FRASES PARA SACERDOTES

CRECIMIENTO ESPIRITUAL
Para crecer espiritualmente no hay proceso. Para crecer espiritualmente lo único que se necesita es entregarse (como san Francisco de Asís), que Dios habite en nuestro corazón.
El Espíritu Santo no crece, no está en un proceso de experiencia. El Espíritu Santo es Dios, entonces el que tiene a Dios tiene toda la experiencia.

DE: Marino Restrepo.

CONSEJO DE MONSEÑOR MARINI A LOS COROS




Cinco consejos de Mons. Guido Marini a los coros.

"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. LXX: De la humanidad de Jesús debemos pasar a su Divinidad


Mensajes de Nuestro Señor Jesucristo
a sus hijos los predilectos.

("A Mis Sacerdotes" de Concepción Cabrera de Armida)


LXX


DE LA HUMANIDAD DE JESÚS DEBEMOS PASAR A SU DIVINIDAD


Otro punto en el que mis sacerdotes deben hacer hincapié en sus predicaciones y trato con los fieles y que deja mucho que desear es el de hacer pasar a las almas de mi santa Humanidad a la Divinidad que hay en Mí y que forman precisamente al Dios-Hombre. Quiero hacer que esta doctrina sea familiar y comprensible, si se predica en su hermosa aunque sublime sencillez.

Multitud de almas se detienen sólo en mi Humanidad, sin pensar siquiera en la Divinidad que la acompaña y que la diviniza. Es cierto que sólo por Mí, Jesucristo, se pasa al Padre; y aún más: es indispensable pasar por mi Humanidad para llegar a Él; pero pasar, digo, no quedarse en la carne sin pasar al Espíritu Santo, no quedarse en lo humano sin pasar a lo divino. Esto quita mucha gloria a la Trinidad, y millares de almas concluyen su vida sin haberse fijado más que en el hombre, sin conocer en Mí al Dios-Hombre. Si acaso muy someramente saben que soy Dios-Hombre, pero sin adorar a la Divinidad, a Dios en Mí.

Yo vine a la tierra precisamente para atraer al hombre a lo divino, y me hice hombre para que adoraran en Mí al Dios-Hombre, no al hombre solo.

Con mi vida de Niño, tan tierna y delicada; con mi Pasión y muerte, tan dolorosa y llena de afrentas; vine a mover los corazones, a enamorarlos de Mí; pero no para que se quedaran en lo humano que hay en Mí, repito, sino para que se sirvieran de ello como medio para llegar a la Divinidad, inseparable de mi Humanidad.

Aun en mi Corazón todo amor no debe adorarse el corazón de carne, sino a la Divinidad que lo posee. Hay que completar también este matiz en el que la mayor parte de las almas no piensan y que muchas hasta desconocen. Mi Corazón de carne, con Sta. Margarita, quiso conmover lo sensible de los hombres y manifestar, con esa entraña la más noble del hombre, el amor. Pero es preciso enseñar más hondamente, más intensamente, a amar mi Corazón en todas sus propiedades; su amor humano, pero derivado del amor divino; a enseñar a las almas lo más íntimo de mi Corazón de amor, sus dolores internos, uno a uno, sus dolores divinizados y salvadores.

En mi Corazón, sólo su forma y sus latidos es lo que tiene de hombre, es lo humano, aunque divinizado; pero sus dolores redentores son divinos; sus penas internas por la ingratitud humana son divinas; su vergüenza ante el Padre celestial al querer cubrir a la humanidad culpable es divina; sus ansias, sus penas por ver ofendida y despreciada a la Trinidad son divinas; sus dolores morales, sus dolores místicos en las misas, sufriendo en lo más delicado e íntimo por los sacerdotes malos, indignos o indiferentes, son divinos.

Y precisamente mis dolores redimen y salvan, porque están unidos a la Divinidad del Dios-Hombre; sólo por eso salvé al mundo y abrí el cielo.

Ha llegado el tiempo de hacer brillar la Divinidad de mi Corazón; de hacer amar más y más al Verbo hecho carne; de elevar las almas a que se vean en Mí, en cualquier paso de mi vida, lo divino, al Verbo en sus dos naturalezas, la divina y la humana. Ha llegado el tiempo de desarrollar en toda su plenitud el conocimiento interno de mi Corazón; no solamente a enseñar al mundo las insignias con que se presentó, sino el valor de esas insignias, su fondo divino y humano, para hacer pasar a las almas de lo material a lo espiritual, de lo natural a lo sobrenatural, de lo humano a lo divino. Hay que hacer ver que el crucifijo no sólo representa a un hombre clavado en la cruz, sino que en él se debe buscar y adorar también lo divino que hay en él, a la Divinidad. Hay que manifestar a las almas, repito, el fondo interno de los dolores de mi Corazón, sus insondables abismos de amargura que llevó en su fondo desde el instante de la Encarnación y que me martirizó ocultamente toda mi vida.

Es necesario que amen las almas a Dios, pero en espíritu y en verdad, que ahonden en ese mar sin fondo del Espíritu Santo en Mí y adoren a la Divinidad.

La materia del hombre tiende a lo material, y de ahí la idolatría; por eso Yo vine a tomar carne en María, para que, atraídas las almas por lo material, pasaran a lo espiritual. No es conocido en todas sus fibras mi Corazón, en tantos siglos que han transcurrido; hay en él regiones ignoradas por los hombres, tesoros escondidos y un manantial de amor divino y humano jamás agotado. Mis sacerdotes transformados en Mí, conocerán en toda su extensión, las intimidades dolorosas y tiernas de mi Corazón divino para darlas a gustar a las almas. No fue la Cruz del Calvario la que más me martirizó, sino la cruz de mis internos dolores que deben dar a conocer mis sacerdotes. Que se me entienda, que se me estudie, que se me comprenda, que se ame en Mí más a la Divinidad que a la Humanidad, que el mundo separa y que están indisolublemente unidas. Entonces se me amará en espíritu y en verdad: a Dios, en mí, a Dios-Hombre; a Dios-Espíritu, a Dios-Verdad, a Dios-Luz, a la Divinidad en tres Personas Divinas.

Todo esto toca hacerlo a los sacerdotes; que si se transforman en Mí, los bañarán claridades divinas, conocimientos ocultos hoy a sus ojos, abismos de luz, con cuya claridad esplendente llevarán a cabo mi voluntad”.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís