FRASES PARA SACERDOTES

CRECIMIENTO ESPIRITUAL
Para crecer espiritualmente no hay proceso. Para crecer espiritualmente lo único que se necesita es entregarse (como san Francisco de Asís), que Dios habite en nuestro corazón.
El Espíritu Santo no crece, no está en un proceso de experiencia. El Espíritu Santo es Dios, entonces el que tiene a Dios tiene toda la experiencia.

DE: Marino Restrepo.

CONSEJO DE MONSEÑOR MARINI A LOS COROS




Cinco consejos de Mons. Guido Marini a los coros.

DE LOS CONSEJOS DE MONSEÑOR GUIDO MARINI A LOS COROS.

Que urgente he importantes los consejos de Monseñor Marini para los coros de las Iglesias ya que ningún coro que he escuchado se acerca a estos.

Aparte de dichos consejos ni hablemos de los vestidos que usan algunas de las participantes y los tipos de instrumentos y volumen  alto en la casa del Altísimo.

Es como si no hubiera conocimiento alguno de lo que es el Santo Sacrificio, el cielo en la tierra. No hay temor de Dios.

LA SOTANA - VIDEO



RECHACEMOS EL TEMOR A LA MUERTE CON EL PENSAMIENTO DE LA INMORTALIDAD QUE LA SIGUE



Nunca debemos olvidar que nosotros no hemos de cumplir nuestra propia voluntad, sino la de Dios, tal como el Señor nos mandó pedir en nuestra oración cotidiana. ¡Qué contrasentido y qué desviación es no someterse inmediatamente al imperio de la voluntad del Señor, cuando él nos llama para salir de este mundo! Nos resistimos y luchamos, somos conducidos a la presencia del Señor como unos siervos rebeldes, con tristeza y aflicción, y partimos de este mundo forzados por una ley necesaria, no por la sumisión de nuestra voluntad; y pretendemos que nos honre con el premio celestial aquel a cuya presencia llegamos por la fuerza. ¿Para qué rogamos y pedimos que venga el reino de los cielos, si tanto nos deleita la cautividad terrena? ¿Por qué pedimos con tanta insistencia la pronta venida del día del reino, si nuestro deseo de servir en este mundo al diablo supera al deseo de reinar con Cristo?

Si el mundo odia al cristiano, ¿por qué amas al que te odia, y no sigues más bien a Cristo, que te ha redimido y te ama? Juan, en su carta, nos exhorta con palabras bien elocuentes a que no amemos el mundo ni sigamos las apetencias de la carne: No améis al mundo -dice- ni lo que hay en el mundo. Quien ama al mundo no posee el amor del Padre, porque todo cuanto hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida. El mundo pasa y sus concupiscencias con él. Pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre. Procuremos más bien, hermanos muy queridos, con una mente íntegra, con una fe firme, con una virtud robusta, estar dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, cualquiera que ésta sea; rechacemos el temor a la muerte con el pensamiento de la inmortalidad que la sigue. Demostremos que somos lo que creemos.

Debemos pensar y meditar, hermanos muy amados, que hemos renunciado al mundo y que mientras vivimos en él somos como extranjeros y peregrinos. Deseemos con ardor aquel día en que se nos asignará nuestro propio domicilio, en que se nos restituirá al paraíso y al reino, después de habernos arrancado de las ataduras que en este mundo nos retienen. El que está lejos de su patria es natural que tenga prisa por volver a ella. Para nosotros, nuestra patria es el paraíso; allí nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la nuestra. Tanto para ellos como para nosotros significará una gran alegría el poder llegar a su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin término la hallaremos en el reino celestial, donde no existirá ya el temor a la muerte, sino la vida sin fin.

Allí está el coro celestial de los apóstoles, la multitud exultante de los profetas, la innumerable muchedumbre de los mártires, coronados por el glorioso certamen de su pasión; allí las vírgenes triunfantes, que con el vigor de su continencia dominaron la concupiscencia de su carne y de su cuerpo; allí los que han obtenido el premio de su misericordia, los que practicaron el bien, socorriendo a los necesitados con sus bienes, los que, obedeciendo el consejo del Señor, trasladaron su patrimonio terreno a los tesoros celestiales. Deseemos ávidamente, hermanos muy amados, la compañía de todos ellos. Que Dios vea estos nuestros pensamientos, que Cristo contemple este deseo de nuestra mente y de nuestra fe, ya que tanto mayor será el premio de su amor, cuanto mayor sea nuestro deseo .

Él transfigurará nuestro cuerpo de humilde condición en un cuerpo glorioso, semejante al suyo.


FUENTE: www.catolicidad.com 


MARÍA MADRE Y MAESTRA DEL SACERDOTE -



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Por Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Porque ha hecho en mí maravillas el Poderoso, cuyo nombre es santo. Lc. 1, 49.

Queridos hermanos, este es el tercer título que la Santísima Virgen alega para glorificar a Dios. Tuvo presente las maravillas que Dios había obrado en Ella, y los grandes beneficios que le había hecho desde el instante de su Concepción hasta entonces, especialmente el inconmensurable milagro de ser Virgen y Madre, y Madre de Dios. La Virgen, admirada de tantas grandezas obradas en Ella por Dios, lo alabó por ellas.

¿Cómo el sacerdote, a ejemplo de su divina Madre, no va a reconocer las maravillas que el mismo Dios ha obrado en él? Fue elegido desde el principio del principio; el mismo Dios fijó su mirada en él para que fuera futuro sacerdote de Jesucristo. Lo eligió, quiso que precisamente él, y no otro, fuese su sacerdote, Suyo, para Él; para que pudiera cantar las grandezas que Dios hizo en su alma, y así contagiar a otros, los alejados, los duros de corazón, los soberbios. Porque las grandezas de Dios en el sacerdote son, en particular, para atraer a las almas alejadas de su divina misericordia.

La Santísima Virgen alabó la omnipotencia de Dios, por las maravillas que hizo en Ella, y la santidad de su Nombre, porque con su omnipotencia las hizo y con su santidad quiso hacerlas, para que su nombre fuese santificado y glorificado por los siglos de los siglos.

Todo en el sacerdote ha de glorificar el nombre de Dios, por ello la santidad sacerdotal ha de relucir primorosamente en el sacerdote; todo en él ha de recordar la santidad del nombre de Jesús, ante el cual “toda rodilla se doble, en la tierra, en el cielo y en el infierno”. Así como Dios hizo cosas grandes en Ella, es decir, santidad y obras celestiales, así en el sacerdote, también, realiza obras grandes: de santidad y celestiales; pero de una forma distinta totalmente, claro está, pero, santas y celestiales. En el caso del sacerdote, Dios, va a pedir su colaboración, pues le ha dado todo lo necesario para que dé muestras de santidad y obre cosas extraordinarias; y si no se dan tales aspectos en el sacerdote, será por negligencia suya, no de Dios, que quiere obrar “maravillas” a través de su sacerdote.

Si el sacerdote no obra tales “maravillas” es culpas suya, Dios lo ha adornado con grandes dones y poder, para realizar en Su Nombre lo que el hombre no puede hacer. Cuánto puede consolar el sacerdote a las almas, cuánto sufrimiento puede aliviar, y enfermedades curar; cuántas almas turbadas encuentran en él la paz y el sosiego, cuántas dudas encuentran respuesta, e indecisiones, la firmeza. El indolente encuentra la fuerza para actuar y el impulsivo, la serenidad en el actuar. Y por encima de todo, la maravilla de las maravillas: las manos del sacerdote en el altar.

Si lo meditamos bien, nuestra vida sacerdotal debiera ser una constante alabanza al Dios por la grandeza que ha obrado en nosotros. Es verdad, la fragilidad del sacerdote enturbia esa alegría de alabanza, pero sólo momentáneamente. De su fragilidad, sale el sacerdote más reforzado para seguir cantando las alabanzas a Dios por las “maravillas” que ha obrado en él.

No va en contra de la humildad reconocer en uno mismo los dones de Dios. La Virgen María no actuó en contra de la humildad, Ella la humilde entre las humildes; reconoció toda la grandeza que Dios le había dado, y sólo a Él la atribuyó. Nada se guardó como propio merecimiento, o valía personal, sino solamente alabó la potencia y santidad de Dios.

El sacerdote ha de alzar su voz al unísono con la Santísima Virgen, y unidos a los “cuatro vivientes”, cantar: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios todopoderoso, el que era, el que es y el que viene (Ap. 4, 8). Nos dice el Apocalipsis, que los vivientes daban gloria siempre y acción de gracias al que “está sentado en el trono, que vive por los siglos de los siglos”. Esta es la alabanza que sin cesar entona la Madre de Dios y Reina de Cielos y tierra. Esta debe ser la alabanza que debe entonar a lo largo de toda su vida el sacerdote de Dios, como uno de los “vivientes, como la mismísima Madre de Dios.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa


FUENTE: delantelafe.com

MANTÉN INTACTO EL DEPÓSITO DE LA FE: SAN PIO X


¡NADIE, ABSOLUTAMENTE NADIE, TIENE DERECHO A CONTRADECIRLO!




FUENTE: catolicidad.com


EL USO DE LOS INSTRUMENTOS MUSICALES EN LA SAGRADA LITURGIA


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Aun cuando la música eclesiástica es exclusivamente vocal, permítese en ella el uso del órgano y, en algún caso particular y con la debida licencia del Ordinario, también el de otros instrumentos (Motu propio de Pío X, números 9 y 15).

Estos otros instrumentos que pueden usarse, además del órgano, con previa y expresa licencia del Ordinario, son: violines, violas, violoncelos, contrabajos, flautas, clarinetes, fagots y bandas de música con personal selecto y número de instrumentos proporcionados al local (instrumentos de aire, que acompañen con música escrita en estilo grave, conveniente y en todo parecida a la del órgano) (Motu propio de Pío X, números 20 y 21).




En cambio, son instrumentos prohibidos para siempre y por doquier, y no pueden ser permitidos: el piano, todos los instrumentos fragorosos (ruidosos, estridentes): tambor, chinesco, panderetas, platillos, etcétera, y todos los ligeros: arpa, guitarra, bandurria, mandolina, acordeón, etcétera (Motu propio de Pío X números 9 y 11), sin exceptuar el gramófono y el fonógrafo (Decr. 11 febrero de 1920).





FUENTE: musikliturgik.blogspot.com

BEATO MIROSLAV BULESIC, PRESBÍTERO Y MARTIR




Material preparado y publicado por https://www.eltestigofiel.org

Miroslav Bulesic nació el 13 de mayo de 1920 en el pueblo de Cabrunici, en Istria, en la parroquia de Svetvincenat. Sus padres se llamaban Miho y Lucía. De niño aprendió las primeras oraciones y los fundamentos de la fe cristiana del libro de oración «Oce, budi volja tvoja» (Padre, hágase tu voluntad), que el obispo Juraj Dobrila escribía para los fieles croatas en la Istria del siglo XIX. Asiste a la escuela primaria de Jursici, donde tuvo como profesor de religión al sacerdote Ivan Pavic, muy respetado por su celo . A la edad de diez años Bulesic comienza sus estudios en el seminario. Tras un año de preparación ingresa en el año lectivo 1931-1932. Permaneció en el seminario hasta 1939, año en el que hace el examen de madurez. Tras completar sus estudios en el seminario de Koper, y tener la recomendación del sacerdote Ivan Pavic, («Se trata de un óptimo joven: inteligente, abierto, dedicado y de buen carácter»), el obispo de Porec y Pula lo envía a estudiar a Roma.

Permaneció allí desde el otoño de 1939 hasta el verano de 1943. Estudió filosofía y teología en la Pontificia Universidad Gregoriana, y llegó allí a la madurez espiritual e intelectual. En el día de la Inmaculada del año 1942 participó personalmente en la basílica de San Pedro en la consagración del mundo al Inmaculado Corazón de María hecha por el Papa, y poco después vuelve a Istria para recibir la ordenación sacerdotal.

Fue ordenado sacerdote el 11 de abril de 1943 en la iglesia parroquial de Svetvincenat. Con respecto a esto apuntó en su diario: «Mi mamá, mi papá y mis hermanos lloraban, y tenían razón para llorar: su hijo murió , dejó de pertenecer a ellos y comenzó a ser propiedad de Dios». Dos semanas más tarde, en su propia parroquia, celebraba su primera misa. Como lema para su vida sacerdotal eligió las palabras del Padre Nuestro: «¡Venga tu reino! ¡Hágase tu voluntad!»

Ese mismo año fue nombrado párroco de Baderna. Allí, en los dos años siguientes, vivió un fuerte compromiso con el ministerio pastoral y, al mismo tiempo, se volcó con gran valentía y sin descanso hacia aquellos que en la furia de la guerra estaban más expuestos. En mayo de 1944 escribe así a Ivan Pavic: «Entre el pueblo afligido y sangrante, nosotros tenemos que ser como el buen samaritano: consolar, sanar, sobrellevar, vendar cada herida ... » 

En el área de Porec, igual que en Istria, había tres ejércitos: los del lugar, los fascistas y los alemanes. En todo este tiempo lleno de odio el beato Bulesic pudo manifestar un amor genuino por su patria, pero sin comprometer la consistencia y universalidad del sacerdote católico, ya todos los hombres, cualquiera sea su uniforme militar, son imagen de Dios, como él mismo lo decía: «Soy un sacerdote católico y administraré los sacramentos a quienes los requieren de mí: croatas, alemanes, o italianos».

Debido a su actitud coherente y decidida, Bulesic se vio amenazado desde varios frentes, y en la primavera de 1944, en una nota en su diario personal escribe: «Si quieres que yo vaya a ti, estoy preparado. Te ofrezco toda mi vida por mis ovejas. Confiando en Tu gracia, y si Tú me haces merecedor, no temo al martirio, es más, lo deseo ardientemente. Hágase tu voluntad». Entonces, como si tuviera una premonición de que su sacrificio podía ser mal interpretado, explica para qué está dispuesto a sacrificar su vida: «Quiero morir sólo para la gloria de Dios y para la salvación de mi alma y las almas de mis fieles». Mientras tanto las acusaciones y calumnias eran cada vez más frecuentes. El día de Navidad de 1944 dice en la homilía abiertamente a sus feligreses: «No tengo miedo de nada porque sé que cumplo mis deberes, y estoy tranquilo ante el rostro de Dios y ante los hombres. Sabed que voy a mantener mi fe y honestidad, que no traicionaré por nada del mundo; sin miedo diré a cada uno lo que es justo. Me guío por estos principios, que son los principios de Cristo. Su camino será también mi camino» . Al final de la guerra aun estaba en Baderna, pero ya en el otoño de 1945 fue nombrado párroco de Kanfanar.

Allí continúa su tarea lleno de celo y entrega, a lo que suma oponerse a la glorificación perniciosa del partido comunista y la deificación programada del «líder de la revolución». El Viernes Santo de 1946 proclama audazmente desde el púlpito de la iglesia: «Jesucristo crucificado es nuestro Dios y nuestro Rey, y la Iglesia nuestra Madre. La fe y la salvación de nuestras almas es nuestra mayor riqueza, algo sagrado.» A pesar de sus exigencias, sobre todo en materia de fe y moral, Bulesic era estimado por los fieles, que le oían de buena gana; lo que, por supuesto, no gustaba a las autoridades comunistas.

En 1947, siendo ya vicerrector del seminario de Pazin y secretario de la Asociación Sacerdotal de San Pablo, ayudaba a Mons. Jakob Ukmar en la administración de la confirmación en la parroquia de Buzet y las iglesias de la zona. El sábado 23 de agosto de 1947 los comunistas, enfurecidos, irrumpieron en la iglesia parroquial para evitar que se administrara el sacramento. El beato se puso ante el tabernáculo para defender el SS. Sacramento: «Hasta aquí sólo se puede pasar por encima de mi cadáver», dijo, con el rostro pálido pero con voz clara y fuerte.

Lo mataron a cuchillo en la casa parroquial. Sintiéndose morir, el beato pronunció la invocación: «¡Oh Jesús, recibe mi alma!» Las autoridades no permitieron que fuera sepultado en su parroquia natal de Svetvincenat, sino que obligaron a enterrarlo en Lanisce. Sólo en 1958 fue posible transportar sus restos a su parroquia natal, donde fueron colocados en la entrada principal de la iglesia de San Vicente Mártir. De aquí, en 2003, fueron transportaron al interior del templo parroquial, donde están hoy. Fue beatificado el 28 de septiembre de 2013.


Sintetizado y traducido desde la sección en italiano de la vida del beato en el web croata dedicado a su beatificación.
Abel Della Costa



LA ESCALA ESPIRITUAL SAN CLÍMACO - PARTE 26


"LA ESCALERA DEL DIVINO ASCENSO"
DE SAN JUAN CLÍMACO




"Escala al Paraíso"
(Scala Paradisi, o Escala Espiritual)
Juan Clímaco.

Basada en la edición del Obispo Alejandro (Mileant)
Corrección e introducción: Rolando Castillo



Vigésimo octavo Escalón: de la Oración


1. La oración es, en cuanto a su naturaleza, la conversación y la unión del hombre con Dios y, en cuanto a su eficacia, la madre y también la hija de las lágrimas, la propiciación para los pecados, un puente elevado por encima de las tentaciones, una muralla contra las tribulaciones, la extinción de las guerras, la obra de los ángeles, el alimento de todos los seres incorpóreos, la alegría futura, la actividad que no cesa jamás, la fuente de las gracias, el proveedor de los carismas, el progreso invisible, el alimento del alma, la iluminación del espíritu, el hada que cercena la desesperación, el destierro de la tristeza, la riqueza de los monjes, el tesoro de los hesicastas, la reducción de la cólera, el espejo del progreso, la manifestación de nuestra medida, la prueba del estado de nuestra alma, la revelación de las cosas futuras, el anuncio seguro de la gloria. Para el que reza verdaderamente, la oración es la corte de la justicia, la sala del juicio y el tribunal del Señor antes del juicio futuro.

2. Levantémonos y escuchemos lo que nos grita en voz alta esta santa reina de todas las virtudes: "Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11:28-30). Es un remedio soberano para los grandes pecados.

3. Si queremos permanecer ante nuestro rey y nuestro Dios y conversar con Él, no podemos ponernos en camino sin preparación, pues si nos ve, desde lejos, desprovistos de las almas y de las vestimentas que convienen a los que permanecen ante Él, ordenará a sus servidores y a sus esclavos que nos carguen de cadenas, nos lleven lejos de su presencia, rompan nuestros petitorios y nos los arrojen a la cara.

4. Cuando vayas a presentarte ante el Señor, la túnica de tu alma debe estar totalmente tejida con el hilo de la ausencia de rencor. De otra manera, no obtendrás ningún beneficio de la oración.

5. La tela de tu oración debe ser de un solo color. El publicano y el hijo pródigo se reconciliaron con Dios a través de una sola palabra.

6. Permanecer ante Dios es común a todos los que rezan; pero la oración presenta muchas variedades. Algunos se dirigen a Dios como a un amigo y a un maestro, ofreciéndole sus alabanzas y sus súplicas, no para ellos, sino para otros. Algunos piden un acrecentamiento de riqueza espiritual, de gloria y de confianza filial. Algunos le suplican que los libre completamente de su adversario. Otros, que les sea otorgado algún favor y otros piden ser liberados de toda preocupación con respecto a sus faltas. Algunos piden la liberación de la prisión, el perdón de sus crímenes.

7. Escribamos, en el pergamino de nuestra oración, antes que cualquier otra cosa, la acción de gracias sincera. En segundo lugar, la confesión de nuestras faltas y una contrición del alma sentida profundamente. Luego, presentemos nuestra demanda al Rey del Universo. Es la mejor manera de rezar, como se lo reveló un ángel del Señor a uno de nuestros hermanos.

8. Si has tenido que comparecer ante un juez terrenal, no necesitas otro modelo para tu actitud ante la oración. Pero si jamás has sido juzgado o si no has asistido al proceso de otros acusados, instrúyete, en todo caso, acerca de cómo los enfermos que van a ser amputados o cauterizados imploran a los cirujanos.

9. Cuando reces, no busques palabras complicadas, pues el simple balbuceo, sin variedad, de los niños, ha tocado a menudo al Padre de los cielos.

10. No hables demasiado cuando reces, para que tu espíritu no se distraiga buscando palabras. Una sola palabra del publicano apaciguó a Dios y un solo grito de fe salvó al ladrón. La locuacidad en la oración dispersa al espíritu y lo llena de imágenes, mientras que la repetición de una misma palabra le permite concentrarse.

11. Si una palabra de tu oración te llena de dulzura o de compunción, permanece en ella, pues nuestro ángel guardián está allí, rezando con nosotros.

12. No confíes demasiado, si crees que has adquirido cierta pureza; acércate mejor con profunda humildad y recibirás una confianza todavía más grande.

13. Reza por el perdón de tus pecados, incluso si has trepado toda la escala de las virtudes. Escucha lo que dice Pablo, al hablar de los pecadores: "El primero de ellos soy yo" (1 Tm 1:5).

14. El aceite y la sal sazonan la comida; la templanza y las lágrimas dan alas a la oración.

15. Si estás revestido de dulzura y libre de todo enojo, no penarás mucho para librar tu espíritu de su cautiverio.

16. Mientras no adquiramos la oración verdadera, nos pareceremos a aquellos niños que comienzan a caminar.

17. Esfuérzate para elevar tu pensamiento o mejor para encerrarlo en las palabras de tu oración; y si, a causa de su estado infantil, se debilita y cae, condúcela allí de nuevo. La inestabilidad es característica del intelecto, pero Dios tiene el poder de volver todo estable. Si perseveras infatigablemente en este combate, Aquel que puso los límites al mar de tu intelecto vendrá y te dirá durante tu oración: "Llegarás hasta aquí, no más allá" (Jb 38:1). El espíritu no puede estar encadenado; pero todo está sometido al Creador del espíritu.

18. Si has contemplado como se debe al sol, también podrás conversar con él como conviene. Si no, ¿cómo puedes relacionarte sin mentiras con aquel que no has visto?

19. El comienzo de la oración consiste en rechazar por medio de una sola palabra los pensamientos en el mismo momento en que se presentan. El estado intermedio consiste en mantener nuestro pensamiento en lo que decimos o pensamos. Y su perfección es el éxtasis en el Señor.

20. La exultación que sobreviene en el tiempo de la oración en los que viven en comunidad es una; y otra es la que se produce en los que oran en el hesicasmo. La primera puede estar un poco mezclada con la imaginación pero la segunda está totalmente llena de humildad.

21. Si ejercitas continuamente tu intelecto para que no divague, estará cerca de ti incluso durante las comidas. Pero si vagabundea sin ser detenido, no permanecerá jamás a tu lado.

22. Un gran trabajador de la oración perfecta y sublime dijo: "Prefiero decir cinco palabras con mi mente..." (1 Co 14:9). Pero una oración de tal naturaleza es extraña para las almas que se encuentran todavía en la infancia. Nosotros, que además somos imperfectos, necesitamos no sólo la calidad, sino una cantidad abundante de palabras para nuestra oración; mediante la cantidad se consigue la calidad. Se ha dicho, en efecto: "Él da una oración pura a aquel que reza asiduamente, incluso si su oración está llena de distracciones y es pesada."

23. Una cosa es lo que envicia la oración; otra, lo que la extingue; otra, lo que nos la roba, lo que la vuelve defectuosa. Lo que la envicia es mantenerse ante Dios y dejar que la imaginación forme pensamientos extraños. Lo que la apaga es dejarse cautivar por preocupaciones inútiles. Lo que nos la roba es dejar que nuestro pensamiento divague insensiblemente; lo que la vuelve defectuosa es toda mala sugestión que nos ataca en ese momento.

24. Si no estamos solos en el momento de la oración, adoptemos dentro de nosotros la actitud de la súplica. Si no hay nadie con nosotros que pueda alabarnos, adoptemos incluso exteriormente la actitud del que suplica. Pues en los que son imperfectos, a menudo el intelecto adopta la forma del cuerpo.

25. Para todos, pero especialmente para aquellos que van al Rey para obtener de Él la remisión de sus faltas, es necesaria una inexpresable contrición.

26. Mientras estamos todavía en prisión, escuchemos a Aquel que habló así de Pedro: "Levántate aprisa, y cayeron las cadenas de sus manos," cíñete a la obediencia, aleja de ti tu voluntad y así despojado acércate al Señor en la oración. Entonces recibirás al Dios que gobierna tu alma (cf. Hch 12:).

27. Resucita del amor del mundo y de los placeres, sepárate de las preocupaciones, despoja tu pensamiento, renuncia a tu cuerpo; la oración no es otra cosa que el olvido del mundo visible e invisible. "¿Quién hay para mí en el cielo? Estando contigo no hallo gusto ya en la tierra" (Sal 72:5). No deseo otra cosa que unirme continuamente a ti en una oración sin distracción. Unos desean la riqueza, otros, la gloria, y otros, grandes bienes, pero mi bien es estar junto a Dios; he puesto en el Señor la esperanza de la impasibilidad de mi alma (cf. Sal 72:8).

28. La fe da alas a la oración; sin ella no podemos volar al cielo.

29. Nosotros, que estamos sujetos a las pasiones, recemos al Señor con insistencia; pues todos los impasibles pasaron de la sujeción de las pasiones, a la impasibilidad.

30. El juez no teme a Dios porque es Dios, pero si el alma se convierte en viuda de Él por sus pecados y sus caídas y lo importuna, Él hará justicia de su adversario, el cuerpo, y de los espíritus que combaten contra ella (cf. Lc18:7).

31. Nuestro Dios, pleno de bondad y sabiduría, atrae con su amor a las almas agradecidas, escuchando sus demandas con prontitud; pero a las almas ingratas, como a perros, los deja rezar mucho tiempo ante Él intencionadamente, con hambre y sed de ser escuchados; pues un perro ingrato deja a su benefactor en cuanto ha obtenido su pan.

32. Después de haber perseverado por mucho tiempo en la oración no digas que no has llegado a nada; pues ya has obtenido un resultado. ¿Qué mayor bien, en efecto, que el de unirse al Señor y perseverar sin descanso en esta unión con Él?

33. Un criminal tiene menos temor ante la sentencia de su condena que un hombre que sabe lo que es la oración en el momento de rezar. Por eso, si es sabio, el recuerdo de este temor lo llevará a soportar injurias, a rechazar la cólera, toda preocupación, toda tribulación, toda satisfacción de su apetito, todo pensamiento malo y todo lo que distrae.

34. Prepárate para una oración incesante del alma en los momentos en que te consagras a la oración, y harás rápidos progresos. He visto a algunos que brillaban por su obediencia y que se esforzaban tanto que podían conservar en su intelecto el pensamiento de Dios; en el momento de la oración, podían recoger en seguida su espíritu y derramar torrentes de lágrimas porque estaban preparados de antemano para la santa obediencia.

35. Cuando la salmodia es comunitaria, está acompañada de distracciones y divagaciones; lo que no ocurre si es individual; pero entonces la apatía nos hace la guerra, mientras que en comunidad viene a ayudarnos la emulación.

36. La guerra hace conocer el amor del soldado por su rey; el tiempo y la práctica de la oración revelan el amor que el monje tiene por Dios.

37. Tu oración te hará conocer el estado de tu alma. Los teólogos, en efecto, llaman a la oración el espejo del monje.

38. Quien está realizando cualquier tarea y continúa haciéndolo cuando llega la hora de la oración, es un juguete de los demonios. Pues el objetivo de estos ladrones es cambiamos una actividad por otra.

39. No te niegues cuando alguien te pida que reces por su alma, incluso si no posees la oración; pues, a menudo, la fe del que pide salva al mismo tiempo al que reza por él con contrición.

40. No te enorgullezcas si tu oración por otro es escuchada; pues es su fe la que fue poderosa y eficaz.

41. Todo niño es interrogado cada día infatigablemente por su maestro acerca de lo que le enseñó; de la misma manera, el intelecto es interrogado con razón cada vez que reza, acerca de lo que ha hecho con la fuerza que recibió de Dios. Estemos, pues, atentos.

42. Una vez que hayas rezado con atención, apréstate a combatir los movimientos de cólera. Pues allí quieren conducirnos nuestros enemigos. Debemos practicar todas las virtudes siempre y, sobre todo, dedicarnos a la oración con profundo sentimiento interior. El alma reza con este sentimiento cuando domina su irascibilidad.

43. Lo que se obtuvo por una oración frecuente y prolongada es a prueba del tiempo.

44. Quien ha encontrado al Señor, ya no se propondrá más ese objetivo en su oración pues el propio Espíritu intercede por él en su corazón con gemidos inefables (cf. Rm 8, 26).

45. Durante la oración no admitas ninguna imagen sensible para no caer en el extravío.

46. La certeza íntima de que todas nuestras demandas son escuchadas se nos presenta claramente en la oración. La certeza íntima es la resolución de nuestras dudas. La certeza íntima es una manifestación indudable de lo que no es manifiesto.

47. Debes ser extremadamente misericordioso, tú que te dedicas a la oración. Pues en la oración los monjes recibirán cien por uno; el resto, lo tendrán en la vida eterna (cf. Mt 19, 29).

48. Cuando el fuego reside en el corazón, resucita la oración y cuando ésta se despierte y suba al cielo, descenderá el fuego en el cenáculo del alma (cf. Hch 2, 3).

49. Algunos dicen que la oración es mejor que el recuerdo de la muerte; pero yo alabo a las dos naturalezas en una sola persona.

50. Un excelente caballo, a medida que avanza en la carrera, se enardece y se anima más y más. Por carrera, quiero decir salmodia y por caballo, un intelecto valiente. Él olfatea de lejos el combate (cf. Jb 39:5), se encuentra preparado y se muestra enteramente convencido.

51. Es cruel quitarle el agua de la boca al que tiene sed; pero todavía es más cruel para un alma que reza con compunción, el ser arrancada de esta oración tan deseable antes de que termine completamente.

52. No abandones la oración antes de que hayas visto cesar el fuego y el agua por una disposición divina. Pues quizás no se presente más en toda tu vida una ocasión parecida para obtener la remisión de tus pecados.

53. A veces, quien ha recibido el sabor de la oración mancilla su intelecto al dejar escapar una sola palabra desconsiderada, y cuando regresa inmediatamente a la oración suele ocurrir que no encuentra en ella lo que deseaba.

54. Algunos vigilan asiduamente el corazón y otros hacen que el corazón vigile al intelecto, gobernador y gran sacerdote que ofrece a Cristo sacrificios espirituales. Cuando el fuego santo y celestial viene y permanece en el alma de los primeros, como dice uno de aquellos que fueron denominados teólogos, los quema porque no están perfectamente purificados, en tanto que ilumina a los segundos según la medida de su perfección. Pues el fuego es sólo uno: fuego que consume y luz que ilumina. Por eso, algunos concluyen la oración como si salieran de una hoguera ardiente, y se sienten aliviados de todo lo que es material y de toda mancha mientras que los otros resplandecen y están revestidos con i manto doble: el de la humildad y el de la alegría. Pero los que concluyen la oración sin haber experimentado ninguno de estos dos efectos, rezaron sólo con la boca, por no decir hipócritamente

55. Si un cuerpo ve modificada su propia manera de obrar cuando está en contacto con otro cuerpo, ¿cómo podría permanecer igual el que toca el cuerpo de Dios con manos puras?

56. Vemos que nuestro Rey tan bondadoso, como un rey de la tierra, distribuye sus dones a sus soldados: lo hace él mismo, a través de un amigo, a través de un esclavo o de una manera secreta. Esto siempre se producirá en proporción a la túnica de humildad que llevemos.

57. Un rey de la tierra se sentiría profundamente descontento al ver a un hombre que, en su presencia, da vuelta su rostro y conversa con sus enemigos. De la misma manera, merece la aversión del Señor quien acoge pensamientos impuros en el momento de la oración.

58. Cuando se aproxime el perro, domínalo con tu bastón y, aunque se presente a menudo, no cedas jamás.

59. Pide a través de la aflicción, busca a través de la obediencia y llama a través de la paciencia. Pues quien pide así, recibe; quien busca, encuentra y a quien llama, se le abrirá (cf. Mt 7:8).

60. No multipliques tus intercesiones en la oración por una mujer, para no ser sorprendido

61. No intentes confesar en detalle y tal como son, las faltas carnales, para no tenderte emboscadas a ti mismo.

62. No emplees el tiempo de la oración reflexionando acerca de cosas necesarias o asuntos de orden espiritual, pues perderás la mejor parte.

63. Quien mantiene sin descanso el bastón de la oración, no tropezará. E incluso si cae, su caída no será definitiva. Pues la oración es una piadosa violencia ejercida por Dios (cf. Lc 11:5-8; 18:1-8).

64. No podemos juzgar la utilidad de la oración por las embestidas que nos libran de los demonios y juzgar sus frutos por la derrota del enemigo. "En esto sabré que eres mi amigo: si mi enemigo no lanza más su grito contra mí" (Sal 40:12). "Invoco con todo el corazón," dice el salmista (Sal 118:145), es decir, con la boca, con el alma y con el espíritu. Pues allí donde están dos reunidos, allí está Dios en medio de ellos (cf. Mt 18:20).

65. No todos tienen las mismas necesidades, ni en lo que concierne al cuerpo, ni en lo que concierne al espíritu. Para algunos es conveniente ir más rápidamente; para otros, tomar su tiempo para la salmodia. Los primeros luchan contra las distracciones, los otros, contra la ignorancia.

66. Si hablas al Rey constantemente de tus enemigos, ten confianza cuando te ataquen. No tendrás que penar, pues se retirarán rápidamente por sí mismos. Esos espíritus malvados no quieren verte obtener un premio por los combates que libras contra ellos a través de la oración. Es más, flagelados por tu oración, huirán como del fuego.

67. Ten ánimo y tendrás al propio Dios como maestro de oración. Es imposible aprender a ver por medio de palabras, porque ver es un efecto de la naturaleza. Es completamente imposible también aprender la belleza de la oración a través de la enseñanza de otro. La oración sólo se aprende en la oración y tiene a Dios por maestro, "que enseña al hombre el saber" (Sal 93:10), que otorga el don de la oración a aquel que reza y "guarda los pasos de sus fieles" (Sal 2:9). Amén.


DOCUMENTACIÓN ACERCA DEL INFIERNO - La antesala del Cielo


MILLONES DE ALMAS AL PURGATORIO


¿Dónde están los muertos? Os ofrecemos con meditación, pacientemente, con imparcialidad. Nuestros católicos responden: “Nuestras enseñanzas son muy explícitas con respecto a la pregunta. Hemos examinado el asunto de todas maneras a la luz de la Revelación divina. Nuestra conclusión y enseñanza es que cuando alguno muere va a uno de tres lugares: los santos, de los cuales creemos que hay muy pocos, van inmediatamente a la presencia de Dios, al cielo. A estos se refiere nuestro Señor, diciendo: “cualquiera que no toma su cruz y viene en pos de mi, no puede ser mi discípulo”. ( Luc. 14:27). Aquellos que llevan la cruz fielmente son el “pequeño rebaño”, los “elegidos”. Respecto de estos dice Jesús: “Estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la vida, y pocos son los que lo hallan”.{ Mt 7:’4} Entre los santos no está incluido nuestro clero, ni aún obispos, ni cardenales, ni papas; porque veréis que cuando uno de estos muere, es costumbre de la Iglesia decir misas por el reposo de su alma. No diríamos misas por alguno que creyésemos que es­tuviese en el cielo, porque allí, con seguridad, hay reposo para toda alma; ni tampoco diríamos misas por ellos si creyéramos que estuviesen en eterno infierno, porque las misas no les serían de ningún provecho, estando allí. Debemos advertir, sin embargo, que no enseñamos que muchos van al eterno infierno. Es nuestra enseñanza que solamente van allí los herejes incorregibles-personas que han tenido el conocimiento de las doctrinas católicas y que voluntaria y abiertamente se opusieron a ellas- estos encuentran esa tremenda e irremediable suerte.



MILLONES AL PURGATORIO

“Los muertos, en general según nuestra enseñanza pasan inmediatamente al Purgatorio, que es, como el nombre lo indica, una lugar de penitencia, calamidades, de verdadera angustia, pero no irremediable. El periodo de prisión en este lugar, puede ser de siglos o miles de millones de años, según los merecimientos de cada individuo y el alivio concedido.

Si vosotros superáis más particularmente la enseñanza católica sobre este tema, os referiríamos los escritos de nuestros grandes católicos, el notable poeta Dante, un católico ­leal, en un tiempo un Abbot, quien murió en un monasterio con todos los derechos de la Iglesia. El poema de Dante. “Infierno”, gráficamente describe las torturas del Purgatorio, como nosotros entendemos el asunto. Vos­otros podéis procurar en casi todas las librerías, una obra ilustrada de este gran poema católico. Doré, el artista, fue también un católico prominente, y pintó el poema de Dante de una manera vivida y verídica. Las Ilustraciones muestran vívidamente los ­tormentos del Purgatorio cómo los demonios persiguen a algunos hasta que saltando caen en precipicios de agua hirviendo. Estos demonios arrojan saetas ardientes a otros. Otros de cabeza se queman en las llamas; otros de pies, permanecen en abismos. Algunos son mordidos por serpientes. Otros permanecen helados, etc. Aconsejamos a vosotros que veáis esa obra de Dante, “Infierno”, porque ella muestra nuestra opinión católica y la propia respuesta a vuestra pregunta. ¿Dónde están los muertos? La vastamayoría está en el Purgatorio. Los ­millones de paganos allí están; porque la ignorancia no salva, no pone en aptitud para un estado celestial. Todo el que entra en el cielo debe ser idóneo y estar preparado, lo cual es imposible para los paganos. Millones de protestantes están allí. No pueden entrar en al cielo, sino solamente por las portadas de la Iglesia Católica; ni los consideraría Dios dignos de eterno infierno, porque su rechazamiento al catolicismo fue debido a la confesión de fe bajo la cual nacieron y de la cual estaban rodeados. Casi todos los católicos van también al Purgatorio, porque, a pesar de los buenos oficios de la nuestra Iglesia, nuestra agua bendita, confesiones, misas, velas santas, exequias consagradas, etc., sin embargo, no habiendo alcanzado la santidad de carácter, son excluidos de los cielos hasta que, pasando por las penas del Purgatorio, estén preparados sus corazones para el cielo. Sostenemos, sin embargo, que por la razón manifiesta, los católicos no necesitan permanecer tanto tiempo en el Purgatorio como los protestantes y los paganos”.


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MENSAJES DE MEJUGORJE - 2 y 25 de Agosto, 2 de Septiembre


Mensajes de Nuestra Señora Reina de la Paz en Medjugorje


Al inicio Nuestra Señora regularmente da sus mensajes sólo a los videntes, y a través de ellos a todos los fieles. A partir del 1 de marzo de 1984, Nuestra Señora comienza a entregar regularmente sus mensajes todos los jueves a la comunidad de parroquial de Medjugorje, y a través de ella, al resto del mundo. Puesto que algunas cosas que el Señor había deseado se cumplieron, como lo afirmó Nuestra Señora , a partir del 25 de enero de 1987, Nuestra Señora da sus mensajes a todo el mundo los 25 de cada mes Esto aún continúa.

Mirjana Dragicevic-Soldo, Ivanka Ivankovic-Elez y Jakov Colo tuvieron apariciones diarias hasta 1982, 1985, y 1998 respectivamente. Desde entonces, la Virgen se les aparece una vez al año y les da un mensaje. Debido a que el trabajo sobre los archivos está aún en curso, no estamos en condiciones de publicar los mensajes otorgados antes de 1995.

(http://www.medjugorje.ws)



Mensaje 2 de septiembre de 2019 - Aparición a Mirjana

Queridos hijos: ¡Oren! Recen el Rosario cada día, esa corona de flores que me enlaza directamente, como Madre, con sus dolores, sufrimientos, deseos y esperanzas.

Apóstoles de mi amor, estoy con ustedes por la gracia y el amor de mi Hijo, y les pido oraciones. El mundo tiene mucha necesidad de sus oraciones para que las almas se conviertan. Abran con total confianza sus corazones a mi Hijo, y Él escribirá en ellos un resumen de Su palabra: eso es el amor. Vivan un vínculo indisoluble con el Sagrado Corazón de Mi Hijo. Hijos míos, como Madre les digo que ya es hora de que se arrodillen ante mi Hijo, que lo reconozcan como su Dios, el centro de su vida. Ofrézcanle dones, lo que Él más ama es el amor al prójimo, la misericordia y un corazón puro.

Apóstoles de mi amor, muchos de mis hijos aún no reconocen a mi Hijo como su Dios, aún no han conocido Su amor. Pero ustedes, con su oración pronunciada desde un corazón puro y abierto, con los dones que ofrecen a mi Hijo, harán que se abran incluso los corazones más endurecidos.

Apóstoles de mi amor, el poder de la oración, pronunciada desde el corazón – la poderosa oración llena de amor –, cambia el mundo. Por eso, hijos míos, oren, oren, oren. Yo estoy con ustedes. Les doy las gracias. ”



Mensaje 25 de agosto de 2019

“Queridos hijos! Oren, trabajen y testimonien con amor el Reino de los Cielos, para que puedan estar bien aquí en la tierra. Hijitos, Dios bendecirá el céntuplo su esfuerzo y serán testigos entre los pueblos, las almas de los no creyentes sentirán la gracia de la conversión y el Cielo estará agradecido por sus esfuerzos y sacrificios. Hijitos, testimonien con el Rosario en la mano que son míos y decídanse por la santidad. Gracias por haber respondido a mi llamado. ”




Mensaje  2 de agosto de 2019 - Aparición a Mirjana

“Queridos hijos, ¡grande es el amor de mi Hijo! Si conocierais la grandeza de su amor, no dejaríais de adorarlo y agradecerle. Él está siempre vivo con vosotros en la Eucaristía, porque la Eucaristía es su Corazón. La Eucaristía es el corazón de la fe.

Él nunca os ha abandonado: aun cuando habéis procurado alejaros de Él, Él de vosotros no se ha alejado. Por eso mi Corazón materno se siente feliz cuando ve que, llenos de amor, regresáis a Él; cuando veo que acudís a Él por el camino de la reconciliación, del amor y de la esperanza.

Mi Corazón materno sabe que, cuando vosotros emprendéis el camino de la fe, sois brotes, capullos, pero, con la oración y el ayuno, seréis frutos, mis flores, los apóstoles de mi amor. Seréis portadores de luz e iluminareis, con amor y sabiduría, a todos alrededor vuestro.

Hijos míos, como Madre os pido: orad, reflexionad, contemplad. Todo lo hermoso, doloroso, alegre, santo, que os ocurre, os hace crecer espiritualmente; hace que en vosotros crezca mi Hijo. Hijos míos, abandonaos en Él, creedle a Él, confiad en Su amor; que sea Él quien os guíe. Que la Eucaristía sea el lugar donde alimentéis vuestras almas, y luego difundid el amor y la verdad, y testimoniad a mi Hijo. ¡Os doy las gracias! ”


"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. CXIII: INTIMIDADES DIVINAS.

Mensajes de Nuestro Señor Jesucristo a Sus hijos predilectos.

CXIII

INTIMIDADES DIVINAS



"Otro punto de mi caridad, de la ternura de mi Corazón que sufre al ver sufrir, es este recurso de infinito valor en mi Iglesia:  las Indulgencias, esa moneda de la que dispone el tesoro de la Iglesia en favor de todas las almas, que pueden lucrar para sí y para las almas del purgatorio.

La Iglesia usa el valor de mis méritos infinitos que a todo le da vida, y de las obras buenas, y de los sacrificios y dolores de las alas y de los cuerpos --muchas inocentes como las de los niños-- y no desperdicia el menor ápice que lleve germen sobrenatural, y lo aplica para el mismo bien de las almas, como una especie de moneda o derivación de la comunión de los santos.

Y vean todavía más y más derroches de mi ternura.  Al salvar a un pecador en los últimos instantes de una vida mala, mi caridad infinita, al verlo reo de tanta pena por sus culpas, aun por las ya perdonadas, hago que las indulgencias le condonen o le disminuyan dichas penas y llegue al purgatorio con menos deudas que pagar, para recibirlo --tan luego como pague a mi Justicia-- en los brazos de su Salvador, de  Jesús Redentor, del Corazón que no perdona a medias, sino que le abre su inmenso seno de misericordiosa bondad y lo introduce ne el cielo como trofeo de sus victorias.

Hasta más allá de la muerte llega mi ternura con las almas.  No quiero ver, cierro los ojos, por decirlo así, de mi Justicia, y solo abro, --¡cuántas veces!-- los de mi bondad sin límites; porque la ternura de mi Corazón para con las almas, el amor que tengo a los justos y a los pecadores, me hace traición.

Este es, si pudiera así decirse, la debilidad de todo un Dios: su amor, su infinito y eterno amor, que creó a las almas para el cielo y que llora por las extraviadas, que las llama como Pastor con silbidos amorosos y que las busca de mil modos sin cansarse jamás, que las persigue hasta el postrer instante de la vida, y todavía aminora sus merecidas penas con las indulgencias, hasta más allá de la vida mortal.  ¡Tiene el Dios-hombre tantos recursos de amor!

En estas confidencias íntimas, de corazón a Corazón, les voy a confiar un secreto que dejé traslucir:  la debilidad, le llamaremos así, del Corazón de un Dios Salvador, de Jesús Redentor.  Y ¿cuál es esta divina debilidad?  Es el amor, el amor que me vence, que me domina, que se sobrepone a mis Justicia misma; que me hace abajarme y olvidar, y borrar, y perdonar, y besar, y estrechar contra mi Corazón ardiente a las lamas pecadoras, a las almas ingratas, a las que me han ofendido y olvidado, y ¡hasta odiado!

¿Para qué me dejaste hacerme hombre? le digo a mi Padre amado.  ¿Para qué me diste este Corazón tan amante con latidos de un Dios, todo bondad infinita?

¿Para qué, Padre mío, regalaste a tu Hijo divino a la humanidad caída?  ¿Para qué me hiciste Jesús, Salvador, y de la misma carne de ellos, a quienes tanto quise a mi paso por la tierra?

Y si esto le digo a mi Padre, mientras tiembla mi Corazón de amor por los pecadores todos, ¿no se figuran lo que diré en favor de mis sacerdotes extraviados, de mis sacerdotes caídos, o tibios, o indiferentes, o tentados, o cansados, o en peligros, mediatos o inmediatos, de perderse?...

Entonces redoblo mis caricias de Hijo; interpongo mis sufrimientos del Calvario; alego mi santa misión de eterno Sacerdote; pongo a su vista la unión que tienen Conmigo por su vocación santa en el mismo seno de María; y le pido, y le ruego, y lo conmuevo como Dios-hombre, con toda la plenitud, ternura y fuerza de mi Corazón de hombre, y ... triunfo, triunfo de ese Padre amado, de ese justo Juez --uno Conmigo en la Divinidad-- y alcanzo esperas, y me gozo en retardar la sentencia, y me interpongo ante los castigos, y rasgo mi pecho sacrosanto con el fuego intensísimo de mi amor al hombre, presentándolo así a mi Padre hasta que acaba por mirarme desarmado, por sonreírme bondadoso, por estrechar en su amoroso seno al hombre-Dios, al Jesús Salvador, al que le permitió tomar un Cuerpo humano para ser Víctima y lavar con toda su sangre los crímenes del mundo!

Le muestro, en favor de los sacerdotes y de mi Iglesia, mi Corazón herido; le hago sentir lo que Yo siento en favor de mis ministros culpables; le ofrezco por ellos lo que me pida, lo que quiera, otra Redención y otra Cruz; pero... ¡sólo me pide amor!  ¡Y desbordo en el abismo infinito de su MISMO SER! y... ¡triunfo, triunfo del Padre adorado, y alcanzo plazos, y gracias, y esperas, repito, como Dios-Hombre, de la infinita caridad del Padre y del Santo Espíritu!

¡Si pudieran ver estas reyertas --las llamaré así en su lenguaje-- de Amor a Amor, de justicia a Justicia, del Hijo al Padre, del Padre al Hijo, triunfando siempre al Amor, la Persona divina del Amor, el Espíritu Santo, que contempla extasiado estas luchas de la Justicia y del Amor!...

¡Si mis sacerdotes se percataran de estas luchas de amor dentro de la unidad de Dios, en el seno mismo de Dios, nacidas en el Corazón del hombre Dios luchando en favor de mis sacerdotes en el mismo seno augusto de la Trinidad!

¡Ay, se sentirían morir de emoción, de gratitud y de amor!  ¡Cómo correrían sus lagrimas al ver luchar a Dios con Dios mismo en favor de sus almas, y por sólo el amor!  ¡Cómo entenderían algo siquiera de la dignidad tan grande del sacerdote, al ver luchar al eterno Sacerdote, para salvar esa dignidad en ellos y en la Iglesia, por las tiernas y amorosas fibras del Corazón del Verbo hecho carne!

Y  ¿saben lo que digo a mi Padre, lo que alego como hombre-Dios, con lo que hago que se conmueva mi Padre amado?

Le presento al Sacerdote eterno, del cual participa mi Iglesia santa.  Esta fibra lo conmueve, lo desarma.  Además, mis promesas al ofrecerle --porque Yo soy la Promesa del Padre--que van todos los sacerdotes a transformarse en Mí, los buenos y los no buenos, los fervorosos y los tibios.

Y le repito emocionado, entusiasmado, inflamado de amor:  ¿No ves, Padre mío, que ellos son otros Yo?  ¿No los escuchas casi a cada instante que dicen en la tierra:  "Éste es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre" siendo entonces Yo?  ¿Cómo no perdonar, no esperar, no disimular pecados y defectos y frialdades tan propias del hombre, si esas almas sacerdotales son capaces de reaccionar, de volar a la perfección, elevarse, de transformarse en Mí?

¿No te miran, Padre amado, a cada momento desde la tierra, con la mirada Mía, envolviéndote en un mundo de respeto,de adoración, de ternura, de sumisión y de amor?

¿No son acaso tus almas de elección, tus almas predilectas, en las que tiene la Trinidad su asiento y su esperanza en la tierra para salvar a las almas?

Así le digo a mi amado Padre; y mi papel de Redentor y de Salvador no cesa un instante en favor de mis sacerdotes.  Y ellos, ¡ay! ni saben lo que me deben, ni me agradecen la actividad de amor que consume en su favor mi alma.

Esas luchas son a todas horas, porque en Dios no hay tiempo: mi Corazón de hombre, unido a la Divinidad, clama sin palabras, porque soy el Verbo, la eterna Palabra que se comunica en un silencio divino, de Entendimiento a Entendimiento, de Corazón a Corazón, y en una sola substancia divina, en una sola Unidad.

Y en el Seno de mi Padre, Espejo purísimo, reproduzco todos mis quereres, peticiones y amores en un solo amor, en el Espíritu Santo.

Todo lo que digo al Padre es con un solo acto de mi voluntad divina, que repercute en olas suavísimas y vibra en cada Divina Persona.

Así se habla en el cielo: el pensar, el sentir y el hablar se traducen en amor. Y en el seno de la unidad, en el inmenso abismo de la Divinidad, tienen eco todos sus deseos, anhelos y quereres de hombre, unificados en un solo querer de Dios.

Todo esto que he traducido en palabras son hechos ciertos, pero unificados en la UNIDAD, con vibraciones múltiples, con eco infinito, que resuenan en el seno de la misma Trinidad. 

¿Quiénes son mis sacerdotes para interesarme tanto en ellos?  Pues son otros Yo mismo, y más perfectamente lo son los sacerdotes transformados en Mí.

Son mi mismo Cuerpo, mi misma Sangre, mi mismo Corazón; son mis esperanzas en la Iglesia, y su actividad y su decoro.

Son los conductos por donde se derrama en las almas la misma Trinidad; son la imagen de Dios en la tierra; son la fecundación del Padre en las almas.

Son más de María que los demás hombres, son mis representantes en la tierra para con las almas, y los que perdonan, y los que salvan; los que evangelizan y los que forman a Jesús en los corazones.

Son mis vasos de elección, mis escogidos, mis apóstoles, mis mártires en muchas formas. Son los lirios que deben perfumar los altares; son las cruces vivas en donde mi Corazón descansa; son el consuelo de mi Padre en la tierra, porque en ellos me contempla a Mí, su Hijo muy amado en quien  se complace.

Son los verdaderos nidos del Espíritu Santo, como Yo, y quienes lo poseen en forma especial.

Todo eso y más son para Mí y para la Trinidad: para el Padre, para el Verbo hecho carne que soy Yo, y para el Espíritu Santo, alma de la Iglesia, que ansía poseer a sus sacerdotes más y más plenamente, porque de manera muy especial le pertenecen.

Con que ya ven la profunda intimidad de esta confidencia.  Ahora, ayúdenme a alcanzar con sus penas, sacrificios y oraciones lo que tanto anhelo y he pedido en mil formas, la transformación plena y consumada de los sacerdotes en Mí.

Tengan en cuenta que ésta es la Promesa del Hijo al Padre; que no quede fallida; que todos correspondan a mis ardientes deseos, para glorificación de mi Padre, de mi Iglesia, de ellos mismos y de las almas, consumados por fin en la unidad de la Trinidad".




LA TIBIEZA

La tibieza se da porque el hombre es cómodo. La tibieza ama la palabra misericordia porque la tiene confundida. Si entendiera la justicia no fuera tibio porque la tibieza es la ausencia del temor de Dios.
Qué es la ausencia del temor de Dios? Es la ausencia del conocimiento de la justicia de Dios.

De: La Tibieza (audio de Marino Restrepo)

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís