COLOMBIANO MARINO RESTREPO





Otra versión del mismo discurso lo puede encontrar en diversas entregas a partir de esta link:

El diablo. Meditado por Marino Restrepo durante los Ejercicios Espirituales de OFMR 2010




FUENTE: youtube.com/user/PeregrinosdelAmor

MAGISTERIO SOBRE EL CELIBATO: El celibato eclesiástico


Síntesis temática y resumida de los votos de los 
ordinarios diocesanos sobre el celibato sacerdotal




El celibato eclesiástico

1. El celibato eclesiástico hay que conservarlo absolutamente en su integridad.

2. La doctrina y la disciplina del celibato sean mantenidas, más bien reconfirmadas, de modo que se rechace la opinión de algunos, los cuales pretenden que la Santa sede no sea contraria ahora a permitir el matrimonio de los clérigos.

3. La ley del celibato debe extenderse también a la Iglesia oriental.

4. La ley del celibato ha de definirse como tradición apostólica y condición necesaria para los sacerdotes.

5. Es necesario inculcar los fundamentos teológicos del celibato antes que los motivos canónicos e históricos.

6. Si la ley del celibato debe permanecer en vigor, no se debe tolerar que algunos la discutan.

7. Pronúnciese una severa condena contra las nuevas objeciones que se agitan contra el celibato sacerdotal.

8. Instrúyase mejor acerca del nexo intrínseco entre la ley del celibato y el sacerdocio, y la misma ley sea presentada en una luz más amplia. Las normas de la prudencia (en materia del celibato) deben ser recordadas con mayor claridad y en conexión más estrecha con las circunstancias actuales.

9. El celibato es necesario a los sacerdotes en razón de la santidad de su compromiso, en orden a la imitación de Jesucristo y a fin de que sean ejemplo para todos los fieles.

10. Modifíquese el canon 132 del C.I.C de la manera siguiente: "Los clérigos de rito latino constituidos en las órdenes mayores están excluidos del matrimonio y están obligados, también por voto pronunciado personalmente, a respetar la castidad de modo que, pecando contra ella, sean también reos de sacrilegio".

11. Durante el rito de la ordenación al subdiaconado, debe emitirse expresamente también el voto de castidad.

12. En la ordenación sacerdotal debe emitirse el voto de castidad.

13. Por razones de las costumbres de hoy, por las ocasiones creadas en las nuevas formas de apostolado y por los nuevos métodos de evangelización, se hace más difícil la observancia rigurosa del celibato. Parece que los sacerdotes se encuentran en peligros mayores que en el pasado, pero se debe afirmar que Dios adecua su gracia a los peligros y a las tentaciones de sus ministros.

Es innegable que huyendo de las ocasiones, rezando, recibiendo los sacramentos, cultivando la santidad, todos tienen la posibilidad de observar de manera segura el celibato, mientras para aquellos que ponen su confianza sólo sobre las fuerzas humanas es difícil respetar la castidad.

La cuestión de la dispensa del celibato quizá podrá proponerse, pero (sólo) cuando se trata de sacerdotes que hayan pedido y eventualmente implorado la reducción al estado laical.

14. Deben encontrarse medios idóneos y proveerse a construir las defensas aptas para salvaguardar y reforzar la castidad sacerdotal; tómense disposiciones adecuadas para tal fin.

15. Incúlquese a los clérigos la virtud de la prudencia, especialmente en lo que concierne a la castidad.

16. Apórtese una ayuda al peligro contra la castidad que amenaza a los sacerdotes, especialmente a aquellos que viven solos con una mujer sola, estableciendo residencias comunes.

17. Búsquese con diligencia remedios contra los males morales que surgen de la familiaridad frecuente con mujeres.

18. La castidad exige prudencia al tratar con las mujeres, por eso los sacerdotes sean prudentísimos en aquello que concierne: a) a los viajes con muchachas, especialmente en automóvil; b) a la dirección de asociaciones femeninas; c) a la presencia de secretarias jóvenes en las oficinas; d) a la entrada de mujeres a las propias habitaciones, aún si se trata de preparar reuniones de apostolado.

19. Todos los obispos actúen con firmeza contra los sacerdotes concubinos, de forma que aquellos que después de la amonestación no se corrigen, sean inmediatamente degradados.

20. No se permita a ninguna mujer, ni tampoco a la madre del párroco, pernoctar en la casa parroquial, en ninguna circunstancia, ni por motivo de alguna celebración.

21. Para asegurar una más perfecta custodia del celibato, los candidatos a las órdenes no deben ser promovidos al presbiterado al término de los estudios teológicos, sino cuando mucho al diaconado, recibido el cual, y ejerciendo por varios años el ministerio diaconal, demuestren ser capaces de observar la castidad perpetua.

22. La ley del celibato sea prevista sólo temporalmente (5 -10 años) (en una primera etapa); se hace perpetua sólo después de un cierto tiempo, por ejemplo después de diez años. En ciertos casos quizás se debería conceder la dispensa.

En efecto, es mejor, o al menos es el mal menor, que alguien sea dispensado de la ley antes que continúe viviendo en el ministerio manteniendo al mismo tiempo pésimas costumbres, causa de peligro para las almas. En algunos casos más graves se debería llegar al alejamiento.

23. En ciertas regiones, en las cuales es absolutamente insuficiente el número de sacerdotes, debería examinarse prudentemente la hipótesis, ciertamente bastante delicada, de consentir el matrimonio a los candidatos al sacerdocio, o al menos a los diáconos.

24. Quizá la ley del celibato, especialmente respecto a los párrocos, debería ser suavizada, considerando las características de la raza y de los lugares.

25. En ciertos casos podría concederse alguna dispensa de la santa ley del celibato.

26. El celibato sea opcional en toda la Iglesia: en cuanto a esto hágase una indagación entre todos los sacerdotes.

27. Permanezca el celibato como ley general de la Iglesia [general que aquí significa claramente "ordinaria"], pero en determinados casos y circunstancias se consienta el matrimonio a los clérigos, por ejemplo a los sacerdotes en culpa que han atentado ya el matrimonio, y también a aquellos que experimentan el celibato como cosa demasiado difícil e insoportable (efectivamente, mejor es casarse que quemarse).

28. Trátese la posibilidad de promover al sacerdocio hombres casados de edad avanzada.

29. Salvaguardado el celibato, podrían quizás ser admitidos al presbiterado hombres dedicados al apostolado, que gozan entre los fieles de fama de buena doctrina, de piedad, dotados de todas las otras virtudes, y que sean de edad avanzada y ejemplares también como esposos (cfr. el caso Goethe en Alemania).

30. Sométase a reforma la disciplina del celibato.

31. Es necesario examinar el problema si los pastores protestantes, que se convierten a la Iglesia católica, pueden ser admitidos al presbiterado manteniendo su estado conyugal .
32. ¿No sería conveniente conceder la dispensa del celibato a los pastores protestantes que eventualmente se convierten al catolicismo?.

33. Parece que la ley del celibato debería ser modificada en relación a aquellos que ya son casados y ordenados ya sea que se trate de orientales o de protestantes.

34. La praxis establecida por Pío XII, que había concedido a los pastores protestantes alemanes convertidos a la fe continuar viviendo en el estado matrimonial también después de haber recibido el orden del presbiterado, debe extenderse también al caso de protestantes y anglicanos que se convierten y desean el presbiterado.

35. No se rechace las órdenes sagradas a los ministros (pastores y obispos) protestantes, que se convierten y desean ser admitidos en la jerarquía. Si son idóneos, se les puede conferir el presbiterado y el episcopado aún si están unidos por matrimonio.

36. Modifíquese la disciplina del celibato respecto a los clérigos separados, que ya están casados, para favorecer su conversión.

37. La observancia del celibato ha de exigirse en tales términos, que aquellos que se revelen incapaces de respetarlo sean reducidos al estado laical y, con el fin de evitar escándalos públicos y apostasías, se les permita a ellos el matrimonio.

38. A los sacerdotes que desgraciadamente han atentado matrimonio civil y creado una familia, y son sinceramente penitentes y lo solicitan con humildad, concédaseles la dispensa del celibato de modo que puedan vivir cristianamente en el matrimonio, pero sin ninguna esperanza de poder regresar en el futuro al ejercicio del sacerdocio.

39. Examínese el problema de si convenga o no, conceder la dispensa del celibato conjuntamente con la reducción al estado laical, a los sacerdotes escandalosos para sus fieles y, por constitución natural, incorregibles.

40. Tómense providencias respecto a la situación del sacerdote reducido por concesión al estado laical. El, en efecto, por un lado, no puede contraer matrimonio; por el otro, queda privado de fuentes de gracia y de las ayudas necesarias para la custodia de la castidad.

41. Establézcase qué cosa se debe decidir respecto al celibato de los clérigos y fíjense las reglas; determínese la condición de los sacerdotes presbíteros reducidos al estado laical.

42. Establézcase qué cosa ha de exigirse, por razón del celibato, de aquellos presbíteros que regresan al seno de la verdadera Iglesia.

43. Salvada la ley del celibato, es necesario proveer a la paz de la conciencia para aquellos sacerdotes que no logran observar el celibato mismo debido a condiciones patológicas de su constitución corporal.

44. La santidad del orden sacerdotal en la Iglesia latina sufre un daño por la multiplicación de las concesiones de reducción al estado laical.

45. Aunque el estado célibe sea sin lugar a dudas el más perfecto para el clero de la Iglesia universal, como dan fe la tradición secular y el testimonio de los Padres, especialmente los orientales, el Concilio ecuménico podría reafirmar el derecho de las Iglesias orientales acerca del clero casado, esto es, podría mantener en vigor aquel derecho. Quizá sería oportuno disponer que también en la Iglesia occidental puedan ser ordenados al diaconado hombres no célibes con tal que no opten por acceder al sacerdocio.

46. La disciplina de la Iglesia oriental permite que al lado de sacerdotes célibes hayan sacerdotes unidos en matrimonio. Nuestra experiencia pastoral manifiesta la máxima utilidad de esta disciplina para nuestro clero, particularmente para el clero rural. Así pues restáurese esta disciplina para el Patriarcado de Alejandría de los Coptos.

47. Parece justo que la ley del celibato deba ser observada también en las regiones orientales, donde es más difícil su ejercicio. Pero no se debe excluir cualquier adaptación en razón de circunstancias y lugares.

48. El celibato resulta pesado e incomprensible a los pueblos asiáticos.

49. Al igual que en el rito oriental, concédase a los sacerdotes africanos la facultad de contraer matrimonio. Los africanos, en efecto, no son occidentales sino orientales.

50. Deróguese la obligación del celibato para el clero secular indígena del África, ya que a causa de aquella obligación se pierden óptimas vocaciones para la Iglesia en aquellas regiones.

51. Si en el África y en el Asia se concediese el sacerdocio a los hombres casados, la difusión de la fe en las misiones se acrecentaría de manera lozana.


AMAR Y VIVIR A CRISTO - EVANGELIZANDO A TRAVÉS DE LA CANCIÓN


I Love the Lord - Rhema Marvanne







A Cristo Hay Que Vivirlo - Son By Four




en.gloria.tv

LA PASIÓN DE LA IRA

Por Jesús Martí Ballester 

Podemos hacer ruido pero sin vivir en serio el espíritu del Señor.

Santo Tomás estudia la clemencia y la mansedumbre, como moderadoras de la ira, en la 2-2, 157 y la pasión de la ira en la cuestión 158. La pasión de la ira, que da nombre al apetito irascible brota cuando el apetito irascible se enfrenta con bienes difícilmente asequibles, o con males que son difícilmente superables. En su esencia íntima es un deseo y una sed de venganza, correspondiente a una injuria recibida cuya satisfacción se consigue por la venganza. 

Por principio y de suyo la ira no es mala, pues todos tenemos el justo derecho de tomar represalia por las ofensas, según la recta razón y la ley general. Mientras el hombre se atenga al dictamen de la razón y obre de acuerdo con las exigencias de la naturaleza, la ira es un acto digno de alabanza; es un deber del que la ley puede pedir cuentas. Y así, pudo decir san Juan Crisóstomo: "Quien con causa no se aira, peca. Porque la paciencia irracional siembra vicios, fomenta la negligencia, y no sólo a los malos sino también a los buenos los invita al mal". Sólo cuando se excede la medida racional, o cuando no se llegue al justo medio, la ira o la no ira, son pecado. 

En consecuencia, una persona airada no da suficientes indicios para deducir que peca, ya que su acto de ira puede responder en proporción justa, a la medida racional que la ira por celo está reclamando de él, pues al centrarse la ira en la venganza, si el fin de la venganza es recto, la ira es buena. 


Ira desordenada

Pero si la venganza es injusta, o porque recae sobre quien no la merece, o en grado superior al debido sobre el que la merece, la ira es desordenada. Así dice santo Tomás: "Según el Crisóstomo "quien se irrita sin motivo es culpable; pero quien se irrita con causa justa no es culpable. La prueba es que si no existiera venganza no aprovecharía la doctrina, ni subsistirían los tribunales, ni serían reprimidos los crímenes". 

Citando el Angélico a san Gregorio, dice: "Hay que tener mucho cuidado no sea que la ira, instrumento de la virtud, llegue a dominar la inteligencia. Que la ira no se porte como señora, sino como sierva, dispuesta a obedecer las órdenes de la razón". "La ira por celo turba la visión intelectual; pero la ira por vicio lo ciega". En efecto, el corazón de un hombre airado es un mar lleno de borrascas y tempestades. Por eso, como cuando se va la luz no damos un paso hasta que vuelva, para no estrellarnos, cuando desaparece la luz de la razón, hay que esperar a que vuelva. Y entonces, iluminado por ella el hombre, puede dictaminar su proceder. Cuando la ira es vicio contraría a la virtud de la mansedumbre, parte potencial de la templanza, destruye la amistad entre los hombres, y rompe la concordia. El hombre constantemente airado se hace intolerable, porque su trato se hace difícil, pues cualquier palabra le ofende, y cualquier broma le molesta y le hace estallar. Pero puede suceder que su versatilidad le haga imprevisible. Los mansos poseerán la tierra. 


La humildad

Dice el P. Granada que ningún hombre humilde es iracundo. La virtud retarda todo lo posible las medidas de la justicia necesarias. Santa Teresa, que ha visto a personas alteradas por la ira, se asombra ante el dominio de la cólera del Padre Ambrosio Mariano, y sobre todo, de no haber visto en ningún momento alterado a san Juan de la Cruz, a pesar de que ella es la misma ocasión. Y de sí misma escribe en una de sus cartas que "Está tan enojada con la priora de Alba, que no quiere escribirle ni tener cuenta con ella". 

El mismo San Juan de la Cruz había hecho la experiencia de hasta donde puede conducir a la persona la falta de freno del apetito de la ira y en general de los apetitos, que así llama él a las pasiones, y de una manera más evidente a los que comienzan el camino cristiano, que él llama principiantes. En la Subida del Monte Carmelo hace un estudio minucioso de estas personas, y antes de destacar el cambio realizado en los perfectos o proficientes, que ya disfrutan de la paz de sus luchas, pone su foco en los fallos o defectos de los principiantes y hace su estudio y de antemano los cataloga. 


Cataloga San Juan de la Cruz

Cataloga San Juan de la Cruz los defectos de los principiantes.- Dice un refrán: Los novicios parecen santos... y no lo son... Los padres jóvenes, ni lo parecen ni lo son. Soberbia oculta: El demonio les aumenta el deseo de hacer cosas porque sabe que no les sirven de nada, sino que se convierten en vicio. Tienen satisfacción de sus obras y de si mismos. Hablan cosas espirituales delante de otros. Las enseñan y no las aprenden. Cuando les enseñan algo se hacen los enterados. Condenan en su corazón cuando no ven a los otros devotos como ellos querrían y lo dicen como el fariseo, despreciando al publicano. Quisieran ser ellos solos tenidos por buenos. Y condenan y murmuran mirando la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el suyo. Cuando sus confesores y superiores no les aprueban el espíritu dicen que no son comprendidos. Buscan quien les apruebe porque desean alabanza y estima. Huyen como de la muerte de los que les deshace sus planes para ponerlos en camino más seguro, y les toman manía. Por su presunción: hacen muchas promesas y cumplen pocas. Desean que los demás comprendan su espíritu y para esto hacen muestras de movimientos, gestos, suspiros y otras ceremonias. Recuenta sus batallitas y se complacen en que se enteren del cambio de sus vidas, con verdadera codicia de que se sepa, llenos de envidias e inquietudes. Disimulan sus pecados. Tienen en poco sus faltas. Se entristecen por ellas, pensando que ya habían de ser santos. Se enfadan consigo mismos con impaciencia, con deseos de que Dios les quite sus pecados no por Dios, sino para estar tranquilos. Con lo que se harían más soberbios y presuntuosos. Son enemigos de alabar a los demás, y muy amigos de que los alaben a ellos, buscando óleo por defuera... 


Los que van en perfección

En cambio los que van en perfección. Tienen sus cosas en nada. No están satisfechos de sí mismos. Tienen a todos por mejores y los cobran santa emulación. Preocupados de amar a Dios no miran si los otros hacen o no hacen. Ven a todos mejores que ellos. Como se tienen en poco también quieren que los demás los tengan en poco y que les deshagan y desestimen sus cosas. Y si los alaban no lo ven merecido. Desean que se les enseñe. Están dispuestos a caminar por otro camino si se lo mandan. Se alegran de que alaben a los otros. No tienen ganas de decir sus cosas. En cambio tienen gana de decir sus faltas y pecados y no sus virtudes y así se inclinan mas a tratar su alma con quien en menos tiene sus cosas y su espíritu. Nosotros vemos y comprobamos la eficacia de un potente motor de coche, de un ordenador, o cualquier otro aparato mecánico, aunque no conozcamos su mecanismo; el poder de un discurso pronunciado por una inteligencia penetrante; la persuasión de una persona genial; la pintura de una figura creada por un artista total, Rafael, Boticelli, Giotto, El Greco, Velázquez, Zurbarán...; la maravilla permanente de Wagner, Beethoven...; pero carecemos de antena para detectar el misterio de la gracia y de la operación de Dios a través de un hombre santo. No lo distinguimos. Es misterioso, pero existe. Y de él depende la extensión mayor o menor del Reino de Dios. Extensión que no es algo abstracto sino muy concreto y apreciable en nuestra acción o en nuestro silencio: una palabra ungida que pega fortaleza; un párrafo leído que hace pensar y decidir; una actitud silenciosa que pacifica. El reino va creciendo así como la semilla enterrada, como el grano que se pudre en el surco y germina lentamente pero inevitablemente; como el rocío que vivifica y alegra el despertar de la mañana. ¡Qué hermosura de misión la que nos ha encargado Jesús y fecunda con su Espíritu Santo! 


Preparación del evangelizador

Ni ordenados ni laicos podemos salir a evangelizar con el espíritu a medio cocer, y quiera Dios que a ello llegue nuestro estado y no nos encontremos en grados inferiores. Porque podemos hacer ruido pero sin vivir en serio el espíritu del Señor, no daremos al Señor. Y encima, se pierde el mérito junto con el fruto. Ya recibieron su paga. Nosotros tantas veces comenzamos nuestra misión profética sin haber crecido... Un director espiritual de seminario mostraba su extrañeza por lo pronto que se desinflaban los nuevos sacerdotes recién ordenados. No advertía que se cosecha lo que se siembra. Ambiente competitivo de estudio, ansia de salir cuanto antes al mundo sin la preparación adecuada. Prisa por la exigencia de cubrir los puestos canónicos. En resumen, soldados sin instrucción, no digo teórica, sino de transformación personal. Escaso adiestramiento en las virtudes de humildad profunda, de caridad verdadera, de castidad sin represión, de desprendimiento de la vanidad, y todo lo que se supone y que no se tiene, no presagian otra cosa que lo que ocurre que, por decirlo con brevedad, no es sino enviar a ejercer la cirugía a internos que nunca practicaron. Urge la preparación personal sin prisas si se busca el progreso del evangelio. Por eso Santa Teresa, cuando escribe Camino de perfección, antes de lanzar las almas al apostolado les prepara con la adquisición de las virtudes.

Es verdad que las cualidades sobrenaturales deben tener por soporte las naturales, para lo cual primero hay que limar el natural, las cualidades humanas, quitando los defectos, pues si un escultor quiere esculpir un Cristo y la madera tiene grietas, por mucho que se esmere, si no pule antes las grietas, aparecerá el defecto en la imagen.


FUENTE: Catholic.net


EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís