FRASES PARA SACERDOTES

"TODO LO QUE EL SACERDOTE VISTE, TIENE UNA BATALLA ESPIRITUAL". De: Marino Restrepo.

Una misa de campaña en medio de las bombas


Al césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Así como este Santo sacerdote quiero decir que primero sirvamos a Dios y después, a los hombres.

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LA ESCALA ESPIRITUAL SAN CLÍMACO - PARTE 29 (última entrega)



Carta al Pastor (Final).

1. En este libro de la tierra, venerable Padre, te ubiqué en el último lugar de todos; pero confío en que, en aquel de lo alto, nos precedas a todos, porque es verdadera la palabra que nos dice que aquellos que son los últimos en su propio pensamiento, serán los primeros en dignidad (cf. Mt 20:16).

2. El verdadero pastor es aquel que, por su bondad, su celo y su oración, es capaz de buscar y de volver al buen camino las ovejas racionales que están perdidas.

3. El piloto es aquel que obtuvo, por la gracia de Dios y por sus propios trabajos, una fuerza espiritual que lo vuelve capaz de arrancar el barco de las olas desencadenadas y del propio abismo.

4. El médico es aquel que alcanzó la salud del cuerpo y del alma, y no necesita ningún remedio para ellos.

5. El maestro verdadero es el que lleva en sí mismo el libro espiritual del conocimiento escrito por la mano de Dios, es decir, por la obra de la iluminación que viene de Él y que no necesita ningún otro libro.

6. Es una vergüenza para los maestros enseñar copiándose de otros, como para los pintores reproducir solamente antiguas pinturas.

7. Cuando instruyes a aquellos que están más abajo que tú, enseña lo que está en lo alto, ya que tú mismo eres instruido por lo alto; y que tu posición visible te enseñe lo que es invisible.

8. No olvides estas palabras: "Yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo" (Ga 1:12). Pues es imposible que los que yacen en tierra curen a los otros.

9. Un buen piloto salva su barco y un buen pastor vivifica y cura a sus ovejas enfermas. Cuanto más fielmente sigan las ovejas al pastor y hagan progresos, tanto más responderá por ellas ante el Señor de la casa.

10. El pastor debe arrojar las piedras de sus palabras a las ovejas que permanecen atrás por negligencia o por gula; esto también es indicio de un buen pastor.

11. Cuando las ovejas, como consecuencia del ardor del sol o más bien del cuerpo, comienzan a tener su alma llena de torpeza, el pastor mira hacia el cielo y las vigila más. A menudo, en esos momentos de gran calor, muchas de ellas llegan a ser presa de los lobos. Por lo demás si inclinan la cabeza de su alma hacia la tierra, como se ve que hacen habitualmente las ovejas en el tiempo del calor, veremos que cumplen estas palabras: "Un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias" (Sal 50:19).

12. Si las tinieblas y la noche de las pasiones sorprenden al rebaño, el perro debe permanecer inmóvil, vuelto hacia Dios, montando guardia en la noche. No sin razón, debes ver en este perro a tu intelecto, a quien le gusta hacer huir a las bestias salvajes.

13. Una particularidad con que dotó nuestro buen Señor a nuestra naturaleza es que el enfermo, a la sola vista del médico, siente alegría, incluso si no recibe de él ningún alivio.

14. Venerado Padre, procúrate tú también emplastos, pociones, polvos, colirios, esponjas, lancetas, elementos para cauterizar, ungüentos, somníferos, un bisturí, vendajes y lo que se llama antináusea. Si nos falta todo esto, ¿cómo mostraremos nuestra ciencia? Será imposible, pues no son las palabras sino las obras lo que se recompensa.

El emplasto es el tratamiento de las pasiones externas, es decir corporales. La poción es el tratamiento de las pasiones internas y el medio de evacuar las manchas visibles. El polvo es la humillación, que es una acción cáustica, y limpia la purulencia del orgullo. El colirio es la purificación del ojo del alma, turbado y oscurecido por la cólera; es una reprimenda acerba que sana en poco tiempo. La lanceta es la evacuación rápida de una hediondez invisible, es una intervención enérgica y cortante por la salvación de los enfermos. La esponja corresponde a los cuidados y al alivio que después del sangrado o de la operación quirúrgica prodiga el médico al enfermo por medio de palabras reconfortantes, benevolentes y amables. Los elementos para cauterizar son una pena y un castigo infligidos por un tiempo, con intención misericordiosa. El ungüento es la confortación procurada al enfermo, después de ser cauterizado, gracias a las palabras o a un leve consuelo. El somnífero consiste en tomar sobre sí el peso del discípulo y procurarle, a través de la obediencia, el reposo, el sueño vigilante y la ceguera bienaventurada que le impide ver el bien que hay en él. Los vendajes consisten en asegurar y aferrar estrechamente por medio de la paciencia, hasta la muerte, a aquellos que habían sido debilitados por la vanagloria. Y en último lugar, el bisturí es la decisión y la resolución de cercenar un cuerpo cuya alma está muerta y tiene un miembro en-gangrenado, para que no le comunique a los otros su propia infección.

15. Bienaventurados los médicos que no están sujetos a las náuseas y los superiores que poseen la impasibilidad; pues los primeros, al no estar esqueados por nada, pueden dispensar cuidados diligentes a pesar de la gran hediondez, y los segundos tienen fuerza para resucitar cualquier alma muerta.

16. Una de las cosas que el superior debe pedir en sus oraciones es mostrar afecto por todos y tener en cuenta los méritos de cada uno y sus disposiciones. Si no, como Jacob, correrá el riesgo de perjudicar a la vez a aquel que ama con predilección y a sus compañeros (cf. Gn 37:3-4); corre el riesgo de que le ocurra si no tiene todavía perfectamente ejercitados los sentidos del alma para discernir el bien del mal y lo que está entre los dos.

17. Es una gran vergüenza para un superior obtener, a través de sus oraciones, algo para su discípulo que él mismo no posee todavía.

18. Los que vieron el rostro del rey, y ganaron su amistad, pueden reconciliar de ahora en más a los oficiales con el rey e incluso a extranjeros o enemigos, si lo desean, y obtener que gocen de su gloria; esto es así, pienso, para los santos.

19. Los amigos testimonian respeto y obediencia a sus amigos íntimos y verdaderos y se dejan, incluso, apremiar por ellos. También es bueno tener amigos espirituales; pues nada puede ayudarnos tanto a avanzar en la virtud.

20. Uno de los amigos de Dios me comentó que, si Dios colma siempre con sus dones a sus servidores, lo hace todavía más en las grandes fiestas anuales y en las fiestas del Señor.

21. El médico debe estar completamente despojado de las pasiones, para poder simularlas en ciertas ocasiones, sobre todo la cólera; si no estuviera completamente desembarazado de ellas, no podría fingir pasiones sin sentirlas.

22. Vi un caballo, que todavía no estaba suficientemente domado, caminar tranquilamente mientras se lo tenía de la brida; pero cuando se le aflojaba un poco, intentaba arrojar a tierra a su jinete. Quienes todavía están sometidos a los demonios, encuentran frecuentemente la misma dificultad.

23. El médico sabrá que Dios le dio la sabiduría, cuando pueda sanar enfermedades incurables para muchos otros.

24. No se debe admirar a un maestro que vuelve sabios a los niños bien dotados, sino a aquel que conduce a la sabiduría y a la perfección a sujetos rudos y groseros. La habilidad de los conductores de carros se destaca y es alabada cuando vencen con caballos indómitos y los conducen sanos y salvos.

25. Si has recibido ojos capaces de ver de lejos la tempestad, debes prevenir sabiamente a aquellos que están en el navío; si no tú solo serás causa del naufragio, pues ellos te confiaron la conducción del barco, abandonando toda preocupación.

26. Vi a médicos que no advertían del peligro a los enfermos y de esta manera ocasionaban a los pacientes y a sí mismos muchas penas y tormentos.

27. Cuanto más vea el superior que no sólo sus discípulos sino también los extraños tienen una gran confianza en él, tanto más deberá vigilar todo lo que hace y dice, sabiendo que todos lo observan como una imagen ejemplar, y consideran sus palabras y sus actos como una regla y una norma.

28. La caridad permite conocer al verdadero pastor, porque por caridad el gran Pastor quiso ser crucificado.

29. Confiesa que cometiste las mismas faltas que los otros; así, no estarás desprovisto jamás de una gran modestia.

30. Entristece al enfermo por un tiempo para que su enfermedad no llegue a ser crónica o para que no muera a causa de tu silencio maldito. El silencio del piloto hizo que muchos creyeran que navegaban bien, hasta que chocaron contra un escollo.

31. Escuchemos lo que el gran Pablo escribía a Timoteo: "Insiste a tiempo y a destiempo" (2 Tm 4, 2). A tiempo, cuando aquellos que reciben una reprimenda la soportan de buen grado; a destiempo, cuando se molestan. El agua sigue corriendo en las fuentes, aunque nadie tenga sed para bebería.

32. En algunos superiores, existe una tendencia natural a la falsa vergüenza, que les impide a menudo decir a sus discípulos lo que les sería útil. No deben negarse a obrar como maestros con los alumnos e intentarán comunicar por escrito sus opiniones saludables.

33. Escuchemos lo que las divinas Escrituras dicen acerca de algunos: "Córtala, ¿para qué va a cansar la tierra?" (Lc 13:7); "Arrojad de entre vosotros al malvado" (1 Co 5:13) y "No pidas por este pueblo" (Jr 7:16). Es necesario que el pastor sepa a quién, cómo y cuándo aplicarlo; pues nadie es más verdadero que Dios.

34. Si alguno no se ruboriza cuando es reprendido en particular, hará también de las reprimendas públicas una ocasión de mostrar su desvergüenza, tomando voluntariamente con desgano su propia salvación.

35. Destaco también otro hecho que vi, que se producía entre los enfermos de buena voluntad; conociendo su cobardía y su debilidad, rogaban a los médicos, incluso contra su voluntad, que los ataran y los curaran por la fuerza, con su consentimiento; esto, porque "el espíritu está pronto" a causa de la esperanza por venir, pero "la carne es débil," a causa de las predisposiciones contraídas anteriormente (cf. Mt 26:41). Viendo esto, rogué a los médicos que se sometieran a sus deseos.

36. No conviene que el guía diga a todos que el camino es estrecho ni que el yugo es dulce y la carga, ligera. Mejor, debe observar y adaptar los remedios de manera apropiada. Así, conviene que diga lo segundo a los que están agobiados por el peso de sus pecados y llevados a la desesperación; por el contrario, para los que se inclinan a los pensamientos de orgullo, lo primero es un remedio conveniente.

37. Algunos que se aprestaban a hacer un largo camino interrogaron a aquellos que lo conocían. Se les respondió que era sencillo y sin peligro. Basándose en esta respuesta, emprendieron el viaje sin poner demasiada energía; pero cuando llegaron a la mitad, se encontraron en peligro y regresaron porque no estaban preparados para las tribulaciones. Conozco también lo inverso: cuando el amor divino tocó el corazón, el temor que pueden suscitar las palabras pierde todo poder; cuando aparece el miedo por el infierno, todos los trabajos son soportados con paciencia; cuando se sabe que se puede esperar el Reino, se desprecia todo lo que está sobre la tierra.

38. Un buen estratega debe conocer exactamente el estado interior y el grado de progreso de sus subordinados; puede encontrar, con un mismo rango, hombres capaces de combatir en primera línea o de luchar en combate singular, que debe ubicar a sus flancos, por encima de sus compañeros de armas o que debe establecer en la hesiquia.

39. El piloto no puede salvar el navío él solo, sin la ayuda de los marineros; el médico no puede curar al paciente, si éste no vino primero a consultarlo y no le mostró sus heridas con absoluta confianza. Aquellos que, con una falsa vergüenza se alejan del médico, contraen a menudo gangrena y muchos mueren a causa de ella.

40. Cuando las ovejas estén pastando, el pastor no debe cesar de servirse la flauta de sus palabras, sobre todo cuando el rebaño se apresta a dormir. Pues el lobo no teme a nada tanto como al eco de la flauta pastoril.

41. El superior no debe humillarse de una manera irracional, ni elevarse de forma insensata, sino mirar a Pablo que marchaba tanto por una vía como por la otra (cf. 2 Co 11:16-30).

42. A menudo, el Señor pone un velo sobre los ojos de los subordinados para ocultarles ciertos defectos de su superior; si se los revela, engendra en ellos la desconfianza.

43. Vi a un superior que, impulsado por una extrema humildad, pedía, a veces, consejo a sus propios hijos, y vi a otro que, movido por el orgullo, quería mostrarles su loca sabiduría y los tomaba a broma.

44. Aunque muy rara vez, vi a hombres sometidos a las pasiones, que habían llegado a ser superiores de hombres impasibles, pero que, poco a poco, comenzaban a sentir vergüenza ante sus subordinados y cercenaban sus propias pasiones. Pienso que esto era la recompensa de los que lograban, gracias a ellos, su salvación. Y así, lo que habían emprendido sometidos aún a las pasiones, llegó a ser la ocasión de arribar a la impasibilidad.

45. Es necesario velar para no perder en pleno mar lo que uno logró en el puerto. Comprenden esto quienes todavía no están dominados por los problemas del exterior.

46. Verdaderamente es muy bueno soportar con coraje y generosidad el calor ardiente, la calma trivial y el desánimo que a veces acompañan la hesiquia, y no buscar compensaciones o consuelos, como los marineros desanimados que quieren navegar cuando no sopla el viento. Pero es incomparablemente mejor no temer los problemas exteriores y sostenerse ante el choque con un corazón intrépido e inmóvil, conversando exteriormente con los hombres e interiormente con Dios.

47. Lo que pasa en los tribunales profanos, venerable Padre, debe ser un recuerdo de lo que son los nuestros. Algunos son culpables para nuestro temible y auténtico tribunal, en tanto que otros se ocupan activamente en la obra de Dios y en su servicio. El ingreso de unos y otros en la vida monástica es completamente diferente y cada uno necesita de un género de vida apropiado. El culpable, ante todo, debe ser interrogado, pero personalmente, sobre la naturaleza de sus acciones, y esto tiene dos motivos: por una parte, para que evite la libertad de acción al estar siempre aguijoneado por el recuerdo de esta confesión; por otra parte, para que esté incitado a amarnos, sabiendo qué heridas tenía cuando lo recibimos.

48. Venerado Padre, estoy seguro de que no ignoras que debemos tener en cuenta los motivos, el tipo de conversión y las costumbres de los culpables; pues son extremadamente diversos y variados. A menudo, el más débil resulta ser también el más humilde de corazón, y debe soportar un tratamiento más dulce de los médicos espirituales. Lo opuesto es evidente.

49. No conviene que un león haga pastar a las ovejas; y es peligroso que un hombre que todavía está sujeto a las pasiones gobierne a hombres que también lo están.

50. Es un espectáculo lamentable ver a un zorro entre los pollos; pero es más lamentable todavía ver a un pastor que se encoleriza. Uno trae inquietud y carnicería entre las aves; el otro, entre las almas racionales.

51. Vigila para que no seas un riguroso exterminador de las más pequeñas faltas; de esa manera no serás un imitador de Dios.

52. Debes tener a Dios como ecónomo e higúmeno de todo tu interior y de todo tu exterior, como un excelente piloto; cercena tu voluntad y así, exento de preocupaciones, llegarás a ser conducido únicamente por su voluntad.

53. Como todo superior, debes preguntarte si la gracia divina no actúa, con frecuencia, en nosotros a causa de la fe de aquellos que se dirigen a nosotros, y no a causa de nuestra pureza. En efecto, hombres sujetos a las pasiones hicieron milagros de esta manera. Y como está escrito: "Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre?" (Mt 7:22), mi afirmación es digna de crédito.

54. Quien se ha vuelto propicio a Dios puede en verdad aliviar a aquellos que sufren, haciéndolo públicamente o en secreto; de ello resultan dos cosas buenas: se preserva de la gloria humana como de la herrumbre y se induce a aquellos que fueron objeto de su misericordia y dar gracias sólo a Dios.

55. Ofrece generosamente los mejores y más nobles alimentos a los que corren con el ardor de la juventud; a los que siguen desde más lejos, como consecuencia de sus posiciones y su temperamento, dales leche, como a niños pequeños, pues todavía están en el tiempo del consuelo. A menudo, el mismo alimento procura ardor a unos y desánimo a otros. Es necesario, antes de echar las semillas, prestar atención a las circunstancias: según los momentos y las personas, según la calidad y la cantidad.

56. Para algunos no es nada el peso de la responsabilidad por los otros y emprenden irracionalmente la tarea de conducir almas; y aunque poseían antes grandes riquezas, ahora tienen las manos vacías, después de haber distribuido todo entre aquellos que tenían a su cargo.

57. Existen hijos legítimos, nacidos de un primer matrimonio; otros, de un segundo; otros, que son ilegítimos y otros que se abandonan. De la misma manera, existen diversas convenciones con aquellos que tomamos a nuestro cargo. Una manera de encargarse de los otros, y es la buena, consiste en dar la propia alma por el alma del prójimo, de una manera total. Pero existe otra que sólo incita a los pecados cometidos anteriormente; otra que incita a los pecados futuros; y otra consiste en no asumir el peso de las directivas que se dieron. Todo esto proviene de la falta de fuerza espiritual y de la ausencia de impasibilidad. E incluso en el primer caso, la responsabilidad perfecta, llevamos la carga sólo en proporción al renunciamiento a nuestra voluntad.

58. Un hijo bien nacido se reconoce en su actitud durante la ausencia del padre. Pienso que ocurre lo mismo entre los cenobitas.

59. El superior debe observar y destacar bien a aquellos que lo contradicen y se le resisten, y debe infringirles pesadas penitencias, en presencia de algunos ancianos. Para que les sirva de ejemplo, debe inspirar temor a los otros, aunque se sientan vivamente molestos por estas humillaciones. Pues la mejora de muchos prevalece sobre la contrariedad sufrida por uno solo.

60. Hay hombres que, por caridad espiritual, sobrellevan las cargas de los otros, más allá de sus propias fuerzas, recordando estas palabras: "Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15:13). Hay otros que, aunque recibieron de Dios, sin duda, la fuerza para asumir la responsabilidad por los otros, no toman voluntariamente esta carga para la salvación de sus hermanos. Éstos me dan pena pues no poseen caridad. En cuanto a los primeros, les aplico aquello de: "Si sacas lo precioso de lo vil, serás como mi boca" (Jn 15:19) y: "Como tú has hecho, se te hará (Ab 1:15).

61. Piensa que una falta interior del superior es considerada más grave que un pecado cometido por la de un discípulo, de la misma manera que la falta de un soldado tiene menos peso que un error de juicio del comandante en jefe.

62. Invita a tus discípulos a no confesar en detalle las faltas de impureza y de sensualidad, pero que repasen en su espíritu, día y noche, en detalle, todos sus otros pecados.

63. Ejercita a aquellos que son sumisos para que sean simples en todo, unos con otros; pero muy circunspectos frente a los demonios.

64. Que no se te escape a dónde pueden conducir las relaciones que las ovejas tienen entre ellas; pues los lobos tienden a relajar a los fervorosos a través de los negligentes.

65. No dudes en rezar, si se te pide, incluso por aquellos que son completamente negligentes. No intercedas para que se les haga misericordia, pues esto es absolutamente imposible en tanto no cooperen para ello, sino para que Dios despierte su celo.

66. Los débiles no deben comer con los heréticos, como lo prescriben los cánones. En cuanto a los fuertes en el Señor, si los infieles los provocan acerca de la fe y quieren responderles, que lo hagan por la gloria de Dios.

67. No te excuses por tu ignorancia; pues quien sin saberlo haya hecho algo que merece castigo, será castigado por no estar instruido.

68. Es vergonzoso para un pastor temer la muerte, porque la obediencia se define como una liberación del temor de la muerte.

69. Bienaventurado Padre, busca cuál es la virtud sin la cual nadie verá al Señor; procúrala para tus hijos más que cualquier otra y libéralos de toda apariencia imberbe o femenina. Que todos aquellos que son sumisos al Señor tengan maneras de vivir diferentes según su edad física: no convendría alejar a alguno del puerto.

70. Por la prudencia que requieren las leyes del siglo, no debemos imponer las manos demasiado rápido, para que no deserte ninguna de las ovejas hacia lo mundano, al no poder soportar el peso y el calor. No quedarían exentos del peligro aquellos que les hayan impuesto las manos prematuramente.

71. ¿Cuál será el dispensador establecido por Dios que, como no necesita para él las lágrimas, los gemidos y las fatigas, no podrá servirse de ellos para la purificación de otras almas?

72. No cesas de lavar y de purificar las almas y sobre todo los cuerpos mancillados, para poder reclamar a Aquel que preside nuestro combate, coronas no sólo para ti, sino también para otras almas.

73. Vi a un enfermo curar por medio de su fe la enfermedad de otro, empleando hacia Dios una importunidad digna de alabanza (cf. Lc 11:8) y dando su alma por el alma de su hermano, con toda humildad; y al curarlo, él mismo se curó. Y vi a otro que actuaba de la misma manera, pero con orgullo, y recibió esta reprimenda: "Médico, cúrate a ti mismo" (Lc 4:23).

74. Está permitido abstenerse de un bien en vista de un bien mejor; como aquel que huyó del martirio no por cobardía, sino por aquellos a los que debía procurar la salvación.

75. Existen personas que se exponen al deshonor por el honor de los otros, y a los que muchos consideran como amigos de los placeres e impostores, aunque son sinceros (cf. 2 Co 6:8).

76. Si aquel que puede ser útil por medio de su palabra no la difunde libremente, no estará exento del castigo. ¿A qué peligro se exponen, querido Padre, aquellos que podrían obrar con celo para ayudar a los que se encuentran en dificultades y que no quieren apenarse por ellos?

77. Tú, que has sido liberado por Dios, libra a los otros, salva a aquellos que van a la muerte; tú, que has sido salvado, haz lo que sea para rescatar a aquellos que los demonios quieren masacrar. Por esto obtendrás la recompensa suprema junto a Dios, por encima de toda acción y contemplación de los hombres y de los ángeles.

78. Coopera con los poderes espirituales aquel que, gracias a la pureza que Dios le ha dado, lava y purifica las faltas de otro y presenta a Dios como ofrendas inmaculadas lo que antes estaba mancillado. Ésta es la única y constante ocupación de las diurnas liturgias: "Los que lo rodean, traigan presentes," a saber, almas (Sal 75:12).

79. Nada muestra mejor el amor de los hombres y la bondad de nuestro Creador como el hecho de haber dejado las noventa y nueve ovejas para buscar aquella que se había perdido (cf. Lc 15:4). Debes estar atento y ejercitar tu celo, tu caridad, tu fervor, todos tus cuidados, tus súplicas ante Dios, en favor de aquel que está completamente perdido. Pues allí donde las enfermedades y las heridas son graves, sin ninguna duda se otorgarán grandes recompensas.

80. Reflexionemos y luego obremos. No siempre conviene al superior obrar según el derecho, a causa de la debilidad de algunos. Vi a dos hermanos juzgados por un juez muy sabio: públicamente le dio la razón a aquel que estaba equivocado, porque era más débil, y dijo que estaba equivocado el que tenía razón, porque era valiente. Pero en privado, dijo separadamente a cada uno lo que le convenía y sobre todo a aquel cuya alma estaba enferma.

81. Lo que le conviene a las ovejas es una planicie verde; mucho más provechosos para las ovejas racionales son la enseñanza y el recuerdo de la muerte, que pueden sanar cualquier lepra.

82. Destaca a los generosos y humillados sin motivo en presencia de los débiles, para sanar las heridas de unos a través del remedio administrado a los otros y para enseñar a los cobardes a volverse valientes.

83. No se ha visto jamás que Dios, después de haber escuchado una confesión la haya publicado; esto es así para que los que confiesan sus faltas no se detengan por esta divulgación y que su enfermedad no se vuelva incurable.

84. Aun cuando poseamos el don de presciencia, no digamos sus faltas a los culpables antes de que las confiesen, pero incitémoslos a confesarlas, con palabras encubiertas. Pues la confesión, que nos hagan de ellas contribuye en gran medida a que obtengan el perdón. Después de la confesión, debemos sentirnos satisfechos y testimoniarles todavía más solicitud que antes: esto aumentará enormemente su confianza y su afecto hacia nosotros.

85. Todos juntos debemos mostrarles el ejemplo de una extrema humildad y enseñarles a sentir temor de nosotros. Debes mostrarte paciente en todo, excepto cuando se desobedecen tus órdenes. Ten cuidado de no humillarte más de lo necesario para no acumular brasas sobre la cabeza de tus hijos (cf. Pr 25:22).

86. Vela para que no haya árboles ocupando inútilmente tu campo, cuando podrían fructificar en otra parte; toma el consejo y no dudes en arrancarlos caritativamente para trasplantarlos.

87. En algunos casos, el superior puede practicar sin peligro la virtud en lugares poco apropiados, es decir, en ciudades de diversión.

88. Si el médico goza de hesiquia interior, necesita menos cuidados exteriores para procurársela a sus enfermos; pero si está desprovisto de aquélla, debe poner en práctica éstos.

89. El superior debe reflexionar antes de aceptar discípulos, pues Dios no desaprueba todas las negativas o todas las dimisiones.

90. Lo que más agrada a Dios de todos los dones que podemos presentarle es ofrecerle almas racionales por medio de la penitencia. El mundo entero no vale un alma, pues pasa, mientras que ella es incorruptible y permanece. No proclames como bienaventurados a los que ofrecen riquezas, sino a los que presentan a Cristo ovejas racionales.

91. Vuelve inmaculado tu holocausto; si no, no obtendrás nada de él para ti mismo.

92. Se deben tener estas palabras en el espíritu: "Ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado" (cf. Mc 14:21); de la misma manera, pienso a la inversa: "Es necesario que muchos sean salvados, es decir, los elegidos, y la recompensa será otorgada a aquellos a los que les advino la salvación, después del Señor."

93. Venerable Padre, necesitamos ante todo fuerza espiritual para que podamos tomar de la mano y liberar de la multitud de pensamientos a los que intentamos introducir en lo santo de los santos y a los que intentamos mostrar a Cristo sobre la mesa mística y secreta, cuando los veamos atormentados y afligidos por la multitud de pensamientos que quieren detenerlos, sobre todo cuando están en el umbral, delante de la entrada. Y si algunos son todavía niños muy pequeños o muy débiles, es necesario que los pongamos sobre nuestra espalda y que los llevemos, hasta que hayan traspasado la puerta verdaderamente estrecha de la entrada. Pues es allí donde se experimenta generalmente una gran angustia y una gran ansiedad. Por eso alguien dijo sobre esto: "Ardua tarea ante mis ojos hasta el día que entré en los diurnos santuarios" (Sal 72:16-17).

94. Ya te hablé de este padre de los padres, de este doctor de los doctores y te dije cómo estaba revestido enteramente de la sabiduría de lo alto, sin disimulos, exigente, riguroso, prudente, condescendiente, con un alma plena de alegría luminosa. Lo que más sorprendía en él era que cuando veía hermanos deseosos de lograr su salvación, los formaba con extremado rigor, cuando veía hermanos que mantenían su propia voluntad o cualquier apego, los privaba del objeto de ese apego de tal manera que de ahí en adelante todos cuidaban no mostrar ninguna voluntad propia con respecto a lo que tenían.

Este hombre, por siempre ilustre, decía: "Vale más expulsar a alguien del monasterio que dejarlo hacer su propia voluntad. A menudo, expulsando a alguien, se lo vuelve más humilde y se lo incita a cercenar su voluntad de ahí en adelante. Por el contrario, si mostramos complacencia con respecto a los hermanos de este tipo, bajo una apariencia de condescendencia, nos maldecirán lamentablemente a la hora de la muerte, por haberlos extraviado en lugar de ayudarlos."

Cuando concluían las oraciones de la noche, solía verse a este gran anciano sentado como un rey sobre un trono visible, hecho de cañas entrelazadas, a la vez que invisible, formado por un conjunto de gracias espirituales. Como abejas sabias, la hermosa asamblea de la comunidad lo rodeaba y escuchaba sus enseñanzas y sus órdenes como si fueran las de Dios. A uno le ordenaba recitar cincuenta salmos antes de dormir, a otro, treinta; a otro, cien; a éste le prescribía un determinado número de genuflexiones; a aquél, dormir sentado; a este otro, leer durante un tiempo; a otro, consagrar el mismo tiempo a la oración.

Además había nombrado supervisores a dos hermanos; durante el día, debían controlar e impedir las conversaciones y la ociosidad; durante la noche, las vigilias intempestivas y lo que no está permitido decir por escrito. Más aún, este gran anciano había asignado a cada uno su propio reglamento en lo que concernía a la alimentación; en efecto, no imponía a todos un sólo y único régimen, sino que trataba a cada uno según su manera de ser. A unos, asignaba alimentos secos; a otros, una alimentación más abundante. Y lo más sorprendente era que lo que prescribía era ejecutado sin murmurar, como si proviniera de la boca de Dios. Este ilustre padre, perfecto en todo, tenía también bajo su dependencia un monasterio, donde enviaba a los hermanos capaces de vivir en la hesiquia.

95. Te ruego que, a los más rectos, no los vuelvas artificiosos y retorcidos en sus pensamientos; por el contrario, si es posible, trata de hacer simples a los que son demasiado hábiles, aunque esto sería sorprendente.

96. Quien ha llegado a una extrema pureza, gracias a una gran impasibilidad, podrá usar el rigor, como el juez divino. En efecto, la ausencia de impasibilidad hiere el corazón del juez y no le permite castigar y purificar como sería necesario.

97. Ante todo, deja a tus hijos la herencia de una fe intacta y doctrinas sanas, así conducirás hacia el Señor por el camino de la ortodoxia, no sólo a tus hijos, sino a los hijos de tus hijos.

98. La piedad no debe impedirte extenuar a los que son jóvenes y están plenos de vigor, te alabarán en el momento de tu partida.

99. Que en esto también, sabio Padre, te sirva de modelo el gran Moisés. En efecto, no pudo liberar del Faraón a aquellos que dependían de él y que lo habían seguido voluntariamente, antes de que hubieran comido el pan ácimo con hierbas amargas. El pan ácimo es un alma que no prefiere su propia voluntad; ésta haría que se infle y se sienta engreída, mientras que el pan ácimo siempre es humilde. Por hierbas amargas entendemos tanto la acritud de las órdenes recibidas como la austera amargura del ayuno.

100. En cuanto a mí, Padre de los padres, al escribir todo esto creo entender las palabras: "Tú, que instruyes a los otros, a ti mismo no te instruyes" (Rm 2:21). Ahora, antes de concluir mi discurso no diré más que esto: un alma unida a Dios por su pureza no necesita de la palabra de otro para instruirse. Esta alma bienaventurada lleva en sí al Verbo eterno, que es su iniciador, su guía y su luz.

101. Yo sé que ésta es tu santa y luminosa Reverencia. Conozco la pureza de tu alma no sólo por rumores, sino por haberla visto en acción y a través de la experiencia. Resplandece sobre todo a través de tu dulzura, que destruye las serpientes, y tu humildad, al modo del gran legislador, Moisés. Lo sigues verdaderamente de muy cerca, Padre pleno de paciencia; has progresado sin cesar hacia las alturas y falta poco para que los iguales, a través del mérito de la pureza y de la templanza; pues, por medio de estas virtudes, más que por medio de cualquier otra, podemos acercarnos con toda pureza, a Dios que es quien nos ayuda a adquirir y nos otorga una completa impasibilidad, y quien nos hace pasar, gracias a ella, de la tierra al cielo.

Sobre estas virtudes estás subido como sobre un carro de fuego, a ejemplo del casto Elías. No sólo mataste al egipcio y ocultaste tu mérito en la arena de la humildad, sino que también escalaste la montaña y viste a Dios a través de la zarza como una manera de vivir espinosa y difícil. Escuchaste la voz de Dios y gozaste de su esplendor; te quitaste las sandalias, es decir, toda la envoltura de tu condición de mortal; tomaste por la cola, es decir, por donde termina, al ángel que se había metamorfoseado en serpiente; hiciste que regresara a las tinieblas de su guarida, en el sombrío y profundo abismo. Venciste al Faraón orgulloso e insolente, golpeaste a los egipcios e hiciste peligrar a sus primogénitos, gesto más meritorio que cualquier otro. Por eso, como a un hombre muy seguro, el Señor te confió la conducción de tus hermanos. Y tú, el más excelente de los guías, hiciste que, sin nada que temer, dejaran al Faraón y el humillante trabajo de la fabricación de ladrillos y los liberaste. Con tu gran experiencia, les mostraste el fuego divino y la nube de la castidad, que extinguen completamente la llama de la concupiscencia. No contento con esto, divisaste este Mar Rojo y ardiente sobre el cual la mayoría de nosotros estamos en peligro tan a menudo. Y con tu bastón y tu ciencia de pastor, los has conducido a la victoria y al triunfo, ahogando completamente en las aguas a aquellos que los perseguían.

Después de esta victoria sobre el mar, todavía hiciste huir al Amaice del orgullo que acostumbra a ir en contra de los vencedores. Triunfaste teniendo las manos levantadas entre la acción y la contemplación. Por tu pueblo, al que Dios iluminó, venciste a las naciones, y a todos los que te seguían, los ha conducido a la montaña de la impasibilidad y nombrado sacerdotes; les impusiste la circuncisión, pues los que no están purificados a través de ella no pueden ver a Dios.

Después subiste a las alturas, disipando todas las tinieblas, las nubes y las tormentas; quiero decir, rechazando la triple oscuridad de la ignorancia. Estuviste cerca de una luz más augusta, más brillante y más sublime que la de la zarza. Te volviste digno de oír la voz de Dios, de contemplarlo y de profetizar. Viste, en cierta manera, aun cuando vivías todavía aquí abajo, los bienes por venir, es decir, la iluminación última del conocimiento que entonces nos será otorgado. Y, en seguida, oíste a la voz divina que te decía: "El hombre no podrá verme"; por eso, después de haber visto a Dios, descendiste nuevamente al profundo valle de la humildad, llevando contigo las dos tablas de la subida a la contemplación, con el rostro radiante de luz, en tu alma y en tu cuerpo.¡Pero qué triste espectáculo el de la fabricación de un becerro de oro en nuestra comunidad! Y el romper en pedazos las Tablas de la Ley. ¿Qué pasó luego? Tomaste al pueblo de la mano y lo condujiste al desierto. Quizás, cuando se estaba quemando por su propio fuego, hiciste brotar una fuente de lágrimas, golpeando la piedra con la vara, quiero decir, crucificando la carne con sus pasiones y sus concupiscencias.

Combatiste a las naciones hostiles y las destruiste a través del fuego del Señor. Después viniste al Jordán — nada impide abreviar un poco la historia — y, cual nuevo Josué, hiciste pasar al pueblo gracias a tu palabra, dejando que corrieran las aguas inferiores hacia el Mar Muerto y salado y reteniendo las de río arriba — las de la caridad — ante los ojos de tus israelitas espirituales. Luego, ordenaste traer doce piedras para anunciar la misión de los Apóstoles o para representar la victoria sobre los ocho pueblos, es decir sobre las ocho pasiones, y la conquista de las cuatro virtudes cardinales. Dejando atrás el Mar Muerto y estéril, marchaste sobre la ciudad del enemigo; hiciste resonar la trompeta de la oración, significando a través de la cifra siete el ciclo de la vida humana.

Derrumbaste sus murallas y los venciste, para poder cantarle a tu aliado inmaterial e invisible: "Has borrado su nombre para siempre jamás y has suprimido sus ciudades" (Sal 9:7). Si quieres, iré ahora a lo más importante: subiste a Jerusalén, a la visión de la perfecta paz del alma. Allí contemplaste a Cristo, el Dios de la paz, después de haber sufrido con Él, como un buen soldado, y crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias. Y es justo, pues tú mismo has llegado a ser un dios para el Faraón y para todos sus ejércitos, nuestros adversarios. Sepultado luego con Cristo, descendiste con Él a las profundidades de la teología y de los misterios inefables y fuiste ungido con mirto y cubierto de perfumes por las mujeres, por tus parientes y amigos, quiero decir las virtudes.

Resucitaste. ¿Quién me impediría decir esto también, ya que estás sentado a la derecha del Padre en los cielos? Resucitaste, digo, después de tres días, es decir, tras haber vencido a tres tiranos o, para hablar más claramente, después de haber conseguido la victoria sobre el cuerpo, el alma y el espíritu, o sea, una vez purificadas las tres partes del alma, la concupiscible, la irascible y la intelectual.

Subiste al monte de los olivos — es necesario concluir y no aparentar ser sabio por más tiempo, sobre todo ahora que le escribimos a un sabio que nos supera a todos en conocimiento —, subiste a ese monte que exaltaba un excelente viajero, diciendo: "Los altos montes son para los ciervos" (Sal 103:18), es decir, para las almas que destruyen las serpientes. Acudiste allí y llegaste al pie de la montaña. Elevaste los ojos al cielo — de nuevo traspongo el relato en alegoría — y nos has bendecido a nosotros, tus discípulos. Viste la escala de las virtudes sólidamente erigida. Tú mismo construiste los cimientos de esta escala, según la gracia que te fue dada, como un sabio arquitecto; gracia que volvió a ti completamente, porque sacaste nuestra simplicidad del retiro de la humildad y nos obligaste a que te prestáramos nuestros labios mancillados para hablar a tu pueblo. En esto no hay nada sorprendente, por otra parte, porque el mismo Moisés, según la historia, utilizó el pretexto de su balbuceo y de su dificultad para hablar. Pero encontró en Aarón un ministro y un portavoz excelente. Por el contrario, tú, iniciador de los misterios inefables, no se por qué, te dirigiste a una fuente seca y llena de ranas de Egipto o mejor aún, de carbón negro.

Pero, como no conviene que vayamos dejando inconcluso el curso de nuestras palabras, oh tú que corres hacia el cielo, tejeremos todavía nuestro elogio de tu virtud diciendo que avanzaste hacia la montaña santa y levantaste tu mirada al cielo, que te acercaste a la base, que la escalaste, que subiste sobre los querubines de las virtudes, volaste y llegaste a las alturas entre aclamaciones, después de haber triunfado sobre los enemigos; y que caminaste al frente y fuiste un guía, que todavía hoy caminas en primer lugar y nos guías a todos, elevándote hacia la cima de la escala santa y uniéndote a la caridad, que es Dios. A Él, gloria por los siglos de los siglos. Amén.


Esta versión es la corrección de la que se encuentra en la siguiente dirección:

http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/escala_juan_climaco.htm

Se le ha cambiado la introducción, se han adaptado algunas frases mejor al castellano y se han corregido gran cantidad de errores de sintaxis y ortográficos de su traducción al castellano. Sin embargo, tal vez aún necesite otra revisión, pero esencialmente creo que demuestra mayor fidelidad y se puede disfrutar mejor.

Rolando Castillo, 25 de Diciembre de 2003




LA ESCALA ESPIRITUAL SAN CLÍMACO - PARTE 28

"LA ESCALERA DEL DIVINO ASCENSO"
DE SAN JUAN CLÍMACO




"Escala al Paraíso"
(Scala Paradisi, o Escala Espiritual)
Juan Clímaco.


Basada en la edición del Obispo Alejandro (Mileant)
Corrección e introducción: Rolando Castillo




Trigésimo Escalón: de la Caridad, la Esperanza y la Fe.

1. Después de todo lo que hemos dicho, sólo nos resta ahora hablar de estas tres virtudes que unen a todas las otras y aseguran su unión: la fe, la esperanza y la caridad; de todas, la más grande es la caridad (cf. 1 Co 13:13); ella es el nombre mismo de Dios (cf. 1 Jn 4:8-16).

2. A medida que puedo comprender, comparo la primera con el rayo, la segunda con la luz y la tercera con la esfera (todo de un mismo sol), que juntos forman una sola claridad y un solo esplendor.

3. La primera puede hacer y crear todas las cosas; la divina misericordia envuelve a la segunda, que no puede ser confundida; la tercera no acaba nunca (cf. 1 Co 13:8), no se detiene y no abandona a aquel del que se ha apoderado.

4. Quien desee hablar del amor de Dios, hable de Dios mismo. Pues hablar de Dios con palabras es difícil y peligroso para los que no están en guardia.

5. Los ángeles saben hablar de la caridad, pero ellos mismos no pueden hacerlo sino en la medida en que reciben la luz.

6. Dios es caridad (cf. 1 Jn 4:8) y quien intente definirlo es un ciego que quiere contar los granos de arena del mar.

7. La caridad, en cuanto a su naturaleza, es similar a Dios, tanto como es posible a los mortales parecerse a Él; en cuanto a su actividad, es la embriaguez del alma; en cuanto a su propia virtud, es la fuente de la fe, un abismo de paciencia, un océano de humildad.

8. La caridad es ante todo la expulsión de todo pensamiento de enemistad, pues la caridad no piensa en el mal (1 Co 13:5).

9. La caridad, la impasibilidad y la adopción filial sólo se distinguen por el nombre. Como la luz, el fuego y la llama concurren a un solo efecto, ocurre lo mismo con esas tres realidades.

10. El temor aparece en la medida en que desaparece la caridad; pues quien no siente temor está pleno de caridad o está muerto en su alma.

11. No hay ningún inconveniente en pedir imágenes de las cosas humanas para representar el deseo, el temor, el ardor, los celos, el servicio y el amor apasionado de Dios. Bienaventurado aquel que obtuvo de Dios un deseo semejante al que recibe de la que ama un amante apasionado. Bienaventurado quien teme al Señor tanto como los acusados a su juez. Bienaventurado aquel que está animado por un ardor tan sincero como el de un servidor fiel hacia su maestro. Bienaventurado aquel que ha llegado a ser tan celoso por las virtudes como esos maridos que vigilan a sus mujeres. Bienaventurado aquel que se mantiene en oración ante el Señor como lo hacen los servidores ante su rey.

Bienaventurado aquel que se esfuerza sin tregua en complacer al Señor como otros buscan complacer a los hombres.

12. Una madre no estrecha a su recién nacido junto a su pecho más de lo que uno que tiene caridad se une al Señor en todo momento.

13. Quien ama verdaderamente, se representa siempre el rostro del ser amado y siente placer al abrazarlo en su imaginación. Un hombre semejante, no encuentra ningún descanso para su deseo, ni siquiera durante el sueño y continúa ocupándose del ser amado. Esto es habitual tanto para las realidades corporales como para las incorporales. Un hombre herido de amor decía acerca de sí mismo (y yo admiraba sus palabras): "Yo dormía, pero mi corazón velaba" (Ct 5:2) a causa de la grandeza de mi amor.

14. Hermano venerable: el alma, como el ciervo, después de haber destruido las serpientes, se consume de deseo y languidece por el Señor (cf. Sal 41:2 y 83:2), herida por el fuego de la caridad como por una flecha.

15. El efecto del hambre es algo latente e impreciso; pero el efecto de la sed es intenso y evidente y muestra a todos el ardor que nos quema. Por eso, quien desea a Dios, grita: "Tiene mi alma sed de Dios, del Dios vivo" (Sal 41:3).

16. Si el rostro de un ser amado produce en todo nuestro ser un cambio manifiesto y nos vuelve alegres, jocosos y despreocupados, ¿qué no hará el rostro del Señor en un alma pura, cuando venga invisiblemente a morar en ella?

17. Cuando el temor se hace sentir en lo íntimo del alma, destruye y devora toda impureza, pues está dicho: "Por tu terror tiembla mi carne" (Sal 118:120). La santa caridad consume a algunos, según estas palabras: "Me robaste el corazón" (Ct 4:9). A veces, a otros, los llena de alegría y de luz, como está dicho: "En Él confió mi corazón y he recibido ayuda; mi carne de nuevo ha florecido" (Sal 27:7) y "Corazón alegre hace buena cara" (Pr 15:13). Por eso, cuando un hombre está completamente unido a la caridad divina, incluso el aspecto exterior de su cuerpo, como un espejo, refleja el esplendor de su alma. Así fue glorificado Moisés, favorecido por la visión de Dios (cf. Ex 34:29; 2 Co 3:14).

18. Los que han llegado a este grado que los vuelve semejantes a los ángeles, olvidan a menudo el alimento del cuerpo. Pienso que incluso no sienten deseo de él. En esto no hay nada sorprendente, porque, frecuentemente, el pensamiento del alimento es dominado por un deseo más fuerte que se opone a él.

19. Pienso que el cuerpo de esos hombres incorruptibles no está sujeto ni siquiera a las enfermedades habituales; ha llegado a ser incorruptible y está purificado por la llama de la castidad que extinguió la otra llama.

20. Reciben incluso, sin ningún placer, el alimento que se les presenta. Pues un fuego celestial alimenta sus almas como el agua subterránea las raíces de las plantas.

21. El aumento del temor es el comienzo de la caridad y la pureza perfecta es el fundamento de la teología.

22. Aquel cuya sensibilidad profunda ha sido unida perfectamente a Dios, es iniciado por Él en el misterio de sus palabras; pero sin esta unión es difícil hablar con Dios.

23. La palabra sembrada en ti (cf. St 1:21) perfecciona la castidad y aniquila a la muerte con su sola presencia; y cuando la muerte ha muerto, el discípulo de la teología es iluminado.

24. La palabra de Cristo, que nos fue dada por el Padre, es casta y permanece eternamente. Pero quien no conoce a Dios habla sólo por conjeturas.

25. La castidad vuelve teólogo a su discípulo, capaz de aprehender los dogmas de la Trinidad.

26. Quien ama al Señor comenzó por amar a su hermano, pues este segundo amor es la prueba del primero.

27. Quien ama a su prójimo no puede soportar a los que hablan mal de él; huye de ellos como del fuego.

28. Aquel que dice amar al Señor pero se enoja contra su hermano, es semejante a aquel que corre en sueños.

29. Lo que da fuerza al amor es la esperanza, pues por ella esperamos la recompensa del amor.

30. La esperanza es un tesoro hecho de tesoros que todavía no han aparecido.

31. La esperanza es un tesoro que se posee ya, antes del otro tesoro.

32. Es un alivio en nuestras labores, es la puerta de la caridad, el antídoto de la desesperación y la imagen de los bienes ausentes.

33. El desfallecimiento de la esperanza es la desaparición del amor. De ella dependen nuestros trabajos; sobre ella reposan nuestras labores; la misericordia la rodea.

34. Un monje lleno de esperanza es el matador de la apatía, a la que rechaza armado con esa espada.

35. La experiencia de los dones del Señor engendra la esperanza; quien no tiene esta experiencia, permanece en la incertidumbre.

36. La cólera destruye la esperanza, y la esperanza no falla (cf. Rm 5:5) y no causa vergüenza; pero el hombre irascible no es digno de honra (cf. Pr 11:25).

37. La caridad procura el don de la profecía y otorga el de los milagros; es un abismo de iluminación, una fuente de fuego; cuanto más brota, tanto más se quema quien tiene sed. La caridad es el estado de los ángeles; la caridad es un progreso eterno.

38. "Indícame, amor de mi alma, dónde apacientas el rebaño, dónde lo llevas a sestear a mediodía" (Ct 1:7). Acláranos, apaga nuestra sed, guíanos, tómanos de la mano, porque queremos de ahora en más llegar hasta ti. Pues reinas sobre todas las cosas. Y ahora "me robaste el corazón" (Ct 4:9) y no puedo contener tu llama.

Así, seguiré cantándote: "Tú dominas el poder del mar, cuando sus olas se encrespan las reprimes. Tú machacaste a Ráhab lo mismo que a un cadáver, a tus enemigos dispersaste con tu potente brazo" (Sal 88:10-11) y has vuelto invencibles a tus amantes. Pero deseo vivamente saber cómo Jacob te vio apoyado sobre la escala. Satisfecho mi deseo, dime cómo se realiza una ascensión semejante, de qué manera están reunidos, cómo se componen los grados que tu amado dispuso como subidas en su corazón (cf. Sal 83:6). Tengo sed de conocer su número y también el tiempo que demanda esa ascensión. Pues aquel a quien enseñaste la lucha y la visión, nos ha revelado cuáles son los guías que nos tomarán de la mano; pero no quiso, o no pudo, aclararnos los otros puntos.

Y me parecía ver a esta reina (pienso que sería más exacto decir este rey) aparecer en lo alto del cielo y hablar al oído de mi alma: "Oh, mi amado, me dice, si no te liberas de la materia terrestre, no podrás conocer mi belleza. Ojalá que esta escala pueda enseñarte el encadenamiento espiritual de las virtudes. En su cima, me he establecido, como dijo mi gran iniciado: Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad. Pero la mayor de todas ellas es la caridad" (1 Co 13:13).

Breve pero no menos poderosa exhortación recapitulando todo lo que se desarrolló en este libro

Suban, suban, hermanos, dispongan con ardor senderos en sus corazones (cf. Sal 83:6). Presten oídos al que dice: "Subamos al monte de Yahvé, a la casa de Dios" (Is 2:3), "que hace mis pies como de ciervas, y en las alturas me sostiene en pie" (Sal 17:34), para que con su cántico tengamos la victoria (cf. Hb 3:19).

Corran, se los ruego, con aquel que dijo: "Hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo" (Ef 4:13), quien, desde su bautismo, en el trigésimo año de su edad visible, poseía en plenitud el trigésimo grado de esta escala espiritual. Pues Dios es caridad (cf. 1 Jn 4:8). A Él pertenecen la alabanza, la dominación y el poder, a Él que es, era y será la única fuente de todos los bienes en los siglos sin fin. Amén.


LA ESCALA ESPIRITUAL SAN CLÍMACO - PARTE 27


"LA ESCALERA DEL DIVINO ASCENSO"
DE SAN JUAN CLÍMACO




"Escala al Paraíso"
(Scala Paradisi, o Escala Espiritual)
Juan Clímaco.


Basada en la edición del Obispo Alejandro (Mileant)
Corrección e introducción: Rolando Castillo

Vigésimo Noveno Escalón: de la Impasibilidad.


1. Y ahora, aunque estamos inmersos en el profundo foso de la ignorancia, en las tinieblas de las pasiones y en la sombra de la muerte, tenemos sin embargo, la audacia de comenzar a discurrir acerca de ese cielo que esa en la tierra. Así como las estrellas son la belleza del firmamento, las virtudes son el ornamento de la impasibilidad; y por impasibilidad no entiendo otra cosa que el cielo del intelecto establecido en el corazón, donde los artificios de los demonios no aparecen más que como un juego irrisorio.

2. Es verdaderamente impasible, y puede ser reconocido como tal, quien volvió incorruptible su carne, elevó su intelecto por encima de las criaturas y sometió todos sus sentidos y mantiene su alma en presencia del Señor, tendiendo incesantemente hacia Él con un impulso que supera sus propias fuerzas.

3. Algunos dicen que la impasibilidad es la resurrección del alma antes que la del cuerpo; otros, que es el conocimiento perfecto de Dios, sólo inferior al de los ángeles.

4. Así, esta perfecta perfección de los perfectos que siempre se perfecciona (así me lo dijo alguien que gustó de ella), santifica el espíritu y lo desprende de la materia, de manera que, durante la mayor parte del tiempo que tiene que vivir en la carne, quien ingresó en este puerto celeste se encuentra como extasiado en el cielo y elevado a la contemplación. Un hombre que experimentó esto dijo en alguna parte: "De Dios son los escudos de la tierra" (Sal 46:10). Así estaba el egipcio que mantenía sus manos extendidas en la oración cuando rezaba con sus hermanos.

5. Algunos son impasibles y otros poseen una impasibilidad todavía más grande. Los primeros odian el mal, pero los otros poseen un impenetrable tesoro de virtudes.

6. La castidad también es llamada impasibilidad, y con razón, pues es el preámbulo de la resurrección general y de la incorruptibilidad de lo incorruptible.

7. Quien decía: "Nosotros tenemos la mente de Cristo" (1 Cor 2:16) mostraba su impasibilidad. Y mostraba su impasibilidad ese egipcio que decía no temer más al Señor. Mostraba su impasibilidad quien rezaba para que regresaran sus pasiones. ¿Quién mejor que el sirio recibió el honor de la impasibilidad antes que la gloria futura? David, ilustre entre los profetas, decía al Señor: "Retira tu mirada para que respire" (Sal 38:14); pero este atleta de Dios escribía: "¡Deja allí las olas de tu gracia!"

8. El alma posee la impasibilidad cuando las virtudes han llegado a ser una segunda naturaleza, como lo son los placeres para aquellos que están sujetos a las pasiones.

9. Si el colmo de la gula es forzarse a comer cuando no se tiene hambre, el colmo de la templanza es dominar la naturaleza cuando se tiene hambre y ella no es culpable. Si el colmo de la impureza es apasionarse por las criaturas sin razón y sin alma, la cima de la castidad es experimentar por no importa qué persona la misma sensación que por las cosas inanimadas. Si la cima de la avaricia es no cesar jamás de acumular y permanecer insaciable, la de la pobreza es privarse incluso de su propio cuerpo.

Si el colmo de la apatía es no poder conservar la paciencia cuando se goza de una tranquilidad perfecta, la cima de la paciencia es estimar que uno posee tranquilidad en medio de las tribulaciones. Si el peor exceso de la cólera es encolerizarse cuando nadie está presente, la mayor paciencia es mantener, en presencia de aquellos que nos insultan, la misma calma que cuando están ausentes.

Si el colmo de la vanagloria es continuar representando nuestro personaje, incluso cuando nadie está allí para alabarnos, un ejemplo de la virtud que se contrapone es no dejarse seducir de ninguna manera cuando nos dirigen alabanzas.

Si una marca de orgullo, esa pérdida del alma, es sentirse superior incluso en una condición miserable, un índice de la saludable humildad es tener sentimientos humildes sobre nosotros en las más altas tareas que emprendamos y en el éxito.

Si un signo de completa esclavitud a las pasiones es ceder inmediatamente a todas las sugestiones sembradas en nosotros por los demonios, considero como señal de santa impasibilidad el poder decir: "El corazón perverso está lejos de mí, no conozco al malvado" (Sal 100:4); no sé cómo vino, ni por qué, ni cómo es que se fue, pero soy completamente insensible a todo esto, pues estoy enteramente unido a Dios y siempre lo estaré.

10. Aquel a quien se le otorgó ese estado, aunque se encuentre todavía en situación carnal, llega a ser morada de Dios y Dios gobierna todas sus palabras, sus obras y sus pensamientos. Así, iluminado interiormente, percibe la voluntad del Señor como una voz interior. Está por encima de toda enseñanza humana y dice: "¿Cuándo podré ir a ver la faz de Dios?" (Sal 41:3); "porque no puedo soportar más la violencia de mi amor; deseo ávidamente esta belleza inmortal que me habías dado, en lugar de esta arcilla."

11. Pero, ¿qué más decir? El impasible no vive, sino que es Cristo quien vive en él (cf. Ga 2:20), como dijo el que peleó en el buen combate, llegó a la meta en la carrera y conservó la fe (cf. 2 Tm 4:7).

12. La diadema de un rey no está hecha de una sola piedra preciosa; la impasibilidad no alcanza su perfección si descuidamos una sola virtud, no importa cual sea.

13. A la impasibilidad se la considera como el palacio celeste del Rey de los Cielos; las numerosas moradas (cf. Jn 14:2) son los diversos estados espirituales que se encuentran allí y el muro de esta Jerusalén celestial es la remisión de los pecados. Corramos, hermanos míos, corramos para entrar en la cámara nupcial de ese palacio. Si nos detiene una carga pesada, una predisposición contraria o la falta de tiempo, ¡qué desastre! Pero, al menos, ocupemos una de esas moradas que se encuentran alrededor de la cámara nupcial. Sin embargo, si nos sentimos demasiado débiles para esto, asegurémonos de todas maneras un lugar en el interior de los muros. Pues quien no entra o no escaló ese muro antes de su muerte, tendrá por morada el desierto de los demonios y de las pasiones. Por eso, alguien decía en su oración: "Con mi Dios escalo la muralla" (Sal 17:30). Y otro, estas palabras: "Vuestras faltas os separaron de vuestro Dios" (Is 59:2). Mis amigos, derribemos este muro de separación que nosotros mismos construimos para nuestro mal, por nuestra desobediencia; y recibamos el perdón de nuestros pecados, pues en el infierno no hay nadie que pueda rebajar nuestras deudas.

Así, mis hermanos, tomemos tiempo para consagrarnos a esta tarea. Ya no nos está permitido poner la excusa de nuestras caídas, de la falta de tiempo o del peso con el que estamos cargados. Pues a todos los que recibieron al Señor por el baño de la regeneración, Él les dio poder de hacerse hijos de Dios (cf. Jn 1:12) y les dijo: "Basta ya, sabed que yo soy Dios" (Sal 45:11) y yo soy la impasibilidad. A Él, gloria por los siglos de los siglos. Amén.


LA ESCALA ESPIRITUAL SAN CLÍMACO - PARTE 26


"LA ESCALERA DEL DIVINO ASCENSO"
DE SAN JUAN CLÍMACO




"Escala al Paraíso"
(Scala Paradisi, o Escala Espiritual)
Juan Clímaco.

Basada en la edición del Obispo Alejandro (Mileant)
Corrección e introducción: Rolando Castillo



Vigésimo octavo Escalón: de la Oración


1. La oración es, en cuanto a su naturaleza, la conversación y la unión del hombre con Dios y, en cuanto a su eficacia, la madre y también la hija de las lágrimas, la propiciación para los pecados, un puente elevado por encima de las tentaciones, una muralla contra las tribulaciones, la extinción de las guerras, la obra de los ángeles, el alimento de todos los seres incorpóreos, la alegría futura, la actividad que no cesa jamás, la fuente de las gracias, el proveedor de los carismas, el progreso invisible, el alimento del alma, la iluminación del espíritu, el hada que cercena la desesperación, el destierro de la tristeza, la riqueza de los monjes, el tesoro de los hesicastas, la reducción de la cólera, el espejo del progreso, la manifestación de nuestra medida, la prueba del estado de nuestra alma, la revelación de las cosas futuras, el anuncio seguro de la gloria. Para el que reza verdaderamente, la oración es la corte de la justicia, la sala del juicio y el tribunal del Señor antes del juicio futuro.

2. Levantémonos y escuchemos lo que nos grita en voz alta esta santa reina de todas las virtudes: "Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11:28-30). Es un remedio soberano para los grandes pecados.

3. Si queremos permanecer ante nuestro rey y nuestro Dios y conversar con Él, no podemos ponernos en camino sin preparación, pues si nos ve, desde lejos, desprovistos de las almas y de las vestimentas que convienen a los que permanecen ante Él, ordenará a sus servidores y a sus esclavos que nos carguen de cadenas, nos lleven lejos de su presencia, rompan nuestros petitorios y nos los arrojen a la cara.

4. Cuando vayas a presentarte ante el Señor, la túnica de tu alma debe estar totalmente tejida con el hilo de la ausencia de rencor. De otra manera, no obtendrás ningún beneficio de la oración.

5. La tela de tu oración debe ser de un solo color. El publicano y el hijo pródigo se reconciliaron con Dios a través de una sola palabra.

6. Permanecer ante Dios es común a todos los que rezan; pero la oración presenta muchas variedades. Algunos se dirigen a Dios como a un amigo y a un maestro, ofreciéndole sus alabanzas y sus súplicas, no para ellos, sino para otros. Algunos piden un acrecentamiento de riqueza espiritual, de gloria y de confianza filial. Algunos le suplican que los libre completamente de su adversario. Otros, que les sea otorgado algún favor y otros piden ser liberados de toda preocupación con respecto a sus faltas. Algunos piden la liberación de la prisión, el perdón de sus crímenes.

7. Escribamos, en el pergamino de nuestra oración, antes que cualquier otra cosa, la acción de gracias sincera. En segundo lugar, la confesión de nuestras faltas y una contrición del alma sentida profundamente. Luego, presentemos nuestra demanda al Rey del Universo. Es la mejor manera de rezar, como se lo reveló un ángel del Señor a uno de nuestros hermanos.

8. Si has tenido que comparecer ante un juez terrenal, no necesitas otro modelo para tu actitud ante la oración. Pero si jamás has sido juzgado o si no has asistido al proceso de otros acusados, instrúyete, en todo caso, acerca de cómo los enfermos que van a ser amputados o cauterizados imploran a los cirujanos.

9. Cuando reces, no busques palabras complicadas, pues el simple balbuceo, sin variedad, de los niños, ha tocado a menudo al Padre de los cielos.

10. No hables demasiado cuando reces, para que tu espíritu no se distraiga buscando palabras. Una sola palabra del publicano apaciguó a Dios y un solo grito de fe salvó al ladrón. La locuacidad en la oración dispersa al espíritu y lo llena de imágenes, mientras que la repetición de una misma palabra le permite concentrarse.

11. Si una palabra de tu oración te llena de dulzura o de compunción, permanece en ella, pues nuestro ángel guardián está allí, rezando con nosotros.

12. No confíes demasiado, si crees que has adquirido cierta pureza; acércate mejor con profunda humildad y recibirás una confianza todavía más grande.

13. Reza por el perdón de tus pecados, incluso si has trepado toda la escala de las virtudes. Escucha lo que dice Pablo, al hablar de los pecadores: "El primero de ellos soy yo" (1 Tm 1:5).

14. El aceite y la sal sazonan la comida; la templanza y las lágrimas dan alas a la oración.

15. Si estás revestido de dulzura y libre de todo enojo, no penarás mucho para librar tu espíritu de su cautiverio.

16. Mientras no adquiramos la oración verdadera, nos pareceremos a aquellos niños que comienzan a caminar.

17. Esfuérzate para elevar tu pensamiento o mejor para encerrarlo en las palabras de tu oración; y si, a causa de su estado infantil, se debilita y cae, condúcela allí de nuevo. La inestabilidad es característica del intelecto, pero Dios tiene el poder de volver todo estable. Si perseveras infatigablemente en este combate, Aquel que puso los límites al mar de tu intelecto vendrá y te dirá durante tu oración: "Llegarás hasta aquí, no más allá" (Jb 38:1). El espíritu no puede estar encadenado; pero todo está sometido al Creador del espíritu.

18. Si has contemplado como se debe al sol, también podrás conversar con él como conviene. Si no, ¿cómo puedes relacionarte sin mentiras con aquel que no has visto?

19. El comienzo de la oración consiste en rechazar por medio de una sola palabra los pensamientos en el mismo momento en que se presentan. El estado intermedio consiste en mantener nuestro pensamiento en lo que decimos o pensamos. Y su perfección es el éxtasis en el Señor.

20. La exultación que sobreviene en el tiempo de la oración en los que viven en comunidad es una; y otra es la que se produce en los que oran en el hesicasmo. La primera puede estar un poco mezclada con la imaginación pero la segunda está totalmente llena de humildad.

21. Si ejercitas continuamente tu intelecto para que no divague, estará cerca de ti incluso durante las comidas. Pero si vagabundea sin ser detenido, no permanecerá jamás a tu lado.

22. Un gran trabajador de la oración perfecta y sublime dijo: "Prefiero decir cinco palabras con mi mente..." (1 Co 14:9). Pero una oración de tal naturaleza es extraña para las almas que se encuentran todavía en la infancia. Nosotros, que además somos imperfectos, necesitamos no sólo la calidad, sino una cantidad abundante de palabras para nuestra oración; mediante la cantidad se consigue la calidad. Se ha dicho, en efecto: "Él da una oración pura a aquel que reza asiduamente, incluso si su oración está llena de distracciones y es pesada."

23. Una cosa es lo que envicia la oración; otra, lo que la extingue; otra, lo que nos la roba, lo que la vuelve defectuosa. Lo que la envicia es mantenerse ante Dios y dejar que la imaginación forme pensamientos extraños. Lo que la apaga es dejarse cautivar por preocupaciones inútiles. Lo que nos la roba es dejar que nuestro pensamiento divague insensiblemente; lo que la vuelve defectuosa es toda mala sugestión que nos ataca en ese momento.

24. Si no estamos solos en el momento de la oración, adoptemos dentro de nosotros la actitud de la súplica. Si no hay nadie con nosotros que pueda alabarnos, adoptemos incluso exteriormente la actitud del que suplica. Pues en los que son imperfectos, a menudo el intelecto adopta la forma del cuerpo.

25. Para todos, pero especialmente para aquellos que van al Rey para obtener de Él la remisión de sus faltas, es necesaria una inexpresable contrición.

26. Mientras estamos todavía en prisión, escuchemos a Aquel que habló así de Pedro: "Levántate aprisa, y cayeron las cadenas de sus manos," cíñete a la obediencia, aleja de ti tu voluntad y así despojado acércate al Señor en la oración. Entonces recibirás al Dios que gobierna tu alma (cf. Hch 12:).

27. Resucita del amor del mundo y de los placeres, sepárate de las preocupaciones, despoja tu pensamiento, renuncia a tu cuerpo; la oración no es otra cosa que el olvido del mundo visible e invisible. "¿Quién hay para mí en el cielo? Estando contigo no hallo gusto ya en la tierra" (Sal 72:5). No deseo otra cosa que unirme continuamente a ti en una oración sin distracción. Unos desean la riqueza, otros, la gloria, y otros, grandes bienes, pero mi bien es estar junto a Dios; he puesto en el Señor la esperanza de la impasibilidad de mi alma (cf. Sal 72:8).

28. La fe da alas a la oración; sin ella no podemos volar al cielo.

29. Nosotros, que estamos sujetos a las pasiones, recemos al Señor con insistencia; pues todos los impasibles pasaron de la sujeción de las pasiones, a la impasibilidad.

30. El juez no teme a Dios porque es Dios, pero si el alma se convierte en viuda de Él por sus pecados y sus caídas y lo importuna, Él hará justicia de su adversario, el cuerpo, y de los espíritus que combaten contra ella (cf. Lc18:7).

31. Nuestro Dios, pleno de bondad y sabiduría, atrae con su amor a las almas agradecidas, escuchando sus demandas con prontitud; pero a las almas ingratas, como a perros, los deja rezar mucho tiempo ante Él intencionadamente, con hambre y sed de ser escuchados; pues un perro ingrato deja a su benefactor en cuanto ha obtenido su pan.

32. Después de haber perseverado por mucho tiempo en la oración no digas que no has llegado a nada; pues ya has obtenido un resultado. ¿Qué mayor bien, en efecto, que el de unirse al Señor y perseverar sin descanso en esta unión con Él?

33. Un criminal tiene menos temor ante la sentencia de su condena que un hombre que sabe lo que es la oración en el momento de rezar. Por eso, si es sabio, el recuerdo de este temor lo llevará a soportar injurias, a rechazar la cólera, toda preocupación, toda tribulación, toda satisfacción de su apetito, todo pensamiento malo y todo lo que distrae.

34. Prepárate para una oración incesante del alma en los momentos en que te consagras a la oración, y harás rápidos progresos. He visto a algunos que brillaban por su obediencia y que se esforzaban tanto que podían conservar en su intelecto el pensamiento de Dios; en el momento de la oración, podían recoger en seguida su espíritu y derramar torrentes de lágrimas porque estaban preparados de antemano para la santa obediencia.

35. Cuando la salmodia es comunitaria, está acompañada de distracciones y divagaciones; lo que no ocurre si es individual; pero entonces la apatía nos hace la guerra, mientras que en comunidad viene a ayudarnos la emulación.

36. La guerra hace conocer el amor del soldado por su rey; el tiempo y la práctica de la oración revelan el amor que el monje tiene por Dios.

37. Tu oración te hará conocer el estado de tu alma. Los teólogos, en efecto, llaman a la oración el espejo del monje.

38. Quien está realizando cualquier tarea y continúa haciéndolo cuando llega la hora de la oración, es un juguete de los demonios. Pues el objetivo de estos ladrones es cambiamos una actividad por otra.

39. No te niegues cuando alguien te pida que reces por su alma, incluso si no posees la oración; pues, a menudo, la fe del que pide salva al mismo tiempo al que reza por él con contrición.

40. No te enorgullezcas si tu oración por otro es escuchada; pues es su fe la que fue poderosa y eficaz.

41. Todo niño es interrogado cada día infatigablemente por su maestro acerca de lo que le enseñó; de la misma manera, el intelecto es interrogado con razón cada vez que reza, acerca de lo que ha hecho con la fuerza que recibió de Dios. Estemos, pues, atentos.

42. Una vez que hayas rezado con atención, apréstate a combatir los movimientos de cólera. Pues allí quieren conducirnos nuestros enemigos. Debemos practicar todas las virtudes siempre y, sobre todo, dedicarnos a la oración con profundo sentimiento interior. El alma reza con este sentimiento cuando domina su irascibilidad.

43. Lo que se obtuvo por una oración frecuente y prolongada es a prueba del tiempo.

44. Quien ha encontrado al Señor, ya no se propondrá más ese objetivo en su oración pues el propio Espíritu intercede por él en su corazón con gemidos inefables (cf. Rm 8, 26).

45. Durante la oración no admitas ninguna imagen sensible para no caer en el extravío.

46. La certeza íntima de que todas nuestras demandas son escuchadas se nos presenta claramente en la oración. La certeza íntima es la resolución de nuestras dudas. La certeza íntima es una manifestación indudable de lo que no es manifiesto.

47. Debes ser extremadamente misericordioso, tú que te dedicas a la oración. Pues en la oración los monjes recibirán cien por uno; el resto, lo tendrán en la vida eterna (cf. Mt 19, 29).

48. Cuando el fuego reside en el corazón, resucita la oración y cuando ésta se despierte y suba al cielo, descenderá el fuego en el cenáculo del alma (cf. Hch 2, 3).

49. Algunos dicen que la oración es mejor que el recuerdo de la muerte; pero yo alabo a las dos naturalezas en una sola persona.

50. Un excelente caballo, a medida que avanza en la carrera, se enardece y se anima más y más. Por carrera, quiero decir salmodia y por caballo, un intelecto valiente. Él olfatea de lejos el combate (cf. Jb 39:5), se encuentra preparado y se muestra enteramente convencido.

51. Es cruel quitarle el agua de la boca al que tiene sed; pero todavía es más cruel para un alma que reza con compunción, el ser arrancada de esta oración tan deseable antes de que termine completamente.

52. No abandones la oración antes de que hayas visto cesar el fuego y el agua por una disposición divina. Pues quizás no se presente más en toda tu vida una ocasión parecida para obtener la remisión de tus pecados.

53. A veces, quien ha recibido el sabor de la oración mancilla su intelecto al dejar escapar una sola palabra desconsiderada, y cuando regresa inmediatamente a la oración suele ocurrir que no encuentra en ella lo que deseaba.

54. Algunos vigilan asiduamente el corazón y otros hacen que el corazón vigile al intelecto, gobernador y gran sacerdote que ofrece a Cristo sacrificios espirituales. Cuando el fuego santo y celestial viene y permanece en el alma de los primeros, como dice uno de aquellos que fueron denominados teólogos, los quema porque no están perfectamente purificados, en tanto que ilumina a los segundos según la medida de su perfección. Pues el fuego es sólo uno: fuego que consume y luz que ilumina. Por eso, algunos concluyen la oración como si salieran de una hoguera ardiente, y se sienten aliviados de todo lo que es material y de toda mancha mientras que los otros resplandecen y están revestidos con i manto doble: el de la humildad y el de la alegría. Pero los que concluyen la oración sin haber experimentado ninguno de estos dos efectos, rezaron sólo con la boca, por no decir hipócritamente

55. Si un cuerpo ve modificada su propia manera de obrar cuando está en contacto con otro cuerpo, ¿cómo podría permanecer igual el que toca el cuerpo de Dios con manos puras?

56. Vemos que nuestro Rey tan bondadoso, como un rey de la tierra, distribuye sus dones a sus soldados: lo hace él mismo, a través de un amigo, a través de un esclavo o de una manera secreta. Esto siempre se producirá en proporción a la túnica de humildad que llevemos.

57. Un rey de la tierra se sentiría profundamente descontento al ver a un hombre que, en su presencia, da vuelta su rostro y conversa con sus enemigos. De la misma manera, merece la aversión del Señor quien acoge pensamientos impuros en el momento de la oración.

58. Cuando se aproxime el perro, domínalo con tu bastón y, aunque se presente a menudo, no cedas jamás.

59. Pide a través de la aflicción, busca a través de la obediencia y llama a través de la paciencia. Pues quien pide así, recibe; quien busca, encuentra y a quien llama, se le abrirá (cf. Mt 7:8).

60. No multipliques tus intercesiones en la oración por una mujer, para no ser sorprendido

61. No intentes confesar en detalle y tal como son, las faltas carnales, para no tenderte emboscadas a ti mismo.

62. No emplees el tiempo de la oración reflexionando acerca de cosas necesarias o asuntos de orden espiritual, pues perderás la mejor parte.

63. Quien mantiene sin descanso el bastón de la oración, no tropezará. E incluso si cae, su caída no será definitiva. Pues la oración es una piadosa violencia ejercida por Dios (cf. Lc 11:5-8; 18:1-8).

64. No podemos juzgar la utilidad de la oración por las embestidas que nos libran de los demonios y juzgar sus frutos por la derrota del enemigo. "En esto sabré que eres mi amigo: si mi enemigo no lanza más su grito contra mí" (Sal 40:12). "Invoco con todo el corazón," dice el salmista (Sal 118:145), es decir, con la boca, con el alma y con el espíritu. Pues allí donde están dos reunidos, allí está Dios en medio de ellos (cf. Mt 18:20).

65. No todos tienen las mismas necesidades, ni en lo que concierne al cuerpo, ni en lo que concierne al espíritu. Para algunos es conveniente ir más rápidamente; para otros, tomar su tiempo para la salmodia. Los primeros luchan contra las distracciones, los otros, contra la ignorancia.

66. Si hablas al Rey constantemente de tus enemigos, ten confianza cuando te ataquen. No tendrás que penar, pues se retirarán rápidamente por sí mismos. Esos espíritus malvados no quieren verte obtener un premio por los combates que libras contra ellos a través de la oración. Es más, flagelados por tu oración, huirán como del fuego.

67. Ten ánimo y tendrás al propio Dios como maestro de oración. Es imposible aprender a ver por medio de palabras, porque ver es un efecto de la naturaleza. Es completamente imposible también aprender la belleza de la oración a través de la enseñanza de otro. La oración sólo se aprende en la oración y tiene a Dios por maestro, "que enseña al hombre el saber" (Sal 93:10), que otorga el don de la oración a aquel que reza y "guarda los pasos de sus fieles" (Sal 2:9). Amén.


EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís