FRASES PARA SACERDOTES


"Nunca pueden confiar en una persona que desprecia la Madre de Dios. No le pueden oír nada de lo que enseña, no pueden leer nada de lo que escribe y no pueden oír nada de lo que predica. El que desprecia a la Madre de Jesús es un mismo enviado del diablo. Porque el único que persigue a la Madre de Jesús, la teme y la odia es satanás."

De: LA BATALLA ESPIRITUAL, Marino Restrepo.

EL SACERDOTE ABRE LAS PUERTAS AL FUTURO DE DIOS PARA EL MUNDO

"CAMINAR CON LOS PADRES DE LA IGLESIA" - ENTREGA 4




Lecturas espirituales para el crecimiento en la fe

Con notas biográficas, comentarios de textos, índice de autores y tabla de lecturas para tiempos litúrgicos.

A los Delegados de la Palabra de Dios, catequistas, coordinadores y líderes comunitarios católicos de Nicaragua.

Equipo Teyocoyani
Acción Ecuménica para la Capacitación y Reflexión Teológica.
De la Rotonda de Metrocentro 150 mts. abajo
Teléfono 2786438 e-mail: teyocoya@tmx.com.ni

Diagramación: Elida Herrera

Ilustraciones: Hermanitas de Jesús

Con licencia eclesiástica
de Mons. David Zywiec O.F.M. Cap.

2. Dios nos sale al 
encuentro

Cristo es el cumplimiento de las promesas de Dios
De los Comentarios de San Agustín, obispo, sobre los salmos

Lectura bíblica: 2 Co 1, 18-22
San Agustín (354-430)

Se convirtió a la fe católica escuchando las predicaciones de San Ambrosio en Milán en el año 387; tras recibir de sus manos el bautismo, se consagró en adelante a la vida cristiana. Antes de su conversión tuvo que recorrer un tortuoso camino en búsqueda de la verdad. Hijo de padre pagano y madre católica, nació en Tagaste, pequeña ciudad del norte de África perteneciente al imperio romano; desde niño mostró gran talento y sus padres se esforzaron por ofrecerle la mejor educación posible.

Después de su conversión regresó al Africa, donó sus bienes a los pobres y se retiró con un grupo de amigos suyos a una finca, para vivir con sencillez y dedicarse a la oración y al estudio de la Sagrada Escritura.

Pero el pueblo católico de Hipona solicitó al obispo Valerio que lo ordenara sacerdote; después trabajó como asistente suyo y llegó a ser sucesor. Pastorear su diócesis le exigía tiempo y sin embargo logró escribir innumerables obras teológicas de gran riqueza y profundidad.

Es uno de los maestros de la Iglesia de mayor influencia en la historia del cristianismo.

Comentario
San Agustín abarca aquí de una sola mirada toda la historia de la salvación. Las promesas de Dios en el Antiguo Testamento se han cumplido en Jesucristo. Aguardamos ahora en esperanza la consumación de la creación. Los dones derramados sobre la humanidad en Cristo nos mueven al amor de Dios, pues el amor invita al amor.

Dios estableció el tiempo de sus promesas y la época de su cumplimiento. El periodo de las promesas abarcó desde el tiempo de los profetas hasta Juan Bautista; desde éste hasta el fin es el tiempo de su cumplimiento.

Fiel es Dios, que se constituyó en nuestro deudor; no porque haya recibido algo de nosotros, sino porque nos prometió tan grandes bienes. La promesa le pareció poco; por eso quiso obligarse por escrito, firmando, por decirlo así, un documento que atestiguara sus promesas, para que, cuando comenzara a cumplir las cosas que prometió, viésemos en ese escrito en qué orden se cumplirían. El tiempo de las profecías era, como muchas veces lo he afirmado, el del anuncio de las promesas.

Prometió la salvación eterna, la vida bienaventurada y sin fin en compañía de los ángeles, la herencia imperecedera, la gloria eterna, la dulzura de la contemplación de su rostro, su templo santo en los cielos y, como consecuencia de la resurrección, la ausencia total del miedo a la muerte.

Ésta es, en cierto modo, su promesa final, hacia la que tienden todos nuestros cuidados, porque una vez que la hayamos alcanzado ya no buscaremos ni exigiremos ninguna otra cosa. También manifestó en qué orden se cumplirían sus promesas y profecías hasta alcanzar ese último fin.

Prometió la divinidad a los hombres, la inmortalidad a los mortales, la justificación a los pecadores, la glorificación a criaturas despreciables.

Sin embargo, hermanos, como a los hombres les parecía increíble la promesa de Dios de sacarlos de su condición mortal -de corrupción, bajeza, debilidad, polvo y ceniza- para asemejarlos a los ángeles, no sólo firmó una alianza con los hombres para moverlos a creer, sino que también estableció un mediador como garante de su fidelidad; y no estableció como mediador a cualquier príncipe o a un ángel o arcángel, sino a su Hijo único.

Y por él nos mostró el camino que nos conduciría hacia el fin prometido. Pero no bastó a Dios indicarnos el camino por medio de su Hijo: quiso que Él mismo fuera el camino, para que, bajo su dirección, tú caminaras por él. Por tanto, el Hijo único de Dios tenía que venir a los hombres, tenía que hacerse hombre y, en su condición de hombre, tenía que morir, resucitar, subir al cielo, sentarse a la derecha del Padre y cumplir todas sus promesas en favor de las naciones. Y, después del cumplimiento de estas promesas, cumplirá también la promesa de venir otra vez para pedir cuentas de sus dones, para separar a los que se hicieron merecedores de su ira de quienes se hicieron merecedores de su misericordia, para castigar a los impíos, conforme lo había amenazado, y para recompensar a los justos, según lo había prometido.

Todo esto debió ser profetizado y anunciado de antemano para que no atemorizara a nadie si acontecía de repente, sino que, siendo objeto de nuestra fe, lo fuese también de una ardiente esperanza. Dios nos llama con su amor

De los Sermones de San Pedro Crisólogo, obispo Lectura bíblica: Ti 3, 3-7; 1 Jn 4, 8-11 San Pedro Crisólogo (¿-450)

De él sabemos apenas que fue arzobispo de Rávena al norte de Italia y famoso predicador (Crisólogo significa “palabra de oro”). Se conservan alrededor de 200 sermones suyos o atribuidos a él. Ejerció gran autoridad como obispo y estuvo muy unido al Papa León Magno (440-461).


Comentario

Hay católicos bautizados que alegan no haber descubierto al Dios del amor sino hasta abandonar nuestra fe para unirse a otra comunidad eclesial. Muchos creyentes viven aún temerosos de Dios y no han sido personalmente alcanzados por el mensaje liberador de su amor. San Pedro Crisólogo nos ayuda a corregir esa visión, mostrándonos que nunca ha habido otro Dios, sino el del amor.

Al ver al mundo oprimido por el temor, Dios procura continuamente llamarlo con amor; lo invita con su gracia, lo atrae con su caridad, lo abraza con su afecto.

Por eso lava con las aguas del diluvio a la tierra que se había pervertido y constituye a Noé padre de la nueva generación, le brinda su amistad, le habla amablemente, le indica lo que debe hacer y lo consuela, prometiéndole su favor para el futuro. Deja luego de darle órdenes y, tomando parte él mismo en la tarea, ayuda a encerrar en el arca a aquella descendencia que había de perdurar por todos los tiempos, para que este amor, que se manifestaba participando en aquel trabajo, borrara todo temor, que es propio de la esclavitud, y para que así esta comunidad de amor conservara lo que había sido salvado por el trabajo en común.

Por eso llama también luego a Abrahán de entre los paganos, engrandece su nombre, lo hace padre de la fe, lo acompaña en el camino, lo cuida durante su permanencia en un país extranjero, lo enriquece con toda clase de bienes, lo honra con triunfos, lo regala con promesas, lo libra de las injurias, lo consuela haciéndose su huésped y, contra toda esperanza, le concede milagrosamente un hijo; para que, colmado con tantos beneficios y atraído con tantas pruebas de la caridad divina, aprenda a amar a Dios y no a temerlo, a rendirle culto por amor y no dominado por el terror.

Por eso consuela en sueños a Jacob durante su huida, y a su regreso lo motiva a luchar y a trabarse con él en extraordinario combate; para que terminara amando, no temiendo, al autor de ese combate.
Por eso llama a Moisés, revelándose como el Dios de sus antepasados, le habla con amor de padre y lo urge a que libere a su pueblo de la opresión de Egipto. Ahora bien, por todo lo que acabamos de evocar que manifiesta cómo la llama de la divina caridad encendió los corazones de los hombres y cómo Dios derramó en sus sentidos la abundancia de su amor, los hombres, que estaban privados de la visión de Dios a causa del pecado, comenzaron a desear ver su rostro.

Pero la mirada del hombre, tan limitada, ¿cómo podría abarcar a Dios, a quien el mundo no puede contener? La fuerza del amor no mide las posibilidades, ignora las fronteras. El amor no discierne, no reflexiona, no conoce razones. El amor no se resigna ante la imposibilidad, no se amedrenta ante ninguna dificultad. Si el amor no alcanza el objeto de sus deseos, llega hasta a ocasionar la muerte del amante; va, por lo tanto, hacia donde es impulsado, no hacia donde parece lógico que deba de ir.

El amor engendra el deseo, se enciende cada vez más y tiende con mayor vehemencia hacia lo que no consigue alcanzar. Y ¿qué más diré?

El amor no descansa mientras no ve lo que ama; por eso a los santos les parecía poco cualquier recompensa, mientras no viesen a Dios. Por eso el amor que ansía ver a Dios se ve impulsado, por encima de todo juicio sensato, por el deseo ardiente de encontrarse con él. Por eso Moisés se atrevió a decir: Si he obtenido tu favor; muéstrate a mí. Por eso también se dice en otro lugar: Déjame ver tu figura. Y hasta los mismos paganos en medio de sus errores se fabricaron ídolos para poder ver con sus propios ojos el objeto de su culto.


El misterio de la Encarnación

De las Cartas de San León Magno, papa
Lectura bíblica: Col 1, 15-20
San León Magno (¿-461)

Electo obispo de Roma y sucesor del apóstol Pedro en el año 440, convenció en 452 al temible rey de los Hunos, Atila, para que desocupara los territorios que había conquistado; tres años más tarde persuadió también a Genserico, rey de los Vándalos, para que no saqueara Roma.

El Papa salvó así de la destrucción la gran herencia cultural de Grecia y Roma. Como pontífice defendió la fe católica ante diversas herejías y reafirmó la potestad del sucesor de Pedro como cabeza de la Iglesia universal. El texto suyo que a continuación ofrecemos fue leído en el Concilio de Calcedonia (451) y los obispos allí reunidos solemnemente exclamaron: “Esta es la fe de los Padres, esta es la fe de los apóstoles; así lo creemos. San Pedro ha hablado por boca de León”. Se conservan 125 cartas doctrinales y administrativas suyas y 97 sermones.


Comentario

Este pasaje refleja un punto de maduración en la doctrina sobre Jesucristo: el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad, se manifestó de manera indirecta a través de los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento, hasta encarnarse definitivamente en la Virgen María por la fuerza del Espíritu Santo. Uniendo en sí la naturaleza humana y la divina y participando nosotros por el bautismo del misterio de Cristo, renacemos por el Espíritu Santo para ser liberados de las fuerzas del mal que nos oprimen.

De nada nos serviría afirmar que nuestro Señor, el Hijo de la Virgen María, es hombre verdadero y perfecto si no creyésemos además que es hombre perteneciente a aquella línea de antepasados mencionada en el Evangelio. Mateo, en efecto, dice: Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán; y sigue el orden de su generación humana hasta llegar a José, con quien estaba desposada la Madre del Señor.

Lucas, en cambio, siguiendo un orden inverso, se remonta al origen del género humano, para mostrar que el primer Adán y el nuevo Adán tienen una misma naturaleza.

El Hijo de Dios, en su poder sin límites, hubiera podido manifestarse, para instruir y justificar a los hombres, como se había manifestado a los patriarcas y profetas, es decir, bajo diversas apariencias humanas, como, por ejemplo, cuando entabló una lucha o mantuvo una conversación, o cuando no rechazó la hospitalidad que le ofrecían y tomó el alimento que le presentaban.

Todas estas figuras eran como profecía y anuncio misterioso de aquel hombre que debía asumir, de la descendencia de esos mismos patriarcas, una verdadera naturaleza humana. Pero todas estas figuras no podían realizar aquel misterio de nuestra reconciliación prefijado antes de los tiempos, porque el Espíritu Santo no había descendido aún sobre la Virgen ni el poder del Altísimo la había aún cubierto con su sombra; solamente cuando la Sabiduría eterna, edificándose una casa en el seno purísimo de la Virgen, se hizo hombre pudo tener cumplimiento este admirable designio; y, uniéndose la naturaleza humana y la divina en una sola persona, el Creador del tiempo nació en el tiempo, y aquel por quien fueron hechas todas las cosas empezó a contarse entre las criaturas.

Pues si el nuevo hombre, sometido a una existencia semejante a la de la carne de pecado, no hubiera llevado sobre sí nuestros pecados, si el que es Dios como el Padre no se hubiera dignado tomar la
condición humana de una madre y si libre de todo pecado no hubiera unido a sí nuestra naturaleza, la cautividad humana continuaría sujeta al yugo del demonio; y tampoco podríamos gloriarnos de la victoria del Vencedor si ésta hubiera sido obtenida en una naturaleza distinta a la nuestra.

El sacramento de la renovación de nuestro ser nos ha hecho partícipes de estos admirables misterios, por cuanto el mismo Espíritu, por cuya virtud fue Cristo engendrado, ha hecho que también nosotros
volvamos a nacer con un nuevo nacimiento espiritual. Por eso el evangelista dice, refiriéndose a los creyentes: Ellos traen su origen no de la sangre ni del deseo carnal ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios.


La misericordia de Dios se mostró en Jesucristo

De la Carta a Diogneto
Lectura bíblica: Rm 3, 21-26
La Carta a Diogneto

Desconocemos el autor de esta famosa carta, probablemente del siglo tercero, dirigida a un importante personaje del mundo pagano y que despliega las razones por las que vale la pena ser cristiano.


Comentario

El argumento de este pasaje de la Carta a Diogneto se hace eco de la epístola de Pablo a los romanos: sin mérito ni razón de nuestra parte, sino tan sólo por su inexplicable bondad, Dios nos ha concedido una vida nueva en Jesucristo. El autor saborea hasta el fondo la profunda novedad de su fe cristiana y se siente movido a gratitud, esperanza y alegría. ¿Podrá este antiguo autor contagiarnos con su fresca sensibilidad para apreciar tan grande don?

Nadie jamás ha visto ni ha conocido a Dios, pero él ha querido manifestarse a sí mismo. Se manifestó a través de la fe, que es la única a la que se le concede ver a Dios. Porque Dios, Señor y Creador de todas las cosas, que todo lo hizo y todo lo dispuso con orden, no sólo amó a los hombres, sino que también fue paciente con ellos. Siempre lo fue, lo es y lo será: bueno, benigno, exento de toda ira, veraz; más aún: él es el único bueno. Después de haber concebido un designio grande, incapaz de ser expresado con palabras humanas, se lo comunicó a su único Hijo.

Mientras mantenía oculto su sabio designio y lo reservaba para sí, parecía abandonarnos y olvidarse de nosotros. Pero, cuando lo reveló por medio de su amado Hijo y manifestó lo que había establecido desde el principio, nos dio juntamente todas las cosas: participar de sus beneficios y ver y comprender sus designios. ¿Quién de nosotros hubiera esperado jamás tanta generosidad?

Dios, que todo lo había dispuesto junto con su Hijo, permitió que hasta el tiempo anterior a la venida del Salvador viviéramos desviados del camino recto, atraídos por los deleites y placeres deshonestos, y nos dejáramos  arrastrar por nuestros impulsos desordenados. No porque se complaciera en nuestros pecados, sino que los toleraba. Ni es tampoco que Dios aprobara aquel tiempo de maldad, sino que estaba preparando el tiempo actual de justicia, a fin de que, demostrada nuestra culpabilidad en aquel tiempo en que por nuestras propias obras éramos indignos de la vida, fuéramos hechos dignos de ella por la bondad de Dios, reconociendo así que por nosotros mismos no podíamos entrar en el reino de los cielos, pero que esto se nos concedía como un don de Dios.

Pues cuando nuestra maldad había colmado la medida y se hizo plenamente manifiesto que por ella merecíamos el castigo y la muerte, llegó en cambio el tiempo establecido por Dios para manifestar su bondad y su poder ¡oh inmenso amor de Dios a los hombres! y no nos odió ni nos rechazó ni se vengó de nuestras ofensas, sino que nos soportó con grandeza de ánimo y paciencia, apiadándose de nosotros y cargando él mismo con nuestros pecados. Nos dio a su propio Hijo como precio de nuestra redención: entregó al que es santo para redimir a los impíos, al inocente por los malos, al justo por los injustos, al incorruptible por los corruptibles, al inmortal por los mortales. Y ¿qué otra cosa hubiera podido encubrir nuestros pecados sino su justicia? Nosotros que no amamos a Dios ni al prójimo y somos malos, ¿en quién hubiéramos podido ser justificados sino únicamente en el Hijo de Dios?

¡Oh admirable intercambio, mediación incomprensible, beneficios inesperados: que la impiedad de muchos sea encubierta por un solo justo y que la justicia de un solo hombre justifique a tantos impíos!


En la humanidad de Cristo se nos muestra la misericordia del Padre

De los Sermones de San Bernardo, abad.
Lectura bíblica: Fil 2, 1-11
San Bernardo (1090-1153)

Este santo francés vivió en el siglo doce y tuvo gran impacto en su época. A sus 22 años ingresó en un monasterio cisterciense y arrastró tras de sí a varios primos y amigos suyos, que también se hicieron monjes. Enamorado de la Escritura, el silencio y la oración, renunció sin embargo a la tranquilidad de su retiro para luchar incansablemente por la reforma de la Iglesia, que atravesaba un periodo turbulento, pues dos Papas se disputaban el liderazgo. Intervino en los grandes conflictos políticos y religiosos de su tiempo y se opuso a los abusos de Papas, obispos y autoridades eclesiásticas. Antes de su muerte había fundado 68 monasterios.

Su espiritualidad se caracteriza por un amor muy tierno a la humanidad del Señor y una ferviente devoción mariana.

Comentario

Esta maravillosa página de San Bernardo es una profunda meditación sobre la Encarnación. En la humanidad del Señor asume Dios nuestra frágil condición humana y, cuanto más hondo desciende en el dolor y la muerte, tanto más resplandece su amor y misericordia por nosotros. Dios, nuestro Salvador; hizo aparecer su misericordia y su amor por los hombres. Demos gracias a Dios, pues por él abunda nuestro consuelo en esta nuestra peregrinación, en éste nuestro destierro, en ésta vida tan llena aún de miserias.

Antes de que apareciera la humanidad de nuestro Salvador, la misericordia de Dios estaba oculta; existía ya, sin duda, desde el principio, pues la misericordia del Señor es eterna, pero al hombre le era imposible conocer su magnitud. Ya había sido prometida, pero el mundo aún no la había experimentado y por eso eran muchos los que no creían en ella. Dios había hablado, ciertamente, de muchas maneras por ministerio de los profetas.

Y había dicho: Sé muy bien lo que pienso hacer con ustedes: designios de paz y no de aflicción. Pero, con todo, ¿qué podía responder el hombre, que únicamente experimentaba la aflicción y no la paz? “¿Hasta cuándo - pensaba- irán anunciando: «Paz, paz», cuando no hay paz”? Por ello los mismos mensajeros de paz lloraban amargamente, diciendo: Señor, ¿quién ha dado fe a nuestra predicación? Pero ahora, en cambio, los hombres pueden creer, por lo menos, lo que ya contemplan sus ojos; ahora los testimonios de Dios se han hecho sobremanera dignos de fe, pues, para que este testimonio fuera visible, incluso a los que tienen la vista enferma, el Señor le ha puesto su tienda al sol.

Ahora, por tanto, nuestra paz no es prometida, sino enviada; no es retrasada, sino concedida; no es profetizada, sino realizada: el Padre ha enviado a la tierra algo así como un saco lleno de misericordia; un saco, diría, que se romperá en la pasión, para que se derrame aquel precio de nuestro rescate, que él contiene; un saco que, si bien es pequeño, está totalmente lleno. En efecto, un niño se nos ha dado, pero en este niño habita toda la plenitud de la divinidad. Esta plenitud de la divinidad se nos dio después que hubo llegado la plenitud de los tiempos. Vino en la carne para mostrarse a los que eran de carne y, de este modo, bajo los velos de la humanidad, fue conocida la misericordia divina; pues, cuando fue conocida la humanidad de Dios, ya no pudo quedar oculta su misericordia. ¿En qué podía manifestar mejor el Señor su amor a los hombres sino asumiendo nuestra propia carne? Pues fue precisamente nuestra carne la que asumió, y no aquella carne de Adán que antes de la culpa era inocente.

¿Qué cosa manifiesta tanto la misericordia de Dios como el hecho de haber asumido nuestra miseria? ¿Qué amor puede ser más grande que el del Verbo de Dios, que por nosotros se ha hecho como la hierba débil del campo? Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Que comprenda, pues, el hombre hasta qué punto Dios cuida de él; que reflexione sobre lo que  Dios piensa y siente de él. No te preguntes ya, oh hombre, por qué tienes que sufrir tú; pregúntate más bien por qué sufrió él. De lo que quiso sufrir por ti puedes concluir lo mucho que te estima; a través de su humanidad se te manifiesta el gran amor que tiene para contigo. Cuanto menor se hizo en su humanidad, tanto mayor se mostró en el amor que te tiene, cuanto más se abajó por nosotros, tanto más digno es de nuestro amor. Dios, nuestro Salvador -dice el Apóstol-, hizo aparecer su misericordia y su amor por los hombres. ¡Qué grande y qué manifiesta es esta misericordia y este amor de Dios a los hombres! Nos ha dado una grande prueba de su amor al querer que el nombre de Dios fuera añadido al título de hombre.

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