FRASES PARA SACERDOTES

Los votos son para cumplirlos.

Un sacerdote que no busca la santidad es una vocación perdida.

De: Marino Restrepo.

CONSEJO DE MONSEÑOR MARINI A LOS COROS




Cinco consejos de Mons. Guido Marini a los coros.

CONFIDENCIAS DE JESÚS A UN SACERDOTE. Monseñor Ottavio Michellini.

EL AMOR DE LOS INOCENTES


"Escribe, hijo mío.  Te había anunciado que volvería sobre este tema y heme aquí fiel.
En cada criatura humana hay tres fisonomías; dos de las cuales son sabidas.  La fisonomía del rostro que es visible a todos; vemos el rostro de todos, hecho sobre el mismo modelo, sin embargo, todos son diferentes uno de otro
Vemos menos claramente la fisonomía interior del hombre, esto es, la del alma, del temperamento, del carácter, de la inteligencia, etc.
Luego está la fisonomía aún más interior del alma, es decir, la de su vida o muerte sobrenatural.  Esta tercera fisonomía es percibida por muy pocos.
El alma, penetrada de la Gracia Divina, revestida de su cándido vestido nupcial es maravillosa. Este esplendor lo ve Dios porque forma parte de Él.  Lo entrevén también algunas almas muy avanzadas en la vida de la Gracia, es decir, de la perfección.
Pero como las fisonomías corporales no son iguales, tampoco las fisonomías interiores son iguales, es decir, los caracteres de los hombres, ni tampoco son iguales las fisonomías sobrenaturales.
He aquí las tres fisonomías, la del Cuerpo, la del Alma, y la de la Gracia.
La Gracia es la vida divina de las almas.  Pero Yo soy el Amor.  La Gracia es por lo tanto el Amor de Dios participado a las almas.


Diverso esplendor

Cada alma en Gracia tiene en si mi Amor, con diversa intensidad de esplendor porque diferente es en cada alma mi Amor.
Se puede amar poco, poco; se puede amar bastante, se puede amar muchísimo, y se puede amar en formas diversas.
Quien no ama en cambio está en la muerte, no tiene en sí luz interior.  Es la más tremenda desdicha ya que para el alma que no encuentra el amor que fue infundido en ella en  el Bautismo, es la muerte eterna, el Infierno.
¡Si, di fuerte esta palabra:  Infierno, en la que ya casi nadie cree!  Se puede amar bastante, se puede amar mucho, pero siempre con el alma.  También con los sentidos se puede amar, como en el amor nupcial, que es amor casto y santo si esta bien dirigido en la justa vía.  Se puede amar muchísimo interior y exteriormente sin sensualidad.
Es el amor de los inocentes es el amor de los puros, es el amor de los ángeles, es el amor de los primeros padres antes del pecado.  El niño que abraza afectuosamente a la mamá excluye en su amor puro toda viscosidad.


Necesidad de expansión

El alma pura y casta, abismada en el amor de Dios y del prójimo, y que del Mandamiento del Amor ha hecho la ley de su vida, no es capaz de contener el amor en su interior.  Él estalla incluso en la materia que lo aprisiona y tiene necesidad de expandirse como naturalmente se expande luz y calor de la llama.
Este amor fuerte, puro, inocente, no es comprendido sino por pocas almas.  Por eso las pocas afortunadas que lo poseen debe con frecuencia sofocarlo no raras veces porque podría ser motivo de escándalo.  Son poquísimas las almas consagradas que alcanzan esta plenitud de amor.
Pero como el alma del amor es  el sufrimiento, he aquí que, a veces, sofocándolo por un justo motivo, lo alimenta en mayor medida, por que sale fortalecida el alma del amor que es precisamente el sufrimiento.
Quien ama así no siente los estímulos de los sentidos.  Es más puede ser un error querer detener el curso natural del amor sobrenatural por motivos de respeto humano no justificable; como entre los primeros cristianos que se saludaban con el beso aun entre personas de diferente sexo.  Ningún inconveniente se derivaba de ahí, porque eran castos y puros.


Palabra que no cambia

-Pero Señor, en este mundo nuestro en el mundo de hoy donde vicio, corrupción, obscenidad e impureza reinan soberanos,  ¿no consideras esta doctrina peligrosa?
No, hijo mío.
Mi Palabra es la Palabra viva, es la Palabra que no cambia con el cambiar de los acontecimientos y costumbres de los hombres.
Mi Palabra es como un rayo de luz que toca el fango, lo ilumina, pero no queda contaminado por él.  Si hoy esto no se comprende, lo será mañana en mi Iglesia regenerada a nueva vida y esplendor.
Te bendigo como siempre.  Recuerda cuanto has escrito hoy.  Para Ti y para tantas almas es importante.
Ámame.  No olvides lo que tan frecuentemente te pido.


ADVERTENCIAS DEL MAS ALLÁ A LA IGLESIA CONTEMPORÁNEA. Padre Arnold Renz.

Parte 9

Por el Padre Arnold Renz


Situación de la Iglesia Católica en la actualidad.

E:  ¿Cuando tienes que irte?  ¡Habla, Judas Iscariote!  Habla ahora, en nombre de la Santísima Trinidad, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo...!

J:  ¡Yo era apóstol! (habla con una voz profunda y ronca, como la de un hombre).

E:  ¡Continúa hablando en nombre de Jesús...!

J:  Yo he sido traidor.

E:  ¡Continúa hablando...ya lo sabemos... habla en nombre de Jesús...!

J:  Hoy existen traidores hasta entre los obispos, pero con una sola diferencia.  Yo he traicionado abiertamente, y ellos pueden camuflarse.

E:  ¡Es esa la verdad, en nombre de...!

J:  ¡Si!

E:  ¿No mientes?  ¡En nombre de..!

J:  No.  ¿Crees que digo esto por mi gusto?

E: ¿Has tenido que decirlo en nombre de..?  ¡Di la verdad!

J:  Sí.

E:  ¿En nombre de quién?

J:  En el maldito nombre de la (señala hacia arriba)... A mi pesar.

E:  ¿Cuando te irás?  ¡En nombre de la Santísima Trinidad... di la verdad!

J:  Tengo que decir aún más cosas.

E:  ¡Di entonces lo que tienes que decir, todo lo que tienes que decir, en nombre de Jesús!

J:  Entre los obispos de hoy en día, hay algunos que no son menos traidores de lo que yo lo he sido, y si no...

E:  ¡No todos!  ¡Di la verdad, en nombre de...!

J:  No todos, pero muchos.  Es más fácil caer en sus redes que en las mías.

E:  ¡Continúa diciendo, Judas Iscariote, lo que tienes que decir en nombre de la Santísima Trinidad...!


No todos los obispos se encuentran por el buen camino...

A estos no hay que obedecerles.

J: Tengo que decir que muchos de los actuales obispos no se encuentran ya por el camino, y a estos no es necesario obedecerles.  La obediencia tiene una gran importancia.  Hasta en el cielo, la obediencia se escribe con mayúsculas.  Pero ahora son los tiempos de los lobos que aúllan.

E:  ¡Continúa hablando, Judas Iscariote, en nombre de la Inmaculada Concepción, en nombre de...!  ¡No tienes derecho a mentir, en nombre de...!

J:  Ninguna oveja se mete en la boca del lobo.  No se puede obedecer a los lobos.

E:  ¡En nombre de Jesús, continúa, continúa en nombre de... en nombre de los Santos cuyas reliquias, están colocadas sobre tu frente y que no han sido traidores!  ¡Continúa hablando!

J:  Cualquier hombre huye cuando se acerca el lobo.  ¡Desgraciadamente, éste es el tiempo de los lobos!  Muchos obispos se han convertido en lobos rapaces, que ya no saben lo que dicen; y a éstos no hay que obedecerles.  En estos casos ni en el cielo se exige la obediencia.

E:  ¡Continúa hablando, Judas Iscariote, en nombre de la Santa Virgen...!

J:  Solamente hay que referirse al Papa.

E:  ¡Continúa hablando en nombre de Jesús..!

J:  Este no puede presentar sus documentos, porque son desmentidos y falsificados.

E:  ¡Continúa en nombre de..!

J:  Hay que rezar diariamente al Espíritu Santo, de lo contrario se cae en la fosa o en las fauces de los lobos.

E:  ¡Continúa hablando, Judas Iscariote, en nombre de Jesús!  ¿Qué más tienes que decirnos con respecto al Papa?  ¡Di lo que tienes que decir en nombre del Cielo!  ¡No queremos saber más, solamente lo que quiere decir el Cielo!

J:  ¿Crees que digo otra cosa?  ¿Crees que quiero decirlo?
.......


- EL AGUILA QUE HABLA -





San Juan Diego Cuauhtlatoatzin
(1474-1548)

« su confianza en Dios y en la Virgen; su caridad, su coherencia moral, su desprendimiento y su pobreza evangélica. Llevando una vida de eremita, aquí, cerca deL Tepeyac, fue ejemplo de humildad.»

Juan Pablo II, 6 de mayo de 1990


SU HISTORIA

El Beato Juan Diego, que en 1990 Vuestra Santidad llamó «el confidente de la dulce Señora del Tepeyac» (L’Osservatore Romano, 7-8 maggio 1990, p. 5), según una tradición bien documentada nació en 1474 en Cuauhtitlán, entonces reino de Texcoco, perteneciente a la etnia de los chichimecas.Se llamaba Cuauhtlatoatzin, que en su lengua materna significaba «Águila que habla», o «El que habla con un águila».

Ya adulto y padre de familia, atraído por la doctrina de los PP. Franciscanos llegados a México en 1524, recibió el bautismo junto con su esposa María Lucía. Celebrado elmatrimonio cristiano, vivió castamente hasta la muerte de su esposa, fallecida en 1529. Hombre de fe, fue coherente con sus obligaciones bautismales, nutriendo regularmente su unión con Dios mediante la eucaristía y el estudio del catecismo.

El 9 de diciembre de 1531, mientras se dirigía a pie a Tlatelolco, en un lugar denominado Tepeyac, tuvo una aparición de María Santísima, que se le presentó como «la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios». La Virgen le encargó que en su nombre pidiese al Obispo capitalino el franciscano Juan de Zumárraga, la construcción de una iglesia en el lugar de la aparición. Y como el Obispo no aceptase la idea, la Virgen le pidió que insistiese. Al día siguiente, domingo, Juan Diego volvió a encontrar al Prelado, quien lo examinó en la doctrina cristiana y le pidió pruebas objetivas en confirmación del prodigio.

El 12 de diciembre, martes, mientras el Beato se dirigía de nuevo a la Ciudad, la Virgen se le volvió a presentar y le consoló, invitándole a subir hasta la cima de la colina de Tepeyac para recoger flores y traérselas a ella. No obstante la fría estación invernal y la aridez del lugar, Juan Diego encontró unas flores muy hermosas. Una vez recogidas las colocó en su «tilma» y se las llevó a la Virgen, que le mandó presentarlas al Sr. Obispo como prueba de veracidad. Una vez ante el obispo el Beato abrió su «tilma» y dejó caer las flores, mientras en el tejido apareció, inexplicablemente impresa, la imagen de la Virgen de Guadalupe, que desde aquel momento se convirtió en el corazón espiritual de la Iglesia en México.

El Beato, movido por una tierna y profunda devoción a la Madre de Dios, dejó los suyos, la casa, los bienes y su tierra y, con el permiso del Obispo, pasó a vivir en una pobre casa junto al templo de la «Señora del Cielo». Su preocupación era la limpieza de la capilla y la acogida de los peregrinos que visitaban el pequeño oratorio, hoy transformado en este grandioso templo, símbolo elocuente de la devoción mariana de los mexicanos a la Virgen de Guadalupe.

En espíritu de pobreza y de vida humilde Juan Diego recorrió el camino de la santidad, dedicando mucho de su tiempo a la oración, a la contemplación y a la penitencia. Dócil a la autoridad eclesiástica, tres veces por semana recibía la Santísima Eucaristía.

En la homilía que Vuestra Santidad pronunció el 6 de mayo de 1990 en este Santuario, indicó cómo «las noticias que de él nos han llegado elogian sus virtudes cristianas: su fe simple[...], su confianza en Dios y en la Virgen; su caridad, su coherencia moral, su desprendimiento y su pobreza evangélica. Llevando una vida de eremita, aquí cerca de Tepeyac, fue ejemplo de humildad» (Ibídem).

Juan Diego, laico fiel a la gracia divina, gozó de tan alta estima entre sus contemporáneos que éstos acostumbraban decir a sus hijos: «Que Dios os haga como Juan Diego».

Circundado de una sólida fama de santidad, murió en 1548.

Su memoria, siempre unida al hecho de la aparición de la Virgen de Guadalupe, ha atravesado los siglos, alcanzando la entera América, Europa y Asia.

En abril de 1990, en una solemne ceremonia en la Basílica de Guadalupe en México, el Santo Padre Juan Pablo II le declaró Beato, ante Vuestra Santidad fue promulgado en Roma el decreto «de vitae sanctitate et de cultu ab immemorabili tempore Servo Dei Ioanni Didaco praestito».

El 6 de mayo sucesivo, en esta Basílica, Vuestra Santidad presidió la solemne celebración en honor de Juan Diego, decorado con el título de Beato.

Precisamente en aquellos días, en esta misma arquidiócesis de Ciudad de México, tuvo lugar un milagro por intercesión de Juan Diego. Con él se abrió la puerta que ha conducido a la actual celebración, que el pueblo mexicano y toda la Iglesia viven en la alegría y la gratitud al Señor y a María por haber puesto en nuestro camino al Beato Juan Diego, que según las palabras de Vuestra Santidad, «representa todos los indígenas que reconocieron el evangelio de Jesús» (Ibídem).

Beatísimo Padre, la canonización de Juan Diego es un don extraordinario no sólo para la Iglesia en México, sino para todo el Pueblo de Dios.

Juan Pablo II proclamó públicamente la santidad de Juan Diego en una Solemne Misa de Canonización en la Basílica de la Virgen de la Guadalupe en México el 31 de julio, 2002. Su fiesta la fijó el mismo Santo Padre el 9 de diciembre porque ése “fue el día en que vió el Paraíso” (día de la primera aparición).

Canonizado el 31 de Julio del 2002 por S.S. Juan Pablo II, durante su 5ta visita a México.


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SANTA MARIA DE GUADALUPE EMPERATRIZ DE LAS AMERICAS Y MADRE DE TODOS LOS NACIDOS EN ESTE CONTINENTE, CUBRENOS CON TU MANTO Y NO PERMITAS QUE NINGUNO DE NUESTROS PUEBLOS CAIGAN BAJO LAS REDES DEL MALIGNO, TE LO PEDIMOS POR TU HIJO NUESTRO SEÑOR JESUS. AMEN.

SAN JUAN DIEGO INTERCEDE POR TODOS LOS PUEBLOS DEL CONTINENTE AMERICANO. AMEN.



FUENTE: servicocatholicohispano.wordpress.com


EL CONDENADO NUNCA TENDRÁ DESCANSO


Las penas del Infierno,
por San Antonio María Claret


La sensación del los tormentos del infierno es esencialmente terrible. Figúrate, alma mía, en una noche obscura sobre la cima de una montaña alta. Debajo hay un valle profundo, y la tierra se abre de manera que con tu mirada puedes ver el infierno en su cavidad.

Figúratelo como una prisión situada en el centro de la tierra, muchas leguas abajo, toda llena de fuego, encerrado en un recinto de forma tan impenetrable que por toda la eternidad ni siquiera el humo puede escapar. En esta prisión los condenados están tan cerca el uno del otro como ladrillos en un horno. . . Considera la calidad del fuego en que se queman. Primero, el fuego se extiende por todas partes y tortura la totalidad del cuerpo y del alma.

Una persona condenada yace en el infierno para siempre, en el mismo punto en que fue asignado por la justica divina, sin ser capaz de moverse, como un prisionero en un cepo. El fuego que lo envuelve totalmente, como un pez en el agua, lo quema en derredor, a su izquierda, a su derecha, arriba y abajo. Su cabeza, su pecho, sus hombros, sus brazos, sus manos y sus pies, están totalmente penetrados con fuego, de manera que él todo se asemeja a una pieza de hierro candente y resplandeciente, que acaba de ser retirado del horno.

El techo del recinto en que moran las personas condenadas es de fuego; la comida que come es fuego; la bebida que toma es fuego; el aire que respira es fuego; todo cuanto ve y toca es fuego…. Pero este fuego no está meramente fuera de él; además traspasa a la personal condenada.

Penetra su cerebro, sus dientes, su lengua, su garganta, su hígado, sus pulmones, sus intestinos, su vientre, su corazón, sus venas, sus nervios, sus huesos, aún hasta el tuétano, y aún su sangre. «En el infierno», de acuerdo a San Gregorio Magno, «habrá un fuego que no puede apagarse, un gusano que no muere, un hedor insoportable, una obscuridad que puede sentirse, castigo por azotes de manos salvajes, con todos los presentes desesperados de cualesquier cosa buena.»

Uno de los hechos más terribles es que por el poder divino, este fuego va tan lejos como para actuar sobre las facultades del alma, quemándolas y atormentándolas. Supongamos que yo fuera a encontrarme colocado en el horno de un herrero, de manera que todo mi cuerpo estuviese al aire libre, exepto por un brazo puesto en el fuego, y que Dios fuera a preservar mi vida por mil años en esta posición. ¿No sería esto una tortura inaguantable? ¿Cómo sería entonces el estar completamente penetrado y rodeado de fuego, el cual afecta no sólo un brazo, sino inclusive todas las facultades del alma?


Más espantoso de lo que el hombre puede imaginar

En segundo lugar, este fuego es mucho más espantoso de lo que el hombre puede imaginar. El fuego natural que vemos durante esta vida tiene un gran poder para quemar y atormentar. Sin embargo, éste no es ni siquiera una sombra del fuego del infierno. Existen dos razones por las cuales el fuego del infierno es mucho más terrible, más allá de toda comparación, que el fuego de esta vida. La primera razón lo es la justicia de Dios, de la cual el fuego del infierno es un instrumento dirigido a castigar el mal infinito efectuado contra su suprema majestad, que ha sido despreciada por una criatura. Por lo tanto, la justicia suple este elemento con un poder tan ardiente que casi alcanza lo infinito….

La segunda razón lo es la malicia del pecado. Como Dios sabe que el fuego de este mundo no es suficiente para castigar el pecado como éste se merece, Él le ha dado al fuego del infierno un poder tan grande que nunca podrá ser comprendido por la inteligencia humana. — Ahora bien, ¿cuán poderosamente quema este fuego? El fuego quema tan poderosamente, ¡oh alma mía!, que de acuerdo con los grandes maestros de la ascética, si una mera chispa cayera en una piedra de molino, la reduciria en un momento al polvo.

Si cayera en una bola de bronce, la derritiria instantáneamente como si se tratara de cera. Si cayera sobre un lago congelado, to haría hervir al instante. Hagamos una pausa breve, alma mía, para que contestes algunas preguntas que te haré. Primero, te pregunto: Si un horno especial fuera encendido, como usualmente se hacia para atormentar a los mártires, y entonces algunos hombres colocaran frente a ti todo tipo de bienes que el corazón humano pueda desear, y añadieran la oferta de un reino próspero — si todo esto te fuera prometido a cambio de que sólo por media hora te introdujeras en el horno ardiente, ¿qué escogerías hacer?


¡Ni por cien reinos!

«¡Ah!» dirías, «Si me ofreciaras cien reinos nunca sería tan tonto como para aceptar unos términos tan brutales, no importa cuántas cosas grandes me ofrecieran, aún si estuviera seguro de que Dios va a preservar mi vida durante esos momentos de sufrimiento.» El segundo lugar, te pregunto: Si ya estuvieran en posesión de un gran reino y estuvieras nadando en un mar de riqueza, de manera que no carecieras de nada, y fueras atacado por un enemigo, hecho prisionero y encadenado, si fueras obligado a escoger entre perder tu reino o pasar media hora dentro de un horno ardiente, ¿qué escogerías? «¡Ah!», dirías, «¡prefiero pasar toda mi vida en la pobreza extrema y someterme a cualesquier otra injuria y desventura, que sufrir tan grande tormento!»


Una prisión de fuego eterno

Ahora, dirige tus pensamientos de lo termporal a lo eterno. Para evadir el tormento de un horno ardiendo, que duraría sólo media hora, tu sacrificarías cualesquier propiedad, aún las cosas que más te satisfacen, y estarías dispuesto a sufrir cualesquier otra pérdida temporal, no importa cuán pesada pudiera ser. Entonces, ¿por qué no piensas de igual modo cuando tratas los tormentos eternos? Dios no te amenaza con media hora de suplicio dentro de un horno ardiendo, sino con una prisión de fuego eterno. Para escapar de ella, ¿no deberías renunciar a todo lo que está prohibido por Él, no importa cuán placentero pueda ser, y abrazar alegremente todo cuanto Él ordena, aún si fuera extremadamente desagradable? Lo más espantoso del infierno es su duración.

La persona condenada pierde a Dios y lo pierde para toda la eternidad. Ahora bien, ¿qué es la eternidad? ¡Oh alma mía, hasta ahora ningún ángel ha podido comprender lo que es la eternidad! ¿Como entonces podrás tú comprenderla? Aún así, para formarnos alguna idea de ésta, consideremos las siguientes verdades: La eternidad nunca termina. Esta es la verdad que ha hecho temblar aún a los más grandes santos. El juicio final vendrá, el mundo será destruido, la tierra se tragará a todos los condenados, y éstos serán arrojados al infierno. Entonces, con su mano todopoderosa, Dios los encerrará para siempre en tan desdichada prisión.

Desde entonces, tantos años pasarán como hay hojas en los árboles y las plantas de toda la tierra, tantos miles de años, como hay gotas de agua en todos los mares y ríos de la tierra, tantos años como hay átomos en el aíre, como hay granos de arena en todas las costas de todos los mares. Luego, después de que todos estos incontables años pasen, ¿qué será la eternidad? Todavía no será siquiera una centésima parte de ella, o una milésima — nada. Entonces comenzará nuevamente y durará tanto como antes, nuevamente, aún después de que se haya repetido esto miles de veces, y mil millones de veces, nuevamente. Y luego después de un período de tiempo tan largo, ni siquiera habrá pasado la mitad, ni siquiera una centésima parte o una milésima parte, ni siquiera una parte de la eternidad. En todo este tiempo no habrá interrupción en la quema de los condenados, comenzando todo nuevamente. ¡Oh qué misterio profundo! ¡Un terror sobre todos los terrores! ¡Oh eternidad! ¿Quién puede comprenderte? Supongamos que, en el caso del desdichado Caín, llorando en el infierno sólo derramera cada mil años una lágrima. Ahora, alma mía, recoge tus pensamientos y considera este caso: Por seis mil años, por lo menos, Caín ha estado en el infierno y ha derramado sólo seis lágrimas, que Dios milagrosamente ha preservado. ¿Cuántos años pasarían para que sus lágrimas cubriesen todos los valles de la tierra y que inundaran todas las ciudades, pueblos y villas y todas las montañas como para poder inundar toda la tierra? Entendemos que la distancia de la tierra al sol es de treinta y cuatro millones de leguas. ¿Cuántos años harían falta para que las lágrimas de Caín llenaran ese espacio inmenso? De la tierra al firmamento suponemos que hay una distancia de ciento sesenta millones de leguas.


Las lágrimas de Caín

¡Oh Dios! ¿Qué cantidad de años tendríamos que imaginar serían suficientes para llenar con lágrimas este inmenso espacio? Y aún así — ¡Oh verdad incomprensible! — estad seguros de ello pues Dios no puede mentir — llegaría el tiempo en que las lágrimas de Caín serían suficientes para inundar el mundo, para alcanzar aún el sol, para tocar el firmamento, y llenar todo el espacio entre la tierra y el más alto cielo. Pero eso no es todo. Si Dios secara todas estas lágrimas hasta la última gota, y Caín comenzara otra vez a llorar, él volvería otra vez a llenar la totalidad del espacio y las inundaría mil veces y un millón de veces en sucesión, y luego de todos esos años incontables, ni siquiera habría pasado la mitad de la eternidad, ni siquiera una fracción. Después de todo ese tiempo quemándose en el infierno, los sufrimientos de Caín estarían tan sólo comenzando. La eternidad, en este caso, no tiene alivio. Sería de hecho, una pequeña consolación de muy poco beneficio para las personas condenadas si fueran capaces de recibir un breve respiro cada mil años.


No hay alivio

Imaginemos un lugar del infierno donde hay tres malvados. El primero está sumergido en un lago de fuego sulfúrico; el segundo está encadenado a una gran roca y está siendo atormentado por dos demonios, uno de los cuales constantemente le arroja plomo derretido por su garganta, mientras el otro se lo derrama encima de todo su cuerpo, cubriéndole desde la cabeza a los pies. El tercer réprobo está siendo torturado por dos serpientes, una de las cuales le envuelve su cuerpo y lo muerde cruelmente, mientras la otra entra a su cuerpo y le ataca el corazón. Supongamos que Dios se apiada de él y le concede un corto respiro. El primer hombre, luego de haber pasado mil años, se le remueve del lago y recibe el alivo de tomar agua fría, y luego de pasar una hora es arrojado nuevamente al lago. El segundo, luego de mil años de tormento, es removido de su lugar y se le permite descansar; pero luego de una hora se le arroja nuevamente al mismo tormento. El tercero, luego de mil años se ve librado de las serpientes; pero al cabo de una hora de alivio, nuevamente es abusado y atormentado por ellas.

¡Ah, cuán limitada sería esta consolación — sufrir por mil años para descansar sólo por una hora! Ahora bien, el infierno ni siquiera tiene este alivio. Uno se quema siempre en esas llamas espantosas y nunca recibe ningún alivio en toda la eternidad. El condenado es mordido y herido con remordimiento, y nunca tendrá un descanso en toda la eternidad. Siempre sufrirá una sed muy ardiente y nunca recibirá el refresco de un poco de agua en toda la eternidad. Siempre se verá a sí mismo aborrecido de Dios y nunca podrá recibir la alegría de una simple mirada de ternura de Dios por toda la eternidad. El condenado se encontrará siempre maldito por el cielo y el infierno, y nunca recibirá un simple gesto de amistad. Es una de las desgracias esenciales del infierno que todo tormento será sin alivio, sin remedio, sin interrupción, sin final, eterno.


La bondad de su misericordia

Ahora ya comprendo en parte, ¡oh mi Dios!, lo que es el infierno. Es un lugar de tormentos extremos, de desesperanza extrema. Es donde merezco estar por causa de mis pecados, donde ya estaría confinado por varios años si tu inmensa misericordia no me hubiese librado. Repetiré mil veces: El Corazón de Jesús me ha amado, o de lo contrario ¡ahora estaría en el infierno! La misericordia de Jesús ha tenido compasión de mí, porque de lo contrario ¡ahora estaría en el infierno! La Sangre de Jesús me ha reconciliado con el Padre Celestial, o mi morada sería el infierno.

Este es el himno que quisera contarte a Ti, mi Dios, por toda la eternidad. Sí, de ahora en adelante, mi intención es repetir estas palabras tantas veces como momentos pasen desde esa infortunada hora en que te ofendí por primera vez. ¿Cuál ha sido mi gratitud para Dios por la bondadosa misericordia que me ha mostrado? Él me libró del infierno.

¡Oh, inmensa caridad! ¡Oh, infinita bondad! Después de un beneficio tan grande, ¿no debería darle a Él todo mi corazón y amarlo con el amor del más ardiente serafín? ¿No debería dirigir todas mis acciones hacia Él, y en cada cosa buscar solamente complacer la voluntad divina, aceptando todas las contradicciones con alegría, de manera que pueda devolverle mi amor? ¿Podría hacer algo menos que eso después de una bondad tan grande? ¡Oh, ingratitud, merecedora de otro infierno! ¡Te eché a un lado, Dios mío! Reaccioné a tu misericordia cometiendo nuevos pecados y ofensas. Sé que he hecho mal, ¡oh, Dios mío!, y me arrepiento con todo mi corazón. ¡Ah, si pudiera derramar un mar de lágrimas por tan ofensiva ingratitud! Oh Jesús, ten misericordia de mí, pues ahora resuelvo mejor sufrir mil muertes que ofenderte nuevamente.


FUENTE: angelicapajares.wordpress.com


LA AUSTERIDAD


La austeridad es la virtud que “nos independiza de las cosas, que nos lleva a conformarnos con poco, que nos mortifica nuestras ansias de poseer cosas y darnos gustos desordenadamente y nos limita a lo esencial”. La austeridad nace y muere en el espíritu de la persona.

El hombre austero se arregla con poco, tiene pocas necesidades y por lo tanto pocas cosas lo desestabilizan. El austero no se altera por la abundancia o ante la carencia.

La civilización greco romana dejará en herencia a la civilización cristiana al hombre de Roma, cuya virtud característica era la fortaleza, acostumbrado a las inclemencias del tiempo y con el ánimo siempre parejo.

La cristiandad tomará este modelo y le sacará brillo dándole sentido al señorío del espíritu sobre la materia. Desarrollará esta virtud interior que nace desde adentro y está relacionada con el estado de ánimo de la persona que no se altera y permanece en paz aunque las cosas le sobren o le falten. Es parte de una lucha ascética, y el tomar distancia y desapego sobre las cosas y tiene una raíz espiritual. De ahí que la austeridad sea una virtud a practicar en todas las personas, no sólo en las que tienen bienes.

La austeridad nos recuerda que no hemos nacido para poseer bienes únicamente ni para fabricarnos un mundo de bienestar, sino que la persona humana tiene un fin más alto en su existencia que es salvar su alma y por lo tanto tiene necesidades superiores a las materiales. Hay que aprender y saber vivir en la abundancia como en la carencia, con el mismo señorío sobre las cosas. Nos invita a una vida sobria, serena, medida, sencilla, con una cuota de mortificación en todos los órdenes que, aunque aparente ser desagradable, nos dará una gran libertad de espíritu. San Agustín nos dice: “Buscad lo que basta, y no queráis más. Lo demás es agobio, no alivio. Apesadumbra, no levanta”.

Como el romano, el hombre de campo, en contacto con la naturaleza y acostumbrado a soportar las inclemencias del tiempo, así como quienes tienen sus mentes en preocupaciones superiores, (como la ciencia, la investigación seria o la enseñanza), estarán mejor dotados para desarrollar la virtud de la austeridad. Los argentinos, al tener más fácil acceso a vivir rodeados de la naturaleza y la vida rural, podemos constatar que, aún siendo las mismas personas, ni bien nos encontramos en el campo, en pocos kilómetros de distancia que recorremos, nuestras necesidades bajan al mínimo.

Es real que se necesitan medios materiales mínimos para vivir dignamente y bien, pero lujos y caprichos no se necesitan. El peligro aparece cuando las lícitas necesidades se desordenan y comienza el materialismo a engendrar a su hijo desordenado: el consumismo, porque la persona busca y tiende a satisfacer su ansiedad (que no es más que su sed de Dios) adquiriendo sin parar cosas materiales y placeres. Entonces aparecen necesidades como zapatillas de deporte para un adolescente que cuestan lo mismo que gasta una familia entera para vivir un mes, lo cual es un despropósito.

No es cristiano vivir rodeados de los tesoros de Alí Babá, y los grandes almacenes a los que somos tan adictos debieran servir para facilitarnos la selección de productos, no para llevárnoslos puestos todos encima. Es por eso que, para recordarnos este principio de mortificación, la Iglesia propone dos épocas de mayor austeridad en el año: el Adviento (para prepararnos para la venida del Niño Jesús) y la Cuaresma (para prepararnos para la Semana Santa y recordar la Pasión de Cristo, su Muerte y Resurrección).

La austeridad además nos dará mayor capacidad de gozar de los bienes cuando los tengamos y de no sufrir cuando los carezcamos. Santo Tomás nos dice que un mínimo de bienestar material es necesario aún para ejercitar la virtud. El bienestar mínimo de la persona humana es una vivienda digna y buena, alimento, abrigo y educación garantizado por medio del trabajo. Más adelante se hará necesario el poder ejercitar otras virtudes que requieren intimidad. Por ejemplo, el pudor exige que varones y mujeres (aún hermanos) duerman a partir de una determinada edad en cuartos separados, y la prudencia nos indica que aún los hermanos del mismo sexo deben dormir en camas separadas. De ahí que un acceso y un consumo razonable de bienes sean necesarios y buenos para lograr cierto bienestar no solo material sino espiritual para la persona humana.

La austeridad en el modo de vivir y la necesidad y cuidado que demostramos tener sobre las cosas se manifestará además en muchos detalles de la vida diaria y cotidiana como: usar un frasco de champú a la vez y no tener varios abiertos, (aunque podamos comprarlos), utilizar la cantidad necesaria de detergente, jabón de lavar, papel para escribir y no hacer un derroche caprichoso en todo aunque podamos pagarlo. El cuidar de las cosas, el no estropearlas y el no derrochar por haraganería o descuido como: apagar las luces, cerrar las canillas, no darnos baños interminables derrochando una cantidad innecesaria de agua, aprovechar y organizar los viajes en auto, (cuando varias personas van al mismo lugar y a la misma hora), sacrificando un poco de independencia y autonomía, serán detalles que demostrarán que valoramos el tener tantas cosas que otros no tienen.

Recordemos que la austeridad es una virtud que nos ordena a utilizar lo esencial, a liberarnos de lo superfluo y frívolo, de la ostentación en todos los órdenes, de ahí que el tener acceso a comprar muchas cosas o lo que queramos no la contradiga ni la suprime, si no que debiera ordenarnos más. La cantidad de elementos a tener en una casa, de ropa en el guardarropa, aún de comida en la heladera, debe guardar siempre unacierta proporción entre las necesidades y lo que compramos o tenemos.

Es un deber de los padres el inculcar esta virtud en los hijos de tener lo justo, lo que necesitan y, sobre todo, de disfrutar de lo cotidiano y ordinario como una ducha de agua caliente en un día frío y destemplado, una cama con sábanas limpias, una frutera con distintas frutas para elegir, un buen fuego encendido en invierno, una buena charla en familia. Porque o se enseña a valorar estas pequeñas cosas o no se aprenderá a valorar nada y nos sentiremos con derecho a tenerlo todo y mucho más.

Cada persona puede tener distintas necesidades según el cargo o dignidad que represente en la vida. No es lo mismo ser la Primera Dama de un país o la señora del Embajador que la maestra de una escuela rural. Ambos puestos o trabajos son igualmente dignos, importantes y necesarios, pero una posición requerirá más elementos materiales (como vestidos, alhajas, autos, empleados) que otra. Cada cual en su puesto y en su vida puede aún guardar un orden, una proporción, una medida y una cuota de equilibrio que no ofenda a Dios y al prójimo que poco o nada tiene.

No obstante, aún dentro de lo lícito, el austero da un paso más que toca la virtud. Si en público disfrutan de los bienes porque le es debido por su estado (como el Papa, Felipe II de España o San Luis rey de Francia) en privado se privarán seguramente para mantener su equilibrio y su dominio sobre la materia. Si bien estos personajes sabemos que tuvieron y tienen disponibilidad sobre todas las cosas, se privaron y se privarán en privado (con ayunos y mortificaciones materiales y espirituales) para tomar distancia sobre ellas.

En el comer y en el beber la austeridad es un deber de justicia hacia Dios en primer lugar, y de gratitud, por tener lo que tantos carecen aún para subsistir. En segundo lugar por respeto y recuerdo de tantos millones de personas que nada tienen y mueren de hambre. Esto nos llevará a servirnos tan sólo lo que habremos de comer, a no prepararnos manjares muy elaborados y costosísimos, a cuidar que la comida no se tire y lo que sobre se aproveche. Lo cristiano es optimizar la utilización de las cosas en todos los órdenes. El no desperdiciar lo que otros necesitan abarca todos los órdenes para la conciencia cristiana, pero es en la comida donde toma mayor relevancia porque sabemos que hay millones que mueren por carecer de lo necesario.

Todo lo que digamos sobre la austeridad y el respeto que debiéramos tener sobre la comida resultará poco. En épocas más cristianas se inculcaba a los hijos en las familias no sólo a elaborar en casa la comida sino que había lemas que pasaban de generación en generación como: “la comida no se tira” y “el pan es sagrado” por respeto a quienes no lo tenían delante de sí. Ese es por último el sentido de la bendición de la mesa. El agradecer a Dios providente que tenemos los alimentos necesarios para alimentarnos que otros carecen. Tanto era así, y tan impregnado estaba este concepto cristiano en los usos y costumbres de la sociedad, que aún en ambientes pudientes nadie osaba tirar un trozo de pan al tacho de basura, mas bien se lo guardaba para que, una vez seco, se pudiera rayar y se utilizara.

Hoy en día, con el sistema impuesto a rajatabla de comprar la comida hecha, (que siempre es mucho más cara y menos sana que la casera), a veces en cantidades desproporcionadas y además tirar a la basura lo que sobra porque “se enfrió” en el trayecto hasta casa, o porque no estaba “todo lo rico” que quisiéramos, clama al cielo. Hay circunstancias especiales a veces, que es lícito hacerlo, (porque no hubo tiempo, porque nos sorprendieron con un festejo, porque se agregaron muchos familiares de improviso, porque hay días en que uno está sobrepasada de trabajo, porque queremos darle un respiro a nuestra mujer o a nuestra madre ese día y la invitamos a comer afuera etc.)

Pero este nuevo hábito del use y tire que se impone aún en el comprar como sistema la comida hecha, de criar a los niños desde la infancia comiendo en los shoppings con luces artificiales en pleno día y un ruido ensordecedor, se convierte en un estilo de vida equivocado por comodidad. Hace que finalmente uno ruede por la pendiente que hemos descripto anteriormente. Lo bueno para la persona, como regla general, será el ámbito de la casa, de lo casero, de lo elaborado, de los elementos frescos y sanos para cocinar, de la buena administración del presupuesto familiar para que, si nos sobra, lo utilicemos mejor y no lo derrochemos. Todo este desorden actual es anticristiano.

La austeridad en la administración pública, donde se manejan bienes de todos los ciudadanos es primordial. Es un delito grave en un gobernante el manejar desordenadamente los fondos públicos, sin transparencia o administración. El despilfarro y el derroche en todos los órdenes es un pecado grave, pero cuando además lo hacemos con dinero ajeno que a muchos les habrán costado enormes privaciones (con el pago de impuestos o tasas excesivas). Este es otro pecado que clama al cielo. Aún en la abundancia de bienes de una Nación es responsabilidad de los gobernantes mantener una administración austera y cuidadosa, reservando para los momentos de carencia que siempre pudieren sobrevenir.

La austeridad en la función pública y en la administración de los bienes públicos debiera ser básica entre los gobernantes, quienes en épocas más cristianas lo entendieron así. La función pública empobrecía, y servir a la Patria no era la oportunidad para enriquecerse y hacer negocios. Por eso se le llamaba “cargo” público, porque era una “carga”, un peso a llevar para el Bien Común. Gracias a Dios nuestra Argentina cuenta con una lista de hombres que pasaron por los organismos del Estado y aún por la Presidencia de la Nación y se retiraron a vivir en completa austeridad.

La cultura cristiana siempre predicó el ahorro no sólo como disciplina y auto dominio sino como un gesto de responsabilidad hacia el bienestar y estabilidad de quienes están a cargo nuestro. La Historia nos enseña que la austeridad fue la virtud propia de nuestros patriotas, y hombres como Belgrano y San Martín vivieron y murieron austeramente. Nos relata que el Gral. Belgrano tuvo que pagar con su reloj de oro al médico que lo asistió en la hora de su muerte, y que la lápida de su tumba fue extraída de su cómoda.

Uno de los vicios contrarios a la austeridad es el consumismo tan condenado por la Iglesia, ya que lanza al hombre en una carrera interminable de posesión de bienes y en un espejismo irreal que lo hace creer que las cosas y los placeres saciarán su sed de eternidad y de felicidad infinita. La persona vacía de Dios y de vida espiritual siente que al comprar y comprar, su vida “cambiará”. Se distrae al menos por unos instantes, con el placer real que genera el adquirir. Si está deprimida/o, si fracasó en el ingreso, si se rompió un noviazgo, si discutió con sus padres etc., el hombre moderno siente que la primera reacción para gratificarse escomprar… Así confesaba una paciente a su psiquiatra: “A mí me gusta comprar porque me libero, es como si mi vida cambiara en esos momentos”.

Quien haya pasado en los Estados Unidos las fiestas de fin de año, principalmente la Navidad, habrá experimentado lo que significa una sociedad consumista en acción. Comienzan a celebrarse con varias semanas de anticipación. Ya desde Noviembre todo el mundo no hace más que hablar de ellas. Es corriente oír: ¿Cómo te preparas para las Fiestas? ¿Qué planes tienes? ¿Cómo vas a decorar tu casa? ¿Has comprado los regalos? ¿Lo pasarás con tu familia o vas a tomarte unos días vacaciones y te irás a alguna parte? etc. Los negocios compiten con adornos y la decoración, entre los que sobresalen enormes árboles de varios años que han sido cortados para colocarlos y decorarlos de distintas formas. Tanto el interior como el exterior de las casas y de los negocios se transforman. Los Papá Noel compiten con las plantas y las flores, especialmente con la estrella federal y los crisantemos. Canciones navideñas se escuchan por doquier y contribuyen al “espíritu navideño”. Las personas, a su vez, decoran los frentes de sus casas según su arquitectura y colocan cientos de luces cuidadosamente distribuidas. En el interior de las casas se destaca el arbolito de Navidad que se compra en los supermercados o los viveros. Arboles naturales cultivados por millones para ser vendidos en las Fiestas. Los diarios ya en Noviembre se inundan de avisos de toda índole que incitan al consumo. Páginas y páginas están dedicadas a ofrecer con una publicidad bien organizada toda clase de artículos para comprar y vender. Como se ve, los sentimientos religiosos de la Navidad pasan a un segundo o tercer plano… siendo desvirtuados por esa actividad y ámbito festivo que en el trasfondo tiene un solo fin: vender, vender y vender… Y por ende comprar, comprar y comprar… En Enero, las estadísticas que aparecen en los diarios, revistas y la televisión demostrarán los récords alcanzados por la venta de los distintos artículos y demostrarán cuales fueron los más vendidos. Este es un reflejo más y uno de los tantos aspectos de la sociedad de consumo.

Esto, que durante años lo hemos visto como extraño a nuestra cultura, si bien nos hemos resistido, hoy también lo hemos “comprado” en nuestra Patria, y sin darnos cuenta este espíritu de consumo que “ahoga”el espíritu de Navidad y lo desplaza se ha hecho poco a poco costumbre también entre nosotros. El replanteo de vida, (que debiera ser el tema del Adviento), las confesiones anuales y el espíritu de perdón de las relaciones familiares rotas o lastimadas son dejados de lado por la febril actitud de comprar. Lo cual no está mal si viniesen después de haber hecho nuestros deberes para con Dios, Quien, en primer lugar es Quien cumple los años que festejamos. El aniversario del nacimiento de Dios es lo que en principio festejamos. Festejarlo, recordarlo y homenajearlo a Él. Esa es la Navidad.

La revolución anticristiana ha impuesto además del consumismo y junto a el, una filosofía de vida hedonista que prioriza el placer, el adquirir y el disfrutar como los mayores objetivos a lograr en esta vida, que se convierten en un cáncer para el alma del hombre. Las cosas son para el alma humana insatisfecha y alejada de Dios como el agua salada, más se toma y más sed produce. El “use y tire” de la sociedad moderna no es un concepto cristiano sino importado de la sociedad materialista y consumista del mundo desarrollado, ajeno a nuestra idiosincrasia.

En la actualidad, entre una sociedad occidental opulenta y el resto del mundo que muere de hambre, el consumismo exacerbado de los países ricos clama al cielo. El consumismo del primer mundo, (que deja enormes edificios enteros encendidos de noche porque les sobra energía eléctrica), frente a la total carencia de bienes primordiales para una vida digna del tercer mundo es un pecado de escándalo. Pero son las condiciones que el primer mundo ha decidido imponer al resto de los países, para impedir que se desarrollen y aspiren a consumir las riquezas naturales que ellos quieren conservar sólo para sí. Así de simple y así de sencillo.

El primer mundo opulento y rico no está dispuesto a compartir las riquezas que Dios ha puesto en la Tierra para todos los hombres y está decidido a mantener en la pobreza a millones de personas con tal de no tener que compartir los bienes y modificar su “estilo de vida” de pleno derroche y consumo. Pretende seguir con su nivel de vida y que el resto del mundo Subdesarrollado “ahorre” los bienes naturales para ellos después consumirlos. Lo primero que hay que hacer entonces es impedir que los hombres en esos países subdesarrollados (como nosotros) nazcan… De ahí las políticas anti natalistas impuestas por ellos.

Por el contrario, la Iglesia enseña que los bienes han sido puestos por Dios en la tierra para el bienestar de todos los hombres y aquellos que más tienen deben compartir libremente y solidariamente con los que tienen menos, para usarlos con prudencia y generar, dentro de la medida que cada uno pueda, el mayor bienestar posible a sus semejantes, generando fuentes de trabajo, que es, además, un acto de justicia.

Si bien el ahorro siempre fue enseñado en la cultura cristiana como un bien que hace a la estabilidad de la persona, de las familias y aún de los Estados, para subsistir a través de los malos momentos, ello no implica el peligro de caer en vicios o pecados opuestos. Uno es la tacañería, el usar triquiñuelas y manejos con los cuales uno se aprovecha del otro económicamente. Si vivo en el cuarto piso de un edificio horizontal cuyo sistema de calefacción esta previsto para que todos los pisos al encenderla se templen unos con otros y pudiendo hacerlo, yo no la prendo nunca porque me basta con al calor del tercero y del quinto, no seré austero sino tacaño, porque con esta “astucia” estaré perjudicando a los que viven arriba y abajo. Me estaré aprovechando de ellos para que me paguen la calefacción sin contribuir yo con nada. La austeridadpor lo tanto no es tacañería (que es tener el alma mezquina del usurero). Con la austeridad me privo y me libero yo de lo material, con la tacañería perjudico al prójimo con el cual no comparto ni ayudo a aliviar sus necesidades o simplemente le quito lo debido y me aprovecho de sus bienes.

La tacañería si se agrava puede degenerar en el pecado de avaricia. Y la avaricia es querer acumular y acumular, sin compartir ni tan siquiera poder y saber disfrutar de las riquezas.


FUENTE: servicocatholicohispano.wordpress.com/

ESE MOMENTO ÚNICO E IRREPETIBLE


Por José Antonio Fortea 
Sacerdote y teólogo especializado en demonología.
 
El momento de la muerte es el minuto en el que algunos se esperan encontrar en el no-ser y se encuentran con el Ser. Es el momento en el que uno tras ver, desearía encontrar el camino de vuelta para rehacer las cosas. Pero es el momento en el que ya no hay ningún camino de vuelta. Es el momento en el que el tiempo se ha acabado de forma total: ya no hay más tiempo terreno. Lo que haya de ser, será en el más allá, en el tiempo que depende de lo que hicimos en los años terrenos. Es el momento en el que uno sólo escucha una voz, la de Dios. De pronto, la única voz que importa es la de Dios. De pronto, todo depende de Dios. Sobre la tierra uno ha podido olvidarse de Dios, darle la espalda, bromear sobre Él, faltarle al respeto, incluso blasfemar. Y, repentinamente, Él está allí y todo depende de Él. Instantáneamente, uno comprende el significado de la palabra ABSOLUTO de un modo impensable en la tierra.


FUENTE: blogdelpadrefortea.blogspot.com

MENSAJE DE UN SACERDOTE EN NAVIDAD - EL CUMPLEAÑOS DE TODO CRISTIANO

 
Por Pedro García,
misionero claretiano
 
El de Jesús, ante todo.

El chiquitín ha venido en medio de la noche callada. En un silencio total. En una soledad absoluta. Sólo su joven Madre y el bueno de José, a la luz de una lámpara de aceite, contemplan la carita celestial del recién nacido. En medio de tanta pobreza y humildad, están gozando como no ha disfrutado hasta ahora nadie en el mundo. -¡Mi niño!, grita María mientras le estampa enajenada su primer beso... -¡Qué lindo, qué bello!, exclama extasiado José. Entre tanto --vamos a hablar así--, Dios no se aguanta más. Tiene prisa por anunciar a todos el nacimiento de su Hijo hecho hombre, y manda a sus ángeles que lo pregonen bien. Se avanza un ángel y desvela a los pastores, mientras les grita con alborozo:

- ¡Os anuncio una gran alegría! ¡Os ha nacido en Belén un salvador!

Se rasgan entonces los cielos, aparece todo un ejército de la milicia celestial, que van cantando por el firmamento estrellado:

- ¡Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres amados de Dios!...

A este Jesús, le felicitamos de corazón: -¡Cumpleaños feliz! ¡Por muchos años!

¡Por años y por siglos eternos!...

Hasta aquí, todos de acuerdo, ¿no es así?

Pero, ¿es verdad que nos podemos felicitar también nosotros, y que nos felicitamos de hecho nuestro propio cumpleaños?... Dos antiguos Doctores de la Iglesia, y de los más grandes, como son Ambrosio y León Magno, lo expresaron de la manera más elocuente y precisa.

San Ambrosio exclama en su Liturgia de Navidad:

-¡Hoy celebramos el nacimiento de nuestra salvación! ¡Hoy hemos nacido todos los salvados!... Tiende su mirada más allá de la Iglesia, y felicita al mundo entero: -Hoy en Cristo, oh Dios, haces renacer a todo el mundo.

Y el Papa San León Magno, con su elegancia de siempre, dice también:

- ¿Sólo el nacimiento del Redentor? ¡También nuestro propio nacimiento! El nacimiento de Cristo es el nacimiento de todo el pueblo cristiano. Cada uno de los cristianos nace en este nacimiento de hoy.

Tiene razón la Iglesia al cantar en uno de los prefacios de Navidad: -De una humanidad vieja nace un pueblo nuevo y joven...

Porque el Hijo de Dios, al hacerse hombre, nos hace a todos los hombres hijos de Dios. El nacimiento de Jesucristo en Belén, es nuestro propio nacimiento a la vida celestial. Es nuestro cumpleaños también. ¡La enhorabuena a todos!...

Una felicitación de la que no es excluido nadie, desde el momento que todos somos llamados a la salvación. Ese mismo Papa de la antigüedad y Doctor de la Iglesia, San León Magno, felicita a todos con un párrafo que es célebre:

- ¡Felicitaciones, carísimos, porque ha nacido el Salvador! No cabe la tristeza cuando nace la vida. Si eres santo, ¡alégrate!, porque tienes encima tu premio.

Si eres pecador, ¡alégrate!, porque se te ofrece el perdón. Si eres un pagano todavía, ¡alégrate!, porque eres llamado a la vida de Dios.

Una familia cristiana de Viena, a mitades del siglo dieciocho, celebró la Navidad de una manera singular. Aquel matrimonio tan bello recibía cada hijo como el mayor regalo de Dios. Apenas la esposa sentía los primeros síntomas, el esposo sacaba del armario los cirios de los niños anteriores y quedaban prendidos durante todo el rato que se prolongaba la función augusta del alumbramiento. Los cirios correspondían a los ángeles custodios de los hijos, que velaban este momento solemne. Cuando había llegado el bebé, se apagaban los cirios y se guardaban hasta que viniese otro vástago al hogar. En esta Navidad se prendieron nueve cirios. El primero se había hecho bastante corto, pues había alumbrado la estancia muchas veces anteriormente. El más alto, el prendido ahora por primera vez, correspondía a Clemente, el niño que venía entre las alegrías navideñas, bautizado a las pocas horas, y conocido hoy en la Iglesia como San Clemente María Hofbauer...

Este niño, que iba a ser un gran santo, es el símbolo de una realidad que se repite tantas veces en las familias cristianas. Con nuestra venida al mundo en el seno de la Iglesia, al recibir el Bautismo, repetimos todo el hecho de Belén. Cristo nace en un nuevo cristiano. Jesús y nosotros celebramos nuestro cumpleaños en el mismo día... 
 
 
 FUENTE: diosbendice.org


REFLEXIONES PARA SACERDOTES EN TIEMPO DE ADVIENTO Y DE NAVIDAD.


Comparto con nuestros lectores dos cartas pastorales originadas en nuestro hermano país México en el año 2009 y en el año 2013 respectivamente, cuyos mensajes profundizan en la misión objetiva del sacerdote. En aquel año 2009, durante el Año Sacerdotal y en este año 2013, Año del la Pastoral Litúrgica. Ambas cartas tratan de cómo el sacerdote puede, mediante la celebración del Nacimiento del Salvador, obtener la promesa del Señor de ser los brazos de Dios y abrazar, no solo este acontecimiento especial, sino abrazar su misión en la tierra de renovar las esperanzas de salvación de todas las alma y de ser mensajeros puros de las palabras celestiales como siervos de Dios por Él elegidos.


CARTA DE ADVIENTO.


"Carta a mis Hermanos Sacerdotes"



Por Mons. Jonás Guerrero Corona
Obispo Auxiliar de México
Año 2009


NAVIDAD: ESPERANZA SACERDOTAL

Hermanos sacerdotes:
“El Dios de la esperanza los llene de todo gozo y paz en el creer, para que abunden en esperanza por el poder del Espíritu Santo” (Rm 15, 13). El tiempo del Adviento y la perspectiva de la Navidad animan a toda la Iglesia a mantenerse despierta en la invocación de su Señor que viene: ¡Maranathá! La certeza del Dios-con-nosotros es, sin duda, la garantía interior que nos mueve para entregarnos siempre con más generosidad al ministerio que hemos recibido. En este Año Sacerdotal, el actual tiempo litúrgico es por demás propicio para renovar nuestra esperanza en el Señor Jesús y para dejar que el Espíritu Santo dinamice, desde nuestra entrega amorosa a Cristo y a su Iglesia, el ministerio que desempeñamos en favor de nuestros hermanos, tan necesitados de una palabra de ánimo.

1. Cristo, nuestra esperanza. En realidad, sólo Cristo es nuestra esperanza (cf. 1Tm 1, 1). Sólo a Él debemos mirar constantemente para que de la contemplación de su rostro brote el impulso que nos hace caminar con la frente en alto hacia el futuro. Estos tiempos litúrgicos nos mueven a reconocer dos facetas en las que Cristo es nuestra esperanza. Por una parte, porque hacia Él se dirige toda la historia de la humanidad. En Él se encuentra el faro de nuestro reposo eterno y, lo aclamamos como juez poderoso y misericordioso que entrega a cada hombre su recompensa en razón de las obras de misericordia que ha realizado en su vida. Por eso no desfallecemos cuando el mundo contesta incluso, agresivamente nuestra vida de caridad y, por eso deseamos valorar cada vaso de agua que entregamos al sediento, cada prenda que damos al desnudo, cada gesto de aliento que brindamos al decaído, porque en todo ello sabemos que llevamos a cabo la hermosa vocación cristiana de vivir en el amor y, lo hacemos reconociendo a Cristo presente en nuestros hermanos, los hombres. Esta certeza debe renovarnos interiormente para calibrar nuestra respuesta, siempre con mayor generosidad y libertad. Pero en este tiempo aclamamos al Señor en su primera venida, la que nos permitió reconocer la cercanía de Dios en nuestras vidas y su oferta de salvación. Delante del Niño Dios en el pesebre volvemos a sentir el gozo característico de la esperanza (cf. Rm 12, 12) y, la convicción interior de que la esperanza no puede desilusionarnos (cf. Rm 5, 5).

2. El sacerdote, hombre de esperanza. El sacerdote, como todo cristiano, está llamado a vivir la virtud de la esperanza como uno de los ejes de su espiritualidad. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que “la virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la esperanza de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad” (n. 1818). En este sentido, la esperanza corresponde plenamente al espíritu evangélico, que convierte en aquellos que se han despojado de las vanidades del mundo en receptáculos disponibles para la acción de la gracia divina, lo cual se convierte en un cántico de alabanza al Dios misericordioso.

3. Un ministerio de esperanza.
Nuestro tiempo, en particular, requiere de testigos de la esperanza y, una de las facetas de nuestro ministerio sacerdotal debe ser precisamente impregnar la vida de los fieles de esperanza. Hay muchas razones humanas para el desaliento. Pero siempre hay una razón superior para la esperanza. Cuando la violencia nos amenaza, cuando el mercantilismo hedonista nos asfixia, cuando las rupturas familiares y sociales nos desmoronan y cuando el individualismo nos repliega al rincón de nuestros caprichos, la paz, la reconciliación, la libertad y el amor son la única verdadera esperanza que hemos de brindar al mundo. Es verdad que no podemos ignorar las dificultades, particularmente duras en nuestra cultura, tanto por las abundantes exigencias del ministerio como por las incomprensiones e incluso persecuciones que lo acompañan. Pero hoy más que nunca es necesario vestirnos de la armadura de la justicia, para poder brindar esperanza a nuestros hermanos. En nuestro ministerio hay una original referencia comunitaria: hemos de vivir la esperanza y hemos de comunicar esperanza. Pablo lo decía:“Nuestra esperanza respecto a ustedes está firmemente establecida, sabiendo que como son copartícipes de los sufrimientos, así también lo son de la consolación” (2 Co 1, 7). Es momento de buscar la esperanza como una realidad común. “No se llega a la esperanza única a la que hemos sido llamados, si no se corre hacia ella con el alma unida a los demás” (S. Gregorio Magno, Regla Pastoral, III, 22). Es verdad que atendemos realidades muy diversas y, que requerimos de una gran flexibilidad, sobre todo en el prisma multicolor de nuestra ciudad. Más que nunca se aplica aquí aquel comentario que San Juan de Ávila hacía dirigiéndose a los párrocos: “Menester es mucha prudencia para saber llevar a tanta diversidad de gentes y, aplicar a cada uno su medicina según a cada uno conviene” (Escritos Sacerdotales, Católica, Madrid 2000, 175). Pero sin duda una medicina que hoy todos necesitamos es la esperanza. Todos los recursos de nuestro ministerio tienen una dimensión de esperanza, a fin de que cada ministro del Evangelio seamos BUENA NUEVApara: las familias, los alejados, los jóvenes y los pobres de nuestra Arquidiócesis; ellos esperan de nosotros el anuncio de la Palabra que no pasa, la administración de los Sacramentos de la Vida Eterna, la animación de la comunión y la caridad sobre la que hemos de ser juzgados en el último día.

4. Spes nostra, Salve! La figura de María, mujer de Adviento, es también en este caso un referente obligado. Es ella quien esperó en su seno el nacimiento del salvador y, debido a ello, es por excelencia la mujer de la esperanza. La disponibilidad total a la Palabra de Dios —realización eficaz de la esperanza— se expresó en el “Fiat!” del que misteriosamente Dios quiso hacer depender nuestra redención. También ella, después del misterio Pascual, perseveró con los apóstoles en la oración implorando el Espíritu que habría de conducir a la Iglesia hacia la verdad completa. Bajo su protección ponemos los esfuerzos y la cotidiana entrega generosa de nuestros sacerdotes.
(...)



CARTA DE NAVIDAD.

Mensaje de Navidad y Año Nuevo a los sacerdotes y diáconos de esta Diócesis

Seminario Conciliar de Querétaro, Qro., lunes 16 de diciembre de 2013
Año Jubilar Diocesano – Año den la Pastoral Litúrgica


Por Faustino Armendáriz Jiménez
Obispo de Querétaro
Queridos hermanos sacerdotes,estimados diáconos:

“Ven, Señor, a visitarnos con tu paz, para que nos alegremos delante de ti, de todo corazón” (Antífona de comunión de la I feria de la III Semana de adviento). Con estas palabras que la Iglesia dirige a su Señor en la liturgia de este día, quiero iniciar este sencillo mensaje que dirijo a cada uno de ustedes en la cercanía de las fiestas navideñas, pues reflejan el sentido más genuino y atentico de la Navidad. El deseo que la presencia de Cristo, príncipe de la paz, alegre nuestro corazón, nuestra vida y nuestro ministerio, no es sólo un sentimiento que brota en este momento de mi corazón, es el deseo que quiere transformarse en una súplica a Dios, de manera que cada uno de ustedes se encuentre en la noche de navidad con Jesús, el Niño de Belén, y en él, la plenitud de sus alegrías y de sus gozos personales y ministeriales.

Me complace poder encontrarme con cada uno de ustedes en esta convivencia fraterna y sacerdotal, y juntos así, prepararnos a la celebración gozosa de la venida de nuestro Salvador Jesucristo. Pues Él, es origen permanente y siempre nuevo de la salvación, es el misterio principal del que deriva el misterio de la Iglesia, su Cuerpo y su Esposa, llamada a ser signo e instrumento de redención. Cristo sigue dando vida a su Iglesia por medio de la obra confiada a los Apóstoles y a sus Sucesores. Y en este tiempo propicio de la historia lo confía a cada uno de nosotros.

A lo largo de este año que estamos apunto de terminar, hemos sido testigos de una serie de acontecimientos que nos han marcado, particularmente la elección del papa Francisco, quien con claridad y parresia nos llama a vivir nuestro ministerio con alegría y con fidelidad, de manera que seamos testigos insignes, en medio de nuestro pueblo, de la unción que hemos recibido con el “oleo de la alegría” (cf. Homilía de la Misa Crismal 2013). Es por ello que esta mañana deseo agradecer a cada uno de ustedes su entrega generosa, la cual día con día realizan en las comunidades cristianas, dispersas en nuestra querida Diócesis. Créanme que no se los digo por hacerles un cumplido, lo expreso porque reconozco que en ustedes está la presencia gozosa del Espíritu que los lanza a llevar el mensaje del Evangelio; de verdad valoro su trabajo y su esfuerzo. Considero que como presbiterio existe una grande riqueza humana y sacerdotal en cada uno de ustedes; la variedad de carismas y ministerios me ha dado una muestra clara de que es posible trabajar juntos por un mismo objetivo y por una misma misión. Sin embargo, es preciso que no descuidemos y olvidemos la necesidad de estar unidos, de valorar la comunidad presbiterio. Por el contrario, nos veremos aislados y poco favorecidos en la comunión. Es importante que cada uno de nosotros nos sintamos parte de esta comunidad, que en ella fortalezcamos nuestras debilidades, compartamos nuestros esfuerzos, pero sobretodo tomemos fuerzas para vivir en la fidelidad a Cristo y a nuestro ministerio. Ustedes saben que estos tiempos no son tiempos fáciles, es necesario vivir unidos para poder fortalecernos.

“El presbiterio es el lugar privilegiado en donde el sacerdote debe poder encontrar los medios específicos de santificación; aquí mismo debe ser ayudado a superar los límites y debilidades propios de la naturaleza humana, especialmente aquellos problemas que hoy día se sienten con particular intensidad” (cf. Directorio para la vida y ministerio de los presbíteros, 27).

Otro acontecimiento que ha marcado la vida de nuestra Iglesia, ha sido sin duda el año de la fe, el cual buscó ser una oportunidad para fortalecer nuestro compromiso bautismal, y tomar conciencia de la necesidad de vivir unidos a Cristo, el único que sacia nuestras esperanzas y nos impulsa a llevar el mensaje del evangelio. Cristo, queridos sacerdotes y diáconos, en esta Navidad nos enseñará cómo hacernos pequeños y cercanos a los hombres y mujeres y puedan ellos así, encontrarse con su amor y con su redención. Dejemos que él nos siga enseñando cómo.

Finalmente, no quiero terminar este sencillo mensaje sin dejar de mencionar el papel y la fuerza que ha tomado en cada uno de nosotros la celebración jubilar por los 150 años de nuestra Diócesis; este acontecimiento sin duda, no se ve aislado de todo el proceso evangelizador y misionero que nuestra Iglesia vive y donde cada uno de nosotros somos pieza clave. De manera especial en la misión. Nuestro Plan de Pastoral nos anima y nos lanza a seguir haciendo efectiva la obra de Dios en medio de su pueblo, especialmente en el año de la Pastoral Litúrgica que estamos viviendo. Que este año que se avecina de fiesta y celebración sea verdaderamente un tiempo de gracia y salvación.

Termino con las palabras del Papa Francisco que dirigió a los sacerdotes en la Misa Crismal de este año: “Queridos sacerdotes, que Dios Padre renueve en nosotros el Espíritu de Santidad con que hemos sido ungidos, que lo renueve en nuestro corazón de tal manera que la unción llegue a todos, también a las «periferias», allí donde nuestro pueblo fiel más lo espera y valora. Que nuestra gente nos sienta discípulos del Señor, sienta que estamos revestidos con sus nombres, que no buscamos otra identidad; y pueda recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que les vino a traer Jesús, el Ungido” (cf. Homilía Misa Crismal 2013).

¡¡¡Feliz Navidad y Año Nuevo. Muchas felicidades!!!


FUENTES: -vicariadepastoral.org.mx/
-diocesisqro.org/


SE HA PERDIDO LA MÍSTICA DE LA NAVIDAD - MONSEÑOR JOSE DOMINGO ULLOA

José Domingo Ulloa Mendieta (nacido en  Chitré, Provincia de Herrera, 24 de diciembre de 1956) es un arzobispo católico panameño.

Nacido en la ciudad panameña de Chitré de la provincia de Herrera en el año 1956. Es el tercer hijo del matrimonio formado por Dagoberto y Clodomira Ulloa Mendieta. Años más tarde entró en el Seminario Diocesano donde realizó sus estudios eclesiásticos, siendo ordenado sacerdote el día 17 de diciembre del año 1983 por el obispo diocesano Mons. José María Carrizo Villarreal en la Catedral de San Juan Bautista de Chitré. Tras su ordenación inició su ministerio sacerdotal trabajando en su diócesis natal. En el año 1987, ingresó en la Orden de San Agustín (O.S.A), haciendo sus votos religiosos el 28 de agosto de 1991.

Durante el paso de los años, el día 26 de febrero de 2004, el papa Juan Pablo II lo nombró como Obispo titular de la diócesis titular argelina de Naratcata y también Obispo auxiliar de laArquidiócesis de Panamá, cuya consagración episcopal tuvo lugar el 17 de abril de ese mismo año en la Catedral Metropolitana de Santa María La Antigua y a manos del arzobispo Mons. .

El 18 de febrero del año 2010, el papa Benedicto XVI lo nombró en sucesión de José Dimas Cedeño Delgado como nuevo Arzobispo de Panamá.



Veamos a nuestro Monseñor Jose Domingo Ulloa en esta reciente entrevista realizada por el periodista de la estación radial RPC, Omar Ortíz, hablar acerca de cómo los panameños asumen el sentido de la Navidad, ofreciendo sus puntos de vista principalmente sobre el consumismo que se eleva durante esta fecha, admitiendo que el ciudadano panameño no prevee para el futuro. Adicional, como tema de mucho seguimiento en la nación panameña, Monseñor Ulloa comenta del próximo torneo electoral que elegirá a líderes que nos representarán en diversas instituciones políticas gubernamentales. Como siempre,  Monseñor Ulloa incluye reflexiones muy ciertas para la conciencia ciudadana y habla respecto a la brecha en entre ricos y pobres entre una economía florenciente que vive Panamá.

Finalmente, el arzobispo ofrece al público su saludo navideño haciendo la invitación a participar de las actividades de la Iglesia Católica de Panamá en estas fechas de Navidad y fin de año.


LA MAGIA DE LAS PALABRAS EN UN VILLANCICO - ESPECIAL PARA NIÑOS.




Es la fiesta del nacimiento de Jesús y el tiempo que sigue hasta la fiesta de su bautismo, algunas semanas después. En medio al tiempo de Navidad está la fiesta de la Epifanía, que celebra la manifestación del Niño Jesús a todas las naciones por la visita de los magos de Oriente. Es como si todos los pueblos de la tierra hubiesen ido esa noche a ver y a llevar regalos al Niño Dios. No hay ninguna fiesta cristiana que haya inspirado tantos cantos como ésta. Los villancicos son himnos a Dios encarnado en la historia concreta de las culturas, los pueblos y las comunidades.


En esta hermosa fiesta y en su octava, es bueno cantar nuestros villancicos, que se pueden tomar al inicio de la Eucaristía, para la comunión y como canto final.


LOS 12 VILLANCICOS MÁS FAMOSOS DE LA NAVIDAD

(Cortesía de listas.20minutos.es)



1. CAMPANA SOBRE CAMPANA.
Campana sobre campana, y sobre campana una, asómate a la ventana, verás al Niño en la cuna. Belén, campanas de Belén, que los ángeles tocan ¿qué nueva me traéis? Recogido tu rebaño ¿a dónde vas pastorcillo? Voy a llevar al portal requesón, manteca y vino. Belén, campanas de Belén...





2. EL BURRITO SABANERO.
Con mi burrito sabanero voy camino de Belén Con mi burrito sabanero voy camino de Belén Si me ven, si me ven voy camino de Belén Si me ven, si me ven voy camino de Belén Con mi cuatrico voy cantando y mi burrito va trotando Con mi cuatrico voy cantando y mi burrito va...





3. LOS PECES EN EL RÍO.
La Virgen está lavando y tendiendo en el romero, los pajarillos cantando, y el romero floreciendo. Pero mira como beben los peces en el río, pero mira como beben por ver al Dios nacido. Beben y beben y vuelven a beber, los peces en el río por ver a Dios nacer. La Virgen se está...





4. NOCHE DE PAZ. 
Noche de paz, noche de amor, Todo duerme en derredor. Entre sus astros que esparcen su luz Bella anunciando al niñito Jesús Brilla la estrella de paz Brilla la estrella de paz Noche de paz, noche de amor, Todo duerme en derredor Sólo velan en la oscuridad Los pastores que en el campo...






5. EL TAMBORILERO.
El camino que lleva a Belén baja hasta el valle que la nieve cubrió. Los pastorcillos quieren ver a su Rey, le traen regalos en su humilde zurrón al Redentor, al Redentor. Yo quisiera poner a tu pies algún presente que te agrade Señor, mas Tú ya sabes que soy pobre también, y no poseo...





6. RODOLFO EL RENO
Era Rodolfo un reno que tenía la nariz roja como la grana con un brillo singular. Todos sus compañeros se reían sin parar, y nuestro buen amigo triste y solo se quedó. Pero Navidad llegó Santa Clos bajó y a Rodolfo lo eligió por su singular nariz. Tirando del trineo fue..







7. FELIZ NAVIDAD.
*coro* feliz navidad feliz navidad feliz navidad prospero año y felicidad (bis) a todos quiero desearles siempre felicidad es un gran presente es el momento de que disfruten en el tiempo de amor y paz vivan contentos vivan felices en el amor dulce sentimiento cantando voy para...






8. BLANCA NAVIDAD.
Oh, blanca Navidad, sueño
y con la nieve alrededor
blanca es mi quimera
y es mensajera de paz
y de puro amor

Oh, blanca Navidad, nieve
una esperanza y un cantar
recordar tu infancia podrás
al llegar la blanca navidad...

  


9. A LA NANITA NANA.
la nanita nana, nanita nana, nanita ea, mi Jesús tiene sueño, bendito sea, bendito sea. Fuentecilla que corres clara y sonora ruiseñor q'en en la selva cantando lloras callad mientras la cuna se balancea a la nanita nana, nanita ea. Manojito de rosas y de alelíes ¿qué es lo que estás...

  



10: LA MARIMORENA.
Ande, ande, ande La Marimorena Ande, ande que es la Nochebuena En el portal de Belén hay estrellas, sol y luna la Virgen y San José, y el Niño que está en la cuna Ande, ande, ande La Marimorena Ande, ande que es la Nochebuena Y si quieres comprar pan más blanco que la azucena...


  



11. YA VIENEN LOS REYES MAGOS.
Ya vienen los Reyes magos. Ya vienen los Reyes magos al nidito de Belén. Olé olé Holanda y olé Holanda ya se ve, ya se ve, ya se ve. Cargaditos de juguetes, cargaditos de juguetes para el Niño de Belén. Olé olé Holanda y olé Holanda ya se ve, ya se ve, ya se ve.


EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís