FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

ORACIONES POR EL PAPA BENEDICTO XVI.




ORACIÓN POR EL PAPA BENEDICTO XVI

Te ruego, Señor, por el Papa Benedicto, Por su difícil ministerio de ovejas, En este tiempo tan difícil, Cuando nuestra oración se hace tibia Y los atractivos del mundo Entran en nuestro corazón ; Te suplico por el Papa Benedicto En este tiempo de tanta guerra Y de tanta violencia; Te ruego por el Papa Benedicto Cuando el maligno se ceba contra la Iglesia y su “Piedra” ; Te suplico por el papa Benedicto.  


Por su ministerio de ovejas, En sus difíciles viajes Para que lleve la paz y la unidad; Te ruego por él Cuando parece que el amor por la Iglesia debilita y mucho las pequeñas ovejas sin pastores, y algunas no lo reconocen ya; Te ruego, Señor que bendigas al Papa Benedicto. 



ORACIÓN POR EL PAPA RATZINGER 

Que su mirada sea siempre humilde y mire desde su trono del cielo a la tierra y de la tierra a ti, Dios; Concédele todo lo bueno y lo bello, que tú, Creador, conoces, eres y haces, y, si puedo pedir algo absurdo, inventa todavía Tú, y crea algo extraordinario para él: Papa Benedicto que has sido llamado a la sede de Pedro así como los Santos Apóstoles, Pedro y Pablo están con los ángeles, vestidos de blanco y radiantes de su cristiano Resplandor; 

Haz, Señor, que pueda transmitir Tu Belleza y Tu Bondad; que su espontaneidad esté llena de ti para que desborde de sentido y vida para nosotros; que su sonrisa se la huella y caracterice la tuya, para que pueda transmitir la alegría en donde hay tristeza y paz en los corazones en los que hay error y horror humano; Que sus manos puedan bendecir en donde el hombre maldice, bendición que viene de ti, Señor Dios. Bendícelo, Señor al Papa Benedicto XVI Amén. 



ORACIÓN POR EL PAPA 

Oh Jesús, Rey y Señor de la Iglesia: renuevo en tu presencia mi adhesión incondicional a tu vicario en la tierra, el Papa. En élTú has querido mostrarnos el camino seguro y cierto que debemos seguir en medio de la desorientación, la inquietud y el desasosiego. Creo firmemente que, por medio de él, Tú nos gobiernas, enseñas, santificas, y bajo su cayado formamos la verdadera Iglesia: una, santa, católica y apostólica. Concédeme la gracia de amar, vivir y propagar como hijo fiel sus enseñanzas. Cuida su vida, ilumina su inteligencia, fortalece su espíritu, defiéndelo de las calumnias y de la maldad. Aplaca los vientos erosivos de la infidelidad y la desobediencia, y concédenos que, en torno a él, tu Iglesia se conserve unida, firme en el creer y en el obrar, y sea así el instrumento de tu redención. Así sea. 



PAPA BENEDICTO XVI

Señor mío, te ruego por el papa Benedicto para que forme parte de mi cuerpo que sufre, que esté en mi corazón en el que hago mi humilde y confiada oración para que tenga la ternura de Pedro y sea testigo de amigos y enemigos, aunque para nosotros no pidamos nada.” Te ruego que sea fuerte en la fe, la esperanza y la caridad, y tu que rostro esta siempre en presencia de él, rostro doloroso y glorioso del Rey del Universo; esta suerte de “vértigo de amor” que parece haber tomado, cuida el lugar de su Estancia: Tú Señor, haz que sus palabras sean tus Palabras y se conozcan como la de “Deus Caritas”, y su misión lleve frutos y que la cosecha entre nosotros sea abundante.


EN LAS FUENTES DE MI DIVINO CORAZÓN - TOMO 1 - ENTREGA 1.

REVELACIONES AL HERMANO AGUSTÍN.  
Mensajero de los Sagrados Corazones Unidos y Traspasados de Jesús y de María.

Libro "María Madre del Segundo Advenimiento"

Relatos divinos para comprender los acontecimientos que marcan la real historia de lo que muchos creyentes llamamos "Últimos tiempos", mediante los cuales tenemos la oportunidad de estar a salvo en toda circunstancia.

Revelaciones dadas a un alma
a quien Jesús le llama cariñosamente
Agustín del Divino Corazón.



INTRODUCCIÓN
Este pequeño libro (por su texto) pero que tiene un profundo contenido (pues, todo es dictado por el cielo, en locución interna, a un alma), posee algunas de las enseñanzas del LIBRO DE ORO de Jesús, que las titula EN LAS FUENTES DE MI DIVINO CORAZÓN.


Él desea que estas enseñanzas se difundan por el mundo entero, que está envuelto en una gran tiniebla, las tinieblas del pecado. Que toda persona que desee salvarse, las lea, las practique y las divulgue; que esparza esta semilla, semilla que germinará a su debido tiempo en los corazones endurecidos, que se ablandarán y volverán los ojos a Dios, si oramos por ellos, que tanto lo necesitan.


Estas almas sufren y sufrirán mucho en la parte dura de la tribulación, que ya está prácticamente sobre nosotros, sobre toda la humanidad.


El deseo de Jesús es que todos nos salvemos, dejando el orgullo y la prepotencia, que es propia de Satán que nos quiere separar de Dios.


Que cada uno reconozca al Ser Supremo, a Dios, pida perdón y misericordia por sus pecados y le rinda adoración, obediencia y sumisión a su Voluntad, practicando el amor al prójimo, a través de la caridad, que la puedo realizar con las obras de misericordia.


Cada uno de los mensajes, escritos en este libro, son Palabras de Amor, mensajes de Amor (como Él los llama) que te las dice a ti lector y que llegarán hasta lo más profundo de tu alma y de tu ser, si las lees y las meditas. Es Jesús que te habla; deja que Él te guíe, entrégate; déjate conducir por Él, que desea tu conversión.


 Hallarás el camino rápido que te llevará a Jesús, por medio del Inmaculado Corazón de María; y con la Luz del Espíritu Santo verás cada día mejor la misión, tu misión en este mundo, para que cuando te presentes ante Dios, estés con las manos llenas de buenas obras, que son las que hablarán por ti y Dios te regalará el cielo prometido, la felicidad perfecta, gozando de su infinito amor por toda la eternidad.


Francisco de las sagradas llagas



PREAMBULO


Esta obra comenzó cuando trajeron las reliquias de Santa Margarita Maria de Alacoque a mi ciudad; y en ese día sentí la imperiosa necesidad de donarme por completo a Dios; le rendí homenaje a esta Santa, la depositaria de las gracias del Sagrado Corazón de Jesús, e hice una confesión general acompañada de las promesas evangélicas de pobreza, castidad y obediencia en las que el sacerdote muy generosamente recibió mi humilde ofrecimiento.


Participé con alegría en la Eucaristía celebrada en su honor, naciendo dentro de mí una fuerte devoción al Sacratísimo Corazón de Jesús.


Unos meses después, empecé a recibir comunicaciones del cielo por medio de locuciones interiores que me invitaban a tomar el lapicero y el papel, para escribir mensajes de amor, que posteriormente se darían a conocer a personas humildes, sedientas de beber en las Fuentes de su Divino Corazón. 


Estas locuciones interiores varias veces han ido acompañadas de visiones, profecías y palabras de conocimiento en las que Nuestro Señor y la Santísima Virgen nos invitan a una conversión verdadera y a una entrega absoluta a su Divina Voluntad bajo la protección de los Sagrados Corazones de Jesús y de Maria, devoción para el final de los últimos tiempos.


Las dudas se apoderaron de mí, en la que muchas veces me rehusaba a escribir, llegando incluso a romper muchos de estos mensajes porque me era imposible creer que el Señor, en mi indignidad, hubiera puesto sus ojos en mí para esta noble e incomprensible misión.


Dios en su infinito amor se vale de almas indignas, para mostrar que es Él.


Dedico este libro a mi familia y al grupo de hermanos, con los que me reúno a orar (incluyendo a un sacerdote muy amado por nuestra madre del cielo), a los que agradezco por su apoyo y credibilidad a estos mensajes, siendo ellos hoy testigos de las manifestaciones divinas para el día de mañana ser mensajeros de su amor.


Mi sentimiento de gratitud, a todas las personas que se acercan a este libro con fines de agradar única y exclusivamente al los Sacratísimos Corazones.


En obediencia al Señor, se han publicado sus mensajes de amor para Gloria y Honra de los Sagrados Corazones de Jesús y de María.



Agustín del Divino Corazón.




MENSAJES DE AMOR

Orad con vuestro Ángel de la guarda
(Marzo 21/07)

Jesús dice: Orad… Orad.


El cielo está lleno de Ángeles desocupados. Os di, a cada uno de vosotros, un ángel de la guarda que os custodiará, que os guiará, que os allanará caminos para ese encuentro triunfante conmigo.


Invitad a vuestros ángeles de la guarda a orar con vosotros desde vuestros corazones. Ellos, según sea la intensión de vuestros corazones, os presentarán copones de oro, plata o bronce.


Los ángeles de la guarda batallarán contra las huestes del mal con el fin de ayudaros a vencer tentaciones y obstáculos que el enemigo pone.


Rosita de santa María: Te regalé a ti, pequeña mía, el nombre de tu ángel de la guarda. Invítalo en tus viajes, a tus visitas, invítalo a planear junto contigo.


En el final de estos últimos tiempos es necesario hacer uso de los Sacramentales.


Levantaos pequeños míos, abanderaos de mi presencia. Rosita de santa María: Así como un día te anuncié que te llevaría al jardín de mi Madre, hoy también te anuncio un retiro especial, un encuentro especial que tendrás conmigo. Os invito a orar desde la profundidad de vuestro corazón, a guardar cada acontecimiento que os suceda en vuestro interior y a entregar todo al Señor como lo hice Yo en mis momentos de dificultad.


En ningún momento me desesperé, la tribulación no se apoderó de mí, porque confié en la obra redentora, porque confié en la obra que mi Padre haría en mí y en todas las criaturas.


La VirgenMaría dice:

La oración es el alimento que os fortalecerá, que os robustecerá en vuestras debilidades. Alimento que os acercará a Jesús. Contemplad ese nardo purísimo de celestial perfume que fue mi Jesús. Ese Jesús que llevé con amor, con ternura en mi vientre virginal.


En vuestros momentos de dificultad, de necesidad, recordad aquella manifestación del cielo: todo lo que vosotros pidáis, por los méritos de la infancia de Jesús, nada será negado.


Azucena: Jesús en esta tarde, sin tú pronunciar palabra, ha tomado tu ofrecimiento como alma víctima, como alma reparadora. Esa es una especial vocación a la cual Jesús te pide.


Mi pequeña Flor: Te he plantado en el jardín de mi Corazón. Tu nombre no es al azar, ya estaba escrito en el libro de la vida. Eres pequeña flor, eres ese pequeño girasol que apunta siempre hacia el cielo.


Haced de vuestros corazones, pequeños capullos que apenas empiezan a abrir. Pide, pequeña mía, por la hermana Dolores, ella necesita oración, aquella que llamé estando en medio de una Eucaristía.



Necesito almas que oren en la noche
Marzo 23/07

Jesús dice:

Necesito centinelas que oren en la noche, necesito centinelas que enciendan las llamas de sus corazones con una llama ardiente de amor, con rayos fulgurantes de ternura, de misericordia y de acompañamiento.


Necesito almas eucarísticas, almas eucarísticas que desde la soledad de su cuarto de la noche se remonten espiritualmente al Tabernáculo más solitario y me hagan compañía.


Necesito almas a las cuales les pueda robar parte de su sueño, para que la dediquen a la oración, para que la dediquen a la reparación, para que la dediquen a hacerme compañía.


Necesito almas que abracen la cruz con amor.

.....

Vea el especial de la primera entrega total hecha a partir del tomo II, siguiendo el enlace en la siguiente imagen.











LA VANAGLORIA HUELE A IDOLATRÍA.

La vanagloria huele a idolatría, ya que idolatra al ego, lo coloca en el trono de Dios. La vanagloria aparece en la Sagrada Escritura como uno de los vicios más repugnantes a la par que corrientes de las personas.

La persona se muestra como un pavorreal, pagada de sí misma, convencida de que es superior a los demás y sintiendo una estimación exagerada y absurda de sí misma.

San Pablo dice: el amor no se engríe, no es presuntuoso. El presumido no sólo se siente superior a los demás, sino que además lo hace saber a otros que lo es. Cuando San Pablo escribió su Himno a la caridad (1Cor 13, 1-13) en la comunidad de Corinto habían surgido camarillas, grupos elitistas que se jactaban de los carismas que el Señor les había donado. El apóstol, destrozó semejante arrogancia con el hermoso símil del cuerpo humano (1Cor 12).


El P. Albert Joseph Mary Shamon narra lo siguiente:


Recuerdo a un anciano de Belfast, Irlanda, quien entró a la sacristía después de una homilía en la que yo mencioné al Titanic. El me dijo: «Yo trabajé en él. Cuando fue botado, todos nosotros, los católicos irlandeses dijimos que era un barco predestinado a desaparecer». Yo le pregunté por qué. Él me respondió: «la inscripción sobre el casco dentro del barco era una blasfemia; una inscripción que temerariamente se jactaba: ni Dios podría hundir este barco». La historia subsiguiente la conocemos todos.


Con su magistral agudeza Santo Tomás de Aquino manifiesta que la vanagloria es la raíz de una serie de defectos que pueden convertirse en auténticos pecados contra Dios y los prójimos.

Las hijas principales de la vanagloria serían las siete siguientes:

La jactancia en el hablar, ya que se gloría de su propia ciencia y goza de escuchar sus razonamientos y hasta el timbre de su propia voz.

El desordenado afán de novedades con que pretende continuamente atraer hacia sí el interés y la atención de los demás.

La hipocresía que aparenta buenas obras que no existen en la realidad, pero que conviene señalarlas para no perder su puesto relevante ante los demás.

La pertinacia que no quiere rendir nunca su entendimiento ante los demás como si fuera el único o el más genuino poseedor de la verdad.

La discordia que es el aferramiento a su propia voluntad, lo que impide que sopese el valor de los argumentos de los demás, pues, lo que le importa es dominar siempre a los otros.

La discusión clamorosa que quiere quedar siempre triunfante, y, además, no sólo en la intimidad, sino ante un público que puede admirar su sabiduría excepcional según él. San Pablo etiquetó a los jactanciosos como bronces ruidosos y címbalos estruendosos. Como consecuencia ninguna persona inteligente escucha a un jactancioso.

Y, la desobediencia, porque nunca está dispuesto a aceptar la humillación del sometimiento, manteniéndose en sus argumentos aunque sean tan débiles que se caen por su propio peso, sin necesidad de discusión.

La vanagloria nace con la persona humana, es una de las inevitables herencias de todo mortal. Algunos se percatan de su existencia y de su peligro, y luchan por desterrarla, pero son pocos, ya que su perfume gusta a todos.

La vanagloria es una exageración impúdica del propio valer. Al mismo tiempo que el olvido de que toda buena cualidad es un don de Dios, que nos lo puede quitar en cualquier momento. Un ataque cerebral puede ofuscar la más clara inteligencia, una parálisis no deseada puede destruir la carrera del más brillante atleta. Una afonía inesperada puede hacer fracasar al más eminente de los cantores. Una ceguera puede aniquilar el porvenir profesional de un excelente cazador de fieras.

El sujeto aborrece estas desgracias y sólo cuando llegan, se da cuenta de que su vanagloria anterior, era una exageración en la aplicación de los méritos a sus propias habilidades.

Job el bíblico es un magnífico ejemplo. Perdió contra su voluntad las mejores facultades y la salud, despreciado hasta por su propia mujer. Pero recuperó todas sus cualidades por una espléndida donación divina, y sólo entonces se percató de su inutilidad sin Dios.

El amor, por tanto, no se engríe ni presume. El amor es humilde, es modesto, busca agradar solamente a Dios, como Nuestro Señor mismo lo aconsejó: ora en secreto, ayuna en secreto, da limosna en secreto (cf. Mt 6, 1-18). Oculta tus buenas obras, como el mar lo hace con las perlas.


FUENTE: http://infocatolica.com

"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. L: Pereza.

Mensajes de Nuestro Señor 
Jesucristo a sus Hijos Los Predilectos.


("A Mis Sacerdotes" de Concepción Cabrera de Armida)
L


PEREZA
La pereza para mis sacerdotes es un filón que Satanás explota para sus fines contra Mí. Porque impide el celo que los sacerdotes deben tener por mi gloria. Es muy fino y astuto Satanás con sus pretextos, con sus exageraciones, con sus múltiples excusas de ningún valor en un alma que de veras me ama. Sabe poner la inercia, el fastidio, el cansancio, y el desaliento en el corazón del sacerdote para desarrollar en él la pereza y disculpar a sus mismos ojos, con frívolos motivos, lo que es solo pereza en mi servicio.


¡Cuánto perjudica a mi Iglesia y en ella a las almas este vicio capital que tanta gloria me quita! Muchos sacerdotes hay que se forman la conciencia y creen cumplir sus deberes con decir la Misa más o menos fervorosamente y rezar el Breviario con más o menos devoción, cómo sino hubiera almas a quien atender y evitarle peligros y santificarlas para mi gloria; como si no hubiera enemigos que atacan la plaza de mi Iglesia en mil formas y con diferentes medios.


¿Será posible que trabaje más Satanás para perder las almas que mis sacerdotes para salvarlas? Y la pereza corporal y espiritual es la causa de ese poco celo y de esa inercia que los aprisiona; es el sopor con el que el demonio adormece a las almas sacerdotales en muchas ocasiones. Se creen cansados, enfermos y aun con falsas humildades, inútiles para mi servicio, dejan la carga para otros y descansan ellos, como si ese tiempo precioso de males imaginarios no nos perteneciera a Mí y a las almas.


Un sacerdote que no sabe en que emplear su tiempo no es digno ni del nombre que lleva ni de la sublime misión que le he confiado. ¿Cómo matar el tiempo quien debe emplearlo todo en mi servicio, en su ministerio, en su apostolado, en su oración, estudio y trato íntimo Conmigo? Activo es el Espíritu Santo en el que debe arder el corazón del sacerdote digno del cargo que ha recibido, del sacerdote fiel a su vocación y que no debe desperdiciar ni un átomo del don de Dios, ni una sola ocasión de hacer el bien.


El sacerdote es sembrador y su misión es arrojar la semilla en las almas, cultivarlas y presentarlas al Padre como maduros frutos que Él debe cosechar. Un sacerdote perezoso que busca su comodidad exageradamente, que se tiene muy en cuenta en lo que toca a su cuerpo, que piensa mucho en sí mismo, está muy lejos del Espíritu Santo que es, repito. Espíritu activo, que es de fuego, que no descansa de trabajar en las almas que se le prestan, que no cesa de derramarse siempre en dones y gracias e inspiraciones, porque es el continuo movimiento de efluvios santos en la Trinidad y en las almas.


Por eso los sacerdotes que tienen en la Iglesia la misión de dar la vida a las almas y de formarlas para el cielo, de infundirles lo divino, de predicar e insistir a todas horas y siempre en la extensión de mi Evangelio, más que nadie deben vivir unidos al Espíritu Santo y desterrar toda pereza que los detenga en su alta y activa misión.


No hay cosa más quieta que Dios ni más activa que Dios en el amor. Así los sacerdotes deben tener el alma quieta con la paz de los santos, y al mismo tiempo deben arder con el celo de las almas y con sed ardiente de impulsarlas para el cielo, de librarlas de los peligros, de enamorarlas de lo que no pasa, de lo eterno, de Mí, crucificado por su amor, de María, de las virtudes y de mi imitación.


Y todos estos vicios y defectos que he enumerado ¿cómo se quitan? Por un solo medio, por la transformación de los sacerdotes en Mí. Entonces sentirían como Yo, amarán con el Espíritu como Yo, salvarán a las almas como Yo y las ofrecerán a la Trinidad como Yo”.

¿Qué es la Cuaresma?



Cuaresma: 40 días para la reconciliación


Tiempo litúrgico que recuerda los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto. Es un tiempo de reconciliación


Origen y significado de la fiesta

La Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión, que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua.

Es tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y de cambiar algo de nosotros para ser mejores y poder vivir más cerca de Cristo.

La Cuaresma dura 40 días, comienza el Miércoles de Ceniza y termina el Jueves Santo.

También cabe decir que la liturgia considera el Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de resurrección, toda una celebridad junta llamada "Triduo Pascual".

Inicialmente, la Cuaresma iba desde el Primer Domingo de Cuaresma al Jueves Santo, pero a raíz de una reforma litúrgica, se descontaron los domingos por considerarlos pascuales y no penitenciales. Para "cuadrar", se añadió a la cuaresma los días que van del Miércoles de Ceniza hasta el Primer Domingo de Cuaresma. De esta manera salen los 40 días. Actualmente, y lo repito de nuevo, la Cuaresma va desde el Miércoles de Ceniza hasta el Jueves Santo

A lo largo de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos vivir como hijos de Dios. 

El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa luto y penitencia. Es un tiempo de reflexión, de penitencia, de conversión espiritual; tiempo de preparación al misterio pascual. 

En la Cuaresma, Cristo nos invita a cambiar de vida. La Iglesia nos invita a vivir la Cuaresma como un camino hacia Jesucristo, escuchando la Palabra de Dios, orando, compartiendo con el prójimo y haciendo obras buenas. Nos invita a vivir una serie de actitudes cristianas que nos ayudan a parecernos más a Jesucristo. 

El pecado nos aleja de Dios, rompe nuestra relación con Él, por eso debemos luchar contra él pecado y ésto sólo se logra a través de la conversión interna de mente y corazón. 

Un cambio en nuestra vida. Un cambio en nuestra conducta y comportamiento, buscando el arrepentimiento por nuestras faltas y volviendo a Dios que es la verdadera razón de nuestro existir. 

La Cuaresma es el tiempo del perdón y de la reconciliación fraterna. Cada día, durante toda la vida, hemos de arrojar de nuestros corazones el odio, el rencor, la envidia, los celos que se oponen a nuestro amor a Dios y a los hermanos. 

La Cuaresma es un camino hacia la Pascua, que es la fiesta más importante de la Iglesia por ser la resurrección de Cristo, el fundamento y verdad culminante de nuestra fe. Es la buena noticia que tenemos obligación de difundir.

En Cuaresma, aprendemos a conocer y apreciar la Cruz de Jesús. Con esto aprendemos también a tomar nuestra cruz con alegría para alcanzar la gloria de la resurrección.

La duración de la Cuaresma está basada en el símbolo del número cuarenta en la Biblia. En ésta, se habla de los cuarenta días del diluvio, de los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto, de los cuarenta días de Moisés y de Elías en la montaña, de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública, de los 400 años que duró la estancia de los judíos en Egipto.

En la Biblia, el número cuatro simboliza el universo material, seguido de ceros significa el tiempo de nuestra vida en la tierra, seguido de pruebas y dificultades. 


El ayuno y la abstinencia en la Cuaresma

El ayuno consiste en hacer una sola comida fuerte al día.

La abstinencia consiste en no comer carne.

Son días de abstinencia y ayuno el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.

La abstinencia obliga a partir de los catorce años y el ayuno de los dieciocho hasta los cincuenta y nueve años de edad.

Con estos sacrificios, se trata de que todo nuestro ser (alma y cuerpo) participe en un acto donde reconozca la necesidad de hacer obras con las que reparemos el daño ocasionado con nuestros pecados y para el bien de la Iglesia.

El ayuno y la abstinencia se pueden cambiar por otro sacrificio, dependiendo de lo que dicten las Conferencias Episcopales de cada país, pues ellas son las que tienen autoridad para determinar las diversas formas de penitencia cristiana.

Cómo vivir la Cuaresma

1. Arrepintiéndome de mis pecados y confesándome.
2. Luchando por cambiar yo mismo.
3. Haciendo sacrificios.
4. Haciendo oración.

1.-Arrepintiéndome de mis pecados:

Pensar en qué he ofendido a Dios, Nuestro Señor, si me duele haberlo ofendido, si realmente estoy arrepentido. Este es un muy buen momento del año para llevar a cabo una confesión preparada y de corazón. Revisa los mandamientos de Dios y de la Iglesia para poder hacer una buena confesión. Ayúdate de un libro para estructurar tu confesión. Busca el tiempo para llevarla a cabo.

2. Luchando por cambiar:

Analiza tu conducta para conocer en qué estás fallando. Hazte propósitos para cumplir día con día y revisa en la noche si lo lograste. Recuerda no ponerte demasiados porque te va a ser muy difícil cumplirlos todos. Hay que subir las escaleras de un escalón en un escalón, no se puede subir toda de un brinco. Conoce cuál es tu defecto dominante y haz un plan para luchar contra éste. Tu plan debe ser realista, práctico y concreto para poderlo cumplir.

3. Haciendo sacrificios:

La palabra sacrificio viene del latín sacrum-facere, que significa “hacer sagrado”. Entonces, hacer un sacrificio es hacer una cosa sagrada, es decir, ofrecerla a Dios por amor. Hacer sacrificio es ofrecer a Dios, porque lo amas, cosas que te cuestan trabajo. Por ejemplo, ser amable con el vecino que no te simpatiza o ayudar a otro en su trabajo. A cada uno de nosotros hay algo que nos cuesta trabajo hacer en la vida de todos los días. Si esto se lo ofrecemos a Dios por amor, estamos haciendo sacrificio. 

4. Haciendo oración:

Aprovecha estos días para orar, para platicar con Dios, para decirle que lo quieres y que quieres estar con Él. Te puedes ayudar de un buen libro de meditación para Cuaresma. Puedes leer en la Biblia pasajes relacionados con la Cuaresma.

Sugerencias para vivir la Cuaresma:


Rezar la Oración de Cuaresma

Padre nuestro, que estás en el Cielo, 
durante esta época de arrepentimiento,
ten misericordia de nosotros.
Con nuestra oración, nuestro ayuno y nuestras buenas obras, transforma nuestro egoísmo en generosidad.
Abre nuestros corazones a tu Palabra, 
sana nuestras heridas del pecado,
ayúdanos a hacer el bien en este mundo.
Que transformemos la obscuridad y el dolor 
en vida y alegría.
Concédenos estas cosas por Nuestro Señor Jesucristo. 
Amén.

Contar a los niños el sentido de la Cuaresma de una forma amena para que la entiendan y se motiven a cumplir con los propósitos del calendario de Cuaresma. Educarles en el sentido espiritual, sobre todo.


Leer en los Evangelios el relato de la Pasión de Cristo.



Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Cuaresma 2013

Creer en la caridad suscita caridad



Queridos hermanos y hermanas:

La celebración de la Cuaresma, en el marco del Año de la fe, nos ofrece una ocasión preciosa para meditar sobre la relación entre fe y caridad: entre creer en Dios, el Dios de Jesucristo, y el amor, que es fruto de la acción del Espíritu Santo y nos guía por un camino de entrega a Dios y a los demás.


1. La fe como respuesta al amor de Dios

En mi primera Encíclica expuse ya algunos elementos para comprender el estrecho vínculo entre estas dos virtudes teologales, la fe y la caridad. Partiendo de la afirmación fundamental del apóstol Juan: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16), recordaba que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva... Y puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,10), ahora el amor ya no es sólo un “mandamiento”, sino la respuesta al don del amor, con el cual Dios viene a nuestro encuentro» (Deus caritas est, 1). La fe constituye la adhesión personal ―que incluye todas nuestras facultades― a la revelación del amor gratuito y «apasionado» que Dios tiene por nosotros y que se manifiesta plenamente en Jesucristo. El encuentro con Dios Amor no sólo comprende el corazón, sino también el entendimiento: «El reconocimiento del Dios vivo es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. Sin embargo, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por “concluido” y completado» (ibídem, 17). De aquí deriva para todos los cristianos y, en particular, para los «agentes de la caridad», la necesidad de la fe, del «encuentro con Dios en Cristo que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad» (ib., 31a). El cristiano es una persona conquistada por el amor de Cristo y movido por este amor ―«caritas Christi urget nos» (2 Co 5,14)―, está abierto de modo profundo y concreto al amor al prójimo (cf. ib., 33). Esta actitud nace ante todo de la conciencia de que el Señor nos ama, nos perdona, incluso nos sirve, se inclina a lavar los pies de los apóstoles y se entrega a sí mismo en la cruz para atraer a la humanidad al amor de Dios.

«La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor... La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz ―en el fondo la única― que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar» (ib., 39). Todo esto nos lleva a comprender que la principal actitud característica de los cristianos es precisamente «el amor fundado en la fe y plasmado por ella» (ib., 7).


2. La caridad como vida en la fe

Toda la vida cristiana consiste en responder al amor de Dios. La primera respuesta es precisamente la fe, acoger llenos de estupor y gratitud una inaudita iniciativa divina que nos precede y nos reclama. Y el «sí» de la fe marca el comienzo de una luminosa historia de amistad con el Señor, que llena toda nuestra existencia y le da pleno sentido. Sin embargo, Dios no se contenta con que nosotros aceptemos su amor gratuito. No se limita a amarnos, quiere atraernos hacia sí, transformarnos de un modo tan profundo que podamos decir con san Pablo: ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (cf. Ga 2,20).

Cuando dejamos espacio al amor de Dios, nos hace semejantes a él, partícipes de su misma caridad. Abrirnos a su amor significa dejar que él viva en nosotros y nos lleve a amar con él, en él y como él; sólo entonces nuestra fe llega verdaderamente «a actuar por la caridad» (Ga 5,6) y él mora en nosotros (cf. 1 Jn 4,12).

La fe es conocer la verdad y adherirse a ella (cf. 1 Tm 2,4); la caridad es «caminar» en la verdad (cf. Ef 4,15). Con la fe se entra en la amistad con el Señor; con la caridad se vive y se cultiva esta amistad (cf. Jn 15,14s). La fe nos hace acoger el mandamiento del Señor y Maestro; la caridad nos da la dicha de ponerlo en práctica (cf. Jn 13,13-17). En la fe somos engendrados como hijos de Dios (cf. Jn 1,12s); la caridad nos hace perseverar concretamente en este vínculo divino y dar el fruto del Espíritu Santo (cf. Ga 5,22). La fe nos lleva a reconocer los dones que el Dios bueno y generoso nos encomienda; la caridad hace que fructifiquen (cf. Mt 25,14-30).


3. El lazo indisoluble entre fe y caridad

A la luz de cuanto hemos dicho, resulta claro que nunca podemos separar, o incluso oponer, fe y caridad. Estas dos virtudes teologales están íntimamente unidas por lo que es equivocado ver en ellas un contraste o una «dialéctica». Por un lado, en efecto, representa una limitación la actitud de quien hace fuerte hincapié en la prioridad y el carácter decisivo de la fe, subestimando y casi despreciando las obras concretas de caridad y reduciéndolas a un humanitarismo genérico. Por otro, sin embargo, también es limitado sostener una supremacía exagerada de la caridad y de su laboriosidad, pensando que las obras puedan sustituir a la fe. Para una vida espiritual sana es necesario rehuir tanto el fideísmo como el activismo moralista.

La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios. En la Sagrada Escritura vemos que el celo de los apóstoles en el anuncio del Evangelio que suscita la fe está estrechamente vinculado a la solicitud caritativa respecto al servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-4). En la Iglesia, contemplación y acción, simbolizadas de alguna manera por las figuras evangélicas de las hermanas Marta y María, deben coexistir e integrarse (cf. Lc 10,38-42). La prioridad corresponde siempre a la relación con Dios y el verdadero compartir evangélico debe estar arraigado en la fe (cf. Audiencia general 25 abril 2012). A veces, de hecho, se tiene la tendencia a reducir el término «caridad» a la solidaridad o a la simple ayuda humanitaria. En cambio, es importante recordar que la mayor obra de caridad es precisamente la evangelización, es decir, el «servicio de la Palabra». Ninguna acción es más benéfica y, por tanto, caritativa hacia el prójimo que partir el pan de la Palabra de Dios, hacerle partícipe de la Buena Nueva del Evangelio, introducirlo en la relación con Dios: la evangelización es la promoción más alta e integral de la persona humana. Como escribe el siervo de Dios el Papa Pablo VI en la Encíclica Populorum progressio, es el anuncio de Cristo el primer y principal factor de desarrollo (cf. n. 16). La verdad originaria del amor de Dios por nosotros, vivida y anunciada, abre nuestra existencia a aceptar este amor haciendo posible el desarrollo integral de la humanidad y de cada hombre (cf. Caritas in veritate, 8).

En definitiva, todo parte del amor y tiende al amor. Conocemos el amor gratuito de Dios mediante el anuncio del Evangelio. Si lo acogemos con fe, recibimos el primer contacto ―indispensable― con lo divino, capaz de hacernos «enamorar del Amor», para después vivir y crecer en este Amor y comunicarlo con alegría a los demás.

A propósito de la relación entre fe y obras de caridad, unas palabras de la Carta de san Pablo a los Efesios resumen quizá muy bien su correlación: «Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe. En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos» (2,8-10). Aquí se percibe que toda la iniciativa salvífica viene de Dios, de su gracia, de su perdón acogido en la fe; pero esta iniciativa, lejos de limitar nuestra libertad y nuestra responsabilidad, más bien hace que sean auténticas y las orienta hacia las obras de la caridad. Éstas no son principalmente fruto del esfuerzo humano, del cual gloriarse, sino que nacen de la fe, brotan de la gracia que Dios concede abundantemente. Una fe sin obras es como un árbol sin frutos: estas dos virtudes se necesitan recíprocamente. La cuaresma, con las tradicionales indicaciones para la vida cristiana, nos invita precisamente a alimentar la fe a través de una escucha más atenta y prolongada de la Palabra de Dios y la participación en los sacramentos y, al mismo tiempo, a crecer en la caridad, en el amor a Dios y al prójimo, también a través de las indicaciones concretas del ayuno, de la penitencia y de la limosna.


4. Prioridad de la fe, primado de la caridad

Como todo don de Dios, fe y caridad se atribuyen a la acción del único Espíritu Santo (cf. 1 Co 13), ese Espíritu que grita en nosotros «¡Abbá, Padre!» (Ga 4,6), y que nos hace decir: «¡Jesús es el Señor!» (1 Co 12,3) y «¡Maranatha!» (1 Co 16,22; Ap 22,20).

La fe, don y respuesta, nos da a conocer la verdad de Cristo como Amor encarnado y crucificado, adhesión plena y perfecta a la voluntad del Padre e infinita misericordia divina para con el prójimo; la fe graba en el corazón y la mente la firme convicción de que precisamente este Amor es la única realidad que vence el mal y la muerte. La fe nos invita a mirar hacia el futuro con la virtud de la esperanza, esperando confiadamente que la victoria del amor de Cristo alcance su plenitud. Por su parte, la caridad nos hace entrar en el amor de Dios que se manifiesta en Cristo, nos hace adherir de modo personal y existencial a la entrega total y sin reservas de Jesús al Padre y a sus hermanos. Infundiendo en nosotros la caridad, el Espíritu Santo nos hace partícipes de la abnegación propia de Jesús: filial para con Dios y fraterna para con todo hombre (cf. Rm 5,5).

La relación entre estas dos virtudes es análoga a la que existe entre dos sacramentos fundamentales de la Iglesia: el bautismo y la Eucaristía. El bautismo (sacramentum fidei) precede a la Eucaristía (sacramentum caritatis), pero está orientado a ella, que constituye la plenitud del camino cristiano. Análogamente, la fe precede a la caridad, pero se revela genuina sólo si culmina en ella. Todo parte de la humilde aceptación de la fe («saber que Dios nos ama»), pero debe llegar a la verdad de la caridad («saber amar a Dios y al prójimo»), que permanece para siempre, como cumplimiento de todas las virtudes (cf. 1 Co 13,13).

Queridos hermanos y hermanas, en este tiempo de cuaresma, durante el cual nos preparamos a celebrar el acontecimiento de la cruz y la resurrección, mediante el cual el amor de Dios redimió al mundo e iluminó la historia, os deseo a todos que viváis este tiempo precioso reavivando la fe en Jesucristo, para entrar en su mismo torrente de amor por el Padre y por cada hermano y hermana que encontramos en nuestra vida. Por esto, elevo mi oración a Dios, a la vez que invoco sobre cada uno y cada comunidad la Bendición del Señor.

Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Cuaresma 2013.

MUJER, TUS MODAS INDECENTES ME CRUCIFICAN NUEVAMENTE.



¡Oh, mujer, mírame a Mí, flagelado y coronado de espinas! ¡Contempla mis llagas y mis heridas..! Después, escucha y reflexiona.

Durante mi vida terrenal viví como manso cordero. Fui al Calvario sin abrir la boca.

Traté con dulzura a la Samaritana y se convirtió. Conmoví el corazón de María Magdalena, la pecadora, e hice de ella una predilecta y una Santa.

Al cruzar las calles de Palestina, pronunciaba palabras de luz, de paz y de amor. Mis enseñanzas eran dulces como la miel.

Pero un día, al echar una mirada Divina sobre todos los siglos, viendo cómo el mal inundaba impetuoso a todo el mundo y ultrajaba mis templos, pronuncié palabras de fuego: “¡Ay del mundo por los escándalos!… ¡Ay de quien escandaliza!… Sería mejor que se le atara una piedra de molino al cuello y se le arrojara al mar”.

Quien pronuncia este “¡Ay!” es un Dios abandonado por muchos sacerdotes, religiosas y seglares que no viven realmente lo que Yo les prediqué. Soy Yo, Jesús, el que sufrió tanto para salvar a las almas. Soy Yo, el Juez Supremo de la Humanidad. De esa humanidad, que entre otros pecados me crucifica nuevamente con sus modas indecentes. Yo, que pronuncio la sentencia eterna para cada alma: o paraíso, o infierno.

Reflexiona, mujer que sigues la moda licenciosa, y piensa con seriedad un momento sobre los graves escándalos que provocas a quienes te miran, te desean y te hieren con frases groseras a causa de tus ropas ajustadas, transparentes, escotadas y cortas.

Oh, mujer, ¿por qué ultrajas mis templos haciendo exhibición de tu cuerpo?

¿Por qué sólo te ocupas por agradar y tentar a los hombres?

¿Por qué transformas mi Casa de Oración en una sala de anatomía donde abundan cabezas, troncos, extremidades y hasta la marca de tu ropa interior?

Mis templos son profanados a causa de tus ropas sensuales y provocativas.

Dime, mujer, ¿dónde están tus virtudes? Tu pudor, tu modestia, tu humildad, ¿dónde están?

Tus modas que tanto tientan, ¿son distintas a las de una atea? ¡No, en absoluto! Puedes ilusionarte tú misma diciendo: “¿Qué mal hay en seguir esta moda? Las demás mujeres también lo hacen… y hay sacerdotes que no lo prohíben y hasta lo aceptan”.

Esta ilusión es para ti, pero la realidad es otra bien distinta. La conducta incorrecta de tantas mujeres, aún cristianas, no justifica la mala conducta propia.

Si las demás mujeres se quieren condenar siguiendo lo que el mundo les predica, ¿por qué te has de condenar tú?

Todos los pecados que provocas con tus pantalones, shorts, minifaldas, blusas y vestidos transparentes y escotados, ombligos y espaldas descubiertas, fuera y dentro del Templo, son imputables a quienes te miran, pero más que todos son imputables a ti, que eres la causa voluntaria.

Yo, Legislador Divino, dije: “Si alguien mira a una mujer con malicia, ya pecó en su corazón“.

La moral que Yo enseñé es una, inviolable y eterna, mientras que las modas son muchas. Mi Iglesia no tiene modas. El mundo las tiene todas.

Si realmente me amas, debes seguir mi vida llena de abnegación y sacrificio. Por lo tanto debes abandonar las modas que atentan contra la moral y la fe.

Angosta es la puerta que conduce al cielo y ancha la que lleva al infierno. La mayoría elige esta última.

Estar contra la modas indecentes y no usarlas es muy difícil y se necesita mucho amor hacia Mí para no dejarse arrastrar por ellas.

Hombres y mujeres se preocupan más en seguir el último grito de la moda, que en imitar mi vida llena de austeridades.

Yo fui enviado al mundo no para hacer mi Voluntad, sino la de Aquél que me envió.

Tú fuiste enviada al mundo no para vivir, hacer y usar lo que a ti te dé la gana, sino para realizar mi Santa Voluntad.

O estás Conmigo, o estás contra Mí.

O estás Conmigo, o estás con las modas faltas de pudor.

Lo que elijas te dará la eternidad de mi gloria o la eternidad de las penas.

Cuando la muerte te arranque de este mundo lleno de vanidades y de lujos sin razón y llegues ante mi Presencia para ser juzgada, viendo los pecados que los hombres cometieron al mirar tu cuerpo escasamente cubierto, tú misma quedarás avergonzada. ¿Qué pretextos podrás presentarme? ¡Ay de ti, mujer, por tus escándalos! ¡Ay de ti, que perdiste el pudor y la vergüenza! ¿Por qué obras así? ¿Por qué me crucificas nuevamente con los clavos de tu inmodestia?

Cuando en forma irrespetuosa me recibes en la Comunión, cuánta amargura siento al entrar a tu cuerpo que es motivo de tantos pecados en los hombres y mal ejemplo a las pocas mujeres que tú con desdén y desprecio llamas “anticuadas”.

Te aseguro que muchas de esas “anticuadas” están Conmigo, mientras que muchas modernas sin pudor están “gozando” en los infiernos.

Los matrimonios que se celebran también abofetean mi Rostro, cuando las novias y madrinas se acercan al altar medio desnudas, al igual que muchas de sus amistades.

Tienen una hipocresía tal, que aún semidesnudas llevan colgada al cuello una hermosa cruz metálica, signo de su “gran catolicidad”.

La verdad es que son sepulcros blanqueados. Llenas de lujo por fuera y… vacías de humildad y caridad por dentro.

¡Ay, ay, ay de todos aquellos sacerdotes que temen o no quieren prohibir que pisoteen y profanen mis Templos con las desnudeces de las modas!

Muchos de ellos se dejan seducir por sus presencias y no quieren ser rigurosos en el cumplimiento de sus deberes.

Yo fui traicionado por un falso apóstol. Y hoy, hay falsos sacerdotes, religiosas y seglares que en forma clandestina están trabajando para destruir mi Iglesia.

Falsean mi doctrina permitiendo de todo y creando un cristianismo fácil. En mis Templos se ven las cosas más profanas, por ejemplo: maquillajes, pelucas, joyas, amuletos, anteojos para sol, telas finas y escasas. Otros en cambio, se dedican a comer, fumar, conversar, dormir, estudiar, “flirtear”, curiosear, pasear admirando las obras de arte, etc., etc., etc., como si hubieran ido de pic-nic. ¡Pobre de ellos!

A mi Casa de Oración la están convirtiendo en lugar de pecado… y nadie sale en mi defensa.

Todos callan y huyen, nadie ve nada y me niegan como cuando me crucificaron.

Nadie se arriesga por Mí y todos se lavan las manos como Pilatos.

¿Dónde están los que darán su vida por Mí?

Si un político, un deportista o una artista les dice “hagan esto” o “usen aquello”, todos lo imitan. Yo, en cambio, les prometo el premio eterno si cumplen mis mandamientos y casi nadie hace caso de mis invitaciones.

¡Ay, ay, ay, de mis religiosas que en sus Instituciones y colegios no aconsejan a sus alumnas sobre la sana y correcta manera de vestir! ¡Ay, ay, de las monjas que adaptan sus vestimentas a las de las mujeres mundanas! Sus pecados están terminando con mi paciencia.

¡Ay, ay, de los padres y madres de familia que, siguiendo el ritmo inmoral de las modas, pervierten a sus hijos con el uso de las mismas y los hacen motivo de escándalos!

¡Ay, ay, ay, de todos aquellos seglares que no se animan a aconsejar con energía a tantos hermanos equivocados sobre la necesidad y obligación de abandonar las modas y acciones que desvirtúan mi Evangelio!

¡Ay, ay, ay, de todas aquellas personas que de una u otra manera fomentan, comercializan y permiten toda clase de desnudeces! Sé muy bien que quieren corromper a la mujer, para así con más facilidad destruir mi Iglesia, la familia y las patrias.

A todas las personas les digo: el responsable del pecado es quien lo hace, y quien tiene el deber de impedirlo y cobardemente no lo impide.

«Se toman severas medidas para luchar contra el hambre, las pestes, la pobreza y las impurezas de la atmósfera, pero se contempla, inclusive con complacencia, la contaminación de los espíritus» (Pablo VI).

Mi Justicia destruyó las ciudades inmorales de Sodoma y Gomorra. Peor será el castigo que tendrá lugar dentro de poco tiempo, según lo viene anunciando mi Santísima Madre en La Salette, Lourdes, Fátima y otros lugares.

Oh, alma, que vives en el fango moral, en la vida cristiana fácil, cómoda y libertina, sembrando por doquier la muerte espiritual. Mírame crucificado, medita sobre el infierno, en donde caen tantas almas que en un tiempo vivieron dándose todos los gustos, placeres, modas, diversiones, etc., etc. ¿Qué será de ti?

Oh, mujeres que cuando vivían eran halagadas, aplaudidas, admiradas, imitadas y perseguidas por tantos exhibicionismos de sus cuerpos: ahora, ¿quién se acuerda de ustedes? ¿Dónde están sus conquistas? ¿Dónde sus dineros, joyas y famas? ¿Dónde están las partes de su cuerpo que tanto mostraban?

Fuego eterno las consume, fuego que devora y no mata.

En cambio, las que aquí vivían modestamente, soportando agrias críticas y bromas hirientes por sus pudores y respeto hacia Mí, gozan para siempre de la eternidad de mi compañía y de la de María, mi Madre.

Si tu mano, tu pié, tu ojo o… tus modas, son motivo de escándalos, córtalos y arrójalos lejos de ti. Más te vale entrar sin ellos al Reino de los Cielos, que con los mismos al fuego eterno.

Quien teme y respeta a los hombres y a las modas más que a Mí, no es digno de Mí.

A todos los hombres y mujeres les digo: apártense de las modas ofensivas y pecaminosas aunque pierdan familia, amigos, dinero, fama y la misma vida.

A mis fieles Obispos, sacerdotes, religiosas y seglares los invito a que con prudente valentía, defiendan mi Causa y mis Templos del avasallamiento de las modas obscenas y vergonzosas. En caso contrario, el brazo de mi Divina Justicia caerá riguroso sobre todos ustedes, que tienen la obligación de dar testimonio de mi vida.

Bienaventurado quien escucha mis palabras y las pone en práctica.

DOCUMENTACIÓN ACERCA DEL INFIERNO: Las tinieblas exteriores.

EL INFIERNO DE SAN ANSELMO


"Yacen en las tinieblas exteriores. Pues, acordaos, el fuego del infierno no emite ninguna luz. Así como, al mandato de Dios, el fuego del horno Babilónico perdió su calor, pero no perdió su luz, así, al mando de Dios, el fuego del infierno, mientras retiene la intensidad de su calor, arde eternamente en las tinieblas. Es una tempestad de tinieblas que nunca más se acaba, de negras llamas y de negra humareda de azufre ardiendo, por entre de las cuales, los cuerpos están amontonados unos sobre los otros sin una brizna de aire. De todas las plagas con que la tierra de los faraones fue flagelada, una plaga sóla, la de la tiniebla, fue llamada como horrible. ¿Cuál es entonces el nombre que debemos dar a las tinieblas del infierno, que han de durar no sólo por tres días, sino por toda la eternidad?

"El horror de esta estrecha y negra prisión es aumentado por su tremendo hedor activo. Toda la inmundicia del mundo, todos los amasijos de escorias del mundo, los desperdicios y basuras del mundo, nos fue dicho, correrán para allá como para una vasta y humeante cloaca cuando la terrible conflagración del último día haya purgado el mundo. El azufre también, que arde allá en tan prodigiosa cantidad, llena todo el infierno con su intolerable hedor, y los cuerpos de los condenados, ellos mismos, exhalan una peste tan pestilente que, como dice San Buenaventura, sólo uno de ellos bastaría para infectar todo el mundo. El propio aire de este mundo, ese elemento puro, se torna fétido e irrespirable cuando queda encerrado largo tiempo. Considerad, entonces, cual debe ser la fetidez del aire del infierno. Imaginad un cadáver fétido y prútrido yaciendo descompuesto y podrido en la sepultura, una materia putrefacta de corrupción líquida. Imaginad tal cadáver preso de las llamas, devorado por el fuego del azufre ardiente y emitiendo densos y horrendos humos de nauseante descomposición repugnante. Y a continuación imaginad ese hedor malsano multiplicado un millón y más, otro millón de millones sobre millones de carcasas fétidas comprimidas juntas en la tiniebla humeante, una enorme hoguera de podredumbre humana. Imaginad todo eso y tendréis una cierta idea del horror del hedor del infierno.

"Pero tal hedor no es en absoluto, horrible pensamiento es éste, el mayor tormento físico al cual los condenados están sujetos. El tormento del fuego es el mayor tormento al cual el demonio tiene siempre sujetas a sus criaturas. Colocad vuestro dedo por un momento en la llama de una vela y sentiréis el dolor del fuego. Pero nuestro fuego terreno fue creado por Dios para beneficio del hombre, para mantener en él la centella de la vida y para ayudarlo en las artes útiles, por el contrario, el fuego del infierno es de otra cualidad y fue creado por Dios para torturar y castigar al pecador sin arrepentimiento. Nuestro fuego terrestre, por otra parte, se consume más o menos rápidamente, conforme el objeto que ataca fuere más o menos combustible, al punto de que la ingeniosidad humana siempre se ha entregado a inventar preparados químicos para garantizar o frustrar su acción. Pero la sulfurosa brea que arde en el infierno es una sustancia que fue especialmente designada para arder para siempre e ininterrumpidamente con indecible furia. Aparte de eso, nuestro fuego terrestre destruye al mismo tiempo que arde, de manera que cuanto más intenso fuere, más corta será su duración, sin embargo, el fuego del infierno tiene la propiedad de preservar aquello que quema, y, aunque arda con increíble ferocidad, arderá para siempre.

"Nuestro fuego terrestre, no importa que intensidad o tamaño pueda tener, es siempre de una extensión limitada; pero el lago de fuego del infierno es ilimitado, no tiene playas ni fondo. Está documentado que el propio demonio, al serle hecha la pregunta por un soldado, fue obligado a confesar que si una montaña entera fuese lanzada dentro del océano ardiente del infierno, sería quemada en un instante, como un pedazo de cera. Y ese terrible fuego no aflige a los condenados solamente por fuera, pues cada alma perdida se transforma en un inferno dentro de si misma. El fuego sin límites se enraiza en su misma esencia. ¡Oh! ¡Cuán terrible es la suerte de estos desgraciados seres! La sangre hierve y rehierve en las venas, los cerebros quedan hirviendo en los cráneos, el corazón en el pecho llameante y ardiente; los intestinos, una masa roja y caliente de pulpa ardiente; los ojos, cosa tan tierna, llameando como bolas fundidas.

"Aún así, cuanto os hablé de la fuerza, de la calidad y la infinitud de ese fuego, es como si fuese nada cuando lo comparamos con su intensidad, una intensidad que es justamente tenida como el instrumento escogido por el Designio divino para castigo del alma así como del cuerpo igualmente. Se trata de un fuego que procede directamente de la ira de Dios, trabajando no sólo por su propia actividad, sino como un instrumento de venganza divina. Así como las aguas del bautismo limpian tanto el alma como el cuerpo, así el fuego del castigo tortura el espíritu junto con la carne. Todos los sentidos de la carne son torturados, y todas las facultades del alma otro tanto: los ojos con impenetrables tinieblas; la nariz con fetideces nauseantes; los oídos con gritos, chillidos y blasfemias; el paladar con materia sórdida, corrupción leprosa, jugos sofocantes e innombrables; el tacto con aguijones y chuzos en brasa y crueles lenguas de llamas. Es a través de varios tormentos de los sentidos que el alma inmortal es torturada eternamente, en su esencia misma, en el medio de leguas y leguas de ardientes fuegos prendidos en los abismos por la majestad ofendida de Dios Omnipotente y soplados en una peremne y siempre creciente furia por el soplo de la rabia de la Divinidad.

"Considerad finalmente que el tormento de esa prisión infernal está acrecentado por la compañía de los propios condenados. Las malas compañías sobre la tierra son tan nocivas que las plantas, como que por instinto, se apartan de la compañía, sea la que fuere, que les es mortal o funesta. En el infierno, todas las leyes están cambiadas. Allá no hay ningún pensamiento de familia, de patria, de lazos, de relaciones. El condenado maldice y grita uno contra el otro, y su tortura y rabia se intensifica por la presencia de los seres torturados y enfurecidos como él.

"Todo sentido de humanidad es olvidado. Los lamentos de los pecadores sufrientes llenan los más olvidados rincones del vasto abismo. Las bocas de los condenados están llenas de blasfemias contra Dios, de odio por sus compañeros de suplicio y de maldiciones contra las almas que fueron sus compañeros en el pecado. Era costumbre, en los tiempos antiguos, castigar al parricida, al hombre que habia erguido su mano asesina contra el padre, arrastrándolo a las profundidades del mar en un saco dentro del cual también se colocaban un gallo, un burro y una serpiente. La intención de esos legisladores al inventar tal ley, la cual parece cruel en nuestros tiempos, era castigar al criminal con la compañía de animales malignos y abominables. ¿Pero qué es la furia de esas bestias estúpidas comparada con la furia de la execración que vomitan los labios abrasados y las gargantas inflamadas de los condenados en el infierno cuando contemplan en sus compañeros de miseria a aquellos mismos que los ayudaran e incitaran al pecado, aquellos cuyas palabras sembraran las primeras simientes del mal en el pensamiento y en la acción de sus espíritus, aquellos cuyas sugerencias insensatas los condujeran al pecado, aquellos cuyos ojos los tentaron y los desviaron del camino de la virtud? Se vuelven contra tales cómplices y los maldicen y odian. No tendrán nunca jamás socorro ni ayuda, ya es demasiado tarde para el arrepentimiento.

"Por último de todo, considerad el tremendo tormento de aquellas almas condenadas, las que tentaron y las que fueron tentadas, ahora juntas, y aún por encima, en la compañía de los demonios. Esos demonios afligirán a los condenados de dos maneras: con su presencia y con sus amonestaciones. No podemos tener una idea de cuan terribles son esos demonios. Santa Catalina de Siena una vez vio a un demonio y escribió que prefería caminar hasta el fin de su vida por un camino de carbones en brasa que tener que mirar de nuevo un único instante para tan horroroso monstruo. Tales demonios, que otrora fueron hermosos ángeles, se tornaron tan repelentes y feos como antes eran de lindos. Escarnecen y se ríen de las almas pedidas que arrastraron a la ruína. Es con ellos que se hacen, en el infierno, las voces de la conciencia. ¿Por qué pecaste? ¿Por qué diste oído a las tentaciones de los amigos? ¿Por qué abandonaste tus prácticas piadosas y tus buenas acciones? ¿Por qué no evitaste las ocasiones de pecado? ¿Por qué no dejaste aquel mal compañero? ¿Por qué no desististe de aquel mal hábito, aquel hábito impuro? ¿Por qué no oíste los consejos de tu confesor? ¿Por que incluso después de iniciar la primera, o la segunda, o la tercera, o la cuarta, o la centésima vez, no te arrepentiste de tus malas obras y no volviste a Dios, que esperaba simplemente por tu arrepentimiento para absolverte de tus pecados? Ahora el tiempo del arrepentimiento se fue. ¡Tiempo existe, tiempo existió, pero tiempo ya no existirá más para ti! Tiempo hubo para pecar a escondidas, para satisfacerte en la pereza y en el orgullo, para ambicionar lo ilícito, para ceder a las instigaciones de tu baja naturaleza, para vivir como las bestias del campo, o aún peor de lo que las bestias del campo, porque ellas, por lo menos, no son sino brutos y no poseen una razón que las guíe, tiempo hubo, pero tiempo ya no habrá más. Dios te habló por intermedio de tantas voces... pero no quisiste oír. No quisiste aplastar ese orgullo y ese odio de tu corazón, no quisiste arrepentirte de aquellas acciones mal obradas, no quisiste obedecer los preceptos de la Santa Iglesia ni cumplir tus deberes religiosos, no quisiste abandonar aquellos pésimos compañeros, no quisiste evitar aquellas peligrosas tentaciones. Tal es el lenguaje de esos demoníacos atormentadores, palabras de sarcasmo y de reprobación, de odio y de aversión. ¡De aversión, sí! Pues incluso ellos, los mismos demonios, cuando pecaron, pecaron por medio de un pecado que era compatible con tan angélicas naturalezas: fue una rebelión del intelecto, y ellos, estos mismos demonios, tienen que apartarse asqueados y con enojo de tener que contemplar aquellos pecados innombrables con los cuales el hombre degradado ultraja y profana el templo del Espíritu Santo y se ultraja y desprecia a sí mismo"

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís