FRASES PARA SACERDOTES


"Nunca pueden confiar en una persona que desprecia la Madre de Dios. No le pueden oír nada de lo que enseña, no pueden leer nada de lo que escribe y no pueden oír nada de lo que predica. El que desprecia a la Madre de Jesús es un mismo enviado del diablo. Porque el único que persigue a la Madre de Jesús, la teme y la odia es satanás."

De: LA BATALLA ESPIRITUAL, Marino Restrepo.

EL SACERDOTE ABRE LAS PUERTAS AL FUTURO DE DIOS PARA EL MUNDO

EL SACRAMENTO DE LA CONFESIÓN.


El Papa pide a los sacerdotes que sean generosos con su tiempo y que lo dediquen a confesar. 


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LA CONFESIÓN

Para poder reconciliarnos con nosotros mismos, con los demás, con la Iglesia y  con la creación, Dios nos ofrece el maravilloso medio del sacramento de la confesión.  Se le denomina tambien con los nombres de sacramento de la penitencia, sacramento  del perdón, sacramento de la reconciliación y sacramento de la conversión (Cat 1423 y  1424). Se le llama sacramento de la  confesión, porque la confesión de los pecados al  sacerdote es un elemento esencial de este sacramento, en el cual se manifiesta de modo  extraordinario la  misericordia de Dios.

Decía el Papa Juan Pablo II: En el sacramento de la penitencia cada hombre  puede experimentar de manera singular la misericordia, es decir, el amor que es más  fuerte que el pecado... Son infinitas la prontitud y la fuerza del perdón que brotan  continuamente del valor admirable del sacrificio de Jesús
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La misericordia de Dios se manifiesta de manera gloriosa y extraordinaria en la  confesión, pues los pecadores, bien confesados, salen radiantes y, si estaban tristes por  el peso de sus pecados, salen resplandecientes, con una alegría plena que se manifiesta  en sus rostros. En mi larga vida sacerdotal he podido comprobar esto infinidad de veces.

En la confesión, el sacerdote es un padre, un médico y un juez misericordioso.  Podemos decir de verdad con san Pablo: Cristo nos ha confiado el ministerio de la  reconciliación  (2 Co 5, 18). Y nos ha dicho: Aquellos a quienes les perdonen los  pecados les serán perdonados (Jn 20, 22). Por eso, es también una gran responsabilidad  y debemos estar en todo momento disponibles para atender a los que necesiten el perdón  de Dios por medio de este sacramento.

Para confesarse bien, es preciso un sincero arrepentimiento.  Si reconocemos  nuestros pecados, Él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados (1 Jn 1, 8). Hay que  saber decirle a nuestro Padre Dios con sinceridad y humildad: Reconozco mi culpa y mi  pecado. Contra Ti, contra Ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces (Sal 50, 5).  O como el hijo pródigo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, no merezco llamarme hijo tuyo (Lc 15, 18-21).

Es importante hacer un buen examen de conciencia desde la última  confesión  bien hecha, para recordar los pecados cometidos y pedir perdón. Ahora bien, si no nos  acordamos de algunos, Dios nos perdona todos. Y los que hemos olvidado, los podemos  confesar en la siguiente confesión. Lo importante es no callar por vergüenza ningún  pecado grave; en ese caso, cometeríamos un sacrilegio, haríamos una mala confesión y no se nos perdonaría ningún pecado, teniendo otro más: el de una mala confesión.

Cuando los pecados cometidos han causado daño al prójimo, es preciso reparar  el daño cuanto antes, por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas...

La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud  espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados, debe "satisfacer"  de manera apropiada o "expiar" sus pecados. Esta satisfacción se llama también  penitencia (Cat 1459).

Después de cada confesión, el sacerdote impone una penitencia. Esta penitencia  debe corresponder todo lo posible a la gravedad y a la naturaleza de los pecados  cometidos. Puede consistir en la oración, en ofrendas, en obras de misericordia,  servicio al prójimo, privaciones voluntarias, sacrificios y, sobre todo, la aceptación  paciente de la cruz que debemos llevar (Cat 1460).

Por otra parte, aunque la confesión de los pecados veniales no es estrictamente  necesaria, sin embargo, se recomienda vivamente, pues la confesión frecuente de estos  pecados ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a  dejarse curar por Cristo y a progresar en la vida del espíritu (Cat 1458).

También es importante anotar que no hay que tener miedo de decir los pecados  al sacerdote, ya que está obligado a guardar un secreto absoluto sobre los pecados que  sus penitentes le han confesado bajo penas muy severas. Tampoco puede hacer uso de  los conocimientos que la confesión le da sobre la vida de los penitentes. Este  secreto,  que no admite excepción, se llama sigilo sacramental, porque lo que el penitente ha  manifestado al sacerdote queda "sellado" por el sacramento (Cat 1467).11

Para hacer una buena confesión se necesita hacer un buen examen de  conciencia  para recordar los pecados cometidos; arrepentirse de ellos, es decir, sentir dolor de  haberlos cometidos y tomar la decisión firme de no volver a cometerlos más; decirlos al confesor y cumplir la penitencia que nos manda, que se llama también satisfacción de  obra.

Según el mandamiento de la Iglesia, todo fiel llegado a la edad del uso de la  razón, debe confesar, al menos una vez al año, los pecados graves de que tiene  conciencia. Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, que no comulgue sin  acudir antes a la confesión sacramental a no ser que concurra un motivo grave y no  haya posibilidad de confesarse; y, en este caso, tenga presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto  antes. Los niños deben acceder al sacramento de la penitencia antes de recibir por primera vez la sagrada comunión (Cat 1457).

La fórmula de absolución que da el sacerdote en la Iglesia latina es: Dios Padre  misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y resurrección de su hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda por el ministerio de la Iglesia el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Cat 1449).

LAS  INDULGENCIAS

Cuando uno se confiesa, se le perdona el pecado, pero queda todavía la herida  causada en el alma, permaneciendo los desórdenes ocasionados. Para sanar esto, la  Iglesia nos ofrece las indulgencias para nosotros o también para los difuntos, que no han  podido satisfacer plenamente por sus pecados antes de morir.

El Papa Pablo VI, en la Constitución apostólica  Indulgentiarum doctrina del 1 de enero de 1967, nos habla de este punto. Afirma: Indulgencia es la remisión ante Dios  de la pena temporal debida por los pecados, ya perdonados en lo referente  a la culpa, que gana el fiel convenientemente preparado en ciertas y determinadas condiciones con  la ayuda de la Iglesia que, como administradora de la redención, dispensa y aplica con  plena autoridad el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos.

La pena temporal se refiere a las consecuencias del pecado, que permanecen aun  después de perdonados. Pensemos en alguien que se emborracha y después tiene  gastritis con dolor de estomago. Las consecuencias de su borrachera deberán ser sanadas con una dieta estricta y las medicinas adecuadas. De la misma manera, los  desordenes producidos por el pecado, deben ser sanados en este mundo o en el otro. De  ahí que las indulgencias sirvan como medicina para sanar esos efectos negativos  (llamados pena temporal).

Para conseguir las indulgencias, tanto parciales como plenarias, se necesita una  limpieza total del alma: haberse confesado, no tener pecados veniales y ni siquiera el 12 menor afecto o apego al pecado. Esto, en la práctica, es prácticamente imposible; pero al menos se conseguirá la sanación del alma en parte, de acuerdo a las disposiciones de cada uno. Como hemos dicho, son aplicables a uno mismo o a los difuntos del  purgatorio. Pero los requisitos son: confesar, cuando menos una semana antes, comulgar ese día, rezar por las intenciones del Papa y cumplir la obra prescrita para ganar la indulgencia.

Para ganar una indulgencia plenaria, una sola vez al día, se puede rezar el rosario en grupo de personas, especialmente en familia, o rezarlo a solas delante del Santísimo  Sacramento o estar media hora en adoración ante Jesús sacramentado.

Por otra parte, los fieles que usan con devoción un objeto de piedad (crucifijo, cruz, rosario, escapulario o medalla), bendecidos debidamente por un sacerdote, pueden  ganar indulgencias parciales. También, en peligro de muerte, se puede ganar una  indulgencia plenaria con la bendición apostólica del sacerdote o, si no hubiera  sacerdote, usando un crucifijo o una cruz y pidiendo esta gracia en los últimos  momentos  con tal que durante su vida hubiera rezado habitualmente algunas  oraciones.

Las indulgencias son especialmente importantes, si las aplicamos por nuestros  familiares difuntos. Y todos los días podemos intentar conseguir una indulgencia  plenaria para uno de ellos tal como hemos anotado anteriormente, rezando el rosario en  grupo o a solas ante el Santísimo, o estando media hora en adoración ante el Santísimo  Sacramento, habiendo confesado y comulgado; y rezando, al menos, un credo y un padrenuestro por las intenciones del Papa.

HISTORIA DE LA CONFESIÓN


A lo largo de los siglos, la forma concreta según la cual la Iglesia ha ejercido  este poder recibido del Señor ha variado mucho. Durante los primeros siglos, la  reconciliación de los cristianos que habían cometido pecados particularmente graves  después de su bautismo (por ejemplo idolatría, homicidio o adulterio), estaba vinculada  a una disciplina muy rigurosa, según la cual los penitentes debían hacer penitencia  pública por sus pecados, a menudo, durante largos años antes de recibir la  reconciliación; sólo era admitido raramente y, en ciertas regiones, una sola vez en la vida. Durante el siglo VII, los misioneros irlandeses, inspirados en la tradición  monástica de Oriente, trajeron a Europa continental la  práctica privada de la  penitencia, que no exigía la realización pública prolongada de obras de penitencia  antes de recibir la reconciliación con la Iglesia. El sacramento se realiza desde entonces de una manera más secreta entre el penitente y el sacerdote. Esta nueva  práctica preveía la posibilidad de la reiteración del sacramento y abría así el camino a una recepción regular del mismo. Permitía integrar en una sola celebración sacramental el perdón de los pecados graves y de los pecados veniales. A grandes líneas, ésta es la forma de penitencia que la Iglesia practica hasta nuestros días       (Cat 1447).13

En el concilio IV de Letrán, en 1215, se establecieron normas claras sobre la  confesión que todavía están en vigor: obligación de confesarse y comulgar al menos una vez cada año. Y se ratificó la práctica de las confesiones frecuentes de los pecados  veniales.

Pero hay tres formas de celebración de la confesión:

a) La primera forma es la reconciliación personal e individual del penitente y  constituye el único modo normal y ordinario de la celebración sacramental.

b) La segunda forma se refiere a las celebraciones comunitarias de la confesión, en las  cuales hay una preparación común con una para liturgia penitencial y, después, cada  uno se confiesa individualmente como es lo normal. Así se recalca el aspecto social  de la confesión y la reconciliación con la Iglesia.

c) La tercera forma es extraordinaria y sólo para casos muy especiales. Es la  celebración comunitaria con una preparación común con confesión y absolución  general. En este caso, no hay confesión personal de los pecados; cada uno se  arrepiente en su corazón y recibe también la absolución general para todos en  común.


Esto sólo se da en casos de grave necesidad.

 Semejante necesidad grave puede presentarse, cuando hay un peligro inminente  de muerte sin que el sacerdote o los sacerdotes tengan tiempo suficiente para oír la  confesión de cada penitente. La necesidad grave puede existir también cuando teniendo  en cuenta el número de penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente las confesiones individuales en un tiempo razonable, de manera que los penitentes sin  culpa suya se verían privados durante largo tiempo de la gracia sacramental o de la  sagrada comunión. En este caso, los fieles deben tener, para la validez de la  absolución, el propósito de confesar individualmente sus pecados en su debido tiempo. Al obispo diocesano corresponde juzgar, si existen las condiciones requeridas para la  absolución general. Una gran concurrencia de fieles, con ocasión de grandes fiestas o  de peregrinación, no constituye por su naturaleza ocasión de la referida necesidad  grave (Cat 1483).

Recordemos siempre que el perdón de Dios es más grande que nuestros pecados  y, si nuestro corazón nos reprocha algo, Dios es más grande que nuestro corazón  (1 Jn 3, 20).

Como dirían los obispos latinoamericanos reunidos en Aparecida (Brasil) en la  V Conferencia del episcopado de mayo de 2007: Jesucristo nos da el don de su perdón  misericordioso y nos hace sentir que el amor es más fuerte que el pecado cometido, nos  libera de cuanto nos impide permanecer en su amor y nos devuelve la alegría y el entusiasmo de anunciarlo a los demás con corazón abierto y generoso (No. 254).14

Dios está dispuesto a perdonarnos con tal de que estemos sinceramente arrepentidos, con el propósito de no volverlos a cometer. Y, pase lo que pase,  siempre nos estará esperando. Por eso, el peor pecado es la desesperación, el no confiar en su amor, ni creer en su perdón ni en su misericordia.



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MÁRTIR DE LA CONFESIÓN: SAN JUAN NEPOMUCENO


San Juan Nepomuceno nació en Bohemia (Checoslovaquia) hacia el año 1250, en un pueblo llamado Nopomuc y de ahí se le puso el sobrenombre Nepomuceno.

Fue párroco de Praga y obtuvo el doctorado en la Universidad de Padua. Después ocupó el alto puesto de Vicario General del Arzobispado (o sea el segundo después del Arzobispo) lo cual significa que era un hombre de total confianza para el prelado.

El rey de Praga, Wenceslao, se dejaba llevar por dos terribles pasiones, la cólera y los celos y dicen las antiguas crónicas que siendo Juan Nepomuceno confesor de la reina, se le ocurrió al rey que el santo le debía contar los pecados que la reina le había dicho en confesión, y al no conseguir que le revelara estos secretos se propuso obtener sus propósitos por medio de la tortura.

Entonces el rey mandó que lo martirizaran pero como el sacerdote decía: "Jamás consentiré en tal sacrilegio. Mandad cualquier otra cosa. En esto digo lo mismo que San Pedro: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres", al padre Juan -por orden del Rey- lo ataron doblado, con la cabeza pegada sobre los pies, y lo lanzaron al río Moldava. Fue en el año 1393. Los vecinos recogieron el cadáver y le dieron santa sepultura.

Desde su muerte siempre San Juan Nepomuceno fue considerado patrono de los confesores, porque prefirió morir antes que revelar los secretos de la confesión.
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Como no resulta fácil acercarse al sacramento de la penitencia, por eso Dios da una gracia especial al sacerdote para guardar el secreto de la confesión.

También ha sido considerado Patrono de la buena fama, porque prefirió el martirio a permitir que la buena fama de una penitente fuera destrozada.


Su epitafio, en la catedral de San Vito, de Praga, dice así: "Yace aquí Juan Nepomuceno, confesor de la Reina, ilustre por sus milagros, quien, por haber guardado el sigilo sacramental fue cruelmente martirizado y arrojado desde el puente de Praga al río Moldava, por orden de Wenceslao IV, el año 1393". Su lengua se conserva incorrupta.

En 1725 (más de 300 años después de su muerte) una comisión de sacerdotes, médicos y especialistas examinó la lengua del mártir que estaba incorrupta, aunque seca y gris. Y de pronto, en presencia de todos, empezó a esponjarse y apareció de color de carne fresca, como si se tratara de la lengua de una persona viva. Todos se pusieron de rodillas y este milagro, presenciado por tantas personas y tan importantes, fue el cuarto milagro para declararlo santo. Fue canonizado por Benedicto XIII en el año 1729.

En Praga, en el puente desde el cual fue echado al río, se conserva una imagen de este gran santo, y muchas personas, al pasar por allí le rezan devotamente.

SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO, PATRONO
DE LOS CONFESORES Y MORALISTAS



CIUDAD DEL VATICANO, 30 marzo 2011.- En la audiencia general de este miércoles, celebrada en la Plaza de San Pedro, el Papa habló sobre san Alfonso María de Ligorio, obispo, doctor de la Iglesia, "insigne teólogo moralista y maestro de vida espiritual".



 
"Perteneciente a una noble y rica familia napolitana, san Alfonso -dijo- nació en 1696", ejerció brillantemente la profesión de abogado, que abandonó para ordenarse sacerdote en 1726.

El Santo Padre explicó que el santo "inició en los ambientes más humildes de la sociedad napolitana una labor de evangelización y de catequesis, a los que le gustaba predicar, instruyendo sobre las verdades fundamentales de la fe".

En 1732 fundó la Congregación religiosa del Santísimo Redentor. Sus miembros "guiados por Alfonso, fueron auténticos misioneros itinerantes, que llegaban incluso a las aldeas más remotas, exhortando a la conversión y a la perseverancia en la vida cristiana, especialmente a través de la oración".

Benedicto XVI recordó que san Alfonso falleció en 1787, fue canonizado en 1839 y en 1871 fue declarado doctor de la Iglesia. Este título responde a muchas razones. En primer lugar, porque propuso una rica enseñanza de teología moral, que expresa adecuadamente la doctrina católica, por lo que fue proclamado por el Papa Pío XII "Patrono de todos los confesores y moralistas".

"San Alfonso -continuó el Papa- no se cansaba de repetir que los sacerdotes son un signo visible de la misericordia  infinita de Dios, que perdona e ilumina la mente y el corazón del pecador para que se convierta y cambie de vida. En nuestra época, donde hay claros signos de pérdida de la conciencia y moral y -hay que admitirlo con preocupación- de una falta de estima por el Sacramento de la Confesión, la enseñanza de San Alfonso sigue siendo muy actual".

El Santo Padre explicó que "junto con las obras de teología, san Alfonso compuso  muchos otros escritos, destinados a la formación religiosa del pueblo", como "Las máximas eternas", "Las glorias de María", "La práctica de amar a Jesucristo", obra -esta última- que representa la síntesis de su pensamiento y su obra maestra".

Tras poner de relieve que el santo napolitano "insiste mucho en la necesidad de la oración", el pontífice señaló que "entre las formas de oración recomendadas por san Alfonso destaca la visita al Santísimo Sacramento o, como diríamos hoy, la adoración breve o prolongada, personal o comunitaria, ante la Eucaristía".

"La espiritualidad alfonsiana es eminentemente cristológica, centrada en Cristo y su Evangelio. La meditación sobre el misterio de la Encarnación y de la Pasión del Señor es con frecuencia objeto de su predicación. (...) La piedad alfonsiana también es exquisitamente mariana. Era muy devoto de María, e ilustra su papel en la historia de la salvación".

Benedicto XVI terminó la catequesis resaltando que "san Alfonso María de Ligorio es un ejemplo de pastor entregado, que conquistó las almas mediante la predicación del Evangelio y la administración de los sacramentos, junto con un modo de actuar basado en una bondad suave, que nacía de una intensa relación con Dios, bondad infinita. Tenía una visión muy optimista de los recursos de bien que el Señor da a cada ser humano y dio importancia a los afectos y sentimientos del corazón, así como la mente, para poder amar a Dios y al prójimo".

VIDEOS ESPECIALES.

El Padre Pedro Nuñez responde una pregunta en relación al tiempo litúrgico de Cuaresma sobre el significado de la confesión, el ayuno y la abstinencia. (CORTESÍA EWTN -YOUTBE)





La Correcta Confesión Contricta y La Salvación - Santo Cura de Ars (CORTESÍA GLORIA TV.


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