FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

SAN JOSÉ: PATRONO DE LA VIDA RELIGIOSA


Material extraido de EC WIKI, ENCICLOPEDIA CATÓLICA ONLINE.

Por: Roberto Balmori Cinta



Al abrir el Evangelio y leer en sus primeras páginas lo que san José hizo por Cristo, nos damos cuenta de lo que la Vida Consagrada en la Iglesia de hoy puede esperar de san José.


Vida Consagrada

Según el Código de Derecho Canónico c. 573, 1: “La vida consagrada por la profesión de los consejos evangélicos es una forma estable de vivir en la cual los fieles, siguiendo más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, se dedican totalmente a Dios como a su amor supremo, para que entregados por un nuevo y peculiar título a su gloria, a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo, consigan la perfección de la caridad en el servicio del reino de Dios y, convertidos en signo preclaro en la Iglesia, preanuncien la gloria celestial”.

Recientemente, el Papa Benedicto XVI, en su viaje a Camerún en el mes de marzo del presente año, relacionó la figura de San José con la Vida Consagrada, haciendo resaltar la actuación de san José al lado de Jesús y de su Madre María, tal como el Evangelio nos la presenta, para después considerar el camino de la Vida Consagrada en la Iglesia de hoy y descubrir la íntima relación que ésta tiene con el Patriarca de Nazaret. En varios de sus discursos en aquel país africano, el Papa subraya y contempla los rasgos característicos de la vida y de la misión de san José a través de las palabras de la Sagrada Escritura y los va aplicando a diversos sectores del Pueblo de Dios: los sacerdotes, las personas consagradas, los movimientos eclesiales, las familias, los enfermos.

Ya en otras ocasiones los Sumos Pontífices han relacionado a San José con la Vida Consagrada, como el Papa Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica “Redemptoris Custos”, sobre todo en los dos últimos capítulos: “El primado de la vida interior” (cap. V) y “Patrono de la Iglesia de nuestro tiempo” (c.VI). Pero han sido, ante todo, los mismos Institutos de Vida Consagrada, los que, tanto en épocas pasadas como en el momento presente, han relacionado los elementos esenciales de la vida consagrada y sus carismas fundacionales con san José. Y no podía ser de otra manera si la vida consagrada hace referencia necesaria al Evangelio y a la vida misma de la Iglesia, fuentes de donde dimanan la teología y la espiritualidad josefina que muchos Institutos han descubierto y adoptado como suyas. Sin el Evangelio, la vida consagrada no tiene sentido pues es en él donde se inspira y fundamenta, ya que es seguimiento radical de Jesucristo y entrega total a su servicio por la vida del mundo. Y es precisamente en el Evangelio donde vemos la actuación de san José, su vocación y misión al servicio de Cristo y de María, en la realización del misterio de la Encarnación y de la Redención que son los que dan origen a la Iglesia; por lo cual, podemos afirmar que san José desde el principio colaboró en la obra de nuestra salvación, y por lo tanto, está también relacionado con la Iglesia, y sigue desde el cielo intercediendo por los que formamos el Cuerpo místico de Cristo, ya que la Iglesia no es sino prolongación de la Familia de Nazaret. Esta fue la razón por la que el Papa Pío IX proclamó a san José como Patrono y Protector de la Iglesia Universal. A la Iglesia todos los Institutos de vida consagrada la reconocen como el lugar donde nacen, crecen, se alimentan y se multiplican. Iniciemos, pues, nuestro itinerario, recorriendo los puntos esenciales de la vida consagrada, para ver al mismo tiempo cómo san José va acompañando a consagrados y consagradas en su vida y en el cumplimiento de su misión.

 
 
La vocación

La primera realidad que debemos analizar es la vocación. Cuando Dios quiso realizar su obra de salvación, llamó a María para que fuera la Madre del Mesías. Ella aceptó plenamente la voluntad de Dios, recibiendo al Hijo de Dios, que se encarnó en su seno por obra del Espíritu Santo. Y para que cuidara de María y de su Hijo Jesús, llamó a José de Nazaret y lo hizo esposo de María y padre de Jesús. Un ángel del Señor le anuncia en sueños; “José, hijo de David, no temas recibir a María tu esposa, pues lo que se ha concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tu le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 20-21). En la vocación Dios tiene siempre la iniciativa, como sucedió en el Antiguo Testamento a Abraham, a los Patriarcas y a los Profetas, y en el Nuevo, a María, a José, a los doce Apóstoles, a san Pablo. Tratándose de los consagrados, Dios llama por amor para comunicar sus dones, para darse a sí mismo, para manifestar su voluntad, para enriquecer a aquel que es llamado, pues la vocación de Dios no premia a los más capaces sino que capacita a los que Él llama. Así lo dice san Bernardino de Siena en su Sermón 2 sobre san José: “Es norma general de todas las gracias especiales comunicadas a cualquier criatura racional que, cuando la gracia divina elige a alguien para algún oficio especial o algún estado muy elevado, otorga todos los carismas que son necesarios a aquella persona así elegida, y que la adornan con profusión. Ello se realizó de un modo eminente en la persona de san José”. La vocación de Dios es gratuita y su llamado es para ser felices y para ser santos y por lo mismo es irrevocable, pues nos ha destinado a gozar de Él para siempre, y quiere que con los dones recibidos, los demás sean también enriquecidos, ya que vocación y misión van indisolublemente unidas. La vocación de Dios lleva a veces el sello del dolor, como sucede en san José, pero esta prueba va acompañada siempre del gozo de servir a Cristo, de estar con Él. Y al llamado no lo deja solo en sus dudas y temores, en su debilidad. “No temas, le dice, yo estaré contigo”. Y le da su Espíritu para que Él sea su luz y fortaleza, y pueda responder a la vocación y a la misión que ha recibido. La vocación de san José y la vocación del consagrado(a) presentan un paralelismo admirable: vocación al amor, al servicio, a la santidad, presencia de Cristo y de María, unión de corazones, entrega plena y total por la vida del mundo, respuesta generosa de fe para cumplir con alegría la voluntad de Dios. Por eso, el consagrado tiene como modelo a san José en el horizonte de su vocación, y para llevarla a feliz cumplimiento cuenta con su patrocinio e intercesión. San José dedica su vida al servicio de Cristo y de María, y al mismo tiempo recibe de ellos, en un recíproco intercambio, un aumento y crecimiento de su fe y de su amor, como lo dice RC 5: “José es el primero en participar de la fe de la Madre de Dios, y haciéndolo así, sostiene a su esposa en la fe de la divina anunciación”. El consagrado vive su vocación en el seno de su familia religiosa, dando a sus hermanos y recibiendo de ellos en fraternidad la riqueza espiritual de su vocación.

El que ha sido así llamado, hace una total consagración de sí mismo a Dios, a quien ama sobre todas las cosas, de manera que se ordena al servicio de Dios y a su gloria, mediante la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, y tiende así hacia la caridad perfecta, ya que su propósito en reproducir en sí mismo a Cristo. “Los consejos evangélicos, abrazados voluntariamente... estimulan continuamente el fervor de la caridad y sobre todo,...son capaces de asemejar más al cristiano con el género de vida virginal y pobre que Cristo Señor escogió para sí y que abrazó su Madre, la Virgen” (LG 46). Hay que notar que, aunque el texto nos presenta como modelo supremo del religioso a Cristo y a su santísima Madre, sin embargo, podemos añadir “y su padre san José”, ya que él a semejanza de su esposa María se consagró también a seguir a Cristo, y su consagración se realizó a través de su paternidad para con Jesús y de su matrimonio con María, como lo dice RC: “San José ha sido llamado por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de su paternidad; de este modo él coopera en la plenitud de los tiempos en el gran misterio de la Redención y es verdaderamente “ministro de la salvación”. Su paternidad se ha expresado concretamente “al haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio, al misterio de la Encarnación y a la misión redentora que le está unida; al haber hecho uso de la autoridad legal que le correspondía sobre la Sagrada Familia, para hacerle don total de sí, de su vida y de su trabajo; al haber convertido su vocación humana al amor doméstico con la oblación sobrehumana de sí, de su corazón y de toda capacidad, en el amor puesto al servicio del Mesías, que crece en su casa”(n.8).

También por su matrimonio con María, san José expresa su consagración a Dios y es el modelo de los consagrados: “En la liturgia se celebra a María, unida a José, el hombre justo, por un estrechísimo y virginal vínculo de amor. Se trata, en efecto, de dos amores que representan conjuntamente el misterio de la Iglesia, virgen y esposa, la cual encuentra en el matrimonio de María y José su propio símbolo... Mediante el sacrificio total de sí mismo, José expresa su generoso amor hacia la Madre de Dios, haciéndole don esponsal de sí” (RC n.19).

