FRASES PARA SACERDOTES


Dice el demonio: de cierta forma estoy obligado a decir, tengo que decir esto: las mujeres deben llevar velo pero ya hace tiempo que no lo llevan por un querer del infierno.

De: La Eucaristía y lo que dicen los demonios. Padre Carlos Cancelado.

EL SACERDOTE ABRE LAS PUERTAS AL FUTURO DE DIOS PARA EL MUNDO

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO (Parte 18).


LA LINTERNA MÁGICA


SUEÑO 30.—AÑO DE 1861.
(M. B. Tomo VI, págs. 897-916)

Con singular acuerdo nos ofrecen numerosas crónicas particulares del Oratorio un sueño narrado por el mismo Don Bosco, en el cual vio su Obra de Valdocco y los frutos que produciría en el porvenir; el estado de las conciencias de sus alumnos; los que eran llamados al estado eclesiástico o a servir a Dios en la Pía Sociedad o a llevar vida de seglares y el porvenir de la naciente Congregación.

El siervo de Dios soñó, pues, la noche precedente al dos de mayo y el sueño le duró casi seis horas. Apenas amaneció se levantó del lecho para tomar algunos apuntes sobre las escenas principales y anotar los nombres de algunos personajes que había visto desfilar a través de su fantasía mientras dormía.

En la narración de dicho sueño invirtió tres buenas noches consecutivas, hablando a sus jóvenes desde la tribuna que le sollian colocar debajo del pórtico una vez rezadas las oraciones de costumbre.

El dos de mayo estuvo hablando por espacio, casi, de tres cuartos de hora.

El exordio, como sucedía siempre que comenzaba una de estas narraciones, parece un poco confuso y extraño, lo que juzgamos natural, por razones que hemos expuesto ya en otros lugares y por las que someteremos al juicio de nuestros lectores.

Comenzó, pues, el siervo de Dios a hablar así a los jóvenes después de haberles anunciado el tema de sus buenas noches:

Este sueño se refiere solamente a los estudiantes.

Muchísimas cosas de las que vi en él no sería capaz de describirlas, por falta de inteligencia y por insuficiencia de palabras.


********

Me parecía haber salido de mi casa de Becchi. Me dirigía por un sendero que conducía a un pueblo próximo a Castelnuovo, llamado Capriglio. Quería visitar un campo arenoso de nuestra propiedad, que estaba situado en un vallecillo detrás del caserío llamado Valcappone; la cosecha de este campo apenas si produce para pagar los impuestos. En mi niñez estuve varias veces trabajando en aquel sitio.

Había recorrido ya un buen trecho de camino, cuando cerca de aquel campo me encontré con un hombre como de unos cuarenta años, de estatura ordinaria, barba larga y bien cuidada y de rostro moreno. Vestía un traje que le llegaba hasta las rodillas, llevaba ceñidos los costados y sobre la cabeza una especie de gorrito blanco. Se hallaba en actitud de quien espera a alguien. El tal me saludó familiarmente como si yo fuese para él persona conocida desde mucho tiempo; después me preguntó:
— ¿Adonde vas?

Mientras detenía el paso, le repliqué:
—Voy a ver un campo que tenemos por estos contornos. Y tú, ¿qué haces aquí?
—No seas curioso —me contestó—. No necesitas saberlo.
—Bien. Pero al menos haz el favor de decirme tu nombre y quién eres, pues, me he dado cuenta de que me conoces. Yo, en cambio, no te conozco.
—No hace falta que te diga ni mi nombre, ni mis cualidades. Ven. Prosigamos juntos.
Me puse en camino con él y después de avanzar unos pasos me vi en un extenso campo cubierto de higueras. Mi compañero me dijo:
— ¿No ves qué hermosos higos hay aquí? Si quieres puedes coger y comer de ellos.

Yo le respondí maravillado:
—En este campo nunca hubo higos.
Y él añadió:
—Pues ahora los hay; ahí los tienes. —Pero no están maduros; todavía no es tiempo de higos. —Pues a pesar de ello, mira: los hay ya muy hermosos y en punto; si quieres probarlos date prisa porque se hace tarde.

Y como yo no me moviese, mi amigo insistió:
—Date prisa; no pierdas tiempo, que se acerca la noche. —Pero ¿por qué me das tanta prisa? No, no quiero higos; me agrada verlos, regalarlos, pero no me son agradables al paladar.
—Si es así, sigamos adelante; pero recuerda lo que dice el Evangelio de San Mateo, cuando habla de los grandes acontecimientos que sucederán a Jerusalén. Decía Cristo a los Apóstoles: Ab arbore fici discite parabolam. Cum jam ramus ejus tener fuerit et folia nata, scitis quia prope est aestas. Y ahora está muy cerca, puesto que los higos comienzan a madurar.

Reemprendimos la marcha y he aquí que apareció otro campo sembrado de viñas. El desconocido me dijo inmediatamente:

— ¿Quieres uvas? Si no te agradan los higos, ahí tienes uvas: coge come.
— ¡Oh! Ya las cogeremos a su tiempo en la viña.
—Pues aquí también las hay.
— ¡A su tiempo!—, le respondí.
—Pero, ¿no ves cuánta uva madura?
-— ¿Posible? ¿Y en esta estación?
—Pero date prisa, que se hace tarde y no hay tiempo que perder.
— ¿Qué prisa tenemos? Con tal de que al final del día me encuentre en mi casa…
—Te repito que te des prisa, pues pronto se hace de noche.
—Si se hace de noche volverá otra vez el día.
—No es cierto; ya no volverá el día.
— ¿Cómo? ¿Qué es lo que quieres decir?
—Que se acerca la noche.
—Pero ¿de qué noche me estás hablando? ¿Quieres decir que debo preparar la mochila para partir? ¿Que debo ir pronto a mi eternidad?
—Se aproxima la noche: dispones de muy poco tiempo.
—Dime al menos si será pronto. ¿Cuándo he de partir?
—No seas tan curioso. Non plus sápere quam oportet sápere.
—Así decía mi madre a los entrometidos —pensé para
mí—; y después proseguí en alta voz:
—Por ahora no quiero uvas.
Seguimos avanzando lentamente y tras breve caminar llegamos al campo de nuestra propiedad, en el qué encontramos a mí hermano José cargando un carro. Al verme se acercó para saludarme; después saludó a mi compañero, pero viendo que éste no respondía al saludo ni le hacía caso, me preguntó si el tal había sido condiscípulo mío:
—No —le dije—, es la primera vez que lo veo.

Entonces José le dirigió de nuevo la palabra diciéndole:
—Oiga, por favor, dígame su nombre; tenga la bondad de contestarme; que yo sepa con quién hablo. Pero el guía continuaba sin hacerle caso. Mi hermano, extrañado, se dirigió nuevamente a mí para preguntarme:
—Pero ¿quién es éste?
—No lo sé, no ha querido decírmelo.

Ambos insistimos para que nos dijese de dónde venía, pero el otro volvió a repetir: Non plus sápere quam oportet sápere.
Entretanto mi hermano se había alejado y no volví a verle, mientras que el desconocido, dirigiéndose a mí, me dijo:
— ¿Quieres ver algo extraordinario?
—De buena gana— respondí.
— ¿Quieres ver a tus muchachos tal y como son actualmente? ¿Cómo serán en el futuro? ¿Quieres contarlos?
— ¡Oh!, sí, sí.
—Ven, pues.

Entonces sacó no sé de dónde una gran máquina, que no sabría describir, la cual constaba de una gran rueda. Y mientras la colocaba en el suelo le pregunté:
— ¿qué significa esa rueda?
—La eternidad en las manos de Dios— me respondió.

Y tomando la manivela de aquella rueda, la hizo girar.
Después me dijo:
—Toma el manubrio y dale una vuelta.

Así lo hice y después mi acompañante añadió:
—Ahora mira dentro.

Observé la máquina y vi que tenía un gran cristal en forma de lente, casi de un metro y medio de diámetro, emplazado en el centro de la misma y fijo en la rueda.

Alrededor de la lente se leía: Hic est óculus qui humilia réspicit in coelo et in térra. Inmediatamente apliqué la cara a la lente. Miré y ¡oh, espectáculo maravilloso! Vi en el interior de aquel artefacto a todos los jóvenes del Oratorio.
—Pero ¿cómo es posible?—, me decía para mí. Hasta ahora no vi a ninguno de mis hijos en esta región y ahora los contemplo a todos reunidos. ¿Pero no están en Turín?

Miré por encima y a los lados de la máquina, pero fuera de la lente a nadie veía. Levanté el rostro para expresar mi admiración al compañero, pero apenas pasados unos instantes me ordenó que diese una segunda vuelta a la manivela, y vi una singular y extraña separación de jóvenes. A un lado los buenos y a otro los malos. Los primeros radiantes de felicidad; los otros, que afortunadamente no eran muchos, daban compasión. Yo los reconocí a todos, pero ¡qué distintos eran de lo que los compañeros creían! Unos tenían la lengua agujereada; otros los ojos completamente extraviados; quiénes sufrían dolor de cabeza producido por repugnantes úlceras, no faltando los que tenían el corazón roído por los gusanos.

Cuanto más los miraba, más afligido me sentía.
—Pero ¿es posible que estos sean mis hijos?, — exclamé—. No comprendo lo que pueden significar estas extrañas enfermedades. Al escuchar estas palabras, el que me había conducido a la rueda, me dijo:
—Escúchame: la lengua agujereada significa las malas conversaciones; la vista extraviada, los que interpretan o juzgan de una manera torcida los designios de Dios, prefiriendo la tierra al cielo; la cabeza enferma, representa el menosprecio de tus avisos y consejos y la satisfacción de los propios caprichos; los gusanos son las malas pasiones que corroen el corazón; también están ahí los sordos, los que no quieren escuchar tus palabras para no ponerlas en práctica.

Después me hizo una señal, y yo, dando una tercera vuelta a la rueda, apliqué el ojo a la lente del aparato. Vi entonces a cuatro jóvenes atados con gruesas cadenas. Los observé atentamente y los conocí a los cuatro. Pedí explicación al desconocido y me respondió:
—Lo puedes comprender fácilmente: son los que no escuchan tus consejos y si no cambian de conducta corren el peligro de ir a parar a la cárcel y acabar en ella sus días por sus delitos o graves desobediencias. —Desearía tomar nota de sus nombres para no olvidarlos —le dije—, pero el amigo me respondió. —No hace falta; están ya todos anotados; aquí los tienes escritos en este cuaderno.

Entonces me di cuenta de que mi acompañante tenía un cuadernillo en la mano. Me ordenó que diese otra vuelta al manubrio y después de hacerlo, me puse nuevamente a mirar. Vi a otros siete jóvenes, todos de aspecto huraño y desconfiado, con un candado que les cerraba los labios.

Tres de ellos se tapaban también los oídos con las manos. Me separé entonces del cristal y quise anotar con lápiz sus nombres, pero aquel hombre me volvió a decir:
—No hace falta; aquí los tienes escritos en este cuaderno que llevo siempre conmigo. Y se opuso en absoluto a que yo escribiese. Yo, lleno de estupor y dolorido por aquella extraña actitud, pregunté el significado de aquel candado que cerraba los labios de aquellos infelices.
El me respondió:
— ¿No lo entiendes? Estos son los que callan.
—Pero ¿qué es lo que callan?
— ¡Callan!

Entonces comprendí que se trataba de la Confesión. Eran los que incluso, cuando el confesor les pregunta, no responden, o responden evasivamente, o faltan a la verdad.
Dicen sí cuando deben responder no y viceversa.

El amigo continuó:
—¿Ves aquellos tres que además de llevar un candado en la boca se tapan los oídos con las manos? ¡Qué condición tan deplorable la suya! Esos son los que no solamente callan pecados en la confesión, sino que además no quieren escuchar en manera alguna los avisos, los consejos, las ordenes del confesor. Son los que no prestarán oído a tus palabras, aunque parezca que las escuchan y que estaban dispuestos a obrar diversamente. Podrían quitarse las manos de donde las tienen, pero no quieren hacerlo. Los otros cuatro escucharon tus consejos, tus exhortaciones, pero no se aprovecharon de ellas.

— ¿Y cómo haría para quitarles ese candado? —Ejiciatur superbia e córdibus eorum.
—Amonestaré a éstos —proseguí—, pero para los que se tapan los oídos con las manos hay pocas esperanzas.

Aquel hombre me dio después un consejo; a saber, que cuando dijese dos palabras desde el pulpito, una fuera sobre la manera de confesarse bien; y por mi parte prometí obedecerla. No diré que solamente hablaré de esto, porque me haría pesado, pero sí que inculcaré con frecuencia una máxima tan necesaria. En efecto, es mucho mayor el Número de los que se condenan por confesarse mal que los que van al infierno por no confesarse, porque aun los malos alguna vez se confiesan, pero son muchísimos los que no se confiesan bien.

El personaje misterioso me hizo dar otra vuelta a la manivela. Miré después y vi a otros tres jóvenes en una situación espantosa.

Cada uno de ellos tenía un mono enorme sobre las espaldas. Al observar atentamente pude comprobar que aquellos animales tenían cuernos. Cada uno de ellos con las patas delanteras apretaban fuertemente las gargantas de sus infelices víctimas de forma que el rostro de aquellos desgraciados muchachos se tomaba de un color rojo sanguinolento, y sus ojos, inyectados en sangre, parecía que iban a saltar de sus órbitas. Con las patas de atrás les apretaban los muslos de manera que a duras penas les consentían moverse y con la cola, que les llegaba hasta el suelo, les enredaban las piernas hasta el punto que les hacían imposible el caminar. Esto representaba a los jóvenes que después de los ejercicios espirituales continúan en pecado mortal, especialmente contra la pureza y la modestia, habiéndose hecho reos en materia grave contra el sexto mandamiento. El demonio les apretaba la garganta para no dejarles hablar cuando debían hacerlo; les hacía enrojecer hasta perder la cabeza, y proceder de una manera irracional, haciéndoles esclavos de una vergüenza fatídica, que, en lugar de conducirlos a la salvación, los lleva a la ruina. Mediante sus estratagemas les hacen saltar los ojos de las órbitas, para que no puedan ver sus miserias y los medios para salir del estado miserable en que se encuentran, haciéndoles víctimas de su aprensión y repugnancia hacia los Santos Sacramentos. Los tienen aprisionados por los muslos y por las piernas., para que no puedan moverse ni dar un paso por el camino del bien; tal es el predominio de la pasión, a causa del hábito contraído, que llegan a creer imposible la enmienda.

1 comentario:

  1. Es horrible el pecado. Pidamos por los jóvenes.
    Yo me confieso cada semana, para tener cada día
    el alma más pura y mi dulce Huésped se encuentre
    muy bien en mi morada.Todo para mayor Gloria de
    Su nombre.
    ¡Muchas gracias!
    Dios le bendiga.

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