FRASES PARA SACERDOTES


Dice el demonio: de cierta forma estoy obligado a decir, tengo que decir esto: las mujeres deben llevar velo pero ya hace tiempo que no lo llevan por un querer del infierno.

De: La Eucaristía y lo que dicen los demonios. Padre Carlos Cancelado.

EL SACERDOTE ABRE LAS PUERTAS AL FUTURO DE DIOS PARA EL MUNDO

HISTORIAS DE NUESTROS SACERDOTES 12.

Saber encontrar a Dios
Autor: Alfonso Gutiérrez Estudillo. Cádiz (España)


El creyente debe saber leer su historia en clave de fe, sabiendo que la mano de Dios está siempre en nuestra vida

Hacía un año que nuestro Obispo diocesano había consagrado el nuevo Templo y complejo parroquial que con tanta ilusión y esfuerzo habíamos construido para esta barriada de nueva creación. Aún estabámos equipando el nuevo Templo para el cuál habia encargado a un escultor sevillano una imagen de tamaño natural de un crucificado que presidiera el abside del altar mayor del nuevo templo parroquial. La comunidad parroquial estaba expectante ante la llegada de la talla, y habíamos realizado multitud de actividades para recaudar fondos y así poder sufragarla. Toda la comunidad parroquial embarcada en un mismo proyecto, la de dotar de una imagen al nuevo templo, la advocación elegida para dicha imagen en el día de su bendición no podía ser otra sino la de "Amor" Santísimo Cristo del Amor.

Comenzamos la Cuaresma y decidí realizar un Triduo dedicado a esta advcación del Amor Crucificado, la Adoración Eucaristíca y la Celebración de la Santa Misa que nos ayudara a profundizar y a vivir este tiempo de gracia y conversión. El Señor -al menos yo lo sentía así- me pedía una acción más: sacarle a la calle, evangelizar la barriada, acercar a Cristo a aquellos que no se acercan a la parroquia. Me puse manos a la obra y decidí realizar un Via-crucis procesional por las calles de la feligresía con la imagen del Cristo del Amor. Nuevamente toda la comunidad acogía la propuesta con entusiasmo e implicación: carteles por toda la barriada, ofrendas de flores para el paso que portara la imagen, el acompañamiento musical, la confección del Via-crucis, etc. 

La fecha había llegado, todo estaba dispuesto, ilusiones y esperanza de la presencia del Amor de Dios en el camino de la cruz, pero no contábamos con un invitado. El día no acompañaba. Durante toda la mañana cayó un gran aguacero y las predicciones no eran nada halagüeñas. Toda la jornada hubo fuerte lluvia y viento. Las caras de los feligreses que se acercaban a ver el arreglo floral era de tristeza y desesperanza. Yo les animaba y les decía: "Cristo no defrauda a los que en él esperan; él nos ama, y nada pasa por casualidad. El creyente debe saber leer su historia en clave de fe, sabiendo que la mano de Dios está siempre en nuestra vida, y reconocer su obra en lo aspectos postivos como en los negativos de nuestra existencia, porque todo, lo bueno y lo aparentemente malo es para nuestra salvación. Debemos aprender a no preguntar tanto el porqué sino más bien el para qué de los acontecimientos de nuestra existencia".

Haciendo tiempo, ya lo daba todo por perdido. De pronto el timbre de la casa parroquial sonó. Eran las tres de la tarde. Pensaba que era algún feligrés para preguntar sobre el Vía-Crucis. He de confesar que me molesté un poco al pensar que eran un poco pesados, que no miran la hora, etc. Al abrir la puerta me encontre un hombre de mediana edad que me dijo que estaba realizando una peregrinación andando y si tenía algo comida y de ropa para poder cambiarse ya que estaba empapado del aguacero. No lo dude un instante, ¡iluso de mí! ¡Dios no entiende de horas! El Amor de Dios se encuentra en el amor concreto a los hombres, especialmente en el necesitado. Entendí que Dios me hablaba y me había visitado en ese instante en su presencia escondida en ese peregrino necesitado de acogida, alimento, ropa y un poco de calor. Me dispuese a atenderlo. Lo hice pasar, le di un poco de ropa, entablamos una conversación mientras comía, escuchaba la historia de su preregirnar y finalmente emprendió de nuevo su camino.

¿Casualidad o milagro? yo no creo en las casualidades, sino en la presencia del Dios de la historia que sigue saliendo al encuentro del hombre. Dios había visitado con su presencia en un pobre necesitado mi parroquia. Dios me pedía gestos concretos de amor antes de iniciar el Vía-crucis con la Imagen del Cristo del Amor. En ese instante el cielo paró de llover. Unos rayos de sol nos anunciaron la gracia que Dios derramaba sobre nuestra feligresía. El tiempo nos daba una tregua y pudimos realizar el via-crucis tal y como lo habiamos previsto. Siempre en contacto con la base militar de Rota que nos informaba sobre la evolución del estado metereológico, y sus palabras se cumplieron: Disponéis de tres horas de tregua sin agua, aunque la probabilidad de lluvia era alta. Los milagros existen: en cuanto entramos de nuevo en el templo con la imagen del Cristo, después de haber realizado el vía-crucis, la lluvia volvió a aparecer.

Dios nos había enseñado de nuevo la mejor lección de Amor. Como nos dice San Juan no podemos decir que amamos a Dios a quien no vemos si no somos capaces de amar al prójimo al que si vemos. Salir a rezar el vía-crucis en la barriada, ante todo exigía conocer a los vecinos, estar cercanos a sus sufrimientos, esperanzas, tender la mano a los que sufren, denunciar las injusticias. Dios me llevó a profundizar de que era necesario estar con los jóvenes de la barriada que están esclavizados por el paro y las drogas, con las familias que sufren el cierre de una fábrica, denunciando las injusticias, etc.

Dios está cerca de nosotros, nos alienta con sus presencia, nos acompaña y se hace el encontradizo también en el ministerio del sacerdote. Tan sólo hay que tener una mirada de fe capaz de saber reconocerle como los discípulos de Emaús.


Un confesor en el Santo Sepulcro 
Autor: Agustín Enrique Bollini. Jerusalén 

Ver a muchos dudar y no acercarse al Confesionario, me apena

Hace tiempo quería contarte sobre mi experiencia de estos meses de Confesión diaria en el Santo Sepulcro, para que nos alegremos juntos, con la obra del ”Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos reconforta en todas nuestras tribulaciones, para que nosotros podamos dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios.” 

Doy gracias a Dios por este regalo de poder contemplar Su Obra, todos los días, en este privilegiado lugar. Soy un espectador gozoso de lo que Él realiza e, indigno, rezo y pido ser un útil instrumento en Sus Manos para la reconciliación de mis hermanos. 

Estoy disponible para confesar seis días por semana, de 7.00 a 12 y de 15.30 a 17.30 hs. Estoy disponible, esto no quiere decir que confieso todo el tiempo. Recuerdo haber estado hora y media o dos horas seguidas confesando alguna vez, pero no es lo habitual.

Cuando se me terminaron las primeras 500 estampitas que entrego a quienes llegan al Sacramento, pude sacar un cálculo aproximado de cuánta gente había pasado durante esos días: un promedio cercano a 11 personas por día. Aunque no son tantos como quisiera, te aseguro que son más que todos los que he confesado en mis siete años de vida Parroquial.

Ver a muchos dudar y no acercarse al Confesionario, me apena; lo mismo que aquellos que pasan por la Capilla del Santísimo y por su actitud muestran que no tienen ni idea de dónde están, o los que sólo vienen a sacar fotos, como en un Museo, o esos que miran desde afuera sin entrar, o los que directamente pasan de largo, sin ver a Dios, vivo.

Pero junto a estos, te encuentras a los que llegan conmovidos y llenos de un piadoso respeto. Especialmente me llaman siempre la atención los orientales, porque los veo manifestar con todo su cuerpo su piedad respetuosa: se persignan y arrodillan inclinándose hasta tocar o besar el suelo y vueltos a incorporar lo repiten varias veces; o las mujeres ortodoxas, cubiertas con vestidos negros y recogidas en una actitud de humilde devoción y a veces en grupos, cantando; o los africanos rezando en voz alta, levantando los brazos y acompasando su cuerpo a los cantos e invocaciones; o los de la India que se acercan a besarte las manos, pidiendo bendiciones; o los japoneses, coreanos y vietnamitas inclinándose en respetuosas reverencias de saludo. ¡Que diferencia con nuestra cultura tan secularizada, egoísta y llena de prejuicios, que no nos permite ni interiorizar lo que sentimos, ni preocuparnos tampoco por mostrarlo con nuestra actitud exterior de respeto, al lugar y a los demás! 

Por suerte que también están aquellos que buscan un encuentro interior con el Señor, concentrados y recogidos en silenciosa contemplación. Y vivir esta diversidad que nuestro buen Padre reúne en este lugar Santo, me ha hecho también abrirme a Sus Sorpresas. Desde poder entender, con la ayuda de Su Espíritu Santo, el Inglés y el Italiano en los distintos acentos y pronunciaciones de polacos, rusos, japoneses, algún chino, malayos, hindúes, húngaros y africanos; hasta las fotos con los peregrinos que algunos solicitan con todo cariño y respeto, porque quieren un recuerdo eclesial; pero otros que a veces hasta por sorpresa, buscan la novedad, tal como si fuera la foto que se toman al lado de un camello. 

Lo que me da mucho gozo, es la cantidad de consagrados que confieso. La mayoría sacerdotes, después laicas y religiosas. Llevo cuenta, por lo extraordinario para mi, de los Obispos confesados: nueve. Me sorprendió el primero, ¡mi primera confesión a un Pastor de la Iglesia!, un regalo inesperado ¡Gracias Señor! A los siguientes, ya los pude vivir agradeciendo a Dios, porque a todos, fieles y pastores, nos llama a una constante conversión.

Pero la mayor alegría que nunca antes había experimentado, es lo gratificante de ver Su Misericordia actuando. Experimentar el Poder de lo Sacro, Su Gracia, Su Acción en nosotros: la Reconciliación. La veo en la sonrisa esperanzada, en la tranquilidad del consuelo que seca las lágrimas, en el alivio del perdón que, en solo minutos, nos libera de nuestras cargas y opresiones. 

Esto es algo que, juntamente con el privilegio de poder decir en la fórmula de la Absolución: “Dios Padre Misericordioso, que por la muerte y resurrección de Su Hijo AQUÍ, EN ESTE LUGAR, ha reconciliado el mundo consigo”, hace que a cada confesión la viva realmente como Su Regalo a nuestra miseria, como el amoroso reencuentro con el Padre, “que tanto amó al mundo que le entregó a Su Único Hijo para salvarlo.”

(Historias extraídas del libro 100 historias en blanco y negro. Recopilación de la web Catholic.net).

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