Tanto María como san José nos dan un ejemplo admirable de consagración a Dios en la Persona de su Hijo amado, Jesús: María como madre, José como padre, pero formando unidos la familia santa de Nazaret. En virtud de la unión hipostática, hay una estrecha unidad entre las tres personas de la Sagrada Familia. En efecto, junto con la asunción de la humanidad en la unidad de la Persona divina del Verbo-Hijo, Jesucristo, está también “asumido” todo lo que es humano, en particular, la familia, como primera dimensión de su existencia en la tierra. En este contexto está también “asumida” la paternidad humana de José. Las palabras de María a Jesús en el templo: “Tu padre y yo... te buscábamos” indican toda la realidad de la Encarnación, que pertenece al misterio de la Familia de Nazaret. O también, podemos decir “La Familia de Nazaret está inserta directamente en el misterio de la Encarnación” (RC 21). Por eso, no sólo individualmente las personas de la Sagrada Familia son modelos de la vida consagrada, sino también así, como familia, porque reflejan la vida comunitaria de la Iglesia y de las diferentes familias religiosas. Más aún, la Sagrada Familia encarna, por su amor y unidad, la misma vida trinitaria del cielo, y así, se le puede llamar, “la Trinidad de la tierra”. Así, la Trinidad del cielo, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es la fuente de la vida y del amor de la Trinidad de la tierra, Jesús, María y José, y ambas tienen su prolongación en la Iglesia y en las familias religiosas. “La vida consagrada imita más de cerca y hace presente continuamente en la Iglesia, por impulso del Espíritu Santo, la forma de vida que Jesús, supremo consagrado y misionero del Padre para su Reino, abrazó y propuso a los discípulos que lo seguían” (VC 22). Cuando descubrimos la dimensión trinitaria de la vida consagrada en la Iglesia, entendemos por qué el Concilio invita a los consagrados a perseverar en el camino de la santidad y del amor: “Todo el que ha sido llamado a la profesión de los consejos, esmérese por perseverar y sobresalir en la vocación a la que fue llamado por Dios, para una más abundante santidad de la Iglesia y para mayor gloria de la Trinidad, una e indivisible, que en Cristo y por Cristo es la fuente y origen de toda santidad” (LG 47). San José, jefe de la Sagrada Familia, intercede con su patrocinio en favor de todos aquellos y aquellas que sintiendo el llamado de Cristo, han emprendido el camino de la santidad, consagrándose a Dios para seguir a Cristo casto, pobre y obediente, y servir a sus hermanos. El patrocinio de san José no sólo se manifiesta sobre aquél que es llamado y consagrado, sino que se extiende a la práctica de los Consejos Evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, que expresan dicha consagración.
 
 
 
La castidad

San José es modelo de castidad porque, habiendo sido llamado por Dios a ser el esposo de la Virgen María, madre del Salvador, él mismo conservó su virginidad y la consagró a Dios para poder cumplir la misión que Él le había dado. San Jerónimo escribió contra Helvidio: “Tú afirmas que María no permaneció virgen, pero yo voy más allá: el mismo José fue virgen por María, para que de su matrimonio virgen naciera un hijo virgen”. También san Agustín afirma la castidad virginal de José: “Como ella fue madre sin concupiscencia carnal, así él fue padre sin trato carnal... Su máxima pureza confirma su paternidad..., porque si fue un marido casto (virgen), también fue padre casto (virgen): tanto más firmemente padre, cuanto más castamente padre” (Sermón 51, 20). Aunque en los evangelios apócrifos se dice que san José tuvo otros hijos de un matrimonio anterior, y esto, para explicar la expresión “hermanos” de Jesús y salvaguardar la virginidad de María, estas afirmaciones fueron desde un principio rechazadas por la Iglesia, y en cambio, siempre se ha presentado a san José como el “Esposo virgen de la Virgen Madre” (Himno de Vísperas, 19 de marzo) y por lo tanto, como modelo de pureza y castidad, y como padre y custodio de quienes siguen a Cristo por el camino de la virginidad consagrada: Es conocida la oración del Papa Benedicto XIV (1675-1758), “Vírginum Custos”: “Oh guardián y padre de vírgenes, san José, a cuya fiel custodia fue confiada la misma inocencia, Cristo Jesús, y la Virgen de las vírgenes, María; por este doble y carísimo depósito, Jesús y María, te ruego y suplico me concedas que, libre de toda inmundicia, con una mente limpia, con un corazón puro y un cuerpo casto, siempre sirva castísimamente a Jesús y a María. Amén.” La castidad consagrada tiene como fruto liberar el corazón del hombre de afectos y acciones que le impidan entregarse a Dios y al cumplimiento de su vocación y su misión, pero su raíz es el amor, porque quienes la profesan quieren alcanzar la caridad perfecta, buscando solo a Dios, viviendo más y más para Cristo y uniéndose más estrechamente con Él en un corazón indiviso. Y esta unión de los consagrados (as) con Cristo no es sino una evocación de aquel maravilloso connubio, fundado por Dios... por el que la Iglesia tiene por esposo único a Cristo (PC 12). Cristo ama a la Iglesia, su Esposa, y la santifica; la Iglesia ama a Cristo, su Esposo, y se consagra a Él siguiendo el camino de la santidad. La nota de santidad de la Iglesia tiene una expresión viva y elocuente en la vida consagrada, que adquiere “un significado esponsal” (VC 34), sobre todo a través del voto de castidad, que es entrega total a Cristo, en el amor y la fidelidad. El matrimonio de María y José es signo de las bodas de Cristo con su Iglesia: María, figura de la Iglesia; José, figura de Cristo, “el Esposo celestial” (S. Pedro Crisólogo, s.V, Sermón 146; RC 19). Así, José se convierte en el Protector de la Iglesia y de todos los consagrados en ella. Al volver sus ojos a Nazaret, los consagrados descubren en el “castísimo José” el modelo de su entrega y el fuerte intercesor, siempre cercano, en el camino de la santidad.
 
 
 
Pobreza

En la práctica de la pobreza evangélica que por vocación profesan, los consagrados (as) encuentran también su modelo e intercesor en san José “amante de la pobreza” (Letanías). María y José era un matrimonio sencillo, humilde y pobre en bienes materiales, pero inmensamente rico por el tesoro que tenían en su propia casa: Jesús. El mismo Jesús, Hijo de Dios, que descendió del cielo a la tierra, abrazó una vida pobre desde su nacimiento, trabajó como artesano en su vida oculta, y durante su vida pública se rodeó de gente sencilla, a quienes enseñó con su ejemplo el camino de la pobreza, proclamando bienaventurados a los pobres de espíritu, “porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5, 3) e invitándolos a confiar en la Providencia. Fue solidario con los pobres y murió pobre en una cruz... Su llamado “Ven y sígueme” despertó en muchos el deseo de seguir el camino de la pobreza para llegar a poseer las verdaderas riquezas de Dios. Y nació en la Iglesia la vida consagrada, y dentro de ella, el compromiso de la pobreza evangélica: “su primer significado consiste en dar testimonio de Dios como la verdadera riqueza del corazón humano” (VC 90). María y José, padres de Jesús, fueron los primeros discípulos de su Hijo en el camino de la pobreza, y viceversa, Jesús vivió la experiencia de la pobreza en su propia familia en Belén y en Nazaret. Inmenso fue el dolor de san José al ver a su esposa reducida a dar a luz a su Hijo en un establo, pero más grande todavía fue su gozo al ver nacido al Salvador y adorado por los ángeles y pastores. En medio de la mayor pobreza descubrieron el valor inapreciable del tesoro que Dios les confiaba. Más tarde, José, el carpintero de Nazaret, enseñó a trabajar en su taller a Jesús, quien así, manifestó que el trabajo es ley común para todos los hombres, y por eso lo asumió al encarnarse, y lo hizo un medio de santificación. “El trabajo humano, y en particular, el trabajo manual, tienen en el Evangelio un significado especial. Junto con la humanidad del Hijo de Dios, el trabajo ha formado parte del misterio de la Encarnación, y también ha sido redimido de modo particular. Gracias a su banco de trabajo sobre el que ejercía su profesión con Jesús, José acercó el trabajo humano al misterio de la Redención” (RC 22). La Iglesia, al exhortar a los consagrados (as) a sentirse obligados a la ley común del trabajo para procurarse lo necesario para su sustento y sus obras, los invita a alejar de sí toda solicitud indebida y ponerse en manos de la providencia del Padre Celestial (Cf PC 13).

Esto significa volver los ojos a Nazaret y ver cómo san José, con su humildad y sencillez, con su espíritu de laboriosidad, con su mansedumbre y justicia, con su misericordia y pureza de corazón, realiza en sí mismo las bienaventuranzas que Jesús proclamó en el sermón de la montaña, o como dice el Papa Pablo VI, él es el “introductor del Evangelio de las bienaventuranzas” (homilía del 19 de marzo de 1968). Los consagrados, desde su vocación a la santidad, deben testimoniar con su vida, y especialmente con la práctica de la pobreza, el Evangelio de las Bienaventuranzas. Cuentan, pues, para ello con el ejemplo y patrocinio de san José. Y viviendo este mismo espíritu, como discípulos de Cristo, lo proyectarán necesariamente en su relación con los pobres, a quienes, de modo preferencial, comprenderán, amarán y acogerán, anunciándoles el Evangelio, compartiendo su vida y luchando por su promoción y superación. La pobreza evangélica vivida en común hace más hermosa la unidad de los hermanos. En la Iglesia primitiva, los primeros cristianos ponían todo en común y eran todos un solo corazón y una sola alma (He 4, 32-35), prolongación de aquella incipiente Iglesia doméstica, que fue la Sagrada Familia de Nazaret, ejemplar modelo, por su humildad, sencillez y pobreza, por su unidad y por su amor, de toda comunidad consagrada, que habiéndolo dejado todo, encuentran su tesoro en Cristo Jesús, que vive en medio de ellos.
 
 
 
Obediencia

Al profesar el consejo evangélico de la obediencia, los consagrados (as) Ofrecen a Dios, como sacrificio de sí mismos, la plena entrega de su voluntad, y por ello se unen más constante y plenamente a la voluntad salvífica de Dios (Cf. PC 14). El modelo más perfecto de obediencia es Jesús, que se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Desde su ingreso al mundo dice a su Padre: “He aquí que vengo para hacer tu voluntad” (Sal 40, 8-9; Hb 10, 9), y al proclamar a los doce años en Jerusalén su dependencia absoluta de su Padre Celestial, no por eso deja de someterse a la autoridad de sus padres: “Bajó con ellos a Nazaret, y vivía sujeto a ellos” (Lc 2, 51). María, en la Anunciación, se reconoce la esclava del Señor, para obedecer con amor la Voluntad de Dios, pero también, como esposa, obedece a José y colabora con él en la vida diaria para alimentar y educar a Jesús. Y aquí brilla también el ejemplo de san José, siempre atento a los mensajes directos que Dios le comunica en sueños, pero también, siempre obediente a las disposiciones de la autoridad civil (Censo en Belén, Lc 2, 1-5) y de la ley religiosa de Israel (Circuncisión, Presentación en el templo, celebración de la Pascua: Lc 2, 21-24. 41-42). Así, los consagrados (as) saben que su obediencia fundamental es a Dios, cuya Voluntad descubren en su Palabra, y le dan el asentimiento de la fe, pero también obedecen a sus Superiores por amor de Dios, viendo con espíritu de fe en sus disposiciones la Voluntad de Dios.

José, como esposo y padre, recibe de Dios la autoridad para dirigir a su familia, y aun reconociendo que Jesús y María son mayores que él en dignidad y santidad, ejerce con amor y prudencia el cargo que se le ha confiado: “Si Jesús, el Hijo de Dios, se somete a María y José, ¿yo no me someteré al Obispo que me fue dado por Dios como padre? ¿No me someteré al presbítero que por una dignación del Señor se me ha dado como superior? Pienso que José entendía que Jesús era mayor que él, y que, aun así, se le sometía a él, y sabiendo que era mayor, con temblor ejercía sobre él la autoridad. Sucede con frecuencia que una persona inferior sea puesta al frente de personas mejores que ella. Si este personaje colocado en un rango superior se da cuenta de tal situación, que no se llene de soberbia a causa de su dignidad oficial, sino que reconozca que su súbdito es mejor que él, como sucedió cuando Jesús se sometió a José” (Orígenes, Homilía 20, 5; Benedicto XVI, 19 de marzo de 2009, en Camerún).

Jesús y María, por su parte, se someten con amor a la autoridad de José y le obedecen. En esta autoridad que Dios le concedió a José, la Iglesia ha reconocido la razón de ser de su Patrocinio sobre ella y sobre los que en su seno se consagran a Dios en la obediencia. José es, pues, obediente a Dios, y al mismo tiempo, cumple su oficio como autoridad, sirviendo con amor a Jesús y a María: “José, obediente al Espíritu, encontró justamente en Él la fuente del amor” (RC 19).

Así también, en los Institutos de Vida Consagrada, el superior (a) sirve a sus hermanos (as), pero él mismo se siente sujeto a la obediencia: “Partiendo de la naturaleza característica que corresponde a la autoridad eclesial, el Código recuerda al superior religioso que está llamado, ante todo, a ser el primer obediente. En virtud del oficio asumido, debe obediencia a la ley de Dios, de quien procede su autoridad y a quien deberá rendir cuenta en conciencia, a la ley de la Iglesia, al Romano Pontífice y al derecho propio del Instituto” (Instrucción CIVCSVA, 11 de mayo de 2008, n.14 a). Cuando el Código nos dice: “Mostrándose dóciles a la voluntad de Dios en el cumplimiento de su función, gobiernen a sus súbditos como a hijos de Dios” (c. 618), parece dibujarnos el más elocuente retrato de san José, modelo de superiores, donde se conjugan de modo admirable obediencia y autoridad. La Liturgia del 19 de marzo, fiesta de san José, presenta (2ª lectura de la Misa) la fe de Abraham como figura de la fe inquebrantable de José, que lo llevó a aceptar con obediencia la voluntad de Dios y recibir en su casa a María, su esposa, encontrándose así la fe de María con la fe de José. Lo que él hizo es genuina “obediencia de la fe” (RC 4). El consagrado (a), a través de su obediencia, se encuentra con la fe de María y la fe de José, y se siente fortalecido por éstas. El voto de obediencia tiene como fuente la fe en Dios del consagrado, que se confía libre y totalmente a Él, y por Él acepta la obediencia a sus superiores (as), a semejanza de José, varón justo, humilde y obediente, que aceptó la voluntad de Dios que se le manifestaba en sueños, o en las leyes civiles o religiosas, o en las circunstancias a veces dolorosas de la vida ordinaria. Siempre la obediencia abre al consagrado (a) el camino para buscar a Dios y encontrarlo, y realizar así su vocación a la santidad, pues la Iglesia, al aprobar los Institutos de Vida Consagrada, da legitimidad a los superiores (as), quienes actúan en nombre de Dios y hacen las veces de Dios, para comunicar a sus hermanos (as) la voluntad de Dios o buscarla con ellos a través del diálogo. Todos, superiores y consagrados, deben abrir sus corazones y hacerse disponibles a la acción del Espíritu Santo, para que Él los ilumine y fortalezca con sus dones y puedan ofrecer al Señor el sacrificio de su obediencia. Los consagrados tienen en san José un modelo admirable de obediencia, y un válido protector para poder recorrer en el amor el camino de su vocación.
 
 
 
Fraternidad

La vida fraterna en comunidad es un elemento constitutivo y uno de los compromisos fundamentales de la vida consagrada, porque Jesús, al lanzar su llamamiento “ven y sígueme”, reunió a sus discípulos y les dio el mandamiento nuevo del amor recíproco: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 13, 34). Y nació la Iglesia, fecundada por el Espíritu Santo, Espíritu de amor, que hace de los discípulos de Cristo “un solo corazón y una sola alma”. Esta unidad se vive en familia, y es la que ahora sostiene y anima a las comunidades religiosas. Buscando un modelo, muchos consagrados (as) han vuelto sus ojos a Nazaret y han elegido a san José, esposo de María, padre virginal de Jesús y jefe de la Sagrada Familia, como intercesor de su unidad, porque también es, desde hace casi 140 años, el Patrono y Protector de la Iglesia Universal. Desde luego que el modelo supremo de la unidad eclesial y de la vida consagrada es la Santísima Trinidad, y por eso podemos decir con razón que “la vida consagrada es anuncio de lo que el Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu, realiza con su amor, su bondad y su belleza” (VC 20). Este misterio inefable de nuestro Dios Uno y Trino tiene su expresión visible en la Sagrada Familia, verdadera Trinidad de la tierra. Jesús, el Hijo de Dios Padre, es también el Hijo de María, confiado al amor paternal de José. José fue llamado para hacer las veces de padre para con Jesús, pero también para hacer las veces del Padre, por su autoridad en la Familia de Nazaret. Por eso, la unidad de la Sagrada Familia es la luz que ilumina la vida comunitaria y fraterna de los consagrados (as). Jesús, que prometió estar en medio de los que están unidos en su nombre (Mt 18, 20), está presente en medio de María y de José, y está presente en la Iglesia y en cada familia religiosa.

La Iglesia, misterio de comunión, porque une a los hombres con Dios y también une a los hermanos entre sí, es la prolongación de la Sagrada Familia, y por tanto, el jefe de esta Familia es, con toda razón ahora (y así lo proclamó el Papa), el Patrono y Protector de toda la Iglesia, y Padre, por amor, de las comunidades religiosas. La Iglesia sigue invitando a los consagrados (as) que buscan alimentar la unidad y la fraternidad de sus comunidades, con las palabras del antiguo Faraón de Egipto: “Vayan a José, hagan lo que él les diga” (Gén 41, 55).

En Nazaret, tienen los consagrados el modelo de su unidad. Los treinta años de convivencia familiar, sobre todo después del regreso de Egipto y su establecimiento en Nazaret, constituyen la vida gozosa y tranquila de la Sagrada Familia, en un hogar donde todo es unidad, amor recíproco, oración, trabajo, respeto, confianza, comunicación, sencillez, silencio interior, y todas las virtudes domésticas, que invitan a la santidad personal y comunitaria. “Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio” (Pablo VI, Alocución en Nazaret, 5 de enero de 1964). En Nazaret se encuentran todos los valores de la vida consagrada, y el consagrado que quiera vivir en plenitud su vocación tiene que dirigir su mirada hacia ese santuario nazaretano donde reina la paz y la unidad, y dejar que su luz se proyecte sobre la vivencia diaria de la comunión fraterna.

 
 
Espiritualidad

La vida espiritual es el alma de la vida consagrada. El seguir a Cristo más de cerca exige al consagrado permanecer unido a Cristo y alimentar esta comunión con una espiritualidad sólida por medio de la Palabra de Dios, la Eucaristía, la oración y la fortaleza en las pruebas. San José aparece una vez más como el modelo de la vida interior para todos los consagrados (as), porque viviendo con Jesús en el silencio de Nazaret, “estaba en contacto cotidiano con el misterio ‘escondido desde siglos’, que ‘puso su morada’ bajo el techo de su casa” (RC 25). De esta unión con Jesús, fluye toda la vida de la gracia que fortalece al consagrado para vivir su compromiso con Cristo y con la Iglesia en la práctica de las virtudes: la fe, la esperanza y la caridad; la humildad y obediencia, la fortaleza y castidad. Si el consagrado debe tener en sus manos diariamente la Sagrada Escritura, para adquirir el ‘sublime conocimiento de Jesucristo’ (PC 6), contemple a san José que tiene en sus manos al “Verbo eterno de Dios, hecho hombre”. Si busca alimentar su vida espiritual con la Eucaristía, escuche el “Vayan a José”, pues él ofrece el Pan de la vida al pueblo necesitado (Gén 41, 55; Jn 6, 42). Si desea encontrar un “Maestro de oración”, acuda a san José, el mayor de los santos, porque tiene en su casa y en su taller de trabajo al mismo Hijo de Dios, en una experiencia cotidiana de Dios al estar junto a Jesús. Si sufre, ofrezca al Señor su dolor y considere que Cristo lo asocia a su misterio pascual de muerte y resurrección para dar la vida al mundo; y sepa que los sufrimientos de san José al lado de Jesús y de María no son un castigo sino amor entrañable de Dios. Porque el dolor en realidad es momentáneo y viene enseguida el gozo; “Sufrimos con Él, para ser también con Él glorificados (Rm 8, 17). Si san José fue un varón justo y estuvo siempre unido a Dios, su dolor se explica en el contexto de la redención. El dolor de José está unido al dolor de su hijo Jesús por la salvación del mundo. Dios quiso probarlo con dolores y sufrimientos (dudas, pobreza, derramamiento de sangre, anuncio de la pasión, persecución, temores, separación) para darle después la alegría de la Pascua, y lo hizo pasar de la duda a la seguridad de su misión paternal; de la pobreza a la posesión de Cristo, su tesoro; de la sangre derramada a la miel del nombre de Jesús; del anuncio profético de pasión y muerte a la certeza de la salvación humana; de la persecución y huida a la liberación de los peligros; del temor de un rey sanguinario a la tranquilidad y paz del hogar nazaretano; de la búsqueda angustiosa la posesión total de Jesucristo. Estos “dolores y gozos” de san José son su participación anticipada en el misterio pascual de Jesús, y al mismo tiempo, son el modelo para el consagrado en el camino de su fidelidad a Dios y de su vida espiritual. La misión de los Institutos de vida consagrada está en íntima relación con su carisma y espíritu, y responde a la naturaleza de la Iglesia, apostólica y misionera. Alguien puede pensar que es difícil considerar a san José como modelo de la misión y del apostolado de la vida consagrada si la actuación de san José se desarrolló en el silencio de Nazaret y antes de que Jesús iniciara su vida pública. Sin embargo, el patrocinio de san José sobre la misión actual de la Iglesia y de los Institutos religiosos no tiene su razón de ser por el hecho de que él haya realizado algún apostolado externo, sino porque preparó la misión de Jesús alimentándolo, cuidándolo y educándolo desde la infancia, adolescencia y juventud, hasta la edad adulta. San José se dedicó como padre a hacer posible el crecimiento de Jesús hasta la madurez corporal para que a su tiempo pudiera realizar su obra evangelizadora y redentora. Y en esto, hay una semejanza admirable con el apostolado de los religiosos y de todos los consagrados, porque “según la vocación propia de cada uno, les incumbe el deber de trabajar fervorosa y diligentemente en la edificación e incremento de todo el Cuerpo místico de Cristo” (CD 33). Todos sabemos que “antes que en las obras exteriores, la misión se lleva a cabo en el hacer presente a Cristo en el mundo mediante el testimonio personal. ¡Este es el reto, éste es el quehacer principal de la vida consagrada” (VC 72), como fue el quehacer principal de san José.
 

 
Conclusión

Si recorremos la vida de san José al servicio de Cristo tal como nos la presentan los Evangelios, descubrimos una dimensión apostólica y misionera en varios de los hechos ahí narrados, que ofrecen al consagrado una clara inspiración de su misión. Mencionemos brevemente algunos: - A José se le revela la concepción virginal de Cristo y se le manda que le imponga el nombre de Jesús, que quiere decir Salvador, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados. A los ochos días de nacido, José cumple con este mandato y le impone al Niño el nombre de Jesús y recibe su primera sangre derramada: Dolor y gozo, preludio de salvación pascual, sangre de la alianza que hace fecunda la misión, dulce nombre impuesto por la autoridad paterna de José: “no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 12). Por eso, los consagrados (as) cumplen su misión invocando y anunciando el Nombre de Jesús, “Dios con nosotros”, y difundiendo su Reino, y san José desde el cielo mira complacido esa misión evangelizadora y santificadora de los consagrados y les muestra su patrocinio.

- Cuando Jesús es presentado al Templo por María y José, el anciano Simeón toma al Niño en sus brazos y lo proclama como “Luz de las naciones” y anuncia los futuros sufrimientos de Cristo, en los que María y José van a participar. El Señor quiso darles a probar anticipadamente su pasión, pero también la alegría de su gloria. Dolor y gozo que son la esencia del misterio pascual, muerte y resurrección, muestra del amor inmenso de Dios hacia los hombres. El consagrado sabe que con tales trabajos ha quedado el hombre redimido, y que su misión pastoral en la Iglesia de hoy no es sino explicitación de la obra redentora de Cristo.

- La visita de los magos para adorar a Jesús, el Rey recién nacido, es un anuncio de la vocación de los paganos a la fe, que la Iglesia a través de los siglos, proclamaría y haría efectiva por medio de tantos predicadores y misioneros, pertenecientes muchos de ellos a Institutos de vida consagrada. Pero también, esa misma visita fue ocasión de la persecución de Herodes y la consecuente huida a Egipto por la acción diligente de José, para salvar la vida del Niño. Muchos han interpretado esta huida como un hecho misionero: José lleva a Jesús a Egipto, tierra de paganos, y cumple la profecía de Isaías: “Allá va Yavé cabalgando sobre nube ligera y entra en Egipto, se tambalean los ídolos de Egipto... Será conocido Yavé de Egipto y conocerá Egipto a Yavé aquel día... Se convertirán a Yavé y Él será propicio y los curará” (Is 19, 1. 21-22). Si el nombre de José significa “aumento”, la misión de san José, al alimentar y proteger a Cristo, contribuye verdaderamente al aumento y crecimiento del Pueblo de Dios, a través de la Iglesia misionera. Por eso, no es extraño que muchos Institutos de vida consagrada, conscientes de su pertenencia a la Iglesia misionera, hayan optado por abrir casas de misión en países no cristianos, poniéndolas bajo el patrocinio de san José, a quien invocan como “Protector de las misiones”, “San José de la Misión”,...

Los consagrados (as) pueden invocar a san José y encomendarle su vida y sus obras apostólicas, sabiendo que él escuchará desde el cielo sus súplicas y bendecirá con abundantes frutos su labor evangelizadora y misionera en favor de las familias, los jóvenes, los niños, los matrimonios, los ancianos, los sacerdotes, los consagrados (as), los migrantes, los pobres, los trabajadores, los educadores, las mujeres, los laicos,... porque todos encuentran un lugar preferencial en su corazón, pues él conoció las realidades que ellos experimentan diariamente, cuando vivió al lado de Jesús y de María sirviéndolos por amor.


FUENTE: ec.aciprensa.com/

"VIRTUDES CONTRA PECADOS" -

Un proyecto cinematográfico sobre las virtudes que vencen al pecado


"Este video lleva como fin enseñar la batalla espiritual de cada alma en el crecimiento de las virtudes y en la renuncia del pecado. Está basado en experiencias místicas de santos, beatos y laicos y enseñanzas del catecismo de la Iglesia Católica.

Contiene anécdotas de personas donde las situaciones presentadas pudieran ayudar a las personas en alguna forma, sin pretender ser la única solución a un problema pero quizás una luz de esperanza.

Las virtudes están representadas por los niños de esta película animada y en el lado de la historia de la película se muestran como personas adultas que combaten los pecados y luchan por alcanzar la santidad que sería la restauración del alma al estado de perfección, de amor en Dios, con Dios y para Dios."



Tearlach, exclusivo para Sacerdote Eterno blog.


VIDEOS TEASER DE "VIRTUDES CONTRA PECADOS"









  


Gracias a Tearlach por compartir a través del blog Sacerdote Eterno estas muestras de su proyecto.


¿POR QUÉ LA MUJER DEBE USAR VELO EN LA IGLESIA CATÓLICA?


(Pontificale Romanum, De Benedictione et Consecratione Virginum)



Por delante de todo está el respeto a Dios en Su Casa



Una de las costumbres y disposiciones eclesiásticas católicas romanas que está quedando en desuso y siendo considerada un arcaísmo y un supuesto ataque a la naturaleza de la mujer es el uso del velo en la Iglesia.

La Iglesia Católica durante más de 2000 años aceptó, propuso y estableció que la mujer debía cubrirse la cabeza con un velo en las ceremonias del Culto, como símbolo de sumisión, humildad y obediencia ante Dios.

En la Primera Carta a los Corintios (11:1-16), San Pablo sale al cruce de ciertos pensamientos y prácticas paganizantes de algunas mujeres de la ciudad griega de Corinto. Nuestro Santo Apóstol expresa: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo. Os alabo, hermanos, porque en todo os acordáis de mí, y retenéis las instrucciones tal como os las entregué.

Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo.

Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, afrenta su cabeza. Pero toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta su cabeza; porque lo mismo es que si se hubiese rapado.

Porque si la mujer no se cubre, que se corte también el cabello; y si le es vergonzoso a la mujer cortarse el cabello o raparse, que se cubra.

Porque el varón no debe cubrirse la cabeza, pues él es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón.

Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón.

Por lo cual la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles.

Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón; porque así como la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer; pero todo procede de Dios.

Juzgad vosotros mismos: ¿Es propio que la mujer ore a Dios sin cubrirse la cabeza?

La naturaleza misma ¿no os enseña que al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello? Por el contrario, a la mujer dejarse crecer el cabello le es honroso; porque en lugar de velo le es dado el cabello.

Con todo eso, si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios.”

Por su parte, Tertuliano -uno de los Padres de la Iglesia- señalaba: “Te ruego, seas tú madre, o hermana, o hija virgen, cubre tu cabeza”

Fue hábito gozoso y norma eclesial que la mujer vista velo en la Iglesia sea en la última fase de la Edad Antigua como durante toda la Edad Media y hasta hace poco…

El Código de Derecho Canónico de 1917 establece en el Canon 1262, § 2 que las mujeres en la Iglesia y muy especialmente cuando se acerquen a comulgar “deben tener la cabeza velada y deben vestirse modestamente…” (En latín es: “Viri in ecclesia vel extra ecclesiam, dum sacris ritibus assistunt, nudo capite sint, nisi aliud ferant probati populorum mores aut peculiaria rerum adiuncta; mulieres autem, capite cooperto et modeste vestitae, maxime cum ad mensam Dominicam accedunt.” )

En el Nuevo Misal Romano promulgado por Pablo VI no se explicitó la obligatoriedad de usar velo en la Iglesia y en el Código de Derecho Canónico de 1983 tampoco se mencionó el uso del velo ni su supresión, dejando a los clérigos y fieles actuar según su criterio (siendo éste en muchos casos ignorante y espantoso con frutos desastrosos)

Si la mujer siempre usó velo, ¿Por qué se ha revelado y no lo usan desde hace poco más de 40 años?. Hay una respuesta quizás dura para muchos pero real: el hombre en una operatoria nunca antes vista ha tergiversado y ha querido convertir, la religión Católica en una pseudo religión del amor al hombre, independientemente de la Voluntad de Dios y la obediencia debida a Él.

Autollamados “católicos” esgrimen en contra del uso del velo que la mujer debe estar a la altura de la moda, pero los llamativos “cristianos” se olvidan que en la Santa Madre Iglesia no existen las modas porque Jesucristo es el mismo ayer, hoy y eternamente. (Hebreos XIII, 8) y que oponerse al uso del velo es ir contra la Sagrada Escritura, la Tradición y el Derecho Canónico.

El hecho de que más mujeres no vistan velo es el resultado de las ideas del igualitarismo pernicioso infiltrado en Nuestra Iglesia por determinadas entidades netamente anticatólicas, las cuales seducen a muchas mujeres aprovechándose de la rebeldía y necedad de ellas y de la desidia e irresponsabilidad de las personas que deben encauzar correctamente a las almas que les fueron confiadas.

Es artículo de Fe -y verdad histórica- que la Santa Iglesia Católica Romana fue fundada por Nuestro Señor Jesucristo, por lo tanto, en Ella y sus Tradiciones relacionadas a la sana Doctrina no hay nada que deba ser cambiado para agradar a los hombres, ya que somos nosotros quienes fuimos creados para amar y servir a Dios en esta vida y Él estableció su Iglesia para que nosotros transitemos por el mejor sendero y no para hacer de Ella un subproducto de nuestros pecados, subjetividades y caprichos.

¡Cuánto dolor debe estar sintiendo Nuestro Señor al ver que tantísimas mujeres no tienen gran respeto en la Casa de Dios!

¡Tengamos presente el pecado de Nuestros Primeros Padres Adán y Eva!

¡Mujer, sigamos el ejemplo de María Santísima porque Ella nunca se apareció ante los ojos de los hombres sin tener velo y entremos a la Iglesia con la cabeza cubierta, con el orgullo de ser sumisas, humildes y obedientes, sabiendo que honramos a Dios!

“Accipe vélamen sacrum, quo cognoscáris mundum contempsísse, et te Christo Jesu veráciter humilitérque, toto cordis annísu, sponsam perpetuáliter subdidísse, qui te ab omni malo deféndat, et ad vitam perdúcat aetérnam”


FUENTE: blog.pucp.edu.pe /// Veritas Liberavit Vos 


MARÍA Y LA LUCHA FINAL





Por San Luis María de Montfort

A estas últimas y crueles persecuciones de Satanás, que aumentarán de día en día hasta que llegue el anticristo, debe referirse sobre todo aquella primera y célebre predicación y maldición lanzada por Dios contra la serpiente en el paraíso terrestre. Nos parece oportuno explicarla aquí, para la gloria de la Santísima Virgen, salvación de sus hijos y confusión de los demonios:

"Pondré enemistad entre ti (Satanás) y la Mujer (María), entre tu descendencia y la Suya, Ella aplastará tu cabeza cuando tú le aceches su calcañar."
"Inimicitias ponam inter te et Mulierem, et semen tuum et semen illius, Ipsa conteret caput tuum, et tu insidiaberis calcaneo eius." [1]

Dios ha hecho y preparado una sola e irreconciliable enemistad, que durará y se intensificará hasta el fin. Y es entre María, su digna Madre, y el diablo; entre los hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y secuaces de Lucifer. De suerte que el enemigo más terrible que Dios ha suscitado contra Satanás es María, su Santísima Madre. Ya desde el paraíso terrenal aunque María sólo estaba entonces en la mente divina le inspiró tanto odio contra ese maldito enemigo de Dios, le dio tanta sagacidad para descubrir la malicia de esa antigua serpiente y tanta fuerza para vencer, abatir y aplastar a ese orgulloso impío, que el diablo la teme no sólo más que a todos los ángeles y hombres, sino en cierto modo más que al mismo Dios.

No ya porque la ira, odio y poder divinos no sean infinitamente mayores que los de la Santísima Virgen, cuyas perfecciones son limitadas, sino:

-Porque Satanás, que es tan orgulloso sufre infinitamente más al verse vencido y castigado por una sencilla y humilde esclava de Dios y la humildad de la Virgen lo humilla más que el poder divino;

-Porque Dios ha concedido a María un poder tan grande contra los demonios que como a pesar suyo se han visto muchas veces obligados a confesarlo por boca de los posesos tienen más miedo a un solo suspiro de María a favor de una persona, que a las oraciones de todos los santos y a una sola amenaza suya contra ellos más que a todos los demás tormentos.


Perfectamente fiel a Dios...

Lo que Lucifer perdió por orgullo, lo ganó María con la humildad. Lo que Eva condenó y perdió por desobediencia, lo salvó María con la obediencia. Eva, al obedecer a la serpiente, se hizo causa de perdición para sí y para todos sus hijos, entregándolos a Satanás; María, al permanecer perfectamente fiel a Dios, se convirtió en causa de salvación para sí y para todos sus hijos y servidores, consagrándolos al Señor.

Dios no puso solamente una enemistad, sino enemistades, y no sólo entre María y Lucifer, sino también entre la descendencia de la Virgen y la del demonio. Es decir: Dios puso enemistades, antipatías y los odios secretos entre los verdaderos hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y esclavos del diablo: no pueden amarse ni entenderse unos a otros.

Los hijos de Belial, los esclavos de Satanás, los amigos de este mundo de pecado ¡todo viene a ser lo mismo! han perseguido siempre y perseguirán más que nunca de hoy en adelante a quienes pertenezcan a la Santísima Virgen, como en otro tiempo Caín y Esaú figuras de los réprobos persiguieron a sus hermanos Abel y Jacob figuras de los predestinados.

Pero la humilde María triunfará siempre sobre aquel orgulloso y con victoria tan completa que llegará a aplastarle la cabeza, donde reside su orgullo. ¡María descubrirá siempre su malicia de serpiente, manifestará sus tramas infernales, desvanecerá sus planes diabólicos y defenderá hasta el fin a sus servidores de aquellas garras mortíferas!

El poder de María sobre todos los demonios resplandecerá, sin embargo, de modo particular en los últimos tiempos, cuando Satanás pondrá asechanzas a su calcañar, o sea, a sus humildes servidores y pobres a juicio del mundo; humillados delante de todos; rebajados y oprimidos como el calcañar respecto de los demás miembros del cuerpo. Pero, en cambio, serán ricos en gracias y carismas, que María les distribuirá con abundancia, grandes y elevados en santidad delante de Dios, superiores a cualquier otra creatura por su celo ardoroso; y tan fuertemente apoyados en el socorro divino que, con la humildad de su calcañar y unidos a María, aplastarán la cabeza del demonio y harán triunfar a Jesucristo.

FUENTE: www.catolicidad.com/


HISTORIA DEL SEMINARIO MAYOR SAN JOSE -


Con la llegada de la fe al Istmo se vio la necesidad de dotar a la naciente Iglesia Panameña (primera de Tierra Firme en América) de un clero nativo para que atendiera las necesidades espirituales del Pueblo de Dios.

Esta urgencia de formar un clero nativo hizo que los obispos de Panamá, a lo largo del siglo XVII, favorecieron la apertura de casas de formación para candidatos al sacerdocio. Estas en los inicios posibilitaban la formación de los candidatos en la primera etapa, luego eran enviados al exterior para que recibieran los estudios superiores y las órdenes sagradas.

En 1612, Fray Agustín de Carvajal (1608 – 1612) fundó el Seminario de San Agustín (a cargo de los Padres Agustinos), hecho que convierte al Seminario de Panamá en uno de los más antiguos del continente americano. El terrible incendio de 1644, que destruyó casi toda la antigua Ciudad de Panamá, hizo desaparecer también este Seminario. No fue sino hasta 1693, después de una interrupción de casi medio siglo, cuando el Obispo de Panamá, Don Diego Ladrón de Guevara (1689 – 1699) encomendó el Colegio Seminario de la Catedral a los Padres del Oratorio de San Felipe Neri.

Como principal responsable de la
promoción vocacional en la Arquidiócesis
de Panamá, Monseñor Ulloa, anima a
los fieles a continuar orando para
que el Señor siga suscitando
vocaciones a la vida sacerdotal.
Bajo el episcopado de Don Agustín Rodríguez Delgado (1725 – 1731), el Seminario es objeto de reorganización en los planes de estudio y se le denomina “Colegio de san Agustín y san Diego de Alcalá.”Muchos jóvenes de la alta sociedad de la época estudian en este plantel, que parece haberse distinguido por su seriedad. Ahí se formaron dos ilustrísimos obispos: Don Francisco Javier de Luna Victoria y Castro, obispo de Panamá, y Don Rafael Lasso de La Vega, obispo de Maracaibo y Quito.

Precisamente, es Don Francisco Javier de Luna Victoria y Castro s.j. quien durante su episcopado en Panamá volvió a erigir el Seminario. En 1804 Don Manuel Joaquín de Acuña Sanz Merino reorganizó el Seminario bajo el patronato de San Diego, trasladándolo cerca del mar a un edificio muy amplio, asignándole rentas propias. En este seminario hizo sus estudios Monseñor Fermín Jované, quien dirigió la Diócesis de Panamá en cinco ocasiones.

El Decreto del General Mosquera, hacia 1861, que suprimía por completo las comunidades religiosas, les confiscaba sus bienes y ordenaba su destierro, hizo desaparecer el Seminario.

En 1872, Don Ignacio Parra (1871 – 1875) funda un nuevo Seminario, “donde los niños pudieran formarse para el sacerdocio”. Este será el primer Seminario que se pone bajo el patrocinio de San José y fue confiado a los Padres Jesuitas. Monseñor Don José Alejandro Peralta trasladó la sede del Seminario a Santiago de Veraguas, bajo la dirección de los Padres Escolapios, pero el mismo cerró sus puertas al comienzo de la Guerra de los Mil Días.

La Asamblea constituyente en los inicios de la nueva república, aprobó la ayuda del Estado para la fundación de un Seminario Conciliar, que fue confiado a los Padres Eudistas, que fue posteriormente fue clausurado, en 1912, por razones económicas.

Padre Santiago Benitez, rector del seminario
Mayor San José, de Panamá, desde mayo
de 2013. Su antecesor fue monseñor
Rafael Valdiviezo, quien fue designado
Obispo de la arquidiocesis de Chitré
En 1926, Monseñor Guillermo Rojas y Arrieta tiene la iniciativa de reabrir el Seminario, ubicándolo esta vez en la Calle Cuarta de San Felipe; pero en 1941 a causa de un inminente ataque japonés a las instalaciones del Canal de Panamá se ordena el cierre de todos los colegios del país y una vez más el seminario clausura sus puertas.

En 1951, durante el episcopado de Monseñor Francisco Beckmann se reabre en Juan Díaz el Seminario Mayor San José. En 1965 se traslada y se inaugura su nueva sede en Las Cumbres (hoy colegio Francisco Beckmann), que igualmente es clausurado, en 1968, por razones económicas.

Esta compleja historia de luces y sombras en la formación de un clero nativo no desanimó a los responsables de nuestra Iglesia, más bien ha sido un permanente desafío. Así Monseñor Marcos Gregorio McGrath (q.e.p.d.) abre el Seminario Mayor San José de Panamá el 1º de mayo de 1970.

De 1970 a 1977, la dirección del Seminario queda bajo la dirección del clero secular, mientras que la formación académica se recibía en la Universidad Católica Santa María la Antigua. (USMA). En esta época se designa como primer rector de la Casa al R.P. José Luis Andrade Franco. En 1975 se funda el grupo de discernimiento vocacional Félix Alvarado.

En 1977 se confía la dirección del Seminario a la Sociedad de Sacerdotes de San Sulpicio. Es dentro de este período cuando el Seminario se traslada en 1980 a sus nuevas instalaciones, construidas en terreno propio, situado detrás de la USMA.

En 1988, Monseñor McGrath (q.e.p.d.) integra al equipo de formación del Seminario a los Padres Operarios Diocesanos de Venezuela. Se suceden en la rectoría Monseñor Oscar Mario Brown, Monseñor Jorge Altafulla (q.e.p.d.), R.P. Pablo Varela, R.P. William Sánchez, este último fungió como rector encargado.

El siglo XXI inicia para el Seminario Mayor San José con grandes expectativas. El Arzobispo de Panamá, Monseñor José Dimas Cedeño Delgado, confía la dirección del Seminario al R.P. Carlos Mejía.

Actualmente, además del Padre Carlos Mejía, los sacerdotes panameños Rafael Valdivieso, José Moreno y Mirope Polanco, conforman el equipo de formadores del Seminario Mayor San José, responsables de dotar a la Iglesia Panameña de “PASTORES SEGÚN EL CORAZÓN DE CRISTO”.





FUENTE: oscampanama2012.wordpress.com/

- EL PRODIGIO DE LA INCORRUPTIBILIDAD DE LOS CUERPOS -



La incorruptibilidad es el prodigio por el cual el cuerpo de ciertas personas permanece intacto, después de su muerte, durante años y aun siglos, sin haber experimentado una preparación especial. Numerosos Santos han merecido y siguen mereciendo este privilegio.


INCORRUPTIBILIDAD EN LOS SANTOS Y PERSONAJES PIADOSOS

Dom Guéranger nos relata que, el 20 de octubre de 1599, el cardenal Sfondrati halló el sarcófago de mármol blanco de Santa Cecilia. Contenía un ataúd de ciprés. La Santa

“estaba vestida con su túnica bordada en oro, sobre la cual se distinguían todavía las manchas de sangre virginal; a sus pies estaban las telas teñidas con la púrpura del martirio. Tendida sobre el costado derecho, los brazos unidos delante del cuerpo, parecía dormir profundamente. El cuello llevaba las cicatrices de las llagas de la espada del lictor que la había herido… El cuerpo estaba completamente íntegro…”

Habían pasado más de trece siglos desde el martirio.

San Claudio, obispo de Besanzón, murió en 699 a la edad de noventa y tres años. Se envolvió su cuerpo en perfumes preciosos y se le sepultó en la iglesia de la abadía de San Oyand (o de Condat, actualmente San Claudio). Cinco siglos más tarde, se le exhumó y fué hallado en perfecto estado de conservación. En 1447 el papa Nicolás V delegó a los abates de San Martín de Autun y de San Benigno de Dijon y de Beaume-les Moines para reformar la abadía que se había relajado.

En la relación que elevaron al Papa, esos tres delegados atestiguaron que el cuerpo de San Claudio permanecía sin corrupción a los ocho siglos de la muerte. El cuerpo fué colocado en un ataúd del que se abría un costado delante de los peregrinos. En 1742, el primer obispo de San Claudio, monseñor de Méallet de Fargues ordenó el reconocimiento de la autenticidad de las reliquias en la iglesia abacial. Y fué a la iglesia con el Capítulo y una comisión compuesta de varios médicos y notabilidades de la ciudad.

Se abrió el ataúd de San Claudio. Se reconoció en él un cuerpo de estatura ordinaria, al parecer de mucha edad, y en el cual cada miembro había conservado sus conexiones y situaciones naturales. Estaba entero, con excepción del meñique de la mano derecha, que parecía haber sido arrancado, y de la parte cartilaginosa de la nariz que estaba dañada. La parte izquierda del labio superior parecía algo retraída, pero la lengua era roja y todo el resto del cuerpo palpable y elástico. No había ni suturas ni aperturas hechas en el cuerpo; no exhalaba ningún olor aromático que pudiera hacer pensar en la embalsamación. Por eso los médicos que formaban parte de la comisión, declararon que:

“la incorruptibilidad de ese cuerpo durante casi doce siglos estaba por sobre los conceptos de su arte y sólo podían contemplarla con admiración por sobrenatural y milagrosa”. El cuerpo fué destruido por la Revolución.

Citemos el caso notable de la lengua de San Juan Nepomuceno. Martirizado por haberse rehusado a violar el secreto de la confesión, su cuerpo que había sido tirado en la orilla del río Moldava, en 1383, fué encontrado y enterrado en la catedral. En 1719, durante el proceso de su canonización, se abrió su tumba. Se halló el esqueleto totalmente descarnado, pero la lengua estaba intacta, “tan fresca y bien conservada como el día de la muerte”. Un cirujano que asistía a la apertura del ataúd, hizo una incisión en la extremidad del órgano y declaró que era idéntico al de un hombre vivo. La lengua fué colocada en una caja de plata con una inscripción que refiere el milagro.

En 1334, cinco años después de la muerte de Santa Rosalina, monja cartuja, su cuerpo fué hallado intacto. Hugo de Sabrán sacó los ojos, que colocó en un relicario. En 1660, esos ojos estaban todavía inalterados. Antonio Vallot, médico de Luis XIV, que lo acompañara por la Provenza, pinchó uno de ellos con una aguja y tuvo la prueba de que los ojos eran naturales. Por otra parte, el cuerpo se conserva intacto y recién en 1883 los daños causados por los insectos obligaron a tomar medidas de conservación (Pierre Sabatier, Sainte Roseline, Spés, París, 1929).

Entre muchos otros, señalemos el cuerpo de Rosa de Viterbo, que, como nos dice el abate Navatel,

“presenta aun hoy después de 600 años las apariencias de una muerte que fuera de ayer. La carne es suave, la cabeza y los miembros flexibles; sin el color oscuro o pardo de un fuego que quemó solamente el ataúd y las vestiduras de la Santa, sin el contacto frío de los cuerpos inanimados, se le creería dormido y viviendo…”

Santa Bernardina murió en Névers el 16 de abril de 1879. Fué inhumada en la cripta de una capillita del convento de San Gildardo. El 22 de septiembre de 1909, es decir, treinta años después, monseñor Gauthey, obispo de Névers, hizo realizar el reconocimiento de los despojos mortales. Los doctores David y Jourdán establecieron el informe médico de la exhumación, del que extractamos las líneas esenciales: doble ataúd de madera y plomo intacto, ningún olor a la apertura del ataúd, vestidos húmedos. Figura de un blanco mate, párpados cubriendo los ojos, cuerpo apergaminado, rígido, sonoro en todas sus partes, cabellos, cejas y pestañas (excepto en el párpado superior derecho) y uñas adherontes; vientre encavado sonoro. Rigidez que permite dar vueltas al cuerpo para lavarlo.

El cuerpo, revestido del hábito religioso, fué colocado en un ataúd forrado de cinc, amortajado con satén blanco y devuelto a la cripta de la capilla.

El 3 de abril de 1919 tuvo lugar el reconocimiento del cuerpo, en vista de la beatificación. El examen médico fué confiado a los doctores Comte y Talón, que debían hacer cada uno una relación separada: vestiduras húmedas, nada de olor, piel desaparecida en algunas partes del cuerpo, órbitas encavadas, partes muelles de la nariz parcialmente destruidas o fuertemente retraídas sobre el esqueleto; venas sangrando en los pies y miembros superiores, cabellos y cejas adherentes, uñas de las manos adherentes, pero móviles, uñas de los pies en parte desaparecidas. Cuerpo rígido, que permite fácilmente el desplazamiento. En resumen, un cuerpo momificado, muy bien conservado. El cuerpo ha sido vuelto a vestir, se le ha colocado en un ataúd y devuelto a la cripta de la capilla.

El 18 de abril de 1925, es decir 46 años después del deceso, nueva exhumación para extraer reliquias, misión confiada a los doctores Comte y Talón. Nada de olor; tinte negruzco de la cara, manos y pies; vestidos húmedos; cuerpo rígido. Estado análogo al de la exhumación de 1919. Los músculos son suaves a la palpación y dos fragmentos retirados demuestran su buen estado de conservación; el hígado está igualmente intacto. El Dr. Talón termina su informe:

“En resumen, creo que nos hemos hallado en presencia de un cuerpo momificado, muy bien conservado”. El Dr. Comte concluye el suyo: “De este examen deduzco que el cuerpo de la Venerable Bernardina está intacto, el esqueleto completo, los músculos atrofiados pero bien conservados; la piel apergaminada es la sola que parece haber sufrido el efecto de la humedad del ataúd, ha tomado un tinte grisáceo y está recubierta do algunas mojaduras y de una cantidad bastante grande de sales y cristales calcáreos, pero el cuerpo no parece haber experimentado la putrefacción ni la descomposición cadavérica habitual y normal, después de tan larga permanencia en una cripta cavada bajo tierra.

La cara y las manos han sido recubiertas de cera y el cuerpo ha sido colocado en un ataúd que ha sido puesto en la capilla del convento.

En abril de 1929, en ocasión de la traslación del cuerpo del Padre deFoucauld, asesinado el 1° de diciembre de 1916, su cuerpo estaba en perfecto estado de conservación, mientras que los de tres mehalistas indígenas, asesinados simultáneamente, estaban reducidos al estado de esqueletos.

El 21 de marzo de 1933 tuvo lugar la exhumación de la bienaventuradaCatalina Labouré, muerta 57 años antes. El ataúd exterior estaba casi totalmente destruido; el ataúd de plomo tenía una grieta, que a pesar del ataúd de abeto, había dejado penetrar la humedad y hacer desteñir el color del vestido sobre la mano de ese lado. Mortaja, sudario, vestidos algo húmedos.

“Examinando el cuerpo, escribe el Dr. Roberto Didier, comprobamos la perfecta flexibilidad de los brazos y de las piernas. Esos miembros han experimentado sólo una leve momificación. La piel está intacta en todas partes y apergaminada. Los músculos están conservados; se podría disecarlos perfectamente como una pieza anatómica… Finalmente, los ojos están todavía en las órbitas; los párpados dulcemente entreabiertos, pudimos comprobar que el globo ocular, aunque amasado y desecado, existe entero y que hasta el color gris-azul del iris sigue subsistiendo”.

El 31 de julio de 1933 se realizó el reconocimiento de los restos del PadreEsteban Pernet, fundador de las Pequeñas Hermanas de la Asunción, fallecido 44 años antes. Monseñor Chaptal presidió el acto; estaban presentes los doctores Arnoud, Ménard y Bosvieux. El cuerpo se hallaba notablemente conservado.


INCORRUPTIBILIDAD NO RELIGIOSA

Encontramos, parece, sólo una momificación natural, y no una verdadera incorruptibilidad.

a) En las arenas calientes del desierto, como en Korassan, en Persia, donde Chaidin relata que se han hallado cuerpos conservados después de dos mil años. En 1896, las excavaciones en Antinoe, en Egipto, pusieron a la luz centenares de momias naturales.

“Esos cuerpos ofrecen la particularidad que no están embalsamados, sino solamente desecados. La acción de la arena caliente hasta el color blanco por el sol del Egipto los ha preservado mejor de lo que hubieran podido hacerlo los aromas más sutiles; los tejidos calcinados han alcanzado la dureza de la piedra. Han llegado hasta nosotros, intactos, pero arrugados y repugnantes”. (Revue encyclopcdique, 1898).

b) En las criptas. Se citan a este respecto Burdeos (Saint-Michel), Saint-Bonnet-le-Chateau, en el Loire (iglesia), Tolosa (Franciscanos y Dominicos), Bonn (iglesia del Calvario), Bromen (catedral), Graz (los Capuchinos), Kiew, Palermo (los Capuchinos), Quedlinburg (castillo), San Bernardo (hospicio), Viena (convento de Kahlenberg). Mas para muchos de esos lugares, el papel de la cripta donde están expuestas las momias es nulo; en Tolosa los cadáveres se sepultan primero en los sepulcros de las iglesias y claustros, donde los cuerpos se momifican. En seguida son exhumados y colocados en las criptas de exhibición. Igualmente las momias de Saint-Michel de Burdeos parecen proceder de cuerpos inhumados en una veta de tierra particular que atraviesa el cementerio.

Cuando se abren las tumbas, los cuerpos o las partes de los cuerpos que se han encontrado en esa veta, están momificados y se los coloca en la cripta de Saint-Michel, mientras que la osamenta retirada del resto del cementerio se coloca en el osario que se halla debajo de la cripta. Esta inhumación previa parece ser habitual también en otras partes (Palermo, etc.) La morgue del San Bernardo es una excepción, pero en ella interviene el frío.

c) En los cementerios. — Se dio el caso de que el cadáver de un hombre guillotinado en Chartres, en 1874, e inhumado sin mortaja ni ataúd, en un terreno compuesto de arena fina, se halló perfectamente conservado más de diez años después.

Las momias halladas por Thouret y Foureroy, en el cementerio de los Santos Inocentes de París, y las halladas en el cementerio de San Eloi en Dunkerque, fueron objeto de estudios muy exactos.

Recordemos que durante la demolición de la antigua prisión inglesa de Horsemonger Lañe se halló el cadáver de un asesino, Manning, tan bien conservado que dos o tres entre los guardianes más viejos de la prisión no tuvieron dificultad alguna en reconocerlo (Lewys, Les causes célebres de l’Anglaterre, Charavay, París, 1884).

Finalmente, en las Notes de voyage en U. R. S. S. y aparecidas en elCorrespondant, el autor habla del museo antirreligioso instalado en la catedral de San Isaac en Leningrado:

“Se nos muestra —escribe— la momia perfectamente conservada de un célebre asesino, refiriendo este hecho a la pretendida conservación milagrosa del cuerpo de algunos santos…”



APRECIACIÓN DE LOS HECHOS

Se impone una observación preliminar: se encuentra cierta incomodidad en esta apreciación, por la falta de precisión del vocabulario empleado por los autores; se habla fácilmente de “cadáveres perfectamente conservados”, cuando se trata de momias secas. Así para el guillotinado de Chartres, el Dr. Chappert lo dice “perfectamente conservado”; y agrega:

“El mismo resultado pudo obtenerse experimentalmente con cadáveres de pequeños animales. Hemos podido observar personalmente el cuerpo de una rata notablemente momificada… Esa rata, de la que no quedaban más que los huesos y la piel…”

Podemos pensar por lo tanto que el guillotinado de Chartres ofrecía el mismo resultado, es decir se hallaba en el estado de momia seca.

También el Dr. Bourderionnet, en su tesis, habla de los cuerpos de la

“cripta de los Franciscanos y Dominicos de Tolosa, donde se ha hallado cadáveres en un estado de perfecta conservación”.

Y cita Orfila a este respecto:

“El esqueleto óseo y la piel que lo cubre se hallan perfectamente conservados y le permiten sostenerse en esa postura. Todas las partes internas del cuerpo (musculares, tendinosas, cartilaginosas, el hígado, los pulmones y todas las visceras contenidas en las tres grandes cavidades)se parecen a la yesca: caen en polvo cuando se las presiona con los dedos…”

La perfecta conservación no religiosa corresponde, pues, simplemente a la momificación natural. Y esta cuestión de vocabulario tiene una importancia considerable, porque la perfecta conservación religiosa implica generalmente la conservación de la flexibilidad de los tejidos, de la flexibilidad de las articulaciones y la ausencia de retracciones por desecación, que dan un aspecto repugnante o grotesco a las momias de Antinoe, de Palermo, de Burdeos, etc. Santa Cecilia, después de trece siglos, está igual que cuando se la colocó en el ataúd. No parece por lo tanto posible una asimilación entre talincorruptibilidad y la momificación natural.

Así podemos lograr una consideración de conjunto de la cuestión.

a) La destrucción del cadáver requiere un tiempo variable, de 15 a 18 meses según Orfila, de 30 a 40 años según Gmelín. En Francia, se admite la destrucción habitual en menos de cinco años y ésta es la base en que se ha establecido la legislación sobre las sepulturas. El Dr. Chavigny (Strasbourg medical, 1933) señala la conservación, a menudo durante meses y años, de las visceras internas, que permite comprobaciones médico-legales tardías.

b) Condiciones especiales, humedad considerable, inhumación en masa, llevan a la saponificación de los cadáveres, a su conservación en estado de momias grasas. No hay medio de detenernos en el caso, porque se produce un aplastamiento de los cuerpos y un reblandecimiento, que torna evidente la alteración.

A la inversa, en ciertos terrenos, en ciertos sepulcros, en condiciones todavía mal determinadas, se produce una desecación, una momificación seca, que sustrae el cadáver a la putrefacción habitual. Al contrario de los cadáveres afectados por el proceso de la putrefacción, que —según el Dr. Chavigny— ven alterarse primero los tegumentos externos, en la momificación la piel apergaminada resiste mucho tiempo, mientras que el interior se reduce a una sustancia friable y polvorienta.

c) En las exhumaciones piadosas, como la del cuerpo de Santa Bernardina, se halla el cuerpo en parte desecado, lo que hace pensar en la posibilidad del proceso precedente y no ha permitido a los médicos que han asistido a tres exhumaciones, excluir una causa natural para la conservación, sin embargo notable en su conjunto, del cuerpo de la Santa.

En tal caso se plantea un interrogante: habría que conocer cómo se comportaron o se comportarían cuerpos sepultados en la misma forma, en la misma cripta. Y aun teniendo este dato, habría que tener en cuenta que se han hallado cuerpos momificados al lado de cuerpos reducidos al estado de esqueletos, en cuyo caso juega ciertamente un factor individual.

La rigidez, la desecación parcial, hasta alteraciones mínimas del cadáver recomendarían la reserva frente a la afirmación de una intervención sobrenatural. Pero entretanto no debemos olvidar que Dios se sirve de causas secundarias para llegar al fin, y que una conservación desacostumbrada, sobre todo sin deformación del rostro y de la actitud del Cuerpo, aunque no absolutamente imposible en vía natural, debe hacer pensar en la posibilidad de una gracia de su parte.

d) Finalmente, hay casos que parecen muy netamente milagrosos, como la conservación de la lengua de San Juan Nepomuceno, cuando todo su cuerpo está destruido; como la incorruptibilidad con toda su flexibilidad del cuerpo de Santa Rosa de Viterbo; como la del cuerpo de San Claudio, que en 1769, a más de 1000 años después de su muerte, presentaba una carne“palpable”, la lengua intacta, el rojo del paladar visible a través de la boca entreabierta, el brillo de los ojos…

Sin duda, ese estado no es eterno y esos cuerpos santos, después de siglos de incorruptibilidad caen finalmente convertidos en polvo; sin duda, algunos pueden experimentar internamente un proceso de desintegración, que un día los hace desaparecer en ceniza. Pero esa misma integridad limitada en el tiempo, esa misma incorruptibilidad limitada en calidad, nos parece exceder el proceso aún más excepcional de la evolución del cadáver.

Por eso, ya con seguridad, ya con más o menos probabilidad, la incorruptibilidad absoluta o relativa de los cuerpos santos puede manifestarnos la calidad de la virtud de los que los han animado durante su vida terrenal.


PRODIGIOS PARTICULARES DE ALGUNOS CUERPOS SANTOS

Hemos hablado ya de los fenómenos luminosos y odoríferos presentados por algunos cadáveres de personajes piadosos. Se ha comprobado muchas veces la producción por el cuerpo de un líquido perfumado, calificado, según los casos, de aceite, de bálsamo, de agua, de maná.

Juan Clímaco (muerto en 606) narra, en su Escala del Paraíso, con respecto a un santo religioso, Menas:

“Mientras realizábamos para él el servicio divino, el tercer día después de su muerte, el sitio en que se hallaba su cuerpo, se llenó de pronto de un olor maravilloso. El Abate permitió entonces abrir su ataúd y vimos fluir de las dos plantas de los pies, como de dos fuentes, un bálsamo perfumado”.

Cuando se retiró el cuerpo de Magdalena de Pazzi (1566-1607), un año después de su muerte, se le halló intacto y de él manó un aceite durante doce años, después de lo cual la producción se detuvo, pero el cuerpo permaneció incorruptible.

Se citan hechos análogos de la bienaventurada Juana de Orvieto, la bienaventurada Margarita de Castello, etc. En la bienaventurada Eustoquio(1437-1491), cuyo cuerpo estaba sin corrupción tres siglos después del fallecimiento, todos los viernes y todas las grandes fiestas se formaba un sudor perfumado.

Un caso notable es el de María Margarita de los Ángeles (1605-1658), cuyo cuerpo destiló más cien ampollas de un aceite que fué consumido en la lámpara del santuario.

Cuerpos enteros de Santos transformados en aceite odorífero, como aconteció con el bienaventurado Ángel de Oxford, el Venerable Francisco Olimpio, etc.

Finalmente ocurre que la osamenta de un Santo deja manar un líquido, como el “maná” de San Nicolás de Bari, que un tiempo parece haber sido un aceite, y que sin embargo es un agua muy pura (análisis del Instituto de Higiene de Bari en 1925). No parece que se trate de la condensación de la humedad atmosférica.

De todos modos, estos hechos nos enfrentan con tres órdenes de prodigios:

a) Exsudación de líquido de la osamenta; nos faltan informaciones suficientes al respecto.
b) Transformaciones de un cuerpo humano en aceite odorífero. El proceso de saponificación, de la producción de grasas de cadáver, el de la producción de gas inflamable durante la descomposición de los cadáveres, permiten comprender el fenómeno, pero, como esto no parece acontecer más que para cuerpos santos, es creíble que sea necesario un milagro para dirigir esta evolución específica de los restos humanos;
c) Secreción de un aceite o de un sudor perfumado, quedando entero e incorruptible el cuerpo. En este caso no se ve otra posibilidad que la del milagro, que pueda realizar ese prodigio, cuyo mecanismo biológico se nos escapa íntegramente.

Fuente: Dr. Henri Bon, Medicina Católica, (1942)


FUENTE: forosdelavirgen.or // gsiervoscas.org

IDENTIDAD SACERDOTAL, ¿POR QUÉ SER SACERDOTE? - PADRE DOMINIC DE MAIO.

ENTREVISTA EN DOS PARTES REALIZADA POR EL SACERDOTE MEXICANO ERNESTO RUÍZ Y SU PROGRAMA DE TELEVISIÓN "VIVE FE"








La vocación eclesiástica o religiosa es el don de aquellos que, en la Iglesia de Dios, siguen con una intención pura la profesión eclesiástica o los consejos evangélicos. Los elementos de esta vocación son todas las ayudas interiores y exteriores, la gracia eficaz, que dan lugar a la adopción de la resolución, y todas las gracias que produce la perseveranciameritoria. Por lo general esta vocación se revela como el resultado de la deliberación de acuerdo a los principios de la razón y la fe; en casos extraordinarios, por luz sobrenatural tan abundantemente derramada sobre el alma como para hacer innecesaria la deliberación.
 
 
FUENTE: youtube.com/channel/UC9xJPYhnt1Ze0XoMsLEAbaA 
 
 

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís