FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

EL CASTIGO DEL CULPABLE - AUDIO -


Quinta de las charlas cuaresmales que dio el P. Fray Antonio Royo Marín en la Real Basílica de Atocha, en Madrid, que fueron retransmitidas a toda España por Radio Nacional. 

En esta charla que es transcrita tal cual la pronunció el P. Royo Marín, nos habla acerca del infierno, uno de los dogmas de fe que suele plantear más problemas a los creyentes de hoy. Nos explica de acuerdo a la doctrina perenne de la Iglesia esta verdad irreformable, así como las dos penas a las que va asociada, la pena de sentido y la pena de daño.



ROSTROS LUMINOSOS “MARCADOS” POR LA ORACIÓN


Una bella oración del beato John Henri Newman dice así:“Quédate, Señor, conmigo y entonces yo comenzaré a iluminar como tú iluminas”. Esta oración en la que se invita al Señor a quedarse con nosotros nos recuerda a esa otro petición hecha a Jesús por los discípulos de Emaús: ¡Quédate con nosotros porque cae le tarde! (Lc 24, 26). Pedirle a Señor que esté con nosotros, que no se vaya, que se quede con nosotros, es reconocer que sin Él nada podemos y que sin Él la vida carece de luz, belleza y sentido. Cuando estamos con una persona que amamos y ésta, por diversos motivos, se tiene que marchar, al despedirnos de ella nos parece que el mundo es más triste y menos luminoso. El Señor cuando está con nosotros nos da el calor de su presencia y de su amor y tememos que algún día se tenga que ir, que nos deje solos y desamparados. San Juan de la Cruz describe en poesía esta “ida” de Dios y la búsqueda ansiosa del alma que sale en su búsqueda: “Como el ciervo huiste, habiéndome herido. Salí tras ti clamando y eras ido” (Canciones entre el alma y el esposo, 1, 3-5).

La oración de Newman dice que, estando el Señor con nosotros, entonces nosotros comenzaremos a brillar como Él brilla. A quien ama, se le nota el amor en el rostro y en toda su vida. Quien está lleno del amor y de la presencia de Jesús, ilumina de un modo nuevo toda su existencia y los demás ven en él la huella de la presencia divina. De algún modo a los santos se les ha visto en torno a sí esa aureola que los hace participar del mundo divino aun viviendo en esta tierra.

La luz se verá en nosotros, pero no será nuestra, será de Jesús. Él es la Luz de mundo y quien lo sigue no camina en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida (Jn 8, 12). Él es como el sol y nosotros somos sólo la luz refleja de la luna. Quien ora recibe esta maravillosa luz divina que calienta su todo ser, dando luz a la inteligencia y fuerza a la voluntad para vivir en el amor y responder al Amor con amor.

A veces pensamos que oramos mal y efectivamente nuestra oración podría mejorar mucho, pero sin embargo ya por el hecho de orar nuestra vida asume una luz nueva que, a pesar de nuestras luchas, los otros perciben. En su novela “Diario de un sacerdote de pueblo”, Bernanos describe el encuentro de un parroquiano, el Sr. Olivier, con un joven sacerdote. El parroquiano le dice al sacerdote que ve en su rostro el hábito de la oración. El sacerdote responde: “Pero si yo oro muy mal”. Y el parroquiano le contesta que lo que se ve en él es el esfuerzo por orar, el combate de la oración. Y añade: “Su rostro está como “gastado” por la oración”. A veces creemos que nuestra oración es mala porque es una lucha y sin embargo en esa lucha, como en la lucha de Jacob con el ángel, está presente Dios y se nota su presencia luminosa en nuestra vida, dejándonos “marcados”, como el ángel marcó a Jacob en el muslo (Gn 32, 26). Dios nos “marca” con su presencia aunque nuestra oración sea una lucha y no sea lo perfecta que quisiéramos.

El mundo espera rostros “marcados” por la presencia de Dios, “gastados” por la oración y de este modo el mundo podrá recibir algo de la luz esplendorosa deCristo. No temamos el combate de la oración, las luchas de la oración, las noches de la oración, incluso cuando, heridos por el amor de Dios, parece que Él nos abandona por un momento. En esa herida divina, está ya nuestra curación y en esas tinieblas, despunta la luz porque para Dios “las tinieblas son como luz” (Sal 139, 12).


FUENTE: servicocatholicohispano.wordpress.com


CASTIDAD SACERDOTAL - Por Mauro Piacenza




E
l don del carisma celibatario florece, viene progresivamente acogido y madurado, hasta definir la misma personalidad psicológica del sacerdote únicamente en la relación íntima, prolongada, real e interpersonal con Jesús de Nazaret, ¡Señor y Cristo!

Me siento particularmente feliz de estar entre vosotros el día de hoy, en la ocasión de la Jornada regional de los seminaristas piemonteses y les agradezco por su cordial invitación. El tema que me habéis propuesto (la castidad sacerdotal) es más que nunca actual y considero que debe caracterizar, en modo sustancial, todo camino de formación al sacerdocio ministerial, porque la educación de la esfera afectiva no está jamás separada, ni es separable, de los otros ámbitos de la formación intelectual, espiritual y pastoral. Desarrollaré mi relación en dos puntos fundamentales y buscaré de sacar algunas conclusiones del análisis realizado.


La situación actual

Sería poco menos que imprudente abordar el importante tema de la formación afectiva, sin considerar la verdadera y propia revolución acaecida en la sociedad occidental y, por letal contagio, un poco en todo el mundo, de los años setenta en adelante. El haber separado, al interno de la sexualidad, el aspecto unitivo de aquel de la fecundidad, y haber, por tanto, reducido uno de los actos antropológicamente más relevantes a su aspecto meramente instintivo, ha producido consecuencias devastantes, no solo en el aspecto moral, —que sería ya de una inaudita gravedad— sino, con el pasar de los decenios, también sobre el aspecto psicoantropológico.

Es impensable afrontar el tema de la formación afectiva en el seminario, sin partir de la lúcida consciencia que, aunque independientemente de la propia voluntad, todos aquellos que han nacido después de los años Setenta-Ochenta, han crecido en un clima cultural pansexualista e hipererotizado, en el cual los poderes fuertes del mundo, que intentan doblegar la libertad de los hombres hacia varios indecorosos intereses, no han ahorrado ningún medio, incluso con mensajes subliminales, filtrados desde la más tierna edad, hasta en algunas caricaturas, para obtener la “desestructuración” del aspecto psicoafectivo de la persona humana, y, con eso, la sumisión del hombre a los propios instintos.

A aquella que podríamos llamar la “revolución sexual” del post sesenta ocho, debe ser añadida, además, a la invasión de los medios de comunicación social, sobre todo la televisión y, más recientemente, el Internet, los cuales han llevado a todo hogar, es más, a cada habitación y recinto, imágenes antes vistas y que permanecen impresas, desde la más tierna edad, en la memoria, en la fantasía y hasta en el inconsciente de las personas, las cuales se ven obligadas a actuar de un modo difícilmente controlado y controlable.

Si el pecado del origen ha hecho siempre particularmente frágil la dimensión psicosexual del hombre, tales recientes cambios graves han determinado el verdadero y propio «STRAVOLGIMENTO», insertándose no solamente en la esfera privada o de la tentación, sino convirtiéndose en una costumbre difundida, hasta llegar a ser cultura compartida, al punto de hacer parecer como “extraño” al juicio común cualquier otro tipo de comportamiento. Tal situación, que podría, en un primer momento, aparecer como “apocalíptica”, describe en realidad, no tanto las actitudes morales, cuanto la real situación cultural, en la cual, también aquellos que sienten la llamada al celibato y al sacerdocio ministerial, están profundamente inmersos y de la cual, en el fondo, vienen.

Todavía, en tal contexto sociocultural, es desgraciadamente necesario reconocer aquella que definiría la “pérdida de significado” de la afectividad, en general, y de la sexualidad en particular. Me explico. El haber artificialmente separado el aspecto unitivo del procreativo (a la sexualidad, ndt), ha irremediablemente reducido la amplia esfera de la afectividad al sólo ejercicio de la genitalidad, privándola de aquel contexto de “definitividad” que le es propio y, como consecuencia, se le ha simplemente “aligerado” la importancia y hoy, la ha decididamente banalizado. Tal situación es constatable sobre todo en la superficialidad con la que, no pocas veces, vienen realizados algunos actos o gestos, los cuales, por su naturaleza propia, presupondrían una madurez y una definitividad que, en la mayor parte de los casos, no se dan, y esto sin la más mínima turbación de las conciencias. No es un misterio que, en algunos ambientes, algunos jóvenes vivan un ejercicio completo de la genitalidad, con la desenvoltura con la que uno saludaría a otro saludándose de la mano!

Se comprende con claridad que una situación cultural tal exija un atento discernimiento de los formadores, los cuales están llamados a distinguirse en manera neta, entre los que provienen de una formación tradicionalmente cristiana y conscientemente comprometida, en la recta comprensión de la afectividad y de la sexualidad, y quien, en cambio, proviene del mundo-mundano, totalmente inmerso en él, y por lo mismo no es imaginable, aún con la ayuda de la gracia, que improvise comportamientos radicalmente diversos.

Tal juicio no implica necesariamente la creación de itinerarios formativos diferenciados, ni comporta la imposibilidad de alcanzar a aquel equilibrio estable exigido del compromiso celibatario, previo a la sagrada Ordenación, sino ciertamente solicita una progresiva y radical consciencia, sea de la parte del candidato, sea de la parte de los formadores, no separada de una buena dosis de humilde realismo y de un camino serio y comprometido, porque no se trata solamente de vencer vicios y de adquirir virtudes, sino de combatir y vencer, en sí mismos, aquella que es una estructura antropológica mutada por la cultura dominante y por ella continuamente replanteada.

¡Es necesario ser verdaderamente libres! Se crea una situación de osmosis con tal cultura dominante y, si no se está atento y vigilante, se termina con el ser anestesiados a través de una especie de sedante que “gota a gota” mundaniza.

Un tal contexto desorientado y desorientador no tiene consecuencias solamente en la esfera psicosexual, sino repercute en el ámbito total de las personas. Crecer en un contexto híper erotizado en el cual, casi inconscientemente, se respira una sexualidad desordenada, tiene consecuencias también en el actuar cotidiano de las personas y en su modo de relacionarse.

El verdadero drama, además, en este contexto está constituido por el hecho hasta los mismos sujetos, víctimas, conscientes o no de la deriva psicoafectiva, viven en una radical insatisfacción, determinada únicamente por la atonía entre aquello por lo cual el hombre ha sido creado, con el consiguiente profundo significado de su propia afectividad, y cuanto él vive actualmente.

El corazón del hombre está hecho para la definitividad. Cualquiera que sea la vocación, virginal o esponsal, a la que Dios llama, es únicamente la definitividad a determinar el real contentamiento. Imagen y semejanza de Dios, Amor infinito, el hombre advierte entre las propias necesidades elementales, aquella de la verdad, de la libertad, de la belleza, de la justicia, del amor y, como síntesis de todo, —hoy tan poco comprendido, aunque si buscada y a veces pretendida— ¡la felicidad! Cada uno percibe cómo la satisfacción de cada una de estas necesidades necesita, es más exige, la totalidad. Ninguno aceptaría, serenamente y supinamente, de ser “un poco” pleno, sea experimentalmente sea cronológicamente hablando; tal plenitud es aquello que en el lenguaje compartido se describe con el término “definitividad”. La Escritura nos enseña a resistir “firmes en la fe” a aquel que “como león rugiente busca a quien devorar” (1Pe 5,8-9), también cuando esa experiencia fuese la de nuestro “hombre viejo”. La fragilidad, a veces extrema, de las uniones matrimoniales y la incapacidad de tantos jóvenes para asumir decisiones definitivas, no tienen raíces diversas de la dificultad a vivir una afectividad ordenada y a madurar la acogida serena de la vocación virginal. Si, en todas las épocas, ha sido complejo vivir la perfecta continencia por el “Reino de los Cielos” y el consiguiente celibato, a causa de la fragilidad de la naturaleza humana, paradoxalmente, en nuestra época, aparece particularmente arduo, porque la red de comunicaciones sociales transmite un pansexualismo violento, capaz de distorsionar la percepción misma de la esfera afectiva, sexual y relacional.


La formación afectiva al sagrado celibato

¿Cómo imaginar un camino formativo eficaz para los candidatos al sacerdocio que provengan de un tal contexto cultural? ¿De dónde iniciar o hacia dónde andar para evitar, por cuanto sea humanamente posible, errores que podrían demostrarse dramáticamente fatales para el futuro sacerdote? Después de una premisa de método, articularé este segundo punto de la conferencia, que es el central del tema que me ha sido asignado, en tres puntos menores, dinámicamente integrados entre ellos, pero que por eficacia didáctica, prefiero distinguir para después mostrar la íntima interrelación. Examinaremos sucesivamente las dimensiones: 1. de la purificación de la memoria, 2. de la educación del presente afectivo y, finalmente, 3. de la espera orante del don del sacerdocio y de la relativa gracia de estado que de él procede, tan esencial para vivir el sacro celibato. Lo dicho hasta aquí, si todavía fuera necesario, nos recuerda la importancia de la formación afectiva y la radical seriedad con la cual debe ser afrontada.

No es tolerable que, durante el tiempo de formación, se censure o se afronte sólo tangencialmente y superficialmente la cuestión afectiva. En el más riguroso respeto de la necesaria y canónicamente reconocida distinción entre el fuero interno y el fuero externo, es necesario que la dimensión afectiva sea expuesta explícitamente a los superiores del seminario y en el caso en que esto no suceda espontáneamente, sean ellos a cuestionar el tema. Ciertamente esto implica que ellos sean personas afectivamente maduras, reconciliadas consigo mismas y con la propia dimensión psicoafectiva, no frustradas, y por lo mismo, al menos no tendientes a proyectarse sobre los demás los propios problemas irresueltos. Es necesario que hayan integrado los propios eventuales problemas psicoafectivos para poder acompañar a los demás en este camino de maduración. Por tanto, es necesario que la elección de los formadores sea particularmente ponderada y tenga en consideración, no sólo las competencias teológicas y pastorales, sino además, y a los mejor sobre todo, de la madurez psicoafectiva y del equilibrio armónico general de la persona.

Aún en el reconocimiento de la indispensable dimensión de la responsabilidad personal en el desarrollo formativo, es siempre necesario mantener clara la distinción entre educadores y educandos, entre aquellos a los cuales ha sido asignado por el Obispo de ocuparse de la formación de los futuros sacerdotes y los candidatos a la ordenación. Cualquier equívoco en tal ámbito sería portador de graves consecuencias, sin contar la ineficacia de la misma acción educativa.


La purificación de la memoria

Mencioné antes cuánto es indispensable distinguir, entre los candidatos, aquellos que provienen de una formación motivadamente cristiana y, por tanto, han sido presumiblemente educados en el auténtico significado de la afectividad humana, y aquellos que, totalmente inmersos en el mundo y en sus costumbres afectivo-sexuales, se han convertido, han sido llamados y han tocado a las puertas del seminario.

Para ambos es necesario recorrer un auténtico e integral camino de purificación de la memoria, sea del punto de vista espiritual, sea del punto de vista moral o psicológico.

No es posible purificar la memoria, sin “hacer memoria”. Evitando el riesgo de permanecer atascados en los pantanos del recuerdo y de las consecuentes reacciones sensibles, es necesario al menos en el fuero interno, una “desarmada” narración de la propia historia afectiva, para presentarla a Dios, en su belleza y en su problemática, en sus frutos y en sus caídas, en sus errores esporádicos y accidentales o en sus límites estructurales y reiterativos. “Hacer memoria” significa favorecer aquel sano realismo, ¡sin el cual es simplemente imposible cualquier camino auténtico de sanación! “Hacer memoria” significa permitir al menos al superior del fuero interno —el director espiritual—, conocer realmente la historia personal del candidato, de recoger el mayor número de elementos de su camino vocacional, para poder establecer un camino formativo verdaderamente eficaz, o sea, capaz de acompañar a una suficiente integración de la dimensión afectiva y a una presumible fidelidad al compromiso celibatario.

Queridos amigos, más que callar aspectos fundamentales y relevantes de las propias experiencias afectivas, es mejor hablar con alguno, aunque sea fuera del seminario, con los así llamados “sacerdotes externos” o con un sacerdote de confianza, los cuales, si es necesario, puedan ayudar progresivamente a proponer el tema de la afectividad, y si fuera oportuno explicitarlo, allí donde el haber callado algunos elementos esenciales, se llega a corromper la misma rectitud de intención.

La purificación de la memoria que tiene una fase inicial y fundamental en el tiempo de formación seminarística, pero que dura por la entera vida terrena, exige, y en cierto modo implica, una radical humildad. San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales es maestro en el arte del discernimiento de espíritus, íntimamente ligado a la purificación de la memoria. Cada uno puede hacer experiencia de cómo la fragilidad de nuestra naturaleza humana y el límite de la memoria pueden permitir, y a veces en modo obstinado, la persistencia de imágenes y de recuerdos que, aún sometidos al “Poder de las llaves” y de la divina Misericordia, y por lo mismo destruidos por Dios, continúan sus insidias y algunas veces a llegan a asediar la vida espiritual.

La cultura contemporánea tiende a “atiborrar” a los jóvenes con imágenes y, por tanto, de “recuerdos” un tiempo inimaginables. Es suficiente pasear por las calles de cualquier ciudad, para ser sometidos a un verdadero linchamiento de imágenes, para no hablar de la televisión y, aún más, de Internet.

De la experiencia del estudio de las tristes causas de exoneración de los compromisos de la ordenación o dispensa de votos, me parece poder resaltar que con el mal uso de media hora en Internet, se puede ver aquello que, en el pasado, ¡ni siquiera en una entera existencia era posible encontrar!

Si los candidatos al sacerdocio provienen de este tipo de experiencia, es indispensable que ellos mismos elijan y sean ayudados a realizar un corte radical, pero que es indispensable, aún sólo para imaginar la posibilidad de una fidelidad al compromiso celibatario.

Todos los recuerdos no purificados durante los años de formación y los malos hábitos no superados, regresan al campo de juego, determinando serios problemas de equilibrio psicoafectivo y, a veces, dolorosísimas situaciones espirituales, morales y psicológicas.

La purificación de la memoria podría aparecer como una “misión imposible” pero nosotros sabemos, queridos amigos, que ¡nada es imposible para Dios! En tal sentido, la obra esencial de tal purificación, realizada y firmemente buscada por la inteligencia, por la libertad y la voluntad humanas, es perfeccionada por la gracia sobrenatural, que llega a nosotros a través de una intensa vida espiritual y sacramental. ¡Aquello que podría parecer imposible a nuestros ojos, es posible por la intervención constante y eficaz de Dios, el cual, si es capaz de “sacar hijos de Abraham de las piedras”, puede plasmar hombres equilibrados, íntegros, reconciliados con la memoria del propio pasado y castos, también en este tiempo, tan desorientado y desorientador del punto de vista psicoafectivo!


Educación del presente afectivo

La Exhortación apostólica “Pastores dabo vobis” en el número 44, afirma: “Puesto que el carisma del celibato, aun cuando es auténtico y probado, deja intactas las inclinaciones de la afectividad y los impulsos del instinto, los candidatos al sacerdocio necesitan una madurez afectiva que capacite a la prudencia, a la renuncia a todo lo que pueda ponerla en peligro, a la vigilancia sobre el cuerpo y el espíritu, a la estima y respeto en las relaciones interpersonales con hombres y mujeres”. Con un lenguaje extraordinariamente realista, y, por algunos detalles “nuevo” a los documentos pontificios, el beato Juan Pablo II nos ha entregado un pilar de la formación afectiva al celibato. Las inclinaciones de la afectividad y las pulsiones del instinto no vienen canceladas o modificadas por el carisma del celibato, el cual —como afirma el texto— ¡los deja intactos! Es por tanto necesario educar el propio presente afectivo, sea en la dimensión de las inclinaciones, sea en aquella de las pulsiones, porque no suceda de imaginar un futuro sacerdote que, bajo el aspecto psicoafectivo-sexual, sea radicalmente diferente del propio presente seminarístico.

Es necesario comprender cómo el importantísimo tiempo del seminario sea dado también para trabajar sobre el propio equilibrio psicoafectivo, para integrar las propias inclinaciones y pulsiones y para escoger y “afilar” aquellas armas esenciales para la lucha, que dura toda la vida. La conciencia que el carisma del celibato es un don sobrenatural del Espíritu, impone que, en la formación del celibato, se reconozca el primado absoluto de la gracia.

Si es necesario reconocer y utilizar prudentemente los avances de las ciencias humanas, en particular de la psicología, a condición de que tengan una concepción antropológica netamente cristiana, es preciso admitir no pocos errores cometidos en ese ámbito en los decenios pasados. Se pensó de poder delegar a la ciencia humana aquello que, en cambio, era competencia de los formadores, esenciales mediadores de la acción misteriosa y sobrenatural de Dios; se pensó que la psicología podía ser la panacea de “todos” los males para “todos” los candidatos al sacerdocio, imponiendo, sin ningún discernimiento previo, indiscriminadamente a todos, de hacer uso de ella, sin la obligatoria distinción entre la así llamada “neurosis fisiológica” —que todos tenemos— y aquellas patológicas, que requieren una intervención de carácter clínico; se creyó que era posible interiorizar los valores evangélicos, incluso el del celibato, no gracias a un encuentro personal, fascinante y vivificador con Cristo —como es obvio—, sino a través de varios procesos de desestructuración de la personalidad y presuntas mal logradas reestructuraciones, inclusive de los supuestos valores antes mencionados…

La causa de dispensa de los compromisos derivados de la sagrada ordenación, incluso el celibato, documentan estos trágicos errores en el abuso o en el uso errado de las ciencias humanas, en la formación al sacerdocio ministerial. Si son usados con los debidos criterios y allí donde se manifiesta útil, entonces tales ciencias humanas resultan adecuadas.

El don del carisma celibatario florece, viene progresivamente acogido y madurado, hasta definir la misma personalidad psicológica del sacerdote únicamente en la relación íntima, prolongada, real e interpersonal con Jesús de Nazaret, ¡Señor y Cristo! Sólo la intimidad orante con el Señor, la progresiva asimilación de su vida, de sus palabras, de sus pensamientos —“Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Fil 2,5)— permite acoger y vivir el celibato, no como un elemento extraño a la propia persona, que debe ser penosamente soportado, sino como una redefinición de sí mismo, que nace del encuentro con Cristo y del cambio y de la vida nueva, que tal encuentro genera.

El celibato es, por excelencia, aquel nuevo horizonte que tal vez jamás habíamos imaginado y que el encuentro con Cristo ha radicalmente manifestado.

Además, —todos lo experimentamos— a la vocación sacerdotal corresponde, misteriosamente pero realmente, un extraordinario florecimiento de lo humano. ¿Qué cosa sería de nuestra humanidad sin Cristo, sin la vocación que él nos ha donado? Junto a la llamada al sacerdocio ministerial, el Señor permite un florecimiento de nuestra humanidad, su purificación, una inesperada y extraordinaria dilatación, para que ella sea progresivamente capaz de acoger, en modo definitivo, un carisma tan extraordinario y vivirlo como testimonio supremo a Cristo, en la cotidianeidad de la existencia ministerial.

El mundo —también en el dramático tiempo de los escándalos, vergonzosos y contra los cuales es necesario actuar con todas nuestras fuerzas, sea del punto de vista de la formación, que bajo el perfil de la penitencia y oración reparadora, como también y seriamente bajo el aspecto disciplinar y penal— no ataca nuestra actuación social, ni nuestras obras de caridad; no puede tolerar el testimonio de la castidad por el Reino de los Cielos y la consiguiente acción educativa, que de ella brota.

Si la vida monástica ha sido siempre fascinante, cuando es realmente tal, no olvidemos jamás, queridos amigos, que, paradójicamente, el testimonio de un sacerdote secular, o sea, inmerso en su tiempo y en su sociedad, en ciertos aspectos puede ser más impactante. Nosotros no somos monjes separados del mundo, a los cuales contemplar con mirada sentimentalista, somos hombres plenamente insertos en nuestro tiempo, “en” el mundo, pero no “del” mundo, y testificamos, con nuestra opción celibataria, que Dios existe, que llama así a los hombres, que puede dar significado a la existencia entera y que vale la pena gastar, por Él, nuestra vida.

La intimidad divina, condición imprescindible en la formación celibataria, se cultiva sobre todo con la oración, en la cual debemos estar totalmente inmersos; “Conversatio nostra in Coelis est”; diversamente en la tierra nos agitamos ¡pero no realizamos nada! Formarse en una radical fidelidad a la Santa Misa diaria, al Oficio divino, a la adoración eucarística, a la oración mental cotidiana, al rezo del santo Rosario, que cotidianamente encomienda a María el propio sacerdocio es el “coeficiente mínimo” para poder aún sólo esperar en vivir el celibato. Un sacerdote que no ora, que no advierta la urgencia de la celebración diaria de la Eucaristía, superando las infundadas teorías del “ayuno eucarístico” y los escandalosos “días libres” en los cuales aparentemente se libera también de la relación con Cristo —¡que cosa más triste que un sacerdote se libere de Cristo!—, difícilmente podrá vivir serenamente y eficazmente el propio celibato. En el tiempo del seminario es necesario formarse en estas dimensiones indispensables de la vida sacerdotal, suplicando a la gracia sobrenatural que ellas no sean sólo hábitos buenos y virtuosos, sino que se conviertan en una auténtica estructura psico-antropológico-espiritual, en la cual la misma identidad personal es definida.

El sacerdote no sólo celebra la santa Misa, sino que ella se identifica porque progresivamente, pero realmente, la santa Misa se convierte en su vida, y ¡él “es” la santa Misa que celebra! En esta dimensión claramente sobrenatural, a la cual uno se educa y viene educado, cada pensamiento, cada palabra, y, obviamente, discordancia con la grandeza de la propia vocación, deben ser evitados, ciertamente, por su valor pecaminoso, pero también —y diría sobretodo— por la infelicidad que generan en su total inadecuación con la verdad, sea del sacerdocio, sea de las acciones ministeriales el sacerdote realiza.

Las ciencias humanas pueden constituir una ayuda válida para conocer, al menos a grandes rasgos, las dinámicas fundamentales de la psique y de la afectividad, pero el mejor de los psicólogos puede indicar cuáles son los problemas que existen, puede ofrecer una ayuda verdaderamente preciosa, pero ciertamente no puede resolverlos. ¡Sólo Cristo salva en plenitud!

Todavía, dos elementos me parecen esenciales en la formación del propio presente afectivo: la relación con el mundo y el papel de la formación intelectual.

En la relación con el mundo —ya ampliamente descrito en el primer punto de la presente relación—, aparece con una evidencia preocupante cómo, demasiado frecuentemente, en la formación seminarística se verifican con impresionante ingenuidad. Si en los años Cinquenta-Sesenta era para algunos, necesario abrirse al mundo o, por lo menos, mostrar nuevamente, en modo comprensible el mundo, toda la belleza del cristianismo, hoy estamos inmersos en el peligro opuesto: el de estar totalmente sumergidos en el mundo.

Considero que, en las actuales circunstancias, sea simplemente imposible recorrer un camino serio y comprometido de formación a la perfecta castidad por el Reino de los Cielos, si no se es capaz de vivir el corte radical con el mundo, que es, sobretodo y ante todo, un tajo con su mentalidad. Por lo demás, sólo así se puede servir a la sociedad. ¿Puede un seminarista tener los mismos e idénticos hábitos de cuándo era un animador parroquial o un joven universitario en el mundo? ¿Puede, en aquellas fugas en las que se convierten los tirocinios pastorales, frecuentar los mismos lugares, con las mismas actitudes?

No se trata aquí, queridos amigos, de esclerotizarse en comportamientos ridículos o incapaces de auténticas relaciones interpersonales; se trata simplemente de huir las ocasiones próximas de pecado y de no exponer sistemática y reiteradamente la propia psique, la propia emotividad y el propio cuerpo a situaciones que, inevitablemente, hacen todavía más difícil la perfecta continencia por el Reino de los Cielos.

El último aspecto tiene que ver con la importancia de la formación teológica, también en el camino de educación al celibato sacerdotal. Una sana cristología, fiel al dato escriturístico, a la Tradición, al Magisterio ininterrumpido, debe poner bajo la luz la realidad extraordinaria de la humanidad de Jesucristo y de la belleza de ser configurados con Él, y por tanto, también a Su humanidad perfectamente casta, con la ordenación sacerdotal. Una eclesiología que no quiera traicionar la verdad, no puede reducir a los sacerdotes a “funcionarios” de Dios!, sino debe reconocer, al interno de un contexto sobre todo sobrenatural, el misterioso y necesario deber distinto, esencialmente y no solo de grado, del sacerdocio bautismal y en relación a la promoción de este.

Estoy profundamente persuadido que una cierta fragilidad teológica, difundida en no pocos ambientes académicos, tenga grave responsabilidad, también en lo que respecta a las vocaciones sacerdotales, las cuales, sin adecuadas razones —como es lógico— no soportan el impacto violento y persistente con el mundo.

Y concluyo esta profundización sobre la educación del presente afectivo, subrayando una vez más el primado absoluto e incontrovertible de la gracia en la formación al celibato. Contemplemos la Misericordia, comprendida, celebrada en el sacramento de la Reconciliación y continuamente invocada. Ella es la primera medicina para sanar de los límites de la concupiscencia y vivir, en modo progresivamente siempre más perfecto, aquella continencia por el Reino de los Cielos, tan estrechamente ligada al ministerio presbiteral, tanto que induce a la Iglesia a escoger a sus sacerdotes sólo entre aquellos que han recibido dicho carisma. Aquello que aparece imposible a las solas fuerzas humanas, es experimentalmente posible por la gracia, en la cual, continuamente y sin límites, es necesario confiar.


La espera orante del don del sacerdocio

La comunidad del seminario tiene su modelo supremo en el Cenáculo de Jerusalén, en el cual los apóstoles, realizada la experiencia de Jesús Resucitado y abrazados en torno a Èl, viven en espera orante del don del Espíritu, que los hace capaces de hablar lenguas nuevas, de anunciar eficazmente el Reino, de sanar con la potestad sacramental y de realizar cualquier otro acto del ministerio auténtico, entonces el seminario vive, se nutre, camina y crece como verdadero y propio Cenáculo. Como en el Cenáculo, todos los apóstoles han hecho la experiencia de la relación personal con Jesús y lo han visto resucitado, así cada seminario debe ser una comunidad de hombres que han encontrado a Jesucristo y cuya vida ha sido transformada por ese encuentro; hombres que han hecho la experiencia del Resucitado, que viven la Iglesia como un pueblo elegido por Dios y como su verdadero Cuerpo, que hoy camina en el tiempo y en la historia.

Aquel gigante de santidad y también de sabiduría humana que fue san Benito, en su Regla, invita, sin duda alguna, de alejar del monasterio a cualquiera que entrase por razones diversas que la búsqueda de Dios. Creo que la misma claridad y firmeza deba ser utilizada en el discernimiento sobre el ingreso y la continuación en la comunidad del Cenáculo que es el seminario.

Todos los límites pueden ser sufridos soportados y sobrellevados por la comunidad del seminario que es, por naturaleza propia, una comunidad formativa y de transición —ni siquiera los apóstoles permanecieron toda la vida en el Cenáculo—, pero la falta de recta intención y el permanecer en el seminario por razones diversas de aquella que es buscar y servir a Dios y su a Iglesia no puede ser tolerada, porque impide cualquier camino auténtico de conversión y real formación. La comunidad del Cenáculo, y por tanto el seminario, es una comunidad orante. ¡El sacerdote es y debe ser un hombre de oración! Una comunidad seminarística que no tuviera su centro en la dimensión de la oración, muy difícilmente lograría asumir su propio deber.

La oración no es una interrupción de las cosas que se deben hacer, sino al contrario, se interrumpen a veces la oración para realizar cosas, y también en las otras obras es necesario custodiar un espíritu orante. La reforma del clero, tan deseada por varias vertientes, no podrá sino ser fruto de un redescubrimiento radical de la dimensión sobrenatural del ministerio y del consiguiente primado de la relación orante con Dios. Primado que, en la misma oración oficial del seminario, debe transparentarse claramente: la fidelidad a la liturgia, así como la Iglesia determina que sea celebrada, por el cuidado de cada gesto, de cada postura. En esto no pueden haber formulismos. La justa forma, además, ayuda a la custodia y a la transmisión de la sustancia.

Junto a la oración de la Iglesia, constituida no sólo de la santa Misa y del Oficio divino, sino también de la Adoración eucarística, del santo Rosario y de cada acto de piedad, que sostenga y alimente la fe, la comunidad del seminario está llamada a educar a los futuros sacerdotes también en la oración personal, el silencio, a la meditación y a los espacios de real intimidad divina.

Tratándose de una “educación”, ella no puede dejarse únicamente a la responsabilidad o a la creatividad personal, sino que deben ser propuestos algunos momentos de silencio y Adoración eucarística que, aun conservando el carácter opcional, en orden a la adhesión, son sistemáticamente integrados en el camino diario o semanal. Mi experiencia personal es que la inserción de una hora de Adoración eucarística cotidiana en el camino formativo, tiene efectos extraordinarios en la formación de los seminaristas, crea una costumbre con el Señor que, en el tiempo del ministerio, sostiene y ayuda a advertir la nostalgia del “estar con Jesús”, empujando la libertad a buscar constantemente esos momentos.

La espera orante del don del sacerdocio orienta, además, toda la oración. No se ora independientemente de la vocación recibida, sino, partiendo de esa, se pone delante del Señor casi pregustando las dulzuras del ministerio. Pregustando la celebración de la Santa Misa, la administración de la Divina Misericordia, pregustando la intimidad divina que, con la ordenación sacerdotal, se convierte en ontológica y a la cual estáis llamados a prepararos interiormente. Del punto de vista humano nada se improvisa y del punto de vista divino nada se anticipa. En este sentido, deben de ser superados los temores, también con fecha de los años setenta, de excesiva “proximidad” a las cosas de Dios. Es necesario despertarse, ¡la historia camina hacia delante! Si hoy existe un auténtico problema, de tener siempre en consideración, es el de la fragilidad y de la identidad sacerdotal que, también causado por no pocas fluctuaciones teológicas, no es suficientemente delineado y, sobre todo, sólo raramente coincide con la misma identidad psicológica del candidato.

San Juan María Vianney, modelo de los sacerdotes, que hemos podido conocer mejor gracias al Año Sacerdotal, es ejemplar precisamente por la total identificación con el propio ministerio. Condición de la eficacia apostólica, pero también de la paz interior, de la serenidad y, sobre todo, del sentido de plena realización del sacerdote, al servicio de Dios, de la Iglesia y de los hombres.


Conclusiones

Al finalizar este largo recorrido, podemos entresacar algunas conclusiones que, aunque no son definitivas, pueden orientar el recorrido de la formación afectiva durante el tiempo del seminario. Por sencillez y claridad, las enumeraré:

1. La memoria de las propias vivencias psicoafectivas y sexuales constituye un elemento fundamental de un camino que quiera ser realmente fructuoso, sobre todo en la conciencia vigilante y constructivamente crítica de la situación cultural contemporánea, en la cual la mudanza de la objetividad del conocimiento al más arbitrario subjetivismo, con el relativismo que se desprende y que está al orden del día.

2. En la formación afectiva es necesario reconocer el primado absoluto de la Gracia, sin la cual no es siquiera posible imaginar una vida realmente casta. Tal primado se reconoce y se vive en el primado de la dimensión espiritual, hecho de oración y de vida sacramental, y en la progresiva delineación, también psicológica, de personalidad presbiteral.

3. Es necesario que la comunidad del seminario encuentre el justo equilibrio entre el anhelo misionero, que no lo debe transformar en una comunidad centrífuga, y el ser, como el Cenáculo de Jerusalén, abrazada alrededor de Jesús, con María en la espera del don del Espíritu para la misión, pero jamás cerrada en sí misma.

4. La identificación, ya desde el tiempo del seminario, con el ministerio que, a su tiempo, será confiado, favorece la justa orientación de la formación afectiva. A diferencia de las épocas precedentes, hoy el seminarista es la figura jurídicamente más frágil al interno de la vida eclesial, porque no es clérigo sino hasta el diaconado —por una justa salvaguarda de su libertad—, aun viviendo todos los deberes disciplinares y de obediencia propios del estado clerical. Tal debilidad jurídica no debe determina una situación de incertidumbre, como si el ser seminarista no coincidiera ya, en modo perspectivo, con un determinado estado de vida, comprometido, por lo menos a dar testimonio de Cristo con el esfuerzo de formación ofrecido con la propia vida, en la perfecta continencia por el Reino de los Cielos.

5. La formación teológica tiene un papel fundamental también en la formación afectiva. Debe evitar el extraviarse entre las opiniones de varios teólogos, permaneciendo fiel a cuanto es solicitado por la Sapientia Cristiana, en la cual se indica el estudio de la Sagrada Escritura, de la Tradición milenaria de la Iglesia y del ininterrumpido Magisterio, como el esqueleto irrenunciable del ciclo institucional. Evitar el relativismo teológico y proponer la doctrina cierta contribuye en modo determinante a la configuración de una estable personalidad sacerdotal y, con ella, a una motivada formación afectiva.

También la correcta hermenéutica de los textos del Concilio Vaticano II, según la reforma de la continuidad, indicada repetidamente sea por el beato Juan Pablo II, sea por el Santo Padre Benedicto XVI, es un factor indispensable para el crecimiento eclesial sereno y auténtico, capaz de superar, eliminando al nacer, los motivos de las contraposiciones (del todo mundanas y políticas) entre “innovadores” y “conservadores”, que tanta contaminación han llevado al cuerpo de la Iglesia.

6. ¡El seminarista de hoy será el sacerdote de mañana! Si es verdad que, del día de la ordenación sacerdotal en adelante, se aprende a ser y a vivir como sacerdote, es también verdad que, sobre todo del punto de vista de la formación afectiva, nada puede ser improvisado. Es más prudente, y moralmente exigible por sí mismo, esperar algún tempo antes de solicitar la admisión a la ordenación sacerdotal, antes que atentar a ella, sin haber resuelto las cuestiones fundamentales de la propia afectividad. En este campo, como en aquello doctrinal, es preciso una probada maduración y no una simple ausencia de impedimentos.

Encomiendo a la Santísima Virgen María, tierna Madre de los sacerdotes, estas reflexiones, en la segura esperanza que, mirándola a Ella, ejemplo sublime de afectividad reconciliada, capaz del más auténtico, profundo y fecundo amor, en la perfecta castidad, podamos caminar en la espléndida vía del sacerdocio, que nos hace, a título del todo especial, sus hijos.


Cardenal Mauro Piacenza

LOS DESEOS DE SOBRESALIR EN LA IGLESIA






Francisco: Rivalidad y vanagloria, dos gusanos que debilitan la Iglesia

En una homilía del Papa Francisco presidida el pasado año 2014 en la Casa Santa Marta, trató sobre la armonía en la Iglesia y los dos males que pueden acabar con ella.

A continuación parte de la noticia generada el 3 de Noviembre de 2014 desde El Vaticano.


FRANCISCO

"Y cuantas veces en nuestras instituciones, por ejemplo, en la Iglesia, en las parroquias, en los colegios, encontramos esto, ¿no? La rivalidad, el hacerse notar, la vanagloria. Dos gusanos que devoran la solidez de la Iglesia, la debilitan. La rivalidad y la vanagloria van en contra de esta armonía, de esta concordia".


Dijo que un obispo debe poner su alegría en el servicio a los demás. Añadió que Jesús quiere que haya caridad y concordia en la Iglesia aunque haya diferentes opiniones. 


RESUMEN DE LA HOMILIA 

(Fuente: Radio Vaticana)


"Y cuantas veces en nuestras instituciones,por ejemplo, en la Iglesia, en las parroquias, en los colegios, encontramos esto, ¿no? La rivalidad, el hacerse notar, la vanagloria. Dos gusanos que devoran la solidez de la Iglesia, la debilitan. La rivalidad y la vanagloria van en contra de esta armonía, de esta concordia. En vez de rivalidad y vanagloria, ¿qué cosa aconseja Pablo? ‘Pero cada uno de ustedes, con toda humildad’ – ¿qué cosa se debe hacer con humildad? – ‘considerar a los otros superiores a si mismo’. Él sentía esto, ¿eh? Él se califica ‘no digno de ser llamado apóstol’, el último. También se humilla fuertemente ahí. Este era su sentimiento: pensar que los otros eran superiores a él”.


"Buscar el bien del otro. Servir a los demás. Pero esto es la alegría de un obispo, cuando ve en su Iglesia así: un mismo sentir, la misma caridad, permaneciendo unánimes y concordes. Este es el ambiente que Jesús quiere en la Iglesia. Si pueden tener diversas opiniones, está bien, pero siempre dentro de este ambiente, de esta atmosfera: de unidad, caridad, sin despreciar a ninguno”. 


"Es feo, cuando en las instituciones de la Iglesia, de una diócesis, encontramos en las parroquias gente que busca su propio interés, no el servicio, no el amor. Y esto es lo que Jesús nos dice en el Evangelio: no buscar el propio interés, no caminar por el camino del contracambio, ¿eh? ‘Pero sí, yo te he hecho este favor, pero tú no me haces esto’. Y, con esta parábola, de invitar a cena a aquellos que no pueden contracambiar nada. Es la gratuidad. Cuando en una Iglesia hay armonía, hay unidad, no se busca el propio interés, existe esta actitud de gratuidad. Yo hayo el bien, no hago un negocio con el bien”.


FUENTE: romereports.com

NICOLÁS DE AYLLÓN: EL EXTRAORDINARIO "INDIO SANTO" PERUANO



La sublime paradoja de un sastre indígena que, siendo simple laico, fundó en Lima una casa religiosa para españolas pobres, sobresalió por su caridad, recibió luces proféticas y murió en olor de santidad.

Con demasiada frecuencia la palabra "indigenismo" significa la exaltación de las sociedades primitivas y hasta salvajes, al gusto de cierta izquierda neomarxista que, a través de larevolución cultural,busca llevarnos hacia un comunismo neotribal y anárquico.

Hay sin embargo un indigenismo verdadero, que nace del aprecio por las cualidades y talentos propios de las razas aborígenes, las cuales, cuando se dejan modelar por el espíritu de la Iglesia, dan frutos admirables de fe y civilización. Ejemplo de esto son los numerosos indígenas que, en toda América Latina, fueron auténticos modelos de vida y santidad. Entre ellos sobresale en el Perú el siervo de Dios Nicolás de Ayllón, que ya en vida era conocido como "Nicolás de Dios" o "el Indio Santo".


Un niño aborigen predestinado

En el siglo XVII los Padres franciscanos habían establecido en el valle deLlampallec —actual Lambayeque— la doctrina de Chiclayo, que en poco tiempo se convirtió en próspero pueblo de indios moches. Allí nacía el 4 de marzo de 1632 Nicolás, el menor de siete hijos del matrimonio del indio noble don Rodrigo Puycón o Pulcón con doña Francisca Faxollem. De excelente índole, a la edad de ocho años el pequeño fue entregado a la tutela del religioso franciscano P. Fray Juan de Ayllón.

Dos años después, éste debió trasladarse a Lima junto con otros religiosos, y llevó consigo a Nicolás. Era verano, época de lluvias, y el río Santa estaba muy crecido; pero la comitiva decidió arriesgar el cruce. Las cabalgaduras de los religiosos consiguieron atravesar, pero la mula de carga sobre la cual montaba el pequeño Nicolás perdió pie y comenzó a ser arrastrada por la corriente. En ese momento, relata el P. Vargas Ugarte, "sin saber cómo, una mano poderosa lo condujo sano y salvo hasta la orilla con admiración de todos": claro indicio de la predilección de Dios por aquel niño.


El caritativo devoto de la Inmaculada

En el convento de San Francisco Nicolás permaneció seis años, ocupado entre el servicio de su tutor—de quien tomaría el apellido—, las faenas de la casa, la oración y el estudio. Ya en esa época se manifiesta precozmente la caridad que lo distinguiría. Por ejemplo, se privaba de una parte de su ración diaria para dársela a los pobres,y soportaba con invariable paciencia cualquier maltrato que recibiera.

Al ser destinado el P. Ayllóna una misión lejos de Lima, Nicolás opta por dejar el convento. Tenía dieciséis años. Aprendió entonces el oficio de sastre, con un reputado maestro limeño. Rápidamente se ganó fama de excelente costurero; con sus primeros salarios encomendó un cuadro de la Inmaculada Concepción, devoción que le inculcaron los franciscanos y que cultivó toda su vida. Y en los días de fiesta acudía al hospital de Santa Ana, fundado por el Arzobispo Loaiza para enfermos indígenas, para prestar a los pacientes toda especie de servicios.

Maestro sastre a los 21 años, a los 24 Nicolás abrió su propia sastrería. Allí entronizó su querido cuadro de la Purísima, objeto de un pintoresco episodio que retrata bien el ambiente limeño de aquel tiempo. Continuaba intensa en la Iglesia la discusión teológicasobre la Inmaculada Concepción, iniciada varios siglos antes. Algunas órdenes religiosas como los franciscanos y los jesuitas defendían con calor su definición, mientras que otras como los Dominicos aún la cuestionaban, con argumentos de peso. Así las cosas, el 8 de diciembre de 1661 el Papa Alejandro VII emitió el breveSollicitudo omnium Ecclesiarum, declarando a María "inmune de la mancha del pecado original desde el primer instante de su creación". Era un paso decisivo rumbo a la definición del dogma, ocurrida dos siglos después (1854). Cuando el texto llegó a Lima, un grupo de alumnos del Colegio de los jesuitas salió a celebrarlo por las calles, entonando la copla

Todo el mundo en general,
a voces, Reina escogida,
diga que sois concebida
sin pecado original,

y otras similares. La bulliciosa comitiva paseó por varias iglesias —el Milagro, San Pablo, Santo Domingo (desde donde hasta les arrojaron piedras...)— y muchas personas se les fueron incorporando. Como anochecía, algunos fieles comenzaron a distribuir velas a la multitud, que ya no era pequeña. En camino hacia La Merced les tocó pasar frente a la tienda del piadoso Nicolás, quien contagiado del regocijo de los participantes, les ofreció su cuadro de la Inmaculada para llevarlo en triunfo. Se formó entonces una improvisada procesión nocturna, y al pasar frente al Palacio Arzobispal, el propio Arzobispo Villagómez salió a darles la bendición desde el balcón, mientras repicaban las campanas de la Catedral. ¡Tal era la atmósfera religiosa que impregnaba la feliz Lima de la época!


Tras la conversión, se define la misión

Sin embargo, la vida de Nicolás no era del todo edificante, y se vio envuelto en una relación irregularcon una joven. Pero la gracia de Dios pudo más que su fragilidad, y en cierto momento tuvo una radical conversión. Tomó como director de conciencia al P. Cristóbal Bravo y, próximo a cumplir 29 años, se casó con la joven mestiza Jacinta Montoya, de 16 años, recomendada por un importante cliente y amigo, don Francisco de Arteaga y por su esposa, doña Catalina Carvajal. En los primeros años de matrimonio Nicolás debió empeñarse para corregir cierta tendencia de su mujer a la frivolidad. Y lo logró a fuerza de emplear sus excelentes cualidadesde trato, inclinándola a la práctica de las virtudes cristianas y al apostolado, del cual ella se convertiría en su eficaz colaboradora.

Llevaba una vida sobria y austera, lo que le permitió formar un buen patrimonio con el fruto de sus apreciados trabajos. Caritativo en extremo, muchas veces había hospedado en su casa a personas necesitadas, y en cuanto tuvo posibilidad adquirió una casa mucho más amplia donde, con la colaboración de su esposa fundó una obra para abrigar y dar adecuada formación a doce jóvenes españolas empobrecidas; hecho inédito tratándose de un indígena. La denominó "Casa de Jesús, María y José". Allí construyó dos oratorios, uno para su cuadro de la Purísima y otro para el Crucificado, y en el patio principal hizo pintar las estaciones del Vía Crucis, que todos los habitantes rezaban juntos tres veces a la semana.


Viendo a Dios en los pobres

Su caridad parecía no tener límites. Cada Domingo de Ramos lavaba los pies a trece pobres, a los que después sentaba en su mesa y servía en persona. En la fiesta de San José ofrecía un banquete para siete niños: uno en representación del Niño Jesús,otros tres representando a San José, San Joaquín y San Zacarías, y tres niñas representando a la Santísima Virgen, Santa Ana y Santa Isabel. Después de servirles les lavaba las manos, les besaba los pies y les entregaba una limosna. Los servía con tal amor y humildad, dice su confesor, que parecía "que no eran pobres los que tenía a su mesa sino que eran los mismos que representaban". "Yo de mí sé decir que las veces que lo vi y algunos sacerdotes que asistían... no podíamos contener las lágrimas".

Todos los sábados hacía dar pan a los pobres que acudiesen a su casa, y con el tiempo la costumbre se extendió a los otros días de la semana. Socorría también "con limosnas y con ropas" a propios y extraños, a mujeres necesitadas, a sacerdotes pobres,etc. El P. Bravo refiere haber visto, después de su muerte, a una multitud de pobres que entró en su casa "llorando su orfandad con la pérdida del Siervo de Dios, mostrando a voces y con ademanes las vestiduras con que abrigaba su desnudez".


Santificación e infatigable apostolado

Su piedad, vida interior y espíritu apostólico eran excepcionales. Fue dirigido espiritual, entre otros,del venerable P. Francisco del Castillo y del noble mercedario Fr. Juan de Vargas Machuca. Se levantaba antes del alba y hacía oración de las 4 a las 6 de la mañana. Después de distribuir los trabajos en la casa y en su taller, acudía a alguna iglesia a oír Misa y comulgar (tenía autorización para hacerlo diariamente, hecho rarísimo en la época), regresando a las 10 para continuar sus labores. Al mediodía, frugal almuerzo, y vuelta al trabajo hasta las 6,hora en que se retiraba a rezar o a entregarse a sus múltiples obras de caridad. A las 8 cenaba con su familia y después hacía lectura espiritual. Finalmente reunía a todos los de la casa para repasar el Catecismo y rezar un tercio del rosario. Cuando todos ya se habían ido a descansar, él rezaba los dos rosarios restantes, y en ciertos días también recorría el Vía Crucis y —algo inconcebible para el hedonismo moderno— se mortificaba con disciplinas.

Apóstol infatigable, promovió la creación en la iglesia de San Diego de la "Escuela de Cristo", similar a la creada por el P. del Castillo para nobles en la iglesia de Desamparados, con el fin desagraviar a Nuestro Señor crucificado. Hizo labrar allí un retablo, y donó un sitial de plata para la exposición del Santísimo Sacramento. Promovió innumerables formas de sufragios a las almas del Purgatorio en varias iglesiasde Lima, además de fundar unaCofradía de las Ánimas para sus hermanos de raza en Chiclayo. Ingresó a la Cofradía de indios de Nuestra Señora de la Consolación, en la iglesia de La Merced, de la cual pronto fue Mayordomo. Se empeñó en defender a los indígenas de Lima de atropellos y abusos, y a menudo los socorría económicamente.

Fue también asistido por dones proféticos. Una señora cuya familia era auxiliada por el Arzobispo de Chuquisaca Mons. Melchor de Liñán y Cisneros, se lamentó al Siervo de Dios del a extrema lejanía del prelado. Nicolás le respondió: —"Ya, señora, no se desconsuele, que el señor Arzobispo vendrá a serlo de Lima, y será todo su remedio". Ella, atónita, le dijo: "¡Qué más dicha querría yo! Pero lo tengo por imposible". A lo que el sastre agregó: "Así será, y el Señor Liñán y Cisneros será también Virrey". Como los presentes se rieran,simplemente añadió: "Allá lo verán". Pocos años después (1676) Mons.Liñán era designado Arzobispo de Lima y más tarde Virrey (1678-1681), cumpliéndose así la predicción.


Promesa de la Virgen y llamado de Dios

Contaba Nicolás 45 años cuando cierto día trajo a su casa un pequeño crucifijo, que dio a Jacinta, diciendo: "Guárdame este Santo Cristo que es el que me ha de acompañar a la hora de la muerte". A los pocos días, a comienzos de noviembre de 1677, al final de la cena hizo una inesperada arenga a su familia sobre cómo debemos estar preparados para comparecer ante Dios, y concluyó: "Yo por la misericordia de Dios... no tengo más que hacer, porque siempre procuro disponerme como si luego hubiera de dar cuenta a Dios, y así, cuando Él fuere servido de disponer de mi vida, aquí me tiene, cúmplase su santísima voluntad". Al día siguiente, 4 de noviembre, cayó repentinamente enfermo con escalofríos y fiebre alta persistente, que por momentos le hacía perder el conocimiento. La noticia se esparció por la ciudad, y grandes y pequeños acudían desolados a su casa. Pero el sábado 6, repentinamente lúcido y sereno, dictó a su esposa una comunicación para su confesor, el P. José Buendía S.J.: "Estando yo pidiendo por mi casa y por todas estas almas que en ella están, vino la Santísima Virgen, mi Señora la Purísima, llena de resplandores celestiales y acompañada de muchos Ángeles, y me dijo: Hijo, ven en paz que tu casa a mi cargo queda y se llamará la casa de Jesús, María y José". Esta promesa profética secumpliría al pie de la letra.

Al día siguiente, después de ser encomendada su alma y rodeado de la comunidad de Hermanos de San Juan de Dios que cantaban el Credo, expiró suavemente en paz.


El legado de Nicolás y el cumplimiento de la profecía

Sus funerales fueron una verdadera apoteosis. Durante tres días, todas las Ordenes religiosas de la ciudad y numerosas cofradías acudieron espontáneamente a cantarle responsos. El día del entierro, acompañado por una multitud, el cuerpo del humilde sastre indígena entró en San Diego escoltado por la guardia del Virrey y cargado por miembros de la Real Audiencia.

A las exequias del octavodía, ordenadas por el Cabildo, acudieron el Virrey Don Baltasar de la Cueva, conde de Castellar, la Audiencia y los regidores en pleno, además de muchos miembros de la Nobleza. Hubo posteriormente otras honras fúnebres en diversas iglesias de Lima, y también en Chiclayo.

El Proceso Apostólico que podría llevarlo a los altares, apoyado por el Arzobispo de Lima, por el propio rey de España Felipe V y la Sagrada Congregación de los Ritos, lamentablemente quedó trunco debido a defectos de información y a posibles imprecisiones doctrinales en algunos escritos de su esposa. Y con el tiempo terminó cayendoen un lamentable olvido, hasta que, gracias a la intervención del Arzobispadode Lima, recién el año pasado fue por fin reiniciado.

Entre tanto, la promesa profética que le hiciera la Virgen de proteger su fundación se cumplió por entero. Un año después de su muerte, la casa de Jesús, María y José ya contaba con Capilla. En 1713, a solicitud de su viuda y las demás internas, fue autorizada a adoptar la regla de las Clarisas capuchinas y convertirse en Monasterio, que subsiste hasta hoy. Y en 1720 quedó terminada la bella iglesia conventual, ornamento de Lima. Allí reposa Nicolás de Dios, admirable símbolo del indigenismo verdadero, que consiste en incorporar los aborígenes a la civilización cristiana, única en la cual todas sus cualidades florecen plenamente.


FUENTE: tradicionyaccion.org.pe/

EL VÍA CRUCIS, FUENTE DE COMPUNCIÓN



EL VÍA CRUCIS, FUENTE DE COMPUNCIÓN 

Escrito por el Beato Columba Marmion de su obra “Jesucristo, Ideal del Sacerdote”



Me consta por una larga experiencia que el Via-Crucis es una de las prácticas más eficaces para mantener en nosotros el espíritu de compunción.

¿De dónde proviene el valor santificador del Via-Crucis? De que en esta devoción Cristo se nos muestra, de una manera particular, como causa ejemplar, meritoria y eficiente de la santidad. En su pasión, Jesús se revela como modelo perfecto de todas las virtudes. En ella, más que en ninguna otra ocasión, nos muestra su amor al Padre y a las almas, su paciencia, su dulzura, su magnanimidad en el perdón. Su obediencia, que es manantial de fortaleza, le sostiene y le impulsa a proseguir su marcha dolorosa hasta el consummatum est.

La meditación de los sufrimientos del Señor nos enseña a compartir su aversión al pecado y a asociarnos a su sacrificio para colmar el abismo de las iniquidades del mundo. Y esto constituye, ya de por sí, una gracia inapreciable.

Jesús no es un modelo que solamente debemos imitar en sus líneas exteriores, sino que debemos llegar a participar de su vida íntima. En cada etapa de su pasión nos ha merecido la gracia de poder reproducir en nosotros mismos la semejanza de las virtudes que en Él admiramos: «Salía de Él una virtud» (Lc., VI, 19). En cierta ocasión, una pobre mujer que estaba enferma le tocó a Jesús e inmediatamente recobró su salud. También nosotros, dice San Agustín, podemos tocar a Jesús con el contacto de la fe en su divinidad: Tangit Christum qui credit in Christum… Vis bene tangere? Intellige Christum ubi est Patri coæternus, et tetigisti. Miremos a Jesús a todo lo largo de la vía dolorosa. Veamos cómo se entrega y cómo sufre por nosotros. Creamos que es Dios y que nos ama. Así abriremos nuestra alma a su acción santificadora.

La sensibilidad no tiene parte alguna en esta comunicación de la gracia. Jamás los movimientos sensibles pueden servir de base, ni de piedra de toque, ni de motivo para nuestra piedad. Pero, cuando nuestra devoción está firmemente apoyada en la fe, pueden ser un medio eficaz para ayudarnos a evitar las distracciones y a concentrar nuestro pensamiento en Dios.

La Iglesia exhorta a todos los cristianos a que mediten en la pasión de Jesucristo; pero esta invitación se la hace especialmente a los sacerdotes. Es su deseo que nos sirvamos de este medio para unirnos a los sufrimientos de nuestro Salvador y nos apropiemos los ejemplos de sus virtudes; y quiere también que de la meditación de estos misterios consigamos una abundantísima aplicación de los méritos divinos tanto para nosotros como para aquellos por quienes rogamos.

Nosotros los sacerdotes somos por excelencia los «dispensadores de los frutos de la pasión»: Dispensatores mysteriorum Dei (I Cor., IV, 1). Si, como dice San Pablo, «la muerte del Señor se anuncia» todos los días sobre nuestros altares, esto se realiza por nuestro ministerio. En el altar estamos en contacto con el mismo manantial de todas las gracias, ya que éstas brotan de la cruz. El sacerdote debe, por consiguiente, aprender más que ningún otro a darse perfecta cuenta del precio de la sangre de Jesucristo y a confiar en sus méritos.

¿Pero qué es lo que sucede a veces? Que vivimos en una miserable pobreza espiritual en medio de estas riquezas y estamos hambrientos en medio de esta abundancia. Para poner remedio a nuestro poco fervor, podemos servirnos eficazmente de la práctica de la devoción del Via-Crucis, que será para nosotros «una fuente que salte hasta la vida eterna» (Jo., IV, 14). En cada una de las catorce estaciones nos unimos amorosamente con el Salvador y refrescamos nuestra alma en la corriente de gracias que brota del costado de Jesús.

Cualquier tiempo es bueno para practicar el Via-Crucis, pero en cuanto sea posible, creo que ninguno es más apto que el de la acción de gracias después de la Misa. Cuando todavía conservamos en nosotros la divina presencia, podemos rehacer este trayecto unidos a Aquel que lo recorrió el primero. El seguir así, paso a paso, el camino del Calvario en unión con Jesús, a quien llevamos dentro de nuestra alma, es una excelente manera de profesar nuestra fe en el imponderable valor de sus sufrimientos, que continúan ofreciéndose incesantemente en el sacrificio del altar.

Para practicar esta devoción no se requiere ninguna oración vocal. Basta con aplicar piadosamente el espíritu y el corazón.

Algunos sacerdotes me han declarado más de una vez: «Nosotros no hacemos meditación, porque se nos hace extremadamente difícil; es que no tenemos vida interior». Y yo les he respondido: «¿Habéis intentado practicar el Vía-Crucis a modo de meditación?»

¿De qué señal nos valdremos para saber a ciencia cierta si existe en nuestro corazón la verdadera compunción? Os voy a dar un medio inefable.
La compunción tiende un velo sobre las faltas de los demás, al tiempo que el alma se siente dominada por el sentimiento de su propia indignidad.

¿Sois, acaso, severos, exigentes y duros con los demás? ¿Sois inclinados a revelar sin miramiento alguno o con ironía los defectos y las faltas del prójimo? ¿Se las echáis en cara sin legítimo motivo? ¿Os escandalizáis fácilmente? Si esto es así, es señal de que vuestro corazón no está afectado ni penetrado de su propia miseria y de las ofensas que Dios os ha perdonado.

Hay una parábola en el Evangelio que ilustra maravillosamente esta verdad. Nos presenta dos personajes: el fariseo y el publicano. Recomponed con vuestra imaginación la escena de su oración en el templo. El primero se fija en las faltas del otro y las ve con los ojos bien abiertos. Observa y juzga con rigor a su prójimo, pero no medita en sus propias culpas. Está completamente ciego para ver su conducta, cuya miseria Dios conoce perfectamente, y sólo ve sus ayunos y sus limosnas. Para nada piensa en sus pecados. Y siente deseos de decir a Dios: «Podéis estar orgullosos de mí». Al hacer su oración se complace en sí mismo. Y cuando dice: «Señor, os doy gracias porque no soy como ese otro», esta acción de gracias, aunque tenga ciertos visos de ser legítima, con todo no le justifica. ¿Por qué? Pues porque su alma no está compungida y le falta la humildad.

El publicano, por el contrario, no se fija en el fariseo. Siente su miseria y no levanta sus ojos para juzgar la del prójimo. Se golpea el pecho y exclama: «Oh Dios, sé propicio conmigo pecador» (Lc., XVIII, 13). El corazón que hace esta oración está ungido de compunción. Y Jesús proclama que la compunción justifica al pecador ante Dios.


FUENTE: servicocatholicohispano.wordpress.com

MENSAJES DE MEDJUGORJE - 18 de marzo de 2015


Mensajes de Nuestra Señora Reina de la Paz en Medjugorje 

Al inicio Nuestra Señora regularmente da sus mensajes sólo a los videntes, y a través de ellos a todos los fieles. A partir del 1 de marzo de 1984, Nuestra Señora comienza a entregar regularmente sus mensajes todos los jueves a la comunidad de parroquial de Medjugorje, y a través de ella, al resto del mundo. Puesto que algunas cosas que el Señor había deseado se cumplieron, como lo afirmó Nuestra Señora , a partir del 25 de enero de 1987, Nuestra Señora da sus mensajes a todo el mundo los 25 de cada mes Esto aún continúa.

Mirjana Dragicevic-Soldo, Ivanka Ivankovic-Elez y Jakov Colo tuvieron apariciones diarias hasta 1982, 1985, y 1998 respectivamente. Desde entonces, la Virgen se les aparece una vez al año y les da un mensaje. Debido a que el trabajo sobre los archivos está aún en curso, no estamos en condiciones de publicar los mensajes otorgados antes de 1995.


(http://www.medjugorje.ws)


Mensaje, 18 de marzo de 2015  - Aparición anual a Mirjana Soldo


La vidente Mirjana Dragicevic - Soldo tuvo apariciones diarias desde el 24 de junio de 1981 hasta el 25 de diciembre de 1982. El último día de la aparición, después de confiarle el décimo secreto, la Virgen le dijo que durante toda su vida tendría una aparición una vez al año - el 18 de marzo. Así ha sucedido durante todos estos años y también este año. Varios miles de peregrinos se reunieron para orar el Rosario. La aparición comenzó a las 13:47 y duró hasta las 13:53.


“¡Queridos hijos! Les pido con todo el corazón, les pido hijos: purifiquen sus corazones del pecado y elévenlos a Dios y a la vida eterna. Les pido: estén vigilantes y abiertos a la verdad. No permitan que todo lo que es de esta Tierra los aleje del conocimiento de la verdadera felicidad que se encuentra en la unión con mi Hijo. Yo los guío por el camino de la verdadera sabiduría, porque solo con la verdadera sabiduría pueden llegar a conocer la verdadera paz y el verdadero bien. No pierdan el tiempo pidiendo signos al Padre Celestial, porque Él ya les ha dado el mayor signo: mi Hijo. Por lo tanto, hijos míos, oren para que el Espíritu Santo los pueda introducir a la verdad, los ayude a conocerla, y mediante ese conocimiento de la verdad, sean uno con el Padre Celestial y con mi Hijo. Ese es el conocimiento que da la felicidad en la Tierra y abre la puerta de la vida eterna y del amor sin límites. Les doy las gracias. ”

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís