FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

UN HOMBRE LLAMADO ... LLAMADO JUAN





UN HOMBRE ENVIADO POR DIOS, LLAMADO JUAN» (Jn 1,6)


1. «Voz del que clama en el desierto» (Jn 1,23)

Este Juan Bautista de vida austerísima, de figura áspera, de ojos inmensos, es el Precursor. Anuncia al Mesías, lo señala con el dedo: «Helo aquí» (Jn 1,29).

Es, por eso, como el quicio de los dos Testamentos.

Su nacimiento fue profetizado por el ángel en el marco todavía solemne de los símbolos, en el templo, a la hora de la incensación. Todo ese culto iba a ser muy pronto suplantado, pero Yahvé quería aún mostrarse complacido en él. Juan pertenece a ese mundo auroral de la expectación. Poseyó «el espíritu y poder de Elías» (Lc 1,17). Un ángel describe por anticipado su grandeza y sus abstinencias (Lc 1,15) con palabras extraídas de los libros antiguos (Lev 10,9), así como su misión de heraldo, de preparador de caminos, oficio que cualquier asiduo lector de Malaquías tenía forzosamente que conocer (Mal 3,1). La presentación de Juan a la posteridad cristiana se hará en términos y colores sacados del profeta Isaías (Is 40,3-4). Las raíces del hombre Juan se nutren de todos los jugos de la vieja alianza. Pero, al mismo tiempo, su predicación constituye «el principio del evangelio de Jesucristo» (Mc 1,1), y su martirio habrá de ser como un presagio de la pasión del Salvador (Mt 17,12).

Hasta Juan, la Ley y los profetas; desde Juan, el reino de los cielos (Mt 11,12-13).

«Por aquel tiempo apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea» (Mt 3,1). Su lenguaje, en gran medida, tenía que resultar familiar a los oídos hebreos. Exigía penitencia, como la habían exigido antes Amós, Oseas, Jeremías, Isaías. Reclamaba de sus oyentes justicia y caridad, haciéndose con ello eco de los códigos mosaicos, que ya pedían equidad a los litigantes y de los cosecheros de trigo solicitaban piedad para con los menesterosos. En todo esto, su predicación era tradicional y moderada. A aquellos que poseían dos túnicas, aconsejábales que dieran una al mendigo que encontrasen desnudo (Lc 3,11); todavía, como veis, está lejos de las consignas que iba a introducir más tarde Jesús: al que te roba la túnica, dale el manto (Mt 5,40).

Sus amenazas encontraban también oídos largamente predispuestos. Desde el exilio, Israel vivía escuchando las duras imprecaciones de sus profetas. Algo, sin embargo, había en los sermones del Precursor que sonaba a nuevo, que intranquilizaba el alma de otra manera. Más que lo que decía, lo que dejaba de decir: nunca había en sus párrafos ni la menor alusión al Mesías victorioso, al caudillo triunfante. Lo que un día dijo no pudo menos de escandalizar a muchos judíos: «No comencéis a deciros: Tenemos por padre a Abraham, pues yo os aseguro que Dios puede hacer salir de estas piedras hijos de Abraham» (Lc 3,8).

¿Y su bautismo? Existía ya antiguamente una especie de lustración para los paganos prosélitos que querían adscribirse a una comunidad israelita. Pero ¿cómo entender el bautismo administrado a un hebreo de raza? Eran también de sobra conocidos, desde mucho tiempo atrás, los lavatorios rituales que precedían a ciertos actos religiosos. Pero ¿un «bautismo de penitencia», un bautismo que suponía todo un cambio radical de conciencia?

Constituía el bautismo de Juan una preparación al bautismo de Jesús. El mensaje de Juan era un prólogo de la predicación de Jesús.

Juan decía: «Arrepentíos, porque ha llegado el reino de los cielos» (Mt 3,2). Jesús, poco después, dirá: «Ha llegado el reino de Dios; arrepentíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15). Las frases son las mismas. Y la ilación de los miembros que componen cada frase es también idéntica: el reino no llega porque vosotros hagáis penitencia, sino, al revés, debéis hacer penitencia porque el reino ha llegado. El reino es un don de lo alto que la criatura, por excelentes que sean sus disposiciones, nunca podrá merecer. Además, aunque descienda a la tierra, continúa siendo un «reino de los cielos», un «reino de Dios». La autojustificación y el particularismo terreno, dos notas máximas de la concepción judía predominante en aquella hora, quedaban por igual malparados y excluidos.

Haced penitencia, arrepentíos. Es decir, cambiad vuestra mente; no sólo la inteligencia, sino la mente entera, según ese sentido en que vosotros, semitas, la entendéis; el sentido que los profetas os inculcaron: la mente como principio y manantial de toda vida interior. Convertíos. ¿Cómo?

Dos caras tiene la conversión: con una mira al pasado, la otra se orienta hacia el porvenir.

El hombre en trance de conversión no puede renunciar a enfrentarse con su vida ya hecha, con la muchedumbre de los pecados cometidos. Los pone ante los ojos y se duele de ellos. Pero este dolor no es una pura aflicción; es una sentencia: los detesta. El dolor de haber obrado mal acreciéntase con el dolor de no poder suprimir ya ese mal. El hombre no sólo es capaz de hacer el mal, es también incapaz de restaurar el bien. Levanta entonces el pecador su rostro al cielo y mira al Señor. Aquel fallo que ha pronunciado sobre sus desórdenes y abominaciones viene a ser como un reconocimiento de la censura divina, hecha cordialmente suya. ¿Terminará aquí el proceso del alma? No; a la aceptación de esta inapelable censura y de la propia impotencia para salir de estado tan infeliz, se añade luego el reconocimiento del poder y clemencia ilimitados de Dios. De otra forma, la mera percepción de los pecados conduciría a la desesperación, a las inútiles lágrimas de enojo contra uno mismo.

El pecador arrepentido admite entonces, con humildad, que el cambio de su mente no es la causa de la remisión de los pecados, sino tan sólo su condición. Limítase el pecador a abrir la ventana para que entre la luz, y sabe muy bien que la luz es del sol. Después se vuelve a los tiempos venideros y promete no volver a pecar; se engendra en él la voluntad de rectificación.

Entre estas dos miradas, en el corazón mismo de la metanoia, se inserta la confesión íntima de la propia incompetencia para toda obra saludable, tanto para reparar el mal pretérito como para llevar a cabo el bien futuro. El lado positivo y gozoso de todo esto llámase fe: creer en el poder y amor de Dios, capaces de crear en el alma una situación nueva, capaces de inaugurar aquí abajo el reino de los cielos.

«Arrepentíos y creed en el Evangelio». Ambas cosas son necesarias. Son, además, mutuamente necesarias. El arrepentimiento cristiano incluye la fe: negándonos por completo a creer en nuestras fuerzas, creemos de corazón en la fuerza salvadora de Dios. Es precisamente el orgullo lo que impide nuestra conversión, pues nos oculta la viga de nuestro ojo y aumenta la paja que observamos en el ojo del hermano (Lc 6,42); el orgullo produce la ceguera irremisible (Mc 3,28-30; Mt 12,31-32). A su vez, la fe supone un leal arrepentimiento, el reconocerse uno mismo siervo del pecado (Jn 8,32-34), indigno de esos dones que la fe granjea (Lc 18,13-14), necesitado de médico (Lc 5,31) y de un guía perspicaz que remedie nuestra ceguera (Mt 15,14).

La conversión marca ese momento de tensión entre el pasado sombrío y el porvenir luminoso, entre las tinieblas y la justicia. La fe viene a interpretar esas dos realidades—esa vanidad y esa realidad---como el reino de este mundo y el reino de los cielos.

Pero la conversión no es asunto de un día.

A la conversión primera (Lc 15,7.10) debe seguir una conversión incesante (Lc 13,3.5). Porque no sólo existe la conversión o tránsito de la idolatría a la religión, o del estado de pecado mortal al estado de gracia, sino también el paso, que diariamente es preciso renovar, de un amor menor a un amor mayor. Siempre hay pecado en nosotros. Por eso me gusta tanto la antigua traducción del Miserere: no dice, como la moderna, «lávame penitus, del todo», sino «lávame amplius, lávame más y más». El que reza este salmo todas las noches sabe cuán necesitado anda de purificación una y otra noche. Sabe cuánta verdad hay en sus labios cuando cada mañana reza así: Nunc coepi.

El Verbo dice «Levántate» a la esposa que ya está en pie. Porque «el fin de lo que ya ha sido encontrado se hace principio para el hallazgo de cosas más altas 1.

Es preciso mudar la conciencia, porque el reino se avecina. Es menester seguir convirtiéndose todos los días, porque el reino está ya presente y crece.



2. «El mayor entre los nacidos de mujer» (Mt 11,7)

Juan era «más que un profeta» (Mt 11,9). Nada tiene él que ver con esas estampas apacibles y relamidas que, después del Correggio y de Murillo, han venido adulterando la figura más abrupta que ha pisado la tierra. El profeta es un hombre enardecido, temible, tremendo, justiciero, arrebatado por la pasión de lo absoluto. Juan Bautista—más que un profeta—fue el más enardecido, el más temible, el más tremendo, el más justiciero, el más arrebatado por la inminencia del reino de Dios, tema que constituía su única pasión.

Los profetas amenazaban y maldecían. Eran igual que una llama. Hablaban como quien sacude un látigo, como quien

1 SAN GREGORIO NISENO ,In Cant. 5,8: MG 44.876

perfora las entrañas, como quien arranca una mujer amada de los brazos de su amante. Sacerdotes y reyes empavorecían ante ellos. No era, en verdad, grato oficio el suyo. Lo cumplían a veces de mala gana, sabiendo qué terribles peligros se cernían sobre su cabeza. «Tú me sedujiste, ¡oh Yahvé!, y yo me dejé seducir. Tú eras el más fuerte, y fui vencido. Ahora soy todo el día la irrisión, la burla de todo el mundo. Siempre que les hablo, tengo que gritar, tengo que clamar: ¡Ruina, devastación! Y todo el día la palabra de Yahvé es oprobio y vergüenza para mí. Y aunque me dije: no pensaré más en ello, no volveré a hablar en su nombre, es dentro de mí como fuego abrasador, que siento dentro de mis huesos, que no puedo contener y no puedo soportar» (Jer 20,7-9).

No podían callar porque no hablaban en nombre propio. « ¡Dice Yahvé!», « ¡Oráculo de Yahvé!» Eran profetas: hablaban en nombre de otro, en nombre del Señor todopoderoso y ofendido. No les era posible guardar silencio, aunque quisieran. Sus palabras, antes de encender los corazones, abrasaban su propia garganta.

Tenían la misión de salvaguardar la esperanza mesiánica denunciando y corrigiendo cuantas depravaciones en el seno de Israel se oponían a esa esperanza. Habían sido encargados de curar por medio de la sal y el fuego. A veces, raras veces, derramaban aceite sobre las llagas, pronunciaban palabras de extraña dulzura: era cuando hablaban a los más oprimidos, a los pobres de Yahvé.

Pero hacía ya quinientos años que no se oía tronar a un profeta. Y las almas humilladas suspiraban por la presencia de alguien que, aun entre bramidos e imprecaciones, les asegurara todavía de la predilección divina. «Ya no vemos prodigios en nuestro favor, ya no hay ningún profeta, ya no hay nadie entre nosotros que sepa hasta cuándo» (Sal 74,9)•

¿Hasta cuándo va a durar esta abyección de Israel, este olvido de Dios para con su pueblo?

Por eso, el día en que desde Betabara—lugar de paso, buen sitio para propalar noticias—corrió la voz: « ¡Ha aparecido un profeta!», las gentes acudieron en masa a escuchar al enviado de Yahvé. «Venían a él de Jerusalén, y de toda la Judea, y de toda la región del Jordán» (Mt 3,5).

¿Quién era este hombre?

La muchedumbre le tenía por profeta (Mt 14,5). Mucho tiempo después perduraba aún su fama de profeta, y los fariseos no se atrevían a desmentirlo en público (Lc 20,6). Herodes mismo tuvo miedo del pueblo, que consideraba a Juan como un gran profeta (Mt 14,5). Jesús aseguró un día que el Bautista era más que un profeta (Mt 11,9). La gente ya pensaba si sería el Mesías... (Lc 3,15).

Gozaba de una total libertad apostólica. Trataba con extraordinaria dureza a aquellos a quienes debía reprender (Mt 3,7-10). Descuella por una arcana sabiduría esencial: «En medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis» (Jn 1,26). «Yo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios» (Jn 1,34).

Su vida anterior estaba aureolada de prestigio. Nunca había bebido vino ni cosa fermentada (Lc 1,15). Habitó en los desiertos hasta el día de su manifestación (Lc 1,80). Su austeridad fabulosa seguía creando un nimbo en torno de él: «iba vestido de pelo de camello, llevaba un cinturón de cuero» (Mt 3,4), «se alimentaba de saltamontes y miel silvestre» (Me 1,6). Como Samuel y como Sansón, había vivido siempre en la salvaje y exquisita continencia del nazireato. Quizá el pueblo intuía en esa altiva existencia como un oculto sentido, un valor representativo de aquella mocedad de Israel, cuando" había peregrinado por el desierto en la limpia aurora de su fervor. Gracias a Sansón había llegado la liberación de los fariseos; gracias a Samuel había sido instaurado el reino de David. ¿Qué enorme acontecimiento alboreaba con el Bautista?

Una línea de fuego vinculaba a Juan con Elías. El ángel, deliberadamente, había unido estos dos nombres (Lc 1,17), y Zacarías, el padre estremecido de presagios, no lo olvidó nunca (Lc 1,76). Cristo subrayará con elogio esta muy íntima afinidad (Mt 17,9-13).

En su actuación cerca del Mesías no aparece como discípulo, sino como colaborador: «Conviene que cumplamos toda justicia» (Mt 3,15). Lo bautiza con sus manos.

Ya desde el seno de su madre fue lleno del Espíritu Santo (Lc 1,25), lo cual no significó tan sólo la concesión de unos especiales dones carismáticos, sino la santificación interna y la exención del pecado. Esto le confiere una categoría rigurosamente singular. La Iglesia ha recogido el tesoro de admiración y reverencia que los siglos han depositado a los pies de esta criatura de excepción. En las Letanías de los Santos figura a la cabeza y en rango aparte. Los canonizados que han llevado el nombre de Juan duplican el número del nombre siguiente, que es Pedro.

•El ángel había profetizado: «Será grande ante el Señor» (Lc 1,15). Jesucristo afirmó de él que era «el mayor entre los nacidos de mujer» (Mt 11,11).

«En verdad os digo que, entre los nacidos de mujer, no ha habido uno mayor que Juan Bautista. Pero el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él» (Mt 11,11).

No parece que con estas palabras haya querido Jesús referirse al grado de santidad personal de su Precursor: un día se negará a asignar lugares en la gloria, afirmando que eso no es incumbencia suya (Mt 20,23). Simplemente se refería al puesto cimero que Juan ocupaba en el Antiguo Testamento, ya que a él le cupo el honor de cerrar esa alianza con éxito, con fidelidad insuperable. Ahora bien, cualquiera que pertenezca a la nueva economía inaugurada por el Salvador es mayor que Juan. Este era nada más «amigo del Esposo» (Jn 3,29), mientras que toda alma inscrita en la Iglesia participa de su condición superior de esposa.

¿O «el más pequeño» era el mismo Cristo? ¿No se trataba de zanjar así aquel conflicto surgido entre los discípulos del Bautista, que disputaban acerca de la preeminencia de su maestro? (cf. Mt 9,14; Jn 3,26).



3. «Detrás de mí viene alguien que es mayor que yo» (Jn 1,30)

Cristo es «mayor» que «el más grande».

¿Qué relación personal medió entre el Señor y su heraldo? Este confesó un día que, antes de administrarle el bautismo, no lo conocía aún. «Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y permanecer sobre él, ése es el que ha de bautizar en el Espíritu Santo» (Jn 1,33). San Mateo parece contradecir este texto, pues cuenta cómo Juan se resistió tenazmente, por creerse indigno, a bautizar a Jesús: «Yo necesito ser bautizado por ti, y ¿tú vienes a mí?» (Mt 3,14). Pero se trata, sencillamente, de dos grados distintos en el conocimiento. Antes de bautizarlo, Juan adivinó, por la voz del espíritu y de la sangre, que aquel hombre era el Mesías y su pariente. Después de bautizarlo, después de presenciar el signo de antemano establecido por Dios, esa oscura intuición se transformó en cer' teza, por obra «no de la carne ni de la sangre, sino del Padre, que está en los cielos» (Mt 16,17).

A pesar de ser parientes y coetáneos—seis meses Jesús más joven que Juan—, bien pudo ocurrir que antes nunca se hubieran encontrado. El Bautista había pasado toda su vida en el desierto. Aceptemos también que, muy verosímilmente, el «conocer» tenga otro sentido distinto del material. Acaso los dos grados de conocimiento que hemos mencionado hallan una puntual ilustración en esta frase de Pablo: «Si antes conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así» (2 Cor 5,16); ahora lo conocemos según el Espíritu.

Las muchas semejanzas que entre Cristo y el Bautista se observan son completadas por aquellos contrastes, tan vivos y elocuentes, que subrayan una y otra personalidad. Sus dos nacimientos fueron extraordinarios y precedidos de dos anunciaciones extraordinarias y paralelas. Los dos nacen de mujeres estériles, pero uno de mujer anciana, el otro de doncella fresca. Uno cierra la noche de la espera, el otro se alza como un sol nuevo. Uno renunciará al vino y a toda criatura, el otro beberá con pecadores y asumirá con amor indecible el vino y el pan hasta la identificación eucarística. Uno preparará el camino, el otro es el Camino. Uno es la voz, el otro es el Verbo. Primeramente percibimos la voz, vehículo y envoltorio del pensamiento, de la palabra interior. La voz es la sombra de la palabra, sombra que cae al suelo. Cristo es el cuerpo, Juan es la sombra: así de parecidos, así de distintos.

El Bautista irá siempre, como un acólito, delante del Señor: lo precedió en su nacimiento, en su vida pública y en su descenso a los infiernos. Vendrá también delante de El en la parusía, con la misma insignia de otras veces, con el mismo acatamiento y con el mismo honor, escudero glorioso.

Cristo inaugura todo, lo funda todo, deja todo atrás y a lado, a la altura variable que dictan sus preferencias. Juan, en cambio, ocupa su puesto y se sujeta a la línea de la continuidad, a las enseñanzas heredadas. Dice: «Yo necesito ser bautizado por ti, y ¿tú vienes a mí?» Su madre había dicho: «Y ¿cómo así que la madre de mi Señor viene a mí?» (Lc 1,43).

Vino Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él. Juan se oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, y ¿tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Déjame hacer ahora, pues conviene que cumplamos toda justicia. Entonces Juan condescendió. Bautizado Jesús, salió luego del agua. Y he aquí que vio abrírsele los cielos y al Espíritu de Dios descender como paloma y venir sobre él, mientras una voz del cielo decía: Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias (Mt 3,13-17).

Puede decirse que existen algunas razones de conveniencia en este suceso. Así, por ejemplo, que Jesús quiso someterse al bautismo para recomendar y sancionar solemnemente la misión del Bautista. O para santificar las aguas, para hacerlas puras y purificadoras, para darles su santa transparencia, aquello que San Cirilo de Jerusalén llamaba «el olor de su divinidad» 2.

Sin embargo, no fue entonces cuando el agua quedó constituida en instrumento de santificación; recordad que la institución del bautismo no pudo tener lugar durante el bautismo de Cristo. Recordad por qué. Y observad cómo el motivo por el cual no pudo ser entonces instituido nuestro sacramento constituye precisamente la clave feliz que nos explica la voluntad de Jesús, esa extraña voluntad de someterse El, fuente de toda limpieza, a un rito lustral destinado a pecadores.

El bautismo de Jesús en el Jordán no es más que un ensayo incruento de aquel tremendo bautismo que le esperaba más tarde: «Tengo que recibir un bautismo» (Lc 12,50). Bautismo doloroso, para el cual es menester un corazón recio: « ¿Os sentís vosotros capaces de recibir el bautismo que yo voy a recibir?» (Mc 10,38).

Dos bautismos tuvo Jesucristo, uno «en agua», otro «en fuego». También el pueblo de Israel había recibido dos bautismos: uno al pasar el mar Rojo, cuando dio comienzo su penosa marcha, y otro al fin, al cruzar el Jordán, momentos antes de pisar la Tierra de Promisión. Jesús, al principio, atravesó

2 Catech. 21,1: MG 33,1088.

su mar Rojo «a pie enjuto», con gozo y cantos, con las más patentes muestras de complacencia por parte del Padre. Pero, antes de tomar posesión del reino (Lc iz,5o), hubo de sumergirse «en el baño de su sangre». Israel salió de Egipto para poder un día ofrecer a Yahvé su sacrificio sobre la montaña. Esta montaña, en la vida de Jesús, llámase Calvario, y el sacrificio no es otro que el suyo propio, el sacrificio del Cordero pascual.

Juan lo designó ya con el dedo: «He aquí el Cordero de Dios» (Jn 1,29). Pero no señalaba sólo la persona de Cristo para que todos los allí presentes reconocieran en El al enviado de Dios, sino que de ese modo venía también a profetizar a Jesús su destino de inmolación, su oficio de Cordero. El Bautista había sido el preparador de los caminos del Mesías, y ahora introduce a éste en su obra redentora. Como «amigo», acompaña al esposo en esos primeros pasos que habrán de llevarle luego hasta la cruz, hasta el «tálamo de púrpura». En este lecho rojo se pondrá roja el agua, roja y eficaz, buena ya para lavar almas, para ser sacramento potente.

Toda la acción salvífica de Jesús puede definirse, al modo de Juan, como la administración de un gran bautismo: «El os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego» (Mt 3,11). El otro Juan, el evangelista, el que mira el monte ya desde este lado, dará alguna vez testimonio del hecho: «Lavó nuestros pecados en su sangre» (Ap 1,5).

A orillas del Jordán, todo es aún como una víspera o ensayo. Jesús se mete en el agua y después sale, preludiando con ello su muerte y resurrección. Las palabras de alabanza del Padre son la anticipación de aquella gloria que le tiene reservada para después del sacrificio. El Espíritu Santo, que «a modo de paloma» bajó sobre el río, evocaba su antiguo vuelo sobre las aguas primordiales para fecundarlas (Gén 1,2). Pero este Espíritu no había de descender a fecundar los corazones hasta que el Hijo del hombre no fuera muerto y glorificado (Jn 7,39).

Jesús es descrito por Juan como Cordero. El cordero es signo de inocencia, y por eso Pedro llamará a Cristo «cordero inmaculado» (i Pe 1,19). Pero he aquí que este cordero «toma sobre sí los pecados del mundo» (Jn 1,29). Se nos atraviesa ahora ese otro cordero simbólico que, sin balar siquiera, es llevado al matadero (Is 53,7).

Ved, pues, la maravilla: un recental limpio, de enamorados ojos, que se hace animal expiatorio para llevar encima, lejos de la ciudad, todas las iniquidades de sus habitantes. Y es tan puro y va tan sobrecargado de impurezas, que su sacrificio deja blanco el mundo. La obra entera de salvación que Jesús ha cumplido queda condensada en la bivalencia del tollit: toma y quita. Porque las dos traducciones son lingüísticamente correctas: «He aquí el Cordero de Dios, que toma sobre sí los pecados del mundo», «He aquí el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo». Y las dos traducciones son teológicamente complementarias: quita los pecados porque los ha cargado sobre sus lomos. Es Cristo el cordero pascual—cuya sangre en la puerta de nuestras casas impide la llegada del ángel exterminador—porque es el cordero de Isaías, gravado con todas las abominaciones.

Jesucristo lo reúne todo en su mano, que es mano sin mancilla, mano ensangrentada y mano todopoderosa. Porque es Dios, ejerce contra los pecadores su cólera—la cólera que daba muerte a los primogénitos de Egipto—y ejerce en favor de los pecadores su misericordia—aquella misericordia que perdonaba la vida a los primogénitos de Israel—. Y porque es también hombre, es a la vez cordero en quien se ceba la ira y primogénito en el cual la misericordia se muestra con triunfal aparato.

4. «Es preciso que El crezca y yo mengüe»
(Jn 3,30)

He aquí la cabeza del Bautista sobre un plato. Ya no se oye la voz del que gritaba en el desierto. Ya está muda para siempre.

Herodes no quería oír esa voz, que clamaba contra sus adulterios y desórdenes. Y metió en prisión a Juan. «Llegado un día oportuno, cuando Herodes en su cumpleaños ofrecía un banquete a sus magnates y a los tribunos y a los principales de Galilea, entró la hija de Herodías y, danzando, gustó a Herodes y a los comensales. El rey dijo a la muchacha: Pídeme lo que quieras y te lo daré. Y le juró: Cualquier cosa que me pidas te la daré, aunque sea la mitad de mi reino. Saliendo ella, dijo a su madre: ¿Qué quieres que pida? Ella le contestó: La cabeza de Juan el Bautista. Entrando luego con presteza, hizo su petición al rey, diciendo: Quiero que al instante me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista. El rey, entristecido por su juramento y por los convidados, no quiso desairarla. Al instante envió el rey un verdugo, ordenándole: traer la cabeza de Juan. Aquél se fue y le degolló en la cárcel,. trayendo su cabeza en una bandeja, y se la entregó a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre» (Me 6,21-28)..

He aquí ahora su cabeza degollada. Contemplándola en el sosiego de la meditación, se acordó San Agustín de aquellas. palabras de Juan: «Es preciso que El crezca y yo mengüe» (Jn 3,30). Y díjose: verdaderamente sufrió mengua el Bautista al ser decapitado, mientras Cristo creció sin límites al ser levantado en la cruz 3.

El programa de Juan, de constante abatimiento, tuvo consumación perfecta en la última hora. Hoy también su sepulcro sigue sin nombre ni flor, inexistente. El lugar de su ejecución, la fortaleza de Maqueronte, no es más que un alcor despellejado, de muy difícil acceso, donde la tierra se ha comido toda reliquia y todo recuerdo. Humilde Juan. Sus seis meses de anticipación sobre el nacimiento de Jesús han obligado a situar su fiesta en las postrimerías de junio, y hasta esto resulta un símbolo conmovedor: mientras la Navidad señala el creciente alargamiento de los días, el solsticio de verano inicia su declinar.

Juan corrió la suerte de los precursores. Oscurecerse era su destino. San Juan Crisóstomo discurre agudamente: «Tengo para mí que por esto fue permitida cuanto antes la muerte de Juan, para que, quitado él de en medio, toda la adhesión de la multitud se dirigiese hacia Cristo en vez de repartirse entre los dos» 4. De los doce apóstoles de Jesús, cinco, según expresa mención del evangelio, habían pertenecido a la escuela de Juan. Es muy probable que los otros siete también; al menos todos ellos lo habían conocido y podían dar testimonio de su predicación (Act 1,22).

Este desprenderse de sus discípulos arguye una gran no-

3 In lo. Evang. 14,5: ML 35,1504.
4 In Io. hom. 29,1: MG 59,167.

bleza de alma y una humildad profunda. Suele decir Cesbron que la modestia consiste en escribir a lápiz, y la humildad en aceptar que los otros borren lo que hemos escrito con tinta. Si es verdad que Juan siempre usó para su mensaje el lápiz provisional, el tono introductorio, es cierto también que entre la muchedumbre habíase afirmado como profeta de nombre excelso, y llegó en algún momento a ser tenido como Mesías en la opinión de muchos.

Humildemente, permitió ser borrado. Había nacido para guión, para pasar de prisa enarbolando un estandarte ajeno y, acto seguido, desaparecer. Había nacido para servir de puente entre el Viejo Testamento y el reino de Jesús, lo mismo que Melquisedec había sido el anillo entre la alianza cósmica y la alianza de Abraham. Efímeros puntos de sutura, eslabones necesarios, pero de un pálido brillo que se eclipsa ante el fulgor de la esmeralda nueva. El Bautista había venido al mundo para preparar un sendero, para abrir marcha. Para ceder el paso.

Si el Precursor no se oscurece, conviértese en enemigo. He aquí el pecado de todos aquellos representantes de la ley mosaica que, cuando vino Jesús, no abrieron sus pechos a la gracia novísima. He aquí el delito de los pastores asalariados, que esquilman a sus ovejas y roban la leche del dueño. He aquí el crimen de todo corazón que pone diques al amor humano y lo hace remansarse en él, sin dejar que siga su marcha hasta el Creador. He aquí la traición del amigo del esposo que suplanta al esposo. He aquí la perfidia de la razón que sofoca sus propias voces y obtura el camino que lleva a la fe. He aquí el pecado de cuantos son infieles a la misión que les ha sido encomendada; y no hay más misión que la de Juan: «El vino como testigo para atestiguar sobre la Luz, a fin de que todos creyesen por él» (Jn 1,7).

Todo precursor, o sea, toda criatura, tiene que vaciarse de sí misma y orar con las palabras de Tagore: Que yo sea como una flauta de caña, simple y hueca, donde sólo suenes tú. Ser, nada más, la voz de otro que clama en el desierto.

La vida que nosotros conocemos del Bautista es como un paréntesis fugaz de luz entre dos oscuridades: la soledad del desierto y la soledad de la prisión. Incluso durante su vida pública aparece como un arisco solitario que lleva en su corazón, muy oculto, el drama de una gran soledad. Sus discípulos van marchándose, uno tras otro, y se dirigen hacia Jesús. Hablan con El, permanecen toda la noche a su lado, y luego se enrolan ya para siempre en su compañía. Juan lo sabe. Pero no es ésa su vocación. El también hubiera querido acompañar al Mesías, seguirle, colaborar...

Juan se queda solo, como Moisés en el monte Nebo: sin entrar en el reino. Por eso, «el más pequeño en el reino es mayor que él».

Juan no tiene derecho a ir en pos de Jesucristo. Su estrella, su eclipsada estrella, está en la cárcel. Allí su soledad se adensará, se hará acongojante. Es muy probable que, en aquellas fechas, también Dios lo abandonara, igual que abandonó a su Hijo.

De esos días de prisión poseemos nada más un episodio, harto problemático. «Habiendo oído Juan en la cárcel las obras de Cristo, envió por sus discípulos a decirle: ¿Eres tú el que viene o hemos de esperar a otro? Y respondiendo Jesús, les dijo: Id y referid a Juan lo que habéis visto y oído. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados; y bienaventurado aquel que no se escandalizare de mí» (Mt 11,2-6).

¿Cuál es el verdadero sentido de esta embajada? Resulta demasiado fácil suponer que se trataba de una última gestión apostólica: quería, al enviar a estos discípulos a hablar con Jesús, ponerlos en contacto con El para que empezaran ya a emplearse en su servicio. ¿O lo hizo acaso pensando en el propio Mesías, con el fin de brindarle así la oportunidad de una solemne declaración? ¿Llegó incluso a pretender con ello empujarle en su obra mesiánica, impulsarle a una acción más clara, más enérgica, más inequívoca?

Ciertamente Juan no esperaba de El una intervención terrenal y vistosa al estilo de aquellas que el común de los judíos con tanta ansiedad anhelaba. La respuesta de Jesús fue como una repulsa de estas esperanzas prostituidas. Contenía una afirmación y a la vez una enmienda: al servirse del oráculo en que Isaías profetiza la acción salvadora del Deseado (Is 29, 18), invitaba a cuantos le oían a reformar sus deseos según la letra original y santa, purificándolos de toda mundana codicia. El corazón del Bautista estaba limpio de tales adulteraciones. Pero tse halló también libre de toda incertidumbre, de toda íntima perplejidad o impaciencia?

Nunca había soñado él con un Mesías guerrero, con un restaurador de la casa de Israel. Era más bien un Juez lo que había esperado y anunciado, alguien que viniera «con un bieldo en la mano para limpiar su era y recoger el trigo en el granero y quemar la paja en el fuego inextinguible» (Lc 3,17). ¿Respondía Jesús realmente a esta predicción?

Había algo que Juan era incapaz de penetrar: el secreto de Jesús acerca de los procedimientos que iba a seguir en la realización de su obra. Y Juan quería saber algo. Aspiraba a ello. A la sazón estaba encarcelado por servir a esta causa. Una angustia así se hace intolerable en la prisión. Juan quería saber. ¿Qué era, en fin de cuentas, lo que para esas fechas sabía? ¿Qué albergaba en lo profundo de su alma? Una fe inconmovida, por supuesto. Pero ¿qué más? Decepción no sería la palabra justa, podría ser incluso injusta. Quizá desconcierto. ¿Por qué no? Psicológicamente sería muy explicable y en nada atenta contra el mérito y firmeza del Precursor. ¿No desfalleció Elías en el desierto, y se tendió junto a un arbusto pidiendo a gritos la muerte?

¿Llegó Juan a dudar? Moisés dudó. No se puede comparar, es cierto, la fe intacta de Juan con aquellas vacilaciones de Moisés. Pero tampoco hay que concebir la duda forzosamente como un consentimiento: la duda es algo que se ofrece, es un estado de tentación. En sí misma no vulnera la fe. Dice Newman magníficamente que creer significa ser capaz de soportar dudas. La duda se puede sentir sin consentir por eso en ella. ¿Llegó Juan a dudar?

Ningún argumento positivo abona semejante suposición. Pero tampoco nos parece convincente, para rechazarla de plano, la razón que muchos invocan: el elogio que inmediatamente hace Cristo del Bautista: «No es una caña agitada por el viento, es más que un profeta, es el mayor entre los nacidos de mujer». Bien. Perfectamente puede Juan ser todo eso y, al mismo tiempo, un corazón tentado. Jesús ha dicho, además, a los embajadores del Bautista: «Bienaventurado el que no se escandalizare de mí». Palabras de universal validez que tendrán aplicación a lo largo de toda la historia. Pero a la vez palabras que fueron pronunciadas expresamente, en un momento determinado, para ser transmitidas a un hombre que sufría en prisiones. La frase, creemos, no puede tener este sentido: «Id y decidle que será bienaventurado si no se escandaliza de mí»; adquiriría, así redactada, un cierto aire de amenaza o desconfianza. Pero puede entenderse en el sentido más elogioso: «Id y decidle que es bienaventurado porque no se ha escandalizado de mí». Esto supondría la victoria sobre una efectiva tentación de escándalo. De todas formas, Jesús piensa entonces con cariño enorme, con infinito agradecimiento, en aquel Precursor suyo agobiado de cadenas. Conoce sus angustias, y también la magnitud de su fe y la pureza de su adhesión. Le pide el último sacrificio. Se lo pide confiadamente.

Los discípulos llevan la respuesta hasta Maqueronte. Por encima de lo que éstos pudieron de ella entender, por encima de la ejemplaridad indudable que poseyó para todos cuantos la escucharon, y al margen de la exacta definición que contiene de los riesgos mesiánicos, es seguro que en los oídos de Juan adquirió un acento único, personalísimo, que solamente él podía percibir. Fue como una respuesta cifrada. Fue la paz.

Fue también, seguramente, la alegría.

Resulta misterioso este Juan. Su vida se nos revela áspera y señera. Su alma padeció los mayores expolios. Hay, sin embargo, dos imprevistas notas de júbilo que enmarcan, al comienzo y al fin, esta biografía singular. Al principio, dentro aún del seno de su madre, «saltó de gozo» (Lc 1,44) en el momento en que se aproximó a él la mujer que era portadora del Mesías. Y cuando sus días van a terminar, confiesa a sus íntimos: «El que tiene esposa es el esposo; el amigo del esposo, que le acompaña y le oye, se alegra grandemente de oír la voz del esposo; pues así mi gozo es cumplido» (Jn 3,29). ¿Hasta qué porciones de la sensibilidad penetró esta alegría tan puramente mesiánica, tan soberanamente desinteresada? ¿Cuál fue la repercusión de este gozo en el alma de Juan, bebida de soledad?

Queremos imaginarnos un corazón ya perfectamente dichoso el día en que el Precursor desnudó su garganta para la degollación. Sin duda que había comprendido ya que «lo mismo se alegra el sembrador que el segador» (Jn 4,36).


Del libro Un hombre enviado por Dios




MENSAJES DE MEJUGORJE - : Enero, junio

Mensajes de Nuestra Señora Reina de la Paz en Medjugorje


Al inicio Nuestra Señora regularmente da sus mensajes sólo a los videntes, y a través de ellos a todos los fieles. A partir del 1 de marzo de 1984, Nuestra Señora comienza a entregar regularmente sus mensajes todos los jueves a la comunidad de parroquial de Medjugorje, y a través de ella, al resto del mundo. Puesto que algunas cosas que el Señor había deseado se cumplieron, como lo afirmó Nuestra Señora , a partir del 25 de enero de 1987, Nuestra Señora da sus mensajes a todo el mundo los 25 de cada mes Esto aún continúa.

Mirjana Dragicevic-Soldo, Ivanka Ivankovic-Elez y Jakov Colo tuvieron apariciones diarias hasta 1982, 1985, y 1998 respectivamente. Desde entonces, la Virgen se les aparece una vez al año y les da un mensaje. Debido a que el trabajo sobre los archivos está aún en curso, no estamos en condiciones de publicar los mensajes otorgados antes de 1995.

(http://www.medjugorje.ws)


Mensaje 25 de mayo de 2024


“¡Queridos hijos! En este tiempo de gracia, los invito a la oración con el corazón. Hijitos, formen grupos de oración en los que se exhortarán unos a otros al bien y crecerán en la alegría. Hijitos, aún están lejos. Por eso, continúen convirtiéndose y elijan el camino de la santidad y de la esperanza, para que Dios les dé paz en abundancia. Gracias por haber respondido a mi llamado. ”



Mensaje 25 de abril de 2024

“¡Queridos hijos! Estoy con ustedes para decirles que los amo, y los animo a orar porque Satanás es fuerte y cada día su fuerza es mayor a través de aquellos que eligieron la muerte y el odio. Ustedes, hijitos, sean oración y mis manos extendidas de amor para todos aquellos que están en tinieblas y buscan la luz de nuestro Dios. Gracias por haber respondido a mi llamado. ”

Mensaje 25 de marzo de 2024

“¡Queridos hijos! En este tiempo de gracia, oren conmigo para que el bien venza en ustedes y a su alrededor. De manera especial, hijitos, oren unidos a Jesús en Su viacrucis. Pongan en sus oraciones a esta humanidad que vaga sin Dios y sin Su amor. Sean oración, sean luz y testigos para todos los que encuentran, hijitos, a fin de que Dios misericordioso tenga misericordia de ustedes. Gracias por haber respondido a mi llamado. ”

Mensaje 18 de marzo de 2024 - Aparición anual a Mirjana Soldo

La vidente Mirjana Dragicevic - Soldo tuvo apariciones diarias desde el 24 de junio de 1981 hasta el 25 de diciembre de 1982. El último día de la aparición, después de confiarle el décimo secreto, la Virgen le dijo que durante toda su vida tendría una aparición una vez al año - el 18 de marzo. Así ha sucedido durante todos estos años y también este año. La aparición comenzó a las 13:23 y duró hasta las 13:27.
“Queridos hijos, yo estoy con ustedes gracias al amor misericordioso de Dios. Y por eso, como Madre, los invito a creer en el amor, amor que es unión con mi Hijo. Con el amor ayudan a los demás a abrir sus corazones para que conozcan a mi Hijo y lo amen. Hijos míos, el amor hace que mi Hijo ilumine sus corazones con Su gracia, crezca en ustedes y les dé la paz. Hijos míos, si viven el amor, si viven a mi Hijo, tendrán paz y serán felices. En el amor está la victoria. ¡Les doy las gracias! ”

Mensaje 25 de febrero de 2024

“¡Queridos hijos! Oren y renueven su corazón para que el bien que han sembrado dé frutos de alegría y de unión con Dios. La cizaña se ha apoderado de muchos corazones y se han vuelto estériles. Por eso ustedes, hijitos, sean luz, amor y mis manos extendidas en este mundo que anhela a Dios que es amor. Gracias por haber respondido a mi llamado. ”


Mensaje 25 de enero de 2024


“¡Queridos hijos! Que este tiempo sea un tiempo de oración. ”


Mensaje 25 de diciembre de 2023


“¡Queridos hijos! Les traigo a mi Hijo Jesús para que llene sus corazones de paz porque Él es la paz. Hijitos, busquen a Jesús en el silencio de su corazón para que renazca. El mundo necesita de Jesús, por eso, hijitos, búsquenlo en la oración porque Él se da diariamente a cada uno de ustedes. ”
Hoy, la Virgen vino vestida de fiesta y con el Niño Jesús en brazos. Jesús extendió su mano en señal de bendición, y la Virgen oró sobre nosotros en lengua aramea."


DOCUMENTACIÓN ACERCA DEL INFIERNO: fuego purificador


Diversas personas oyeron decir, no una, sino muchas veces, a Alberto Magno, Ministro General que fue de Predicadores, de cierto hombre cuya vida era de buen ejemplo, y en los ojos de todos, buena y santa, que, estando enfermo, y de enfermedad muy penosa, que rogó a Dios con lágrimas que con la muerte pusiese fin a tanto mal y tormento como padecía en aquella enfermedad. Apareciósele un ángel, y díjole que Dios había oído su oración, y que le daba a escoger, o que estuviese tres días en Purgatorio, o un año la enfermedad que tenía, y que, cumplido, iría luego al Cielo. El enfermo, que sentía la pena presente y no tenía experiencia de la ausente, dijo:

- Yo quiero morir luego, y no sólo tres días, sino cuanto más fuere la voluntad de Dios ser atormentado en el Purgatorio.

- Sea como dices -dijo el ángel.

Y en la misma hora murió, y su alma fue a Purgatorio. Pasó un día, y visitóle el ángel en su tormento, diciéndole:

-¿Cómo te va, alma que escogiste tres ddías de Purgatorio por no padecer un año de enfermedad?

Respondióle la alma:

-¿Y vos sois ángel? No debéis serlo, quue los ángeles no engañan. Me dijiste que estaría tres días en estas penas, y han pasado muchos años y no me veo libre de ellas.

El ángel le dijo:

- No los muchos años, sino lo terrible del tormento te fuerza a decir lo que dices, porque de los tres días sólo uno has estado en Purgatorio. Mas si te agrada hacer nueva elección, tu cuerpo no está aún sepultado, puedes volver a él, y por un año padecer la enfermedad que tenías.

Respondió el alma:

- No sólo un año, sino hasta la fin del mundo quiero más padecer el tormento y pena de la enfermedad que los dos días que quedan de Purgatorio.

Fue vuelta el alma al cuerpo, y no sólo padeció con paciencia la enfermedad, sino que refiriendo a muchos lo que le había sucedido, los exhortó a penitencia. Lo dicho es de Gulielmo, en el libro De Apibus.


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ORACIÓN PARA PEDIR POR LA SALUD Y PROTECCIÓN DEL PAPA




"Dale fuerzas para afrontar con determinación y eficacia los requerimientos de su gran misión, conserva puros su cuerpo y su alma, protégelo de la enfermedad y el mal..."


El papa Francisco muestra una gran fuerza, pero tiene 86 años y una actividad realmente intensa. ¿Quieres pedirle a Dios por su salud?


Regálale estas oraciones:


Querido Padre del cielo, de quien proviene toda paternidad,
que nos has regalado en este tiempo al papa Francisco para guiar tu santa Iglesia,
cuida con bondad de su salud, física y espiritual.

Dale fuerzas para afrontar con determinación y eficacia
los requerimientos de su gran misión.
Conserva puros su cuerpo y su alma,
protégelo de la enfermedad y el mal.

Que pueda sentirse bien,
y seguir llevando tu amor a muchas personas
con esa alegría y espontaneidad que le caracterizan,
con ese «sello Francisco» sencillo y desenfadado.

Gracias por su salud, por todos los dones que le has dado
y él comparte con todos,
por su equilibrio y su gran corazón.

Te ofrecemos sus achaques y dolores,
ocúpate de las partes de su cuerpo más débiles o necesitadas,
cuídale hasta que le llames a compartir tu plenitud,
muy cerca siempre de nuestra Madre, la Virgen de la salud.

Señor,
Buen Pastor de la Humanidad,
que confiaste a Pedro y a sus sucesores
la misión de fortalecer a los hermanos en la fe
y de iluminarles en la escucha de la Palabra
– en este lugar en que los Pastorcitos de Fátima
Testimoniaron una profunda devoción al Santo Padre
Y un intenso amor a la Iglesia,
Te pedimos que tu Espíritu de Sabiduría
ilumine al Papa N en su misión de Sucesor de Pedro;
que tu misericordia le proteja y conforte;
que el testimonio de tus fieles le anime en su misión
y que la tierna presencia de María sea para él señal de tu amor;
que él sea fuerte en la fe, audaz en la esperanza y celoso en la caridad.
Tu que vives y reinas con el Padre, en la unidad del Espíritu Santo.

Amén.

Padrenuestro. Avemaría. Gloria.

"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. CXVIII: Sacerdotes inactivos

Mensajes de Nuestro Señor Jesucristo a Sus hijos predilectos





CXVIII


SACERDOTES INACTIVOS





Hay muchos corazones sordos que no escuchan mi voz, esa dolorida voz de un Dios que quiere salvar al mundo, pero por sus sacerdotes.

El único medio eficaz para detener al infierno desatado es el sacrificio.

Hay en mi Iglesia tesoros que no se utilizan; PERLAS QUE NO SE VALORAN, GRACIAS Y DONES DETENIDOS, A MI PESAR, POR LA FALTA DE CELO DE LOS QUE SON MÍOS. ¡Si apreciaran mis sacerdotes el valor de una sola alma y se hicieran el cargo de lo que me ha costado!

Ahora bien, tratándose de las almas hermanas de sacerdotes caídos o por caer, ¿por qué ven este punto con apatía, con egoísmos, como si vieran rodar lo que nada vale? ¿Vieran qué dolor me causa el egoísmo fraternal y aun paternal en mi Iglesia, en quienes no ven lo mío como propio, y más que propio, por ser de origen sobrenatural y divino, como son las vocaciones sacerdotales que ruedan de abismo en abismo sin encontrar un dique? ¿Cómo despertar en las almas de muchos sacerdotes el celo por mi Iglesia y por mi gloria?

¡Cuántos sacerdotes viven tranquilos en su egoísmo y comodidad, creen que cumplen su santa misión y no se ocupan más que de sí mismos!

¿Qué no ven a su rededor necesidades urgentes en mi Iglesia que pueden remediar, si no con obras, sí y mil veces sí, con inmolaciones y sacrificios?

¡Ésas que no creen mis sacerdotes que sean obligaciones, lo son y graves! ¡ Cuántas veces me contristan, me lastiman y me hieren en la delicadeza íntima de mi Corazón!

Por estos sacerdotes también hay que orar y sacrificarse; por los pasivos, por los egoístas, por los que sólo se preocupan de sí mismos en lo poco y en lo mucho, por esos sacerdotes exclusivos, que vegetan en la vida de celo y en la vida espiritual, hay que pedir mucho, porque son más de lo que se cree, y me siento herido en lo íntimo de mi alma con su apatía y mediocridad.

¿Sacerdote, y sin acción? ¿Sacerdote, y sólo para sí mismo? ¿Sacerdote, y sin sacrificarse por los demás? Esto es una aberración, y serían sólo de nombre estos parásitos, si no fuera porque el carácter sacerdotal es imborrable y las obligaciones que impone sacratísimas. ¡Cuánto purgatorio, y hasta más, acumulan estos sacerdotes tibios!

Y esta parte desoladora y triste de mi Corazón vengo a presentarles, pero no tan sólo con el fin de participarles mi amargura, sino para que oren y se inmolen en mi unión por esta causa y con el fin de transformarles en Mí.

Estas almas sacerdotales olvidan su origen y los deberes que contrajeron en su ordenación. Son de las almas y viven para si mismos, dejan rodar el abismo a su rededor corazones que debían salvar, y no lo hacen con el vano pretexto de que no les toca, que no son de su cargo. ¡Como si las almas no fueran la misma vida del sacerdote!

¡Oh, y cuánto de esto hay en mi Iglesia, a veces patente y otras velado, pero siempre real, el egoísmo de muchos corazones! ¡Duermen tranquilos cuando el mundo se hunde, cuando las almas reclaman su auxilio, sus consejos, sus sacrificios, su acción salvadora y santificadora!

¿Cómo sacudir a estas almas sacerdotales que me costaron los íntimos y acerbos dolores de mi Corazón?

¿Cómo despertarlas de ese sueño de muerte que los paraliza para el cielo?

Sufro mucho con esta parte de mi Iglesia que vegeta en la inacción, que no comprende o no quiere comprender ni su misión sublime, ni mis ejemplos heroicos, ni mi infinito amor por las almas. Todo les cansa, todo les fastidia, y sólo sus propios gustos y caprichos forman su centro, y son para ellos el soberano al que obedecen…

Muy escogidos los tiene Satanás sin que ellos lo comprendan, no hacen daño—creen ellos—y lo hacen muy grande con su pereza y nulidad. ¿En dónde está su vida de sacrificio, ellos que diariamente me sacrifican en el altar?

¿En dónde está su fe, su oración, su mortificación, su ser para darme gloria?

Déjenme mis sacerdotes fieles levantarles el velo de mis martirios a sus ojos para que mis penas sean sus penas y los martirios de mi Corazón, sus martirios. Pero también para que en mi unión pidan, expíen, oren unan sus dolores a los míos y alcancen esas gracias poderosas para derretir el hielo de esos corazones congelados para el cielo y sólo sensibles para la tierra de sí mismos.

Es más difícil lo que hoy pongo a su vista, es decir, es más difícil hacer reaccionar a los corazones egoístas y tibios, fríos y sin fe, que a los que por desgracia o debilidad caen en horribles abismos, pero que tienen almas que vibran, que despiertan, que se conmueven, que recuerdan mis beneficios y con energías divinas vuelven arrepentidos a mis brazos. A esos pródigos los recibo gozoso, y restaño su sangre, y cicatrizo sus heridas, y los utilizo para mi gloria.

Pero a esos corazones débiles y sin fe, inactivos hasta para si mismos, ésos son los que causan náuseas a mi Corazón y me repugnan.

Pero quiero salvarlos, quiero que se pidan gracias poderosas al Espíritu Santo para transformarlos y conmoverlos: ¡son míos!

¿Cómo dejarlos vegetar, agostarse en la ociosidad y perderse? ¡Cuántos me darían mucha gloria! ¡Cuántos valen y no utilizan el Don de Dios! ¡Cuántos entierran sus talentos para vivir una vida inútil, sin pensar que llegará la muerte a sepultarlos sin haber dado fruto sobre la tierra!

Habiendo tanta mies en mi Viña, no hay suficientes obreros, porque ha cundido este vaho de infierno en muchos de mis sacerdotes que los aletarga, que los hipnotiza, que los paraliza para la gloria de mi Iglesia en las almas.

Muchos reaccionarán, esperan sus almas ese riego y llenos de fervor santo me darán gloria.

Pero y lo saben, mis gracias cuestan, y las gracias para mis sacerdotes cuestan más…ya lo saben…”

MENSAJES A MONSEÑOR OTTAVIO MICHELINI -

 ¿Por qué me ha escogido Dios?

¿Quién soy yo? Soy menos que un granito de polvo frente al universo, soy menos que una gotita invisible frente al océano, soy menos que un repugnante gusanillo que se arrastra en el fango de la tierra.


Soy un pobre sacerdote, entre tantos, el menos culto, el menos docto, el más desprovisto, un pobre sacerdote rico sólo en innumerables miserias de toda naturaleza.

...

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(Continuación)



18 de Septiembre de 1975

ESTOY EN MEDIO DE VOSOTROS

Hijo, en mis precedentes coloquios no han faltado alusiones a mi presencia en medio de vosotros. Hoy pretendo reclamar aún tu atención sobre esta Realidad divina, de la que podrán sacar inestimables dones en orden a la vida sea espiritual y eterna, sea material y terrena.

Yo, Jesús, Verbo Eterno de Dios, engendrado por el Padre desde siempre, en la plenitud de los tiempos hecho Carne en el seno virginal de mi Santísima Madre y Madre misericordiosa vuestra, estoy gloriosamente presente a la derecha del Padre en la gloria del Paraíso.

Estoy realmente presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en todas las Hostias consagradas del mundo; estoy y estaré en medio de vosotros hasta la consumación de los siglos, hasta el fin de los tiempos.

¿Cómo es que por muchos nunca se busca el porqué de esta presencia mía en medio de los hombres?

¿Por qué he querido permanecer en medio de vosotros, conociendo bien desde siempre qué trato me estaría reservado por los hombres? Odios, ofensas, injurias, frialdades, aunque no faltan, y no faltarán jamás almas generosas que me recompensan del mal de los impíos.

El porqué de mi presencia en el mundo tiene una sola respuesta, hijo mío: el Amor.


Mi palabra

¿Cómo ejerzo Yo mi presencia en mi Cuerpo Místico?

Primero con el don de mi palabra.

Yo he confiado a la Iglesia el patrimonio, el depósito espiritual de mi Palabra que es palabra de vida y de verdad: he tutelado este tesoro con la asistencia del Espíritu Santo.

Yo soy la Verdad, el Camino que mi Iglesia puede indicar con seguridad a todas las almas sin sombra de equivocación.

Los atentados contra Mí, Palabra de Dios, en el curso de los siglos han sido continuos y feroces. Herejes, pseudo - maestros y mentirosos instigados sin tregua por el Maligno, han hecho de todo para borrar de la faz de la tierra a Mí, Camino, Verdad, Vida, a Mí, Palabra de Dios. Pero inútilmente.

Este siglo en fin, materialista, no desperdicia medio ninguno, ninguna tentativa para destruirme: sectas, partidos ateos, corrientes envenenadas de filosofías perversas y demoledoras de todos los más sublimes valores espirituales, valores de verdadera civilización.

Pero ¿es posible que los hombres sean tan cortos de memoria para no recordar ya la trágica historia de este siglo, que es vuestra historia?

Lo que es extremadamente penoso es el hecho de que muchos de mis sacerdotes, antes que confiarse humildemente al Magisterio infalible de Mi Iglesia, erigiéndose con presunción en maestros, se han coaligado con los enemigos de la verdad, se han vuelto responsables de la difusión de no pocas herejías con gran daño para las almas

¿Porqué tantos sacerdotes míos se hacen promotores con Satanás de tanto daño para las almas? La soberbia ciega, sí verdaderamente ciega.


Mi Vicario

Yo estoy en medio de vosotros, hijo, en la persona de mi Vicario.

A él se le ha dado toda potestad para apacentar a los corderos y a las ovejas. Quien le ama, me ama a Mí, quien no le escucha, no me escucha a Mí, quien le combate me combate a Mí, quien le desprecia me desprecia a Mí.

Él sube a su Calvario día a día, pero muchos no se dan cuenta. Derrama lágrimas por los hijos que se vuelven lobos rapaces y hacen estragos de su grey. Como a Mí, se le hace objeto de escarnio, de odio y de guerra.

Él está al timón de mi navecilla en esta triste hora en la que el mar está fuertemente agitado y el sordo hervir del oleaje es presagio de próxima y salvaje tempestad.

Hijo mío, hace falta estar cercanos a mi Vicario, al dulce Cristo en la tierra, es necesario sostenerlo con la oración y con la ofrenda de los propios sufrimientos. Es necesario amarlo y hacerlo amar.

Todo lo que en bien o en mal se le hace a él, se me hace a Mí. Es necesario defenderlo de las insinuaciones satánicas, tan frecuentes, de sus enemigos.

Yo estoy en él, estoy presente en mi Iglesia en su persona.


La Eucaristía

Hijo, estoy además presente en la Iglesia en el misterio del Amor y de la Fe, quiero decir en el Misterio de la Eucaristía.

Estoy verdaderamente presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.

Esta presencia mía, si fuera creída, sentida y vivida en toda la sublime maravillosa realidad divina, por todos mis sacerdotes, se transformaría en tal fermento de purificación y vida sobrenatural, que se podría transformar aun por sólo mis sacerdotes, el rostro de la Iglesia y arrancar de mi Corazón misericordioso gracias y hasta milagros insospechados.

pero por desgracia no son muchos los que creen firmemente.

La mayoría cree débilmente; no faltan los que en realidad no creen en mi presencia eucarística.

Con razón mi Vicario en la tierra ha hablado repetidamente de crisis de fe, causa y origen de innumerables males.


Donde hay sufrimiento

Hay una cuarta forma de presencia mía en la tierra: estoy realmente presente en mis santos.

Santos son aquellos que viven de mi Vida divina. Estoy realmente presente en mis Santos que más tenazmente persiguen las más audaces conquistas de todas las virtudes cristianas.

Estoy realmente presente en los que sufren; donde hay sufrimiento ahí estoy Yo.

En fin estoy presente en las almas víctimas, en ellas encuentro mis complacencias, mis alegrías, ellas me recompensan abundantemente por las ofensas, insultos, blasfemias y sacrilegios de los que no me aman.

Ellas forman las delicias de mi Padre; las almas víctimas son las que han mitigado, detenido la ira de mi Padre por tantas iniquidades de esta generación perversa, que en lugar de apagar su sed en la fuente del Agua viva y pura, se afana en apagarla en las pútridas y enfangadas aguas de los pantanos llenos de miasmas.

Hijo mío, ámame mucho, sólo a Mí, con tu amor, con tú fe, con tu ofrecimiento.

Te bendigo y contigo bendigo a las personas por quienes rezas diariamente.



19 de Septiembre de 1975

BASTARÍA UNA MIRADA

Hijo, ¿Para qué sirven gloria, estima, riqueza y salud, prosperidad, ingenio y cultura si luego al final se pierde el alma?

Estas palabras fueron motivo para muchas almas de buena voluntad, de una radical regeneración espiritual o conversión.

Una seria y ponderada reflexión a esta invitación mía, puede llevar a las almas a la conquista de virtudes heroicas, a lograr la perfección y santidad.

Una seria meditación sobre esta advertencia mía ha llevado y puede llevar a muchas almas a descubrir aquella perla preciosa de la que Yo hablo en la parábola, por la que bien vale la pena cortar netamente con el pecado, a través de un resuelto desapego de los falaces bienes y afectos de este mundo. Y seguirme en el camino del Calvario, a cambio de una inmarcesible corona de gloria eterna en la Casa de mi Padre...

Hijo, el alma en pecado es como la piedra que, de lo alto, en virtud de la ley natural de la gravedad, se precipita hacia el fondo, aumentando en su caída de peso y de velocidad.

El alma en pecado se precipita hacia el fondo, aumentando en su caída el peso de sus culpas, de sus pasiones. ¿Qué ley natural puede detener e invertir una piedra cayendo de lo alto hacia abajo? ¿Qué ley natural puede invertir la bajada hacia abajo en ascenso hacia lo alto?

Ninguna ley natural puede hacer este milagro. Solamente una ley de orden superior lo podría hacer.

Sólo Yo soy la ley sobrenatural, esto es la Fuerza divina que puede detener al pecador en su ruinosa bajada hacia el precipicio e invertir su rumbo de descenso en subida, hacia lo alto, hacia la Vida.

Esto es lo que más ardientemente deseo hacer con todos los pecadores, pero en particular con mis sacerdotes arrollados por el maligno, por la concupiscencia del espíritu y de los sentidos.

Bastaría una mirada suya hacia Mí crucificado, una invocación suya a mi Corazón misericordioso, y que según el ejemplo de Pedro, me dijeran: “¡Sálvame, Señor, porque me ahogo entre las olas!”

¡Oh, hijo mío, cómo sería solícito en alargarles mi mano, para traerlos a salvo!


Yo amo a las almas

¿Te das cuenta de la trágica situación de muchos sacerdotes míos que están caminando a grandes pasos hacia la condenación eterna de su alma? ¿Puede haber sobre la tierra tragedia más grande, más horrible que ésta?

¿Puede haber engaño más diabólico que el que se ha difundido en nuestros tiempos, por pseudo - maestros afirmando que el Infierno no existe y que la Misericordia divina no podría permitir jamás la condenación eterna de un alma? Estos propaladores de herejías y errores quisieran anulada la Justicia divina, mientras deberían saber que en Mí, Misericordia y Justicia son indivisibles, porque en Mí son la misma única cosa.

Hijo mío, Yo soy la luz que ha venido a este mundo. La luz resplandece en las tinieblas, pero las tinieblas no la han acogido.

Yo amo a las almas. Quiero la salvación de las almas; para esto he venido, pero tengo necesidad de vosotros, de vuestra colaboración.

Vosotros sois mis miembros, y todos los miembros tienden al mismo único fin.

Yo tengo necesidad de vosotros, para que se cumpla en su plenitud el Misterio de la salvación.

Según mi ejemplo, según el ejemplo de mi Madre Santísima, de los mártires, de los santos, debéis abrazar generosamente vuestra cruz y seguirme. Si la cruz os parece pesada, vosotros sabéis que Yo estoy en vosotros para aliviar el peso.

Hijo, te he dicho y te lo repito: éste es un deber de justicia y de caridad; nadie se puede sustraer de él, mucho menos mis ministros.

No temas, estoy Yo para conducirte. Ve hacia adelante, no retrocedas y no te preocupes. Han rechazado mi Evangelio, han distorsionado mi verdad, no han creído a las almas víctimas, a las que he hablado. En sus palabras he puesto el sello de mi gracia; han resistido a todo.

He dictado a María Valtorta, alma víctima, una obra maravillosa. Yo soy el autor de esta obra. Tú mismo te has dado cuenta de las rabiosas reacciones de Satanás.

Tú has comprobado la resistencia que muchos sacerdotes oponen a esta obra que si fuera, no digo leída, sino estudiada y meditada llevaría un bien grandísimo a muchas almas. Ella es fuente de seria y sólida cultura.

Pero frente a esta obra, a la que está reservado un gran éxito en la Iglesia renovada, se prefiere la basura de tantas revistas y de libros de presuntuosos teólogos.

Te bendigo como siempre. Ámame mucho.


22 de Septiembre de 1975

LA COMUNION DE LOS SANTOS

Hijo, te he dicho repetidamente que Yo soy el Amor; donde hay amor estoy Yo.

Yo Soy el Amor Infinito, Eterno, Increado, venido a la tierra a reconciliar y por consiguiente reunir con Dios a la humanidad arrancada del odio.

El amor por su naturaleza tiende a la unión, como el odio por su naturaleza tiende a la división.

Nosotros somos Tres, pero el Amor Infinito nos une íntimamente en Uno solo, en una sola naturaleza, esencia y voluntad.

El amor me ha llevado a Mí, Verbo eterno de Dios hecho carne, a inmolarme a fin de que se diese a todo hombre la posibilidad de unirse en Mí a Dios, y formar Conmigo una sola cosa, como Yo soy una sola cosa con mi Padre que me ha enviado.

Hijo, desde hace más de cien años el Materialismo como sombra oscura y densa, envuelve buena parte de la humanidad.

Él ha ofuscado también en mi Cuerpo Místico, esto en el alma de muchos fieles y sacerdotes, el dogma de la Comunión de los Santos que es una realidad espiritual grandiosa, viva, verdadera y operante en Cielo y tierra.

No hay términos aptos para explicar su grandeza, potencia y actuación vibrante de amor y de vida. No hay palabras en vuestro lenguaje, aptas para hacer comprender el invisible, misterioso intercambio que encuentra su centro en mi Corazón misericordioso.

Pocas son las almas que han comprendido, y pocos son también los sacerdotes que, además de creer abstractamente, viven activamente en esta Comunión con los bienaventurados comprensores del Paraíso, con las almas en espera en el Purgatorio y con los hermanos militantes en la tierra.

La muerte, contrariamente a los prejuicios con respecto a ella, no pone fin a la actividad de las almas. La muerte que, con palabra más precisa deberíais llamar "tránsito", es un pasar del tiempo a la eternidad, que no es poner fin a la actividad del alma, sea en el bien, sea en el mal.


La familia de Dios

En cualquier familia ordenada en el amor, cada miembro que la constituye, concurre al bien común en un intercambio de bienes dados y recibidos en una comunión armoniosa.

En un grado con mucho superior, así es en la gran Familia de todos los hijos de Dios: militantes en la tierra, en espera en el Purgatorio y bienaventurados en el Paraíso.

Por tanto es necesario, con el fin de volver cada vez más rica de frutos divinos la fe en esta Realidad divina y humana, brotada de mi Inmolación en la Cruz, tener sobre ella ideas precisas.

Se debe:

1) Creer firmemente en el dogma de la Comunión de los Santos.

2) Cuando se habla de la familia de los hijos de Dios, los sacerdotes deben dejar bien claro que a esta familia pertenecen los peregrinos en la tierra, las almas en espera en el Purgatorio y los justos del Paraíso, esto es los santos.

3) Los sacerdotes (muchos de los cuales ponen el acento casi exclusivamente en las cuestiones sociales en favor de los hermanos militantes, deplorando con razón las injusticias perpetradas) olvidan casi siempre las injusticias más graves hechas en perjuicio de los hermanos que están en el Purgatorio.

Para tal gravísima omisión se necesita o no creer en el Purgatorio o no creer en el tremendo sufrimiento al que las almas purgantes están sometidas.

La necesidad de ayuda de las almas en espera es bastante más grande que la de la criatura humana que más sufre en la tierra.

El deber en fin de caridad y de justicia hacia las almas en pena es mas acuciante para vosotros en cuanto que , no raras veces, hay allí almas purgantes que su­fren por culpa de vuestros malos ejemplos, porque habéis sido cómplices con ellas en el mal o en cualquier forma ocasión de pecado.

Si la fe no es operante, no es fe.


La vida continúa

Hijo mío, se necesita hacer entender con claridad que la vida continúa después de la tumba.

Todos aquellos que os han precedido en el signo de la fe, sea que estén en el Pur­gatorio o ya en el Paraíso, todavía os aman con amor mas puro, más vivo y más grande.

Están animados por un gran deseo de ayudaros a superar las duras pruebas de la vida para que alcancéis, como ellos ya han alcanzado, el gran punto de llegada, el fin de la vida misma.

Ellos conocen ya muy bien todos los peligros que acechan a vuestras almas.

Pero su ayuda con respecto a vosotros, está condicionada en buena medi­da por vuestra fe y vuestra libre voluntad para acercaros a ellos con la oración y con la confianza en su eficacísimo patrocinio ante Dios y la Virgen Santísima.

Si los sacerdotes y los fieles están animados de vivísima fe, conscientes de los inagotables recursos de gra­cias, de ayudas y de dones que pueden obtener de este Dog­ma de la Comunión de los Santos, verán centuplicado su poder sobre las fuerzas del Mal.

Yo he dotado a mi gran Familia de riqueza y po­tencia insondable y la robustezco con la fuerza invenci­ble de un Amor infinito y eterno.


Recursos inutilizados

Mis sacerdotes instruyen a los fieles con palabras sim­ples y claras, diciendo que vuestros hermanos que han cum­plido ya en la tierra el periplo de su vida tempo­ral, no están divididos de nosotros, no están lejanos de vosotros.

Decid también que no están inertes y pasivos a vuestro respecto sino que, en un nuevo estado de vida más perfecta que la vuestra, os están cercanos, os aman. Ellos toman parte, en medida de la perfección alcan­zada, en todas las vicisitudes de Mi Cuerpo Místico.

Os repito que ellos no pueden descartar vuestra libertad pero, si son solicitados por vuestra fe y por vues­tras invocaciones, os están y estarán cada vez más cercanos en la lucha contra el Maligno.

Os miran, os siguen e inter­vienen en la medida determinada por vuestra fe y por vuestra libre voluntad.

Hijo mío, ¡qué inmensos tesoros ha predispuesto mi Padre para vosotros!

¡Cuán inmensos recursos inutili­zados!

¡Cuántas posibilidades de bien dejadas caer en el va­cío!

Se afirma creer, pero no hay más que un mínimo de co­herencia con la fe en la que se dice creer.

Te bendigo. ¡Ámame!



Domingo 23 de Septiembre de 1975

REVISAR DESDE NUEVAS BASES VUESTRA VIDA

Todo comandante de estado mayor, periódicamente reúne en torno a su mesa de trabajo a sus ayudantes.

Con ellos, mira, revisa y estudia los planes elaborados pa­ra la defensa y según la necesidad, también para el ataque contra los que se consideran enemigos. Estos planes son actualizados y reelaborados continuamente según el variar de las situaciones de los pueblos.

Ahora bien, hijo, y con mayor cuidado deberían hacer otro tanto aque­llos que, en Mi Iglesia y en mis iglesias, tienen el deber preciso e irrenunciable de preparar el malparado ejército de mis soldados (todos los confirmados son mis soldados) a la defensa de los ataques de sus enemigos espirituales: el demonio, el mundo, y las pasiones. ¡Y prepararlos no sólo para la defensa sino también para el ataque!

La batalla que mis soldados deben combatir es la más importante, la más necesaria, la más urgente de todas las guerras que se combaten en el mundo. La más necesaria porque del éxito de esta batalla de­pende la vida o la muerte eterna.

La más urgente porque las fuerzas bien organizadas y bien dirigidas del Mal quie­ren el predominio sobre las fuerzas del Bien y el prevalecer de éste sería determinante para el futuro de la Iglesia y del mundo.

La más importante, si no quieren sucumbir en el tiempo y en la eternidad.

Hijo, en un precedente coloquio, te he hablado con claridad de la gigantesca lucha que desde la creación del hombre, está en acto en el mundo.

Los cristianos, influen­ciados y sugestionados, parece hayan perdido el senti­do de su existencia, abatidos por la crisis de fe, originada por la antisocial oleada materialista. Mal guiados, no bien adiestrados, son espantosamente arrastrados por las fuerzas adversas del mal.

Urge poner la seguridad a la raíz y tener el valor de mirar a la cara la realidad si no se quiere ser sumergidos.


Remedios espirituales

— Señor, a mí me parece que hay tantas iniciati­vas y actividades en acción en tu Iglesia, precisamen­te para contener el mal.

Hijo mío, no faltan actividades e iniciativas, es­tudios y encuentros; hasta demasiados hay de eso. Pero te he dicho que urge poner la segur a la raíz, lo que quiere decir tener el valor de buscar las causas verdaderas de esta derrota del mundo cristiano de hoy.

El Concilio ha indicado estas causas, pero poquísimos las han tomado en serio. La mayoría con diabólica insen­satez, han tomado el apunte para generar confusión y anarquía en Mi Cuerpo Místico, entre mis soldados, entre mis fieles.

Los remedios para eliminar las causas de tantos ma­les espirituales no pueden ser sino espirituales.

Es obvio, los remedios os los he indicado con los luminosos ejemplos de mi vida, pasión y muerte.

El primer remedio, fundamental y seguro es una auténtica conversión.

Ninguno debe maravillarse, ni los fieles ni mucho menos los sacerdotes.

Comiencen mis sacerdotes a exami­narse sobre su vida interior ¡cuánto encontrarán que deben rehacer!

Rehacerse a sí mismos para rehacer a los demás, santificarse a sí mismos para santificar a los demás; menos lecturas inútiles y nocivas, menos televisión, menos espectáculos; más meditación y oración, más devoción a mi Ma­dre y Madre vuestra también, más vida eucarística.

Hijo, por muchos de mis sacerdotes soy tratado como un objeto, ni más ni menos que un objeto cualquiera. Sin embargo Yo, Jesús Verbo Eterno de Dios, Dios como el Padre mío, estoy realmente presente en el Misterio del Amor, en el Misterio de la Fe.


Saneamiento interior

Si mis sacerdotes tiene el valor de poner la mano en el arado para dar inicio a este saneamiento interior, Yo estaré con ellos, Yo los ayudaré, los asistiré, los consolaré a fin de que no fallen en sus santos propósitos y grande será también ayuda, la asistencia de mi Madre.

Desde aquí hijo mío, — dilo a tus hermanos sacerdotes — desde aquí se necesita iniciar la gran reforma para purificar y sobrenaturalizar mi Iglesia en buena parte pagani­zada.

Para esto deberían mis sacerdotes encontrarse, pa­ra elaborar en hermandad de intentos, los planes de defensa personal y social de mi Iglesia.

No teman: Yo estaré en medio de ellos. Entonces sí que les haré conocer mis ca­minos y mis pensamientos. En estos mis caminos los guiaré.

Dilo hijo mío, sin miedo, sin temor; arroja tu pequeña semilla y reza para que no caiga en terreno árido sino en terreno fértil y fecundo.

Te bendigo. Ámame mucho.



25 de Septiembre de 1975

SOMBRAS QUE ENVUELVEN MI IGLESIA

No es nuevo el asunto del que te hablaré. Ya otras veces te he señalado las sombras que envuelven a Mi Iglesia.

Te he dicho sombras, esto quiere decir que son varias pero todas tienen una única causa: "grandes crisis de fe".

La fe no es un producto del hombre, sino es un gran don de Dios; es un fruto precioso de mi Redención que brota de mi Corazón abierto y misericordioso.

Yo soy la vida de los hombres pero la vida es luz que resplandece en las tinieblas y que las tinieblas no han acogido.

La vida, hablo de mi Vida divina, se la puede acrecentar, desarrollar; se la puede apagar o debilitar a tal punto de privarla de toda fuerza y energía.

Mi Cuerpo Místico está en crisis, está envuelto de sombras oscuras, como la tierra cuando en el cielo se desencadena el temporal. Mi Iglesia está en crisis porque sus miembro están sofocando en la mordaza del materialismo, la Vida divina, la vida interior de la fe y con la fe, la esperanza y la caridad.

Te he hablado de lámparas apagadas, de lámparas que se apagan: son las almas de muchos sacerdotes míos y de muchísimos fieles en los cuales ya no late, ya no vibra la vida divina de la Gracia.

¿Para qué sirve una luz apagada? ¿Y un cadáver? Se lo entierra para evitar que de él se desprendan miasmas peligrosos e infecciones mortales.

Cada cristiano y, con mayor razón, cada sacerdote deben ser lámparas encendidas en el mundo envuelto en las tinieblas, para irradiar luz, para dar testimonio de Mí, Verbo de Dios hecho Carne, Luz del mundo.


Coherencia y fidelidad

Para hacer esto, hace vivir la propia fe con coherencia y fidelidad.

En los últimos años muchas veces mi Vicario ha elevado con fuerza su voz iluminada. Sacerdotes y cristia­nos en gran numero no han prestado oído a sus palabras, no rara vez hechas objeto de befa e irrisión.

¿Cómo, hijo mío, no estar profundamente apenado por tanta insensata e impenitente conducta?

El materialismo, que desde hace decenios y decenios se desfoga, alimentado por Satanás, ha contaminado a la humanidad; él está apagando cada vez en más almas el don incomparable de la fe, de la esperanza, de la caridad, de la vida interior y de la Gracia divina, sin la cual ninguno puede salvarse.

Hay sí, en mi Cuerpo Místico, brotes vigoro­sos. Conocidos u ocultos a los ojos de muchos, serán los gérmenes fecundísimos de mi Iglesia renacida, regene­rada y purificada en este actual desierto, porque tal se puede delinear hoy a mi Iglesia, donde abundan matorrales, cañas, espinas y ramas secas, volviendo el camino tan difícil a los buenos.

Pero cuando el incen­dio, que ya bajo las cenizas incuba, se inflame abrasará toda cosa, los nume­rosos retoños de vida recubrirán entonces el terreno purificado de los frutos de la locura humana, del orgullo, de la impureza y de toda otra abominación.

La tierra, como jardín exuberante y fecundo, dará asilo a los hombres vueltos juiciosos y sabios, reconciliados con Dios en Mí y entre ellos, y en el Amor vivirán en paz.


El sentido de la vida

Cuánto quisiera que sacerdotes y fieles, liberados del peso que los oprime y sofoca, reconquistaran el sentido de la vida, convirtiéndose a Mí, a la luz, a la verdadera vida regresando a la casa de mi Padre que los espera y los ama, no obstante su perversión.

Para esto, hijo, te hablo para que tu lleves a mis sacerdotes a conocer las amarguras de mi Corazón misericordioso y la angustia de mi Padre que ve a sus hijos, arrancados de su amor, caminar hacia la ruina y la muerte. Pobres almas, redimidas por Mí, ebrias y cegadas van dando tum­bos en la oscuridad.

Ignoran que la vida terrena, don de Dios Creador, está en orden a la vida eterna, ignoran que ella es breve y fugaz, que dura cuanto dura la hierba y la flor del campo que la hoz siega, se agosta y se seca.

¡Pobres hijos míos! Orgullo, vanidad y presunción los han envuelto en la oscuridad tanto que ya ni siquiera se reconocen.

Nada debe descuidarse, hijo, para obtenerles a ellos la gracia de una verdadera conversión porque, una vez más te lo digo, se trata para muchos de conversión.

Se necesita rezar y suplicar oraciones: ofrecer tribulaciones y contrariedades. Los sufrimientos sembrados en la vida de todos, si son aceptados con fe y ofreci­dos con generosidad son verdaderamente fermentos de gracia y de misericordia.

Pero el tiempo a disposición no es mucho. ¡Ay de no aprovecharlo!

Te Bendigo a ti y a las personas unidas a ti en la fe y en el amor fraterno.

Ámame mucho. Tu sabes que Yo te amo.


29 de Septiembre de 1975

ESENCIAL Y URGENTE REVISIÓN

Hijo, todo comandante de estado mayor reúne periódica­mente en torno a su mesa de trabajo a sus ayudan­tes. Con ellos revisa los diferentes planes de defensa y también de ataque; se da quehacer para que sus planes estén siempre bien estudiados, preparados según el sucederse las relacione de los varios pueblos circunvecinos, para que estén listos para toda coyuntura.

Así hacen los hombres que tienen responsabilidades sociales.

También en mi Iglesia y en mis Iglesias se debería haber hecho otro tanto con el mismo diligente y solícito esmero.

En mi Iglesia hay un inmenso ejército de confirma­dos que debe ser adiestrado para la lucha contra los enemi­gos del alma: los demonios, las pasiones y el mundo.

Toca a la Jerarquía, al los varios estados mayores de las Iglesias locales, organizar y conducir esta gigantesca batalla que se combate desde la creación del hombre y continuará sin in­terrupciones hasta el fin de los tiempos.

Ya he dicho que los hombres, ya sea tomados particular o socialmente, son objeto y víctima de esta lucha contra las oscuras y tenebrosas po­tencias infernales, para las que toda insidia y seducción son buenas con tal que se pierdan las almas.

Ya no se presta fe a esto por parte de muchos. Al no creer, no se valoran las fuerzas ni las posibilidades del Enemigo por lo que resulta imposible conducir una guerra bien organizada, si de ella no están convencidos ni sobre el plano individual ni sobre el plano social.

Es laudable la diligencia con el que algunos estados mayores preparan sus planes, convencidos de estar cumpliendo un deber. Es deplorable por el contrario la inercia de parte de estados mayores de otras Iglesias locales, que no saben ni preparar ni ejecutar sus planes de defensa ni de ataque contra todas las fuerzas del Mal.


Hasta demasiadas cosas

Se hacen sí muchas cosas: a veces hasta demasiadas cosas, que sirven bien poco para el fin, que es el de desbaratar las fuerzas del Maligno.

Los enemigos de la Iglesia, del bien y de la verdad se han hecho atrevidos y prepotentes; avanzan cada vez más y se hacen cada vez más insolentes, llegando a subvertir las leyes divinas y naturales ¿Por qué, hijo mío?

Muchas responsabilidades pesan sobre mi Iglesia por los muchos males que la afligen, a la base de los cuales está la crisis de fe, la crisis de vida interior.

No raramente se ha llegado a ser cómplices de los enemigos de Dios y de la Iglesia. Debilidad, morboso amor al prestigio, falta de unidad, verdadera y propia anarquía. Ha sido des­figurada la fisonomía de los hijos de Dios y de los minis­tros de Dios.

¡Es tiempo de despertar! Es tiempo de poner la segur a la raíz. Quiero decir que es tiempo de responder a mi insistente invitación a una verdadera conversión, antes que sea demasiado tarde.

Es tiempo de que los dife­rentes estados mayores de mis Iglesias cesen de perder tiempo en cosas o iniciativas inútiles. Tienen el yerro de no ir a las raíces de los males.


Examen de conciencia

La gravedad de la situación impone un plan válido para todos, para llevarse a la práctica por todos al vértice y a la base, con obligado examen de conciencia que lleve a las siguientes conclusiones:

—¿Estamos convencidos de la necesidad de revisar seriamente la concepción sobre la que está basada nuestra vida? ¿Es vida integralmente cristiana? ¿O en parte pagana? ¿O del todo pagana?

— ¿Estamos dispuestos a elaborar un nuevo plan de vida interior? ¿Un nuevo modo de vivir nuestra fe, la espe­ranza, la caridad, la vida de gracia?

—¿Estamos dispuestos a hacer lo que hacen tantos hombres con laborioso empeño, para adiestrarnos contra las fuerzas del Mal con una verdadera cruzada de oración y de penitencia?

—¿Estamos dispuestos a hacer callar los tumultos que se levantan en torno a nosotros (y son tantos) para escuchar en el silencio y en el recogimiento las invitaciones que nos vienen de lo Alto, para ayudarnos a conjurar los peligros que nos dominan?

—¿Estamos dispuestos a retornar a una devoción viva, sincera, a la Madre de Jesús y Madre nuestra? ¿A acoger su llamada a la mortificación y a la penitencia?

—¿Estamos dispuestos a un regreso sincero y vivo a Jesús Eucaristía?

Si mis sacerdotes, tan ocupados en tantas actividades, quieren ser objetivos, deben admitir que no obstante su febril trabajo, no ofrecen ya, salvo excepciones, motivos de credibilidad.

¿Se han seca­do quizá las fuentes de la Gracia? ¡No! Mi Corazón misericordioso está siempre abierto.

En sí mismos deben volver a buscar las causas. Se necesita poner la segur a la raíz; quiero decir que urge que cambiéis la ruta primero vosotros sacerdotes, si queréis que el grueso del ejército os siga.

Para esto sí que vale la pena de encontrarse y en una leal y sincera fraternidad elaborar un nuevo plan de reforma espiritual. ¿No es esto al fin lo que os pide el Concilio?

Vida de gracia, unidad y obediencia, fin de la anar­quía, lucha contra el demonio y contra el mal sin descender a compro­misos, son los grandes temas que verdaderamen­te hay que profundizar, en el vértice y en la base.

¿Qué se espera todavía para hacerlo?

Miedo, vergüenza, respeto humano, apego a una vida cómoda... ¡Convertíos, convertíos! No os dé miedo ni os escandalice esta invitación.

Yo y Mi Madre, que tanto os amamos, estaremos a vuestro lado. Se trata de la salva­ción de vuestra alma y de aquellas que se os han confiado.

Hijo, te bendigo; ámame.

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís