FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. Cap. LXXXIV: EL SACERDOTE Y LA IGLESIA

Mensajes de Nuestro Señor Jesucristo a sus hijos predilectos.


LXXXIV

El sacerdote y la Iglesia



"Al participar a mis amados sacerdotes los desposorios de mi Iglesia -teniendo en cuenta su transformación en Mí-; al darles mi Padre, por el Espíritu Santo, a esa Esposa pura, santa e inmaculada, a la vez que fecunda en su virginidad, sólo les pidió, para merecerla, el precio mismo que Yo di por Ella: el poner todo mi amor y toda mi voluntad en la voluntad siempre amorosa de mi Padre.

Con la perla sin precio de la vocación sacerdotal compran los sacerdotes esa joya divina, que es mi Iglesia sin mancha; pero al unirlos a Ella el Padre, les pide también la virginidad a unos, la pureza y la castidad a todos, con la fidelidad y el amor.

Un sacerdote que no esté enamorado de la Iglesia, no debe pertenecerle; un sacerdote que posponga los intereses de la Iglesia por los del mundo, no ha comprendido su vocación; un sacerdote infiel, que arroje lodo sobre la vestidura sin mancilla de la Iglesia, no es digno de Ella, y el cielo lo repudiará si no se convierte y se humilla y se arrepiente.

¡Ay! y es tan buena mi Iglesia, que admite en su seno a todos; perdona con su caridad-que es la Mía- a los perjuros arrepentidos, a los traidores que se convierten, a los infieles y desleales que vuelven a su redil, y los acoge otra vez en su regazo para blanquearlos con mi Sangre, cuya depositaria es.

Pero llora sus extravíos y sus negras ofensas con lágrimas de sangre en Mí, que lloro con Ella y por Ella. Lloro en Ella por tantos sacerdotes prófugos, que si bien están a su servicio exteriormente, no lo están en la santa y pura intimidad con la Esposa amada como les corresponde.

¿Cómo puedo dirigir a estos sacerdotes rebeldes, hipócritas e infieles a su vocación estas palabras, fundamento de su sacerdocio:  "Me amas más que éstos?" ¿Con qué cara me pueden responder los que así se portan, los que manchan la blancura inmaculada de mi Iglesia de tantos modos?

No sólo es adulterio el que se comete contra Ella, cuando se le arroja el fango de lo que no es puro; sino que también se le ofende con todo lo que desvirtúa y no va en consonancia con sus enseñanzas y doctrina. Se le mancha con la avaricia, con la soberbia, con los pecados capitales en general, y con todo lo que la Iglesia condena.

Se falta a la fidelidad a la Iglesia con todo lo que rechaza la Ley de Dios y la caridad con el prójimo. Y esas manchas continuas que muchos de mis sacerdotes arrojan sobre la Iglesia santa, Yo, el Sacerdote que a todos representa, continuamente también las estoy borrando con mi sangre, con mis lágrimas, ofreciendo siempre a mis sacerdotes redención, haciéndome siempre víctima en su favor, clamando siempre al Padre en el paroxismo de mis dolores místicos "¡Padre, perdónales, que no saben lo que hacen!"

Y ciertamente, los sacerdotes que tales monstruosidades cometen con mi Iglesia no saben lo que hacen, no han penetrado en mi Corazón, no han pesado sus deberes, no se han hecho el cargo de la magnitud de sus ofensas, no han vislumbrado siquiera ¡que me ofenden dentro de Mí mismo!

Y Yo siempre disimulando, ofreciéndome por ellos al Padre, y clamando por su perdón. Y ellos, ¡ay!, aturdidos por las malas pasiones, por las ocasiones peligrosas y voluntarias, despechados, arrastrados por la corriente de muchos vicios, se precipitan sin escuchar mis quejas, sin atender a los remordimientos, sin entrar dentro de sí mismos para escuchar los gemidos del Espíritu Santo en su corazón, las instancias de María, y concluyen por fin con abandonar la fe y condenarse.

¿Cómo pedir amor divino y fidelidad con la Esposa que el Espíritu Santo les dio si están sordos y no escuchan a lo único que puede salvarlos?  ¡Cuántos cismas han arrancado de mi Iglesia a sus sacerdotes infieles! ¡Cuántos engaños satánicos han envuelto almas de sacerdotes que comenzaron bien, y que la soberbia -que trae siempre consigo a la impureza- los arrastró a nefandos crímenes, y los precipitó a la perdición eterna!

¡Y la Esposa amante los llora, porque los amaba y los ama; porque un día feliz, le juraron amarla! ¡Pero trocaron el amor divino por el humano, y de ahí las caídas, las infidelidades, y la muerte!

Pero aquí estoy Yo para defender y consolar a mi Iglesia con este nuevo impulso
-salvador porque es divino- a todos sus sacerdotes, desde el primero hasta el último, y para transformarlos en Mí.

El amor salvará al mundo y la personificación del amor es el Espíritu Santo.

Vendrá el reinado universal del Espíritu Santo, único que puede pacificar la tierra, porque es el dulcísimo nudo eterno; el que concilia, el que une, identifica, y salva.

El Espíritu Santo con María, repito, harán que todo se restaure en Mí, que soy su Centro; harán que reine Yo, como Rey universal en el orbe entero; harán que mi Corazón sea honrado en sus últimas fibras y dolores internos, y completará las prerrogativas de María, Esposa del Espíritu Santo.

Este divino Espíritu con su luz destruirá muchos errores en el mundo, espiritualizará los corazones, hará que el mundo se incline ante el estandarte salvador de la Cruz, y sobre todo, exaltará a su Iglesia con sacerdotes transformados en Mí, y así hará que vuelva Yo al mundo en ellos, como único Sacerdote, único digno de glorificar a ami Padre, con todos los sacerdotes en Mí, y toda la humanidad en ellos, formando, por fin, no miembros dispersos y dislocados, sino un solo Pastor, el Papa; y todos en Mí, en la Unidad de la Trinidad.

Y este final hay que prepararlo, hay que conquistar esa victoria, hay que comprarla con oración y con lágrimas, con sacrificios y con amor. Pero sobre todo, con la transformación de los sacerdotes en Mí, con la consumación de esa transformación (en cuanto es posible en la tierra), que haga a los sacerdotes puros, santos, desinteresados, y dignos de unirse con la Luz, con la Verdad, con la Vida, con la Unidad santísima, con la Trinidad".


HÁBITO Y CLERMAN - DE JOSE MARIA IRABURU - Parte 3 -


Hábito y clerman 




Reproduzco aquí, con algunos complementos, cuatro artículos que sobre el hábito y el clergyman publiqué los días 6, 8, 12 y 26 de septiembre de 2008 en www.religionenlibertad.com 






Aversión al hábito y al clerman

Por el contrario, aborrecen lógicamente la identificación visible de sacerdotes y religiosos todos aquellos que rechazan la enseñanza de la Iglesia Católica sobre la teología y la disciplina de lo sagrado; quienes estiman que el sagrado cristiano no debe tener –debe no tener– visibilidad sensible; quienes no aceptan que entre el «sacerdocio ministerial» y el «sacerdocio común de los fieles» haya una diferencia esencial, y no solo de grado (Lumen gentium 10); quienes niegan que, sobre la consagración bautismal de todo cristiano, haya en sacerdotes y religiosos una nueva consagración. 

Todos ellos –que normalmente son los mismos– aborrecen visceralmente el hábito o el clerman. Se oponen a ello por principio, por principio doctrinal, teológico; falso, por supuesto. Incluso no raras veces marginan y descalifican a quienes se atienen en el vestir a las normas de la Iglesia, ya ún llegan en ocasiones a palabras y actitudes agresivas.

Ellos, en cambio –merece la pena señalarlo–, no suelen recibir ataque alguno, ni dentro ni fuera de la Iglesia, a causa de la secularización completa o casi total de su apariencia.



Atención verdadera a los signos de los tiempos.

Entre la aversión al hábito y al clerman y la tendencia secularizadora o incluso secularista hay una relación que no podemos ignorar. Que religiosos y sacerdotes vistan como seglares, sin distinguirse en nada de ellos, no es en modo alguno una exigencia de los hombres de nuestro tiempo; y mucho menos en países de misión, a veces pobres y de antiguas culturas muy sensibles al signo, también al signo del vestido.

¿Procede de un sincero afán inculturador del cristianismoque, por ejemplo, las religiosas prescindan de su hábito, allí donde la inmensa mayoría de la población viste túnicas? No. Los sacerdotes y religiosos que prefieren vestir como laicos, tanto en las naciones ricas como en las pobres, tanto en países de antigua tradición cristiana como en países de misión, lo hacen simplemente, al menos en muchos casos, por una exigencia ideológica, disconforme con la realidad, ajena a los signos de los tiempos.

Así lo explicaba Mons. Albert Malcolm Ranjith, secretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en una entrevista (Radice cristiane nº 38, octubre 2008):

«En el Concilio Vaticano II nos hemos preguntado con frecuencia cómo estar atentos para leer los signos de los tiempos. Por lo demás, una bellísima expresión. Pero entramos en contradicción con nosotros mismos cuando cerramos nuestros ojos y nuestros oídos a lo que ocurre en torno a nosotros. 

Existe hoy una gran demanda de espiritualidad, de coherencia, de sinceridad, de una fe no sólo proclamada sino también vivida. Esto lo vemos sobre todo en las jóvenes generaciones. Me gusta encontrar a veces jóvenes sacerdotes y seminaristas que quieren ir en una dirección de búsqueda del Eterno. Nosotros, que somos de la generación del Concilio Vaticano II, que ha proclamado siempre el deber de estar siempre atentos a los signos de los tiempos, no debemos justo ahora volvernos ciegos y sordos. Los signos de los tiempos cambian con la historia.

Si estamos no sólo atentos a los signos de los tiempos del sesenta y ocho, sino también a los de hoy, entonces ten dremos que abrirnos a este fenómeno, reflexionarlo, examinarlo.

«Es extraño que en algunos países de Europa las religiosas vistan como mujeres comunes y abandonen el velo. El velo es un símbolo de algo eterno, algo de “un ya y todavía no”. De aquel sentido escatológico predicado por el Señor mismo: aunque ahora estemos en la tierra, pertenecemos 
una realidad distinta.

«Por eso ¿qué sentido tiene abandonar todo esto para integrarnos en una cultura moribunda? He visto tantos jóvenes sacerdotes y religiosas que son fieles a sus signos de consagración. No es que el hábito sea todo, pero también él tiene un sentido. Me acuerdo de un día que viajaba en tren desde París a Lyon, vestido de sacerdote, con el cuello, etc. En un determinado momento un señor se me acerca y me pregunta si soy un sacerdote católico. Respondí que sí y él me pidió que lo confesara [...]. Decía estar contento de haberme encontrado, porque veía que soy un sacerdote. Pero ¿habría tenido él esta ocasión si yo hubiese estado vestido de chaqueta y corbata?

«Repito, es extraño y triste que en un mundo con tantos jóvenes desilusionados de las trivialidades, hartos de superficialidad, del materialismo consumista, muchos sacerdotes y religiosas vayan vestidos de civil, abandonando su signo de pertenencia a una realidad diversa. Leer los signos de los tiempos significa discernir que ahora los jóvenes buscan al Eterno, buscan un objetivo por el cual sacrificarse, que están listos y generosos. Y donde hay estas disposiciones debemos estar presentes».


La obediencia a las normas disciplinares de la Iglesia.

Pero recordemos ya otra verdad muy importante, hoy excesivamente silenciada.

La disciplina canónica de la Iglesia se ha formado a lo largo de los siglos fundamentándose sobre todo en los cánones de los Concilios. Estos cánones, que la Iglesia reúne en el Derecho Canónico, establecen con autoridad apostólica normas disciplinares eclesiales, que han de ser obedecidas y cumplidas. No son meras orientaciones sujetas a libre opinión, discutibles y devaluables en público por cualquiera. En el primer Concilio de Jerusalén, dicen los Apóstoles: «nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros» (Hch 15,28). Y veinte siglos después estamos en las mismas: las normas disciplinares de la Iglesia expresan ciertamente la benéfica autoridad del Señor y de la autoridad apostólica sobre el pueblo cristiano. En consecuencia, deben ser obedecidas en conciencia.

Algunos dirán que tratándose de leyes positivas de la Iglesia pueden ser objeto de críticas y de discusiones públicas. Pero esto, al menos en las cuestiones más graves, no es verdad. Hay en la Iglesia leyes positivas de gran importancia, como las que se refieren al celibato eclesiástico, la comunión ordinaria bajo solo una especie, la comunión frecuente, la confesión al menos anual de los pecados graves, etc., y también las referentesal vestir de sacerdotes y religiosos, que más que discusión, piden obediencia.

Todas esas leyes, y otras semejantes, son, efectivamente, leyes positivas, y por tanto de suyo podrían ser cambiadas. Pero no sin grave escándalo y daño para los fieles –laicos, sacerdotes, religiosos– pueden ser discutidas en público, criticadas y desprestigiadas, sobre todo cuando se trata de cuestiones en las que la Iglesia se ha pronunciado con gran fuerza y reiteración.

En el tema del vestir que nos ocupa, la Iglesia establece sus normas con tanta firmeza que dispone que «las praxis contrarias no se pueden considerar legítimas costumbres y deben ser removidas por la autoridad competente» (Direct. 66).

Tengámoslo claro: una de las maneras principales de «hacerse como niño» para poder entrar en el Reino es aceptar y obedecer las enseñanzas y mandatos de la Iglesia, Esposa de Cristo, nuestra Madre y Maestra – la Mater et Magistra, del Beato Juan XXIII–. Aquel que prefiere su propio juicio y discernimiento al de la Iglesia, al menos en algunas cuestiones, no sabe hacerse como niño, no sabe asumir una actitud discipular.

Y las consecuencias son previsibles. 


Otras consideraciones.

En favor del vestir propio de religiosos y sacerdotes hay muchas otros argumentos –apostólicos: el hábito y el clerman son con mucha mayor frecuencia una ayuda que una dificultad para establecer una relación religiosa con los hombres. –psicológicos: ayudan al sacerdote y al religioso a personal y ministerial. –ascéticos: implican un cierto sacrificio, evitan tentaciones, eliminan vanidades seculares, dificultan asistir a lugares o espectáculos inconvenientes. El hábito y el clerman son continuos, profundos y positivos condicionantes identificadores tanto para el propio sacerdote y religioso, como para las demás personas. 


–estéticos: libran a religiosos, religiosas y sacerdotes de cuestiones de vestimenta que, por razones obvias, resultan no pocas veces lamentables.

–testimoniales: el hábito y el clerman están «confesando a Cristo» ante el mundo secular, y vienen a ser entre los hombres como una iglesia, digna y bien visible, que se alza entre las casas de un pueblo o una ciudad.

En uno de los comentarios a uno de mis artículos, un sacerdote, capellán de un hospital, añadía: «¿Se imagina en un hospital la confusión que se produciría si el personal sanitario no fuera vestido de modo que se les pueda indentificar y reconocer fácilmente? La bata y el uniforme ayuda a saber quién soy, lo que soy y para quién soy.

«Yo soy capellán de hospital y voy siempre vestido con clergyman, bata, identificación y cruz. Otro compañero capellán va de paisano, solo con bata, sin identificación. A mí me paran en los pasillos para pedir atención sacerdotal, porque me reconocen como capellán; a él no. A mí me conoce el personal, a él no tanto. A mí me toca algún desprecio y algún rechazo; a él ninguno.

«Éste es un aspecto esencial de la cuestión: el bien que los otros merecen y al que tienen derecho a recibir de mí. Soy sacerdote para ellos. Porque no lo soy sólo en las horas de hospital, sino siempre, y siempre voy vestido visiblemente como sacerdote. Tras el ocultamiento y disimulo hay mucho concepto funcionarial del sacerdocio, mucha injusticia contra el derecho de los hombres a conocer a Cristo.

«Si los sacerdotes ocultamos que lo somos, ¿cómo pediremos a los laicos que fermenten de Evangelio el mundo secular, que vivan su índole secular, su vocación propia?

Mucha falta de fortaleza es lo que hay, mucha cobardía».

Pero además de éstas y de tantas otras razones prácticas y teológicas, ya suficientemente expuestas, el vestir propio de religiosos y sacerdotes se fundamenta sobre todo en la gran conveniencia de significar la consagración de las personas y en la obligación de obedecer a la Iglesia.

«Quien pueda oir, que oiga».

... ... 

POLEN HALLADO EN EL SUDARIO DE OVIEDO Y LA SÁBANA SANTA DE TURÍN COINCIDEN

Nuevos Hallazgos Científicos: la persona de la Sábana Santa, el Santo Sudario y varios Milagros Eucarísticos es la Misma





Misma sangre y mismo tipo de restos de polen.

Hasta ahora los estudios habían coincidido que la sangre presente en el Santo Sudario de Oviedo, en la Sábana Santa de Turín y por lo menos en los Milagros Eucarísticos de Lanciano y Buenos Aires pertenecería a la misma persona, lo que nos lleva a pensar que o bien se produjo la historia de la resurrección que narra la Biblia o todo es un gran fraude. Pero ahora se han descubierto aún más cosas.


COMUNICADO DE UNIVERSIDAD DE MURCIA SOBRE EL MISMO POLEN EN SUDARIO DE OVIEDO Y SÁBANA SANTA DE TURÍN


El 9 de febrero de 2015 la Universidad Católica de Murcia ha lanzado un comunicado expresando que el polen hallado en el Sudario de Oviedo y la Sábana Santa de Turín coinciden.

El grupo de investigación de la Universidad Católica de Murcia que está estudiando muestras del Sudario de Oviedo, ha descubierto un grano de polen de una planta que, según indica la palinóloga del EDICES, Marzia Boi, es compatible con la especie botánica Helicrysum Sp., también identificado en la Sábana Santa (Síndone de Turín); además, se ha descartado que se trate de una contaminación posterior, ya que se encuentra adherido a la sangre; es decir, que llegó a la reliquia a la misma vez que la sangre, no de forma aleatoria en algún momento a lo largo de su historia. Este dato es muy importante, pues permite demostrar la autenticidad del Sudario de Oviedo, y desmentir que se trate de una falsificación.

Esta investigación ha sido posible gracias al novedoso microscopio de barrido electrónico de última generación con el que cuenta la UCAM. En este sentido, el presidente de la UCAM, José Luis Mendoza, resalta que adquirió “el microcospio para ofrecer este servicio” de investigar en profundidad la citada reliquia. Se trata de un nuevo hallazgo que no forma parte de la línea investigadora en la que está centrado el estudio, ya que lo que se busca en la muestra que se está procesando es material biológico humano.

Según señala el jefe de Sección de Histopatología Forense del Instituto de Medicina Legal Murcia, y director del Equipo de Investigación del Centro Español de Sindonología (EDICES), Alfonso Sánchez Hermosilla, se trata de otra concordancia más, de primer orden, a unir junto con la creciente lista puesta de manifiesto por el estudio científico de estas reliquias de la Pasión atribuidas a Jesús de Nazaret. Cómo señalan investigaciones anteriores, existen varios aspectos que relacionan ambas reliquias. El Sudario de Oviedo tiene manchas de sangre humana y del grupo AB, que es el mismo grupo sanguíneo de la sangre de la Sábana Santa. Además, las manchas de sangre de este encajan matemáticamente con las manchas de sangre de la cara de la Sábana Santa, lo que sólo se explica si los dos lienzos cubrieron el mismo rostro.

Helicrysum se ha utilizado, desde hace miles de años, con fines cosméticos en Oriente Medio; además, era usado en los enterramientos judíos durante el siglo I de la era cristiana, por lo que no es de extrañar su presencia sobre restos hemáticos de un lienzo usado para amortajar un cadáver.


DOS MILAGROS EUCARÍSITICOS COINCIDENTES

Hay acreditados decenas de milagros eucarísticos, palpables, visibles y comprobables, a través de la historia, en que la hostia y el vino se convirtieron en carne y sangre, comprobado por la gente que lo ve y por pruebas de laboratorio.

El caso más famoso es el del milagro de Lanciano, que lo que se encontró en su profuso estudio bien pudiera argüirse que es una casualidad o una falla de la investigación. Pero cuando se estudian diferentes milagros, por diferentes profesionales y dan los mismos resultados cruzados, no hay lugar a dudas.

Si se compara el Milagro de Lanciano con el Milagro Eucarístico de Buenos Aires se comprueba que las dos muestras corresponden a la misma persona, que nació y vivió en medio oriente, y que la carne es actualmente un tejido que está vivo a pesar de los años. Y también coincide 100% con la sangre hallada en la Sábana Santa de Turín y en el Santo Sudario de Oviedo.

Los Evangelios registran la historia de la Última Cena y aquellas famosas palabras pronunciadas por Jesús: “Este es Mi Cuerpo… Esta es mi Sangre…”. Esas son palabras muy fuertes, porque nos dan la oportunidad de experimentar la presencia real y tangible de Cristo entre nosotros, incluso hoy, 2000 años después de la Última Cena.


EL MILAGRO DE LANCIANO

Un día, a finales de octubre del año 700 dC, un Monje Basiliano celebraba misa en una iglesia dedicada a los Santos Legontian y Domiciano en un pueblo llamado Lanciano, que se encuentra en el sur de Italia. Durante la consagración de la misa, el monje era entretenido por serias dudas de que el vino y el pan sin levadura frente a él fueran en realidad la presencia real y sustancial del Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Después de pronunciar las palabras de la consagración:“Este es mi cuerpo… Esta es mi Sangre”, el monje se sorprendió al ver la hostia frente a él que cambiaba a lo que parecía ser una verdadera pieza de carne, y el vino cambiaba en lo que parecía sangre real.

Confundido y asustado, el monje llamó a los asistentes hasta el altar para ver lo qué había sucedido. Huelga decir que todos se asombraron, muchas lágrimas se derramaron, y la noticia del suceso se extendió rápidamente por toda la ciudad y, finalmente en toda Italia.

Después de unos días, el vino, que era ahora sangre coagulada se dividió en cinco glóbulos de diferentes formas y tamaños irregulares. Se ha especulado mucho, cuestionando ¿por qué el número cinco? ¿Por qué se divide en cinco partes? Es interesante observar que el número cinco se corresponde con el número de heridas que Cristo sufrió en la cruz, las heridas de los clavos en cada mano y en cada pie, y la herida del costado de Cristo por la lanza del centurión.

Este evento, que se ha conocido como el Milagro de Lanciano, está oficialmente reconocido por la Iglesia Católica Romana como un Milagro Eucarístico. Esta hostia que se hizo carne y el vino que se convirtió en sangre pueden ser vistos y venerados aún hoy en día, ya que está contenidos en una custodia dentro de la misma Iglesia.

Con los años, muchas pruebas e investigaciones se han realizado sobre estas dos Sagradas Especies. Los resultados de las pruebas más antiguas documentadas que aún existen son de un ensayo llevado a cabo en 1574. [i]

En esos documentos un fenómeno inexplicable fue descubierto y reportado.

“Las cinco bolitas de sangre coagulada son de diferentes tamaños y formas. Pero cualquier combinación pesa lo mismo que el total. En otras palabras, 1 pesa lo mismo que 2, 2 pesan lo mismo que 3, y 3 pesan lo mismo que 5″. [ii]

La investigación más reciente y más impresionante fue realizada por la comunidad científica y se llevó a cabo entre 1970 y 1971. [iii] El equipo realizó sus estudios durante un período de 15 meses y sus pruebas involucraron un total de 500 exámenes diferentes. Su informe fue publicado en 1971.[iv]

El siguiente es un resumen de su informe:

1) Las muestras testeadas estaban absolutamente libres de cualquier agente extraño utilizado normalmente en la preservación de la carne humana.
2) La carne es carne real y la sangre es sangre real.
3) La Carne y la Sangre pertenecen a la especie humana.
4) La carne consiste en el tejido muscular del corazón humano.
5) La sangre era tipo “AB” positivo, propia de un hombre que nació y vivió en la región del Medio Oriente.
6) A pesar de que las muestras de sangre coaguladas eran de cinco formas diferentes e irregulares y tamaños, todos ellas resultaron ser de exactamente el mismo peso.
7) En la sangre se encontraron las proteínas en las mismas proporciones normales (en porcentaje), como se encuentran en la estructura sero-proteica de la sangre normal fresca.
8) En la sangre también se encontraron estos minerales: cloruros, fósforo, magnesio, potasio, sodio y calcio.
9) La conservación de la Carne y de la Sangre, que fueron dejadas en su estado natural durante más de doce siglos y expuestas a la acción de agentes atmosféricos y biológicos, sigue siendo un fenómeno extraordinario.

Me gustaría hacer hincapié en un hecho afirmado en dicho informe. Cuando la sangre humana se queda sin refrigeración, las propiedades físicas y químicas naturales se deterioran rápidamente a través de la descomposición.

La sangre de este milagro de Lanciano de más de 1.250 años de antigüedad, sin embargo, todavía contiene todas las proteínas, los productos químicos y las propiedades físicas de la sangre recién derramada. Sin embargo, los resultados de las pruebas establecen que se no pudo encontrar ningún tipo de conservantes.



EL MILAGRO DE BUENOS AIRES

Muchos milagros, similares al milagro de Lanciano, se han documentado y reconocido oficialmente por la Iglesia Católica Romana como milagros eucarísticos. Este evento siguiente es el más reciente reporte de Milagro Eucarístico. Y sus similitudes con el milagro de Lanciano son a la vez sorprendentes y estimulantes.

El 15 de agosto de 1996, un ministro de la Eucaristía un Ministro de la Eucaristía estaba distribuyendo la comunión durante la misa en una iglesia llamada Santa María, en Buenos Aires, Argentina. Se le cae accidentalmente una hostia. No está seguro de qué hacer y le pidió al sacerdote su ayuda. El sacerdote cogió con reverencia la hostia y la colocó en un pequeño recipiente con agua que tradicionalmente se mantiene al lado del Tabernáculo para tales eventos. El sacerdote coloca el recipiente en el Tabernáculo donde, con el tiempo, la hostia se espera que se disuelva, en cuyo momento se podría entonces disponer adecuadamente. 

Seis días más tarde, el sacerdote examinó el recipiente, esperando encontrar que la hostia disuelta. El quedó confundido, sin embargo, por lo que encontró. La hostia había crecido en tamaño y estaba cubierta de manchas o motas rojas. El sacerdote la dejó en el Tabernáculo, pensando que con el tiempo se disolvería. Era sólo una cuestión de tiempo. Pero a lo largo de un período de varios días más, la hostia fue cambiando su apariencia a la de la sangre coagulada, hasta que finalmente parecía un trozo de carne. [v]

A raíz de esto tomó las riendas del asunto el Arzobispo de Buenos Aires, Cardenal Jorge Mario Bergoglio, hoy Papa Francisco, que envió una muestra del tejido a un laboratorio en Buenos Aires.

El laboratorio reportó el hallazgo de células humanas rojas y blancas de sangre y de tejido de un corazón humano. El laboratorio informó además de que la muestra de tejido parecía estar aún con vida, ya que las células se movían o latían como lo harían en un corazón humano vivo.

Tres años más tarde, en 1999, el Arzobispo Bergoglio contrata al Dr. Ricardo Castañón Gómez [vi] para realizar algunas pruebas adicionales.

El Dr. Castañón envió una muestra del tejido a un laboratorio de Nueva York. A los efectos del examen de manera justa e imparcial, al laboratorio no se le dijo nada sobre su origen de la muestra. El laboratorio informó de que la muestra recibida era de tejido muscular de corazón humano vivo.

Cinco años más tarde, en 2004, el Dr. Gómez se contactó con el Dr. Frederick Zugibe [vii] y le pidió evaluar una muestra de prueba, una vez más sin decirle nada acerca de la muestra o de su origen. El Dr. Zugibe también informó de que la muestra fue de tejido muscular era de un corazón humano vivo. El médico informó además de que el tejido muscular parecía estar tomado de una persona cuyo corazón había sido severamente traumatizado o golpeado.

El médico fue informado luego del hecho de que la muestra se obtuvo en 1996. A lo cual, el Dr. Castañón Gómez le dijo:

“Entonces usted me tiene que explicar una cosa. Si esta muestra proviene de una persona que ha muerto, entonces ¿cómo puede ser que en lo que fue examinado, las células se estaban moviendo y latiendo? Si el corazón proviene de una persona que muere en 1996, ¿cómo pueden estar vivas?”

No hace falta decir que el médico se sorprendió cuando se le contó toda la historia.



COMPARACIÓN CON LA SÁBANA SANTA Y EL SANTO SUDARIO

A continuación, el doctor Ricardo Castañón Gómez dispuso que los informes de laboratorio del milagro Buenos Aires se compararan con los informes de laboratorio del milagro de Lanciano, una vez más, sin revelar el origen de las muestras.

Los expertos que hicieron la comparación concluyeron que los dos informes de laboratorio deben haberse originado a partir demuestras obtenidas a partir de la misma persona. Se informó además de que ambas muestras revelaron el tipo de sangre “AB” positivo. También dijeron que los ADN de las dos muestras fueron idénticos. Por lo tanto, la muestra de Buenos Aires y la muestra Lanciano deben haber sido tomadas de la misma persona.

Pero hay un hecho más importante y más interesante aún. Cuando los resultados científicos de las muestras de sangre tomadas de Lanciano y Buenos Aires se compararon con las del equipo de científicos que analizaron las muestras de sangre tomadas de la Sábana Santa de Turín y el Santo Sudario de Oviedo, han demostrado ser 100% idénticos. Todos ellos tienen un tipo de sangre “AB” positivo. Todas ellas son características de un hombre que nació y vivió en la región del Medio Oriente.

Nunca seremos capaces de probar el concepto cristiano de la transubstanciación a un incrédulo. Pero San Agustín respondió con fuerza, a finales del cuarto siglo, a las alegaciones paganas de que las creencias cristianas no sólo eran supersticiosas sino también bárbaras. Señaló que la ciencia puede y debe servir para aclarar e iluminar la fe cristiana.

Los caso que se acaban de citar deberían ayudar a confirmar la fe cristiana a los fieles. Estos ejemplos también deben servir para recordarnos el hecho de que la presencia eucarística que vemos en el altar es mucho más que un pedazo de pan sin levadura y una copa de vino. Que es realmente el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Pero lo más importante, que debemos siempre recordar, es queestos milagros que acabamos de citar no son únicos. Este milagro ocurre todos los días, en todas las iglesias en todo el mundo, en la consagración de la misa. Y con esta comprensión deberíamos para siempre tratar estas sagradas especies con el respeto que se merecen.


Notas

[I] 17 de febrero 1574 por el obispo Gaspar Antonio Rodrigues
[ii] libro titulado “Esto es mi cuerpo, ésta es mi sangre de la Milagros Eucharistics – Book 1″, de Bob & Penny Lord.
[Iii] Por iniciativa del arzobispo de Lanciano, Pacífico Perantoni, y del ministro provincial de los Franciscanos Conventuales de los Abruzos, y con la autorización de Roma, la prueba se llevó a cabo por el doctor Oroardo Linoli, que es profesor de Anatomía Patológica Historica y Química y Microscopia Clínica, y ex director del Laboratorio de Anatomía Patológica del hospital de Arezzo, Italia. Fue asistido por el doctor Ruggero Bartelli, profesor emérito de anatomía humana en la Universidad de Siena.
[Iv] Los hallazgos presentados el 4 de marzo de 1971 y publicados en Quaderni Sclavo di Diagnostica Clinica e di Laboratori.
[V] Resumen de la información recopilada por el Dr. Ricardo Castañón de la Ciudad de México y el Padre Jeffrey Montz Vicario Parroquial de San Francisco de Asís, de Nueva Orleans.
[Vi] Ricardo Castañón Gómez es el presidente del Grupo Internacional para la Paz. Con sede en Bolivia, país de Castañón Gómez, y también opera en los otros miembros de 12 países, el grupo sin fines de lucro es un conjunto de profesionales de la investigación con financiación propia que investigan fenómenos místicos. Ellos reportan sus resultados, como una opinión científica, directamente al Vaticano para su consideración. Ricardo Castañón Gómez es un psicólogo clínico especializado en bioquímica del cerebro, ha participado en estudios de más de media docena de milagros eucarísticos en las últimas dos décadas.
[Vii] El Dr. Frederick Zugibe es un patólogo forense.


FUENTE: forosdelavirgen.org/

EL ODIO ES UN SENTIMIENTO SATÁNICO




LIBRO DADME DE BEBER.


Dictado del 23-8-07


Quien ama repara. La reparación es gloria para Dios. Pero no todo el mundo sabe reparar, porque reparar es querer aliviar a Dios de la pena que le oprime, que le ahoga, que es la infidelidad y el olvido de las almas.

Yo soy un Dios de Amor y busca amor por doquier. Recorro el Planeta Tierra buscando almas que me amen enardecidamente. Encuentro almas que me aman pero también, se reservan parte de su corazón para otras cosas o criaturas. No me dan ese amor integro que deseo, siempre se reservan algo, hay pocas almas que me amen al cien por cien.

El odio es un sentimiento satánico. Odiar es maldad y la maldad viene del Mal. El odio es característico de Satanás y los malos espíritus, es mala hierba que crece en el alma y que hay que arrancar de raíz, para que no vuelva a crecer. Solo Yo, que Soy Amor, puedo arrancar el odio del alma. El odio hace infeliz a quien lo tiene, no goza de paz, ni puede recibir mis gracias porque el odio es como un centinela, que impide que entren. Pero si en su voluntad está querer salir de esa situación, ya solo con el deseo se predispone, a que Mi gracia lo alcance. El odio es la atadura de Satanás, ata al alma a él a través de este malvado sentimiento.

Yo Jesús, todo Amor, Redentor del mundo, también redimí a mis enemigos y a cuantos me odiasen durante todos los siglos. Yo amo sin limites, ni condiciones, me vuelco en el alma que desea santificarse y la voy limpiando de malas hierbas (sentimientos) como se limpia un jardín.

Yo soy el Dulce Jardinero que hermoseo al alma que desea vivir en mis leyes. Me voy poco a poco reflejando en ella y la voy poniendo a Mi gusto, para presentarla a Mi Padre con mis gracias y mi labor divina.

Le abono con mi paz, con mi gozo, con buenos y santos deseos. Le abro la mente al perdón, a la solidaridad, a la tolerancia, al compartir, porque mis frutos son frutos celestiales que hago nacer en el alma, que desea caminar por mis sendas. Yo soy Jesús de Nazaret, el Buen Samaritano, que se para ante el alma dañada por el dolor, el rencor, el odio, la amargura y la sano de sus heridas, si ella se deja cuidar de Mi.

¡Venid almas de Mi Corazón Divino! ¡Venid! que Yo curaré vuestras heridas. Yo Soy el Buen Pastor y os amo y doy Mi Vida para libraros del rapaz lobo. ¡Venid a Mí! ¡Venid a Mi Corazón!


FUENTE: angelicapajares.wordpress.com

EL SACERDOTE, FUENTE DE GRACIAS PARA LAS ALMAS


Escrito por servcathispano en Dios, Jesucristo, Libros, Nuestra Fe, Nuestra Iglesia, Sacerdote, Sacramentos



EL SACERDOTE, FUENTE DE GRACIAS PARA LAS ALMAS


Escrito por el Beato Columba Marmion de su obra, “Jesucristo, Ideal del Sacerdote”.


El sacerdocio eterno de Cristo es la fuente de donde brotan todas las gracias que los hombres reciben en este mundo y la felicidad de la que han de gozar durante toda la eternidad: De plenitudine ejus nos omnes accepimus (Jo., I, 16).

El sacerdocio cristiano es prácticamente el canal ordinario de todos los dones sobrenaturales que Dios concede al mundo, porque su misión es la de continuar en la tierra la obra de Jesús y se ejerce en virtud de su poder.

Si consideramos nuestra dignidad de sacerdotes bajo este aspecto, descubriremos en ella una grandeza incomparable.

Puede Dios en su liberalidad soberana dispensar libérrimamente sus gracias independientemente de nuestro ministerio. Sin embargo, según el plan de la sabiduría eterna, ha querido que la adopción divina, el perdón de los pecados, los socorros del cielo y toda la enseñanza de la revelación nos llegue por mediación de otros hombres investidos del poder de lo alto.

Este orden de cosas es una prolongación de la economía de la encarnación, de la misma suerte que el mundo fue rescatado por el sacrificio de un hombre, nuevo Adán cuyos méritos eran de un valor infinito, así también ahora las gracias de la redención se comunican por mediación de otros hombres que hacen en la tierra las veces de Cristo.

Esta dispensación de las gracias, que se ajusta enteramente a la voluntad del Padre, es un motivo de continua glorificación para el Hijo. Porque, cuando los fieles recurren al sacerdote para ser iluminados y fortalecidos, reconocen prácticamente que, en la obra de su salvación y de su santificación, de Cristo es de quien se derivan todos los bienes espirituales. Los miembros del Cuerpo Místico que viven esta fe contribuyen a la exaltación universal del Salvador, y participan a su manera en los designios del Padre, que dijo: «Le he glorificado y le glorificaré» (Jo., XII, 28).

La encarnación tiene por fin elevar a la criatura al orden sobrenatural. Este fin se realizó radicalmente en Jesucristo, pero aún es necesario que cada alma, sirviéndose de las gracias que la Iglesia dispensa, llegue a realizar en sí misma esta exaltación divina. Por los dones de que son portadores, todos los cristianos son capaces, al menos por su ejemplo, de atraer a su prójimo al camino de la virtud. Pero el sacerdote debe ser un centro de irradiación de vida divina. El es quien debe comunicar los dones sagrados, y en especial el don por excelencia, que es Jesucristo. Por la condición misma de su oficio, es director y debe conducir al religioso lo mismo que al simple fiel por los caminos de la perfección. A él le corresponde, en una palabra, «hacer que en todos los corazones resuene el eco del mensaje evangélico»: Prædicate Evangelium omni creaturæ (Mc., XVI, 15).

Leemos en la misa de los Doctores: «Vosotros sois la sal de la tierra»: Vos estis sal terræ (Mt., V, 13). Esto lo dijo Jesús a sus apóstoles. El sacerdote ofrece este germen de incorrupción a todos los que entran en contacto con él. Y debiera poder decirse de él con toda verdad que «de Él salía una virtud que curaba a todos» (Lc., VI, 19). Pero esto depende en gran parte de su santidad personal.

Cuando la sal pierde su sazón, no sirve para otra cosa que para arrojarla como un deshecho inútil. Lo mismo sucede con el sacerdote. A poco que pierda el fervor de su consagración sacerdotal, la acción espiritual que ejerce sobre las almas tiende a disminuir.

Por el contrario, cuando está lleno de amor de Dios y fervientemente unido a Jesús, hace un gran bien, aunque no tenga confiado ningún ministerio sagrado. La experiencia de todos los días nos enseña que un profesor de filosofía, de ciencias, de humanidades, o un prefecto de disciplina, si vive realmente su sacerdocio, ejerce infaliblemente una bienhechora influencia sobre sus discípulos, aún sin percatarse muchas veces de ello. Ningún laico puede ejercer una influencia tan profunda, por muy ejemplar y edificante que sea, ya que únicamente el sacerdote es por vocación «la sal de la tierra». No olvidemos jamás que somos causas instrumentales de las que Jesucristo se sirve para la santificación del mundo. La causa instrumental debe estar íntimamente unida al agente que la mueve: su acción no se ejerce sino en virtud del agente principal. Seamos nosotros este instrumento humilde y dócil en las manos de Dios, sin atribuirnos a nosotros mismos lo que Dios realiza por medio de nosotros. La validez de nuestro ministerio sacramental depende de nuestra ordenación y de la jurisdicción que recibimos del obispo. Pero la fecundidad santificadora de nuestra palabra en el confesionario, en la predicación y en todas las relaciones que tenemos con los fieles se debe en gran parte a nuestra unión con Cristo.

Aún hay un motivo más para que admiremos la sabiduría de la economía divina. En sus designios misericordiosos, el Padre no ha querido limitar el fin de la encarnación a la obra de la salvación del mundo, sino que también ha querido que podamos encontrar en el Mediador divino un corazón como el nuestro, un corazón rebosante de ternura y de compasión, que ha experimentado todos nuestros sufrimientos y todas nuestras miserias, a excepción del pecado.

El sacerdote es el continuador en el mundo de la misión del Salvador. Esta es la razón de porqué el Señor no ha elegido los dispensadores de su gracia de entre los ángeles, por puros que sean y por mucho amor que le profesen, sino precisamente de entre los hombres. Los que así hayan sido elegidos, «por la experiencia personal que tienen del peso de su debilidad humana y por el sentimiento de su propia indigencia, se compadecerán mejor de las debilidades y de las ignorancias de los pecadores»: Qui condolere possit iis qui ignorant et errant, quoniam et ipse circumdatus est infirmitate (Hebr., V, 2).

Si la divinidad de Jesucristo nos llena de admiración y reverencia, su bondad y su misericordia nos confortan y nos subyugan. Lo mismo sucede al pueblo cristiano que venera la sublimidad del sacerdocio; pero lo que le atrae en el sacerdote y lo que excita su amor hacia el ministro de Dios es principalmente su bondad, su compasión para toda suerte de dolores y debilidades y su entrega absoluta al servicio de todos, semejante a la de San Pablo, que le impulsaba a escribir con santo orgullo a los romanos: «Me debo tanto a los sabios como a los ignorantes»: Sapientibus et insipientibus debitor sum (I, 14).

En mi país, que durante tres siglos ha sufrido la persecución religiosa, el sacerdote es no solamente el que ha conservado la integridad de la fe en el alma del pueblo, sino el consejero a quien siempre se le escucha, tanto en el seno de la familia como en los problemas personales que le presentan los fieles, y por eso todos le estiman como el consolador y el amigo más fiel.

A esta gran bondad, que se alimenta en la misma fuente que la de Jesús, debe añadir el sacerdote una fe viva en la eficacia de la gracia, de la que es dispensador. Sean cuales sean las deficiencias y los pecados que se le presenten, el ministro de Cristo deberá creer firmemente en el poder de la gracia para remediar las necesidades de todos y de cada uno. Como dice un autor antiguo, Jesús transforma toda alma que tenga buena voluntad. «Se encuentra con un publicano y hace de él un evangelista; encuentra un blasfemos y lo hace apóstol; un ladrón y lo lleva al cielo; una meretriz y la transforma en más casta que una virgen» [Pseudo-Crisóstomo, Serm. I in Pent., P. G. 52, col, 803. (Breviario monástico, martes de Pentecostés)].

Ocurre a veces que el sacerdote, que está entregado en cuerpo y alma a su misión, se siente muy por debajo de su ideal. Pero esta impresión no debe desanimarle, porque este sentimiento de humildad es una de las mejores disposiciones para atraer sobre sí mismo y sobre su ministerio la bendición de Dios.

Mas para que este convencimiento de su propia nada sea agradable al Señor, deberá ir acompañado de una confianza sin límites en los méritos de Jesús: «Porque en Él, dice San Pablo, habéis sido enriquecidos en todo; en toda palabra y en todo conocimiento…, de suerte que no escaseéis en don alguno» (I Cor., I, 5-7). Si mucho importa que reconozcamos nuestra pobreza, más necesario nos es aún decir con el Apóstol: «Todo lo puedo en Aquél que me conforta» (Philip., IV, 13). Para cumplir su misión salvadora, Cristo recibió del Padre la vida divina; y también nosotros recibimos la gracia de lo alto para ejercer nuestro ministerio con las almas.

Todas las mañanas volvemos a encontrarnos con Jesucristo: su carne y su sangre nos vivifican. Lo que debemos hacer es recibirle con fe para «revestirnos de Él»: Induimini Dominum Jesum Christum (Rom., XIII, 14). Entonces, nuestro corazón se llenará de amor y de compasión hacia los pecadores, los ignorantes, los atribulados, los que penan y sufren. Y podremos, a ejemplo de Jesús, desear que «vengan todos a nosotros para ser aliviados»: Venite ad me omnes qui laboratis et onerati estis, et ego reficiam vos (Mt., XI, 28).


FUENTE: servicocatholicohispano.wordpress.com

MENSAJES DE MEDJUGORJE - 2 de Febrero de 2015



Mensajes de Nuestra Señora Reina de la Paz en Medjugorje 

Al inicio Nuestra Señora regularmente da sus mensajes sólo a los videntes, y a través de ellos a todos los fieles. A partir del 1 de marzo de 1984, Nuestra Señora comienza a entregar regularmente sus mensajes todos los jueves a la comunidad de parroquial de Medjugorje, y a través de ella, al resto del mundo. Puesto que algunas cosas que el Señor había deseado se cumplieron, como lo afirmó Nuestra Señora , a partir del 25 de enero de 1987, Nuestra Señora da sus mensajes a todo el mundo los 25 de cada mes Esto aún continúa.

Mirjana Dragicevic-Soldo, Ivanka Ivankovic-Elez y Jakov Colo tuvieron apariciones diarias hasta 1982, 1985, y 1998 respectivamente. Desde entonces, la Virgen se les aparece una vez al año y les da un mensaje. Debido a que el trabajo sobre los archivos está aún en curso, no estamos en condiciones de publicar los mensajes otorgados antes de 1995.


(http://www.medjugorje.ws)


Ultimo Mensaje, 2 de febrero de 2015  - Aparición a Mirjana


“Queridos hijos, aquí me tenéis. Estoy aquí entre vosotros, os miro, os sonrío y os amo como solo una Madre puede hacerlo. A través del Espíritu Santo, que viene por medio de mi pureza, veo vuestros corazones y los ofrezco a mi Hijo. Desde hace tiempo, os pido que seáis mis apóstoles y que oréis por quienes no han conocido el amor de Dios. Pido la oración hecha con amor, que realiza obras y sacrificios. No perdáis el tiempo en pensar si sois dignos de ser mis apóstoles. El Padre Celestial juzgará a todos, pero vosotros amadle y escuchadle. Sé que todo esto os confunde, como también mi permanencia entre vosotros, pero aceptadla con gozo y orad para comprender que sois dignos de trabajar para el Cielo. Mi amor está en vosotros. Orad para que mi amor venza en todos los corazones, porque este es un amor que perdona, da y nunca termina. ¡Os doy las gracias! ”

LA ESCALA ESPIRITUAL SAN CLÍMACO - PARTE 5


"LA ESCALERA DEL DIVINO ASCENSO"
DE SAN JUAN CLÍMACO


(Con anotaciones de Fr. Luis de Granada)


Capitulo VIII:


Escalón octavo, de la perfecta mortificación de la ira, y de la mansedumbre.

  Así como el fuego se apaga con el agua, así con las lagrimas se apaga la llama de la ira y del furor. Y por esto será cosa conveniente que habiendo tratado ya del llanto, tratemos ahora de la mortificación de la ira, que es efecto que se sigue de esta causa.

Mortificación perfecta de la ira es un insaciable deseo de desprecios è ignominias: así como por el contrario, la ambición es un apetito insaciable de honras y alabanzas. De manera que así como la ira es apetito de venganza; así la perfecta mortificación de la ira es victoria y señorío de la naturaleza, no haciendo caso, ni dándose nada por las injurias: la cual virtud se alcanza con grandes sudores y batallas. Mansedumbre es un estado constante è inmóvil del alma, que persevera de una misma manera entre loas vituperios y alabanza, entre la buena fama y la mala.

El principio de la mortificación de la ira consiste en cerrar la boca estando el corazón turbado: el medio, en tener también quieto el corazón con muy pequeño sentimiento de las injurias; y el fin, en tener una estable y fija tranquilidad en medio de los encuentros y soplos de los espíritus malos. Ira es deseo de hacer mal a quien nos ofendió. Furia es un arrebatado fuego y movimiento del corazón, que dura poco. Amargura de corazón es una desabrida pasión y movimiento de nuestro animo. Furor es un arrebatado fuego y movimiento del corazón, que dura poco. Amargura de corazón es una desabrida pasión y movimiento de nuestro animo. Furor es una acelerada pasión del animo, que descompone y desordena todo el hombre dentro y fuera de sí.

Así como en saliendo el sol huyen las tinieblas, así en comenzando a cundir y extenderse el suavísimo olor de la humildad, se destierra todo el furor y amargura del corazón. Algunos siendo muy sujetos a esta pasión, son muy negligentes para curarla: y no entienden la Escritura que dice [79]: En el momento de la ira está la perdición de su caída.

Así como la piedra del molino muele mas trigo en un momento que a mano se podría moler en un día, así esta furiosa pasión en un momento puede hacer mas daño que otras en mucho espacio. Así vemos también que un fuego soplado de grandes vientos hace mayor daño cuando se suelta en el campo, que otro pequeño aunque dure mas espacio. Por lo cual conviene poner gran recaudo en esta tan desaforada pasión.

También quiero que no ignoréis, hermanos míos, que algunas veces los demonios a cierto tiempo astutamente se esconden y nos dejan de tentar, para que nos descuidemos y hagamos negligentes con el ocio y falsa seguridad; para que habituándonos a esta manera de vida floja y descuidada, venga después a ser incurable nuestro mal.

Así como una piedra llena de esquinas, si se envuelve y refriega con otras piedras, viene a embotarse, y a despuntarse, y a perder aquella aspereza y filos que tenia; así también el hombre airado y áspero, si se junta con otros hombres ásperos, y vive en compañía de ellos, ha de parar en una de dos cosas; porque con el uso y ejercicio del sufrir vendrá a amansarse, y despuntarse, y perder los filos y aspereza de la ira; o si no, a lo menos buscando el remedio con huir las ocasiones del mal, esta huida le será espejo en que vea mas claro su flaqueza, y gane con esto humildad de corazón.

Furioso es un linaje de endemoniado voluntario, el cual tomado de la pasión del furor, contra su voluntad cae y se hace pedazos. Y digo contra su voluntad; porque el furor de la pasión, cuanto disminuye el uso de la razón, tanto impide la libertad de la voluntad. Ninguna cosa conviene menos a los penitentes que el furor de a ira; porque la conversión ha de ser acompañada con suma humildad: y este furor es grandisimo argumento de soberbia.

Si es cierto que el termino de la suprema humildad es no alterarse teniendo presente al que nos ofendió, sino antes amarlo con sosegado y quieto corazón; así también es cierto que el termino del furor será, si estando solos nos embravecemos con palabras, y gesto furioso contra aquel que nos ofendió.

Si es cierto que el termino de la suprema humildad es no alterarse teniendo presente al que nos ofendió, sino antes amarlo con sosegado y quieto corazón; así también es cierto que el termino del furor será, si estando solos nos embravecemos con palabras, y gesto furioso contra aquel que nos ofendió.

Si con verdad se dice que el Espíritu Santo es paz del alma [80], y la ira es la perturbación de ella; con razón también se dirá que una de las cosas que mas cierran la puerta al Espíritu Santo, y mas presto le hacen huir después de venido es esta pasión.

Como sean muchos y crueles los hijos de la ira, uno de ellos (aunque adultero y malo) ocasionalmente vino a ser provechoso. Porque vi algunos que habiéndose embravecido con la pasión de la ira, y vomitando la causa del furor que de muchos días tenían en sus entrañas concebida, acaeció curarse con que el que los había ofendido (entendida la causa de su indignación) los aplacó con penitencia, humildad, y satisfacción. Y de esta manera lo que el furor avía dañado, la virtud de la humildad y mansedumbre lo remedió, conforme a aquello que está escrito [81]: El varón airado levanta las contiendas; y el sufrido las apaga después de levantadas. Y en otro lugar [82]: La respuesta blanda amansa la ira; y las palabras duras despiertan el furor.

Vi también algunos que mostrando de fuera una aparente longanimidad y mansedumbre, tenían arraigada la memoria de la injuria en lo intimo de su corazón; los cuales tuve por peores que los que manifiestamente eran furiosos; pues así oscurecían la paloma blanca de la simplicidad y mansedumbre con esta maliciosa disimulación. Así que con suma diligencia y cuidado conviene armarnos contra esa serpiente de la ira; pues también ella tiene por ayudadora nuestra misma naturaleza, así como la serpiente de la lujuria.

Vi algunos que por estar inflamados con el furor de la ira, de puro enojo dejaban de comer; los cuales ninguna otra cosa hacían con esa desaforada abstinencia, sino añadir un veneno a otro veneno. Vi también a otros que viéndose tomados de esta pasión, tomaron de Aquí ocasión para entregarse a los deleites de la gula, por tomar con esto la consolación que no podían con la venganza; lo cual no fue otra cosa que de un despeñadero caer en otro. Y vi también a otros mas prudentes, que como sabios Médicos templaron lo uno con lo otro, tomando la refección mas moderada; ayudándose de esta natural consolación, juntamente con la razón, para despedir de sí la pasión. De donde sacaron mucho fruto para saberse de ahí adelante regir, y no entregarse a la ira. También el canto y melodía moderada de los salmos amansan el furor; como lo hacia la música de David cuando era atormentado Saúl [83]. Asimismo el deseo y gusto de las consolaciones divinas destierra del animo toda amargura y furor; así como también destierra las consolaciones y deleites sensuales; porque no menos aprovecha este gusto celestial contra el furor de la ira, que contra los deleites de la carne; de los cuales muchas veces aun el furioso no quiere gozar por conservarse en su pasión. Conviene también para esto que tengamos repartidos y ordenados nuestros tiempos, y determinado lo que en cada uno de ellos debemos hacer; para que así no halle lugar en nosotros la ociosidad y hastío de las cosas espirituales, con que se da la entrada al enemigo.

Estando yo un tiempo por cierto respeto junto a la celda de unos solitarios, oí que estaban entre sí altercando como picazas con gran furor y saña, embraveciéndose contra cierta persona que los avía ofendido, y riñendo con ella como si la tuvieran presente. A los cuales yo amonesté fiel y caritativamente, que no viviesen mas en soledad, si no querían de hombres hacerse demonios, encrueleciéndose y pudriéndose entre sí con semejantes pasiones.

Vi también otros, amigos de comer y beber, y de regalos; los cuales por otra parte parecían blandos, amorosos, y mansos de condición (como algunas veces suele acaecer a los tales) con lo cual habían alcanzado nombre de santidad. A los cuales yo por el contrario aconsejé que se pasasen a la soledad (la cual suele como con una navaja cortar todas las ocasiones de estos deleites y regalos) sino querían de criaturas racionales hacerse brutos, dándose a vicios que son propios de ellos.

Otros vi mas miserables que estos, que ni cabían en la compañía, ni en la soledad; a los cuales aconsejé que en ninguna manera se gobernasen por sí mismos; y a los Maestros de ellos benignamente amonesté que condescendiesen con ellos, dejándolos a tiempos en la compañía, y a tiempos en la soledad, y ocupándolos ya en unos ejercicios ya en otros; con tal condición, que ellos, abajada la cerviz. en todo y por todo obedeciesen a su gobernador.

El que es amigo de deleites hace daño a sí, y (cuando mucho) puede hacerlo a otro con su mal ejemplo; mas el furioso y airado, a manera de lobo, muchas veces perturba toda la manada, y revuelve toda una comunidad, hiriendo y mordiendo muchas animas. Grave cosa es estar turbado el corazón con el furor de la ira, según que se quejaba el Profeta, cuando decía [84]: Turbáronse con el furor mis ojos. Pero mas grave cosa es cuando a la turbación del corazón se añade la aspereza de las palabras [85]. Y sobre todo muy mas grave cosa es, y muy contraria a toda la monástica, y Angélica, y divina querer satisfacer con las manos al furor.

Si quieres quitar la paja del ojo del otro, o te parece a tí que la quieres quitar, no la quites con una viga en la mano, sino con otro instrumento mas delicado. Quiero decir: No quieras curar el vicio del otro con palabras injuriosas, y movimientos feos, sino con blandura y mansa reprehensión, Porque el Apóstol no dijo a su hijo Timoteo: Azota, ni hiere; sino: Arguye, ruega, y reprehende con toda paciencia y doctrina [86]. Y si fuere necesario castigo de manos, sea eso pocas veces: y aun no lo debes hacer por tí, sino por mano ajena.

Si atentamente miramos, hallaremos algunos que siendo muy sujetos a la pasión de la ira, son por otra parte muy dados a ayunos, y vigilias, y al recogimiento de la soledad; lo cual hace el demonio con grandísima astucia, a fin de que so color de penitencia y llanto los hace dar a estos ejercicios desordenadamente, para que así los melancolicen y acrecienten la materia del furor.

Si un lobo, como ya dijimos, ayudado del demonio, basta para revolver y destrozar todo un rebaño; también un Religioso muy discreto, como un vaso de óleo, ayudado del Ángel bueno, mudará la furia de la tempestad en serena tranquilidad, y pondrá el navío en salvo; y sendo de esta manera ejemplo y dechado de todos recibirá de Dios tan gran corona por esta pacificación, cuan gran castigo recibirá el otro por aquella perturbación.

El principio de este bienaventurado sufrimiento consiste en sufrir ignominias con dolor y amargura del alma; el medio en sufrirlas sin esta tristeza y amargura; y el fin en tenerlas por suma gloria y alabanza. Gózate tú en el primer grado, y alégrate mucho mas en el segundo; mas tente por dichoso y bienaventurado en el tercero; pues te alegras en el Señor.

Noté una vez una cosa miserable en los que están sujetos a la ira; la cual les procedía de una secreta soberbia de sí mismos. Porque habiéndose alguna vez airado, venían después a airarse de puro corrimiento, por verse vencidos de la ir; y maravilléme mucho de ver como estos enmendaban una caída, con otra caída; y tuve lástima de ellos, viendo como perseguían un pecado con otro pecado; y espantéme tanto de ver tan grande astucia en los demonios, que faltó poco para desesperar de mi remedio.

Si alguno viéndose cada día vencer de la soberbia, de la malicia è hipocresía, desea tomar las armas de la mansedumbre y de la paciencia contra estos vicios; este tal trabaje por entrar en la oficina de algún Monasterio, como quien entra en una casa de un batan o de una lavandería; y si perfectamente quiere ser curado, busque la compañía de los Religiosos mas riguroso y mas ásperos que hallare; para que siendo allí vejado y probado con injurias, y trabajos, y disciplinas, y pisado y acoceado de sus Prelados, quede su alma como un paño batanado y limpio de todas las inmundicias de pecados que tenia. Y no es mucho decir que las injurias y oprobios son como un laboratorio espiritual para las almas; pues aun el lenguaje común recibe que cuando hemos injuriado a uno, decimos que lo hemos muy bien enjabonado.

Una es la mortificación de la ira que procede del dolor y penitencia de los principiantes; y otra es la de los perfectos; porque la primera está atada con la virtud de las lagrimas como con un freno; mas estotra está como una serpiente degollada con un grandisimo cuchillo; que es con la tranquilidad del alma, que como Reyna y señora tiene sojuzgadas todas las pasiones.

Vi yo una vez tres Monjes que habían sido ofendidos è injuriados; de los cuales el uno reprimía la ira del corazón con el silencio de las palabras; el otro alegrábase con la ocasión que se le había dado de merecimiento, aunque se dolía de la culpa del ofensor; mas el otro no considerando otra cosa mas que el daño de su próximo, derramaba muchas lagrimas; y así era muy dulce espectáculo mirar estos tres santos obreros; al uno de los cuales movía el temor de Dios; al otro el deseo del galardón; y al otro solamente la sincera y perfecta caridad.

Así como la calentura de los cuerpos enfermos, siendo una, no procede de una sola causa, sino de muchas y diversas; así el ardor y el movimiento de la ira (y por ventura también el de las otras pasiones) procederá también de muchas causas. Y por esto no será razón señalar una sola regla para cosas tan varias.. Por lo cual doy por consejo, que cada uno ordene la medicina conforme la disposición y diligencia del enfermo. Y según esto, el primero remedio será que trabaje cada uno por entender la causa de su pasión; y conocida la causa ponga el cuchillo la raíz, y busque el remedio, así de Dios, como de los hombres; esto es del magisterio de los valores espirituales.

Pues según esto, los que desean juntamente con nosotros filosofar en esta materia, entren en una intelectual audiencia, semejante la que usa en el siglo, donde suelen los jueces examinar y sentenciar los reos; y ahí procuren inquirir las causas y efectos de estas pasiones, y el remedio de ella. Sea pues atado este tirano con las cuerdas de la mansedumbre, y azorado con el azote de la longanimidad; sea por la caridad presentado ante el tribunal de la razón, y puesto cuestión de tormento, le sean hechas estas preguntas: Dinos, loco y torpísimo tirano, los nombres de los padres que te engendraron, y los de tus malvados hijos y hijas, y también los de aquellos que te destruyen y matan. Preguntando él de esta manera, responderá así: Muchos son los que me engendran, y no es uno solo mi padre. Mis madres son vanagloria, codicia, gula, y algunas veces la fornicación. El padre que me engendró se llama fausto. Mis hijas son memoria de las injurias, enemistas, porfía y malquerencia. Los adversarios que ahora me tienen preso, son la mansedumbre, y la mortificación de la ira: y la que esta puesta en la celada contra mí, es la humildad. Mas quien sea el padre de esta, preguntadlo a ella en su lugar.

[79]Isai. 44

[80]Galat. 5

[81]Prov. 15

[82]Prov. ibi.

[83]1 Reg. 16

[84]Psalm. 6

[85]D. Aug. lib. I. de Serm. Dom. in Mont. cap. 3

[86]2 Tim. 4

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís