FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

SAN HIGINIO: PAPA Y MÁRTIR


Fecha de festejo patronal: 11 de enero.



Nació en Grecia (no se sabe la fecha con certeza), y murió en Roma, alrededor del año 140. Filósofo de origen ateniense, sucesor del mártir San Telésforo en la cátedra de San Pedro, durante su pontificado desplegó gran celo en la defensa de la fe entregada a los hombres por Cristo mediante los apóstoles, contra las herejías que surgieron en Roma, principalmente contra doctrinas gnósticas propagadas por Marción, Valentín y Cerdón. 

Durante su pontificado organizó las órdenes menores en el clero y definió los grados de la jerarquía eclesiástica que habían quedado desorganizadas y confundidas debido a las persecuciones sufridas bajo los emperadores paganos Trajano, Adriano y Antonino Pío. 

La tradición afirma que instauró la figura de los padrinos en el bautismo, con el objeto de que los bautizados fuesen guiados espiritualmente. Higinio estableció asimismo que todos los templos debían consagrarse y que para su construcción contasen con la autorización del obispo correspondiente. 

Aunque no existen fuentes históricas que prueben su martirio, está considerado mártir por la Iglesia, pues tuvo que sufrir mucho durante los cuatro años que ocupó el trono pontificio. Por eso fue puesto entre los mártires, celebrándose su festividad el 11 de enero. 

Su sepultura en las catacumbas vaticanas, es vecina de la tumba de San Pedro, el primer Papa, que a su vez se encuentra bajo el altar mayor de la Basílica de San Pedro, donde su actual sucesor celebra la Santa Misa. 


Oración

Pastor eterno, mira con benevolencia a tu rebaño y consérvalo con protección constante, por tu bienaventurado Mártir y Soberano Pontífice Higinio, a quien constituiste pastor de la Iglesia universal. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén

DE SAN JUAN DE ÁVILA: SOBRE EL SACERDOCIO



Muchas cosas se requieren para complir con la  obligación del oficio de cura de almas.


¡Cuánto se enternece el corazón de un buen sacerdote cuando, teniendo al Hijo de Dios en sus manos, considera en cuán indignas manos está, comparándose con las manos de Nuestra Señora! Y, cierto, no se pudo hallar espuela que así aguijase e hiciese correr a un sacerdote el camino de la perfección, como ponerle en sus manos al mismo Señor de cielos y tierra que fue puesto en las manos de una doncella en la cual Dios se revió, dotándola y hermoseándola de innumerables virtudes (Tratado del sacerdocio, 21).

Muchas cosas se requieren para complir con la obligación del oficio de cura de almas; porque, si miramos a la dignidad sacerdotal que le es aneja, conviene tener ferviente y eficaz oración y también santidad. Lo cual ha de ser con tanta más ventaja en el cura cuanta mayor y más particular obligación tiene de dar buen ejemplo a sus parroquianos, y de interceder por ellos ante el divino acatamiento de Dios, con afecto de  padre y madre para con sus hijos, pues se llama padre de sus parroquianos (Tratado del sacerdocio, 36).

El Señor manda a los pastores de las ovejas racionales que esfuercen lo flaco, que sanen lo enfermo, que aten lo quebrado, que reduzcan lo desechado y busquen lo perdido; para lo cual son menester muchas y muy buenas partes, porque no en balde dijo San Gregorio: «Ars artium, regimen animarum» (Tratado del sacerdocio, 37).


FUENTE: padrepatricio.com / Conferencia Episcopal Española

SANTO TOMÁS DE AQUINO Y EL ESTUDIO DE LA ENVIDIA




Por Inácio Almeida

Es así que después del pecado de soberbia surgió en el ángel prevaricador el mal de la envidia, porque no podía soportar el bien del hombre y el de la grandeza divina...

Para Santo Tomás, la envidia nació con el primer pecado cometido por los Ángeles que se revelaron contra Dios. Los ángeles malos solo pueden haber cometido aquellos pecados a los cuales se inclina su naturaleza espiritual. Pero la naturaleza espiritual no se inclina a los bienes propios del cuerpo y sí a los que pueden encontrarse en las cosas espirituales, ya que nada ni nadie se inclina sino a lo que, de algún modo puede estar de acuerdo a su naturaleza.

La temática de la envidia es contemplada por Santo Tomás de Aquino en la II-II, qq. 23-46 de la Suma Teológica, en el tratado de la virtud teologal de la caridad. Después de haber versado sobre la naturaleza de esta virtud, su objeto, su acto principal y los actos consecuentes o efectos de la caridad, el Aquinate pasa a tratar los vicios opuestos.

Entretanto, no es solamente en la Suma Teológica que Santo Tomás de Aquino aborda este tema. En la Quaestio Disputata De Malo, él dedica principalmente las cuestiones 8 y 10 para tratar de la envidia. De acuerdo con Lauand (2007) estas "parecen ser cuestiones disputadas en Roma durante el año lectivo 1266-67 o, según otros críticos contemporáneos, en París, en el año lectivo 1269-70″. También encontramos referencias sobre la envidia en el comentario a la primera carta de San Pablo a los Corintios, así como en sus explicaciones sobre el Salmo 36. En la Catena Áurea, Santo Tomás compara la envidia a una polilla que corroe ocultamente las túnicas, pues dilacera el amor y, por esto, deshace la unidad (Catena Áurea. In Matt. 6,14). El Aquinate nos advierte que la envidia quema y tortura: "torturados de envidia, quemados de envidia" (Catena Áurea. In Mt cp 21 lc 4).

La envidia es ciega: "Afectados por la ceguera de la envidia" (Mt 21 lc 1). La envidia muerde: "Algunos estaban mordidos de envidia" (Mt, 20). La envidia duele: "Hay ciertos pecados que son dolores, como la acedia y la envidia" (In IV Sent. D 17, q 2. a 1, 5).



La envidia en el ámbito de la Teología Moral

Conviene resaltar que, de acuerdo con Garrigou-Lagrange (2007, cap. 47), hasta el tiempo de Santo Tomás de Aquino la teología moral habitualmente seguía el orden del Decálogo, donde los preceptos eran analizados debajo de su aspecto negativo. Entretanto, Santo Tomás seguía el orden de las virtudes teologales y morales, mostrando su subordinación e interconexión. Estas virtudes él las veía como funciones de un mismo organismo espiritual, funciones apoyadas por los siete dones del Espíritu Santo que son inseparables de la caridad.

Para Santo Tomás, la teología moral es primeramente una ciencia de virtudes a ser practicadas y, solo secundariamente, de vicios a ser evitados. Esto es algo mucho mayor que la simple casuística o la mera aplicación de los casos de consciencia. La teología moral está identificada con la vida espiritual, con el amor de Dios y la docilidad al Espíritu Santo, pues es la virtud de la caridad que anima e informa todas las otras virtudes. Es por esto que Santo Tomás, solo después de demostrar lo que es la virtud de la caridad, pasa a analizar los vicios que le son opuestos. Solo entonces comienza a tratar sobre la envidia.

Para Santo Tomás, la envidia nació con el primer pecado cometido por los Ángeles que se revelaron contra Dios. Los ángeles malos solo pueden haber cometido aquellos pecados a los cuales se inclina su naturaleza espiritual. Pero la naturaleza espiritual no se inclina a los bienes propios del cuerpo y sí a los que pueden encontrarse en las cosas espirituales, ya que nada ni nadie se inclina sino a lo que, de algún modo puede estar de acuerdo a su naturaleza. Después, cuando alguien se apega a los bienes espirituales no puede pecar a no ser dejando de observar la regla del superior. Y en no someterse a la regla del superior en aquello que es debido, consiste precisamente el pecado de soberbia. Por tanto, el primer pecado de los ángeles malos no puede ser otro sino el de la soberbia (Suma Teológica, I, q. 63, a. 2). Es claro en la doctrina tomista que el primero y principal pecado es el orgullo o soberbia, pues es un pecado del espíritu.

Solo la soberbia y la envidia son pecados puramente espirituales, por tanto, del ámbito posible de los demonios: Sin embargo, por consecuencia, hubo en ellos también el pecado de envidia. En efecto, la misma razón que posee el apetito para desear una cosa, la posee para rechazar lo contrario. Por eso, al envidioso le duele el bien de otro, pues juzga ser el bien ajeno un obstáculo al propio.
Pero el bien del otro no puede ser considerado como un impedimento al propio bien que deseaba el ángel malo a no ser porque quería una grandeza única, que quedaba eclipsada por la grandeza de otro. Es así que después del pecado de soberbia surgió en el ángel prevaricador el mal de la envidia, porque no podía soportar el bien del hombre y el de la grandeza divina, una vez que Dios se sirve del hombre para su propia gloria.


FUENTE: padrepatricio.com


EXÁMEN DE CONCIENCIA PARA SACERDOTES -


DE SAN ALBERTO HURTADO

Creerse indispensable a Dios. No orar bastante. Perder el contacto con Dios.




Examen de Conciencia

Los pecados de un hombre de acción (Por San Alberto Hurtado, S.I.)

Para un examen de conciencia 


  • Creerse indispensable a Dios. No orar bastante. Perder el contacto con Dios.
  • Andar demasiado deprisa. Querer ir más rápido que Dios.
  • Pactar, aunque sea ligeramente, con el mal para tener éxito: hacer pequeñas trampas, exagerar o mentir, no jugar limpio, apartarse en la práctica de sus principios.
  • No darse del todo. Reservarse para no cansarse, para no arriesgar por miedo a fracasar, para no quedar mal.
  • Preferir lo que hago yo a lo que quiere la Iglesia.
  • Estimarse en más que la obra que hay que realizar, o buscarse a sí mismo en la acción. Trabajar para sí mismo. Buscar su propia gloria.
  • Enorgullecerse. Dejarse abatir por el fracaso, nublarse ante las dificultades.
  • Emprender demasiado. Ceder a sus impulsos naturales, a sus prisas inconsideradas u orgullosas. No controlarse.
  • Trabajar por hacer triunfar nuestras ideas o nuestros proyectos, y no por amor a Dios y a las personas.
  • Ser interesado, hacer del apostolado un negocio, aunque sea espiritual.
  • No esforzarse por tener una visión lo más amplia posible. No retroceder para poder ver el conjunto. 
  • No tener en cuenta el contexto de los problemas.
  • Trabajar sin método. Improvisar por principio. No prevenir. No acabar las cosas.
  • Racionalizar con exceso: criterios sociológicos, económicos, psicológicos, políticos… criterios mundanos.
  • Ser titubeante o pusilánime, ahogarse en los detalles.
  • Querer siempre tener razón. Mandarlo todo. Volverse maniático de cosas a las que da demasiada importancia.
  • No ser disciplinado. Evadirse de las tareas pequeñas.
  • Sacrificar a otro por mis planes. Ir perdiendo amigos y colaboradores por vivir para el trabajo, o por haberlos utilizado en alguna ocasión.
  • No respetar a los demás; no dejarles iniciativas; no darles responsabilidades.
  • Ser duro con los compañeros y con los superiores. Despreciar a los pequeños, a los humildes y a los menos dotados. No ser agradecido.
  • Ser sectario. No ser acogedor. No amar a sus enemigos.
  • Tomar a todo el que me lleva la contraria como si fuese mi enemigo. No aceptar los contratiempos. Ser demoledor en las críticas y los comentarios.
  • Estar habitualmente triste o de mal humor. Dejarse ahogar por las preocupaciones o por el dinero.
  • No dormir bastante, ni comer lo suficiente. No cuidar la salud.
  • Dejarse seducir por compensaciones sentimentales, pereza, ensueños. No cortar el trabajo con períodos de retiro y de calma.
  • Ir dejando que pasen así sus días, sus semanas, sus años…

FUENTE: padrepatricio.com


LA CONCIENCIA ADORMECIDA FRENTE AL ABORTO


¡La sangre de 94.796 asesinados clama al cielo!




España: Un país que arroja por las alcantarillas los cuerpos troceados y descuartizados de decenas de miles de bebés mientras se hace llamar “Estado de derecho”. 

La imagen, durísima, que ilustra este artículo, debe hacernos reaccionar. Las conciencias de los católicos en nuestro país están completamente adormecidas. Asustadísimos por la posibilidad de que se constituya un frente popular en España, nadie toma partido ya en política por defender al no nacido. Los partidos que abogan por defender la vida no han sumado ni 100.000 votos en toda España en las elecciones del pasado domingo. ¿Qué economía puede mejorar si los camposantos están regados con la sangre de los mártires de la indiferencia de occidente, los mártires del estado del bienestar, los mártires de la mal llamada liberación sexual.

El ministerio de Sanidad ha dado a conocer este martes el número de la vergüenza: 94.796 fetos no vieron más luz que la de la camilla del quirófano mientras un fórceps les arrancaba del vientre materno. 94.796 asesinatos que pesan en la conciencia de los miembros del gobierno del Partido Popular que han bendecido, con su inacción, la ley del aborto que reconoce más protección jurídica a los percebes de las costas gallegas que a los seres humanos en la primera fase de su desarrollo.

Y los pronósticos para el año que termina el próximo jueves no son más alentadores. Las clínicas de la muerte, los establecimientos que hacen negocio con el descuartizamiento de niñitos indefensos, volverán a cerrar en números negros. En un estado de derecho que tuviera la dignidad de llamarse de tal modo esos nuevos mengeles que aplican sus conocimientos de medicina para aplicar la pena de muerte verían su vida pasar desde el frío suelo de una celda sin ventanas. En España conducen coches caros y visten trajes de etiqueta mientras los católicos, al salir de Misa, depositan en la urna su voto con la papeleta de PP, PSOE o Ciudadanos…

Que Dios nos perdone, porque todo apunta a que el día del juicio le será más llevadero a Tiro y a Sidón que a esta sociedad enferma.


FUENTE: infovaticana.com

PRESENCIA DE MARÍA EN EL MISTERIO DE LA LITURGIA - 1 -


Recopilación de conocereisdeverdad.org


«María, mi amadísima Madre, dame tu corazón tan bello, tan puro, tan inmaculado, tan lleno de amor y de humildad, para que pueda recibir a Jesús como tu lo hiciste e ir rápidamente a darlo a los demás». Beata Teresa de Calcuta.

¡María fue santa, María fue dichosa! Pero más importante es la Iglesia que la misma Virgen María. ¿Por qué? Porque María es parte de la Iglesia, un miembro santo, un miembro excelente, un miembro supereminente, pero un miembro de la totalidad del cuerpo... Por tanto, amadísimos hermanos, prestad atención a vosotros mismos: también vosotros sois miembros de Cristo, cuerpo de Cristo (1 Co 12,27). ¿Cómo lo sois? Poned atención a lo que el mismo Cristo dice: “Estos son mi madre y mis hermanos “ ¿Cómo seréis madre de Cristo? “El que escucha y cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre”.



La presencia de María en el misterio del culto







Por Félix María Arocena Solano


La Iglesia ofrece el sacrificio eucarístico en comunión con la santísima Virgen María y haciendo memoria de Ella así como de todos los Santos y Santas. En la Eucaristía, la Iglesia, con María, está como al pie de la cruz, unida a la ofrenda y a la intercesión de Cristo. (CEC, 1370)

Repasaba mentalmente este párrafo del Catecismo de la Iglesia Católica que pone de relieve la presencia de la Virgen María en la celebración del Sacrificio eucarístico y me encontraba entretenido poniendo en orden las ideas que he venido recogiendo en torno a este punto, cuando Jesús Castellano me remite desde Roma una investigación suya donde, incidiendo de lleno en la materia, nos muestra una síntesis muy lograda de la reflexión teológica actual en esta área que es relativamente nueva en el ámbito de la teología litúrgica e, incluso, de la misma Mariología.[1] Desgraciadamente, los límites asignados a este artículo impiden un tratamiento más denso y pormenorizado del tema, por lo que me limitaré a espigar las principales líneas de fuerza subrayadas por el Prof. Castellano.

En primer lugar, hay que decir que, en la actualidad, los especialistas dedican una atención preferente a lo mariano en la liturgia y lo hacen animados, en parte, por el magisterio papal. En efecto, a comienzos del año 1984, el santo Padre, a raíz de una serie de intervenciones acerca de la presencia de la Santísima Virgen en la Iglesia y en su liturgia, afirmaba:[2] 

La bienaventurada Virgen María se halla íntimamente unida tanto a Cristo como a la Iglesia y resulta inseparable del uno y de la otra. Ella, por tanto, se halla unida en aquello que constituye la esencia misma de la liturgia: la celebración sacramental de la Salvación para la gloria de Dios y la santificación del hombre. María está presente en el memorial la acción litúrgica porque estuvo presente en el Evento salvífico. 

Ella se halla junto a cada fuente bautismal donde nacen a la vida divina, en la fe y en el Espíritu Santo, los miembros del Cuerpo místico ya que fue por medio de la fe y de la virtud del Espíritu como fue concebida su divina Cabeza, Cristo. Ella se halla junto a cada altar donde se celebra el memorial de la Pasión y Resurrección ya que estuvo presente, adhiriéndose con todo su ser al designio del Padre, en el hecho histórico-salvífico de la Muerte de Cristo. Ella se halla junto a cada cenáculo donde, por medio de la imposición de las manos y la santa unción, se concede el Espíritu a los fieles, ya que con Pedro y los otros Apóstoles, con la Iglesia naciente, estuvo presente en la efusión pentecostal del Espíritu. Cristo, sumo Sacerdote; la Iglesia, la comunidad de culto; María se halla incesantemente unida con uno y con otra en el Evento salvífico y en la memoria litúrgica.

Se trata de un texto descriptivo-afirmativo en el que, en medio de una sobria concisión, se describe la presencia de María en la liturgia de la Iglesia con referencia a los Sacramentos. La afirmación de Juan Pablo II se funda, sobre todo, en el paralelismo con que se inicia el párrafo: María está presente en el memorial la acción litúrgica porque estuvo presente en el Evento salvífico. ¿Cómo no evocar aquí el n. 103 de la Sacrosanctum Concílium, semilla fecunda de la teología litúrgica mariana postconciliar? 

“En la celebración de este círculo anual de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con amor especial a la biena­venturada Madre de Dios, la Virgen María, unida con lazo indisolu­ble a la obra salvífica del su Hijo.” 

La frase central de este número constituye el punctum prúriens de la presencia de María en la liturgia: Ella está “unida con lazo indisolu­ble a la obra salvífica del su Hijo”. Es una expresión preñada de significado que bien merece una pausa serena de contemplación y reflexión a la luz de la teología de la Sacrosanctum Concílium. El texto ofrece una singular valoración de la asociación de María al Misterio de la Encarnación, como principio y fundamento de la totalidad de su asociación a la Economía salvífica. Siguiendo el hilo de las palabras del Papa, se puede afirmar que Aquella que participó en los misterios históricos de su Hijo intérfuit mystériis está ahora presente en los misterios hechos presentes en el memorial litúrgico adest in mystériis. 

De ahí que la presencia de María en los acontecimientos salvíficos de la vida de Jesús sean los presupuestos para comprender la presencia de María en los misterios los hechos históricos celebrados de la vida de su Hijo, actualizados en la liturgia. La presencia mistérica de María en la liturgia depende de que Cristo mismo ha querido asumir como elemento constitutivo de su acción salvífica (acto teándrico) la acción de la Virgen (acto puramente humano). En este caso, el acto de la Virgen, en cuanto asumido por el Verbo e inserido constitutivamente en su acción salvífica, es, por eso mismo, subsistente en Él y, por tanto, suceptible de ser re-presentado mistéricamente en la celebración litúrgica.[3] Esta hipótesis se funda en una doble intuición teológica.


A) La primera se construye sobre la base de que los actos salvíficos de Cristo han sido asumidos a la gloria; llevados a cabo en la historia, permanecen en la meta-historia vivos y eficaces. Se trata de un argumento teológico, de raíz caseliana, recogido en el Catecismo de la Iglesia Católica:[4] 

“En la Liturgia de la Iglesia, Cristo significa y realiza principalmente su misterio pascual. Durante su vida terrestre Jesús anunciaba con su enseñanza y anticipaba con sus actos el misterio pascual. Cuando llegó su hora (cfr. Jn 13, 1; 17, 1), vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre “una vez por todas” (Rm 6, 10; Hb 7, 27; 9, 12). Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida.”

En efecto, “todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente”.[5] A la luz que aporta este párrafo, se puede decir que el Padre, glorificando al Hijo en su Misterio pascual momento que recapitula toda la economía salvífica, ha querido que juntamente con Cristo fuera asumido en la gloria y se hiciera permanente todo aquello que el Señor ha obrado en su humanidad histórica: su vida, sus palabras, sus acciones..., en definitiva, todos los mystéria carnis Christi, por emplear una expresión muy querida para la tradición teológica medieval.

B) La segunda intuición se refiere a que no sólo los actos históricos de Jesús han sido asumidos a la gloria, sino también los de su Madre. Estos últimos lo han sido en la medida en que se hallan indisolublemente unidos a los actos mismos de Cristo (Sacrosanctum Concílium, 103). Los actos históricos de María, inseridos en la misma economía del Evento salvífico, inseparables de él por cuanto que el Evento no se hubiera producido en su historicidad salvífica sin la presencia y la cooperación del Madre del Señor que obró siempre en comunión con su Hijo y en la sinergia del Espíritu Santo permanecen también para siempre.

Es en este sentido que acabo de apuntar donde hallamos una «precomprensión» de aquel otro texto importante del Catecismo de la Iglesia Católica: “La dimensión mariana de la Iglesia precede a su dimensión petrina”.[6] A partir de la dimensión petrina, ciertamente, emergen para la Iglesia elementos tan sustanciales como su estructura jerárquica fundamental... pero, a la vez, Ella es original y constitutivamente mariana. María está presente en el consílium salutis desde el primer momento como persona activamente implicada en él. Consílium, proyecto, plan del que Ella es, contemporáneamente, fruto y activa cooperadora con una singularidad personal, única e irrepetible. Así, la dimensión mariana de la Iglesia y, por tanto, de su liturgia no es algo meramente devocional, exigido por razones afectivas o de pietismo sentimental. El Concilio Vaticano II, confirmando la enseñanza de toda la tradición, ha recordado que en la jerarquía de la santidad preci­samente la mujer, María de Nazaret, es figura de la Iglesia. Ella “precede” a todos en el camino de la santidad; en su persona la Iglesia ha alcanzado ya la perfección con la que existe inmaculada y sin mancha”.[7] En este sentido afirma Juan Pablo II en una Carta Apostólica se puede decir que la Iglesia es, a la vez, “mariana” y “apostólicopetrina”.[8]

Pero volvamos a nuestro tema: la presencia mistérica de María en la liturgia. En el Canon Romano, María Santísima aparece precedida del significativo adverbio imprimis, (especialmente, de modo particular...)[9] que se refiere a la singularidad de la presencia de la Virgen, non parangonable con la presencia angélica ni con aquella otra de la comunión de los Santos, en razón de la condición gloriosa y celeste de la persona de María en cuerpo y alma. Tampoco debe ser entendida como una «ubicuidad», porque el término apunta a una condición mas bien estática y omnicomprensiva propia de la Divinidad, cosa que aquí, evidentemente, no procede. La liturgia bizantina se complace en contemplar a María como la «Deisis», es decir, la «Intercesión viva», junto a su Hijo, sentado en el trono, ante el cual se inclina suavemente con las manos extendidas hacia adelante, en medio de una transparencia pneumatológica, significada por el vestido de púrpura que simboliza cómo Ella se encuentra envuelta por el Espíritu Santo.[10] La Deisis supone una imploración constante de la efusión de la gracia del Espíritu sobre nosotros en orden a nuestra cristificación. 

A modo de conclusión, querría condensar algunas expresiones que glosaran los resultados obtenidos hasta aquí en torno al tema que nos ocupa. Las preguntas que nos propusimos al principio de nuestra reflexión eran de este tenor: ¿se puede hablar de una presencia de María en la celebración del culto cristiano? ¿En qué sentido? ¿De qué bases teológicas podemos disponer? ¿Cuánto hay de analogía y distinción? Las respuestas han de ser necesariamente sobrias. Respuestas que ilustran pero no agotan todo aquello que las preguntas pretenden abarcar. María está presente en la liturgia de un modo “análogo” a como está presente su Hijo. Esta palabra “análogamente”, está tomada de la analogia fídei, de la analogia mysteriorum, y apunta a los nexos de unidad de todos los misterios en relación al único Misterio de Cristo. 

La “análogía” en relación a Cristo es la clave para intuir lo que de presencia mariana hay en la liturgia. Pretende esclarecer que es “en Cristo” como la Madre está presente; en otras palabras, Ella no adviene al Misterio de culto desde lejos, desde el exterior; ni siquiera llega por su actual condición gloriosa o su vivir para siempre en Dios, sino por su pertenencia íntima al Misterio celebrado. La presencia gloriosa de María Santísima en el Misterio de culto es una presencia in oblíquo, “transversal”, diría Juan Pablo II, mistérica.[11] No por ello imaginativa o simbólica, sino presencia real, objetiva. Se trata de una presencia de comunión que dimana de una perikoresis en el Espíritu Santo:[12] una recíproca y mutua compenetración e interioridad de las personas de Jesús y su Madre «en el Espíritu Santo».

Al hilo de estos párrafos finales aprovecho para subrayar dos testimonios litúrgico el uno y patrístico el otro ofrecidos por J. Castellano que podrían corroborar, cada uno desde su angulación propia, la cuestión que estamos tratando: la presencia mistérica de María Santísima en la liturgia. Son dos testigos distintos que, en sus respectivos ámbitos, apuntan a un mismo sentir:

El primero consiste en el uso litúrgico bizantino muy significativo, según el cual, durante la preparación de los dones, el sacerdote toma una partícula de pan no consagrado y dice: “En honor y memoria de la beatísima, gloriosa y soberana Madre de Dios y siempre Virgen María y por medio de su intercesión, acoge, Señor, este sacrificio que presentamos sobre tu altar”. El sacerdote entonces toma esa partícula de pan no consagrado, la sitúa a la derecha del Pan consagrado y dice: “De pie a tu derecha está la Reina, enjoyada con oro de Ofir, vestida de perlas y brocado (Ps 44)”.[13]

El segundo testimonio es la confesión de fe de San Germán de Constantinopla quien, a través de una teología que es contemporáneamente oración, durante una homilía sobre la Dormición de la Virgen Santísima y mientras conversa con Ella, confiesa e interpreta la fe de la Iglesia en la presencia de María en la liturgia y, más allá de la liturgia, en la vida del Pueblo de Dios:[14]

“O Santísima Madre de Dios... así como cuando vivías sobre la tierra, no eras extraña a la vida del Cielo, así tampoco eres extraña, tras tu Asunción, a la vida de los hombres, antes bien estás espiritualmente presente a ellos... Como en un tiempo viviste corporalmente con quienes fueron contemporáneos tuyos, así también ahora tu espíritu vive a junto a nosotros. La protección con que nos asistes es un signo manifiesto de tu presencia en medio nuestro. Todos escuchamos tu voz y la voz de todos nosotros llega también a tus oídos... Tú vigilas sobre nosotros. A pesar de que nuestros ojos no sean capaces de contemplarte, o beatísima, Tú te entretienes gustosamente con nosotros y te manifiestas de modos diversos a quienes se muestran dignos de ti...


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[1] J. CASTELLANO, La presenza di Maria nel misterio del culto, en Marianum, 159/2 (1996), p. 426 ss.
[2] JUAN PABLO II, Alocución del Ángelus del 12 de febrero de 1984. (Cfr. Notitiæ, 20 (1984), p. 173), en NOTITIæ, 20 (1984), P. 173-174.
[3] A. M. TRIACCA, Esemplarità della presenza di Maria SS. nella celebrazione del mistero di Cristo, en Liturgia, 23, n. 41 (1989), p. 232; I.M. CALABUIG, La presencia de marái en la liturgia, en AA.VV., La doctrina y el culto mariano hoy, México, Centro mariano O.S.M., México 1989, p. 82.
[4] CEC, 1085.
[5] En el texto típico se aprecian todavía mejor los matices: “...quidquid Christus est, et quidquid Ipse pro ómnibus fecit et passus est, æternitatem participat divinam et sic ómnia transcendit témpora et præsens effícitur”.
[6] CEC, 773.
[7] Eph 5, 27.
[8] JUAN PABLO II, Carta Apostólica Mulieris dignitatem, 27: “En este sentido se puede decir que la Iglesia es, a la vez, “mariana” y “apostólicopetrina”.
[9] En el Canon romano, la mención de la Virgen viene seguida por la escolta de 12 Apóstoles y 12 Mártires. Sobre este séquito hago notar que la cita de los Apóstoles no se realiza se­gún una prelación determinada a excepción de los 5 primeros: Pedro y Pablo, Andrés, Santiago y Juan. Éstos son los que son y no otros, por las razones que exhibe el Evangelio en relación a la preferencia y amistad del Señor con ellos. La lista, sin embargo, de los 12 Mártires sí que está pensada en orden jerárquico: cinco Papas, un obispo, un diácono y cinco laicos: [Lino, Cleto, Clemente, Sixto, Cornelio]-[Cipriano]-[Lorenzo]-[Crisógono, Juan y Pedro, Cosme y Damián]; 5-1-1-5.
[10] Paralelamente, la liturgia romana, en una plegaria de Adviento, describe a María como la “Sancti Spíritus luce repleta”. (Cfr. MISSALE ROMANUM, In fériis Adventus, die 20 decembris). 
[11] JUAN PABLO II, Carta Apostólica Tertio millennio adveniente, 43.
[12] El término técnico perikoresis (circumincéssio), propio de la teología trinitaria, lo empleo aquí, lógicamente, en sentido lato y según la analogía; como cuando Y. Congar, tratando de los tres oficios de Cristo (tria Christi múnera), explica que no se deben entender como divididos y aislados, sino que existe entre ellos un solapamiento y una «perikoresis».
[13] M.B. ARTIOLI, Liturgia eucaristica bizantina, Torino, 1988, p. 40-41.
[14] S. GERMÁN DE CONSTANTINOPLA, Homilia I de Dormitione, 4; PG 98, 341-348.
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FUENTE: conocereisdeverdad.org


EL PURGATORIO - POR FERNANDO CASANOVA




EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís