FRASES PARA SACERDOTES

Al Purgatorio no van los pecadores, van los arrepentidos.

De: Padre Carlos Cancelado.

CONSEJO DE MONSEÑOR MARINI A LOS COROS




Cinco consejos de Mons. Guido Marini a los coros.

EN OCASIÓN DE LA NATIVIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO.

LA NAVIDAD DE GRECCIO
CELEBRADA POR SAN FRANCISCO (1223)

Relato de Tomás de Celano (1 Cel 84-87)


Digno de recuerdo y de celebrarlo con piadosa memoria es lo que hizo Francisco tres años antes de su gloriosa muerte, cerca de Greccio, el día de la natividad de nuestro Señor Jesucristo. Vivía en aquella comarca un hombre, de nombre Juan, de buena fama y de mejor tenor de vida, a quien el bienaventurado Francisco amaba con amor singular, pues, siendo de noble familia y muy honorable, despreciaba la nobleza de la sangre y aspiraba a la nobleza del espíritu. Unos quince días antes de la navidad del Señor, el bienaventurado Francisco le llamó, como solía hacerlo con frecuencia, y le dijo: «Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno». En oyendo esto el hombre bueno y fiel, corrió presto y preparó en el lugar señalado cuanto el Santo le había indicado.

Llegó el día, día de alegría, de exultación. Se citó a hermanos de muchos lugares; hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche que, con su estrella centelleante, iluminó todos los días y años. Llegó, en fin, el santo de Dios y, viendo que todas las cosas estaban dispuestas, las contempló y se alegró. Se prepara el pesebre, se trae el heno y se colocan el buey y el asno. Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, se valora la humildad, y Greccio se convierte en una nueva Belén. La noche resplandece como el día, noche placentera para los hombres y para los animales. Llega la gente, y, ante el nuevo misterio, saborean nuevos gozos. La selva resuena de voces y las rocas responden a los himnos de júbilo. Cantan los hermanos las alabanzas del Señor y toda la noche transcurre entre cantos de alegría. El santo de Dios está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo. Se celebra el rito solemne de la misa sobre el pesebre y el sacerdote goza de singular consolación.

El santo de Dios viste los ornamentos de diácono, pues lo era, y con voz sonora canta el santo evangelio. Su voz potente y dulce, su voz clara y bien timbrada, invita a todos a los premios supremos. Luego predica al pueblo que asiste, y tanto al hablar del nacimiento del Rey pobre como de la pequeña ciudad de Belén dice palabras que vierten miel. Muchas veces, al querer mencionar a Cristo Jesús, encendido en amor, le dice «el Niño de Bethleem», y, pronunciando «Bethleem» como oveja que bala, su boca se llena de voz; más aún, de tierna afección. Cuando le llamaba «niño de Bethleem» o «Jesús», se pasaba la lengua por los labios como si gustara y saboreara en su paladar la dulzura de estas palabras.

Se multiplicaban allí los dones del Omnipotente; un varón virtuoso tiene una admirable visión. Había un niño que, exánime, estaba recostado en el pesebre; se acerca el santo de Dios y lo despierta como de un sopor de sueño. No carece esta visión de sentido, puesto que el niño Jesús, sepultado en el olvido en muchos corazones, resucitó por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados. Terminada la solemne vigilia, todos retornaron a su casa colmados de alegría.

Se conserva el heno colocado sobre el pesebre, para que, como el Señor multiplicó su santa misericordia, por su medio se curen jumentos y otros animales. Y así sucedió en efecto: muchos animales de la región circunvecina que sufrían diversas enfermedades, comiendo de este heno, curaron de sus dolencias. Más aún, mujeres con partos largos y dolorosos, colocando encima de ellas un poco de heno, dan a luz felizmente. Y lo mismo acaece con personas de ambos sexos: con tal medio obtienen la curación de diversos males.

El lugar del pesebre fue luego consagrado en templo del Señor: en honor del beatísimo padre Francisco se construyó sobre el pesebre un altar y se dedicó una iglesia, para que, donde en otro tiempo los animales pacieron el pienso de paja, allí coman los hombres de continuo, para salud de su alma y de su cuerpo, la carne del Cordero inmaculado e incontaminado, Jesucristo, Señor nuestro, quien se nos dio a sí mismo con sumo e inefable amor y que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo y es Dios eternamente glorioso por todos los siglos de los siglos. Amén. Aleluya. Aleluya.



Relato de San Buenaventura (LM 10,7)

Tres años antes de su muerte se dispuso Francisco a celebrar en el castro de Greccio, con la mayor solemnidad posible, la memoria del nacimiento del niño Jesús, a fin de excitar la devoción de los fieles.

Mas para que dicha celebración no pudiera ser tachada de extraña novedad, pidió antes licencia al sumo pontífice; y, habiéndola obtenido, hizo preparar un pesebre con el heno correspondiente y mandó traer al lugar un buey y un asno.

Son convocados los hermanos, llega la gente, el bosque resuena de voces, y aquella noche bendita, esmaltada profusamente de claras luces y con sonoros conciertos de voces de alabanza, se convierte en esplendorosa y solemne.

El varón de Dios estaba lleno de piedad ante el pesebre, con los ojos arrasados en lágrimas y el corazón inundado de gozo. Se celebra sobre el mismo pesebre la misa solemne, en la que Francisco, levita de Cristo, canta el santo evangelio. Predica después al pueblo allí presente sobre el nacimiento del Rey pobre, y cuando quiere nombrarlo -transido de ternura y amor-, lo llama «Niño de Bethlehem».

Todo esto lo presenció un caballero virtuoso y amante de la verdad: el señor Juan de Greccio, quien por su amor a Cristo había abandonado la milicia terrena y profesaba al varón de Dios una entrañable amistad. Aseguró este caballero haber visto dormido en el pesebre a un niño extraordinariamente hermoso, al que, estrechando entre sus brazos el bienaventurado padre Francisco, parecía querer despertarlo del sueño.

Dicha visión del devoto caballero es digna de crédito no sólo por la santidad del testigo, sino también porque ha sido comprobada y confirmada su veracidad por los milagros que siguieron. Porque el ejemplo de Francisco, contemplado por las gentes del mundo, es como un despertador de los corazones dormidos en la fe de Cristo, y el heno del pesebre, guardado por el pueblo, se convirtió en milagrosa medicina para los animales enfermos y en revulsivo eficaz para alejar otras clases de pestes. Así, el Señor glorificaba en todo a su siervo y con evidentes y admirables prodigios demostraba la eficacia de su santa oración.



Relato del P. Cuthbert

El viajero que desde el valle de Espoleto entra por el sur al valle de Rieti, se da en seguida cuenta de que aquél es un país diferente, a pesar de que en los mapas el distrito de Rieti, rodeado de altas montañas, está señalado como formando parte de Umbría. Hay un no sé qué de altanero, tanto en el aspecto del paisaje como en el carácter de sus habitantes; pero es una altivez que no tiene el menor resabio de hostilidad. Por el contrario, allí se encuentra una hospitalidad generosa, un deseo de que el visitante tenga la sensación de hallarse en su casa. Rieti tiene aires de gran señor, aun cuando hace entrega de lo mejor de sí mismo, distintivo que ostentan frecuentemente los pueblos inconquistados de las montañas. [...]

No maravilla que Francisco buscase refugio en el valle de Rieti, para apartarse de los cuidados y agitación de su apostolado activo, ni que en los años de su gran tribulación fuese allí a fortalecerse para el sufrimiento y la batalla. Y no podemos imaginar lugar más adecuado que aquel retiro montañés, para situar en él aquellos últimos años en que Francisco, lleno el espíritu de la expectación de la muerte, no podía ya ver turbada por los clamores del mundo la paz reconquistada.

Al abandonar Roma después de la solemne aprobación de la Regla por Honorio III en noviembre de 1223, tenía la certeza de haber realizado el acto culminante de su ministerio. Sabía que de diferentes maneras había desaparecido la simplicidad de los primeros años; pero en la medida de sus fuerzas había asegurado a todos los que amaban la vocación de la pobreza, la libertad de observarla con la autorización suprema de la Iglesia. Y sentía ahora que, descontando el dar buen ejemplo, su labor había terminado; con mayor independencia podía entregarse a la vida oculta con Cristo su Señor. En adelante, el mundo y los hombres apenas turbarán su alma, sumida cada vez más íntimamente en el abrazo del Amado; y las voces de la tierra llegarán a su interior tan sólo a través de aquella vida mística que es fronteriza con la eternidad.

Acercábase Navidad. Faltaban dos semanas para tan dulce fiesta y Francisco se hallaba otra vez en el valle de Rieti, probablemente en su celda de rocas de Monte Rainerio (Fontecolombo); y había invitado a un amigo a acompañarle, Giovanni de Vellita. Giovanni vivía en Greccio, a algunas millas hacia el norte siguiendo el camino que conduce al lago. Algunos años antes había conocido a Francisco en una de sus misiones, cayendo entonces bajo el hechizo de su espíritu y pasando a ser uno de sus discípulos aislados. Era hombre de posición desahogada y tenía algunas tierras en su país natal. Queriendo inducir a Francisco a residir algunas temporadas en aquel vecindario y conociendo su afición a los retiros solitarios, había dispuesto para su uso algunas cuevas en el peñascal que mira a la villa de Greccio, construyendo allí, en torno de las cuevas, un tosco eremitorio a gusto de Francisco, donde pudiesen vivir algunos frailes. La villa de Greccio se asienta sobre una elevada arista de roca, al borde de una anchurosa oquedad. Puede contemplar en el fondo acomodadas masadas y viñedos resguardados del viento norteño por la desnuda montaña escalonada. A la extremidad de la hondonada, opuesta a la población, la roca viva se alza cortada a pico a algunos centenares de pies. En la cúspide de esa roca está el eremitorio que Giovanni dio a los frailes; pero, en sus alrededores hay terreno llano suficiente para que el bosque brinde sus sombras hospitalarias.

Francisco conocía bien aquel paraje y sentía vivos deseos de celebrar allí la fiesta de Navidad. En la paz recobrada por su alma, el mundo se transfiguraba con signos sacramentales; al meditar durante el adviento el misterio de Belén, sentía un deseo vehementísimo, cual no lo sintiera anteriormente, de tener la visión de Cristo sobre la tierra. La dulzura de la condescendencia divina había penetrado en su alma con vital insistencia; en espíritu contemplaba la pobreza del nacimiento de su Señor, por el amor iluminada, y quería más todavía, a saber, la visión material de lo que espiritualmente adivinara. Quería ver este misterio de amor en su forma terrena y realizar con su representación el desposorio del cielo y de la tierra; y hacer de esta suerte que Dios habitara de nuevo entre las cosas temporales.

Así, pues, en llegando Giovanni díjole Francisco: «Quisiera conmemorar aquel Niño que nació en Belén y ver de algún modo con mis ojos corporales los trabajos de su infancia; ver cómo yacía sobre la paja en un establo, con el buey y el asno a su lado. Si tú quieres, celebraremos esta fiesta en Greccio, adonde irás antes a preparar lo que te diga». Giovanni fue, pues, a Greccio, y en el bosque, cerca de las ermitas, dispuso un establo con un pesebre y al lado del pesebre un altar. Y Francisco envió a decir a todos los frailes del valle de Rieti que se reuniesen con él en Greccio para celebrar la Navidad.

Llegó la vigilia de Navidad, y como se acercase la hora de la misa de medianoche, los vecinos de ambos sexos de la población y del campo acudieron al eremitorio llevando hachas encendidas que proyectaban un juego de sombras en la ladera de la colina a medida que avanzaban con paso firme; al reunirse en grupo compacto entorno al establo, todo aquel lado de la oquedad parecía en llamas. Francisco ofició de diácono, impregnándose sus funciones sagradas con el embeleso y la solicitud de la madre que cuida a su hijo. Cuando, después del Evangelio, se adelantó a predicar, sintió la muchedumbre como que un misterio oculto iba a ser realmente revelado a sus ojos; el predicador le comunicaba su propia visión de Belén y la hacía estremecer con sus emociones personales. Parecía haber perdido la noción del concurso de gente que le rodeaba y no ver más que al Divino Niño, a su cuidado maternal, acariciado por la pobreza y adorado por la sencillez. Tiernamente le saludaba, llamándole «Niño de Belén» y «Jesús», y al pronunciar estos nombres parecía paladearlos con extraordinaria dulzura; y la palabra «Beth-le-em» la exhalaba con una entonación cual si fuese el balido de adoración de las ovejuelas de las colinas de Judea. De vez en cuando inclinábase sobre el pesebre y lo acariciaba. Giovanni aseguró después que vio un niño tendido en la comedera como si estuviese muerto, el cual despertó al contacto de Francisco. Todos los circunstantes creyeron que aquella noche Greccio se había convertido en otro Belén.

Durante el resto del invierno y ya muy entrada la primavera, parece que Francisco siguió habitando el eremitorio en la peña, pero no enteramente incomunicado con los hombres. Porque el mismo amor que le aproximaba a Cristo el Amado en la soledad, le impelía a anunciar al prójimo el evangelio del amor redentor de Cristo. [...]

Poco después de la muerte de Francisco, erigióse una capilla en el lugar del establo. La capilla existe todavía; próxima a ella hay otra más espaciosa construida algo más tarde. Recientemente se ha edificado una nueva iglesia, más moderna.

[P. Cuthbert, Vida de San Francisco de Asís, Barcelona 19563, 287-291]


Relato de Leonhard Lehmann

Volvamos ahora a Greccio, el lugar vinculado por antonomasia con la Navidad franciscana. Para ello, resumiremos los amplios y detallados relatos de los biógrafos, destacando algunas líneas básicas que completan el cuadro trazado por el Salmo Navideño. Greccio nos muestra sobre todo el aspecto experiencial. ¿Cómo celebró Francisco la fiesta del nacimiento del Salvador?

En la Vida primera, escrita por Tomás de Celano en 1228, el primer biógrafo de san Francisco describe con todo entusiasmo cómo celebró nuestro Padre la Navidad del año 1223 en el pueblecito de Greccio (1 Cel 84-86). San Buenaventura se basará en este relato para narrarnos, aunque de forma más breve, el mismo acontecimiento en su Leyenda Mayor, escrita en 1262 (LM 10, 7). Ambos relatos nos informan sobre la famosa celebración navideña: el Pobrecillo quiso reproducir, con la máxima fidelidad posible, un segundo Belén, con el buey y el asno, sirviéndose de una hendidura natural en la roca como cuna para el Niño Jesús, en plena naturaleza y en el corazón de la noche. Pero no sólo quiso reproducir visiblemente el acontecimiento de Belén; Francisco quería también que los asistentes participaran de lo que allí se celebraba y que la celebración les impulsara a una fe más profunda y a una devoción más ardiente. Así pues, invitó a todos los hermanos de los eremitorios cercanos, al igual que a la gente de Greccio y de sus alrededores. Acudió con todos ellos, en solemne procesión, llevando velas y antorchas, al lugar previamente preparado y, una vez allí, empezó la sagrada representación del misterio del nacimiento del Hijo de Dios. Debe subrayarse que una parte de esta celebración nocturna y a cielo abierto consistió precisamente en la celebración de la misa. Francisco participó en ella en su calidad de diácono. Cantó con voz emocionada el evangelio del nacimiento de Cristo, y luego predicó. Pero su predicación no fue una exposición doctrinal, sino más bien una representación mímica. Predicó con el corazón y con las manos, con el rostro y con los gestos, con palabras y con todo su ser. Su cuerpo entero expresaba la plenitud de sus experiencias íntimas. Como dice Celano, cuando pronunciaba las palabras «Je-sús» o «Beth-le-em» parecía un niño tartamudo o una oveja que bala.

Tras tan singular e inimitable predicación, que reproducía con gestos más que con palabras el misterio del nacimiento del Hijo de Dios, el hermano sacerdote se acercó junto con Francisco al altar preparado sobre la roca y prosiguió la eucaristía. El misterio de la encarnación de Dios desemboca en el misterio de la redención y en el de la nueva presencia de Cristo glorioso en la eucaristía.

Si Francisco proclamó y visualizó mímicamente el nacimiento de Cristo con tanta emoción y expresividad, podemos imaginarnos el fervor con que saludaría después al Redentor que se hacía presente sobre el altar, cómo lo adoraría y con cuánta fe lo recibiría.

La celebración navideña de Greccio fue mucho más que la representación de un misterio. Por su vinculación con la misa, fue una celebración litúrgica cuasi-dramática, cuyo punto esencial consistió, no en la representación de una historia, sino en la actualización y vivencia de un misterio de fe. De hecho, según afirma Celano, la fe, apagada en los corazones de muchos, se despertó a una nueva vida (1 Cel 86b).

La liturgia navideña de Greccio no queda anclada en el acontecimiento de Belén, sino que sigue a Jesús hasta el Gólgota y lo reconoce como el Redentor y el Glorificado que desciende nuevamente hoy hasta nosotros y se nos da en la comunión. Así pues, Belén, la cruz y el altar quedan ensamblados en una misma celebración de fe. No es, por tanto, difícil descubrir en todo ello una vinculación con el Salmo Navideño, cuyo rasgo distintivo, como antes vimos, radica en la visión unificada de la cuna y la cruz. En la celebración de Greccio el arco se amplía todavía más, llegando hasta la eucaristía, donde Dios continúa entregándosenos cada día.

La Navidad de Greccio fue una fiesta única, y esto en un doble sentido: en primer lugar, porque ni Francisco ni sus hijos espirituales la repitieron; y, además, porque es incomparable e irrepetible.

Por otra parte, no debemos olvidar que, a pesar de toda su singularidad, la expresiva y eficaz representación del misterio de la Navidad en Greccio, si exceptuamos la celebración de la eucaristía, se inscribe dentro de la tradición medieval de las representaciones de los misterios del tiempo navideño. Tiene algunos puntos de contacto sobre todo con los dramas bucólicos.

En fin, sería erróneo considerar a Francisco como el introductor de las escenificaciones del belén, como tantas veces alegan escritos edificantes e incluso científicos. Con anterioridad a Francisco ya hubo algunas escenificaciones sencillas del belén, aunque no muy numerosas; por ejemplo, en Santa María la Mayor, de Roma. Y nuestros conocidos y populares belenes, con sus gráficas figuras que van acercándose paulatinamente al portal, aparecieron bastante más tarde, a partir del siglo XVI, como una derivación de esas escenificaciones sacras. Su difusión se debe más a los jesuitas que a los franciscanos.

Así pues, con la escenificación de la Nochebuena, Francisco se halla, por una parte, dentro de la corriente de su tiempo; pero, por otra, la vinculación de esta representación con la eucaristía es un elemento nuevo y presenta rasgos singulares e inimitables que hay que agradecer a las dotes de simplicidad e improvisación de Francisco. Toda su celebración litúrgica cuasidramática está impregnada de la experiencia y transmisión de la fe de Francisco, tan personal, global y sensible. Aquí y en la universal popularidad del Santo radica el que la voz popular quiera presentarlo como el introductor y difusor del belén. Pero el Pobrecillo de Asís no tiene necesidad de esta falsa gloria.

En todo el magnífico resplandor de Greccio, en toda la admiración de aquella maravillosa celebración escenificada por Francisco, debemos tener muy presente su Salmo Navideño, serio, sereno, que nos invita a la imitación y el seguimiento: Francisco y sus hermanos lo recitaban varias veces al día durante todo el tiempo de Navidad, y aquel salmo-meditación iba acompasando su jornada y produciendo en su vida cotidiana lo que en Greccio floreció en fiesta inolvidable. He aquí el texto del Salmo Navideño de san Francisco (OfP 15):

Gritad de gozo a Dios, nuestra ayuda; * aclamad al Señor Dios vivo y verdadero con gritos de júbilo.

Porque el Señor es excelso, * terrible, Rey grande sobre toda la tierra.

Porque el santísimo Padre del cielo, Rey nuestro antes de los siglos, envió a su amado Hijo de lo alto, * y nació de la bienaventurada Virgen santa María.

Él me invocó: Tú eres mi Padre; * y yo lo constituiré mi primogénito, excelso sobre los reyes de la tierra.

En aquel día envió el Señor su misericordia, * y de noche su cántico.

Éste es el día que hizo el Señor, * exultemos y alegrémonos en él.

Porque un santísimo niño amado se nos ha dado, y nació por nosotros de camino y fue puesto en un pesebre, * porque no tenía lugar en la posada.

Gloria al Señor Dios en las alturas, * y en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad.

Alégrense los cielos y exulte la tierra, conmuévase el mar y cuanto lo llena; * se alegrarán los campos y todo lo que hay en ellos.

Cantadle un cántico nuevo, * cantad al Señor, toda la tierra.

Porque grande es el Señor y muy digno de alabanza, * más temible que todos los dioses.

Familias de los pueblos, ofreced al Señor, ofreced al Señor gloria y honor, * ofreced al Señor gloria para su nombre.

Ofreced vuestros cuerpos y llevad a cuestas su santa cruz, * y seguid hasta el fin sus santísimos preceptos.

[L. Lehmann, El "Salmo Navideño" de san Francisco (OfP 15), en Selecciones de Franciscanismo, vol. XX, núm. 59 (1991) 261-263]



Benedicto XVI
Audiencia General del Miércoles 23 de diciembre de 2009
Queridos hermanos y hermanas:

Con la Novena de Navidad que estamos celebrando en estos días, la Iglesia nos invita a vivir de modo intenso y profundo la preparación al Nacimiento del Salvador, ya inminente. El deseo, que todos llevamos en el corazón, es que la próxima fiesta de la Navidad nos dé, en medio de la actividad frenética de nuestros días, una serena y profunda alegría para que nos haga tocar con la mano la bondad de nuestro Dios y nos infunda nuevo valor.

Para comprender mejor el significado de la Navidad del Señor quisiera hacer una breve referencia al origen histórico de esta solemnidad. De hecho, el Año litúrgico de la Iglesia no se desarrolló inicialmente partiendo del nacimiento de Cristo, sino de la fe en su resurrección. Por eso la fiesta más antigua de la cristiandad no es la Navidad, sino la Pascua; la resurrección de Cristo funda la fe cristiana, está en la base del anuncio del Evangelio y hace nacer a la Iglesia. Por lo tanto, ser cristianos significa vivir de modo pascual, implicándonos en el dinamismo originado por el Bautismo, que lleva a morir al pecado para vivir con Dios (cf. Rm 6,4).

El primero que afirmó con claridad que Jesús nació el 25 de diciembre fue Hipólito de Roma, en su comentario al libro del profeta Daniel, escrito alrededor del año 204. Algún exegeta observa, además, que ese día se celebraba la fiesta de la Dedicación del Templo de Jerusalén, instituida por Judas Macabeo en el 164 antes de Cristo. La coincidencia de fechas significaría entonces que con Jesús, aparecido como luz de Dios en la noche, se realiza verdaderamente la consagración del templo, el Adviento de Dios a esta tierra.

En la cristiandad la fiesta de Navidad asumió una forma definida en el siglo IV, cuando tomó el lugar de la fiesta romana del «Sol invictus», el sol invencible; así se puso de relieve que el nacimiento de Cristo es la victoria de la verdadera luz sobre las tinieblas del mal y del pecado. Con todo, el particular e intenso clima espiritual que rodea la Navidad se desarrolló en la Edad Media, gracias a san Francisco de Asís, que estaba profundamente enamorado del hombre Jesús, del Dios-con-nosotros. Su primer biógrafo, Tomás de Celano, en la Vita secondanarra que san Francisco «con preferencia a las demás solemnidades, celebraba con inefable alegría la del Nacimiento del Niño Jesús; la llamaba fiesta de las fiestas, en la que Dios, hecho niño pequeño, se crió a los pechos de madre humana» (2 Cel 199). De esta particular devoción al misterio de la Encarnación se originó la famosa celebración de la Navidad en Greccio. Probablemente, para ella san Francisco se inspiró durante su peregrinación a Tierra Santa y en el pesebre de Santa María la Mayor en Roma. Lo que animaba al Poverello de Asís era el deseo de experimentar de forma concreta, viva y actual la humilde grandeza del acontecimiento del nacimiento del Niño Jesús y de comunicar su alegría a todos.

En la primera biografía, Tomás de Celano habla de la noche del belén de Greccio de una forma viva y conmovedora, dando una contribución decisiva a la difusión de la tradición navideña más hermosa, la del belén. La noche de Greccio devolvió a la cristiandad la intensidad y la belleza de la fiesta de la Navidad y educó al pueblo de Dios a captar su mensaje más auténtico, su calor particular, y a amar y adorar la humanidad de Cristo. Este particular enfoque de la Navidad ofreció a la fe cristiana una nueva dimensión. La Pascua había concentrado la atención sobre el poder de Dios que vence a la muerte, inaugura una nueva vida y enseña a esperar en el mundo futuro. Con san Francisco y su belén se ponían de relieve el amor inerme de Dios, su humildad y su benignidad, que en la Encarnación del Verbo se manifiesta a los hombres para enseñar un modo nuevo de vivir y de amar.

Celano narra que, en aquella noche de Navidad, le fue concedida a san Francisco la gracia de una visión maravillosa. Vio que en el pesebre yacía inmóvil un niño pequeño, que se despertó del sueño precisamente por la cercanía de san Francisco. Y añade: «No carece esta visión de sentido, puesto que el Niño Jesús, sepultado en el olvido en muchos corazones, resucitó por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados» (1 Cel 86). Este cuadro describe con gran precisión todo lo que la fe viva y el amor de san Francisco a la humanidad de Cristo han transmitido a la fiesta cristiana de la Navidad: el descubrimiento de que Dios se revela en los tiernos miembros del Niño Jesús. Gracias a san Francisco, el pueblo cristiano ha podido percibir que en Navidad Dios ha llegado a ser verdaderamente el «Emmanuel», el Dios-con-nosotros, del que no nos separa ninguna barrera ni lejanía. En ese Niño, Dios se ha hecho tan próximo a cada uno de nosotros, tan cercano, que podemos tratarle de tú y mantener con él una relación confiada de profundo afecto, como lo hacemos con un recién nacido.

En ese Niño se manifiesta el Dios-Amor: Dios viene sin armas, sin la fuerza, porque no pretende conquistar, por decir así, desde fuera, sino que quiere más bien ser acogido libremente por el hombre; Dios se hace Niño inerme para vencer la soberbia, la violencia, el afán de poseer del hombre. En Jesús, Dios asumió esta condición pobre y conmovedora para vencer con el amor y llevarnos a nuestra verdadera identidad. No debemos olvidar que el título más grande de Jesucristo es precisamente el de «Hijo», Hijo de Dios; la dignidad divina se indica con un término que prolonga la referencia a la humilde condición del pesebre de Belén, aunque corresponda de manera única a su divinidad, que es la divinidad del «Hijo».

Su condición de Niño nos indica además cómo podemos encontrar a Dios y gozar de su presencia. A la luz de la Navidad podemos comprender las palabras de Jesús: «Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18,3). Quien no ha entendido el misterio de la Navidad, no ha entendido el elemento decisivo de la existencia cristiana. Quien no acoge a Jesús con corazón de niño, no puede entrar en el reino de los cielos; esto es lo que san Francisco quiso recordar a la cristiandad de su tiempo y de todos los tiempos, hasta hoy. Oremos al Padre para que conceda a nuestro corazón la sencillez que reconoce en el Niño al Señor, precisamente como hizo san Francisco en Greccio. Así pues, también a nosotros nos podría suceder lo que Tomás de Celano, refiriéndose a la experiencia de los pastores en la Noche Santa (cf. Lc 2,20), narra a propósito de quienes estuvieron presentes en el acontecimiento de Greccio: «Todos retornaron a su casa colmados de alegría» (1 Cel 86).

Este es el deseo que os expreso con afecto a todos vosotros, a vuestras familias y a vuestros seres queridos. ¡Feliz Navidad a todos!



TOMADO DE: 

PROPÓSITO DE LA VESTIMENTA LITÚRGICA.

Ornamentos y oraciones antes de la misa


Sacerdote de Dios:
Celebra hoy la Santa Misa de Jesucristo
como si fuera la primera, la única, la última misa.


¡Oh María: baja del cielo y condúceme al altar, de tu mano voy feliz al Sacrificio de tu Hijo
Colores:

Blanco: Fiestas de Nuestro Señor Jesucristo, María Santísima, santos no mártires. Símbolo de gloria, alegría, inocencia, pureza del alma

Rojo: Pentecostés, Espíritu Santo, Fiestas de Apóstoles y mártires. Significa fuego de la caridad y sangre derramada por Cristo

Verde: ordinario del año. Significa esperanza.

Morado: Adviento y Cuaresma. Signo de humildad y penitencia.

Rosado: Tercer domingo de Adviento: alegría, amor.

En algunos lugares: Azul : Inmaculada Concepción.

Las vestimentas litúrgicas son utilizadas por los sacerdotes y otros ministros en la celebración. Hay algunas, como la casulla y la estola que son propias de los ministros ordenados.
Alba Del latín "alba", "blanca". Vestimenta de todos los ministros en la celebración litúrgica, desde los acólitos hasta el presidente (Cf IGMR n.298). Se utiliza con cíngulo a la cintura y con ámito sobre el cuello (Cf IGMR nn.81 y 298).

Simbolismo: Tiene un sentido bautismal. La pureza del alma lavada por el bautismo. El domingo segundo de Pascua, o sea, en la octava de Pascua, se solía deponer el "alba", el vestido blanco que habían recibido los neófitos en su Bautismo una semana antes. Por eso este domingo se llamó "dominica post albas", y más tarde "dominica in albis". 

-Benedicto XVI sobre el alba

Oración del sacerdote: "Blanquead, Señor, y limpia mi corazón, para que, purificado con la sangre del Cordero, disfrute de los gozos eternos"

Deálba me, Dómine, et munda cor meum; ut, in Sánguine Agni dealbátus, gáudiis pérfruar sempitérnis.
Ámito Del latín "amictus", de "amicio, amicire", rodear, envolver. Lienzo rectangular de lino blanco que el sacerdote se coloca sobre los hombros y alrededor del cuello antes de ponerse el alba. Se sujeta por medio de cintas cruzadas a la cintura. Se utiliza al menos desde el siglo VIII y hasta el presente. (Cf IGMR, n.81)

Simbolismo: defensa contra las tentaciones diabólicas y la moderación de las palabras.

Oración del sacerdote al ponerse el amito: "Señor, poned sobre mi cabeza la defensa (el yelmo) de mi salvación, para luchar victorioso contra los embates del demonio" (Cfr. Efesios 6,17)

"Impóne, Dómine, cápiti meo gáleam salútis, ad expugnádos diabólicos incúrsus"

-Benedicto XVI sobre el amito: 
“En el pasado, éste se colocaba primero en la cabeza como una especie de capucha, convirtiéndose así en un símbolo de la disciplina de los sentidos y del pensamiento necesaria para una justa celebración de la Santa Misa”. “Los pensamientos no deben vagar aquí y allá detrás de las preocupaciones y las expectativas del día; los sentidos no deben ser atraídos de aquello que allí, al interior de la Iglesia, casualmente quisiera secuestrar los ojos y los oídos”. “Si yo estoy con el Señor, entonces con mi escucha, mi hablar y mi actuar, atraigo también a la gente dentro de la comunión con Él”.

Casulla Del latín "casula", "casa pequeña" o tienda. La vestidura exterior del sacerdote, por encima del alba y la estola, a modo de capa. Origen: el manto romano llamado "pénula". (Cf IGMR 299, IGMR 161) El color cambia según la liturgia. Los colores litúrgicos son verde, blanco, rojo, morado.

Simbolismo: el yugo de Cristo y significa caridad.

 -Benedicto XVI sobre la casulla

Oración del sacerdote: "Señor, que dijiste: "Mi yugo es suave y mi carga ligera"; haced que de tal modo sepa yo llevarlo para alcanzar vuestra gracia"

Dómine, qui dixísti: Jugum meum suáve est et onus meum leve: fac, ut istud portáre sic váleam, quod cónsequar tuam grátiam. Amén.

Cíngulo Del latín "cingulum", de "cingere", ceñir. Cordón con que se ciñe el alba. (IGMR 81.298).

Simboliza: castidad.

Oración del sacerdote: "Ceñidme, Señor, con el cíngulo de la pureza y extingue en mi cuerpo el fuego de la sensualidad, para que posea siempre la virtud de la continencia y de la castidad"

Praecínge me, Dómine, cíngulo puritátis, et exstingue en lumbis meis humórem libídinis; ut máneat in me virtus continéntiae et castitátis.

Estola Vestimenta litúrgica en forma de larga y estrecha banda que deben llevar los ministros ordenados y solo ellos. Obispos y sacerdotes la llevan sobre el alba, colgando del cuello hacia el frente y sostenida por el cíngulo. Los diáconos la visten sobre el hombro izquierdo y la fijan a la derecha de la cintura. Generalmente es del mismo color que la casulla.

Simbolismo: la autoridad sacerdotal.

Oración del sacerdote: "Devuélveme, Señor, la insignia de la inmortalidad que perdí en la prevaricación de los primeros padres, y aunque indigno me acerco a vuestro Santo Misterio, haced que merezca, no obstante, el gozo eterno".

Redde mihi, Dómine, stolam inmortalitátis, quam pérdidi in praevaricatióne primi paréntis: et, quamvis indígnus accédo ad tuum sacrum mystérium, mérear tamen gáudium sempitérnum.



Manípulo (en desuso después de la reforma litúrgica) Se ponía en el brazo izquierdo.


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El Papa Benedicto XVI interpreta los ornamentos litúrgicos para explicar la esencia del ministerio sacerdotal 

Misa Crismal, 5 Abril, 07

Durante la misa crismal, en que se bendicen los santos oleos, se conmemora la instauración del Orden Sacerdotal y estos renuevan sus promesas sacerdotales, el Papa explicó la misión del sacerdote a partir de una catequesis sobre los ornamentos litúrgicos.

El Papa recordó un cuento del autor ruso Leone Tolstoi, en que un pobre pastor ruso enseñó a un rey quién era Dios proponiéndole un cambio de vestidos. De esa manera explicó que Jesús, siendo Dios, se despojó de su potestad para hacerse hombre. 

“Es esto lo que sucede en el bautismo: nosotros nos revestimos de Cristo, Él nos entrega sus vestidos pero éstos no son una cosa externa. Significa que entramos en una comunión existencial con Él, que su ser y el nuestro confluyen y se compenetran mutuamente”

“Esta teología del Bautismo retorna de modo nuevo y con una nueva insistencia en la Ordenación sacerdotal. Como en el Bautismo se realiza un ‘cambio de vestidos’, un cambio en el destino, una nueva comunión existencial con Cristo, así también en el sacerdocio se produce un intercambio: en la administración de los Sacramentos, el sacerdote actúa y habla ahora ‘in persona Christi’ (en la persona de Cristo)”. 

Así, en los Sacramentos “se hace visible de modo dramático aquello que el ser sacerdote significa en general; aquello que hemos expresado con nuestro ‘Adsum – aquí estoy’ durante la consagración sacerdotal: estoy aquí para que tú puedas disponer de mí”. 

“En el momento de la Ordenación sacerdotal, la Iglesia nos ha hecho visible y tangible esa realidad de los ‘nuevos vestidos’ incluso externamente, mediante el ser revestidos con los ornamentos litúrgicos. En este gesto externo ella quiere hacernos evidente el evento interior y la tarea que nos viene de él: revestirnos de Cristo; entregarnos a Él como Él se entregó a nosotros”. 

La vestimenta litúrgica y el sacerdocio

“Quisiera por tanto, queridos hermanos, explicar este Jueves Santo la esencia del ministerio sacerdotal interpretando los ornamentos litúrgicos que, precisamente, por su parte, quieren ilustrar qué cosa significa ‘revestirse de Cristo’, hablar y actuar ‘in persona Christi’”

El amito “En el pasado, éste se colocaba primero en la cabeza como una especie de capucha, convirtiéndose así en un símbolo de la disciplina de los sentidos y del pensamiento necesaria para una justa celebración de la Santa Misa”. “Los pensamientos no deben vagar aquí y allá detrás de las preocupaciones y las expectativas del día; los sentidos no deben ser atraídos de aquello que allí, al interior de la Iglesia, casualmente quisiera secuestrar los ojos y los oídos”. “Si yo estoy con el Señor, entonces con mi escucha, mi hablar y mi actuar, atraigo también a la gente dentro de la comunión con Él”.

El Alba El Papa recordó que las antiguas oraciones hacen referencia al vestido nuevo que el hijo pródigo recibió del padre; y por tanto, “cuando nos acercamos a la liturgia para actuar en la persona de Cristo nos damos cuenta de cuán lejos estamos de Él; cuanta suciedad existe en nuestra propia vida”. 

Es la sangre del cordero, citado en el Apocalipsis, la que “a pesar de nuestras tinieblas, nos transforma en ‘luz en el Señor’. Al ponernos el alba debemos recordarnos: Él también ha sufrido por mí. Es sólo porque su amor es más grande que todos mis pecados, que yo puedo representarlo y ser testigo de su luz”

El alba también recuerda “el vestido del amor” que deben llevar todos aquellos invitados al banquete del Novio, Jesucristo, para poder participar dignamente. 

“Ahora que nos preparamos para la celebración de la Santa Misa, debemos preguntarnos si llevamos el hábito del amor. Pidamos al Señor que aleje toda hostilidad de nuestro interior, que nos quite todo sentido de autosuficiencia y que nos revista verdaderamente con las vestiduras del amor, para que seamos personas luminosas y no pertenecientes a las tinieblas”.

La casulla simboliza el yugo del Señor. “Llevar el yugo del Señor significa ante todo: aprende de Él. Estar siempre dispuestos a asistir a la escuela de Jesús. De Él debemos aprender la pequeñez y la humildad –la humildad de Dios que se muestra en su ser hombre”

“Algunas veces quisiéramos decirle a Jesús: Señor, tu yugo no es para nada ligero. Más bien, es tremendamente pesado en este mundo. Pero al mirarlo a Él que ha cargado con todo –que en sí ha probado la obediencia, la debilidad, el dolor, toda la oscuridad, entonces todos nuestros lamentos se apagan”. 

“Su yugo es el de amar con Él. Y mientras más lo amamos, y con Él nos convertimos en personas que aman, más ligero se vuelve nuestro yugo aparentemente pesado”.

“Oremos para que nos ayude a ser junto con Él personas que aman, para experimentar así siempre más cuán bello es portar su yugo”

MAGISTERIO DE LOS SUMOS PONTÍFICES SOBRE EL CELIBATO (PARTE 4)

5. S.S. Juan XXIII: 

Juan XXIII, Papa número 261 de la Iglesia
Católica entre 1958 y 1963.

Encíclica Sacerdotii nostri primordia



C) Su castidad
Castidad en grado heroico

23. San Juan María Vianney, pobre de bienes, es también un ejemplo de voluntaria mortificación corporal. «No hay sino una manera de darse a Dios en el ejercicio de la renuncia y del sacrificio -decía-: darse uno enteramente»[1]. Y en toda su vida el santo Cura de Ars practicó en grado heroico la virtud de la castidad.
Ejemplo oportuno en los peligros actuales

24. Su ejemplo en este punto parece particularmente oportuno, porque en muchos lugares los sacerdotes se ven obligados a vivir, por razón de su ministerio, en un mundo donde reina una atmósfera de libertad excesiva y de sensualidad. Y para ellos es muy cierta la expresión de Santo Tomás: «Es más difícil vivir bien en la cura de almas a causa de los peligros exteriores»[2].
Incomprensión y aislamiento

25. Y, lo que es peor, muchos sacerdotes, con frecuencia, se sienten moralmente solos, poco comprendidos, recibiendo muy poca ayuda de los fieles a quienes han dedicado su vida. A todos ellos, y en particular a los más aislados y a los más expuestos al peligro, dirigimos un afectuoso llamamiento para que su vida entera sea un claro testimonio de aquella virtud que San Pío X llamaba «ornamento insigne de nuestro orden»[3].
La responsabilidad de los obispos

26. Os recomendamos con encarecida insistencia, venerables hermanos, que procuréis para vuestros sacerdotes, con todo vuestro empeño y a costa de cualquier sacrificio, condiciones de vida y de trabajo ministerial tales que puedan mantener incólume su entrega.
Obstáculos que se han de superar

27. Por lo tanto, debe combatirse a toda costa el peligro de aislamiento, denunciar las imprudencias, quitar las tentaciones del ocio o los riesgos de la actividad exagerada. Recordad también a este propósito las enseñanzas magníficas de nuestro predecesor en la encíclica Sacra virginitas[4].
El ejemplo del Cura de Ars

28. «La castidad brillaba en su mirada»[5], se ha dicho del Cura de Ars. En verdad, quien siga su vida se asombra no sólo del heroísmo con que este atleta de Cristo dominó su cuerpo encadenándolo[6], sino también por el acento de convicción con que logró atraer, tras su ejemplo, a multitud de sus penitentes. El conocía muy bien, a través de su larga práctica de confesonario, las tristes ruinas del pecado de la carne. «Si no fuera porque hay todavía algunas almas puras para aplacar a Dios -solía decir-... veríais cómo seríamos castigados». Y hablando por experiencia, añadía a su llamamiento un aliento de hermano: «¡La mortificación tiene un bálsamo y un gusto a los que no se puede renunciar cuando se ha probado!... ¡En este camino, lo que cuesta es sólo el primer paso!»[7].
Castidad y amor

29. Estos medios ascéticos necesarios para la castidad, lejos de encerrar al sacerdote en un egoísmo estéril, tornan su corazón más abierto y más pronto a todas las necesidades de sus hermanos. «Cuando el corazón es casto -decía muy bien el Cura de Ars-, no puede menos de amar, porque ha encontrado de nuevo la fuente del amor, que es Dios».
Beneficios en la sociedad

30. ¡Cuántos beneficios reporta a la sociedad el tener en su seno hombres que, libres de preocupaciones temporales, se consagran completamente al servicio divino y dedican a los propios hermanos su vida, su pensamiento, sus energías!
Los deseos del Corazón de Jesús

31. ¡Cuánta gracia atraen para la Iglesia los sacerdotes fieles a esta virtud excelsa! Con Pío XI, Nos la consideramos como la gloria más pura del sacerdocio católico, y «por lo que se refiere al alma sacerdotal, nos parece que responde de la manera más digna y conveniente a los designios y deseos del sacratísimo Corazón de Jesús»[8]. Pensaba el Cura de Ars en este designio del amor divino cuando exclamó: «El sacerdocio: he aquí el amor del Corazón de Jesús»[9].

Juan XXIII. Encíclica “Sacerdotii nostri primordia”, Capítulo I, nn. 23-31. En: Esquerda Bifet, Juan. El sacerdocio hoy. Madrid; BAC 1983, 1era edición, pp. 158-160.

Notas

[1] Cf. Archiv. Secret. Vat.t. 227 p. 91.
[2] Sum. Th. 1.c.
[3] Exhort. Haerent animo, en Acta Pii X, IV p. 260.
[4] AAS 46 (1954) 161- 191
[5] Cf. Arch. Secret. Vat. t. 3897 p. 536.
[6] Cf. 1 Cor 9, 27.
[7] Cf. Arch. Secret. Vat. t. 3897 p. 304.
[8] Encícl. Ad catholici sacerdotii: AAS 28 (1936) 28.
[9] Cf. Arch. Secret. Vat.t. 227 p. 29.

JESUCRISTO: EN LAS FUENTES DE MI DIVINO CORAZÓN. (Parte 1).

EN LAS FUENTES DE
MI DIVINO CORAZÓN
HALLARÉIS MENSAJES
DE CONVERSIÓN

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MENSAJES


Amad intensamente la oración
Noviembre 17/07 3:31 p.m.

Jesús dice:
Os hago partícipes de pedacitos de cielo, aquí en la tierra.
Porque os amo, os doy mucho; porque os amo, os exijo; porque os amo, os premio con mi presencia, presencia que se manifiesta en la paz que derramo en vuestros corazones, inflamándolos de amor, para que rebocéis en el resplandor de la luz, luz que os ilumina, luz que se convierte en antorchas caídas del cielo para que irradiéis mi luminosidad a los lugares más oscuros a donde os envíe. No dejéis que el enemigo os tiente, porque él puede crear en vuestros corazones rutina en cada uno de mis mensajes de amor; debéis estar atentos, abismados a mi voz, porque os hablo, porque os enseño a que seáis verdaderos apóstoles de mi Divino Corazón y del Inmaculado Corazón de Madre; entregadme todo cuanto os he dado: vuestros bienes materiales, vuestras riquezas espirituales, vuestras familias, vuestras voluntades y todo vuestro ser, para que Yo disponga de vosotros de acuerdo a mis designios Divinos.

Haced que todo lo terrenal que hay en vosotros desaparezca, os quiero como ángeles moradores en la tierra, que resplandezcan por vuestras buenas obras, marcados con el sello de mi Cruz. Vosotros sois la luz del mundo, alumbre así vuestra luz a los hombres para que  vean vuestras buenas obras y den gloria a Nuestro Padre.

Comprended que os he elegido para que reconstruyáis mi Iglesia, por eso os pido que seáis verdaderas almas Eucarísticas, y verdaderos adoradores de Jesús Sacramentado, revestidos con los ropajes de la Reina del cielo, Dueña y Señora de todo lo creado.

Amad intensamente la oración, haced de la oración el alimento del día, porque orando os asemejáis a las miríadas y miríadas de Santos Ángeles, Santos Ángeles que están a vuestro servicio; amadles porque ellos son amigos inseparables de vuestro peregrinar.

Os amo, os amo, os amo.
Responded a mi amor con gestos de amor.


Pedid, con insistencia, la luz del Espíritu Santo
Noviembre 17/07 4:30 p.m.

Jesús dice:
Pedid, pequeños míos, con insistencia las luces del Espíritu Santo para que os guíe y no actuéis por vosotros, sino movidos por su Luz.

Cada vez que invocáis al Espíritu Santo, Él hará presencia en medio de vosotros. Pedid en forma fehaciente sus dones y carismas para que mi Iglesia resplandezca nuevamente en su efusión espiritual, como en mi Iglesia Primitiva.

Orad, pidiendo entendimiento sabiduría y discernimiento, para que no seáis confundidos por la astucia de Satanás, porque el Espíritu Santo es verdad y resplandor de mi luz. Es el Paráclito consolador que os cohabita y os posee, si estáis abiertos a Él.

Pedid su asistencia invocándolo por medio de la siguiente Oración:  “Espíritu Santo fuente de toda Sabiduría, iluminad mi entendimiento, iluminad mis potencias y mis sentidos, para no ceder ante las falacias del espíritu del mal. Arropadme con Vuestra Luz, para que revestido de Vuestro Resplandor, sea antorcha de luz en medio de las densas tinieblas que cubren la tierra. Derramaos sobre mí, bañándome con Vuestros carismas y con Vuestras singulares Gracias para contribuir, como apóstol de los últimos tiempos, en la reconstrucción de mi Iglesia. Enardeced mi corazón con Vuestras ráfagas de fuego e inflamadlo con Vuestro amor y henchidlo con Vuestra presencia para que a imitación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, Adore y Alabe Vuestra Grandeza como tercera Persona de la Santísima Trinidad. Amén”.


Te llevo guardado en mi Corazón
Noviembre 18/07 3:00 p.m.
Mensaje para un sacerdote:

La Santísima Virgen dice:
Estoy contigo, pequeño mío. Si los montes se desploman, a nada has de temer, porque yo te protegeré. Podrás cruzar los ríos y no te ahogarás, pasar por en medio del fuego y no te quemarás.
Te llevo guardado en mi Corazón para resguardarte de las asechanzas del mal.
Satanás ha intentado acabar con mi obra, pero no logrará destruirla, porque el bien siempre prevalecerá sobre el mal.
Hablé a tu corazón en aquel lugar de mis apariciones (se refiere a Merdjugori), te llevé allí para encomendarte esta misión en la que has sabido responder, dando gloria al nombre de mi Hijo Jesús y acercando muchas almas a mi Inmaculado Corazón.
Os amo, estoy contigo.


Orad por todos los no nacidos del mundo entero
Noviembre 19/07 4:30 p.m.

Jesús dice:
Os hago partícipe de mi tristeza, os hago partícipe de mi desolación, pequeño Agustín, porque el mundo lentamente es succionado por los espíritus del hades. Porque los hombres están cegados, están ensordecidos, han cambiado sus corazones de carne por corazones de pedernal, pedernal bruñido y tosco,  difícilmente de moldear por el alfarero y artesano, han fabricado sus propios dioses, dioses laxos de acuerdo a sus apetencias, desenfrenos, incredulidad y comodísimos, ansias desenfrenadas por tener y poseer, deseos de prestigio; y al Dios verdadero lo han cambiado por dioses caducos creados por manos humanas.

Veo a Jesús y de su Corazón le salen gotas de Sangre, con su mirada triste. Tiene, puesta, una corona de espinas grande y entre sus brazos, un bebé recién nacido, un bebé bañado en sangre; al lado está La Virgen y de sus ojos salen lágrimas, vestida de negro, está arrodillada y en una mano sostiene la Cruz, y en ella está la imagen de un feto.

Cómo me duele mi Corazón, pequeños míos, cómo es posible que arranquen a estos capullos de sus jardines, plantados por mis manos Divinas e irrumpan su vida, vida que tan sólo Yo les di.
Cómo le duele el Corazón a mi Madre, su Corazón está desgarrado de dolor, ungidlo con el bálsamo de vuestras lágrimas y dadle consuelo uniéndoos en vuestra tristeza.
Orad por todos los no nacidos del mundo entero, pidiendo misericordia a mi Padre, por todas las madres que se han convertido en sepulcros abiertos. Suplicad por su conversión y salvación, que los hombres cambien de manera de pensar, que no se tomen privilegios que tan solo le corresponde a Dios (Veo muchos fetos). Estas pobre almas, si no confiesan sus pecados, serán presa segura de Satanás.

Orad, pequeños míos, para que vuestras oraciones den descanso a los Sacratísimos Corazones.
Cuéntales al mundo, pequeño Agustín, que el infierno está lleno de almas que decían no creer en su existencia, almas que en la tierra sólo rindieron tributo y gloria a sí mismos, almas que se preocupaban por aplicar finas fragancias a sus cuerpos, mientras sus almas se hallaban en proceso de descomposición.

Vosotros, pequeños míos, trabajad con entereza por vuestra salvación.
Cuéntales a todos los hombres, Agustín de mi Divino Corazón, que no es conveniente recibir Mi Sagrado Cuerpo en sus manos, porque éste es un trabajo Sacrílego del demonio, muchos me maltratan, me hieren porque no han comprendido que realmente estoy presente allí en la Hostia Consagrada.

Hay tantas almas de obispos, sacerdotes y cardenales que promovieron la comunión en la mano y se hallan en el purgatorio, purificando éste error, inducidos por el príncipe del averno; no os dejéis engañar, porque el enemigo es astuto y minimiza mi Grandeza en la Eucaristía.

Orad, pequeños míos, reparando por todos los pecados del mundo entero, no agradéis a los hombres, agradadme a Mí que soy Vuestro Dios.


Os llamo a que os acerquéis a Jesús
Noviembre 21/07 5:45 a.m.

La Santísima Virgen dice:
Porque os amo, os llamo a que os acerquéis a Jesús.
Su Divino Corazón es un dechado de virtud y de ternura, abierto para que entréis en Él y os cubra de su amor infinito.
No posterguéis más vuestra decisión de servir a Dios, decidíos hoy mismo que escucháis mi voz en vuestro corazón, porque si el Señor en su gran misericordia os ha permitido leer mi mensaje, es porque desea ganaros para el cielo, quizás mañana sea demasiado tarde y no podréis contristar vuestro corazón y reparar vuestros pecados.

El mundo no os ofrece nada bueno, no os dejéis atrapar en sus sucias alcantarillas, alcantarillas que os aprisionarán, apoderándose de vosotros para enlodar vuestra conciencia y ensordeceros a la dulce voz de quien os llamó.


Conservad la inocencia como de niños
Noviembre 21/07 4:15 p.m.

La Santísima Virgen María dice:
Hijitos, el cielo os premia con sus bendiciones, ya que han sabido responder al llamado Divino, porque Jesús en su extremado amor, puso su mirada en vosotros.
Os acompaño, os protejo e intercedo ante mi amado Jesús, por esta obra de amor que empieza a gestarse dentro de la Iglesia.

Mi maternal voz siempre os guiará, porque en el silencio os hablo, dándoos a conocer y a degustar por adelantado las grandes riquezas que se hallan en el  cielo. El enemigo jamás podrá haceros daño, manteneos unidos como lo hacían los apóstoles cuando estuvieron acá en la tierra. Siempre os llevo guardados en mis entrañas virginales, colocando en cada uno de vosotros una coraza muy fina e irrompible, frente a los dardos venenosos de Satanás.

Que vuestros corazones siempre se conserven limpios y puros como el cristal, para que allí descanse plácidamente mi niño Jesús.

Conservad la inocencia como de niños, abandonándoos por completo a lo que Dios desee hacer por vosotros.

Entregadle, a Él, vuestra voluntad, que Él se encargará de llevarlos en vuestro caminar espiritual, caminos inundados de muchas rosas; no os aflijáis cuando sintáis las punzadas de sus espinas, porque todo esto es permitido por el Altísimo para purificaros y adelantaros en la santidad.
Jesús hará uso de vuestros ojos, de vuestras manos, de vuestros pies, de vuestros labios y de todo vuestro ser, para ser glorificado en cada uno de vosotros.

Conservad siempre la humildad cuando veáis los prodigios de amor en vosotros.
Os amo pequeñitos míos.


Que brille la grandeza de Dios en vuestras vidas
Noviembre 22/07 5:23 p.m.

La Santísima Virgen María dice:
Pequeños niños de mi Inmaculado Corazón, os amo con grandes derroches, porque el Señor ha puesto su mirada de bondad sobre vosotros.

Sed mis apóstoles de los últimos tiempos, preparándoos en oración, penitencia y ayuno para las misiones que Dios os tiene previstas.

Vivid a plenitud la consagración a mi Inmaculado Corazón, ya que os hablaré al corazón, invitándoos a donaros por completo a la obra de mi Señor.

Os elegí para mi Ejército, ejército que batallará al triunfo de mi Inmaculado Corazón.  Soy yo, quien os elegí. Responded pues con vuestro amor y generosidad a los planes divinos que mí Jesús os tiene preparado.

El Espíritu Santo siempre os asistirá, dándoos luces y asistencia del cielo, para que el mal no llegue a vosotros disfrazado de luz. Que brille la grandeza de Dios en vuestras vidas.
Sed dóciles a mis mensajes, pequeñitos míos, porque Jesús actuará según sea la medida de vuestra entrega.
Cantad para el Señor, salmodiad con vuestro espíritu para el cielo.
Os amo, pequeñitos míos.


Cuidad las llaves del Cielo
Noviembre 22/07 6:00 p.m.

Jesús dice:
Os amo pequeños. Soy Jesús que os ha llamado; os doy las llaves del cielo para que abráis compuertas que tan sólo se os abre a vosotros. No las dejéis perder, porque el enemigo intentará robárosla. Cuidadlas con vuestra oración constante, con la frecuencia de los Sacramentos y el Santo ejercicio de mi Palabra.
Os amo pequeñitos míos.


No estáis solos
Noviembre 22/07 6:15 p.m.

La Santísima Virgen María dice:
Os amo tanto, pequeños míos y me duele que muchos desprecien los regalos que os doy.  Mirad que el cielo pone atención a cada uno de vosotros, no estáis solos como algunas veces pensáis. Los Santos Ángeles, Jesús y yo, vuestra Madre, caminamos al lado de vosotros, de tal modo, que no os deis cuenta, porque dichosos los que han creído sin haber visto.

Caminad con la certeza de que yo, os guío y os acerco a Jesús. No dejéis de rezar muchas Aves María, que enternecen mi Corazón, haciendo que os escuche y os dé apoyo en vuestra tribulación. Las tristezas compartidas con Jesús son dulces. La soledad se torna amable cuando os abandonáis a su amor.

La oscuridad se torna en luz, cuando os dejáis abrasar de su resplandor. Cuido de vuestros sueños, no tengáis temores en cerrar vuestros ojos, porque os mimo y os consiento en el descanso de vuestra noche. 

EL INFIERNO REAL VISTO POR OLIVA CON JESUS. (PARTE 4).



Narraciones por el Padre Carlos Cancelado

El Padre Carlos Cancelado nos muestra esta sorprendente e inaudita Revelación de Nuestro Señor a Matilde Oliva Arias, la Vidente de Jesús de la Misericordia, a quien nuestro Señor llevó para mostrarle EL INFIERNO, y para que cuente lo que viera.

(Video 4 de 3)




(Continuación de textos)

Y Jesús me dijo:” Mi sufrimiento para ellos ha sido inútil, por eso van al infierno.”Y vi que unos de los castigos para ellos, es ver al hombre o mujer por el cual se condenaron en el pecho, y Satanás les daba un cuchillo filoso y ellos mismos se cortaban, y se sacaban pedazos de carne hasta llegar al corazón. Diciendo, maldito, maldito, por tu culpa estoy aquí en este infierno. Te quiero sacar del pecho para siempre pero no puedo.

El Señor me dijo:”Ore, ore, porque algunos están vivos, y se pueden arrepentir.”

Vi hombres atados con hombres, y mujeres atadas con mujeres, atados por la cintura, que se balanceaban, como animales salvajes, arrastrando una presa, ¿y éstos quiénes son y porque sufren? El Señor me dijo:”Son toda clase de homosexuales y lesbianas, que libremente me rechazaron, y no fueron capaces de ser castos ofreciendo su vida”. Y vi cómo Satanás se revolcaba en el lecho de estos pobres seres, dándoles más deseos sin llegar a ser saciados nunca. Y vi como los espíritus los atormentaban en sus partes con los que pecaron. Y vi que le atravesaban palos desde el ano hasta la boca, y le giraban.

Y pregunte ¿La presa? Y me contestó:”Son todos aquellos que se acostaron con ellos. Ore, porque aun hay vivos que pueden salvarse, al arrepentirse. La persona homosexual que ofrezca su castidad a mí, y viva sin hacer pecar a nadie, yo derramo mi infinita Misericordia, porque los amo inmensamente.”

Toda relación anal es condenada por el Señor, es contra la naturaleza. No podemos condenar a quienes practican la homosexualidad, si hacemos lo mismo.

Vi hombres y mujeres con caras de animales, y sufrían inmensamente. Y al lado de ellos, unos que llevaban como unas cintas y unas hojas o revistas donde habían mujeres y hombres desnudos. También sufrían y van al infierno. Y le pregunte al Señor: ¿quiénes son, y también van al infierno? Sí, van al infierno sino se arrepienten. Los primeros son todos los que han tenido intimidad con los animales. Rebajándose al nivel de la bestia, y aún más que ella, porque si ella pensara, no lo haría. Y todo aquel que haga del sexo una obsesión atreves de películas, revistas, chistes grotescos, prostitución, palabra de mal sentido. Son dignos del fuego eterno, con todos sus tormentos, pues han aprendido a hablar la bajeza de Satanás y no a hablar y vivir la Santidad y Pureza de DIOS uno y Trino.


Vi hombres y mujeres de diferentes edades, y caminaban como ciegos, golpeándose con todo. Y un demonio estaba al pie de ellos, haciéndoles caer más y más. ¿Y estos quienes son Señor? Y me dijo: “Son todos los borrachos, alcohólicos, van porque han destrozado el templo de Espíritu Santo, donde mora la Trinidad Santa: su propio cuerpo. Y han hecho daño a sus semejantes, a sus familias, olvidándose del primer mandamiento. Amar a DIOS y al prójimo como a sí mismo. Estos no han aprendido ni siquiera a amarse."

Y al lado de ellos, iban personas de diferentes edades, reventados los labios, con humo en la nariz, ¿Y estos quiénes son?, pregunté, y me dijo:” Son todos los fumadores de toda clase de hierbas, droga, cigarros o vicio. Y van porque no han amado su propio cuerpo, y los que van con ellos, son todos los que ofrecen, o llevan a pecar. Yo les he dicho, que el que regala un vaso de agua, es digno del Cielo Eterno. Pero también quien ofrece, o hace pecar a alguien, es digno del fuego eterno. Ore, porque algunos pueden cambiar su vida, y librarse de este castigo”

Vi hombres y mujeres en minifalda, o con vestidos indecentes, y detrás de ellos, un gran número de hombres y mujeres. Y pregunté: ¿Porque van al infierno, y porque los atormentan? Me contesto: “La mujer que use minifalda va al infierno, por corromper al hombre seduciéndolo con su vestuario. Y lo mismo el hombre, van por dejarse seducir. Cuidado con el vestuario. La mujer no debe llevar pantalón y si lo lleva que no sea ajustado. Muchas parecen mulas con frenos. Los hombres no deben llevar el pantalón apretado, pero tampoco, aquellos que parecen faldas.”

Vi que iban hombres y mujeres de toda edad, hasta niños con las manos cortadas, algunos sin dedos. Y le pegunte ¿Quiénes son, y porqué van al infierno? Y me dijo: “Son todos los tramposos, los ladrones, los estafadores, los que no pagan sus deudas, los que solo se dedicaron al trabajo, los avarientos, los que en su corazón solo estaba el "dios dinero", los que nunca dieron una limosna al pobre, ni ayudaron al más pequeño de sus hermanos. Son todos aquellos que al final les tendré que decir: "¡apártate de mi maldito, vaya al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles. Pues tuve hambre y no me dieron de comer, sed y no me dieron de beber.

Fui forastero y no me alojaron, desnudo y no me vistieron, enfermo y en la cárcel y no me visitaron!"

Ore, ore por ellos, porque algunos están vivos y pueden cambiar su corazón de piedra (Mateo 25.)”.

(Continuará)

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís