FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

LA SANTIDAD DEL MATRIMONIO EN EL HOGAR


El matrimonio es un regalo de Dios que toda pareja ha de valorar y agradecer al Señor


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Por: P. Juan Carlos Ortega

Como Dios ha equipado a todos los hombres con la vocación al amor y les ha regalado de forma gratuita el fin y las fuerzas, así ha colocado a cada individuo en su estado, que es el lugar y la forma en los que tiene que tender a su destino" (Von Balthasar, H.U., Estados de vida del cristiano, Ediciones Encuentro, Madrid, 1994., pp. 55-56).

De acuerdo a este pensamiento, deducimos que Dios ha regalado al hombre el matrimonio como instrumento y estructura que facilita a la persona humana la vivencia de su vocación al amor. Y, por lo tanto, el católico casado tiene la seguridad de haber recibido de Dios todo lo que necesita para vivir esta misión en el estado matrimonial.

A pesar de ello, el católico siente en su mismo ser, tanto corporal como espiritual, el aguijón del pecado y sus consecuencias. Pero, también, recibe la fuerza revitalizadora de la gracia de Cristo. A causa de la redención, operada ya en el ser humano por medio de Jesucristo, el cristiano no ha de detener su mirada en lo que era el hombre pecador, sino alargar su horizonte hasta redescubrir lo que era el hombre del paraíso y prefigurar lo que será el hombre celestial.
Si lo anterior se puede afirmar de todo cristiano, en cualquier estado al que sea llamado, también se afirma del casado, quien encuentra en el amor matrimonial la posibilidad de superar el desorden del pecado y el camino hacia la perfección personal.


1. El amor matrimonial supera el desorden del pecado.

Los esposos cristianos, al poner su mirada en lo original de la primera pareja, recordarán que lo realmente diverso en ellos es el modo de amar. Un amor que les llevaba al servicio pleno de Dios, manifestado en una total disponibilidad de las cosas materiales y del propio cuerpo y libertad. Por lo tanto, el amor en el estado matrimonial ha de ayudar a ordenar el uso de las creaturas, del cuerpo y de la libertad. En este sentido se podría afirmar que el matrimonio católico es una verdadera consagración a Dios que lleva a los esposos a alcanzar la santidad a través de la vivencia por amor de los consejos evangélicos.


2. Ordena el uso de las cosas materiales.

Los esposos deben formar una actitud de pobreza interior que los lleva a recibir como don de Dios al propio cónyuge y a reconocer en él la única y principal riqueza de su vida. Única porque deben estar dispuestos a renunciar a todo lo material, si ello es obstáculo para la unidad matrimonial. Principal porque desde el momento del matrimonio el valor de una persona se mide, no por los elementos materiales que posee sino, por la entrega al esposo. De este modo el amor convierte la actitud de pobreza en un servicio al amado.

El católico casado tiene la securidad de haber recibido de Dios todo lo necesario para vivir en el matrimonio.

Adán y Eva, en su pobreza, esperaban que todo le viniera de Dios y vivían en una continua solidaridad, hasta el punto que todo lo que tenían era para donarlo al otro. De modo similar, en la vivencia práctica de la vida matrimonial, la actitud de pobreza, vivida por amor, llevará a los esposos cristianos, en cualquier circunstancia económica que les toque vivir, a recibir con alegría lo que el otro le puede aportar por medio de su trabajo y a no guardar nada para sí, sino compartirlo y desear que el otro disfrute de lo marterial antes que uno mismo. Así los esposos, realizarán las palabras de san Pablo: "aunque probados por muchas tribulaciones, su rebosante alegría y su extrema pobreza han desbordado en tesoros de generosidad" (2Co 8,2).


3. Ordena el ejercicio de la sexualidad.

El ejercicio del amor conyugal supera el desorden introducido por el pecado en la sexualidad humana y coloca el eros y el sexo al servicio del amor cristiano y matrimonial. En realidad los esposos no hacen otra cosa sino consagrar a Dios su corazón y su cuerpo para el uso exclusivo del cónyuge y se sirven de ellos para expresar amor en los momentos y del modo como Dios lo ha pensado. Jesucristo se entregó a su Padre y a todos los hombres en la cruz. Su sacrificio y renuncia fueron realizados tanto en el cuerpo como en el espíritu. Esta renuncia realizada por el Hijo de Dios obtuvo la fertilidad que el Padre quería: la redención del hombre.

Los esposos no hacen otra cosa sino consagran a Dios su corazón y su cuerpo para uso exclusivo del cónyuge.

Así los esposos cristianos, para obtener la fertilidad que, en conciencia, creen que Dios les quiere otorgar, unas veces se entregarán mutuamente, por amor, con el cuerpo y el espíritu, y en otras ocasiones, también por amor, renunciarán al deseo espiritual de la posesión del cuerpo.


4. Ordena el ejercicio de la libertad.

El tercer desorden provocado por el pecado, el desorden de la libertad, también es purificado por el sacramento del matrimonio. Al momento de unir sus vidas, los católicos se comprometen a vivir en obediencia a Dios manifiestada en las necesidades y deseos legítimos del esposo respectivo y a ejercer sobre los hijos la autoridad amorosa y delegada de su verdadero Padre.
Adán vivía en plena libertad y autonomía aceptando en todo lo que Dios quería de él. Su obediencia no era sentida como imposición, pues el amor le movía a realizar todo mandato y deseo que podía hacer feliz a Dios, a quien amaba. De modo similar, los esposos cristianos, en el ejercicio perfecto de su libertad y movidos por el amor, no desean otra cosa sino hacer feliz al cónyuge en el cumplimiento de sus mandatos y deseos.
De este modo el hombre cristiano casado, sin renunciar definitivamente a la libertad, ni al ejercicio de la sexualidad, ni a la propiedad, supera el desorden provocado por el pecado en el uso de las cosas materiales, del cuerpo y de la libertad. Lo supera, como el hombre original, por medio del amor.
Pero si la vivencia del amor cristiano en el matrimonio, ayudado por la gracia de la redención otorgada por Cristo, sólo devolviera al hombre la capacidad de ordenar lo que el pecado desordenó, su función sería netamente negativa y condicionada por el pecado. El amor matrimonial encierra mayores riquezas para los esposos cristianos.


5. El amor matrimonial, camino de perfección.

El Nuevo Testamento nos ha revelado que todos los católicos son "elegidos de Dios, santos y amados" (Col 3,12). Y así lo experimentan aquellos que con sinceridad buscan vivir su vocación de ser imagen de Dios en el amor. El cristiano, aunque permanecerá siempre copia, cada día podrá asemejase más al original. La posibilidad de crecer es una condición humana de la que nadie puede escapar. Y esto también se aplica al laico quien ha recibido del evangelio, al igual que el sacerdote y el religioso, el mandato de alcanzar la perfección del Padre sin indicación alguna sobre el hasta dónde debe tender a la santidad o de qué aspectos está dispensado.

....se sirven de ellos para expresar amor en los momentos y del modo como Dios lo ha pensado.

Por consiguiente, si el esposo cristiano está llamado a ser santo y perfecto en el estado matrimonial al que Dios le ha llamado y Él mismo le ha regalado, significa que junto con el estado encontrará todo lo que necesita para ser perfecto y santo. La santidad consiste en reproducir con la mayor perfección posible la imagen original del amor de Dios. Pero recordemos que dicha imagen divina en nuestras almas es fruto principalmente de la acción de Dios, a la que se suma la colaboración dócil del hombre.


6. Signo de la presencia sacramental.

La acción del amor divino en el alma se realiza principalmente por medio de los sacramentos, en los que el Hijo de Dios actúa personal y directamente sobre quienes los reciben. Por otra parte, para que Él se haga presente en medio de nosotros basta una comunidad de dos o tres reunidos en su nombre (Mt 18,20). Por ello, el matrimonio, comunidad de personas en Cristo, es un ámbito humano propicio para que Él, por medio de la vivencia de los esposos, actúe los contenidos de su amor de acuerdo a cada uno de los sacramentos. El sacramento del matrimonio es signo de la vida y entrega total del Hijo de Dios al Padre y a la humanidad. Los esposos cuanto más se entregan por amor el uno al otro, más son signos de la presencia de Jesucristo vivo que vino a salvar a los hombres. La entrega exige en primer lugar la renuncia a lo propio. Como Cristo tuvo que despojarse de su apariencia divina para devolver al hombre el bien que había perdido. Así, por el bautismo, todos nosotros hemos muerto al pecado (Rm 6,2), es decir, al egoísmo de los propios gustos para buscar el bien de los demás. Igualmente, la vida matrimonial exige de los esposos un nuevo modo de pensar y actuar, no centrado ya en sí mismo sino en el bien del matrimonio y de los hijos. En la medida que sean capaces de renunciar por amor a lo propio en beneficio de la familia, están siendo signos de la presencia del amor de Cristo que se hizo hombre, no buscando su bien sino el de la humanidad.

La vida matrimonial exige de los esposos un nuevo modo de pensar y actuar.

Además de la renuncia, la entrega tiene otra cara, que se llama sacrificio, y al que la revelación nos invita expresamente: mbién nosotros debemos dar la vida por los hermanos"(1Jn 3,16). Cada vez que los esposos se sacrifican por el cónyuge o los hijos son signos de la presencia del amor de Jesucristo, para quien no fue suficiente entregarse de una vez para siempre, sino que quiso perpetuar su sacrificio cada día y en todas las partes del mundo. Así, en el sacrificio eucarístico, los esposos encuentran fuerzas para no poner límites en el tiempo a su entrega sacrificada y diaria.
Pero la finalidad del sacrificio de Cristo es la unidad de todos los cristianos en Él: "todos nosotros seamos un cuerpo, ya que todos participamos de un sólo pan" (1Co 10,17). Del mismo modo, todo sacrificio que exige la vida matrimonial debe buscar, ante todo, mantener la unidad entre los cónyuges, de ellos con los hijos y de los hermanos entre sí. Entonces, la unidad familiar, fruto del amor conyugal, será signo del amor que debe existir entre todos los cristianos, fruto de la unidad de cada uno con Jesucristo.

El culmen del sacrificio del Hijo de Dios se descubre en la cruz, cuando perdona a aquellos que le crucificaron. Perdón, que como su sacrificio, ha querido perdurar durante toda la vida y en todo lugar por medio del sacramento de la penitencia. Como el maestro, así los cristianos debemos perdonarnos unos a otros (Ef 4,32; Col 3,13). Por su parte, los esposos cristianos no pueden quedar excluidos de esta obligación en el seno de su matrimonio. Han de perdonar, incluso cuando sientan que ha sido su propio esposo quien les ha colocado en la altura de la cruz. Y han de perdonar como Él, para quien no existe una última oportunidad: ´porque te amo te perdono, y también te perdonaré mañana si vuelves a ofenderme´. Esta actitud del corazón del esposo cristiano es signo del amor por el hombre que Cristo tuvo desde la cruz.

Mientras caminaba por los senderos y ciudades de Palestina, Jesús manifiesta una especial sensibilidad por los enfermos y tullidos. Hoy mantiene esta expresión de su amor por medio de la unción de los enfermos. No quiere dejar sólo ni desamparado al cristiano en el momento del dolor y de la muerte. Así la presencia del esposo junto al lecho de la enfermedad del cónyuge, incluso cuando éste, por su debilidad, ya no tiene posibilidad de ofrecerle nada, expresa el amor fiel del Padre y de su Hijo quienes le recibirán y colmarán el amor matrimonial vivido en este mundo.

Cada vez que los esposos se sacrifican por el cónyuge o los hijos son signos de la presencia del amor de Jesucristo.

Todo lo anterior no es sino la realización del sacramento de la confirmación, por la que cada cristiano se convierte en apóstol y transmisor de la doctrina y vida de Cristo. Aún más, vivido el matrimonio de este modo, también los esposos son signos del sacramento del sacerdocio instituido por el amor de Cristo para administrar las gracias de Dios. Los esposos entre sí y como padres de familia respecto a sus hijos son instrumentos de la gracia Dios. Los hijos se acercan a los sacramentos preparados por su padres. Y éstos se apoyan mutuamente para mantener y recuperar la vida de gracia y de unión con Dios.


7. Colaboradores de Dios en la creación

Se trata pues de una participación del hombre en la soberanía de Dios que manifiesta también la responsabilidad específica que le es confiada en relación con la vida propiamente humana. Es una responsabilidad que alcanza su vértice en el don de la vida mediante la procreación por parte del hombre y la mujer en el matrimonio.


8. La oración, escuela de amor.

La estructura matrimonial facilita, por lo tanto, a los esposos el ser imagen de la acción del amor de Dios a través de los sacramentos. Pero el amor de Dios se derrama también por medio de la oración.

Oración que pueden realizar ayudándose de la predicación de los ministros, siempre y cuando la reciban "no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios" (1Ts 2,13). Los esposos, al acudir unidos a la predicación, pueden con más facilidad, mediante el diálogo, hecho también oración, aplicar la Palabra de Dios escuchada tanto a lo ordinario como a lo circunstancial de su vida matrimonial.

Los esposos deben realizar también la oración personal y privada, para que, una vez conocidas y asimiladas las virtudes de Cristo, traduzcan en obras, bajo la guía de un prudente director, los frutos de su contemplación. Es en la oración donde el Espíritu de Cristo ilumina a los esposos para amar al cónyuge y a los hijos como el mismo Jesucristo los ama en las circunstancias concretas de edad y temperamento.

...para quien no fue suficiente de entregarse de una vez para siempre, sino que quiso perpetuar su sacrificio cada día.


9. Signo de la vivencia de las virtudes teologales.

Al ser signo del amor de Cristo que se derrama a través de los sacramentos y de la oración, el estado matrimonial se convierte en luz del mundo, cumpliendo lo mandado por el Señor: "¡Luzca así vuestra luz delante de los hombres!" (Mt 5,16). El acto mismo del compromiso matrimonial que ambos cónyuges declaran el día de su boda es signo claro de lo que debe ser toda la vida cristiana: una respuesta de amor a la llamada amorosa de Dios.

¡Qué importante es para los esposos que su promesa de fidelidad sea, en primer lugar, promesa a Dios, y, sólo después, promesa al cónyuge! ¿Por qué? Porque sólo Dios es fiel, y nada más él puede asegurar lo que el amado promete. Sólo porque se tiene la fe y la confianza en la gracia de Dios, que acompañará al consorte, se puede esperar y creer en las palabras de fidelidad de éste.
Pero el acto del compromiso matrimonial no es luz para el mundo sólo por lo que entraña de fiarse de la palabra ajena. Su luz más radiante proviene de lo que uno mismo es capaz de prometer. Toda vida matrimonial que inicia entraña un verdadero riesgo, se inicia una hoja en blanco en la que ninguno de los dos esposos saben qué se escribirá en ella. Pero ambos prometen amor y entrega absoluta incluso en la adversidad, entendida ésta tanto como proveniente de fuera de la pareja como causada por el propio cónyuge. Prometer una fidelidad tal es "para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios" (Mc 10,27).

De este modo, la vida matrimonial se convierte también en modelo de la cruz y el sacrificio de Jesús:"A vosotros se os ha concedido la gracia no sólo de creer en Cristo, sino de padecer por él" (Flp 1,29). Los esposos sufren por Jesucristo cuando, en respuesta a su generosidad, no reciben del cónyuge lo prometido. Ellos, en razón de la promesa realizada a Dios, permanecen fieles. "Si obrando el bien soportáis el sufrimiento, esto es cosa bella ante Dios. Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas" (1Pe 2,20-21). Bien había entendido la verdad de su compromiso aquella esposa que un día me dijo: "veo, padre, que Dios me pide ser mártir de mi matrimonio". Los esposos cristianos han de estar convencidos que el sacrificio no puede desaparecer de su vida matrimonial, como no desapareció de la vida de Cristo, cuyo amor tratan de reproducir en el matrimonio.


10. Exigencia del apostolado.

Pero aún quedaría un aspecto más en el que la vida matrimonial debe ser imagen del amor de Dios. "En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él" (1Jn 4,9). Si el amor de Dios hizo que él viniera al encuentro del hombre para acercarle a sí mismo, los esposos cristianos serán imagen del amor de Dios cuando, saliendo de su entorno familiar, vayan al encuentro de otros hombres para transmitir su fe en Dios.

Los dones de ser imágenes de Dios y de reproducir su amor divino a través de la vida matrimonial no pueden ser recibidos por los esposos cristianos de forma pasiva. Los esposos cristianos tienen la misión de ser apóstoles del matrimonio y de la familia. Han de transmitir con su testimonio, con su palabra y con sus acciones la grandeza de la gracia del matrimonio que Dios les ha regalado y ellos se esfuerzan por vivir.

Ciertamente el matrimonio cristiano es un don de Dios a la humanidad, pues ofrece todos los elementos que el ser humano requiere, no sólo para superar el desorden creado en él por el pecado, sino que lo encauza a la vivencia del amor absoluto para realizar su misión de ser imagen y semejanza de Dios.

FUENTE: es.catholic.net 

DE LOS CONSEJOS DE MONSEÑOR GUIDO MARINI A LOS COROS.

Que urgente he importantes los consejos de Monseñor Marini para los coros de las Iglesias ya que ningún coro que he escuchado se acerca a estos.

Aparte de dichos consejos ni hablemos de los vestidos que usan algunas de las participantes y los tipos de instrumentos y volumen  alto en la casa del Altísimo.

Es como si no hubiera conocimiento alguno de lo que es el Santo Sacrificio, el cielo en la tierra. No hay temor de Dios.

LA SOTANA - VIDEO



RECHACEMOS EL TEMOR A LA MUERTE CON EL PENSAMIENTO DE LA INMORTALIDAD QUE LA SIGUE



Nunca debemos olvidar que nosotros no hemos de cumplir nuestra propia voluntad, sino la de Dios, tal como el Señor nos mandó pedir en nuestra oración cotidiana. ¡Qué contrasentido y qué desviación es no someterse inmediatamente al imperio de la voluntad del Señor, cuando él nos llama para salir de este mundo! Nos resistimos y luchamos, somos conducidos a la presencia del Señor como unos siervos rebeldes, con tristeza y aflicción, y partimos de este mundo forzados por una ley necesaria, no por la sumisión de nuestra voluntad; y pretendemos que nos honre con el premio celestial aquel a cuya presencia llegamos por la fuerza. ¿Para qué rogamos y pedimos que venga el reino de los cielos, si tanto nos deleita la cautividad terrena? ¿Por qué pedimos con tanta insistencia la pronta venida del día del reino, si nuestro deseo de servir en este mundo al diablo supera al deseo de reinar con Cristo?

Si el mundo odia al cristiano, ¿por qué amas al que te odia, y no sigues más bien a Cristo, que te ha redimido y te ama? Juan, en su carta, nos exhorta con palabras bien elocuentes a que no amemos el mundo ni sigamos las apetencias de la carne: No améis al mundo -dice- ni lo que hay en el mundo. Quien ama al mundo no posee el amor del Padre, porque todo cuanto hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida. El mundo pasa y sus concupiscencias con él. Pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre. Procuremos más bien, hermanos muy queridos, con una mente íntegra, con una fe firme, con una virtud robusta, estar dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, cualquiera que ésta sea; rechacemos el temor a la muerte con el pensamiento de la inmortalidad que la sigue. Demostremos que somos lo que creemos.

Debemos pensar y meditar, hermanos muy amados, que hemos renunciado al mundo y que mientras vivimos en él somos como extranjeros y peregrinos. Deseemos con ardor aquel día en que se nos asignará nuestro propio domicilio, en que se nos restituirá al paraíso y al reino, después de habernos arrancado de las ataduras que en este mundo nos retienen. El que está lejos de su patria es natural que tenga prisa por volver a ella. Para nosotros, nuestra patria es el paraíso; allí nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la nuestra. Tanto para ellos como para nosotros significará una gran alegría el poder llegar a su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin término la hallaremos en el reino celestial, donde no existirá ya el temor a la muerte, sino la vida sin fin.

Allí está el coro celestial de los apóstoles, la multitud exultante de los profetas, la innumerable muchedumbre de los mártires, coronados por el glorioso certamen de su pasión; allí las vírgenes triunfantes, que con el vigor de su continencia dominaron la concupiscencia de su carne y de su cuerpo; allí los que han obtenido el premio de su misericordia, los que practicaron el bien, socorriendo a los necesitados con sus bienes, los que, obedeciendo el consejo del Señor, trasladaron su patrimonio terreno a los tesoros celestiales. Deseemos ávidamente, hermanos muy amados, la compañía de todos ellos. Que Dios vea estos nuestros pensamientos, que Cristo contemple este deseo de nuestra mente y de nuestra fe, ya que tanto mayor será el premio de su amor, cuanto mayor sea nuestro deseo .

Él transfigurará nuestro cuerpo de humilde condición en un cuerpo glorioso, semejante al suyo.


FUENTE: www.catolicidad.com 


MARÍA MADRE Y MAESTRA DEL SACERDOTE -



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Por Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Porque ha hecho en mí maravillas el Poderoso, cuyo nombre es santo. Lc. 1, 49.

Queridos hermanos, este es el tercer título que la Santísima Virgen alega para glorificar a Dios. Tuvo presente las maravillas que Dios había obrado en Ella, y los grandes beneficios que le había hecho desde el instante de su Concepción hasta entonces, especialmente el inconmensurable milagro de ser Virgen y Madre, y Madre de Dios. La Virgen, admirada de tantas grandezas obradas en Ella por Dios, lo alabó por ellas.

¿Cómo el sacerdote, a ejemplo de su divina Madre, no va a reconocer las maravillas que el mismo Dios ha obrado en él? Fue elegido desde el principio del principio; el mismo Dios fijó su mirada en él para que fuera futuro sacerdote de Jesucristo. Lo eligió, quiso que precisamente él, y no otro, fuese su sacerdote, Suyo, para Él; para que pudiera cantar las grandezas que Dios hizo en su alma, y así contagiar a otros, los alejados, los duros de corazón, los soberbios. Porque las grandezas de Dios en el sacerdote son, en particular, para atraer a las almas alejadas de su divina misericordia.

La Santísima Virgen alabó la omnipotencia de Dios, por las maravillas que hizo en Ella, y la santidad de su Nombre, porque con su omnipotencia las hizo y con su santidad quiso hacerlas, para que su nombre fuese santificado y glorificado por los siglos de los siglos.

Todo en el sacerdote ha de glorificar el nombre de Dios, por ello la santidad sacerdotal ha de relucir primorosamente en el sacerdote; todo en él ha de recordar la santidad del nombre de Jesús, ante el cual “toda rodilla se doble, en la tierra, en el cielo y en el infierno”. Así como Dios hizo cosas grandes en Ella, es decir, santidad y obras celestiales, así en el sacerdote, también, realiza obras grandes: de santidad y celestiales; pero de una forma distinta totalmente, claro está, pero, santas y celestiales. En el caso del sacerdote, Dios, va a pedir su colaboración, pues le ha dado todo lo necesario para que dé muestras de santidad y obre cosas extraordinarias; y si no se dan tales aspectos en el sacerdote, será por negligencia suya, no de Dios, que quiere obrar “maravillas” a través de su sacerdote.

Si el sacerdote no obra tales “maravillas” es culpas suya, Dios lo ha adornado con grandes dones y poder, para realizar en Su Nombre lo que el hombre no puede hacer. Cuánto puede consolar el sacerdote a las almas, cuánto sufrimiento puede aliviar, y enfermedades curar; cuántas almas turbadas encuentran en él la paz y el sosiego, cuántas dudas encuentran respuesta, e indecisiones, la firmeza. El indolente encuentra la fuerza para actuar y el impulsivo, la serenidad en el actuar. Y por encima de todo, la maravilla de las maravillas: las manos del sacerdote en el altar.

Si lo meditamos bien, nuestra vida sacerdotal debiera ser una constante alabanza al Dios por la grandeza que ha obrado en nosotros. Es verdad, la fragilidad del sacerdote enturbia esa alegría de alabanza, pero sólo momentáneamente. De su fragilidad, sale el sacerdote más reforzado para seguir cantando las alabanzas a Dios por las “maravillas” que ha obrado en él.

No va en contra de la humildad reconocer en uno mismo los dones de Dios. La Virgen María no actuó en contra de la humildad, Ella la humilde entre las humildes; reconoció toda la grandeza que Dios le había dado, y sólo a Él la atribuyó. Nada se guardó como propio merecimiento, o valía personal, sino solamente alabó la potencia y santidad de Dios.

El sacerdote ha de alzar su voz al unísono con la Santísima Virgen, y unidos a los “cuatro vivientes”, cantar: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios todopoderoso, el que era, el que es y el que viene (Ap. 4, 8). Nos dice el Apocalipsis, que los vivientes daban gloria siempre y acción de gracias al que “está sentado en el trono, que vive por los siglos de los siglos”. Esta es la alabanza que sin cesar entona la Madre de Dios y Reina de Cielos y tierra. Esta debe ser la alabanza que debe entonar a lo largo de toda su vida el sacerdote de Dios, como uno de los “vivientes, como la mismísima Madre de Dios.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa


FUENTE: delantelafe.com

MANTÉN INTACTO EL DEPÓSITO DE LA FE: SAN PIO X


¡NADIE, ABSOLUTAMENTE NADIE, TIENE DERECHO A CONTRADECIRLO!




FUENTE: catolicidad.com


EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís