FRASES PARA SACERDOTES

Durante las tres horas de desgarradora agonía, Yo permanecí con Juan y las piadosas mujeres, bajo la Cruz y juntos fuimos bañados por su Preciosa Sangre.

¿CUÁNTO VALE UN SACERDOTE?




¿CUÁNTO VALE UN SACERDOTE? Este video cuenta con fragmentos del hermoso escrito del poeta argentino Hugo Wast: “Cuando se piensa”. ¿Cuál sería tu respuesta?

Cuando se piensa que ni ... puede hacer lo que un sacerdote.

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LA ESCALA ESPIRITUAL SAN CLÍMACO - PARTE 22


"LA ESCALERA DEL DIVINO ASCENSO"
DE SAN JUAN CLÍMACO





"Escala al Paraíso"
(Scala Paradisi, o Escala Espiritual)
Juan Clímaco.

Basada en la edición del Obispo Alejandro (Mileant)
Corrección e introducción: Rolando Castillo


Vigésimo Cuarto Escalón: de la Simplicidad.


1. La luz de la aurora precede al sol y la antesala de toda humildad es la dulzura. Escuchemos, pues, a la luz decirnos en qué orden los dispuso: "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11:29). También, antes de contemplar el sol, debemos ser iluminados por la aurora; entonces, podemos sostener la vista del sol. Pues es imposible, completamente imposible, mirar el sol antes de conocer primero esta luz, como nos lo enseña el lugar respectivo de cada una de las dos virtudes, en la Palabra del Señor.

2. La dulzura es un estado inmutable del intelecto, que permanece siempre igual tanto en los honores como en las humillaciones.

3. Cuando estamos atormentados por el prójimo, la dulzura nos hace rezar por él sin ser sensibles y sinceramente.

4. La dulzura es una roca que domina el mar de la irascibilidad y contra la cual se estrellan todas las olas que rompen allí, sin que ella se conmueva jamás.

5. La dulzura es el sostén de la paciencia; la entrada, o mejor, la madre, de la caridad, el fundamento de la discreción; en efecto, está escrito: "Conduce en la justicia a los humildes" (Sal 24:9). Procura el perdón de los pecados, da confianza en la oración, es la residencia del Espíritu Santo: "¿En quién voy a fijarme? En el dulce y humilde" (Is 66:2).

6. La dulzura es la colaboradora de la obediencia, es la guía de la comunidad fraterna, el freno del furioso, el obstáculo del colérico, una fuente de alegría, la imitación de Cristo, una cualidad propia de los ángeles, la traba de los demonios, un escudo contra la amargura.

7. En los corazones dulces reposa el Señor; pero el alma agitada es el asiento del diablo.

8. Los mansos recibirán en herencia la tierra (cf. Mt 5:4) o mejor aún, dominarán sobre ella; pero los hombres violentos serán expulsados de su tierra.

9. Un alma dulce es el trono de la simplicidad; el espíritu colérico produce la maldad.

10. El alma apacible está plena de palabras de sabiduría pues "conduce en la justicia a los humildes" o, mejor, en el discernimiento.

11. El alma recta es la compañera de la humildad; el alma llena de maldad es hija del orgullo.

12. El alma de los mansos está plena de ciencia; el espíritu colérico habita entre las tinieblas y la ignorancia.

13. Un hombre encolerizado y un bribón se encontraron; era imposible descubrir una palabra sincera en su conversación. Si pusieras al desnudo el corazón del primero, encontrarías en él la locura; mira en el alma del segundo y verás allí la maldad.

14. La simplicidad es un hábito del alma que excluye todo artificio y la inmuniza contra la malevolencia.

15. La ausencia de malicia es un estado feliz del alma exenta de toda segunda intención.

16. La primera prerrogativa de la infancia es una simplicidad exenta de artificio; en todo el tiempo que la conservó, Adán no vio la desnudez de su alma y la indecencia de su carne.

17. Bella y bienaventurada es la simplicidad que algunos poseen por naturaleza, pero lo es menos que aquella que, a fuerza de penas y sudores, pudo injertarse sobre un tallo perjudicial. La primera está al abrigo de muchos artificios y pasiones; pero la segunda procura una humildad muy profunda y una extrema dulzura. La primera casi no merece recompensa; pero la de la segunda, será infinita.

18. Todos los que deseamos conseguir el favor del Señor, acerquémonos a Él como discípulo del maestro, con toda simplicidad, sin hipocresía, sin maldad ni artificio ni complicaciones. En efecto, Él mismo es simple y sin complejidad y quiere que las almas que se le acercan sean simples e inocentes. Pues la simplicidad no se encontrará jamás separada de la humildad.

19. El malo es un falso vidente que cree poder sorprender las intenciones ocultas en las palabras y las disposiciones del corazón a través de las actitudes exteriores.

20. He observado que algunas almas rectas aprendieron maldad al estar en contacto con los malvados y me sorprendía que pudieran perder tan rápidamente su propiedad natural y su excelencia. Pero a esas almas les resulta tan fácil perder la gracia como a las malvadas les resulta difícil corregirse. Sin embargo, el verdadero exilio, la obediencia y el prestar atención a las palabras, a menudo tienen una gran eficacia y curan maravillosamente a los incurables.

21. Si la ciencia ensoberbece en la mayoría de los casos (cf. 1 Co 8:1), la falta de instrucción y la ignorancia ¿no podrían, a la inversa, traer aparejada la humildad? Sin embargo, algunos, aunque escasos, se enorgullecen de su ausencia de saber.

22. Pablo, el Simple, tres veces bendito, es un ejemplo sorprendente y un modelo perfecto de la bienaventurada simplicidad. Absolutamente nadie vio jamás tal progreso en tan poco tiempo ni tuvo conocimiento de ello ni podrá verlo jamás.

23. El monje con el corazón simple es una bestia de carga que razona y que descarga el fardo sobre su conductor. Un animal no resiste a aquel que lo ata; un alma recta obra de la misma manera con su superior: lo sigue dócilmente adonde quiere conducirla; aunque la enviara al matadero, no sabría resistir.

24. La ausencia de maldad es la pureza natural de un alma que se comporta en toda ocasión según el modo como fue creada.

25. La rectitud es un pensamiento sin complicaciones, un carácter leal, un lenguaje franco y sin disfraz.

26. Dios es Amor y también Rectitud. Por eso, al dirigirse al corazón puro, el sabio dice, en el Cantar de los Cantares: "¡Con qué razón eres amado!" (Ct 1:4); y David afirma también: "Bueno y recto es Yahvé" (Sal 24:8); y de aquellos que llevan su nombre, dice que serán salvados: "Es el salvador de los de recto corazón" (Sal 7:11). E incluso: "Es justo Yahvé y lo justo ama y los rectos contemplarán su rostro" (Sal 11:7).

27. La malignidad es una perversión de la rectitud, un pensamiento tortuoso, una falsa complacencia, falsos juramentos, palabras capciosas, un corazón impenetrable, un abismo de artificio, la mentira convertida en hábito, el orgullo que ha llegado a ser natural, un enemigo de la humildad, una simulación de la penitencia, repulsión por la compunción, odio por la confesión, atadura a su propio sentido, una fuente de caídas, lo opuesto a la elevación, una sonrisa burlona ante las ofensas, una gravedad simulada, una falsa piedad, una vida diabólica.

28. El hombre malo es semejante al Diablo y es su amigo; el Señor nos enseñó a llamar al Diablo así, como dijo el evangelista (Mt 6:13): "Líbranos del mal" (o del Malo).

29. La malignidad es una ciencia diabólica o mejor aún una perversión que, como no posee la verdad, espera engañar a todo el mundo.

30. La hipocresía es una contradicción entre la actitud del cuerpo y la del alma, plena de todo tipo de pensamiento con doble intención.

31. Huyamos del precipicio de la hipocresía y del abismo de la duplicidad, escuchando estas palabras: "Serán extirpados los malvados" (Sal 36:9). "Pues aridecen presto como el heno, cual la hierba tierna se marchitan" (Sal 36:2), ya que de tal naturaleza son los pastos de los demonios.

32. Es difícil para los ricos entrar en el Reino (cf. Mt 9:23) y es igualmente difícil para los sabios entrar en la simplicidad.

33. A menudo una caída vuelve sensatos a los débiles, confiriéndoles, a pesar de sí mismos, ausencia de malicia y salvación.

34. Esfuérzate por perder tu propia sabiduría; al hacerlo encontrarás la salvación y el camino directo hacia Jesús, Nuestro Señor. Amén

LA ESCALA ESPIRITUAL SAN CLÍMACO - PARTE 21


"LA ESCALERA DEL DIVINO ASCENSO"
DE SAN JUAN CLÍMACO





"Escala al Paraíso"
(Scala Paradisi, o Escala Espiritual)
Juan Clímaco.

Basada en la edición del Obispo Alejandro (Mileant)
Corrección e introducción: Rolando Castillo



Vigésimo tercer Escalón: de las Blasfemias.


1. De lo anterior aprendimos que de una raíz y una madre funestas, surge un retoño más funesto todavía; quiero decir que la blasfemia es engendrada por el orgullo impuro. Es necesario encaminarlo hacia la luz, pues no es un agresor corriente, sino el más cruel de nuestros adversarios y de nuestros enemigos. Y lo peor es que es difícil formular, reconocer o confesar estos pensamientos ante un médico espiritual. Por eso, esta enfermedad nefasta ha llevado a muchos al desaliento y a la desesperación, aniquilando toda esperanza.

2. Incluso a la hora indudable de los misterios, este vil enemigo se complace en blasfemar contra el Señor y los hechos santos que se llevan a cabo. Esto demuestra claramente que no es nuestra alma la que pronuncia esas palabras incalificables, impías e incomprensibles, sino ese demonio enemigo de Dios que desertó del cielo por haber proferido allí también, parece, blasfemias contra el Señor. Pues, si esas palabras irrespetuosas e inconvenientes provinieran verdaderamente de mí, ¿cómo podría adorar el don que recibo? ¿Cómo podría bendecir y maldecir al mismo tiempo?

3. Ese engañador, ese corruptor de almas condujo, a menudo, al desorden espiritual. Ningún otro pensamiento es tan difícil de confesar como éste. Algunos lo dejan envejecer con ellos. Pero nada le otorga más poder contra nosotros al demonio y a esos pensamientos que alimentarlos y ocultarlos en nuestro corazón sin confesarlos.

4. Nadie piense que es la causa de pensamientos blasfemos, pues el Señor conoce el secreto de los corazones y sabe que esas palabras y esas ideas no provienen de nosotros sino de nuestros enemigos.

5. La ebriedad hace titubear y el orgullo es la causa de pensamientos inconvenientes. El ebrio no se censurará por titubear, pero será castigado ciertamente por haberse embriagado.

6. En el momento de la oración, estos pensamientos impuros e incalificables nos asaltan; pero si perseveramos hasta el fin en la oración, se retiran inmediatamente, pues no acostumbran combatir con aquellos que se les resisten.

7. Este enemigo impío no se contenta con blasfemar contra Dios y contra todas las cosas divinas, sino que incluso profiere en nuestro espíritu las palabras más vergonzosas e indecentes, para hacernos abandonar la oración o ceder a la desesperanza. Separó a muchos de la oración y a muchos alejó de los misterios.

8. Este tirano cruel e inhumano destruyó por medio del disgusto los cuerpos de ciertas personas y a otros los consumió a través del ayuno, sin darles ninguna tregua. Actuó de tal manera no sólo con los seglares, sino también con hombres que llevaban una vida monástica, sugiriéndoles que no había para
ellos ninguna esperanza de salvación y persuadiéndolos de que se encontraban en un estado más lastimoso y más miserable que el de los infieles y los paganos.

9. Quien se encuentra atormentado por el espíritu de blasfemia y quiere librarse de él, debe comprender que su alma no es la fuente de tales pensamientos, sino que provienen del demonio impuro que un día le dijo al Señor: "Todo esto te daré, si postrándote me adoras" (Mt 4:9). Así, pues, llegado el momento, despreciémoslo y digámosle, sin prestar ninguna atención a sus sugestiones: "Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él darás culto" (Mt 4:10). Tu trabajo y tus conversaciones se volverán contra ti y tus blasfemias caerán sobre tu cabeza (cf. Sal 7:17), desde ahora y en el mundo que vendrá. Amén.

10. Quien quiere combatir de otra manera al demonio de la blasfemia, se asemeja a un hombre que intenta retener un relámpago en sus manos. En efecto, ¿cómo asir, o contradecir, o combatir lo que penetra violenta y repentinamente en el corazón, como el viento y más rápido que un relámpago profiere palabras y se desvanece inmediatamente? Todos los otros enemigos hacen un alto, combaten, se demoran y le dejan tiempo a aquel que lucha contra ellos. Pero no éste: apenas aparece, ya se marchó; acaba de pronunciar una palabra y ya no está más allí.

11. A este demonio le agrada, a menudo, atormentar el espíritu de las personas simples y sin malicia; ya que se trastornan y se perturban más que con otros. Podemos asegurarle a esas personas que todo esto les ocurre, no a causa de su orgullo sino de la envidia de los demonios.

12. Dejemos de juzgar y de condenar a nuestro prójimo y no temeremos más los pensamientos blasfemos; pues el primer vicio es la causa y la raíz del segundo.

13. Quien se encuentra encerrado en su casa escucha las palabras de los que pasan sin intervenir en su conversación; de la misma manera, el alma recogida en sí misma, al escuchar las blasfemias del demonio se perturba por lo que dice el demonio al pasar a través de ella.

14. Quien desprecia a este enemigo se liberó de la pasión (de la blasfemia). Pero quien pretende combatirlo de otra manera, terminará ciertamente por dejarse dominar. Quien quiere oponerse a los espíritus con palabras se parece al que pretende poner el viento bajo llave.

15. Un monje ferviente que estaba atormentado por este demonio consumió su carne durante veinte años con ayunos y vigilias. Pero no obtuvo de ello ningún beneficio. Entonces, escribió su tentación en una esquela, fue a encontrar a un hombre santo, se la entregó y se prosternó con la cara hacia la tierra, sin osar elevar sus ojos hacia él. El anciano, habiendo leído la carta, sonrió y, levantando al hermano, le dijo: "Pon tu mano en mi cuello, hijo mío." El hermano lo hizo y el gran anciano agregó: "Que este pecado esté en mi cuello tanto tiempo como el que te atormentó o podría todavía hacerlo; pero tú, desde ahora, no tendrás ninguna preocupación." Y este hermano me aseguró que incluso antes de dejar la celda del anciano, su pasión había desaparecido. El mismo que había experimentado esta tentación me lo contó, dándole gracias a Dios.

Quien obtuvo una victoria sobre esta pasión, se desembarazó del orgullo.

LA ESCALA ESPIRITUAL SAN CLÍMACO - PARTE 20


"LA ESCALERA DEL DIVINO ASCENSO"
DE SAN JUAN CLÍMACO





"Escala al Paraíso"
(Scala Paradisi, o Escala Espiritual)
Juan Clímaco.

Basada en la edición del Obispo Alejandro (Mileant)
Corrección e introducción: Rolando Castillo



Vigésimo Segundo Escalón: del Orgullo.

1. El orgullo es una negación de Dios, una invención de los demonios, el desprecio de los hombres, la madre del enjuiciamiento al prójimo, el rechazo de las alabanzas, un indicio de esterilidad, el alejamiento de la ayuda divina, el precursor del desorden del espíritu, el agente de las caídas, una disposición a la epilepsia, la fuente de la cólera, la entrada a la hipocresía, el apoyo de los demonios, el guardián de los pecados, el agente de la ausencia de misericordia, la ignorancia de la compasión, un inquisidor amargo, un juez inhumano, un adversario de Dios, la raíz de la blasfemia.

2. El comienzo del orgullo es la vanagloria consumada; su estado intermedio es el desprecio por el prójimo, la impúdica ostentación de sus propios trabajos, la complacencia en la alabanzas, el odio a los reproches; y la consumación es el renunciamiento a la ayuda divina, la exaltación de sus' propios esfuerzos. Todas ellas son costumbres diabólicas.

3. Los que no queremos caer en esta fosa, escuchemos esto: a menudo, esta pasión encuentra su alimento en la acción de gracias, pues desde el principio posee la desvergüenza de aconsejarnos negar a Dios. Vi personas que, con la boca, daban gracias a Dios, pero interiormente se glorificaban a sí mismas. Tenemos un testimonio de ello en el fariseo que decía solamente con palabras: "Oh Dios, te doy gracias" (Lc 18:11).

4. Allí donde sobrevino una caída, el orgullo ya se había dirigido, pues uno es índice del otro.

5. Un hombre venerable me dijo: "Supongamos que existieran doce pasiones deshonrosas; si amas una de ellas — y me refiero al orgullo — deliberadamente, ocupará el lugar de las otras once."

6. El monje soberbio contradice con vehemencia; pero el humilde ni siquiera se opone con la mirada.

7. El ciprés no se inclina hacia el suelo para que sus ramas corran por él; el monje con el corazón soberbio no lo hace más para adquirir obediencia.

8. El hombre de corazón soberbio tiene sed de mando; de otra manera, en efecto, no puede, o mejor aún, no quiere, perderse a sí mismo enteramente.

9. "Dios resiste a los orgullosos" (St 4:6), ¿Quién, pues, podría tenerles piedad? "Yahvé abomina al de corazón altivo" (Pr 16:5). ¿Quién podría volver puro a un hombre semejante?

10. Lo que corrige a los orgullosos es la caída; quien los aguijonea es un demonio; el efecto de esa actitud hacia Dios es el desorden espiritual. En los dos primeros casos, a menudo el hombre puede ser curado por hombres; pero el último es humanamente incurable.

11. Aquel que rechaza la reprimenda manifiesta su pasión; quien la acepta se libera de esa atadura.

12. Si esta única pasión, sin el concurso de ninguna otra, pudo hacer caer del cielo, podemos preguntarnos si no sería posible ascender al cielo, por medio de la humildad solamente, sin la ayuda de ninguna otra virtud.

13. El orgullo es la pérdida de todas nuestras riquezas y de todos nuestros afanes. "Claman, mas no hay salvador" (Sal 17:42), sin ninguna duda porque lo hicieron con orgullo. "Se volvieron hacia el Señor, pero él no los escuchó" (íbid.), seguramente porque no cortan de raíz las faltas contra las cuales imploran auxilio.

14. Un anciano dotado de un gran conocimiento espiritual reprendió a un hermano orgulloso; pero éste, en su ceguera, le respondió: "Perdóname, Padre, no soy orgulloso." El tan sabio anciano le dijo: "¿Qué mejor indicio de esta pasión podías darnos mi pequeño, que responder: "No soy orgulloso'?"

15. A tales hombres conviene enteramente la práctica de la sumisión, una vida más rigurosa y más humillante y la lectura de tratados de virtud sobrenatural de los Padres. Pero, incluso entonces, sólo existirá una pequeña esperanza de salvación para esos enfermos.

16. Es ridículo enorgullecerse de un adorno prestado; pero la locura máxima es hacer ostentación de los dones de Dios. ¡Enorgullécete solamente de las ventajas que poseías antes de nacer! Pero todo aquello que te acaeció después de tu nacimiento, incluso tu mismo nacimiento, te lo ha dado Dios. Solamente te pertenecen las virtudes que alcanzaste sin la ayuda de tu intelecto. Pero tu intelecto te lo ha dado Dios. Todas las victorias que ganaste sin la cooperación de tu cuerpo, solamente ésas son el resultado de tus esfuerzos. Pero tu propio cuerpo es obra de Dios y no tuya.

17. No estés tranquilo antes de haber recibido tu sentencia, pensando en el invitado que ha entrado ya en la sala de bodas, y échalo a las tinieblas exteriores, atado de pies y manos (cf. Mt 22:13).

18. ¡No levantes altivo la cabeza, tú que eres tierra! Pues muchos que eran santos e inmateriales fueron expulsados del cielo.

19. Cuando el demonio ocupa su lugar en aquellos que trabajan para sí, se les aparece tanto durante el sueño, como cuando están despiertos, bajo la apariencia de un ángel santo o de algún mártir y les revela misterios o los gratifica con carismas para que estos desdichados, seducidos de esta manera, pierdan completamente la razón.

20. Incluso si miles de personas murieran por Cristo, no podríamos pagar toda nuestra deuda. Pues una es la sangre de El y otra la sangre de los servidores; quiero decir en cuanto a la dignidad, no en cuanto a la sustancia.

21 Constantemente debemos escrutar y examinar la vida de los Padres, esos iluminados que nos precedieron; y descubriremos que no seguimos de ninguna manera las huellas de su manera de vivir tan rigurosa, y que no mantuvimos con santidad la profesión monástica, sino que continuarnos llevando una vida completamente mundana.

El monje verdadero es un ojo interior al que nada distrae, cuyos sentidos corporales están inmóviles.

El monje es quien llama a sus enemigos al combate como bestias salvajes y quien los provoca cuando huyen.

El monje es quien se encuentra continuamente fuera de sí mismo y se entristece por permanecer en la vida.

Para el monje, las virtudes llegan a ser tan naturales como para otro los placeres.

Al monje, una luz indefectible le ilumina el ojo del corazón.

El monje es quien sumergió y ahogó cualquier espíritu malvado en el abismo de la humildad.

22. Olvidar nuestras faltas es obra del orgullo; en efecto, su recuerdo procura humildad.

23. El orgullo es una pobreza extrema del alma que imagina que es rica y toma las tinieblas por luz. Esta pasión impura no sólo traba cualquier progreso, sino incluso nos precipita desde las alturas de la virtud.

24. El orgulloso es una granada que está podrida en su interior, aunque reluce exteriormente de belleza.

25. El monje orgulloso no necesita del demonio; él ha llegado a ser para sí mismo un demonio y un enemigo.

26. Las tinieblas no son compatibles con la luz y el orgullo no puede conciliarse con las virtudes.

27. En el corazón de los orgullosos germinan palabras de blasfemia, pero en el alma de los humildes se alzan contemplaciones celestiales.

28. El ladrón se oculta del sol y el orgulloso desprecia a los mansos.

29. La mayor parte de los orgullosos, y no sé cómo se hace esto, se ignoran a sí mismos y creen que han llegado a ser impasibles; sólo a la hora de la muerte descubren su pobreza.

30. Quien ha sido capturado por el orgullo necesita ayuda de Dios, pues "vano es el socorro del hombre" (Sal 107:13).

31. Sorprendí a ese seductor insensato, cuando acababa de penetrar en mi corazón, llevado sobre la espalda de su madre, la vanagloria. Luego de haberlos encadenado con las ataduras de la obediencia y flagelado con el látigo de la humildad, les pregunté cómo habían penetrado en mí. Por medio del látigo obtuve de ellos esta respuesta: "No tenemos ni comienzo ni nacimiento; somos, efectivamente, el principio y la generación de todas las pasiones. La contrición del corazón, fruto de la obediencia, es nuestro enemigo declarado; no podemos soportar que alguien, no importa quién, nos dé órdenes; por eso, caímos del cielo aunque ejercíamos nuestra autoridad en él.

En una palabra, somos los creadores de todo lo que se opone a la humildad; pues todo lo que la favorece a ella está en contra de nosotros. Si incluso en el cielo teníamos tanto poder, ¿a dónde podrías huir de nuestra presencia? Acompañamos a menudo, en los que están humillados, la obediencia, la ausencia de cólera, la mansedumbre y el servicio al prójimo. Nuestros vástagos son los pecados de los hombres espirituales: la cólera, la maledicencia, la acritud, el rencor, la irascibilidad, los gritos, las blasfemias, la hipocresía, el odio, la envidia, el hábito de manejarse a sí mismo, la contradicción, la desobediencia.

Sólo existe una cosa contra la cual no podemos emprender nada y te la decimos, presionados por tus golpes: si no cesas de reprenderte sinceramente ante el Señor, nos encontrarás tan débiles como una tela de araña. Pues, tú lo ves, el caballo del orgullo es la vanagloria; está montado sobre ella. Pero la santa humildad y la reprobación de sí mismo se burlan tanto del caballo como del jinete, cantando alegremente el himno de la victoria: 'Canto a Yahvé pues se cubrió de gloria arrojando en el mar caballo y carro' (Ex 15, 1), en el abismo de la humildad."

Quien supere, si es posible superarlo, el vigésimo segundo escalón estará lleno de fuerza.


LA ESCALA ESPIRITUAL SAN CLÍMACO - PARTE 18


"LA ESCALERA DEL DIVINO ASCENSO"
DE SAN JUAN CLÍMACO





"Escala al Paraíso"
(Scala Paradisi, o Escala Espiritual)
Juan Clímaco.

Basada en la edición del Obispo Alejandro (Mileant)
Corrección e introducción: Rolando Castillo



Vigésimo primer Escalón:
de la Vanagloria en sus Múltiples Formas.

1. Algunos teólogos prefieren distinguir la vanagloria del orgullo, y le consagran un capítulo aparte. Ellos afirman que hay ocho vicios principales. Pero otros, entre ellos Gregorio el Teólogo, no describen más que siete.

Yo me inclino por estos, ya que ¿quién conserva el orgullo después de haber vencido la vanagloria?
La diferencia es la misma que existe entre un niño y un hombre; entre el trigo y el pan, porque la vanagloria es el principio y el orgullo el fin.

Es entonces la ocasión para hablar brevemente del comienzo y final de todos los vicios: la impía vanidad; ya que el que lo quiera tratar en extenso, se asemejará al que pretendiera pesar el viento.
2. La vanagloria es, en cuanto a su esencia, cambio del orden natural, corrupción de costumbres, descubridor de defectos ajenos: los orgullosos hacen estragos con sus "buenas obras" y acusan a los otros de defectos para engrandecerse ellos.

Según su calidad, la vanagloria es perversión del trabajo, pérdida de sudores, dispersión de tesoros, precursor de la soberbia, hija de la infidelidad, naufragio en el puerto, hormiga que, aunque pequeña, daña los frutos y el trabajo del labrador. Como la hormiga aguarda a que el trigo esté en el granero, así la vanagloria espera a que el hombre acopie riquezas espirituales. Aquélla goza hurtando, ésta destruyendo.

3. El espíritu de la desesperación se alegra cuando ve multiplicarse los vicios, y la vanagloria cuando ve crecer las virtudes; las múltiples llagas permiten la entrada a la primera, y la riqueza de nuestros trabajos introducen a la segunda.

4. Mira atentamente y verás que esta peste no deja al hombre sino hasta su muerte; la encuentras en sus vestiduras, en sus perfumes, en su ostentación y en todas sus cosas.

5. Como el sol que brilla para todos por igual, así la vanagloria se regocija en todas nuestras actividades. Por ejemplo: si ayuno me alabo, y cuando suspendo el ayuno, para que no me señalen, pondero mi prudencia. Si visto bien me lleno de orgullo, si me visto mal exalto la pobreza de mis vestiduras. Cuando hablo, ella me domina, y lo hace también si callo. Es como un abrojo, de cualquier forma que le tome para librarme de él, siempre me punzará.

6. El vanidoso es adorador de ídolos; aparenta honrar a Dios, pero lo que busca es complacer a los hombres, y no a Dios.

7. Todo amigo de la ostentación es vanidoso, su ayuno no tendrá recompensa ni su oración fruto, ya que lo hace por contentar a los hombres.

8. El monje vanidoso se perjudica dos veces: mortifica su cuerpo con trabajos, y no recibe recompensa.

9. Quién no observará al siervo de la vanagloria durante los cánticos, si, movido por ella unas veces ríe y otras llora.

10. Dios esconde algunas veces a nuestros ojos las virtudes que poseemos. Pero ese que nos halaga, o mejor dicho nos engaña, abre nuestros ojos con sus alabanzas, y abiertos éstos, nuestro tesoro se disipa.

11. El lisonjero es un servidor de los demonios, introductor del orgullo, destructor de la compunción, ruina de las virtudes, guía ciego; porque como dijo el Profeta Isaías:
"Los que te llaman bienaventurado son los que te engañan."

12. Un espíritu elevado soporta con coraje y alegría las injurias, y puede llegar a ser santo y elegido si huye de las alabanzas.

13. He visto hombres llorar por sus pecados e inflamarse de cólera al sentirse elogiados, y así cambiar una pasión por otra.

14. "Nadie conoce los pensamientos de un hombre sino su propio espíritu, que está dentro de él" — dice la Biblia-. Por esto avergüéncense y enmudezcan los que son llamados bienaventurados.
15. Si tu prójimo o tu amigo te critica, estando tú presente o no, es el momento de mostrarte caritativo y alabarlo.

16. Es un gran mérito sacudirse las alabanzas de los hombres, pero es mayor cuando rechazamos las de los demonios que solapadamente intentan hacernos ereer que somos algo.

17. No es humilde el que se desprecia a sí mismo y hace gala de humildad -porque ¿quién no se soporta a sí mismo? — sino aquel que a pesar de ser maltratado e injuriado guarda caridad hacia los demás.

18. Cierta vez noté que el demonio de la vanidad reveló a un monje los malos pensamientos con que había hecho prisionero a otro, para que éste, por boca del otro, oyendo lo que pasaba en su corazón, lo tuviera por profeta y lo alabase. Este es un espíritu tan poderoso que hasta puede imprimir movimiento a nuestros miembros.

19. No prestes oídos cuando este enemigo te sugiera aceptes un obispado, magisterio o doctorado, ya que es difícil ahuyentar al perro del patio del carnicero.

LA ESCALA ESPIRITUAL SAN CLÍMACO - PARTE 17


"LA ESCALERA DEL DIVINO ASCENSO"
DE SAN JUAN CLÍMACO





"Escala al Paraíso"
(Scala Paradisi, o Escala Espiritual)
Juan Clímaco.

Basada en la edición del Obispo Alejandro (Mileant)
Corrección e introducción: Rolando Castillo


Vigésimo Escalón: de la Pusilánime.

1. Los que se acogen a la vida monacal no suelen ser presa del temor; mas, los que moran en lugares apartados y solitarios, deben afanarse para que no se apodere de ellos ese necio temor, que es fruto de la vanagloria e hijo de la infidelidad.

2. El temor es una disposición pueril del alma que ya no es joven y que está llena de vanidad.

3. Temor es imaginar un peligro antes de que ocurra; es una pasión que entristece y desmaya nuestro corazón con la sospecha de los males que nos pueden acaecer, privándonos de toda confianza y seguridad.

4. El alma orgullosa es esclava del temor, ya que, plena de vanidosa confianza en sí misma, no merece el favor de Dios.

5. Los que lloran y los que se desesperan carecen de temor. Aquéllos porque conscientes de sus pecados, ya no prestan atención a temores; éstos porque, teniendo en cuenta los males presentes, no temen los futuros. Y es justo que así sea, ya que el Señor en su justicia abandona los orgullosos mientras ampara a los que se humillan.

6. Todos los pusilánimes son vanidosos, pues, en castigo de su soberbia, Dios permite que sean presa de esta vil pasión. Pero esto no significa que todos los que carecen de temor sean humildes, puesto que los ladrones y los violadores no son humildes y sin embargo carecen de temor.

7. No dudes en pasar de noche por lugares donde has sentido temor, pues si lo haces esta pasión se afirmará con la edad. Y cuando vayas, acorázate con la oración; y cuando llegues, levanta las manos y defiéndete con el nombre de Jesús, ya que no hay armas mejores en cielo y tierra. Ya libre de ese mal, alaba a Aquel que te ha liberado. Si tú eres agradecido, Él siempre te protegerá.

8. Así como uno no puede llenar su vientre con un solo bocado, así tampoco puede despedir de golpe ese temor. Cederá más rápidamente si grande es tu aflicción; el que más llora menos teme.

9. "Cuando el espíritu pasa delante de mí, se erizan los pelos de mi piel," dice Elifas (Job 4), cuando describe los artificios de este demonio.

A veces el cuerpo, y otras veces la razón, se estremecen ante el temor. Si la razón se impone, cerca está la cura. Sólo si la contrición y el dolor por nuestros pecados es grande, estamos preparados para recibir los males que nos acaecen: entonces sí estamos libres en verdad de esta pasión.

10. No es la oscuridad ni la soledad la que arma a los demonios contra nosotros, sino la pobreza de nuestras almas.

11. A veces es Dios mismo quien nos procura esta flaqueza para aleccionarnos, ya que quien sirve al Señor sólo a Él teme. Y el que no teme es librado al miedo de su propia sombra.

12. Cuando un espíritu malo se presenta, el cuerpo se atemoriza; mas en presencia de un ángel bueno, se alegra el corazón de los humildes.

Así pues, reconozcamos esta presencia; recurramos a la plegaria, porque nuestro protector viene a orar con nosotros y a ayudarnos.


LA ESCALA ESPIRITUAL SAN CLÍMACO - PARTE 16


"LA ESCALERA DEL DIVINO ASCENSO"
DE SAN JUAN CLÍMACO



"Escala al Paraíso"
(Scala Paradisi, o Escala Espiritual)
Juan Clímaco.

Basada en la edición del Obispo Alejandro (Mileant)
Corrección e introducción: Rolando Castillo



Decimonoveno Escalón: de las Vigilias


1. Entre los que se hallan cerca de los reyes de la tierra, están aquellos que no tienen más cargo que el de asistirles como principales; otros en cambio tienen un oficio, como el de portar insignias, escudo o espada.

Grande es la diferencia que hay entre unos y otros, ya que los primeros suelen ser parientes del rey, en tanto los segundos son siervos y ministros de su casa. Esto ocurre en casa de los reyes terrenales.
Ahora veamos la manera de comportarnos, ante nuestro Dios y nuestro Rey, en las oraciones y ejercicios espirituales que se celebran en la tarde y en la media noche.

Algunos se desembarazan de todo lo mundano y elevan las manos a Dios en perfecta oración, otros cantan salmos, otros se aplican a la lectura; otros, a causa de su debilidad se aplican a algún trabajo manual para luchar contra el sueño, otros hay que meditan sobre la muerte procurando así alcanzar el arrepentimiento.

De todos estos, los primeros y los últimos velan perseverantemente la noche entera como amigos de Dios; los segundos hacen lo que conviene a la vida monástica; los terceros son los que están en el grado más bajo, ya que Dios estima los servicios de acuerdo a la intención y fervor con que se le ofrecen.

2. El ojo que vela purifica el alma, la abundancia de sueño la embota.

3. El monje que vela es enemigo de la lujuria, mas el dormilón es su compañero.

4. Las vigilias apagan el llamado de la carne y libran de los sueños. El monje que vela, con los ojos llenos de lágrimas, con el corazón atento y en guardia, que examina los pensamientos y mantiene la palabra divina al calor de la meditación, mortifica y doma las pasiones, frena la lengua y aleja de sí las imágenes inútiles y vanas.

5. El monje que vela es un pescador de pensamientos; en la tranquilidad de la noche puede fácilmente examinarlos y juzgarlos.

6. El monje que ama a Dios, cuando suena la campana que llama a la oración dice: "¡Alegría, alegría!"; mas el negligente dice: "¡Ay de mí! ¡Ay de mí!"

7. Los preparativos de la mesa muestra quiénes son los golosos; el ejercicio de la oración muestra quiénes son los amadores de Dios. Los primeros se regocijan a la vista de los manjares, los segundos se ensombrecen.

8. El mucho dormir causa el olvido, la vigilia purifica la memoria.

9. Los labradores recogen sus riquezas de las eras; los monjes recogen las suyas de las oraciones de la tarde y de la noche, y de los ejercicios espirituales.

10. El sueño prolongado es un pesado compañero que nos roba la mitad de la vida, y a veces más.

11. El mal monje está siempre desvelado por las conversaciones; pero cuando llega la hora de la oración sus ojos se cierran.

12. El monje inconstante se distingue en el hablar; más cuando llega la hora de la lectura no puede mantener abiertos los ojos.

13. Al son de la trompeta final resucitarán los muertos; cuando suenan las palabras ociosas despiertan los que dormían.

14. El tirano del sueño es amigo traicionero, porque cuando ya hartos de él, se retira, somos presas del hambre y la sed.

15. El nos sugiere llevar trabajo manual a la oración, es su forma de impedir orar a los que velan.

16. Es el primer enemigo de los principiantes: o para volverlos negligentes o para abrir paso al espíritu de la fornicación.

17. Mientras no estemos libres de este enemigo, no dejemos de cantar en compañía, ya que nos avergonzaría dormir ante otros. El perro es enemigo de la liebre, y el orgullo lo es del sueño.

18. Cuando la jornada finaliza el comerciante se sienta y cuenta sus beneficios; lo mismo hace el buen monje al terminar el oficio de los salmos.

19. Después de la oración vigila, y verás cuadrillas de demonios, que por haber sido combatidos en la oración, nos asaltan luego con pensamientos e imágenes. Vela, pues, a fin de reconocer a los que en un instante nos pueden robar lo ganado en mucho tiempo. Así es como hacen andar a los monjes cual cangrejos, ya hacia adelante, ya hacia atrás.

20. Puede suceder que aún en sueños repitamos por costumbre los versos de los salmos; pero también es posible que los mismos demonios los provoquen, para que nos enorgullezcamos. Hay un tercer tipo de sueño, que yo no mencionaría si no me viera compelido a ello: el alma que medita continuamente la palabra del Señor, también en sueños la ejercita. Es una recompensa ya que evita imágenes y malos sueños.


LA ESCALA ESPIRITUAL SAN CLÍMACO - PARTE 15


"LA ESCALERA DEL DIVINO ASCENSO"
DE SAN JUAN CLÍMACO




"Escala al Paraíso"
(Scala Paradisi, o Escala Espiritual)
Juan Clímaco.


Basada en la edición del Obispo Alejandro (Mileant)
Corrección e introducción: Rolando Castillo




Decimoctavo Escalón: del Sueño, de la Oración en Comunidad.

1. El sueño es el reparar las fuerzas de la naturaleza, es imagen de la muerte y descanso de los sentidos. El sueño es uno, pero tiene diversas razones. A veces procede de la naturaleza, otras del hartazgo, de la concuspicencia, y a veces también de los excesivos ayunos, pues la carne fatigada busca olvido en el sueño.

2. Así como los que beben mucho han de vencer poco a poco esta costumbre, lo mismo deben hacer los que acostumbran a dormir mucho. Por eso al entrar en la religión, los principiantes deben luchar contra esta pasión, pues es difícil curar tal hábito.

3. Prestemos atención, y notaremos que al oír la señal de la trompeta celestial llamando a las oraciones matinales, los monjes se reúnen visiblemente; pero los demonios se reúnen invisiblemente; algunos de ellos se colocan al lado de nuestra cama y nos incitan a reposar un poco más. "Espera — nos dicen — a que acaben y podrás ir a la iglesia." Otros se ocupan de llenarnos de sueño cuando entramos en oración; otros nos traen dolores de estómago para distraernos; otros nos mueven a hablar en la iglesia; otros nos llenan de pensamientos vergonzosos; otros hacen que nos reclinemos contra la pared y a bostezar a menudo; otros nos mueven a risa en la oración; otros nos incitan a orar apresuradamente y otros a decirlas muy lentamente — no por devoción sino por el deleite que dan — , y pegándose a nuestra boca, de tal modo la cierran, que apenas la podemos abrir.

El que piensa que está en presencia de Dios y ora con verdadero sentimiento, se mantendrá inmóvil como una columna, y ninguno de los demonios de los que hemos hablado podrá escarnecerlo.

4. El verdadero obediente es ennoblecido por Dios cuando llega a la oración, y allí es maravillosamente consolado; antes de orar se prepara como un luchador para resistir pensamientos extraños, y en mérito a ello encendido y abrazado en Su amor.

5. A todos les es posible orar en comunidad; muchos prefieren hacerlo con un solo compañero animado del mismo espíritu, pero la oración solitaria es para muy pocos.

6. Cuando cantes en el coro te será imposible ofrecer una oración libre de otros pensamientos. Pero ocupa tu pensamiento en las palabras que se cantan y di una oración en espera del verso que sigue.

7. No mezcles el tiempo de la oración con otra ocupación. Da a cada cosa su tiempo. Esto es lo que el ángel enseñó al gran Antonio.


8. Como la fragua depura el oro, así la práctica de la oración descubre el celo y el amor de los monjes para con Dios.

LA ESCALA ESPIRITUAL SAN CLÍMACO - PARTE 14


"LA ESCALERA DEL DIVINO ASCENSO"
DE SAN JUAN CLÍMACO





"Escala al Paraíso"
(Scala Paradisi, o Escala Espiritual)
Juan Clímaco.


Basada en la edición del Obispo Alejandro (Mileant)
Corrección e introducción: Rolando Castillo


Decimo séptimo Escalón: de la Insensibilidad.

1. La insensibilidad, tanto si afecta al cuerpo o al espíritu, es muerte de todo sentimiento; resulta de una prolongada negligencia y lleva a la pérdida de toda sensación.

2. La insensibilidad es negligencia convertida en hábito; es negligencia calificada; porque cuando arraigó y se apoderó del alma, se convierte por costumbre en dureza y obstinación habitual, así como el agua, helada por mucho tiempo, se convierte en cristal. Es hija de la presunción, barrera del fervor, lazo de la fortaleza, atraso en la contrición, puerta de la desesperación, destierro del temor de Dios y madre del olvido, que una vez engendrado aumenta la insensibilidad, viniendo a ser, así, madre de su propia madre.

3. El insensible es un filósofo sin cordura, un predicador que se contradice, un maestro ciego que pretende enseñar a ver a los demás. Diserta sobre cómo curar las llagas mientras él mismo las irrita. Se queja de una enfermedad y no cesa de comer cosas que le perjudican. Predica contra los vicios y cae en ellos. Grita; " ¡Hago mal!" y no por eso deja de perseverar en el mal (la boca predica contra el vicio y el cuerpo lucha por alcanzarlo). Platica sobre la abstinencia y trabaja por satisfacer la gula.
Alaba la obediencia y es el primero en desobedecer; alaba las vigilias y se deja vencer por el sueño; alaba la oración y huye de ella como de un azote. Ensalza a los que no se aferran a bienes terrenos y él disputa por un trozo de paño.

Cuando se siente ahíto, se arrepiente de haber comido, y pasado un tiempo se vuelve a hartar. Dice que el silencio es bendito y habla demasiado alabándolo. Recomienda la mansedumbre y se enfada adoctrinando sobre ella. Así añade un pecado a otro pecado.

Cuando se mira a sí mismo gime, pero vuelve de inmediato a realizar las cosas que le provocaron los gemidos. Condena la risa, y sonriendo trata de la virtud del llanto; se acusa de codiciar la gloria y la busca; polemiza sobre la castidad y mira con deshonestidad. Alaba a los seguidores de la soledad, mas permanece en el siglo.

Es su propio acusador, pero no toma conciencia, no puede decir "no puedo."

4. Vi a muchos que, oyendo hablar sobre la muerte y el juicio final, lloraban; y mientras todavía derramaban lágrimas, corrían a comer. Y me maravilló ver cómo, a consecuencia de una profunda insensibilidad, esa tirana señora, la gula, puede prender al mismo llanto.

5. A pesar de mi poco saber, me parece haber descubierto las heridas que deja esta endurecida señora. Y si hay alguien que, ayudado por el Señor pueda curarlas, no dude en hacerlo. Porque yo confieso que sólo azotándola con dos látigos, uno el temor de Dios, y otro la infatigable oración, he logrado confesar mi flaqueza.

Y así esta tirana me ha dicho: "Mis aliados se ríen cuando ven los muertos, en la oración son duros como las piedras y están envueltos en tinieblas, y llegan a la sagrada mesa del altar como si fuesen a comer cualquier manjar. Cuando veo a alguien llorar, me burlo; de mi padre aprendí a matar los frutos de la generosidad. Soy madre de la risa, nodriza del sueño, amiga del hartazgo; el ser reprendida no me entristece, soy compañera inseparable de la falsa piedad."

6. Espantado y asombrado por sus palabras, le pregunté el nombre de su padre: "No tengo un solo progenitor, sino que de muchos desciendo — me dijo — . El hartazgo me fortalece, el tiempo me hace crecer, los malos hábitos me afirman. Los que conservan estas costumbres no se librarán jamás de mí."

Persevera con vigilias, medita sobre el juicio de Dios. Mira la ocasión en que nació en ti y pelea con esa madre. Entra donde están enterrados los muertos y ora, y lleva en tus ojos su imagen sin borrarla de tu memoria. Y si no dibujas con el duro pincel del ayuno, nunca vencerás.




LA ESCALA ESPIRITUAL SAN CLÍMACO - PARTE 13 -


"LA ESCALERA DEL DIVINO ASCENSO"
DE SAN JUAN CLÍMACO




"Escala al Paraíso"
(Scala Paradisi, o Escala Espiritual)
Juan Clímaco.

Basada en la edición del Obispo Alejandro (Mileant)
Corrección e introducción: Rolando Castillo



Décimo Sexto Escalón: de la Avaricia y de la Pobreza.

1. Muchos doctos hombres ponen, después del tirano del cual tratamos, al espíritu de la avaricia, que tiene mil cabezas. Como no hay razón para que nosotros, pobres ignorantes, rompamos esa regla, hablaremos primero de esta enfermedad y luego de cómo remediarla.

2. La avaricia o codicia genera ídolos, es hija de la infidelidad, inventora de enfermedades, profeta de la vejez, generadora de la esterilidad de la tierra y del hambre por venir.

3. El avaro quebranta y escarnece al Evangelio. El caritativo reparte lo que tiene; pero el que dice reunir caridad y amor al dinero se engaña.

4. El que se aflige por sus pecados se olvida hasta de su propio cuerpo, y cuando la ocasión lo pide hasta lo castiga.

5. No digas que tú amasas dinero por amor a los pobres; recuerda aquella viuda que por dos pequeñas piezas compró el reino de los cielos.

7. El que ha vencido esta pasión ha llegado a la raíz de la inquietud; aquel que es cautivo de ella no logará jamás la oración pura.

8. El comienzo de la avaricia es pretender hacer limosna, y el fin es el odio a los pobres. Mientras adquiere riquezas el hombre es a veces misericordioso, pero cuando se ve rico aprieta las manos.

9. He visto a pobres de riquezas materiales, enriquecerse viviendo entre los pobres de espíritu.

10. El monje codicioso nunca está ocioso porque piensa constantemente en las palabras del Apóstol: "El que no trabaja no come" y "Estas manos ganaron de comer para mí y para todos los que me acompañan."

11. La pobreza destierra los cuidados, la seguridad en la vida, es cambiante y libre, puerta de la tristeza y guardián de los mandamientos.

12. El monje sin bienes es señor del mundo. Él ha confiado a Dios todas sus posesiones, y por la fe todo lo posee. No tiene necesidad de revelar a los hombres sus necesidades, todo lo que le ofrecen lo toma como proveniente de la mano de Dios.

13. El trabajador espiritual sin bienes es enemigo de todo apego, tiene sus cosas como si no fueran suyas, y cuando se retira a la soledad todo lo mirará como al estiércol. Pero el que se entristece por perder algo transitorio, no sabe aún de la verdadera desnudez.

14. El hombre sin posesiones es puro en su oración, pero el codicioso ora teniendo presente las cosas materiales.

15. Los que perseveran en la obediencia, están apartados de la codicia. Porque ¿qué cosa pueden poseer los que su propio cuerpo ofrecieron por amor a Dios?

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Sólo los afecta el que debe estar siempre pronto a mudar de lugar de residencia.

16. Yo he visto a monjes que alcanzaron la virtud de la paciencia por la ocasión que se les brindó al permanecer en un mismo lugar; pero tengo por más bienaventurados a los que por amor a Dios procuraron alcanzar esta virtud.

17. El que ha gustado de los bienes celestiales, fácilmente desprecia los de la tierra; mas el que no los ha probado alegrase con las posesiones terrenas.

18. El que de una manera desatinada pretende alcanzar la pobreza, sufre un doble daño: no goza de los bienes presentes y se privará de los futuros.

19. Cuidémonos., ¡Oh monjes! de no ser menos fieles y confiados que las aves, pues ellas viven, en efecto, sin afanarse y sin acumular nada.

20. Grande es aquel que por piedad renunció a lo que poseía, pero santo es el que renunció por propia voluntad. El primero recibirá cien veces más, sea en bienes temporales, sea en bienes espirituales; pero el otro recibirá la vida eterna por herencia.

21. Las olas jamás faltan en el mar, ni la ira y la tristeza en el corazón del avaro.

22. El que menosprecia los bienes materiales está libre de luchas y discordias, pero el avaro se batirá hasta la muerte por una aguja.

23. Una fe inquebrantable llega hasta las raíces, mas el recuerdo de la muerte nos hará negar nuestro propio cuerpo.

24. No hubo en Job ni rastro de amor a la riqueza, por eso al ser privado de todo, perseveró sin problemas.

25. El amor al dinero es raíz de todos los males. Las Escrituras dicen que engendra el odio, el hurto, la envidia, la muerte, las disputas, la enemistad, el rencor, la crueldad, la dureza del corazón.

26. Una chispa basta a veces para incendiar todo un bosque. Esta sola virtud (la pobreza) basta para desterrar todos los vicios mencionados. Y nace del amor a Dios y del recuerdo del juicio final.

27. Bien sabe el lector que la avaricia es la madre de muchos males, y que uno de sus hijos es la insensibilidad, porque logra que sus siervos, los avaros, sean duros como piedras ante las cosas de Dios.

Ya mencionamos que la madre de todos los vicios es la gula, y que sus hijas son la insensibilidad y la dureza de corazón; y habiendo ya tratado de aquélla y de la avaricia — que según definición de los padres ocupa el tercer lugar en la cadena de los ocho principales vicios —, hablaremos ahora de la insensibilidad, luego del sueño, de las vigilias y del temor, porque estas enfermedades suelen ser propias de los que comienzan a servir a Dios.


LA ESCALA ESPIRITUAL SAN CLÍMACO - PARTE 12 -

"LA ESCALERA DEL DIVINO ASCENSO"
DE SAN JUAN CLÍMACO




"Escala al Paraíso"
(Scala Paradisi, o Escala Espiritual)
Juan Clímaco.


Basada en la edición del Obispo Alejandro (Mileant)
Corrección e introducción: Rolando Castillo



Decimoquinto Escalón: de la Castidad.

1. Ya hemos visto que la concupiscencia era uno de los hijos de la gula. Un ejemplo lo tenemos en nuestro padre, el viejo Adán, que al no conocer la gula no conocía de modo lujurioso a su mujer Eva. Éste es el motivo por el cual los que observan el primer mandamiento de la abstinencia, no suelen quebrantar el segundo y permanecen como hijos de Adán (antes de su caída); son un poco menos que ángeles, ya que no son inmortales como ellos.

2. La castidad nos aproxima a la naturaleza incorpórea de los ángeles. La castidad es el aposento de Cristo. La castidad es escudo celestial del corazón. La castidad es abnegación de la naturaleza humana y vuelo maravilloso del cuerpo mental y corruptible hacia lo inmortal e incorruptible. Casto es el que con un amor venció otro amor; el que, con el fuego del espíritu, venció al de la carne.

3. Abstinencia es un término general que se aplica a todas las virtudes, porque toda virtud se puede llamar abstinencia y freno del vicio opuesto. Casto es el que ni en sueños altera de algún modo su estado, y el que permanece insensible a la presencia de cualquier cuerpo o figura.

4. Esto rige la perfecta castidad: debemos mirar, con la misma simplicidad, tanto los cuerpos animados como los inanimados, tanto los racionales como los irracionales.

5. El que trabaja por alcanzar la castidad no debe pensar que lo logrará con su propio esfuerzo (nadie vence su propia naturaleza). Sólo con la ayuda de Él lo logrará, pues es sabido que lo débil es vencido por lo más fuerte.

6. El comienzo de la castidad reside en no permitirse ciertos pensamientos; de este modo, al sufrir de tiempo en tiempo poluciones, éstas no estarán acompañadas de imágenes. El fin es mantener controlados los movimientos sensuales.

7. No es casto solamente el que se conservó limpio del lodo de la carne, sino, mucho más, el que dominó sus miembros con la voluntad de su espíritu.

8. Feliz es aquel cuyo corazón no se altera ante la contemplación de ningún cuerpo ni belleza.

9. Feliz el que, por el amor y la contemplación de las bellezas celestiales, vence los peligros de las imágenes captadas por sus ojos.

10. El que rechaza este vicio con la oración, se asemeja al que combate contra un león; aquel que lo domina con el arrepentimiento, se parece al que aún persigue a su enemigo; pero aquel que definitivamente desarmó y aniquiló el ímpetu de esta pasión, aunque esté con vida, es como si ya hubiera resucitado de su tumba.

11. Así como es una característica de verdadera castidad no padecer ni en sueños movimientos sensuales, es ciertamente característico de la sensualidad de nuestro espíritu, sufrir poluciones estando despierto.

12. El que combate este adversario con sudores y trabajos se asemeja al que derriba a su enemigo con una honda; el que lucha con abstinencias y vigilias lo hiere con una maza; pero el que pelea con humildad, mortificando su ira y deseando los bienes celestiales, se asemeja al que mata a su enemigo y lo entierra bajo la arena. Por arena entiendo la humildad, que vence de tal forma que no da lugar a vanagloriarse después de la victoria, pues demuestra al hombre que es polvo y ceniza.

13. Así algunos tienen preso a este vicio con las cadenas de trabajos, otros con profunda humildad, otros con la luz celestial. A los primeros podemos compararlos con el lucero de la mañana, a los segundos con la luna llena y a los terceros con el sol de mediodía y cada uno tiene su lugar en el cielo. A la aurora sucede la luz y con ésta se eleva el sol. Reflexionando veremos cómo podemos aplicar esto a lo que hemos dicho.

14. La raposa se hace la dormida para cazar el pájaro, y el demonio nos permite fingir caridad para que luego, confiados, caigamos.

15. No te fíes de ti mismo antes de haber comparecido ante Cristo.

16. No confíes en que la virtud de tu ayuno pueda impedir tu caída, porque tampoco comía el que fue precipitado del cielo a los abismos.

17. Ciertos doctos varones definen así a la renunciación; es lucha perpetua contra el cuerpo y contra la gula.

18. La caída de los principiantes sucede por su entrega a los deleites y por el buen trato que prodigan a sus cuerpos. Los que algo han progresado caen por la soberbia de su espíritu. Más los que se aproximan a la perfección, si caen, lo hacen por juzgar a los otros.

19. Algunos proclaman bienaventurados a los eunucos, porque estos están libres de la tiranía de la carne; pero yo proclamo bienaventurados a los que se hicieron ellos mismos eunucos con el trabajo de cada día, pues ellos se castraron con el cuchillo de la razón.

20. Vi algunos que cayeron vencidos más por la pasión que por voluntad (aunque no pudo faltar voluntad si hubo culpa). Vi otros que voluntariamente querían caer — para mí más miserables que los que caen cada día —, y que habían llegado a tal estado que no querían desprenderse del vicio.

21. Miserable es el que cae, pero lo es más el que causa la caída de otro, porque éste lleva su carga y la ajena.

22. No esperes vencer al demonio de la fornicación discutiendo con él, ya que nuestra misma naturaleza lo ayuda en la disputa.

23. Presume en vano el que dice que por sí mismo vence su carne, pues si el Señor no destruye la morada de la carne y edifica la del espíritu, en vano se ayuna y en vano se vela.

24. Presenta ante el Señor tu flaqueza; reconoce tu miseria y así recibirás el don de la castidad.

25. Los lujuriosos sienten perpetuo apetito de gozos corporales. Así me lo confió un hombre, el cual había experimentado tanto la sensación de amor por los cuerpos como ese espíritu impúdico que se instala de manera manifiesta en el corazón haciéndole padecer dolor y tormento. También logra que el hombre no tema a Dios, que desprecie la evocación de los tormentos eternos y que aborrezca la oración, privándole así del uso de la razón por la fuerza de la concupiscencia. Y si Dios no disminuyera la fuerza y abreviara los días de este demonio, no lograrán escapar de él los humanos.

Esto no nos debe asombrar, ya que todas las cosas creadas desean unirse a su semejante: la sangre desea la sangre, el gusano al gusano, el barro al barro y la carne a la carne. Así los monjes, luchando contra la naturaleza, pretendemos alcanzar el reino de los cielos con mañas, diligencia y gracias, y engañar y vencer a nuestro embaucador. ¡Bienaventurados los que no han experimentado ese tipo de batalla!

Debemos suplicar a nuestro señor que nos libre de caer por este despeñadero, ya que aquellos que por él cayeron están muy lejos del borde, y los que desean ascender pasan por muchos dolores, aflicciones y trabajos, hambre y sed.

26. Así como en las batallas no todos pelean con las mismas armas, así también los enemigos de nuestro espíritu tienen su manera de luchar, su oficio y su puerta de entrada.

27. Hay tentaciones más fuertes que otras, pero, si no se reparan y se hace penitencia por las menores, pronto se caerá en las mayores.

28. Es costumbre del demonio atacar con todo ímpetu y malicia a quienes, viviendo la vida monástica, están en medio de la batalla. Les tienta, entonces, con vicios contrarios a la naturaleza, ignorando, el muy miserable, que no estarán libres aun cuando viesen mujeres, pues donde hay mayor caída no es necesaria la menor.

29. Así acomete este demonio; en primer lugar, porque la tentación está más a mano, y en segundo lugar porque la caída, al ser más grave, es merecedora de mayor castigo.

Ejemplo tenemos en aquel joven que, como leemos en la vida de los Padres, llegó a tan alto grado de virtud que mandaba a los asnos y les hacía servir, y a quien San Antonio comparó a un navío cargado de ricas mercancías en medio de un mar infinito. Este mozo, sin embargo, cayó miserablemente, y llorando sus pecados dijo a unos monjes que pasaban: "Decidle a San Antonio que ruegue a Dios me conceda diez días de penitencia." Cuando oyó esto, el santo varón lloró y dijo: "Una gran columna de la iglesia ha caído hoy."

Así, el que mandaba las bestias, fue burlado y derribado. San Antonio no quiso aclarar el motivo a su caída; él sabía que uno puede pecar corporalmente sin tocar otro cuerpo. Y ya no diré más, ya que detiene mi pluma aquel que dijo: "Lo que los hombres hacen en secreto, no debe ser dicho ni oído."

30. Es a esta carne, que es nuestra y que no lo es, que es nuestra amiga y nuestra enemiga, a la que San Pablo llamó muerte: " ¡Desventurado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?." Otro teólogo la llamó "viciosa," "esclava" y "oscura como la noche." ¿Cuál es la razón de estos apelativos?

31. Ya que si la carne es una muerte ¿por qué se dice "el que venciera la carne no morirá?."

32. Yo ruego sobre todo reflexionar: ¿quién es más grande?, ¿el que muere y resucita o el que nunca ha muerto del todo? Los que proclaman al segundo olvidan que Cristo murió y resucitó. Más los que tienen por bienaventurados al primero no consideran la desesperación de los que han caído.

33. El espíritu de la fornicación nos pinta a Dios como nuestro amigo, el cual perdona fácilmente esta pasión por ser natural a los hombres. Pero, si prestamos atención, veremos que estos mismos demonios, una vez cometido el pecado, nos presentan a Dios como juez justo e inexorable. Así, antes del pecado, nos muestran su clemencia para incitarnos a pecar, y después del pecado, su inviolable justicia para desesperarnos; luego nos encontramos por largo tiempo tan sumergidos en la desesperación y la tristeza, que no podemos reprocharnos nuestra falta ni hacer penitencia. Y apenas mueren esa desesperación y esa tristeza, ya vuelven esos tiranos a proclamar la clemencia divina a fin de volver a derribarnos.

34. El Señor es incorruptible e incorporal, por eso se regocija con la castidad y con la pureza de nuestros cuerpos. Por el contrario los demonios se regocijan con el cieno de nuestra lujuria.

35. La castidad hace al hombre unirse íntimamente con Dios y asemejarse a El en el mayor grado posible.

36. La tierra, rociada con agua5es la madre de los frutos; la vida solitaria y obediente es madre de la castidad. La pureza de nuestro cuerpo, alcanzada en la soledad, peligra cuando nos acercamos al mundo; pero cuando esa pureza es fruto de la obediencia, se mantiene firme.

37. He visto al orgullo conducir a la humildad, y recordé al que dijo: "¿Quién conoce los pensamientos del Señor?" La soberbia es fruto del orgullo y nos conduce al abismo. Pero esa misma caída ha servido, a quienes quisieron aprovecharla, como oración y motivo de humildad.

38. El que pretenda vencer al espíritu de la fornicación comiendo y bebiendo es como aquel que pretende apagar un incendio con aceite.

39. Quien se esfuerza por vencer con la abstinencia solamente, es como si quisiera huir nadando. Puesto que siendo la humildad compañera inseparable de la abstinencia, ésta no es nada sin aquélla.

40. Quien fuera tentado principalmente por una pasión, deberá armarse principalmente contra ésta, ya que si no la venciera, de poco le servirá luchar contra las otras. Cuando hubiera vencido a este "egipcio," seguramente verá a Dios en la zarza de la humildad.

41. Una vez fui tentado a sentir en mi alma cierta alegría que el astuto había despertado para engañarme; pensé, como un niño, que había cogido un fruto. Después reconocí el engaño. Allí aprendí cuan abiertos debemos tener los ojos para reconocer los peligros.

42. "Todos los pecados que comete el hombre son exteriores a su cuerpo, pero aquel que se deja llevar por la lujuria peca contra su propio cuerpo," dice el Apóstol.
Cuando los hombres cometen otros pecados decimos que fueron engañados, mas cuando pecan en éste decimos que cayeron. Ello se debe a que este vicio ahoga la dignidad esencial del hombre y lo transforma en una bestia por la fuerza del placer, que lo emborracha y empapa sus sentidos derribándolo del trono de la dignidad racional, haciéndolo caer en la bajeza de la naturaleza bestial.

43. Así como los peces rápidamente huyen del anzuelo, así huyen de la soledad los espíritus sensuales.

44. Cuando el demonio quiere ligar a dos personas con este vicio, escudriña las condiciones e inclinaciones de cada uno para saber dónde prenderá el incendio.

45. Los amigos de la sensualidad son de corazón tierno, inclinados a la compasión y a la misericordia, — y por eso caen más fácilmente- mientras que los castos son rigurosos, severos; sin embargo, no por esto la castidad pierde su valor ni aquel vicio su fealdad.

46. Un hombre sabio me propuso este difícil problema. Dime cuál es el pecado más grande de todos, dejando aparte el homicidio y la negación de Dios. "Como yo respondiera que la herejía, me replicó: "¿Cómo entonces la Iglesia recibe a los herejes una vez que han abjurado, y les permite participar en los sagrados misterios como lo ordenaran los Apóstoles?" Espantado no me atreví a responder, y la cuestión quedó sin respuesta.

47. Al tiempo que cantamos salmos y asistimos a los oficios, examinemos si la dulzura que sentimos viene del Espíritu Divino o del mal espíritu que se mezcla con él.

48. Joven, no te fíes, pues yo he visto hombres orar con toda su alma por los que querían, y que creyendo cumplir con la caridad, eran tentados por el espíritu de la lujuria.

49. A veces un roce logra que el cuerpo reaccione, ya que no hay, al parecer, cosa más delicada ni peligrosa que el sentido del tacto. Acuérdate de aquel religioso que envolvió su mano para tocar la de su madre, ejemplo que debes seguir para guardar tus manos del tacto propio o ajeno.

50. Pienso que persona alguna podrá llamarse verdaderamente santo si no ha logrado sujetar su cuerpo al espíritu, tanto como en esta vida pueda hacerse.

51. Cuando yacemos acostados es el momento de estar más atentos a Dios, pues siendo entonces cuando el espíritu lucha contra los demonios, si se hallase enlazado en deleites caerá fácilmente.

52. Que el pensamiento de la muerte se acueste siempre contigo y te despierte la oración que nos enseñó Jesús. No hallarás ayuda más eficaz que ésta para el tiempo del sueño.

53. Algunos piensan que las poluciones y los sueños sensuales proceden solamente de la ingestión de manjares, pero yo conozco a quienes gravemente enfermos o sujetos a abstinencia los padecían lo mismo. Interrogué sobre esto a un monje muy discreto y espiritual y él me dijo: "La polución durante el sueño puede proceder, tanto de la abundancia de manjares y del regalo del cuerpo, como por habernos ensoberbecido del tiempo transcurrido sin padecerlas. También sucede cuando juzgamos o condenamos a nuestro prójimo. Estas dos últimas y aún las tres pueden acaecerle a los enfermos."

Si hay quien se halle libre de estas causas, lo es por la gracia divina. Y si lo padece sin culpa suya, es sólo por envidia del demonio. Dios permite que así ocurra para afirmar la virtud de la humildad.

54. Que nadie recuerde durante el día los sueños que tuvo por la noche, porque es así como pretenden vencernos los demonios mientras estamos despiertos.

55. Oigamos otra astucia de nuestros enemigos. Así como algunos alimentos nos hacen daño inmediatamente y otro tiempo después, así ocurre con las causas con que el demonio pretende derribar nuestro espíritu. He visto hombres que comiendo regaladamente no eran tentados, y otros que tratando con mujeres no eran acometidos por malos pensamientos. Pero que luego, en la soledad de su celda, confiados en esa paz y seguridad, caían solos en el despeñadero. Sólo el que lo ha experimentado lo puede saber.

56. En estas circunstancias puede ayudar mucho el cilicio, la ceniza, la vigilia en constante oración, el hambre y la sed, el habitar en tumbas, sobre todo la humildad de corazón y, si fuera posible, la ayuda del padre espiritual o del hermano solícito.
Pues yo me maravillaría si alguno, por sí mismo, pudiera guardar su nave en golfo tan peligroso; aunque para Dios no hay cosa imposible.

57. También es de notar que no se pena de la misma manera la misma culpa, porque aunque la culpa sea una, como las circunstancias y las personas son diferentes, así lo serán las penas. La gravedad se basa en la profesión y el estado de cada uno; el orden sacro que tiene, su vida espiritual, los lugares, las costumbres, los beneficios recibidos y otras cosas semejantes, porque está escrito: "A quién más dieren, más estrecha cuenta le pedirán."

58. Un religioso me expuso un admirable grado de castidad. Me dijo que mirando la hermosura y gracia de los cuerpos, surgía en su espíritu una gran admiración por el artífice que los había formado, y con este espectáculo crecía su amor y lloraba. Así, lo que para otro era caída, para él era recompensa. Si los hombres perseverasen de esta manera, habrían alcanzado la gloria de la incorruptibilidad antes de la común resurrección.

59. Por la misma regla nos habremos de regir al oír música y cantos profanos. Porque los que aman ardientemente a Dios, incrementan su amor tanto con la música seglar como con la espiritual. En cambio los hombres sensuales incentivan con ellas su perdición.

60. Algunos, como ya dijimos, son tentados en lugares apartados. Cosa que no nos debe maravillar, porque allí moran mejor los demonios que fueron desterrados, para nuestro bienestar, a los desiertos y abismos por mandato del Señor.

61. El demonio de la lujuria le hace la guerra al solitario para impulsarlo a retornar al mundo con el pretexto de no encontrar seguridad en su retiro. Y, por el contrario, se aparta de nosotros cuando vivimos en el mundo para que, confiados, continuemos viviendo con los seglares.

62. Debemos siempre luchar contra nuestro enemigo, pues si no lo combatimos se comportará como amigo nuestro.

63. Cuando nos encontremos por necesidad en el mundo, la mano de Dios nos protegerá -y la oración de nuestro padre espiritual también — para que el nombre del Señor no sea blasfemado por nuestra culpa. Ocurre que a veces no sentimos las tentaciones por estar tan habituados a los males o (como dijo un santo varón) porque nuestros pensamientos ya se han hecho demonios. Otras veces los demonios se van y nos dejan para dar cabida a la soberbia que toma el lugar de todos los otros.

64. Vosotros, que habéis resuelto alcanzar y conservar la castidad, escuchad esta otra astucia y poneos en guardia. Me contó un padre (que lo había experimentado) que el espíritu de la fornicación se escondía hasta el fin, incitándole, en principio, a hablar con mujeres predicándoles sobre la muerte, el juicio y la castidad, para que ellas acudiesen a él como al lobo disfrazado de pastor. Y cuando el atrevimiento haya crecido con la costumbre, el monje será tentado y caerá en el vicio.

65. Evitemos con toda diligencia no mirar el fruto que no queremos gustar. No pretendemos ser más fuertes que el profeta David, quien tan feamente cayó.

66. Es tan alta y singular la gloria que se alcanza con la castidad, que algunos padres se atrevieron a llamarla impasibilidad, haciendo al hombre casto casi celestial y divino.

67. Otros dijeron que después de haber gustado de este vicio, era imposible llamarse casto. Mas yo digo que no solamente es posible, sino también fácil, para el que se convierte y une a Dios por verdadera penitencia. Recordemos, si no, a aquel Santo que tuvo suegra, fue casado y mereció recibir las llaves del Reino.

68. La serpiente de la lujuria es de muchos colores. A los vírgenes los incita a experimentar, a los que ya no lo son, los acomete con los recuerdos de los deleites pasados. Entre los primeros hay muchos a los que la ignorancia los hace menos pasibles de la tentación, pero los segundos son los que batallas más crueles padecen (aunque a veces puede suceder lo contrario).

69. Cuando nos despertamos bien dispuestos y en paz es porque los santos ángeles nos han consolado secretamente, y esto lo hacen cuando el sueño nos llega en pleno recogimiento y oración. Mas si nos despertamos mal dispuestos es como resultado de sueños e imágenes malas.

70. Vi al impío, furioso contra mí, como los cedros del monte Líbano, y pasé frente a él por medio de la abstinencia y su furia se aplacó; y le busqué humillando mis pensamientos y no le hallé; porque la abstinencia aplaca su furia, pero la humildad lo derriba.

71. El que venció su cuerpo ha vencido la naturaleza,· y el que lo logró es superior a la naturaleza y poco menos que los ángeles.

72. Es maravilloso que una cosa material y corpórea pueda combatir y vencer a sustancias espirituales e inmateriales como son los demonios.

73. El Señor, en su bondad, donó a las mujeres el pudor para poner freno a su atrevimiento; de no ser así, grave peligro correría la salvación de los hombres.

74. Los padres dotados de discreción diferencian varios movimientos: la tentación, la tardanza del pensamiento, el consentimiento y la lucha, el cautiverio y la pasión del espíritu.

La tentación es — para ellos — una imagen que se presenta en nuestro corazón y pasa pronto.
La tardanza es el detenerse a mirar esa imagen, con o sin pasión.
El consentimiento es inclinar nuestro espíritu hacia esa imagen con cierto deleite.

Luchar es el combate que provoca el hombre por su virtud y en el cual, por propia voluntad, vence o es vencido.

Cautiverio es cuando nuestro corazón se deja llevar por la pasión, destruyendo el buen estado del alma.

Dicen que la pasión propiamente dicha es el mal que después de un tiempo se asienta en nuestro 
espíritu y que por fuerza de la costumbre se transforma en hábito.

De todos estos movimientos, el primero es sin pecado; el segundo tiene algo de pecado, pero aún se puede impedir; el tercero es de mayor o menor culpa, según sea el grado de perfección del tentado; el cuarto es el causante de premios y gloria; el quinto se diferencia según se manifieste al tiempo de la oración o fuera de ella, a través de pensamientos pecaminosos o sin importancia; el sexto, sin duda, se purgará en esta vida por la penitencia o se castigará en la otra.

El que corta de raíz el primer movimiento, de golpe cortará los otros.

75. Otros padres dotados de más alto espíritu y discreción, señalan otro tipo de movimiento más sutil que los anteriores: el "impulso," que es un movimiento momentáneo que pasa por el espíritu por brevísimo tiempo y a veces sin participación del intelecto. Si alguien, conociendo la flaqueza e inestabilidad del hombre, recibiera la iluminación divina para reconocer la sutileza de este pensamiento, podría decirnos que una simple mirada, un roce o una melodía permiten que el espíritu sufra este súbito deleite.

76. Dicen algunos que los pensamientos lujuriosos nacen de movimientos corporales. Otros, por el contrario, afirman que los sentidos del cuerpo engendran los malos pensamientos. Aquellos sostienen que si el espíritu y la razón no concuerdan no se lograrán movimientos. Los segundos alegan en su favor que la malicia (que nos vino con el pecado) nace de la visión de algo hermoso, del tacto, de un aroma o de una dulce melodía, lo que es suficiente para engendrar en nuestra alma pensamientos lujuriosos.

Sobre esto podrá enseñar más claramente el que haya sido iluminado por el Señor, ya que son cosas necesarias para alcanzar la virtud de la discreción; mas para aquellos que se apoyan en la simplicidad del corazón tiene poca importancia. Pues no todos poseen la ciencia, ni todos poseen la bienaventurada simplicidad, que es verdadera coraza contra las maldades de los malos espíritus.

77. Hay pasiones que del alma pasan al cuerpo y otras que hacen lo contrario. Esto es común a los que habitan en el mundo y lo otro a los que viven fuera de él. Sobre esto puedo decir solamente: Buscarás en los malos la prudencia y no la encontrarás.
78. Cuando luchamos con el demonio de la fornicación y lo expulsamos de nuestro corazón con el ayuno y lo cortamos con el cuchillo de la humildad, al verse desterrado de nuestro espíritu se apega a nuestro cuerpo provocando movimientos sensuales.

79. Esta tentación suelen padecerla los que están sujetos a la vanagloria, porque celebrando el verse librados de pensamientos impuros, se inclinan hacia otra pasión: el orgullo.

Así lo testimoniarán los que se recogieran en la soledad, ya que si allí hicieran examen de conciencia hallarían este pensamiento escondido en lo más secreto de su corazón, que, como serpiente en un albañal, les había dado a entender que habían alcanzado esa virtud.

Y no recuerdan los orgullosos las palabras del Apóstol: "¿Qué tienes tú que no hayas recibido por gracia de Dios, por Su mano, por la oración y la ayuda de otros?"

Que se examinen y trabajen diligentemente a fin de desterrar aquella serpiente de los escondrijos de su corazón, para que, librados de ella, puedan quitarse del todo las pieles de los afectos carnales y mortales y cantar a Dios el himno triunfal de la pureza que cantan los castos niños del Apocalipsis, por haber sido librados de la corrupción.

80. Este mal espíritu acostumbra aguardar la ocasión propicia para acometernos.

81. Por eso, los que no han alcanzado la perfecta oración del corazón, les conviene ejercitarse en la oración corporal, es decir, levantar las manos en alto, golpearse el pecho, elevar los ojos al cielo, gemir y permanecer de rodillas.

Claro está que cuando estamos en compañía no podemos hacer esto, y es entonces cuando principalmente nos ataca, y también cuando no estamos protegidos con la firmeza del buen propósito y con la secreta virtud de la oración.

Si es posible, recógete en lugar secreto y eleva los ojos interiores de tu alma, y si no puedes, por lo menos levanta tus ojos al cielo y extiende en cruz tus brazos, para que con tu modo de orar desbarates el poder de Amalee y lo confundas. Llama a gritos al que te puede salvar, no con palabras elocuentes y sabias, sino con una simple y humilde oración. Para comenzar di: "Apiádate de mí. Señor, porque estoy enfermo." Entonces conocerás por experiencia propia el poder del Altísimo y con el socorro invisible del Señor perseguirás invisiblemente a los invisibles enemigos. Quien de este modo pelea, podrá perseguir y poner en fuga a sus enemigos. Esta forma de rápida victoria le es otorgada, y con razón, a los fieles obreros de Dios.

82. Estando en una reunión, noté a un solícito y virtuoso monje, que al ser molestado por el demonio con malos pensamientos, y no teniendo allí lugar para orar del modo arriba descrito, fingió que iba a cumplir con sus funciones naturales y allí comenzó a pelear a sus enemigos con fortísima oración. Extrañado yo por lo poco digno del lugar, me dijo: "¿Por qué te parece poco conveniente el sitio? Me perseguían sucios pensamientos y yo, en este desaseado lugar oré y supliqué al Señor me limpiase de ellos y Él así lo hizo."

83. Todos los demonios se esfuerzan por oscurecer nuestra inteligencia a fin de poder sugerirnos lo que pretenden, ya que si el espíritu no cierra los ojos, nuestro tesoro no podrá ser robado. Pero el espíritu de la fornicación es el que más fuerza tiene para lograr esta ceguera. Cuando lo logra, induce al hombre a
cometer locuras, y éste, al volver en sí, se avergüenza de sus actos, palabras y gestos, atónito al notar la gran ceguera en que cayó.

84. Arroja de ti al enemigo que después de pecar te impide obrar bien, orar y velar, acordándote del que dijo: "A causa de los pesares que me causa este espíritu tiranizado por su disposición al mal, lo vengaré en sus enemigos.

85. ¿Quién venció su cuerpo? El que quebrantó su corazón. ¿Quién quebró su corazón? El que se negó a sí mismo. Porque ¿cómo no ha de quedar despedazado y deshecho el que a su propia voluntad ha matado?

86. Existe un tipo de hombre que habiendo llegado a tal extremo de maldad, comenta con gran placer y contento sus deshonestidades y maldades.

87. Los pensamientos impuros del corazón son generalmente inspirados por el seductor demonio de la lujuria. El remedio para oponérsele es la abstinencia.

88. ¿De qué manera podría prender a este amigo mío, que es mi cuerpo para examinarlo y juzgarlo? No lo sé. Porque si lo ato, se suelta. Antes de juzgarlo, me reconcilio con él. Antes de castigarlo, pienso en su salud. Así ¿cómo ataré al que naturalmente amo? ¿Cómo me libraré del que de por vida estoy atado? ¿Cómo destruiré al que me resisto a destruir? ¿Cómo haré casta e incorrupta una naturaleza corruptible? ¿Cómo razonaré con aquel que no sabe de razones, pues tanto se asemeja a las bestias?

Si lo encadeno con el ayuno, paso a juzgar a mi prójimo y de nuevo lo libero. Y si, no juzgando logro vencer, se levanta en mí la soberbia. Él es mi aliado y mi enemigo, colaborador y adversario, defensor y traidor. Si lo complazco, me combate; si lo aflijo, me debilita, si le doy descanso se envanece y no quiere sufrir después castigos; si lo entristezco demasiado, me pongo en peligro; si lo hiero me quedo sin instrumento para alcanzar la virtud.

¿Quién puede, pues, entender este secreto que está dentro de mí? ¿Quién sabrá la causa de armonía tan extraña, que hace que yo mismo me sea amigo y enemigo?

Dime pues, compañera mía, naturaleza mía, dime cómo librarme de ti. ¿Cómo huir de ti, natural peligro, si tengo prometido a Cristo tomar armas contra ti? ¿Cómo venceré tu tiranía?

Y ella quizás me respondiera: "Voy a decirte lo que ya ambos sabemos. Mi padre es el amor natural que tiene la carne, mi hermana es la sensualidad. Tengo un ama que me obsequia, la gula (porque sin ella no hay placer corporal). Yo concibo maldades y luego doy a luz caídas y miserias que son las causantes de la desesperación.

Si con todo esto llegas a lo profundo de tu miseria y de la mía, sabrás que humillándote me atarás las manos; que si abatieras a la gula me atarías los pies, que si pusieras tu cerviz bajo la obediencia, quedarías casi libre de mí, y que si poseyeras la virtud de la humildad, me cortarías la cabeza.


EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís