FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO - PARTE 64 - EL INFIERNO

EL INFIERNO

SUEÑO 68.—AÑO DE 1860.

Parte 1

(M. B. Tomo IX, págs. 166-181)


En la noche del domingo tres de mayo, festividad del Patrocinio de San José, [San] Juan Don Bosco prosiguió el relato de cuanto había visto en los sueños:

—Debo contarles otra cosa —comenzó diciendo— que puede considerarse como consecuencia o continuación de cuanto les referí en las noches del jueves y del viernes, que me dejaron tan quebrantado que apenas si me podía tener en pie. Vosotros los pueden llamar sueños o como quieran;
en suma, le pueden dar el nombre que les parezca.

Les hablé de un sapo espantoso que en la noche del 17 de abril amenazaba tragarme y cómo al desaparecer, una voz me dijo:

—¿Por qué no hablas? —Yo me volví hacia el lugar de donde había partido la
voz y vi junto mi lecho a un personaje distinguido. Como hubiese entendido el motivo de aquel reproche, le pregunté: —¿Qué debo decir a nuestros jóvenes? —Lo que has visto y cuanto se te ha indicado en los
últimos sueños y lo que deseas conocer, que te será revelado ¡a noche próxima.

Y se retiró.

Yo, pues, al día siguiente pensaba continuamente en la mala noche que tendría que pasar y al llegar la hora no me determinaba a irme a acostar. Y así estuve en mi mesa de trabajo entretenido en algunas lecturas hasta la medianoche. Me llenaba de terror la idea de tener que contemplar nuevos espectáculos espantosos. Al fin, haciéndome violencia, me acosté.

Para no dormirme tan pronto, y por temor a que la imaginación me enfrascara en los sueños acostumbrados, dispuse la almohada de tal forma que estaba en el lecho casi sentado. Pero pronto, cansado como estaba, me dormí sin darme cuenta.


*******

Y he aquí que de pronto veo en la habitación, cerca de la cama, al hombre de la noche precedente, el cual me dijo: —¡Levántate y vente conmigo! Yo le contesté: —Se lo pido por caridad. Déjeme tranquilo, estoy cansado. ¡Mire! Hace varios días que sufro de dolor de muelas. Déjeme descansar. 

He tenido unos sueños, espantosos y estoy verdaderamente agotado.

Y decía estas cosas porque la aparición de este hombre es siempre indicio de grandes agitaciones, de
cansancio y de terror. El tal me respondió: —¡Levántate, que no hay tiempo que perder! Entonces
me levanté y lo seguí. Mientras caminábamos le pregunté: —¿Adonde quiere llevarme ahora? —Ven y lo verás.

Y me condujo a un lugar en el cual se extendía una amplia llanura. Dirigí la mirada a mi alrededor, pero aquella región era tan grande que no se distinguían los confines de la misma. Era un vasto desierto. No se veía ni un alma viviente, ni una planta, ni un riachuelo; un poco de vegetación seca y amarillenta daba a aquella desolación un aspecto de tristeza. No sabía ni dónde me encontraba,
ni qué era lo que iba a hacer. Durante unos instantes no vi a mi guía. Me pareció haberme perdido. No estaban conmigo ni [Beato] Miguel Don Rúa ni Don Francesia ni ningún otro.

Cuando he aquí que diviso a mi amigo que me sale al encuentro. Respiré y dije: n—¿Dónde estoy? —Ven conmigo y lo sabrás. —Bien; iré contigo.

El iba delante y yo le seguía sin chistar. Después de un largo y triste viaje, Don Bosco, al pensar que tenía que atravesar una tan dilatada llanura pensaba para sí: —¡Ay mis pobres muelas! Pobre de mí, con las piernas tan hinchadas...

Pero, de pronto, se abrió ante mí un camino. Entonces interrumpí el silencio preguntando a mi guía:
—¿Adonde vamos a ir ahora? —Por aquí— me dijo.

Y penetramos por aquel camino. Era una senda hermosa, ancha, espaciosa y bien pavimentada. De un lado y de otro la flanqueaban dos magníficos setos verdes cubiertos de hermosas flores. En especial despuntaban las rosas entre las hojas por todas partes. Aquel sendero, a primera vista, parecía llano y cómodo, y yo me eché a andar por él sin sospechar nada. Pero después de caminar un trecho me di cuenta de que insensiblemente se iba haciendo cuesta abajo y aunque la marcha no parecía precipitada, yo corría con tanta facilidad que me parecía ir por el aire. Incluso noté que avanzaba casi sin mover los pies. Nuestra marcha era, pues, veloz. Pensando entonces que el volver atrás por un camino semejante hubiera sido cosa fatigosa y cansada, dije a mi amigo:

—¿Cómo haremos para regresar al Oratorio? —No te preocupes —me dijo—, el Señor es omnipotente y querrá que vuelvas a él. El que te conduce y te enseña a proseguir adelante, sabrá también llevarte hacia atrás. El camino descendía cada vez más. Proseguíamos la marcha entre las flores y las rosas cuando vi que me seguían por el mismo sendero todos los jóvenes del Oratorio y otros numerosísimos compañeros a los cuales ya jamás había visto. Pronto me encontré en medio de ellos.

Mientras los observaba veo que de repente, ora uno otra otro, comienzan a caer al suelo, siendo arrastrados por una fuerza invisible que los llevaba hacia una horrible pendiente que se veía aún en lontananza y que conducía a aquellos infelices de cabeza a un horno. —¿Qué es lo que hace caer a estos jóvenes?— pregunté al guía. —Acércate un poco— me respondió. Me acerqué y pude comprobar que los jóvenes pasaban entre muchos lazos, algunos de los cuales estaban al ras del suelo y otros a la altura de la cabeza; estos lazos no se veían. Por tanto, muchos de los muchachos al andar quedaban presos por aquellos lazos, sin darse cuenta del peligro, y en el momento de caer en ellos daban un salto y después rodaban al suelo con las piernas en alto y cuando se levantaban corrían precipitadamente hacia el abismo.

Algunos quedaban presos, prendidos por la cabeza, por una pierna, por el cuello, por las manos, por un brazo, por la cintura, e inmediatamente eran lanzados hacia la
pendiente. Los lazos colocados en el suelo parecían de estopa, apenas visibles, semejantes a los hilos de la araña y, al parecer, inofensivos. Y con todo, pude observar que los jóvenes por ellos prendidos caían a tierra.

Yo estaba atónito, y el guía me dijo: —¿Sabes qué es esto? —Un poco de estopa— respondí. —Te diría que no es nada —añadió—; el respeto humano, simplemente. Entretanto, al ver que eran muchos los que continuaban cayendo en aquellos lazos, le pregunté al desconocido: —¿Cómo es que son tantos los que quedan prendidos en esos hilos? ¿Qué es lo que los arrastra de esa manera?

Y él: —Acércate más; obsérvalo bien y lo verás.

Lo hice y añadí: —Yo no veo nada. —Mira mejor— me dijo el guía. Tomé, en efecto, uno de aquellos lazos en la mano y pude comprobar que no daba con el otro extremo; por el contrario, me di cuenta de que yo también era arrastrado por él. Entonces seguí la dirección del hilo y llegué a la
boca de una espantosa caverna. Y me detuve porque no quería penetrar en aquella vorágine y tiré hacia mí de quel hilo y noté que cedía, pero había que hacer mucha fuerza. Y he aquí que después de haber tirado mucho, salió fuera, poco a poco, un horrible monstruo que infundía espanto, el cual mantenía fuertemente cogido con sus garras la extremidad de una cuerda a la que estaban ligados todos aquellos hilos. Era este monstruo quien apenas caía uno en aquellas redes lo arrastraba
inmediatamente hacia sí.

Entonces me dije: -Es inútil intentar hacer frente a la fuerza de este animal, pues no lograré vencerlo; será mejor combatirlo con la señal de la santa cruz y con jaculatorias. Me volví, por tanto, junto a mi guía, el cual me dijo: —¿Sabes ya quién es? —¡Oh, sí que lo sé!, —le respondí—. Es el demonio quien tiende estos lazos para hacer caer a mis jóvenes en el infierno.

Examiné con atención los lazos y vi que cada uno llevaba escrito su propio título: el lazo de la soberbia, de la desobediencia, de la envidia, del sexto mandamiento, del hurto, de la gula, de la pereza, de la ira, etc. Hecho esto me eché un poco hacia atrás para ver cual de aquellos lazos
era el que causaba mayor número de víctimas entre los jóvenes, y pude comprobar que era el de la deshonestidad, la desobediencia y la soberbia. A este último iban atados otros dos. Después de esto vi otros lazos que causaban grandes estragos, pero no tanto como los dos primeros. Desde mi puesto de observación vi a muchos jóvenes que corrían a mayor velocidad que los demás. Y pregunté:

—¿Por qué esta diferencia? —Porque son arrastrados por los lazos del respeto humano— me fue respondido.

Mirando aún con mayor atención vi que entre aquellos lazos había esparcidos muchos cuchillos, que manejados por una mano providencial cortaban o rompían los hilos. El cuchillo más grande procedía contra el lazo de la soberbia y simbolizaba la meditación. Otro cuchillo, también muy
grande, pero no tanto como el primero, significaba la lectura espiritual bien hecha. Había también dos espadas.

Una de ellas representaba la devoción al Santísimo Sacramento, especialmente mediante la comunión
frecuente; otra, la devoción a la Virgen. Había, además, un martillo: la confesión; y otros cuchillos símbolos de las varias devociones a San José, a San Luis, etc., etc. Con estas armas no pocos rompían los lazos al quedar prendidos en ellos, o se defendían para no ser víctimas de los mismos.

En efecto, vi a dos jóvenes que pasaban entre aquellos lazos de forma que jamás quedaban presos en ellos; bien lo hacían antes de que el lazo estuviese tendido, y si lo hacían cuando éste estaba ya preparado, sabían sortearlo de forma que les caía sobre los hombros, o sobre las espaldas, o en otro lado diferente sin lograr capturarlos.

Cuando el guía se dio cuenta de que lo había observado todo, me hizo continuar el camino flanqueado de rosas; pero a medida que avanzaba, las rosas de los linderos eran cada vez más raras, empezando a aparecer punzantes espinas. Finalmente, por mucho que me fijé no descubrí ni una rosa y, en el último tramo, el seto se había tornado completamente espinoso, quemado por el sol y desprovisto de hojas; después, de los matorrales ralos y secos, partían ramajes que al tenderse por el suelo lo cubrían, sembrándolo de espinas de tal forma que difícilmente se podía caminar.

Habíamos llegado a una hondonada cuyos acantilados ocultaban todas las regiones circundantes; y el camino, que descendía cada vez de una manera más pronunciada, se hacía tan horrible, tan poco firme y tan lleno de baches, de salientes, de guijarros y de piedras rodadas, que
dificultaba cada vez más la marcha.

Había perdido ya de vista a todos mis jóvenes; muchísimos de ellos habían logrado salir de aquella senda insidiosa, dirigiéndose por otros atajos. Yo continué adelante. Cuanto más avanzaba másáspera era la bajada y más pronunciada, de forma que algunas veces me resbalaba, cayendo al suelo, donde
permanecía sentado un rato para tomar un poco de aliento. De cuando en cuando el guía acudía en mi auxilio y me ayudaba a levantarme. A cada paso se me encogían los tendones y me parecía que se me iban a descoyuntar los huesos de las piernas.

Entonces dije anhelante a mí guía: —Querido, las piernas se niegan a sostenerme. Me
encuentro tan falto de fuerzas que no será posible continuar el viaje. El guía no me contestó, sino que, animándome, prosiguió su camino, hasta que al verme cubierto de sudor y víctima de un cansancio mortal, me llevó a un pequeño promontorio que se alzaba en el mismo camino.
Me senté, lancé un hondo suspiro y me pareció haber descansado suficientemente. Entretanto observaba el camino que había recorrido ya; parecía cortado a pico, cubierto de guijarros y de piedras puntiagudas.

Consideraba también el camino que me quedaba por recorrer, cerrando los ojos de espanto, exclamando: —Volvamos atrás, por caridad. Si seguimos adelante, ¿cómo haremos para llegar al Oratorio? ¡Es imposible que yo pueda emprender después esta subida! Y el guía me contestó resueltamente: —Ahora que hemos llegado aquí, ¿quieres quedarte
solo?

Ante esta amenaza repliqué en tono suplicante: —¿Sin ti cómo podría volver atrás o continuar el viaje? —Pues bien, sígueme— añadió el guía.

Me levanté y continuamos bajando. El camino era cada vez más horriblemente pedregoso, de forma que apenas si podía permanecer de pie.

Y he aquí que al fondo de este precipicio, que terminaba en un oscuro valle, aparece un edificio inmenso que mostraba ante nuestro camino una puerta altísima y cerrada. Llegamos al fondo del precipicio. Un calor sofocante me oprimía y una espesa humareda, de color verdoso, se elevaba sobre aquellos murallones recubiertos de sanguinolentas llamas de fuego. Levanté mis ojos a aquellas murallas y pude comprobar que eran altas como una montaña y más aún.

[San] Juan Don Bosco preguntó al guía: .—¿Dónde nos encontramos? ¿Qué es esto? —Lee lo que hay escrito sobre aquella puerta —me respondió— , y la inscripción te hará
comprender dónde estamos. Miré y sobre la puerta se leía: Ubi non est redemptio. Me di cuenta de que estábamos a las puertas del infierno. El guía me acompañó a dar una vuelta alrededor de los muros de aquella horrible ciudad. De cuando en cuando, a una regular distancia, se veía una puerta de bronce, como la primera, al pie de una peligrosa bajada, y cada una de ellas tenía encima una inscripción diferente.

Discédite, maledicti, in ignem aeternum qui paratus est diabolo et ángelis eius... Omnis arbor quae non facit fructum bonum excidetur et in ignem mittetur. Yo saqué la libreta para anotar aquellas inscripciones, pero el guía me dijo: —¡Detente! ¿Qué haces? —Voy a tomar nota de esas inscripciones. —No hace falta: las tienes todas en la Sagrada Escritura; incluso tú has hecho grabar algunas bajo los pórticos.

Ante semejante espectáculo habría preferido volver atrás y encaminarme al Oratorio, pero el guía no se volvió, a pesar de que yo había dado ya algunos pasos en sentido contrario al que habíamos llevado hasta entonces.

Recorrimos un inmenso y profundísimo barranco y nos encontramos nuevamente al pie del camino pendiente quehabíamos recorrido y delante de la puerta que vimos en primer lugar. De pronto el guía se volvió hacia atrás con el rostro demudado y sombrío, me indicó con la mano que me retirara, diciéndome al mismo tiempo: —¡Mira! Tembloroso, miré hacia arriba y, a cierta distancia, vi que por aquel camino en declive bajaba uno a toda velocidad. Conforme se iba acercando intenté identificarlo y finalmente pude reconocer en él a uno de mis jóvenes.


FIELES DIFUNTOS


Por: Tere Fernández


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Conmemoración de todos los fieles difuntos. La Santa Madre Iglesia, después de su solicitud en celebrar con las debidas alabanzas la dicha de todos sus hijos bienaventurados en el cielo, se interesa ante el Señor en favor de las almas de cuantos nos precedieron con el signo de la fe y duermen en la esperanza de la resurrección, y por todos los difuntos desde el principio del mundo, cuya fe sólo Dios conoce, para que, purificados de toda mancha del pecado y asociados a los ciudadanos celestes, puedan gozar de la visión de la felicidad eterna.

Un poco de historia

La tradición de rezar por los muertos se remonta a los primeros tiempos del cristianismo, en donde ya se honraba su recuerdo y se ofrecían oraciones y sacrificios por ellos.

Cuando una persona muere ya no es capaz de hacer nada para ganar el cielo; sin embargo, los vivos sí podemos ofrecer nuestras obras para que el difunto alcance la salvación.

Con las buenas obras y la oración se puede ayudar a los seres queridos a conseguir el perdón y la purificación de sus pecados para poder participar de la gloria de Dios.

A estas oraciones se les llama sufragios. El mejor sufragio es ofrecer la Santa Misa por los difuntos.

Debido a las numerosas actividades de la vida diaria, las personas muchas veces no tienen tiempo ni de atender a los que viven con ellos, y es muy fácil que se olviden de lo provechoso que puede ser la oración por los fieles difuntos. Debido a esto, la Iglesia ha querido instituir un día, el 2 de noviembre, que se dedique especialmente a la oración por aquellas almas que han dejado la tierra y aún no llegan al cielo.

La Iglesia recomienda la oración en favor de los difuntos y también las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia para ayudarlos a hacer más corto el periodo de purificación y puedan llegar a ver a Dios. "No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos".

Nuestra oración por los muertos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión a nuestro favor. Los que ya están en el cielo interceden por los que están en la tierra para que tengan la gracia de ser fieles a Dios y alcanzar la vida eterna.

Para aumentar las ventajas de esta fiesta litúrgica, la Iglesia ha establecido que si nos confesamos, comulgamos y rezamos el Credo por las intenciones del Papa entre el 1 y el 8 de noviembre, “podemos ayudarles obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales debidas por sus pecados”. (CEC 1479)


Costumbres y tradiciones.

El altar de muertos

Es una costumbre mexicana relacionada con el ciclo agrícola tradicional. Los indígenas hacían una gran fiesta en la primera luna llena del mes de noviembre, para celebrar la terminación de la cosecha del maíz. Ellos creían que ese día los difuntos tenían autorización para regresar a la tierra, a celebrar y compartir con sus parientes vivos, los frutos de la madre tierra.

Para los aztecas la muerte no era el final de la vida, sino simplemente una transformación. Creían que las personas muertas se convertirían en colibríes, para volar acompañando al Sol, cuando los dioses decidieran que habían alcanzado cierto grado de perfección.

Mientras esto sucedía, los dioses se llevaban a los muertos a un lugar al que llamaban Mictlán, que significa “lugar de la muerte” o “residencia de los muertos” para purificarse y seguir su camino.

Los aztecas no enterraban a los muertos sino que los incineraban.
La viuda, la hermana o la madre, preparaba tortillas, frijoles y bebidas. Un sacerdote debía comprobar que no faltara nada y al fin prendían fuego y mientras las llamas ardían, los familiares sentados aguardaban el fin, llorando y entonando tristes canciones. Las cenizas eran puestas en una urna junto con un jade que simbolizaba su corazón.

Cada año, en la primera noche de luna llena en noviembre, los familiares visitaban la urna donde estaban las cenizas del difunto y ponían alrededor el tipo de comida que le gustaba en vida para atraerlo, pues ese día tenían permiso los difuntos para visitar a sus parientes que habían quedado en la tierra.

El difunto ese día se convertía en el "huésped ilustre" a quien había de festejarse y agasajarse de la forma más atenta. Ponían también flores de Cempazúchitl, que son de color anaranjado brillante, y las deshojaban formando con los pétalos un camino hasta el templo para guiar al difunto en su camino de regreso a Mictlán.

Los misioneros españoles al llegar a México aprovecharon esta costumbre, para comenzar la tarea de la evangelización a través de la oración por los difuntos.

La costumbre azteca la dejaron prácticamente intacta, pero le dieron un sentido cristiano: El día 2 de noviembre, se dedica a la oración por las almas de los difuntos. Se visita el cementerio y junto a la tumba se pone un altar en memoria del difunto, sobre el cual se ponen objetos que le pertenecían, con el objetivo de recordar al difunto con todas sus virtudes y defectos y hacer mejor la oración.

El altar se adorna con papel de colores picado con motivos alusivos a la muerte, con el sentido religioso de ver la muerte sin tristeza, pues es sólo el paso a una nueva vida.

Cada uno de los familiares lleva una ofrenda al difunto que se pone también sobre el altar. Estas ofrendas consisten en alimentos o cosas que le gustaban al difunto: dulce de calabaza, dulces de leche, pan, flores. Estas ofrendas simbolizan las oraciones y sacrificios que los parientes ofrecerán por la salvación del difunto.

Los aztecas fabricaban calaveras de barro o piedra y las ponían cerca del altar de muertos para tranquilizar al dios de la muerte. Los misioneros, en vez de prohibirles esta costumbre pagana, les enseñaron a fabricar calaveras de azúcar como símbolo de la dulzura de la muerte para el que ha sido fiel a Dios.

El camino de flores de cempazúchitl, ahora se dirige hacia una imágen de la Virgen María o de Jesucristo, con la finalidad de señalar al difunto el único camino para llegar al cielo.

El agua que se pone sobre el altar simboliza las oraciones que pueden calmar la sed de las ánimas del purgatorio y representa la fuente de la vida; la sal simboliza la resurrección de los cuerpos por ser un elemento que se utiliza para la conservación; el incienso tiene la función de alejar al demonio; las veladoras representan la fe, la esperanza y el amor eterno; el fuego simboliza la purificación.

Los primeros misioneros pedían a los indígenas que escribieran oraciones por los muertos en los que señalaran con claridad el tipo de gracias que ellos pedían para el muerto de acuerdo a los defectos o virtudes que hubiera demostrado a lo largo de su vida.

Estas oraciones se recitaban frente al altar y después se ponían encima de él. Con el tiempo esta costumbre fue cambiando y ahora se escriben versos llamados “calaveras” en los que, con ironía, picardía y gracia, hablan de la muerte.


La Ofrenda de Muertos contiene símbolos que representan los tres “estadios” de la Iglesia:

1) La Iglesia Purgante, conformada por todas las almas que se encuentran en el purgatorio, es decir aquéllas personas que no murieron en pecado mortal, pero que están purgando penas por las faltas cometidas hasta que puedan llegar al cielo. Se representa con las fotos de los difuntos, a los que se acostumbra colocar las diferentes bebidas y comidas que disfrutaban en vida.

2) La Iglesia Triunfante, que son todas las almas que ya gozan de la presencia de Dios en el Cielo, representada por estampas y figuras de santos.

3) La Iglesia Militante, que somos todos los que aún estamos en la tierra, y somos los que ponemos la ofrenda.

En algunos lugares de México, la celebración de los fieles difuntos consta de tres días: el primer día para los niños y las niñas; el segundo para los adultos; y el tercero lo dedican a quitar el altar y comer todo lo que hay en éste. A los adultos y a los niños se les pone diferente tipo de comida.

Cuida tu fe

Halloween o la noche de brujas: Halloween significa “Víspera santa” y se celebra el 31 de Octubre. Esta costumbre proviene de los celtas que vivieron en Francia, España y las Islas Británicas.

Ellos prendían hogueras la primera luna llena de Noviembre para ahuyentar a los espíritus e incluso algunos se disfrazaban de fantasmas o duendes para espantarlos haciéndoles creer que ellos también eran espíritus.

Podría distraernos de la oración del día de todos los santos y de los difuntos. Se ha convertido en una fiesta muy atractiva con disfraces, dulces, trucos, diversiones que nos llaman mucho la atención.

Puede llegar a pasar que se nos olvide lo realmente importante, es decir, el sentido espiritual de estos días.

Si quieres participar en el Halloween y pedir dulces, disfrazarte y divertirte, Cuídate de no caer en las prácticas anticristianas que esta tradición promueve y no se te olvide antes rezar por los muertos y a los santos.

Debemos vivir el verdadero sentido de la fiesta y no sólo quedarnos en la parte exterior. Aprovechar el festejo para crecer en nuestra vida espiritual.

Algo que no debes olvidar

La Iglesia ha querido instituir un día que se dedique especialmente a orar por aquellas almas que han dejado la tierra y aún no llegan al cielo.

Los vivos podemos ofrecer obras de penitencia, oraciones, limosnas e indulgencias para que los difuntos alcancen la salvación.

La Iglesia ha establecido que si nos confesamos, comulgamos y rezamos el Credo entre el 1 y el 8 de noviembre, podemos abreviar el estado de purificación en el purgatorio.


Oración

Que las almas de los difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz. Así sea.

NUEVE RAZONES POR LAS QUE LA IGLESIA RECHAZA LA ORDENACIÓN SACERDOTAL DE MUJERES






Este es un tema muy discutido en la actualidad y hay muchos falsos teólogos que dan falsos argumentos para demostrar que las mujeres, al igual que los hombres, tienen derecho a recibir el sacramento de la ordenación sacerdotal. Sin embargo la Iglesia ha dicho que no, que estos argumentos no son válidos.

Aquí damos nueve razones por las que la Iglesia rechaza la ordenación sacerdotal a mujeres.


1. Jesús solo eligió a hombres como apóstoles. La posición de nuestro Señor Jesucristo fue clara para el ministerio apostólico y únicamente escogió a hombres.


2. Jesús cuando escogió a hombres no lo hizo por una forma caprichosa. Cristo cuando instituye el sacramento del orden sacerdotal no elige solamente a varones fundamentándose en un capricho pasajero; lo hizo así porque esa era la voluntad de Dios. Personas más perfectas habían en aquella época como por ejemplo la Virgen María, que supera en dignidad y gracia a todos los apóstoles. Sin embargo, Jesús no ordenó sacerdotisa a su madre, la Virgen María, por lo tanto el hecho de que Jesús eligiera a hombres no es un capricho sino por voluntad directa de Dios.


3. Porque Dios tenía otros ministerios para ellas dentro de la Iglesia. La misión y la presencia de la mujer dentro de la Iglesia es necesaria e irremplazable. En el Nuevo Testamento ya aparece el papel relevante de la mujer en la primitiva iglesia como testigo de Cristo, como parte fundamental en la familia y como consagradas al servicio de Dios nuestro Señor.

4. Pablo VI dijo que había razones fundamentales. Estas razones incluyen el ejemplo registrado en las sagradas escrituras de Cristo escogiendo a sus apóstoles y así dijo Él “solo dentro de los hombres”.


5. San Juan Pablo II explica así para que toda duda fuera eliminada a un asunto de gran importancia “Es un asunto que pertenece a la propia constitución divina de la Iglesia. En virtud del ministerio de confirmar a mis hermanos declaro que la Iglesia no tiene autoridad alguna para conferir la ordenación sacerdotal a mujeres y este juicio debe ser sostenido definitivamente por todos los fieles de la Iglesia”.

6. La ordenación sacerdotal nunca es un derecho sino una llamada. No hay un derecho al sacerdocio sino que este es una llamada de Dios para servirle de una manera especial. Es un regalo del Espíritu Santo. Observemos lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica al respecto. En el punto 1577 solo un hombre bautizado recibe válidamente la ordenación sacerdotal y en el punto 1578 aclara que nadie tiene derecho a recibir los sacramentos de las sagradas órdenes a no ser que reciba la llamada de Dios.


7. Falsos mitos sobre la ordenación de mujeres. Algunos partidarios sobre la ordenación sacerdotal de mujeres aseguran que habían sacerdotes mujeres en la iglesia primitiva. Para estos falsos teólogos el hecho de que la ordenación sacerdotal solo se dirija a hombres es causa de una represión de la iglesia a la mujer. Esto es totalmente falso y nunca hubo ordenaciones sacerdotales a mujeres en la iglesia primitiva pero si es cierto que hubo sectas gnósticas en los primeros siglos de la iglesia que permitían a las mujeres convertirse en sacerdote pero esto fue considerado una herejía. Hay otro mito que hubo un Papa mujer sin embargo nunca se ha  podido probar su existencia puesto que no es más que una leyenda.


8. Falsos argumentos. Algunos dan falsos argumentos para conceder el derecho aunque ya hemos dicho que no es ningún derecho para las mujeres recibir la ordenación sacerdotal. Algunos dan un argumento utilitario diciendo que las mujeres pueden hacer el trabajo igual de bien o mejor que un sacerdote hombre y que además pueden ser grandes predicadoras y que incluso pueden saber más teología que el hombre (etc). Estos argumentos no son válidos y debemos tenerlos claros para no dejarnos engañar por estos falsos teólogos.


9. La Iglesia católica no tiene autoridad para cambiar esto. El plan de salvación lo ha diseñado el mismo Dios, es voluntad expresa del mismo Dios y por lo tanto la Iglesia no puede cambiar esto porque no tiene autoridad.


SIGNO PODEROSO. SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -



ciclo B (Mt 28,16-20)



SANTA BERNARDITA -



Ella murió hace 137 años, su cara se mantiene intacta, cuerpo incorrupto





Treinta años después de su muerte (1879) se realiza la exhumación del cuerpo el 2 de septiembre de 1909, su cadáver fue desenterrado y hallado en perfecto estado de conservación. Tiempo después en el año de su beatificación se realizó una segunda exhumación del cuerpo y seguía sin descomponerse. 

El 25 de junio de 1917 ella fue beatificada y fue trasladada al convento de Nevers donde se encuentra su cuerpo en una urna de bronce y cristal. Lo maravilloso de este cuerpo aparte de que no se descompone y está en perfecto estado,es que su rostro muestra una angelicalidad y una belleza única.

Sin duda este milagro del cuerpo incorrupto de santa Bernardita es una reliquia muy apreciada en la iglesia católica y grandioso en nuestro Dios que en su Iglesia deja estas reliquias de los santos como santa Bernardita y el padre Pío de Pietrelcina. Qué hermoso ver a una persona santa conservar su cuerpo incorrupto gracias al poder de Dios y esto solamente lo tiene nuestra Iglesia la verdadera iglesia donde están los santos. 



Semillas de Fe - Youtube 

¿CÓMO DESHACERSE DE LOS VIEJOS SACRAMENTALES?


Cuando tu rosario se rompe o el crucifijo se estropea, ¿qué hacer? ¿Está bien simplemente tirarlos a la basura?


POPE AUDIENCE


Los católicos que usan con frecuencia sacramentales (escapularios marrones, medallas de San Benito, rosarios bendecidos, etc.) a menudo se encuentran con un problema cuando el objeto se rompe o se desgasta. ¿Qué se debe hacer con estos objetos sagrados? ¿Está bien simplemente tirarlos a la basura?

Para resumir brevemente, los sacramentales son cualquier cosa consagrada o bendecida por la Iglesia con el propósito de santificar nuestras vidas y llevarnos a los sacramentos. Son signos sagrados y nos proporcionan gracia (ayuda espiritual) a través de la intercesión de la Iglesia.

Los sacramentales utilizados en el hogar pueden ser cualquier cantidad de artículos religiosos que hayan sido bendecidos por un sacerdote o diácono: un rosario, medalla, crucifijo o incluso una vela.

Independientemente de lo que sea, si ha sido bendecido por un cura, entonces debe ser tratado con el debido cuidado (cf. Canon 1171). Como católicos, creemos que las bendiciones de los ministros ordenados tienen un verdadero poder espiritual.

Esto es más evidente en los siete sacramentos, donde las palabras del sacerdote pueden provocar una transformación espiritual.

El ejemplo obvio es la Eucaristía, donde a través de las palabras del sacerdote, el pan y el vino en la Misa se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Es un milagro que Dios realice a través de palabras dichas por sus ministros elegidos.

En un nivel mucho más bajo pero análogo, creemos que cuando un sacerdote o diácono bendice un objeto religioso, algo cambia. Es posible que no podamos verlo, pero a veces podemos sentir el peso espiritual de un sacramental que ha sido bendecido.

En consecuencia, los católicos tienen instrucciones de deshacerse de los viejos sacramentales de una manera que muestre la debida reverencia.

Todos los sacramentales pueden quemarse o enterrarse para deshacerse de ellos adecuadamente. Este tipo de disposición honra su propósito sagrado y los devuelve a la tierra de una manera digna.

Si una persona no puede hacerlo, se puede dejar el sacramental en la oficina de la parroquia y alguien del personal puede encargarse de ello.

A menudo olvidamos que las cosas físicas que vemos son solo una parte de un universo mucho más grande. Existe un mundo espiritual a nuestro alrededor que no podemos ver, pero que afecta constantemente nuestra vida diaria.

Al tratar a los sacramentales con respeto, reconocemos esta verdad básica y honramos la bendición celestial que un sacerdote o diácono puso sobre el objeto.

FUENTE: es.aleteia.org 

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís