FRASES PARA SACERDOTES

"Ninguna mujer debe pisar el Altar".

(Las almas del Purgatorio a María Simma)

COMUNIÓN DE RODILLAS Y EN LA BOCA


 

San Pío X "Cuando se recibe la Comunión es necesario estar arrodillado, tener la cabeza ligeramente humillada, los ojos modestamente vueltos hacia la Sagrada Hostia, la boca suficientemente abierta y la lengua un poco fuera de la boca reposando sobre el labio inferior". (Catecismo de San Pío X). Y Contestando a quienes le pedían autorización para comulgar de pie alegando que: los israelitas comieron de pie el cordero pascual les dijo: "El Cordero Pascual era tipo (símbolo, figura o promesa) de la Eucaristía. Pues bien, los símbolos y promesas se reciben de pie, MAS LA REALIDAD SE RECIBE DE RODILLAS y con amor".

¿Es pecado tener dinero y bienes materiales?

Realmente no hay nada malo en poseer dinero, propiedades y bienes materiales, mientras no permitamos que esos bienes se conviertan en sustitutos de Dios. Cristo nos ha alertado: “No pueden servir al mismo tiempo a Dios y al dinero” (Mt. 6, 24).

En el Antiguo Testamento se insiste mucho en que debemos escoger entre Dios y los ídolos o falsos dioses. En el Nuevo Testamento Jesús contrapone el dinero a Dios. Así que debemos cuidar que el dinero no se nos convierta en un ídolo que sustituya a Dios, y que tampoco las vías para obtenerlo ocupen todo nuestro interés, nuestra dedicación, nuestro empeño ... hasta nuestro amor.

Los bienes materiales de este mundo no son malos en sí mismos, pues nos han sido proporcionados por Dios, nuestro Creador. Y, siendo esto así, significa que Dios es el Dueño, y nosotros somos solamente “administradores” de esos bienes que pertenecen a Dios. De allí que cuando seamos juzgados se nos tomará en cuenta cómo hemos administrado los bienes que Dios nos ha encomendado. (cf. Lc. 16, 2)

“El amor al dinero es la raíz de todos los males” (1 Tim. 6, 10). ¡Grave sentencia de San Pablo! Pero notemos algo: no dice que el dinero mismo sea la raíz de todos los males, sino “el amor al dinero”. Porque nuestro amor tiene que dirigirse a Dios y a los hombres, no a los bienes materiales.

Existe, entonces, un peligro real en buscar acumular dinero y riquezas. Tanto así que Jesús nos advierte: “Créanme que a un rico se le hace muy difícil entrar al Reino de los Cielos” (Mt. 19, 23). Se refería el Señor a esos ricos que aman tanto al dinero, que lo prefieren a Dios. Concretamente Cristo estaba aludiendo al joven rico que no fue capaz de dejar su dinero y sus bienes para seguirlo a El.

Amar al dinero es una tontería.“¡Insensato!”, exclama el Señor en su parábola sobre el hombre rico acumulador exagerado de riquezas. “Esta noche vas a morir y ¿para quién serán todos tus bienes? Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea” (cf. Lc. 12, 15-21).

Y esa sentencia de Cristo, que es tan cierta y tan evidente para todos, se nos olvida, y podría sorprendernos la muerte amando al dinero más que a Dios o teniendo al dinero en el lugar de Dios.

¿Cómo vivimos los hombres y mujeres de hoy? ¿Seguimos las advertencias de Cristo con relación a los bienes materiales? ¿O ponemos todo nuestro empeño en buscar dinero y en conseguir todo el que podamos, para acumular y acumular? Y ... ¿para qué, si al llegar al mundo no trajimos nada, y cuando nos vayamos de este mundo no nos llevaremos nada?(cf. 1 Tim. 6, 7).

Respondiendo entonces a la pregunta de esta semana: Sí. El apetito desordenado de los bienes materiales, a lo cual llamamos “avaricia” sí es pecado. Y puede ser pecado grave cuando se opone a la justicia y dependiendo de su intensidad y de los medios empleados para conseguir esos bienes. No parece tan feo este pecado, pero -pensándolo bien- ¿no es feo ver al ser humano esclavizado por algo material, muy inferior a él, como es el dinero?

Los bienes materiales han sido puestos en nuestras manos por Dios para que seamos buenos administradores. Y eso significa que con nuestro dinero -es cierto- debemos satisfacer nuestras propias necesidades y las de nuestra familia, pero también debemos satisfacer las necesidades de aquéllos que tienen menos que nosotros. Es decir, cada uno de nosotros tiene derecho a utilizar el dinero que ha conseguido con su trabajo honesto, pero también tiene la obligación de compartir con los demás. Y no sólo compartir de lo que nos sobra, sino a veces también de lo que nos es necesario ... cuando haya alguno o algunos que tienen más necesidad que nosotros.

Sobre el desprendimiento de los bienes materiales, Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a El por encima de todo y de todos. “El que no renuncie a todo lo que tiene, no puede ser discípulo mío” (Lc. 14, 33). Basado en esto nos dice muy claramente el Catecismo de la Iglesia Católica: “El precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los Cielos” (# 2544). Y agrega que el Señor se lamenta de los ricos apegados a sus riquezas, porque ya tienen su consuelo en el amor que le tienen a los bienes materiales. (cf. Lc. 6, 24) (cf. CIC # 2547).

Video.

El desenfrenado deseo de ser ricos 
nos somete a un gran peligro espiritual.


Pues mas que nada, es la noción de como te hace el dinero en gran cantidad, y querer mas y mas...PUES ESO TE LLEVA A COMETER OTROS TROPIEZOS, tomemos palabras de David, rey de Israel que le dijo a Dios que no le DIERA DEMASIADO, no sea que se olvidase El, pero que no le diera poco, no sea que le maldiga...Solo quiso tener lo necesario para vivir cada día, y eso, en mi opinión, es cosa de sabios hacer.

Independientemente de que creamos en Dios o no...Hay que luchar por tener lo necesario, y si se puede tener mas, hacer buen uso de ello.

En este caso, es el corazón de la persona RICA, con todos sus deseos y pecados (tomándolo desde la perspectiva religiosa) que le hace no acreedor a una estancia con todo pagado al "Reino de Dios".

No es tanto el ser "rico", sino lo que se hace con ello.

MENSAJES DE JESÚS EL BUEN PASTOR - MENSAJES RECIENTES PARTE 3..

Mensaje de “El Buen Pastor Enoc" Marzo 21 de 2011 - 3:15 P.M.


¡RECOGEOS Y AGRUPAOS EN TORNO A MÍ, PORQUE LA HORA DE LA DESOLACIÓN ESTÁ CERCA!


Hijos míos, que mi paz esté con todos vosotros.

La noche de mi justicia está próxima a cubrir con sus tinieblas a mi creación y a mis criaturas. Os digo, que estéis preparados con vuestras lámparas encendidas con la oración, porque llegaré como ladrón en la noche.

Mi creación ya comenzó a gemir como mujer en parto; mi creación clama justicia, ante el maltrato y abuso de esta humanidad pecadora. Ayes de dolor se escucharán en los cuatro puntos cardinales; los continentes se estremecerán y muchas naciones serán borradas de la faz de la tierra. Mi Espíritu renovará la creación y después de los 3 días de oscuridad, todo será de nuevo creado.

Mi aviso está más cerca de lo que vosotros pensáis; por eso os digo, que mi despertar de conciencias, os coja en gracia de Dios, para que podáis soportar el pequeño juicio que haré a las naciones. Mi purificación es necesaria, para seleccionar el trigo de la cizaña, y las ovejas de las cabras. Acordaos que muchos últimos serán primeros y muchos primeros serán últimos; con esto os quiero decir, que la única seguridad es que permanezcáis fieles a Mí, y a mis preceptos. Porque el que quiera salvar su vida la perderá, más el que la pierda por mí, la encontrará.

Todo ha comenzado ya; todo lo escrito se cumplirá al pie de la letra; no sale una palabra de mi boca, sin que regrese a mí, dando el fruto esperado. Las naciones impías entrarán en guerras, una nación atacará a la otra, habrá caos y desolación por doquier; entonces sabréis que se acerca el día de vuestra libertad. La tribulación se dará en todos los órdenes, como nunca antes se había visto. Después de mi Aviso, apartaré mi Espíritu, para que se cumpla lo que está escrito acerca del juicio a las naciones.

¡Oh hijas de Sión, oh pueblo mío, la hora está cerca!. Velad y orad para que no caigáis en tentación. Las trompetas han comenzado a sonar y los sellos están por abrirse. Ya no hay marcha atrás. Recogeos y agrupaos en torno a Mí, porque la hora de la desolación está cerca. Seréis puestos a prueba; purificados en el horno de la tribulación; el pecado morirá y el hombre viejo será renovado; en mi Reino debéis brillar como crisoles. Perseverad, perseverad, perseverad, y la corona de la vida se os dará. No temáis ovejas de mi redil, yo os conozco, mi Madre, será el Arca de la Nueva Alianza, que os llevará seguras a las puertas de mi Jerusalén Celestial. ¡Ánimo, ovejas de mi grey, que nada, ni nadie, os aparte del amor que os tiene vuestro eterno pastor!.

Decid como los discípulos de Emaús: Señor quédate con nosotros porque el día está feneciendo y la noche está que llega. Mi paz os dejo, mi paz os doy. Os ama vuestro Pastor: Jesús de Nazareth.

Dad a conocer mis mensajes de salvación a todas las naciones.

MI PUEBLO SE ESTÁ PERDIENDO POR FALTA DE CONOCIMIENTO

LLAMADO URGENTE DE JESÚS EL BUEN PASTOR A LA HUMANIDAD

MARZO 29 DE 2011 - 3:10 P.M.

Hijos míos, que mi paz esté con vosotros.

El cielo llora por la pérdida de tantas almas; miles y miles caen al abismo sin poder hacer nada por ellas; pues le dieron la espalda al Dios de la Vida. Orad hijos míos con mi Rosario de la Misericordia, por las almas de los pecadores que en más peligro estén de condenarse y por las almas de los moribundos que están en pecado mortal, y muy especialmente orad por la juventud.

El infierno está lleno de jóvenes, que blasfeman de Dios y de sus padres, porque no hubo quien les hablara de la existencia del mal y del infierno.¡Qué tristeza me produce ver perderse a tantas almas, que en el tiempo de su tiempo, me dieron la espalda y no quisieron acogerse a mis llamados a la conversión!. El infierno es una realidad que la inmensa mayoría de la humanidad quiere desconocer. Mi adversario se goza con cada alma que se me pierde; mi dolor es grande; tengo sed de almas penitentes que me ayuden a rescatar con sus sacrificios y mortificaciones a tantas almas que se me están perdiendo.

La humanidad calla, mi Iglesia calla, mis pastores callan, la existencia del infierno. ¡Oh, qué pecado de omisión tan grande, que afrenta a mi Espíritu es vuestro silencio!. Todos los bautizados estáis llamados a ser misioneros y evangelizadores; dejad vuestro letargo espiritual; os hago un llamado: Pastores de mi rebaño, educadores, evangelizadores y padres de familia; retomad la enseñanza de mi Palabra y de mis Mandamientos; salid de vuestras cuatro paredes y buscad el rebaño que yace disperso como ovejas sin pastor. Vuestro silencio sobre la existencia del mal y del infierno, está haciendo que muchas almas se pierdan. Os digo, que seréis reos de culpa, todos aquellos que por omisión o temor y con conocimiento de hecho, os neguéis a hablarle a vuestros hermanos, de la existencia del mal y del averno.

Necesito voces que le hablen al desierto de esta humanidad pecadora; muchas almas se están perdiendo por la falta de evangelización sobre este tema. Acordaos de lo que dice mi palabra: Misericordia quiero y no sacrificios; el ayuno que me agrada es el ayuno del amor. (Mt. 9, 13) (Oseas 6,6).

El infierno es un lugar de tormento y dolor, fuego que quema y no se extingue, donde van a parar las almas que se apartaron de mí. La existencia del mal y los demonios, es una realidad que no podéis seguir ocultando. Mis pastores deben hablar sobre este tema a mi rebaño; leed mi palabra y en ella encontraréis que se habla más de setenta veces sobre la existencia del averno y del maligno.

Mi pueblo se está perdiendo por falta de conocimiento. No calléis más, el tiempo de mi justicia está cerca. Evangelizad, evangelizad, evangelizad, para que muchas almas se salven. Porque en verdad os digo, que no se prende una lámpara para meterla debajo de la cama, si no para que alumbre; al que mucho se le da, mucho se le exigirá; los talentos que se os dan, son para el servicio de vuestros hermanos, no para guardarlos, como lo hizo el siervo malo. Despertad, pueblo mío; salid a evangelizar con mi palabra que es vida y alimento para el espíritu. Consolad a mis ovejas, vosotros pastores de mi rebaño; habladle al corazón de mi pueblo y decidle: Que el Reino de Dios está cerca. No calléis más, porque entonces las piedras hablarán por vosotros; ellas, serán testigos de vuestro silencio. Mi paz os dejo, mi paz os doy.

Soy vuestro Pastor: Jesús de Nazareth. Dad a conocer mis mensajes de salvación a todas las naciones.


La Conspiración del Silencio, la acción del diablo.

Este es el capítulo I del libro de Georges Huber “El diablo hoy ¡Apártate Satanás!”

¿Qué ha motivado a Georges Huber, conocido periodista católico, a escribir un libro sobre el diablo? Muchos han leído su libro tan bello y consolador sobre los Ángeles Custodios. Se puede recordar también su libro titulado Dios es Señor de la historia, auténtico himno de alabanza al dominio de Dios sobre la historia. ¿Por qué nos propone hoy un libro sobre Satanás?

Quien ha tenido la fortuna no sólo de conocer y aprecios los libros de Georges Huber, sino de haberlo encontrado personalmente, no tendrá dudas sobre la continuidad que existe entre este nuevo libro y los precedentes.

El autor ha mostrado en su libro sobre los ángeles cómo estas espléndidas criaturas espirituales están totalmente a las órdenes de la Divina Providencia y todo su ser consiste en la adoración y servicio de Dios. Esta verdad se encuentra en este libro sobre Satanás. Porque los ángeles caídos siguen siendo ángeles; siguen siendo espíritus al servicio de Dios, incluso contra su voluntad.

El libro de Georges Huber no causa miedo a los demonios, sino que revela más bien la fe en la irresistible potencia de Dios que ordena cada cosa hacia sus fines. La fe nos lo enseña y la experiencia cristiana lo confirma: los demonios entablan una lucha despiadada contra el hombre y se esfuerzan por obstaculizar los planes de Dios. 

Recorren el mundo incesantemente buscando la perdición de las almas. Y, sin embargo, su actividad está completamente subordinada a los planes de Dios.

A partir de esta verdad fundamental, Georges Huber nos demuestra que si Dios permite actuar a los demonios no es ciertamente para dañar a los hombres, sino para ayudarles a realizar sus magníficos planes de salvación.

Formado en la escuela de su gran maestro, Santo Tomás de Aquino —que conoce mejor que muchos teólogos—, Georges Huber, periodista y laico creyente, nos demuestra que, para los amigos de Dios, los ataques del demonio pueden convertirse en ocasión para crecer en la fe, en la esperanza y en la caridad.

De manera sobria y clara, el autor ha sabido exponer y desenmascarar las maquinaciones del diablo y de sus compañeros de armas. Evocando la acción de Satanás, Georges Huber no desea ciertamente espantar a sus lectores; pretende más bien inducirlos a la vigilancia y a la sobriedad de vida de la que habla el apóstol Pedro. Son análisis penetrantes, que se inspiran frecuentemente en la enseñanza y en la experiencia de los grandes místicos, y ofrecen aquí orientaciones para la vida cristiana. Como hace el escritor anglicano C. S. Lewis en su famoso libro, Cartas del diablo a su sobrino, Georges Huber conduce sus lectores a través del entresijo de las tentaciones del diablo para mostrarles un camino de fe en la vida cotidiana.

Con la sabiduría cristiana de siempre, Georges Huber revela que la vida aquí sobre la tierra es una batalla continua. Este combate se libra siguiendo a Cristo, vencedor de Satanás. El autor ve en la vida de los santos modelos excelentes para imitar a Cristo en esta lucha contra Satanás.

Muchos cristianos parecen considerar hoy superado el problema de la existencia de Satanás. Los lectores de «El diablo hoy» tendrán que reconocer que negar la existencia del diablo sería un error trágico. Por otro lado, los que podrían ser victimas de un excesivo miedo del demonio encontrarán en este libro un luz liberadora. Pero todos los lectores obtendrán de este libro un enriquecimiento de su fe y comprenderán que hoy como ayer, Cristo puede decir con una autoridad soberana: ¡Apártate, Satanás!

Monseñor Christophe Schoenborn

Arzobispo de Viena


“¿CÓMO SE HA PODIDO LLEGAR A ESTA SITUACIÓN?”

Ésta es la pregunta que se hacía el Papa Pablo VI, algunos años después de la clausura del Concilio Vaticano II, a la vista de los acontecimientos que sacudían a la Iglesia. “Se creía que, después del Concilio, el sol habría brillado sobre la historia de la Iglesia. Pero en lugar del sol, han aparecido las nubes, la tempestad, las tinieblas, la incertidumbre.”

Sí, ¿cómo se ha podido llegar a esta situación?

La respuesta de Pablo VI es clara y neta: “Una potencia hostil ha intervenido. Su nombre es el diablo, ese ser misterioso del que San Pedro habla en su primera Carta. ¿Cuántas veces, en el Evangelio, Cristo nos habla de este enemigo de los hombres?”. Y el Papa precisa: “Nosotros creemos que un ser preternatural ha venido al mundo precisamente para turbar la paz, para ahogar los frutos del Concilio ecuménico, y para impedir a la Iglesia cantar su alegría por haber retomado plenamente conciencia de ella misma”.

Para decirlo brevemente, Pablo VI tenía la sensación de que “el humo de Satanás ha entrado por alguna fisura en el templo de Dios”.

Así se expresaba Pablo VI sobre la crisis de la Iglesia el 29 de Junio de 1972, noveno aniversario de su coronación. Algunos periódicos se mostraron sorprendidos por la declaración del Papa sobre la presencia de Satanás en la Iglesia. Otros periódicos se escandalizaron. ¿No estaba Pablo VI exhumando creencias medievales que se creían olvidadas para siempre?

UNA DE LAS GRANDES NECESIDADES DE LA IGLESIA CONTEMPORÁNEA

Sin arredrarse ante estas críticas Pablo VI volvió sobre este tema candente cinco meses más tarde. Y lejos de contentarse con reafirmar la verdad sobre Satanás y su actividad, el Papa consagró una entera catequesis a la presencia activa de Satanás en la Iglesia (cfr Audiencia general, 15 de Noviembre de 1972).

Desde el inicio, Pablo VI subrayó la dimensión universal del tema: “¿Cuáles son hoy -afirma- las necesidades más importantes de la Iglesia?”. La respuesta del Papa es clara: “Una de las necesidades más grandes de la Iglesia es la de defenderse de ese mal al que llamamos el demonio”.

Y pablo VI recuerda la enseñanza de la Iglesia sobre la presencia en el mundo “de un ser viviente, espiritual, pervertido y pervertidor, realidad terrible, misteriosa y temible”.

Después, refiriéndose a algunas publicaciones recientes (en una de las cuales un profesor de exégesis invitaba a los cristianos a “liquidar al diablo”), Pablo VI afirmaba que “se separan de la enseñanza de la Biblia y de la Iglesia los que niegan a reconocer la existencia del diablo, o los que lo consideran un principio autónomo que no tiene, como todas las criaturas, su origen en Dios; y también los que lo explican como una seudo-realidad, una invención del espíritu para personificar las causas desconocidas de nuestros males”.

“Nosotros sabemos -prosiguió Pablo VII- que este ser oscuro y perturbador existe verdaderamente y que está actuando de continuo con una astucia traidora. Es el enemigo oculto que siembra el error y la desgracia en la historia de la humanidad.”

“Es el seductor pérfido y taimado que sabe insinuarse en nosotros por los sentidos, la imaginación, la concupiscencia, la lógica utópica, las relaciones sociales desordenadas, para introducir en nuestros actos desviaciones muy nocivas y que, sin embargo, parecen corresponder a nuestras estructuras físicas o síquicas o a nuestras aspiraciones más profundas”.

Satanás sabe insinuarse … para introducir … Estas expresiones, ¿no recuerdan a las del león rugiente de San Pedro que ronda, buscando a quien devorar? El diablo no espera a ser invitado para presentarse, más bien impone su presencia con una habilidad infinita.

El Papa evocó también el papel de Satanás en la vida de Cristo. Jesús calificó al diablo de “príncipe de este mundo” tres veces a lo largo de su ministerio, tan grande es el poder de Satanás sobre los hombres.

Pablo VI se esforzó en señalar los indicios reveladores de la presencia activa del demonio en el mundo. Volveremos sobre este diagnóstico.

LAGUNAS EN LA TEOLOGÍA Y EN LA CATEQUESIS

En su exposición, el Santo Padre sacó una conclusión práctica que, más allá de los millares de fieles presentes en la vasta sala de las audiencias, ese dirigía a los católicos de todo el mundo: “A propósito del demonio y de su influencia sobre los individuos, sobre las comunidades, sobre sociedades enteras, habría que retomar un capítulo muy importante de la doctrina católica, al que hoy se presta poca atención”.

El Cardenal J. L. Suenens, antiguo arzobispo de Bruxelles-Malines, escribió al final de su libro Renouveau et Puissances desténèbres: “Acabando estas páginas, confieso que yo mismo me siento interpelado, ya que me doy cuenta de que a lo largo de mi ministerio pastoral no he subrayado bastante la realidad de las Potencias del mal que actúan en nuestro mundo contemporáneo y la necesidad del combate espiritual que se impone entre nosotros” (p. 113).

En otras palabras, la Cabeza de la Iglesia piensa que la demonología es un capítulo “muy importante” de la teología católica y que hoy en día se descuida demasiado. Existe una laguna en la enseñanza de la teología, en la catequesis y en la predicación. Y esta laguna solicita ser colmada. Estamos ante “una de las necesidades más grandes” de la Iglesia en el momento presente.

¿Quién lo habría previsto? La catequesis de Pablo VI sobre la existencia e influencia del demonio produjo un resentimiento inesperado por parte de la prensa. Una vez mas, se acusó a al Cabeza de la Iglesia de retornar a creencias ya superadas por la ciencia. ¡El diablo está muerto y enterrado!

Raramente los periódicos se habían levantado con una vehemencia tan ácida contra el Soberano Pontífice. ¿Cómo explicar la violencia de estas reacciones?

Que periódicos hostiles a la fe cristiana ironicen sobre una enseñanza del Papa no suscita ninguna extrañeza. Es coherente con sus posiciones. Pero que al mismo tiempo se dejen llevar de la cólera, esto es lo que sorprende…

¿Cómo no presentir bajo estas reacciones la cólera del Maligno? En efecto, Satanás necesita el anonimato para poder actuar de manera eficaz. ¿Cuál no será su irritación, por tanto, cuando ve al Papa denunciar urbi et orbi sus artimañas en la Iglesia? Es la cólera del enemigo que se siente desenmascarado y que exhala su despecho a través de estos secuaces inconscientes.

EL ENEMIGO DESENMASCARADO

Habría que retomar el capítulo de la demonología: esta consigna de Pablo VI tuvo una especie de precedente en la historia del papado contemporáneo.

Era un día de diciembre de 1884 o de enero de 1885, en el Vaticano, en la capilla privada de León XIII. Después de haber celebrado la misa, el Papa, según su costumbre, asistió a una segunda misa. Hacia el final, se le vio levantar la cabeza de repente y mirar fijamente hacia el altar, encima del tabernáculo. El rostro del Papa palideció y sus rasgos se tensaron. Acabada la misa, León XIII se levantó y, todavía bajo los efectos de una intensa emoción, se dirigió hacia su estudio. Un prelado de los que le rodeaban le preguntó: “Santo Padre, ¿Se siente fatigado? ¿Necesita algo?”.

“No, respondió León XIII, no necesito nada…”

El Papa se encerró en su estudio. Media hora más tarde, hizo llamar al secretario de la Congregación de Ritos. Le dio una hoja, y le pidió que la hiciera imprimir y la enviara a los obispos de todo el mundo.

¿Cuál era el contenido de esta hoja? Era una oración al arcángel San Miguel, compuesta por el mismo León XIII. Una oración que los sacerdotes recitarían después de cada misa rezada, al pie del altar, después del Salve Regina ya prescrito por Pío IX:

Arcángel San Miguel en la lucha, sé nuestro amparo contra la adversidad y las asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes. Y tú, Príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los otros malos espíritus que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas.

León XIII confió más tarde a uno de sus secretarios, Mons. Rinaldo Angeli, que durante la misa había visto una nube de demonios que se lanzaban contra la Ciudad Eterna para atacarla. De ahí su decisión de movilizar a San Miguel Arcángel y a las milicias del cielo para defender a la Iglesia contra Satanás y sus ejércitos, y más especialmente para la solución de lo que se llamaba “la Cuestión romana”.

La oración a San Miguel fue suprimida en la reciente reforma litúrgica. Algunos piensan que, siendo tan adecuada para conservar entre los fieles y los sacerdotes la fe en la presencia activa de los ángeles buenos y de los malvados, podría ser reintroducida, o bien en la Liturgia de las Horas, o bien en la oración de los fieles en la misa. Como afirmaba Juan Pablo II el 24 de mayo de 1987, en el santuario de San Miguel Arcángel en el Monte Gargan: “el demonio sigue vivo y activo en el mundo”.

Las hostilidades no han cesado, los ejércitos de Satanás no han sido desmovilizados.

Por lo tanto la oración continúa siendo necesaria.

El 20 de abril de 1884, poco tiempo antes de esta visión del mundo diabólico, León XIII había publicado una encíclica sobre la francmasonería que se inicia con consideraciones de envergadura cósmica. “Desde que, por la envidia del demonio, el género humano se separó miserablemente de Dios, a quien debía su llamada a la existencia de los dones sobrenaturales, los hombres se han dividido en dos campos opuestos que no cesan de combatir: uno por la verdad y la virtud, el otro por aquello que es contrario a la virtud y a la verdad.”

Meditando las consideraciones de León XIII se comprende mejor la consigna dada por Pablo VI en su catequesis del 15 de noviembre de 1972: “Habría que retomar un capítulo muy importante de la doctrina católica (la demonología), al que hoy se presta poca atención”.

Juan Pablo II ha hecho suya la consigna de su predecesor. En su enseñanza ha ido incluso más allá de Pablo VI. Mientras que éste no dedicó más que una catequesis del miércoles al problema del demonio, Juan Pablo II ha tratado este tema a lo largo de seis audiencias generales sucesivas. Y hay que añadir a esta enseñanza una peregrinación al santuario de San Miguel Arcángel en el Monte Gargan, el 24 de mayo de 1987, y un discurso sobre el demonio pronunciado el 4 de septiembre de 1988, con motivo de su viaje a Turín.

LAS INSTITUCIONES, INSTRUMENTO DE SATANÁS

En otras ocasiones, Juan Pablo II ha puesto en guardia a los fieles contra las insidias del diablo, como por ejemplo encuentro con 30,000 jóvenes en las islas Madeira (mayo de 1991) donde citó un pasaje significativo de su mensaje de 1985 para El año internacional de la juventud: “La táctica que Satanás ha aplicado, y que continúa aplicando, consiste en no revelarse, para que el mal que ha difundido desde los orígenes se desarrolle por la acción del hombre mismo, por los sistemas y las relaciones entre los hombres, entre las clases y entre las naciones entre los hombres, entre las clases y entre las naciones, para que el mal se transforme cada vez más en un pecado “estructural” y se pueda identificar menos como un pecado “personal”". Satanás actúa sobre todo en la sombra, para pasar desapercibido.

Satanás actúa a través de los hombres y también a través de las instituciones.

¿Es posible imaginar el papel de Satanás en la preparación, lejana y cercana de las leyes que autorizan el aborto y la eutanasia?

En un sentido actual sobre Satanás, Dom Alois Mager o.sb., antiguo decano de la facultad de teología de Salzburgo, afirma que el mundo satánico se caracteriza por dos rasgos: la mentira y el asesinato. “La mentira aniquila la vida espiritual; el asesinato, la vida corporal… Aniquilar siempre, ésta es la táctica de las fuerzas satánicas”. Ahora bien, Dios es Aquel que es y que da sin cesar la vida, el movimiento y la existencia (cfr Hch 17, 28).

La insistencia creciente de dos Papas contemporáneos sobre Satanás y sus maquinaciones ¿no es altamente significativa? ¿No nos invita a una profundización en nuestra postura sobre el papel de Satanás en la historia, la historia grande de los pueblos y de la Iglesia y la historia pequeña de cada hombre en particular?

Esta revisión ha constituido mi preocupación. Como periodista establecido en Roma desde hace varios decenios había escrito en 1970 un libro sobre los ángeles custodios: Mi Ángel marchará delante de ti, publicado en once idiomas. Un capítulo pone de relieve “las acechanzas y las emboscadas” que los ángeles malvados hacen a los hombres en su camino a su destino eterno. Un sacerdote santo, que me había felicitado por este estudio sobre los ángeles buenos, me sugirió la publicación de un ensayo análogo sobre los ángeles malvados. Esta propuesta me sorprendió. ¿Cómo podría dedicar tiempo y energías a un tema lateral, antipático y desprovisto de interés práctico? La catequesis de Pablo VI de 15 de Noviembre de 1972 y su invitación a retomar la doctrina de la Iglesia sobre los ángeles malos me impresionaron profundamente. Se trataba, a pesar de todo, de un tema importante para la vida cristiana. Más tarde, las catequesis de Juan Pablo II sobre los ángeles malos hicieron madurar en mí el proyecto de publicar un trabajo sobre este tema repulsivo… Sería, me parecía, un modo de responder por mi parte a la invitación de Pablo VI.

UN TERRENO MINADO

Sé muy bien que escribiendo estas páginas me aventuro en un terreno minado, rodeado de misterio. Primero por la materia tratada. Después por el escepticismo existente sobre el tema. Pocos cristianos parecen creer verdaderamente en la existencia personal de los demonios. Muchos parecen incluso rechazar esta verdad, no porque sea incierta, sino porque -se nos dice- “hoy en día la gente no lo admitiría”. ¡Cómo si el hombre de la era automática pudiera censurar los datos de la Revelación! ¡Cómo si ésta se asemejara al menú de un restaurante donde cada cliente elige o rechaza los platos a su gusto!

Otros, también irreverentes con la Revelación, compartirían con gusto la posición de este viejo señor que, al final de una agitada mesa redonda sobre la existencia del diablo, sugería que la cuestión fuese decidida… por un referéndum: “La mayoría decidirá si los demonios existen o no”. ¡Cómo si la verdad dependiese del número de opiniones y no de consistencia! ¿Lo que afirman cien charlatanes deberá tener más peso que la opinión meditada de un sabio o de un santo?

Algunos años antes de la intervención de Pablo VI, el cardenal Gabriel – Marie Garrone denunciaba la conspiración del silencio sobre la existencia de los demonios: “Hoy en día apenas si se osa hablar. Reina sobre este tema una especie de conspiración del silencio. Y cuando este silencio se rompe es por personas que se hacen los entendidos o que plantean, con una temeridad sorprendente, la cuestión, de la existencia del demonio. Ahora bien, la Iglesia posee sobre este punto una certeza que no se puede rechazar sin temeridad y que reposa sobre una enseñanza constante que tiene su fuente en el Evangelio y más allá. La existencia, la naturaleza, la acción del demonio constituyen un dominio profundamente misterioso en el que la única actitud sabia consistiría en aceptar las afirmaciones de la fe, sin pretender saber más de lo que la Revelación ha considerado bueno decirnos”.

Y el cardenal concluye: “Negar la existencia y la acción del “Maligno” equivale a ofrecerle un inicio de poder sobre nosotros. Es mejor, en esto como en el resto, pensar humildemente como la Iglesia, que colocarse, por una pretenciosa superioridad, fuera de la influencia benefactora de su verdad y de su ayuda.

ES UNA OBRA BUENA ARMARLES

Una decena de años más tarde, una vigorosa profesión de fe del obispo de Estrasburgo, Mons. León Arthur Elchinger, se hará eco de las consideraciones del cardenal Gabriel – Marie Garrone. Pondrá, como se suele decir, los puntos sobre las “íes”, desafiando de esta manera a cierta intelligentzia.

“Creer en Lucifer, en el Maligno, en Satanás, en la acción entre nosotros del Espíritu del mal, del Demonio, del Príncipe de los demonios, significa pasar ante los ojos de muchos por ingenuo, simple, supersticioso. Pues bien, yo creo.”

“Creo en su existencia, en su influencia, en su inteligencia sutil, en su capacidad suprema de disimulo, en su habilidad para introducirse por todas partes, en su capacidad consumada de llegar a hacer creer que no existe. Sí, creo en su presencia entre nosotros, en su éxito, incluso dentro de grupos se reúnen para luchar contra la autodestrucción de la sociedad y de la Iglesia. Él consigue que se ocupen en actividades completamente secundarias e incluso infantiles, en lamentaciones inútiles, en discusiones estériles, y durante este tiempo puede continuar su juego sin miedo a ser molestado”.

Y el prelado expone sus razones de orden sobrenatural primero y después de orden natural.

“Sí, creo en Lucifer y esto no es una prueba de estrechez de espíritu o de pesimismo. Creo porque los libros inspirados del Antiguo y del Nuevo Testamento nos hablan del combate que entabla contra aquellos a los que Dios ha prometido la herencia de su Reino. Creo porque, con un poco de imparcialidad y una mirada que no se cierre a la luz de lo Alto, se adivina, se constata cómo este combate continúa bajo nuestros ojos. Ciertamente, no se trata de materializar a Lucifer, de quedarnos en las representaciones de una piedad popular. Lucifer, el Príncipe del mal, actúa en el espíritu y en el corazón del hombre”.

“Finalmente, creo en Lucifer porque creo en Jesucristo que nos pone en guardia contra él y nos pide combatirlo con todas nuestras fuerzas si no queremos ser engañados sobre el sentido de la vida y del amor”

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"A MIS SACERDOTES" De Concepción Cabrera de Armida. CAPITULO XXXI: Respeto humano.

Mensajes de Nuestro Señor

Jesucristo a sus Hijos Los Predilectos. 

(“A mis Sacerdotes” de Concepción Cabrera de Armida)


XXXI
                                                                                                                

RESPETO HUMANO

Muy común es el respeto humano en algunos de mis sacerdotes; respeto humano que mancha la pureza de intención que deben tener todos sus actos.

Este gran defecto, les impide mucho fruto en el desempeño de su misión en la tierra: viene generalmente de la soberbia y del burlarse a si mismos y no a Mí en todas las cosas. Y cuando el respeto humano mueve al sacerdote, todo se va al traste en el sentido espiritual, porque ese vicio empaña y mancha la pureza de sus acciones, las cuales deben ser siempre sencillas y llanas, todas de caridad sin móviles mundanos.

No solo es el respeto humano defecto que opaca las obras de celo en los sacerdotes, sino que también mancha y se infiltra hasta lo más hondo de alma hasta llevarla al pecado. Es un vicio de cobardía en mi servicio, de cierta dolorosa vergüenza de pertenecerme, que quita la libertad con que todos los sacerdotes deben defender mi causa ante pobres y ricos, magnates o plebeyos, y ante el mundo entero.

Y si este odioso respeto humano en mis fieles me lastima, ¡cuánto más en el corazón cobarde de algunos sacerdotes que llegan a avergonzarse de pertenecerme ante los mundanos y los grandes de la tierra! Esto existe por desgracia en corazones ruines, apocados que nadan entre dos aguas, que quieren servir a dos señores, que quisieran combinar las máximas del Evangelio con las doctrinas del mundo, que les falta valor para confesar a la faz del cielo y de la tierra mi Nombre bendito.

En ninguna circunstancia de la vida del sacerdote debe renunciar a serlo, retando al vicio y ensalzando la virtud; en ninguna ocasión debe darle la razón a lo malo, a lo injusto, a lo pecaminoso, a lo no recto, venga de quien viniere; sino que la rectitud debe llevarlo siempre a defender mi doctrina. El papel de Nicodemus no, no es del sacerdote fiel que debe gloriarse ante todas las miradas humanas de serlo y honrarse en pertenecerme.

A veces flaquean algunos en circunstancias especiales, por no malquistarse, por respetos sociales, por conveniencias propias, por contemporizar con ciertas personas y criterios no rectos; y esto de ninguna manera –él, menos que nadie-, debe hacerlo el sacerdote que me representa.

Y digo esto, porque los hay, y me lastiman; porque desgraciadamente el mundo también se infiltra en el corazón del sacerdote; porque el valor del apóstol, de discípulo fiel y aun de mártir suele faltar a muchos.
Estos puntos dolorosos e íntimos que parecen nada, contristan mi Corazón de amor, su delicadeza y ternura; y mi pasión en muchos de sus pasos se renueva moralmente en las fibras de mi alma, y me veo azotado, ultrajado, escarnecido, abandonado de los míos, indefenso, expuesto a burlas, traicionado y pospuesto, como entonces, a Barrabás.

Parece poco una falta de respeto humano en mis sacerdotes, y no lo es; porque lastima mi honra y mi doctrina y la santidad de mi Iglesia, invulnerable en sus principios, inconmovible en su moral y en su verdad. Y si a los míos les falta valor para sostenerla y defenderla aun con su propia sangre y vida ¿qué espero de los demás?

No quiero cobardías en mi servicio; no componendas imposibles entre el mundo y el Evangelio.
Con pretextos de prudencia se cometen en este punto muchas faltas y errores que traen dolorosas consecuencias a mi Corazón. Un sacerdote, más que nadie, debe estar firmísimo en su fe e impartirla y comunicarla hasta el heroísmo.

******

Sin duda que muchas de estas cosas las saben ya mis sacerdotes: pero, ¿qué no tengo Yo derecho a recordarles sus deberes, a impulsarlos a su práctica, a ahondar en sus procederes, a quejarme en su corazón de mis espinas, a pedirles el remedio?

Es un bien que les hago a mis sacerdotes el señalarles lo que me hiere, lo que me punza, lo que lastima la finura y delicadeza y ternura de mi Corazón.

Quiero conmoverlos; quiero su perfección y santificación; y en todas mis acciones llevo siempre un fin de caridad; porque Yo no me puedo mover sin derramar perdones, luz, misericordias; y es un favor extensivo a otros el que hago al desahogar mi pecho en su alma.”

ORACION POR EL SANTO PADRE BENEDICTO XVI.

Oh Dios, que en tu providencia
quisiste edificar tu Iglesia sobre la roca de Pedro,
príncipe de tus apóstoles,
mira con amor a nuestro papa Benedicto XVI,
y tú que lo has constituido sucesor de san Pedro,
concédele la gracia
de ser principio y fundamento visible
de la unidad de fe y de comunión de tu pueblo.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oh Dios, pastor y guía de todos los fieles,
mira con bondad a tu siervo Benedicto XVI,
a quien has elegido pastor de tu Iglesia;
concédele que su palabra y su ejemplo
sean provechosos al pueblo que él preside,
para que llegue a la vida eterna
junto con el rebaño que le ha sido confiado.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oh Dios, que para suceder al apóstol san Pedro
elegiste a tu siervo Benedicto XVI
como pastor de tu grey,
escucha la plegaria de tu pueblo
y haz que nuestro papa,
vicario de Cristo en la tierra,
confirme en la fe a todos los hermanos,
y que toda la Iglesia se mantenga en comunión con él
por el vínculo de la unidad, del amor y de la paz,
para que todos encuentren en ti, Pastor de los hombres,
la verdad y la vida eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo.

MAGISTERIO DE LOS SUMOS PONTÍFICES SOBRE EL CELIBATO (PARTE 6)

6. SS. PABLO VI.

(Segunda de varias entregas del punto 6)

Pablo VI, Papa número 262 de la Iglesia
Católica, entre 1963 y 1978.


ASPECTOS DOCTRINALES

1. Las razones del celibato sacerdotal
El concilio y el celibato

17. Ciertamente, como ha declarado el sagrado Concilio ecuménico Vaticano II la virginidad «no es exigida por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva y por la tradición de las Iglesias orientales»[4], pero el mismo sagrado concilio no ha dudado en confirmar solemnemente la antigua, sagrada y providencial ley vigente del celibato sacerdotal, exponiendo también los motivos que la justifican para todos los que saben apreciar con espíritu de fe y con íntimo y generoso fervor los dones divinos.

Argumentos antiguos puestos a nueva luz

18. No es la primera vez que se reflexiona sobre la «múltiple conveniencia» (1.c.) del celibato para los ministros de Dios; y aunque las razones aducidas han sido diversas, según la diversa mentalidad y las diversas situaciones, han estado siempre inspiradas en consideraciones específicamente cristianas, en el fondo de las cuales late la intuición de motivos más profundos. Estos motivos pueden venir a mejor luz, no sin el influjo del Espíritu Santo, prometido por Cristo a los suyos para el conocimiento de las cosas venideras (cf. Jn 16,13) y para hacer progresar en el Pueblo de Dios la inteligencia del misterio de Cristo y de la Iglesia, sirviéndose también de la experiencia procurada por una penetración mayor de las cosas espirituales a través de los siglos[5].

A) Dimensión Cristológica
La novedad de Cristo

19. El sacerdocio cristiano, que es nuevo, solamente puede ser comprendido a la luz de la novedad de Cristo, pontífice sumo y eterno sacerdote, que ha instituido el sacerdocio ministerial como real participación de su único sacerdocio[6]. El ministro de Cristo y administrador de los misterios de Dios (1 Cor 4,1) tiene, por consiguiente, en El también el modelo directo y el supremo ideal (cf. 1 Cor 11,1). El Señor Jesús, unigénito de Dios enviado por el Padre al mundo, se hizo hombre para que la humanidad, sometida al pecado y la muerte, fuese regenerada y, mediante un nuevo nacimiento (Jn 3,5; Tit 3,5), entrase en el reino de los cielos. Consagrado totalmente a la voluntad del Padre (Jn 4,34; 17,4), Jesús realizó mediante su misterio pascual esta nueva creación (2 Cor 5,17; Gál 6,15), introduciendo en el tiempo y en el mundo una forma nueva, sublime y divina de vida, que transforma la misma condición terrena de la humanidad (cf. Gál 3,28).

Matrimonio y celibato en la novedad de Cristo

20. El matrimonio, que por voluntad de Dios continúa la obra de la primera creación (Gén 2,18), asumido en el designio total de la salvación, adquiere, también él, nuevo significado y valor. Efectivamente, Jesús le ha restituido su primitiva dignidad (Mt 19,38), lo ha honrado (cf. Jn 2,1-11) y lo ha elevado a la dignidad de sacramento y de misterioso signo de su unión con la Iglesia (Ef 5,32). Así, los cónyuges cristianos, en el ejercicio del mutuo amor, cumpliendo sus específicos deberes y tendiendo a la santidad que les es propia, marchan juntos hacia la patria celestial. Cristo, mediador de un testamento más excelente (Heb 8,6), ha abierto también un camino nuevo, en el que la criatura humana, adhiriéndose total y directamente al Señor y preocupada solamente de El y de sus cosas (1 Cor 7,33-35), manifiesta de modo más claro y completo la realidad, profundamente innovadora, del Nuevo Testamento.

Virginidad y sacerdocio en Cristo mediador

21. Cristo, Hijo único del Padre, en virtud de su misma encarnación, ha sido constituido mediador entre el cielo y la tierra, entre el Padre y el género humano. En plena armonía con esta misión, Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres. Esta profunda conexión entre la virginidad y el sacerdocio en Cristo se refleja en los que tienen la suerte de participar de la dignidad y de la misión del mediador y sacerdote eterno, y esta participación será tanto más perfecta cuanto el sagrado ministro esté más libre de vínculos de carne y de sangre[7]
.
El celibato por el reino de los cielos

22. Jesús, que escogió los primeros ministros de la salvación y quiso que entrasen en la inteligencia de los misterios del reino de los cielos (Mt 13,11; Mc 4,11; Lc 8,10), cooperadores de Dios con título especialísimo, embajadores suyos (2 Cor 5,20), y les llamó amigos y hermanos (Jn 15,15; 20,17), por los cuales se consagró a sí mismo a fin de que fuesen consagrados en la verdad (Jn 17,19), prometió una recompensa superabundante a todo el que hubiera abandonado casa, familia, mujer e hijos por el reino de Dios (Lc 18,29-30). Más aún, recomendó también[8], con palabras cargadas de misterio y de expectación, una consagración todavía más perfecta al reino de los cielos por medio de la virginidad, como consecuencia de un don especial (Mt 19,11-12). La respuesta a este divino carisma tiene como motivo el reino de los cielos (ibid., v.12); e igualmente de este reino, del Evangelio y del nombre de Cristo (Mt 19,29), toman su motivo las invitaciones de Jesús a las arduas renuncias apostólicas para una participación más íntima en su suerte (cf. Mc, l.c.).

Testimonio de Cristo

23. Es, pues, el misterio de la novedad de Cristo de todo lo que Él es y significa; es la suma de los más altos ideales del Evangelio y del reino; es una especial manifestación de la gracia que brota del misterio pascual del Redentor, lo que hace deseable y digna la elección de la virginidad por parte de los llamados por el Señor Jesús, con la intención no solamente de participar de su oficio sacerdotal, sino también de compartir con El su mismo estado de vida.

Plenitud de amor

24. La respuesta a la vocación divina es una respuesta de amor al amor que Cristo nos ha demostrado de manera sublime (Jn 15,13; 3,16); ella se cubre de misterio en el particular amor por las almas, a las cuales El ha hecho sentir sus llamadas más comprometedoras (cf. Mc 1,21). La gracia multiplica con fuerza divina las exigencias del amor, que, cuando es auténtico, es total, exclusivo, estable y perenne, estímulo irresistible para todos los heroísmos. Por eso la elección del sagrado celibato ha sido considerada siempre en la Iglesia «como señal y estímulo de caridad»[9], señal de un amor sin reservas, estímulo de una caridad abierta a todos. ¿Quién jamás puede ver en una vida entregada tan enteramente y por las razones que hemos expuesto, señales de pobreza espiritual, de egoísmo, mientras que, por el contrario, es, y debe ser, un raro y por demás significativo ejemplo de vida, que tiene como motor y fuerza el amor, en el que el hombre expresa su exclusiva grandeza? ¿Quién jamás podrá dudar de la plenitud moral y espiritual de una vida de tal manera consagrada, no ya a un ideal, aunque sea el más sublime, sino a Cristo y a su obra en favor de una humanidad nueva, en todos los lugares y en todos los tiempos?

Invitación al estudio

25. Esta perspectiva bíblica y teológica, que asocia nuestro sacerdocio ministerial al de Cristo, y que de la total y exclusiva entrega de Cristo a su misión salvífica saca el ejemplo y la razón de nuestra asimilación a la forma de caridad y de sacrificio, propia de Cristo redentor, nos parece tan fecunda y tan llena de verdades especulativas y prácticas, que os invitamos a vosotros, venerables hermanos, invitamos a los estudiosos de la doctrina cristiana y a los maestros de espíritu y a todos los sacerdotes capaces de las intuiciones sobrenaturales sobre su vocación, a perseverar en el estudio de estas perspectivas y penetrar e. sus íntimas y fecundas realidades, de suerte que el vínculo entre el sacerdocio y el celibato aparezca cada vez mejor en su lógica luminosa y heroica, de amor único ilimitado hacia Cristo Señor y hacia su Iglesia.

B) Dimensión eclesiológica
El celibato y el amor de Cristo y del sacerdote por la Iglesia

26. Apresado por Cristo Jesús (Flp 3,12) hasta el abandono total de sí mismo en El, el sacerdote se configura más perfectamente a Cristo, también en el amor con que el eterno sacerdote ha amado a su cuerpo, la Iglesia, ofreciéndose a sí mismo todo por ella, para hacer de ella una esposa gloriosa, santa e inmaculada (cf. Ef 5,26-27).

Efectivamente, la virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión, por la cual los hijos de Dios no son engendrados ni por la carne ni por la sangre (Jn 1,13)[10].

Unidad y armonía en la vida sacerdotal: el ministerio de la palabra

27. El sacerdote, dedicándose al servicio del Señor Jesús y de su Cuerpo místico en completa libertad, más facilitada gracias a su total ofrecimiento, realiza más plenamente la unidad y la armonía de su vida sacerdotal[11]. Crece en él la idoneidad para oír la palabra de Dios y para la oración. De hecho, la palabra de Dios, custodiada por la Iglesia, suscita en el sacerdote que diariamente la medita, la vive y la anuncia a los fieles los ecos más vibrantes y profundos.

El oficio divino y la oración

28. Así, dedicado total y exclusivamente a las cosas de Dios y de la Iglesia, como Cristo (cf. Lc 2,49; 1 Cor 7,32-33), su ministro, a imitación del sumo Sacerdote, siempre vivo en la presencia de Dios para interceder en favor nuestro (Heb 9,24; 7,25), recibe, del atento y devoto rezo del oficio divino con el que él presta su voz a la Iglesia, que ora juntamente con su Esposo[12], alegría e impulso incesantes, y experimenta la necesidad de prolongar su asiduidad en la oración, que es una función exquisitamente sacerdotal (Act 6,2).

El ministerio de la gracia y de la Eucaristía

29. Y todo el resto de la vida del sacerdote adquiere mayor plenitud de significado y de eficacia santificadora. Su especial empeño en la propia santificación encuentra, efectivamente, nuevos incentivos en el ministerio de la gracia y en el ministerio de la Eucaristía, en la que se encierra todo el bien de la Iglesia[13]; actuando en persona de Cristo, el sacerdote se une más íntimamente a la ofrenda, poniendo sobre el altar su vida entera, que lleva las señales del holocausto.

Vida plenísima y fecunda

30. ¿Qué otras consideraciones más podríamos hacer sobre el aumento de capacidad, de servicio, de amor, de sacrificio del sacerdote por todo el Pueblo de Dios? Cristo ha dicho de sí: Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará mucho fruto (Jn 12,24). Y el apóstol Pablo no dudaba en exponerse a morir cada día para poseer en sus fieles una gloria en Cristo Jesús (cf. 1 Cor 14,31). Así, el sacerdote, muriendo cada día totalmente a sí mismo, renunciando al amor legítimo de una familia propia por amor de Cristo y de su reino, hallará la gloria de una vida en Cristo plenísima y fecunda, porque como El y en El ama y se da a todos los hijos de Dios.

El sacerdote célibe en la comunidad de los fieles

31. En medio de la comunidad de los fieles confiados a sus cuidados, el sacerdote es Cristo presente; de ahí la suma conveniencia de que en todo reproduzca su imagen, y en particular de que siga su ejemplo, en su vida íntima lo mismo que en su vida de ministerio. Para sus hijos en Cristo, el sacerdote es signo y prenda de las sublimes y nuevas realidades del reino de Dios, del que es dispensador, poseyéndolas por su parte en el grado más perfecto y alimentando la fe y la esperanza de todos los cristianos, que en cuanto tales están obligados a la observancia de la castidad según el propio estado.

Eficacia pastoral del celibato

32. La consagración a Cristo, en virtud de un título nuevo y excelso, cual es el celibato, permite además al sacerdote, como es evidente también en el campo práctico, la mayor eficiencia y la mejor actitud psicológica y afectiva para el ejercicio continuo de la caridad perfecta, que le permitirá, de manera más amplia y concreta, darse todo para utilidad de todos (2 Cor 12,15)[14] y le garantiza claramente una mayor libertad y disponibilidad en el ministerio pastoral[15], en su activa y amorosa presencia en medio del mundo al que Cristo lo ha enviado (Jn 17,18), a fin de que pague enteramente a todos los hijos de Dios la deuda que se les debe (Rom 1,14).

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Le pido humildemente, Santo Padre, que nos ilumine sobre la profundidad y el sentido auténtico del celibato eclesiástico.

El gran problema del cristianismo en el mundo de hoy es que ya no se piensa en el futuro de Dios: parece suficiente sólo el presente de este mundo. Queremos tener sólo este mundo, vivir sólo en este mundo. Así cerramos la puerta a la verdadera grandeza de nuestra existencia. El significado del celibato como una anticipación del futuro es justo abrir estas puertas, hacer más grande el mundo, mostrar la realidad del futuro que ya es vivida por nosotros como presente...

Notas.
[4]. Presbyter. Ordinis n. 16.
[5] Concilio Vaticano II, const, dogm. Dei Verbum n.8.
[6] Concilio Vaticano II, const. dogm. Lumen gentium n.28; decr Presbyter. ordinis n.2.
[7] Decr. Presbyter. ordinis n.16.
[8] Decr. Presbyter. ordinis n.16
[9] Const. Lumen Gentium n.42.
[10] Cf. const. dogm. Lumen Gentium n. 42; dec. Presbyter. ordinis n. 16.
[11] Decr. Presbyter. Ordinis n. 14.
[12] Cf. decr. Presbyter. ordinis n.13.
[13] Decr. Presbyter. ordinis n.5.
[14] Decr. Optatam totius n.10.
[15] Decr. Presbyter. ordinis n.16.
[4] Decr Presbyter. ordinis n.16.

LA CUARESMA (SEGUNDA ENTREGA)


La Cuaresma en el Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia.

La Cuaresma es el tiempo que precede y dispone a la celebración de la Pascua. Tiempo de escucha de la Palabra de Dios y de conversión, de preparación y de memoria del Bautismo, de reconciliación con Dios y con los hermanos, de recurso más frecuente a las “armas de la penitencia cristiana”: la oración, el ayuno y la limosna (cfr. Mt 6,1-6.16-18).

En el ámbito de la piedad popular no se percibe fácilmente el sentido mistérico de la Cuaresma y no se han asimilado algunos de los grandes valores y temas, como la relación entre el “sacramento de los cuarenta días” y los sacramentos de la iniciación cristiana, o el misterio del “éxodo”, presente a lo largo de todo el itinerario cuaresmal. Según una constante de la piedad popular, que tiende a centrarse en los misterios de la humanidad de Cristo, en la Cuaresma los fieles concentran su atención en la Pasión y Muerte del Señor.

125. El comienzo de los cuarenta días de penitencia, en el Rito romano, se caracteriza por el austero símbolo de las Cenizas, que distingue la Liturgia del Miércoles de Ceniza. Propio de los antiguos ritos con los que los pecadores convertidos se sometían a la penitencia canónica, el gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal. Se debe ayudar a los fieles, que acuden en gran número a recibir la Ceniza, a que capten el significado interior que tiene este gesto, que abre a la conversión y al esfuerzo de la renovación pascual.

A pesar de la secularización de la sociedad contemporánea, el pueblo cristiano advierte claramente que durante la Cuaresma hay que dirigir el espíritu hacia las realidades que son verdaderamente importantes; que hace falta un esfuerzo evangélico y una coherencia de vida, traducida en buenas obras, en forma de renuncia a lo superfluo y suntuoso, en expresiones de solidaridad con los que sufren y con los necesitados.

También los fieles que frecuentan poco los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía saben, por una larga tradición eclesial, que el tiempo de Cuaresma-Pascua está en relación con el precepto de la Iglesia de confesar lo propios pecados graves, al menos una vez al año, preferentemente en el tiempo pascual.

126. La divergencia existente entre la concepción litúrgica y la visión popular de la Cuaresma, no impide que el tiempo de los “Cuarenta días” sea un espacio propicio para una interacción fecunda entre Liturgia y piedad popular.

Un ejemplo de esta interacción lo tenemos en el hecho de que la piedad popular favorece algunos días, algunos ejercicios de piedad y algunas actividades apostólicas y caritativas, que la misma Liturgia cuaresmal prevé y recomienda. La práctica del ayuno, tan característica desde la antigüedad en este tiempo litúrgico, es un “ejercicio” que libera voluntariamente de las necesidades de la vida terrena para redescubrir la necesidad de la vida que viene del cielo: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4; cfr. Dt 8,3; Lc 4,4; antífona de comunión del I Domingo de Cuaresma)


LA VENERACIÓN DE CRISTO CRUCIFICADO


127. El camino cuaresmal termina con el comienzo del Triduo pascual, es decir, con la celebración de la Misa In Cena Domini. En el Triduo pascual, el Viernes Santo, dedicado a celebrar la Pasión del Señor, es el día por excelencia para la “Adoración de la santa Cruz”.

Sin embargo, la piedad popular desea anticipar la veneración cultual de la Cruz. De hecho, a lo largo de todo el tiempo cuaresmal, el viernes, que por una antiquísima tradición cristiana es el día conmemorativo de la Pasión de Cristo, los fieles dirigen con gusto su piedad hacia el misterio de la Cruz.

Contemplando al Salvador crucificado captan más fácilmente el significado del dolor inmenso e injusto que Jesús, el Santo, el Inocente, padeció por la salvación del hombre, y comprenden también el valor de su amor solidario y la eficacia de su sacrificio redentor.

128. Las expresiones de devoción a Cristo crucificado, numerosas y variadas, adquieren un particular relieve en las iglesias dedicadas al misterio de la Cruz o en las que se veneran reliquias, consideradas auténticas, del lignum Crucis.

La “invención de la Cruz”, acaecida según la tradición durante la primera mitad del siglo IV, con la consiguiente difusión por todo el mundo de fragmentos de la misma, objeto de grandísima veneración, determinó un aumento notable del culto a la Cruz.

En las manifestaciones de devoción a Cristo crucificado, los elementos acostumbrados de la piedad popular como cantos y oraciones, gestos como la ostensión y el beso de la cruz, la procesión y la bendición con la cruz, se combinan de diversas maneras, dando lugar a ejercicios de piedad que a veces resultan preciosos por su contenido y por su forma.

No obstante, la piedad respecto a la Cruz, con frecuencia, tiene necesidad de ser iluminada. Se debe mostrar a los fieles la referencia esencial de la Cruz al acontecimiento de la Resurrección: la Cruz y el sepulcro vacío, la Muerte y la Resurrección de Cristo, son inseparables en la narración evangélica y en el designio salvífico de Dios. En la fe cristiana, la Cruz es expresión del triunfo sobre el poder de las tinieblas, y por esto se la presenta adornada con gemas y convertida en signo de bendición, tanto cuando se traza sobre uno mismo, como cuando se traza sobre otras personas y objetos.

129. El texto evangélico, particularmente detallado en la narración de los diversos episodios de la Pasión, y la tendencia a especificar y a diferenciar, propia de la piedad popular, ha hecho que los fieles dirijan su atención, también, a aspectos particulares de la Pasión de Cristo y hayan hecho de ellos objeto de diferentes devociones: el “Ecce homo”, el Cristo vilipendiado, “con la corona de espinas y el manto de púrpura” (Jn 19,5), que Pilato muestra al pueblo; las llagas del Señor, sobre todo la herida del costado y la sangre vivificadora que brota de allí (cfr. Jn 19,34); los instrumentos de la Pasión, como la columna de la flagelación, la escalera del pretorio, la corona de espinas, los clavos, la lanza de la transfixión; la sábana santa o lienza de la deposición.

Estas expresiones de piedad, promovidas en ocasiones por personas de santidad eminente, son legítimas. Sin embargo, para evitar una división excesiva en la contemplación del misterio de la Cruz, será conveniente subrayar la consideración de conjunto de todo el acontecimiento de la Pasión, conforme a la tradición bíblica y patrística.


LA LECTURA DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

130. La Iglesia exhorta a los fieles a la lectura frecuente, de manera individual o comunitaria, de la Palabra de Dios. Ahora bien, no hay duda de que entre las páginas de la Biblia, la narración de la Pasión del Señor tiene un valor pastoral especial, por lo que, por ejemplo, el Ordo unctionis infirmorum eorumque pastoralis curae sugiere la lectura, en el momento de la agonía del cristiano, de la narración de la Pasión del Señor o de alguna paso de la misma.

Durante el tiempo de Cuaresma, el amor a Cristo crucificado deberá llevar a la comunidad cristiana a preferir el miércoles y el viernes, sobre todo, para la lectura de la Pasión del Señor.

Esta lectura, de gran sentido doctrinal, atrae la atención de los fieles tanto por el contenido como por la estructura narrativa, y suscita en ellos sentimientos de auténtica piedad: arrepentimiento de las culpas cometidas, porque los fieles perciben que la Muerte de Cristo ha sucedido para remisión de los pecados de todo el género humano y también de los propios; compasión y solidaridad con el Inocente injustamente perseguido; gratitud por el amor infinito que Jesús, el Hermano primogénito, ha demostrado en su Pasión para con todos los hombres, sus hermanos; decisión de seguir los ejemplos de mansedumbre, paciencia, misericordia, perdón de las ofensas y abandono confiado en las manos del Padre, que Jesús dio de modo abundante y eficaz durante su Pasión.

Fuera de la celebración litúrgica, la lectura de la Pasión se puede “dramatizar” si es oportuno, confiando a lectores distintos los textos correspondientes a los diversos personajes; asimismo, se pueden intercalar cantos o momentos de silencio meditativo.


EL “VÍA CRUCIS”

131. Entre los ejercicios de piedad con los que los fieles veneran la Pasión del Señor, hay pocos que sean tan estimados como el Vía Crucis. A través de este ejercicio de piedad los fieles recorren, participando con su afecto, el último tramo del camino recorrido por Jesús durante su vida terrena: del Monte de los Olivos, donde en el “huerto llamado Getsemani” (Mc 14,32) el Señor fue “presa de la angustia” (Lc 22,44), hasta el Monte Calvario, donde fue crucificado entre dos malhechores (cfr. Lc 23,33), al jardín donde fue sepultado en un sepulcro nuevo, excavado en la roca (cfr. Jn 19,40-42).

Un testimonio del amor del pueblo cristiano por este ejercicio de piedad son los innumerables Vía Crucis erigidos en las iglesias, en los santuarios, en los claustros e incluso al aire libre, en el campo, o en la subida a una colina, a la cual las diversas estaciones le confieren una fisonomía sugestiva.

132. El Vía Crucis es la síntesis de varias devociones surgidas desde la alta Edad Media: la peregrinación a Tierra Santa, durante la cual los fieles visitan devotamente los lugares de la Pasión del Señor; la devoción a las “caídas de Cristo” bajo el peso de la Cruz; la devoción a los “caminos dolorosos de Cristo”, que consiste en ir en procesión de una iglesia a otra en memoria de los recorridos de Cristo durante su Pasión; la devoción a las “estaciones de Cristo”, esto es, a los momentos en los que Jesús se detiene durante su camino al Calvario, o porque le obligan sus verdugos o porque está agotado por la fatiga, o porque, movido por el amor, trata de entablar un diálogo con los hombres y mujeres que asisten a su Pasión.

En su forma actual, que está ya atestiguada en la primera mitad del siglo XVII, el Vía Crucis, difundido sobre todo por San Leonardo de Porto Mauricio (+1751), ha sido aprobado por la Sede Apostólica, dotado de indulgencias y consta de catorce estaciones.

133. El Vía Crucis es un camino trazado por el Espíritu Santo, fuego divino que ardía en el pecho de Cristo (cfr. Lc 12,49-50) y lo impulsó hasta el Calvario; es un camino amado por la Iglesia, que ha conservado la memoria viva de las palabras y de los acontecimientos de los último días de su Esposo y Señor.

En el ejercicio de piedad del Vía Crucis confluyen también diversas expresiones características de la espiritualidad cristiana: la comprensión de la vida como camino o peregrinación; como paso, a través del misterio de la Cruz, del exilio terreno a la patria celeste; el deseo de conformarse profundamente con la Pasión de Cristo; las exigencias de la sequela Christi, según la cual el discípulo debe caminar detrás del Maestro, llevando cada día su propia cruz (cfr. Lc 9,23)
Por todo esto el Vía Crucis es un ejercicio de piedad especialmente adecuado al tiempo de Cuaresma.

134. Para realizar con fruto el Vía Crucis pueden ser útiles las siguientes indicaciones:
— la forma tradicional, con sus catorce estaciones, se debe considerar como la forma típica de este ejercicio de piedad; sin embargo, en algunas ocasiones, no se debe excluir la sustitución de una u otra “estación” por otras que reflejen episodios evangélicos del camino doloroso de Cristo, y que no se consideran en la forma tradicional;
— en todo caso, existen formas alternativas del Vía Crucis aprobadas por la Sede Apostólica o usadas públicamente por el Romano Pontífice: estas se deben considerar formas auténticas del mismo, que se pueden emplear según sea oportuno;
— el Vía Crucis es un ejercicio de piedad que se refiere a la Pasión de Cristo; sin embargo es oportuno que concluya de manera que los fieles se abran a la expectativa, llena de fe y de esperanza, de la Resurrección; tomando como modelo la estación de la Anastasis al final del Vía Crucis de Jerusalén, se puede concluir el ejercicio de piedad con la memoria de la Resurrección del Señor.

135. Los textos para el Vía Crucis son innumerables. Han sido compuestos por pastores movidos por una sincera estima a este ejercicio de piedad y convencidos de su eficacia espiritual; otras veces tienen por autores a fieles laicos, eminentes por la santidad de vida, doctrina o talento literario.

La selección del texto, teniendo presente las eventuales indicaciones del Obispo, se deberá hacer considerando sobre todo las características de los que participan en el ejercicio de piedad y el principio pastoral de combinar sabiamente la continuidad y la innovación. En todo caso, serán preferibles los textos en los que resuenen, correctamente aplicadas, las palabras de la Biblia, y que estén escritos con un estilo digno y sencillo.

Un desarrollo inteligente del Vía Crucis, en el que se alternan de manera equilibrada: palabra, silencio, canto, movimiento procesional y parada meditativa, contribuye a que se obtengan los frutos espirituales de este ejercicio de piedad.

EL “VÍA MATRIS”

136. Así como en el plan salvífico de Dios (cfr. Lc 2,34-35) están asociados Cristo crucificado y la Virgen dolorosa, también los están en la Liturgia y en la piedad popular.

Como Cristo es el “hombre de dolores” (Is 53,3), por medio del cual se ha complacido Dios en “reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,20), así María es la “mujer del dolor”, que Dios ha querido asociar a su Hijo, como madre y partícipe de su Pasión (socia Passionis).

Desde los días de la infancia de Cristo, toda la vida de la Virgen, participando del rechazo de que era objeto su Hijo, transcurrió bajo el signo de la espada (cfr. Lc 2,35). Sin embargo, la piedad del pueblo cristiano ha señalado siete episodios principales en la vida dolorosa de la Madre y los ha considerado como los “siete dolores” de Santa María Virgen.

Así, según el modelo del Vía Crucis, ha nacido el ejercicio de piedad del Vía Matris dolorosae, o simplemente Vía Matris, aprobado también por la Sede Apostólica. Desde el siglo XVI hay ya formas incipientes del Vía Matris, pero en su forma actual no es anterior al siglo XIX. La intuición fundamental es considerar toda la vida de la Virgen, desde el anuncio profético de Simeón (cfr. Lc 2,34-35) hasta la muerte y sepultura del Hijo, como un camino de fe y de dolor: camino articulado en siete “estaciones”, que corresponden a los “siete dolores” de la Madre del Señor.

137. El ejercicio de piedad del Vía Matris se armoniza bien con algunos temas propios del itinerario cuaresmal. Como el dolor de la Virgen tiene su causa en el rechazo que Cristo ha sufrido por parte de los hombres, el Vía Matris remite constante y necesariamente al misterio de Cristo, siervo sufriente del Señor (cfr. Is 52,13-53,12), rechazado por su propio pueblo (cfr. Jn 1,11; Lc 2,1-7; 2,34-35; 4,28-29; Mt 26,47-56; Hech 12,1-5). Y remite también al misterio de la Iglesia: las estaciones del Vía Matris son etapas del camino de fe y dolor en el que la Virgen ha precedido a la Iglesia y que esta deberá recorrer hasta el final de los tiempos.

El Vía Matris tiene como máxima expresión la “Piedad”, tema inagotable del arte cristiano desde la Edad Media.


Oración, Ayuno y Misericordia son Inseparables

De los sermones de San Pedro Crisólogo, obispo y Padre de la Iglesia.

La oración llama, el ayuno intercede, la misericordia recibe.

Tres son, hermanos, los resortes que hacen que la fe se mantenga firme, la devoción sea constante, y la virtud permanente. Estos tres resortes son: la oración, el ayuno y la misericordia. Porque la oración llama, el ayuno intercede, la misericordia recibe. Oración, misericordia y ayuno constituyen una sola y única cosa, y se vitalizan recíprocamente.

El ayuno, en efecto, es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Que nadie trate de dividirlos, pues no pueden separarse. Quien posee uno solo de los tres, si al mismo tiempo no posee los otros, no posee ninguno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica.

Que el que ayuna entienda bien lo que es el ayuno; que preste atención al hambriento quien quiere que Dios preste atención a su hambre; que se compadezca quien espera misericordia; que tenga piedad quien la busca; que responda quien desea que Dios le responda a é1. Es un indigno suplicante quien pide para si lo que niega a otro.

Díctate a ti mismo la norma de la misericordia, de acuerdo con la manera, la cantidad y la rapidez con que quieres que tengan misericordia contigo. Compadécete tan pronto como quisieras que los otros se compadezcan de ti.

En consecuencia, la oración, la misericordia y el ayuno deben ser como un único intercesor en favor nuestro ante Dios, una única llamada, una única y triple petición.

Recobremos con ayunos lo que perdimos por el desprecio; inmolemos nuestras almas con ayunos, porque no hay nada mejor que podamos ofrecer a Dios, de acuerdo con lo que el profeta dice: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado: un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias. Hombre, ofrece a Dios tu alma, y ofrece la oblación del ayuno, para que sea una hostia pura, un sacrificio santo, una víctima viviente, provechosa para ti y acepta a Dios. Quien no dé esto a Dios no tendrá excusa, porque no hay nadie que no se posea a si mismo para darse.

Mas, para que estas ofrendas sean aceptadas, tiene que venir después la misericordia; el ayuno no germina si la misericordia no lo riega, el ayuno se torna infructuoso si la misericordia no lo fecundiza: lo que es la lluvia para la tierra, eso mismo es la misericordia para el ayuno. Por más que perfeccione su corazón, purifique su carne, desarraigue los vicios y siembre las virtudes, como no produzca caudales de misericordia, el que ayuna no cosechará fruto alguno.

Tú que ayunas, piensa que tu campo queda en ayunas si ayuna tu misericordia; lo que siembras en misericordia, eso mismo rebosará en tu granero. Para que no pierdas a fuerza de guardar, recoge a fuerza de repartir; al dar al pobre, te haces limosna a ti mismo: porque lo que dejes de dar a otro no lo tendrás tampoco para ti.

PURGATORIO: "LÉEME O LAMENTALO" PARTE 1



"Es incomprensible como algunos católicos, aún aquellos que de una u otra forma son devotos, vergonzosamente desatienden a las almas del Purgatorio."

"No hay mayor famelia, sed, pobreza, necesidad, pena, dolor, sufrimiento que se compare a los de las
Almas del Purgatorio..."

"Es muy posible que algunos de nuestros más cercanos y queridos parientes estén todavía sufriendo las purificantes penas del Purgatorio y llamándonos entre lastimosos gemidos para que los ayudemos y aliviemos."

"Nuestros corazones están llenos de amor a sí mismos, duros. Tenemos hogares felices, espléndida comida, vestido, y abundancia de todas las cosas."

"Muchos de nuestros projimos viven en el hambre y la miseria, y le damos tan poco, mientras que vivimos en el despilfarro y gastamos en nosotros mismos sin necesidad."

"Hay un infinito numero de faltas en el amor, egoísmo, pensamientos, palabras, actos de sensualidad, también en cientos de variantes; faltas de caridad en el pensamiento, palabra, obra, y omisión. Holgazanería, vanidad, celos, tibieza y otras innumerables faltas."

"Ellos piensan y trabajan y descansan para satisfacerse a sí mismos. Dios ocupa un pequeñísimo espacio en sus días y sus mentes. Esto es un desaire a Su Amantísimo Corazón, el cual siempre piensa en nosotros."

"Todos esos pecados, mortales o veniales, se acumulan por 20,30,40,60 años de nuestras vidas. Todos y cada uno deberán ser expiados para después de la muerte."

"Entonces, ¿es de asombrarse que algunas almas tengan que estar en el Purgatorio por tanto tiempo?"

"La gente no se da cuenta de lo que es el Purgatorio. No conciben las espantosas penas, ni tienen idea de los largos años que las almas son retenidas en esas horribles llamas. Como resultado, hacen poco o nada para evitarse a sí mismos el Purgatorio, y aún peor, cruelmente ignoran a las pobres almas que ya están allí y que dependen enteramente de ellos para ser auxiliadas."


APROBACION

Aprobación de Su Eminencia el Cardenal de Lisboa
Palacio Cardenalicio, Lisboa, 4 de marzo de 1936.

Aprobamos y recomendamos con todo el corazón este librito "Léeme o Laméntalo", por EDM (Engant de Marie, iniciales con las que se identifica el Padre O'Sullivan).

Aunque pequeño, está destinado a hacer grandes cosas entre los católicos, muchos de los cuales están increíblemente ignorantes acerca de la gran doctrina del Purgatorio.

Como consecuencia, ellos hacen poco o nada para evitarlo para sí mismos y tampoco ayudan a las Almas Sufrientes que están en terribles tormentos, esperando por las Misas y las oraciones ofrecidas por ellos.

Es nuestro mas caro deseo que cada católico debiera leer este librito y que lo comunicara por todas partes, tanto como le sea posible.

PREFACIO

El título es algo alarmante. Aún, estimado lector, si tú escudriñas este pequeño libro, verás por tí mismo cuán merecido es. 

El libro nos cuenta cómo salvarnos a nosotros mismos y a otros de un sufrimiento inenarrable. Algunos libros son buenos y algunos otros pueden ser de provecho. Otros son mejores y deben ser leídos sin falta.

Hay, sin embargo,libros de tan excelente mérito por razón de sus consejos, la convicción que acarrean y la acción urgente a la que nos impulsa, que sería cabalmente alocado no leerlos.

"Léeme o laméntalo" pertenece a esa clase de libros. Es por tu mayor interés, estimado amigo, que lo leas y releas, para ponderarlo bien y profundamente en sus contenidos. Nunca te arrepentirás de ello, por el contrario, grande y amargo será tu arrepentimiento si tu fallas en estudiarlo en sus sustanciosas páginas.

¡AUXILIO, AUXILIO, SUFRIMOS MUCHO!

I: Nunca llegaremos a comprender lo suficientemente claro que una limosna, pequeña o grande, dada en favor de las almas sufrientes, se la damos directamente a Dios.

El acepta y recuerda como si se la hubieran dado directamente a Él mismo.

Así, todo lo que hagamos por ellas, Dios lo acepta hecho para El.

Es como si lo aliviáramos o liberáramos a Él mismo del Purgatorio. En qué manera nos pagará!

II. No hay mayor famelia, sed, pobreza, necesidad, pena, dolor, sufrimiento que se compare a los de las Almas del Purgatorio, por lo tanto no hay limosnas más merecidas, ni más placenteras a Dios, ni mérito mas alto para nosotros, que rezar, pedir celebraciones de Misas, y dar limosnas en favor de las pobres Santas Almas.

III. Es muy posible que algunos de nuestros más cercanos y queridos parientes estén todavía sufriendo las purificantes penas del Purgatorio y llamándonos entre lastimosos gemidos para que los ayudemos y aliviemos.

IV. ¡¡¡¿¿No es terrible que seamos tan duros que no podamos pensar en ellos, ni tampoco podemos ser tan crueles que deliberadamente los olvidemos??!!!

Por el amor de Cristo, hagamos todo, pero todo, lo que podamos por ellas.

Cada católico debería unirse a la Asociación de las Animas Benditas.

PURGATORIO

Estampa de San Nicolás Tolentino, abogado de las ánimas benditas del Purgatorio

"Tengan piedad de mí, tengan piedad de mí, por lo menos ustedes mis amigos, porque la mano del Señor me ha tocado" (Job 19:21).

Esta es la conmovedora súplica que la Iglesia Purgante envía a sus amigos en la tierra.

Tierra, comiencen, imploren su ayuda, en respuesta a la angustia mas profunda. Muchos dependen de sus oraciones.

Es incomprensible como algunos católicos, aún aquellos que de una u otra forma son devotos, vergonzosamente desatienden a las almas del Purgatorio. Pareciera que no creen en el Purgatorio. Ciertamente es que sus ideas acerca de ello son muy difusas.

¡Días y semanas y meses pasan sin que ellos reciban una Misa dicha por ellas!

Raramente también, oyen Misa por ellos, raramente rezan por ellos, raramente piensan en ellos! 

Entretanto están gozando la plenitud de la salud y la felicidad, ocupados en sus trabajos; divirtiéndose, mientras las pobres almas sufren inenarrables agonias en sus lechos de llamas. 

¿Cuál es la causa de esta horrible insensibilidad? Ignorancia: gruesa, inexplicable ignorancia.

La gente no se da cuenta de lo que es el Purgatorio. No conciben las espantosas penas, ni tienen idea de los largos años que las almas son retenidas en esas horribles llamas. 

Como resultado, hacen poco o nada para evitarse a sí mismos el Purgatorio, y aún peor, cruelmente ignoran a las pobres almas que ya están allí y que dependen enteramente de ellos para ser auxiliadas.

Estimado lector, lee detenidamente este pequeño libro con cuidado y bendecirás el día que cayó en tus manos.

Estimado lector, lee detenidamente este pequeño libro con cuidado y bendecirás el día que cayó en tus manos.

(Continuará)

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís