FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

DEBEMOS SER SENCILLOS, HUMILDES Y PUROS


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Debemos ser sencillos, humildes y puros

De la carta de san Francisco de Asís, dirigida a todos los fieles

La venida al mundo del Verbo del Padre, tan digno tan santo y tan glorioso, fue anunciada por el Padre altísimo, por boca de su santo arcángel Gabriel, a la santa y gloriosa Virgen María, de cuyo seno recibió una auténtica naturaleza humana, frágil como la nuestra. Él, siendo rico sobre toda ponderación, quiso elegir la pobreza, junto con su santísima madre. Y, al acercarse su pasión, celebró la Pascua con sus discípulos. Luego oró al Padre diciendo: Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz.

Sin embargo, sometió su voluntad a la del Padre. Y la voluntad del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, a quien entregó por nosotros y que nació por nosotros, se ofreciese a sí mismo como sacrificio y víctima en el ara de la cruz, con su propia sangre, no por sí mismo, por quien han sido hechas todas las cosas, sino por nuestros pecados, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Y quiere que todos nos salvemos por él y lo recibamos con puro corazón y cuerpo casto.

¡Qué dichosos y benditos son los que aman al Señor y cumplen lo que dice el mismo Señor en el Evangelio: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, y al prójimo como a ti mismo! Amemos, pues, a Dios y adorémoslo con puro corazón y con mente pura, ya que él nos hace saber cuál es su mayor deseo, cuando dice: Los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad. Porque todos los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y verdad. Y dirijámosle, día y noche, nuestra alabanza y oración, diciendo: Padre nuestro, que estás en los cielos; porque debemos orar siempre sin desanimarnos.

Procuremos, además, dar frutos de verdadero arrepentimiento. Y amemos al prójimo como a nosotros mismos. Tengamos caridad y humildad y demos limosna, ya que ésta lava las almas de la inmundicia del pecado. En efecto, los hombres pierden todo lo que dejan en este mundo tan sólo se llevan consigo el premio de su caridad y las limosnas que practicaron, por las cuales recibirán del Señor la recompensa y una digna remuneración.

No debemos ser sabios y prudentes según la carne, sino más bien sencillos, humildes y puros. Nunca debemos desear estar por encima de los demás, sino, al contrario debemos, a ejemplo del Señor, vivir como servidores y sumisos a toda humana criatura, movidos por el amor de Dios. El Espíritu del Señor reposará sobre los que así obren y perseveren hasta el fin, y los convertirá en el lugar de su estancia y su morada, y serán hijos del Padre celestial, cuyas obras imitan; ellos son los esposos, los hermanos y las madres de nuestro Señor Jesucristo.


Oración

Dios todopoderoso, que otorgaste a san Francisco de Asís la gracia de asemejarse a Cristo por la humildad y la pobreza, concédenos caminar tras sus huellas, para que podamos seguir a tu Hijo y entregarnos a ti con amor jubiloso. Por nuestro Señor Jesucristo.


FUENTE: corazones.org

EL SACERDOTE QUE REVELARÁ LOS 10 SECRETOS DE MEDJUGORJE -


Padre Petar Ljubicic Vive Medjugorje


RECHACEMOS EL TEMOR A LA MUERTE CON EL PENSAMIENTO DE LA INMORTALIDAD QUE LA SIGUE


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Nunca debemos olvidar que nosotros no hemos de cumplir nuestra propia voluntad, sino la de Dios, tal como el Señor nos mandó pedir en nuestra oración cotidiana. ¡Qué contrasentido y qué desviación es no someterse inmediatamente al imperio de la voluntad del Señor, cuando él nos llama para salir de este mundo! Nos resistimos y luchamos, somos conducidos a la presencia del Señor como unos siervos rebeldes, con tristeza y aflicción, y partimos de este mundo forzados por una ley necesaria, no por la sumisión de nuestra voluntad; y pretendemos que nos honre con el premio celestial aquel a cuya presencia llegamos por la fuerza. ¿Para qué rogamos y pedimos que venga el reino de los cielos, si tanto nos deleita la cautividad terrena? ¿Por qué pedimos con tanta insistencia la pronta venida del día del reino, si nuestro deseo de servir en este mundo al diablo supera al deseo de reinar con Cristo?

Si el mundo odia al cristiano, ¿por qué amas al que te odia, y no sigues más bien a Cristo, que te ha redimido y te ama? Juan, en su carta, nos exhorta con palabras bien elocuentes a que no amemos el mundo ni sigamos las apetencias de la carne: No améis al mundo -dice- ni lo que hay en el mundo. Quien ama al mundo no posee el amor del Padre, porque todo cuanto hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida. El mundo pasa y sus concupiscencias con él. Pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre. Procuremos más bien, hermanos muy queridos, con una mente íntegra, con una fe firme, con una virtud robusta, estar dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, cualquiera que ésta sea; rechacemos el temor a la muerte con el pensamiento de la inmortalidad que la sigue. Demostremos que somos lo que creemos.

Debemos pensar y meditar, hermanos muy amados, que hemos renunciado al mundo y que mientras vivimos en él somos como extranjeros y peregrinos. Deseemos con ardor aquel día en que se nos asignará nuestro propio domicilio, en que se nos restituirá al paraíso y al reino, después de habernos arrancado de las ataduras que en este mundo nos retienen. El que está lejos de su patria es natural que tenga prisa por volver a ella. Para nosotros, nuestra patria es el paraíso; allí nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la nuestra. Tanto para ellos como para nosotros significará una gran alegría el poder llegar a su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin término la hallaremos en el reino celestial, donde no existirá ya el temor a la muerte, sino la vida sin fin.

Allí está el coro celestial de los apóstoles, la multitud exultante de los profetas, la innumerable muchedumbre de los mártires, coronados por el glorioso certamen de su pasión; allí las vírgenes triunfantes, que con el vigor de su continencia dominaron la concupiscencia de su carne y de su cuerpo; allí los que han obtenido el premio de su misericordia, los que practicaron el bien, socorriendo a los necesitados con sus bienes, los que, obedeciendo el consejo del Señor, trasladaron su patrimonio terreno a los tesoros celestiales. Deseemos ávidamente, hermanos muy amados, la compañía de todos ellos. Que Dios vea estos nuestros pensamientos, que Cristo contemple este deseo de nuestra mente y de nuestra fe, ya que tanto mayor será el premio de su amor, cuanto mayor sea nuestro deseo .

Él transfigurará nuestro cuerpo de humilde condición en un cuerpo glorioso, semejante al suyo.


FUENTE: catolicidad.com

LA ESCALA ESPIRITUAL SAN CLÍMACO - PARTE 23

"LA ESCALERA DEL DIVINO ASCENSO"
DE SAN JUAN CLÍMACO





"Escala al Paraíso"
(Scala Paradisi, o Escala Espiritual)
Juan Clímaco.

Basada en la edición del Obispo Alejandro (Mileant)
Corrección e introducción: Rolando Castillo


Vigésimo Quinto Escalón: de la Humildad.

1. Quien quiere describir, por medio de palabras, el sentimiento y la operación del amor del Señor de una manera clara, la santa humildad de forma apropiada, la bienaventurada pureza con veracidad, la iluminación divina con claridad, el temor de Dios sin mentiras, la certeza íntima del corazón sin error; quien se imagina que la explicación de cosas de esta naturaleza puede instruir a aquellos que no tuvieron jamás esta experiencia, parece un hombre que quiere, por medio de palabras y de comparaciones, hacer conocer la dulzura de la miel a quien jamás la ha gustado. El segundo habla en vano, por no decir parlotea; y el primero da la impresión de no saber de qué habla o bien de haber llegado a ser juguete de la vanagloria.

2. Este escalón nos presenta un tesoro encerrado para que podamos reconocer su valor en vasos de arcilla, es decir, en nuestro cuerpo. Ningún discurso puede hacer conocer sus cualidades. La inscripción misma que lleva en la parte de arriba no puede ser asida y les da un trabajo inmenso y sin fin a aquellos que intentan explicarlo con la ayuda de palabras.

Ésta es la inscripción: "La santa humildad."

3. Que todos aquellos que son conducidos por el Espíritu de Dios, se unan a nosotros en este consejo espiritual y pleno de sabiduría, que tiene en sus manos espirituales las tablas de la ciencia grabadas por Dios mismo. Nosotros estamos reunidos; juntos buscamos y escrutamos trabajosamente el sentido de esta preciosa inscripción. Uno dijo: "Es el constante olvido de las virtudes adquiridas." Otro: "Es estimarse como el último de los más grandes pecadores." Y otro: "Es reconocer en su espíritu su propia debilidad y su propia impotencia." Incluso otro: "En las disputas, es adelantarse al prójimo poniendo primero fin a la cólera." Otro: "Es el reconocimiento de la gracia divina y de la divina misericordia." Otro todavía: "Es el sentimiento de un alma contrita y la renuncia a su propia voluntad." Pero yo, después de haber escuchado todo esto y después de haber reflexionado con circunspección y en calma, descubrí que no había sido posible, para mí, aprender a sentir esta virtud bienaventurada escuchando hablar de ella. Por eso, a lo último de todo, habiendo recogido lo que caía de los labios de esos padres bienaventurados y dotados de conocimientos, como un perro que recoge las migajas que caen de la mesa, di esta definición: "La humildad es una gracia inefable en el alma, cuyo nombre sólo es conocido por aquellos que lo aprendieron a través de la experiencia. Es una riqueza indecible, un nombre del mismo Dios y un don que proviene de Él, pues ha dicho: Aprended, no de un ángel, ni de un hombre, sino de mí, es decir, de mí que estoy y permanezco en vosotros con mi luz y mi gracia, pues soy manso y humilde de corazón, de pensamientos y de espíritu; así hallaréis descanso para vuestras almas" (Mt 11:29).


4. El aspecto de esta santa viña es uno durante el invierno de las pasiones; otro, en la primavera, cuando se forman los frutos; y todavía otro, en el tiempo de la cosecha de las virtudes. Y, sin embargo, todas estas frases concurren a una única alegría y a una única fructificación; por eso, cada uno, a su manera, posee signos y presagios seguros de los frutos que vendrán. En efecto, desde que empieza a florecer en nosotros el racimo de la santa humildad, comenzamos a odiar, no sin trabajo, toda gloria y toda alabanza humana y a desterrar de nuestra alma la irritación y la cólera. A medida que esta reina de las virtudes progresa en nuestra alma y crece espiritualmente, comenzamos a considerar como nada, o mejor aún, como una abominación, todo el bien que hemos llevado a cabo, y estimamos que nuestra culpa se agranda al dilapidar nuestros bienes sin saberlo; en cuanto a la abundancia de la gracias divinas que nos son otorgadas, consideramos que agravan nuestro castigo, pues no somos dignos de ellas. Nuestro espíritu permanece exento de todo pillaje, pues descansa en lugar seguro en el cofre de la modestia; escucha sólo los golpes y las bromas de los ladrones, sin poder ser ofendido por ellos de ninguna manera, pues la modestia es un asilo inviolable.

5. Nos aventuramos a disertar en pocas palabras sobre el florecimiento y el rápido crecimiento de este fruto inmarchitable. Pero ¿cuál es la perfecta recompensa de esta virtud santa? Pregúntenle al Señor mismo, ustedes, los familiares del Señor. Es imposible apreciar la cantidad de esta santa riqueza, más imposible todavía expresar su calidad. Intentaremos, sin embargo, decir lo que llega a nuestro espíritu sobre estas propiedades.

6. El arrepentimiento trabajoso, la aflicción que purifica de toda mancha y la santa humildad de los principiantes son tan diferentes una de otra como la levadura y la harina, del pan. El alma es triturada y refinada por el verdadero arrepentimiento; por medio del agua de una aflicción sincera, es conducida a una unión cierta con Dios y amasada, por así decir, con Él; sometida, luego, a la acción del fuego del Señor, llega a ser pan, y la santa humildad toma consistencia exenta de la levadura del orgullo. También, cuando esta santa cuerda de tres hebras, o mejor aún este arco iris, se resuelve en una sola entidad, que tiene una misma fuerza y una misma operación, adquiere caracteres y cualidades propias, y lo que designas como el signo de uno de sus elementos, es también la marca de los otros. Intentaré confirmar lo que acabo de decir a través de una breve demostración.

7. La primera y más eminente propiedad de esta excelente y admirable trinidad es la aceptación, plena de alegría, de la humillación, que el alma recibe y acoge, con las manos extendidas, como un remedio que alivia y cauteriza sus enfermedades y sus faltas graves. La segunda propiedad es la pérdida de toda irritabilidad y la modestia que acompaña a este apaciguamiento. El tercer grado, el más elevado, es una sincera desconfianza de lo que se posee de bueno y el continuo deseo de instruirse.

8. "El fin de la Ley y de los profetas es Cristo para justificación de todo creyente" (Rm 10:4). Y el fin de las pasiones impuras es la vanagloria y el orgullo para cualquiera que no esté atento. Pero esta cierva espiritual (cf. Sal 41:2) es la destructora de ellos y mantiene invulnerable de todo veneno mortal a aquel que la tomó por compañera. ¿Puede aparecer el veneno de la hipocresía en la humildad? ¿Y el veneno de la detracción? ¿Cómo una serpiente hará en ella su nido para ocultarse en él? ¿No será que ha sido sacada del corazón, a la vista de todos, para que muera y sea aniquilada? En aquel que tiene humildad, jamás se da ninguna apariencia de odio, ningún indicio de contradicción, ninguna veleidad de desobediencia, excepto si la fe está en duda.

9. Quien la tomó por esposa es dulce, inteligente, pleno de compunción, compasivo con todos, apacible, radiante de alegría, dócil, vigilante, activo y, para decir todo, impasible, pues "en nuestra humillación se acordó de nosotros y nos libró de nuestros adversarios" (Sal 135:23-24), de nuestras pasiones y de nuestras manchas.

10. El monje humilde no se introduce en los secretos inefables; por el contrario, el orgulloso quiere penetrar en los juicios de Dios.

11. Los demonios se aparecieron visiblemente a uno de los hermanos más dotados de conocimiento y le dirigieron alabanzas. Pero este hombre y sabio les dijo: "Si dejan de alabarme por los pensamientos de mi corazón, cuando partan, llegaré a la conclusión de que soy grande; pero si continúan alabándome, su propia alabanza me hará tomar conciencia de mi impureza, pues 'Yahvé abomina al de corazón altivo' (Pr 16:5). Váyanse, pues, y yo llegaré a ser grande; o bien diríjanme alabanzas y, gracias a ustedes, obtendré una humildad más grande." Sacudidos de estupor por este discurso embarazoso, desaparecieron inmediatamente.

12. Que tu alma no sea para esta agua vivificante una cisterna, por momentos, desbordante, y por momentos, seca, por el calor abrasador de la gloria y la elevación; pero que llegue a ser una fuente de impasibilidad de donde brote siempre el río de la pobreza.

13. Debe saber, amigo, que los valles producen abundancia de trigo y de frutos espirituales. El valle es el alma que permanece humilde entre las montañas, es decir, entre las virtudes espirituales, sin orgullo e inquebrantable.

14. No fue dicho: "Hice ayuno," "Hice vigilia" o "Dormí sobre la tierra desnuda," sino "Estaba yo postrado y el Señor me salvó" (Sal 114:6).

15. El arrepentimiento eleva, la aflicción golpea a la puerta del cielo y la santa humildad la abre. Proclamo y venero la trinidad en la unidad y la unidad en la trinidad.

16. El sol ilumina todo lo que vemos y la humildad fortifica todo lo que la razón nos incita a hacer. En ausencia de la luz todo está oscuro; donde falta la humildad, todo lo que poseemos se marchita.

17. En toda la creación, sólo uno es el lugar que vio el sol una sola vez; y uno solo, a menudo, el pensamiento que engendró la humildad. Uno solo fue el día en que el mundo se regocijó de alegría; y esta virtud es la única que permanece inimitable para los demonios.

18. Una cosa es ensalzarse; otra, no ensalzarse y otra, humillarse. En el primer caso se juzga cada día a los otros; en el segundo no se juzga a los otros ni se condena a uno mismo; en el tercero, uno se condena a sí mismo, aunque sea inocente.

19. Una cosa es ser humilde; otra esforzarse por llegar a serlo, y otra, alabar a aquel que es humilde. Los perfectos están en el primer caso; al segundo pertenecen los verdaderos obedientes, y al tercero, todos los fieles.

20. Si alguien se humilló en su corazón, sus labios no dejarán escapar palabras orgullosas; pues la puerta no puede dar paso a lo que el tesoro no guarda.

21. Cuando el caballo está solo, a menudo se imagina que galopa; pero cuando corre con otros, descubre su lentitud.

22. Cuando nuestro pensamiento no se eleva más hacia los dones naturales, comienza a recobrar la salud. Pero mientras sienta la hediondez, no podrá percibir el agradable olor del perfume.

23. Mi amado, — dice la santa humildad —, no censurará, no juzgará, no será autoritario, no hará ostentación de su sabiduría, hasta que esté unido a mí. Después de nuestra unión, ninguna ley nos será impuesta (cf. 1 Tm 1:9).

24. Los demonios malvados sembraron alabanzas en el corazón de un asceta que se esforzaba por adquirir la bienaventurada humildad; pero gracias a una inspiración divina, encontró el medio de vencer la malicia de los espíritus por medio de una piadosa artimaña. Escribió en la pared de su celda los nombres de las virtudes más sublimes: el amor perfecto, la humildad angelical, la oración pura, la castidad incorruptible y otras semejantes. Y cuando los pensamientos comenzaron a alabarlo, les dijo: "Vamos al juicio." Y, dirigiéndose a los nombres escritos, los leía y se gritaba a sí mismo: "Cuando poseas todas esas virtudes sabrás qué lejos estás todavía de Dios."

25. No podemos describir la potencia ni la esencia de este sol; pero a partir de sus acciones y sus propiedades podemos concebir su naturaleza intrínseca.

26. La humildad es un velo divino que nos impide ver nuestras virtudes. La humildad es un abismo de desprecio de sí mismo inaccesible a cualquier ladrón. La humildad es "una torre fuerte frente al enemigo" (Sal 60:4). "No lo ha de sorprender el enemigo, el hijo de iniquidad no lo oprimirá; yo aplastaré a sus adversarios ante él, heriré a los que lo odian" (Sal 88:23-24).

27. Además de las propiedades características que acabamos de indicar, el feliz poseedor de esta riqueza todavía posee otras en su alma. Pues las primeras, excepto una, son un signo visible de esta riqueza. Reconocerás sin riesgo de equivocarte que posees en ti esta santa realidad con una abundante luz inefable, con un indecible amor por la oración. Antes de llegar a esto, el corazón no debe juzgar más las faltas de los otros; y el precursor de todo esto es el odio por toda vanagloria.

28. Quien se conoce a sí mismo con una extremada sensibilidad del alma, arroja una semilla en la tierra; pero aquellos que no sembraron así no pueden ver florecer la humildad.

29. Quien se conoce a sí mismo obtiene en su espíritu el temor de Dios y quien avanza apoyado sobre este temor alcanza la puerta del amor.

30. La humildad es la puerta del Reino, que deja entrar a todos los que se aproximan. De ella, creo, hablaba el Señor cuando dijo: "Todos los que han venido delante de mí, son ladrones y salteadores; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto" (Jn 10:8-9).

31. Los que queremos conocer nuestro estado, no cesamos de interrogarnos a nosotros mismos. Y si estimamos, con un profundo sentimiento del corazón, que nuestro prójimo es mejor que nosotros, desde todo punto de vista, es que tenemos cerca la misericordia.

32. Es imposible que la nieve arda; es todavía más imposible que la humildad exista entre los heterodoxos. Es parte de aquellos que creen con piedad y solamente cuando fueron purificados.
33. Casi todos nos consideramos pecadores y quizás lo pensamos sinceramente; pero la humillación es la que pone a prueba el corazón.

34. Aquel que se encamina hacia ese puerto tranquilo, no cesará jamás de meditar, de reflexionar y de hacer todo, por medio de sus formas de obrar, sus palabras, sus pensamientos, sus intenciones ocultas; por medio de preguntas, búsquedas, procedimientos, ingenio, oraciones, súplicas, con aplicación de espíritu y reflexión, hasta que con la ayuda de Dios, por la práctica de los ejercicios más humillantes y más viles, libera la barca de su alma del mar siempre tempestuoso del orgullo. Para el que se liberó de esta pasión, habrá, a la hora del juicio, más consideración con respecto a los otros pecados.

35. Algunos, para promover su humildad durante toda su vida, se valen del recuerdo de sus pecados del pasado, incluso de los ya perdonados y, por este medio, golpean en pleno rostro la vana estima de sí mismos. Otros piensan en la Pasión de Cristo y se consideran siempre como deudores. Otros se tienen por poca cosa, a causa de sus faltas cotidianas. En otros, las tentaciones que renacen sin cesar, las debilidades y los pecados mortificaron el orgullo. Otros, por la penuria de sus gracias, alcanzaron la madre de todas las gracias. También existen — ¿existen todavía?; no me corresponde decirlo — quienes, acerca de los propios dones de Dios y en la medida en que éstos se acrecientan, se humillan a sí mismos y pasan así su vida considerándose indignos de tales riquezas y como si, cada día, se acrecentara su deuda. Ésta es la humildad; ésta, la beatitud; ésta, la perfecta recompensa.

36. Cuando veas o escuches decir que alguien llegó en pocos años a la más sublime impasibilidad, deberás concluir que tomó este camino que es un bienaventurado atajo.

37. La caridad y la humildad forman una santa asociación: la primera eleva y la segunda, sosteniendo a los que fueron elevados, no permite que caigan jamás.

38. Una cosa es la contrición; otra, el conocimiento de sí mismo y otra, la humildad.

La contrición es engendrada por una caída. Quien cae, se quiebra y se mantiene en la oración sin confianza filial, pero con una laudable desvergüenza; como se siente agobiado, se apoya sobre el bastón de la esperanza y se sirve de él para cazar al perro de la desesperación.
El conocimiento de sí mismo es una conciencia lúcida de su propia medida y un recuerdo, que no desfallece, de sus mínimos desfallecimientos.

La humildad es la doctrina espiritual de Cristo, doctrina que se une, espiritualmente y en el secreto del corazón, a aquellos que fueron considerados dignos de ella, doctrina que las palabras humanas no pueden expresar.

39. Quien declara sentir plenamente en sí mismo el olor de un perfume de tal naturaleza, si se conmueve en su corazón, es sólo por un corto instante, en el momento en que se ve alabado; si se detiene a medir la fuerza de esas palabras, para no engañarse, ya fue engañado.

40. Escuché decir a alguien con profundo sentimiento del alma: "¡No a nosotros, Yahvé, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria!" (Sal 113:1). Pues sabía que la naturaleza humana no puede, por ser como es, recibir elogios sin perjuicio. "De ti viene mi alabanza en la gran asamblea" (Sal 21:26), es decir, en el siglo venidero; antes no puedo tolerarlo sin peligro.

41. Si el modelo terminado, la expresión perfecta y el carácter propio del máximo orgullo es fingir virtudes que no tenemos para extraer gloria de ello, el signo de la más profunda humildad es simular, a veces, para despreciarnos a nosotros mismos, defectos de los que estamos exentos. Es lo que hicieron el que tomó en sus manos pan y queso, y el otro, campeón de la castidad, que en la impasibilidad del alma, recorrió toda la ciudad despojado de sus vestimentas. Ellos no se preocuparon por el escándalo de los hombres; ya obtuvieron a través de la oración una fuerza invisible que les daba plena seguridad en todo. Quien se preocupa por el primero, demuestra que la otra le hace falta. Cuando Dios está listo para escucharnos, podemos hacer todo.

42. Vale más ofender a los hombres que a Dios. Dios, en efecto, se alegra cuando nos ve sufrir humillaciones para reprimir, golpear y aniquilar la vana estima de nosotros mismos.

43. El exilio voluntario practicado en su más alto grado hace posibles tales combates. Pues sólo los que son verdaderamente grandes pueden soportar el escarnio de su prójimo. No te sorprendas de lo que acabo de decir, pues nadie puede subir jamás una escalera de un salto.

44. Todos sabemos que somos discípulos de Dios, no por el hecho de que los demonios se nos sometan sino porque nuestros nombres están escritos en el cielo de la humildad (cf. Jn 13:35; Lc 10:20).

45. Así es el limonero que empuja sus ramas hacia lo alto cuando es estéril; pero cuanto más se inclinan hacia el suelo, tanto más se carga de frutos. Quien tenga algo de inteligencia captará el significado de esto.

46. Este grado de la santa humildad recibió de Dios el poder para hacer que subamos con un beneficio de treinta, sesenta o cien por uno (cf. Mc 4:20). Este último se presenta a quienes lograron la impasibilidad; el segundo, a los que poseen coraje; y todos pueden alcanzar el primero.

47. El que se conoce a sí mismo jamás es arrastrado a emprender lo que lo supera; sino que marcha seguro de aquí en adelante en el camino de esta bienaventurada humildad.

48. Los pájaros temen el aspecto del halcón y los que trabajan para practicar la humildad temen mucho el sonido de la contradicción.

49. Muchos obtuvieron la salvación sin predicciones, ni iluminaciones, ni señales, ni prodigios; pero sin humildad no entrará nadie en la cámara nupcial. En efecto, la humildad es guardia-na de esos dones y, sin ella, conducirán a la ruina a las almas demasiado ligeras.

50. Para aquellos de nosotros que no quieren humillarse, el Señor, en su providencia, dispuso que nadie mejor para ver nuestros defectos que nuestro prójimo. Así estamos obligados a atribuir nuestra curación con acción de gracias no a nosotros mismos, sino a él y a Dios.

51. El humilde de espíritu siempre odia su propia voluntad porque es engañosa y en las oraciones se dirige al Señor, se aplica con una fe inquebrantable a instruirse y a obedecer.

No presta atención a la conducta de los que le enseñan, sino que se dirige enteramente a Dios que se valió de un asno para hacer que Balaam supiera lo que era necesario.

Un trabajador como él, aunque se aplique en hacer pensar y decir todo lo que es conforme a la voluntad de Dios, sin embargo jamás confía en sí mismo. Para el humilde la autosuficiencia es una carga muy pesada, más pesada que la voluntad para el que es orgulloso.

52. Me parece que sólo es propio de un ángel no cometer jamás un pecado, ni siquiera por sorpresa; escuché, en efecto, que un ángel terrenal decía: "Cierto que mi conciencia nada me reprocha; mas no por eso quedo justificado. Mi juez es el Señor" (1 Co 4:4). Por eso debemos condenarnos sin cesar y hacernos reproches para rechazar las faltas involuntarias con humillaciones voluntarias. De otra manera, nos demandarán severamente que rindamos cuenta a la hora de la muerte.

53. Quien pide a Dios menos de lo que merece, seguramente recibirá más de lo que merece. Es lo que se ve claramente en el ejemplo del publicano: pedía el perdón y recibió la justificación (cf. Lc 18:10); y el ladrón pedía sólo que el Señor se acordara de él en su Reino, pero recibió el paraíso como herencia (cf. Lc 23:43).

54. No se puede ver fuego, ni grande, ni pequeño en ninguna criatura natural; de la misma manera, es absolutamente imposible encontrar algo de orden material en la verdadera humildad. Cuando cometemos faltas voluntarias, esta humildad no está en nosotros; lo opuesto es signo de su presencia.

55. El Señor, que sabe que la apariencia exterior forma a su imagen la virtud del alma, tomó un lienzo (cf. Jn 13:4) para indicarnos el camino a seguir en la vía de la humildad; el alma llega a ser semejante al comportamiento exterior; se modela en sus actividades y recibe su impronta.

56. El ejercicio de la autoridad llegó a ser para uno de los ángeles ocasión de orgullo, aunque no la había recibido para ello.

57. Las disposiciones del que preside desde el trono son unas, y otras, las del que está sentado sobre el estiércol.

Quizás, por eso, ese gran justo se sentó sobre el estiércol fuera de la ciudad; habiendo alcanzado la perfecta humildad, dijo con un profundo sentimiento del alma: "Por eso me retracto y me arrepiento en el polvo y la ceniza" (Jb 42:6).

58. Creo que Manases pecó como ningún otro hombre, mancillando con ídolos el templo de Dios y todo el divino culto. Aunque el mundo entero hubiera ayunado por él, no habría podido compensar dignamente su crimen. Pero la humildad tuvo el poder de sanar en él lo que era incurable.

59. "Pues no te agrada el sacrificio; si ofrezco un holocausto no lo aceptas," dijo David a Dios (Sal 50:18), pues se trata de cuerpos consumidos por el ayuno. "El sacrificio a Dios" y lo que sigue en el salmo todos lo conocen.

60. "Pequé contra el Señor," le gritó un día a Dios la bienaventurada humildad después de un adulterio y de un homicidio (cf. 2:5;12:13); y escuchó inmediatamente: "El Señor perdonó tu pecado" (íbid).

61. Los padres dignos de memoria eterna dijeron que los trabajos corporales son la vía y el sostén de la humildad. Por mi parte, agregaría la obediencia y la rectitud del corazón, porque por naturaleza se oponen al orgullo.

62. Si el orgullo pudo convertir en demonios a ciertos ángeles, la humildad, sin ninguna duda podrá convertir en ángeles a demonios. ¡Que quienes cayeron tengan ánimo!

63. Apresurémonos y luchemos con todas nuestras fuerzas para establecernos en la cabeza de la humildad; si no llegamos allí, por lo menos subamos a su espalda. Y si tampoco logramos esto, al menos no caigamos de sus brazos; pues sería sorprendente que un hombre recibiera el don eterno si acaba de caer.

64. Los nervios que fortifican la humildad y las vías que conducen a ella son: la no posesión, el exilio voluntario y secreto, el disimulo de la propia sabiduría, la simplicidad en las palabras, la demanda de limosna, el silencio sobre la nobleza de nacimiento, la renuncia a la libertad de palabra y, de paso, el alejamiento de habladurías; pero éstos no son signos de que se ha llegado.

65. Nada puede humillar tanto al alma como ese estado de privación donde se debe mendigar la subsistencia; pues solamente entonces nos mostramos amigos de la sabiduría y de Dios, cuando pudiendo elevarnos, escapamos irrevocablemente de la elevación.

66. Si tomas las armas contra cualquier pasión, escoge a la humildad por aliada, pues ella "pisoteará a la víbora y al basilisco," es decir, al pecado y a la desesperanza; y ella "hollará al león y al dragón" (Sal 90:13), o sea, al diablo y al dragón del cuerpo.

67. La humildad es un torbellino celeste que puede sacar al alma del abismo del pecado y elevarla hasta el cielo.

68. Alguien vio un día en su corazón la belleza de la humildad y admirado le pidió que le dijera el nombre del que la había engendrado. Con una sonrisa luminosa y apacible, ella respondió: "¿Por qué deseas saber el nombre del que me engendró? No tiene nombre y no puedo decírtelo antes de que hayas alcanzado a Dios." A Él gloria de los siglos. ¡Amén!

DOCUMENTACIÓN ACERCA DEL INFIERNO - El purgatorio


EL PURGATORIO


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El catecismo de la iglesia católica define purgatorio como "purificación, para alcanzar la santidad necesaria para incorporarse a la alegría del cielo", que es experimentada por ésos "que están en la tolerancia y la amistad de Dios, pero todavía purificados de forma imperfecta" (CIC 1030). Observa que "esta purificación final de los elegidos. . . es enteramente diferente del castigo del condenado "(CIC 1031).

La purificación es necesaria porque, como la Escritura enseña, ninguna voluntad sucia se incorpora a la presencia de Dios en el cielo (Apocalipsis 21, 27) y, mientras que podemos morir con nuestros pecados mortales perdonados, pueden todavía quedar muchas impurezas en nosotros, pecados específicamente veniales y el castigo temporal debido a los pecados perdonados ya.

Cuando morimos, experimentamos lo que se llama el juicio individual. La Escritura dice que "está designado para los hombres una vez muertos, y viene después juicio" (Hebreos 9, 27).

Nos juzgan inmediatamente y recibimos nuestra recompensa, por buenos o malos. Sabemos inmediatamente cuál será nuestro destino final.

En el fin de los tiempos, cuando Jesús vuelva, vendrá el juicio general al cual la Biblia se refiere, por ejemplo, en San Mateo 25, 31-32: "Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con él, entonces Él se sentará en su trono glorioso. Ante Él se postrarán todas las naciones, y los separará a unos de otros como un pastor separa las ovejas de las cabras." En este juicio general todos nuestros pecados serán revelados en público (San Lucas 12, 2-5).

San Augustín dijo, en La Ciudad de Dios, que los "castigos temporales ahora y después son sufridos por algunos en esta vida solamente, por otros después de muerte, por otros en ambas situaciones, ahora y después; pero todos antes del más estricto juicio final."

Está entre los juicios particulares y el general, después de que el alma esté purificada de las consecuencias restantes del pecado: "OS ASEGURO QUE NO SALDRÉIS HASTA QUE HAYAIS PAGADO EL ÚLTIMO CÉNTIMO" (San Lucas 12, 59).

El dinero, uno de los argumentos que los contra-católicos usan a menudo para atacar el purgatorio es la idea de que la Iglesia católica hace dinero al promulgar esta doctrina. Sin purgatorio, afirman, la Iglesia quebraría. Un buen número de libros contra-Católicos expone que la Iglesia debe sus ingresos a esta doctrina. Pero los números apenas lo sostienen.

Cuando un católico solicita una misa conmemorativa para los muertos - es decir, una misa ofrecida para el provecho de alguien que está en el purgatorio, es costumbre dar al sacerdote de la parroquia un estipendio económico, "Es justo que el obrero cobre su salario" (San Lucas 10, 7) y que "los que presiden el Altar cobren su parte de las ofrendas" (1 Corintios 9, 13-14).

En los Estados Unidos, un estipendio consiste comúnmente en alrededor de cinco dólares; pero los indigentes no tienen que pagar. Algunos personas, por supuesto, ofrecen libremente más. Este dinero va al sacerdote de la parroquia, y se permite a los sacerdotes solamente recibir un estipendio por día. Nadie se hace rico con cinco dólares por día, y ciertamente no la Iglesia, que no recibe el dinero de todos modos.

Pero qué sucede los domingos. Hay a menudo centenares de personas en la misa. En una parroquia importante, puede haber millares. Muchas familias e individuos depositan cinco dólares o más en la cesta de la colecta; otros depositan menos. Algunos dan mucho más. Una parroquia puede tener cuatro o cinco o seis misas el domingo. El total de las colectas del domingo sobrepasa ampliamente la cantidad ínfima recibida de las misas conmemorativas.

¿Una "Invención Católica"?



Los fundamentalistas pueden estar encariñados con decir que la Iglesia católica "inventó" la doctrina del purgatorio para hacer dinero, pero tienen dificultad para determinar exáctamente cuando.

La mayoría de los contra-Católicos profesionales - los que dedican su vida a atacar el "Romanismo" - suelen atribuir la culpa al Papa Gregorio el Grande, que reinó entre los años 590-604 d. C.

Pero nunca consideran la petición de Mónica, la madre de San Augustín, que pidió a su hijo, en el siglo IV, que se acordase de su alma en sus misas. Esto no tendría ningún sentido si ella pensara que su alma no se beneficiaría de estos rezos, como sería el caso si ella estuviese en el infierno o en la gloria completa del cielo.

Atribuyendo la doctrina al Papa Gregorio no se podrían explicar las pintadas en las catacumbas, donde los cristianos, durante las persecuciones de los primeros tres siglos, registraron los rezos por los muertos.

De hecho, algunas de las escrituras cristianas más tempranas fuera del Nuevo Testamento, como los Actos de Pablo y de Tecla y del Martirio de Perpetua y de Felicia (ambos escritos durante el segundo siglo), refieren la práctica cristiana de la rogación por los muertos.

Tales rezos habrían sido ofrecidos solamente si los cristianos creyeran en el purgatorio, incluso si no utilizaron ese nombre para él. (véanse las Respuestas de los Padres Católicos más conocidos para conocer la existencia del purgatorio en las citas de éstos y de otras fuentes cristianas tempranas.)

En conclusión: siempre que una fecha se fije para la "invención" del purgatorio, es factible señalar evidencias documentales e historiográficas para mostrar que la doctrina del purgatorio existía antes de esa fecha.

¿Además, si en un cierto punto la doctrina fue sacada de un acto administrativo, por qué en los expedientes de la historia eclesiástica no figura ninguna protesta contra él?

Un estudio de la historia de las doctrinas indica que los cristianos de los primeros siglos se alzaban en armas (a veces de forma especialmente sangrienta) si cualquier persona sugería el menor cambio en sus creencias.

Era gente extremadamente conservadora que probaba las doctrinas preguntando: ¿era ésto creído por nuestros antepasados? ¿Nos fue dada a través de los Apóstoles?

Seguramente la creencia en el purgatorio sería considerada un gran cambio, si no hubiese sido creída desde el primer momento. Entonces, ¿dónde están las evidencias de las protestas? No existen. No hay ninguna evidencia histórica de tales hechos en los más antiguos documentos disponibles por los historiadores. Y más adelante tampoco existe ninguna fuente historiográfica en la que los creyentes de la época post-apostólica nos hablen del purgatorio como una "nueva doctrina".

Por consiguiente, aquellos creyentes entendían que la enseñanza oral de los apóstoles, -que los católicos llamamos la Tradición-, y la Biblia no solamente no contradecían la doctrina del purgatorio, sino que, de hecho, la confirmaban.

No es sorprendente, pues, que los que niegan la existencia del purgatorio tienden a pasar de largo ante las evidencias al respecto que nos ofrece la historia de la Fe. Prefieren hablar que la Biblia habla solamente de cielo y de infierno.

Pero esto tampoco es así. La Biblia habla claramente de una tercera condición, comúnmente llamada el limbo de los Padres de la Iglesia, donde los justos muertos antes de la redención esperan a que el cielo que se abra para ellos.

Después de su muerte y antes de su resurrección, Cristo visitó el limbo de los Padres y les predicó la buena nueva de que el cielo estaría ahora abierto para ellos (1 San Pedro 3, 19).

Esta gente no estaba, por lo tanto, en cielo, pero tampoco experimentaban los tormentos del infierno.

Algunos han especulado que el limbo de los Padres es igual que el purgatorio. Éste puede o no ser el caso. Sin embargo, si el limbo de los Padres no es el purgatorio, su existencia muestra que un estado temporal, intermedio, no es contrario a Escritura.

Mírelo esta manera. Si el limbo de los Padres era el purgatorio, entonces esto nos muestra directamente la existencia del purgatorio.

Si el limbo de los padres era un estado temporal diferente, entonces la Biblia dice por lo menos que tal estado puede existir. Y, por consiguiente, prueba que puede haber más estados que el cielo y el infierno.

Los protestantes se oponen argumentando que Jesús dijo al ladrón en la cruz que, en ese mismo día en que los dos murieron, estarían juntos en el Paraíso (San Lucas 23, 43). Esto lo interpretan como una negación del purgatorio.

Sin embargo, este argumento no es consistente y vuelve a demostrar la existencia de un tercer estado además del cielo y del infierno, puesto que Jesús no fue al cielo en el día que Él murió.

Pedro nos dice que Él "fue a predicar a los Espíritus en la prisión" (1 San Pedro 3, 19), y, después de su resurrección, Cristo mismo declaró: "todavía no he ascendido al Padre" (San Juan 20, 17). Así en aquella pasaje el paraíso se sitúa en un cierto tercer estado además del cielo y además del infierno.



El "purgatorio no está en la Escritura" que algunos fundamentalistas también argumentan, como si probasen realmente algo. O "la palabra purgatorio no se encuentra en ninguna parte de la Escritura."

Esto es verdad, pero no refuta la existencia del purgatorio o del hecho de que la creencia en ella ha sido parte siempre de enseñanza de la Iglesia. Trinidad y Encarnación son palabras que tampoco están en la Escritura, con todo esas doctrinas se enseñan claramente en ella. Asimismo, la Escritura enseña que existe el purgatorio, incluso si no utiliza la palabra e incluso si 1 San Pedro 3, 19 no se refiere a otro lugar más que al purgatorio.

Cristo refiere que el pecador que "32 Y a cualquiera que diga palabra contra el Hijo del Hombre le Será perdonado; pero a cualquiera que hable contra el Espíritu Santo no le Será perdonado, ni en este mundo, ni en el venidero." (San Mateo 12, 32), sugiriendo que una se puede liberar después de la muerte de las consecuencias de sus pecados.

Semejantemente, San Pablo nos dice que cuando nos juzgan, las obras de cada hombre serán probadas. ¿Y qué sucede si la obra de un hombre justo falla en la prueba? "15 Si la obra de alguien es quemada, él Sufrirá pérdida; aunque él mismo será salvo, pero apenas, como por fuego. " (1 Corintios 3, 15). Ahora bien, esta pérdida, esta pena, no se puede referir al envío al infierno, puesto que nadie se salva allí; y al cielo no puede referirse tampoco, puesto que no hay sufrimiento ("fuego") allí. Sólo la doctrina católica del purgatorio explica este paso.

Por supuesto, existe la aprobación de la Biblia sobre los rezos para los muertos: "En hacer esto él actuaba de una manera muy excelente y noble, ya que él tenía la resurrección de los muertos en la mente; pero si él no esperara que se levantaran los muertos otra vez, habría sido inútil y absurdo rogar por ellos en la muerte. Pero él hizo esto con objeto de la recompensa espléndida que aguarda a los que habían muerto en gracia de Dios, era un pensamiento santo y piadoso. Así él hizo el sacrificio por los muertos que puedan ser liberados de este pecado "(2 Macabeos 12, 43-45).

Los rezos no son necesitados por éstos en el cielo, y nadie puede ayudar a éstos en el infierno. Eso significa que alguna gente debe estar en una tercera condición, por lo menos temporalmente. Este versículo ilustra tan claramente la existencia del purgatorio que, durante la reforma, los protestantes tuvieron que arrancar los libros de los Macabeos de sus Biblias para evitar validar la doctrina.

Los rezos por los muertos y, consiguientemente, la doctrina del purgatorio, han sido parte de la religión verdadera desde antes de la época de Cristo. Podemos mostrar que no sólo fueron practicados por los judíos de la época de los Macabeos, sino que incluso han sido conservados por los judíos ortodoxos de hoy, los cuales recitan un rezo conocido como el Kaddish durante once meses después de la muerte de un ser amado, de modo que el amado pueda ser purificado.

No fue la Iglesia Católica quien agregó la doctrina del purgatorio. Por el contrario, el cambio en la enseñanza original ha tenido lugar en el protestantismo, que rechazó una doctrina que había sido creída siempre por los judíos y los cristianos.

¿Por qué ir al Purgatorio? ¿Por qué cualquier persona podría ir al purgatorio? Para ser limpiado, porque "nada impuro se introducirá [ en el cielo ]" (Apocalipsis 21, 27). Cualquier persona que no se ha liberado totalmente del pecado y de sus efectos está, en cierta medida, "impuro." A través del arrepentimiento se puede ganar la gracia necesaria para ser digno del cielo, es decir, para ser perdonado y que su alma esté espiritualmente viva.

Pero esto no es suficiente para ganar la entrada en el cielo. Es necesario ser limpiado totalmente. Los fundamentalistas protestantes argumentan que "La Escritura claramente revela que todas las demandas de la justicia divina en el pecador se han satisfecho totalmente en Jesucristo. También revela que Cristo redimió totalmente a todo lo que se había perdido. Los abogados de un purgatorio (y de la necesidad del rezo para los muertos) dicen, en efecto, que el rescate de Cristo era incompleto. . . Todo ha sido hecho por nosotros por Jesucristo, no hay nada para ser agregado o ser hecho por el hombre." Es enteramente correcto decir que Cristo logró toda nuestra salvación para nosotros en la cruz. Pero eso no resuelve la cuestión de cómo este rescate se aplica a nosotros. La Escritura revela que se aplica a nosotros en el curso del tiempo a través, entre otras cosas, del proceso del santificación con el cual se hace santo el cristiano.

La Santificación implica sufrir (Romanos 5, 3-5), y el purgatorio es la etapa final de la santificación que algunos de nosotros tenemos necesidad de experimentar antes de que entremos en cielo. El purgatorio es la fase final en la que Cristo nos aplica el rescate de la purificación que él logró para nosotros por su muerte en la cruz.

No existe ninguna contradicción. La resistencia fundamentalista a la doctrina bíblica del purgatorio presume que hay una contradicción entre Cristo que nos redime en la cruz y el proceso por el cual nos santificamos. No hay tal. Y un fundamentalista no puede decir que sufriendo en la etapa final de la santificación se entra en conflicto con la suficiencia del sacrificio de Cristo sin decir que el sufrimiento en los primeros tiempos de la santificacion también presenta un conflicto similar. El fundamentalista lo tiene al revés: Nuestro sufrimiento en la santificación no quita valor a la cruz. Al contrario, la cruz produce nuestra santificación, que da lugar a nuestro sufrimiento, porque "Al momento, ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que por medio de ella han sido ejercitados"(Hebreos 12, 11). El purgatorio es necesario porque existe el requisito de que un alma que ha sido declarada justa debe estar realmente limpia para que un hombre se pueda incorporar definitivamente a la vida eterna. Después de todo, si un alma culpable "se aprueba simplemente," si su estado pecaminoso todavía existe pero se ignora oficialmente, entonces sigue siendo un alma culpable. Sigue estando impura.

La teología católica toma seriamente la noción de que "nada sucio entrará en el cielo." De esto se deduce que un alma menos que limpiada, aunque si "aprobada" sigue un alma sucia y no tiene cabida en el cielo. Necesita ser limpiada o "ser purgada" de sus imperfecciones restantes. El limpiamiento ocurre en el purgatorio.

De hecho, la necesidad de purgar se enseña en otros pasos de Escritura, tales como 2 Tesalonicenses 2, 13, cuál declara que Dios nos eligió "Pero nosotros debemos dar gracias a Dios siempre por vosotros, hermanos amados del Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para Salvación, por la Santificación del Espíritu y fe en la verdad"

La Santificación no es, por lo tanto, una opción, algo que puede o puede no suceder antes de que se consiga entrar en el cielo. Es un requisito absoluto, como Hebreos 12, 14 indica que debemos esforzarnos "por la santidad, sin la cual nadie verá al Señor."

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MENSAJES DE MEJUGORJE - 2 de Diciembre (2018)

Mensajes de Nuestra Señora Reina de la Paz en Medjugorje


Al inicio Nuestra Señora regularmente da sus mensajes sólo a los videntes, y a través de ellos a todos los fieles. A partir del 1 de marzo de 1984, Nuestra Señora comienza a entregar regularmente sus mensajes todos los jueves a la comunidad de parroquial de Medjugorje, y a través de ella, al resto del mundo. Puesto que algunas cosas que el Señor había deseado se cumplieron, como lo afirmó Nuestra Señora , a partir del 25 de enero de 1987, Nuestra Señora da sus mensajes a todo el mundo los 25 de cada mes Esto aún continúa.


Mirjana Dragicevic-Soldo, Ivanka Ivankovic-Elez y Jakov Colo tuvieron apariciones diarias hasta 1982, 1985, y 1998 respectivamente. Desde entonces, la Virgen se les aparece una vez al año y les da un mensaje. Debido a que el trabajo sobre los archivos está aún en curso, no estamos en condiciones de publicar los mensajes otorgados antes de 1995.


(http://www.medjugorje.ws)



Mensaje 2 de diciembre de 2018 - Mensagem dada a vidente Mirjana


“Queridos Hijos, cuando venís a mí, como a una madre, con un corazón puro y abierto, sabed que os escucho, os aliento, os consuelo y, sobre todo, intercedo por vosotros ante mi Hijo. Sé que deseáis tener una fe fuerte y manifestarla de la manera correcta. Lo que mi Hijo os pide es una fe sincera, fuerte y profunda; en consecuencia, de cualquier manera que la manifestéis es válida. La fe es un secreto maravilloso que se guarda en el corazón. Ella se halla entre el Padre Celestial y todos sus hijos, se reconoce por los frutos y por el amor que se tiene hacia todas las criaturas de Dios. Apóstoles de mi amor, hijos míos, confiad en mi Hijo. Ayudad a todos mis hijos a que conozcan Su amor. Vosotros sois mi esperanza, vosotros que intentáis amar sinceramente a mi Hijo. En el nombre del amor, por vuestra salvación, según la voluntad del Padre Celestial y por mi Hijo, estoy aquí entre vosotros. Apóstoles de mi amor, que vuestros corazones, con la oración y el sacrificio, sean iluminados por el amor y la luz de mi Hijo. Que esa luz y ese amor iluminen a todos los que encontréis, y los haga regresar a Mi Hijo. Yo estoy con vosotros. De manera especial, estoy con vuestros pastores. Los ilumino y los animo con mi amor maternal para que, con sus manos bendecidas por mi Hijo, bendigan al mundo entero. ¡Os doy las gracias! ”


EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís